viernes, 5 de agosto de 2016

Juntos A La Par: Capítulo 13

La primera vez que Paula lo escuchó, a sugerencia de Alicia, quedó verdaderamente impresionada ante la destreza del joven; una faceta diferente a su aspecto sobrio y poco expresivo. Ahora, ella estaba de nuevo tejiendo, su rostro parecía emocionado y soñador a la luz de la lámpara que la iluminaba desde la mesita de junto. Mateo leyó un poco y después se quedó dormido. Lucas ahora tocaba algunas sonatas de Villa-Lobos.

Nadie escuchó el llamado a la puerta. De pronto, ésta se abrió y Pedro entró en la habitación. Se quedó quieto, sus ojos se fijaron con asombro y ternura en el cuadro que estaba a su vista: el niño, apaciblemente dormido; el músico, embebido en la ejecución de su instrumento y la joven, de largos y rizados cabellos rubios, sentada frente al fuego.

—Ven, acércate con nosotros —pidió la chica con una dulce sonrisa.

Él se acercó un poco turbado, colocando una silla cerca del círculo de luz, junto a Paula. Lucas no prestó la menor atención, atento a su música.

Paula sonrió a Pedro y volvió a tomar su aguja para continuar la labor.

—¿Cómo va tu trabajo? —preguntó a Pedro, con voz muy baja.  Él la miró casi sin comprender a qué se refería.

—¿Hay algo mal? —peguntó Paula, confundida por su silencio.

—Cuando entré aquí, ustedes tres parecían una familia. El cuadro era bellísimo y completo. Al romper la intimidad, me sentí como un intruso.

—Pero fue una falsa impresión —contradijo la chica en seguida tomando mucho cuidado al elegir sus palabras—, no somos ni seremos nunca una familia.

—Lo sé, pero por lo que respecta a mi hijo, sí me siento un intruso.

—Estoy segura de que eso se suavizará con el tiempo, Pedro —aseguró la chica colocando una de sus manos sobre la rodilla de él.

Él tomó la mano de Paula y jugó con sus dedos.

—Él ha sido privado de vivir en el seno de una verdadera familia. Después que su madre y yo nos separamos, pensé que lo mejor para él sería vivir con ella, en particular cuando su madre dijo que se casaría inmediatamente. Pero entonces, él enfermó y ella no pudo resistirlo. Está acostumbrada a vivir con frivolidad y sin enfrentar el menor de los problemas. Fue entonces cuando Camila—ahora pronunciaba por vez primera su nombre—, lo dejó bajo mi custodia. Pero nadie podría decir que él me quiere.

—Tal vez piensa que lo separaste de su madre por la fuerza o quizás asocia el vivir contigo con todo aquel trauma del hospital y el dolor sufrido en la operación.

—Quizá eso sea cierto. Me dijeron los médicos que es necesario esperar pacientemente hasta que él crezca y pueda decir en sus propias palabras qué es lo que le perturba.

—¿Y a tí te lastima demasiado esa espera?

Él asintió con un gesto. Ella sabía que no había más qué decir al respecto, ya que por lo pronto no se podría resolver el distanciamiento que el mismo niño impuso a su padre. Paula se sintió conmovida por el deseo que tenía Pedro de ser aceptado por su hijo. Él ahora acariciaba la muñeca, trazando líneas imaginarias entre los huesos de su mano y los dedos. La música suave de la guitarra los envolvía con su insistente ritmo.

Muy dentro de ella, Paula sintió un intenso deseo de vivir. Nunca lo había experimentado y esas sensaciones eran tan insistentes e inevitables como la música. A pesar de la aparente frivolidad de su vida anterior, ella nunca permitió ninguna clase de intimidad con nadie, exceptuando un ligero beso de despedida y un breve abrazo. No sabía explicarse la causa de esa actitud. ¿Era tal vez un innato intento de conservar su intimidad lo que la había hecho permanecer virgen? Había experimentado un rechazo físico contra la promiscuidad, tanto que en ocasiones pensó si eso era normal, o si tal vez ella estaría vedada para enamorarse… pero ahora, este extraño que acariciaba su muñeca, le despertaba necesidades afectivas que ella sabía eran tan viejas como el tiempo.

Al fin, Lucas terminó de tocar. Paula sintió que el silencio la volvía a la realidad. Con presteza, Pedro dejó su mano sobre el regazo de ella y dijo a Lucas con sinceridad:

—Eres un excelente músico, Lucas, he disfrutado al escucharte. Y ahora, será mejor que me lleve a Mati a casa para acostarlo.

Se dirigió hacia la cama y tomó a Mateo en sus brazos sin despertarlo. El niño se apoyó sobre el pecho de su padre y Paula sintió un nudo en la garganta al contemplar esa escena de amor que por desgracia no era una realidad completa para Pedro.

—Buenas noches —se despidió Pedro con toda formalidad y salió de la casa apresurado.

Ella se dirigió en su silla de ruedas hacia la cocina tratando de esconder las emociones que la habían asaltado durante aquellos minutos, pensando que hubiera preferido que fuera Pedro y no Lucas quien se quedara a su lado.

Lucas sirvió café para los dos y comenzó a comer de las galletitas que Paula había preparado.

—Estoy pensando seriamente en terminar mis relaciones con Karen —dijo de pronto—. ¿Sabes lo último que me hizo?

Y se enfrascó en un monólogo de sus acostumbradas tribulaciones sentimentales. Paula lo escuchaba casi sin atención, en esos momentos lo único que deseaba era estar a solas.

Una hora más tarde decidió marcharse.

—Gracias Pau, eres una excelente oyente —al escuchar esto, Paula se sintió apenada.

—Estoy segura de que sabrás tomar la mejor decisión, Lucas.

—Estoy cansado de esperar su decisión —expresó levantando la voz—. Deberé hacer que ella me demuestre su interés, y si no lo hace, pues entonces dejará de importarme. Después de todo, podré llevarte conmigo a la feria, en caso de que ella se niegue a acompañarme, ¿No crees?

Paula se quedó atónita ante esta abrupta oferta.

Juntos A La Par: Capítulo 12

Paula esperaba que el día siguiente fuera como el primero, pero quedó un poco decepcionada al ver que Pedro se mantenía distante. Quizá lo que había hablado con Alicia de dedicarse a escribir era muy serio, pues apenas salía de la casa. Por Mateo, supo que él estaba organizando su trabajo. Las ideas de que la presencia de Pedro iba a cambiar su vida, eran equivocadas. Incluso parecía que él la evadía. ¿Era acaso esto lo que el consideraba cultivar una amistad? La amistad que con tanta insistencia le había pedido. Molesta con la situación, por lo menos agradecía las frecuentes visitas del pequeño Mateo. El chico dividía su tiempo entre el abuelo y ella; ayudaba a Roberto a preparar los anzuelos y las carnadas para la pesca de langosta. A ratos, se ponía a jugar con sus soldaditos y por las tardes se recostaba a dormir en la cama de Paula. Ella ahora pasaba mucho tiempo bordando mientras él dormía y el monto de los artículos ya terminados aumentaba con gran velocidad. Supuso que Lucas estaría muy satisfecho cuando viniera otra vez a casa.

Cinco días después de la llegada de Pedro y Mateo, Paula escuchó que llamaban a su puerta. La tarde era fría y gris, así que había permanecido en casa. Pensó que sería bueno tener una compañía y dijo:

—Pase… —pensando que tal vez sería Pedro.

Pero al abrirse la puerta, entró Lucas con el cabello y la barba de color rojo, humedecidos por la fina lluvia que comenzaba a caer, trayendo un cesto con telas y en la otra mano, su guitarra. Paula se sintió contenta al verlo y le dijo:

—¡Hola, Lucas! Espero que traigas más trabajo, pues ya casi está terminado todo el que dejaste la otra vez.

—Seguro que sí y además tengo dos o tres órdenes especiales —él se acercó y la besó en la mejilla.

—Te veo muy bien, Pau. Me alegra verte.

Lucas Langley era dueño de una tienda de artesanías llamada The Silver Tern en el poblado vecino de Camden. Le gustaba mucho su trabajo, en la tienda vendía artesanía de alta calidad como alfombras tejidas a mano, bordados, ropa tejida de lana y él mismo era un buen alfarero. Fue Alicia quien los puso en contacto y sugirió que Paula se dedicara al tejido. Él le trajo manteles, servilletas y colchas, en un principio, copiaba los diseños, pero después hacía ella misma los dibujos y luego los bordaba. Lucas le pagaba por su trabajo y después los vendía en su tienda.

Se conocían hacía más de dos meses y a Paula le encantaban sus visitas, las que se repetían casi cada semana; habían llegado a tenerse mucha confianza y él le contaba acerca de su novia Karen que vivía en Halifax.

—Muy bien, veamos qué has hecho desde mi última visita —dijo Lucas.

Ella extendió una bella bufanda de color azul pálido en la que había bordado unas flores en diferentes tonalidades de azul; después le enseñó un mantel con servilletas en color beige bordado en un diseño modernista en tonos café y cocoa. Finalmente, terminó con una bella colcha bordada con hilo blanco, sobre un diseño de espuma de mar.

—¡Fantástico! —exclamó satisfecho. Él mismo desdobló otro mantel bordado con un diseño de arco iris, que era muy vistoso por el colorido.

—Este es un diseño muy bello y original —comentó. De pronto la puerta se abrió y Mateo entró con rapidez.

—¡Pau!, ¿Quieres ir en el barco a pescar con nosotros?

Ella volvió la cabeza y al hacerlo su cabellera rozó el brazo de Lucas quien se encontraba de pie muy junto a ella. Paula sintió la desaprobadora mirada de Pedro, quien estaba de pie junto a la puerta.

—Hola, Pedro, mateo. Creo que ustedes no conocen a Lucas Langley, ¿No es así? Lucas, ellos son Mateo y Pedro Afonso.

—Mucho gusto Pedro, Mateo, me alegro de conocerlos —tendió la mano.

—¡Oye!, eso es muy hermoso —exclamó Mateo mirando los bordados. Dirigiéndose a Lucas preguntó—: ¿Por qué estás viendo eso? ¿Acaso también te dedicas a bordar?

—No —respondió Lucas molesto.

Paula tuvo que contener una sonrisa, al comprender que, sin querer, el niño había tocado el punto más vulnerable de Lucas. Una de las cosas que más le importaban, era su reputación de masculinidad y ella sabía que muchas veces había llegado a los puños cuando alguien se atrevía a insinuar que su trabajo como alfarero no era digno de virilidad.

Pedro fue quien trató de suavizar la situación diciendo:

—Pau, ¿Has terminado tu trabajo? La niebla comenzó a levantarse y Mati quiere que nos acompañes al barco para pasear un rato.

—No creo que sea muy adecuado que yo viajara en el barco—dijo con frialdad—, y además Lucas y yo tenemos algún trabajo por hacer.

—¿Cuál es ese trabajo? —preguntó Mateo.

—Lucas vende mis bordados en su tienda de artesanías —explicó Paula—, y es con ese dinero que pago la comida y la cuenta de la luz eléctrica.

—¿Acaso tus padres no te envían dinero? —preguntó Pedro cortante.

—Por supuesto que sí, me mandan una mensualidad, pero yo prefiero hacerme independiente y ganar mi propio dinero. Eso hace mucha diferencia para mí —en un impulso de ternura puso una mano sobre la de Lucas que descansaba en una mesita cercana a ella y añadió—: No sé cómo podría expresar mi gratitud hacia Lucas.

Juntos A La Par: Capítulo 11

—Vayan todos al diablo —pensó en voz alta—. ¡Oh!, lo siento —y después de un momento de vacilación, continuó—: Creo que lo que dijiste antes es razonable. Aquellos que se llamaban mis amigos, no lo eran en realidad, eran conocidos, pero no amigos.

—Y claro que es muy diferente una cosa de la otra. Y ahora que recuerdo, prometiste ser amiga de mi hijo, pero no mía.

De pronto Paula tuvo el presentimiento de que en ese momento iba a suceder algo que cambiaría su vida. No había manera de evadir esa profunda mirada, ni tampoco podría correr y esconderse.

Tenía que decidir. Podría volver la espalda a este hombre y optar por la tranquilidad y rutinaria vida que construyó a raíz del accidente, o arriesgarse, permitiendo que Pedro formara parte de su vida, con todos los cambios que éstos pudiera implicar. Se decidió por esto último. Las bebidas fueron servidas y ella levantó su copa y simulando una alegría que en realidad estaba nublada de temores, dijo:

—Por nuestra amistad. Pedro chocó su copa con la de ella.

—Por nuestra amistad —repitió, y como para no darle demasiada importancia, añadió—: Yo voy a pedir la langosta, ¿Y tú?

—Tomaré unas creps de mariscos y una ensalada.

Mientras comían, hablaron de diferentes temas y anécdotas. De esta manera Paula se enteró de que él había sido una mezcla de viajero, comentador político y periodista. El retrato de su vida pasada, que ahora ella relataba a Pedro resultaba un tanto frívolo: la enorme residencia donde había vivido con sus padres, llena de comodidades y sirvientes, las comidas formales con gente "adecuada" y distinguida; las reuniones sociales de su madre y la agitada vida de negocios de su padre, las cuales eran más importantes para ellos, que su hija, que fue creciendo entre nanas e institutrices traídas especialmente desde Inglaterra para educarla.

Terminaron de almorzar y volvieron al auto. Paula continuó habiéndole del año que pasó en Francia en un exclusivo internado para señoritas y en donde nadie prestaba especial atención a nadie. Cuando terminó su historia, se sorprendió comentándole a Pedro:

—No se qué me ha pasado, no acostumbro hablar tanto acerca de mí.

—Debe ser por el vino —comentó Pedro.

Se sintió un poco turbada por haberle confiado tantas cosas y prefirió guardar silencio, volviéndose hacia la ventanilla para contemplar el paisaje. Un rato después, se apoyó sobre el respaldo del asiento y se quedó dormida.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Juntos A La Par: Capítulo 10

—De nada. Sólo que no me gusta que me toquen.

—Estás equivocada y tú lo sabes. Te gusta tanto que tienes temor.

—Si ya sabes la respuesta, entonces ¿para qué preguntas?

—Pienso que es mejor ser sinceros…

—Sí —mientras él se enfilaba hacia la autopista—, es cierto, pero hay cosas que no tiene caso decir… Me parece que estás jugando conmigo.

—Eso no es cierto. Sólo quiero que no pierdas la confianza en tí, y soy sincero cuando te digo que deseo ser tu amigo.

Paula estaba confundida, sus sentimientos eran tan contradictorios que no sabía qué decir. Guardó silencio.

—Paula, vamos a pasar todo el verano juntos, ¿No es así? Estoy seguro de que llegaremos a ser amigos. Mati y tú se entendieron muy bien, no hay razón para que tú y yo no hagamos lo mismo, ¿no te parece?

—¿No se te ha ocurrido pensar que yo pudiera ser una persona inadecuada para ser amiga tuya o de tu hijo? —preguntó tratando de evadirse.

—No, estoy seguro de que no eres una persona inadecuada.

—¿Es que nunca lees los chismes de sociedad? Yo era mencionada con frecuencia y hasta aparecí en varias revistas internacionales.

—¡Ah!, ¿y qué decían?

—Todo lo que te puedas imaginar… fiestas salvajes, desayunos con champaña, amoríos con muchos hombres, en fin, mucho de todo, exceso de dinero, bebidas, vestuario, hombres… tú dirás.

—¿Y cómo es posible que haya ignorado todo eso? —preguntó sonriente.

—¿Qué, acaso no me crees? —la voz femenina demostraba un reto.

—Mira, ahora que lo mencionas, creo que ví un retrato tuyo en algún lado. Te mencionaban  mucho, eras tú, ¿No es así? —ella asintió—. Pues sí, vestías un elegante traje de seda blanca largo, con un corpiño minúsculo y recuerdo que te acompañaba un hombre llamado Facundo, pero estaba borracho. Tú, bajo la gruesa capa de maquillaje y glamour artificial, parecías… cómo te diré… desdichada.

—Ahora veo que no acabas de recordar nada, sino que lo sabías todo desde antes —le reclamó la chica.

—¿Mmm? Pues sí, sólo quería saber si eras lo suficientemente sincera para revelarme los secretos de tu pasado de disipación y maldad —expresó él fingiendo una seriedad que a nadie engañaba.

—¡Oh!, deja de hablar como el villano de la película. Nunca he conocido a alguien más molesto que tú.

—Buenos, por lo menos eso ya es algo.

—De cualquier modo, estarás de acuerdo conmigo en que no soy la persona más adecuada para ser amiga de tu hijo, ¿no es así?

—Dejémonos de engañar, Paula. Por alguna razón desconocida, causaste una impresión muy favorable a mí hijo, tú lo sabes tan bien como yo. Él nunca ha hablado conmigo ni con nadie acerca de sus experiencias en el hospital y, sin embargo, contigo lo hizo al minuto de haberte conocido. Mati, como te habrás dado cuenta, necesita confiar en alguien y te estoy pidiendo, a nombre de él, que seas su amiga y mía también.

Paula estaba impresionada por la profunda emoción que encerraban aquellas palabras, se sintió conmovida y desarmada.

—Está bien, haré por él lo que pueda —prometió la chica felíz.

—Gracias, Paula. No fue un agradecimiento muy efusivo. Además, Paula no había prometido nada acerca de ser amiga de él, así que por lo pronto, sintió que estaba a salvo.

Como si decidiera que ese tema de conversación había llegado a su término, Pedro comenzó a relatarle de una exhibición artística que había presenciado en un teatro en Toronto y de ahí la conversación pasó a temas de música y libros. De pronto, Paula se dió cuenta de que estaban en plena ciudad. Pedro estacionaba el auto en la estación ferroviaria.

—Tardaré sólo un minuto —manifestó.

Cinco minutos más tarde apareció, acompañado de un maletero que llevaba en un carrito, un gran baúl. Lo acomodaron entre los dos en el asiento trasero y él dio una propina al hombre. Se acercó a la ventanilla del lado de ella y le dijo:

—Podríamos dejar aquí el auto, el hotel está muy cerca.

—Pedro, ¿no sería mejor volver y almorzar en casa?

—¿Porqué?

—No me gusta ir a los restaurantes, siento que la gente se fija mucho en mí.

—¿Qué la gente se fija en tí? Me parece muy bien, estoy seguro de que todas las mujeres envidiarán tu belleza.

—Dame un peine, entonces —pidió resignada mientras él la depositaba en la silla de ruedas—, ya que casi me sacaste a rastras de mi casa, no me diste oportunidad de sacar mi bolso —su boca se torció en una débil sonrisa—. Por lo menos, sabrás que tú tienes que pagar la cuenta.

—Bueno, para que puedas vengarte, podrás pedir lo más costoso.

—Chateaubriand y champaña.

—¡Qué pésima combinación! ¿No se te ocurre algo mejor?

Los dos reían cuando fueron recibidos por el portero en el lobby del hotel.
El restaurante era lujoso y muy concurrido, todos parecían charlar con animación. Al pasar ellos, nadie pareció notarlos. El camarero retiró una silla para dar cabida a la suya, poniendo en sus manos el menú. Pedro consultó la carta de bebidas y fue entonces cuando Paula se sintió relajada. Le parecía que hacía mucho tiempo que no iba a un lugar tan animado. Sintió cierta amargura al recordar que con frecuencia ella era quien pagaba las cuentas de sus amigos, excepto Fernando, quien era muy puntilloso y siempre pagaba su propio consumo. Por lo menos eso era algo que a ella le gustaba de él, pero los demás, sabían que la millonaria Paula Chaves pagaría siempre las cuentas de todos. Pensó que Pedro tenía razón cuando dijo que aquéllos no eran verdaderos amigos, sino unos parásitos…

Juntos A La Par: Capítulo 9

En un movimiento rápido deslizó sus brazos alrededor de ella y la levantó de la silla. La cara de Paula quedó a pocos centímetros de distancia de la de él porque, en forma automática, se había abrazado al cuello masculino para sostenerse. Luchando por recuperar el aliento, le dijo furiosa:

—Bájame, no creas que soy muy ligera.

—Así me gustas.

Horrorizada ante sus pensamientos, se dio cuenta de que a ella también le gustaba estar sostenida por él, pero aún así volvió a protestar, aunque esta vez ya sin enfado.

—Por favor, Pedro, bájame.

Por un momento sintió una extraña y dulce excitación y pensó que Pedro iba a besarla. Luego, él cambió su expresión y ella supo que también lo había hecho de idea. Con un pie, empujó la silla de ruedas del camino y acomodó a Paula en el asiento del auto. Una vez que él cerró la puerta, ella exhaló un suspiro hondo y profundo.

Él dobló la silla de ruedas y la guardó en la parte de atrás del auto, después dió la vuelta y se acomodó en el asiento del volante poniendo en marcha el coche.

—¿Hace cuánto tiempo no has ido a Halifax?

—Un mes.

—¿Quién te convenció aquella ocasión para que fueras?

—Tenía una cita con el doctor.

—¡Oh! —y puso una de sus manos en la rodilla de Paula—. Deja de enfurruñarte y comienza a decirme qué fue lo que pasó para que tú acabaras en esa silla de ruedas.

—¡No estoy enfurruñada! —pero su honestidad la hizo reconocer—: Bueno, tal vez sí lo estoy, un poco. ¿Alguien te ha dicho que eres rudo, desconsiderado y latoso?

—Sólo soy así con las personas que no saben obedecer.

—No hay ninguna razón en el mundo para que yo tenga que obedecerte.

—Sí, la hay. Porque desde este momento tú te estás divirtiendo, ¿No es así, Paula?

—Pedro, no hay ningún punto… Bueno, quiero decir que yo no puedo…

—¿Qué es lo que quieres decir, Paula? Dime ahora, ¿Tomo por la derecha o por la izquierda?

—Por la izquierda. Yo no sé… sólo que —se interrumpió con un suspiro.

—¿Quieres decir que no podemos ser amigos? ¿Es eso?

—Sí, tal vez es eso.

—¿Por qué no?

—Porque soy una inválida.

—Eso me estaba imaginando. Y ahora a la izquierda de nuevo, ¿No es así? — suavizando la voz continuó—: Tú sabes tan bien como yo que ésa no es la palabra correcta para describirte. Tu mente está sana. Eres sensible, bondadosa y encima de todo eso, hermosa. Cualquier hombre estaría orgulloso de ser tu amigo.

—Eso no es verdad. Yo tenía docenas de amigos antes del accidente. Hace dos meses, cuando me vine aquí, todos habían desaparecido. No les interesó más mi amistad desde el momento en que ya no pude bailar ni esquiar. Ya no fui una diversión para ellos—confesó adolorida.

—Entonces ellos no eran tus verdaderos amigos —expresó implacable—. De cualquier manera casi nadie tiene la fortuna de poseer tantos amigos.

—Incluso los que eran muy íntimos, desaparecieron —hasta ahora nunca había mencionado el dolor que le causó la deserción de Facundo.

—Dime cómo fue ese accidente. ¿Estabas esquiando?

—No. Un amigo —no dijo el nombre de Facundo— y yo montábamos a caballo, habíamos hecho una apuesta para ver quién llegaría primero a la cima. Yo estaba decidida a ganar así que tomé el camino más directo aunque era el más difícil. Me arriesgué saltando una cerca y mi caballo tropezó, yo caí y el animal pisoteó mis piernas —Paula tembló—. Por lo menos eso fue lo que me dijeron, por suerte quedé desmayada casi en el momento de caer y casi no recuerdo nada.

—¿Cuánto tiempo estuviste en el hospital?

—Cerca de dos meses. Después estuve en mi casa otros tres, antes que mi abuelo me invitara a vivir en Chaves. Y le doy gracias a Dios, pues en mi casa estaba volviéndome loca.

—No puedo imaginarte a tí en ese estado, me pareces una mujer muy valerosa y dulce.

—¡Oh! No te creas, era muy diferente en ese tiempo. Esta experiencia me sirvió para madurar —sonrió con amargura.

—La vida nos ofrece muchas de esas experiencias —respondió él con sobriedad—. Parece ser que sólo depende de cómo tome uno las cosas, ¿No es a así Pau? Y dime, ¿no hay posibilidades de que pudieras aliviarte?

—No lo creo, los especialistas de Halifax hablaron de una operación cuando llegué aquí, hace tres meses, pero las posibilidades son muy remotas. Y luego ya no dijeron nada —negándose a sentir lástima por sí misma, añadió—: Después de todo ya no me importa, parece ser que me he acostumbrado a esto.

—Eres, sin duda, muy valiente, Paula.

Ella suspiró sintiendo un gran placer al oír esas simples palabras, pues sabía que Pedro no era la clase de hombre que hiciera un halago sin sentirlo. Mientras hablaban, él colocó una mano sobre la suya. Era fuerte y cálida. El calor que despedía quemaba su piel y sintió que el aliento le faltaba. Sabiendo que tenía que evitar ese contacto, deslizó la mano pretendiendo alisar los cabellos hacia atrás para dejar su rostro libre.

—Deja de huir, Paula —replicó despacio.

—¿Qué quieres decir?

—Te comportas como si yo pretendiera abusar de tí. ¿De qué tienes miedo?

Juntos A La Par: Capítulo 8

—Buen trabajo —expresó con sequedad.

—Sí, lo es, ¿No te parece? —levantó la mirada hacia Roberto, reconociendo una tristeza en sus ojos. No era un secreto para nadie que desde hacía cinco años estaba tratando de persuadir a Alicia para que se casara con él y el hecho de tomar dos huéspedes no beneficiaba en nada sus planes. Ahora estaría mucho más ocupada y tendría menos tiempo para dedicarlo a su vecino—. Lo siento, abuelo, no fue mi intención…

—Bueno, a ella le fascina estar ocupada. Después de todo, es bueno tener algún cambio —emocionado añadió—: Será bueno tener a ese niño por aquí cerca, te lo aseguro.

Paula sintió que su corazón se oprimía, al notar el sentimiento de soledad en el tono de voz de su abuelo. La esposa de Roberto había muerto veinte años atrás y su único hijo, el padre de Paula, se fue de la isla Chaves desde muy joven, al otro lado del país. La chica era también hija única y ahora, debido al accidente, no tendría posibilidad de casarse y llenar la casa de Roberto con muchos bisnietos.

—Me parece un chico muy bueno —se aventuró a decir ella—; sin embargo, parece que hay algún conflicto entre él y su padre…

—¿También tú lo notaste? El muchacho nunca menciona a su padre si puede evitarlo. Es extraño. ¡Ah! Mira, allí vienen.

Mateo venía corriendo por el prado.

—¡Vamos a quedarnos! —les gritó—. ¡Y podré recoger caracoles y estrellas de mar cuando la marea baje y caminaré sobre las rocas en lugar de pasar por el puente!

—Todo está arreglado, pasaré las maletas a la casa de Alicia y después iré a Halifax a recoger un baúl que debe estar en la estación de trenes—se volvió para ver a su hijo— Mati, ¿Quieres venir conmigo?

Antes que él respondiera, Roberto  intercedió:

—Creo que nosotros dos tenemos algo que hacer en el bote. Yo lo cuidaré mientras usted va a Halifax.

—En ese caso, estoy seguro de que Paula podrá acompañarme. Iremos ahora mismo.

—Yo no… —comenzó a decir ella.

—Es una gran idea —interrumpió Roberto—. Pau no tiene muchas oportunidades de salir de la isla. Será bueno para ella.

—Y no te preocupes por nada —añadió Alicia acomedida—, yo prepararé la cena para esta noche.

—Magnífico —dijo Pedro antes que la joven pudiera interponer alguna excusa. Caminó hacia la parte trasera de la silla de ruedas y, quitándole el freno, la impulsó hacia la casa de Paula diciendo:

—Creo que nos iremos enseguida. Podremos almorzar allá en el hotel.

Sin decir palabra, Paula se dejó conducir a través del puente. Cuando llegaron junto al auto de Paedro le dijo enfadada.

—Mira, Pedro Alfonso, has ido demasiado lejos…

—Ya lo veo. Y debo decirte que te veo muy linda con las mejillas encendidas, te favorece el enfado.

—¡Oh! —explotó ella—. Llévame de regreso, no quiero ir contigo.

—¿Por qué no? —preguntó cruzando los brazos y apoyándose en el auto.

—Por principio, manipulaste la situación muy a tu gusto sugiriendo delante de Roberto y de Alicia que yo saliera, sabiendo que ellos lo aprobarían.

—De acuerdo —dijo él con picardía.

—Tú nunca me preguntaste a mí si quería ir.

—No valía la pena hacerlo. Sabía que te ibas a negar.

—Tienes toda la razón —replicó furiosa—. Así que ahora me llevas de regreso, y no te preocupes, ya pensaré en algo qué decir para que no se ensombrezca tu imagen de buen samaritano…

—Tienes una pequeña lengua muy venenosa —expresó Pedro con ironía—. Me gusta una mujer con convicciones.

—Y hablando de mujeres, presumo que Mateo tiene una madre, ¿En dónde está ella?

—Imagino que se encuentra en Mónaco, con su flamante esposo. Ella acostumbra pasar los veranos allí. ¿Qué más deseas saber? —su expresión era enfadada.

—Lo siento, no debí haber preguntado eso —se disculpó avergonzada.

—No, no debiste.

Abrió la puerta del auto y se agachó para ajustar los descansos de los pies de la silla de ruedas.

—¿Qué es lo que estás haciendo?

 —Te voy a pasar al auto para que nos vayamos a Halifax.

—No quiero ir.

—En realidad no me importa si quieres o no —le dijo paciente—. Paula, ahora mismo nos vamos.

—Oblígame a ir —retó, apretando los brazos de la silla con fuerza.

—¡Oh! Eso será muy fácil!

Juntos A La Par: Capítulo 7

—Buenos días, hijo —saludó Pedro sentándose en una silla frente a la mesa. El niño no pareció escucharlo.

Pedro no demostró ninguna reacción; su mano estaba firme cuando sostuvo el plato para que Paula le sirviera el desayuno.

—Sírvete los huevos revueltos, Mati. Si piensas ir al barco, será mejor que te pongas un suéter extra, en el mar se siente más frío —aconsejó Paula.

—Muy bien —acordó mientras se llevaba una rebanada de pan tostado a la boca.

—¿Qué tu abuelo todavía acostumbra salir de pesca? —preguntó Pedro.

—Siempre que puede, lo hace —respondió ella y le comenzó a enumerar los diferentes tipos de pesca que se hacían en los alrededores.


Mateo escuchaba muy atento. De pronto pareció inquieto y dijo:

—¿Pueden ustedes dispensarme, por favor? —resultaba evidente que se trataba de un formulismo que había aprendido.

—Lávate los dientes —ordenó su padre—. ¿Ya tomaste la píldora?

—No —y una sombra de angustia pasó por los ojos del pequeño.

—En mi estuche de rasurar está la caja con las medicinas, ¿Quieres traérmelo, por favor?

Mateo salió rumbo al cuarto de baño, se lavó los dientes y volvió con una cajita. Pedro tomó de ella una pequeña píldora color verde y se la dió al niño que la tragó con un poco de leche.

—¿Puedo irme ahora? —preguntó Mateo.

—Recuerda lo que dijo el doctor acerca de no correr mucho. Anda ve y diviértete —Pedro estiró su mano tratando de alcanzar la cabeza del chico, pero de alguna manera él evadió el contacto y salió corriendo hacia la puerta.

—¿Por qué no puede correr mucho? —preguntó Paula.

—Ha sido operado del corazón y debe tener algunos cuidados.

—Y, ¿qué hay de su futuro? ¿Podrá después hacer lo que quiera?

—La operación fue un éxito, puede decirse que fuimos muy afortunados.

"Fuimos", pensó Paula. Esto significaba que aparte de padre e hijo existía la madre de Mateo, pero… ¿dónde estaría ella ahora? De pronto sintió ella que el placer de haber ofrecido hospitalidad a estos dos extraños, se evaporaba y sin embargo pensó que al menos el chico parecía muy contento. Tenía curiosidad por saber más de ellos; el porqué Mateo evadía a su padre y por qué habían venido a estas playas del sur. Paula luchó mucho durante los pasados dos meses para tratar de obtener cierta serenidad ante su vida y no deseaba ser perturbada por este par de extraños, pues sabía que muy pronto se marcharían y su vida volvería a la paz y la rutina de antes.

Pero aunque ella no lo sabía, los acontecimientos se iban a desenvolver de una manera muy distinta. Después que ella y Pedro lavaron los platos del desayuno,salieron de la casa. En la parte de atrás de la casa de Alicia, se escuchaban voces. Al acercarse, vieron que Roberto Chaves sostenía una canasta con ropa limpia, mientras una mujer de cabellos blancos iba colgándola de un lazo para que se secara. Mateo sostenía una pequeña bolsa con las pinzas de la ropa.

—Esa es Alicia con Roberto, mi abuelo —dijo Paula a manera de explicación—. Ven, vamos a saludarlos.

Cuando llegaron, Alicia terminaba de colgar la ropa y se volvió hacia ellos, sonriente. Lo que primero llamaba la atención de ella, era su cabello, tan blanco que se confundía con la blancura de las sábanas. Su rostro todavía denotaba que en su juventud había sido muy bella. Sus ojos eran azules y se podía percibir un cierto dejo de tristeza en ellos. A los sesenta y cinco años de edad ya había conocido la tragedia y la tristeza y, sin embargo, su anhelo de vivir era evidente. Su querido esposo, Juan, con quien estuvo casada más de treinta años, fue el mejor amigo de Roberto  y había muerto diez años atrás. Ella tenía seis hijos que vivían en las poblaciones cercanas y también era abuela de quince nietos.

—Buenos días. ¡Hola Pau! Usted debe de ser el padre de Mateo, ¿Verdad? Yo soy Alicia MacKinnon.

—Y yo soy Roberto Chaves—ofreció el abuelo. Se estrecharon las manos y charlaron durante unos minutos.  Después Pedro dijo:

—Señora Mackinnon, es posible que usted pueda ayudarme. Busco un sitio donde pasar el verano con mi hijo, de preferencia cerca del mar. Quisiera que fuera tranquilo y agradable al mismo tiempo. ¿Sabe usted de algún sitio así, que se encuentre en las cercanías?

—Bueno, sí, conozco un sitio —y después añadió, entusiasmada—: ¿Qué le parece este lugar? Me encantaría tenerlos como huéspedes. Después de todo, aún no me acostumbro a cocinar para una sola persona. Podría usted usar el estudio de atrás para escribir, y hay cuatro habitaciones allá arriba, cada uno podría tener su propio cuarto.

—Eso suena ideal —dijo Pedro con sospechosa prontitud y Paula tuvo la certeza de que había sido intencional su pregunta, esperanzado en que Alicia les ofreciera hospedaje—. ¿Le importaría si veo ahora mismo los dormitorios?

—Por supuesto que puede verlos —contestó Alicia  apresurada—. Y también tengo unas galletas de melaza para Mateo.

—¿Quieres decir que pasaremos aquí todo el verano? —preguntó el niño entusiasmado.

—¿Te gustaría?

—¿Y vivir junto a Pau y a Roberto? —Pedro asintió con la cabeza—. ¡Por supuesto que me gustaría!

—Vayamos entonces adentro y veamos si podemos arreglarnos. Deseo que elijas el dormitorio que más te guste.

Los tres desaparecieron atrás de la puerta y Roberto se quedó mirando a su nieta.