lunes, 21 de marzo de 2016

La Impostora: Capítulo 53

Llamó a su oficina y le dijeron que había estado en los Juzgados todo el día y que aún no había vuelto. Dejó el mensaje de que la llamara y estuvo toda la tarde esperando, pero el teléfono no sonó. Si no hubiera tenido que hablar con él urgentemente, lo habría mandado al infierno. Pero era algo importante, así que se sentó en la cama, dispuesta a esperarlo. Era casi medianoche cuando oyó el coche y, levantándose de un salto, se puso la bata de seda y se dirigió a las escaleras.

Pedro estaba cerrando la puerta y ella se paró, mordiéndose los labios, cuando vió su aspecto cansado. En ese momento él parecía tan infeliz como ella y Pau se hubiera lanzado a sus brazos si no hubiera sabido que la rechazaría. Él levantó la mirada y, frunciendo el ceño, dió un paso adelante.

— ¿Qué ocurre, Pau, te encuentras mal? —preguntó. Había preocupación en su tono y eso levantó su ánimo.

—Estoy bien.

Bajó un par de escalones y la expresión de preocupación fue reemplazada por un frío cinismo.

— ¿Entonces qué haces levantada tan tarde? ¿O quieres que lo adivine? ¿Me estás dando una pista de lo que me estoy perdiendo, querida?

Ella se ruborizó en parte por la ira y en parte por el dolor, pero apretó los dientes y siguió bajando la escalera.

—No pienso hacer nada que me condene más ante tus ojos.

—La necesidad olvida la precaución —dijo él, sonriendo cínicamente.

Pau sintió la necesidad de darle una bofetada pero resistió la tentación.

—Tengo más respeto por mí misma de lo que crees. Estoy aquí simplemente porque tengo que hablar contigo. Te he dejado un mensaje en el despacho diciendo que me llamaras.

—No he vuelto a la oficina. Y, por lo que a mí respecta, no tenemos nada de qué hablar —dijo fríamente sin especificar dónde había estado.

—Sé perfectamente que te repugna mi compañía y, créeme, no estaría aquí si no fuera absolutamente necesario. Prometo no robarte mucho tiempo —devolvió ella sarcástica, salvando su orgullo.

—Lo que sea tendrá que esperar hasta más tarde.

— ¿Y para cuándo sugieres? Te vas antes de que me haya levantado y vuelves cuando estoy en la cama.

—Estoy muy ocupado con un caso —dijo heladamente.

—Has estado evitándome a propósito. ¿De qué tienes miedo? ¿Qué crees que voy a hacer? —preguntó. Pero viendo la expresión dolorida de Pedro, Pau se ablandó inmediatamente—.Oh, Pedro, no podemos seguir así.

Pero él se mantuvo tenso y su expresión glacial.

—No puedo perder el tiempo. ¿Qué era lo que tenías que decirme?

Como si la hubiera abofeteado, Pau se irguió.

—Ha llamado tu madre para recordarnos que nos esperan este fin de semana, íbamos a tomarnos unas pequeñas vacaciones, ¿recuerdas?

Se dió cuenta por su expresión que él también lo había olvidado.

—No puedo ir. Tendrás que llamar y poner alguna excusa.

—No puedo hacer eso —protestó Pau—. Es la fiesta de compromiso de tu hermano y nos estarán esperando.

— ¡Maldita sea!

Pedro se pasó una mano por el pelo, una acción que, aunque él no lo sabía, le hacía parecer más sexy que nunca.

Los sentidos de Pau se despertaron. Cuánto echaba de menos poder tocarlo cada vez que lo deseaba. Y deseaba hacerlo ahora, pero sabía que él la rechazaría y estaba segura de que no podría soportarlo, así que se obligó a sí misma a desechar ese pensamiento.

—Tenemos que ir. A menos que quieras contarle a todo el mundo lo que está pasando —dijo con un deje de acritud.

Pedro la miró fijamente y ella sostuvo su mirada hasta que él suspiró.

—Lo mejor será que vayas tú mañana. Yo iré el sábado en el tren.

— ¿Ni siquiera puedes soportar viajar en coche conmigo? —preguntó sintiendo las lágrimas asomarse a sus ojos.

No quería que él viera cuánto daño le estaba haciendo y se dio la vuelta para subir la escalera, pero se enganchó el pie con la bata y cayó al suelo con un grito ahogado.

La Impostora: Capítulo 52

—Dígaselo a Pedro. A mí no me habla.

—Ya lo he hecho y me ha dicho que me meta en mis asuntos —el ama de llaves dijo burlona.

—Lo siento, Marga —se disculpó Pau, sintiéndose culpable de que se viera involucrada en sus problemas—. Pedro ha estado trabajando demasiado últimamente.

Marga  la miró con expresión sarcástica.

—Ya. Si han tenido una pelea, sólo tienen que hacer las paces.

—No es tan fácil.

—Nunca lo es. Pero ustedes se quieren, está tan claro como el agua. Eran tan felices que sería una pena dejar que una tonta pelea arruinara su vida.

—Sí, se puede decir que no estamos pasando por un buen momento, así, que, por favor, ¿podríamos cambiar de tema?

Marga abrió la boca para decir algo, pero antes de que pudiera hacerlo, sonó el teléfono. Pau fue al salón a contestar la llamada.

—Hola, Pau —saludó la voz de Ana Alfonso a través del hilo—. ¿Cómo estás tú y cómo está mi nieto?

El sonido de una voz amiga la alegró y se sentó en un sillón cercano sonriendo por primera vez en muchos días.

—Los dos estamos bien —contestó alegremente.

Ana  llamaba cada dos o tres días desde que conoció la buena noticia.

—Pedro estaba preocupado por tus mareos —reveló su madre, sorprendiendo a Pau por completo.

— ¿Ah, sí? —preguntó con un hilo de voz.

—Sí, cariño. Me llamó el otro día para preguntarme si sabía de algo que pudieras tomar.

Pau  no sabía qué decir. Pedro había estado tan frío y distante con ella que era una sorpresa saber que se preocupaba.

—No me ha dicho nada.

—Bueno, ya sabes cómo son los hombres. Unos blandengues, lo que pasa es que no les gusta que se sepa —dijo riendo al otro lado del teléfono.

Desde luego, Pedro  se estaba asegurando de que ella no se enterara, pensó Pau. Hubiera seguido pensando que no le importaba si no hubiera sido por su madre.

Ahora sabía que se preocupaba por ella y su corazón se calentó un poco. Eran esas pequeñas cosas las que mantenían viva su esperanza.

Durante los siguientes minutos las dos mujeres hablaron sobre varios remedios. Sólo entonces Ana recordó la razón de su llamada.

—Llamaba para recordarles la fiesta que organizamos el sábado para Federico e Isabel. No se olviden que prometieron quedarse a pasar unos días.

Pau  lo había olvidado, lo que no la sorprendía, considerando todo lo que estaba pasando. El hermano pequeño de Pedro, Federico, iba a organizar su fiesta de compromiso y habían planeado quedarse unos días para celebrarlo. No podía haber llegado en peor momento, pero sabía que sería imposible cancelar el viaje.

—Estaremos allí, no te preocupes. Seguramente saldremos mañana por la tarde.

—Estupendo, cariño. Estamos deseando verlos. Tengo que colgar, me están llamando por la otra línea. Dale un beso a Pedro de mi parte. Adiós.

Pau colgó el teléfono lentamente. Se imaginaba que Pedro también lo habría olvidado. La fiesta había desaparecido de su mente con los acontecimientos de los últimos días. No podrían librarse, eso desde luego. Tendría que hablar con él. ¿Pero cómo?

La Impostora: Capítulo 51

Si Pau tenía alguna duda sobre los sentimientos de Pedro, los días siguientes la habrían despejado porque apenas lo vió. Fiel a su palabra, dormía en la habitación pequeña y se iba a la oficina antes de que ella se levantara. Era difícil de aceptar, porque se había acostumbrado a dormir con él y para ella era casi imposible dormir sin tenerlo al lado.

Perdió el apetito pero se obligó a sí misma a comer por el niño. Para añadir más angustia, los mareos y las náuseas que apenas había sufrido hasta ese momento, empezaron a hacerse sentir. Como tantas mujeres, descubrió que las náuseas no aparecían sólo por las mañanas.

Eran unos momentos terribles, pero estaba determinada a soportarlo todo. No había sabido lo que era sentirse sola hasta que Pedro decidió apartarla completamente de su vida. Llegaba tarde a casa por la noche, ya cenado, y se encerraba en su estudio hasta que se iba a dormir. Si se cruzaban en la casa, él se portaba de forma educada pero distante y ella lo soportaba porque sabía que tenía derecho a estar herido y furioso.

Sólo una vez intentó ella romper el muro que los separaba. El domingo siempre había sido el día en que Pedro se relajaba. Por regla general, nunca se llevaba trabajo a casa y normalmente lo pasaban haciendo algo especial.

Ella no esperaba que siguiera siendo así, pero tampoco había esperado que se encerrara en su estudio todo el día. Sabía por qué lo estaba haciendo y la ponía furiosa. Podía soportar que quisiera castigarla, pero no a costa de ponerse él mismo enfermo. Fue esa preocupación lo que hizo que se dirigiera a su estudio esa noche. Cuando él levantó la mirada Pau pudo ver sus ojeras y su corazón se llenó de angustia.

—Estás trabajando demasiado, Pedro. Hay un documental en la televisión de los que te gustan. ¿Por qué no vienes a verlo conmigo? —sugirió esperanzada.

Si él se ablandara un poquito, quizá podrían hablar.

—Tengo muchas cosas que hacer —rehusó él, volviendo a poner atención en los papeles.

Con lágrimas en los ojos, dijo:

— ¿Ni siquiera vas a sentarte conmigo un ratito? Te echo de menos —confesó temblorosa.

—No recuerdo ninguna parte de nuestro contrato matrimonial en la que diga que debo entretenerte —Pedro contestó sin mirarla, por lo que Pau no pudo ver su gesto de dolor.

—Por lo menos deja de trabajar. Estoy preocupada por tí.

—No tienes por qué. Te absuelvo de cualquier responsabilidad sobre mi salud.

— ¡Maldita sea, no me digas que no tengo derecho a preocuparme!

—Creía que no te importaría.

— ¿Ah, sí? ¡Pues crees demasiadas cosas! —después de un segundo, intentando controlarse preguntó—. ¿Cuánto tiempo va a durar esto?

La expresión de Pedro era helada.

—Te dije cómo sería, Pau, y lo aceptaste cuando decidiste quedarte. Si mi dinero no es suficiente compañía es problema tuyo, no mío. Ahora, si no te importa, me gustaría seguir trabajando.

Con furia impotente, ella se dió la vuelta y cerró la puerta de un portazo. Después de eso, no volvió a intentarlo. Descubrió que aún tenía algo de orgullo.

Marga se dió cuenta de que cenaba sola y de que alguien estaba usando la habitación pequeña, pero no dijo nada hasta el jueves siguiente cuando Pau, al volver del despacho, fue a la cocina para hacerse un té. Se acababa de sentar cuando Marga dijo:

—No tiene muy buen aspecto, querida —dijo Marga poniendo la humeante taza de té sobre la mesa.

—Las alegrías del embarazo —bromeó Pau, aunque sabía que su palidez y pérdida de peso se debían más al estado de su matrimonio que a otra cosa.

A juzgar por la expresión de Marga, ella también lo sabía.

—Pedro ha llamado para decir que cenaría fuera —dijo la mujer con expresión seria—.  Alguien debería darles una buena azotaina a los dos. Todo esto no es bueno para el niño.

La Impostora: Capítulo 50

— ¿Tú crees? ¿Cómo puede haber amor donde no hay confianza? No confío en tí, Pau y no creo que vuelva a confiar nunca.

Era un golpe demasiado fuerte y Pau no supo cómo se mantuvo en pie. Inconscientemente su mano se dirigió hacia su vientre.

— ¿Quieres decir que quieres el divorcio? —preguntó con voz ahogada.

Él se volvió a mirarla y su expresión era tan fría y dura que Pau empezó a temblar.

—Ese fue mi primer instinto. Quería alejarme de tí lo más posible. Pero luego pensé en el niño.

La habitación parecía dar vueltas y por un segundo creyó que se iba a desmayar.

— ¿Quieres quedarte con el niño? —preguntó ella, incrédula.

— ¿De verdad crees que sería capaz de eso? —preguntó con tono helado.

Ella sabía que no podía ser, pero no podía pensar con claridad.

—Lo siento, yo...

Pedro interrumpió su intento de disculparse.

—Yo soy de los que creen que un niño debe de tener padre y madre —dijo secamente.

— ¿Quieres decir que debemos seguir juntos por el niño? —preguntó casi sin voz.

—No tengo intención de abandonar a mi hijo y haré lo que sea para evitarlo.

— ¿Y qué pasa conmigo?

Pau sabía que, si ponía una demanda, ella podría ganarla. Dada su situación, cualquier tribunal fallaría a su favor, pero eso la separaría definitivamente de Pedro.

Tenía que saber si había alguna alternativa.

—Sé perfectamente que, si quiero a mi hijo, tendré que seguir viviendo contigo y estoy preparado para ello. Pero será un matrimonio sólo de nombre. Tendrás todo lo que necesites. Puedes estar segura de que seguirás teniendo todo lo que querías. No tienes más que poner el precio y te lo daré, pero tendrás que quedarte aquí con el niño para conseguirlo. Creo que es una buena oferta. Un cheque en blanco a cambio de la custodia de mi hijo.

A pesar del insulto, no había ninguna alternativa. Si se marchaba, no volvería a verlo y, si se quedaba, se estaría condenando a sí misma.

—No tienes que tomar una decisión ahora mismo —dijo Pedro mirando de nuevo a la oscuridad—. Tienes hasta mañana.

No sabía que ya había tomado una decisión hasta que se oyó decir a sí misma:

—Me quedaré.

Se preguntó si se había vuelto completamente loca. Sabía que la iba a herir más de lo que podría soportar, pero no veía qué otra cosa podía hacer. No quería tener a su hijo sin Pedro. Los quería a los dos.

—Ya me lo imaginaba —dijo Pedro con tono despreciativo.

Dejó la copa sobre la mesa y se dirigió hacia la puerta.

—En ese caso, llevaré mis cosas a la otra habitación —dijo y se alejó, dejándola sola.

Pau cayó sobre un sillón y apoyó la cabeza en el respaldo. Estaba temblando.

Era una pesadilla, pero sabía que no iba a despertarse. Tenía el corazón dolorido, pero vió un pequeño rayo de esperanza. Pedro no había dicho que ya no la amaba.

Aunque no sabía si podría volver a recuperar la confianza de Pedro, tenía que intentarlo porque no creía que sus sentimientos por ella hubieran muerto. Lo amaba demasiado para aceptar que todo se había acabado y lo único que sabía era que tenía que quedarse y luchar porque para ella no había otra alternativa.

domingo, 20 de marzo de 2016

La Impostora: Capítulo 49

—Yo no... no podría... nunca podría mentir sobre lo que siento por tí —insistió ella emocionada.

— ¿De verdad? Pero mientes muy fácilmente sobre tu hermana. Me dijiste que no se llevaban bien, que no sabías dónde estaba.

Ella dió impulsivamente un paso hacia adelante.

— ¡Y no nos llevamos bien! ¡Mica sabe que no apruebo su forma de vida!

—Dices eso como si casarse con alguien pretendiendo ser otra persona fuera un comportamiento aceptable.

—Sé que estuvo mal, pero me daba pánico perderte.

—Te daba pánico perder un marido rico.

Pau lo negó con vehemencia. Su corazón latía tan rápidamente que casi no podía respirar o pensar con claridad.

— ¡Eso no es verdad! ¿Es que no lo entiendes? Me enamoré de tí y pensé que, si te enterabas de lo que había hecho Mica, la odiarías y odiarías a cualquiera que te recordara a ella. Me mirarías y la verías a ella. No me verías a mí.

—Así que te hiciste pasar por ella para conseguirme —dijo él fríamente.

Pau  cerró los ojos desesperada. Él hacía que pareciera tan sórdido.

—No fue así. Pensaba decirte la verdad cuando estuvieras recuperado. En el primer momento pensé que no importaba que la gente creyera que yo era Mica. Pero entonces me di cuenta de que me había enamorado de tí y pensé que, si te daba tiempo para conocerme, quizá... —lo miró entonces suplicándolo con la mirada—. Y ocurrió, Pedro, notaste la diferencia. La mujer que habías conocido antes del accidente no era la misma después. Tú te enamoraste de esa mujer. Te enamoraste de mí.

— ¿Y por qué no me lo dijiste entonces?

— ¡Porque pensé que no importaba! ¡Yo te quería y tú me querías a mí!

— ¿Para qué remover las cosas si nadie iba a salir dañado, no? —Pedro preguntó burlonamente.

—Te he hecho daño y es lo último que hubiera querido que ocurriera. Mi única excusa es que te amo demasiado —dijo ella ahogada por las lágrimas, que no quería dejar escapar.

Pedro se acercó a ella y la tomó por la barbilla.

—Tú no me amas, Pau. Ni siquiera sabes lo que significa esa palabra.

El corazón de Pau latió dolorosamente.

— ¡Sí, te amo, te amo!

Él negó con la cabeza.

—Me deseas. No puedo negar la pasión, pero eso no es amor. Una persona enamorada no habría hecho lo que hiciste tú. No me hubiera dejado sin elección.
A Pau se le hizo un nudo en la garganta cuando empezó a ver las cosas desde su punto de vista. Había cometido un terrible error, ahora lo sabía, y lo único que podía hacer era defenderse y esperar que algo de lo que dijera le llegara al corazón.

—Sí sé lo que es amar a alguien, Pedro. El amor es estar sólo medio viva cuando tú no estás conmigo. Es la alegría que siento cuando oigo tu voz y veo tu sonrisa. Es que me duela lo que a tí te duele. El amor es saber que no hay sitio en el mundo en el que yo quisiera estar sin tí —dijo con una voz llena de emoción.

— ¿Incluso sabiendo que te desprecio?

—Incluso así, porque sé que me quieres.

Él la soltó y se dió la vuelta. Se acercó a la ventana y se quedó mirando hacia la oscuridad.


La Impostora: Capítulo 48

— ¡Te he hecho una pregunta, Pau! —casi gritó Pedro—. ¿Creías que no me iba a enterar?

Ella tragó saliva, deseando poder mentir pero sabiendo que no podría.

—Sí.

Pedro se dirigió hacia el bar para ponerse una copa que tomó de un solo trago antes de volverse a mirarla.

— ¿Cómo he podido pensar que te conocía? ¡No te conozco en absoluto!

—Eso no es cierto —negó ella rápidamente—. Lo sabes todo sobre mí.

Él hizo una mueca, estudiando su tensa figura.

—Lo único que sé con seguridad, querida esposa, es que eres una embustera.

Pau respiró profundamente, intentando no mostrar que estaba temblando.

—Sólo te he mentido sobre una cosa y lo hice porque no podía soportar la idea de que me miraras como me estás mirando ahora mismo —exclamó desesperada, a punto de llorar.

— ¿Y cómo te estoy mirando, Pau? —preguntó con salvaje ironía.

Ella sostuvo su mirada con esfuerzo.

—Como si me despreciaras —susurró con voz entrecortada.

—Qué perceptiva eres —dijo cínicamente.

Pau estaba helada y pálida como un fantasma.

—Pedro, por favor, no hagas esto. Por favor, deja que te explique —suplicó sin pensar en su orgullo.

¿Para qué le valdría su orgullo si perdiera a Pedro?

— ¿Y qué me vas a explicar, querida? —preguntó Pedro, usando el adjetivo como un instrumento cortante—. ¿Que tu hermana y tú son un par de buscavidas? ¡No sé a cuál de las dos desprecio más! ¡Si a tu hermana porque no pudo resistir la idea de casarse con un paralítico o a tí porque no hubieras tenido ningún problema en hacerlo para conseguir lo que querías!

— ¡No fue así!

— ¿Entonces, cómo fue Pau? ¡Cuéntamelo, estoy deseando saberlo!

Pau se pasó una mano temblorosa por el pelo.

—Es verdad que Micaela iba a casarse contigo por tu dinero, pero, te lo juro, yo no lo hice por eso.

— ¿Ah, no? Entonces supongo que vas a decirme que te enamoraste de mí a primera vista.

—Eso es exactamente lo que pasó.

— ¿De verdad quieres que me crea eso? —preguntó Pedro fríamente—. Si eres capaz de mentir sobre tu propia familia, tendré que preguntarme sobre qué más me has mentido.

La Impostora: Capítulo 47

Pau cerró los ojos y se dijo a sí misma que no debía derrumbarse. Pasara lo que pasara, no sucumbiría al horror que le estaba helando la sangre. Abriendo los ojos, se forzó a sí misma a dirigirse hacia su hermana quien, por una vez en su vida, parecía insegura. Como Pau, se sentía parte de una escena en la que no tenía ningún control. Era Pedro quien movía las cuerdas.

—Yo soy Paula, ella es mi hermana gemela, Micaela. Pero le gusta que la llamen Paula —informó a los dos hombres mientras la besaba en la mejilla.

— ¡Por amor de Dios! ¿Cómo las diferencias? —preguntó Gerardo Torres, fascinado.

Pedro  se encontró con la mirada de Pau y sonrió glacial.

—Por el pelo. ¿Verdad, cariño? —preguntó buscando una confirmación que no necesitaba.

Su mirada decía que sabía eso y mucho más.

De nuevo Gerardo Torres, aparentemente ajeno a la tensión que había a su alrededor, dijo:

—Sí, es verdad. ¿Qué te parece? Si no fuera por el pelo, nadie podría notar la diferencia.  Vamos, que si una de ellas dijera que era la otra, ¿quién se lo podría discutir? —preguntó sin darse cuenta de que esa frase era como clavar una daga en el corazón de Pau.

—Desde luego —murmuró Pedro.

—Voy... voy a echarle un vistazo a la cena —Pau se excusó y salió precipitadamente de la habitación sin preocuparse de lo que pudieran pensar.

Empujó las puertas batientes de la cocina y se paró delante de la mesa, sujetándose fuertemente al borde. ¡Por Dios bendito, él lo sabía! Un enorme dolor la atravesó pensando en el frío intento de venganza que había detrás de la idea de traer a Micaela sin avisarla. Se había enterado de todo y quería castigarla.

—Bueno, ¿qué demonios está pasando aquí? —preguntó casi a gritos Micaela desde la puerta de la cocina, haciendo que Pau diera un brinco.

—Parece dolorosamente obvio —respondió Pau notando que su hermana había recuperado su habitual seguridad y no le gustaba nada la situación.

Con las manos en las caderas, Micaela la miró acusadora.

— ¿Qué significa esta charada?

Pau  respiró profundamente e, inconscientemente, se protegió el vientre con los brazos.

—Pedro ha querido decirme que se había enterado de que yo no soy tú.

— ¡Pues claro que no eres yo! Lo sabe perfectamente —exclamó Micaela—. ¿O no lo sabe? —preguntó mirando fijamente a Pau, que evitó la mirada —¡Dios mío! No se lo has dicho, ¿verdad? ¡Te has hecho pasar por mí! Claro, por eso estaba tan raro esta tarde. Yo esperaba que estuviera furioso conmigo; después de todo, lo abandoné. Pero en lugar de eso, estaba asombrado. No tenía ni idea de que éramos dos personas diferentes. ¡Pensaba que yo era tú, porque tú le habías dicho que eras yo! —dijo riendo—. Dios mío y yo que pensaba que estaba siendo generoso por invitarnos a cenar. Creí que lo que quería decir era que me perdonaba. ¡Cuando estaba lívido porque seguía creyendo que se había casado conmigo!

Pau  se apartó de la mesa con un gesto de dolor.

—Si lo único que puedes hacer es recrearte, lo mejor será que vuelvas al salón —dijo Pau tomando los guantes del horno para sacar las bandejas.

Micaela  negó con la cabeza.

— ¿Quién lo hubiera podido pensar de la mosquita muerta? Tendrás suerte si sales de esta con un buen acuerdo económico...

Pau  tiró al suelo el plato que llevaba en la mano y se giró hacia su hermana.

— ¡A mí no me interesa su dinero! ¡Me pones enferma!

Apoyándose en la encimera, Micaela observó cómo Pau se mordía los labios para disimular el temblor.

—Bueno, bueno, bueno, veo que estás enamorada de él —dijo con falsa simpatía—. Deberías habérselo contado. Pau. Sabes que nunca te lo podrá perdonar, ¿verdad?

Era lo único de lo que tenía miedo y Pau se tapó los oídos con las manos.

— ¡Cállate, por favor, cállate! —gritó.

— ¿Pasa algo? —la voz de Pedro preguntó desde la puerta.

Ambas se dieron la vuelta. Pau bajó las manos.

—No, no pasa nada —negó temblorosa.

Deseaba que se fueran para poder hablar con Pedro. Pero no se irían. Pedro se encargaría de ello. No iba a ponérselo tan fácil. Tendría que representar la farsa y lo haría con la mayor educación posible.

—La cena está lista. Yo llevaré los platos mientras les dices a nuestros invitados dónde deben sentarse.

Las horas siguientes fueron las peores de su vida. Pedro se comportó de forma educada, atendiendo a sus invitados como si no pasara nada. Y para los invitados no pasaba nada, ni siquiera para Micaela. Pedro estaba reservando su furia para su mujer y Pau sabía que en el momento que se fueran empezaría el infierno. Intentó seguir la conversación, pero no pudo comer y, por el niño, no se atrevió a beber más que un pequeño sorbo de vino.

Micaela  se pavoneaba, segura de que a ella no le iba a pasar nada. No hubiera estado tan contenta si hubiera notado el desprecio en los ojos de Pedro. Él la veía ahora tal como era, pero eso no hacía que Pau mejorara por comparación. Al contrario, como ella siempre había temido, estaba comparándola con su hermana. Una buscavidas como ninguna, porque una mujer joven no se casaba por otra razón con alguien como Gerardo Torres.

Fue un alivio cuando Torres dijo que debían tomar un vuelo por la mañana temprano. Pedro los acompañó hasta el coche, pero Pau no lo hizo. Les dijo adiós con la mano y volvió a entrar en la casa. Paseando por el salón, se quedó mirando la apagada chimenea.

—Solos al fin —Pedro dijo detrás de ella.

Pau reunió todo su coraje para volverse y mirarlo.

—Lo que has hecho ha sido despreciable —dijo, observando con odio el rictus cínico de su boca.

Los ojos miel se clavaron en ella con un brillo que no había visto nunca.

Acercándose, Pedro acarició sus mejillas con los nudillos en una parodia del gesto cariñoso que hacía tan a menudo.

—Mi querida embustera. ¿De verdad creías que no iba a enterarme nunca? —preguntó fríamente y el corazón de Pau se partió.

—Pedro, por favor...

No sabía cómo empezar, cómo explicarle lo que había pasado.