domingo, 28 de agosto de 2016

Trampa De Gemelas: Capítulo 22

Un  silencio  profundo  descendió  de  pronto  en  el  sótano  del  club,  iluminado  pobremente por velas y luces de linternas. Un silencio terrible. Completo.El monstruo se había alejado ya. Pedro  estaba  sentado  en  el  banco  que  unas  almas  caritativas  le  habían  dejado  cuando bajó las escaleras cargado con Paula.Ella  estaba  tumbada  a  su  lado,  muy  pálida  e  inmóvil,  con  la  cabeza  manchada  de  sangre  apoyada  en  el  regazo  de  él.  Alguien  le  había  pasado  un  paño  limpio  de  cocina y él lo apretaba en la herida de la sien de ella y lo veía mancharse lentamente de rojo.Se dijo que el flujo empezaba a hacerse más lento, pero no podía estar seguro de que fuera cierto.

Felipe, de pie al lado del banco, sostenía la mano floja de Paula con rostro serio. Los padres de Paula y Valeria y Julián se hallaban a poca distancia, todos silenciosos.

—Ya ha pasado —dijo alguien en medio del silencio.

Y de encima de ellos llegó un crujido lento y doloroso. Algo cayó con un golpe seco.

—¡Oh, santo cielo! —gritó una mujer.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó un hombre.

No le contestó nadie, porque nadie lo sabía.Federico sacó  un  teléfono  móvil  del  bolsillo  interior  de  su  chaqueta  y  probó  a  marcar.

—No  funciona  —dijo—.  Supongo  que  el  tornado  ha  tirado  algunas  torres  —miró al director del club—. ¿Tienen línea de tierra aquí abajo?

Una de las damas de honor habló cerca de una pared, donde empezaba a entrar agua procedente de las tuberías rotas de arriba.

—Aquí hay un teléfono —levantó el auricular y se lo acercó al oído. Negó con la cabeza—. No hay línea. Muchas personas probaban ya con sus móviles... pero sin resultado.

—Está bien —dijo Fede—. Vamos a ver cómo podemos salir de aquí.

Eligió  a  un  par  de  hombres  fuertes  y  subieron  los  tres  las  escaleras.  El  director  del  club  y  dos  de  los  empleados  fueron  en  dirección  contraria,  hacia  la  entrada  exterior, una puerta de acero montada en cemento y a la que se llegaba por un pasillo subterráneo que se alejaba unos diez metros del edificio del club. Pedro no  se  movió  del  sitio;  en  ese  momento  sólo  le  importaba  la  mujer  inmóvil que tenía en los brazos. Miró su rostro quieto y por primera vez se le ocurrió pensar en un médico. ¿Qué  demonios  le  pasaba?  Tenía  que  haber  pedido  un  médico  en  cuanto  llegó  allí con ella. Levantó la vista.

—¿Dónde está el doctor Flannigan?

El padre de Paula lo miró sorprendido.

—El  médico.  ¿Por  qué  narices  no  se  me  ha  ocurrido  antes?  —levantó  la  voz  todo lo que pudo—, ¡Doctor! Necesitamos al doctor Flannigan aquí.La voz se corrió por las habitaciones desnudas del sótano.

—Doctor Flannigan.

—¿Alguien ha visto al doctor Flannigan?

—Doctor Flannigan. Lo necesitan en la parte delantera.Un  par  de  minutos  más  tarde  llegaba  hasta  ellos  el  doctor,  un  hombre  alto  de  pelo gris. Miró a la enferma y entregó su chaqueta a Felipe.

—¿Puedes cuidármela y apartarte un poco?

Felipe dejó con cuidado la mano de su madre, tomó la chaqueta y se apartó de mala gana. Pedro lo miró y pensó que era un niño maravilloso. Con sólo diez años era  capaz  de  mantener  la  compostura  con  un  edificio  derruido  encima  de  ellos  y  su  madre inconsciente y cubierta de sangre.

—Gracias —el doctor le dedicó una sonrisa de aliento y se arremangó la camisa. Miró a Pedro—. ¿Respira con normalidad? Por lo que yo sé, sí.

—Hijo —dijo  el  doctor  con  paciencia—.  Con  la  cabeza  en  tus  rodillas  siempre  hay restricción de los conductos de aire...

Pedro  se  levantó  con  cuidado  y  colocó  la  cabeza  de  ella  en  el  banco,  sin  dejar  de aplicar una leve presión en la herida.

—¿Alguna herida más aparte de la de la cabeza? —preguntó el médico.

—Creo que no. Pero había muchos objetos volando; puede que tenga moratones y algún corte.

—¿Pero nada importante aparte de la brecha en la cabeza?

Pedro frunció el ceño.

—La cocina era un infierno. No puedo estar seguro.

—Vamos  a  echar  un  vistazo,  ¿de  acuerdo?  —el  doctor  miró  por  encima  del  hombro—. Acerquen esa linterna y tráiganme toallas limpias, por favor. Y algo para cubrirla.El  hombre  de  la  linterna  se  acercó  y  la  sujetó  en  alto.  Dos  mujeres  se  alejaron,  presumiblemente en busca de las toallas y la manta. El doctor Flannigan examinó la herida y Pedro vió que, efectivamente, el flujo de sangre había disminuido. El médico tomó el pulso a Paula y le levantó los párpados uno por uno.

Federico  y sus dos acompañantes volvieron en ese momento de la escalera.

—Esa salida está muy bloqueada —dijo con una mueca—. No va a ser fácil abrir un paso por ahí.

Melina,  que  estaba  cerca  de  la  pared,  se  acercó  a  su  marido  y  le  dió  la  mano.  Pedro  adivinó,  por  su  expresión,  que  pensaba  en  sus  bebés  y  confiaba  en  que  estuvieran  a  salvo  con  la  niñera  en  el  sótano  del  Doble  T.  Fede  levantó  sus  manos  unidas y besó los dedos entrelazados con los suyos.Volvieron  las  dos  mujeres  con  un  montón  de  toallas  de  bar,  unos  manteles  doblados y un tazón de agua.

—Agua —dijo el médico—. Maravilloso.

—Hay  una  lavandería  pasillo  abajo  —dijo  una  de  las  mujeres—.  El  grifo  del  fregadero funciona.

—Excelente —el doctor mojó una toalla—. Veamos si podemos examinar mejor esto... —limpió la sangre encima de los ojos de Paula.Entonces volvió el director del club desde la otra dirección.

—¿Y bien? —preguntó Fede.

El director se atrevió a sonreír.

—La salida exterior está despejada. Podemos salir sin problemas. Además, hay helicópteros en el aire y hemos oído sirenas. Viene ayuda.

El  personal  de  la  ambulancia  bajó  por  el  pasillo  de  la  salida  exterior  para  llevarse a Paula. La cargaron en una camilla, la sacaron y la metieron en la ambulancia para llevarla al Alfonso Memorial, un hospital al que el viejo Pedro había donado mucho dinero y que contaba con sala de Urgencias bien equipada y un cirujano con mucha experiencia en heridas en la cabeza.

Pedro  insistió  en  subir  a  la  ambulancia  y  nadie,  ni  Miguel ni  Alejandra ni  Valeria,  discutieron su derecho a ir con Paula.

Trampa De Gemelas: Capítulo 21

Ella  llegó  al  comedor,  desierto  ahora  salvo  por  las  mesas  desnudas  y  las  cajas  llenas de platos.

—¡Feli! —gritó—. ¿Dónde estás?

—Pau. Espera.

Ella  no  hizo  caso.  Se  recogió  la  falda  del  vestido  y  cruzó  el  arco  que  llevaba  al  vestíbulo.

—¡Feli! ¡Feli! Y esa vez obtuvo al fin respuesta.

—¡Mamá!

El niño salió corriendo de entre las sombras que llevaban al salón del fondo.

—¿Qué  pasa?  Está  todo  oscuro.  Estábamos  jugando  al  escondite  y  yo  he  esperado mucho tiempo escondido, pero...

Paula  se  convirtió  de  pronto  en  la  personificación  de  la  calma.  Levantó  una  mano.

—Tenemos que movernos —le tendió la mano y el niño corrió y se aferró a ella.Fuera hubo un ruido muy raro, como si un tren se acercara hacia ellos. Felipe abrió unos ojos como platos.

—¿Qué es eso?

—Por  aquí  —Pedro agarró  la  mano  libre  de  Paula  y  corrió  tirando  de  ella  de  regreso a la cocina. Abrió la puerta y empujó a la madre y al hijo delante de él.Para  entonces,  el  ruido  era  más  alto  que  ningún  tren.  Rugía  a  su  alrededor,  envolviéndolos.  Se  rompieron  muchos  cristales  en  una  serie  de  explosiones  que  parecían llegar de todas partes a la vez, en el comedor, el salón de baile... por todo el club.El rugido se hizo aún más alto. Federico estaba solo en la puerta abierta que daba al sótano.

—¡Vamos, dense prisa!

Y entonces el tornado cayó sobre ellos.Las puertas cerradas que daban al comedor se abrieron y saltaron de sus goznes a  la  otra  habitación.  Al  mismo  tiempo,  las  puertas  del  salón  de  baile  se abrían  y  cerraban dos veces antes de saltar también de sus goznes.Los  rodeó  un  infierno.  Cazos, sartenes  y  un  número  indeterminado  de  objetos  punzantes volaban por los aires. Pedro empujaba a Paula y a Felipe delante de él y se abría  paso  como  podía  mientras  el  mundo  entero  se  soltaba de  sus  amarres  y  el  rugido se convertía en un monstruo que los engullía vivos.Después de eso todo fue muy lento. Un minuto, dos tal vez, convertidos en una eternidad de terror, de explosiones súbitas y ruido.

El  monstruo  salvaje  del  viento  aullador  levantó  a  Felipe del  suelo  y  lo  lanzó  directo hacia Federico, quien lo atrapó milagrosamente en el aire.

—¡Vete! —gritó Paula —. ¡Bájalo ya!

Federico  se  volvió  y  empezó  a  bajar  mientras  Felipe llamaba  a  su  madre  a  gritos  y  tendía las manos por encima del hombro de Fede como si pudiera salvarla con sólo la voluntad de sus diez años.

Pedro  sujetaba  a  Paula con  fuerza  por  la  cintura  y  la  empujaba  hacia  delante. Los objetos lo golpeaban... el mango de un cuchillo, un bol de madera, un plato que se rompió en su hombro. Pero no le dolían. Sentía los golpes como si fueran dirigidos con  intención.  El  monstruo  salvaje  luchaba con  él  y  él  se  defendía.  El  monstruo  no  podía ganar.La  puerta  que  llevaba  al  sótano  saltó  de sus  goznes,  se  elevó  por  el  aire,  pasó  por  encima  de  sus  cabezas  y  salió  volando  por  el agujero  donde  habían  estado  las  puertas del salón de baile.

Paula gritó.Él la empujó hacia delante.

—Vamos, vamos, podemos lograrlo.

Ella  siguió  avanzando  valientemente,  con  el  vestido  pegado  a  las  piernas  dificultando su avance, hasta que lo agarró y se lo envolvió en torno a la cintura. El vestido cayó hacia atrás y se enrolló alrededor de Pedro, agarrándose con la fuerza de un ser vivo desesperado.Arriba,  en  el segundo  piso,  se  oyó  un  ruido  atronador.  La  mente  de  Pedro  consiguió identificar el sonido: había cedido el tejado. Siguió empujando a Paula desde atrás y cada centímetro que avanzaban hacia la puerta  del  sótano  era  un  triunfo,  una  victoria  sobre  el  monstruo  que  rugía,  los  golpeaba y amenazaba con separarlos. Llegaron  a  la  puerta  y  Paula se  disponía  a  meterse  en  la  escalera cuando  las  paredes  empezaron  a  ceder.  Entre  el  rugido  surgió  otro  ruido  de  gemidos  y  gritos horribles.

Pedro se tambaleó en el suelo movible.Paula gritó  su  nombre  y  se  volvió  a  agarrarlo.  Antes  de que  él  pudiera  decirle  que  siguiera  adelante,  que  bajara  la  maldita  escalera,  un  tazón  blanco gigante  de  amasar  apareció  volando  directamente  hacia  ella.  La  golpeó  en  la  sien  y  se  partió limpiamente en dos, con ambas piezas parándose un instante en el aire antes de salir volando en direcciones opuestas. De su frente salió un chorro de sangre que saltó en todas direcciones.Las paredes  caían  sobre  ellos.  Sartenes  y  bandejas  volaban  a  su  alrededor,  y  Paula tenía una expresión triste y rara.

—Perdona —dijo,  mientras  la  sangre  le  entraba  en  la  boca  y  manchaba  su  vestido rosa y el traje de él—. Lo siento mucho. Lo he estropeado todo...

Cerró los ojos bajo la cortina de sangre, cayó hacia él y Pedro la recogió en sus brazos, la levantó contra el pecho y se lanzó hacia las escaleras. Cuando empezaba a bajarlas, cedió el techo y se estrelló contra el suelo.

Trampa De Gemelas: Capítulo 20

—Escucha.— Paula se acercó más a Pedro—. ¿Lo oyes? En la distancia, al norte, más  allá  de  los  robles  azotados  por  el  viento,  sonaba  la  sirena  de  tormentas  del  pueblo.

Paula palideció.

—¡Oh, Dios mío! Feli...

—Tranquila —le aconsejó Federico—. De momento es sólo un aviso. Entren de una vez —les sostuvo la puerta abierta. En el salón sólo quedaba una hilera de personas que cruzaban ordenadamente en dirección a la cocina.El director del club estaba al final de la cola. En el extremo opuesto, encima del escenario,  esperaba  la  tarta  de  boda  de  Valeria,  rodeada  del  equipo  del  grupo  de  música.

—Fede, por favor, ¿Has visto a Feli? —preguntó Paula.

Federico iba delante de ellos y la miró por encima del hombro.

—Lo  siento,  no  lo  he  visto.  Pero  hemos  intentado  hacer  bajar  a  los  niños  primero. Vamos. Ponte a la cola.

—Tenemos que encontrar a Feli—insistió ella—. ¡Feli! —se soltó de Pedro y corrió al escenario, como si el niño pudiera estar escondido allí entre el equipo de música.  Al  no  obtener  respuestas,  enterró  el  rostro  en  las  manos—.¡Oh,  Dios  mío!  ¡Oh, Dios mío!Pedro la alcanzó.

—Pau —la tomó de los hombros y la volvió hacia él.

—No, no... —ella lo empujó en el pecho—. Suéltame.

Él no la soltó.

—Vamos,  no  te  pongas  histérica.  Fede ha  dicho  que  seguramente  esté  ya  en  el  sótano —ella  lo  miraba  aterrorizada,  con  el  cuerpo  temblando.  Pedro  volvió  a  tomarla de la mano—. Ven. Lo encontraremos.

Ella se dejó llevar. Entraron en la cocina con Pedro disculpándose con la gente que esperaba, a los que aseguraba que no pretendían colarse. Detrás de las puertas, entre los mostradores de acero y los electrodomésticos de tamaño industrial. Melina, Julián y Miguel se hacían cargo de la multitud.

—Así  es,  amigo —decía  Melina  en  la  cabecera  de  la  cola,  cerca  de  la  pared  interior  donde  empezaban  los  escalones  que  llevaban  al  sótano—.  Sigan  con  calma  pero no paren.

—Tranquilos —añadió Julián—. Hay sitio para todos.

—De dos en dos —intervino Miguel—. No hay necesidad de empujar.Uno de los invitados gritó:

—¡Pero somos cientos de personas!

—¡Eso! —intervino otro—. ¿Cómo pueden decir que hay sitio?

—Lo  hay  —repuso  Federico,  que  se  había  colocado  entre  Melina  y  Julián—.  Yo  he  estado  abajo  y  les  aseguro  que  es  tan  grande  como  el  salón  de  baile.  Hay  varias  habitaciones y espacio de sobra para todos.

Pedro  calculó que  dos  tercios  de  los  invitados  estaban  ya  abajo.  La  cola  avanzaba con rapidez. Paula se soltó de él y corrió hasta su padre.

—¿Feli ha bajado ya? —preguntó.

Miguel frunció el ceño.

—Yo creía que estaba contigo.

—¿Mamá? ¿Vale?
Miguel miró adelante.

—Ya han bajado.

Paula se volvió a Melina.

—¿Has visto bajar a Feli?

Melina, que seguía dirigiendo la cola de gente, negó con la cabeza.

—No,  creo  que  no  lo  he  visto.  Puede  que  haya  bajado  sin  que  lo  vea,  pero  he  estado pendiente de los niños y no... En  ese  momento  se  apagaron  las  luces  y  un  respingo  colectivo  brotó  de  todas  las gargantas. Los envolvieron las sombras, aunque todavía entraba algo de luz gris por las puertas abiertas del salón. Alguien soltó un gemido aterrorizado.

—¡Ya está aquí!

—No  pasa  nada,  amigos  —dijo  Fede—.  Hay  luz  de  sobra  para  bajar.  Sigan  avanzando —la cola había despejado ya la puerta del salón y en poco tiempo estarían todos abajo.

—¡Oh, Dios mío! —Paula se volvió hacia las puertas que llevaban al comedor.

—¡Pau, espera! —gritó su padre—. Tienes que...

Ella no se detuvo.

—Tengo que buscar a Feli.

Miguel empezó a seguirla.

—¡Pau!

Pedro se colocó delante de él.

—Tú cuida de la cola, te necesitan. Yo me ocupo de ella.

—Mi nieto. ¡Santo cielo! Tenemos que...

—No te preocupes, lo encontraremos —repuso Pedro.

Corrió a alcanzar a Paula sin esperar la respuesta de Miguel.

Trampa De Gemelas: Capítulo 19

Paula no sabía qué decir. Lo miró y supo que iba a besarla y también que ella no lo iba a detener. Aun así, intentó hacer un esfuerzo.

—Creo que deberíamos.

—¡Chist! —susurró él.

Pedro ignoró la furia de la tormenta. Él le rozó la sien con los labios.

—Juro que pensaba ir despacio —susurró—. Pero ya no quiero hacerlo. Quiero besarte. Por favor. Dime que está bien.

—¿Bien?

Estaba  más  que  bien...  excepto  porque  ella  debería  decirle  antes  lo  de  Felipe.  Debería decírselo y después, si él todavía quería besarla, ella no se lo impediría.Pero había un problema.Se ahogaba  en  los  ojos  cálidos  de  él.  La  tormenta,  los  trescientos  invitados  del  otro  lado  de  la pared  todo  eso  dejó  de  existir.  El  mundo  se  volvió  silencioso  e  inmóvil.  Habían  entrado  en el  centro  de  su  tormenta  privada  y  allí  sólo  existía  Pedro, que quería besarla. Y ella, que ansiaba ese beso. Levantó el rostro hacia él.

—Dí que sí —susurró Pedro.Y ella lo dijo.

—Sí.

Y él bajó los labios.Más  allá  de  la  galería  llovía  a  cántaros,  granizaba  y  brillaban  los relámpagos,  seguidos de truenos. Pedro cubrió  la  boca  de  Paula con  la  suya  y  volvió  a  ocurrir. El  golpeteo  de  la  lluvia,  los  relámpagos,  el  ruido  del  trueno...  todo  lo  que  formaba  el  mundo real  desapareció.Era otra vez aquella noche de once años atrás. Era aquella noche... Y aquella mujer.Increíble.  El  calor  de  su  boca  bajo  la  de  él...  su  sabor  y  su  olor;  el  mismo. Exactamente el mismo. Aquella noche era Paula... Pedro pensó eso un segundo y después dejó de pensarlo.No importaban los trucos que se empeñaran en jugarle su mente y sus sentidos. Lo que importaba era aquello. Esa mujer. Ese momento.Ese beso perfecto...

Profundizó el beso y se apretó contra ella; deslizó las manos entre su espalda y la pared y la estrechó contra sí. Paula se  estremeció,  suspiró  y  se  abrazó  a  su  cuello.  Pedro  siguió  besándola mientras inhalaba su aroma y oía el rumor de su vestido de seda como una promesa susurrada de placeres futuros.¡Sí! Eso era lo que quería. Aquella mujer, aquel momento, el abrazo... No podía haber nada mejor. Quería seguir besándola eternamente.Pero entonces hubo un relámpago más intenso que los precedentes y el trueno subsiguiente  explotó  a  su  alrededor  como  un  aviso.

Paula  dejó  de  abrazarlo  y  le  empujó el pecho con las manos. Y Pedro comprendió que ella tenía razón. No era el momento ni el lugar para dejarse llevar así. Levantó la cabeza, miró las mejillas arreboladas y tentadoras de ella y tuvo de nuevo la misma sensación de deja vu que había tenido ya antes.

—Pau... —susurró.Una ráfaga de viento lanzó una ola de lluvia y granizo que se estrelló a sus pies y manchó de rosa oscuro el dobladillo del vestido de ella. Pedro lanzó un juramento contra su propia idiotez y le tomó la mano.

—Ha sido una locura salir aquí. Tenemos que entrar.Ella tiró de él para retenerlo.

—No, escucha, tengo que...

—¡Pepe! —gritó la voz de Federico detrás de él.

Pedro se volvió y vió a su hermano en la puerta del salón de baile.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Acaban  de  avisar  de  que  viene  un  tornado.  Tiene  bastante  mal  aspecto;  hay  que bajar al sótano.

Trampa De Gemelas: Capítulo 18

Eran  poco  más  de  las  ocho,  aunque  fuera,  debido  a  las  nubes,  parecía  ya  de  noche. Llovía con fuerza y se veía todavía algún relámpago que otro. Paula bailaba en brazos  de  Pedro  y  tenía  la  sensación  de  haber  retrocedido  en  el  tiempo  y  de  que  volvía a revivir la noche del baile de graduación.Era otra vez aquella noche... Pero mejor.Porque  esa  vez  no  había  farsa.  Esa  vez  Pedro  no  la  llamaba  Valeria,  sino  que  sabía con quién bailaba. Esa vez la magia era real. Y  se  prometió  que,  cuando  terminara  la  canción,  lo  llevaría  a  un  rincón  tranquilo y le contaría el secreto que había guardado tanto tiempo. Seguramente   eso   lo   estropearía   todo,   pero ella   no   podía   mentirle   más.   Seguramente  se  pondría  furioso,  pero  no  lo  pagaría  con  Valeria y  Julián, no  les  estropearía la fiesta. Él no era ese tipo de hombre. Se acercó más a él.

—Me pregunto...

Él la abrazó por la cintura.

—¿Qué? —le susurró al oído—. Lo que tú digas.

—Unos minutos a solas... Él soltó una risita.

—Yo  pensaba  lo  mismo  —le  soltó  la  cintura  pero  no  la  mano,  y  echó  a  andar  con ella entre las parejas.

Primero probaron en el vestíbulo principal, pero allí estaban la mayor parte de los  niños,  jugando  en  las  escaleras  o  persiguiéndose  entre  los  sillones.  Paula vió  a  Felipe  jugando  con  un  par  de  chicos  cerca  del  mostrador  de  recepción.  Llevaba  la  corbata casi quitada y la chaqueta no estaba a la vista. Ella lo saludó con la mano y él le dedicó una sonrisa feliz y volvió a su juego.Pasaron  un  arco  y  entraron  en  un  pasillo,  pero  no  estaba  vacío.  La  gente  iba  y  venía de un salón situado al final.Probaron  en  el  comedor,  pero  los  camareros  seguían  ocupados  con  la  tarea  de  limpiar después del banquete.

—¿Desean algo, señor Alfonso? —preguntó uno de ellos.

—No, no —repuso Pedro.

Entonces  les  llegó  la  voz  de  Miguel desde  el  salón  de  baile,  amplificada  por  los  altavoces del club.

—Y ahora el gran momento. Vamos a cortar la tarta...

Pedro tiró de Paula de vuelta al salón. Con tantos invitados por todas partes, no era fácil encontrar un rincón tranquilo, así que ella se resignó y pensó que aquél no era el mejor momento.Pero se lo diría esa noche, más tarde. Enviaría a Feli a casa con sus padres y lo  acompañaría  al  rancho  o  donde fuera.  No  importaba.  Sólo  necesitaban  un  lugar  donde no los molestaran.Sí, eso sería mejor que intentar explicárselo todo en ese momento, en mitad de una  fiesta.  Mucho  mejor  si  estaban  los dos  solos  de  verdad  donde  no  podían  interrumpirlos. Eso sería preferible.Además,  si  esperaba  a después  de  la  fiesta,  tendría  unas  horas  más  de  magia  con él antes del momento de la verdad.En ese  momento  llegaron  al  salón  de  baile  y  Pedro siguió  andando  hacia  las  puertas  dobles  que daban  a  la  galería.  Lo  cual  era  una  locura,  ya  que  fuera  había  rayos y truenos y llovía sin cesar. Paula clavó los talones en el suelo.

—No podemos ir ahí. Él apenas la miró.

—Está bajo techo. Lo peor que puede ocurrir es que el viento te alborote el pelo.

Tiró  de  ella,  que  tuvo  la  sensación  de  que  todo  se  volvía  de  pronto  loco  y  salvaje, tan salvaje como el viento que podía oír aullar detrás de las paredes del club. Uno  de  los  camareros  se  acercó  a  su  padre,  que  estaba  en  el  escenario  al  lado  de  la  mesa de la tarta, y le susurró al oído.  Paula oyó a su padre decir:

—Amigos. Amigos, atención, por favor. Tenemos un problemita...  No  oyó  el  resto.

Pedro  había  empujado  la  barra  que  abría  la  puerta  y  los  dos  salían  por  ella.  La  puerta  se cerró  instantáneamente  y  estuvo  a  punto  de  pillarle  la  falda larga del vestido, pero Paula consiguió rescatarla en el último momento.Un  golpe  de  viento  le  levantó  primero  la  falda  y después  la  aplastó  contra  sus  piernas. El pelo se soltó de las horquillas y le voló sobre los ojos y la boca.Más allá del tejado del porche llovía con violencia y las gotas gruesas de lluvia se mezclabancon granizo. Seguían los relámpagos y los truenos.El  personal  del  club  había  retirado  los  cojines  de los  sillones  y  sofás  y  los  esqueletos de hierro de los muebles parecían formar un baile extraño sobre las tablas de madera. Paula se apartó unos mechones de pelo de la boca.

—No creo que...

—Por aquí —él la llevó al rincón donde la pared del salón se prolongaba hacia los  escalones  anchos  de  la  entrada  y  la  apoyó  en  la  pared  de  modo  que  quedara protegida del viento. Colocó una mano a cada lado de ella.

—¿Mejor?

Trampa De Gemelas: Capítulo 17

Pedro  la  miró  abiertamente,  ignorante  de  todo  lo  que  no  fuera  ella,  y  pensó  que  nunca  la había  visto  tan  hermosa  como  ese  día.  El  rosa  le  sentaba  bien.  Le recordaba a... Parpadeó.Y el tiempo pareció detenerse.

 Regresó a una noche de mayo de once años atrás. Valeria también llevaba un vestido rosa ese día y había destacado por encima de todas  las  chicas  de  la  graduación.  Habían  bailado  todas  las piezas  porque  él  no  permitía que se le acercara ningún otro chico.Aquella  noche  lo  había cambiado  todo...  o  eso  creía  él  mientras  sucedía.  Aquella  noche  había  decidido  que  no rompería  con  ella  después  de  todo,  aquella  noche no le importaba lo más mínimo el mundo ni los muchos lugares que tenía que explorar. Aquella noche sólo quería quedarse allí, con Valeria en sus brazos. Valeria... ¡Qué extraño! Podía verse todavía viéndola girar en sus brazos. Valeria... ¿O no era ella?Al  recordar  ahora  a  Valeria  sonriendo  con  suavidad  y  mirándolo  aquella  noche,  no era a ella a quien veía. Estaba seguro de eso. Bajaba la vista y... Veía a Paula en sus brazos. No podía ser. No lo era. Su mente le gastaba una mala pasada.Aun así, en el centro de su ser estaba seguro de que... Sintió un calor repentino. El aire lo oprimía y no podía respirar.Y entonces Paula levantó la vista de la mesa donde se sentaba con Felipe y lo vió.Y sonrió.¡Qué hermosa era!Y su sonrisa consiguió que todo volviera a la normalidad.El pasado no era el presente.Y Paula no era Valeria. Casi  estuvo  a  punto  de  echarse  a  reír  de  su  idiotez.  Seguramente  era  normal  que,  con  lo  que  sentía  ahora  por  Paula,  pensara  que  era  a  ella  y  no  a  Valeria a  la  que  había tenido en sus brazos aquella noche.Pero, en cualquier caso, no importaba. De eso hacía ya años. Lo que importaba ahora era la sonrisa esperanzada en la boca suave de Paula. Echó a andar hacia la mesa.

—¡Pepe! —el rostro de Felipe se iluminó al verlo. Sonrió al niño.

—Hola, Feli. ¿Qué tal?

—Bien —el niño se metió un dedo en el cuello de la camisa—. Excepto por este traje —hizo ruido de que se ahogaba.

—Feli—dijo  Paula  con  suavidad.  Y  el  pequeño  suspiró  y  se  sacó  el  dedo  del  cuello. Pedro le guiñó un ojo.

—Pero te queda bien.

—¿Tú crees? —Feli se enderezó el cuello y alisó la corbata.
—Sin ninguna duda —Pedro se atrevió a mirar a la mujer de rosa—. Y tú estás guapísima.

—Gracias —sonrió ella.

Él tomó la tarjeta colocada al lado de ella.

—¡Vaya! ¿Qué te parece? Este es mi sitio.

La expresión de ella indicaba que ya ha había leído la tarjeta.

—¡No me digas!

Pedro le mostró la tarjeta.

—Me temo que sí.

Se sentó y se puso la servilleta en las rodillas. Paula se inclinó hacia él.

—¿Dónde  has  puesto  a  Carlos  Bowline?  Antes  ha  estado  aquí;  parece  ser  que  alguien le había dicho que se sentaba en esta mesa.

Pedro se giró hacia ella y le sonrió.—El  señor  Carlos  Bowline  se  sentará  con  Fede y  Melina Alfonso.  Si  consigue  encontrar su asiento, estoy seguro de que lo pasará muy bien. Fede y Meli son muy divertidos.

—Carlos es el padrino —murmuró ella con tono burlón.

—Y  espero  que  encuentre  pronto  su  asiento  —repuso  Pedro.

Un  camarero  le  llenó la copa de champán. Pedro la levantó y brindó con Paula.

—¡Eh, yo también! —Feli levantó su refresco de Cola.

Pedro chocó su copa con el vaso del niño.

—Por el padrino, dondequiera que esté.

Empezó  a  llegar  la  comida... mariscos,  ensaladas  y  un  plato  de  solomillo  con  patatas asadas. Y todo estaba muy bueno, aunque lo que más valoraba Pedro era la compañía. Conversaron con los demás invitados de la mesa, dos parejas de Abilene amigas de la familia de Julián  y una anciana encantadora, tía abuela del novio. Más allá de las ventanas, el cielo se iba volviendo gris, pero no importaba. Estaban todos a cubierto y se lo pasaban bien.

Ni Pedro ni Paula mencionaron la cita misteriosa que tenían el lunes en el bufete ni   la   conversación   telefónica   del   domingo   anterior.   Ambos   mantuvieron   la   conversación a un nivel amable y superficial. Pedro no tenía nada que objetar. Ella estaba a su lado y no podía pedir nada más.De pronto todo le parecía factible. Más tarde habría baile y quizá tuviera suerte, el domingo la vería en la iglesia y en el restaurante y el lunes... bueno, ella iría a su despacho a consultarle algo.Y  él  tendría  una  ocasión  más  de  convencerla  de  que  debían  pasar  más  tiempo  juntos.Cuando retiraron el plato principal, Miguel Chaves  se puso en pie y golpeó su vaso de agua con el tenedor.

—Señoras y señores. Quiero decir cuánto significa este día especial para Alejandra y para mí...

Felipe escuchó  con  paciencia  varias  rondas  de  brindis,  pero  para  entonces  ya  otros niños empezaban a congregarse en el umbral de la puerta o a desaparecer en el vestíbulo principal. Feli se inclinó hacia su madre.

—¿Puedo ir a jugar con los niños?

Ella  le  dejó  ir  después  de  hacerle  prometer  que  se  quedaría  en  la  entrada  principal o en el salón de baile, donde ella pudiera encontrarlo.

—No salgas fuera; lo digo en serio.

—No saldré, mamá. Te lo prometo.

Media  hora  más  tarde,  cuando  todo  el  mundo  hubo  hecho  su  brindis,  Miguel se  levantó  y  anunció  que  el  grupo de  música  se  trasladaba  al  salón  de  baile.  Fuera  tronaba y los relámpagos iluminaban el cielo oscurecido. Miguel soltó una carcajada.

—Estamos   en   Texas,   amigos.   Y   ninguna   tormenta   nos   va   a   estropear   la   diversión.

La multitud se echó a reír. Algunos aplaudieron.  Pedro apartó la silla y le ofreció la mano a Paula.

—El primer baile es para mí —dijo. Y ella aceptó su mano.

Trampa De Gemelas: Capítulo 16

El  día  de  la  boda  amaneció  brillante  y  soleado.  El  pronóstico  del  tiempo  amenazaba  con  tormentas  por  la  tarde,  pero  Valeria declaró  con  ojos  brillantes  que  el  mal tiempo no se atrevería a arruinar el día más hermoso e importante de su vida.La  ceremonia  tuvo  lugar  en  la  iglesia  de  la  familia  Chaves,  y  la  ofició  el  pastor Partridge.

 Los invitados soltaron exclamaciones de admiración al ver el lugar, donde  las  lilas  y  las  rosas  mezcladas  con  hiedra  y  cintas  de  raso  blanco  adornaban  casi  todas  las  superficies.  A  lo  largo  del  pasillo  y  en  el  altar  había  más  flores  en  floreros altos.La iglesia estaba a rebosar. Cuando empezaron a sonar los primeros acordes de la marcha nupcial, no cabía ni un alma más.Tres niñas con vestidos de raso verde y el pelo adornado con cintas y capullos de  rosa  bajaron  por  la  alfombra  blanca  que  habían  extendido  dos  de  los  testigos  del  novio  antes  de  que  empezara  la  marcha  nupcial.  Las  tres  sonreían  con  timidez  y  transportaban cestas llenas de pétalos rosas y verdes que lanzaban por el pasillo a su paso.A  continuación  iban  las  damas  de  honor  de  Valeria,  ocho  mujeres  amigas  suyas  con vestidos de seda color verde apio, cada una con un ramo de rosas y lilas. Las seguía Paula, en su calidad de madrina. Su vestido era rosa y su ramo estaba formado por rosas blancas entrecruzadas de verde.

 Apenas había andado cinco pasos en dirección al grupo que esperaba en el altar cuando cometió el error de mirar a la derecha.Y allí estaba Pedro, en el sexto banco, con Federico y Melina. Él  le sostuvo la mirada y ella estuvo a punto de tropezar, pero se recuperó al instante. Echó atrás los hombros y siguió su marcha lenta hacia el altar.El padrino le tomó la mano y la acompañó a su puesto, al lado de él. La música sonó más alta y apareció Valeria con un vestido blanco como la nieve y un ramo hecho de lirios blancos, gardenias y rosas atado con perlas falsas. Un suspiro de admiración pareció brotar de todas las gargantas al verla. Era su momento y Lena sabía bien qué hacer con él. A través del velo, tenía ojos sólo para Julián y, cuando al fin llegó a su altura, tendió su ramo a Paula y su prometido y ella miraron al pastor.Empezó  la  ceremonia.  Julián vaciló  un  par  de  veces  al  pronunciar  los  votos.  Aunque  normalmente  hablaba  mucho,  parecía  acobardado  por  la  solemnidad  del  momento. La voz de Valeria, en cambio, sonó fuerte y clara, sin vacilaciones.

Paula, a pesar de su determinación de no mirar, no pudo evitar girarse de nuevo hacia  Pedro,  en  el  sexto  banco,  donde  la  esperaban  los  ojos  de  él  llenos  de  calor  y  esperanza. Y también promesas. La  miraba...  como  miraba  Julián a  Valeria y  como  Federico  miraba  a  Melina.  Como  si  ella fuera la única mujer en el mundo.Increíble.  Su  sueño  de  tantos  años  atrás  se  había  hecho  realidad.  Pedro Alfonso sólo la miraba a ella.Ahora la veía. Él mismo se lo había dicho así al lado de la piscina. La veía y se interesaba por ella. Y Paula tenía que reconocer que a ella también le interesaba él. Era como un cuento de hadas hecho realidad. O lo habría sido... de no ser por el secreto y por su telaraña de mentiras.

Cuando  los  novios  subieron  a  la  limusina  blanca  que  los  llevaría  al  Club  de  Campo,  se  veían  ya  muchas  nubes  por  el  suroeste.  La  lluvia  anunciada  estaba  en  camino.Pero a la gente no le preocupaba nada el clima. El banquete tendría lugar en el comedor principal del Club de Campo y después habría baile hasta tarde en el salón adyacente. Una pequeña tormenta no iba a alterar el programa. Pedro, que había salido de la iglesia el primero, llegó al club mucho antes que los  demás.  Entregó  las  llaves  del  coche  al  mozo  del  aparcamiento  y  fue  directo  al  comedor,  donde  había  al  menos  cuarenta  mesas  redondas  preparadas  con  manteles  blancos,  cristalería  de  bordes  dorados  y  porcelana  de  china.  En  un  extremo,  sobre  una plataforma, había una mesa rectangular montada para seis personas, los novios y los padres de ambos. Pedro supuso que Paula no se sentaría lejos de esa mesa. Y   acertó.   Encontró   su   tarjeta   y   la   de   Felipe  en   la   mesa   de   enfrente.   A   continuación empezó a buscar su lugar.Lo  encontró  diez  minutos  más  tarde,  justo  en  el  centro  del  mar  de  mesas,  con  Melina y Federico a su derecha. Tomó  su  tarjeta  con  el  mayor  descaro  y  la  cambió  por  la  de  la  persona  que  se  sentaba a la izquierda de Paula.Una vez terminada su misión, se marchó al bar del club, donde pidió un whisky con hielo mientras esperaba la llegada de los demás invitados.

Veinte minutos después regresaba al comedor, donde empezaban a llenarse ya las  mesas  y  los  camareros  circulaban  entre  ellas  poniendo  pan  y  mantequilla  o  sirviendo champán y refrescos. Un grupo tocaba música suave en un rincón. Paula y  Felipe estaban  ya  sentados.  Pedro se  detuvo  en  la  puerta  y  los  miró.  Mientras miraba, el niño desdobló su servilleta y se la puso en las rodillas.Pedro sonrió. Estaba muy apuesto con su traje y su remolino de pelo justo en la coronilla. Él entendía mucho de eso, pues tenía uno justo en el mismo lugar y se veía obligado a llevar el pelo largo o muy corto para controlarlo.Y Paula...