Ella se estrujó las manos.
—Sí.
—¿Por qué?
—Para casarse con María Laura.
Pedro contuvo la respiración.
—¿Lo amabas?
—No.
—¿No? —repitió incrédulo.
Paula cerró los ojos, tratando de controlarse.
—Tenía dieciocho años cuando me casé con él, y pensé que lo amaba. Fue más tarde cuando… me dí cuenta que no era así.
—¿Más tarde? —la urgió a responder.
—Hubo otras mujeres, siempre hubo otras mujeres. Lau estaba muy lejos de ser la primera.
—¿Pero estaba decidido a casarse con ella?
—Sí.
—¿Te había pedido el divorcio?
Ella asintió.
—La noche del accidente.
—¡Dios mío! —Pedro se hundió en una silla—. Yo creí que lo amabas. Creí que él era la causa por la que no me dejabas acercarme a tí, por la que no te podías entregar como lo hiciste anoche.
Paula se arrodilló al lado de su silla.
—Tienes que saber cómo iban las cosas entre Antonio y yo, Pedro, no sólo pedazos de la historia —le tomó las manos y lo miró suplicante.
—Entonces, dímelo —le dijo.
En un principio le fue difícil hablar, decirle cosas que jamás le había dicho a nadie; todos los terribles recuerdos que mantenía encerrados en el fondo de su mente. Le contó lo que ella había supuesto para la hombría de Antonio, lo de su noche de bodas y las demás noches en que había abusado de ella, de su violento temperamento, de las últimas Navidades, de sus amenazas cuando al fin ella se negó a seguir compartiendo su cama después de nacer Martina.
Pedro la escuchaba, incrédulo al principio, luego furioso.
Paula se sentía vacía, sin emociones. Necesitaba más su consuelo que su furia, aunque sabía que iba dirigida a Antonio, no a ella. De momento. Aún tenía más que decirle.
—¿Por qué no lo dejaste? —quería saber, lo exigía—. No lo amabas; entonces, ¿por qué no te divorciaste?
Ella se mojó los labios resecos.
—Estaba Martina…
—Martina le tenía miedo —dijo él—. Eso se ha hecho evidente en los tres meses que llevamos casados.
Tenía razón. Ella había creído que las pesadillas de Martina se debían a la ausencia de Antonio, pero ahora sabía que eran porque temía que volviera. No tenía idea de que Martina estuviera tan afectada por la crueldad de su padre, pero la ternura de Pedro se lo había comprobado.
—Era su esposa…
—Y lo odiabas —Pedro la miró con fijeza—. No dormías con él desde hacía cinco años. La verdad que me cuesta creerlo —movió la cabeza—. Todos creímos que lo amabas. Patricia, Gerardo, yo —suspiró—. Pensé que era por eso que soportabas a sus otras mujeres. ¿Por qué aguantaste ese comportamiento, Paula?
Ella giró en redondo.
—Estábamos casados, y para mí mis votos de matrimonio eran sagrados — ahora que había llegado el momento, no podía, no podía contarle a Pedro el último secreto que la había retenido cautiva de Antonio.
—¿Y por qué demonios los hiciste, en primer lugar? —exclamó Pedro—. No debiste ser su esposa, Paula. La noche en que te conocí, cuando levanté la vista y ví tu imagen en la ventana, pensé que estaba soñando. Eras todo lo que siempre había querido, lo que siempre había soñado en una mujer. Cuando me dí cuenta de que eras real supe que no te podía dejar escapar, que eras la mujer creada para mí, así como yo era el hombre destinado a tí. Y luego supe que no habías esperado nuestro encuentro, como lo había hecho yo, que ya tenías esposo. Eso casi me mató.
Paula recordó su comentario la noche en que se conocieron, de cuan paciente había sido al esperarla. Ahora sabía que aun entonces le había dicho la verdad, que todo lo que había dicho y hecho desde entonces era porque la amaba.
--Estaba sola y era muy joven. Necesitaba de alguien que me amara —se defendió ella—. Yo… yo pensé que Antonio me amaba. Cuando me dí cuenta de que no era así, era demasiado tarde.
—Pero luego… podías haberte divorciado.
—No —gimió ella.
—¿Por qué demonios no?
Ella tragó saliva, aspiró hondo y se puso de pie. Había llegado el momento de la verdad final.
—¡Porque me habría quitado a Martina! Me habría quitado lo único que me importaba en el mundo —terminó, estallando en sollozos.
—No podía…
viernes, 3 de junio de 2016
Volver A Amar: Capítulo 60
—¿Te preguntaste sobre Pedro y yo mientras estuvimos juntos en Londres? —preguntó burlona.
—No.
—Debiste hacerlo, Paula—le dijo orgullosa—. Y no debiste haber despedido a Pedro después de discutir con él.
Paula se puso lívida; odiaba a esa mujer, y sabía que su odio era correspondido en su totalidad.
—Pedro no…
—¿No? —se burló la otra.
—No —Paula negó con la cabeza.
Lau sonrió, una sonrisa maliciosa y dura.
—Oh, pero claro que sí, Paula. Él y yo fuimos amantes en Londres y volveremos a serlo aquí también.
Paula recordó de pronto la ternura de Pedro la noche anterior, la sinceridad con que le dijo que la amaba.
—No te creo —le dijo con firmeza.
—Gracias, querida —intervino él con voz profunda. Miraba con fijeza a María Laura— ¿Qué demonios crees que estás haciendo? —la increpó.
La mujer lo miró altiva.
—Sólo le estoy diciendo a tu esposa…
—¡Un montón de mentiras! —la cortó furioso—. No fuimos amantes en Londres, no hemos sido amantes desde hace más de dos años.
—Paula no cree eso, ¿verdad, Paula?—apuntó la otra.
—Yo… Sí, lo creo —repuso con sequedad.
Pedro la atrajo con mano firme.
—No se qué otras mentiras te haya contado Lau…
—Sólo la verdad, querido —lo interrumpió Lau.
—¡Cállate! —le espetó furioso—. No sé por qué estás haciendo esto, por qué quieres lastimar a Paula con tus mentiras.
—Oh, pero Paula sí lo sabe —dijo ella—. ¿No es así?
Paula agachó la cabeza.
—Sí.
—Bueno, pues yo no —dijo Pedro con brusquedad—. Y no necesito saberlo. Estás despedida, Lau. No te molestes en volver a la oficina, mandaré todo lo que haya en tu escritorio…
Ella torció la boca en un gesto desagradable.
—Eres tan estúpido como tu esposa…
—Vete, Lau —la amenazó—. Antes de que te eche.
—Oh, ya me voy —dijo con odio—. Los dejo a disfrutar de su estúpido y estéril matrimonio.
—¡Tú!…
—Estéril, lo es, ¿verdad, Pedro? —se burló Lau, disfrutando al máximo del rubor en las mejillas de Paula—. Antonio estaba convencido de que era un fracaso total.
—¡Sal de aquí! —le gritó Pedro colérico.
—Te lo dije, ya me voy —su confianza en sí misma no la había abandonado ni un momento—. Espero que sean muy felices juntos. Sólo una cosa más, Pedro — hizo una pausa deliberada que dio paso a una tensión terrible en el ambiente—. Tal vez deberías preguntar a Paula por qué actuó como una viuda desconsolada cuando sabía que Antonio se iba a divorciar de ella —se dirigió a la puerta—. Los dejo para que disfruten de la velada. Buenas noches.
Paula miró a Pedro cuando al fin quedaron solos, notando de inmediato la sorpresa en su semblante. Su corazón se hundió. Parecía como si el golpe final de Lau hubiera dado en el blanco. ¡Iba a perder a Pedro!
Alargó una mano hacia él.
—Pedro…
—¿Es cierto? —preguntó aturdido—. ¿Se iba a divorciar de tí?
—No.
—Debiste hacerlo, Paula—le dijo orgullosa—. Y no debiste haber despedido a Pedro después de discutir con él.
Paula se puso lívida; odiaba a esa mujer, y sabía que su odio era correspondido en su totalidad.
—Pedro no…
—¿No? —se burló la otra.
—No —Paula negó con la cabeza.
Lau sonrió, una sonrisa maliciosa y dura.
—Oh, pero claro que sí, Paula. Él y yo fuimos amantes en Londres y volveremos a serlo aquí también.
Paula recordó de pronto la ternura de Pedro la noche anterior, la sinceridad con que le dijo que la amaba.
—No te creo —le dijo con firmeza.
—Gracias, querida —intervino él con voz profunda. Miraba con fijeza a María Laura— ¿Qué demonios crees que estás haciendo? —la increpó.
La mujer lo miró altiva.
—Sólo le estoy diciendo a tu esposa…
—¡Un montón de mentiras! —la cortó furioso—. No fuimos amantes en Londres, no hemos sido amantes desde hace más de dos años.
—Paula no cree eso, ¿verdad, Paula?—apuntó la otra.
—Yo… Sí, lo creo —repuso con sequedad.
Pedro la atrajo con mano firme.
—No se qué otras mentiras te haya contado Lau…
—Sólo la verdad, querido —lo interrumpió Lau.
—¡Cállate! —le espetó furioso—. No sé por qué estás haciendo esto, por qué quieres lastimar a Paula con tus mentiras.
—Oh, pero Paula sí lo sabe —dijo ella—. ¿No es así?
Paula agachó la cabeza.
—Sí.
—Bueno, pues yo no —dijo Pedro con brusquedad—. Y no necesito saberlo. Estás despedida, Lau. No te molestes en volver a la oficina, mandaré todo lo que haya en tu escritorio…
Ella torció la boca en un gesto desagradable.
—Eres tan estúpido como tu esposa…
—Vete, Lau —la amenazó—. Antes de que te eche.
—Oh, ya me voy —dijo con odio—. Los dejo a disfrutar de su estúpido y estéril matrimonio.
—¡Tú!…
—Estéril, lo es, ¿verdad, Pedro? —se burló Lau, disfrutando al máximo del rubor en las mejillas de Paula—. Antonio estaba convencido de que era un fracaso total.
—¡Sal de aquí! —le gritó Pedro colérico.
—Te lo dije, ya me voy —su confianza en sí misma no la había abandonado ni un momento—. Espero que sean muy felices juntos. Sólo una cosa más, Pedro — hizo una pausa deliberada que dio paso a una tensión terrible en el ambiente—. Tal vez deberías preguntar a Paula por qué actuó como una viuda desconsolada cuando sabía que Antonio se iba a divorciar de ella —se dirigió a la puerta—. Los dejo para que disfruten de la velada. Buenas noches.
Paula miró a Pedro cuando al fin quedaron solos, notando de inmediato la sorpresa en su semblante. Su corazón se hundió. Parecía como si el golpe final de Lau hubiera dado en el blanco. ¡Iba a perder a Pedro!
Alargó una mano hacia él.
—Pedro…
—¿Es cierto? —preguntó aturdido—. ¿Se iba a divorciar de tí?
miércoles, 1 de junio de 2016
Volver A Amar: Capítulo 59
—Mandé a Martina abajo —le dijo cuando salió del baño.
Ella asintió.
—Sí, tiene hambre.
—Paula…
—Ahora no, Pedro —le rogó—. Hablemos más tarde. Yo… hay mucho de qué hablar.
—¿Cuándo Martina se haya ido a la cama?
—Sí —asintió ella inquieta.
Sus brazos la rodearon amorosos.
—¿Aún me amas?
—Oh, sí —repuso ella sin titubear.
Pedro la besó con infinita ternura.
—Eso es todo lo que necesito saber.
—¿Tú me amas? —preguntó ella ansiosa.
—Siempre, siempre. Nada, te lo juro, nada cambiará eso.
Ella se aferró a su abrazo.
—Espero que no.
—Puedes estar segura —la miró a los ojos—. Naciste para ser mía y eso no cambiará jamás.
Ella se hizo acompañar de esa seguridad todo el día; aun así temía el momento en que Martina se fuera a la cama y Pedro le pidiera explicaciones de todo. Porque Pedro era del tipo de hombres que no descansaba hasta saberlo todo. Tan sólo esperaba que siguiera amándola después de enterarse.
Pedro pareció no tener mucha prisa, una vez que Martina se hubo dormido, y la dejó llegar al tema de Antonio cuando tuviera a bien hacerlo.
—Quieres que te explique lo que dijo Martina—le dijo ella al fin. Estaban sentados en el sofá y Pedro la rodeaba con sus brazos protectores.
—Sólo cuando estés lista para decírmelo —le pidió con suavidad.
Ella lo miró, amando hasta el último cabello de ese hombre, la calidez de su mirada, la forma en que su boca sonreía indulgente, su abrazo posesivo. ¡No podía perder su amor ahora!
—¿Quieres decírmelo? —la urgió ante su silencio.
—Yo… —se interrumpió por el timbre de la calle.
—¿Quién demonios puede ser? —exclamó Pedro molesto con la interrupción y levantándose para abrir.
Paula se reclinó en el sofá. Pero cuando vió quién era la visita toda su tensión volvió a hacer presa de ella. ¡María Laura Benítez!
—Buenas noches, Paula —saludó Lau con altanería.
—Eh… hola —Paula se levantó, sintiéndose un poco ridícula con su indumentaria. La otra mujer llevaba con elegancia un vestido azul marino y unas sandalias de tacón alto.
—Siento interrumpirlos —la odiosa sonrisa que se dibujó en sus labios parecía contradecir sus palabras—. No encuentro unas notas y sé que las necesitas a primera hora de la mañana. Vine a ver si no las tenías en tu cartera.
Él asintió.
—Iré a ver.
—Gracias.
Paula miró de reojo a la mujer cuando se encontraron solas, recordando demasiado vivamente su último encuentro.
Era obvio que María Laura también lo recordaba.
Ella asintió.
—Sí, tiene hambre.
—Paula…
—Ahora no, Pedro —le rogó—. Hablemos más tarde. Yo… hay mucho de qué hablar.
—¿Cuándo Martina se haya ido a la cama?
—Sí —asintió ella inquieta.
Sus brazos la rodearon amorosos.
—¿Aún me amas?
—Oh, sí —repuso ella sin titubear.
Pedro la besó con infinita ternura.
—Eso es todo lo que necesito saber.
—¿Tú me amas? —preguntó ella ansiosa.
—Siempre, siempre. Nada, te lo juro, nada cambiará eso.
Ella se aferró a su abrazo.
—Espero que no.
—Puedes estar segura —la miró a los ojos—. Naciste para ser mía y eso no cambiará jamás.
Ella se hizo acompañar de esa seguridad todo el día; aun así temía el momento en que Martina se fuera a la cama y Pedro le pidiera explicaciones de todo. Porque Pedro era del tipo de hombres que no descansaba hasta saberlo todo. Tan sólo esperaba que siguiera amándola después de enterarse.
Pedro pareció no tener mucha prisa, una vez que Martina se hubo dormido, y la dejó llegar al tema de Antonio cuando tuviera a bien hacerlo.
—Quieres que te explique lo que dijo Martina—le dijo ella al fin. Estaban sentados en el sofá y Pedro la rodeaba con sus brazos protectores.
—Sólo cuando estés lista para decírmelo —le pidió con suavidad.
Ella lo miró, amando hasta el último cabello de ese hombre, la calidez de su mirada, la forma en que su boca sonreía indulgente, su abrazo posesivo. ¡No podía perder su amor ahora!
—¿Quieres decírmelo? —la urgió ante su silencio.
—Yo… —se interrumpió por el timbre de la calle.
—¿Quién demonios puede ser? —exclamó Pedro molesto con la interrupción y levantándose para abrir.
Paula se reclinó en el sofá. Pero cuando vió quién era la visita toda su tensión volvió a hacer presa de ella. ¡María Laura Benítez!
—Buenas noches, Paula —saludó Lau con altanería.
—Eh… hola —Paula se levantó, sintiéndose un poco ridícula con su indumentaria. La otra mujer llevaba con elegancia un vestido azul marino y unas sandalias de tacón alto.
—Siento interrumpirlos —la odiosa sonrisa que se dibujó en sus labios parecía contradecir sus palabras—. No encuentro unas notas y sé que las necesitas a primera hora de la mañana. Vine a ver si no las tenías en tu cartera.
Él asintió.
—Iré a ver.
—Gracias.
Paula miró de reojo a la mujer cuando se encontraron solas, recordando demasiado vivamente su último encuentro.
Era obvio que María Laura también lo recordaba.
Volver A Amar: Capítulo 58
Una vez en la cama Paula correspondió a fondo, entregándose al tierno cariño de su marido, sin retenerle nada, dándole todo su amor, toda su persona, emocionada y sorprendida de poder sentir un cálido placer invadir su cuerpo, hasta el último poro, desde la cabeza hasta los pies, elevándola cada vez más…
—Dámelo, querida —le urgía Pedro con el cuerpo pegado al de ella y los muslos moviéndose a un ritmo suave y erótico—. ¡Dámelo todo!
Ella no tenía idea de lo que quería decir, no tenía idea de lo que significaba toda esa locura. Y de repente lo supo, lo supo con una claridad increíble. Ola tras ola de éxtasis la cubrieron, un éxtasis que Pedro controló hasta el glorioso final, desahogándose sólo hasta estar seguro de que Paula había satisfecho su pasión.
—Gracias —la besó en el rostro y la garganta con labios ardientes—. ¡Gracias! —gimió abrazándola con fuerza, mientras sus cuerpos seguían unidos.
Paula no podía hablar. No era frígida, ¡Jamás lo había sido!
—¡Oh, Pedro! —lo abrazó llorosa—. ¡Pedro! —lo miraba radiante, segura de que nunca antes había sido tan feliz, llena de una satisfacción que la inundaba por entero.
—Lo sé —él rió feliz—. Jamás pensé que hacer el amor podía ser tan maravilloso —dijo—. Tan absolutamente maravilloso.
—Sí —ella se pegó a él; lo era. Jamás había soñado que pudiera ser así, que amar a alguien pudiera proporcionar tanto placer. Había estado casada antes, tenía una hija de casi seis años, y a los veintiséis era la primera vez que experimentaba un placer tan absoluto. Su amor por Matthew lo había logrado, su amor total por todo lo que le concerniera.
—Pareces sorprendida —le dijo él con gentileza.
Sin embargo, ni siquiera ante Pedro podía admitir la farsa de su primer matrimonio.
—No, yo…
—Estoy bromeando, querida —rió feliz—. Te deseo de nuevo, Paula.
—Yo te deseo también —admitió ella con timidez.
—Lo sé —y poniéndose serio empezó a besarla de nuevo.
Paula volvió a sentir el frenesí casi al instante, sabía que no se cohibiría con Pedro nunca más, con él la pasión era dar, no quitar a la fuerza.
Despertó despacio la mañana siguiente, envuelta en un suave letargo, saciada hasta el máximo. La noche que acababa de pasar en brazos de su marido era algo que jamás había podido soñar.
—Despierta, dormilona —le murmuró su marido al oído.
—Mmm —la joven se estiró, perezosa. Una sonrisa se asomó a sus labios, que se ofrecían ansiosos.
—Te amo, Paula —gimió besándola.
—Yo también te amo —repuso ella sin dudarlo.
—Creo que debíamos irnos de luna de miel —le dijo entre beso y beso.
—Pero, si ya tuvimos una —rió ella.
—No como ésta —Pedro le lanzó una mirada traviesa, con expresión relajada y amorosa.
—¡Pedro! Martina puede venir en cualquier momento.
—No lo hará —se inclinó a besar los suaves senos femeninos.
—Mamita, ¿por qué?… ¡Oh! —Martina se detuvo en la puerta—. ¿Mamá? — preguntó ansiosa.
Pedro se derrumbó sobre Paula con una especie de gruñido.
—Pues mira que… —murmuró apenado.
Paula le lanzó una mirada de advertencia y se enderezó, alargándole una mano a Martina.
—¿Qué pasa, querida?
Martina se acercó despacio a la cama, con los ojos muy abiertos.
—Yo… el desayuno —dijo nerviosa—. No estabas abajo, como de costumbre, así que yo… pensé que no te sentías bien.
—Tu mamá está muy bien —Pedro se reclinó en la cabecera de la cama—. Y, ¿no te enseñaron a llamar antes de entrar? —la riñó con ternura.
La pequeña se ruborizó, sonriendo.
—Yo no… bueno, a mamita no le suele importar. Y nunca entraba al dormitorio de papá, no después de aquel día en que se enfadó mucho conmigo.
Paula notó el repentino interés de Pedro.
—¿La habitación de tu papá? —preguntó, haciéndole sitio a la niña en la cama. Martina se acomodó entre ellos.
—Papá dormía en la habitación que estaba junto a la de mamá —reveló inocente—. Pero me gusta más así —le sonrió feliz.
—Estoy de acuerdo —admitió él con suavidad.
Paula se levantó de la cama, evitando la mirada intensa de Pedro sobre ella.
—Voy a vestirme —murmuró.
—Paula…
—Tengo que preparar el desayuno —y escapó al baño.
Jamás pensó que Martina pudiera revelarle a Pedro su vida con Antonio.
Hasta esa mañana, Martina nunca la había visto en la cama con Pedro, pues, como la misma niña dijo, por lo general ella estaba en la cocina cuando bajaba a desayunar.
Pero Pedro estaba decidido a preguntar sobre ese asunto.
—Dámelo, querida —le urgía Pedro con el cuerpo pegado al de ella y los muslos moviéndose a un ritmo suave y erótico—. ¡Dámelo todo!
Ella no tenía idea de lo que quería decir, no tenía idea de lo que significaba toda esa locura. Y de repente lo supo, lo supo con una claridad increíble. Ola tras ola de éxtasis la cubrieron, un éxtasis que Pedro controló hasta el glorioso final, desahogándose sólo hasta estar seguro de que Paula había satisfecho su pasión.
—Gracias —la besó en el rostro y la garganta con labios ardientes—. ¡Gracias! —gimió abrazándola con fuerza, mientras sus cuerpos seguían unidos.
Paula no podía hablar. No era frígida, ¡Jamás lo había sido!
—¡Oh, Pedro! —lo abrazó llorosa—. ¡Pedro! —lo miraba radiante, segura de que nunca antes había sido tan feliz, llena de una satisfacción que la inundaba por entero.
—Lo sé —él rió feliz—. Jamás pensé que hacer el amor podía ser tan maravilloso —dijo—. Tan absolutamente maravilloso.
—Sí —ella se pegó a él; lo era. Jamás había soñado que pudiera ser así, que amar a alguien pudiera proporcionar tanto placer. Había estado casada antes, tenía una hija de casi seis años, y a los veintiséis era la primera vez que experimentaba un placer tan absoluto. Su amor por Matthew lo había logrado, su amor total por todo lo que le concerniera.
—Pareces sorprendida —le dijo él con gentileza.
Sin embargo, ni siquiera ante Pedro podía admitir la farsa de su primer matrimonio.
—No, yo…
—Estoy bromeando, querida —rió feliz—. Te deseo de nuevo, Paula.
—Yo te deseo también —admitió ella con timidez.
—Lo sé —y poniéndose serio empezó a besarla de nuevo.
Paula volvió a sentir el frenesí casi al instante, sabía que no se cohibiría con Pedro nunca más, con él la pasión era dar, no quitar a la fuerza.
Despertó despacio la mañana siguiente, envuelta en un suave letargo, saciada hasta el máximo. La noche que acababa de pasar en brazos de su marido era algo que jamás había podido soñar.
—Despierta, dormilona —le murmuró su marido al oído.
—Mmm —la joven se estiró, perezosa. Una sonrisa se asomó a sus labios, que se ofrecían ansiosos.
—Te amo, Paula —gimió besándola.
—Yo también te amo —repuso ella sin dudarlo.
—Creo que debíamos irnos de luna de miel —le dijo entre beso y beso.
—Pero, si ya tuvimos una —rió ella.
—No como ésta —Pedro le lanzó una mirada traviesa, con expresión relajada y amorosa.
—¡Pedro! Martina puede venir en cualquier momento.
—No lo hará —se inclinó a besar los suaves senos femeninos.
—Mamita, ¿por qué?… ¡Oh! —Martina se detuvo en la puerta—. ¿Mamá? — preguntó ansiosa.
Pedro se derrumbó sobre Paula con una especie de gruñido.
—Pues mira que… —murmuró apenado.
Paula le lanzó una mirada de advertencia y se enderezó, alargándole una mano a Martina.
—¿Qué pasa, querida?
Martina se acercó despacio a la cama, con los ojos muy abiertos.
—Yo… el desayuno —dijo nerviosa—. No estabas abajo, como de costumbre, así que yo… pensé que no te sentías bien.
—Tu mamá está muy bien —Pedro se reclinó en la cabecera de la cama—. Y, ¿no te enseñaron a llamar antes de entrar? —la riñó con ternura.
La pequeña se ruborizó, sonriendo.
—Yo no… bueno, a mamita no le suele importar. Y nunca entraba al dormitorio de papá, no después de aquel día en que se enfadó mucho conmigo.
Paula notó el repentino interés de Pedro.
—¿La habitación de tu papá? —preguntó, haciéndole sitio a la niña en la cama. Martina se acomodó entre ellos.
—Papá dormía en la habitación que estaba junto a la de mamá —reveló inocente—. Pero me gusta más así —le sonrió feliz.
—Estoy de acuerdo —admitió él con suavidad.
Paula se levantó de la cama, evitando la mirada intensa de Pedro sobre ella.
—Voy a vestirme —murmuró.
—Paula…
—Tengo que preparar el desayuno —y escapó al baño.
Jamás pensó que Martina pudiera revelarle a Pedro su vida con Antonio.
Hasta esa mañana, Martina nunca la había visto en la cama con Pedro, pues, como la misma niña dijo, por lo general ella estaba en la cocina cuando bajaba a desayunar.
Pero Pedro estaba decidido a preguntar sobre ese asunto.
Volver A Amar: Capítulo 57
—Me tenía que ir —habló despacio—. De tí. Oh, no por lo que estás pensando —añadió al verla reaccionar. Se llevó una mano a los ojos—. Ya debes saber el terrible efecto que ejerces sobre mí.
—Sí.
—Y la falta de efecto físico que yo causo en tí —suspiró él.
Paula tragó saliva.
—Sí.
—No me gusta forzarte…
—Oh, pero tú no…
—No nos engañemos, Paula—le sonrió cansado—. Cuando estamos en la cama juntos yo llevo la iniciativa. Tú jamás te has dirigido a mí.
Era cierto; ella siempre esperaba a que diera el primer paso y nunca lo animaba a más.
—Podría intentar…
—¿No entiendes que no quiero que lo intentes? —la interrumpió Pedro tajante—. El amor no se debe intentar, debe suceder, porque ambos lo deseamos —se puso de pie y empezó a pasear por la habitación—. Tú sólo aguantas mi contacto…
—¡No!
—Sí —insistió él—. Y cada vez que pasa, cada vez que siento la necesidad de hacerte el amor, pierdo un poco más del respeto que me debo a mí mismo —la miró con fijeza—. De ahora en adelante dormiré en otra habitación.
—¡No! —exclamó dolorida.
—Sí, Paula —suspiró él—. Hasta que aclaremos todo, tengo que estar alejado de tí.
—Pero yo… ¿Vas a dejarme, Pedro? —balbuceó.
—Demonios, no. No podría dejarte ni siquiera si me odiaras. Y no me odias, ¿verdad, Paula?
—No —admitió ella con suavidad.
—Pero tampoco me amas —le dijo dándole la espalda.
—Yo…
—No hay necesidad de declaraciones falsas, Paula—dijo impaciente—: No podría soportarlo.
—Pero yo…
—¡No podría soportarlo! —repitió amargado—. Me voy a la cama —y dejó su vaso—. Ha sido una semana muy larga.
—¡Pedro! —el grito desesperado de su mujer lo hizo detenerse un momento.
—¿Sí? —su tono no invitaba a la confesión.
—Yo… yo… Nada —murmuró ella—. Buenas noches.
Él salió con brusquedad, sin contestarle, pisando con fuerza los peldaños de la escalera.
No tenía sentido castigarse, aunque ya lo había hecho. Había tenido la oportunidad de decirle que lo amaba y, sin embargo, largos años de ocultar sus sentimientos le hacía imposible declarar su amor a Pedro.
Lo pudo oír en el baño al pasar al dormitorio principal, pudo oír la ducha correr. No podía permitir que durmiera en otra habitación; sabía que esa clase de arreglos nunca daba buen resultado. Pedro había dicho que ella nunca tomaba la iniciativa, pues bien, ahora iba a hacerlo, iba a ir a él y a decirle lo que sentía.
Se quitó toda la ropa antes de entrar en el baño, donde Pedro se estaba secando y se quedó de una pieza al verla, conteniendo la respiración al sentir su desnudez rozarlo con suavidad.
—Hoy me toca a mí la iniciativa, Pedro—le dijo ella—. Es más, lo haré todo yo, si me dejas.
El corazón de Pedro latía aceleradamente.
—No entiendo…
Paula tragó con dificultad, sabía que tenía que decirle la verdad.
—Te amo —murmuró—. Te amo, Pedro.
Él la aprisionó con manos de hierro y la apartó un poco.
—¿Paula?…
—No digas nada, querido —gimió ella—. Sólo ámame.
No pudo contenerse más, la besó enloquecido, acariciándola con manos temblorosas. Sus ojos brillaban al levantar la cabeza.
—¿Hablas en serio? —murmuró—. ¿Me amas?
—Sí —contestó ella sin vacilar.
—¡Yo también te amo! —ocultó el rostro emocionado en la garganta femenina, abrazándola, dejando que su amor los bañara por entero—. Te amé desde el primer momento —le susurró—. Te hubiera podido raptar para casarme contigo si no hubieras estado ya…
—No esta noche, querido —le tapó los labios para acallar la mención de Antonio—. Pensemos en nosotros —le pidió, y un cálido halo la envolvió mientras aceptaba el regalo de su amor—. Sólo tú y yo.
—Sí —sonrió él dejando atrás todo rastro de tensión—. Me gusta oír eso —se inclinó y la tomó en sus brazos.
—¿Qué haces? —preguntó ella asombrada.
—Llevarte a nuestro dormitorio —le dijo con satisfacción—. No creo que quiera hacerte el amor en el suelo del baño, mi vida —añadió divertido.
—Sí.
—Y la falta de efecto físico que yo causo en tí —suspiró él.
Paula tragó saliva.
—Sí.
—No me gusta forzarte…
—Oh, pero tú no…
—No nos engañemos, Paula—le sonrió cansado—. Cuando estamos en la cama juntos yo llevo la iniciativa. Tú jamás te has dirigido a mí.
Era cierto; ella siempre esperaba a que diera el primer paso y nunca lo animaba a más.
—Podría intentar…
—¿No entiendes que no quiero que lo intentes? —la interrumpió Pedro tajante—. El amor no se debe intentar, debe suceder, porque ambos lo deseamos —se puso de pie y empezó a pasear por la habitación—. Tú sólo aguantas mi contacto…
—¡No!
—Sí —insistió él—. Y cada vez que pasa, cada vez que siento la necesidad de hacerte el amor, pierdo un poco más del respeto que me debo a mí mismo —la miró con fijeza—. De ahora en adelante dormiré en otra habitación.
—¡No! —exclamó dolorida.
—Sí, Paula —suspiró él—. Hasta que aclaremos todo, tengo que estar alejado de tí.
—Pero yo… ¿Vas a dejarme, Pedro? —balbuceó.
—Demonios, no. No podría dejarte ni siquiera si me odiaras. Y no me odias, ¿verdad, Paula?
—No —admitió ella con suavidad.
—Pero tampoco me amas —le dijo dándole la espalda.
—Yo…
—No hay necesidad de declaraciones falsas, Paula—dijo impaciente—: No podría soportarlo.
—Pero yo…
—¡No podría soportarlo! —repitió amargado—. Me voy a la cama —y dejó su vaso—. Ha sido una semana muy larga.
—¡Pedro! —el grito desesperado de su mujer lo hizo detenerse un momento.
—¿Sí? —su tono no invitaba a la confesión.
—Yo… yo… Nada —murmuró ella—. Buenas noches.
Él salió con brusquedad, sin contestarle, pisando con fuerza los peldaños de la escalera.
No tenía sentido castigarse, aunque ya lo había hecho. Había tenido la oportunidad de decirle que lo amaba y, sin embargo, largos años de ocultar sus sentimientos le hacía imposible declarar su amor a Pedro.
Lo pudo oír en el baño al pasar al dormitorio principal, pudo oír la ducha correr. No podía permitir que durmiera en otra habitación; sabía que esa clase de arreglos nunca daba buen resultado. Pedro había dicho que ella nunca tomaba la iniciativa, pues bien, ahora iba a hacerlo, iba a ir a él y a decirle lo que sentía.
Se quitó toda la ropa antes de entrar en el baño, donde Pedro se estaba secando y se quedó de una pieza al verla, conteniendo la respiración al sentir su desnudez rozarlo con suavidad.
—Hoy me toca a mí la iniciativa, Pedro—le dijo ella—. Es más, lo haré todo yo, si me dejas.
El corazón de Pedro latía aceleradamente.
—No entiendo…
Paula tragó con dificultad, sabía que tenía que decirle la verdad.
—Te amo —murmuró—. Te amo, Pedro.
Él la aprisionó con manos de hierro y la apartó un poco.
—¿Paula?…
—No digas nada, querido —gimió ella—. Sólo ámame.
No pudo contenerse más, la besó enloquecido, acariciándola con manos temblorosas. Sus ojos brillaban al levantar la cabeza.
—¿Hablas en serio? —murmuró—. ¿Me amas?
—Sí —contestó ella sin vacilar.
—¡Yo también te amo! —ocultó el rostro emocionado en la garganta femenina, abrazándola, dejando que su amor los bañara por entero—. Te amé desde el primer momento —le susurró—. Te hubiera podido raptar para casarme contigo si no hubieras estado ya…
—No esta noche, querido —le tapó los labios para acallar la mención de Antonio—. Pensemos en nosotros —le pidió, y un cálido halo la envolvió mientras aceptaba el regalo de su amor—. Sólo tú y yo.
—Sí —sonrió él dejando atrás todo rastro de tensión—. Me gusta oír eso —se inclinó y la tomó en sus brazos.
—¿Qué haces? —preguntó ella asombrada.
—Llevarte a nuestro dormitorio —le dijo con satisfacción—. No creo que quiera hacerte el amor en el suelo del baño, mi vida —añadió divertido.
Volver A Amar: Capítulo 56
¡Como pudo haberse engañado a sí misma, y a Pedro, todos esos meses! No le temía, no le era indiferente, si es que alguna vez lo había sido. Amaba a su esposo, lo amaba con intensidad y deseaba verlo para decírselo, aunque la rechazara.
Siempre había sido honesto con ella, a veces hasta demasiado, así pues ella le pagaría con la misma moneda. Lo amaba, lo amaba.
Aquello la hacía sentirse viva; se sentía felíz, esperando su regreso. Si le daba una segunda oportunidad, ella… ¿ella qué? ¿Es que no seguía teniendo ese gran defecto que tanto la marcaba? Eso no había cambiado. El amar a Pedro no podía hacer eso; había amado a Antonio cuando se casaron, y tampoco sirvió de nada entonces. Pero había sido otra clase de amor, eso estaba claro. Había amado a Antonio como una adolescente, como una niña. Ahora amaba a Pedro con toda la emoción de adulto que residía en su cuerpo.
Cuando la llamó, el viernes por la tarde, para avisarle que volvería al día siguiente, sintió una extraña mezcla de emociones. Quería verlo de nuevo y, al mismo tiempo, temía lo que le diría a su regreso. ¿Qué tal si su "tiempo" lo había convencido de que su matrimonio no podía continuar?… Con toda seguridad que María Laura Benítez le habría ayudado a llegar a esa conclusión.
Su actitud al llegar a casa no le dijo nada de sus sentimientos o ideas; se veía muy cansado, como si la semana hubiera sido muy pesada para él.
Martina se mostró felíz de tenerlo en casa de nuevo, se arrojó a sus brazos, libre de toda tensión como la que Paula había demostrado cuando él la besó en la mejilla segundos antes.
Ahora lo miraba con ojos diferentes, con ojos de mujer enamorada, y veía lo increíblemente guapo que era, con aquella sensualidad en su mirada que inflamaba todo a su paso.
—Mamá ha preparado una cena especial —le informó Martina con orgullo—. Ha estado en la cocina toda la tarde.
—No tanto –negó Paula nerviosa, preguntándose si no sería necesario enseñar a Martina un poco más de discreción. Había pasado un par de horas en la cocina, preparando un pollo guisado y un pastel para postre, pero le desconcertaba que su hija revelara sus secretos.
Pedro la miró agradecido y tomó a Martina en sus brazos.
—Entonces, será mejor que te dé tu regalo para que te vayas a la cama y nos dejes saborear esa deliciosa cena.
Martina demostró su alegría por su muñeca y no puso objeción alguna cuando la enviaron a la cama, aunque se aferró a Pedro que se inclinó a besarla.
—¿No te vas de nuevo? —lo miró, con la misma mirada ansiosa que Paula le dirigió entonces.
—No —le aseguró él—. No te volveré a dejar. Si tengo que salir te llevaré conmigo, te extrañé demasiado para volver a dejarte.
Paula les dió la espalda para ocultar las lágrimas y bajó a dar los últimos toques a la cena.
Pedro ya se había duchado cuando se le unió, minutos más tarde. Llevaba el cabello húmedo y su cuerpo olía a colonia; vestía unos pantalones marrón y una camisa color crema.
Paula le sirvió el primer plato, un paté que sabía le encantaba.
—¿De verdad lo dijiste en serio? —le preguntó mientras se sentaba frente a él.
Él arrugó un poco el entrecejo.
—¿El qué? —había estado frío con ella desde que llegó a casa y su tono distante no cambiaba.
—Que no dejarías a Martina, y a mí, de nuevo —él la miró a los ojos.
—¿Te importaría?
—Sabes que yo…
—No, Paula—suspiró—. No sé nada sobre tí y, a menos que quieras estropear esta deliciosa cena, te sugiero que lo dejemos hasta terminar.
Para Paula la cena ya se había estropeado; el tono de Pedro parecía indicar que había llegado a importantes decisiones durante su ausencia.
Cuando terminó de limpiar la mesa estaba tan nerviosa que podría estallar en cualquier momento. Ninguno de los dos había disfrutado de la comida y la conversación había resultado bastante sosa.
—Martina está dormida —le dijo al verla salir de la cocina.
Ella asintió.
—¿Te… te fue bien en Londres?
Él suspiró, con la mirada fija en el brandy que sostenía en la mano.
—No hubo ningún negocio en Londres; pero, bueno, ya lo sabías, ¿no es así? — la miró retador.
Ella asintió de nuevo.
—Lo… lo adiviné.
--Siéntate, Paula , creo qué ahora debemos hablar.
Ella se sentó, muy pálida. Lo que Pedro tenía que decirle podría cambiar su vida. Parecía estar poniendo sus pensamientos en orden y eligiendo las palabras con cuidado.
Siempre había sido honesto con ella, a veces hasta demasiado, así pues ella le pagaría con la misma moneda. Lo amaba, lo amaba.
Aquello la hacía sentirse viva; se sentía felíz, esperando su regreso. Si le daba una segunda oportunidad, ella… ¿ella qué? ¿Es que no seguía teniendo ese gran defecto que tanto la marcaba? Eso no había cambiado. El amar a Pedro no podía hacer eso; había amado a Antonio cuando se casaron, y tampoco sirvió de nada entonces. Pero había sido otra clase de amor, eso estaba claro. Había amado a Antonio como una adolescente, como una niña. Ahora amaba a Pedro con toda la emoción de adulto que residía en su cuerpo.
Cuando la llamó, el viernes por la tarde, para avisarle que volvería al día siguiente, sintió una extraña mezcla de emociones. Quería verlo de nuevo y, al mismo tiempo, temía lo que le diría a su regreso. ¿Qué tal si su "tiempo" lo había convencido de que su matrimonio no podía continuar?… Con toda seguridad que María Laura Benítez le habría ayudado a llegar a esa conclusión.
Su actitud al llegar a casa no le dijo nada de sus sentimientos o ideas; se veía muy cansado, como si la semana hubiera sido muy pesada para él.
Martina se mostró felíz de tenerlo en casa de nuevo, se arrojó a sus brazos, libre de toda tensión como la que Paula había demostrado cuando él la besó en la mejilla segundos antes.
Ahora lo miraba con ojos diferentes, con ojos de mujer enamorada, y veía lo increíblemente guapo que era, con aquella sensualidad en su mirada que inflamaba todo a su paso.
—Mamá ha preparado una cena especial —le informó Martina con orgullo—. Ha estado en la cocina toda la tarde.
—No tanto –negó Paula nerviosa, preguntándose si no sería necesario enseñar a Martina un poco más de discreción. Había pasado un par de horas en la cocina, preparando un pollo guisado y un pastel para postre, pero le desconcertaba que su hija revelara sus secretos.
Pedro la miró agradecido y tomó a Martina en sus brazos.
—Entonces, será mejor que te dé tu regalo para que te vayas a la cama y nos dejes saborear esa deliciosa cena.
Martina demostró su alegría por su muñeca y no puso objeción alguna cuando la enviaron a la cama, aunque se aferró a Pedro que se inclinó a besarla.
—¿No te vas de nuevo? —lo miró, con la misma mirada ansiosa que Paula le dirigió entonces.
—No —le aseguró él—. No te volveré a dejar. Si tengo que salir te llevaré conmigo, te extrañé demasiado para volver a dejarte.
Paula les dió la espalda para ocultar las lágrimas y bajó a dar los últimos toques a la cena.
Pedro ya se había duchado cuando se le unió, minutos más tarde. Llevaba el cabello húmedo y su cuerpo olía a colonia; vestía unos pantalones marrón y una camisa color crema.
Paula le sirvió el primer plato, un paté que sabía le encantaba.
—¿De verdad lo dijiste en serio? —le preguntó mientras se sentaba frente a él.
Él arrugó un poco el entrecejo.
—¿El qué? —había estado frío con ella desde que llegó a casa y su tono distante no cambiaba.
—Que no dejarías a Martina, y a mí, de nuevo —él la miró a los ojos.
—¿Te importaría?
—Sabes que yo…
—No, Paula—suspiró—. No sé nada sobre tí y, a menos que quieras estropear esta deliciosa cena, te sugiero que lo dejemos hasta terminar.
Para Paula la cena ya se había estropeado; el tono de Pedro parecía indicar que había llegado a importantes decisiones durante su ausencia.
Cuando terminó de limpiar la mesa estaba tan nerviosa que podría estallar en cualquier momento. Ninguno de los dos había disfrutado de la comida y la conversación había resultado bastante sosa.
—Martina está dormida —le dijo al verla salir de la cocina.
Ella asintió.
—¿Te… te fue bien en Londres?
Él suspiró, con la mirada fija en el brandy que sostenía en la mano.
—No hubo ningún negocio en Londres; pero, bueno, ya lo sabías, ¿no es así? — la miró retador.
Ella asintió de nuevo.
—Lo… lo adiviné.
--Siéntate, Paula , creo qué ahora debemos hablar.
Ella se sentó, muy pálida. Lo que Pedro tenía que decirle podría cambiar su vida. Parecía estar poniendo sus pensamientos en orden y eligiendo las palabras con cuidado.
Volver A Amar: Capítulo 55
Martina no recibió la noticia del viaje de su padre con mucha alegría, y se despidió de él con tristeza infinita.
—No tardaré mucho —le aseguró con dulzura a la pequeña.
—¿Volverás? —la niña hizo la pregunta que Paula no se había atrevido a formular.
Él miró a su esposa. En su semblante sólo advirtió un exterior frío y una expresión calmada.
—Claro que volveré —se inclinó a decirle a Martina—. Antes de lo que te imaginas —luego se volvió a Paula—. Me tengo que ir ya.
—¿No puedes quedarte a cenar? —le preguntó ella. No quería que se fuera.
Odiaba la distancia emocional que los separaba y se desesperaba al no poderla salvar.
—No, no tengo tiempo. Lau me está esperando —agregó para que sólo ella lo oyera.
—¿Lau?… —Paula tragó saliva.
—Sí —le confirmó él— Está afuera, en el coche —recogió la maleta y la besó con suavidad en la mejilla antes de marcharse.
No supo cómo se las arregló para no estallar en sollozos, pero tenía que ser fuerte, por Martina.
La chiquilla estaba inconsolable por la partida de Pedro. Por fin, Paula consiguió calmar a su hija, asegurándole que Pedro volvería pronto y que con seguridad las extrañaba tanto como ellas a él.
De lo último no estaba tan segura. María Laura Benítez estaría con él en Londres, y Pedro había aceptado que Lau solía ser su amante cuando viajaba con él. ¿Volverían a ser amantes esa noche? La idea la atravesó con un dolor intenso. No podía soportar que Pedro la traicionara con aquella mujer.
El teléfono sonó después de las nueve y ella se apresuró a contestarlo para no despertar a Martina; había tardado siglos en quedarse dormida.
Cuando oyó la voz de Pedro no supo si reír o llorar.
—¿Estás bien, verdad? —le preguntó preocupada.
—Estoy en Londres —le confirmó—. Sólo quería asegurarme de que Martina estaba bien.
¿Martina ? ¿Y ella, qué?
—Martina está dormida —le dijo con sequedad.
—¿Algún problema?
¡Tanto interés le demostraba que bien podía estar hablando con su ama de llaves!
—Martina estuvo un poco inquieta, pero ya está bien —le aseguró con el mismo tono frío que él estaba utilizando.
—Bien —dijo Pedro—. Te daré el número de la oficina y del departamento por si me necesitas. Olvidé hacerlo antes.
¡Claro, porque había estado muy ansioso de escapar! Además Paula sabía que, no importaba lo que pasara, no podría llamarlo a ninguno de los dos números. Tenía miedo de que María Laura Benítez contestara.
Mientras estaba en la cama esa noche, tuvo que aceptar la verdadera razón por la que temía a María Laura benítez. Ella le había robado un marido, un marido que odiaba y temía, pero si le quitaba a Pedro también, le estaría quitando al hombre que amaba. ¡Amaba a Pedro Alfonso!
—No tardaré mucho —le aseguró con dulzura a la pequeña.
—¿Volverás? —la niña hizo la pregunta que Paula no se había atrevido a formular.
Él miró a su esposa. En su semblante sólo advirtió un exterior frío y una expresión calmada.
—Claro que volveré —se inclinó a decirle a Martina—. Antes de lo que te imaginas —luego se volvió a Paula—. Me tengo que ir ya.
—¿No puedes quedarte a cenar? —le preguntó ella. No quería que se fuera.
Odiaba la distancia emocional que los separaba y se desesperaba al no poderla salvar.
—No, no tengo tiempo. Lau me está esperando —agregó para que sólo ella lo oyera.
—¿Lau?… —Paula tragó saliva.
—Sí —le confirmó él— Está afuera, en el coche —recogió la maleta y la besó con suavidad en la mejilla antes de marcharse.
No supo cómo se las arregló para no estallar en sollozos, pero tenía que ser fuerte, por Martina.
La chiquilla estaba inconsolable por la partida de Pedro. Por fin, Paula consiguió calmar a su hija, asegurándole que Pedro volvería pronto y que con seguridad las extrañaba tanto como ellas a él.
De lo último no estaba tan segura. María Laura Benítez estaría con él en Londres, y Pedro había aceptado que Lau solía ser su amante cuando viajaba con él. ¿Volverían a ser amantes esa noche? La idea la atravesó con un dolor intenso. No podía soportar que Pedro la traicionara con aquella mujer.
El teléfono sonó después de las nueve y ella se apresuró a contestarlo para no despertar a Martina; había tardado siglos en quedarse dormida.
Cuando oyó la voz de Pedro no supo si reír o llorar.
—¿Estás bien, verdad? —le preguntó preocupada.
—Estoy en Londres —le confirmó—. Sólo quería asegurarme de que Martina estaba bien.
¿Martina ? ¿Y ella, qué?
—Martina está dormida —le dijo con sequedad.
—¿Algún problema?
¡Tanto interés le demostraba que bien podía estar hablando con su ama de llaves!
—Martina estuvo un poco inquieta, pero ya está bien —le aseguró con el mismo tono frío que él estaba utilizando.
—Bien —dijo Pedro—. Te daré el número de la oficina y del departamento por si me necesitas. Olvidé hacerlo antes.
¡Claro, porque había estado muy ansioso de escapar! Además Paula sabía que, no importaba lo que pasara, no podría llamarlo a ninguno de los dos números. Tenía miedo de que María Laura Benítez contestara.
Mientras estaba en la cama esa noche, tuvo que aceptar la verdadera razón por la que temía a María Laura benítez. Ella le había robado un marido, un marido que odiaba y temía, pero si le quitaba a Pedro también, le estaría quitando al hombre que amaba. ¡Amaba a Pedro Alfonso!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)