lunes, 7 de noviembre de 2016

Hechizo De Amor: Capítulo 19

Cuando Paula se despertó, era de noche todavía. Se quedó inmóvil, viendo las hojas bailar bajo la luz de la luna, y por unos breves segundos no supo dónde estaba. Ella tenía la mano en el pecho de un hombre… Estaba en la cama con Pedro. De pronto se despertó por completo. Y durante un momento no hizo más que mirarle la cara mientras dormía, como si quisiera convencerse de que aquello no era un sueño del que se despertaría pronto.

Se había ido a la cama con un hombre que conocía desde hacía unas horas, con un hombre que despreciaba a las mujeres, y a Alejandra y a ella en particular, que las consideraba unas oportunistas, un hombre que era su hermanastro oficialmente. Un hombre al que vería en más de una ocasión y con quien tendría que tener una relación amistosa durante el tiempo que durase el quinto matrimonio de su madre. Se rió internamente. Por primera vez estaba a favor del divorcio. Y cuanto antes mejor.

¿Cómo había podido ser tan estúpida? ¿O tan descontrolada en su deseo sexual? No quería recordar las cosas que Pedro y ella habían hecho en aquella cama hacía un rato, porque no lo soportaría. Tenía que irse de allí. Y rápidamente. Si Pedro se despertaba y la besaba una sola vez más, ella volvería a hacer el amor con él. Lo sabía. Quitó su pierna de debajo de la de él y sacó su brazo. El no se movió. Lentamente, se separó del cuerpo de Pedro. Él murmuró algo que ella no comprendió. Paula se quedó inmóvil, pero luego él se volvió a dormir profundamente. Se sentó y miró la habitación: la ropa tirada en el suelo. Recordó cada momento que habían compartido, y se excitó.

«¡Basta!», se dijo. No podía permitirse recordar el increíble placer de haber hecho el amor con él. Ya, no. Hasta que no se encontrase a kilómetros de Los Robles, no. Volvió a su habitación y recogió sus cosas rápidamente. Bajó la escalera corriendo, abrió los cerrojos de la puerta principal y salió. Su coche rojo estaba donde lo había dejado el día anterior. Frente a las puertas de hierro, Paula saludó a un guardia de seguridad y salió a toda prisa por la carretera.

Dos horas más tarde, Paula estaba abriendo la puerta de su chalé en Quen's Quay. Entró. Estaba a salvo. Estaba en casa. Alejandra y Horacio se marcharían a hacer un crucero aquel día. Si su madre llamaba, le diría que bajo ningún concepto diera a Pedro su dirección o su número de teléfono. En un par de días ella viajaría a Chile.

Se hundió lentamente en la cama. ¿Por qué había estado tan aterrada de que Pedro la siguiera? Si era improbable que lo hiciera. Él había dicho una noche, nada más. No había mañana. También había dicho algo más: que solo era sexo lo que había entre ellos. Ella había sido quien había llamado a aquello hacer el amor. Se puso colorada. Sabía que se podían usar otras palabras para nombrar lo que había ocurrido en la cama de Pedro. Se llevó las manos a la cara deseando poder borrar las últimas doce horas. ¿Por qué? ¡Oh! ¿Por qué no se había quedado en Yemen? De ese modo no lo habría conocido, y no habría caído en su cama debido al estrés de la boda de su madre y a su propio cansancio. Había caído como una ciruela madura de un árbol. Se había rebajado a sí misma, había traicionado todos sus principios, por un hombre moreno que la había besado y la había llevado a su cama.



Pedro se despertó con los primeros rayos de sol. Tenía las sábanas enrolladas alrededor de sus caderas. Tenía frío. Estiró la mano buscando a Paula, queriendo abrazar su cuerpo para sentir su calidez y su suavidad. Pero su mano solo encontró más sábana. Abrió los ojos. La cama estaba vacía. Se sentó y juró para sus adentros. Se despertó instantáneamente. El agua no estaba corriendo en el cuarto de baño, y la puerta con el espejo estaba entreabierta, como la noche anterior cuando se había deleitado en las curvas del cuerpo de Paula. En su increíble belleza.

La ropa de Paula no estaba. Se sentó en la cama, recogió sus pantalones y se los puso. Tal vez hubiera ido a la cocina para encontrar algo que comer y no hubiera querido despertarlo. Le había resultado gracioso verla comer la hamburguesa. Tenía apetito. A Pamela jamás la hubiera sorprendido chupándose los dedos sucios de mostaza.

Caminó por el pasillo y fue a una habitación desocupada en la parte del frente de la casa, y abrió las cortinas. El Mazda rojo de Paula no estaba allí. Ella se había marchado en algún momento de la noche, se había levantado y sin despertarlo se había ido. Normalmente él se despertaba con el menor ruido. Pero nada de lo que había sucedido la noche anterior era normal. Cerró nuevamente las cortinas. Volvió descalzo a su habitación. Sintió un nudo en el estómago. «Una noche», le había dicho él. No habría mañana. Pero no había dicho media noche. ¿Cómo se había atrevido a marcharse antes de que terminase la noche? Sin decirle siquiera adiós. Luego, con esperanza, miró la mesilla. No había ninguna nota. Nada. Solo su ausencia. Una cama vacía de su sonrisa, de sus ojos brillantes, de su exquisito cuerpo.

Hechizo De Amor: Capítulo 18

Desvergonzadamente hambrientos el uno del otro, y de sus caricias, Paula sintió el deseo de dar a Pedro tanto placer como ella estaba recibiendo. Tenían tiempo, pensó ella, todo el tiempo del mundo para hacer el amor de un modo superior a cualquier experiencia que hubiera tenido. Inundada de deseo, ella observó los músculos de sus hombros tensarse cuando él alzó la cabeza. En aquel momento él encontró la cremallera de los vaqueros de Paula, y se los quitó, dejándola solo con unas braguitas de encaje. Pedro le acarició la cintura y deslizó las manos hasta sus nalgas. Luego la apretó contra su erección.

—Ven a la cama conmigo, Pau—dijo él seductoramente y por segunda vez la alzó en brazos.

Entonces ella murmuró:

—Quisiera que esto durara eternamente, y deseo tanto que estés dentro de mí que apenas puedo respirar…

Pedro la llevó a un dormitorio cuyas altas ventanas proyectaban las sombras de las hojas bajo la luz de la luna. Él la dejó en la cama y luego se puso encima. Le besó los párpados cerrados, el cuello, los pechos, como si necesitase estamparse en su piel, tocar cada centímetro de su piel. Con una mano le quitó el minúsculo trozo de encaje. Luego, con exquisita suavidad, separó sus muslos, y jugó con sus húmedos pétalos femeninos hasta que ella se volvió loca de placer. Desesperada por sentirlo dentro de ella, Paula alargó la mano hasta la cintura del pantalón de Pedro y lo desnudó.

—Eres tan hermoso… —susurró con timidez Paula.

—Tócame, Pau —le dijo él, guiando su mano a través de su vientre, hasta la caliente suavidad de su masculinidad.

Ella cerró sus dedos alrededor de él, observando cómo se convulsionaba su cara, y de pronto sintió que no tenía ninguna necesidad de timidez. No en aquel momento, no con Pedro. Con un movimiento rápido,  se puso a horcajadas y luego se bajó hasta que él se deslizó dentro de ella.

Pedro se internó en Paula hasta hacerla gemir. Ella gritó su nombre cabalgando encima de él. Su cabeza estaba echada hacia adelante y su pelo casi ocultaba sus pechos. Pedro la sujetaba por la cadera. Sujetándola aún,  rodó con ella hasta ponerse cara a cara.

—Esto va muy rápido —musitó él—. Quiero que…

Ella lo rodeó con sus piernas para satisfacer su deseo de sentirlo más dentro de ella.

—No… no, ahora, Pepe. Ahora… Por favor —murmuró ella. Sus palabras fueron como un catalizador. Él se internó en ella una y otra vez, encontrando un ritmo común que los hizo estallar en una explosión como nunca habían experimentado. Ella gritó el nombre de Pedro y con alegría y goce sintió que él se derramaba en ella. Lo abrazó fuertemente, cerró los ojos y escuchó el latido de su corazón al ritmo del suyo propio.

«… hasta que los dos se vuelvan una sola carne…», Paula  recordó las palabras del sacerdote. Ya comprendía lo que significaba aquello. ¡Qué extraño que hubiera tenido que esperar tanto tiempo para saberlo!

—Pau, ¿estás bien? —le preguntó Pedro.

Paula abrió los ojos. El pecho de Pedro aún subía y bajaba. Tenía una gota de sudor en la frente.

—¿Bien? —preguntó ella—. No.

—Hacía mucho tiempo que no… Estaba muy…

—¿Dices si estoy bien? —preguntó ella tiernamente—. No es la palabra adecuada, Pepe. Me siento mucho mejor que bien. Me siento maravillosamente, extasiada —ella se estiró provocativamente, como una gata. Le rodeó el cuello con los brazos y lo besó apasionadamente.

Él le respondió de igual manera. Ella se volvió a excitar. Mordió suavemente los labios de Pedro y dijo con entusiasmo:

—Podríamos hacerlo otra vez, si quieres.

—¡Oh, sí quiero! —sonrió él con una sonrisa picara que despertó la ternura de Paula—. ¿Hacía mucho tiempo que no lo hacías tú también?

—Mucho tiempo. Unos siete años.

Pedro se movió y quedó encima de ella, apoyándose en los codos.

—Así que quieres hacerlo otra vez, ¿No es así, Paula Chaves?

Ella le acarició la espalda hasta sus duras nalgas.

—Sé que estás listo —dijo ella pícaramente.

—No puedo ocultarlo —su sonrisa se borró de su cara y luego agregó—: Me haces sentir como si no hubiera hecho esto nunca… ¿Qué tienes que es tan diferente de cualquier otra?

Paula no quería pensar en otras mujeres en brazos de Pedro. No quería pensar en las mujeres de su pasado ni en las de su futuro. Instintivamente le puso un dedo en los labios y lo acalló.

—No digas nada. No necesitamos las palabras. Por una noche nos pertenecemos el uno al otro, Pepe. Solo una noche. Hazme el amor… Y deja que te haga el amor.

—No hay nada que desee más —dijo él y le dió un beso suave en los párpados.

Ella sintió el tacto suave de sus labios en su cara, en su cuello. Le acarició la espalda y los hombros, tratando de memorizarlos, se llenó el olfato de la fragancia del cuerpo de Pedro y de aquel acto de amor. ¿Cómo podía no ser amor aquello?

Pedro acarició sus pechos y jugó con sus pezones hasta que ella retorció sus caderas y gimió de placer. Cuando él la levantó, ella se entregó a su abrazo. Luego la llevó en brazos por la habitación, la dejó en el suelo, de pie, frente a un gran espejode la puerta del baño. Paula vió a una mujer que no reconoció. Una criatura resplandeciente cuyos pálidos miembros estaban eclipsados por los músculos bronceados de Pedro, por la altura de él, por aquel aire de triunfo masculino por sentirla suya. Ella lo observó cómo le tomaba los pechos, hundía su cara en su pelo y temblaba con un hambre primitiva. Se dió la vuelta, y lo besó hasta que no pudo respirar. Luego, en el espejo, lo vió deslizar su boca por su cuerpo, pasar por sus pezones, por su vientre, hasta la juntura de sus piernas. Ella echó la cabeza hacia atrás y pronunció su nombre, perdida en la dulce locura de su rendición. Pero antes de que pudiera caer en el abismo, él la levantó y la llevó a la cama. La puso encima de él. Con un gemido, Pedro le besó los dedos y luego su boca.

Ella rozó el vello áspero de su pecho con sus senos y sus piernas. Luego empezó su propia exploración sensual, notando que Pedro le entregaba su cuerpo. Su vulnerabilidad era un regalo. Ella no podría haber abusado de aquel regalo. Solo quería disfrutar de su cuerpo todo lo posible y devolvérselo. Las manos de ella, su boca y las curvas de su cuerpo eran su regalo para él. Con ellos, ella pensaba excitarlo hasta la cima del placer, adonde él la había transportado antes.

Paula le acarició el vello del ombligo y luego deslizó la mano más abajo. Suavemente ella lo tomó con su boca y lo oyó gemir. Él volvió a levantarla, la cubrió con su cuerpo, y se internó en ella. No había visto nunca un fuego tan intenso en la cara de un hombre. Él era conquistador y conquistado a la vez, pensó ella con orgullo, como lo era ella también. Luego, inexorablemente, ella sintió que su ritmo se acercaba al de él. Volvió a adentrarse en el éxtasis hasta la cumbre del goce y volver a descender a la quietud después del inmenso placer. La respiración de Pedro se fue aquietando gradualmente. Abrazados, Paula cerró los ojos y se abandonó al sueño que le trajo la saciedad y la satisfacción.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Hechizo De Amor: Capítulo 17

Inconscientemente ella se arqueó hacia él y le rodeó el cuello con sus brazos. Él susurró algo contra los labios de ella.

—Dime que me deseas, Pau.

Lentamente, ella se echó hacia atrás y dijo:

—Por supuesto que te deseo. Pero…

—Yo también te deseo… Más de lo que puedas imaginarte. Esta noche es para nosotros, Pau. Ni mañana ni ayer. Solo esta noche.

Paula lo miró. Él le sostuvo la mirada sin sonreír. Una voz en su interior le decía que se fuera a la cama con él. ¿Qué mejor modo de conocer a un hombre? Otra voz le decía que saliera corriendo. Era evidente que Pedro le despertaba las hormonas.

Pedro tenía aún las manos en sus hombros, dando calor a todo su cuerpo. Estaba muy cerca de ella. Y era tan deseable… ¿Cuándo había sentido ella una tormenta de pasión semejante a partir de un beso? ¿Semejante hambre, semejante desesperación? A pesar de todos sus viajes, ella había vivido muy resguardada desde que Lucas  la había engañado. Sin ningún riesgo. Siempre en control de su sexualidad. No permitiendo que nada ni nadie la hiciera perder el control. Lucas estaría de acuerdo con ella si la oyera. No se había ido a la cama con él. Pero Pedro Alfonso había roto todas sus fronteras. Como si su silencio lo tuviera impaciente, Pedro dijo:

—Seré cuidadoso contigo, te lo prometo.

—Y si escojo irme ahora mismo, ¿Vas a intentar detenerme?

—La fuerza no ha sido nunca mi especialidad.

Si hubiera sido otro hombre, ella estaba segura de que lo hubiera herido con su pregunta.

—No estoy detrás de tu dinero —dijo ella con orgullo.

—Esto es sexo, Pau. Nada más que sexo. Lo he dicho en serio cuando he dicho que no habría mañana, pero tampoco es menos que eso. Creo que tía Blanca dió en la tecla. Han surgido chispas entre nosotros. No sé por qué. No me importa en realidad. Pero, créeme, no soy tan poco sutil habitualmente.

Paula se quedó quieta y callada. Él estaba hablando con sinceridad, y eso era algo que había que valorarle. Era como el tigre que ella había visto en las sombras, en la selva de Bengal, indomable, la atraía de una forma elemental. Lo que estaba claro era que él no era algo seguro. De algún modo ella tuvo la respuesta al porqué de su atracción hacia él. Estaba harta de seguridad. El conocer a Pedro se lo había demostrado.

Paula extendió la mano y dibujó con la punta de los dedos la forma de sus labios, acarició su mejilla. Él la miró intensamente. Luego, hundiendo las manos en su pelo, ella lo besó con una pasión que jamás había conocido.

Por un momento, ella notó que Pedro se había quedado inmóvil, como si en cierto modo lo hubiera tomado por sorpresa. Luego él la tomó en sus brazos, ferozmente, posesivamente, como un hombre que hubiera esperado demasiado tiempo para satisfacer una necesidad tan básica como la comida o el aire. Su beso se hizo más profundo. Paula gimió suavemente mientras abría su boca con una generosidad que desconocía. Pedro alzó la cabeza. Soltó el pelo de ella hasta que los rizos rubios cayeron sobre sus hombros. Le quitó el suéter por la cabeza y le desabrochó el sujetador. Luego lo tiró al suelo. La miró a los ojos mientras le acariciaba los pechos, medio ocultos tras la cascada de su pelo brillante. Acarició sus pezones hasta endurecerlos de placer. La respiración de Paula se aceleró. Bajo la pálida luz de la luna que se filtraba por las ventanas los ojos de Pedro brillaban como el agua. Ella podría haberse perdido en ellos, y no volverse a encontrar.

Paula ahuyentó el terror antes de que apareciera, y le desabrochó los botones de la camisa a Pedro. Abrió la tela para ver su pecho, cubierto de vello oscuro, y lo acarició. El calor de su piel aceleró el galope de la sangre en sus venas. El se sacó la camisa del pantalón con impaciencia y se la quitó. Fue a parar junto a las otras prendas de ella, al suelo. Paula se acercó más a él y frotó los pezones contra su pecho, cerrando los ojos para disfrutar de aquel éxtasis. Ella sintió que él le tomaba un pecho con la mano y que luego lo acariciaba con la boca. Paula gimió de placer. Lo atrajo hacia ella y apoyó su cara en la cabeza de él. Todo su cuerpo se estremeció al sentirlo tan cerca y se excitó con la promesa de lo que iba a venir. Ella se iba a dejar seducir, gloriosa y sensualmente.

Hechizo De Amor: Capítulo 16

—¿Es tu madre la razón por la que tienes un trabajo que no te permite un compromiso?

—¿Te transformas en psiquiatra después de medianoche? —preguntó Paula.

 Él se rió por segunda vez.

—No has preguntado cuál es mi idea.

—Me asusta hacerlo —contestó ella.

—Es muy sencillo. Estoy muerto de hambre. Demasiados canapés y tarta de boda. Me comería una hamburguesa muy a gusto. ¿Qué te parece si asaltamos la cocina? —preguntó él.

—¿Hablas en serio?

—Sí, señora —le tomó la mano—. Ven.

A Paula le gustó sentir su mano. Y con los zapatos que había comprado en un bazar de Nueva Delhi era mucho más baja que él, algo que también le gustaba. Pero ella no pensaba tomarse la molestia de preparar hamburguesas. Había algo muy sexual en un filete. Él la llevó más allá del granero y la hizo pasar por una puerta lateral de la casa. Luego atravesaron un pasillo hasta la cocina, una habitación grande con todo tipo de equipamiento.

—Tu madre tiene idea de poner cortinas de volantes —dijo Pedro.

—A mi madre le encantan los volantes —respondió Paula—. Debiste ver el castillo de Dunton cuando nos marchamos.

—¿Encajes en los castrillos?

—Y guingas en la puerta de la mazmorra… ¿Sabes una cosa? Tengo hambre yo también… ¿Dónde tienes las cebollas?

Las hamburguesas estaban deliciosas. A Pedro le gustaban como a ella: con pepinillos, ketchup y queso fundido. Paula mordió el último bocado, suspiró y dijo:

—Mi colesterol debe de estar por los cielos, pero me siento mucho mejor.

Pedro se había manchado de grasa la camisa. De algún modo aquello lo hacía más humano. Y no había intentado tocarla en la última hora. Así que ella sonrió cuando él se acercó con una servilleta y dijo:

—Quédate quieta. Tienes ketchup en la barbilla.

—¿Solo ketchup?

 Él le frotó la barbilla mirándola a los ojos. Luego, como si no pudiera evitarlo, deslizó un dedo por la suave curva de su boca.

—Eres tan hermosa… —dijo con voz seductora. Aquel era el momento de salir corriendo, pensó Paula.

—He tenido cinco minutos para hacer las maletas… Estos son mis vaqueros más viejos y tengo el pelo hecho un desastre…

Pedro la miró de arriba abajo. Se le habían escapado algunos mechones de pelo. Su suéter le marcaba los pechos y sus pies estaban desnudos es las sandalias gastadas.

—Podrías llevar una bolsa de la compra y estarías más guapa que cualquier otra persona de la boda.

—Cuando me miras de ese modo, me derrito… como el queso —dijo Paula.

—Sabes mucho mejor que el cheddar —dijo él, y tiró de ella para ponerla de pie.

La besó hasta que ella se relajó y abandonó toda idea de salir corriendo, inmersa en aquella pasión. Ella lo besó también. Él le acarició uno de los pechos a través del jersey, y ella deseó el contacto directo de piel contra piel. De pronto Pedro la tomó en brazos y salió con ella a través de la puerta de la cocina. Contra su rodilla derecha ella podía sentir el latido de su corazón. Ella lo había rodeado con sus brazos instintivamente y de pronto sintió la seda del pelo de él, tan suave como ella se había imaginado. Él estaba subiendo unas escaleras que ella no había visto antes. Se reprimió las ganas de acariciarlo.

—Pero, bájame —le dijo.

—Ten cuidado con los codos —dijo él.

—Bájame, te he dicho. ¿Dónde vamos?

—¿Adonde crees tú? A la cama.

—¡No podemos hacer eso!

—Claro que sí. ¿Qué nos lo impide?

Ella se retorció. Se sentía impotente como un pez en un anzuelo.

—Para empezar no nos gustamos.

—Te gustará lo que haremos juntos —dijo él.

En aquel momento estaba yendo por un corredor con cuadros sobre caza a los lados. Debía de ser otra ala diferente de la casa, pensó Paula, confusa.

—No vamos a…

—Ya estamos casi allí —dijo él, tocando el picaporte de la puerta. Se abrió y apareció una suite que daba a los médanos y al bosque distante.

Pedro cerró la puerta y bajó a Paula, acariciándole los brazos y buscando su boca como si no pudiera esperar. La besó intensamente. Ella se quedó mareada. La lengua de él jugó dentro de su boca, y sus manos le acariciaron la espalda hacia arriba y hacia abajo, algo que le dió gran placer.

Hechizo De Amor: Capítulo 15

Paula se sonó la naríz con un pañuelo de papel que llevaba en el bolsillo de los vaqueros, se secó las lágrimas de sus mejillas en la manga de su camisa y acarició por última vez la frente de la yegua.

—Gracias, chica —susurró.

La yegua bajó la cabeza y luego resopló. Se oía el eco de la música del jardín todavía. Paula se apoyó en la cerca un momento. Desde el tercer matrimonio de su madre, con Bernardo, un conde inglés, Paula había encontrado consuelo en compañía de los caballos. Aquellos habían sido los días en que la habían enviado a esa escuela horrible, donde su acento canadiense y su falta de sofisticación la habían convertido en blanco de todos y de todo, desde las bromas al ostracismo. Pero en las tardes, el hombre que se ocupaba de los caballos del conde le había enseñado los saltos para exhibiciones y, sobre todo, a tratar a los caballos como a individuos que podían decirle algo. Habían sido los caballos los que la habían mantenido mentalmente sana aquellos cuatro años, hasta que el conde había dejado a su madre por una heredera sueca y se habían tenido que mudar a Texas a vivir con el dueño de los pozos petrolíferos. Entonces había aprendido otro estilo diferente de montar. Pero los caballos siempre habían sido los mismos, ofreciéndole su compañía en una soledad, que ahora comprendía, había sido larga.

Aquella noche, después de que había abandonado la fiesta, demasiado cansada como para pensar en dormirse, se había quitado el vestido turquesa, se había puesto los vaqueros y había corrido hacia los establos por el simple placer de oler heno y de acariciar unos hocicos suaves como terciopelo. No sabía por qué había llorado. Debía de ser que el asunto de las bodas la ponía sensible, y no por Pedro.

Se puso erguida. Sabía que estaba demasiado cansada como para entrar en la casa. Pero no se iba a poner a pensar en Pedro Alfonso. De ninguna manera. ¿Y qué si la experiencia y maestría de Pedro había disuelto sus defensas? Su actitud con las mujeres, y con su madre y con ella en particular le daba escalofríos. Se metió las manos en los bolsillos y fue hacia el jardín de rosas, que daba al aire un perfume seductor. Unos minutos más de soledad y estaría preparada para irse a la cama.

—Así que estás aquí.

Paula se dió la vuelta violentamente, y descubrió a en hombre cerca del granero. Era Pedro, por supuesto. Llevaba aún los pantalones negros y la camisa blanca almidonada, pero sin la pajarita y los botones de arriba desabrochados. Una luz que llegaba del fondo del granero iluminaba las facciones de la cara.

—Estoy cansada… Me voy adentro —dijo ella.

—Estás tomando el camino equivocado.

Ella odió la burla que se adivinaba en su voz.

—Pedro, ¿Alguna vez ves a una mujer como a una persona?

—¿Quieres sensibilizarme, Paula?

—No.

Él se acercó.

—Has estado en el granero.

—¿Huelo a caballos? —preguntó ella burlonamente también—. Lo siento. Estoy segura de que Givenchy es más de tu gusto.

Él estaba tan cerca de ella, que podía tocarlo.

—Has estado llorando —dijo él.

—¡No!

—¿Te ha hecho daño alguien?

—Tu padre se ha casado con mi madre, ¿No es suficiente con eso?

—¡Me gustaría que dejaras de fingir que eres una santa que está por encima del dinero!

—¡Y a mí me gustaría que mirases algo más allá de tu cuenta bancada! ¿O es que dependes de ella para demostrar tu masculinidad?

—No sigas por ese camino, Paula.

—¿Estoy demasiado cerca de la verdad?

—Los dos sabemos cómo has reaccionado en la pista de baile. Tú desprecias mi dinero, o al menos eso es lo que dices. Entonces para tí mi masculinidad debe de estar separada de mi cuenta corriente. Venga, Paula, no te contradigas. No tiene lógica lo que dices.

—¡Oh, la lógica! —dijo ella irritada—. Tú y los griegos. Ahora que lo pienso, Aristóteles y tú compartís la misma opinión de las mujeres. Son como animales con la cabeza hueca.

Para su sorpresa, Pedro se rió.

—Un gran filósofo… Te diré una cosa: tú no me aburres.

—Gracias.

Él parecía más joven y devastadoramente atractivo cuando se reía, pensó Paula. Le habría gustado volver a hacerlo reír.

 —Se me ha ocurrido una idea —dijo él—. Un antídoto perfecto para tanta boda.

—Es la quinta vez que tengo la suerte de ser testigo de tanta boda —dijo ella irónicamente.

Hechizo De Amor: Capítulo 14

Entonces, ¿Por qué estaba solo en medio de la pista de baile? ¿O era una táctica para mantener su interés sexual aquello de retirarse a tiempo? ¿O de verdad no quería nada con él? Estaba tenso, tenía los puños apretados.

Había estado evitando a Pamela, sin duda. Pero cuando él se acercó al grupo en el que estaba ella, Pamela lo recibió con una sonrisa provocativa y aparentemente disimulando su molestia, si la tenía. Era una actriz muy buena. Y él sabía que estaba interesada en él. Quiso pasárselo bien, pero la imagen de Paula con su vestido turquesa no se le quitaba de la cabeza, como si estuviera con él escuchando todo lo que se hablaba, las innumerables veces que Pamela lo había llamado «cariño», una palabra que él odiaba, pensó. Alejandra la usaba siempre para dirigirse a Horacio.

Cuando había besado la mano de Paula había querido provocar la misma reacción en ella que la que ella había provocado con su vestido turquesa: darle un bofetón. Pero cuando la había besado en la pista de baile, se le había olvidado totalmente aquello de darle una lección. Lo único que le había interesado era seducirla.

Pamela tiró de su manga y Pedro prestó atención a lo que estaban hablando. Pero, a pesar de ello, sus pensamientos siguieron la misma dirección de antes. Él sabía cuáles eran todos los movimientos a seguir cuando conocía a una mujer. Podía conseguir a Pamela cuando quisiera. Tal vez fuera por ello que no la deseaba. A pesar de llevar saliendo con ella desde hacía dos años, no se habían acostado. Siempre había habido una razón para no hacerlo: un viaje de último momento para inspeccionar el enclave de Kenia, una crisis en los campos de Canadá, un cambio repentino en el mercado. Excusas. Excusas para ocultar que algo que podía conseguir tan fácilmente no debía de merecer la pena tenerlo.

Recordaba el día en que Pamela había intentado que ocurriese. Su instinto lo había advertido de que ella sería tan poco apasionada en la cama como tan manipuladora fuera de ella. Pamela había estado tan segura de poder seducirlo, que el rechazo de él había sido un shock para ella. Pero se había recuperado rápidamente. Los millones de los Alfonso le compensaban el rechazo sexual. La fama de Broadway era efímera, y ella no tenía aptitudes para las películas. Pamela quería seguridad, tanto social como económica, algo que la fortuna de Pedro podía darle. Así que ahora estaba esperando que él cambiase de opinión.

Pero desde que había conocido a Paula eso era menos probable que ocurriese. Paula no era fácil, como Pamela. Tenía carácter, y no se molestaba en ocultarlo, y tema una lengua que lo igualaba. Y un cuerpo inigualable… Ella le había dicho que no quería su dinero. Seguro, pensó él. Nadie, pero nadie, era inmune a su dinero. Cuanto antes se olvidara de Paula, mejor. Bailó con Pamela y con las demás mujeres de la fiesta. Se aseguró de que el coche en el que partirían su padre y Alejandra tuviera unas cuantas latas atadas y los saludó cuando se marcharon, tratando de mirar a Paula como a una invitada más. Se inclinó para oír lo que estaba diciendo Pamela:

—Cariño, ¿Te importaría que me quedase aquí esta noche? No me gusta la idea de volver en coche con los Weston. Es un aburrimiento.

—Mejor que no, Pamela. Tengo que levantarme temprano por la mañana. Tengo que tomar el primer vuelo a Tokyo.

Le pareció que ella expresaba rabia en sus ojos azules, pero con una especie de puchero contestó:

—Lo que tú digas, pero nos vemos tan poco…

—Volveré en cuatro o cinco días.

—Podemos cenar el viernes en el Plaza. En nuestra mesa habitual —se puso de puntillas y le dió un beso suave en la boca.

Él no sintió nada. Un gran número de hombres hubieran querido que la bella Pamela los besara, y en cambio él lo único que deseaba era que se fuera cuanto antes. Acompañó a Pamela y a los Weston hasta el coche. Luego lo entretuvieron otros invitados. Se deshizo de ellos en cuanto pudo y volvió a la tienda donde estaba el baile. Aún quedaban invitados. Paula no estaba por ninguna parte. Él se quedó de pie muy quieto, el corazón le latía aceleradamente. Pero no era efecto de su carrera por la hierba. ¿Se trataba de lascivia? ¿De rabia por que ella no estaba?

Marcos y sus amigos parecían dispuestos a pasar el resto de la noche allí. Solía aprovechar las fiestas hasta el final cuando estaba en la civilización. Pedro se acercó a él y le preguntó:

—¿Has visto a Paula?

Marcos miró alrededor.

—Estaba bailando con Rodrigo cuando la ví por última vez. Siento no poder decirte más, Pepe.

Pedro miró por todos lados, sabiendo que su búsqueda sería inútil. Paula llevaba dos días prácticamente sin dormir, y se había ido a su habitación. ¿Y por qué tenía que haberse molestado en decírselo a él? Si lo único que habían hecho desde que se habían conocido era pelearse… Pero no pensaba llamar a la puerta como un adolescente enamorado. Tal vez se hubiera vuelto a Toronto. Después de todo, ella le había dicho adiós en la pista de baile. Corrió a la puerta de entrada. Su Mazda rojo estaba estacionado allí. Acarició un segundo el capó, como a el contacto pudiera decirle algo sobre su dueña. Luego, con un gesto de disgusto hacia sí mismo, se quitó la pajarita y subió los escalones del porche de dos en dos.

Hechizo De Amor: Capítulo 13

¿Bailar con Pedro? Antes hubiera preferido caminar descalza por el desierto.

—Enseguida iré —contestó Paula. Luego dijo—: No dejes de sacarme a bailar, Marcos—y pasó por delante de Pedro en dirección al baile.

Al atravesar la hierba, Pedro le rodeó la cintura. Ella se estremeció al contacto.

—Dentro de dos horas esto habrá terminado —dijo él—. No veo la hora.

Paula estuvo de acuerdo internamente. Ya era de noche. La tienda donde se había instalado el baile estaba adornada con rosas que daban su perfume al ambiente. Por un momento, ella  se relajó en el círculo que formaba el brazo de Pedro, olvidándose de que lo despreciaba.

—¡Oh, Pedro, es estupendo! —dijo.

—Bailemos —contestó él.

Pedro  la tomó en sus brazos. Era un bailarín experto. Se acercaron a Alejandra y a Horacio. Cuando terminó el vals, hubo un aplauso de los invitados.

—Misión cumplida—dijo Paula.

—La próxima, la bailaremos para nosotros.

—¡No sé de qué nosotros estás hablando!

La orquesta estaba tocando una melodía suave. Paula intentó soltarse, pero él no la dejó. La apretó contra su pecho. Luego apoyó su mejilla en su pelo y la penumbra empezó a acoplarse con la música. La cara de Paula parecía anidar en el hueco del hombro de Pedro. Ella podía oler el perfume de su loción de después de afeitar, y su fragancia propia, masculina, fresca, limpia. Pedro deslizó una mano por la cadera de ella. Con la otra le tomó la mano. Paula no pudo evitar el deseo que fluyó de su cuerpo, dulce, caliente, urgente. Ella deseaba a ese hombre. Quería estar tumbada con él, piel con piel, con los cuerpos desnudos y entrelazados. Quería atravesar con él los caminos de la pasión. Su corazón se aceleró. Sintió la erección de Pedro a través de la tela de la ropa, algo que dejaba más claro que las palabras que el deseo era mutuo. Ella odiaba todo lo que él representaba. ¿Cómo podía ocurrírsele siquiera acostarse con él?

Con un gemido de incomodidad, ella intentó apartarse de él. Pero como si los movimientos de ella lo excitaran, Pedro le tomó la barbilla y se inclinó para besarla. Como si un hechizo hubiera caído encima de ella, Paula esperó, y cerró los ojos para sentir la suave presión de sus labios. Para su sorpresa, no hubo hambre en su beso, solo necesidad de darle placer, le pareció a ella. Apenas consciente de lo que estaba haciendo, ella le rodeó el cuello con sus brazos, y le ofreció su boca. Él murmuró algo que ella no comprendió, luego su lengua le dibujó el contorno de su labio inferior, y penetró su boca cuando ella la abrió. El deseo creció entre ellos como un fuego extendido, tan feroz y primitivo que Paula empezó a temblar. El brazo de Pedro le  apretó más la cintura. Y él se apoderó de la dulzura de su boca. Luego, lentamente, él levantó la cabeza. Sus ojos estaban oscuros como pozos. Paula no sabía qué estaba pensando. Era un extraño para ella. No solo un extraño, sino un enemigo, pensó ella con pánico. Sin embargo ella le había permitido una intimidad que rara vez le permitía a nadie. Tenía que terminar aquello. —Así aprenderé a no beber champagne —dijo ella con firmeza.

—¿Solo me has besado porque estás borracha? ¿Es eso lo que quieres decir?

En aquel momento los brazos de Pedro estaban flojos. Paula se echó hacia atrás, y se alisó el pelo.

—No nos engañemos, Pedro. Yo no te gusto. Y tú no me gustas. He dormido menos de cuatro horas en los últimos dos días, y las bodas, especialmente las de mi madre, me cansan. Ve a buscar a Pamela que yo le diré a Marcos que baile conmigo.

—Así que, ¿Eso es lo que buscas? ¿Un muchacho al que puedas llevar de la naríz?

—Quiero a alguien que no se me eche encima como un perro hambriento.

—¿Sabes lo que te hace falta? Que te domen, Paula Chaves…

—¿Quieres decir que cualquier mujer que te dice «no» necesita que la enderecen?

—… y yo soy el hombre indicado para hacerlo —dijo él.

—¡Ve a domar a Pamela! ¡Ve a domar a cualquier otra mujer de esta pista de baile! ¡Pero no te atrevas a hablar de domarme! Parece que no estás acostumbrado a que una mujer te diga «no». Es una palabra muy simple. Una sílaba, dos letras. No sé por qué tienes tanto problema con ella —Paula tomó aliento—. Gracias a Dios, allí está Marcos. Adiós, Pedro. Ha sido muy instructivo conocerte. Y puedes estar seguro de que este año pasaré las navidades en la Antártida.

Paula se marchó de la pista de baile hacia donde estaban Marcos y sus amigos. Se alegraron todos de verla. Cuando ella volvió a mirar, no vió a Pedro por ningún sitio.

Por un momento Pedro contempló la idea de ir tras Paula, de tomarla en sus brazos, a pesar de las miradas de los invitados, y de besarla hasta no poder más en medio de la pista de baile. Porque sabía que podía hacerlo. Él había notado su deliciosa rendición en todo su cuerpo. Ella lo deseaba tanto como él a ella.