domingo, 7 de agosto de 2016

Juntos A La Par: Capítulo 19

Tuvo unos segundos de titubeo, pero al fin, decidida, le dijo:

—Podríamos probar, si nos damos cuenta de que no funciona, siempre se puede dar marcha atrás.

—¡Funcionará! —exclamó él confiado—. Mañana iremos en el auto por la carretera que costea la playa y… quién sabe, ¡Hasta podríamos encontrar Bayfield!

Ella rió, sintiendo animación por los planes que Pedro sugería, sería interesante explorar esas playas desconocidas, pensó, tratando de ignorar el hecho de que su entusiasmo estuviera ligado a la posibilidad de pasar más tiempo cerca de aquel hombre de oscuros cabellos. Cuando llegaron al muelle, vino Alicia  a invitarlos a todos a cenar. Un delicioso olor a pavo invadía el aire de la cocina.

—Y ahora, Roberto Chaves, quítate esas botas sucias —ordenó en cuanto llegaron—. Y cuelga el impermeable en el patio de atrás.

Obediente, Roberto hizo lo que pedía Alicia. Paula ya conocía la pasión de ésta por la limpieza. Roberto fue el encargado de partir el pavo y todos se sentaron a la mesa de la cocina. Al terminar, el abuelo se apoyó en el respaldo de su silla, satisfecho.

—Ali, éste ha sido el mejor pavo que he saboreado —él miraba a Alicia mientras ella le servía el té—: Te he estado diciendo durante años, que tú serías la esposa ideal para mí.

—¡Vamos, vamos!, Roberto, ya todos sabemos eso.

—Supongo que puedo seguir insistiendo —replicó el abuelo—. Uno de estos días podrías aceptar y entonces ya no voy a creerlo.

—Lo dudo —dijo pícara, mientras servía más leche en el vaso de Mateo—. Tú y yo vivimos muy cómodos como dos vecinos, ¿Por qué habíamos de cambiar eso?

—Porque me gusta como haces el pastel de manzanas —afirmó Roberto.

—¡Ah!, si es por eso, no es necesario, pues tú asomas la nariz en cuanto saco del horno cualquier cosa. ¿Más té, Pedro?

Con esto, Alicia daba por terminada la discusión y Roberto lo aceptó filosóficamente sirviéndose más postre. Después de cenar, todos se pusieron a jugar a las cartas, lo cual fue un gran placer para Mateo. Una vez que el pequeño se fue a la cama, ellos continuaron con diversos juegos. Al terminar, Roberto consultó el reloj de oro que pendía de una cadena dentro de su bolsillo y dijo:

—Mañana iré con tu hijo Rodrigo para ver cómo quedaron las trampas, por lo tanto, será mejor que vaya á acostarme, Ali. Se despidió de Paula y de Pedro.

—Yo me iré también a casa. Gracias Ali. Buenas noches abuelo, Pedro.

—Te veré mañana después de almorzar, llueve o truene —prometió Pedro.

Paula se sintió asaltada por una duda, pero no dijo nada.

—Ven conmigo, Pau, te acompañaré a tu cabaña.

En silencio, el anciano y la joven recorrieron el trayecto hasta la puerta de la casita, Paula levantó la vista para ver a Roberto en la oscuridad. Tomó entre las de ella, sus manos, y le dijo en forma impulsiva:

—Estoy segura de que un día se casará contigo, abuelo.

—Tal vez, o tal vez no. El problema es que posiblemente ella todavía esté enamorada de Juan, a pesar de que él murió hace tantos años…

—¿Cómo murió él? —preguntó Paula.

—Ahogado durante una tormenta, con uno de sus hijos. Creo que ella nunca se recuperará de eso —suspiró—. Es difícil de aceptar.

—Estoy segura de que tú le importas, abuelo.

—Supongo que sí.

—Por supuesto —acercó Paula una de las arrugadas y callosas manos a su propia mejilla—. Tú sigue insistiendo, ¿eh?

—No tengo más remedio que hacerlo —fue la respuesta.  Con afecto le acarició un hombro y añadió—: Me alegra que estés aquí, Pau, aparte de tu padre, a quien hace casi treinta años que no veo, tú eres mi única familia.

—Nunca le gustó este lugar, ¿no es así? —preguntó la chica.

—No pudo esperar ni a sacudirse la arena de las botas; en cierta forma él se parecía mucho a su madre. Pero, en fin, basta de eso por ahora.

Ella vió su delgada figura desaparecer en la oscuridad y poco después una luz se encendía en su casa. Él no fue muy feliz, pensó Paula, pues el desarraigo del hijo único, le había lastimado demasiado; y ahora se daba cuenta de que a su esposa, Marta, tampoco le agradó mucho.

Por lo menos, ella estaba aquí ahora y amaba la isla Chaves… La amó desde el primer momento. Sus enormes rocas y el murmullo del mar estaban ya en su sangre y sentía más su hogar aquí, que la fina y elegante mansión de Vancouver. Paula pertenecía aquí, y aquí pensaba permanecer… Arqueó las cejas, pensativa, tal vez era por eso que había reaccionado en contra de la estancia de Pedro en la isla… pues sentía que perturbaba ese mundo de paz y belleza que ella amaba. La brisa marina era más fría ahora. Era tiempo de irse a acostar.

Cuando Paula, tiempo después, recordaba aquellos días que siguieron, los visualizaba como soleados. En ocasiones había llovido, pero lo único que ella tenía en su memoria era la dorada luz del sol.

Juntos A La Par: Capítulo 18

Paula estaba sentada junto a la ventana, bordando, cuando escuchó que alguien llamaba a la puerta. Ella dijo:

—Pase.

Para su sorpresa, apareció Roberto, su abuelo.

—¿Preparada, muchacha? Me alegró mucho saber por Pedro que estás dispuesta a acompañarnos. Desde que llegaste aquí he estado deseando llevarte conmigo a navegar —con expresión dudosa vió que ella llevaba puesto sólo una blusa ligera—: Será mejor que te pongas un suéter, pues allá hará más frío. Mateo está encantado de que vengas con nosotros.

Paula tuvo la intención de protestar, pero la alegría del abuelo era tan auténtica que sintió pena negarse.

—Me pondré el suéter —indicó resignada.

Mateo y Pedro esperaban en el muelle. El chico vino corriendo hacia ella.

—¡Hola, Pau! Roberto ya tiene las trampas en el barco. Te ayudaremos a descender la escalera. Espero que no te vayas a marear, ¿eh? —Creo que el mar está calmado, ¿se divirtieron esta mañana? Mateo caminó a su lado, charlando sobre lo que habían hecho él y el abuelo, en la mañana. Llegaron al muelle y Pedro le dijo:

—Me alegra que hayas decidido acompañarnos, Pau.

—Tal vez no te alegres tanto ahora que tengas que bajarme por la escalera… — indicó burlona.

—Verás que no habrá problema.

Y no lo hubo. En unos segundos, estaba ya en el bote; su silla había sido acomodada entre dos pesadas cajas. Pedro se encontraba al timón, hablando con Roberto. Mateo se sentó en una de las cajas a su lado, con la mirada brillante de excitación, mientras Pedro ponía en marcha el motor y el bote comenzaba a deslizarse sobre el agua. El barco, Harriet III, tomó rumbo a mar abierto, con la proa de frente cortando la marejada. Rodearon la playa durante unos quince minutos y de pronto se encontraron con las señales negras y blancas que marcaban los lechos de langostas.

—Esto pertenece al hijo de Alicia —explicó Paula a Mateo—. Mi abuelo la ayuda, pues durante la pasada tormenta algunas trampas se dañaron y ahora pondrá otras de repuesto.

Roberto aminoró la marcha del barco. De un barril de madera, Pedro extrajo un par de caballas, cortándolas en pequeños trozos. Abriendo las láminas de la trampa más cercana, echó los trozos del pescado. Las langostas se acercarían para tratar de alcanzarlos y quedarían atrapadas dentro de las redes.

Pedro acercó la trampa a un lado del barco y la sumergió en el agua, con su red color amarillo cuyo extremo estaba atado a la proa del barco. De esta manera fueron dejando las trampas, repitiendo varias veces la misma operación. Mateo se había sentado en el regazo de Paula. Ellos miraban atentamente las maniobras de los dos hombres. La joven se quedó muy quieta, pero cada fibra de su cuerpo estaba consciente del peso del cuerpo del niño sobre sus piernas. La chica pensó con amargura que ese niño podría ser su hijo. Pero ahora nada de eso sucedería y sin embargo se permitió el lujo de acercar la mejilla a la cabeza de Mateo.

Ella no se dió cuenta de que Pedro los estaba observando. Tenía una expresión indescifrable en el rostro. Fue Mateo quien la volvió a la realidad, diciendo:

—Quiero poner carnada en las trampas, ¿Crees que Roberto me lo permita?

—¿Por qué no se lo preguntas? Lo único que deberás hacer es tener cuidado con la cuerda de la trampa para que no se desvíe cuando caiga al agua.

Mateo se alejó, no sin antes acercar a los costados de la silla de Paula las cajas que le servían de paredes. Por ahora, estaban bastante alejados de la costa. Faltaba sólo una trampa por colocar. Por fin, Roberto arrojó al agua los últimos restos de pescado y de pronto una bandada de gaviotas graznando se acercaron descendiendo al nivel del agua para tomar, con sus largos picos, los trozos de pescados. Una mano se posó en el hombre de Paula. Era Pedro. Ella sintió alegría al comprobarlo.

—¡Pedro! Estoy tan feliz de haber venido, y sólo lo hice gracias a tí.

—Ha sido un placer —se sentó en una de las cajas, dando la espalda a la cabina.

Roberto maniobraba el Harriet III de regreso a la playa, con una mano en el timón y la otra sobre el hombro de Mateo, cuyas manos también se aferraban al timón. Pedro acercó su cara a ella, y le dijo con toda seriedad:

—Pau, me gustaría que nosotros tres pasáramos más tiempo juntos —tomó una de sus manos—, espera, escúchame antes de decir algo: he estado pensando que no fue el azar sino el destino quien me trajo a esta isla aquella noche, pues no puedo imaginarme otro lugar ni otras gentes, en el mundo, que fueran más adecuadas para ser compañía de mi hijo. Roberto, Alicia, y tú… A Mati lo conquistaste en el momento en que te vió, tú lo sabes y creo que sería muy bueno para él que nosotros tres pasáramos las tardes juntos, ya que en las mañanas yo me ocupo de escribir y tú de cumplir las labores de Lucas, así que podríamos tomar las tardes para reunimos, ¿No te parece?

—Supongo que sí —respondió con incertidumbre.

—Creo que mi hijo necesita mucho de la compañía que tú puedes darle. Aún estaba fresca en su memoria la exquisita sensación que experimentó con el cuerpecito del niño acurrucado en su regazo, así que era imposible resistir a la petición de Pedro. Pero por otra parte, también estaba presente en su mente el beso que él le dio en la playa y el devastador efecto que hizo en ella.

—No te estoy pidiendo nada que te compromete sentimentalmente, te prometo que no se repetirá lo de esta mañana. Sólo te pido que ayudes a mi hijo —dijo Pedro.

Juntos A La Par: Capítulo 17

—Desprecio esa palabra, es una de las que no deberían siquiera existir en el idioma. Eres una mujer hermosa, capaz de vivir una vida mucho más rica y provechosa para ti, de la que ahora vives. Sólo me tomó un par de días para descubrirlo.

—Y decidiste que era la misión de tu vida hacérmelo saber, ¿No es así? —le preguntó con rudeza.

—No seas odiosa, Pau. Decidimos ser amigos, ¿no? Y como tal, es necesario que te haga ver algunas cosas que te niegas a aceptar.

—Creo que ahora debemos volver —expresó Paula, turbada.

—Una muy buena razón para que vuelva yo a besarte, antes de irnos —fue la rápida respuesta.

—Pedro, por favor…

Él puso las manos sobre los hombros de Paula, y ella sintió que eran muy ligeros. Por instinto cerró los ojos y sintió que él le besaba con suavidad la frente, después la mejilla, y por último la boca. Ella se tornó rígida, luchando para no responder a la caricia, sabiendo que no podría resistir demasiado tiempo; por un segundo pensó que ni siquiera podría correr… y alejarse. Sus manos rodearon la cara femenina levantándola un poco mientras rozaba los labios de Paula. Había tanto calor en la boca masculina que todo desapareció, excepto el deleite sensual de ese beso que pareció durar una eternidad. Apenas se dio cuenta de que había deslizado las manos sobre los hombros de Pedro y ya no sentía la rugosidad de la roca sobre su espalda, ni la tibieza de la arena bajo las piernas inválidas. Pedro debió de haber sentido su respuesta, pues sus cuerpos estaban demasiado juntos. Fue entonces cuando comenzó a retirarse de ella.

Paula abrió los ojos. Él la miraba inexpresivo.

—A menos que yo me equivoque, Paula Chaves, podría decir que nunca te habían besado.

Ella sintió como si le hubiese arrojado agua fría a la cara.

—¿Qué quieres decir? ¡Por supuesto que me han besado!

—Probablemente no expresé bien lo que quería decir. Sí, tal vez te han besado antes, pero ¿Acaso tú habías respondido a otro beso de la misma manera como lo has hecho ahora?

Por supuesto que no lo había hecho. Lo miró con expresión tonta.

—No te molestes en responder, porque ya sé la respuesta —dijo con voz suave—. Las columnas de chismes sociales son tan falsas como lo imaginé. Eres tan inocente como un niño recién nacido, Pau. Y aun sentada en esa silla de ruedas, posees toda la pasión y las necesidades de una mujer.

—Quiero irme a casa —expresó con voz temblorosa.

—Muy bien, te llevaré de regreso —se agachó en cuclillas y añadió—: Pero quiero que recuerdes muy bien lo que ha sucedido aquí hoy.

"Como si pudiera olvidarlo", pensó.

—De acuerdo con las circunstancias, lo que ha pasado aquí no debió de haber sucedido —dijo con frialdad—. Por favor, llévame a casa.

Él la levantó sosteniéndola con fuerza muy cerca de su cuerpo. Paula pudo oler la masculina esencia que despedía su piel. Descansó de la tensión cuando quedó de nuevo sentada en la silla. Pedro  la impulsó hacia adelante y volvieron por el sendero en total silencio. Cuando la dejó en la puerta de su casa, le dijo:

—Roberto mencionó algo acerca de ir a dar un paseo en el barco por la tarde, para colocar algunas trampas. Vendré por tí cuando él esté ya preparado.

—No gracias, no iré —expresó con estudiada cortesía.

—Pau, no me provoques.

Ignorando la chispa de humor que se reflejaba en los oscuros ojos, le dijo con toda frialdad:

—Prefiero no ir.

—Lo dudo —levantó la mano a manera de despedida—. Pasaré por tí a eso de las dos —y caminó apresurado hacia la casa de Alicia.

Paula entró en su cabaña y comenzó a recordar su vida pasada en Vancouver. Conoció a muchos hombres, algunos de ellos eran bien parecidos, educados y buenos compañeros, pero la habían dejado totalmente fría. Había cenado y bailado con ellos. En ocasiones hasta coqueteó, pero al final de cada paseo sólo había permitido un beso de despedida en la mejilla. Muchas veces pensó que había algo mal en ella, podía ser su carácter o la falta de afecto que resintió desde niña, lo que la hacía incapaz de enamorarse de algún hombre. A menudo la palabra "frígida" venía a su mente ya que ninguno de los hombres con quienes trató le despertó el deseo de intimar en una relación. Inclusive Facundo, con quien tuvo una amistad más profunda, nunca le propuso otra clase de relación. Ahora, esta mañana, Pedro Alfonso le había revelado que dentro de ella existía una verdadera mujer… "si tan sólo hubiera conocido a Pedro un año atrás, cuando era libre y completa. Si tan sólo…"

Juntos A La Par: Capítulo 16

Sus pensamientos fueron interrumpidos por el ruido de un motor de bote. Pronto el pequeño bote estuvo cerca, se trataba del. "Susan Jane" que pertenecía a David Robert. Ella lo saludó con una mano y él grito un amistoso "buenos días". Pedro se despertó sobresaltado.

—¿Es que acaso no hay aquí un poco de paz y tranquilidad?

—Deja de quejarte —reprochó ella y mirándole la espalda pregunto—: ¿Qué son esas cicatrices que tienes en la espalda, Pedro?

—Heridas de bala.

—¿Quién te las hizo?—siguió preguntando curiosa.

—Dos soldados, cuando trataba de escapar.

 —No comprendo, ¿De dónde tratabas de escapar? —la chica estaba asustada.

—No te asustes, Pau. Después de todo fui afortunado al salir con vida.

La chica recordó la conversación que habían tenido en Halifax.

—Debe haber sido cuando estabas en uno de tus viajes, trabajando de periodista, ¿no es así?

—Así es. En varias ocasiones estuve en el África, particularmente en los nuevos países que iban logrando su independencia de las potencias europeas. En mi último viaje, hace más de un año y medio, en busca de una historia, me enrolé con un grupo militar, pero hubo un conflicto y quedé atrapado. Fui apresado y estuve once meses en la cárcel hasta que, por fortuna, hubo un cambio de gobierno y fui liberado.

—Aún no me has dicho cómo fue que te dispararon.

—Trataba de escapar. Supongo que todo fue culpa mía.

—¿Era tan mala la cárcel? —preguntó ella insinuándole a continuar.

—Bastante mala, pero eso no era lo peor —hizo una pausa—. Todo fue debido a mí preocupación por Mateo. Ese debía de haber sido mi último viaje y esperaba volver a casa en sólo un mes. La enfermedad de Mateo aún no se había diagnosticado, sólo sabíamos que no se encontraba bien del todo. Fui a ese viaje con la intención de terminar mis reportajes, para poder dedicar todo mi tiempo a mi hijo. Entonces sucedió lo que te conté y quedé preso, sin saber cuándo saldría, si es que alguna vez salía yo vivo de allí. Sabía con certeza que Mateo me necesitaba, y que él estaba algo enfermo… ¡Dios! Creía volverme loco de desesperación en aquella apestosa cárcel.


—Entonces fue cuando trataste de escapar.

—Sí. Fue lo peor que pude hacer, porque cuando me sorprendieron, me encerraron en una celda solitaria.

—¡Oh, Pedro! —en un gesto instintivo de solidaridad, Paula se acercó y puso una de sus manos sobre la muñeca de él, apretándola con suavidad—. Y después, cuando volviste, ¿Qué pasó?

—La enfermedad había sido localizada y diagnosticada. El mal estaba en el corazón, eran tan urgente, que la operación ya estaba programada y Camila se encontraba al borde del colapso. Ella había arreglado los documentos referentes a pasarme la custodia del niño desde seis meses antes.

Así que ella había abandonado a su hijo a pesar de haber estado enfermo.

—Ella… la madre de Mateo. ¿Cómo es?

—Muy rica y hermosa. Consentida. Cuando la conocí, me interesó porque supe que ella no andaba atrás de mi dinero. ¿Sabes?, mi padre me dejó una gran herencia, hizo una gran fortuna a base de negocios no del todo legales. Cuando nos casamos descubrí que era una mujer totalmente incapaz de hacer nada por sí misma, el encanto se desvaneció al comprobar su total dependencia de mi persona. Tuve que viajar al extranjero por mi trabajo y a mi regreso, ella había encontrado otra compañía. Después de eso, traté de permanecer en casa con ella. Sin embargo, para Camila era muy importante la compañía de otros hombres. Así que nos separamos. Tan pronto como se vio libre, se casó con Mauricio.

—¿Aún la amas?

—¡Por Dios!, no. Creo que nunca la amé en realidad.

—¿Mateo la ama?

—Lo ignoro. Siempre que trato de averiguarlo se muestra evasivo. Pau, tú eres una excelente oyente —le impresionó escuchar las mismas palabras que Lucas  le había dicho en otra ocasión—. Yo no acostumbro hablar tanto acerca de mí.

Pareció muy natural cuando él se acercó a ella y la besó muy gentil en los labios. Para Paula, el tiempo se detuvo. La imagen de su rostro, tan cerca del suyo, la estremeció.

—No me mires así, no estoy tratando de seducirte —expresó áspero.

—Lo sé. Yo no quería… —su voz quebró.

 —Yo sé que no soy Lucas, ¿Es eso lo que te molesta? —preguntó Pedro.

—¿Lucas?—repitió enfadada. —

Sí, no pretendas hacerme creer que no sabes a qué me refiero.

—Lo siento, pero no lo sé.

—Vamos, vamos, Pau. Estoy seguro de que Lucas hace algo más que besarte cuando están a solas tanto tiempo en tu casa.

—¿Y qué es lo que tú crees que Lucas y yo hacemos?

—¿Tengo que decírtelo?

—Obviamente.

—Se acuestan juntos.

—Para que lo sepas, eso es falso —levantó la voz, enfadada—. ¿Acaso quieres saber lo que hacemos? Hablamos acerca de su novia.

—¿Me vas a decir que nunca te ha besado?

—Sí, lo hizo —reconoció honesta—, pero sólo fue para despertar los celos de Karen.

—¿A quién estás tratando de engañar? ¡Si ella ni siquiera estaba allí!

—Ni tú tampoco, o ¿Es que estás celoso?

 Él le dió la espalda y con voz pausada dijo:

—Desearía saber la respuesta, pero como la ignoro, creo que será mejor cambiar el tema —la miró notando sus mejillas sonrojadas y añadió—: Me pregunto si tienes una idea de lo hermosa que estás ahora, Pau.

Ella bajó los ojos, incapaz de sostenerle la mirada.

—Mírame, Pau.

Sin querer, ella obedeció, de nuevo se sentía asustada, sabiendo en lo más profundo de su corazón que este hombre era muy diferente de cuantos había conocido. Él pareció adivinar alguno de sus pensamientos porque de pronto le dijo:

—Pau, quiero besarte otra vez.

—No, Pedro —respondió sintiendo que el aliento le faltaba.

—¿Por qué no?

—Tal vez porque no lo deseo —dijo desafiante.

—No te creo, lo deseas, pero tienes miedo.

—Bien, es cierto, tengo miedo —aceptó sin rodeos—. He construido una nueva vida para mí, Pedro, y te aseguro que no ha sido fácil. No deseo que alguien como tú llegue aquí a poner todo de cabeza.

—Así que piensas que puedo hacerlo, ¿No es eso?

—Hablaba en forma figurativa —replicó enfadada. —Pues yo creo que has sido muy específica. Pero lo que en realidad quieres decir, es que estas muy decidida a esconderte de la vida y no deseas arriesgarte con ninguna relación sentimental.

—Tengo todo el derecho de decidir lo que haré con mi propia vida.

—Yo no creo que tengas el derecho para volver la espalda al mundo.

—No cabe duda que tu filosofía es muy convincente, sólo que te olvidas de que estoy atada a una silla de ruedas. No soy una mujer normal, Pedro Alfonso, y deja de hablarme como si lo fuera.

viernes, 5 de agosto de 2016

Juntos A La Par: Capítulo 15

—Siglos.

—Demasiado tiempo, y no lo dudo. Pau, trata de no encerrarte en tu angustia, eso no es bueno para tí.

—Supongo que no —respondió apretando los dedos de las manos.

—Yo no puedo hacerte caminar —expreso aparentando calma—, pero sí puedo conducirte hacia abajo, a la playa. Vamos.

Una vez más estaba entre sus brazos, sólo que esta vez, iba él caminando entre las piedras. La colocó sentada con la espalda apoyada en una piedra lisa, con la cara al sol y después le quitó los zapatos para que pudiera sentir el calor que despedía la tibia arena. Sin decir una palabra, él se despojó de la camisa. Caminó hasta la orilla del agua y haciendo con ella una especie de vasija, la llenó con agua y la trajo hacia la chica para limpiar la cara con las manos.

—Debo de estar horrible —sonrió apenada.

—Para mí estás bien.

No fue más que una frase común y sin embargo, Paula sintió que los latidos de su corazón se apresuraban. Por un segundo deseó perderse en la fantástica oscuridad de esos ojos… olvidarse de la Paula que ella creía conocer y descubrir una nueva personalidad, una mujer distinta que no sería ella, una mujer que ansiaba tocar la piel tibia de sus hombros y acercar sus labios a los de él para sentir que el mundo desaparecía a su alrededor…

De pronto, se asustó de sus propios pensamientos y se alejó, apoyando la espalda en la roca. Pedro también se apartó y ese instante fugaz desapareció. Como si nada hubiera pasado él dijo:

—El agua está helada. No creo que desees acercarte.

—No. Creo que no se podrá nadar hasta el próximo julio.

—¿Quieres que te traiga tu libro? —le preguntó Pedro cortes.

—Sí, gracias —le respondió con la misma cortesía.

Cuando él regresó, Paula tuvo el instinto de preguntarle.

—Pedro, ¿cómo es que llegaste aquí?

—Me encontré con tu abuelo y con Mateo y ellos me dijeron que te encontrabas aquí arriba. Decidí venir a encontrarte.

—¡Oh!, ya veo —dijo sin mucha convicción. Mirando hacia su libro abierto añadió—: Si yo leo, ¿Tú que harás? No te alejes, ¡No me dejes sola, podría subir la marea!

—No te dejaré, Pau.


Ella comenzó a leer tratando de recordar el número de la página en la que había dejado la lectura. Con el rabillo del ojo vió cómo Pedro se tendía sobre la arena, usando su camisa mojada a manera de almohada. Cerró sus ojos. Unos minutos después, estaba dormido.


Paula dejó el libro y se concentró en mirar el atlético cuerpo de Pedro. Tenía la intención de discernir la razón por la cual cada encuentro con él la afectaba de manera tan profunda. Observó primero las largas piernas, enfundadas en unos jeans muy ajustados, después, la cavidad del abdomen. También se fijó en el musculoso pecho y los fuertes brazos. Por último, su rostro. Un mechón de negros cabellos cubría parte de la amplia frente. Las pestañas eran largas. Su boca aparecía totalmente relajada. Era una boca con rasgos decisivos y firmes aun cuando el labio inferior se curveaba en un rasgo muy sensual. Paula tembló, imaginando qué se sentiría al ser besada por él.


Juntos A La Par: Capítulo 14

—¡Por Dios, Lucas Langley, ya tienes bastante complicada la vida con una sola mujer, no quieras hacerlo con dos.

—Pau, he estado pensando que tú vales tres veces más que ella —manifestó con sobriedad.

Y antes que Paula pudiera darse cuenta de su intención, se acercó a ella, la tomó por los hombros y la besó con fuerza en la boca. Luego, se incorporó con un aire de satisfacción en la mirada y le anunció con mucha solemnidad:

—Hace tiempo que deseaba hacer esto.

—Lucas, tú y yo somos buenos amigos, nada más.

—Podríamos llegar a ser otra cosa.

—Sí, pero no me gusta ser usada para darle celos a Karen.

—¡Oh! Pau, esa es una gran idea, me parece que tendrás que acompañarme a la feria de artesanía, así podrá ella aprender.

—Ya veremos Lucas, gracias por el trabajo que me trajiste, y por tu música, ha sido un placer escucharte.

Por fortuna, él captó la intención de despedida y dijo:

—Muy bien, te veré muy pronto. Gracias por la cena.

Se agachó de nuevo con intención de volver a besarla, pero ella, ahora prevenida, desvió el rostro, demostrándole que no tenía interés ni deseaba que él le diera ningún otro afecto más que el que es normal entre dos amigos. Él salió y Paula guardó las telas antes de acostarse.

Cuando ella despertó, a la mañana siguiente, el tiempo era frío, la niebla cubría casi todo, formando nubes fantasmagóricas sobre las playas y las rocas. Una hora después, el sol salió y la niebla, al levantarse, se llevó con ella esa sensación de tristeza y misterio. Ahora comenzaba a hacer calor; era el primer día del verano y decidió salir a tomar el sol. Se encontró con Roberto y Mateo quienes se ocupaban de acomodar los leños en el granero.

—Abuelo, llévame arriba, a la gran roca lisa, ¿Sí? —le pidió Paula.

Fiat Rock llamaban al promontorio, era una gran roca saliente en la cumbre de la colina y desde allí se podía contemplar un pequeño archipiélago de islas y playas de blanca arena, en donde muchísimos niños de las poblaciones cercanas aprendían a nadar. Ese sitio era uno de los preferidos de Paula.

Roberto se acercó hacia ella. Mateo caminaba a su lado.
-¿No te importaría quedarte allá arriba por un par de horas? Prometí al chico llevarlo a Camden esta mañana para comprar un anzuelo y carnadas. ¿O tal vez desees venir con nosotros?

—No gracias, abuelo. Prefiero quedarme allá y leer un libro. Sabes que me fascina tomar el sol en ese sitio.

El abuelo impulsó la silla hacia adelante. Tomaron el sendero que subía a la cumbre. Mateo iba charlando animadamente acerca del pez que había capturado esa mañana. Paula aspiraba con delicia la frescura del aire matinal saturado del clásico olor del agua salada.

—Yo podría subir la cuesta sola, aunque fuera despacio —dijo tratando de disculparse ante la desagradable idea de tener que depender del abuelo para subir, aun sabiendo que para él no era molestia serle útil.

—Yo no lo haría, mi muchacha. Hay ciertos trechos algo empinados y resbalosos, en especial cerca de las rocas.

—Estaré bien, saben que amo este paisaje —comentó a manera de despedida mientras los veía alejarse, quedando ella sola al pie del acantilado. El sol calentaba su espalda. Se despojó de la blusa quedándose en el sostén y la falda, para recibir de lleno el calor solar. Cerró los ojos y se puso de cara al sol.

Fue el ronco e irreverente graznido de una corneja lo que de pronto le hizo abrir los ojos. Suspiró. Frente a las rocas en el lado opuesto de la playa, rompían con suavidad las olas. El agua era de un increíble color azul claro. Tuvo el deseo de descender y cruzar por el camino rocoso que conducía a la playa y caminar por la orilla del agua, sintiendo la fresca arena entre sus dedos, como lo hacía cuando era niña. Pero… ahora todo era muy distinto, estaba encadenada a aquella silla de ruedas. Un terrible grito doloroso salió de su garganta. Se llevó las manos a la cara y dejó que gruesas lágrimas rodaran por sus mejillas.

—¡Pau! ¿Qué te pasa? —como un fantasma Pedro apareció frente a ella.

La chica sintió un nudo en la garganta. En todos aquellos largos meses transcurridos desde el accidente, nunca había llorado enfrente de ninguna persona. Pero ahora, como si fuera una ciega tratando de asirse a quien pudiera guiarla en su camino, se aferró al cuello masculino en muda búsqueda.

—¡No puedo caminar! —exclamaba sin coherencia—. ¡Pedro, oh, Pedro, no puedo caminar!

Lloró hasta quedar exhausta, descansando del dolor y la angustia que la habían asaltado. Estornudó y musitó:

—Necesito un pañuelo.

Él le dio un par de pañuelos de papel diciendo:

—Lo siento, no estaba preparado —ella se limpió la nariz y secó las lagrimas de sus mejillas.

—Gracias —se disculpó evitando su mirada—. Siento haber llorado. Por un momento desee levantarme de la silla y caminar por la orilla de la playa, pero no pude hacerlo.

—Ya veo. Mírame, Pau. ¿Hace cuánto tiempo que no llorabas como ahora lo hiciste?

Juntos A La Par: Capítulo 13

La primera vez que Paula lo escuchó, a sugerencia de Alicia, quedó verdaderamente impresionada ante la destreza del joven; una faceta diferente a su aspecto sobrio y poco expresivo. Ahora, ella estaba de nuevo tejiendo, su rostro parecía emocionado y soñador a la luz de la lámpara que la iluminaba desde la mesita de junto. Mateo leyó un poco y después se quedó dormido. Lucas ahora tocaba algunas sonatas de Villa-Lobos.

Nadie escuchó el llamado a la puerta. De pronto, ésta se abrió y Pedro entró en la habitación. Se quedó quieto, sus ojos se fijaron con asombro y ternura en el cuadro que estaba a su vista: el niño, apaciblemente dormido; el músico, embebido en la ejecución de su instrumento y la joven, de largos y rizados cabellos rubios, sentada frente al fuego.

—Ven, acércate con nosotros —pidió la chica con una dulce sonrisa.

Él se acercó un poco turbado, colocando una silla cerca del círculo de luz, junto a Paula. Lucas no prestó la menor atención, atento a su música.

Paula sonrió a Pedro y volvió a tomar su aguja para continuar la labor.

—¿Cómo va tu trabajo? —preguntó a Pedro, con voz muy baja.  Él la miró casi sin comprender a qué se refería.

—¿Hay algo mal? —peguntó Paula, confundida por su silencio.

—Cuando entré aquí, ustedes tres parecían una familia. El cuadro era bellísimo y completo. Al romper la intimidad, me sentí como un intruso.

—Pero fue una falsa impresión —contradijo la chica en seguida tomando mucho cuidado al elegir sus palabras—, no somos ni seremos nunca una familia.

—Lo sé, pero por lo que respecta a mi hijo, sí me siento un intruso.

—Estoy segura de que eso se suavizará con el tiempo, Pedro —aseguró la chica colocando una de sus manos sobre la rodilla de él.

Él tomó la mano de Paula y jugó con sus dedos.

—Él ha sido privado de vivir en el seno de una verdadera familia. Después que su madre y yo nos separamos, pensé que lo mejor para él sería vivir con ella, en particular cuando su madre dijo que se casaría inmediatamente. Pero entonces, él enfermó y ella no pudo resistirlo. Está acostumbrada a vivir con frivolidad y sin enfrentar el menor de los problemas. Fue entonces cuando Camila—ahora pronunciaba por vez primera su nombre—, lo dejó bajo mi custodia. Pero nadie podría decir que él me quiere.

—Tal vez piensa que lo separaste de su madre por la fuerza o quizás asocia el vivir contigo con todo aquel trauma del hospital y el dolor sufrido en la operación.

—Quizá eso sea cierto. Me dijeron los médicos que es necesario esperar pacientemente hasta que él crezca y pueda decir en sus propias palabras qué es lo que le perturba.

—¿Y a tí te lastima demasiado esa espera?

Él asintió con un gesto. Ella sabía que no había más qué decir al respecto, ya que por lo pronto no se podría resolver el distanciamiento que el mismo niño impuso a su padre. Paula se sintió conmovida por el deseo que tenía Pedro de ser aceptado por su hijo. Él ahora acariciaba la muñeca, trazando líneas imaginarias entre los huesos de su mano y los dedos. La música suave de la guitarra los envolvía con su insistente ritmo.

Muy dentro de ella, Paula sintió un intenso deseo de vivir. Nunca lo había experimentado y esas sensaciones eran tan insistentes e inevitables como la música. A pesar de la aparente frivolidad de su vida anterior, ella nunca permitió ninguna clase de intimidad con nadie, exceptuando un ligero beso de despedida y un breve abrazo. No sabía explicarse la causa de esa actitud. ¿Era tal vez un innato intento de conservar su intimidad lo que la había hecho permanecer virgen? Había experimentado un rechazo físico contra la promiscuidad, tanto que en ocasiones pensó si eso era normal, o si tal vez ella estaría vedada para enamorarse… pero ahora, este extraño que acariciaba su muñeca, le despertaba necesidades afectivas que ella sabía eran tan viejas como el tiempo.

Al fin, Lucas terminó de tocar. Paula sintió que el silencio la volvía a la realidad. Con presteza, Pedro dejó su mano sobre el regazo de ella y dijo a Lucas con sinceridad:

—Eres un excelente músico, Lucas, he disfrutado al escucharte. Y ahora, será mejor que me lleve a Mati a casa para acostarlo.

Se dirigió hacia la cama y tomó a Mateo en sus brazos sin despertarlo. El niño se apoyó sobre el pecho de su padre y Paula sintió un nudo en la garganta al contemplar esa escena de amor que por desgracia no era una realidad completa para Pedro.

—Buenas noches —se despidió Pedro con toda formalidad y salió de la casa apresurado.

Ella se dirigió en su silla de ruedas hacia la cocina tratando de esconder las emociones que la habían asaltado durante aquellos minutos, pensando que hubiera preferido que fuera Pedro y no Lucas quien se quedara a su lado.

Lucas sirvió café para los dos y comenzó a comer de las galletitas que Paula había preparado.

—Estoy pensando seriamente en terminar mis relaciones con Karen —dijo de pronto—. ¿Sabes lo último que me hizo?

Y se enfrascó en un monólogo de sus acostumbradas tribulaciones sentimentales. Paula lo escuchaba casi sin atención, en esos momentos lo único que deseaba era estar a solas.

Una hora más tarde decidió marcharse.

—Gracias Pau, eres una excelente oyente —al escuchar esto, Paula se sintió apenada.

—Estoy segura de que sabrás tomar la mejor decisión, Lucas.

—Estoy cansado de esperar su decisión —expresó levantando la voz—. Deberé hacer que ella me demuestre su interés, y si no lo hace, pues entonces dejará de importarme. Después de todo, podré llevarte conmigo a la feria, en caso de que ella se niegue a acompañarme, ¿No crees?

Paula se quedó atónita ante esta abrupta oferta.