Se arrodilló y cortó unas pocas. Absorta en su tarea, no oyó a Pedro que se aproximaba, aunque sintió que era observada. Miró a su alrededor y de inmediato le vió.
— Espero no haberte asustado. Te ví tan guapa cortando las flores, que no quise interrumpirte. Ella se puso en pie con rapidez, con el ramo de violetas en la mano.
— ¡Míralas, Pepe! ¡Qué bonitas son! —y como a menudo le había ocurrido en los últimos días, se sintió sobrecogida por el milagro de su visión recuperada—. Gracias a tí las puedo ver, nunca te lo podré agradecer lo suficiente.
— No quiero tu gratitud.
Ella sintió como si la hubiese abofeteado.
—Por supuesto que te estoy agradecida, ¿por qué no habría de estarlo?
— ¿Fue por eso por lo que me cuidaste cuando estuve enfermo, porque sentías gratitud? ¿Fue por eso por lo que te acostaste a mi lado? ¿Es por eso por lo que estás conmigo ahora?
— ¡No! —explotó ella—. He venido porque he querido. Pero si no lo he hecho por gratitud, ¿qué hay de malo en ello?
—Debes haber pasado mucho tiempo con Facundo desde que saliste del hospital, y no habrá sido también por gratitud.
—Habría sido difícil evitarlo, viviendo los dos en la misma casa, contestó Paula con frialdad.
— ¿Aún le quieres?
—Quizá. No es asunto tuyo lo que siento por Facundo.
— Sí, lo es. Sé que quiere reconquistarte.
— ¿Cómo puedes saber eso? No le has visto últimamente.
— Sé cómo funciona su mente.
— ¿Por qué se odian?
— Nunca dije que le odiara, Pau.
—Creo que le odias.
— Pues estás equivocada. Lo que él siente por mí es otra cuestión y no quiero especular sobre eso. Lo que sí quiero saber es lo que tú sientes hacia él.
— Pedro, hacía más de un año que no le había visto. Había aprendido a vivir sin él. Es demasiado pronto para saber qué siento.
—Quizá esto te ayude a decidirte. No te asustes, no te haré daño. Pero he estado deseando hacerlo desde que te ví esta mañana —ella se perdió en las profundidades de sus ojos y la boca de él encontró la suya, y cuando sus brazos se ciñeron sobre ella, se estremeció de placer, y su último pensamiento racional fue que también ella había estado deseándolo desde por la mañana. Pero no estaba preparada para lo que él dijo después.
— Quiero que hagas algo por mí. La próxima vez que Facundo te bese, deseo que recuerdes lo que acaba de suceder entre nosotros. Si te hace sentir lo mismo que yo, cásate con él. Pero si no lo hace, y estoy seguro de que no podrá, no sigas con él, Pau. Sería como suicidarte. No se entenderían, no podría haber comunicación entre ustedes. Acabarían divorciándoos. ¿Entiendes lo que te digo? Se necesita amor para crear lo que existe entre tú y yo.
— Entonces, de acuerdo con tu razonamiento, quizá tú deberías casarte conmigo.
—Tal vez. Pero no me gusta meter la naríz en propiedad ajena. Facundo te ha pedido que te cases con él, ¿Verdad? ¿Y cuál fue tu respuesta, pequeña Pau?
— Mi respuesta fue no.
— ¿Así de simple?
— Así de simple. Le dije que era demasiado pronto y que necesitaba más tiempo.
—Me alegra que hayas mostrado algo de sensatez.
— ¿Por qué no quieres que me case con Facu, Pepe?
— Porque vales diez veces más que él.
— ¿Es la única razón?
— Si hubiera más razones, no te las diría ahora. Tendrás que esperar para satisfacer tu curiosidad.
—¿Qué? —se burló ella—. ¿Pedro Alfonso tiene miedo de decir lo que siente?
—La discreción es la parte más importante del valor.
lunes, 25 de julio de 2016
domingo, 24 de julio de 2016
Una Luz En Mi Vida: Capítulo 39
-¿Por qué no lo llevaron al hospital?
-Está lleno. Y yo era capaz de hacer lo que fuera necesario.
—¿Cuándo se va?
— No lo sé, aún se está recuperando.
— Crees que exagero, ¿No es así, Pau? Pero si Pedro puede quitarme algo que es mío, lo hará. Y tú eres mía, Pau, no lo olvides.
— Facu, ya no estoy comprometida contigo...
Como si ella no hubiese hablado, él repitió:
— Eres mía.
— Estás sacando las cosas de quicio.
—No lo creo. No conoces a Pedro como yo. Voy a cortar, me esperan en el bar antes de cenar. No creo que vuelva a casa antes del fin de semana. Cuídate, cariño, y recuerda que te quiero.
— Adiós, Facu—colgó y durante unos minutos permaneció allí, sumida en sus pensamientos.
De acuerdo con Facundo, cualquier interés que Pedro pudiese demostrar sería motivado por el hecho de que ella le pertenecía. ¿Era eso cierto? ¿Por qué se había preocupado tanto por ella cuando estaba ciega, sacándola a pasear, hablando con ella acerca de su madre, insistiendo en llevarla al hospital, invitándola a Hardwoods? El resultado final había sido ponerla otra vez en el camino de Facundo, ¿y por qué quería él eso? Incapaz de responder a ninguna de sus propias preguntas, tomó un libro de la biblioteca, subió a su cuarto, y nuevamente fue un alivio cerrar la puerta y quedarse sola. Cuando bajó a desayunar a la mañana siguiente, la primera persona que vió al entrar al comedor fue a Pedro, sirviéndose una taza de café. Parecía más atractivo que de costumbre con pantalones grises y una camisa blanca, su rostro había recuperado el color y el sol orillaba sobre su espeso cabello rubio. Él recorrió con la mirada a la joven, que llevaba puesta una falda verde claro, combinada con una blusa fruncida, verde y blanca. Se había recogido el pelo en una coleta.
—Buenos días, Pau.
Ella sonrió con nerviosismo.
— Hola. ¿Te duele la pierna?
— Un poco —respondió él, con impaciencia.
— Y ¿qué tal estás?
— Como un animal enjaulado. Si no salgo hoy de esta casa, me volveré loco.
Con indiferencia premeditada, ella preguntó:
— Bueno, no hay razón para que no puedas salir.
— ¿Qué vas a hacer hoy?
Ella le dio la espalda y se sirvió un poco de tocino y huevos revueltos.
— No lo sé, es demasiado temprano todavía.
— ¿Por qué no nos llevamos la comida y vamos a pasar el día fuera, donde nos plazca?
—No creo que desees mi compañía.
— Estás muy equivocada. Pero merezco esa respuesta. Comencemos de nuevo. Pau, me gustaría que pasaras el día conmigo, ¿lo harás? Sólo había una posible respuesta.
—Me encantaría.
—Muy bien. Le diré a Rolando que nos prepare la comida. Te veré fuera dentro de media hora.
Ella asintió. Un día entero con Pedro era un regalo inesperado. Experimentó una enorme alegría. Sería un día perfecto, pensó esperanzada. Y así lo fue al principio. Pedro parecía muy tranquilo, y Paula no pudo evitar compararle con Facundo, que no sabía disfrutar de la paz y soledad de la vida al aire libre. Los paseos por el campo no le gustaban. Había estacionado el coche al borde del camino, llevando con ellos la cesta del picnic, mientras caminaban por el sendero que seguía la orilla de un río. Bajo los árboles, los helechos reposaban verdes y frescos, y también abundaban las fresas silvestres. Ella se detuvo para recoger algunas y sus labios y dedos quedaron de inmediato manchados de rojo. Juntando algunas en la palma de la mano, se dirigió hacia Pedro, que había tendido una manta en el suelo. Allí comieron lo que la cocinera les había preparado, y más tarde, él se tumbó en la hierba.
—¿No te importa si duermo un poco? —bostezó y cerró los ojos.
Sentada frente a él, con las piernas cruzadas, Paula le observó mientras dormía. Carácter fuerte y voluntad imperiosa fue lo que pudo notar en su rostro. Moviéndose con lentitud para no despertarle, cerró la tapa de la cesta y luego vagó entre los árboles hasta el arroyo, comenzando a seguir su curso montaña arriba. Sus orillas estaban cubiertas por violetas silvestres.
-Está lleno. Y yo era capaz de hacer lo que fuera necesario.
—¿Cuándo se va?
— No lo sé, aún se está recuperando.
— Crees que exagero, ¿No es así, Pau? Pero si Pedro puede quitarme algo que es mío, lo hará. Y tú eres mía, Pau, no lo olvides.
— Facu, ya no estoy comprometida contigo...
Como si ella no hubiese hablado, él repitió:
— Eres mía.
— Estás sacando las cosas de quicio.
—No lo creo. No conoces a Pedro como yo. Voy a cortar, me esperan en el bar antes de cenar. No creo que vuelva a casa antes del fin de semana. Cuídate, cariño, y recuerda que te quiero.
— Adiós, Facu—colgó y durante unos minutos permaneció allí, sumida en sus pensamientos.
De acuerdo con Facundo, cualquier interés que Pedro pudiese demostrar sería motivado por el hecho de que ella le pertenecía. ¿Era eso cierto? ¿Por qué se había preocupado tanto por ella cuando estaba ciega, sacándola a pasear, hablando con ella acerca de su madre, insistiendo en llevarla al hospital, invitándola a Hardwoods? El resultado final había sido ponerla otra vez en el camino de Facundo, ¿y por qué quería él eso? Incapaz de responder a ninguna de sus propias preguntas, tomó un libro de la biblioteca, subió a su cuarto, y nuevamente fue un alivio cerrar la puerta y quedarse sola. Cuando bajó a desayunar a la mañana siguiente, la primera persona que vió al entrar al comedor fue a Pedro, sirviéndose una taza de café. Parecía más atractivo que de costumbre con pantalones grises y una camisa blanca, su rostro había recuperado el color y el sol orillaba sobre su espeso cabello rubio. Él recorrió con la mirada a la joven, que llevaba puesta una falda verde claro, combinada con una blusa fruncida, verde y blanca. Se había recogido el pelo en una coleta.
—Buenos días, Pau.
Ella sonrió con nerviosismo.
— Hola. ¿Te duele la pierna?
— Un poco —respondió él, con impaciencia.
— Y ¿qué tal estás?
— Como un animal enjaulado. Si no salgo hoy de esta casa, me volveré loco.
Con indiferencia premeditada, ella preguntó:
— Bueno, no hay razón para que no puedas salir.
— ¿Qué vas a hacer hoy?
Ella le dio la espalda y se sirvió un poco de tocino y huevos revueltos.
— No lo sé, es demasiado temprano todavía.
— ¿Por qué no nos llevamos la comida y vamos a pasar el día fuera, donde nos plazca?
—No creo que desees mi compañía.
— Estás muy equivocada. Pero merezco esa respuesta. Comencemos de nuevo. Pau, me gustaría que pasaras el día conmigo, ¿lo harás? Sólo había una posible respuesta.
—Me encantaría.
—Muy bien. Le diré a Rolando que nos prepare la comida. Te veré fuera dentro de media hora.
Ella asintió. Un día entero con Pedro era un regalo inesperado. Experimentó una enorme alegría. Sería un día perfecto, pensó esperanzada. Y así lo fue al principio. Pedro parecía muy tranquilo, y Paula no pudo evitar compararle con Facundo, que no sabía disfrutar de la paz y soledad de la vida al aire libre. Los paseos por el campo no le gustaban. Había estacionado el coche al borde del camino, llevando con ellos la cesta del picnic, mientras caminaban por el sendero que seguía la orilla de un río. Bajo los árboles, los helechos reposaban verdes y frescos, y también abundaban las fresas silvestres. Ella se detuvo para recoger algunas y sus labios y dedos quedaron de inmediato manchados de rojo. Juntando algunas en la palma de la mano, se dirigió hacia Pedro, que había tendido una manta en el suelo. Allí comieron lo que la cocinera les había preparado, y más tarde, él se tumbó en la hierba.
—¿No te importa si duermo un poco? —bostezó y cerró los ojos.
Sentada frente a él, con las piernas cruzadas, Paula le observó mientras dormía. Carácter fuerte y voluntad imperiosa fue lo que pudo notar en su rostro. Moviéndose con lentitud para no despertarle, cerró la tapa de la cesta y luego vagó entre los árboles hasta el arroyo, comenzando a seguir su curso montaña arriba. Sus orillas estaban cubiertas por violetas silvestres.
Una Luz En Mi Vida: Capítulo 38
— Me pregunto qué excusa habrás utilizado para meterte en la cama de Facundo.
— Nunca lo hice —contestó la chica con furia—. ¡Ya te lo dije! Te mintió al decirte que había hecho el amor conmigo.
— ¿Por qué habría de molestarse en decir una mentira semejante?
—Porque sabía que irías a verme, y quería que pensaras que tenía algún derecho sobre mí.
— ¿Y lo tiene?
— No, por supuesto que no.
— No pareces muy segura.
— ¿Por qué estás tan enfadado?
Con sorprendente rapidez, la inmovilizó y la besó en la boca. No había ternura en ese beso; con terror, ella trató de liberarse.
— Sal de mi cama, Pau, a menos que desees que Rolando o alguna de las criadas te encuentre aquí.
Avergonzada y herida, ella exclamó con amargura:
—Tus tácticas de cavernícola no me impresionan. Quizá fuera mejor que Facundo te diera una o dos lecciones en cuanto a técnica.
— Sal de mi dormitorio, bruja.
Paula saltó de la cama y la grisácea luz de la mañana hizo brillar los pliegues de su camisón de nylon. Se colocó la bata sobre los hombros, y huyó de la habitación. Su dormitorio le ofreció una especie de refugio. Pedro era como una tormenta, pensó. ¿Cómo abrigar la esperanza de comprenderle? Había sido tierno y apasionado con ella, pero también cruel y violento. Pareció estar celoso de Facundo, aunque eso significara que la quería para sí. Quizá era una explicación demasiado simple el atribuir su proceder a los celos.
— Señorita Chaves, ¿puedo entrar, por favor?
Paula abrió la puerta y se encontró con una de las criadas, que le llevaba el té.
—Oh, gracias —murmuró. — ¿Cree que debería llevarle algo al señor Alfonso?
—No, debe estar dormido.
Poco después de haber bajado Paula, llegó el doctor Saunders, tal como le había prometido. Después dé ver a Pedro, se reunió en el comedor con ella.
—Está mejorando —dijo—. Es un hombre muy fuerte, pero deberá cuidarse durante un día o dos. Encárgate de eso, Paula.
—No me imagino a nadie impidiendo que Pedro Alfonso haga lo que tiene ganas de hacer.
El médico soltó una carcajada.
—¡Tienes toda la razón, por supuesto! Bueno, ahora está durmiendo, y esperemos que tenga el buen sentido de permanecer en Cama hoy. Creo que no tendré necesidad de volver por aquí.
Después de comer, Paula dormitaba en un sillón de la biblioteca cuando entró Rolando.
—¿Señorita? Teléfono para usted, la telefonista dijo que era una conferencia.
Al levantar el auricular, oyó la voz de Facundo:
—¿Cómo está mi chica favorita? Se sintió muy contenta al oír su voz.
—Hola Facu, qué agradable sorpresa.
—He salido pronto de la reunión y he llamado para saber qué tal estabas.
-Bien. ¿Cómo van los negocios?
Él describió las maniobras y complicaciones de su último contrato. «Ése era su mundo, el de las finanzas y negocios», pensó Paula.
—Lo siento, debo estar aburriéndote —observó él.
—Me temo que esta llamada te costará mucho.
—¿Y eso qué importancia tiene? Es maravilloso oír tu voz. ¿Ya han vuelto mis padres?
—No. Volverán dentro de un par de días.
—¿Qué has hecho desde que me fui?
—Bueno, muchas cosas. Pedro volvió ayer.
— Ya veo —dijo Facundo con frialdad.
—Estuvo enfermo. Tuvo un accidente y se lastimó una pierna. Además, contrajo la malaria. Tuvimos que llamar al doctor Saunders.
-¿Quién le cuida?
-Samuel y Rolando—replicó ella, evasiva—. He ayudado, por supuesto.
— Nunca lo hice —contestó la chica con furia—. ¡Ya te lo dije! Te mintió al decirte que había hecho el amor conmigo.
— ¿Por qué habría de molestarse en decir una mentira semejante?
—Porque sabía que irías a verme, y quería que pensaras que tenía algún derecho sobre mí.
— ¿Y lo tiene?
— No, por supuesto que no.
— No pareces muy segura.
— ¿Por qué estás tan enfadado?
Con sorprendente rapidez, la inmovilizó y la besó en la boca. No había ternura en ese beso; con terror, ella trató de liberarse.
— Sal de mi cama, Pau, a menos que desees que Rolando o alguna de las criadas te encuentre aquí.
Avergonzada y herida, ella exclamó con amargura:
—Tus tácticas de cavernícola no me impresionan. Quizá fuera mejor que Facundo te diera una o dos lecciones en cuanto a técnica.
— Sal de mi dormitorio, bruja.
Paula saltó de la cama y la grisácea luz de la mañana hizo brillar los pliegues de su camisón de nylon. Se colocó la bata sobre los hombros, y huyó de la habitación. Su dormitorio le ofreció una especie de refugio. Pedro era como una tormenta, pensó. ¿Cómo abrigar la esperanza de comprenderle? Había sido tierno y apasionado con ella, pero también cruel y violento. Pareció estar celoso de Facundo, aunque eso significara que la quería para sí. Quizá era una explicación demasiado simple el atribuir su proceder a los celos.
— Señorita Chaves, ¿puedo entrar, por favor?
Paula abrió la puerta y se encontró con una de las criadas, que le llevaba el té.
—Oh, gracias —murmuró. — ¿Cree que debería llevarle algo al señor Alfonso?
—No, debe estar dormido.
Poco después de haber bajado Paula, llegó el doctor Saunders, tal como le había prometido. Después dé ver a Pedro, se reunió en el comedor con ella.
—Está mejorando —dijo—. Es un hombre muy fuerte, pero deberá cuidarse durante un día o dos. Encárgate de eso, Paula.
—No me imagino a nadie impidiendo que Pedro Alfonso haga lo que tiene ganas de hacer.
El médico soltó una carcajada.
—¡Tienes toda la razón, por supuesto! Bueno, ahora está durmiendo, y esperemos que tenga el buen sentido de permanecer en Cama hoy. Creo que no tendré necesidad de volver por aquí.
Después de comer, Paula dormitaba en un sillón de la biblioteca cuando entró Rolando.
—¿Señorita? Teléfono para usted, la telefonista dijo que era una conferencia.
Al levantar el auricular, oyó la voz de Facundo:
—¿Cómo está mi chica favorita? Se sintió muy contenta al oír su voz.
—Hola Facu, qué agradable sorpresa.
—He salido pronto de la reunión y he llamado para saber qué tal estabas.
-Bien. ¿Cómo van los negocios?
Él describió las maniobras y complicaciones de su último contrato. «Ése era su mundo, el de las finanzas y negocios», pensó Paula.
—Lo siento, debo estar aburriéndote —observó él.
—Me temo que esta llamada te costará mucho.
—¿Y eso qué importancia tiene? Es maravilloso oír tu voz. ¿Ya han vuelto mis padres?
—No. Volverán dentro de un par de días.
—¿Qué has hecho desde que me fui?
—Bueno, muchas cosas. Pedro volvió ayer.
— Ya veo —dijo Facundo con frialdad.
—Estuvo enfermo. Tuvo un accidente y se lastimó una pierna. Además, contrajo la malaria. Tuvimos que llamar al doctor Saunders.
-¿Quién le cuida?
-Samuel y Rolando—replicó ella, evasiva—. He ayudado, por supuesto.
Una Luz En Mi Vida: Capítulo 37
Samuel se había convertido en un buen amigo. Recordó el modo en que Facundo se había negado a tener su amistad. Fue a su dormitorio, donde se cambió de ropa y se puso un camisón y una bata de terciopelo verde. Al volver a la habitación de Pedro, vió que aún dormía. Poder verle le parecía un milagro, y durante un largo rato, permaneció quieta al lado de su cama, sin dejar de observarle; era como si tratara de llegar más allá de la superficie, hacia el interior de ese hombre que aún era un enigma para ella. Odiado por Facundo, ignorado por sus padres, dominante y exigente... y, sin embargo, vulnerable y desamparado en ese momento. A las once, apagó la luz y se acomodó en el catre, segura de oírle si la llamaba. La habitación en penumbras era tan acogedora como le había parecido la primera vez que la vió, y experimentó una profunda alegría por estar donde estaba. Ése era su lugar, pensó, al tiempo que el sueño la vencía.
Alguien gemía. Preguntándose si soñaba, confundida por encontrarse en una cama que no le era familiar, Paula miró su reloj. Eran las tres y media de la madrugada. Se frotó los ojos y de pronto despertó por completo al recordar dónde y con quién estaba. Se levantó con rapidez y fue hasta la cama de Pedro. Él tenía los ojos cerrados, pero continuaba quejándose. Al ponerle una mano en el hombro, sintió que todo su cuerpo se estremecía. El debió sentir la presencia de la chica porque parpadeó, y sus asombrados ojos azules la miraron.
—¿Pau? —ella apretó su hombro ligeramente.
— Sí, estoy aquí.
—Pensé que te habías marchado —musitó, cogiendo su mano. Sus manos estaban heladas.
Paula trató de taparle con el edredón, pero seguía tiritando ,y en un gesto que le llegó al corazón, él colocó su mejilla contra la palma de su mano, anhelando su calor. Ella dudó sólo un instante. Se quitó la bata, apagó la luz, levantó las sábanas y se acostó a su lado. Sin pensarlo, pegó su cuerpo al de él, acercándolo aún más con su brazo; estaba tan frío que pareció quitarle a ella todo su calor.
—Pau, no deberías...
—Cállate. Es la única manera de darte calor, Pepe. Quédate quieto —con lentitud, el calor del cuerpo de ella comenzó a transmitirse a su pecho y piernas, y el temblor de él disminuyó. Al acostumbrarse sus ojos a la oscuridad, Paula pudo distinguir los Muebles de la habitación. A su lado, vio el cabello rubio y el fuerte pecho varonil. Nunca había tenido tanta intimidad con un hombre, de manera que un nuevo calor recorría sus venas. Como si hubiese leído sus pensamientos, la mano de él se deslizó hasta su cintura, atrayéndola, al tiempo que hundía su rostro en el cuello femenino donde la piel era suave y perfumada. Finalmente sus labios se encontraron. Ella debió sentir temor o por lo menos timidez, pero nada de eso le ocurrió, sino todo lo contrario, su corazón cantaba dentro de su pecho. Confiada, correspondió a sus besos y con la misma confianza, se acercó más hacia él. El tiempo dejó de existir mientras permanecían tan juntos.
—Eres muy hermosa, Pau.
Sin motivo se apartaron el uno del otro. Pedro apoyó la cabeza en el hombro de ella y, al acariciarle, Paula expresó teda la ternura que sentía hacia él. Los ojos de él se cerraron, su respiración se hizo más profunda y regular al tiempo que se quedaba dormido en sus brazos. Tuvo miedo de despertarle si volvía a su cama, por lo tanto, permaneció quieta a su lado, disfrutando de esa cercanía física que nunca había experimentado y, emitiendo un suspiro de felicidad, también se quedó dormida. Alguien la sacudía con tanta fuerza que se despertó sobresaltada. La luz del amanecer se había filtrado en la habitación mientras dormía. Vio unos ojos azules que la miraban con furia. Angustiada preguntó:
— ¿Qué ocurre, Pepe?
— ¿Qué diablos haces en mi cama?
—Tenías tanto frío, que me acosté a tu lado para calentarte.
— ¡Dios mío, Pau!
— Me despertaste durante la noche. Me asusté porque estabas muy frío. Eso es todo, no ha pasado nada.
Alguien gemía. Preguntándose si soñaba, confundida por encontrarse en una cama que no le era familiar, Paula miró su reloj. Eran las tres y media de la madrugada. Se frotó los ojos y de pronto despertó por completo al recordar dónde y con quién estaba. Se levantó con rapidez y fue hasta la cama de Pedro. Él tenía los ojos cerrados, pero continuaba quejándose. Al ponerle una mano en el hombro, sintió que todo su cuerpo se estremecía. El debió sentir la presencia de la chica porque parpadeó, y sus asombrados ojos azules la miraron.
—¿Pau? —ella apretó su hombro ligeramente.
— Sí, estoy aquí.
—Pensé que te habías marchado —musitó, cogiendo su mano. Sus manos estaban heladas.
Paula trató de taparle con el edredón, pero seguía tiritando ,y en un gesto que le llegó al corazón, él colocó su mejilla contra la palma de su mano, anhelando su calor. Ella dudó sólo un instante. Se quitó la bata, apagó la luz, levantó las sábanas y se acostó a su lado. Sin pensarlo, pegó su cuerpo al de él, acercándolo aún más con su brazo; estaba tan frío que pareció quitarle a ella todo su calor.
—Pau, no deberías...
—Cállate. Es la única manera de darte calor, Pepe. Quédate quieto —con lentitud, el calor del cuerpo de ella comenzó a transmitirse a su pecho y piernas, y el temblor de él disminuyó. Al acostumbrarse sus ojos a la oscuridad, Paula pudo distinguir los Muebles de la habitación. A su lado, vio el cabello rubio y el fuerte pecho varonil. Nunca había tenido tanta intimidad con un hombre, de manera que un nuevo calor recorría sus venas. Como si hubiese leído sus pensamientos, la mano de él se deslizó hasta su cintura, atrayéndola, al tiempo que hundía su rostro en el cuello femenino donde la piel era suave y perfumada. Finalmente sus labios se encontraron. Ella debió sentir temor o por lo menos timidez, pero nada de eso le ocurrió, sino todo lo contrario, su corazón cantaba dentro de su pecho. Confiada, correspondió a sus besos y con la misma confianza, se acercó más hacia él. El tiempo dejó de existir mientras permanecían tan juntos.
—Eres muy hermosa, Pau.
Sin motivo se apartaron el uno del otro. Pedro apoyó la cabeza en el hombro de ella y, al acariciarle, Paula expresó teda la ternura que sentía hacia él. Los ojos de él se cerraron, su respiración se hizo más profunda y regular al tiempo que se quedaba dormido en sus brazos. Tuvo miedo de despertarle si volvía a su cama, por lo tanto, permaneció quieta a su lado, disfrutando de esa cercanía física que nunca había experimentado y, emitiendo un suspiro de felicidad, también se quedó dormida. Alguien la sacudía con tanta fuerza que se despertó sobresaltada. La luz del amanecer se había filtrado en la habitación mientras dormía. Vio unos ojos azules que la miraban con furia. Angustiada preguntó:
— ¿Qué ocurre, Pepe?
— ¿Qué diablos haces en mi cama?
—Tenías tanto frío, que me acosté a tu lado para calentarte.
— ¡Dios mío, Pau!
— Me despertaste durante la noche. Me asusté porque estabas muy frío. Eso es todo, no ha pasado nada.
Una Luz En Mi Vida: Capítulo 36
— No te preocupes, ya me ha sucedido otras veces. Aunque no me sentí tan mal como ahora.
—El doctor Saunders llegará pronto. Supone que has contraído la malaria.
— Así es... estuve un par de años en África.
— Hay mucho que desconozco de tí —observó ella. Él trababa de controlar el temblor que sacudía su cuerpo. Sin pensarlo, Paula le agarró una mano, tratando de transmitirle calor.
—No te vayas, por favor — suplicó él.
— Me quedaré tanto tiempo como me necesites —prometió la chica, mientras las lágrimas asomaban a sus ojos. Le pareció deprimente ver a un hombre tan vigoroso asirse a su mano como un niño. El doctor Saunders era un hombre vivaz, con escaso cabello cuidadosamente peinado. Sus movimientos eran rápidos y precisos, y su mirada astuta y amable a la vez.
— Suéltale la mano, Pedro. Ella volverá cuando yo te haya examinado.
Paula abandonó la habitación. Intuía que el doctor Saunders, al igual que Rolando, se alegraba de ver nuevamente a Pedro en Hardwood. Cuando más tarde salió el médico de la habitación, preguntó:
—¿Están Horacio y Lucrecia en casa?
— No, estarán fuera durante una semana.
—Ya veo. ¿Sabes algo de enfermería? —la chica movió la cabeza negando—. Está peor de lo que suponía y me pregunto si no sería mejor internarle en el hospital. Aunque sería más agradable para él permanecer en casa. Le explicó lo que ella debería hacer en caso de quedarse Pedro allí. Paula afirmó:
—Estoy segura de que podría arreglármelas —dudó un instante—. ¿Es un ataque más fuerte de lo habitual?
— Creo que el accidente ha debilitado sus defensas.
— ¿El accidente? —repitió ella, perpleja.
—De modo que no te lo dijo. Típico de Pedro, siempre oculta sus problemas.
—¿Qué accidente? —volvió a preguntar Paula.
— Al parecer, una semana después de llegar allí, un miembro de la tripulación quiso fotografiar el mar, desde las rocas, durante una tormenta. Fue arrastrado por el agua, y se habría ahogado de no ser por Pedro. Desgraciadamente, el mar lo golpeó contra las rocas y se rompió algunas costillas y se hizo una herida en la pierna que le impidió moverse. Además, perdió mucha sangre.
— Eso explica el porqué no vino a verme. Pero, ¿por qué no me lo hizo saber? —susurró ella.
— Por dos razones, según creo. La primera es que estaban aislados, a muchos kilómetros de toda región habitada. Allí no hay caminos, ni oficinas de correos, y tampoco teléfonos. En segundo lugar, Pedro se acostumbró a la falta de interés de sus padres en lo referente a sus problemas; nunca se le habría ocurrido avisarles.
A pesar de su preocupación, Paula suspiró con alivio: el silencio de Pedro tenía una explicación, además él estaba en casa... El médico miró su reloj de pulsera.
—Me retiro. Llámame esta noche a casa si empeora. De lo contrario, pasaré mañana a primera hora camino del hospital. Ella le sonrió, agradecida.
—Gracias. Adiós, doctor Saunders.
Durante las horas siguientes, Pedro se sumió en un sueño intranquilo. Rolando llevó un catre de una de las habitaciones vecinas, y lo armó para que ella pudiera descansar en la habitación ; Samuel la sustituyó un rato para que cenara.
—Llámame si me necesitas. ¿Estás segura de que puedes encargarte de todo tú sola? —le preguntó Samuel.
— Es lo menos que puedo hacer. Si no fuese por él, aún estaría ciega.
— ¿De modo que lo que sientes por él es gratitud?
— Por supuesto.
— No te canses demasiado. Buenas noches, Paula.
—El doctor Saunders llegará pronto. Supone que has contraído la malaria.
— Así es... estuve un par de años en África.
— Hay mucho que desconozco de tí —observó ella. Él trababa de controlar el temblor que sacudía su cuerpo. Sin pensarlo, Paula le agarró una mano, tratando de transmitirle calor.
—No te vayas, por favor — suplicó él.
— Me quedaré tanto tiempo como me necesites —prometió la chica, mientras las lágrimas asomaban a sus ojos. Le pareció deprimente ver a un hombre tan vigoroso asirse a su mano como un niño. El doctor Saunders era un hombre vivaz, con escaso cabello cuidadosamente peinado. Sus movimientos eran rápidos y precisos, y su mirada astuta y amable a la vez.
— Suéltale la mano, Pedro. Ella volverá cuando yo te haya examinado.
Paula abandonó la habitación. Intuía que el doctor Saunders, al igual que Rolando, se alegraba de ver nuevamente a Pedro en Hardwood. Cuando más tarde salió el médico de la habitación, preguntó:
—¿Están Horacio y Lucrecia en casa?
— No, estarán fuera durante una semana.
—Ya veo. ¿Sabes algo de enfermería? —la chica movió la cabeza negando—. Está peor de lo que suponía y me pregunto si no sería mejor internarle en el hospital. Aunque sería más agradable para él permanecer en casa. Le explicó lo que ella debería hacer en caso de quedarse Pedro allí. Paula afirmó:
—Estoy segura de que podría arreglármelas —dudó un instante—. ¿Es un ataque más fuerte de lo habitual?
— Creo que el accidente ha debilitado sus defensas.
— ¿El accidente? —repitió ella, perpleja.
—De modo que no te lo dijo. Típico de Pedro, siempre oculta sus problemas.
—¿Qué accidente? —volvió a preguntar Paula.
— Al parecer, una semana después de llegar allí, un miembro de la tripulación quiso fotografiar el mar, desde las rocas, durante una tormenta. Fue arrastrado por el agua, y se habría ahogado de no ser por Pedro. Desgraciadamente, el mar lo golpeó contra las rocas y se rompió algunas costillas y se hizo una herida en la pierna que le impidió moverse. Además, perdió mucha sangre.
— Eso explica el porqué no vino a verme. Pero, ¿por qué no me lo hizo saber? —susurró ella.
— Por dos razones, según creo. La primera es que estaban aislados, a muchos kilómetros de toda región habitada. Allí no hay caminos, ni oficinas de correos, y tampoco teléfonos. En segundo lugar, Pedro se acostumbró a la falta de interés de sus padres en lo referente a sus problemas; nunca se le habría ocurrido avisarles.
A pesar de su preocupación, Paula suspiró con alivio: el silencio de Pedro tenía una explicación, además él estaba en casa... El médico miró su reloj de pulsera.
—Me retiro. Llámame esta noche a casa si empeora. De lo contrario, pasaré mañana a primera hora camino del hospital. Ella le sonrió, agradecida.
—Gracias. Adiós, doctor Saunders.
Durante las horas siguientes, Pedro se sumió en un sueño intranquilo. Rolando llevó un catre de una de las habitaciones vecinas, y lo armó para que ella pudiera descansar en la habitación ; Samuel la sustituyó un rato para que cenara.
—Llámame si me necesitas. ¿Estás segura de que puedes encargarte de todo tú sola? —le preguntó Samuel.
— Es lo menos que puedo hacer. Si no fuese por él, aún estaría ciega.
— ¿De modo que lo que sientes por él es gratitud?
— Por supuesto.
— No te canses demasiado. Buenas noches, Paula.
Una Luz En Mi Vida: Capítulo 35
— Cerca de quince kilómetros. ¿Por qué piensa Rolando que le ha ocurrido algo malo?
— Dijo que Pedro estaba ebrio o enfermo.
— Bueno, pronto lo sabremos. Tranquilízate.
— Es más fácil decirlo que hacerlo. La estación era pequeña, con un edificio pintado en un color anaranjado. No había señales de vida. El corazón de Paula latía muy deprisa. De pronto la joven experimentó un miedo terrible y se agarró del brazo de Samuel.
— ¿En dónde podrá estar? — Hay una sala de espera ahí enfrente. Vamos a ver. Todavía del brazo de Samuel, recorrieron el edificio. Un hombre estaba apoyado en una pared; debió haber oído sus pasos, porque se volvió para mirar, y con evidente esfuerzo se enderezó, tratando de mantenerse en pie sin ayuda de la pared.
— Paula. Oh, Dios, Pau, la operación no tuvo éxito —dijo al ver a la joven con gafas oscuras.
Paula se detuvo. Era la voz que la había perseguido durante el último mes y medio: Pedro había regresado. Se soltó del brazo de Samuel y se quitó las gafas para dejar al descubierto sus ojos. Comenzó a caminar hacia él.
—Betty tenía razón —dijo con calma—. Tus ojos son del color del cielo en verano. Por un momento creyó que él se caería, y lo agarró de los brazos.
—Gracias a Dios —musitó Pedro—. Pensé que la operación no había tenido éxito, y que te había hecho pasar por todo eso para nada. Cerrando los ojos, comenzó a desplomarse, y Paula gritó:
— ¡Samuel! ¡Ven a ayudarme!
— No está borracho, sino enfermo. Lo mejor que podemos hacer es llevarle a casa lo antes posible. Espera aquí con él, Paula. Iré por el coche.
Por un momento Pedro y ella se quedaron solos. La chica recorría con la mirada aquel rostro de barbilla firme y amplia frente, ahora bañada de sudor, bajo unmechón de cabello rubio. Sus ojos estaban hundidos y el calor de la fiebre le teñía las mejillas. En un momento Samuel estuvo a su lado, y entre los dos lo introdujeron en el coche. La cabeza de Pedro colgaba a un lado, y Paula se dió cuenta de que él no tenía idea del lugar donde se encontraba o hacia dónde le llevaban.
— Date prisa, Samuel —pidió ella, con voz quebrada. A toda velocidad recorrieron el camino de vuelta. Samuel se detuvo lo más cerca posible de la puerta.
— Voy a buscar a Rolando, quédate aquí con él.
Pedro estaba inconsciente, y su respiración era rápida. Los dos hombres lo trasladaron al interior de la casa.
— Deberíamos llevarlo directamente a su habitación —dijo Samuel en tono autoritario—. Paula, el nombre del médico de la familia se encuentra en la libreta que está al lado del teléfono, trata de comunicarte con él. Corrió a hacer lo que le pedían, aunque las manos le temblaban. Al saber el médico las condiciones en que se hallaba Pedro, comentó con calma:
—Probablemente sea una recaída de malaria, ya le ha sucedido otras veces. Estaré allí dentro de un cuarto de hora. Volvió a subir, cruzándose con Rolando en el camino.
— ¿Cómo está? —preguntó, ansiosa.
— Consciente otra vez, señorita, pero muy inquieto.
Subió corriendo el resto de la escalera, y atravesó el pasillo hasta llegar a la habitación de Pedro.
— Pau —murmuró con voz débil pero completamente lúcido—, ¿No estaba soñando que podías ver de nuevo?
Ella le sonrió y se sentó en el borde de la cama, sin notar la presencia de Samuel.
— Llámame si necesitas algo —sugirió el muchacho antes de abandonar la habitación. — No, no estabas soñando, Pepe. El doctor MacAuley dice que quizá necesite gafas para leer, pero excepto eso, todo está bien —un escalofrío recorrió el cuerpo de él
—. ¡Tienes frío! —exclamó Paula.
— Dijo que Pedro estaba ebrio o enfermo.
— Bueno, pronto lo sabremos. Tranquilízate.
— Es más fácil decirlo que hacerlo. La estación era pequeña, con un edificio pintado en un color anaranjado. No había señales de vida. El corazón de Paula latía muy deprisa. De pronto la joven experimentó un miedo terrible y se agarró del brazo de Samuel.
— ¿En dónde podrá estar? — Hay una sala de espera ahí enfrente. Vamos a ver. Todavía del brazo de Samuel, recorrieron el edificio. Un hombre estaba apoyado en una pared; debió haber oído sus pasos, porque se volvió para mirar, y con evidente esfuerzo se enderezó, tratando de mantenerse en pie sin ayuda de la pared.
— Paula. Oh, Dios, Pau, la operación no tuvo éxito —dijo al ver a la joven con gafas oscuras.
Paula se detuvo. Era la voz que la había perseguido durante el último mes y medio: Pedro había regresado. Se soltó del brazo de Samuel y se quitó las gafas para dejar al descubierto sus ojos. Comenzó a caminar hacia él.
—Betty tenía razón —dijo con calma—. Tus ojos son del color del cielo en verano. Por un momento creyó que él se caería, y lo agarró de los brazos.
—Gracias a Dios —musitó Pedro—. Pensé que la operación no había tenido éxito, y que te había hecho pasar por todo eso para nada. Cerrando los ojos, comenzó a desplomarse, y Paula gritó:
— ¡Samuel! ¡Ven a ayudarme!
— No está borracho, sino enfermo. Lo mejor que podemos hacer es llevarle a casa lo antes posible. Espera aquí con él, Paula. Iré por el coche.
Por un momento Pedro y ella se quedaron solos. La chica recorría con la mirada aquel rostro de barbilla firme y amplia frente, ahora bañada de sudor, bajo unmechón de cabello rubio. Sus ojos estaban hundidos y el calor de la fiebre le teñía las mejillas. En un momento Samuel estuvo a su lado, y entre los dos lo introdujeron en el coche. La cabeza de Pedro colgaba a un lado, y Paula se dió cuenta de que él no tenía idea del lugar donde se encontraba o hacia dónde le llevaban.
— Date prisa, Samuel —pidió ella, con voz quebrada. A toda velocidad recorrieron el camino de vuelta. Samuel se detuvo lo más cerca posible de la puerta.
— Voy a buscar a Rolando, quédate aquí con él.
Pedro estaba inconsciente, y su respiración era rápida. Los dos hombres lo trasladaron al interior de la casa.
— Deberíamos llevarlo directamente a su habitación —dijo Samuel en tono autoritario—. Paula, el nombre del médico de la familia se encuentra en la libreta que está al lado del teléfono, trata de comunicarte con él. Corrió a hacer lo que le pedían, aunque las manos le temblaban. Al saber el médico las condiciones en que se hallaba Pedro, comentó con calma:
—Probablemente sea una recaída de malaria, ya le ha sucedido otras veces. Estaré allí dentro de un cuarto de hora. Volvió a subir, cruzándose con Rolando en el camino.
— ¿Cómo está? —preguntó, ansiosa.
— Consciente otra vez, señorita, pero muy inquieto.
Subió corriendo el resto de la escalera, y atravesó el pasillo hasta llegar a la habitación de Pedro.
— Pau —murmuró con voz débil pero completamente lúcido—, ¿No estaba soñando que podías ver de nuevo?
Ella le sonrió y se sentó en el borde de la cama, sin notar la presencia de Samuel.
— Llámame si necesitas algo —sugirió el muchacho antes de abandonar la habitación. — No, no estabas soñando, Pepe. El doctor MacAuley dice que quizá necesite gafas para leer, pero excepto eso, todo está bien —un escalofrío recorrió el cuerpo de él
—. ¡Tienes frío! —exclamó Paula.
Una Luz En Mi Vida: Capítulo 34
— Yo soy el que te hará el amor, Pau, no Pedro. ¿Está claro?
Ella temblaba. La pregunta de él no tenía respuesta, de modo que ella hizo una a su vez.
— ¿Y la fotografía?
— Romper nuestro compromiso fue la cosa más difícil que he hecho en mi vida. Después de eso no podía soportar mirarla porque sólo me recordaba lo mucho que había perdido. Odio decirte esto, porque suena muy teatral, pero la tiré al río. Nunca se lo dije a Pedro, porque se lo habría tomado a risa.
— Facu, no quiero que pienses que estoy enamorada de Pedro.
— Si tú lo dices...
— Pero en cuanto a tí y a mí, necesito tiempo.
Debido a que la cara de él estaba en la sombra, no pudo percibir la expresión calculadora de sus ojos en ese momento. Vió en cambio, su encantadora e infantil sonrisa.
— Por supuesto, cariño. Vale la pena esperar por tí, ¿no lo sabías?
Con súbita gratitud, ella descansó su frente en el pecho de él.
— Es mejor que te vayas a la cama, debes estar exhausta — sugirió. Conmovida por su preocupación, le besó rápidamente en los labios.
—Gracias por comprenderme. Buenas noches, te veré mañana.
Los siguientes días, parecía como si Facundo hubiese aceptado la necesidad de Paula de esperar. Fue otra vez el compañero agradable de las primeras épocas, cuando acababan de conocerse, haciéndola reír, y obsequiándole con extravagantes regalos. Cuando tuvo que hacer un viaje de una semana de duración a Vancouver, notó que le echaba de menos, ya que Horacio y Lucrecia estaban pasando unos días en un balneario en Thousand Islands. Se sentía mucho mejor, y todos los días daba largos paseos por los bosques y campos que rodeaban la casa; su piel se había bronceado y había recuperado el peso que había perdido en el hospital. Y siempre el milagro increíble de poder ver... si no hubiese sido por su preocupación constante por Pedro, se habría sentido completamente feliz. Subía corriendo la escalera, dos días después de la partida de Facundo, cuando sonó el teléfono. Rolando, el mayordomo, respondió:
— Hardwood. Habla Rolando... ¿Quién es...? —hubo un largo silencio e inconscientemente, Paula se encontró esperando la próxima contestación —. ¿En dónde se encuentra, señor? ¿En dónde... ? Quédese allí, señor. Mandaré a Samuel por usted... ¿Me ha oído, señor? ¿Señor Alfonso...? —con lentitud, Rolando colgó.
— ¿Pasa algo malo? —inquirió Paula, incapaz de ocultar su preocupación. Rolando pareció no encontrar las palabras adecuadas para responder.
— No... no lo sé. Era el señor Alfonso...
—¿Facundo?
— No, no... El señor Pedro.
La joven sintió que el corazón le daba un vuelco.
— ¿En dónde está? ¿Se encuentra bien?
— Está en la estación de ferrocarril. Rolando parecía estar bastante preocupado; era la primera vez, desde que Paula había llegado a Hardwood, que veía que alguien se preocupaba por Pedro. Poniendo su mano sobre el brazo del hombre, preguntó:
— ¿Qué está haciendo allí?
— O está ebrio o se siente enfermo. Apenas pude comprender lo que me decía. Le dije que enviaría a Samuel a buscarlo.
— Iré con él.
— Oh, no, señorita, eso no estaría bien.
Paula no hizo caso de sus protestas.
— ¿En dónde está la estación?
— Samuel lo sabe. Pero, señorita...
Paula ya había salido, y corría hacia el garaje, sobre el cual Samuel tenía un pequeño departamento.
— No corras así, hace demasiado calor —dijo de buen humor.
— Samuel, Pedro acaba de llamar por teléfono, está en la estación. Rolando piensa que le ha pasado algo malo. ¿Podemos ir de inmediato?
— Seguro, pero, ¿Qué diablos hace en la estación?
— No lo sé... ¡Date prisa, Samuel!
— Está bien, está bien. Iremos en el Chevrolet.
—¿Qué distancia tenemos que recorrer?
Ella temblaba. La pregunta de él no tenía respuesta, de modo que ella hizo una a su vez.
— ¿Y la fotografía?
— Romper nuestro compromiso fue la cosa más difícil que he hecho en mi vida. Después de eso no podía soportar mirarla porque sólo me recordaba lo mucho que había perdido. Odio decirte esto, porque suena muy teatral, pero la tiré al río. Nunca se lo dije a Pedro, porque se lo habría tomado a risa.
— Facu, no quiero que pienses que estoy enamorada de Pedro.
— Si tú lo dices...
— Pero en cuanto a tí y a mí, necesito tiempo.
Debido a que la cara de él estaba en la sombra, no pudo percibir la expresión calculadora de sus ojos en ese momento. Vió en cambio, su encantadora e infantil sonrisa.
— Por supuesto, cariño. Vale la pena esperar por tí, ¿no lo sabías?
Con súbita gratitud, ella descansó su frente en el pecho de él.
— Es mejor que te vayas a la cama, debes estar exhausta — sugirió. Conmovida por su preocupación, le besó rápidamente en los labios.
—Gracias por comprenderme. Buenas noches, te veré mañana.
Los siguientes días, parecía como si Facundo hubiese aceptado la necesidad de Paula de esperar. Fue otra vez el compañero agradable de las primeras épocas, cuando acababan de conocerse, haciéndola reír, y obsequiándole con extravagantes regalos. Cuando tuvo que hacer un viaje de una semana de duración a Vancouver, notó que le echaba de menos, ya que Horacio y Lucrecia estaban pasando unos días en un balneario en Thousand Islands. Se sentía mucho mejor, y todos los días daba largos paseos por los bosques y campos que rodeaban la casa; su piel se había bronceado y había recuperado el peso que había perdido en el hospital. Y siempre el milagro increíble de poder ver... si no hubiese sido por su preocupación constante por Pedro, se habría sentido completamente feliz. Subía corriendo la escalera, dos días después de la partida de Facundo, cuando sonó el teléfono. Rolando, el mayordomo, respondió:
— Hardwood. Habla Rolando... ¿Quién es...? —hubo un largo silencio e inconscientemente, Paula se encontró esperando la próxima contestación —. ¿En dónde se encuentra, señor? ¿En dónde... ? Quédese allí, señor. Mandaré a Samuel por usted... ¿Me ha oído, señor? ¿Señor Alfonso...? —con lentitud, Rolando colgó.
— ¿Pasa algo malo? —inquirió Paula, incapaz de ocultar su preocupación. Rolando pareció no encontrar las palabras adecuadas para responder.
— No... no lo sé. Era el señor Alfonso...
—¿Facundo?
— No, no... El señor Pedro.
La joven sintió que el corazón le daba un vuelco.
— ¿En dónde está? ¿Se encuentra bien?
— Está en la estación de ferrocarril. Rolando parecía estar bastante preocupado; era la primera vez, desde que Paula había llegado a Hardwood, que veía que alguien se preocupaba por Pedro. Poniendo su mano sobre el brazo del hombre, preguntó:
— ¿Qué está haciendo allí?
— O está ebrio o se siente enfermo. Apenas pude comprender lo que me decía. Le dije que enviaría a Samuel a buscarlo.
— Iré con él.
— Oh, no, señorita, eso no estaría bien.
Paula no hizo caso de sus protestas.
— ¿En dónde está la estación?
— Samuel lo sabe. Pero, señorita...
Paula ya había salido, y corría hacia el garaje, sobre el cual Samuel tenía un pequeño departamento.
— No corras así, hace demasiado calor —dijo de buen humor.
— Samuel, Pedro acaba de llamar por teléfono, está en la estación. Rolando piensa que le ha pasado algo malo. ¿Podemos ir de inmediato?
— Seguro, pero, ¿Qué diablos hace en la estación?
— No lo sé... ¡Date prisa, Samuel!
— Está bien, está bien. Iremos en el Chevrolet.
—¿Qué distancia tenemos que recorrer?
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