domingo, 6 de noviembre de 2016

Hechizo De Amor: Capítulo 12

Estaba deliciosa. Entró en calor con ella. Tomó otra cucharada, dándose cuenta por el rabillo del ojo de que Horacio estaba ocupado con la novia y que los invitados estaban disfrutando de los canapés.

—Pedro, has intentado comprar a mi madre.

—Sí. Ni siquiera se molestó en negarlo.

Sacudida por una rabia repentina, Paula dijo:

—Eso es algo repugnante.

—Yo diría que es algo muy práctico. Y no sé por qué te quejas. No sirvió de nada.

—Hay algunas mujeres que no se pueden comprar, ¿Has captado el mensaje?

—No… solo que ella quiere más que lo que le he ofrecido. El divorcio puede ser algo muy lucrativo en mi círculo social.

Paula tomó otra cucharada de sopa.

—Realmente eres despreciable.

—Según mis valores morales, no. En mis treinta y ocho años de vida he aprendido algo, Paula : Se puede comprar a cualquier persona. Toda mujer tiene su precio, algunas más alto, otras más bajo. Y la mayoría de las veces no consigues tanto como lo que has pagado.

—Eso es porque pagas por ello —contestó Paula.

—¿No te has dado cuenta todavía de que todo viene con una etiqueta con el precio?

Ella pensó en Cesar y en Roberto, y contestó con más dureza de la que había tenido intención de expresar.

—Por supuesto que sí. Pero tu error es equiparar la etiqueta del precio al dinero. Dinero en efectivo, en lugar de equipararlo a los sentimientos.

—Por un momento he pensado… Pero no eres diferente al resto.

Ella le sonrió fríamente.

—¿Te das cuenta de que acabas de decirme un cumplido?

 Él contestó con una sonrisa forzada:

—¿Solidaridad con tus hermanas? Eres muy lista. Te lo reconozco.

—¡Dios santo! Dos cumplidos. ¡Ten cuidado, Pedro, te estás ablandando delante de mis ojos!

—Bien. Entonces te gustará que te bese.

Distraída, Paula dejó caer sopa de la cuchara. La apoyó en el plato y dijo:

—¿Estás intentando poner celosa a Pamela?

—Deja a Pamela fuera de esto —dijo él.

—Así que valoras tan poco la fidelidad como los sentimientos.

—Estás deduciendo cosas que no son asunto tuyo.

—Bien. Siempre que recuerdes que yo no soy asunto tuyo. Literalmente. Porque eso es lo que son las mujeres para tí, un asunto de negocios.

—Lo que llaman la batalla de los sexos es un gran asunto de negocios.

 —¡No estoy de acuerdo en absoluto!



—Querida, ¿No te han gustado los canapés? —preguntó Alejandra.

Consciente de que tenía las mejillas rojas y de que en el brillo de sus ojos se adivinaba el fuego, Paula contestó:

—No me apetecían después del champán, madre.

—Horacio y yo estábamos diciendo cuánto nos gustaría que Los Robles vieran la llegada de nietos —dijo Alejandra, con su habitual falta de tacto.

—¡Oh! ¿De verdad? —dijo Paula débilmente.


—Espero que cambies de trabajo, querida —se dirigió a Pedro y dijo:

—Pedro, Paula no está nunca en casa. ¿Cómo puedes enamorarte si te pasas toda la vida entre Borneo, Arabia y Timbuku?

—Madre, no he estado jamás en Timbuku.

—No lo digo en sentido literal, Pau. Sabes a lo que me refiero.

—Me gusta mi trabajo —dijo Paula—. Y si tuviera que enamorarme, estoy segura de que podría enamorarme tanto en Arabia como en Toronto.

—¡No puedes seguir una relación de aeropuerto en aeropuerto!

—Entonces, me parece que vas a tener que pensar en Pedro para los nietos.

—Desgraciadamente, Pedro no cree en el compromiso de una relación… Pamela parece encantadora, por cierto —dijo Horacio.

—¡El problema son todas esas profesiones! —dijo Alejandra  contrariada—. En mis tiempos, las mujeres se quedaban en casa.

Paula se mordió el labio. Alejandra había hecho del matrimonio una carrera, pensó Paula. Pero no era oportuno decírselo.

Un camarero le quitó la sopa. Otro sirvió un plato de solomillo de cerdo. Paula sintió un malestar en el estómago y empezó a preguntar a Horacio por sus caballos. El resto de la cena, los discursos, el beso de los novios, pasó muy deprisa.

En cuanto pudo salir de la mesa principal, fue en busca del primo de Pedro, Marcos. Este la presentó a un grupo de amigos. Estaban contando historias de viajes por el mundo cuando Paula vió a Pedro que iba hacia ellos. Alto, lleno de autoridad, envuelto en un aura de poder y carisma sexual, ejercía un poder fascinador en ella.

—El baile ha comenzado. Se espera que bailemos después de los novios, Paula.

Hechizo De Amor: Capítulo 11

—Para tí es solo un juego, ¿Verdad? —dijo ella. «Un juego llamado venganza», pensó él.

—Como lo ha sido ese vestido —contestó.

Ella no podía negarlo. Se lo había puesto para llamar su atención.

—Ahora estamos empatados —dijo ella—. Te he pillado y me has pillado. Pero no quiero seguir jugando, Pedro. El juego se ha terminado.

—Para tí.

 —Tú no estás libre, Pamela lo ha dejado muy claro.

—Yo no pertenezco a ninguna mujer —dijo Pedro con peligroso énfasis.

—Dile eso a Pamela. No a mí. No estoy interesada.

—Podrías engañarme.

—Pedro, la mitad de los invitados nos están mirando y la otra mitad está intentando oír lo que estamos diciendo. Y necesito… al menos tres copas de champán.

—En ese caso… tendremos que continuar con esto más tarde.

—¡No hay nada que continuar!

Pedro llamó al camarero más cercano. Tomó dos copas de la bandeja de plata y le dió una a ella.

—Bienvenida a la familia, Paula—dijo.

El champán estaba frío. Después de echar una mirada alrededor, Paula alzó la copa y dijo amablemente:

—Vete al diablo, Pedro.

 Él se rio.

 —Tienes algo a favor. Tus tácticas son diferentes a las de las demás.

—Vas por mal camino si confundes la verdad con las tácticas.

—La verdad y el sexo débil no están en la misma categoría.

—¡La verdad y la integridad, sí!

—La integridad de la mujer, mi querida Paula, está ligada a la cuenta bancaria de un hombre.

—¿Todas las mujeres buscan la riqueza de un hombre? ¡Qué cliché! Creía que el dueño de Alfonso Incorporated tendría ideas más originales.

—Si sabías que era el dueño de Alfonso Incorporated, ¿Por qué me preguntaste si trabajaba en los establos?

—Por la sencilla razón de que entonces no lo sabía.

—¿Cuándo te has enterado?

—Mi madre me lo ha dicho cuando te has marchado de mi habitación.

—Que es por lo que te has puesto ese vestido.

—Me he puesto este vestido porque pensé que eras el hombre más rudo que había conocido y quería bajarte los humos. Tu ego es impenetrable.

—Tal vez tía Blanca tenga razón. He encontrado mi pareja.

Paula tomó un largo sorbo de champán.

—Mi ego es un grano de arena comparado con el tuyo. Y ahora, ¿Me disculpas? Tengo cosas más importantes que hacer en esta boda que intercambiar insultos contigo —dijo ella.

Lamentablemente ella puso el pie encima de su ramo de flores en aquel momento.

—En una cosa tenías razón, pedro Alfonso, debí perder el avión que me trajo de Yemen.

Paula se agachó a recoger las orquídeas y fue en dirección a su madre. Pero se dió cuenta de que él se había quedado mirándola.

Ella conversó con mucha gente. Después vió que el maestro de ceremonia llamaba a los invitados a una tienda decorada con flores, donde se serviría la cena. Una orquesta estaba tocando música de Mozart. Paula estaba en la mesa principal, por supuesto. Horrorizada, vió que la habían colocado entre Horacio y su hijo. El marido de tía Blanca, el de la operación, estaba a un lado de su madre. Era demasiado tarde para cambiar los nombres. Sonrió a Horacio y se sentó. Le sirvieron canapés. Deseó no haber bebido tanto champán, y se preguntó cuánto hacía que no comía una comida de verdad. Mucho tiempo. Paula se agachó a dejar el ramo de orquídeas estropeadas debajo de la mesa. En ese momento Pedro le sujetó el codo y la hizo levantar.

—¿Estás bien?

—Estoy bien… Yo… Simplemente no recuerdo cuándo, he comido una buena comida por última vez.

Pedro llamó al camarero y este le puso un caldo caliente.

—Prueba esto. Te hará bien.

Ella miró el cuenco de porcelana y dijo:

—Siempre consigues lo que quieres.

—Toma la sopa.

—No quieras nunca que… ¿De acuerdo?

—Toma el caldo, Paula.

—No escuchas nada que no te convenga, ¿Verdad? —contestó ella, tomó la cuchara y probó la sopa.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Hechizo De Amor: Capítulo 10

La mujer que había besado a Pedro era extremadamente chic, con una complexión de porcelana y una cabellera negra reluciente. Su vestido de seda rosa sin duda era un diseño de París.

Pedro no pareció molesto por aquel encuentro.

—Hola, Pamela… —dijo él—. Estuve con papá antes de la boda. Creí que necesitaría apoyo moral. Te presento a la hija de la novia, Paula Chaves. Paula, esta es mi amiga Pamela Lamont, de Manhattan. Es una actriz de Broadway.

Pamela tenía ojos azules claros, y no parecían expresar contento de conocer a Paula.

—Encantada de conocerla, señorita Lamont. Creo haberla visto en la última obra de Stan Niall… Un papel que era un desafío, y que usted representó estupendamente.

Pamela inclinó la cabeza.

—Gracias. Pedro fue un gran apoyo para mí durante esas representaciones —se estremeció delicadamente—. Pensé que no terminaría jamás… Tú fuiste tan bueno conmigo, querido…

O sea que Pedro y Pamela hacía tiempo que estaban juntos. Y Paula sabía que Alfonso Incorporated tenía las oficinas centrales en Nueva York. Era evidente que Pamela estaba reclamando su propiedad sobre Pedro. «Manos fuera, Paula», era el mensaje de Pamela.

—Me alegro de haber podido asistir al teatro para ver su obra. Estaba viajando de Argentina a Sudáfrica por aquel entonces.

«Tengo cosas más importantes que hacer que poner las manos o quitárselas a Pedro Alfonso», le había querido decir Paula con aquel comentario.

Pamela sonrió.

—Debe ver la nueva obra de Margarita Hammlin. Yo he tenido la suerte de tener el papel principal. Tiene mucha fuerza —puso los dedos en la manga de Pedro—. Te veré después de la cena, cariño.

Se marchó dejando una estela de perfume. El último invitado fue un hombre joven, con gafas, cuyo traje estaba un poco arrugado.

—Hola, Pedro, me alegro de verte. Estaba nevando en Nanasivik esta mañana, así que el Twin Otter llegó tarde… Acabo de llegar —sonrió a Paula—. Tú debes de ser la hija de Alejandra… Se parece mucho a su madre.

Pedro dijo rígidamente:

—Paula, este es Marcos Kendall, mi primo. El hijo de Blanca.

Paula sonrió con simpatía al desconocido:

—¿Qué estabas haciendo en la Isla de Baffin, Marcos?

—Soy geólogo. Estaba tomando muestras en la zona.

—Estuve allí hace un mes —dijo Paula, explicándole algunas cosas relacionadas con su trabajo.

Las preguntas de Pablo eran tan inteligentes como su mirada, y fue Pedro quien los interrumpió.

—Tía Blanca te está saludando, Marcos. ¿No deberías ir a verla?

—Supongo que sí. Te veré después de la cena, Paula.

Los zapatos estaban matando a Paula. Apoyó el peso en un solo pie y dijo:

—Me gusta tu primo. Por cierto, tu amiga actríz te ha manchado de barra de labios.

—Marcos es una buena persona. Aunque no será nunca nada más que un geólogo de poca monta.

—Da la impresión de ser un hombre feliz —dijo Paula fríamente.

—No tiene un céntimo.

—Dejemos las cosas claras, pedro —le dijo ella—. Es evidente que tú estás obsesionado con el dinero. Yo no estoy detrás de un solo dólar tuyo. Prefiero ganar mi propio dinero.

Pedro sacó un pañuelo de su bolsillo.

—Quítame la barra de labios, ¿Quieres

No la creía, era evidente. Ella pensó en negarse a hacer lo que le pedía, pero no quería parecer una cobarde. Tomó el pañuelo y le limpió la mancha de carmín de tía Blanca de la mejilla y el rosa de Pamela de sus labios. Pedro se quedó de pie, muy quieto. Observándola. Cuando terminó, dijo él:

—No hay ninguna mancha de tu barra de labios.
—Ni la habrá.

—Es una pena —él tomó el pañuelo, le tomó la mano y le besó los dedos uno a uno.

El corazón de Paula pareció dejar de latir. El calor de su boca le había quemado sus defensas. Nunca había recibido un gesto tan seductor y sorprendente. Ella lo deseó. Su cuerpo se balanceó hacia él, y su ramo de flores se cayó al suelo, de manera que pudiera tocar con su mano aquel pelo negro, que encontró, como había esperado, grueso y sedoso al tacto. A medida que se instaló en ella un profundo sentimiento de necesidad y deseo, los alrededores parecieron desaparecer, dejándolos solos. Seductor y seducida. Él se puso rígido, soltó su mano y dijo:

—Así que estás deseosa como las demás… No sé por qué no me sorprende.

Fue como si le hubiera dado un bofetón. Se sintió humillada.

Hechizo De Amor: Capítulo 9

Horacio le dió un beso en la mejilla y dijo:

—Paula… Es un placer. Eres casi tan hermosa como tu madre.

 Alejandra soltó una risita de adolescente.

—Tienes mejor aspecto que tu hijo —respondió ella cordialmente—. Les deseo que sean felices.

Alejandra abrazó nuevamente a su hija, más relajada después de haber pasado la ceremonia, y en ese momento Horacio se apartó un momento con su hijo y le dijo en un tono jovial:

—Necesitas gafas, hijo. ¿Desaliñada? ¡La chica es muy atractiva!

—¡Deberías haberla visto! —murmuró Pedro.

—Gafas bifocales… —insistió Horacio, tocando a Pedro en el brazo. Él se mordió la lengua. Ya era bastante con que Paula lo hubiera puesto en ridículo como para que su padre insistiera en ello. Pero se desquitaría… Paula había usado su sexualidad… Y ese vestido azul, para llamar su atención. Él podría usar su propia sexualidad para vengarse. Demostraría a Paula Chaves que no tenía que jugar con fuego.

—Estás muy callado, Pedro—dijo Alejandra provocativamente.

Pedro se sacudió mentalmente, sonrió y, con buenos modales, felicitó a su madrastra y a su padre por su boda. Cualquiera que lo hubiera visto no se habría imaginado sus reservas hacia aquello, pero Paula se dió cuenta de su rigidez. Estaba fingiendo para el público. Y no sentía nada de lo que había dicho. Los cuatro se colocaron para saludar a los invitados. Pedro presentó incansablemente a Paula.

La tía Blanca apareció entre la gente. Llevaba un vestido naranja y un sombrero verde lima, y unas manos tan llenas de diamantes que Paula no podía imaginarse que hubiera podido tocar ninguna nota con ellas, ni mal ni bien. La mujer besó a su sobrino y le dijo:

—Es hora de que seas tú quien caiga en el anzuelo. No eres tan joven…

—Te has casado con tío Leonardo en lugar de esperarme —dijo Pedro—. Eso me ha roto el corazón.

Tía Blanca chasqueó la lengua, mirando alternativamente a Pedro y a Paula.

—Me parece que esta jovencita te irá mejor. Tú debes de ser la hija de Alejandra.

—Soy Paula, sí —contestó ella.

—No dejes que Pedro te engañe con esa representación de gran hombre de negocios. Tiene un corazón de oro —se rio—y también los bolsillos.

—No voy detrás de su dinero en absoluto —dijo Paula un poco molesta.

—Eso es lo que necesitas, Pepe, una mujer que se defienda sola —la tía de Pedro se inclinó hacia Paula—. Ha habido muchas que se han dejado atropellar. No es bueno para él.

—Tía Blanca, tienes gente esperando detrás.

—Hablaré contigo más tarde, querida —dijo tía Blanca, apretándole los dedos a Paula. Luego, con decisión, se acercó a la bandeja de champán más cercana.

Paula sonrió al siguiente invitado, cuyo nombre se le olvidó totalmente. Luego una voz femenina dijo afectuosamente:

—Querido, siento tanto no haberte encontrado antes de la boda…

Paula se sorprendió al ver a la mujer que tiraba de la cabeza de Pedro y le daba un beso en los labios.

Aquella era la dueña, pensó Paula. Y quería demostrarlo públicamente con aquel beso. Entonces, ¿Por qué no se alegraba de que fuera así?

Hechizo De Amor: Capítulo 8

Pedro  le había dado el anillo a su padre. Y el sacerdote estaba pronunciando unas palabras en latín. Nerviosamente Paula le dió el anillo a Horacio. Se le escapó de entre los dedos y cayó en medio de las orquídeas. Ella lo buscó entre las flores,estropeando los caros pétalos. Al ver que no salía, sacudió el ramo y con un suspiro vió que el anillo caía al suelo y que rodaba por la alfombra verde. Hacia Pedro. Él se movió muy suavemente. Se agachó, recogió el anilló y se lo dió a ella. La miró a los ojos. No eran negros, como ella había creído, sino azules oscuros, impenetrables y fríos como un cielo invernal. Paula pestañeó. Intentó no tocarlo al tomar el anillo de su palma. Se oía el murmullo de la gente. Ella se puso colorada y le dió el anillo a su madre.Deseó que aquello terminase de una vez. No quería mostrar lo frágil que era. Seguramente Pedro ya se habría dado cuenta. No se perdía detalle.

Horacio besó a la novia con decoro. Su madre se veía feliz. Entonces la tía Blanca empezó a tocar el órgano otra vez. Horacio tomó la mano de Alejandra y sonrió. Luego empezó a caminar por el pasillo junto a su esposa.

Era el turno de ellos. Pedro puso su mano encima de la de ella. El calor de su piel pareció quemarla. La mirada de Pedro expresaba hambre. Ella sintió pánico. Luego, de pronto, aquel hambre desapareció, como si jamás hubiera estado allí. Paula desvió la mirada de él y sonrió a los invitados. Con esfuerzo logró recuperar la voz y dijo:

—Tu tía se ha superado a sí misma.

Él no contestó y preguntó:

—¿Realmente te has querido burlar de mí poniéndote ese vestido, verdad?

Paula lo miró y le dijo:

—En este preciso momento nos están observando unas doscientas personas, algunas de las cuales, supongo, deben de ser amigos tuyos… Intenta controlar tu carácter. En cuanto a tu tía, cualquier músico que se precie debería ser capaz de improvisar.

—Jamás hace otra cosa que improvisar, y realmente me molesta mucho quedar en ridículo.

—Un poco más cerca de la señorita, señor Alfonso Sonría… Así… ¡Estupendo! — exclamó el fotógrafo.

Cegada por el flash, y espantosamente consciente del roce de la cadera de Pedro y de su hombro, Paula se tambaleó. Enseguida Pedro la sujetó por la cintura. Instintivamente, ella supo que él podría haberla llevado en brazos por toda la casa sin mayor esfuerzo. Con una mano rodeándole las caderas, y la otra apretándola contra su pecho… ¿Qué demonios le pasaba? ¿Había perdido la cabeza?  Se soltó de él y guardó la compostura. Con alivio, vio que Alejandra y Horacio los estaban esperando.

—Madre, felicidades —dijo Paula cariñosamente, y le dió un beso en la mejilla. Luego extendió la mano a Horacio—. Me alegro de conocerte. Lo que lamento es haberlos hecho esperar.

Hechizo De Amor: Capítulo 7

«Presta atención, Pedro», se dijo. «Olvídate de Paula Chaves, al menos en los próximos minutos». Era el padrino de boda. Y el padrino ganaría. Paula Chaves había ganado el primer ataque. Pero no ganaría el segundo, se dijo.

Escuchó las palabras sonoras del servicio religioso de matrimonio. El perfil de Paula estaba hacia él. Tenía nariz recta y una barbilla decidida. El pelo le brillaba como el oro. Él habría querido soltárselo. Deseaba entrelazar sus dedos en aquellos hilos dorados, y desde sus puntas desrizarlos hasta acariciar sus pechos. Deseaba tumbarla encima de sábanas de satén y ponerse encima de ella hasta… ¡Otra vez estaba pensando en ella! ¿Qué diablos le pasaba? Paula era una mujer. Una más, simplemente. Y estaría deseosa. Todas estaban deseosas. Ese era el problema.

Él era un hombre muy rico. Tenía mucho poder. Y además sabía que su físico y su cuerpo atraían a las mujeres. Encima era soltero. Lo que lo convertía en un desafío para cualquier mujer que tuviera entre dieciocho y cuarenta y cinco años. Habría sido curioso y excepcional que lo vieran simplemente como un hombre. En lugar de una figura envuelta en miles de dólares, pensó cínicamente.

El problema era que él estaba cansado de esos juegos. Conocía todos los movimientos desde el principio hasta el fin. La primera cita, las preguntas tramposas, la cena íntima, durante la cual él dejaba claro cuáles eran los límites de la relación. Pero pocas escuchaban, y si lo hacían lo tomaban como otro desafío, para conseguir lo que otras mujeres no habían sido capaces de lograr. Entonces se daba el primer beso, los regalos que le pedía a su secretaria que enviase, las flores. Hacían el amor, ellas se sentían aparentemente heridas cuando les decía que no se quedaría a dormir; no lo hacía nunca. Las inevitables expectativas de compromiso. La rabia o el llanto, según la mujer de que se tratase, cuando él les aclaraba que no compartía esas expectativas, que no quería comprometerse. Que no se había comprometido nunca, ni lo haría. Y luego, por último, la ruptura. Los últimos años había jugado a aquel juego cada vez menos. Pamela era un ejemplo. Era lo suficientemente sincero consigo mismo como para darse cuenta de que estaba usando a Pamela para protegerse. Si su círculo social suponía que él tenía una relación con ella, las demás mujeres se mantendrían a distancia, lo mismo que las revistas de chismorreos. Pocos se imaginarían que no se acostaba con Pamela. Ella no lo diría. Lo estaba usando igual que él a ella. Para que la vieran como a la amante de Pedro Alfonso, algo que alimentaba su ego, y beneficiaba a su profesión.

En cuanto a sus necesidades sexuales, él las había relegado a un segundo lugar durante meses, concentrándose en su imperio de negocios y enrolándose en tenaces actividades atléticas en distintos lugares salvajes del mundo. En los últimos minutos, Paula Chaves había borrado todo aquello. Desde que la había visto con aquel vestido, su sexualidad lo había asaltado descontroladamente. Él sabía lo que quería. Y lo quería pronto.

Su vestido, pensó Pedro, había costado dinero, muchos billetes. Esa combinación de elegancia y provocación no era barata. ¿Estaría también ella detrás de él, persiguiendo la seguridad de una gran cuenta bancaria? ¿Como la madre? Claro que la hija era veinte años más joven y mucho más guapa. Alejandra había atrapado a Horacio con poco esfuerzo. ¿Le tocaría a la hija conseguir al director de la empresa, al que realmente tenía el dinero? Simplemente lo estaba haciendo un poco más sutilmente que las otras mujeres que conocía. ¿Sutilmente? ¿O maliciosamente? Debía tener cuidado. Después de todo, Paula no le había facilitado nada. ¿Podría estar equivocado? ¿Realmente era tan hostil como parecía?

—¿Quién entrega a esta mujer para que se case con este hombre? —preguntó el pastor.

—Yo lo hago —dijo Paula claramente, y sonrió a su madre.

Aquella sonrisa hizo que Pedro se apartase levemente hacia un lado. Le costaba prestar atención al servicio religioso. Debía parecer un idiota, pensó él.

Paula  había estado en montones de bodas. La mayoría de la gente de su edad estaba casada. Ella había pensado que era inmune a todo aquel ritual, pero aquel día las palabras del sacerdote, tan sencillas y sin embargo con tanta fuerza, la habían afectado: «Para amarse y cuidarse…» ¿Quién la había cuidado, excepto su casi olvidado padre? Alejandra, no. Ella había estado demasiado ocupada en romances de continente a continente. Tampoco ninguno de sus padrastros. Cesar, no, ciertamente, quien había sido su amante durante tres años. Ni más recientemente Roberto, quien, afortunadamente, no se había transformado en su amante. ¿Y qué? No necesitaba que la cuidasen. Ella era una mujer inteligente, independiente, de treinta y dos años, eficiente en un trabajo difícil y que había construido toda su vida evitando la intimidad y las relaciones duraderas y estables. Entonces, ¿Por qué se sentía tan emocionada como una novia?

—Hasta que la muerte los separe…

Alejandra se había separado del padre de Paula por la muerte de este, y según ella, él había sido el amor de su vida, una historia que cobraba más importancia con cada nuevo divorcio. Paula tenía siete años cuando había muerto su padre. Recordaba perfectamente cuando su madre se lo había dicho…

¡Oh! Estaba más sensible que una novia. No quería llorar. Y no lo haría. Aparte de otras cosas, confirmaría su baja opinión sobre las mujeres a Pedro Alfonso: seres irracionales, a merced de sus sentimientos. No como él.

Hechizo De Amor: Capítulo 6

Pero en el momento en que su padre y él habían abandonado la casa camino al invernadero, su padre le había dicho:

—Ale va a pedirle a Paula que la acompañe al altar. Así que tú te has librado.

Pedro  se sintió molesto por haber demostrado tan abiertamente que no quería hacerlo y había dicho:

—La he conocido, a la hija, quiero decir. No es lo que yo esperaba. Es alta y desaliñada y tiene una lengua como una sierra.

—¿De verdad? Ale me ha mostrado una foto. Pensé que era muy guapa.

—Un buen fotógrafo puede transformar un cactus en una rosa.

Horacio dijo abruptamente:

—¿Tienes el anillo?

—Sí, papá. Ya me lo has preguntado dos veces.

—Ahí está Martin, saludándonos. Es hora de que nos pongamos en nuestro sitio.

Martin era el mayordomo. Su señal significaba que Alejandra estaba lista. Pedro miró su reloj. Eran las seis y siete minutos. Paula Chaves era muy puntual para ser una mujer.

Pedro siguió a su padre por debajo de la sombra del toldo, asintió al sacerdote y evitó mirar a los invitados. Pamela estaría en algún sitio en medio de la gente. Se las había ingeniado para pedirle una invitación, y él había cometido el error de enviársela. Tendría que decidir qué hacer con Pamela, pensó, y se estremeció al oír el órgano portátil que tocaba su tía Blanca. Si algún día fuera tan tonto como para casarse, lo haría en su yate. La tía Blanca sufría de mareos en los barcos, y no pisaría nada que se le pareciera.

Por el rabillo del ojo vió a su padre sonreír a su futura esposa. Él iba a ser su quinto marido. Pedro sintió rabia. Le había aconsejado instintivamente que no se casara, y luego había intentado comprar a Alejandra. Pero no había funcionado ninguna de las dos cosas. Aunque le había ofrecido  una buena suma. Ella podía conseguir más por un divorcio. Él estaba seguro que aquel habría sido su razonamiento. No sonreiría a Alejandra  ni loco. Al menos el sacerdote había insistido en que el fotógrafo se mantuviera a cierta distancia durante la ceremonia. Así que, si él,  no tenía ganas de sonreír, no tenía por qué hacerlo. Paula Chaves  había dicho que él estaba malhumorado porque no se había salido con la suya. Realmente la mujer había sabido cómo irritarlo. Otro acorde del órgano de la tía Blanca le destempló los nervios. Seguramente Alejandra y su hija estaban casi en el altar. Inquieto, se dió la vuelta para ver dónde estaban.

Una mujer alta vestida de turquesa estaba caminando hacia él, mirando directamente hacia él, con la cabeza alta. Su belleza le dió en el pecho como si se tratase de un golpe. Llevaba el pelo recogido, brillándole como el trigo maduro, dejando al descubierto la línea delgada de su cuello. Sus hombros emergían del vestido formando elegantes curvas. Y sus pechos grandes lo dejaron sin respiración. Eran pechos maduros, voluptuosos, bajo el brillo de la seda, tan pálida como el color de las orquídeas que llevaba en la mano. En su cuello, una piedra azul brillaba como el fuego. Sus caderas se balanceaban graciosamente bajo el brillo de la seda, sus piernas parecían interminables. Pero fueron sus ojos los que lo embrujaron. Esos ojos grandes que había encontrado cuando le había quitado las gafas de sol en la escalinata de entrada a la casa. Él se había imaginado que se encontraría con unos ojos marrones, o grises claros. Pero no ese azul brillante como el de un mar tropical. Unos ojos en los que podía ahogarse. Involuntariamente se sintió excitado, y supo, en cada una de las fibras de su ser, que no pararía hasta que tuviera a Paula Chaves en su cama. Hasta que la hiciera suya de la forma más primitiva posible. ¿Era aquella la mujer cuyo envoltorio él había despreciado? ¿La que había etiquetado como desaliñada? ¿Estaba loco?

De pronto, con el poco cerebro que le quedaba en funcionamiento, se dió cuenta de que Paula se había dado cuenta del efecto que había producido en él, y de que se había sentido complacida. Tenía una boca para besarla. Una boca deliciosamente seductora. «¡Maldita seas, Paula Chaves!», pensó. Había logrado engañarlo con aquel traje arrugado y esa blusa de cuello cerrado. Pero no iba a hacerlo nuevamente. Le daría una lección. No sabía cuál, pero ya se le ocurriría algo. No le gustaba sentirse afectado por una mujer de aquel modo, que lo hiciera mirar como un tonto. Antes de que terminase la boda desearía no haberlo hecho. Notó que el sacerdote carraspeaba y que ellos cuatro estaban alineados frente a los invitados.