El domingo, Paula se despertó tarde, entre pesadillas. El sol entraba por las cortinas. De pronto añoró el viento en la cara, estar montando a caballo, cualquier cosa para no pensar en Pedro. Y eso hizo. Pero después de un rato disfrutando del viento en la cara, vio que otro jinete se acercaba hacia ella. Era Pedro. Luego había andado más serenamente. Y entonces había presentido la presencia de otro caballo que iba hacia ellos. Era un semental llamado Starlight, y Pedro su jinete. ¿No podría deshacerse nunca de él?
—Tranquilo, chico, tranquilo —le había dicho ella a su caballo.
Cuando Pedro vió a Paula se quedó sorprendido. De todos los caballos, Rajah era el más difícil de dominar. ¿Estaba loca? ¿O era negligente? Se había acercado a ella.
—¿Quién te ha dado permiso para montar ese caballo? —le preguntó.
—Tu padre, que es su dueño.
—Mi padre no te ha dado permiso para montar a Rajah por los diques a cuarenta kilómetros por hora. Esto no es Texas. Rajah es un caballo difícil, no un potrillo. ¡Podrías haberte roto el cuello!
Paula tensó las riendas y Rajah se movió nerviosamente.
—No vamos a discutir esto mientras montamos. Vete, Pedro. Me lo estaba pasando bien hasta que llegaste tú.
Entonces ella quitó el pie del estribo y se bajó. Llevó a Rajah a un arroyo que había entre los árboles. Pedro se bajó del caballo también. Ató a Starlight al árbol más cercano y fue tras ella. Intentó controlarse. ¿Por qué le costaba tanto cuando estaba con Paula? Después de todo era solo una mujer. ¿Solo una mujer? ¿Estaba de broma? Ella lo vió venir y lo miró.
—No te das por aludido, ¿Verdad? —dijo ella con amargura.
—Se te ve mucho mejor —dijo él.
—Hasta que has venido tú me he sentido mejor.
Pedro se rió de malagana.
—Podemos intercambiar insultos como los niños en el parque, Paula. O podemos intentar comportarnos como adultos… Sinceramente me ha dado miedo verte montar a Rajah tan negligentemente.
Ella dejó las riendas en una rama.
—No estaba montando a Rajah negligentemente —dijo.
—¡Ese caballo es muy difícil de montar!
—Ese caballo está comiendo hierba tranquilamente al lado del arroyo, y yo, como ves, estoy entera.
—No cedes un centímetro, ¿No?
—No en lo que se refiere a tí.
Ella llevaba una camisa amarilla y unos pantalones de montar. Sus botas estaban bastante usadas. Él hubiera deseado tomarla en sus brazos y besarla hasta que ninguno de los dos pudiera respirar.
—Me alegro de que te sientas mejor —dijo Pedro.
Paula se quedó callada. Tenía que decirle que estaba embarazada, pensó, con desesperación. Entonces, ¿Por qué no allí, en aquel sitio tan pacífico, donde nadie los interrumpiría? Ella tomó aliento y dijo:
—El motivo de que me sienta mejor es que se me han pasado las náuseas.
Hubo un silencio y luego Pedro preguntó:
—¿Las náuseas?
—Sí, estoy embarazada.
Durante unos segundos ella no dijo nada.
—¿Quién es el padre? —preguntó Pedro.
—Tú, por supuesto.
—¿Por supuesto? No sé nada de tí. Podrías haber estado acostándote con una docena de hombres.
—Te dije que hacía mucho tiempo que no lo hacía.
—¿Te acuerdas de la boda, Paula? ¿Que te sentiste mal cuando te pusieron los canapés? ¿Estabas embarazada entonces?
domingo, 13 de noviembre de 2016
viernes, 11 de noviembre de 2016
Hechizo De Amor: Capítulo 32
El Día de Acción de Gracias era en el último fin de semana de sus vacaciones. Ella tenía que marcharse a Calgary la semana siguiente. No podría librarse de ir a Los Robles, puesto que sería una desconsideración.
—Me alegra la idea —dijo ella.
Él apretó la boca.
Tendría que decírselo, tarde o temprano, pensó. Se le notaría. Pero no había nada que le diera más miedo. Los Robles en octubre estaba preciosa. Hasta la luz parecía de oro y el aire olía deliciosamente.
Pedro no llegaba hasta el domingo por la mañana, le había dicho Alejandra, lo que quería decir que Paula tendría dos días para disfrutar sola antes de que llegase él. Estaba embarazada de dos meses y medio. Las náuseas se le habían pasado prácticamente, y se encontraba mejor en general. Alejandra estaba algo más tranquila, pero seguía mimando a su hija.
El viernes por la tarde Horacio llevó a Paula a dar un paseo por los graneros y médanos. Como la había visto montar a caballo, le dijo que podía elegir el caballo que quisiera y montar cuando quisiera. Como Paula solía estar acostumbrada a hacer ejercicio diariamente y como era una experta jinete, no sintió que haciéndolo pusiera en riesgo su embarazo.
El viernes por la tarde y el sábado Paula montó y galopó por los médanos y se deleitó en la compañía silenciosa de los caballos. El ejercicio le hizo bien. Se fue a la cama a las diez el sábado por la noche, pero a la una de la madrugada se despertó. Pedro llegaría esa misma mañana. Tendría que decirle que estaba embarazada. Sintió pánico. ¿Qué podía hacer? Podía emigrar a Australia, tener el bebé y rogar que no se pareciera a Pedro. Pero su madre y Horacio irían a verla. Y además estaba segura de que los genes de Pedro serían predominantes, que su niño tendría el pelo negro y los ojos azules oscuros como el cielo a medianoche.
También podría mentirle y decirle que no era hijo suyo. Que había sido concebido en Borneo. Engañarlo como él la había engañado a ella. Pero eso… ¿No la haría tan manipuladora y poco digna de confianza como a él? No iba a hacer eso. Le diría la verdad. No porque le debiera nada, sino por su propia dignidad. Aunque eso tuviera consecuencias. La otra opción era esperar a Navidad. Para entonces estaría de cinco meses y no tendría que decir nada. Con mirarla estaría todo dicho. Todos lo sabrían. No, se lo diría enseguida. La ofensiva era la mejor defensa, había aprendido en años de negociaciones en su profesión. Se levantó y fue a la cocina. Ya que se le habían pasado las náuseas tenía hambre casi todo el tiempo. Se haría un sándwich de queso y crema de cacahuetes.Y tomaría un vaso de leche. Bajó a la cocina y recordó a Pedro comiendo hamburguesas la noche de la boda. Abrió el frigorífico y se preparó algo de comer. Sintió un ruido en la puerta de la cocina. Se asustó. Pero inmediatamente apareció Pedro, como si ella lo hubiera conjurado.
—Pensé que serías tú —dijo Pedro.
Estaba vestido con un traje, camisa blanca y corbata. Llevaba la chaqueta colgada en el brazo.
—Se suponía que no llegarías hasta mañana.
—Siento decepcionarte.
Ella se estiró la camiseta grande que llevaba puesta, pero que en aquel momento le parecía pequeña por no tapar completamente sus piernas. Pedro se acercó.
—¿Te revuelve el estómago la comida italiana y ahora estás comiendo crema de cacahuetes? —comentó él burlonamente.
—Tenía hambre.
Él se acercó y tomó un mechón de pelo de Paula.
—¡No, Pedro! Por favor…
Él soltó el pelo.
—No soportas verme, ¿No es así? —le dijo Pedro.
Lo que no podía soportar era que él la tocase, porque podía sentir tentaciones de derretirse en sus brazos y de besarlo.
—Parece que lo estás comprendiendo por fin —dijo ella.
—Entonces, ¿Por qué no te marchas? Porque yo también tengo hambre y no quiero compartir la cocina con una mujer que me trata como a un violador.
Paula tomó su plato y su vaso de leche.
—Yo tampoco quiero compartirla con un hombre que piensa que las mujeres son la forma de vida más baja.
—¡Yo te he pedido disculpas por lo del dinero!
—Las palabras no cuestan nada, Pedro.
—En Nueva York… lo que te dije y el modo en que me comporté… No debí hacerlo. Fui corto de miras.
—¿Corto de miras? Es un modo de decirlo… —ella fue hacia la puerta, caminando descalza.
—Al menos trátame como a un ser humano delante de tu madre y de mi padre, ¿Quieres? Si no será el Día de Acción de Gracias más largo del mundo.
—¡Oh! Sobre todo, guardemos las apariencias… —dijo ella.
—No sigas, Paula, no me provoques…
—No quieras intimidarme —le contestó ella.
Pedro se acercó a Paula, pero ella empujó la puerta y salió de la cocina. Corrió por las escaleras del fondo. De pronto sintió que su rabia se había evaporado y que tenía las mejillas con lágrimas. Se sentía muy sola. Sola e indefensa. Pedro era su enemigo, y no tenía dónde esconderse.
—Me alegra la idea —dijo ella.
Él apretó la boca.
Tendría que decírselo, tarde o temprano, pensó. Se le notaría. Pero no había nada que le diera más miedo. Los Robles en octubre estaba preciosa. Hasta la luz parecía de oro y el aire olía deliciosamente.
Pedro no llegaba hasta el domingo por la mañana, le había dicho Alejandra, lo que quería decir que Paula tendría dos días para disfrutar sola antes de que llegase él. Estaba embarazada de dos meses y medio. Las náuseas se le habían pasado prácticamente, y se encontraba mejor en general. Alejandra estaba algo más tranquila, pero seguía mimando a su hija.
El viernes por la tarde Horacio llevó a Paula a dar un paseo por los graneros y médanos. Como la había visto montar a caballo, le dijo que podía elegir el caballo que quisiera y montar cuando quisiera. Como Paula solía estar acostumbrada a hacer ejercicio diariamente y como era una experta jinete, no sintió que haciéndolo pusiera en riesgo su embarazo.
El viernes por la tarde y el sábado Paula montó y galopó por los médanos y se deleitó en la compañía silenciosa de los caballos. El ejercicio le hizo bien. Se fue a la cama a las diez el sábado por la noche, pero a la una de la madrugada se despertó. Pedro llegaría esa misma mañana. Tendría que decirle que estaba embarazada. Sintió pánico. ¿Qué podía hacer? Podía emigrar a Australia, tener el bebé y rogar que no se pareciera a Pedro. Pero su madre y Horacio irían a verla. Y además estaba segura de que los genes de Pedro serían predominantes, que su niño tendría el pelo negro y los ojos azules oscuros como el cielo a medianoche.
También podría mentirle y decirle que no era hijo suyo. Que había sido concebido en Borneo. Engañarlo como él la había engañado a ella. Pero eso… ¿No la haría tan manipuladora y poco digna de confianza como a él? No iba a hacer eso. Le diría la verdad. No porque le debiera nada, sino por su propia dignidad. Aunque eso tuviera consecuencias. La otra opción era esperar a Navidad. Para entonces estaría de cinco meses y no tendría que decir nada. Con mirarla estaría todo dicho. Todos lo sabrían. No, se lo diría enseguida. La ofensiva era la mejor defensa, había aprendido en años de negociaciones en su profesión. Se levantó y fue a la cocina. Ya que se le habían pasado las náuseas tenía hambre casi todo el tiempo. Se haría un sándwich de queso y crema de cacahuetes.Y tomaría un vaso de leche. Bajó a la cocina y recordó a Pedro comiendo hamburguesas la noche de la boda. Abrió el frigorífico y se preparó algo de comer. Sintió un ruido en la puerta de la cocina. Se asustó. Pero inmediatamente apareció Pedro, como si ella lo hubiera conjurado.
—Pensé que serías tú —dijo Pedro.
Estaba vestido con un traje, camisa blanca y corbata. Llevaba la chaqueta colgada en el brazo.
—Se suponía que no llegarías hasta mañana.
—Siento decepcionarte.
Ella se estiró la camiseta grande que llevaba puesta, pero que en aquel momento le parecía pequeña por no tapar completamente sus piernas. Pedro se acercó.
—¿Te revuelve el estómago la comida italiana y ahora estás comiendo crema de cacahuetes? —comentó él burlonamente.
—Tenía hambre.
Él se acercó y tomó un mechón de pelo de Paula.
—¡No, Pedro! Por favor…
Él soltó el pelo.
—No soportas verme, ¿No es así? —le dijo Pedro.
Lo que no podía soportar era que él la tocase, porque podía sentir tentaciones de derretirse en sus brazos y de besarlo.
—Parece que lo estás comprendiendo por fin —dijo ella.
—Entonces, ¿Por qué no te marchas? Porque yo también tengo hambre y no quiero compartir la cocina con una mujer que me trata como a un violador.
Paula tomó su plato y su vaso de leche.
—Yo tampoco quiero compartirla con un hombre que piensa que las mujeres son la forma de vida más baja.
—¡Yo te he pedido disculpas por lo del dinero!
—Las palabras no cuestan nada, Pedro.
—En Nueva York… lo que te dije y el modo en que me comporté… No debí hacerlo. Fui corto de miras.
—¿Corto de miras? Es un modo de decirlo… —ella fue hacia la puerta, caminando descalza.
—Al menos trátame como a un ser humano delante de tu madre y de mi padre, ¿Quieres? Si no será el Día de Acción de Gracias más largo del mundo.
—¡Oh! Sobre todo, guardemos las apariencias… —dijo ella.
—No sigas, Paula, no me provoques…
—No quieras intimidarme —le contestó ella.
Pedro se acercó a Paula, pero ella empujó la puerta y salió de la cocina. Corrió por las escaleras del fondo. De pronto sintió que su rabia se había evaporado y que tenía las mejillas con lágrimas. Se sentía muy sola. Sola e indefensa. Pedro era su enemigo, y no tenía dónde esconderse.
Hechizo De Amor: Capítulo 31
Paula seguía bailando como una muñeca de plástico, rígida.
—Te he juzgado mal. Te pido disculpas.
—Bien.
—Puedo quedarme en la ciudad hasta mañana por la noche. Almorcemos juntos, Paula.
—No quiero.
—¿Quieres mirarme, por el amor de Dios?
Ella se quedó quieta en el sitio y dijo:
—He dicho que no, Pedro. Esa palabra con la que tú tienes tantos problemas… No debí venir hoy. Fue una estupidez. Y ahora, ¿Te importaría llevarme nuevamente a la mesa?
—O sea que me guardas rencor.
—Pedro, te acostaste conmigo en Nueva York. Me hiciste el amor toda la noche, y luego me dijiste que había sido un plan para enseñarme quién era el jefe. Dame alguna razón por la que pueda confiar en algo de lo que digas o hagas.
Paula volvía a hablar de hacer el amor. Él pensaba en cambio que la había llevado a la cama. Hacer el amor era algo que él no tenía previsto.
—Te acabas de disculpar con tanto sentimiento como el que has usado para pedir una ensalada. ¿Por qué voy a creerte? Es posible que sea el próximo paso en un nuevo plan. Porque no puedes soportar perder, ¿Verdad? No puedes soportar que una mujer no se muera por tí. ¿No lo comprendes? —gritó ella—. ¡Me manipulaste como si fuera una cosa! Me rebajaste. Y te rebajaste a tí mismo, por supuesto. Aunque no pareció importarte —ella se puso pálida, y se tambaleó.
Pedro la rodeó con sus brazos.
—Voy a llevarte a casa, ahora.
Ella tenía ganas de estar en su casa, y no veía la hora de desembarazarse de él. De estar sola.
—No. No pienso arruinarle la noche a mi madre por tí. Y sí me lleva alguien a casa, será Marcos.
Pedro sintió celos.
—Tú y yo no hemos terminado todavía.
Lo odiaba. Y por una vez no iba a conseguir lo que quería: a Paula.
La pasta pareció sentarle bien a Paula. Bailó con Horacio, escuchó todas sus historias y conversó civilizadamente con Pamela. También bailó varias veces con Marcos, quien demostró tanto sentido del ritmo como su madre con el órgano. Hablaron de minería, de los viajes… Era un hombre muy agradable, pero Paula no se iba a enamorar nunca de él, pensó ella, mirando su corbata sucia de sopa. ¿No iba a terminar nunca la cena? Lo único bueno había sido que Pedro no le había vuelto a pedir que bailara con él.
Se había pasado todo el tiempo mirando a su madre y a Horacio, tratando de ver si había algún detalle que pudiera vaticinar el divorcio. Si Alejandra se divorciaba otra vez, ella no se vería obligada a tratar con el padre de su hijo. En cierto modo tendría más libertad. Le molestaba pensar esas cosas. Pero era una realidad.
De todos modos, Horacio y Alejandra parecían sentirse bien el uno con el otro. En otro momento de su vida aquello la habría fascinado, por tener algo de especial en relación a los otros matrimonios que había tenido su madre.No podía dejar de pensar en su problema: aborto, adopción, matrimonio, aborto, adopción, matrimonio… Todos imposibles.
Miró hacia Pedro y Pamela, que estaban bailando. Ella estaba apretada contra él. De pronto se le ocurrió una idea: ¿Qué pasaría si Pedro se casaba con Pamela? Se sentiría menos amenazada por él. Por supuesto. La idea de confesarle que estaba embarazada de un hijo suyo la dejaba petrificada, pero la idea de que Pamela estuviera en la cama de Pedro todas las noches le provocaba un tumulto de sensaciones. Cuando Marcos la llevó nuevamente a la mesa, un camarero se acercó a Alejandra y le dió la factura. ¡Por fin podría irse a su casa!
—¿Estás lista para marcharte, Pau? —le preguntó Marcos.
Ella le sonrió. Durante el viaje en taxi hacia el restaurante con él, había estado tentada de contarle lo de su embarazo. Pero Marcos se marchaba de viaje en pocos días. ¿Para qué se lo iba a contar? Se despidió de todos con besos y adioses.
—Adiós, Paula —le dijo Pedro con tono grave—. Te veré el día de Acción de Gracias en Los Robles.
—Te he juzgado mal. Te pido disculpas.
—Bien.
—Puedo quedarme en la ciudad hasta mañana por la noche. Almorcemos juntos, Paula.
—No quiero.
—¿Quieres mirarme, por el amor de Dios?
Ella se quedó quieta en el sitio y dijo:
—He dicho que no, Pedro. Esa palabra con la que tú tienes tantos problemas… No debí venir hoy. Fue una estupidez. Y ahora, ¿Te importaría llevarme nuevamente a la mesa?
—O sea que me guardas rencor.
—Pedro, te acostaste conmigo en Nueva York. Me hiciste el amor toda la noche, y luego me dijiste que había sido un plan para enseñarme quién era el jefe. Dame alguna razón por la que pueda confiar en algo de lo que digas o hagas.
Paula volvía a hablar de hacer el amor. Él pensaba en cambio que la había llevado a la cama. Hacer el amor era algo que él no tenía previsto.
—Te acabas de disculpar con tanto sentimiento como el que has usado para pedir una ensalada. ¿Por qué voy a creerte? Es posible que sea el próximo paso en un nuevo plan. Porque no puedes soportar perder, ¿Verdad? No puedes soportar que una mujer no se muera por tí. ¿No lo comprendes? —gritó ella—. ¡Me manipulaste como si fuera una cosa! Me rebajaste. Y te rebajaste a tí mismo, por supuesto. Aunque no pareció importarte —ella se puso pálida, y se tambaleó.
Pedro la rodeó con sus brazos.
—Voy a llevarte a casa, ahora.
Ella tenía ganas de estar en su casa, y no veía la hora de desembarazarse de él. De estar sola.
—No. No pienso arruinarle la noche a mi madre por tí. Y sí me lleva alguien a casa, será Marcos.
Pedro sintió celos.
—Tú y yo no hemos terminado todavía.
Lo odiaba. Y por una vez no iba a conseguir lo que quería: a Paula.
La pasta pareció sentarle bien a Paula. Bailó con Horacio, escuchó todas sus historias y conversó civilizadamente con Pamela. También bailó varias veces con Marcos, quien demostró tanto sentido del ritmo como su madre con el órgano. Hablaron de minería, de los viajes… Era un hombre muy agradable, pero Paula no se iba a enamorar nunca de él, pensó ella, mirando su corbata sucia de sopa. ¿No iba a terminar nunca la cena? Lo único bueno había sido que Pedro no le había vuelto a pedir que bailara con él.
Se había pasado todo el tiempo mirando a su madre y a Horacio, tratando de ver si había algún detalle que pudiera vaticinar el divorcio. Si Alejandra se divorciaba otra vez, ella no se vería obligada a tratar con el padre de su hijo. En cierto modo tendría más libertad. Le molestaba pensar esas cosas. Pero era una realidad.
De todos modos, Horacio y Alejandra parecían sentirse bien el uno con el otro. En otro momento de su vida aquello la habría fascinado, por tener algo de especial en relación a los otros matrimonios que había tenido su madre.No podía dejar de pensar en su problema: aborto, adopción, matrimonio, aborto, adopción, matrimonio… Todos imposibles.
Miró hacia Pedro y Pamela, que estaban bailando. Ella estaba apretada contra él. De pronto se le ocurrió una idea: ¿Qué pasaría si Pedro se casaba con Pamela? Se sentiría menos amenazada por él. Por supuesto. La idea de confesarle que estaba embarazada de un hijo suyo la dejaba petrificada, pero la idea de que Pamela estuviera en la cama de Pedro todas las noches le provocaba un tumulto de sensaciones. Cuando Marcos la llevó nuevamente a la mesa, un camarero se acercó a Alejandra y le dió la factura. ¡Por fin podría irse a su casa!
—¿Estás lista para marcharte, Pau? —le preguntó Marcos.
Ella le sonrió. Durante el viaje en taxi hacia el restaurante con él, había estado tentada de contarle lo de su embarazo. Pero Marcos se marchaba de viaje en pocos días. ¿Para qué se lo iba a contar? Se despidió de todos con besos y adioses.
—Adiós, Paula —le dijo Pedro con tono grave—. Te veré el día de Acción de Gracias en Los Robles.
Hechizo De Amor: Capítulo 30
Alejandra, que presidía la mesa, al lado de Pedro, intentó conversar con él. Tal vez ella no hubiera estado detrás del dinero de su padre, pensó Pedro, de igual modo que Paula no había estado tras el suyo. Por lo poco que los había visto juntos, tenía la impresión de que Alejandra y su padre eran felices juntos. De pronto recordó unas palabras: «Serás un lince en los negocios, pero estás totalmente verde en las relaciones personales».
—… qué opinas, Pedro?
—Lo siento, Alejandra, ¿Qué has dicho? —preguntó él.
Sirvieron el primer plato.
—He traído tu vestido, Paula—le dijo él. También le había llevado las demás cosas que ella se había dejado en NuevaYork.
Paula recordó aquella noche, en que se había marchado precipitadamente. Dejó caer un tortellini de su tenedor. Nunca le habían gustado demasiado. De pronto se apartó de la mesa y dijo:
—Perdonen —y salió corriendo al cuarto de baño.
Pedro empezó a levantarse. Luego se sentó y dijo:
—Alejandra, estoy preocupado por ella.
—Yo también. Pero le molesta que se lo diga.
—Le diré que bailemos cuando vuelva. Tal vez me entere de qué le pasa.
—Eres muy amable, Pedro —dijo, agradecida.
Pedro se sintió mal consigo mismo por haber sido tan poco amable con Alejandra. Luego prestó atención a su tío, pero no dejó de estar atento al regreso de Paula.
Cuando la vió aparecer al otro extremo de la habitación, se levantó de la mesa y fue hacia ella. Paula lo vió caminar hacia ella. Marcos le había advertido de que iría Pedro, así que al menos no la había sorprendido. Alzó la barbilla y lo esperó. Era inútil evitarlo. Lo sabía.
—Bailemos, Paula —le dijo él. Al menos así no tendría que ver comida, pensó ella.
—Paula, ¿No vas a decirme qué ocurre?
—No —dijo ella, cerrando los ojos.
No había negado que había algo que la estaba aquejando. Solo se negaba a contárselo. De pronto, Pedro pensó que su comportamiento de aquella mañana en Nueva York había sido censurable. La tomó en brazos, y en ese momento lo traicionaron los recuerdos.
—Hay algo que quiero decirte —le dijo Pedro.
Ella no lo miró. Luego, de pronto, a él se le cruzó algo por la mente:
—¿Te pasa algo grave… como tener un cáncer?
—No —dijo ella.
Él se sintió aliviado. Estaba seguro de que ella no mentía nunca.
—Una vez tuve disentería, en India. No lo pasé muy bien.
Paula no respondió.
—Cuando tu madre me ha dicho que solías trabajar para los chicos de la calle y las mujeres maltratadas, fue un golpe para mí. No has buscado jamás mi dinero, Paula. Ahora lo sé… Y siento haber dicho que sí.
—Mi madre habla demasiado —dijo Paula.
¿Se había imaginado que si se disculpaba, ella se echaría en sus brazos? Él nunca se había disculpado con ninguna mujer. Pero si se había imaginado que podía haber algún tipo de reconciliación, se había equivocado.
—… qué opinas, Pedro?
—Lo siento, Alejandra, ¿Qué has dicho? —preguntó él.
Sirvieron el primer plato.
—He traído tu vestido, Paula—le dijo él. También le había llevado las demás cosas que ella se había dejado en NuevaYork.
Paula recordó aquella noche, en que se había marchado precipitadamente. Dejó caer un tortellini de su tenedor. Nunca le habían gustado demasiado. De pronto se apartó de la mesa y dijo:
—Perdonen —y salió corriendo al cuarto de baño.
Pedro empezó a levantarse. Luego se sentó y dijo:
—Alejandra, estoy preocupado por ella.
—Yo también. Pero le molesta que se lo diga.
—Le diré que bailemos cuando vuelva. Tal vez me entere de qué le pasa.
—Eres muy amable, Pedro —dijo, agradecida.
Pedro se sintió mal consigo mismo por haber sido tan poco amable con Alejandra. Luego prestó atención a su tío, pero no dejó de estar atento al regreso de Paula.
Cuando la vió aparecer al otro extremo de la habitación, se levantó de la mesa y fue hacia ella. Paula lo vió caminar hacia ella. Marcos le había advertido de que iría Pedro, así que al menos no la había sorprendido. Alzó la barbilla y lo esperó. Era inútil evitarlo. Lo sabía.
—Bailemos, Paula —le dijo él. Al menos así no tendría que ver comida, pensó ella.
—Paula, ¿No vas a decirme qué ocurre?
—No —dijo ella, cerrando los ojos.
No había negado que había algo que la estaba aquejando. Solo se negaba a contárselo. De pronto, Pedro pensó que su comportamiento de aquella mañana en Nueva York había sido censurable. La tomó en brazos, y en ese momento lo traicionaron los recuerdos.
—Hay algo que quiero decirte —le dijo Pedro.
Ella no lo miró. Luego, de pronto, a él se le cruzó algo por la mente:
—¿Te pasa algo grave… como tener un cáncer?
—No —dijo ella.
Él se sintió aliviado. Estaba seguro de que ella no mentía nunca.
—Una vez tuve disentería, en India. No lo pasé muy bien.
Paula no respondió.
—Cuando tu madre me ha dicho que solías trabajar para los chicos de la calle y las mujeres maltratadas, fue un golpe para mí. No has buscado jamás mi dinero, Paula. Ahora lo sé… Y siento haber dicho que sí.
—Mi madre habla demasiado —dijo Paula.
¿Se había imaginado que si se disculpaba, ella se echaría en sus brazos? Él nunca se había disculpado con ninguna mujer. Pero si se había imaginado que podía haber algún tipo de reconciliación, se había equivocado.
Hechizo De Amor: Capítulo 29
Cuando dejó el vestíbulo, uno de los camareros, un hombre joven de pelo pelirrojo, pasó por su lado. Ella lo paró y puso su mano en su brazo. El hombre le sonrió sorprendido. Intercambiaron algunas palabras y sonrisas, y luego el camarero siguió su camino. Cuando Marcos le dijo algo a Paula, Alejandra miró a Pedro y dijo:
—Otro de los protegidos de Paula.
—¿A qué te refieres? —preguntó él.
—Paula trabajó con los niños de la calle un par de años. Antes de aquello estuvo trabajando en un albergue para mujeres maltratadas —Alejandra se estremeció—. Me tenía muy preocupada entonces. Y siempre temo que se meta en algo en lo que no debe cuando anda de viaje. No puede soportar las injusticias… Tanto si se trata de un pollito como de un niño. «Paula no buscaba mi dinero», pensó él. Pedro se quedó en estado de shock.
Miró a Paula, que estaba pasando entre las mesas. Horacio se puso de pie para saludarla. Automáticamente, él hizo lo mismo. Desde la distancia ella estaba tan brillante como una mariposa. De cerca, tenía mala cara. No había maquillaje que pudiera disimularlo.
Paula dio un beso a su madre en la mejilla y abrazó a Horacio. Luego saludó a tía Blanca, a tío Leonardo y a Pamela con naturalidad. Luego se volvió a Pedro y le dijo;
—Buenas noches, Pedro.
—¿Estás enferma? —le preguntó él.
—Me he contagiado un virus tropical en Papua Nueva Guinea. Estoy bien.
—No tienes buen aspecto.
—Ya tengo una madre. No necesito otra.
Él le ofreció una silla al lado de él:
—Siéntate antes de que te caigas.
Paula miró la mesa. Marcos se había sentado cerca de Pamela.
—¿Sigues con tus juegos? —le preguntó, y se sentó. Pedro no le contestó. Sus emociones se habían transformado en algo más complejo. ¿Preocupación? ¿Ansiedad? ¿Temor? Paula parecía frágil.
—¿Te ocurre algo, Paula? —le preguntó.
—Ya te lo he dicho —sonrió al camarero—. Tomaré Perrier con lima, por favor.
—Un whisky —dijo Pedro—. ¿Cómo es que conocías al camarero pelirrojo?
Paula lo miró directamente por primera vez esa noche y le dijo:
—Eso no es asunto tuyo —le dijo fríamente, en voz baja—. Pensé que no vendrías esta noche, si no, yo no habría venido. Me trataste como a una basura en Nueva York. Como a un juguete del que te hubieras cansado. No tengo nada más que hablar contigo. Nada.
—¿Qué tipo de virus? ¿Has estado en el médico?
Ella apretó el cuchillo que tenía en la mano, como si quisiera matarlo, pensó él.
—He viajado mucho por el trópico. Hay que tener mucho cuidado… —dijo él.
Sí, tenía razón. Tendría que haber tenido más cuidado, pensó Paula.
—Guárdate los consejos para alguien que los quiera —dijo ella.
La intuición le dijo a Pedro que el problema de Paula no era un virus. Pero lamentablemente su intuición no le decía nada más. ¿Y por qué sentía que quería protegerla?
Paula empezó a conversar con el marido de tía Blanca, tío Leonardo, que estaba sentado frente a ella. Pedro se bebió el whisky y miró la carta. El camarero volvió. Paula pidió una ensalada y unas pastas sencillas. No había bebido su copa aún.
—Otro de los protegidos de Paula.
—¿A qué te refieres? —preguntó él.
—Paula trabajó con los niños de la calle un par de años. Antes de aquello estuvo trabajando en un albergue para mujeres maltratadas —Alejandra se estremeció—. Me tenía muy preocupada entonces. Y siempre temo que se meta en algo en lo que no debe cuando anda de viaje. No puede soportar las injusticias… Tanto si se trata de un pollito como de un niño. «Paula no buscaba mi dinero», pensó él. Pedro se quedó en estado de shock.
Miró a Paula, que estaba pasando entre las mesas. Horacio se puso de pie para saludarla. Automáticamente, él hizo lo mismo. Desde la distancia ella estaba tan brillante como una mariposa. De cerca, tenía mala cara. No había maquillaje que pudiera disimularlo.
Paula dio un beso a su madre en la mejilla y abrazó a Horacio. Luego saludó a tía Blanca, a tío Leonardo y a Pamela con naturalidad. Luego se volvió a Pedro y le dijo;
—Buenas noches, Pedro.
—¿Estás enferma? —le preguntó él.
—Me he contagiado un virus tropical en Papua Nueva Guinea. Estoy bien.
—No tienes buen aspecto.
—Ya tengo una madre. No necesito otra.
Él le ofreció una silla al lado de él:
—Siéntate antes de que te caigas.
Paula miró la mesa. Marcos se había sentado cerca de Pamela.
—¿Sigues con tus juegos? —le preguntó, y se sentó. Pedro no le contestó. Sus emociones se habían transformado en algo más complejo. ¿Preocupación? ¿Ansiedad? ¿Temor? Paula parecía frágil.
—¿Te ocurre algo, Paula? —le preguntó.
—Ya te lo he dicho —sonrió al camarero—. Tomaré Perrier con lima, por favor.
—Un whisky —dijo Pedro—. ¿Cómo es que conocías al camarero pelirrojo?
Paula lo miró directamente por primera vez esa noche y le dijo:
—Eso no es asunto tuyo —le dijo fríamente, en voz baja—. Pensé que no vendrías esta noche, si no, yo no habría venido. Me trataste como a una basura en Nueva York. Como a un juguete del que te hubieras cansado. No tengo nada más que hablar contigo. Nada.
—¿Qué tipo de virus? ¿Has estado en el médico?
Ella apretó el cuchillo que tenía en la mano, como si quisiera matarlo, pensó él.
—He viajado mucho por el trópico. Hay que tener mucho cuidado… —dijo él.
Sí, tenía razón. Tendría que haber tenido más cuidado, pensó Paula.
—Guárdate los consejos para alguien que los quiera —dijo ella.
La intuición le dijo a Pedro que el problema de Paula no era un virus. Pero lamentablemente su intuición no le decía nada más. ¿Y por qué sentía que quería protegerla?
Paula empezó a conversar con el marido de tía Blanca, tío Leonardo, que estaba sentado frente a ella. Pedro se bebió el whisky y miró la carta. El camarero volvió. Paula pidió una ensalada y unas pastas sencillas. No había bebido su copa aún.
Hechizo De Amor: Capítulo 28
En la siguiente semana, Pedro volvió dos días antes de lo previsto, después de estar en Exumas, inspeccionando un complejo turístico. Se quitó la corbata, y deseó que Nueva York no estuviera tan caluroso como el Caribe. Miró si había mensajes en el contestador. Había mensajes de Pamela, por supuesto. Estaba en Toronto haciendo un trabajo durante un par de semanas. El otro mensaje era de Alejandra. No había mensajes de Paula. No había ningún motivo para que hubiera algún mensaje suyo, y sí para que no los hubiera. Llamó a Los Robles rápidamente. No le prestó demasiada atención a Alejandra. Pero de pronto algo le interesó.
— …una cena para la fiesta de cumpleaños de tu padre. En Toronto, el viernes, en Verdi. ¿Puedes venir, Pedro? No pensé que estarías de vuelta para entonces, y me encantaría que se reuniera toda la familia.
«Sí.», pensó él. Una cena de familia… Volvería a ver a Paula. ¿Y eso lo libraría de aquella compulsión a estar con ella? ¿De sentir el perfume de su piel? ¿De verla reír? ¿De disfrutar de su inteligencia y de su voz? No había sido capaz ni de nadar en el lujoso complejo costero sin recordar sus ojos azules como el mar. Y recordar el dolor en ellos cuando le había preguntado por qué la había llevado a la cama aquella noche.
—¿A qué hora?
—A las siete y media. Paula va a venir con Marcos.
Pedro sintió celos, pero contestó suavemente:
—¿Puedo ir con Pamela? Ella también está en Toronto.
—Por supuesto. Cuantos más seamos, mejor.
Después de seguir una conversación sin trascendencia, Pedro colgó. ¿Estaría saliendo Paula con Marcos? Probablemente. A Paula Marcos le había gustado desde el principio. Tenían muchas cosas en común, y su primo era un buen muchacho, que no habría llevado a una mujer a la cama para darle una lección…Había calculado mal al creer que controlando él los límites de la relación con ella se acabarían los problemas…
Pedro y Pamela llegaron cinco minutos antes a Verdi, un restaurante con música y excelente comida italiana. Pamela estaba deslumbrante, y se había colgado de su brazo de un modo que le hacía arrepentirse de haberla invitado. No le preocupaban las sentimientos de Pamela. Le había llevado una o dos citas darse cuenta de que ella los tenía reservados para el escenario y que sus ambiciones tenían dos caras: llegar a la cima de su profesión y casarse con un hombre rico. El problema era su impaciencia por ver a Paula nuevamente.
Paula y Marcos llegaron diez minutos tarde. Pedro estaba hablando con Alejandra en aquel momento. Paula llevaba una túnica azul con bordados en oro encima de una falda corta. Sus piernas parecían interminables. Hacía más de un mes que no la veía. Su pelo era una masa de rizos. Sus delgados tobillos, el balanceo de sus caderas, provocaban en él una mezcla de hambre, de rabia y tristeza.
— …una cena para la fiesta de cumpleaños de tu padre. En Toronto, el viernes, en Verdi. ¿Puedes venir, Pedro? No pensé que estarías de vuelta para entonces, y me encantaría que se reuniera toda la familia.
«Sí.», pensó él. Una cena de familia… Volvería a ver a Paula. ¿Y eso lo libraría de aquella compulsión a estar con ella? ¿De sentir el perfume de su piel? ¿De verla reír? ¿De disfrutar de su inteligencia y de su voz? No había sido capaz ni de nadar en el lujoso complejo costero sin recordar sus ojos azules como el mar. Y recordar el dolor en ellos cuando le había preguntado por qué la había llevado a la cama aquella noche.
—¿A qué hora?
—A las siete y media. Paula va a venir con Marcos.
Pedro sintió celos, pero contestó suavemente:
—¿Puedo ir con Pamela? Ella también está en Toronto.
—Por supuesto. Cuantos más seamos, mejor.
Después de seguir una conversación sin trascendencia, Pedro colgó. ¿Estaría saliendo Paula con Marcos? Probablemente. A Paula Marcos le había gustado desde el principio. Tenían muchas cosas en común, y su primo era un buen muchacho, que no habría llevado a una mujer a la cama para darle una lección…Había calculado mal al creer que controlando él los límites de la relación con ella se acabarían los problemas…
Pedro y Pamela llegaron cinco minutos antes a Verdi, un restaurante con música y excelente comida italiana. Pamela estaba deslumbrante, y se había colgado de su brazo de un modo que le hacía arrepentirse de haberla invitado. No le preocupaban las sentimientos de Pamela. Le había llevado una o dos citas darse cuenta de que ella los tenía reservados para el escenario y que sus ambiciones tenían dos caras: llegar a la cima de su profesión y casarse con un hombre rico. El problema era su impaciencia por ver a Paula nuevamente.
Paula y Marcos llegaron diez minutos tarde. Pedro estaba hablando con Alejandra en aquel momento. Paula llevaba una túnica azul con bordados en oro encima de una falda corta. Sus piernas parecían interminables. Hacía más de un mes que no la veía. Su pelo era una masa de rizos. Sus delgados tobillos, el balanceo de sus caderas, provocaban en él una mezcla de hambre, de rabia y tristeza.
miércoles, 9 de noviembre de 2016
Hechizo De Amor: Capítulo 27
Había faltado otra paciente y a las cinco y cuarto estaba de vuelta del médico. No tenía un virus tropical. Estaba embarazada. De siete semanas. El padre, por supuesto, era Pedro. Debía de haber quedado embarazada la primera noche que habían hecho el amor. Su DIU no estaba en su sitio, le había dicho el médico, y entonces recordó los dolores menstruales terribles que había tenido en Borneo hacía cuatro meses. Debía de haber sido cuando se había movido de su sitio. Había estado demasiado ocupada en unas negociaciones para prestarle atención a su cuerpo. Y el control de la natalidad no había sido un problema que la preocupase. Embarazada. De pedro. ¡No podía ser cierto! ¿Qué diablos iba a hacer?
Paula se levantó. Caminó de un lado a otro. Hizo una colada, intentó comer algo y lo echó una hora más tarde. El matrimonio no era siquiera una opción. Ella odiaba a Pedro y él la despreciaba. Él la había traicionado en Nueva York. Había ultrajado su cuerpo con aquel apasionado deseo y había tratado su alma como si fuera una basura. ¿Cómo iba a confiar otra vez en él? No, no podía casarse con Pedro. No obstante no podía pensar en abortar. En los primeros tiempos de su carrera profesional, en Ottawa, su amiga Julia había abortado y luego se había arrepentido. Paula recordaba su llanto, y la depresión que la había embargado.
Además, a pesar de su situación, se sentía ferozmente protectora con su hijo no nacido, una reacción que la había tomado por sorpresa. ¿Era aquello el instinto maternal? No lo sabía. Pero ella estaba segura de que el aborto habría sido una violación a su conciencia del mismo modo en que la venganza de Pedro había violado su alma. Pero si ella tenía al niño, no podía ocultarlo. Pedro sabría de quién era haciendo cálculos. Si el niño se parecía a su padre, lo que era posible, su madre y Horacio también lo sabrían.
Tal vez pudiera dar al niño en adopción. Pero, ¿Cómo podía ocultar su embarazo durante siete meses más? Ella vería a su madre y a Horacio durante ese tiempo. Luego, de pronto, pensó en lo obvio. Ella iba a tener al nieto que Horacio y Alejandra tanto querían, era ajustar más la soga que se ceñía alrededor de ella. ¿Cómo iba a decirles a su madre y a su padrastro que ella iba a dar al niño en adopción? No había salida. Se sentía atrapada. Sonó el teléfono. Convencida de que debía de ser Pedro, miró el aparato con horror. Lo dejó sonar cuatro veces y luego lo atendió con aprensión.
—¿Sí?
—Querida, ¿eres tú?
—Hola, madre.
—¿Cuándo has llegado a casa?
—Esta mañana.
—Cariño, da la impresión de que estás mal… ¿Te he despertado?
Paula hizo un esfuerzo por poner algo de energía en su voz.
—Me he contagiado un virus mientras estaba fuera —mintió—. No me siento muy bien.
Alejandra habló un rato acerca del trabajo de Paula y de que tendría que dejarlo. Luego dijo:
—La semana que viene celebraremos una cena de cumpleaños para Horacio. Estarás mejor para entonces, cariño, ¿Verdad? He pensado hacerla en la ciudad, de forma que tú pudieras estar. No creo que Pedro pueda venir, me parece que está en el sur, así que dependo de tí, aunque Marcos, ¿Te acuerdas de él? Estará en la ciudad también.
—No lo sé, madre. Veré cómo me siento.
—Tienes que venir, Pau. Es tan importante para mí que mi familia y la de Horacio estrechen sus lazos… Que paséis más tiempo juntos… Estoy tan contenta, cariño, que me da miedo.
Paula reprimió una risa histérica. La familia estaba estrechando lazos, efectivamente, allí, en su mismo cuerpo.
—Veré cómo me siento. De todos modos, puedes traer las fotos de la luna de miel.
Cinco minutos más tarde, colgó, sin comprometerse a ir a la cena. Pero no podía evitar a su madre indefinidamente. Tenía que tomar al toro por los cuernos. Ir a la cena. Al fin y al cabo, era pronto para que se le notara el bebé. Y Pedro no estaría allí.
Paula se levantó. Caminó de un lado a otro. Hizo una colada, intentó comer algo y lo echó una hora más tarde. El matrimonio no era siquiera una opción. Ella odiaba a Pedro y él la despreciaba. Él la había traicionado en Nueva York. Había ultrajado su cuerpo con aquel apasionado deseo y había tratado su alma como si fuera una basura. ¿Cómo iba a confiar otra vez en él? No, no podía casarse con Pedro. No obstante no podía pensar en abortar. En los primeros tiempos de su carrera profesional, en Ottawa, su amiga Julia había abortado y luego se había arrepentido. Paula recordaba su llanto, y la depresión que la había embargado.
Además, a pesar de su situación, se sentía ferozmente protectora con su hijo no nacido, una reacción que la había tomado por sorpresa. ¿Era aquello el instinto maternal? No lo sabía. Pero ella estaba segura de que el aborto habría sido una violación a su conciencia del mismo modo en que la venganza de Pedro había violado su alma. Pero si ella tenía al niño, no podía ocultarlo. Pedro sabría de quién era haciendo cálculos. Si el niño se parecía a su padre, lo que era posible, su madre y Horacio también lo sabrían.
Tal vez pudiera dar al niño en adopción. Pero, ¿Cómo podía ocultar su embarazo durante siete meses más? Ella vería a su madre y a Horacio durante ese tiempo. Luego, de pronto, pensó en lo obvio. Ella iba a tener al nieto que Horacio y Alejandra tanto querían, era ajustar más la soga que se ceñía alrededor de ella. ¿Cómo iba a decirles a su madre y a su padrastro que ella iba a dar al niño en adopción? No había salida. Se sentía atrapada. Sonó el teléfono. Convencida de que debía de ser Pedro, miró el aparato con horror. Lo dejó sonar cuatro veces y luego lo atendió con aprensión.
—¿Sí?
—Querida, ¿eres tú?
—Hola, madre.
—¿Cuándo has llegado a casa?
—Esta mañana.
—Cariño, da la impresión de que estás mal… ¿Te he despertado?
Paula hizo un esfuerzo por poner algo de energía en su voz.
—Me he contagiado un virus mientras estaba fuera —mintió—. No me siento muy bien.
Alejandra habló un rato acerca del trabajo de Paula y de que tendría que dejarlo. Luego dijo:
—La semana que viene celebraremos una cena de cumpleaños para Horacio. Estarás mejor para entonces, cariño, ¿Verdad? He pensado hacerla en la ciudad, de forma que tú pudieras estar. No creo que Pedro pueda venir, me parece que está en el sur, así que dependo de tí, aunque Marcos, ¿Te acuerdas de él? Estará en la ciudad también.
—No lo sé, madre. Veré cómo me siento.
—Tienes que venir, Pau. Es tan importante para mí que mi familia y la de Horacio estrechen sus lazos… Que paséis más tiempo juntos… Estoy tan contenta, cariño, que me da miedo.
Paula reprimió una risa histérica. La familia estaba estrechando lazos, efectivamente, allí, en su mismo cuerpo.
—Veré cómo me siento. De todos modos, puedes traer las fotos de la luna de miel.
Cinco minutos más tarde, colgó, sin comprometerse a ir a la cena. Pero no podía evitar a su madre indefinidamente. Tenía que tomar al toro por los cuernos. Ir a la cena. Al fin y al cabo, era pronto para que se le notara el bebé. Y Pedro no estaría allí.
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