miércoles, 4 de mayo de 2016

Dos Vidas Contigo: Capítulo 40

-Pero no lo haré porque no estás preparada.

Ella se aclaró la garganta porque no sabía si le saldría la voz.

-La verdad, es que me parece que sí lo estoy -levantó la cabeza para mirarlo-. Dijiste que estoy enamorada de mi marido y tenías razón. Una parte de mí amará siempre a Pablo, pero ya es un recuerdo. Es hora de avanzar.

Pedro resopló, apartó los ojos y se quedó mirando al cielo.

-¿Sabes una cosa? -dijo con tono desenfadado-. Resultas apremiante.

Ella se rió y se disipó la sensualidad que la abrumaba; supuso que él lo había hecho intencionadamente.

-Tú tampoco te quedas corto.

Pedro  sonrió y unas profundas arrugas surcaron sus mejillas.

-¿Seguro?

Pablito se acercó corriendo y ella empezó a sacar la comida mientras agradecía la posibilidad de recuperar el equilibrio.

Después de comer, Pablito empezó a dar cabezadas y se fueron a la casa para que pudiera dormir la siesta. Pedro se empeñó en llevar al niño y que Paula se hiciera cargo de la cesta vacía. Los siguió por el césped y se sintió emocionada al ver a su hijo dormido en brazos de Pedro.

Ella no era una persona que improvisara, pero decidió que no iba a pensar mucho en a dónde llevaba todo aquello. Había demasiados factores y obstáculos como para siquiera soñar en el futuro.

Sin embargo, ¿cómo no iba a haber un futuro con Pedro en él? Hacía unas semanas, ella no podía imaginarse que volvería a amar. En ese momento, tenía miedo de que le estuviera ocurriendo exactamente eso.

Durante la semana siguiente, Paula lo invitó a una barbacoa por la tarde, a otra comida en el campo y a dos cenas familiares. Por las noches, Pilar se llevaba a Pablito para bañarlo después de la cena y les daba un momento de intimidad que Pedro anhelaba como un preso su día libre.

Sabía que lo que hacía estaba mal. La había mentido, más o menos, y había esperado demasiado tiempo como para decirle la verdad. Ella lo odiaría si alguna vez descubría la verdad.

No podía durar. Había sido el primer hombre en tocarla desde la muerte de su marido. Un día, ella se daría cuenta de que sólo era un hombre normal y corriente y ella seguiría adelante. Un día, todo terminaría y él desaparecería de su vida, pero hasta que llegara ese día, él no tenía fuerzas para dejarlo. Sólo podía pensar en Paula. En su melena brillante sobre los hombros las pocas veces que no lo llevaba agarrado; en la tensión de los músculos de sus piernas largas y esbeltas cuando se agachaba para tomar a su hijo en brazos; en su trasero pequeño y delicado dentro de los pantalones cortos; en la forma que tenía de inclinar levemente la cabeza cuando le sonreía; en la forma de besar a su hijo en la cabeza; en el brillo burlón de sus ojos cuando le tomaba el pelo; en su decisión de mantener la única vida que había conocido su suegra; en el suave movimiento de sus labios cuando la besaba y en su cuerpo entre sus brazos; en la necesidad que tenía de tumbarla en el suelo y desnudarla para disfrute de su vista, su boca y sus manos.

lunes, 2 de mayo de 2016

Dos Vidas Contigo: Capítulo 39

-Es un consuelo. Espero que tengas razón -ella sabía que seguiría preocupándose, pero se acordó de que él lo decía por experiencia propia-.

Supongo que sabes lo que dices porque te criaste de forma parecida y has salido normal.

Pedro arqueó las cejas y se volvió para mirar al niño.

-Hay algunos parecidos entre la infancia de Pablito y la mía -hizo un gesto para señalar todo lo que los rodeaba-. Pablito nunca tendrá que preocuparse sobre si podrá pagar el alquiler o comprar comida.

Paula  pensó que no lo haría si ella podía evitarlo, pero también pensó que no podía permitir que él pensara que ella se había criado rodeada de riqueza.

-Antes me preguntaste cómo había aprendido a administrar el dinero - arrugó la manta entre los dedos-. Yo tampoco vengo de una familia rica.

Él pareció sorprendido.

-¿No? -tenía una sonrisa torcida-. Te has adaptado bien.

-Como tú -inclinó un poco la cabeza-. Mi padre era bibliotecario en la Universidad de Maryland. No iba a hacerse rico con su sueldo, pero tendríamos que haber vivido sin apuros. No lo hicimos -lo dijo inexpresivamente-. Pronto aprendí a abrir el correo y a ocuparme de que mi padre pagara las facturas. Era la única forma de que no nos cortaran los suministros -sacudió la cabeza-. Sabía cuándo le pagaban y hacía que me diera dinero para la comida y la renta. A veces me sorprendía y llegaba a casa con lo que él llamaba una paga extra. Me lo daba para que me comprara ropa, pero yo lo ahorraba para las semanas que no llevaba dinero suficiente.

Los ojos de Pedro empezaban a reflejar comprensión.

-¿En qué estaba metido?

-Juego -contestó ella-. Cuando murió, encontré todo tipo de boletos de apuesta en su despacho. Yo ni siquiera sabía qué eran hasta que me lo dijo Pablo.

-Tuvo que ser difícil de asimilar -le pasó una mano por la espalda para consolarla.

Sin embargo, ella estaba muy sensible y se le aceleró el pulso ante el contacto. Ella, fastidiada por su incapacidad para dominar sus reacciones, se agitó, se quitó la mano de encima y se tumbó de espaldas apoyada en los codos.

-Lo fue. Yo adoraba a mi padre. Fue espantoso verlo desde una perspectiva nueva.

Se quedó en silencio mientras contemplaba el pasado. Pedro no dijo nada, no se movió ni volvió a tocarla. Se quedaron mirando a Pablito mientras los pájaros cantaban y la paz le aliviaba heridas abiertas en las que no había pensado desde hacía varios años.

-¿Por qué me has contado todo eso? -le preguntó él al cabo de un rato.

Ella se sorprendió.

-Yo... la verdad es que no lo sé... Me imagino que pienso que es importante que entiendas que no soy una niña mimada -lo dijo antes de pensar lo que estaba diciendo.

Pedro la miró.

-Para mí es importante entenderte -le tomó la cara con una mano y le levantó la barbilla mientras se inclinaba hacia ella-. Que conste -le susurró-, nunca te habría calificado de niña mimada.

Ella cerró los ojos mientras las bocas se acercaban. Notó los labios cálidos y firmes que la seducían hasta que ella correspondió al beso, se estrechó contra él y le rodeó los hombros con los brazos. Él le separó los labios e introdujo la lengua entre ellos. Paula notó que el vientre empezaba a bullirle y la cordura la abandonaba.

-Pablito... -consiguió farfullar.

Pedro apartó la cabeza bruscamente y se incorporó.

-Perdona.

La cabeza de Paula cayó como una flor demasiado pesada para su tallo y se apoyó en el pecho de él para absorber su aroma limpio y masculino.

-No ibas a tocarme, ¿lo recuerdas? -Paula lo dijo con la voz entrecortada.

Él se aclaró la garganta.

-Lo recuerdo -el tono era serio y denotaba cierta recriminación-, pero me cuesta mantenerme lejos -se apartó un poco para mirarla a los ojos-. Pienso en tí todo el rato.

Ella tragó saliva. Su sinceridad merecía lo mismo de ella.

-Yo también pienso en tí -sonrió, pero le costó mucho hacerlo-. No estoy preparada... pero cuando me tocas, me olvido de todo.

Los ojos de Pedro se oscurecieron.

-Si estuviéramos solos -dijo con una voz profunda-, estaría tentado de aprovecharme de lo que acabas de decir -levantó la mano-. Te acariciaría ahí... -le pasó los dedos por los pómulos y las mejillas-...y ahí -bajó los dedos por el cuello y el pecho hasta alcanzar un pezón duro. Ella contuvo un jadeo al sentir una punzada de placer en las entrañas-. Deslizaría mi mano hacia aquí -los dedos llegaron hasta el vientre- y, sin duda, te acariciaría aquí -un dedo muy largo entró entre sus piernas y presionó con firmeza sobre la carne palpitante que sólo cubrían los pantalones cortos y la ropa interior.

-Para -dijo ella con voz entrecortada mientras lo agarraba de la muñeca y le  apartaba la mano.

Él sonrió sin apartar la mirada de sus ojos.

-Y luego.. -dió la vuelta al brazo y agarró la mano de Paula con la suya- ...te tocaría a tí acariciarme.

La posó sobre su erección. Ella volvió a jadear al sentir la reacción del cuerpo de Pedro. Sus dedos se curvaron automáticamente para abarcarlo y Pedro dejó escapar una sonido de puro anhelo masculino. Él le apartó la mano y se la besó antes de entrelazar los dedos.

Dos Vidas Contigo: Capítulo 38

-Supongo que por eso no es muy realista sobre el dinero. Parece no saber lo que es ajustarse a un presupuesto.

-Así que tú te ocupas de los asuntos económicos desde que murió tu marido.

Ella lo miró asombrada.

-Sí, claro, pero normalmente no me importa.

-¿Cómo has conseguido saber tanto de cuestiones económicas? Tú te licenciaste en literatura inglesa.

-¿Por qué lo sabes?

Se quedó clavada en medio del camino. Estaba completamente segura de que no se lo había dicho.

Él también se paró con una expresión que ella no supo interpretar. Se encogió de hombros y sonrió.

-No lo sé.

Pedro volvió a ponerse en marcha lentamente, pero el humor de ella había cambiado. No sabía por qué, pero notaba una profunda sensación de intranquilidad. No era miedo, sino un sexto sentido que le decía que algo no iba bien.

-Paula... -Pedro chasqueó los dedos delante de ella.

-Perdona -no sabía qué le preocupaba y hizo un esfuerzo para olvidarse de ello-. ¿Por qué no ponemos la manta aquí? Hay una sombra muy buena debajo de ese árbol.

No quería hablar de su situación económica con Pedro y ese sitio era muy bonito.

Era un cálido día de junio y el pequeño claro estaba oculto de la casa por unos frondosos árboles floridos. Pablito fue tras una pelota que Pedro le había lanzado y al cabo de unos minutos le enseñó a darle patadas. Pablito hizo un afortunado lanzamiento que mandó la pelota bastante lejos. Pedro fue a recogerla y Paula lo observó mientras volvía haciendo algunos  trucos con ella, como avanzar golpeándola con la rodilla y sin dejarla caer al suelo.

Se tumbó de costado para verlos jugar. Pedro era paciente y animaba a Pablito.

Se volvió hacia Paula.

-¿Has visto? -le preguntó cuando el niño volvió a dar otra buena patada-. Es un atleta.

No esperó a que ella respondiera y se concentró en su hijo. Paula lo observaba pensativa. Él lo había dicho con un tono de verdadero orgullo.

Como si las habilidades de Pablito fueran un motivo de orgullo personal. Sin embargo, no había visto a su hijo más de un par de veces y apenas conocía a ninguno de los dos. Pero ella también se sentía como si lo conociera y pudiera hablar con él como no lo había hecho con nadie desde la muerte de Pablo.

Después de un rato, Pablito perdió el interés por la pelota y empezó a dar vueltas en círculo hasta que cayó sobre la hierba entre risas.

Pedro se tumbó en la manta junto a ella y Paula se sentó rápidamente.

-Es fantástico -le dijo Pedro mientras se quitaba la gorra y se pasaba los dedos por el pelo-. Dentro de unos años será una estrella del fútbol.

-Me preocupa qué pasará cuando crezca -reconoció ella-. Yo no puedo enseñarle las cosas de chicos que tendrá que saber. Siempre fui a colegios de niñas.

Pedro se rió, pero los ojos expresaban comprensión.

-No creo que debas preocuparte. Es posible que Pablito no tenga la figura de un padre, pero tendrá muchos modelos de comportamiento masculino si haces que practique deportes y otras actividades. Además, tiene lo más importante: un hogar estable donde lo quieren.

Dos Vidas Contigo: Capítulo 37

-No voy a salir con alguien -afirmó Paula tajantemente-. Sólo... vamos a ir juntos. Ni siquiera estoy segura de cómo me persuadió.

Pilar se limitó a sonreír.

-Es un hombre muy atractivo. Quizá debieras salir con él.

-No me interesa salir con nadie. Los tengo a Pablito y a tí, ¿para qué quiero más?

El rostro vivaz de Pilar se puso serio.

-A mí no me tendrás siempre, cariño, y Pablito crecerá y hará su vida antes de que te des cuenta. Eres joven y tienes muchos años por delante.

La verdad era que no podía rebatir aquello.

-Sólo es algo circunstancial -dijo para intentar convencerse tanto como para intentar convencer a Pilar-. En cualquier caso, pensaba salir a comer en el campo con Pablito.

Pilar volvió a sonreír.

-Que se diviertan-sonó el timbre de la puerta como si estuviera ensayado-.

-Yo abriré -dijo Pilar.

Paula tomó aire y comprobó que llevaba los pañales por si acaso. Al cabo de unos instantes, Pilar volvió por el vestíbulo con Pedro pegado a sus pies.

-...no hay caballos en los establos desde hace un año. Paula los vendió después del accidente de Pablo. Dijo que le daba pena ver al pobre Spurce y que nadie lo montara.

Paula pensó que además costaba una fortuna mantenerlos y se preguntó cómo habrían tardado tan poco en hablar de ese asunto. No quería que Pilar hablara de sus preocupaciones personales con Pedro.

-Hola -hizo un esfuerzo para mirar a Pedro con una sonrisa amistosa pero impersonal-. ¿Preparado para salir al campo?

-Preparado para cualquier cosa -contestó él-. Yo conduciré. ¿Has pensado en algún sitio?

Ella arqueó las cejas.

-Ah, yo había pensado en no salir de la finca. Hay sitios muy bonitos.

-De acuerdo -pareció sorprendido, pero se recompuso inmediatamente y agarró los bártulos-. Tú diriges, yo seré la mula de carga.

Ella no pudo evitar una sonrisa.

-No consigo imaginármelo.

-Adiós -Pilar se despedía de ellos con la mano mientras salían por la puerta de la cocina-. Que lo pasen muy bien. No se olviden de la crema para el sol.

-Ya nos hemos puesto -le tranquilizó Paula.

-Y del sombrero de Pablito.

-Lo tengo. Si vinieras con nosotros podrías en cargarte de que no se quemara.

La sonrisa de Pilar se tornó malévola.

-No, gracias. Cuando vuelvan, yo estaré tan contenta con el aire acondicionado.

-¿No le gusta comer en el campo? -le preguntó Pedro mientras seguía a Paula por el césped.

Paula  había puesto el sombrero a Pablito y lo había dejado en el suelo.

Pedro también iba cubierto. Se había sacado una gorra del bolsillo trasero del pantalón y se la había puesto nada más salir al exterior. Tenía casi toda la cara en sombra. Los ojos eran de un azul brillante debajo de la visera.

-Pilar no es una persona muy aficionada a estar al aire libre. Le gustan las flores, pero sólo si hay alguien que las planta y las cuida.

Pedro se rió.

-El síndrome de la opulencia, ¿no?

-Mmm. Pilar viene de una familia rica y cuando se casó con el padre de Pablo recibió una herencia de su abuela. Aparte de la fortuna de los Rodríguez, naturalmente.

-Naturalmente -dijo Pedro con una sonrisa forzada.

Dos Vidas Contigo: Capítulo 36

Tendría que hacer que le revisaran la cabeza. Debería haberse negado educadamente. No podía liarse con Pedro Alfonso.

Paula guardó los bocadillos en la nevera portátil y buscó los zumos y las manzanas. A Pablito le encantaban las naranjas cortadas en trozos pequeños, pero no podía masticar las fibras. Empezó a pelar una naranja sin poder quitarse a Pedro de la cabeza. Él nadaba en la abundancia. Ella hacía malabarismos con el dinero para no perder la casa familiar. Pedro pensaría que sólo buscaba su dinero. Todo el mundo lo pensaría y eso era lo que más le espantaba.

Cuando se casó con Pablo, supo lo que decían a sus espaldas. Supo que decían que iba detrás de su dinero, que sabía lo que le convenía, que algo habría hecho para que él se casara con una mujer tan poco adecuada...

Entonces no hizo caso porque amaba a Pablo y eran tan felices que los insultos le resbalaban. Además, Pilar también la quiso desde el principio.

Pilar había quitado importancia a las maledicencias con historias muy divertidas de las personas que las decían.

Sin embargo, no quería volver a pasar por lo mismo. A pesar de la protección de Pablo y Pilar, aquellas actitudes se habían clavado muy profundamente en el corazón de una joven sensible. Además, en ese momento, no estaba sola, también tenía que tener en cuenta a Pablito.

Metió los trozos de manzana y naranja en un recipiente .¿Qué faltaba? Unos aperitivos de jengibre que había hecho Alicia, apio picado y las bebidas.

Todo lo que hiciera se reflejaría en su hijo, pensó mientras guardaba unas servilletas y cerraba la bolsa. Estaba decidida a que él creciera sin sobresaltos y a que se sintiera una parte del mundo de su padre. En sus planes no entraba tener un idilio desenfrenado con un soltero millonario.

Sería desenfrenado, pensó con un estremecimiento al acordarse del brillo ardiente y azulado de los ojos de Pedro la noche anterior. La había mirado como si hubiera querido tumbarla allí mismo. Si no hubiera estado Pablito, quién sabe qué habría podido pasar.

Sin embargo, Pablito había estado allí. Sonrió levemente al recordar al enorme hombre moreno y al niño de cabellos casi blancos en la mecedora.

Le resultó imposible no pensar que parecían un padre y su hijo. Era posible que Pedro no supiera nada de niños, pero si no le gustaba Pablito, era un actor digno de un Oscar.

-¡Aquí está! -exclamó Pilar con voz cantarina mientras entraba en la cocina con Pablito-. Mamá ya ha preparado la comida.

-Gracias por vestirlo -le dijo Paula a su suegra-. ¿Seguro que no quieres venir?

Pilar sonrió. Parecía como si se le hubiera pasado el disgusto de la noche anterior.

-¿Desde cuándo me han gustado las comidas campestres? Hormigas, moscas, sentarse en el suelo... -hizo un gesto burlón-

-No, gracias. Además, tengo una reunión para estudiar la decoración del asunto lirio.

El asunto lirio era un baile y cena benéficos para el albergue de mujeres. Se celebraba todos los años en junio y las mujeres del comité organizador llevaban lirios de los colores más deslumbrantes.

Paula suspiró.

-Estoy nerviosa por estar sólo los tres.

-No tiene nada de malo -la tranquilizó Pilar-. También tienes derecho a salir con alguien de vez en cuando.

Dos Vidas Contigo: Capítulo 35

Pedro dejó que lo acompañara hasta la puerta.

-Lo he pasado muy bien -Pedro le acarició los brazos-. Dime que tú también.

Ella lo miró fijamente antes de bajar la cabeza.

-Yo también.

-Me gustaría volver a pasar un rato con Pablito y contigo.

Ella levantó la cabeza.

-¿Por qué?

Pedro la miró con una expresión burlona.

-Porque me gustas mucho y tu hijo es fantástico.

-Buena respuesta, pero antes de aceptar, quiero que sepas que no busco ningún tipo de... asunto.

-¿Qué te parece amistad y diversión?

Quizá ella no quisiera reconocerlo pero ya tenían un asunto entre manos.

Cuando fue a Baltimore sólo había pensado en verla, pero en ese momento sabía que era inútil intentar mantenerse lejado de ella.

Ella sonreía vacilantemente.

-Creo que podríamos intentarlo.

-¿Qué te gustaría hacer?

Ella lo pensó un rato.

-Podríamos hacer una comida en el campo. A Pablito le encanta estar al aire libre.

-¿Cuándo?

-Mañana. Es sábado y no tengo trabajo.

-Me parece muy bien. Pasaré a recogeros a mediodía.

Ella asintió con la cabeza y él la besó fugazmente ea los labios. Él habría preferido un beso de verdad' sentirla abrazada a él, que hubiera reaccionado como lo hizo el primer día en el jardín, pero notó que luchaba contra ella misma. Él no supo por qué, pero no estaba dispuesto a darle una excusa para volverse atrás.

-Hasta mañana -dijo antes de darse la vuelta para marcharse.

domingo, 1 de mayo de 2016

Dos Vidas Contigo: Capítulo 34

Él negó con la cabeza.

-No. En realidad estoy instalando algo nuevo. Una ventana experimental que acabo de diseñar. De esa forma, si es un desastre, sólo podré culparme a mí mismo.

Ella sonrió.

-Pero tendrás que tragártela.

Él se encogió de hombros.

-La cambiaré.

Ella lo observaba con unos ojos que parecían ver más de lo normal.

-¿Por qué pareces incómodo cuando hablas de tus ventanas?

Pedro sonrió forzadamente.

-No quiero que se me conozca como el tipo de las ventanas solares. Me gustaría hacer cosas impresionantes sin tener en cuenta el material que use y que se me reconozca por mi calidad.

-Y eso es difícil por el éxito de la ventana.

Él asintió con la cabeza.

-En resumen, sí.

Ella asentía con la cabeza como si lo entendiera y él sintió un agradecimiento especial.

-¿Por qué has decidido ampliar tu empresa?

Pedro se encogió de hombros otra vez y deseó que ella se acurrucara entre sus brazos en vez de hacerlo en el brazo del sofá.

-Tuve un accidente y me sobraba el tiempo para pensar mientras me recuperaba. Siempre me ha encantado hacer proyectos y tengo gente muy creativa y competente en Filadelfia con la que puedo trabajar a distancia, de modo que decidí probar el mercado de Baltimore.

Ella lo miraba intrigada y estaba claro que pensaba en algo que no era la arquitectura, Pedro se preparó.

-¿Qué tipo de accidente?

-Uno muy raro -contestó él sin cambiar el tono desenfadado-. Dicen que no se da más de uno cada dos mil años. Yo jugaba al rugby y me dieron una patada en el pecho que me produjo unas lesiones internas muy graves.

Ella parecía espantada.

-Yo creía que el rugby no era violento.

-No creo que hayas pensado nada del rugby en tu vida -se burló él.

Ella sonrió.

-La verdad es que no. Se parece al fútbol, ¿verdad?

-Un poco, pero es mucho menos civilizado. Quizá algún día, cuando lleve una semana lloviendo y estés aburrida como una ostra, te explicaré la diferencia.

Pedro sonrió y ella le devolvió la sonrisa.

-¿Qué lesiones tuviste?

Él había esperado no tener que mentir descaradamente.

-Bueno, muchas cosas distintas -se tocó vagamente por el vientre-. Me operaron y la recuperación fue bastante lenta. Eso me permitió estudiar algunas ciudades y ver cuál era la mejor para mi empresa.

-Y elegiste Baltimore.

Él asintió con la cabeza y aliviado por haber dirigido la atención hacia algo distinto de la operación.

-Había tres candidatas en la Costa Este, pero Baltimore está cerca de Filadelfia, tiene buen clima y me gustó mucho cuando la visité.

Ella sonrió y levantó el vaso de agua para dar un sorbo.

-El clima no es tan bueno cuando llega el invierno.

-No me importa que haga un poco de frío, pero Boston, por ejemplo, está demasiado al norte y Orlando es insoportable en verano.

-¿Esas eran las otras dos alternativas? -le preguntó ella entre risas-. ¿De un extremo al otro?

-Efectivamente.

Se hizo un breve silencio entre ellos, un momento cálido y agradable que él habría deseado que no terminara nunca. Luego, él se acordó de cómo la había encontrado al llegar. Había estado llorando y tenía los ojos irritados.
-Paula...

-Sí...

-Cuando llegué, ¿habías estado llorando? No me cuentes historias de alergias.

Ella suspiró.

-Es una historia muy larga... -¿Está grave Pilar?

Fue lo primero que él pensó, aunque ella lo hubiera tranquilizado.

-No, no -ella estaba realmente sorprendida-.

No le pasa nada grave.

-Entonces, ¿por qué llorabas? Ella dejó escapar otro suspiro.

-He retrasado las vacaciones de la familia.

-Siempre nos íbamos el cuatro de julio, pero este año, con mi nuevo trabajo, tendremos que ir en septiembre. Aunque sea a media jornada -añadió a la defensiva-, no puedo dejarlo todo y marcharme cuando quiera.

-¿Se lo esperaba Pilar?

-No. Se ha llevado... un disgusto. Dijo que le dolía la cabeza y que no podía cenar con nosotros. Me sentí fatal al disgustarla tanto.

-Ah, -Pedro hizo un gesto con la cabeza-. Las dos se llevan muy bien. Yo creía que las nueras odiaban a sus suegras.

Paula se rió.

-No en este caso. He sido muy afortunada. Es fantástica.

Se hizo otro silencio, pero no fue tan cómodo corno el anterior.

-Será mejor que me vaya -dijo Pedro al cabo de un rato.

A él le fastidió que ella no se opusiera sino que asintiera con la cabeza y se levantara. Después del momento que habían compartido en el descansillo, ella volvía a comportarse como si fueran meros conocidos.