Paula lo miró.
—¿Lo harás?
—Si eso es lo que quieres —asintió él.
—Yo… ¿No sería ser demasiado hipócrita?
—Creo que sí, pero es tu decisión —Pedro se encogió de hombros.
—Preferiría no casarme.
—¿Te gustaría mantener el otro trato? —la miró a los ojos.
Ella palideció, recordando lo degradada que se había sentido mientras él trataba de hacerle el amor, lo terrible que era para ella soportar su sentimiento de impotencia. ¿Pero tendría más respeto por sí misma convirtiéndose en su esposa?
—¿Cuánto tiempo estaría… estaríamos casados?
—Siempre —repuso él decidido.
—¿Y qué pasará si… te enamoras de otra?
Él torció la boca.
—He cumplido los treinta y seis años sin encontrar a la mujer que pueda amar, y dudo que la encuentre más tarde.
—¿Y si sucede? —insistió ella.
—Te lo diré —repuso burlón—. Piensa en el futuro de Martina, Paula, de las cosas que le podría dar… siendo su padre.
Paula tragó con dificultad. Como de costumbre, Pedro había encontrado su punto débil. La felicidad de Penny era lo primero para ella, lo había sido desde que nació, y los últimos meses la chiquilla careció de muchas cosas, hasta el viaje a la escuela constituía para Paula un sacrificio. Conforme la niña creciera las necesidades económicas aumentarían. Dudó en negarle a su hija la oportunidad que se le ofrecía. Pero, ¿podría soportar ser la esposa de Pedro? Había sido esposa de Antonio, y Pedro era mucho más fuerte, más confiable.
—Sí —admitió al fin.
—¿Sí? —preguntó él ansioso.
—Me casaré contigo —le dijo.
—¿Cuándo?
—En cuanto hagas los arreglos necesarios.
Él tragó saliva, mostrando que no había estado tan seguro de su respuesta como había pretendido.
—Te daré tu año, Paula —le dijo.
Ella abrió los ojos, incrédula. Unos minutos antes le había parecido decidido a no esperar. ¿Por qué había cambiado de opinión?
—Algún día también yo tendré que responderle a Martina—le explicó—, y a otros hijos que podamos tener —agregó con suavidad.
Ella se sonrojó.
—¿Quieres hijos?
—Docenas —afirmó él.
Ella rió nerviosa.
—¿No es demasiado pedir?
—No lo creo —la miró con fijeza—. ¿Tienes alguna objeción en darme hijos?
—Yo… ninguna —movió la cabeza. El embarazo le daría un respiro de tener que compartir su cama.
El torció la boca en una mueca amarga.
—Y yo no objeto en dártelos a tí. De hecho, estoy seguro que lo disfrutaré.
La vergüenza que embargaba a Paula se acentuó y cambió de tema.
—¿Viviremos aquí?
—¿Por qué no? —se encogió de hombros—. Compré esta casa para tí.
—¿Para… para mí? —preguntó aturdida.
Pedro asintió.
—El departamento estaba pensado para un hombre soltero; pero, en cuanto decidí casarme contigo, supe que debía buscar algo más grande. Martina disfrutará del jardín. Hasta podría tener un caballo, si quiere.
—Les tiene miedo —le informó Paula ausente. ¡Había estado tan seguro de ella que hasta compró esa casona!
—Es porque no ha estado cerca de ellos —comentó Pedro, ignorando lo que pasaba por la mente de Paula en ese momento—. Le compraré un pony y le enseñaré a montar. También me gustaría adoptarla algún día —agregó.
Paula lo miró sorprendida.
—Martina te quiere, pero… ¿no es demasiado pronto para pensar en la adopción?
—No veo por qué.
—Bueno… pero…
—Va a ser mi hija, Paula—dijo implacable—. Y tú vas a ser mi mujer.
—Pero…
—No quiero que quede un ápice de Antonio García en tu vida, una vez que seas mía —le anunció con fiereza—. ¡Estoy decidido a borrarlo de tu vida!
viernes, 27 de mayo de 2016
Volver A Amar: Capítulo 38
La expresión de Pedro se tornó fiera y la amenaza brilló en sus ojos.
—¿Cómo que no?
—Yo no quiero casarme…
—¿Me oíste pedírtelo?
—No…
—Y no voy a hacerlo —señaló cortante—. Quiero casarme contigo, tú has aceptado estar en deuda conmigo…
—¡No tanto para casarme contigo!
—¿No?
—¡No! —los ojos de Jessica echaban chispas.
Él se encogió de hombros.
—Haré los arreglos necesarios…
—¡Dije que no me quiero casar!
Él se quedó un momento pensativo, mirándola de tal manera que Paula no pudo evitar ruborizarse.
—¿No te quieres casar, punto, o no te quieres casar conmigo en particular?
—¡Las dos cosas!
—Es una pena —comentó con seriedad—. Ya te avisé, no te lo estoy pidiendo, te lo estoy diciendo.
Paula observó aquel rostro, encontrándose con unos ojos tranquilos y confiados; la rabia de minutos antes se había esfumado, y ahora la seguridad era la línea dominante de su cuerpo.
—Yo, yo… no puedo —balbuceó. Pero sabía que su voz carecía de convicción y que Pedro lo notaba; el triunfo resplandeció en aquellos ojos.
—No te puedes negar —le dijo con seguridad—. Créeme, Paula, no suelo ser tan dominante —agregó con gentileza—. Pero contigo tengo que serlo. Tienes que aceptar que es la mejor salida, tú y Martina no pueden seguir solas —la apremió.
—Llevo viuda ocho meses —protestó ella—. Todavía no me puedo casar.
¿Cómo se lo explicaría a Martina cuando crezca?
—Si es por eso, estoy dispuesto a esperar al año —dijo él con sequedad.
—¿Cómo que no?
—Yo no quiero casarme…
—¿Me oíste pedírtelo?
—No…
—Y no voy a hacerlo —señaló cortante—. Quiero casarme contigo, tú has aceptado estar en deuda conmigo…
—¡No tanto para casarme contigo!
—¿No?
—¡No! —los ojos de Jessica echaban chispas.
Él se encogió de hombros.
—Haré los arreglos necesarios…
—¡Dije que no me quiero casar!
Él se quedó un momento pensativo, mirándola de tal manera que Paula no pudo evitar ruborizarse.
—¿No te quieres casar, punto, o no te quieres casar conmigo en particular?
—¡Las dos cosas!
—Es una pena —comentó con seriedad—. Ya te avisé, no te lo estoy pidiendo, te lo estoy diciendo.
Paula observó aquel rostro, encontrándose con unos ojos tranquilos y confiados; la rabia de minutos antes se había esfumado, y ahora la seguridad era la línea dominante de su cuerpo.
—Yo, yo… no puedo —balbuceó. Pero sabía que su voz carecía de convicción y que Pedro lo notaba; el triunfo resplandeció en aquellos ojos.
—No te puedes negar —le dijo con seguridad—. Créeme, Paula, no suelo ser tan dominante —agregó con gentileza—. Pero contigo tengo que serlo. Tienes que aceptar que es la mejor salida, tú y Martina no pueden seguir solas —la apremió.
—Llevo viuda ocho meses —protestó ella—. Todavía no me puedo casar.
¿Cómo se lo explicaría a Martina cuando crezca?
—Si es por eso, estoy dispuesto a esperar al año —dijo él con sequedad.
miércoles, 25 de mayo de 2016
Volver A Amar: Capítulo 37
—¿Ahora? —él la miró con fijeza.
Ella se encogió de hombros.
—¿Por qué no?
Pedro fue hasta la chimenea, fijando la mirada en las llamas que bailoteaban.
—Deja que comprenda —dijo al fin—. ¿Te estás ofreciendo como pago de las cinco mil libras que Antonio me robó?
—Sí.
—¿Y dices que no tienes experiencia?
—Sí —repuso ella ruborizándose.
Él torció la boca en una mueca burlona.
—Entonces, ¿no es demasiado esperar que yo pague cinco mil libras por tu cuerpo?
Paula resintió el insulto. Trataba de lastimarla y lo estaba consiguiendo.
—Te propongo uso ilimitado —murmuró.
—¿Qué quieres decir?
—Que seré tu amante el tiempo que quieras —le dijo cortante.
—¿El tiempo que quiera? —repitió él.
—Sí —Paula estaba segura de que no sería mucho.
—Y el trato… ¿empieza ahora? —preguntó con suavidad.
Paula tragó saliva; poco a poco, aquello estaba resultando mucho más humillante de lo que había creído. ¿Por qué no le hacía el amor y terminaban de una vez?
—Sí —asintió la joven al fin.
—¿Ahora mismo?
—Oh, por Dios —no pudo controlarse más—. ¿Me quieres o no?
—Yo… sí, te quiero —admitió él.
—Entonces, dejémonos de juegos. Ya tienes lo que deseas, así que vayamos al asunto —estaba temblando tanto que dudaba de poder moverse—. ¿Vamos arriba?
—¿Para qué molestarnos? —Pedro se deslizó a apagar las dos lámparas que iluminaban la habitación—. Creo que será mucho más romántico mirarte aquí, con la luz del fuego de la chimenea.
—¿Aquí? —la joven parpadeó aturdida, mirando la hermosa alfombra de piel de cabra frente a ella. Entonces abrió los ojos incrédula al ver a Pedro tenderse a sus pies cuan largo era, alargando los brazos, invitándola.
—Paula—la urgió con suavidad.
De alguna forma aquello no iba saliendo como se había imaginado: su mente tradicional había supuesto una cama normal, la escena amorosa y, al final, una despedida fría y absurda. El deseo brillaba en los ojos masculinos, el deseo y la pasión, y su boca se curvó en una sonrisa de satisfacción. Resultaba terriblemente atractivo a la luz del fuego, su cabello despedía hermosos destellos dorados.
—Ven aquí —le ordenó.
Tenía todo el derecho de ordenarle; de hecho, prefería que así lo hiciera. De esa forma no podría olvidar que era su esclava, que no podía elegir, que él era su amo.
Se hundió en la alfombra, a su lado, aturdida por su proximidad y el suave olor a hombre mezclado con el aroma de colonia. Se contrajo al sentir su mano tomarle la mejilla, volviéndola hacia él y encarándola por completo antes de que su boca la besara. Como siempre, no respondió, no podía, y se mantuvo flácida en sus brazos mientras él se inclinaba seductor sobre ella.
—Bésame, Paula —murmuró sobre su boca, con una mano sosteniéndole la barbilla.
—Yo…
—Bésame, tócame. ¡Haz todas las cosas que he soñado que me harías desde que te conocí! —gimió.
—Yo…
—Hazlo, Paula —pidió tembloroso, poseyéndola con la boca, mientras le guiaba las manos por todo su cuerpo, obligándola a desabotonarle la camisa—. Bésame —su boca ansiosa pasó a la suave y delicada garganta de la joven, dando ligeros mordiscos sensuales bajo la sensible línea del mentón.
Ella reaccionó a las órdenes recibidas y su boca empezó a recorrer los firmes músculos del pecho masculino, sintiendo el contacto del vello, la dureza de los pequeños pezones del hombre al detenerse sus labios allí.
—Más abajo, Paula—la invitó—. Bésame más abajo —rodó sobre su espalda, llevándola con él, desabrochándole los pantalones antes de pedirle que se los bajara del todo—. Ayúdame —la animó al notar que ella lo miraba asombrada.
Se estaba terminando de quitar la camisa cuando la joven se volvió de dejar los pantalones a un lado, y Paula abrió los ojos desorbitadamente al verlo allí, frente a ella, desnudo.
No permaneció quieto mucho tiempo; al instante él estaba quitándole la ropa, con una eficiencia que indicaba su amplia experiencia. La empezó a besar de nuevo, con ansia incontenible, cubriéndola con su cuerpo mientras su boca bajaba hasta sus senos, saboreando los pezones femeninos con delicia.
Paula sintió la respuesta de su cuerpo al sentir los muslos del hombre entre los suyos; aun así una parte de ella se mantenía lejana, rehusándose a corresponder, incapaz de corresponder. No pudo impedir que las lágrimas asomaran a sus ojos, corriendo en silencio por sus mejillas mientras Pedro continuaba acariciándola, ignorante de la pena que inundaba a su compañera.
—He esperado tanto por esto —gimió en su oído, apretando los muslos de la joven con manos ardientes. Paula ya no tenía duda de que había perdido el control por completo y que sólo podía haber un fin en ese encuentro—. ¿Paula? —levantó la cabeza ante su silencio, arrugando el entrecejo al ver las lágrimas de la joven—. Pero no es lo que tú quieres, ¿verdad? —dijo hosco.
Ella se mordió un labio, tratando de contener los sollozos.
—Yo…
—Tampoco es lo que yo quiero, en realidad —se apartó de ella y, sin prisas, empezó a vestirse.
—¿Pedro? —ella se enderezó, aturdida, apenas capaz de creer el brusco cambio en la actitud del hombre—. Pero tú dijiste…
—Sí te deseo —la ayudó a vestirse, quitando el cabello que le caía sobre la cara al mismo tiempo que le tomaba el rostro entre las dos grandes manos—, pero no así —se arrodilló frente a ella—. ¿En verdad quieres estar escondiéndote todo el tiempo, robando unas cuantas horas de aquí y de allá, convirtiendo todo en algo sórdido y desagradable?
Paula no podía entender que pudiera ser más sórdido de lo que ya era.
—No…
—Yo tampoco —le dijo él con amargura.
—Pero ahora…
—Ofreciste darme lo que deseo hace ocho meses —se puso de pie, la ayudó a hacer lo mismo y la llevó a sentarse en uno de los sillones, al ver que se tambaleaba— Es lógico que perdiera la cabeza —le sonrió con gentileza.
—Pero si no querías eso, ¿qué?…
—¿Qué quiero? —terminó él decidido—. No una amante de medio tiempo — permaneció de pie, fuerte, dominante; era un hombre que sabía muy bien lo que quería y que no permitiría que nada le obstaculizara el camino—. El ser amante te da libertad…
—A tí también —señaló ella acalorada. ¿Por qué no terminó todo de una vez?
Al contrario, ahora Pedro le reprochaba lo bajo que se había comportado; bajo y barato. ¿Barato? ¡Cinco mil libras no podía considerarse barato!
Ella se encogió de hombros.
—¿Por qué no?
Pedro fue hasta la chimenea, fijando la mirada en las llamas que bailoteaban.
—Deja que comprenda —dijo al fin—. ¿Te estás ofreciendo como pago de las cinco mil libras que Antonio me robó?
—Sí.
—¿Y dices que no tienes experiencia?
—Sí —repuso ella ruborizándose.
Él torció la boca en una mueca burlona.
—Entonces, ¿no es demasiado esperar que yo pague cinco mil libras por tu cuerpo?
Paula resintió el insulto. Trataba de lastimarla y lo estaba consiguiendo.
—Te propongo uso ilimitado —murmuró.
—¿Qué quieres decir?
—Que seré tu amante el tiempo que quieras —le dijo cortante.
—¿El tiempo que quiera? —repitió él.
—Sí —Paula estaba segura de que no sería mucho.
—Y el trato… ¿empieza ahora? —preguntó con suavidad.
Paula tragó saliva; poco a poco, aquello estaba resultando mucho más humillante de lo que había creído. ¿Por qué no le hacía el amor y terminaban de una vez?
—Sí —asintió la joven al fin.
—¿Ahora mismo?
—Oh, por Dios —no pudo controlarse más—. ¿Me quieres o no?
—Yo… sí, te quiero —admitió él.
—Entonces, dejémonos de juegos. Ya tienes lo que deseas, así que vayamos al asunto —estaba temblando tanto que dudaba de poder moverse—. ¿Vamos arriba?
—¿Para qué molestarnos? —Pedro se deslizó a apagar las dos lámparas que iluminaban la habitación—. Creo que será mucho más romántico mirarte aquí, con la luz del fuego de la chimenea.
—¿Aquí? —la joven parpadeó aturdida, mirando la hermosa alfombra de piel de cabra frente a ella. Entonces abrió los ojos incrédula al ver a Pedro tenderse a sus pies cuan largo era, alargando los brazos, invitándola.
—Paula—la urgió con suavidad.
De alguna forma aquello no iba saliendo como se había imaginado: su mente tradicional había supuesto una cama normal, la escena amorosa y, al final, una despedida fría y absurda. El deseo brillaba en los ojos masculinos, el deseo y la pasión, y su boca se curvó en una sonrisa de satisfacción. Resultaba terriblemente atractivo a la luz del fuego, su cabello despedía hermosos destellos dorados.
—Ven aquí —le ordenó.
Tenía todo el derecho de ordenarle; de hecho, prefería que así lo hiciera. De esa forma no podría olvidar que era su esclava, que no podía elegir, que él era su amo.
Se hundió en la alfombra, a su lado, aturdida por su proximidad y el suave olor a hombre mezclado con el aroma de colonia. Se contrajo al sentir su mano tomarle la mejilla, volviéndola hacia él y encarándola por completo antes de que su boca la besara. Como siempre, no respondió, no podía, y se mantuvo flácida en sus brazos mientras él se inclinaba seductor sobre ella.
—Bésame, Paula —murmuró sobre su boca, con una mano sosteniéndole la barbilla.
—Yo…
—Bésame, tócame. ¡Haz todas las cosas que he soñado que me harías desde que te conocí! —gimió.
—Yo…
—Hazlo, Paula —pidió tembloroso, poseyéndola con la boca, mientras le guiaba las manos por todo su cuerpo, obligándola a desabotonarle la camisa—. Bésame —su boca ansiosa pasó a la suave y delicada garganta de la joven, dando ligeros mordiscos sensuales bajo la sensible línea del mentón.
Ella reaccionó a las órdenes recibidas y su boca empezó a recorrer los firmes músculos del pecho masculino, sintiendo el contacto del vello, la dureza de los pequeños pezones del hombre al detenerse sus labios allí.
—Más abajo, Paula—la invitó—. Bésame más abajo —rodó sobre su espalda, llevándola con él, desabrochándole los pantalones antes de pedirle que se los bajara del todo—. Ayúdame —la animó al notar que ella lo miraba asombrada.
Se estaba terminando de quitar la camisa cuando la joven se volvió de dejar los pantalones a un lado, y Paula abrió los ojos desorbitadamente al verlo allí, frente a ella, desnudo.
No permaneció quieto mucho tiempo; al instante él estaba quitándole la ropa, con una eficiencia que indicaba su amplia experiencia. La empezó a besar de nuevo, con ansia incontenible, cubriéndola con su cuerpo mientras su boca bajaba hasta sus senos, saboreando los pezones femeninos con delicia.
Paula sintió la respuesta de su cuerpo al sentir los muslos del hombre entre los suyos; aun así una parte de ella se mantenía lejana, rehusándose a corresponder, incapaz de corresponder. No pudo impedir que las lágrimas asomaran a sus ojos, corriendo en silencio por sus mejillas mientras Pedro continuaba acariciándola, ignorante de la pena que inundaba a su compañera.
—He esperado tanto por esto —gimió en su oído, apretando los muslos de la joven con manos ardientes. Paula ya no tenía duda de que había perdido el control por completo y que sólo podía haber un fin en ese encuentro—. ¿Paula? —levantó la cabeza ante su silencio, arrugando el entrecejo al ver las lágrimas de la joven—. Pero no es lo que tú quieres, ¿verdad? —dijo hosco.
Ella se mordió un labio, tratando de contener los sollozos.
—Yo…
—Tampoco es lo que yo quiero, en realidad —se apartó de ella y, sin prisas, empezó a vestirse.
—¿Pedro? —ella se enderezó, aturdida, apenas capaz de creer el brusco cambio en la actitud del hombre—. Pero tú dijiste…
—Sí te deseo —la ayudó a vestirse, quitando el cabello que le caía sobre la cara al mismo tiempo que le tomaba el rostro entre las dos grandes manos—, pero no así —se arrodilló frente a ella—. ¿En verdad quieres estar escondiéndote todo el tiempo, robando unas cuantas horas de aquí y de allá, convirtiendo todo en algo sórdido y desagradable?
Paula no podía entender que pudiera ser más sórdido de lo que ya era.
—No…
—Yo tampoco —le dijo él con amargura.
—Pero ahora…
—Ofreciste darme lo que deseo hace ocho meses —se puso de pie, la ayudó a hacer lo mismo y la llevó a sentarse en uno de los sillones, al ver que se tambaleaba— Es lógico que perdiera la cabeza —le sonrió con gentileza.
—Pero si no querías eso, ¿qué?…
—¿Qué quiero? —terminó él decidido—. No una amante de medio tiempo — permaneció de pie, fuerte, dominante; era un hombre que sabía muy bien lo que quería y que no permitiría que nada le obstaculizara el camino—. El ser amante te da libertad…
—A tí también —señaló ella acalorada. ¿Por qué no terminó todo de una vez?
Al contrario, ahora Pedro le reprochaba lo bajo que se había comportado; bajo y barato. ¿Barato? ¡Cinco mil libras no podía considerarse barato!
—No quiero libertad —le dijo él con firmeza—. Y no quiero que la tengas tú tampoco. No te quiero como mi amante, ni como cualquier otro tipo de relación pasajera.
—¿No? —no podía entenderlo.
—No —dijo confiado—. Estoy buscando una esposa, Paula, alguien que comparta mi cama y mi vida todo el tiempo. Y quiero que tú seas esa esposa.
—¿Esposa? —exclamó ella—. ¿Quieres decir que deseas casarte conmigo?
Pedro sonrió.
—¿Conoces otra forma en que pueda hacerte mi esposa?
—¡No! —se levantó, como dispuesta a huir, asustada.
Volver A Amar: Capítulo 36
Paula había jurado qué ningún otro hombre volvería a tener poder sobre ella, pues al fin estaba libre, y sin embargo, apenas siete meses y medio después de la muerte de Antonio tenía que admitir que estaba atrapada de nuevo. Esta vez su cautiverio sería en el aspecto físico.
Pedro quería una relación física con ella, la exigía, y, tal como le pasó con la crueldad mental de Antonio, Paula sabía que tendría que ceder.
Tomó su decisión, pero no fue a ver a Pedro hasta pasadas las Navidades, disfrutando al máximo sus días con Martina, sabiendo que, una vez entregada a Pedro, su autoestima se desvanecería para siempre.
Patricia volvió de sus cortas vacaciones con sus suegros y fue directamente a ver a Paula para ofrecerse a cuidar de Martina mientras la joven salía esa tarde. Ella no le había dicho a su amiga que pensaba ir a ver a Pedro; esperaba que él no insistiera en hacer públicas sus relaciones. Aunque, conociéndolo, dudaba de que Pedro se fuera a contentar con una aventura a escondidas.
No le había avisado de su visita, pero las luces encendidas le indicaron que se encontraba en casa. Despidió al taxi y luego se tomó unos minutos para calmarse.
Sabía que una vez que entrara en la casa se convertiría en parte de sus propiedades, y aunque había tratado de convencerse de que no tenía otra opción, eso no disminuía el miedo que la embargaba. Hacía casi seis años que no dormía con hombre alguno, y con Antonio como marido supo enfrentarse con sus propios defectos. Era por su frigidez, por su falta de apetito sexual, por lo que estaba segura de que Pedro no la aguantaría durante mucho tiempo. Al menos contaba con eso.
Llamó a la puerta con tanta suavidad que no obtuvo respuesta. Un golpe más sonoro produjo movimiento dentro de la casa; al fin oyó a Pedro acercarse a abrir.
Cuando abrió la puerta, la joven perdió el habla, lo miró con ojos asustados.
—¡Paula! —el hombre frunció el ceño—. ¿Qué pasa? —de repente palideció—. ¿Le sucedió algo a Martina?…
Ella negó con la cabeza.
—Yo… tengo que hablarte —tenía la boca seca y apenas podía articular palabra.
Aun así, Pedro pareció comprender y abrió más la puerta.
—Pasa —la invitó.
La casa estaba cálida. Y Paula le permitió que le quitara el abrigo, sin sorprenderse de ver la indumentaria sencilla que él vestía. Ella se había puesto el suéter que le había regalado, esta vez combinándolo con una falda oscura.
Pasaron al salón. Paula se acercó hasta el fuego en el hogar, tratando de calentarse las manos. Aquello iba a resultar mucho más difícil de lo que se había imaginado. ¡Cómo decirle a un hombre que una estaba allí dispuesta a convertirse en su amante!
—¿Quieres una copa? —preguntó Pedro con cierta aspereza.
Estuvo tentada a aceptar, para atontarse un poco antes de que él le hiciera el amor, pero toda su vida había sido una cobarde y ahora no estaba dispuesta a seguir siéndolo.
—No, gracias —rechazó—. Pero tú sírvete.
—¿La necesitaré? —pregunto imitando burlón la misma pregunta que ella le había hecho el día de Navidad.
—Yo… Creo que sí —admitió la joven.
Pedro ignoró toda la exhibición de bebidas que había en el mueble-bar.
—¿Nos sentamos… o no te piensas quedar mucho tiempo? —alzó una ceja.
—Eso… depende de tí.
La intensidad de su mirada se hizo más profunda, parecía estar viendo hasta el fondo del alma de la joven.
—Paula… murmuró con suavidad.
Ella tragó saliva y fijó la vista en la alfombra.
—Me dijiste que no discutiría —susurró—, y no voy a hacerlo —echó la cabeza hacia atrás con orgullo—. Me querías, Pedro, y el robo de Antonio significa sólo una cosa… aquí me tienes.
Él apretó la boca, tratando de controlar la furia que lo invadía.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó con dureza.
—Estoy aquí para… para compartir tu cama —hizo un gesto de impotencia—. Para hacer lo que tú quieras.
—¿Te refieres a ser mi amante? —preguntó con voz suave y peligrosa.
Ella asintió.
—Si eso es lo que quieres. Pero yo… Creo que debo decírtelo: no te llevas buena mercancía. Sólo he tenido a Antonio y…
—¡No me interesa saber sobre los hombres con los que has dormido! —explotó él, tenso y furioso—. Y menos sobre Antonio —gruñó—. ¡Sabes muy bien que la idea de un hombre cerca de tí me destroza!
Sí, sabía que la deseaba con tal pasión que casi se había convertido para él en una obsesión enfermiza. Era por esa razón que creía poder soportar el trauma de convertirse en su amante. La deseaba, no le importaba que ella le correspondiera y, sin duda, su forma de hacerle el amor sería tan egoísta como la de Antonio. Dos años había sufrido la invasión de su cuerpo por Antonio. ¿Podría soportar unas cuantas semanas la egoísta pasión de Pedro? Se dijo que lo haría, lo único que quería era terminar con ello.
—Quería explicarte que no tengo experiencia —dijo con rigidez—. Vamos a ello.
Pedro quería una relación física con ella, la exigía, y, tal como le pasó con la crueldad mental de Antonio, Paula sabía que tendría que ceder.
Tomó su decisión, pero no fue a ver a Pedro hasta pasadas las Navidades, disfrutando al máximo sus días con Martina, sabiendo que, una vez entregada a Pedro, su autoestima se desvanecería para siempre.
Patricia volvió de sus cortas vacaciones con sus suegros y fue directamente a ver a Paula para ofrecerse a cuidar de Martina mientras la joven salía esa tarde. Ella no le había dicho a su amiga que pensaba ir a ver a Pedro; esperaba que él no insistiera en hacer públicas sus relaciones. Aunque, conociéndolo, dudaba de que Pedro se fuera a contentar con una aventura a escondidas.
No le había avisado de su visita, pero las luces encendidas le indicaron que se encontraba en casa. Despidió al taxi y luego se tomó unos minutos para calmarse.
Sabía que una vez que entrara en la casa se convertiría en parte de sus propiedades, y aunque había tratado de convencerse de que no tenía otra opción, eso no disminuía el miedo que la embargaba. Hacía casi seis años que no dormía con hombre alguno, y con Antonio como marido supo enfrentarse con sus propios defectos. Era por su frigidez, por su falta de apetito sexual, por lo que estaba segura de que Pedro no la aguantaría durante mucho tiempo. Al menos contaba con eso.
Llamó a la puerta con tanta suavidad que no obtuvo respuesta. Un golpe más sonoro produjo movimiento dentro de la casa; al fin oyó a Pedro acercarse a abrir.
Cuando abrió la puerta, la joven perdió el habla, lo miró con ojos asustados.
—¡Paula! —el hombre frunció el ceño—. ¿Qué pasa? —de repente palideció—. ¿Le sucedió algo a Martina?…
Ella negó con la cabeza.
—Yo… tengo que hablarte —tenía la boca seca y apenas podía articular palabra.
Aun así, Pedro pareció comprender y abrió más la puerta.
—Pasa —la invitó.
La casa estaba cálida. Y Paula le permitió que le quitara el abrigo, sin sorprenderse de ver la indumentaria sencilla que él vestía. Ella se había puesto el suéter que le había regalado, esta vez combinándolo con una falda oscura.
Pasaron al salón. Paula se acercó hasta el fuego en el hogar, tratando de calentarse las manos. Aquello iba a resultar mucho más difícil de lo que se había imaginado. ¡Cómo decirle a un hombre que una estaba allí dispuesta a convertirse en su amante!
—¿Quieres una copa? —preguntó Pedro con cierta aspereza.
Estuvo tentada a aceptar, para atontarse un poco antes de que él le hiciera el amor, pero toda su vida había sido una cobarde y ahora no estaba dispuesta a seguir siéndolo.
—No, gracias —rechazó—. Pero tú sírvete.
—¿La necesitaré? —pregunto imitando burlón la misma pregunta que ella le había hecho el día de Navidad.
—Yo… Creo que sí —admitió la joven.
Pedro ignoró toda la exhibición de bebidas que había en el mueble-bar.
—¿Nos sentamos… o no te piensas quedar mucho tiempo? —alzó una ceja.
—Eso… depende de tí.
La intensidad de su mirada se hizo más profunda, parecía estar viendo hasta el fondo del alma de la joven.
—Paula… murmuró con suavidad.
Ella tragó saliva y fijó la vista en la alfombra.
—Me dijiste que no discutiría —susurró—, y no voy a hacerlo —echó la cabeza hacia atrás con orgullo—. Me querías, Pedro, y el robo de Antonio significa sólo una cosa… aquí me tienes.
Él apretó la boca, tratando de controlar la furia que lo invadía.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó con dureza.
—Estoy aquí para… para compartir tu cama —hizo un gesto de impotencia—. Para hacer lo que tú quieras.
—¿Te refieres a ser mi amante? —preguntó con voz suave y peligrosa.
Ella asintió.
—Si eso es lo que quieres. Pero yo… Creo que debo decírtelo: no te llevas buena mercancía. Sólo he tenido a Antonio y…
—¡No me interesa saber sobre los hombres con los que has dormido! —explotó él, tenso y furioso—. Y menos sobre Antonio —gruñó—. ¡Sabes muy bien que la idea de un hombre cerca de tí me destroza!
Sí, sabía que la deseaba con tal pasión que casi se había convertido para él en una obsesión enfermiza. Era por esa razón que creía poder soportar el trauma de convertirse en su amante. La deseaba, no le importaba que ella le correspondiera y, sin duda, su forma de hacerle el amor sería tan egoísta como la de Antonio. Dos años había sufrido la invasión de su cuerpo por Antonio. ¿Podría soportar unas cuantas semanas la egoísta pasión de Pedro? Se dijo que lo haría, lo único que quería era terminar con ello.
—Quería explicarte que no tengo experiencia —dijo con rigidez—. Vamos a ello.
Volver A Amar: Capítulo 35
—¡Cinco!… —se reclinó en el respaldo de la silla, cerrando los ojos para bloquear la pesadilla.
No había manera de que pagara todo ese dinero. ¡Cinco mil libras! ¿Qué demonios había hecho Antonio con todo ese dinero? En realidad, no necesitaba que nadie se lo dijera; sabía la respuesta. Antonio siempre había querido vivir bien; cuando su madre murió le dejó una pequeña cantidad de dinero, unas dos mil libras.
Antonio gastó todo ese dinero en seis meses, bebiendo y divirtiendo a otras mujeres, deseoso de impresionarlas.
Ella había creído que su nuevo trabajo, en la Alfonso, le había dado más dinero para poder seguir con su extravagante ritmo de vida. Cuando empezaron a aparecer las deudas, supo que eran ellas las que debían pagar ese estilo de vida de su marido, las ropas caras, el auto deportivo. Y ahora también estaba en deuda con Pedro Alfonso.
—¿Paula? —la llamó preocupado.
Ella trató de recuperar la compostura y retiró las manos de las del hombre.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —se puso de pie de un salto y fue hacia la ventana.
—No tenía caso…
—¡Te debo dinero! —lo increpó ella furiosa, con los ojos llenos de lágrimas.
—Tú no —Pedro movió la cabeza—. Antonio me debía. Y está muerto.
—Soy su esposa.
—Su deuda murió con él.
—¿De veras? —preguntó ella con amargura.
Él la miró a la cara.
—¿Qué quieres decir?
—Si todo lo demás fracasa…
—¿Fracasa qué? —su voz sonó peligrosamente suave, suficiente como amenaza. Paula permaneció imperturbable.
—Ayer me dijiste que me querías, que estabas decidido a tenerme. También dijiste que llegaría el día en que no me negaría más.
Pedro estaba lívido.
—¿De verdad piensas que?… ¿Crees que yo?…
—Quiero marcharme —dijo ella—. Le devolveré su dinero, señor Alfonso. Puede estar seguro de eso.
—¿Cómo?
Ella se sonrojó ante lo despectivo de su voz.
—No se preocupe, ya idearé la manera.
—Paula, no es esto lo que quiero…
Ella saltó al notar el contacto de sus manos.
—¡Sé muy bien lo que quiere! —le gritó furiosa—. Pero no lo obtendrá de esta forma —agregó vehemente.
—¡Maldita seas! —le espetó furioso.
—¡Y maldito seas tú! —casi salió corriendo de allí, subiendo a buscar a Martina.
La niña apenas estaba despertando—. Hola, cariño —la saludó Paula con suavidad—. ¿Lista para ir a casa?
—¿A casa? —preguntó Martina—. Creí que nos quedaríamos para el té.
—No hoy, mi amor —ayudó a la niña a ponerse de pie—. Vamos por tus juguetes y dejemos a tío Pedro tranquilo, tiene que trabajar.
—¿Trabajar el día de Navidad? —se quejó la pequeña.
—Está muy ocupado…
—¿Lo está? —intervino Pedro, de pie en la entrada del dormitorio.
Paula se volvió a mirarlo con intensidad y firmeza.
—¡Sí!
—Sí —suspiró él derrotado—. Pero no siempre lo estará —advirtió.
Paula no quiso seguir en inútiles discusiones con él. En cinco minutos recogió las cosas de Martina y esperó a que Pedro las llevara a casa. Martina se acomodó junto a él en la parte delantera del auto. Paula se sentó atrás, siempre consciente de los ojos perturbadores que se fijaban en ella por el espejo retrovisor. Trató de ignorarlo, aunque aquella mirada la quemaba.
La despedida de Martina con un "te veré pronto", quedó sin eco por parte de Paula. Ella se despidió con cortesía; estaba ansiosa de alejarse del hombre que amenazaba su existencia. El día anterior la había puesto nerviosa, pero hoy la aterraba.
Ese miedo la mantuvo despierta toda la noche, dando vueltas a la mejor manera de poder pagarle a Pedro Alfonso, el dinero que Antonio había robado. Todo el dinero que había ganado hasta ese momento había sido destinado a pagar otras deudas de Antonio, y no veía cómo sacar mil libras, mucho menos cinco mil.
Cada vez se iba haciendo más evidente que sólo había una respuesta al problema. ¡Pedro Alfonso la deseaba, y, por lo visto, estaba escrito que se saldría con la suya!
No había manera de que pagara todo ese dinero. ¡Cinco mil libras! ¿Qué demonios había hecho Antonio con todo ese dinero? En realidad, no necesitaba que nadie se lo dijera; sabía la respuesta. Antonio siempre había querido vivir bien; cuando su madre murió le dejó una pequeña cantidad de dinero, unas dos mil libras.
Antonio gastó todo ese dinero en seis meses, bebiendo y divirtiendo a otras mujeres, deseoso de impresionarlas.
Ella había creído que su nuevo trabajo, en la Alfonso, le había dado más dinero para poder seguir con su extravagante ritmo de vida. Cuando empezaron a aparecer las deudas, supo que eran ellas las que debían pagar ese estilo de vida de su marido, las ropas caras, el auto deportivo. Y ahora también estaba en deuda con Pedro Alfonso.
—¿Paula? —la llamó preocupado.
Ella trató de recuperar la compostura y retiró las manos de las del hombre.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —se puso de pie de un salto y fue hacia la ventana.
—No tenía caso…
—¡Te debo dinero! —lo increpó ella furiosa, con los ojos llenos de lágrimas.
—Tú no —Pedro movió la cabeza—. Antonio me debía. Y está muerto.
—Soy su esposa.
—Su deuda murió con él.
—¿De veras? —preguntó ella con amargura.
Él la miró a la cara.
—¿Qué quieres decir?
—Si todo lo demás fracasa…
—¿Fracasa qué? —su voz sonó peligrosamente suave, suficiente como amenaza. Paula permaneció imperturbable.
—Ayer me dijiste que me querías, que estabas decidido a tenerme. También dijiste que llegaría el día en que no me negaría más.
Pedro estaba lívido.
—¿De verdad piensas que?… ¿Crees que yo?…
—Quiero marcharme —dijo ella—. Le devolveré su dinero, señor Alfonso. Puede estar seguro de eso.
—¿Cómo?
Ella se sonrojó ante lo despectivo de su voz.
—No se preocupe, ya idearé la manera.
—Paula, no es esto lo que quiero…
Ella saltó al notar el contacto de sus manos.
—¡Sé muy bien lo que quiere! —le gritó furiosa—. Pero no lo obtendrá de esta forma —agregó vehemente.
—¡Maldita seas! —le espetó furioso.
—¡Y maldito seas tú! —casi salió corriendo de allí, subiendo a buscar a Martina.
La niña apenas estaba despertando—. Hola, cariño —la saludó Paula con suavidad—. ¿Lista para ir a casa?
—¿A casa? —preguntó Martina—. Creí que nos quedaríamos para el té.
—No hoy, mi amor —ayudó a la niña a ponerse de pie—. Vamos por tus juguetes y dejemos a tío Pedro tranquilo, tiene que trabajar.
—¿Trabajar el día de Navidad? —se quejó la pequeña.
—Está muy ocupado…
—¿Lo está? —intervino Pedro, de pie en la entrada del dormitorio.
Paula se volvió a mirarlo con intensidad y firmeza.
—¡Sí!
—Sí —suspiró él derrotado—. Pero no siempre lo estará —advirtió.
Paula no quiso seguir en inútiles discusiones con él. En cinco minutos recogió las cosas de Martina y esperó a que Pedro las llevara a casa. Martina se acomodó junto a él en la parte delantera del auto. Paula se sentó atrás, siempre consciente de los ojos perturbadores que se fijaban en ella por el espejo retrovisor. Trató de ignorarlo, aunque aquella mirada la quemaba.
La despedida de Martina con un "te veré pronto", quedó sin eco por parte de Paula. Ella se despidió con cortesía; estaba ansiosa de alejarse del hombre que amenazaba su existencia. El día anterior la había puesto nerviosa, pero hoy la aterraba.
Ese miedo la mantuvo despierta toda la noche, dando vueltas a la mejor manera de poder pagarle a Pedro Alfonso, el dinero que Antonio había robado. Todo el dinero que había ganado hasta ese momento había sido destinado a pagar otras deudas de Antonio, y no veía cómo sacar mil libras, mucho menos cinco mil.
Cada vez se iba haciendo más evidente que sólo había una respuesta al problema. ¡Pedro Alfonso la deseaba, y, por lo visto, estaba escrito que se saldría con la suya!
Volver A Amar: Capítulo 34
—¿Lo necesitaré? —ella se volvió a mirarlo.
—No, si te refieres a mí.
—Pero sí, si me refiero a Antonio.
—Tal vez —suspiró él.
—Entonces, quisiera un jerez, por favor —se sentó a esperar lo que Pedro tenía que decirle. Parecía tan reacio a decírselo como ella estaba para oírlo.
—Por favor… —pidió Paula al fin.
Pedro frunció el ceño.
—No estoy seguro de que podrás soportar más.
—No me iré de aquí hasta que sepa la verdad.
—Entonces, jamás te la diré —repuso él.
—¡Pedro!…
—Está bien —dijo irritado—. Pero recuerda que tú me lo pediste. Yo no te lo quería decir.
—Si tiene que ver con Antonio, tengo el derecho de saberlo.
—¿Aunque te lastime?
Antonio apenas la hizo felíz un mínimo de tiempo, así que no se sorprendería de nada que le pudiera decir Pedro.
—Por favor, dímelo —rogó con voz baja.
Él suspiró de nuevo, paseando de un lado a otro de la habitación.
—No quisiera hablar de esto, Paula. Menos, hoy.
Ella torció la boca.
—La Navidad perdió todo su encanto para mí hace muchos años —señaló con brusquedad—. Si no fuera por Martina, ni siquiera me acordaría.
Él respingó, furioso.
—No estaba hablando de la Navidad, me refería al hecho de que éste es el primer día que pasas entero conmigo. Después de que te diga lo de Antonio, puede que sea el último. ¡Y no quiero! —agregó vehemente—. Tu marido se ha interpuesto demasiado entre nosotros y no permitiré que también me arrebate este día.
—Jamás te he pertenecido…
—Pero lo harás… si no te digo lo de Antonio.
Paula movió la cabeza.
—El no decírmelo no cambiará nada. Sé que algo me ocultas y quiero saberlo.
—¿Me prometes que no te irás después de que te lo diga? —la miró con fijeza.
—No —repuso ella firme.
Él sonrió con amargura.
—No se puede decir que no eres sincera.
—Siempre he sido sincera —le dijo ella.
—¿Y esperas la misma sinceridad de mi parte?
—En cuanto a esto, sí.
—La obtendrás, y también en cuanto a todo lo demás —agregó.
Ella se sonrojó, percibiendo de inmediato a qué se refería.
—¿Bien?
—Paula…
—Pedro, ya has retrasado mucho esto —le dijo con firmeza—. Y ahora quiero saber qué hizo Antonio.
—Trampas en sus cuentas —murmuró Pedro.
Ella se tensó, irguiéndose en el asiento.
—¿Qué has dicho? —tartamudeó.
Él le dio la espalda. Paula se acercó a su lado y le tocó el brazo con suavidad.
—¿Qué dijiste? —preguntó aturdida.
Él se volvió, con la amargura dibujada hasta en la última línea de su rostro.
—Antonio desfalcaba a mi compañía —le dijo con sequedad.
Ella palideció, se tambaleó, habría caído de no ser por Pedro que la sostuvo, acompañándola a tomar asiento.
—Hace algunos meses tuvimos una auditoría —le dijo sin mirarla—. Descubrimos una discrepancia y la rastreamos hasta Antonio —hablaba sin tono en la voz, citando los hechos.
Paula se mojó los labios, se sintió enferma.
—¿Cuánto… cuánto? —lo miró con ojos llenos de terror.
Él se encogió de hombros, como si la cantidad no importara.
—Varios miles de libras.
—¡Varios!… —Paula apenas podía respirar.
Pedro se inclinó, tomando las heladas manos de la joven entre las suyas.
—Yo no quería decírtelo…
—¿Cuántos miles? —lo interrumpió Paula, haciendo caso omiso de sus palabras. Jamás pensó que Antonio pudiera desfalcar a la compañía Alfonso.
—Paula… bueno, está bien —Pedro se rindió ante la decisión reflejada en el rostro femenino—. Durante los dos años que trabajó para mí, tomó alrededor de cinco mil libras.
—No, si te refieres a mí.
—Pero sí, si me refiero a Antonio.
—Tal vez —suspiró él.
—Entonces, quisiera un jerez, por favor —se sentó a esperar lo que Pedro tenía que decirle. Parecía tan reacio a decírselo como ella estaba para oírlo.
—Por favor… —pidió Paula al fin.
Pedro frunció el ceño.
—No estoy seguro de que podrás soportar más.
—No me iré de aquí hasta que sepa la verdad.
—Entonces, jamás te la diré —repuso él.
—¡Pedro!…
—Está bien —dijo irritado—. Pero recuerda que tú me lo pediste. Yo no te lo quería decir.
—Si tiene que ver con Antonio, tengo el derecho de saberlo.
—¿Aunque te lastime?
Antonio apenas la hizo felíz un mínimo de tiempo, así que no se sorprendería de nada que le pudiera decir Pedro.
—Por favor, dímelo —rogó con voz baja.
Él suspiró de nuevo, paseando de un lado a otro de la habitación.
—No quisiera hablar de esto, Paula. Menos, hoy.
Ella torció la boca.
—La Navidad perdió todo su encanto para mí hace muchos años —señaló con brusquedad—. Si no fuera por Martina, ni siquiera me acordaría.
Él respingó, furioso.
—No estaba hablando de la Navidad, me refería al hecho de que éste es el primer día que pasas entero conmigo. Después de que te diga lo de Antonio, puede que sea el último. ¡Y no quiero! —agregó vehemente—. Tu marido se ha interpuesto demasiado entre nosotros y no permitiré que también me arrebate este día.
—Jamás te he pertenecido…
—Pero lo harás… si no te digo lo de Antonio.
Paula movió la cabeza.
—El no decírmelo no cambiará nada. Sé que algo me ocultas y quiero saberlo.
—¿Me prometes que no te irás después de que te lo diga? —la miró con fijeza.
—No —repuso ella firme.
Él sonrió con amargura.
—No se puede decir que no eres sincera.
—Siempre he sido sincera —le dijo ella.
—¿Y esperas la misma sinceridad de mi parte?
—En cuanto a esto, sí.
—La obtendrás, y también en cuanto a todo lo demás —agregó.
Ella se sonrojó, percibiendo de inmediato a qué se refería.
—¿Bien?
—Paula…
—Pedro, ya has retrasado mucho esto —le dijo con firmeza—. Y ahora quiero saber qué hizo Antonio.
—Trampas en sus cuentas —murmuró Pedro.
Ella se tensó, irguiéndose en el asiento.
—¿Qué has dicho? —tartamudeó.
Él le dio la espalda. Paula se acercó a su lado y le tocó el brazo con suavidad.
—¿Qué dijiste? —preguntó aturdida.
Él se volvió, con la amargura dibujada hasta en la última línea de su rostro.
—Antonio desfalcaba a mi compañía —le dijo con sequedad.
Ella palideció, se tambaleó, habría caído de no ser por Pedro que la sostuvo, acompañándola a tomar asiento.
—Hace algunos meses tuvimos una auditoría —le dijo sin mirarla—. Descubrimos una discrepancia y la rastreamos hasta Antonio —hablaba sin tono en la voz, citando los hechos.
Paula se mojó los labios, se sintió enferma.
—¿Cuánto… cuánto? —lo miró con ojos llenos de terror.
Él se encogió de hombros, como si la cantidad no importara.
—Varios miles de libras.
—¡Varios!… —Paula apenas podía respirar.
Pedro se inclinó, tomando las heladas manos de la joven entre las suyas.
—Yo no quería decírtelo…
—¿Cuántos miles? —lo interrumpió Paula, haciendo caso omiso de sus palabras. Jamás pensó que Antonio pudiera desfalcar a la compañía Alfonso.
—Paula… bueno, está bien —Pedro se rindió ante la decisión reflejada en el rostro femenino—. Durante los dos años que trabajó para mí, tomó alrededor de cinco mil libras.
Volver A Amar: Capítulo 33
Navidad era de las pocas fechas en que se quedaba con ella y con Martina, el día y la noche. Excepto el último año. Eso había sido un desastre. Martina se había levantado de madrugada, como siempre, y corrió a la habitación de su padre, feliz de poderle mostrar sus regalos. Pero Antonio sufría de jaqueca por la juerga de la noche anterior y le ordenó salir, de mala manera, arrojando algunos objetos contra la puerta. La niña corrió asustada en busca de su madre. Paula la calmó, explicándole que su padre no se sentía bien, y cuando la niña subió a dormir, a media mañana, hubo una escena terrible entre ella y Antonio. El resultado fue que su marido se marchó de la casa dando un fuerte portazo y volvió muy tarde, bastante bebido. Los insultos aquel día fueron mucho más crueles de lo normal, llegando a extremos insospechados.
—Mmm, el olor a pavo siempre me abre el apetito. ¿Paula? —Pedro la miró asombrado—. ¿Estás llorando?
—No, es que he estado pelando cebollas —trató de excusarse, limpiándose las mejillas.
Pedro la obligó a volverse hacia él.
—No es eso. Te veías muy triste cuando entré —la miró con ojos escrutadores— ¿En qué estabas pensando?
—En nada importante —ella trató de evadirse.
—Mientes —dijo molesto—. ¡Pensabas en Antonio!
Ella se limpió las manos con el delantal que llevaba.
—¿Y por qué no iba a pensar en Antonio? —lo retó tajante—. Estas fechas son muy familiares, y Antonio era mi esposo.
Un gesto de rabia apareció en la boca masculina.
—Estoy muy consciente de quién fue Antonio —gruñó—. Y de lo que era. ¿Así que lo extrañas?
—Yo…
—¿Aun después de lo que te hizo? —continuó implacable.
Paula se tensó y contuvo la respiración.
—¿De lo que me hizo? ¿Qué quieres decir?
Pareció estar a punto de hablar, pero se contuvo.
—Admitiste saber lo de Antonio y Lau —murmuró él.
—Hace meses que terminé de llorar por eso.
—Así que lo extrañas —insistió él con amargura.
—¡No! Yo… ya me sobrepuse también a eso —sabía que no sonaba muy convencida. Pero hacía meses había terminado por admitirse a sí misma que la mayor sensación que tenía al estar sin Antonio era la de alivio. No podía fingir sobre ese punto.
—Entonces, ¿por qué? ¿No más deudas, Paula? —le preguntó con suavidad.
—Tú… ¿también sabías eso? —la joven se puso lívida.
—Sí —suspiró él.
—¿Cómo?
—Patricia…
—¡Creí que era mi amiga! —exclamó furiosa.
Pedro también se enfureció.
—Y lo es, por eso me lo dijo. Pensó que podría ayudarte. Te dije que estaría cerca si me necesitabas, Paula, y tú dijiste que no dudarías en acudir a mí. Y no acudiste, maldita sea, ¡lo enfrentaste todo sola! Yo podía haber…
—Patricia no tenía derecho…
—¡Tenía todos los derechos! Y, dadas las circunstancias, yo debí haber adivinado…
—¿Circunstancias? —lo cortó tajante—. ¿Qué circunstancias?
Pedro se encogió de hombros, ocultando su expresión bajo una máscara enigmática.
—Te era infiel.
—Eso no quiere decir que dejara de proveer para Martina y para mí —de repente levantó la voz.
—Pero no lo hizo.
—No, no lo hizo —aceptó ella jadeante. Había algo que Pedro le estaba ocultando, y estaba segura de que era algo terrible—. Quiero saber la verdad, Pedro —le pidió con voz fuerte—. ¿Qué circunstancias? ¿Qué otra cosa hizo Antonio?
—¿Hacer? —quería dejar el tema—. Nada, hasta donde yo sé. ¿Qué tal va la comida?
—Pedro…
—Ahora no, Paula —le rogó—. No quiero discutir contigo delante de Martina. Si quieres, hablaremos más tarde, pero ahora no —dijo controlando la rabia que lo embargaba, y luego se dirigió al salón desde donde llegaban las risitas de la niña.
Paula se las ingenió para controlar su curiosidad hasta después de la comida, hasta que Martina subió a dormir en uno de los dormitorios de la parte superior de la casa.
Pedro se dispuso a servirse un vaso de whisky.
—¿Quieres tomar algo? —le ofreció ceñudo.
—Mmm, el olor a pavo siempre me abre el apetito. ¿Paula? —Pedro la miró asombrado—. ¿Estás llorando?
—No, es que he estado pelando cebollas —trató de excusarse, limpiándose las mejillas.
Pedro la obligó a volverse hacia él.
—No es eso. Te veías muy triste cuando entré —la miró con ojos escrutadores— ¿En qué estabas pensando?
—En nada importante —ella trató de evadirse.
—Mientes —dijo molesto—. ¡Pensabas en Antonio!
Ella se limpió las manos con el delantal que llevaba.
—¿Y por qué no iba a pensar en Antonio? —lo retó tajante—. Estas fechas son muy familiares, y Antonio era mi esposo.
Un gesto de rabia apareció en la boca masculina.
—Estoy muy consciente de quién fue Antonio —gruñó—. Y de lo que era. ¿Así que lo extrañas?
—Yo…
—¿Aun después de lo que te hizo? —continuó implacable.
Paula se tensó y contuvo la respiración.
—¿De lo que me hizo? ¿Qué quieres decir?
Pareció estar a punto de hablar, pero se contuvo.
—Admitiste saber lo de Antonio y Lau —murmuró él.
—Hace meses que terminé de llorar por eso.
—Así que lo extrañas —insistió él con amargura.
—¡No! Yo… ya me sobrepuse también a eso —sabía que no sonaba muy convencida. Pero hacía meses había terminado por admitirse a sí misma que la mayor sensación que tenía al estar sin Antonio era la de alivio. No podía fingir sobre ese punto.
—Entonces, ¿por qué? ¿No más deudas, Paula? —le preguntó con suavidad.
—Tú… ¿también sabías eso? —la joven se puso lívida.
—Sí —suspiró él.
—¿Cómo?
—Patricia…
—¡Creí que era mi amiga! —exclamó furiosa.
Pedro también se enfureció.
—Y lo es, por eso me lo dijo. Pensó que podría ayudarte. Te dije que estaría cerca si me necesitabas, Paula, y tú dijiste que no dudarías en acudir a mí. Y no acudiste, maldita sea, ¡lo enfrentaste todo sola! Yo podía haber…
—Patricia no tenía derecho…
—¡Tenía todos los derechos! Y, dadas las circunstancias, yo debí haber adivinado…
—¿Circunstancias? —lo cortó tajante—. ¿Qué circunstancias?
Pedro se encogió de hombros, ocultando su expresión bajo una máscara enigmática.
—Te era infiel.
—Eso no quiere decir que dejara de proveer para Martina y para mí —de repente levantó la voz.
—Pero no lo hizo.
—No, no lo hizo —aceptó ella jadeante. Había algo que Pedro le estaba ocultando, y estaba segura de que era algo terrible—. Quiero saber la verdad, Pedro —le pidió con voz fuerte—. ¿Qué circunstancias? ¿Qué otra cosa hizo Antonio?
—¿Hacer? —quería dejar el tema—. Nada, hasta donde yo sé. ¿Qué tal va la comida?
—Pedro…
—Ahora no, Paula —le rogó—. No quiero discutir contigo delante de Martina. Si quieres, hablaremos más tarde, pero ahora no —dijo controlando la rabia que lo embargaba, y luego se dirigió al salón desde donde llegaban las risitas de la niña.
Paula se las ingenió para controlar su curiosidad hasta después de la comida, hasta que Martina subió a dormir en uno de los dormitorios de la parte superior de la casa.
Pedro se dispuso a servirse un vaso de whisky.
—¿Quieres tomar algo? —le ofreció ceñudo.
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