Aún estaba intentando comprender el deseo de Pedro de intentar una fecundación artificial cuando entraron en el despacho del doctor. Lo único en lo que podía pensar era que no se creía capaz de concebir a sus hijos de ningún otro modo.
Ella odiaba pensar que él se atormentaba por eso, pero sabía demasiado poco de ese asunto como para poder ayudarlo a superar sus miedos.
Tal vez debiera hablar con Tomás.
—No será necesario realizar el procedimiento más agresivo, la fertilización in vitro —dijo el doctor, atrayendo así la atención de Paula—. Le realizaremos una extracción de esperma, señor Alfonso. Es un procedimiento que no requiere hospitalización y es casi indoloro.
Pedro asintió con la cabeza.
El médico se giró hacia ella.
—Usted tendrá que someterse a una inseminación intrauterina, señora Alfonso.
Paula encontraba aquella conversación muy violenta. Él habló de las opciones, y le hizo preguntas acerca de su ciclo de fertilidad para las que ella no tenía respuestas muy claras. Nunca había llevado un calendario como hacen muchas mujeres.
Después de la tercera pregunta sin respuesta, Pedro suspiró.
—¿Prefieres que me vaya para que hables de estos detalles con el médico?
Ella se sintió enrojecer aún más.
—Sí -dijo, pidiéndole comprensión con la mirada.
Su media sonrisa le indicó que sí la comprendía. Salió del despacho y cerró la puerta.
—Me sorprende que se haya marchado, señora Alfonso. Su marido es un hombre al que le gusta mantener el control y sus deseos de protección hacia usted son evidentes.
Él había pensado en sus sentimientos y al menos en aquello su relación había avanzado.
Ella sonrió complacida por que hubiera pensado que a ella le resultase embarazoso hablar de ciertas cosas delante de él.
—¿Qué me estaba diciendo de la inseminación intrauterina?—deseaba acabar con aquello cuanto antes para volver con Pedro.
—Es el procedimiento menos complicado para este tipo de tratamientos y no hay razón para estar nerviosos.
Ella asintió, animándolo a continuar. El doctor le explicó lo que necesitaba hacer para prepararse para el procedimiento y cómo llevar el control de su temperatura corporal y otros indicadores fisiológicos que determinasen el momento óptimo para realizar la inseminación.
—Aunque es un procedimiento sencillo, puede ser algo doloroso. ¿Lo entiende, verdad? -—dijo el doctor para acabar.
Ella asintió con la cabeza a pesar de que no entendía por qué tenía que doler. Hablar de aquellas cosas con hombres, aunque fueran un médico y su marido, no hacían que se sintiera cómoda.
—Notará algo entre una incomodidad y dolores fuertes durante el procedimiento. Sólo un tres por ciento de las mujeres que se someten al tratamiento declaran haber sufrido más que dolores leves.
Aquello era más reconfortante, pero no se lo diría a Pedro. Tal vez no la dejase someterse al procedimiento, y ella quería tener un niño. Lo deseaba.
—No me preocupa —declaró Paula.
—A veces se necesitan hasta seis intentos hasta conseguir la concepción —avisó el médico.
Ella esperó que Pedro se hubiera recuperado para entonces, pero asintió.
Volvieron a llamar a Pedro y el doctor les dio toda la documentación necesaria para que estuvieran informados. Ella miró los papeles y luego al doctor.
—¿Se supone que tengo que tomarme la temperatura todos los días?
—Sí. Y...
—No se preocupe. Leeré las instrucciones —interrumpió ella. No quería que él médico le explicase nada más delante de Pedro. Ya lo había pasado bastante mal hablando sólo con el médico.
Salieron de la clínica después de concertar una cita para Pedro para el martes siguiente.
El día después de la cita, Paula lo siguió hasta la sala de fisioterapia. Tomás no había llegado, pero Pedro ya se había colocado en la máquina de remo y estaba entrenando con la misma concentración con que hacía todo en la vida. Paula rellenó una botella de agua y la colocó a su lado.
domingo, 28 de febrero de 2016
Necesito Tu amor: Capítulo 50
Hizo un gesto de desagrado al recordar su enfado unas pocas horas atrás. Acababa de descubrir que los celos, que nunca había sentido con Giuliana, podían ser un infierno.
Nunca le había importado lo que llevara, Fede tenía razón, pero el pensar en cincuenta hombres mirando a Paula de ese modo lo enfurecía. Le diría a su madre que le buscara un bañador de una pieza, pero lograr que su independiente esposa se lo pusiera sería otro asunto. Ella tenía un fondo tradicional italiano, pero también era muy liberal en su modo de pensar y en sus actos.
Su mano estaba colocada contra el pecho de él, y una de sus piernas se insinuaba por encima de su muslo. Él podía sentir la sensación del peso, pero tenía que tocarla con la mano para sentir la suavidad de su piel. Era algo enloquecedor.
¿Cuándo volvería a estar completo?
Colocó una mano posesivamente sobre su trasero, manteniéndola contra él de un modo que hubiera debido causar alguna reacción en su anatomía masculina, pero no lo hizo.
¿Volvería a sentirlo cuando recuperara la movilidad?
El sabor metálico del miedo invadió su boca. Ningún hombre quería ser medio hombre.
No dejaría que Paula lo tocase para que no descubriese su falta de virilidad, aunque anhelaba dejar que esas manos recorrieran su cuerpo de un modo que no había deseado con Giuliana ni con ninguna otra mujer.
Una cosa era cierta: no la dejaría marchar.
Paula se despertó por la mañana abrazada a una almohada impregnada de la esencia de Pedro. Tenía la vaga impresión de que la habían abrazado durante la noche. ¿Habría sido un sueño?
Pedro era la única persona sentada a la mesa del desayuno cuando ella bajo y se sentó frente a él.
—¿Dónde está todo el mundo?
—Mis padres están durmiendo y Fede está en una reunión en representación del banco.
—Está bien tener a tus padres en casa —dijo ella sonriendo.
Su expresión de aprobación le hizo sentir un calor agradable por dentro.
—Están encantados de tener una nueva hija.
—A Ana no le gusta cómo celebramos nuestra boda —sonrió Paula, traviesa— Tu madre quiere que nos casemos por la iglesia. Creo que Fede tenía razón en lo de utilizarlo como excusa para tener una boda por todo lo alto.
—A ella le gustaría mucho. ¿Te importa, cara? —su sonrisa la hacía derretirse como un bombón al sol.
—No. Cuando empezó a hacer planes ayer, me hizo pensar en qué haría mi madre si estuviera viva. Me sentí bien.
—Le dejaremos que haga las cosas a su manera.
Ella asintió y empezó a comer la fruta que acababa de servirse. Pedro miró el reloj.
—Date prisa con el desayuno, tenemos una cita dentro de una hora.
—¿Una cita?
—Sí, con un especialista en fecundación artificial —dijo él sin darle importancia.
—¿Por qué? —le faltaban sólo semanas si no días para andar... ¿por qué pasar por un proceso de fecundación asistida entonces?
—Para que podamos empezar el proceso y puedas quedarte embarazada —dijo, como si le hablara a un niño pequeño.
—Pero...
—¿Acaso esperabas que olvidara esa parte del trato?
A veces se ponía paranoico.
—No. Quiero tener un hijo tuyo.
—Entonces acábate el desayuno para que podamos ponernos en camino.
—Pero estás a punto de andar —dijo ella.
Una sombra cruzó sus ojos miel, pero desapareció enseguida.
—No hay garantías de eso, y quiero iniciar mi familia enseguida.
El bebé sería otro lazo entre ellos, algo sobre lo que construir su relación emocional.
—De acuerdo.
Nunca le había importado lo que llevara, Fede tenía razón, pero el pensar en cincuenta hombres mirando a Paula de ese modo lo enfurecía. Le diría a su madre que le buscara un bañador de una pieza, pero lograr que su independiente esposa se lo pusiera sería otro asunto. Ella tenía un fondo tradicional italiano, pero también era muy liberal en su modo de pensar y en sus actos.
Su mano estaba colocada contra el pecho de él, y una de sus piernas se insinuaba por encima de su muslo. Él podía sentir la sensación del peso, pero tenía que tocarla con la mano para sentir la suavidad de su piel. Era algo enloquecedor.
¿Cuándo volvería a estar completo?
Colocó una mano posesivamente sobre su trasero, manteniéndola contra él de un modo que hubiera debido causar alguna reacción en su anatomía masculina, pero no lo hizo.
¿Volvería a sentirlo cuando recuperara la movilidad?
El sabor metálico del miedo invadió su boca. Ningún hombre quería ser medio hombre.
No dejaría que Paula lo tocase para que no descubriese su falta de virilidad, aunque anhelaba dejar que esas manos recorrieran su cuerpo de un modo que no había deseado con Giuliana ni con ninguna otra mujer.
Una cosa era cierta: no la dejaría marchar.
Paula se despertó por la mañana abrazada a una almohada impregnada de la esencia de Pedro. Tenía la vaga impresión de que la habían abrazado durante la noche. ¿Habría sido un sueño?
Pedro era la única persona sentada a la mesa del desayuno cuando ella bajo y se sentó frente a él.
—¿Dónde está todo el mundo?
—Mis padres están durmiendo y Fede está en una reunión en representación del banco.
—Está bien tener a tus padres en casa —dijo ella sonriendo.
Su expresión de aprobación le hizo sentir un calor agradable por dentro.
—Están encantados de tener una nueva hija.
—A Ana no le gusta cómo celebramos nuestra boda —sonrió Paula, traviesa— Tu madre quiere que nos casemos por la iglesia. Creo que Fede tenía razón en lo de utilizarlo como excusa para tener una boda por todo lo alto.
—A ella le gustaría mucho. ¿Te importa, cara? —su sonrisa la hacía derretirse como un bombón al sol.
—No. Cuando empezó a hacer planes ayer, me hizo pensar en qué haría mi madre si estuviera viva. Me sentí bien.
—Le dejaremos que haga las cosas a su manera.
Ella asintió y empezó a comer la fruta que acababa de servirse. Pedro miró el reloj.
—Date prisa con el desayuno, tenemos una cita dentro de una hora.
—¿Una cita?
—Sí, con un especialista en fecundación artificial —dijo él sin darle importancia.
—¿Por qué? —le faltaban sólo semanas si no días para andar... ¿por qué pasar por un proceso de fecundación asistida entonces?
—Para que podamos empezar el proceso y puedas quedarte embarazada —dijo, como si le hablara a un niño pequeño.
—Pero...
—¿Acaso esperabas que olvidara esa parte del trato?
A veces se ponía paranoico.
—No. Quiero tener un hijo tuyo.
—Entonces acábate el desayuno para que podamos ponernos en camino.
—Pero estás a punto de andar —dijo ella.
Una sombra cruzó sus ojos miel, pero desapareció enseguida.
—No hay garantías de eso, y quiero iniciar mi familia enseguida.
El bebé sería otro lazo entre ellos, algo sobre lo que construir su relación emocional.
—De acuerdo.
viernes, 26 de febrero de 2016
Necesito Tu Amor: Capítulo 49
—Mi hermano ha dejado claras sus preferencias.
—¿Estás diciendo que te mentiría?
—¿Por tí? Tal vez.
—Eso es ridículo.
—¿Sí? Mi hermano no oculta su admiración por tí.
Ella lo miró a los ojos y allí vió ira y algo más.
—Estás celoso —dijo, sorprendida.
El señaló la silla y la miró:
—¿Es eso tan sorprendente?
Pues sí, lo era.
—No me casé con Fede —nunca lo había deseado. Sólo a Pedro.
—Y a pesar de todo, encuentras agradables sus cumplidos sobre tu cuerpo en traje de baño.
—¿Acaso tenía que haberme ofendido?
La respuesta era obvia.
—No debes desear la admiración de otro hombre que no sea yo.
—No deseo su admiración, pero eso no significa que si alguien me dice algo bonito le mande callar. Él es mi hermano ahora.
—Y yo soy tu marido.
¿Cómo había empezado aquella tonta discusión?
—¿De verdad crees que aparté a Giuliana de tí para tenerte sólo para mí?
Sus sensuales labios hicieron una mueca.
—No. Lo dije porque estaba enfadado.
Ella recordó otro ataque de celos y sonrió.
—Estabas celoso.
Él suspiró y admitió entre dientes:
—Sí.
Ella sonrió e hizo algo que nunca había hecho. Se sentó de golpe en su regazo y lo abrazó para besarlo en la barbilla y recostar su cabeza sobre su pecho.
—No lo estés. No tienes ningún motivo.
Sus brazos la rodearon en un abrazo tan fuerte, que casi resultaba doloroso. Luego aflojó un poco la presión, pero siguió abrazándola y frotando su mejilla contra su pelo.
—Cara.
Así permanecieron durante varios minutos antes de bajar a cenar.
Pedro entró en la habitación después de responder a unas llamadas internacionales y encontró a su esposa durmiendo con las manos bajo la mejilla como una niña pequeña.
Aún no se había recuperado del gesto tan espontáneo de sentarse en su regazo porque había significado mucho para él. Se había sentido como si tuviese el mundo entero entre sus brazos, pero el sentimiento no había sido del todo placentero por la falta de independencia emocional que implicaba. Eso nunca le había pasado antes, y desde luego, no con Giuliana.
Se metió en la cama. Su movilidad había mejorado mucho en la última semana, pero aún no podía andar y las cosas que había considerado evidentes ahora se revelaban como acciones imposibles. En ese momento habría deseado atraer a Paula a sus brazos. Por fin lo consiguió, después de muchos esfuerzos.
Pero merecía la pena con tal de sentir su cuerpecito acurrucado contra él, tan confiada.
Inmediatamente se abrazó a él, como si hubieran dormido juntos durante años, y no sólo una noche. Tal vez ella lo hubiera soñado, como había hecho él...
—¿Estás diciendo que te mentiría?
—¿Por tí? Tal vez.
—Eso es ridículo.
—¿Sí? Mi hermano no oculta su admiración por tí.
Ella lo miró a los ojos y allí vió ira y algo más.
—Estás celoso —dijo, sorprendida.
El señaló la silla y la miró:
—¿Es eso tan sorprendente?
Pues sí, lo era.
—No me casé con Fede —nunca lo había deseado. Sólo a Pedro.
—Y a pesar de todo, encuentras agradables sus cumplidos sobre tu cuerpo en traje de baño.
—¿Acaso tenía que haberme ofendido?
La respuesta era obvia.
—No debes desear la admiración de otro hombre que no sea yo.
—No deseo su admiración, pero eso no significa que si alguien me dice algo bonito le mande callar. Él es mi hermano ahora.
—Y yo soy tu marido.
¿Cómo había empezado aquella tonta discusión?
—¿De verdad crees que aparté a Giuliana de tí para tenerte sólo para mí?
Sus sensuales labios hicieron una mueca.
—No. Lo dije porque estaba enfadado.
Ella recordó otro ataque de celos y sonrió.
—Estabas celoso.
Él suspiró y admitió entre dientes:
—Sí.
Ella sonrió e hizo algo que nunca había hecho. Se sentó de golpe en su regazo y lo abrazó para besarlo en la barbilla y recostar su cabeza sobre su pecho.
—No lo estés. No tienes ningún motivo.
Sus brazos la rodearon en un abrazo tan fuerte, que casi resultaba doloroso. Luego aflojó un poco la presión, pero siguió abrazándola y frotando su mejilla contra su pelo.
—Cara.
Así permanecieron durante varios minutos antes de bajar a cenar.
Pedro entró en la habitación después de responder a unas llamadas internacionales y encontró a su esposa durmiendo con las manos bajo la mejilla como una niña pequeña.
Aún no se había recuperado del gesto tan espontáneo de sentarse en su regazo porque había significado mucho para él. Se había sentido como si tuviese el mundo entero entre sus brazos, pero el sentimiento no había sido del todo placentero por la falta de independencia emocional que implicaba. Eso nunca le había pasado antes, y desde luego, no con Giuliana.
Se metió en la cama. Su movilidad había mejorado mucho en la última semana, pero aún no podía andar y las cosas que había considerado evidentes ahora se revelaban como acciones imposibles. En ese momento habría deseado atraer a Paula a sus brazos. Por fin lo consiguió, después de muchos esfuerzos.
Pero merecía la pena con tal de sentir su cuerpecito acurrucado contra él, tan confiada.
Inmediatamente se abrazó a él, como si hubieran dormido juntos durante años, y no sólo una noche. Tal vez ella lo hubiera soñado, como había hecho él...
Necesito Tu Amor: Capítulo 48
—La mujer que la hizo me dijo que había tardado meses en acabarla. Y esto hubiera sido un precioso velo de novia —dijo, sacando una mantilla blanca comprada en la costa española.
Paula se sintió enrojecer ante la indirecta.
—En el registro... Los Alfonso no se casan en sitios así, sin amigos ni sacerdote que bendiga la unión, ni regalos... —Ana le colocó la mantilla sobre el pelo castaño y admiró el resultado— Sí, así es como tenías que haber estado el día de tu boda.
—Pedro no quiso exponerse a las miradas curiosas de los invitados estando obligado a utilizar la silla de ruedas.
—Entonces tendría que haber esperado... casarse sin sus padres...—sacudió la cabeza en gesto de reprobación. Paula no dijo nada—Tenemos que planear una boda de verdad para cuando recupere la movilidad.
Paula dejó escapar un sonido que podía ser interpretado como un asentimiento y Ana pronto se perdió en un mar de planes de boda a la italiana con todas las tradiciones y una bendición religiosa formal.
Dejó a Paula diciéndole que tenía que hacer listas y pensar muchas cosas, y ella no tuvo tiempo de replicar que, como novia, tenía que tener algo que decir en todo aquello.
Si su madre hubiera estado viva, habría hecho lo mismo que ella, sólo que hubiera llamado a Ana para pedirle consejo.
Paula fue a la biblioteca e intentó olvidarse de todo leyendo un rato, pero lo que había pasado por la tarde no la dejaba tranquila. Aunque estaba muy aliviada de que los padres de Pedro aprobaran su boda, le preocupaba que su claro desprecio hacia Giuliana causara problemas a Pedro.
Sus temores se justificaron más tarde, cuando Pedro y ella se cambiaron para bajar a cenar. Ella se cambió en el baño y se puso un vestido de seda marrón oscuro con un colgante y pendientes a juego en forma de rosa que había heredado de su madre. Se había dejado el pelo suelto, recogiéndose sólo una parte con un clip dorado.
Los ojos de Pedro llamearon al verla y después se tornaron heladores.
—¿Quieres avivar la imagen que mis padres tienen de ti de una mujer inocente, cara? —dijo con un sarcasmo letal en la voz, y el apelativo cariñoso sonó a insulto esa vez.
Ella echó una mirada a su vestido. No era muy distinto de los otros trajes que se había puesto para cenar los días anteriores.
—No sé a qué te refieres.
Sus cejas oscuras se arquearon sorprendidas.
—¿Ah, no?
—No —respondió ella apretando los puños.
—Giuliana se quejó de cómo Fede y tú la hacían sentir mal cara vez que iba al hospital, y yo no le hice caso, pero después de lo que mis padres y Fede dijeron ayer, me pregunto si ella vió las cosas con más claridad que yo.
Paula recordó las acusaciones. Se había sentido aliviada cuando Pedro no se tomó en serio aquellas mentiras, pero le molestó terriblemente que volvieran a resurgir ahora, cuando ya había suficientes asuntos dolorosos en su matrimonio. Por la expresión de su cara, Pedro no iba a creerla fácilmente, pero tenía que intentarlo.
—Tal vez tu hermano no la aprecie, pero eso no significa que no la tratara con amabilidad mientras era tu prometida. Te respeta demasiado para hacer lo contrario.
—¿Eso crees? —Pedro había avanzado hasta ponerse sólo a un paso de ella.
—Lo sé. Yo estaba allí, ¿no te acuerdas? —respondió ella, nerviosa por su cercanía.
—Sí, estabas allí, pero si ayudaste a mi hermano a quitarle a mi prometida su sitio a mi lado, no me lo dirás, ¿no?
La furia la inundó. ¿Cómo podía cuestionar su integridad? Giuliana era peor que un dolor y Paula se negó a entrar en su juego.
—Yo no le quité nada a nadie, porque ella no estaba allí en primer lugar. Cuando yo llegué al hospital, tu prometida — y recalcó bien esta palabra— no estaba disponible. Se había marchado mientras tú estabas en coma a pesar de que los médicos le habían dicho que tener a las personas queridas cerca podía hacer que recuperaras la consciencia. Si no me crees, pregúntale a Fede.
Paula se sintió enrojecer ante la indirecta.
—En el registro... Los Alfonso no se casan en sitios así, sin amigos ni sacerdote que bendiga la unión, ni regalos... —Ana le colocó la mantilla sobre el pelo castaño y admiró el resultado— Sí, así es como tenías que haber estado el día de tu boda.
—Pedro no quiso exponerse a las miradas curiosas de los invitados estando obligado a utilizar la silla de ruedas.
—Entonces tendría que haber esperado... casarse sin sus padres...—sacudió la cabeza en gesto de reprobación. Paula no dijo nada—Tenemos que planear una boda de verdad para cuando recupere la movilidad.
Paula dejó escapar un sonido que podía ser interpretado como un asentimiento y Ana pronto se perdió en un mar de planes de boda a la italiana con todas las tradiciones y una bendición religiosa formal.
Dejó a Paula diciéndole que tenía que hacer listas y pensar muchas cosas, y ella no tuvo tiempo de replicar que, como novia, tenía que tener algo que decir en todo aquello.
Si su madre hubiera estado viva, habría hecho lo mismo que ella, sólo que hubiera llamado a Ana para pedirle consejo.
Paula fue a la biblioteca e intentó olvidarse de todo leyendo un rato, pero lo que había pasado por la tarde no la dejaba tranquila. Aunque estaba muy aliviada de que los padres de Pedro aprobaran su boda, le preocupaba que su claro desprecio hacia Giuliana causara problemas a Pedro.
Sus temores se justificaron más tarde, cuando Pedro y ella se cambiaron para bajar a cenar. Ella se cambió en el baño y se puso un vestido de seda marrón oscuro con un colgante y pendientes a juego en forma de rosa que había heredado de su madre. Se había dejado el pelo suelto, recogiéndose sólo una parte con un clip dorado.
Los ojos de Pedro llamearon al verla y después se tornaron heladores.
—¿Quieres avivar la imagen que mis padres tienen de ti de una mujer inocente, cara? —dijo con un sarcasmo letal en la voz, y el apelativo cariñoso sonó a insulto esa vez.
Ella echó una mirada a su vestido. No era muy distinto de los otros trajes que se había puesto para cenar los días anteriores.
—No sé a qué te refieres.
Sus cejas oscuras se arquearon sorprendidas.
—¿Ah, no?
—No —respondió ella apretando los puños.
—Giuliana se quejó de cómo Fede y tú la hacían sentir mal cara vez que iba al hospital, y yo no le hice caso, pero después de lo que mis padres y Fede dijeron ayer, me pregunto si ella vió las cosas con más claridad que yo.
Paula recordó las acusaciones. Se había sentido aliviada cuando Pedro no se tomó en serio aquellas mentiras, pero le molestó terriblemente que volvieran a resurgir ahora, cuando ya había suficientes asuntos dolorosos en su matrimonio. Por la expresión de su cara, Pedro no iba a creerla fácilmente, pero tenía que intentarlo.
—Tal vez tu hermano no la aprecie, pero eso no significa que no la tratara con amabilidad mientras era tu prometida. Te respeta demasiado para hacer lo contrario.
—¿Eso crees? —Pedro había avanzado hasta ponerse sólo a un paso de ella.
—Lo sé. Yo estaba allí, ¿no te acuerdas? —respondió ella, nerviosa por su cercanía.
—Sí, estabas allí, pero si ayudaste a mi hermano a quitarle a mi prometida su sitio a mi lado, no me lo dirás, ¿no?
La furia la inundó. ¿Cómo podía cuestionar su integridad? Giuliana era peor que un dolor y Paula se negó a entrar en su juego.
—Yo no le quité nada a nadie, porque ella no estaba allí en primer lugar. Cuando yo llegué al hospital, tu prometida — y recalcó bien esta palabra— no estaba disponible. Se había marchado mientras tú estabas en coma a pesar de que los médicos le habían dicho que tener a las personas queridas cerca podía hacer que recuperaras la consciencia. Si no me crees, pregúntale a Fede.
Necesito Tu Amor: Capítulo 47
Paula se sobresaltó y la expresión de desagrado de Pedro se hizo más evidente, pero Ana sacudió la cabeza con los ojos llenos de cariño y sabiduría.
—Las cosas pasan siempre por un motivo. Pedro se curará, pero este accidente... ha impedido que cometiera un error con ese matrimonio —su expresión se tornó en desagrado— Esa chica sólo se preocupaba por su ropa.
Paula miró a Pedro, preocupada por su fría expresión.
—Giuliana es modelo, mamá, no bailarina de strip-tease.
Paula se mordió un labio. Pedro estaba defendiéndola con demasiado fervor como para no seguir enamorado de ella. Intentó convencerse a sí misma de que era sólo el orgullo y que le costaba admitir sus errores, pero aun así aquello le dolía.
Ana arrugó los labios.
—En mi época, las chicas italianas decentes no se desvestían delante de extraños ni se exhibían ante los demás casi desnudas. ¿Te imaginas a Paula haciendo algo así?
Pedro la miró y ella apartó la mirada. Odiaba ser comparada con Giuliana.
—Soy demasiado bajita como para que me ofrezcan un contrato como modelo —le dijo ella a Ana.
—No sé yo... Más bien creo que la lencería te sentaría mejor que a Giuliana y a todas esas modelos tan delgadas —dijo Fede con un tono realmente malvado— Ya he visto lo bien que te sienta el bikini.
Entonces fue el turno de Ana de protestar.
—¡Federico! ¡No es apropiado que hagas esos comentarios acerca de tu cuñada!
Fede se encogió de hombros.
—Si la he ofendido, lo siento —se giró hacia ella, mirándola travieso— ¿Te he ofendido, píccola mía?
Ella sacudió la cabeza, no sabiendo qué decir. Su comentario la había avergonzado, pero no se había enfadado. Sabía que le hablaba como a una hermana y así se lo tomó. Eran las bromas de un hermano mayor.
—Me has ofendido a mí —declaró Pedro fríamente.
—No puedes decirlo en serio— respondió Fede—. Si te hubieras casado con Giuliana, habrías tenido que acostumbrarte a que ese tipo de comentarios aparecieran en los periódicos, no sólo en palabras de tu hermano.
¿Qué intentaba Fede? ¿Quería que Pedro perdiera los nervios?
—Pero no me he casado con Giuliana, ¿O sí? —preguntó Pedro, con voz peligrosamente suave.
—No, y damos gracias por ello —añadió Horacio, sin que ello ayudara a suavizar la ira de su hijo mayor.
Aunque cambiaron de tema después de aquello, la hora siguiente que pasaron poniendo al día a los padres de Pedro acerca de todo lo que había pasado resultó muy tensa para Paula. No podía olvidar cómo había defendido Pedro a Giuliana.
Cuando la conversación se desvió al tema de los negocios, las dos mujeres se excusaron y Ana pudo enseñarle a Paula todas las compras que había hecho en el viaje.
Paula pasó las manos sobre una colcha bordada.
—¡Es preciosa! Debieron tardar un año en hacerlo —la seda violeta estaba cubierta de lirios púrpura y hojas verdes entrelazadas como una hiedra.
Ana sonrió, contenta con su compra.
—Las cosas pasan siempre por un motivo. Pedro se curará, pero este accidente... ha impedido que cometiera un error con ese matrimonio —su expresión se tornó en desagrado— Esa chica sólo se preocupaba por su ropa.
Paula miró a Pedro, preocupada por su fría expresión.
—Giuliana es modelo, mamá, no bailarina de strip-tease.
Paula se mordió un labio. Pedro estaba defendiéndola con demasiado fervor como para no seguir enamorado de ella. Intentó convencerse a sí misma de que era sólo el orgullo y que le costaba admitir sus errores, pero aun así aquello le dolía.
Ana arrugó los labios.
—En mi época, las chicas italianas decentes no se desvestían delante de extraños ni se exhibían ante los demás casi desnudas. ¿Te imaginas a Paula haciendo algo así?
Pedro la miró y ella apartó la mirada. Odiaba ser comparada con Giuliana.
—Soy demasiado bajita como para que me ofrezcan un contrato como modelo —le dijo ella a Ana.
—No sé yo... Más bien creo que la lencería te sentaría mejor que a Giuliana y a todas esas modelos tan delgadas —dijo Fede con un tono realmente malvado— Ya he visto lo bien que te sienta el bikini.
Entonces fue el turno de Ana de protestar.
—¡Federico! ¡No es apropiado que hagas esos comentarios acerca de tu cuñada!
Fede se encogió de hombros.
—Si la he ofendido, lo siento —se giró hacia ella, mirándola travieso— ¿Te he ofendido, píccola mía?
Ella sacudió la cabeza, no sabiendo qué decir. Su comentario la había avergonzado, pero no se había enfadado. Sabía que le hablaba como a una hermana y así se lo tomó. Eran las bromas de un hermano mayor.
—Me has ofendido a mí —declaró Pedro fríamente.
—No puedes decirlo en serio— respondió Fede—. Si te hubieras casado con Giuliana, habrías tenido que acostumbrarte a que ese tipo de comentarios aparecieran en los periódicos, no sólo en palabras de tu hermano.
¿Qué intentaba Fede? ¿Quería que Pedro perdiera los nervios?
—Pero no me he casado con Giuliana, ¿O sí? —preguntó Pedro, con voz peligrosamente suave.
—No, y damos gracias por ello —añadió Horacio, sin que ello ayudara a suavizar la ira de su hijo mayor.
Aunque cambiaron de tema después de aquello, la hora siguiente que pasaron poniendo al día a los padres de Pedro acerca de todo lo que había pasado resultó muy tensa para Paula. No podía olvidar cómo había defendido Pedro a Giuliana.
Cuando la conversación se desvió al tema de los negocios, las dos mujeres se excusaron y Ana pudo enseñarle a Paula todas las compras que había hecho en el viaje.
Paula pasó las manos sobre una colcha bordada.
—¡Es preciosa! Debieron tardar un año en hacerlo —la seda violeta estaba cubierta de lirios púrpura y hojas verdes entrelazadas como una hiedra.
Ana sonrió, contenta con su compra.
Necesito Tu Amor: Capítulo 46
Cuando los padres de Pedro llegaron aquella tarde de su viaje se encontraron con la doble noticia del accidente de su hijo y de que por fin había logrado sostenerse en las barras paralelas.
Ana abrazó y besó a Pedro con toda la exuberancia italiana.
—Hijo mío, ¡tú consigues todo lo que te propones!
—No es que haya sido el logro del siglo— respondió él mirando a Paula de lado por haberlo dicho.
Sus padres estaban confundidos. Ambos habían alabado a Pedro por ayudar a la mujer en apuros, pero, como era de esperar, la madre de Pedro se emocionó al ver a su hijo en la silla de ruedas. Paula había mencionado el logro de Pedro para centrar la atención en los progresos que estaba haciendo y no en los resultados visibles del accidente.
—Está claro que dentro de muy poco tiempo volverás a andar —dijo Paula.
—Por supuesto que sí —dijo Ana.
Comprensivo con el orgullo masculino de su hijo, Horacio no dijo nada ante las buenas noticias de Paula.
—Mira como se impone ante él —comentó en su lugar— Nuestra Paula no es ninguna debilucha.
Los ojos marrones del padre de Pedro le lanzaron un guiño aprobador.
—Ay, ay, ay... Aún no me puedo creer que mi hijo haya tenido el sentido común de casarse con nuestra chica —respondió Ana, sentándose en el sofá al lado de su marido, frente a Pedro.
Horacio, un hombre imponente, sólo un poco más bajo que Pedro, abrazó a la que era su mujer. Desde hacía más de treinta años.
—Tiene buen gusto como su padre.
Ana enrojeció y dió un golpecito a su marido en la mano.
—¡Oh!.
La risa masculina de Federico hizo que Paula se girara hacia él justo cuando le hacía un guiño a su padre.
—Yo diría que el gusto de Pedro ha mejorado mucho en los últimos seis meses.
Horacio afirmó.
—Sí... su corazón está más vacío que mi cuenta corriente después de que tu madre se fuera de compras en Corfú.
Todos rieron menos Pedro.
—Quieres decir que no sé elegir a mis prometidas.
Fede se encogió de hombros.
—Has mostrado mejor gusto eligiendo mujer, en mi opinión.
—Podemos agradecerle a Dios que se diera cuenta a tiempo —dijo Horacio con la falta de tacto que sólo se permite a un padre.
—¿O tal vez al conductor del coche? —preguntó Ana con expresión pensativa.
Ana abrazó y besó a Pedro con toda la exuberancia italiana.
—Hijo mío, ¡tú consigues todo lo que te propones!
—No es que haya sido el logro del siglo— respondió él mirando a Paula de lado por haberlo dicho.
Sus padres estaban confundidos. Ambos habían alabado a Pedro por ayudar a la mujer en apuros, pero, como era de esperar, la madre de Pedro se emocionó al ver a su hijo en la silla de ruedas. Paula había mencionado el logro de Pedro para centrar la atención en los progresos que estaba haciendo y no en los resultados visibles del accidente.
—Está claro que dentro de muy poco tiempo volverás a andar —dijo Paula.
—Por supuesto que sí —dijo Ana.
Comprensivo con el orgullo masculino de su hijo, Horacio no dijo nada ante las buenas noticias de Paula.
—Mira como se impone ante él —comentó en su lugar— Nuestra Paula no es ninguna debilucha.
Los ojos marrones del padre de Pedro le lanzaron un guiño aprobador.
—Ay, ay, ay... Aún no me puedo creer que mi hijo haya tenido el sentido común de casarse con nuestra chica —respondió Ana, sentándose en el sofá al lado de su marido, frente a Pedro.
Horacio, un hombre imponente, sólo un poco más bajo que Pedro, abrazó a la que era su mujer. Desde hacía más de treinta años.
—Tiene buen gusto como su padre.
Ana enrojeció y dió un golpecito a su marido en la mano.
—¡Oh!.
La risa masculina de Federico hizo que Paula se girara hacia él justo cuando le hacía un guiño a su padre.
—Yo diría que el gusto de Pedro ha mejorado mucho en los últimos seis meses.
Horacio afirmó.
—Sí... su corazón está más vacío que mi cuenta corriente después de que tu madre se fuera de compras en Corfú.
Todos rieron menos Pedro.
—Quieres decir que no sé elegir a mis prometidas.
Fede se encogió de hombros.
—Has mostrado mejor gusto eligiendo mujer, en mi opinión.
—Podemos agradecerle a Dios que se diera cuenta a tiempo —dijo Horacio con la falta de tacto que sólo se permite a un padre.
—¿O tal vez al conductor del coche? —preguntó Ana con expresión pensativa.
Necesito Tu Amor: Capítulo 45
Él la besó, y la reacción carnal no se hizo esperar; pronto sus manos estaban recorriendo su espalda y su trasero con seguridad. Ella se dejó llevar sin protestas, necesitada de la intimidad física después de la negación de los lazos emocionales.
Llegaron tarde a la sesión de fisioterapia, pero Tom se rió bromeando acerca de los recién casados. Dijo que entendía cómo una mujer como ella podía hacer que Pedro se retrasara por las mañanas y ella se preguntó si Tomás entendería también que Pedro no se dejara tocar por su mujer...
Pedro había vuelto a hacerlo; la había seducido, pero no había dejado que ella lo tocara mientras la exploraba. Ella se preguntaba el motivo y si Pedro vería como una traición que consultara a Tomás si había alguna razón fisiológica que explicase ese comportamiento.
Pedro tiraba y tiraba en la máquina de remo con una fuerza procedente de la frustración. Quería andar, maldición. Quería hacerle el amor a su mujer. Con todo su cuerpo.
La noche anterior pensó que habría una posibilidad cuando su miembro tuvo una erección a medias al empezar a tocarla, pero aquello no duró y aquello le dejó una sensación odiosa de incapacidad sexual. Esa mañana ella había querido hablar de sus emociones y él no había sabido qué sentía.
La necesitaba en su vida como no había necesitado a Giuliana, pero su incapacidad sexual restaba puntos a esa verdad e ignoraba si su esposa lo sabría. Ella se había enfadado cuando no había sido capaz de decirle que la amaba, pero ¿no se daba cuenta de que lo que ellos tenían era más duradero que el ideal de amor romántico?
Él se había entregado a ella, y ella a él. En su momento, vendrían los niños. Había esperado poder concebirlos de forma natural, pero la repetición aquella mañana de la erección a medias de la noche anterior había puesto fin a sus esperanzas.
Quería que Paula se quedase embarazada. Había pensado que la consumación del matrimonio la situaría definitivamente en su papel de esposa, pero aún notaba la inquietud que había en ella. Una vez que estuviera embarazada, no volvería a pensar en marcharse nunca más.
Llegaron tarde a la sesión de fisioterapia, pero Tom se rió bromeando acerca de los recién casados. Dijo que entendía cómo una mujer como ella podía hacer que Pedro se retrasara por las mañanas y ella se preguntó si Tomás entendería también que Pedro no se dejara tocar por su mujer...
Pedro había vuelto a hacerlo; la había seducido, pero no había dejado que ella lo tocara mientras la exploraba. Ella se preguntaba el motivo y si Pedro vería como una traición que consultara a Tomás si había alguna razón fisiológica que explicase ese comportamiento.
Pedro tiraba y tiraba en la máquina de remo con una fuerza procedente de la frustración. Quería andar, maldición. Quería hacerle el amor a su mujer. Con todo su cuerpo.
La noche anterior pensó que habría una posibilidad cuando su miembro tuvo una erección a medias al empezar a tocarla, pero aquello no duró y aquello le dejó una sensación odiosa de incapacidad sexual. Esa mañana ella había querido hablar de sus emociones y él no había sabido qué sentía.
La necesitaba en su vida como no había necesitado a Giuliana, pero su incapacidad sexual restaba puntos a esa verdad e ignoraba si su esposa lo sabría. Ella se había enfadado cuando no había sido capaz de decirle que la amaba, pero ¿no se daba cuenta de que lo que ellos tenían era más duradero que el ideal de amor romántico?
Él se había entregado a ella, y ella a él. En su momento, vendrían los niños. Había esperado poder concebirlos de forma natural, pero la repetición aquella mañana de la erección a medias de la noche anterior había puesto fin a sus esperanzas.
Quería que Paula se quedase embarazada. Había pensado que la consumación del matrimonio la situaría definitivamente en su papel de esposa, pero aún notaba la inquietud que había en ella. Una vez que estuviera embarazada, no volvería a pensar en marcharse nunca más.
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