lunes, 8 de agosto de 2016

Juntos A La Par: Capítulo 26

—Hola, Mati—puso su mano en una de las rodillas del pequeño—. Me alegra verte. ¿Es cierto que vamos a ir al cine?

—Sí, es una película acerca de perros… dál… dál.

—Dálmatas.

—Sí, eso iba a decir. A medida que transcurrió el viaje hacia Halifax, la conversación casi se normalizó entre ella y Mateo, aunque Paula notó que él evadía el contacto físico. Y sin embargo, con Pedro las cosas eran muy diferentes, le dirigía la palabra en ocasiones, pero con la evidente intención de no aparecer como si ignorara su presencia. Era cortés y educado, pero las conversaciones acostumbradas y las bromas habían desaparecido.

La función de cine fue una buena distracción para todos. Al salir fueron a cenar al restaurante McDonald, que para el pequeño era lo máximo. En el camino de regreso, Mateo se quedó dormido con su cabecita apoyada sobre el brazo de Paula. Una vez dormido el niño, Pedro no se molestó en pretender entablar ninguna conversación con ella y el distanciamiento entre ellos era muy doloroso para Paula.

Cuando llegaron a la isla, Paula prefirió quedarse en casa del abuelo, y sólo más tarde volvió a su cabaña. Se preparó una taza de té y trató de leer, pero las lágrimas comenzaron a rodar sobre las hojas del libro abierto. No era posible ya controlarse, pues la angustia que había padecido toda la tarde tenía que desbordarse de alguna manera. Lloró un buen rato y si alguien le hubiese preguntado la causa, no habría podido explicarla. Después, se puso una bata de seda y volvió a tomar el libro. Desde luego que no esperaba que nadie la visitara a esas horas; sin embargo, escuchó unas pisadas muy leves cerca de su casa. Un autoritario llamado a la puerta le indicó que Pedro estaba allí. Se enderezó en su silla y dijo:

—Pase.

Era Pedro. En silencio, se despojó de sus botas de goma y se acercó al círculo de luz donde ella intentaba leer.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó la chica.

—Nunca te había visto tan hermosa.

—No has venido aquí sólo a decirme eso.

—No… —él acercó una silla y se sentó—. Pau, he venido a pedirte que reconsideres… mi oferta de matrimonio. Quiero decirte que estos últimos días han sido terribles y lo que menos deseaba yo que sucediera ha sucedido, Mati se siente lastimado. Por su bien, Pau, ¿No querrías casarte conmigo? Por lo menos así él tendría una vida normal.

—Eso es exactamente lo que no sería.

—Sí, lo sería, Pau. Él ahora te ve como a una madre y eso es lo que él quiere tener: una madre y un padre, como todos los niños que conoce.

Por un momento ella se estremeció. Lucas le pidió que se casara con Pedro; su abuelo había dicho que Pedro sería un buen esposo. Inclusive Alicia expresó su complacencia de alguna manera. Sintió que un nudo le apretaba la garganta. Luchó contra la imagen del pequeño, feliz de que ella aceptara. Y en cuanto a Pedro, él se conformaba con la felicidad de su hijo, eso no se podía dudar; porque sus propios sentimientos eran un enigma para Paula. Excepto, eso sí le constaba y la hacía temblar, el hecho de que él la deseaba… Como si adivinara sus dudas, Pedro le dijo:

—Yo veré por tí Pau, tendrás todo lo que deseas. "Excepto amor", pensó angustiada. ¿Pero acaso eso no se lo había ya robado el fatal accidente? Se tapó la cara con las dos manos y sollozó. Con premura, Pedro se levantó de la silla y se acercó a ella, de rodillas.

—Pau, no quise perturbarte. No llores, Pau, por favor, ¡No llores!

Su ternura y comprensión la afectaban más que cualquier otra de sus demandas; cuando sintió que él la estrechaba contra su pecho, no se resistió. Por unos segundos se sintió tentada a dejar a un lado su orgullo. Aquel abrazo la hacía olvidarse de todo… de pronto, se dio cuenta de que Pedro le besaba el cabello y la frente. Sintió pánico y levantó la cara para protestar.

Apenas alcanzó a exhalar una exclamación porque ya Pedro la estaba besando en la boca. Toda la pasión latente en su naturaleza brotó en Paula, pero trató de luchar en contra de ella; ya se había sometido una vez y sabía que de continuar estas caricias, no tendría fuerzas para negarle nada. No quería arriesgarse a ser sometida por la fuerza de sus besos. Lo golpeó levemente en el pecho y despegó su boca de la de él.

—¡No, Pedro! ¡Déjame!

La respuesta fue dejarla, pero en la cama, adonde la acostó sobre la colcha. Los azules ojos brillaban con miedo y furia.

—¡Déjame sola! —exclamó al darse cuenta de que él se había acostado junto a ella.

—Pau, yo te deseo… no me eches.

—¡Vete, Pedro! —gritó asustada mientras lo empujaba con las dos manos. Y de pronto, sin saber de dónde había salido, un pequeño cuerpecito estaba a la orilla de la cama gritando en forma histérica:

—¡Estás lastimando a Pau! ¡Déjala! ¡Déjala! ¡No debes lastimar a Pau! ¡Te odio, te odio!

Pedro se levantó de un salto tomando a Mateo por los hombros y tratando de evadir los puñetazos que el pequeño le lanzaba.

—¡Mati! ¿Qué estás haciendo aquí?

Juntos A La Par: Capítulo 25

—Él quiere una madre para su hijo, y cree que yo lleno los requisitos. No te estés haciendo ideas acerca de un apasionado romance entre nosotros.

—Parecía muy apasionado hace unos minutos.

—Estoy segura de que intenta salirse con la suya, pero esta vez no lo hará.

—¿No crees tú que funcionaría, quiero decir… el matrimonio? —insistió Lucas.

—Estoy segura de que no funcionaría, Lucas.

—No estoy tan seguro de eso, Pau, pienso que deberías darte una oportunidad.

—El matrimonio no es cuestión de oportunidad: o lo haces con todo el anhelo de tu corazón, o no lo haces. Y mi caso es el último.

—No me parece el tipo de persona que se dé por vencido.

—No le quedará otro remedio. Ojalá nunca me hubiese hablado de matrimonio; éramos buenos amigos y yo realmente disfrutaba salir con ellos, y ahora, todo está arruinado.

—Si disfrutabas de su compañía, ¿Por qué crees que no disfrutarías estando casada con él?

—Estoy creyendo que lo que quieres es deshacerte de mí.

—Pau, me gustaría que fueses felíz —deseo Lucas sincero.

—¡Qué bueno eres, Lucas! Pero yo ya era feliz antes que ellos llegaran — suspiró—. Hablemos de otra cosa, ¿Gustas tomar un poco de té?

Ni Pedro ni Mateo volvieron ese día. Lucas se quedó hasta después de cenar, terminaron sus cuentas y él tocó la guitarra. Paula se acostó enseguida que Lucas se retiró y se durmió escuchando el tamborilear de la lluvia y el murmullo de las olas. La isla era muy pequeña para que ellos pudieran evadirla por mucho tiempo, pero después de tres días en que Paula solo los veía a distancia, la chica concluyó que lo pasaban muy bien sin ella. Tampoco era posible que Roberto y Alicia desconocieran la situación.

Una mañana, Alicia llegó a la casita de Paula trayéndole algunos platos y le dijo con cierta intención:

—¡Qué pena que las personas no se lleven bien en un lugar tan pequeño como esta isla; ¿Qué es lo que le hiciste a Mateo, que lo lastimaste tanto?

Sin decir palabra, Paula le volvió la espalda, conteniendo la furia. Como si esa visita hubiera sido una señal, unos minutos más tarde vió a Roberto bajando de la colina. Él se reunió con ella en el patio.

—Mateo ha estado un poco desanimado estos días, ni siquiera quiso ir conmigo a atrapar mariposas esta mañana, ¿Tienes tú alguna idea de qué es lo que le sucede, muchacha?

—Tuvimos una discusión, pero no te preocupes, pronto se le olvidará.

—Y ¿por qué fue la discusión?

—¿Por qué no le preguntas a Pedro?

—Ya lo hice y él me dijo que te preguntara a tí.

—No tiene importancia, te digo que se olvidará.

—Así lo espero. Estaba yo contento de verte salir con ellos todos los días. ¿No te habrás enamorado de él?

—No abuelo —respondió con firmeza—, deja de ser el eterno romántico.

—Él sería un buen esposo para tí —comentó pensativo.

—Tal vez. ¿Qué tal estuvo la pesca, ayer, con Rodrigo?

—Más de doscientos kilos —buscaba algo en los bolsillos—, debo haber dejado los cerillos allá en casa, bueno me voy. Ya sabes dónde estoy si me necesitas, ¿eh?

—Gracias, abuelo. Las primeras gotas de lluvia empezaron a caer sobre sus brazos desnudos.

Entró en la cabaña. Decidida a no dejarse vencer por la depresión y la soledad que trataban de hacer presa en ella, encendió la radio y tomó el bordado más laborioso para obligarse a concentrar su atención en él.

El siguiente visitante fue Pedro. Llamó a la puerta con suavidad y, sin esperar respuesta, entró. Se quedó parado en el marco de la puerta.

—¡Hola! —fue todo lo que ella pudo decir.

 Él ignoró el saludo y dijo cortante:

—Quiero que me hagas un favor, Mateo se ha portado como un oso estos últimos días y ahora, como está lloviendo, se queja de que no hay nada qué hacer. Presentarán una película de Walt Disney en el cine de Halifax, ¿Querrías ir con nosotros?

No había dicho la palabra "por favor" y sin embargo, pensó Paula, si ella se negara, él no haría otra cosa que dar la media vuelta e irse. Se dió cuenta de que sería casi imposible seguir evadiendo la presencia mutua durante todo lo que restaba del verano; además, esos días había extrañado tanto a Mateo, que casi le causaba dolor.

—Está bien —aceptó con mucha compostura.

—Pasaremos a buscarte en media hora.

En un consciente esfuerzo por levantarse la moral, Paula se cambió de ropa y cepilló sus cabellos hasta que logró sentirlos como una cortina de seda sobre sus hombros.

Cuando Pedro llegó a buscarla le dijo:

—Mati espera en el auto —e ignorando su encantadora apariencia, añadió—: ¿Nos vamos?

Molesta por la indiferencia de Pedro, ella asintió con la cabeza. Cruzaron el puente y él  la acomodó en el auto. Mateo esperaba sentado en medio del asiento delantero.

—Hola, Paula.

Juntos A La Par: Capítulo 24

Por unos minutos Paula se quedó allí, mirando a través de los cristales de la ventana, odiándose por haber manejado la situación de manera tan deplorable. Había herido los sentimientos de ese niño a quien tanto amaba… y sin embargo, ¿Cómo hubiese podido evitarlo? Ella no hubiera podido darle alguna esperanza, porque no la había. Primero el padre, ahora el hijo. Se sintió fracasada; los dos le habían pedido lo mismo, y eso era algo que no estaba en sus posibilidades aceptar… Por fortuna, Lucas llegó más temprano de lo acostumbrado.

—Me alegra verte —expresó espontánea—. ¿Cómo te ha ido?

—Mejor que nunca. Las ventas han subido mucho, comparadas con las del año anterior. Y dime, ¿Qué tal te ha ido? Hace días, hablando con Roberto en mi tienda, me dijo que salías mucho en compañía de tu nuevo vecino.

—Ayudo a cuidar al pequeño —aclaró sonrojándose.

—¿En serio?

—Sí, en serio —respondió con firmeza—. ¿Quieres ver los trabajos?

Lucas aceptó el cambio de tema.

—Seguro. Traje conmigo mis libros de contabilidad; si no te importa, desearía trabajar un poco aquí, no tuve deseos de quedarme toda la tarde en la tienda.

En pocos minutos, los dos estaban ya ocupados en sus propias tareas. Cuando Pedro entró, debió haberle parecido una escena muy pacífica, pero Paula sintió un sobresalto al verlo, se pinchó un dedo con la aguja y lanzó una exclamación de pánico.

—Se acostumbra llamar antes de entrar —expresó con frialdad.

Él se apoyó en el marco de la puerta y no fue difícil para Paula darse cuenta de que estaba furioso.

—He venido únicamente por el impermeable y las botas de Mateo —indicó, levantando la voz.

—Están junto a la puerta —señaló ella tranquila.

—¿Qué es lo que le dijiste, que lloró durante media hora hasta que se quedó dormido? —preguntó mirándola retador.

—Buenas tardes —interrumpió Lucas, en forma tímida.

—Buenas tardes… Paula, te hice una pregunta.

—Él quiere que sea su mamá y que me case contigo. Y yo le dije que no podía. Eso es todo.

—¿Eso es todo?, debí haberlo imaginado. ¿No pudiste haber sido menos ruda? ¿Por lo menos para que no corriera a casa llorando en forma desesperada?

—¿Cómo podría hacerlo, Pedro? Mintiéndole a medias o tal vez diciéndole: vamos a ver. ¿Acaso hubieras preferido eso?

—Pudiste haber dicho sí…

—Ya hablamos de todo esto ayer. La respuesta es no, tanto para tí como para él. ¿Por qué lo enviaste a preguntarme? ¿Acaso pensabas chantajearme?

En cuatro largos pasos llegó hasta ella y la tomó por los hombros.

—¡Tú sabes bien que nunca haría tal cosa!

—Lo siento… —se disculpó Paula, comprendiéndolo.

—Para que lo sepas, él tomó la iniciativa, y lo hizo porque te ama y necesita la seguridad de ser amado, pero tú estás tan encerrada en tus problemas que no puedes considerar los de los demás.

—Eso no es cierto —gritó Paula.

—Sí, lo es.

Los dos hablaban ahora casi a gritos. Lucas consideró oportuno intervenir.

—Alicia viene caminando por el sendero, y a menos que quieran que los escuche gritar como dos locos, será mejor que bajen el tono de sus voces.

Después de un ligero llamado en la puerta, Alicia entró. Pedro se separó de Paula y preguntó:

—¿Está bien Mateo?

—El niño está bien. He venido por su impermeable y botas, Roberto desea llevarlo a la tienda a comprar algunas cosas.

—Yo los llevaré ahora mismo, Alicia —aseguró Pedro con diplomacia.

—Si quiere, yo los llevaré —habló Alicis dudosa.

—No, Ali, gracias —intervino Paula—. En este momento Pedro salía hacia tu casa para llevarlos.

—Sí, es cierto —la miró enfadado—. Pero como no he terminado lo que tenía que decir, seguiremos hablando tú y yo, después —hizo un saludo con la cabeza a Lucas y tomó las cosas de Mateo, deteniendo cortés la puerta para que Alicia pasara y después la cerró.

Paula dejó escapar un suspiró. Lucas dijo:

—Bueno, veo que desde que llegó aquí ese tipo, han estado sucediendo cosas muy extrañas. ¿Es cierto que te pidió que te casaras con él?

—Sí, y ¡Por Dios!, no se te ocurra decirle eso a nadie, porque te las verás conmigo, Lucas Langley.

—Soy una tumba —expresó serio.

—Mejor así. ¡Oh, Lucas, estoy tan contrariada!

—¿En serio lo rechazaste?

—¿Y qué otra cosa podía hacer?

—Debes gustarle tal como eres, pues de otro modo no te lo hubiera pedido.

Juntos A La Par: Capítulo 23

El día siguiente amaneció lluvioso, exactamente como a Paula le gustaba. Lucas iría esa tarde a su visita regular. De esta manera tendría una excusa perfecta para no acompañar a Pedro a ninguna parte. No quería que pudieran repetirse las caricias que le había hecho en la colina, la tarde anterior; todo aquello tan hermoso y tan normal, en el fondo, era pésimamente malo. No habría más salidas a solas con él, es más, las evitaría, pues sólo serviría para recordarle lo que había perdido en el accidente. A media mañana, hubo un ligero llamado a la puerta.

—¡Hola, Mati! ¿Cómo estás esta mañana?

—Mi padre está trabajando, Alicia barriendo y Roberto salió en el barco, así que vine a visitarte.

Paula notó un nuevo hueco en su dentadura. El pequeño sacó de su bolsa un par de libros y una caja de lápices y dijo:

—Voy a dibujar.

—¿Quieres un vaso con leche y unas galletitas?

—Sí, gracias. Se sentó cerca de ella, mientras Paula se ocupaba de corregir los errores en su bordado de la noche anterior.

—Ahora que recuerdo, Mati, cuando vuelvas a casa de Alicia, por favor dile a tu padre que no podré acompañarlos esta tarde, porque Lucas va a venir —al decirlo sintió la cobardía en sus palabras, valiéndose del niño como mensajero, pero no se encontraba con fuerzas para enfrentarse a Pedro este día.

—Lo siento mucho, Paula. Él había prometido llevarnos al cine, ya que está lloviendo.

—Estoy segura de que te llevará a tí, de cualquier modo —dijo en forma tentativa y añadió, sabiendo que era arriesgado—: Él es un buen padre para tí, ¿No es así, Mati?

—Mmm —murmuró el niño sin distraer su atención del dibujo.

—Yo sé que te ama —pero Mateo tachoneaba el dibujo con fuerza con el lápiz. Ella procuró cambiar de tema—. ¿Te gusta vivir aquí?

—¡Es un sitio maravilloso! Yo y Roberto nos divertimos mucho —sonrió.

—Se dice Roberto  y yo —le corrigió Paula.

—Tú también me gustas —expresó en forma tímida. La tomó por sorpresa esa tierna expresión de cariño y tuvo que dejar la labor, porque su vista se empañó de pronto.

—¡Oh, Mati! —exclamó dulcemente.

Tal vez fue el tono de su voz, o la ternura de su rostro lo que hizo que Mateo se levantara de su asiento y se acomodara en el regazo de Paula. Ella lo abrazó con fuerza apoyando la mejilla en la cabeza del pequeño. La vocecilla de él, un tanto apagada se escuchó de nuevo:

—Desearía que fueras mi madre.

—Tú tienes a tu madre, Mati—el corazón le dió un vuelco.

—Ella ama a Mauricio más que a mí. Mauricio, el marido de Camila.

—Pero a tí también te ama.

—Casi nunca se encontraba en casa. Estuve muy enfermo y a ella no le gustaba. Se ponía muy nerviosa.

—¿La extrañas, Mati? —preguntó abrazándolo con más fuerza.

—No, ya no. Tú me gustas más.

Paula sintió como si una flecha atravesara su corazón, pero todavía le faltaba algo por oír. —Si tú y mi padre se casaran, entonces ¿Sí serías mi mamá?

—Tu madrastra, pero… Mati, eso no va a suceder.

—¿Por qué no?—preguntó incorporándose como un resorte.

—Tu padre y yo no nos amamos.

—Él dice que tú eres buena, se lo oí decir a Alicia.

—Pero las personas no se casan sólo porque piensen que son buenas, Mati — aseguró Paula tratando de ser convincente.

—Él dijo que tú eres muy buena —expresó haciendo un gesto pícaro.

—Aparte de todo —continuó, ahora en voz alta— no podré casarme con nadie, ¿No ves estoy en esta silla de ruedas?

—¿Y eso qué? —preguntó con ojos llorosos. Deseando poder desaparecer como por arte de magia, ya sin saber qué decir,

Paula intentó suavizar la conversación.

—Mati, pasaremos juntos el verano y podremos vernos todos los días. Disfrutemos de lo que tenemos, ¿No te parece?

El pequeño se levantó del regazo de la joven, ahora las lágrimas corrían abundantes sobre sus mejillas.

—¡No! ¡Yo quiero que seas mi mamá! —y corrió hacia la puerta sin intención de detenerse.

—¡Mati, ven aquí!

La única respuesta fue dar un portazo tras él. Paula se acercó a la ventana y lo miró alejarse en medio de la lluvia, desapareciendo en la puerta de Alicia.

domingo, 7 de agosto de 2016

Juntos A la Par: Capítulo 22

El tiempo se detuvo, pues no había en el mundo un placer mayor que el exquisito tormento de esta caricia.

—¿Me deseas, Pau? —su voz estaba inflamada de pasión.

—¡Oh!, sí.

—Podríamos hacernos el amor aquí en el pasto… ¿Te gustaría?

Ella asintió con la cabeza murmurando:

—Nunca pensé que sería así…

—Quiero casarme contigo, Pau.

Paula abrió los ojos y su cuerpo se puso tenso. Era la tercera vez que lo repetía y esta última vez, las palabras le causaron agonía. En una fracción de segundo se disipó de su cuerpo aquel despertar. De pronto estuvo consciente de que una piedra le molestaba la espalda y lo peor de todo, de sus senos desnudos. En forma apresurada, se cubrió con la blusa, sonrojada.

—No voy a hacerlo —dijo decidida, bajando los ojos—. ¿Crees que vas a hacerme cambiar de opinión? ¿Acaso fue por eso que me besaste?

—Te besé porque te deseo, pero lo que acaba de pasar entre nosotros te comprueba que no es cierto que no puedas ser una esposa conveniente para mí —lo dijo de una manera tan espontánea e inesperada que Paula casi ríe—. Apostaría todo a que harías la más deliciosa esposa para mí.

—Yo no voy a ser ninguna clase de esposa para tí, ¡Y eso es todo!

Él se sentó y la ayudó a hacer lo mismo.

—Escúchame, Pau, por alguna razón que no quiero analizar, tú y yo, según lo que sé de esto, coincidimos en lo sexual. Y entiendo que eso no es demasiado común como casi todos suponen, seríamos tontos si no nos aprovechásemos de ello.

—¡Ni siquiera puedo levantarme para besarte! —exclamó furiosa.

—¡Por Dios santo!, no me estás escuchando, Pau. He conocido a muchas mujeres desde que me separé de Camila, y ninguna de ellas, con o sin silla de ruedas, despertó en mí este deseo —volvió su mirada hacia la isleta—. No me digas que has reaccionado con otros hombres de la misma manera como lo has hecho conmigo. No te lo creería.

—Ya te dije que no, ni siquiera sabía como sería… cómo es —terminó confundida.

—Ahora que recuerdo, una revista publicó que estabas a punto de comprometerte con alguien que tiene que ver con una conocida firma de negocios, ¿No es cierto?

—Nunca se hizo oficial —indicó con suavidad—. Mi familia estaba deseosa de ello, mi padre en especial porque tenían relaciones de negocios. El padre de Fernando era dueño de una firma que mi padre estaba interesado en adquirir. Y a los ojos de Fernando yo sólo era la niña de un hombre millonario —no había rencor ni cinismo en sus palabras—. Pero después del accidente ninguna cantidad de dinero pudo persuadir a Fernando para cumplir su compromiso, aunque no se había formalizado nunca. Mi padre estaba furioso con él, por echarse para atrás, y conmigo, por haber sido lo suficientemente estúpida para caerme del caballo.

—¿Cómo es ese Fernando?

—Alto, moreno y apuesto —describió con simpleza.

—Ese hombre es un imbécil. Supongo que lo sabes —expresó enfadado.

—Tal vez —aceptó Paula sin convicción—. Él perdió la oportunidad de obtener una gran cantidad de dinero.

—No es eso a lo que me refiero.

—Antes que vuelvas a preguntar, la respuesta es no. Nunca sentí ni remotamente con él, lo que experimenté contigo hoy.

—Eso lo sé sin preguntártelo —y sin cambiar el tono de voz dijo de nuevo—: Paula, cásate conmigo.

—No, Pedro

—De alguna manera haré que cambies tu respuesta.

—No hay manera de que lo hagas.

—Ya veremos —se levantó y se estiró en forma perezosa, como si estuvieran terminando una insustancial y amigable charla.

Para descender, la tomó en sus brazos y Paula se dió cuenta, de que cualquier consideración que ella hubiera hecho acerca de las pasadas semanas respecto al abrazo de Pedro desapareció; sus manos parecían quemar las telas de sus ropas. Ella permaneció rígida, mientras bajaban, pero cierta sonrisa no disimulada en los labios masculinos le hicieron saber que él sabía lo que estaba pensando. El trayecto de regreso lo hicieron en silencio. Cuando Pedro la dejó a la puerta de su casa, le dijo:

—Adiós Pau, te veré mañana en la tarde.

Lo vió alejarse hacia la casa de Alicia y notó que iba silbando. Paula entró en la cabaña. Eran cerca de las siete. Se preparó algo de comida y comió. Después, tomó el bordado, pero al poco rato notó que no se concentraba en él. Se equivocó varias veces y tuvo que deshacer lo hecho; desesperada, se fue a la cama. Se tendió hacia arriba, sin tratar de ignorar todo lo sucedido esa tarde. Pedro le había pedido que se casara con él… Si lo hubiese conocido un año antes, sin duda habría aceptado. Pero el destino quiso que fuera ahora y ella no tenía más remedio que negarse a aceptar. No podía casarse con nadie y mucho menos con un hombre tan viril y sensual como Pedro Alfonso. Una lágrima rodó por su mejilla, después, otra y muchas más. Pasó un buen rato antes que la venciera el sueño.

Juntos A La Par: Capítulo 21

—¿Tienes alguna idea de por qué quiero hacerlo?

—Probablemente porque es un sitio bueno para Mateo. Su aspecto ha mejorado mucho desde que llegó.

—Es cierto. Y también porque me gusta el lugar y porque me gustas tú. Quiero casarme contigo, Pau.

—¿Qué es lo que dijiste? —preguntó azorada.

—Quiero que te cases conmigo, Pau.

—Si te has propuesto hacer una broma, ¡Te aseguro que no me gusta!

—No es ninguna broma, nunca he dicho nada más serio en mi vida.

—Entonces, ¡Estás loco!

—No hay mucha sensatez en ninguno de los dos.

—¡Oh!, calla —gritó—. Si es que me estás pidiendo que me case contigo, la respuesta es, ¡No! —apretó los labios y volvió su mirada hacia la isleta, sabiendo que el hermoso día se había arruinado para ella—. Volvamos a casa.

—Todavía no, hasta que hallamos terminado de discutir.

—No hay nada más que decir.

—Por supuesto que lo hay —se acercó y la tomó por un brazo—. No estoy bromeando. Quiero casarme contigo y deseo una respuesta más sólida. No puedes restarle importancia a esto.

Paula alisó los cabellos hacia atrás con un ligero temblor en las manos. Notaba enfado en la voz de Paul y aún más, parecía sentirse lastimado.

—Muy bien —comenzó con voz queda—, escuché lo que dijiste y te pido que me disculpes, pero eso no altera mi decisión. Tú sabes tan bien como yo que no puedo casarme contigo, Pedro.

—Si lo supiera, ¿Crees acaso que te lo hubiera pedido?

—¿Por qué me lo pides? —preguntó ella.

—Mati necesita una madre y tú me gustas y te respeto.

—La razón más común para casarse es el estar enamorados.

—Yo creía amar a Camila, y nuestro matrimonio fue un desastre. En estas últimas semanas he descubierto que tú y yo coincidimos en todo, y disfrutamos de la mutua compañía, nos llevamos muy bien. Tú eres muy inteligente, me gusta tu sentido del humor. Y cuando te ví por primera vez, me pareciste muy hermosa.

—¡Qué análisis tan frío de mis cualidades! —exclamó ella con aspereza—. ¿Acaso no recuerdas que también tengo un temperamento? —Pedro rió.

—Ya te he dicho que me gusta una mujer que sabe defenderse —y más seriamente añadió—: Tal vez el amor llegue después, no lo sé; pensé que lo mejor sería la sinceridad, después de todo, tú no estás enamorada de mí, ¿No es así?

—Por supuesto que no —respondió cortante.

—Pero amas a Mati…

—Sí, lo amo, pero no puedo casarme contigo sólo por eso —dijo ella. Guardó silencio unos minutos pensando cómo podría convencerlo de la autenticidad de su negativa.

—Y bien, ahora déjame a mí ser honesta contigo, Pedro. No me casaré contigo ni con ningún otro hombre en tanto esté yo atada a esta silla de ruedas. No sería ni una madre adecuada para Mateo, ni una esposa conveniente para tí. Además no puedo tener hijos, ¿Acaso no te das cuenta? ¡Es imposible!

—Hace cinco minutos me dijiste que te sentías libre e independiente desde que me conociste.

—Eso es diferente. Las salidas a la playa, al cine y los viajes; eso no es el matrimonio.

—Entonces, probemos otra cosa —y diciéndolo, Pedro se acercó a ella sobre la hierba. Paula adivinó el propósito en sus ojos.

—No, Pedro.

Lo mismo hubiera sido que no hubiese dicho nada. La boca de él estaba ya sobre la suya. Ella lo empujó para tratar de liberarse, pero las manos de él atraparon sus muñecas dejándola indefensa y el roce en los labios continuaba gentil.

Paula cesó de luchar y se quedó muy quieta, con los ojos cerrados mientras sus sentidos despertaban a sensaciones que no podía ignorar ni luchar en contra de ellas. Con suaves movimientos rítmicos, él continuaba besando esa boca como si estuviera esperando que la chica reaccionara. En forma tentativa, ella se vió impulsada a responder al beso.

Fue como si un fuego se encendiera al sentir Pedro la tímida respuesta, y entonces el beso se volvió más profundo y demandante. Soltó las muñecas y sus manos comenzaron a explorar el cuerpo femenino. Recorrió la línea de los hombros, continuando por la espalda y después, las redondeadas formas de las caderas. Los labios de la chica se entreabrieron y Paula sintió que un deseo doloroso cancelaba en forma instantánea todo remanente de precaución o razón. Ella paso las manos por el cuello de Pedro y ofreció su boca más abierta aún, diciendo con esta actitud, que deseaba recibir lo que le estaba ofreciendo.

Él rodó quedando a su lado, una ola de calor la invadió cuando las manos de él acariciaron sus senos. Muy dentro, ella experimentó un desconocido placer al sentir que Pedro comenzaba a desabotonar la blusa y el broche delantero del sostén, exponiendo la suave piel sonrosada a los rayos del sol y al toque de sus dedos.

Pedro dejó de besarla para continuar con la exploración manual a través de todo el cuerpo. En forma impulsiva, arqueó el cuerpo hacia él y Pedro como un resorte introdujo uno de sus muslos entre las piernas de Paula, acercándose aún más a su cuerpo. Los labios masculinos fueron descendiendo por la suave línea del cuello, hasta llegar a encontrar los ondulantes y firmes senos.

Juntos A La Par: Capítulo 20

Ellos tres, Pedro, Mateo y ella, disfrutaron las salidas al campo descubriendo playas desiertas y pequeñas bahías donde se detenían a pescar. Construyeron exóticos castillos de arena con Mateo y cocinaron frescas langostas, comiéndolas a la orilla de una playa; recogieron cerezas silvestres e hicieron cadenas de margaritas. En los pueblecitos costeros, visitaron museos, tiendas de artesanía y galerías de arte. En la ciudad de Halifax, comieron comida china, griega e italiana; y algunas veces fueron a las salas de cine confundiéndose con la multitud de residentes y turistas por las calles de la ciudad.

Al pasar de los días, Paula perdió sus recelos e incertidumbre; su miedo a Pedro Alfonso se desvaneció. Él era el compañero perfecto, inteligente, sagaz y alegre. Al principio, se resistía a participar en todos los proyectos, acostumbrada como estaba a pensar que no podía hacer esto o aquello, pero inexorablemente él insistía; y al hacerlo, ampliaba horizontes que para ella antes estaban vedados. Comenzó a olvidarse un poco de su invalidez, algo que tanto le angustió en el pasado.

Y ya que había perdido el miedo hacia él, enterró en su subconsciente el recuerdo de aquel beso devastador. Aun cuando por necesidad tenía que tocarla, ya sea para sostenerla en brazos para ir adonde la silla de ruedas no cabía, o para sentarla en el auto, nunca intentó prolongar el abrazo más de lo necesario y sus manos eran impersonales, como las de un hermano. Sin necesidad, nunca la tocaba ni mucho menos intentó besarla, lo que indicaba que para él, ella no tenía ningún atractivo como mujer. Y como se encontraba ocupada en descubrir mucho acerca de sí misma, estaba contenta con eso.

Además el pequeño Mateo parecía que intentaba cierto acercamiento con su padre. Había sido muy notorio que nunca le llamaba "papá", pero al menos algunas veces, cuando caminaban por las calles, espontáneamente se tomaba de la mano de Pedro y a veces aceptaba que el padre lo montara sobre sus hombros cuando caminaban por las playas y gritaba entusiasmado cuando las olas rompían sobre ellos y él caía sobre el agua. Una tarde de julio, todo cambió. Mateo se quedó en casa porque Roberto y Rodrigo MacKinnon le prometieron enseñarle a preparar los anzuelos, y como acostumbraban salir todas las tardes, a Paula no le sorprendió cuando Pedro sugirió que ellos dos podrían ir a South Point. En otras ocasiones, ella se había interesado por estudiar algunas flores silvestres propias de ese poblado y deseaba hacer unos dibujos para sus próximos diseños. Cuando llegaron allí, Pedro estacionó el auto y la llevó en brazos hacia una colina. Ella miró complacida el paisaje y mientras lo hacía, él la contemplaba a ella. A la izquierda se veía un campo cubierto de heno; a la derecha, una alfombra de pasto entre el cual crecían profusamente flores silvestres de varios colores.

—¡Qué lugar más hermoso! —exclamó la chica.

—Sí, así es —aceptó Pedro mirándole el perfil.

Raramente estaban a solas. Cuando no era Mateo, eran Roberto o Alicia. Ahora le pareció a Paula  que podría hablarle de algo que deseaba desde hace algún tiempo. Se recostó sobre la hierba colocando los brazos bajo la nuca a manera de almohada, sin preocuparse de que la fina tela de su blusa se ajustaba demasiado a las líneas de los senos.

—Pedro, estoy muy contenta de que hayas llegado a la isla.

—¡Oh!, ¿Y por qué?

—Después del accidente, cuando volví a la casa de mis padres en Vancouver… —levantó la mirada hacia él admirándose del recio perfil—. ¿No te parece interesante? ahora ya no considero mi casa la de Vancouver. Bueno, cuando volví allí después del hospital, sentí que mi vida estaba terminada. Era cuestión de ver pasar los años como una espectadora. Y eso era terrible y angustioso —su rostro se ensombreció por un momento—. Entonces llegó la invitación de mi abuelo para que pasara una temporada en la isla. No tenía nada que perder; así que, en contra de los deseos de mis padres, vine aquí. Ya te dije en alguna ocasión que esa casita era un depósito de pescado que Roberto hizo arreglar para que pudiera sentirme independiente. Después, comencé a trabajar para Lucas y a ganar mi propio dinero. Y por último, tú y Mateo llegaron y todo volvió a cambiar. ¿Acaso sabes lo que has hecho por mí?

—Y, ¿Por qué no me lo dices tú?

—Me has vuelto a la vida nuevamente. Fíjate en todas las cosas que hemos hecho en las últimas semanas, cosas que nunca pensé que podría volver a hacer. Y mira cuánta diversión he tenido. Nunca en mi vida me había sentido tan alegre y optimista. Pero hay algo más. Debido a los diferentes lugares adonde hemos ido, restaurantes, teatros y tiendas, he podido superar el trauma que tenía de estar pensando siempre en mi silla de ruedas. Y eso es algo que debo agradecerte, Pedro. Con mucha tranquilidad, él le dijo:

—Muy bien… esperaba que alguna vez pudieras decirme eso.

—¿Es que acaso te has estado dando cuenta de lo que me sucedía?

—Claro que sí, además, deseaba que eso sucediera.

—¿Quieres decir que lo has hecho con propósito?—preguntó ella.

—Más o menos. Yo quería que salieras de la estrechez de tu pequeño mundo en la isla para que te dieras cuenta de cuántas cosas puedes hacer.

—Pues bien, has tenido éxito.

—En eso, sí. Ella se sintió inquieta pero deseó terminar con lo que se había propuesto decirle.

—Sabes, aún después de que ustedes se hayan marchado, seguiré sintiéndome mucho más libre que antes. Te agradezco lo que has hecho por mí.

—Yo nunca he hablado de marcharnos.

—Buenos, no, pero estoy segura de que no se quedarán en Chaves hasta el invierno.

—Dentro de unos días, llevaré a Mateo a Toronto para una revisión médica. Pienso vender mi casa. Cuando regrese, comenzaré a buscar un lugar para vivir dentro de este área. De hecho, ya tengo una o dos perspectivas. No dices nada… — musitó él.

—Me has tomado por sorpresa, No tenía idea de que pensaras quedarte a vivir por aquí —expresó asombrada.