domingo, 30 de octubre de 2016

Dos Hermanos: Capítulo 67

—Llévame a la taberna.

 Por  el  espejo  retrovisor,  los  ojos  de  Juan  reflejaron  sorpresa  por  su  destino,  pero  se  limitó  a  asentir.  Minutos  más  tarde,  el  coche  se  detuvo  delante  de  la  taberna  y  Paula bajó corriendo.

—Gracias,  Juan.  Voy  a  quedarme  aquí  un  rato.  Te  llamaré  cuando  esté  lista  para  volver.

Juan pareció vacilar, luego volvió a asentir y se alejó. Paula subió  corriendo  los  peldaños  de entrada,  ansiosa  por  encontrar  al  propietario.  Cuando la vió acercarse a la barra, era todo sonrisas. Después de explicarle que estaba esperando una llamada importante, le pidió una habitación para poder hablar con Marcos en  privado.  El  dueño  la  complació  dándole  la  misma  habitación acogedora  de  la  primera vez. Apenas llevaba diez minutos allí cuando el teléfono sonó.

— ¿Sí? —contestó.

—Vaya, vaya, Paula. Por fin. Eres igual que tu padre.

— ¿Dónde está Ari? —preguntó—. ¿Está a salvo?

—Supuse  que  si  tomaba  algo  que  tú  querías,  pronto  tendría  noticias    tuyas.  Debes  de  querer mucho al chico para llamar a Ruth a mitad de la noche.

—Te  daré  lo  que  quieras,  Marcos.  Tengo  los  negativos.  Por  favor,  dime  que  no  le  has  hecho daño —le temblaba todo el cuerpo.

—Nunca quise herir a nadie.

—Mataste a mi padre. ¿Cómo pudiste hacerle eso a tu mejor amigo?

—Miguel  sabía demasiadas cosas para su propio bien, pero no debía morir.

—Quieres decir que sólo debía sufrir un infarto, como Manuel.

—Así es. Pero por alguna razón, no sobrevivió.

—Quiero hablar con Ariel —dijo Paula bruscamente.

—Por teléfono, no. En cuanto cuelgues, toma un autobús a la playa de Batsi. Alquila un hidropedal y dirígete a mar abierto. Si le dices a alguien a dónde vas o lo que haces, ni tú ni el chico viviréis más de una hora. La línea se cortó.

Paula dejó la llave y el dinero por valor de dos noches en la mesilla, recorrió el pasillo en dirección contraria y salió de la taberna por la puerta de atrás. Siguió  las  instrucciones  de  Sean  y  enseguida llegó  a  la  playa  de  Batsi  y  alquiló  un  hidropedal.  Subió  a  él  y  se  dirigió  hacia  el  centro  de la  bahía.  Marcos no  le  había  dado  una dirección  concreta,  pero  ella  sabía  que  hacía  varios minutos  que  había  salido  del área permitida. Por suerte, el mar estaba en calma.  De repente oyó el ruido de un motor. Miró a su alrededor y vió una lancha motora que avanzaba hacia ella.  Al acercarse sin disminuir la velocidad, Paula pensó que iban a atropellarla, de modo que su instinto de supervivencia la instó a tirarse al agua. Cuando emergió para tomar aire, dos pares de manos la alzaron a bordo de la lancha. Nadie dijo nada.  Uno  de  los  marinos  corpulentos  ya  había  tomado su  bolso  y  el  sobre  del  bote.  El  otro  dio media vuelta a la lancha y arrancó de nuevo a gran velocidad. Rodearon  un  cabo  y  Paula  divisó  a  lo  lejos  un  yate  blanco  de  grandes dimensiones que  cruzaba  el  Egeo  a  paso  lento.  Comprendió  que  el  general  Bernan  podía disponer de cualquier cosa, en cualquier momento y lugar. Lo único que necesitaba era a un secuaz como Marcos Dodd que llevara a cabo sus órdenes. La lancha motora se acercó al yate. El pelo rubio plateado de Marcos y su aspecto afable contradecían  su  lado  oscuro.  Vestido  como  un  rico  turista  americano,  la  estaba  esperando de pie mientras los marinos obligaban a Paula a subir al yate. Se sintió  enferma  al  sentir  el  escrutinio  de  sus  fríos  ojos  azules.  Se  quedó mirando  fijamente  su cuerpo,  delineado  por  las  ropas  mojadas  que  se  adherían  a  ella  como una segunda piel.

—Has cambiado desde la última vez que te ví.

Demasiado enfadada para tener miedo, Paula gritó:

—Te he traído lo que querías. Ahora, ¿dónde está Ariel?

—En su habitación, como un buen chico.

—Si  le  has  hecho  daño...  —sus  ojos  se  llenaron  de  lágrimas.

Marcos  le  lanzó  una  cruel  sonrisa.

—No podrías hacer nada. Llevo semanas buscándote pero por fin te he encontrado. TJ., llévala abajo. El hombre que había sacado sus cosas del bote la asió del brazo y la empujó a través de un umbral. Había unas escaleras estrechas que bajaban.

—Aquí  dentro  —le  ordenó,  y  le  bajó  bruscamente  la  cabeza  con  la  mano  para  que  pudiera pasar por una pequeña abertura. En  cuanto  Paula la  traspasó,  el  hombre  la  cerró,  sumiéndola  en  la  oscuridad.  Oyó  el  clic de un cerrojo. Como no podía mantenerse totalmente en pie, se volvió y empezó a golpear la puerta con los puños.

— ¡Dejenme  salir! ¡Quiero ver a Ariel ! ¡Dejenme salir!

— ¿Pau? —una  pequeña  voz  la  llamó  en  la  oscuridad.

Paula  parpadeó  y  dejó  de  aporrear la puerta.

— ¿Ari, cariño? ¿Eres tú?

—Sí.  Esos  hombres  malos  me  metieron  aquí  dentro.  Estaba  asustado  porque  no  podía  ver nada.

De repente, sintió un cuerpecito cálido junto a ella.

—Ari, gracias a Dios. Eres un niño tan valiente, estoy muy orgullosa de tí.

— ¿A tí también te han atrapado esos hombres?

—Sí, pero ahora que estamos juntos, vamos a esperar a que Pedro venga a buscarnos.

— ¡Pepe puede hacer cualquier cosa!

Las lágrimas se deslizaron por las mejillas de Paula.

—Tienes  razón.  No  parará  hasta  encontramos y llevamos a casa con tu mamá.

viernes, 28 de octubre de 2016

Dos Hermanos: Capítulo 66

Paula creyó  morir.  Aunque  Pedro le  había  asegurado  que  sus  hombres  de  seguridad  estaban en sus puestos, Marcos Dodd había conseguido secuestrar a Ariel.

— ¿Sabe Pepe algo de esto?

—La policía dijo que se pondrían en contacto con él.

— ¡Tenemos  que  encontrar  a  Ariel!  No  lo  superaría  si  le  ocurriera  algo  a  mi  pequeño. Ari... Ari... —Caro empezó a perder el equilibrio.

—Por supuesto que lo encontraremos. Vamos, Caro—Fede le rodeó los hombros con el brazo y la condujo al interior de la casa.

Incapaz  de  moverse,  Paula  enterró  el  rostro  entre  sus  manos,  convulsionada  por  el  miedo  y el horror.  «Esto  es  culpa  mía.  Si  a  Ariel  le  pasa  algo  por  mi  culpa,  no  podré  seguir  viviendo. Por  favor,  Señor.  No  dejes  que  Marcos  haga  daño  a  Ari.  Si  tiene  que  morir alguien, que sea yo».  Aquel pensamiento le dió una idea que pareció arrancarla de la parálisis que se había apoderado de ella. Corrió al interior de la casa y subió las escaleras hasta su habitación. Después de cerrar la puerta con llave, corrió al teléfono y descolgó. Eran las tres de la madrugada en la base militar de Red Crater, pero no importaba. Era cuestión de vida o muerte. Tecleó el número y esperó. Una voz somnolienta contestó al cuarto timbrazo.

— ¿Sí? ¿Quién es?

—Hola, ¿Ruth?

— ¿Sí? —fue la respuesta vacilante.

—Soy Paula.

— ¡Paula! Después de todo este tiempo. Cielo, ¿Dónde has estado? Te hemos buscado por  todas  partes.  Marco incluso  fue  a  Pennsylvania  con  la  esperanza  de  encontrarte.  ¿Estás bien?

Las lágrimas se deslizaron por las mejillas de Paula. Ruth Dodd era una buena mujer, su emoción era genuina. No tenía ni idea de con quién se había casado.

—Me alegro de oírte, Ruth. Hice mal al desaparecer de esa manera. Oye, me encantaría ponerme al día de todo lo ocurrido, pero necesito hablar con Marcos. ¿Puedes decirle que se ponga?

—Cielo,  lo  siento.  Está  en  el  Medio  Oeste  realizando  una  misión  para  el  general  Bennan. ¡De modo que era el general Berman el que dirigía toda la operación!

— ¿Tienes  algún  número  de  teléfono  en  el  que  pueda  localizarlo?  —se  secó  las  lágrimas con el dorso de la mano—. Es una emergencia.

— No tengo un número directo para hablar con él. Pero puedo llamar a alguien que le dará el mensaje y Marcos se pondrá en contacto contigo. ¡Se alegrará tanto de oír tu voz! Tu padre nos pidió que cuidáramos de tí, ¿Sabes? Dame tu número.

Paula tuvo que pensar deprisa.

—Espera  un  momento,  Ruth  —saltó  de  la  cama  y  tomó  su  bolso.  Todavía  tenía  el  número de  teléfono  de  la  taberna  donde  había  reservado  habitación  dos  días  antes—. ¿Ruth? Toma nota —le leyó el número—. Si Marcos recibe mi mensaje enseguida, dile que llame a este número dentro de veinte minutos. Si no puede llamarme hasta más tarde, el dueño del hotel recogerá el mensaje y me lo hará saber.

—Probaré en cuanto cuelgue. ¿Dónde estás, cielo?

—En Grecia.

—Grecia.  Oh,  Paula,  me  alegro  tanto  de  que  hayas  llamado.  No  vuelvas  a  hacernos  esto. Por favor, llámame pronto.

—Lo haré —Paula se mordió el labio con fuerza—. Gracias, Ruth.

Sin perder un segundo, Paula corrió al armario y abrió su maleta. En el fondo estaba el sobre con los negativos de su padre. «Lo siento, papá, pero no puedo seguir conservándolos». Tomó  el  sobre  y  su bolso,  se  puso  unas  zapatillas  y  bajó  corriendo  por  la  escalera  de  atrás hasta la cocina. Juan estaba tratando de consolar a su esposa, que no hacía más que llorar. En cuanto vió a Paula, Melina gritó:

— ¡El pequeño ha desaparecido! Aiyee

—Lo sé. Voy a intentar encontrarlo. Si alguien pregunta dónde estoy, diles que volveré enseguida.

— ¡Pero al señor Alfonso no le gustará que salga sola!

—Tengo que hacerlo, Melina.

Juan corrió detrás de ella.

—Yo la llevaré en coche a donde tenga que ir, despinis. No había tiempo para discutir.

—Está bien, gracias.

Paula subió al coche de la familia y enseguida salieron de la propiedad.

Dos Hermanos: Capítulo 65

Paula  se despertó tarde a la mañana siguiente, más en paz consigo mismo desde que había confesado todo a Fede, incluso el hecho de que estaba locamente enamorada de su hermano. Ojalá tuviera permiso para hablarles a Caro y a Fede de Marcos y así comprendieran las medidas  que  Pedro había tomado  para  proteger  a  todos.  Pero  la  precariedad  de  la  situación exigía que permaneciera en silencio. Incapaz de esperar otro momento para volver a ver a Pedro, se puso una blusa de color crema  de  mangas  largas  y  unos  pantalones  de  lana  de  color  beige.  Después  de  cepillarse el pelo y ponerse un ligero maquillaje, se apresuró para reunirse con todos en el piso de abajo.

Su ánimo decayó cuando se dió cuenta de que Caro era la única que estaba en la casa. Adoraba  a  su amiga,  pero  después  de  soñar  con  Pedro toda  la  noche,  esperaba  con ansia volver a verlo. La expresión preocupada de Caro se animó un poco al verla.

—Buenos días, Pau. Estás preciosa.

 —Podría decir lo mismo de tí. La maternidad te sienta muy bien.

Paula quería preguntar sobre Pedro pero no se atrevía.

— ¿Dónde está esta mañana el niño más hermoso del mundo? — inquirió mientras  se  sentaba a la mesa junto a Caro.

—Fede lo llevó a pescar hace una hora, ¿Puedes creerlo?

—La verdad es que sí. Vino a yerme a mi habitación anoche y se disculpó por todo.

—Debió  de  ser  toda  una  disculpa  —dijo  Caro  mientras  la  doncella  les  servía  los  huevos y el café.

—Lo fue. Aclaramos muchas cosas. Me siento mucho mejor.

—Yo  también.  No  sé  qué  le  ha  pasado,  pero  ha  cambiado.  Nadie  es  más  divertido  y  encantador que Fede cuando se lo propone.

—Tal vez sea el «efecto Ari».

Caro sonrió ante aquel comentario, pero su sonrisa se disipó rápidamente.

—Por extraño que parezca, hoy es Pedro el que parece estar fuera de tono. Entró en la villa a primera hora de la mañana, sin afeitar, con expresión furibunda, y salió sin decir ni una palabra. A continuación pude oír cómo se alejaba en su coche a toda velocidad. Nunca lo había visto tan furioso. Estoy asustada.

—Seguramente estás exagerando.

—No —insistió Caro—. Estaba furioso por algo. No parecía mi hermano.

Paula sintió cómo el trozo de pan que tenía en la boca se volvía serrín. ¿Sería rabia lo que  Caro había visto  en  sus  ojos  porque  la  presencia  de  Paula  estaba  poniendo  en  peligro  la  vida  de  todos? No  podía  permanecer  sentada  a  la  mesa.  La  adrenalina  la  obligó a ponerse en pie.

—Pau —gimió Caro  con  suavidad—.  No  pretendía  molestarte.  Tal  vez  estoy  paranoica  porque  Analía  y  Germán  van  a  venir  y  tengo  miedo  de  que  Ariel  decida  vivir  con ellos después de todo.

—No. Es muy feliz contigo. Todo va a ir bien, ya lo verás.

—Eso  espero  —su  voz  pareció  lacrimógena.  Hizo  una  pausa  y  luego  soltó  una  trémula  carajada—.  Oye,  ¿qué  te  parece  si  damos  un  paseo  hasta  la  ciudad?  Me  gustaría comprarle un regalo a Ariel y dárselo después de la boda.

—Es  una  idea  maravillosa  —Paula no  podría  haberse  quedado  en  la  casa  aunque  su  vida hubiese dependido de ello —  Vamos.

Fueron  a  sus  habitaciones  a  tomar  sus  chaquetas  y  luego  atravesaron,  la  casa  hasta  la entrada. Al bajar del porche, Paula vió un deportivo rojo que se aproximaba a la casa a demasiada velocidad.

—Fede sabe que no debe conducir tan deprisa. Algo va mal... El coche se detuvo con un chirrido delante de ellas. Fede saltó del vehículo.

— ¿Han visto a Ariel? —preguntó con el rostro de color mortecino.

—No —Caro lo asió del brazo—. ¿Qué ha pasado?

—No  lo  sé  —Fede parecía  angustiado—  Llevábamos  un  rato  arrojando  el  sedal  al  agua,  pero sin  pescar  nada.  Había  varias  personas  a  lo  largo  de  la  orilla.  Ariel  dijo  que  iba  a  acercarse a  un  tipo  que  parecía  tener  más  suerte.  Le  dije  que  lo  alcanzaría  en  cuanto  sacara  un  cebo distinto  de  la  caja.  Te  juro  que  sólo  lo  perdí  de  vista  treinta  segundos,  no  más.  Cuando  me puse  en  pie,  no  pude  verlo.  Empecé  a  correr,  pero  no  estaba  en  ninguna  parte.  El  hombre tampoco.  Cuando  pregunté  a  las  demás  personas que estaban en la orilla, dijeron que no habían visto nada.

Caro se había puesto tan pálida que daba miedo.

— ¿Quieres decir que lo han secuestrado?

—No tengo otra explicación —dijo Fede con voz ronca—. Fui directamente a la policía y  les  di  su, descripción.  Ahora  están  batiendo  la  ciudad  en  su  busca,  pero  me  sugirieron que tal vez hubiese decidido venir a casa. El oficial dijo que los niños hacen cosas así. Así que vine lo antes posible.

Dos Hermanos: Capítulo 64

Se sucedió un largo silencio. Luego Fede dijo:

-Todavía debe seguir siendo mi secreto. Cuando haya pasado un tiempo razonable, nos divorciaremos y regresaré a los Estados Unidos  para  vivir  y  trabajar.  Tanto  si  me  crees  como  si  no,  no aceptaré  un  centavo  de  Pedro. Mientras tanto, ni él ni yo queremos echar a perder nuestra boda porque es para Ari el y para Caro.

Por una vez, Fede permaneció callado.

—Por  favor,  no  te  ofendas  por  lo  que  voy  a  preguntarte.  Te  has  convertido  en  una  mujer hermosa, y cualquier hombre sería afortunado casándose contigo. Pero hace dos años que Pedro está enamorado de Erica. ¿Cómo es que te presentaste en su despacho en el momento en que lo hiciste y pusiste su mundo del revés en cuestión de días?

—Si  te  digo  la  verdad,  Fede,  y  luego  me  tratas  como  hiciste  antes,  te  juro  que nunca volveré a ser tu amiga ni a confiar en tí.

—Sigue.

—Primero,  debes  entender  que  ha  sido  Erica  la  que  ha  matado  el  amor  de  Pedro.  Se  negaba a compartirlo con su familia. Cuando él comprendió que siempre iba a ser un tira y afloja, rompió el compromiso. Yo no tuve nada que ver con eso. Pero ya has, adivinado  que  no  está  enamorado  de mí.  Me  pidió  que  me  casara  con  él  para  poder  adoptar legalmente a Ariel.

— ¡Entonces, lo reconoces!

—Sí. Pero lo que no sabes es que voy a casarme a cambio de algo que necesito de él.

—Dinero.

Paula inspiró hondo.

—Ahora,  el  resto.  Empezaré  diciendo  que  no  estoy  orgullosa  de  lo  que  voy  a  decirte.  Pero hasta que no lo confiese, no podré liberarme de la culpa.

— ¿De qué estás hablando?

—No fui del todo sincera cuando te dije que me había recuperado rápidamente de tus insultos. El hecho es que, a causa de tu crueldad conmigo y con Caro, quería vengarme de ti. Cuando me presenté en la oficina de Pedro sin cita previa, estaba preparada para llevar a cabo mi plan.

—Sabía que tenías uno, ¿Cuál era?

—Sé que es lo que parece, pero no. Quiero algo mucho más importante. Por desgracia, buscarte  y  hacer  que  te  enamoraras  de  mí,  la  chica  a  la  que  una  vez  llamaste  bajita,  gorda y fea y de pelo naranja.

—No sabía que te hubiese hecho tanto  daño.

—Eso  fue  porque  creía  que  eras  el  hombre   más  atractivo  e  interesante  que  había  conocido nunca. Estaba loca por tí. Casarme contigo sería la venganza definitiva, pero no había contado con un pequeño detalle.

 - ¿Pedro?

Paula asintió.

—No había imaginado que me gustaría, y mucho menos que me enamoraría de él. Pero lo hice. Esos siete días y siete noches en el barco transformaron mi vida. La verdad es que  lo  adoro,  Fede  —movió  lentamente  la  cabeza—.  Sé  que  todavía  ama  a  Erica, aunque haya decidido no casarse con ella. Qué ironía, ¿Eh?

Después de cierta vacilación, murmuró:

—Lo siento, Paula.

—Yo también lo siento —Paula contuvo un sollozo—. Pero al menos me alegro de que vinieras   a   verme   esta   noche.   Ahora   que   sabes   toda   la   verdad,   espero   que   tus   sentimientos hacia mí sean un poco más amistosos.

—Lo  mismo  te  digo  —se  inclinó  hacia  ella  para  darle  un  beso  en  la  frente  y  luego  se  levantó de la cama—. Buenas noches, Paula.

—Fede—lo   llamó—.   Te   he   contado   todo   como   una   confidencia,   así   que   te   agradecería que no se lo dijeras a nadie.

—Tienes mi palabra.

Dos Hermanos: Capítulo 63

—Si me disculpas —susurró con voz ferviente—, quiero telefonear a Carlos Gordon antes de acostarme. Sé que tu servicio de seguridad ya se ha puesto en contacto con él, pero hay algunos asuntos personales de los que me gustaría hablar con Carlos.

—Adelante. Yo me quedaré levantado esperando a Fede. Buenas noches.

—Buenas noches, Pepe.

Pedro se deleitó contemplando sus piernas moldeadas mientras subía rápidamente las escaleras.  Emanaba  energía  suficiente  para  contagiar  a  todo  un  grupo  de  personas.  Anhelaba poder sentir aquella energía toda para sí.

Paula llegó  a  su  habitación  casi  sin  aliento.  En  cuanto  cerró  la  puerta,  se  recostó  en  ella. «Estoy  en  apuros.  Después  de  cómo  besé  a  Pedro  hace  un  rato,  va  a  saber  que  estoy enamorada  de  él.  ¡Esto  no  entraba  en  el  plan!  No  puedo  volver  a  cometer  ese  error.  Tengo que asegurarme de estar siempre rodeada de gente» Cargada de adrenalina, se dio una ducha, se preparó para acostarse y llamó a Carlos por teléfono. No estaba en su despacho, así que dejó  un mensaje diciendo que volvería a intentarlo al día siguiente. Todavía agitada, se metió en la cama con un libro pero no pudo concentrarse. Renunció a  mirar  las  páginas  y  encendió  la  televisión  para que  el  ruido  ahogara  los  latidos  frenéticos de su corazón. Diez minutos después, la apagó. Ya casi se  había  quedado  dormida  cuando  oyó  que  llamaban  suavemente  a  la  puerta.  No podía ser Caro, que habría entrado inmediatamente después. Volvieron a llamar.

— ¿Ariel? —Preguntó, y se incorporó en la cama—. Entra, cariño.


—Es la invitación más amable que me han hecho en mucho tiempo.

Fede. Entró y cerró la puerta.

—Siento no ser Ariel. ¿Tiene por costumbre despertarte?

Paula se cubrió hasta la barbilla con las  sábanas.

—No,  claro  que  no.  Tuvo  una  pesadilla  una  vez  en  el  barco  y  vino  a  mi  habitación porque Pedro estaba dormido.

—Entiendo —fue su comentario pensativo—. Salí a tomar una copa con un viejo amigo del  colegio  y  he  regresado  más  tarde    de  lo  que  pensaba.  Sé  que  ya  son  casi  las  doce,  pero   esperaba   que pudiésemos   hablar   a   solas...   Si   no   te   pido   perdón   ahora,   seguramente no podré reunir otra vez el valor de hacerlo.

Una visita de Fede a medianoche, y dispuesto a disculparse, era lo último que Paula habría esperado. Había supuesto que preferiría la compañía de Pedro.

— ¿Te importa que esté en tu habitación?

—No. Pero abre la puerta, de lo contrario no estaría bien visto. Rió suavemente mientras lo hizo.

 —Gracias, Paula. No has cambiado. Siempre has sido generosa —murmuró.

Luego, en lugar de buscar una silla se sentó al borde de la cama, junto a ella. Paula se trasladó al extremo opuesto y preguntó:

— ¿Por qué quieres pedirme perdón? Oyó cómo inspiraba profundamente.

—Déjame  empezar  diciendo  que  ya  me  he  disculpado  ante  Caro.  Tuvimos  una  larga  charla  esta  noche.  Me  lo  ha contado  todo.  Cuando  terminó,  me  sentí  como  un  idiota.  No tenía ni idea de que hubiese estado pensando en suicidarse, ni lo crucial que fue tu presencia para salvar su vida. Las lágrimas se agolparon en la garganta de Paula al recordar aquella época dolorosa.

— Y  luego  tuve  que  aparecer  yo  y  echarlo  todo  a  perder...  como  un  niño  malo  que  destruye de una patada un castillo de arena. «No  era  un  castillo  de  arena,  Fede,  era  mucho  más  importante.  Pero  supongo  que  estás haciendo lo posible para disculparte».

— Supongo  que  lo  que  me  gustaría  saber  es  por  qué  has  tardado  tanto  en  reaparecer.  ¿Tanto daño te hice que no has podido enfrentarte a mí hasta ahora?

Paula dobló las rodillas bajo las sábanas.

—El único daño que me hiciste fue herir mis sentimientos, pero ya lo he superado. La ruptura  con Caro es  otra  historia.  Pero  aunque  no  hubieras  hecho  lo  que  hiciste,  su  vida y la mía habrían tomado caminos diferentes, y habríamos mantenido nuestra amistad a larga distancia, tal vez pasando unos días al año juntas. Para serte del todo sincera, no pensé demasiado en el pasado, cuando me fui de Suiza. Los años en la universidad me mantuvieron  ocupada,  y  luego  estuve  viviendo  con  mi padre  en  la  base  hasta  que  murió.

Dos Hermanos: Capítulo 62

Pedro  se  esforzó  por  mantener  las  manos  firmes  en  el  volante.  Aquella  noche  había  tenido su bautismo  de  fuego.  ¡Menudo  beso!  Se  sentía  como  si  los  dos  hubiesen  inventado aquel acto íntimo.  Si  paula podía  reaccionar  así  en  su  primer  encuentro,  no  sabía  cómo  iba  a  poder esperar  a  que  fuese  su  esposa.  Gracias  a  Dios  sólo  tendría  que  pasar  dos  noches  más  solo. Si el beso hubiese durado un segundo más, no habría sido capaz de controlarse. Paula creía que se divorciarían unos meses después. Sólo le permitiría pensar así hasta que  hubiesen  pronunciado  sus votos.  En  cuanto  le  hubiese  arrancado  de  sus  labios  la  confesión de que estaba tan enamorada de él como él de ella, todo cambiaría. Lo amaba. Incluso antes de aquella noche, lo había intuido. Su beso había dicho todo lo que  todavía  no  podían  decirse  por  muchas  razones.  Pero  pronto llegaría  el  momento  en el que no se guardarían nada. Ni palabras ni amor. Quería  llevarla  de  luna de  miel,  pero  hasta  que  los  hombres  que  intentaban  hacerle  daño  no  fuesen  detenidos, necesitaba  estar  en  la  casa  para  proteger  a  todos  sus  seres  queridos.

—Confiaba en poder reunir a la familia para planear los detalles de la boda, pero se ha hecho tarde —el párroco se había demorado por una emergencia en la ciudad y ya casi eran las diez.

—Estoy  de  acuerdo.  Ariel  ya  estará  dormido  y  seguro  que  Caro también.  Ahora  que  tiene a su hijo, su vida ya no es sólo para ella.

Pedro la miró de soslayo.

— ¿Tienes hambre, o sed? No muy lejos de aquí hay una taberna con música en vivo. Podríamos parar allí un rato antes de volver a  casa.  Necesitaba abrazarla otra vez. El beso no sólo lo había dejado insatisfecho, sino que su ansia   se   había   intensificado.   Al   mirarla,   vio   que   había   entrelazado   las   manos   nerviosamente en el regazo. Normalmente estaba más serena. Pedro tuvo que reprimir un gemido de satisfacción. Se estaba debatiendo entre decir sí o no.

—Creo que estoy un poco cansada.

Pedro se fijó en cómo sus senos ascendían con agitación.

«Estás mintiendo, Pau. Te sientes tan viva como yo».  Pau debió de percibir su incredulidad, porque dijo:

—Bueno, para serte sincera, en realidad estaba pensando en Fede.

La  mención  de  su  hermano  hizo  que  Pedro sintiera  una  punzada  de  celos  sin  precedentes. «Después de tanto tiempo, ¿todavía sientes algo por él?»

— ¿En Fede?

—Como  raras  veces  está  en  casa,  pensé  que  tal  vez  disfrutaría  de  tu  compañía,  sobre  todo si Caro y Ariel ya están acostados. A no ser, claro, que esté con una mujer.

Detectó  un  temblor  curioso  en  su  voz.  Tal  vez  se  había  dado  cuenta  de  que  había  demostrado demasiada ansiedad. Pedro apretó con fuerza el volante.

—No lo creo. Hasta ahora, no ha demostrado su debilidad por las mujeres griegas.

Paula  se  apartó  un  mechón  de  pelo  de  la  cara,  permitiéndole  ver  mejor  su  perfil  juvenil.

— Seguramente será porque no ha conocido a ninguna que esté a la altura de vuestra madre.

—Eres  muy  perspicaz  —murmuró,  sintiéndose  cada  vez  más  desencantado  con  la  dirección que tomaba la conversación—. En cuanto a que me esté esperando, habrá que verlo — sería  la  primera  vez—.  Pero  como  siempre,  tienes  razón.  Ha  venido en avión desde Suiza, así que lo menos que puedo hacer es estar allí.

Oyó cómo Paula contenía el aliento.

—Pepe,  si  te  he  ofendido  de  alguna  forma,  perdóname.  Me  encantaría  ir  a  ese  bar  contigo, pero tengo la sensación de que desde que te conté lo que me pasó en Suiza con Fede,  su relación  se ha  resentido.  Lo  último  que  desearía  es  provocar  una  ruptura en tu familia.

—No lo has hecho. Siento haberte dado esa impresión. «Señor, espero que se trate sólo de eso, Pau». Pero  durante  el  resto  del  trayecto  a  la  villa,  no  pudo  dejar  de  recordar  cierta  conversación con Erica.

— ¿No puedes ver que el patito feo se ha convertido en un hermoso cisne? Si yo fuera Paula y  hubiese  oído  decir  a  Fede esas  cosas  horribles  sobre  mí,  volvería  a  verlo  aunque sólo fuera para vengarme.

—Paula no es así.

—Todas las mujeres lo son...

Los  neumáticos  derraparon  cuando  atravesó  la  verja  de  la  propiedad.  Todo  parecía  tranquilo mientras paraba el coche a la entrada y ayudaba a Paula a bajar.

lunes, 24 de octubre de 2016

Dos Hermanos: Capítulo 61

Paula salió del santuario delante de Pedro y caminó hacia el muro bajo que rodeaba el jardín.  Aquella  noche  no  llovía.  Desde  lo  alto  de  la  colina,  las  luces  de  Palaiopolis  brillaban como diamantes que salpicaran la ladera hasta el mar.

—Desde  el  helicóptero  pensé  que  este  lugar  parecía  un  cuento  de  hadas.  Esta  noche  tengo que pellizcarme para creer que es real.

Se  quedó  sin  aliento  al  sentir  las  manos  de  Pedro por  sus  brazos,  estrechándola  por  detrás  y  apoyando  la  barbilla  en  su  cabeza.  A  pesar  del  grosor  de  la  chaqueta  de  lana  de su traje, Paula podía sentir su calor. Su proximidad hizo que el cuerpo le temblara de excitación, felicidad y esperanza.

—Esta noche es la primera vez que me he sentido en paz desde que Caro entró en mi dormitorio  una  noche  y  me  dijo  que  estaba  esperando  un  bebé.  Lo  que  lamento  es  no  haberme  dado  cuenta  en  su  momento  que  ella había  renunciado  a  su  bebé  para  que  yo  no  cargara  con  su  problema.  Por  mi  culpa,  se  ha  perdido  los  primeros  años  de  la  vida de  Ariel.

Paula dió media vuelta en sus brazos y lo miró .

—Pau—susurró.

Bajó la cabeza y Paula sintió sus labios buscando los suyos.  La  habían  besado  antes,  pero  nunca había  estado  enamorada.  La  fuerza  de  su  pasión  produjo  sensaciones  que  nunca  había experimentado.  Su  boca,  como  su  corazón,  se  fundió  con  la  suya,  indefensa.  Le  rodeó  el cuello  con  los  brazos  para  estrecharlo  aún  más, como había querido hacer mientras bailaban en la biblioteca. Quería  decirle  y  demostrarle  tantas  cosas  que  su  boca  y  su  cuerpo  explotaron  de  excitación.  Había  estado  conteniendo  sus  emociones  durante  demasiado  tiempo.  De  repente, Pedro la levantó del suelo y sus rostros quedaron a la misma altura. Era como si le acabara de dar permiso para hacer lo que quisiera: besar su pelo moreno, sus ojos, sus mejillas, sus labios, una y otra vez. El cuerpo de Paula se amoldó al de pedro como si tuviera voluntad propia. No supo cuántas veces  susurró  su  nombre.  Estaba  tan  abrumada  por  sus  sentimientos,  que  perdió la noción del tiempo hasta que los faros de un coche que subía por la colina la cegaron y comprendió que estaba fuera de control.

—No  hables  así,  Pepe. Sólo  Dios  tiene  poder  para  ver  el  alma  de  un  ser  humano  y  saber qué es lo bueno para él.

— ¿Sabes cuántas veces me ha acusado mi hermano de querer ser Dios?

Sin pensarlo, Pedro apoyó las manos en  el frente de su chaqueta.

—Federico eludió la responsabilidad —le recordó—. Alguien tenía que ayudar a Caro y tú tomaste la decisión por amor a tu hermana y al bebé. Al impedir que lo adoptaran, ahora Ariel  tiene a sus padres de acogida y a su madre natural. En cuanto a Caro , por fin está con su hijo y su dolor ha terminado. Les has hecho a los dos unos regalos de valor incalculable.

Aunque  el  coche  no  se  detuvo,  devolviéndoles  la  intimidad,  el  momento  le  dió  la oportunidad de recordar  que  todavía  estaban  en  el  jardín  de  la  iglesia.  Atormentada  por su comportamiento, enterró el rostro en su hombro y le pidió que la bajara al suelo. Sin decir palabra, Pedro hizo lo que le pedía.

—No me habían besado así desde que estaba en la universidad — se sintió obligada a explicarse.

— ¿Y Manuel?

—No  tuve  esa  clase  de  relación  con  él.  No  me  parecía  bien  besarlo  a  no  ser  que  lo  sintiera. Como no quería que me interpretara mal, me aseguré de que nunca tuviese la oportunidad.

—Entonces, conmigo lo sentiste.

—Pues claro —barbotó, con el rostro ruborizado de vergüenza—. Para empezar, no es probable que tú lo interpretes mal.

Su risa grave siempre resonaba en su cuerpo, pero aquella noche también la irritó.

— ¿Y qué te pareció como beso?

—Ya lo sabes —fue su respuesta malhumorada—. Me encantó. Estaba fuera de control y me comporté como una...como una cualquiera.

Los ojos negros de Pedro la traspasaron.

—Por si no te habías dado cuenta, no me quejo.

—Por  supuesto  que  no.  No  lo  harías.  Y  nunca  me  dirías  si  dejaba  mucho  que  desear  porque eres un caballero, así que olvidémoslo, si no te importa.

Pedro la tomó del brazo y empezaron a caminar hacia la calle donde había estacionado el Maserati.

— ¿Serás capaz de olvidarlo? —le abrió la puerta para ayudarla a subir.

—No, desde luego que no.

Pedro echó hacia atrás la cabeza y sonrió.

—Una mujer sincera. Hagas lo que hagas, Pau, no cambies.

«No  soy  tan  sincera,  Pepe.  Todavía  no  sabes cómo  tramé  casarme  con  tu  hermano.  Espero que nunca salga a la luz mi secreto. Si supieras la verdad, dejaría de gustarte. Sé que nunca me amarás, pero al menos, querría gustarte».