Cinco semanas más tarde Paula volvía de Australia. Había pasado un mes muy productivo en Sydney y Nueva Guinea, y su departamento nunca había estado tan bien.Se había contagiado de algún virus mientras estaba de viaje. Probablemente en Nueva Guinea, a pesar de que ella había seguido los cuidados habituales. Se sentía fatal.
Lo primero que hizo antes de deshacer las maletas fue llamar por teléfono a su médico para ir a su consulta. Afortunadamente alguien había cancelado la visita y podía ir aquella misma tarde al final de la consulta. Tenía que deshacer las maletas, darse una ducha, comprar fruta, comprar flores para su salón. Generalmente le encantaba la rutina de volver a casa. Y esa vez estaría en casa un tiempo. Una vez que escribiera su informe, tendría tres semanas de vacaciones bien merecidas. Pero cuando abrió el frigorífico vacío, con un lápiz y una hoja de papel en la mano para hacer una lista de lo que tenía que comprar, sintió náuseas. Corrió al cuarto de baño, y por segunda vez aquel día vomitó. Antes lo había hecho en el jumbo. Los servicios de los aviones no estaban preparados para mujeres con aquellos problemas. Después se lavó la cara con agua fría. Se miró al espejo. Tenía ojeras, y su piel estaba blanquecina. No se parecía en nada a la resplandeciente criatura que había ido a un concierto en Nueva York con un hombre que la había atraído como una llama a una luciérnaga. Tal vez Pedro fuera el motivo por el que se sentía tan mal. Y no tuviera nada que ver con un virus de un país tropical. Aunque lo hubiera intentado, aquella vez ella no había podido olvidarse de él. La asaltaba su recuerdo, despierta o dormida. Su cuerpo deseaba tocarlo a pesar del daño y la crueldad con que él se había comportado. La peor parte de toda la situación era lo equivocada que había estado. Se había equivocado al interpretar aquella pasión de Pedro, su ternura, el cuidado hacia ella. Y solo había sido venganza. Se había equivocado con Santiago y con Lucas. Y ahora con Pedro. Era una estúpida.
¿Cómo podía ser tan inteligente cuando se trataba de las leyes de las minas y tan tonta con la mitad de la raza humana? Pero al menos no estaba enamorada de él. Obsesionada con él, sí. Pero no enamorada. Obsesión. ¡Qué palabra tan horrible! Volvió a la cocina y empezó a hacer la lista de la compra. Cuando recuperase el sueño y se metiera en su vida diaria, se sentiría mejor. Con suerte estaría de vuelta del médico a las cinco y media. Después, tendría la tarde para ella, para hacer lo que quisiera. Vería la televisión y luego se iría a la cama temprano. Lo que no haría sería pensar en Pedro.
miércoles, 9 de noviembre de 2016
Hechizo De Amor: Capítulo 25
—Fui yo la fácil. No te he costado más que un concierto y una cena. Espero que haya sido una ganga, Pedro… Espero que hayas conseguido algo que valiera el dinero. Es una pena que no vayas a conseguirlo otra vez, ¿No?
—Tal vez no quiera repetir.
De pronto Paula se sintió cansada de todo aquello. Estaba agotada y su rabia se desvaneció.
—¿Sabes que es lo que más odio? —preguntó, al borde de las lágrimas—. Que yo he sido una ingenua y me lo he creído. No te molestes en vestirte. No hace falta que me acompañes.
Y sin dignarse siquiera a mirar si quedaba parte de su ropa en el dormitorio, salió de la habitación y cerró la puerta.
«No eres un hombre rico en absoluto…» Pedro se quedó inmóvil. No era cierto. Tenía muchísimo dinero, y el poder que daba este. Y podía tener cualquier mujer que quisiera, y cuando quisiera. Incluso a pPula. Él la había deseado. Ella había pasado la noche en su cama, y esa vez ella se había marchado cuando él lo había dispuesto. ¿Qué más quería? Paula se había mostrado muy impresionada cuando él le había dicho que todo había sido por venganza. Impresionada. Devastada. Le había hecho daño, como si le hubiera clavado un cuchillo y lo hubiera retorcido. Aquel había sido su objetivo, ¿No? Hacer daño a Paula, como ella se lo había hecho habiendo desaparecido cuando él se había despertado en la cama vacía.
A través de la puerta cerrada, oyó que ella cerraba la puerta. Podría haberse puesto los pantalones e ir tras ella. Impedirle que se fuera. Pero no lo hizo. Se quedó inmóvil como una estatua, recordando lo generosamente que ella se había entregado a él, su risa seductora, su respiración agitada y gemidos rotos en el momento culminante. Lascivia, sexo. ¡Maldita sea! No había nada de malo en ambas cosas. Pero Paula y él no habían hecho el amor. Para hacer el amor había que saber algo acerca del amor. Estar enamorado. Él no se había enamorado nunca en sus treinta y ocho años. Y en cuanto al motivo, cualquier psicólogo de Manhattan, por una suma de dinero exorbitante, le habría dicho que estaba enfadado porque su madre había muerto cuando él tenía cinco años, y lo había abandonado, y que luego había perdido toda confianza en las mujeres después de que Beatríz hubiera deslumbrado a su padre y lo hubiera arrastrado a un matrimonio desastroso. Beatríz. Cómo la había odiado. Si a eso se agregaban años de ser perseguido por todo lo que andaba en faldas, por ser asquerosamente rico, se obtenía un hombre inmune a esa falacia llamada amor. Él no necesitaba un psicólogo. No necesitaba a Paula, a pesar de la expresión de su cara. Ciertamente no necesitaba enamorarse. Lo que le hacía falta era dirigir su mente al desplome monetario del Lejano Oriente. Los negocios, como siempre.
Una de sus reglas inquebrantables era no permitir que una mujer se metiera entre el mundo de los negocios y él. Y Paula Chaves no iba a ser la excepción.
—Tal vez no quiera repetir.
De pronto Paula se sintió cansada de todo aquello. Estaba agotada y su rabia se desvaneció.
—¿Sabes que es lo que más odio? —preguntó, al borde de las lágrimas—. Que yo he sido una ingenua y me lo he creído. No te molestes en vestirte. No hace falta que me acompañes.
Y sin dignarse siquiera a mirar si quedaba parte de su ropa en el dormitorio, salió de la habitación y cerró la puerta.
«No eres un hombre rico en absoluto…» Pedro se quedó inmóvil. No era cierto. Tenía muchísimo dinero, y el poder que daba este. Y podía tener cualquier mujer que quisiera, y cuando quisiera. Incluso a pPula. Él la había deseado. Ella había pasado la noche en su cama, y esa vez ella se había marchado cuando él lo había dispuesto. ¿Qué más quería? Paula se había mostrado muy impresionada cuando él le había dicho que todo había sido por venganza. Impresionada. Devastada. Le había hecho daño, como si le hubiera clavado un cuchillo y lo hubiera retorcido. Aquel había sido su objetivo, ¿No? Hacer daño a Paula, como ella se lo había hecho habiendo desaparecido cuando él se había despertado en la cama vacía.
A través de la puerta cerrada, oyó que ella cerraba la puerta. Podría haberse puesto los pantalones e ir tras ella. Impedirle que se fuera. Pero no lo hizo. Se quedó inmóvil como una estatua, recordando lo generosamente que ella se había entregado a él, su risa seductora, su respiración agitada y gemidos rotos en el momento culminante. Lascivia, sexo. ¡Maldita sea! No había nada de malo en ambas cosas. Pero Paula y él no habían hecho el amor. Para hacer el amor había que saber algo acerca del amor. Estar enamorado. Él no se había enamorado nunca en sus treinta y ocho años. Y en cuanto al motivo, cualquier psicólogo de Manhattan, por una suma de dinero exorbitante, le habría dicho que estaba enfadado porque su madre había muerto cuando él tenía cinco años, y lo había abandonado, y que luego había perdido toda confianza en las mujeres después de que Beatríz hubiera deslumbrado a su padre y lo hubiera arrastrado a un matrimonio desastroso. Beatríz. Cómo la había odiado. Si a eso se agregaban años de ser perseguido por todo lo que andaba en faldas, por ser asquerosamente rico, se obtenía un hombre inmune a esa falacia llamada amor. Él no necesitaba un psicólogo. No necesitaba a Paula, a pesar de la expresión de su cara. Ciertamente no necesitaba enamorarse. Lo que le hacía falta era dirigir su mente al desplome monetario del Lejano Oriente. Los negocios, como siempre.
Una de sus reglas inquebrantables era no permitir que una mujer se metiera entre el mundo de los negocios y él. Y Paula Chaves no iba a ser la excepción.
Hechizo De Amor: Capítulo 24
No supieron cómo habían ido del vestíbulo al dormitorio. Luego lo vió desnudo, vió su musculoso cuerpo. Y lo oyó musitar contra sus pechos:
—¿Estás protegida, no es verdad, Pau? La vez pasada ni se me ocurrió preguntártelo.
—Sí, por supuesto… ¡Oh! Pepe… Haz eso otra vez… Otra vez, por favor…
—Entonces, ¿Te gusta lo que te estoy haciendo? Dime que te gusta, Pau.
—Sí, sí, me gusta… —dijo ella, y se abrió como una rosa para él. Hicieron el amor toda la noche, como si ninguno de los dos pudiera saciarse nunca. Durmieron en breves interludios, despertándose cada tanto con el hambre de sus cuerpos. Por la madrugada, agotada, ella se quedó dormida en brazos de Pedro, y se despertó con la voz de un locutor de radio.
Abrió los ojos. Pedro estaba inclinado encima de ella, apoyado en un codo, observándola. Ella le sonrió soñolienta.
—No puede ser de mañana… todavía —dijo ella.
Él no le sonrió. Una luz gris le hacía sombras sobre los ángulos del cuello y los hombros. Sus ojos azules oscuros no decían nada. Paula se sintió incómoda y dijo:
—¿Qué hora es?
—Será mejor que te levantes. Humberto estará esperándote en media hora.
Pedro parecía un extraño, frío y distante.
—Pedro, ¿Te ocurre algo?
—Esta vez no te has ido en mitad de la noche.
—No comprendo a qué quieres llegar.
—Esta vez soy yo quien decide los términos de esta historia. Te quedas en mi cama hasta que yo quiera. ¿Cómo te atreves a abandonar Los Robles sin siquiera decirme adiós?
La punta del cuchillo había encontrado el corazón de Paula.
—¿Has hecho el amor… anoche… por venganza?
—¿Hacer el amor? Nosotros no nos amamos, Paula —dijo él—. Así que no disfraces lo que hemos hecho en la cama con un tinte romántico.
Ella dió un grito de rabia y se apartó de él.
—El concierto, la cena… ¿Toda la noche fue una farsa?
—Quería tenerte aquí, en mi cama. Y lo he conseguido.
—Decides tú… —balbuceó Paula.
Se sentía como si se estuviera desangrando internamente, como si la herida fuera mortal. Por un momento se preguntó si estaría soñando, si aquello era una pesadilla de la que se estaba despertando, en brazos de Pedro. Luego lo miró y vio su mirada hostil, y entonces descubrió que aquello era real. Él la había engañado. La había llevado a la cama por rabia. De pronto recordó algo y le preguntó:
—¿Es esto a lo que tú llamas domar, Pedro?
—Será mejor que te des prisa… No querrás perder el avión.
Paula sintió un dolor intenso. Sintió ganas de llorar. Pero no iba a llorar delante de él, y escondió su pena con una rabia igual a la de él.
—Por supuesto que no… No quiero que tengas que molestar al presidente de la compañía aérea nuevamente. ¡Qué manipulador eres, Pedro! Con sangre fría utilizas tu dinero y tu posición para conseguir lo que quieres… Odio esas maniobras tuyas, y me desprecio por haberme dejado engañar por tí. Por haber compartido la cama contigo, sea en los términos que sean —ella se puso de pie, sin la menor vergüenza de su desnudez—. ¡Jamás lo volveré a hacer! ¡Jamás!
—Todo lo que tengo que hacer es besarte, y lo harás otra vez.
—¿Así que disfrutas haciendo el amor con una mujer que te aborrece?
Él se puso de pie.
—¡No creo en el amor!—exclamó—. ¿Que el amor es el motor del mundo? ¡No me hagas reír! ¡Sabes tú lo que es el amor, Paula? Es comercio, es frío y duro dinero. Fomenta una industria de flores y perfumes y regalos románticos… pregúntamelo a mí, si no. Yo soy el dueño de algunas tiendas e industrias relacionadas con ello, y gano mucho dinero con ellas. Pero está todo basado en un mito. La lascivia es lo que nos ha unido… ¡Por el amor de Dios! ¡Deja de adornarlo con otra cosa!
Paula estaba demasiado enfadada como para guardarse la lengua.
—Quiero dejarte algo claro. Yo no estoy, ni un poco enamorada de tí. Por lo que estoy sinceramente agradecida. Pero cuando me acuesto con un hombre, espero ser tratada con cierta consideración. Como una mujer con sentimientos. No como una muñeca. O como una mercancía que puedes comprar o vender a tu antojo.
—Cuando poseo a una mujer, lo hago del modo que quiero.
—Entonces no eres un hombre rico en absoluto.
Él pareció contrariado, luego cambió la expresión y dijo:
—No tienes ni idea de lo que estás diciendo.
—Sí. Lo que pasa es que no quieres admitir que tal vez tenga razón. ¿Cómo puedes besarme, acariciarme… cuando lo único que querías era una venganza? ¡Eso es terrible! ¿Cómo has podido hacerlo, Pedro?
—Muy fácil —dijo él.
—¿Estás protegida, no es verdad, Pau? La vez pasada ni se me ocurrió preguntártelo.
—Sí, por supuesto… ¡Oh! Pepe… Haz eso otra vez… Otra vez, por favor…
—Entonces, ¿Te gusta lo que te estoy haciendo? Dime que te gusta, Pau.
—Sí, sí, me gusta… —dijo ella, y se abrió como una rosa para él. Hicieron el amor toda la noche, como si ninguno de los dos pudiera saciarse nunca. Durmieron en breves interludios, despertándose cada tanto con el hambre de sus cuerpos. Por la madrugada, agotada, ella se quedó dormida en brazos de Pedro, y se despertó con la voz de un locutor de radio.
Abrió los ojos. Pedro estaba inclinado encima de ella, apoyado en un codo, observándola. Ella le sonrió soñolienta.
—No puede ser de mañana… todavía —dijo ella.
Él no le sonrió. Una luz gris le hacía sombras sobre los ángulos del cuello y los hombros. Sus ojos azules oscuros no decían nada. Paula se sintió incómoda y dijo:
—¿Qué hora es?
—Será mejor que te levantes. Humberto estará esperándote en media hora.
Pedro parecía un extraño, frío y distante.
—Pedro, ¿Te ocurre algo?
—Esta vez no te has ido en mitad de la noche.
—No comprendo a qué quieres llegar.
—Esta vez soy yo quien decide los términos de esta historia. Te quedas en mi cama hasta que yo quiera. ¿Cómo te atreves a abandonar Los Robles sin siquiera decirme adiós?
La punta del cuchillo había encontrado el corazón de Paula.
—¿Has hecho el amor… anoche… por venganza?
—¿Hacer el amor? Nosotros no nos amamos, Paula —dijo él—. Así que no disfraces lo que hemos hecho en la cama con un tinte romántico.
Ella dió un grito de rabia y se apartó de él.
—El concierto, la cena… ¿Toda la noche fue una farsa?
—Quería tenerte aquí, en mi cama. Y lo he conseguido.
—Decides tú… —balbuceó Paula.
Se sentía como si se estuviera desangrando internamente, como si la herida fuera mortal. Por un momento se preguntó si estaría soñando, si aquello era una pesadilla de la que se estaba despertando, en brazos de Pedro. Luego lo miró y vio su mirada hostil, y entonces descubrió que aquello era real. Él la había engañado. La había llevado a la cama por rabia. De pronto recordó algo y le preguntó:
—¿Es esto a lo que tú llamas domar, Pedro?
—Será mejor que te des prisa… No querrás perder el avión.
Paula sintió un dolor intenso. Sintió ganas de llorar. Pero no iba a llorar delante de él, y escondió su pena con una rabia igual a la de él.
—Por supuesto que no… No quiero que tengas que molestar al presidente de la compañía aérea nuevamente. ¡Qué manipulador eres, Pedro! Con sangre fría utilizas tu dinero y tu posición para conseguir lo que quieres… Odio esas maniobras tuyas, y me desprecio por haberme dejado engañar por tí. Por haber compartido la cama contigo, sea en los términos que sean —ella se puso de pie, sin la menor vergüenza de su desnudez—. ¡Jamás lo volveré a hacer! ¡Jamás!
—Todo lo que tengo que hacer es besarte, y lo harás otra vez.
—¿Así que disfrutas haciendo el amor con una mujer que te aborrece?
Él se puso de pie.
—¡No creo en el amor!—exclamó—. ¿Que el amor es el motor del mundo? ¡No me hagas reír! ¡Sabes tú lo que es el amor, Paula? Es comercio, es frío y duro dinero. Fomenta una industria de flores y perfumes y regalos románticos… pregúntamelo a mí, si no. Yo soy el dueño de algunas tiendas e industrias relacionadas con ello, y gano mucho dinero con ellas. Pero está todo basado en un mito. La lascivia es lo que nos ha unido… ¡Por el amor de Dios! ¡Deja de adornarlo con otra cosa!
Paula estaba demasiado enfadada como para guardarse la lengua.
—Quiero dejarte algo claro. Yo no estoy, ni un poco enamorada de tí. Por lo que estoy sinceramente agradecida. Pero cuando me acuesto con un hombre, espero ser tratada con cierta consideración. Como una mujer con sentimientos. No como una muñeca. O como una mercancía que puedes comprar o vender a tu antojo.
—Cuando poseo a una mujer, lo hago del modo que quiero.
—Entonces no eres un hombre rico en absoluto.
Él pareció contrariado, luego cambió la expresión y dijo:
—No tienes ni idea de lo que estás diciendo.
—Sí. Lo que pasa es que no quieres admitir que tal vez tenga razón. ¿Cómo puedes besarme, acariciarme… cuando lo único que querías era una venganza? ¡Eso es terrible! ¿Cómo has podido hacerlo, Pedro?
—Muy fácil —dijo él.
Hechizo De Amor: Capítulo 23
La terraza del ático tenía plantas en tiestos de cerámica y contaba con la sombra de cedros y abedules. Era un oasis de intimidad en el corazón de la ciudad. Había salmón ahumado, ensalada de pasta y panecillos frescos en un mantel de lino.
Pedro se había quitado la chaqueta y la corbata. Paula empezó a comer con ganas, con el murmullo del tráfico en la distancia. Le contó algunas experiencias que había tenido en Chile y se sintió fascinada por la inteligencia que demostraban sus preguntas y la rapidez con la que sacaba conclusiones. Luego, se hizo la hora de vestirse. Se duchó rápidamente y se dejó el pelo suelto. Se puso un vestido de manga larga rosa, muy sencillo, ajustado en sus pechos y luego suelto en capas hasta el suelo. Llevaba un collar de cuarzo, y un chal color marfil. Parecía la protagonista de una novela de Jane Austen, pensó, en lugar de la dama de honor sexy de la boda de su madre. Ese vestido no la metería en líos. Pero lo que ella no veía era el modo en que el vestido se le ajustaba al cuerpo cuando se movía, ni el brillo de excitación que mostraba cuando abandonó la suite.
Pedro la estaba esperando, formidablemente atractivo, vestido con un esmoquin.
—¿Estás lista? —preguntó.
Debió de sentirse contenta de que no le hubiera dicho ningún cumplido, pensó Paula mientras iban a Camegie Hall, con los ruidos del tráfico acompañándolos todo el tiempo. La calle estaba llena de peatones. Pero no la complació que no le dijera que estaba guapa. No le gustaba que la tratasen como a una tía lejana. O como a tía Blanca.
Pedro tenía los mejores asientos. Paula se sentó y hundió su cara en el programa. Luego las luces se fueron apagando lentamente. Incapaz de contenerse, ella sonrió a Pedro con expresión de niña felíz, y prestó atención al escenario. El concierto terminó dos horas más tarde. Sin embargo Paula no podría haber dicho cuánto había durado, puesto que estaba transportada. Cuando terminó, se puso de pie y aplaudió, sin darse cuenta apenas de que Pedro le estaba dando el brazo, ni que estaban yendo lentamente hacia la salida. Ella siempre necesitaba estar callada después de un espectáculo que la hubiera emocionado tanto, y agradeció que él se lo respetase.
En el restaurante, que estaba en la esquina, el maître conocía a Pedro. La mesa estaba en un reservado.
—Pedro, gracias. Fue… Bueno, no encuentro palabras. Gracias, simplemente.
—Lo dices en serio, ¿Verdad?
—Por supuesto. ¿Crees que puedo decir otra cosa de esa música gloriosa?
—Me sigues sorprendiendo, Paula… Nunca sé cómo vas a reaccionar.
—¿Por qué no intentas tomarme como soy? —dijo ella impulsivamente—. Lo que ves es lo que soy.
—¿Crees que es una coincidencia que salga con una actríz? Lo que ves es lo que hay…
—Pero me has traído a mí al concierto…
—Sí… —hizo una pausa, luego dijo—: Pidamos.
—Pedro, ¿Te hizo daño alguna mujer cuando eras joven?
Paula no había querido preguntar aquello. Pero esperó ansiosa la respuesta.
—Te recomiendo el pato a la naranja —dijo él.
Ella no quería pelear con él, y estaba casi segura de que sabía la respuesta. Cuando el camarero reapareció, ella pidió su comida, y cambió de tema. Descubrió que él era alguien que conocía muchas cosas y que tenía una conversación muy amena. Bebieron una botella de vino de Burdeos con el pato, después del cual Paula tomó una tarta de chocolate y crema. Alzó la mirada y se encontró con Pedro mirándola.
—Deberíamos marcharnos… Mañana tengo que salir temprano —dijo ella—. A no ser que quieras café.
—No. Mejor nos marchamos —dijo él. Firmó la factura y se levantó.
Humberto los estaba esperando en la calle. Fueron en silencio todo el trayecto. Pedro casi no la había tocado aquella noche. Así que no tendría que acudir al escritorio macizo para que no entrase en la habitación.
Pedro abrió la puerta de su departamento y esperó a que ella lo precediera. Cuando él cerró con llave, ella se volvió a él y dijo:
—Ha sido una cena estupenda, Pedro. Yo…
Él tiró de ella y le acarició la cara como si fuera un ciego que quisiera asegurarse de que ella era real. Luego la besó suavemente.
Paula sintió una mezcla de alivio y placer y se dió cuenta de que aquello era lo que había estado anhelando toda la noche. Dejó de pensar y lo besó también. Le acarició la dura mandíbula, las orejas, y su pelo grueso. Pedro dejó su boca para besarle el cuello. Ella sintió que se derretía, que sus pezones se endurecían a medida que se iba entregando a él.
Pedro se había quitado la chaqueta y la corbata. Paula empezó a comer con ganas, con el murmullo del tráfico en la distancia. Le contó algunas experiencias que había tenido en Chile y se sintió fascinada por la inteligencia que demostraban sus preguntas y la rapidez con la que sacaba conclusiones. Luego, se hizo la hora de vestirse. Se duchó rápidamente y se dejó el pelo suelto. Se puso un vestido de manga larga rosa, muy sencillo, ajustado en sus pechos y luego suelto en capas hasta el suelo. Llevaba un collar de cuarzo, y un chal color marfil. Parecía la protagonista de una novela de Jane Austen, pensó, en lugar de la dama de honor sexy de la boda de su madre. Ese vestido no la metería en líos. Pero lo que ella no veía era el modo en que el vestido se le ajustaba al cuerpo cuando se movía, ni el brillo de excitación que mostraba cuando abandonó la suite.
Pedro la estaba esperando, formidablemente atractivo, vestido con un esmoquin.
—¿Estás lista? —preguntó.
Debió de sentirse contenta de que no le hubiera dicho ningún cumplido, pensó Paula mientras iban a Camegie Hall, con los ruidos del tráfico acompañándolos todo el tiempo. La calle estaba llena de peatones. Pero no la complació que no le dijera que estaba guapa. No le gustaba que la tratasen como a una tía lejana. O como a tía Blanca.
Pedro tenía los mejores asientos. Paula se sentó y hundió su cara en el programa. Luego las luces se fueron apagando lentamente. Incapaz de contenerse, ella sonrió a Pedro con expresión de niña felíz, y prestó atención al escenario. El concierto terminó dos horas más tarde. Sin embargo Paula no podría haber dicho cuánto había durado, puesto que estaba transportada. Cuando terminó, se puso de pie y aplaudió, sin darse cuenta apenas de que Pedro le estaba dando el brazo, ni que estaban yendo lentamente hacia la salida. Ella siempre necesitaba estar callada después de un espectáculo que la hubiera emocionado tanto, y agradeció que él se lo respetase.
En el restaurante, que estaba en la esquina, el maître conocía a Pedro. La mesa estaba en un reservado.
—Pedro, gracias. Fue… Bueno, no encuentro palabras. Gracias, simplemente.
—Lo dices en serio, ¿Verdad?
—Por supuesto. ¿Crees que puedo decir otra cosa de esa música gloriosa?
—Me sigues sorprendiendo, Paula… Nunca sé cómo vas a reaccionar.
—¿Por qué no intentas tomarme como soy? —dijo ella impulsivamente—. Lo que ves es lo que soy.
—¿Crees que es una coincidencia que salga con una actríz? Lo que ves es lo que hay…
—Pero me has traído a mí al concierto…
—Sí… —hizo una pausa, luego dijo—: Pidamos.
—Pedro, ¿Te hizo daño alguna mujer cuando eras joven?
Paula no había querido preguntar aquello. Pero esperó ansiosa la respuesta.
—Te recomiendo el pato a la naranja —dijo él.
Ella no quería pelear con él, y estaba casi segura de que sabía la respuesta. Cuando el camarero reapareció, ella pidió su comida, y cambió de tema. Descubrió que él era alguien que conocía muchas cosas y que tenía una conversación muy amena. Bebieron una botella de vino de Burdeos con el pato, después del cual Paula tomó una tarta de chocolate y crema. Alzó la mirada y se encontró con Pedro mirándola.
—Deberíamos marcharnos… Mañana tengo que salir temprano —dijo ella—. A no ser que quieras café.
—No. Mejor nos marchamos —dijo él. Firmó la factura y se levantó.
Humberto los estaba esperando en la calle. Fueron en silencio todo el trayecto. Pedro casi no la había tocado aquella noche. Así que no tendría que acudir al escritorio macizo para que no entrase en la habitación.
Pedro abrió la puerta de su departamento y esperó a que ella lo precediera. Cuando él cerró con llave, ella se volvió a él y dijo:
—Ha sido una cena estupenda, Pedro. Yo…
Él tiró de ella y le acarició la cara como si fuera un ciego que quisiera asegurarse de que ella era real. Luego la besó suavemente.
Paula sintió una mezcla de alivio y placer y se dió cuenta de que aquello era lo que había estado anhelando toda la noche. Dejó de pensar y lo besó también. Le acarició la dura mandíbula, las orejas, y su pelo grueso. Pedro dejó su boca para besarle el cuello. Ella sintió que se derretía, que sus pezones se endurecían a medida que se iba entregando a él.
lunes, 7 de noviembre de 2016
Hechizo De Amor: Capítulo 22
La limusina tenía un chófer llamado Humberto, y era de Pedro. Estaba claro que tenía mucho dinero. En realidad lo que la asombraba era que no poseyera la maldita compañía aérea. Agradeció a Humberto que le recogiera las maletas y se sentó. Llevaba un traje de pantalón y chaqueta, elegante y que no se arrugaba, y se había cepillado el pelo y maquillado antes de aterrizar. Se alegraba de ello.
Lo único que tenía que hacer era disfrutar de un concierto al que había tenido ganas de asistir, y no acostarse con Pedro. No había problema. Era posible que no se hubiera curado de él, pero tenía como norma no repetir dos veces el mismo error. Él estaba sentado a unos treinta centímetros de ella y no parecía dispuesto a acortar el espacio. Ni siquiera había intentado besarla en el aeropuerto. Tal vez él se hubiera curado de ella. En cuyo caso ella ya no estaba en peligro. No si él no quería acostarse con ella.
—He dejado preparado algo para picar en mi departamento… He reservado mesa en un restaurante para que cenemos después del concierto. Humberto te llevará mañana a La Guardia por la mañana.
—Desde mi hotel.
—Mi departamento tiene una suite de invitados.
—¡Qué amable de tu parte!
—No seas maliciosa, Paula. No es tu estilo.
—¿Y cómo lo sabes?
—¡Oh! Sé muchas cosas acerca de tí —dijo él, mirándola de arriba abajo—. Excepto una cosa: ¿Por qué te marchaste en mitad de la noche?
—¿Estás seguro de que quieres que te conteste?
—Te lo he preguntado…
—Estaba avergonzada de lo que había hecho. Me sentía barata, como si hubiera traicionado todos mis principios.
—¡Qué moral tan alta!
—¡Muy anticuada! No he hecho eso nunca… El irme a la cama con un hombre que apenas conozco.
—Entonces, ¿Qué tengo de especial?
Ella no pensaba contestarle.
—Dijiste aquella vez que teníamos una noche. Que no había mañana. ¿Por qué haces tantas preguntas?
—No me gustan los cabos sueltos.
—No es una descripción muy halagüeña de mí.
—No me gustan los halagos. ¿Y a tí?
Aunque Pedro llevaba un traje a medida de hombre de negocios, tenía el mismo aspecto de hombre peligroso de la vez anterior. Y parecía que lo había enfadado. Ella se había marchado antes de que él le hubiera dado permiso para marcharse.
—¿Hay llave en la suite de invitados?
—Sí. Y un escritorio antiguo que puedes poner detrás de la puerta.
—Gato y ratón, Pedro… A tí seguro que te gusta jugar.
Él se rio por primera vez.
—Tú no eres un ratón, Paula Chaves.
—Del mismo modo que tú no eres un gato. Eres más bien un león.
—Me halagas.
—Yo nunca prodigo los halagos, y espero que ese escritorio sea pesado.
—Es de roble macizo.
Le gustaba cruzar espadas verbales con él. Porque, además de alerta, la hacía sentir viva. Pero sabía que las espadas tenían filo, y que el duelo con Pedro sería letal.
—No estás acostumbrado a las mujeres que actúan con iniciativa propia.
—Es agradable algo diferente.
—Una diversión —dijo ella con amargura—. Una vez tuve una aventura con un hombre que me veía como una diversión. Y hace poco casi vuelvo a caer. ¡Tonta de mí! No me hagas eso, Pedro.
Él se giró levemente en su asiento y dijo:
—El tráfico está peor de lo que esperaba.
Paula recibió el mensaje: para Pedro ella era una diversión, una mujer interesante, divertida, a quien se podía dejar fácilmente. Nuevamente se repetía la historia. Esperaba que el concierto fuera bueno, pensó ella, echándose hacia atrás en el asiento y cerrando los ojos.
La limusina se detuvo. Paula deseó poder dormirse. Pedro le apretó el codo y dijo:
—Ya hemos llegado.
Momentos más tarde entraron en un elegante edificio, frente a Central Park. Pedro tenía el último piso solo para él. La habitación de invitados tenía llave y el escritorio parecía imposible de mover.
—¿Por qué no comemos primero? —dijo Pedro—. Podemos comer al aire libre, en la terraza del ático, cuando estés lista.
La puerta se cerró detrás de él. Paula dejó el ordenador portátil y miró alrededor. La habitación era grande, colores vivos, el suelo de madera y los muebles eran una mezcla entre antiguos y modernos. El dormitorio estaba decorado en azul y blanco. Tenía un encanto por lo sencillo, mientras que el baño era un lujo total. Colgó el vestido, se arregló el maquillaje y dejó la suite. Si Pedro tenía intención de seducirla, daba igual. Ella pensaba controlarse.
Lo único que tenía que hacer era disfrutar de un concierto al que había tenido ganas de asistir, y no acostarse con Pedro. No había problema. Era posible que no se hubiera curado de él, pero tenía como norma no repetir dos veces el mismo error. Él estaba sentado a unos treinta centímetros de ella y no parecía dispuesto a acortar el espacio. Ni siquiera había intentado besarla en el aeropuerto. Tal vez él se hubiera curado de ella. En cuyo caso ella ya no estaba en peligro. No si él no quería acostarse con ella.
—He dejado preparado algo para picar en mi departamento… He reservado mesa en un restaurante para que cenemos después del concierto. Humberto te llevará mañana a La Guardia por la mañana.
—Desde mi hotel.
—Mi departamento tiene una suite de invitados.
—¡Qué amable de tu parte!
—No seas maliciosa, Paula. No es tu estilo.
—¿Y cómo lo sabes?
—¡Oh! Sé muchas cosas acerca de tí —dijo él, mirándola de arriba abajo—. Excepto una cosa: ¿Por qué te marchaste en mitad de la noche?
—¿Estás seguro de que quieres que te conteste?
—Te lo he preguntado…
—Estaba avergonzada de lo que había hecho. Me sentía barata, como si hubiera traicionado todos mis principios.
—¡Qué moral tan alta!
—¡Muy anticuada! No he hecho eso nunca… El irme a la cama con un hombre que apenas conozco.
—Entonces, ¿Qué tengo de especial?
Ella no pensaba contestarle.
—Dijiste aquella vez que teníamos una noche. Que no había mañana. ¿Por qué haces tantas preguntas?
—No me gustan los cabos sueltos.
—No es una descripción muy halagüeña de mí.
—No me gustan los halagos. ¿Y a tí?
Aunque Pedro llevaba un traje a medida de hombre de negocios, tenía el mismo aspecto de hombre peligroso de la vez anterior. Y parecía que lo había enfadado. Ella se había marchado antes de que él le hubiera dado permiso para marcharse.
—¿Hay llave en la suite de invitados?
—Sí. Y un escritorio antiguo que puedes poner detrás de la puerta.
—Gato y ratón, Pedro… A tí seguro que te gusta jugar.
Él se rio por primera vez.
—Tú no eres un ratón, Paula Chaves.
—Del mismo modo que tú no eres un gato. Eres más bien un león.
—Me halagas.
—Yo nunca prodigo los halagos, y espero que ese escritorio sea pesado.
—Es de roble macizo.
Le gustaba cruzar espadas verbales con él. Porque, además de alerta, la hacía sentir viva. Pero sabía que las espadas tenían filo, y que el duelo con Pedro sería letal.
—No estás acostumbrado a las mujeres que actúan con iniciativa propia.
—Es agradable algo diferente.
—Una diversión —dijo ella con amargura—. Una vez tuve una aventura con un hombre que me veía como una diversión. Y hace poco casi vuelvo a caer. ¡Tonta de mí! No me hagas eso, Pedro.
Él se giró levemente en su asiento y dijo:
—El tráfico está peor de lo que esperaba.
Paula recibió el mensaje: para Pedro ella era una diversión, una mujer interesante, divertida, a quien se podía dejar fácilmente. Nuevamente se repetía la historia. Esperaba que el concierto fuera bueno, pensó ella, echándose hacia atrás en el asiento y cerrando los ojos.
La limusina se detuvo. Paula deseó poder dormirse. Pedro le apretó el codo y dijo:
—Ya hemos llegado.
Momentos más tarde entraron en un elegante edificio, frente a Central Park. Pedro tenía el último piso solo para él. La habitación de invitados tenía llave y el escritorio parecía imposible de mover.
—¿Por qué no comemos primero? —dijo Pedro—. Podemos comer al aire libre, en la terraza del ático, cuando estés lista.
La puerta se cerró detrás de él. Paula dejó el ordenador portátil y miró alrededor. La habitación era grande, colores vivos, el suelo de madera y los muebles eran una mezcla entre antiguos y modernos. El dormitorio estaba decorado en azul y blanco. Tenía un encanto por lo sencillo, mientras que el baño era un lujo total. Colgó el vestido, se arregló el maquillaje y dejó la suite. Si Pedro tenía intención de seducirla, daba igual. Ella pensaba controlarse.
Hechizo De Amor: Capítulo 21
—Espera un momento, entonces. Que se ponga Alejandra. Ella conoce todos los detalles… Cariño, habla un momento con Pepe, ¿Quieres? —dijo su padre.
—Hola, Pedro—dijo Alejandra con cautela.
—Hola, Alejandra, me alegro de saber que lo habéis pasado bien. Mi padre me ha dicho que es posible que Paula pase el viernes por aquí. ¿Tienes idea de cuándo?
—Lo tengo aquí… Siempre me gusta conocer su itinerario. Me preocupa cuando anda por esos sitios. No veo la hora de que deje ese maldito trabajo. Aquí está —Alejandra sacó el horario de los vuelos.
Pedro se preguntó por qué estaba teniendo aquella conversación. No habría secretos entre Alejandra y Paula. Ella sabría inmediatamente que él había preguntado por ella.
—Supongo que no podré verla… Tengo entradas para Yo-Yo Ma esa noche.
—¿Sí? ¡Qué curioso! A Paula le encanta la música, pero estaba en Borneo cuando las entradas salieron a la venta y cuando pasó por Nueva York estaban todas vendidas. Bueno, no importa. Ya os veréis en otra ocasión.
—Hazme un favor, entonces, Alejandra. No se lo digas a ella. No quisiera decepcionarla más.
—Tienes razón, claro —dijo Alejandra, claramente halagada de que le hubiera confiado aquello.
Segundos más tarde, Pedro colgó el teléfono. Así que a Paula le gustaba la música de violoncello… La seguía deseando. Se moría por su cuerpo noche y día. Pero esa vez sería él quien decidiera cuando se iba a marchar ella.
Paula sonrió en la aduana cuando dio el pasaporte. Era el último tramo del viaje. Se sentía bien. Todas sus reuniones habían ido bien, y al final había podido tomarse un día para andar por museos y galerías de arte de Santiago. No obstante, se alegraba de volver a casa.
Se había curado de Pedro. Al principio no se lo había podido sacar de la cabeza. Pero luego, a medida que pasaba el tiempo en aquel país extranjero, hablando en otro idioma, había podido distanciarse de él, y se había alegrado de haber podido escapar de aquella situación cuando lo había hecho. Y debía de agradecer más que eso. Ella había estado inadvertidamente protegida contra el embarazo.
Hacía siete años había conocido a un hombre llamado Lucas Damien en Bangkok. A ella le había gustado mucho. Mientras la oficina principal de la empresa farmacéutica de Lucas se había encontrado en Londres, había hecho viajes ocasionales a Toronto. Habían salido varias veces. Como estaba casi segura de que quería tener una aventura con él, Paula había planeado encontrarlo en Londres. Había ido al ginecólogo allí, y como a los veintitantos años había tenido problemas con la píldora, se había puesto un dispositivo intrauterino. Luego había descubierto por un socio que Lucas se había comprometido con una mujer de Sydney desde hacía diez meses. Ella se había enfadado mucho, no tanto por Lucas, sino porque aquello le había recordado la larga relación con Santiago todos esos años. Santiago Danford. Culto, apuesto, cardiólogo con una empresa de salud internacional. Devon se había enamorado de él a los veintidós años, había tenido una relación a distancia durante tres años, y por casualidad había descubierto que llevaba casado ocho años. Se había quedado destrozada.
No se podía confiar en los hombres. Algo que las múltiples bodas de su madre no habían hecho más que confirmar, y que Lucas había reactivado. Pero, y esto era lo que pPula agradecía, la noche que había pasado con Pedro todavía se encontraba salvaguardada contra un embarazo. En lo que menos había pensado cuando Pedro la había arrastrado con él, literalmente, había sido en el control de la natalidad. Contestó con cortesía las preguntas del oficial de aduanas, vio cómo sellaba los documentos y salió para tomar un taxi. Un hombre alto de pelo negro la interceptó.
—Hola, Paula —le dijo.
Paula casi dejó caer su ordenador portátil.
—P… Pedro… —dijo sin disimular su alegría.
—Ven… No tenemos mucho tiempo —le dijo él.
¡Y ella que creía que se había curado de él!
—¿Cómo…?
—El concierto empieza a las ocho. Por casualidad, ¿Tienes algún vestido decente en la maleta?
—¿Un concierto? —preguntó ella.
—De Yo-Yo Ma.
Ella dijo lo primero que se le ocurrió:
—No pude conseguir entradas.
—¿Estás bien? —preguntó él.
Era la misma pregunta que le había hecho Pedro después de que habían hecho el amor por primera vez.
—Es que… No esperaba verte —dijo ella.
—Nos está esperando la limusina —le dijo él, y le sujetó la maleta.
—Espera un momento. Hay algo que no comprendo. Yo estoy de camino a Toronto, Pedro. Mi vuelo sale dentro de dos horas.
—Te he reservado otro. Te marchas en el primer vuelo de la mañana.
—¡No puede ser! ¡Yo tengo el billete en el bolso! —protestó ella.
—Yo juego al squash con el presidente de la empresa aérea —sonrió él.
—¡No puedes organizar mi vida de ese modo!
—Ya lo he hecho. Hay dos suites de Bach en el programa.
—¡Soborno!
—Persuasión.
—¿Cómo has sabido que bajaba en Nueva York?
—Por tu madre.
—¡Ya verá!
—¿Tienes algún vestido?
—El turquesa, no —dijo ella desafiante.
—Da igual, ¿No?
—Aclaremos algo. Tú… junto con el presidente de la empresa de aerolíneas… ¿Han cancelado mi vuelo?
Pedro asintió.
—Sin siquiera mi permiso…
—Estabas en Chile —dijo Pedro con una sonrisa pícara.
—Pedro, no pienso volver a acostarme contigo —le dijo Paula en voz alta. Para su vergüenza, una pareja que pasaba la miró.
—No te lo he pedido. La limusina está por aquí.
Paula se reprimió las ganas de golpear a Pedro con su ordenador portátil. Y lo siguió por entre la multitud.
—Hola, Pedro—dijo Alejandra con cautela.
—Hola, Alejandra, me alegro de saber que lo habéis pasado bien. Mi padre me ha dicho que es posible que Paula pase el viernes por aquí. ¿Tienes idea de cuándo?
—Lo tengo aquí… Siempre me gusta conocer su itinerario. Me preocupa cuando anda por esos sitios. No veo la hora de que deje ese maldito trabajo. Aquí está —Alejandra sacó el horario de los vuelos.
Pedro se preguntó por qué estaba teniendo aquella conversación. No habría secretos entre Alejandra y Paula. Ella sabría inmediatamente que él había preguntado por ella.
—Supongo que no podré verla… Tengo entradas para Yo-Yo Ma esa noche.
—¿Sí? ¡Qué curioso! A Paula le encanta la música, pero estaba en Borneo cuando las entradas salieron a la venta y cuando pasó por Nueva York estaban todas vendidas. Bueno, no importa. Ya os veréis en otra ocasión.
—Hazme un favor, entonces, Alejandra. No se lo digas a ella. No quisiera decepcionarla más.
—Tienes razón, claro —dijo Alejandra, claramente halagada de que le hubiera confiado aquello.
Segundos más tarde, Pedro colgó el teléfono. Así que a Paula le gustaba la música de violoncello… La seguía deseando. Se moría por su cuerpo noche y día. Pero esa vez sería él quien decidiera cuando se iba a marchar ella.
Paula sonrió en la aduana cuando dio el pasaporte. Era el último tramo del viaje. Se sentía bien. Todas sus reuniones habían ido bien, y al final había podido tomarse un día para andar por museos y galerías de arte de Santiago. No obstante, se alegraba de volver a casa.
Se había curado de Pedro. Al principio no se lo había podido sacar de la cabeza. Pero luego, a medida que pasaba el tiempo en aquel país extranjero, hablando en otro idioma, había podido distanciarse de él, y se había alegrado de haber podido escapar de aquella situación cuando lo había hecho. Y debía de agradecer más que eso. Ella había estado inadvertidamente protegida contra el embarazo.
Hacía siete años había conocido a un hombre llamado Lucas Damien en Bangkok. A ella le había gustado mucho. Mientras la oficina principal de la empresa farmacéutica de Lucas se había encontrado en Londres, había hecho viajes ocasionales a Toronto. Habían salido varias veces. Como estaba casi segura de que quería tener una aventura con él, Paula había planeado encontrarlo en Londres. Había ido al ginecólogo allí, y como a los veintitantos años había tenido problemas con la píldora, se había puesto un dispositivo intrauterino. Luego había descubierto por un socio que Lucas se había comprometido con una mujer de Sydney desde hacía diez meses. Ella se había enfadado mucho, no tanto por Lucas, sino porque aquello le había recordado la larga relación con Santiago todos esos años. Santiago Danford. Culto, apuesto, cardiólogo con una empresa de salud internacional. Devon se había enamorado de él a los veintidós años, había tenido una relación a distancia durante tres años, y por casualidad había descubierto que llevaba casado ocho años. Se había quedado destrozada.
No se podía confiar en los hombres. Algo que las múltiples bodas de su madre no habían hecho más que confirmar, y que Lucas había reactivado. Pero, y esto era lo que pPula agradecía, la noche que había pasado con Pedro todavía se encontraba salvaguardada contra un embarazo. En lo que menos había pensado cuando Pedro la había arrastrado con él, literalmente, había sido en el control de la natalidad. Contestó con cortesía las preguntas del oficial de aduanas, vio cómo sellaba los documentos y salió para tomar un taxi. Un hombre alto de pelo negro la interceptó.
—Hola, Paula —le dijo.
Paula casi dejó caer su ordenador portátil.
—P… Pedro… —dijo sin disimular su alegría.
—Ven… No tenemos mucho tiempo —le dijo él.
¡Y ella que creía que se había curado de él!
—¿Cómo…?
—El concierto empieza a las ocho. Por casualidad, ¿Tienes algún vestido decente en la maleta?
—¿Un concierto? —preguntó ella.
—De Yo-Yo Ma.
Ella dijo lo primero que se le ocurrió:
—No pude conseguir entradas.
—¿Estás bien? —preguntó él.
Era la misma pregunta que le había hecho Pedro después de que habían hecho el amor por primera vez.
—Es que… No esperaba verte —dijo ella.
—Nos está esperando la limusina —le dijo él, y le sujetó la maleta.
—Espera un momento. Hay algo que no comprendo. Yo estoy de camino a Toronto, Pedro. Mi vuelo sale dentro de dos horas.
—Te he reservado otro. Te marchas en el primer vuelo de la mañana.
—¡No puede ser! ¡Yo tengo el billete en el bolso! —protestó ella.
—Yo juego al squash con el presidente de la empresa aérea —sonrió él.
—¡No puedes organizar mi vida de ese modo!
—Ya lo he hecho. Hay dos suites de Bach en el programa.
—¡Soborno!
—Persuasión.
—¿Cómo has sabido que bajaba en Nueva York?
—Por tu madre.
—¡Ya verá!
—¿Tienes algún vestido?
—El turquesa, no —dijo ella desafiante.
—Da igual, ¿No?
—Aclaremos algo. Tú… junto con el presidente de la empresa de aerolíneas… ¿Han cancelado mi vuelo?
Pedro asintió.
—Sin siquiera mi permiso…
—Estabas en Chile —dijo Pedro con una sonrisa pícara.
—Pedro, no pienso volver a acostarme contigo —le dijo Paula en voz alta. Para su vergüenza, una pareja que pasaba la miró.
—No te lo he pedido. La limusina está por aquí.
Paula se reprimió las ganas de golpear a Pedro con su ordenador portátil. Y lo siguió por entre la multitud.
Hechizo De Amor: Capítulo 20
Nunca había perdido el control de semejante manera con una mujer. Había olvidado todas sus reglas. Todos los movimientos que orquestaban normalmente una seducción. Se pasó los dedos por el pelo admitiendo que Paula lo había desnudado no solo de su ropa. Le había quitado su poder, su control, su cultivado aislamiento.
Desde el momento en que la había visto con aquel vestido turquesa había decidido poseerla. No había pensado en nada más. Incluso había hablado de «domarla». Pero pensar en aquella palabra después de haber tenido en sus brazos a Paula habría sido una obscenidad. Ambos se habían comportado salvajemente, algo extraño, en él al menos. ¿Cómo podía saber cómo se comportaba Paula con otros hombres? Ella era una desconocida. Alguien a quien había conocido hacía menos de cuarenta y ocho horas.
Él también había querido venganza. Tan claramente como si ella estuviera delante de él, podía recordar la sonrisa de triunfo de Paula cuando la había visto con aquel vestido. ¿La había llevado a la cama solo por venganza? No. La había llevado porque no había podido controlarse. Porque le había gustado. ¿Que le gustaba? La había deseado, eso era todo. Ambas cosas, pensó. Su inteligencia, su carácter, su sentido del humor le había divertido. Todo eso lo había atraído. Le había gustado y había surgido una pasión desconocida para él.
Debía de haber estado loco. Paula Chaves lo había embrujado. Lo había seducido, lo había atontado. Y la venganza, en todo caso, había sido de ella, cuando él se había despertado en la cama vacía. Sintió rabia. Lo había usado. Lo había usado y se había marchado en mitad de la noche sin despedirse de él. Si estaba detrás de su dinero, había estropeado la historia. ¿O es que no le había gustado lo que habían hecho en la cama juntos? Tal vez la hubiera aburrido tanto que no hubiera tenido ganas de repetir. Ciertamente su técnica no había sido la mejor. Generalmente se enorgullecía de prolongar sus seducciones, paso a paso, asegurándose de que su pareja recibía tanto placer como él estaba dispuesto a dar, y siempre se aseguraba de que hubiera sido satisfecha. ¿Técnica? Con Paula no había tenido ninguna técnica. Se había abandonado a la pasión. Había puesto en ridículo todas sus reglas.
Tal vez ella hubiera fingido sus respuestas, todos esos gemidos de placer, la fuerza con la que lo había abrazado. Después de todo, ¿Qué sabía de ella? Era posible que tuviera un amante distinto cada semana, y que los abandonase tan fríamente como lo había hecho con él. Pero sus ojos, esos ojos azules cegadores… No podía haber fingido la alegría y calidez que había brillado en ellos. ¿O sí?
Pedro intentó no evocar los recuerdos de aquella noche. Las puntas rosadas de los pechos de Paula, los movimientos de sus caderas, sus piernas increíblemente largas… Se pasó las manos por la cara. Y en ese momento se dio cuenta de que la fragancia de Paula estaba impregnada en ellas, y que la deseaba tanto en aquel momento como la había deseado la noche anterior. Furioso consigo mismo y con Paula, fue al cuarto de baño, se quitó los pantalones y se metió en la ducha.
Diez días más tarde, Pedro estaba en su sillón de piel del estudio de su departamento de Upper East Side, leyendo una carta de información de una empresa de inversiones en bolsa. Eran las diez de la noche. Por los ventanales, entre la oscuridad de los árboles de Central Park, se veían las luces de Manhattan, más numerosas que las estrellas, y lo suficientemente brillantes como para eclipsarlas. Subrayó un par de oraciones y frunció el ceño. Sonó el teléfono. Sería mejor que no fuera Pamela. No estaba de humor para ella. Había cumplido su palabra y la había llevado al Plaza, y durante toda la noche había deseado que fuera Paula.
—¿Hola?
—Pepe…
—Papá… ¿Estás de vuelta?
—Hemos llegado anoche. Lo hemos pasado muy bien. A Alejandra le ha gustado mucho Paros e Ikaria.
«Seguro», pensó Pedro irónicamente.
—¿Estás en Los Robles o en Toronto?
—Estamos en casa. Paula está en Chile aún, así que no había motivo para ir a Toronto. Vuelve el viernes por la noche.
—Chile… —dijo Pedro.
—Sí… Ha ido por un asunto relacionado con el cobre. Vuelve a casa vía Nueva York. Quizás los pueda poner en contacto.
«De ningún modo», pensó Pedro.
—¿Por qué compañía vuela?
Horacio dijo como al pasar:
—Me pareció que en la boda ustedes dos se estaban besando…
—Bueno, ya sabes. Las bodas, con todo el estrés… Será agradable verla aunque solo sea en el aeropuerto. Por solidaridad familiar y todo eso —mintió.
Desde el momento en que la había visto con aquel vestido turquesa había decidido poseerla. No había pensado en nada más. Incluso había hablado de «domarla». Pero pensar en aquella palabra después de haber tenido en sus brazos a Paula habría sido una obscenidad. Ambos se habían comportado salvajemente, algo extraño, en él al menos. ¿Cómo podía saber cómo se comportaba Paula con otros hombres? Ella era una desconocida. Alguien a quien había conocido hacía menos de cuarenta y ocho horas.
Él también había querido venganza. Tan claramente como si ella estuviera delante de él, podía recordar la sonrisa de triunfo de Paula cuando la había visto con aquel vestido. ¿La había llevado a la cama solo por venganza? No. La había llevado porque no había podido controlarse. Porque le había gustado. ¿Que le gustaba? La había deseado, eso era todo. Ambas cosas, pensó. Su inteligencia, su carácter, su sentido del humor le había divertido. Todo eso lo había atraído. Le había gustado y había surgido una pasión desconocida para él.
Debía de haber estado loco. Paula Chaves lo había embrujado. Lo había seducido, lo había atontado. Y la venganza, en todo caso, había sido de ella, cuando él se había despertado en la cama vacía. Sintió rabia. Lo había usado. Lo había usado y se había marchado en mitad de la noche sin despedirse de él. Si estaba detrás de su dinero, había estropeado la historia. ¿O es que no le había gustado lo que habían hecho en la cama juntos? Tal vez la hubiera aburrido tanto que no hubiera tenido ganas de repetir. Ciertamente su técnica no había sido la mejor. Generalmente se enorgullecía de prolongar sus seducciones, paso a paso, asegurándose de que su pareja recibía tanto placer como él estaba dispuesto a dar, y siempre se aseguraba de que hubiera sido satisfecha. ¿Técnica? Con Paula no había tenido ninguna técnica. Se había abandonado a la pasión. Había puesto en ridículo todas sus reglas.
Tal vez ella hubiera fingido sus respuestas, todos esos gemidos de placer, la fuerza con la que lo había abrazado. Después de todo, ¿Qué sabía de ella? Era posible que tuviera un amante distinto cada semana, y que los abandonase tan fríamente como lo había hecho con él. Pero sus ojos, esos ojos azules cegadores… No podía haber fingido la alegría y calidez que había brillado en ellos. ¿O sí?
Pedro intentó no evocar los recuerdos de aquella noche. Las puntas rosadas de los pechos de Paula, los movimientos de sus caderas, sus piernas increíblemente largas… Se pasó las manos por la cara. Y en ese momento se dio cuenta de que la fragancia de Paula estaba impregnada en ellas, y que la deseaba tanto en aquel momento como la había deseado la noche anterior. Furioso consigo mismo y con Paula, fue al cuarto de baño, se quitó los pantalones y se metió en la ducha.
Diez días más tarde, Pedro estaba en su sillón de piel del estudio de su departamento de Upper East Side, leyendo una carta de información de una empresa de inversiones en bolsa. Eran las diez de la noche. Por los ventanales, entre la oscuridad de los árboles de Central Park, se veían las luces de Manhattan, más numerosas que las estrellas, y lo suficientemente brillantes como para eclipsarlas. Subrayó un par de oraciones y frunció el ceño. Sonó el teléfono. Sería mejor que no fuera Pamela. No estaba de humor para ella. Había cumplido su palabra y la había llevado al Plaza, y durante toda la noche había deseado que fuera Paula.
—¿Hola?
—Pepe…
—Papá… ¿Estás de vuelta?
—Hemos llegado anoche. Lo hemos pasado muy bien. A Alejandra le ha gustado mucho Paros e Ikaria.
«Seguro», pensó Pedro irónicamente.
—¿Estás en Los Robles o en Toronto?
—Estamos en casa. Paula está en Chile aún, así que no había motivo para ir a Toronto. Vuelve el viernes por la noche.
—Chile… —dijo Pedro.
—Sí… Ha ido por un asunto relacionado con el cobre. Vuelve a casa vía Nueva York. Quizás los pueda poner en contacto.
«De ningún modo», pensó Pedro.
—¿Por qué compañía vuela?
Horacio dijo como al pasar:
—Me pareció que en la boda ustedes dos se estaban besando…
—Bueno, ya sabes. Las bodas, con todo el estrés… Será agradable verla aunque solo sea en el aeropuerto. Por solidaridad familiar y todo eso —mintió.
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