Lentamente, separó los rizos con la lengua hasta alcanzar la palpitante humedad. Sólo quería pensar en ella, en las caderas que movía contra él mientras aceleraba el ritmo y subía el tono de los sonidos de placer. Era un goce y por fin supo que ella estaba tan preparada como él para dar el siguiente paso.
Se levantó y la atrajo contra sí.
-No pares -balbuceó ella.
-No pienso -le recorrió todo el cuerpo con las enanos como si nunca fuera a tener suficiente-. El embarazo no te ha cambiado la figura -susurró.
-No -confirmó ella con voz ronca-. Ya era delgada y sólo engordé siete kilos que perdí en dos meses.
Él se dió cuenta de lo que había dicho, pero también se dió cuenta de que ella lo había tomado como una pregunta.
Le acarició el vientre y el triángulo de pelo que le cubría el montículo.
-Es el momento de tumbarnos.
Los dos se arrodillaron. La tumbó sobre la hierba y él se tumbó sobre ella.
Le apartó los muslos con los suyos hasta que la situación sólo tenía una conclusión posible.
Paula estaba silenciosa y él notó que sus piernas recuperaban algo de la tensión de antes.
Con un destello de intuición, supo lo que estaba pensando: que en ese aspecto, era muy distinto a su marido.
-Tranquila. Tranquila, corazón.
Siguió hablándola hasta que notó que se disipaba la tensión de sus muslos.
Entró lentamente en ella y fue avanzando poco a poco dentro del canal ardiente y deslizante. Estaba húmeda y se ceñía completamente a él. Notó que estaba temblando del esfuerzo que tenía que hacer para conservar la calma y facilitárselo a ella.
Por fin se encontró plenamente acogido.
-¿Estás bien, corazón? -le preguntó él.
-Lo estaré -contestó ella con voz trémula.
Antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, ella clavó los talones en el suelo y apretó la pelvis contra él con un movimiento circular que lo frotaba contra su pubis. Ella explotó.
viernes, 6 de mayo de 2016
Dos Vidas Contigo: Capítulo 45
Porque la amaba. Porque en un mundo normal, ella sería una viuda normal y él un hombre cualquiera y podrían pasar juntos el resto de sus vidas. Porque él no podría tener ese resto de sus vidas, pero tampoco iba a renunciar a su única ocasión de ser feliz sin algunos recuerdos que lo mantuvieran en pie.
Le soltó el cinturón que le sujetaban los pantalones cortos y se entretuvo introduciéndole un dedo por debajo del borde sedoso de las bragas. Lo pasó por el vientre de ella y cada vez profundizaba un poco más. Hasta que no pudo resistir más y le bajó los pantalones y las bragas con un solo movimiento. Luego la levantó para liberarla de ellos.
Su piel resplandecía en la oscuridad y él le recorrió el cuerpo con las manos. Empezó por los hombros, siguió por los pechos y bajó por el torso hasta alcanzar la delicadeza de su vientre. Luego le acarició los costados y la espalda hasta que la seductora hendidura de su trasero le invitó a introducir un dedo por debajo. Ella emitió un grito sordo y se agitó con impaciencia. Pedro se arrodilló, la acarició los muslos, la parte posterior de las rodillas y volvió a elevar las manos hasta posarlas en las caderas. Hizo una ligera presión para que ella juntara las piernas.
-Pedro -dijo ella con la voz entrecortada.
-Shhh. Un momento.
Apoyó la cara sobre los delicados rizos y sopló. Ella soltó un leve grito y las caderas se le estremecieron. Él bajó la cara por los muslos y ella los separó.
No estaba seguro de poder tomárselo con la calma que quería. De rodillas y con sus muslos bien separados, estaba rígido y palpitante y la suave brisa nocturna que lo envolvía era otra sensación excitante, aunque completamente distinta. Él también se estremeció con una punzada en la espalda y se aferró a los restos de su auto control.
Le soltó el cinturón que le sujetaban los pantalones cortos y se entretuvo introduciéndole un dedo por debajo del borde sedoso de las bragas. Lo pasó por el vientre de ella y cada vez profundizaba un poco más. Hasta que no pudo resistir más y le bajó los pantalones y las bragas con un solo movimiento. Luego la levantó para liberarla de ellos.
Su piel resplandecía en la oscuridad y él le recorrió el cuerpo con las manos. Empezó por los hombros, siguió por los pechos y bajó por el torso hasta alcanzar la delicadeza de su vientre. Luego le acarició los costados y la espalda hasta que la seductora hendidura de su trasero le invitó a introducir un dedo por debajo. Ella emitió un grito sordo y se agitó con impaciencia. Pedro se arrodilló, la acarició los muslos, la parte posterior de las rodillas y volvió a elevar las manos hasta posarlas en las caderas. Hizo una ligera presión para que ella juntara las piernas.
-Pedro -dijo ella con la voz entrecortada.
-Shhh. Un momento.
Apoyó la cara sobre los delicados rizos y sopló. Ella soltó un leve grito y las caderas se le estremecieron. Él bajó la cara por los muslos y ella los separó.
No estaba seguro de poder tomárselo con la calma que quería. De rodillas y con sus muslos bien separados, estaba rígido y palpitante y la suave brisa nocturna que lo envolvía era otra sensación excitante, aunque completamente distinta. Él también se estremeció con una punzada en la espalda y se aferró a los restos de su auto control.
miércoles, 4 de mayo de 2016
Dos Vidas Contigo: Capítulo 44
-Yo siempre quise tener una de animal de compañía. Mi padre me ayudaba a hacerle una casa en un frasco con hierba y un tapón con agua, pero cuando iba a verla por la mañana, la luciérnaga se había escapado. Mi padre sacudía la cabeza y decía que había hecho unos agujeros demasiado grandes, aunque fueran como cabezas de alfileres. Tardé años en darme cuenta que las dejaba libres, pero cuando lo comprendí, ya no me importaba.
Pedro se dió cuenta de que estaba sonriendo mientras movía las manos entrelazadas.
-A lo mejor, más avanzado el verano, cuando anochezca antes, Pablito podrá estar levantado para verlas. Podríamos ayudarlo a cazar algunas y a guardarlas en un frasco. ¿Crees que le gustaría?
Ella dudó tanto que él pensó que no iba a contestarle y sintió cierta intranquilidad.
-Paula... ¿Qué pasa?
-Nada -su voz parecía vacilante.
Pedro se paró y la paró en medio del camino.
-Paula, ¿qué pasa?
Ella suspiró.
-¿Llegará ese momento cuando el verano esté avanzado?
La pregunta lo sorprendió. Era la primera señal de que estuviera pensando a largo plazo. Le pareció el afrodisíaco más potente que conocía. El corazón le dió un vuelco que le dejó, literalmente, sin respiración.
La tomó de los hombros y la miró sin importarle que ella pudiera notar el amor que sentía por ella.
-Llegará si tú quieres.
Bajó los labios hasta encontrarse con los de ella. Después de un breve instante, ella abrió la boca y le rodeó el cuello con los brazos. Las lenguas se enzarzaron en una danza descontrolada y cuando el bajó las manos para acariciarle el trasero, ella dejó escapar un sonido anhelante y le pasó una pierna alrededor de la cintura, como la primera vez que se besaron allí, enese mismo jardín, aunque entonces estaban mucho más cerca de la casa.
El fastidio dió paso a una creciente sensación de soledad en medio del jardín silencioso. Mientras Pedro asimilaba esa idea en su cabeza, se dió cuenta de lo que su subconsciente había estado pensando desde que ella salió de la casa con él: la deseaba. Esa noche. En ese preciso instante.
Se sintió dominado por el anhelo y su erección fue casi instantánea. La agarró de las caderas y la estrechó contra sí con fuerza mientras ella dejaba escapar leves y entrecortados gemidos. Se retorcieron unos instantes hasta que el obstáculo de la ropa guió los pasos de Pedro.
Dejó que Paula se apartara un poco de él y le desabrochó los cinco botones que le cerraban la blusa. Se la quitó con un movimiento diestro y también le soltó el cierre del sujetador.
-¡Pedro! -exclamó ella espantada-. Estamos en el jardín.
Él reprimió una carcajada y la llevó debajo de un roble que había junto al sendero. Ella lo miró un segundo y él sintió un asomo de pánico al pensar que iba a oponerse, pero hizo un movimiento con los hombros y el sujetador cayó al suelo. Entonces sintió que el corazón se le desbocaba. Los pechos no eran muy grandes, pero tenían una forma perfecta y los coronaban unos generosos pezones. En la oscuridad no podía distinguir si eran rosados o cobrizos, pero lo tenía muy claro en la cabeza. Eran de un color rosa muy delicado y más grandes que antes de su embarazo. Al darse cuenta de lo que acababa de pensar, lo apartó de su cabeza para que su maldita memoria no se interfiriera en aquel momento.
-Dios mío -dijo el casi reverentemente-. Eres preciosa.
Le tomó los pechos en las manos y le acarició los pezones con los pulgares, como a ella le gustaba, hasta que se endurecían, se ponían rígidos y ella arqueaba la espalda en una súplica silenciosa para que no se detuviera.
Entonces, se inclinó hacia delante, le lamió uno y dejó escapar un gemido de placer al notar el sabor y la textura sedosa de su piel. Pasó la lengua una y otra vez alrededor del pezón hasta que ella se separó con una gruñido sordo.
-Tú -dijo ella-, también.
Levantó las manos hasta los botones de su camisa, los desabrochó torpemente y la dejó colgando sobre su torso. Tenía las manos cálidas y suaves y él se deleitaba al sentir sus dedos entre los pelos del pecho. ¡El pecho! Si le acariciaba el pecho, ella se daría cuenta de la cicatríz y no quería estropear aquel momento con preguntas.
Pedro se dió cuenta de que estaba sonriendo mientras movía las manos entrelazadas.
-A lo mejor, más avanzado el verano, cuando anochezca antes, Pablito podrá estar levantado para verlas. Podríamos ayudarlo a cazar algunas y a guardarlas en un frasco. ¿Crees que le gustaría?
Ella dudó tanto que él pensó que no iba a contestarle y sintió cierta intranquilidad.
-Paula... ¿Qué pasa?
-Nada -su voz parecía vacilante.
Pedro se paró y la paró en medio del camino.
-Paula, ¿qué pasa?
Ella suspiró.
-¿Llegará ese momento cuando el verano esté avanzado?
La pregunta lo sorprendió. Era la primera señal de que estuviera pensando a largo plazo. Le pareció el afrodisíaco más potente que conocía. El corazón le dió un vuelco que le dejó, literalmente, sin respiración.
La tomó de los hombros y la miró sin importarle que ella pudiera notar el amor que sentía por ella.
-Llegará si tú quieres.
Bajó los labios hasta encontrarse con los de ella. Después de un breve instante, ella abrió la boca y le rodeó el cuello con los brazos. Las lenguas se enzarzaron en una danza descontrolada y cuando el bajó las manos para acariciarle el trasero, ella dejó escapar un sonido anhelante y le pasó una pierna alrededor de la cintura, como la primera vez que se besaron allí, enese mismo jardín, aunque entonces estaban mucho más cerca de la casa.
El fastidio dió paso a una creciente sensación de soledad en medio del jardín silencioso. Mientras Pedro asimilaba esa idea en su cabeza, se dió cuenta de lo que su subconsciente había estado pensando desde que ella salió de la casa con él: la deseaba. Esa noche. En ese preciso instante.
Se sintió dominado por el anhelo y su erección fue casi instantánea. La agarró de las caderas y la estrechó contra sí con fuerza mientras ella dejaba escapar leves y entrecortados gemidos. Se retorcieron unos instantes hasta que el obstáculo de la ropa guió los pasos de Pedro.
Dejó que Paula se apartara un poco de él y le desabrochó los cinco botones que le cerraban la blusa. Se la quitó con un movimiento diestro y también le soltó el cierre del sujetador.
-¡Pedro! -exclamó ella espantada-. Estamos en el jardín.
Él reprimió una carcajada y la llevó debajo de un roble que había junto al sendero. Ella lo miró un segundo y él sintió un asomo de pánico al pensar que iba a oponerse, pero hizo un movimiento con los hombros y el sujetador cayó al suelo. Entonces sintió que el corazón se le desbocaba. Los pechos no eran muy grandes, pero tenían una forma perfecta y los coronaban unos generosos pezones. En la oscuridad no podía distinguir si eran rosados o cobrizos, pero lo tenía muy claro en la cabeza. Eran de un color rosa muy delicado y más grandes que antes de su embarazo. Al darse cuenta de lo que acababa de pensar, lo apartó de su cabeza para que su maldita memoria no se interfiriera en aquel momento.
-Dios mío -dijo el casi reverentemente-. Eres preciosa.
Le tomó los pechos en las manos y le acarició los pezones con los pulgares, como a ella le gustaba, hasta que se endurecían, se ponían rígidos y ella arqueaba la espalda en una súplica silenciosa para que no se detuviera.
Entonces, se inclinó hacia delante, le lamió uno y dejó escapar un gemido de placer al notar el sabor y la textura sedosa de su piel. Pasó la lengua una y otra vez alrededor del pezón hasta que ella se separó con una gruñido sordo.
-Tú -dijo ella-, también.
Levantó las manos hasta los botones de su camisa, los desabrochó torpemente y la dejó colgando sobre su torso. Tenía las manos cálidas y suaves y él se deleitaba al sentir sus dedos entre los pelos del pecho. ¡El pecho! Si le acariciaba el pecho, ella se daría cuenta de la cicatríz y no quería estropear aquel momento con preguntas.
Le tomó las muñecas y las levantó hasta que le rodeó el cuello con las manos.
Ella estaba de puntillas y cada centímetro de los dos cuerpos desnudos estaba en contacto. Tenía los pechos calientes y casi duros. Él dejaba escapar unos sonidos desde lo más profundo de la garganta, la estrechó con fuerza y la besó con voracidad.
Él sabía que tenía que decirle quién era y cómo la había encontrado, sabía que no era justo engañarla de aquella manera, pero no le salían las palabras.
Ella era su vida, el único motivo para respirar y levantarse por las mañanas. La deseó desde que despertó y ella estaba dentro de su cabeza y tenía que tomarla.
Sólo una vez, se prometió a sí mismo. Quizá dos veces, se corrigió inmediatamente, al pensar en la cita del viernes por la noche. ¡Él también quería tener recuerdos propios! Quería saber qué sentía ella debajo de él, quería oír los leves gemidos de satisfacción que podía provocarle. Quería mirarla a los ojos cuando entraba en ella y saber que ella estaba viéndolo.
Ella estaba de puntillas y cada centímetro de los dos cuerpos desnudos estaba en contacto. Tenía los pechos calientes y casi duros. Él dejaba escapar unos sonidos desde lo más profundo de la garganta, la estrechó con fuerza y la besó con voracidad.
Él sabía que tenía que decirle quién era y cómo la había encontrado, sabía que no era justo engañarla de aquella manera, pero no le salían las palabras.
Ella era su vida, el único motivo para respirar y levantarse por las mañanas. La deseó desde que despertó y ella estaba dentro de su cabeza y tenía que tomarla.
Sólo una vez, se prometió a sí mismo. Quizá dos veces, se corrigió inmediatamente, al pensar en la cita del viernes por la noche. ¡Él también quería tener recuerdos propios! Quería saber qué sentía ella debajo de él, quería oír los leves gemidos de satisfacción que podía provocarle. Quería mirarla a los ojos cuando entraba en ella y saber que ella estaba viéndolo.
Dos Vidas Contigo: Capítulo 43
-Podrías venir a cenar aquí -le ofreció ella como alternativa.
Él la miró fijamente con todos los sentidos alerta. Había algo que iba mal.
Ella se había distanciado ligeramente, aunque él no sabía el motivo de aquella reacción.
-He venido a cenar unas cuantas veces -dijo él cautelosamente-. Había pensado que podría estar bien arreglarnos un poco y salir por ahí.
-Yo prefiero una velada tranquila en casa. Estoy un poco cansada con el trabajo, las obras de caridad y las responsabilidades familiares. Necesito tiempo para acostumbrarme al cambio. ¿Te importa?
Claro que le importaba, pero no parecía el momento adecuado para ser sincero.
-No -contestó él-. No me importa, pero podría cocinar yo para variar. Ya había pensado en organizar una cena en esa terraza tan deliciosa que hay en la parte de atrás de la casa de invitados.
Ella sonrió y se relajó inmediatamente.
-Sería fantástico. ¿Me dejarías llevar algo?
Él negó con la cabeza y perplejo por cómo se había disipado la tensión de su cuerpo. Repasó mentalmente la conversación para ver si conseguía saber qué había pasado.
-Sólo quiero tu presencia.
Por lo menos estarían solos. Sólo de pensarlo, su cuerpo se olvidó de que tendría que estar sosegándose. Había esperado sinceramente salir de allí antes de que apareciera Pilar, pero se quedaría un rato más.
Media hora después, Pilar no había bajado todavía. Paula fue a ver si le pasaba algo a Pablito, pero volvió y dijo que a su suegra le dolía la cabeza y se había acostado.
-Muy bien -Pedro se levantó y fue hasta la puerta de la sala, donde estaba Paula-. Me iré a casa. Acompáñame hasta la puerta.
Le pasó el brazo por la cintura mientras atravesaban la casa.
-Te acompañaré un poco más -le dijo ella cuando fue a despedirse.
La noche era cálida y olía a hierba recién cortada, madreselva y rosas trepadoras. Eran más de las nueve y casi había anochecido. La luna asomaba su rostro plateado y las estrellas más osadas desafiaban a los últimos rayos del sol.
Pedro la tomó de la mano y bajaron los escalones.
-Es una noche preciosa.
-Ajá -parecía tranquila y despreocupada.
Era evidente que se había olvidado de los momentos tensos después de que le pidiera salir a cenar.
Tenían los dedos entrelazados y Pedro se preguntó si alguna vez ella pensaba en lo distante y cautelosa que había sido cuando se conocieron por primera vez. Él sí lo pensaba y le sorprendía que pudiera estar dando un paseo con la mujer que se había adueñado de sus pensamientos.
Caminaron un rato en silencio.
-Mira -dijo él repentinamente-. Luciérnagas. Yo cazaba docenas de ellas en una noche. Tenía tantas que el frasco estaba siempre iluminado cuando se lo llevaba a mi madre.
Él la miró fijamente con todos los sentidos alerta. Había algo que iba mal.
Ella se había distanciado ligeramente, aunque él no sabía el motivo de aquella reacción.
-He venido a cenar unas cuantas veces -dijo él cautelosamente-. Había pensado que podría estar bien arreglarnos un poco y salir por ahí.
-Yo prefiero una velada tranquila en casa. Estoy un poco cansada con el trabajo, las obras de caridad y las responsabilidades familiares. Necesito tiempo para acostumbrarme al cambio. ¿Te importa?
Claro que le importaba, pero no parecía el momento adecuado para ser sincero.
-No -contestó él-. No me importa, pero podría cocinar yo para variar. Ya había pensado en organizar una cena en esa terraza tan deliciosa que hay en la parte de atrás de la casa de invitados.
Ella sonrió y se relajó inmediatamente.
-Sería fantástico. ¿Me dejarías llevar algo?
Él negó con la cabeza y perplejo por cómo se había disipado la tensión de su cuerpo. Repasó mentalmente la conversación para ver si conseguía saber qué había pasado.
-Sólo quiero tu presencia.
Por lo menos estarían solos. Sólo de pensarlo, su cuerpo se olvidó de que tendría que estar sosegándose. Había esperado sinceramente salir de allí antes de que apareciera Pilar, pero se quedaría un rato más.
Media hora después, Pilar no había bajado todavía. Paula fue a ver si le pasaba algo a Pablito, pero volvió y dijo que a su suegra le dolía la cabeza y se había acostado.
-Muy bien -Pedro se levantó y fue hasta la puerta de la sala, donde estaba Paula-. Me iré a casa. Acompáñame hasta la puerta.
Le pasó el brazo por la cintura mientras atravesaban la casa.
-Te acompañaré un poco más -le dijo ella cuando fue a despedirse.
La noche era cálida y olía a hierba recién cortada, madreselva y rosas trepadoras. Eran más de las nueve y casi había anochecido. La luna asomaba su rostro plateado y las estrellas más osadas desafiaban a los últimos rayos del sol.
Pedro la tomó de la mano y bajaron los escalones.
-Es una noche preciosa.
-Ajá -parecía tranquila y despreocupada.
Era evidente que se había olvidado de los momentos tensos después de que le pidiera salir a cenar.
Tenían los dedos entrelazados y Pedro se preguntó si alguna vez ella pensaba en lo distante y cautelosa que había sido cuando se conocieron por primera vez. Él sí lo pensaba y le sorprendía que pudiera estar dando un paseo con la mujer que se había adueñado de sus pensamientos.
Caminaron un rato en silencio.
-Mira -dijo él repentinamente-. Luciérnagas. Yo cazaba docenas de ellas en una noche. Tenía tantas que el frasco estaba siempre iluminado cuando se lo llevaba a mi madre.
Dos Vidas Contigo. Capítulo 42
Ella inclinó un poco la cabeza para que él llegara mejor al cuello. Pedro le tomó la cara con la mano, la giró hacia sí, la besó en los labios y sintió una satisfacción inmensa cuando ella se dejó llevar con un murmullo de placer. La tumbó en su regazo, se inclinó sobre ella y la besó profunda y repetidamente, hasta que ella sólo buscaba su boca, hasta que los dos sólo intentaban tomar aliento como si corrieran un maratón por parejas.
Pedro le acarició la cadera, le tomó un pecho en la mano y notó el pezón erguido a través del sujetador. Se había prometido no introducir la mano entre su ropa ni mucho menos desnudarla en su casa. No sabía el motivo, pero para él era importante y noche tras noche se aferraba a su promesa aunque hubiera veces que apenas podía pensar siquiera. Su erección era tal que le dolía y la cadera de Paula contra ella era el tormento más embriagador que podía imaginarse.
Sin embargo, no iba a correr el riesgo de que entrara Pilar y se encontrara con que algo se le había escapado de las manos. Sabía que si se dejaba llevar por sus sueños y sus fantasías, nada podría detenerlo.
Le dió un último beso y sus caricias pasaron de los pechos al hombro para apaciguarse un poco.
-Debemos estar locos para torturarnos de esta forma.
-Posiblemente. Seguramente.
Ella seguía sobre su regazo con el pelo despeinado y los labios rojos por los besos.
-Nunca me habría imaginado que a los treinta años estaría pelando la pava en la sala con mi novia y atento a que pudiera aparecer su madre.
Paula se rió.
-Primero, no es mi madre; segundo, no pelas la pava, ya lo has conseguido - levantó la cabeza-. ¿Soy tu novia? No sé por qué, pero me cuesta imaginarme como madre y novia. Las madres no salen con chicos.
-Tienes que aceptarlo -le dió un beso en la punta de la naríz-. Hablando de salir, ¿Te gustaría ir a cenar o al cine el viernes por la noche?
Ante su sorpresa, ella dudó.
Pedro le acarició la cadera, le tomó un pecho en la mano y notó el pezón erguido a través del sujetador. Se había prometido no introducir la mano entre su ropa ni mucho menos desnudarla en su casa. No sabía el motivo, pero para él era importante y noche tras noche se aferraba a su promesa aunque hubiera veces que apenas podía pensar siquiera. Su erección era tal que le dolía y la cadera de Paula contra ella era el tormento más embriagador que podía imaginarse.
Sin embargo, no iba a correr el riesgo de que entrara Pilar y se encontrara con que algo se le había escapado de las manos. Sabía que si se dejaba llevar por sus sueños y sus fantasías, nada podría detenerlo.
Le dió un último beso y sus caricias pasaron de los pechos al hombro para apaciguarse un poco.
-Debemos estar locos para torturarnos de esta forma.
-Posiblemente. Seguramente.
Ella seguía sobre su regazo con el pelo despeinado y los labios rojos por los besos.
-Nunca me habría imaginado que a los treinta años estaría pelando la pava en la sala con mi novia y atento a que pudiera aparecer su madre.
Paula se rió.
-Primero, no es mi madre; segundo, no pelas la pava, ya lo has conseguido - levantó la cabeza-. ¿Soy tu novia? No sé por qué, pero me cuesta imaginarme como madre y novia. Las madres no salen con chicos.
-Tienes que aceptarlo -le dió un beso en la punta de la naríz-. Hablando de salir, ¿Te gustaría ir a cenar o al cine el viernes por la noche?
Ante su sorpresa, ella dudó.
Dos Vidas Contigo: Capítulo 41
Una noche, después de que Pilar se hubiera ido a acostar a Pablito, él esperó a que Paula fuera con él a la sala. Se habían acostumbrado a ver las noticias y comentarlas... y a besarse. La vio acercarse y pensó lo curioso que era que el momento más esperado del día era cuando ella se sentaba en el sofá y él le rodeaba los hombros con el brazo. Era muy afortunado y había estado a punto de echarlo a perder con el estúpido comentario sobre el día que se licenció. Todavía no sabía por qué lo había dicho, pero mientras lo hacía, tenía una imagen mental muy clara y precisa.
«...llevaba el birrete y la toga y corría sonriente hacia él mientras agitaba el diploma. El extendió los brazos y ella se arrojó a ellos para besarlo entre risas y gritos.
-Lo único que habría hecho que este día fuera mejor habría sido que estuviera papá.
-Lo sé -le secó las lágrimas con los pulgares y volvió a besarla-. Ojalá estuviera, pero ya sabes que yo siempre me ocuparé de tí».
Al acordarse, él notaba una sensación de desasosiego. Había empezado a recordar más cosas y más claras, quizá pudiera explicarse racionalmente. La mayoría de las veces se negaba a pensar en ello, pero otras, se adueñaba de su cabeza y no podía evitarlo.
Como cuando jugó a la pelota con Pablito. Sintió una emoción muy intensa cuando le gustó al niño. Quizá, demasiado intensa. Como si la parte de Pablo Rodríguez que habitaba en él estuviera orgullosa de la hazaña de su hijo. Como si Pablo siguiera decidido a seguir en aquella familia de la única forma que podía hacerlo.
Hasta que Paula se sentó, se acurrucó en sus brazos como si lo hubiera hecho siempre y todos los pensamientos que no fueran ella se desvanecieron en el aire.
-Hola -él se volvió y le dió un beso debajo de la oreja-. ¿Ha ido todo bien durante el baño?
-Perfecto.
«...llevaba el birrete y la toga y corría sonriente hacia él mientras agitaba el diploma. El extendió los brazos y ella se arrojó a ellos para besarlo entre risas y gritos.
-Lo único que habría hecho que este día fuera mejor habría sido que estuviera papá.
-Lo sé -le secó las lágrimas con los pulgares y volvió a besarla-. Ojalá estuviera, pero ya sabes que yo siempre me ocuparé de tí».
Al acordarse, él notaba una sensación de desasosiego. Había empezado a recordar más cosas y más claras, quizá pudiera explicarse racionalmente. La mayoría de las veces se negaba a pensar en ello, pero otras, se adueñaba de su cabeza y no podía evitarlo.
Como cuando jugó a la pelota con Pablito. Sintió una emoción muy intensa cuando le gustó al niño. Quizá, demasiado intensa. Como si la parte de Pablo Rodríguez que habitaba en él estuviera orgullosa de la hazaña de su hijo. Como si Pablo siguiera decidido a seguir en aquella familia de la única forma que podía hacerlo.
Hasta que Paula se sentó, se acurrucó en sus brazos como si lo hubiera hecho siempre y todos los pensamientos que no fueran ella se desvanecieron en el aire.
-Hola -él se volvió y le dió un beso debajo de la oreja-. ¿Ha ido todo bien durante el baño?
-Perfecto.
Dos Vidas Contigo: Capítulo 40
-Pero no lo haré porque no estás preparada.
Ella se aclaró la garganta porque no sabía si le saldría la voz.
-La verdad, es que me parece que sí lo estoy -levantó la cabeza para mirarlo-. Dijiste que estoy enamorada de mi marido y tenías razón. Una parte de mí amará siempre a Pablo, pero ya es un recuerdo. Es hora de avanzar.
Pedro resopló, apartó los ojos y se quedó mirando al cielo.
-¿Sabes una cosa? -dijo con tono desenfadado-. Resultas apremiante.
Ella se rió y se disipó la sensualidad que la abrumaba; supuso que él lo había hecho intencionadamente.
-Tú tampoco te quedas corto.
Pedro sonrió y unas profundas arrugas surcaron sus mejillas.
-¿Seguro?
Pablito se acercó corriendo y ella empezó a sacar la comida mientras agradecía la posibilidad de recuperar el equilibrio.
Después de comer, Pablito empezó a dar cabezadas y se fueron a la casa para que pudiera dormir la siesta. Pedro se empeñó en llevar al niño y que Paula se hiciera cargo de la cesta vacía. Los siguió por el césped y se sintió emocionada al ver a su hijo dormido en brazos de Pedro.
Ella no era una persona que improvisara, pero decidió que no iba a pensar mucho en a dónde llevaba todo aquello. Había demasiados factores y obstáculos como para siquiera soñar en el futuro.
Sin embargo, ¿cómo no iba a haber un futuro con Pedro en él? Hacía unas semanas, ella no podía imaginarse que volvería a amar. En ese momento, tenía miedo de que le estuviera ocurriendo exactamente eso.
Durante la semana siguiente, Paula lo invitó a una barbacoa por la tarde, a otra comida en el campo y a dos cenas familiares. Por las noches, Pilar se llevaba a Pablito para bañarlo después de la cena y les daba un momento de intimidad que Pedro anhelaba como un preso su día libre.
Sabía que lo que hacía estaba mal. La había mentido, más o menos, y había esperado demasiado tiempo como para decirle la verdad. Ella lo odiaría si alguna vez descubría la verdad.
No podía durar. Había sido el primer hombre en tocarla desde la muerte de su marido. Un día, ella se daría cuenta de que sólo era un hombre normal y corriente y ella seguiría adelante. Un día, todo terminaría y él desaparecería de su vida, pero hasta que llegara ese día, él no tenía fuerzas para dejarlo. Sólo podía pensar en Paula. En su melena brillante sobre los hombros las pocas veces que no lo llevaba agarrado; en la tensión de los músculos de sus piernas largas y esbeltas cuando se agachaba para tomar a su hijo en brazos; en su trasero pequeño y delicado dentro de los pantalones cortos; en la forma que tenía de inclinar levemente la cabeza cuando le sonreía; en la forma de besar a su hijo en la cabeza; en el brillo burlón de sus ojos cuando le tomaba el pelo; en su decisión de mantener la única vida que había conocido su suegra; en el suave movimiento de sus labios cuando la besaba y en su cuerpo entre sus brazos; en la necesidad que tenía de tumbarla en el suelo y desnudarla para disfrute de su vista, su boca y sus manos.
Ella se aclaró la garganta porque no sabía si le saldría la voz.
-La verdad, es que me parece que sí lo estoy -levantó la cabeza para mirarlo-. Dijiste que estoy enamorada de mi marido y tenías razón. Una parte de mí amará siempre a Pablo, pero ya es un recuerdo. Es hora de avanzar.
Pedro resopló, apartó los ojos y se quedó mirando al cielo.
-¿Sabes una cosa? -dijo con tono desenfadado-. Resultas apremiante.
Ella se rió y se disipó la sensualidad que la abrumaba; supuso que él lo había hecho intencionadamente.
-Tú tampoco te quedas corto.
Pedro sonrió y unas profundas arrugas surcaron sus mejillas.
-¿Seguro?
Pablito se acercó corriendo y ella empezó a sacar la comida mientras agradecía la posibilidad de recuperar el equilibrio.
Después de comer, Pablito empezó a dar cabezadas y se fueron a la casa para que pudiera dormir la siesta. Pedro se empeñó en llevar al niño y que Paula se hiciera cargo de la cesta vacía. Los siguió por el césped y se sintió emocionada al ver a su hijo dormido en brazos de Pedro.
Ella no era una persona que improvisara, pero decidió que no iba a pensar mucho en a dónde llevaba todo aquello. Había demasiados factores y obstáculos como para siquiera soñar en el futuro.
Sin embargo, ¿cómo no iba a haber un futuro con Pedro en él? Hacía unas semanas, ella no podía imaginarse que volvería a amar. En ese momento, tenía miedo de que le estuviera ocurriendo exactamente eso.
Durante la semana siguiente, Paula lo invitó a una barbacoa por la tarde, a otra comida en el campo y a dos cenas familiares. Por las noches, Pilar se llevaba a Pablito para bañarlo después de la cena y les daba un momento de intimidad que Pedro anhelaba como un preso su día libre.
Sabía que lo que hacía estaba mal. La había mentido, más o menos, y había esperado demasiado tiempo como para decirle la verdad. Ella lo odiaría si alguna vez descubría la verdad.
No podía durar. Había sido el primer hombre en tocarla desde la muerte de su marido. Un día, ella se daría cuenta de que sólo era un hombre normal y corriente y ella seguiría adelante. Un día, todo terminaría y él desaparecería de su vida, pero hasta que llegara ese día, él no tenía fuerzas para dejarlo. Sólo podía pensar en Paula. En su melena brillante sobre los hombros las pocas veces que no lo llevaba agarrado; en la tensión de los músculos de sus piernas largas y esbeltas cuando se agachaba para tomar a su hijo en brazos; en su trasero pequeño y delicado dentro de los pantalones cortos; en la forma que tenía de inclinar levemente la cabeza cuando le sonreía; en la forma de besar a su hijo en la cabeza; en el brillo burlón de sus ojos cuando le tomaba el pelo; en su decisión de mantener la única vida que había conocido su suegra; en el suave movimiento de sus labios cuando la besaba y en su cuerpo entre sus brazos; en la necesidad que tenía de tumbarla en el suelo y desnudarla para disfrute de su vista, su boca y sus manos.
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