—Yo no quiero poner fin a nuestro matrimonio— dijo ella susurrando a través del nudo que tenía en la garganta.
—Entonces, dormirás en mi cama.
Ella asintió con la cabeza, dolida por una opción que no había sido opción en absoluto.
Compartir cama con un hombre que consideraba que tocarla era un deber o desaparecer para siempre de la vida del hombre al que amaba.
Llegó el momento de acostarse. Cuando ella entró en la habitación de Pedro, lo encontró preparándose para meterse en la cama.
Apenas apreció el decorado de la habitación, los fríos tonos azules y los muebles de estilo mediterráneo.
Él estaba sentado en el borde de una cama gigantesca, medio vestido. Se había quitado el traje que había llevado durante la cena. No llevaba corbata y su camisa estaba abierta, dejando ver el pelo corto y negro de su torso y los boxers de seda azul marino.
Era tan guapo que parecía un pecado. No debería permitirse que un hombre fuera tan atractivo.
¿Cómo iba a dormir aquella noche al lado de aquel hombre perfecto a centímetros de su cuerpo?
Bueno, la cama era muy grande, pero tampoco parecía suficiente distancia. ¿Y si dormía desnudo? Ella no pensaba que lo pudiera soportar. Sus sentidos ya estaban en alerta máxima y él aún tenía los boxers y la camisa puestos.
Ella tragó saliva y lo miró, con la respiración ya descompensada.
Él la observaba con expresión decidida. Seguramente se daba cuenta de su nerviosismo.
—Yo... ¿Dónde está mi camisón? —preguntó ella, sin saber qué decir.
—¿Lo necesitas? —preguntó él, con una mirada traviesa en los ojos.
—¿Que si lo necesito? —repitió ella, incapaz de asimilar la idea de irse a la cama desnuda.
—Muchos maridos y mujeres se acuestan sin llevar nada de ropa, ¿no?
¿Ese tono en su voz era de broma? Apenas podía creerlo, sobre todo por su reacción esa mañana.
—¿Vas a dormir así?
—¿Así, cómo?
Estaba atormentándola y eso le encantaba.
Ella tomó aliento y lo dijo.
—Sin pantalones.
Estaba orgullosa de cómo había logrado decirlo cuando su pensamiento estaba perdido en un mundo de erotismo.
—No me gusta tener limitaciones cuando duermo.
—Oh... bueno, yo preferiría ponerme un camisón.
Él se encogió de hombros como si no le importara, y ella estaba segura de que así era.
No era él el que tenía que lograr calmarse ante el solo pensamiento de dormir en la misma cama con ella.
—¿Dónde está?
—Ahí dentro— dijo él, indicando el armario ropero del otro extremo de la habitación.
lunes, 22 de febrero de 2016
Necesito Tu Amor: Capítulo 36
Por su lado, ella cada vez era más consciente de su presencia física. Su olor la provocaba, le hacía pensar en cosas que había intentado olvidar desde que salieron de Nueva York. Su piel cubierta de sudor atraía su mirada, y mirarlo era desearlo. Desearlo significaba recordar y recordar era la locura. Pero no podía apartar esas imágenes de su imaginación.
—¿Te doy pena? —dijo él, sorprendiéndola.
—¿Qué?
—Te doy pena. No querías casarte conmigo, pero te daba lástima rechazarme. Esperabas que yo me arrepintiera, pero no ha sido así.
Ella lo miró anonadada.
—¿Pena? —¿quién podría sentir pena por Pedro? Estaba lleno de vitalidad, era muy hombre—. Estás completamente equivocado.
Él la miró fijamente y ella se sintió culpable, aunque sabía que no lo era de lo que él la había acusado.
—¿Estaré también equivocado si pienso que mis padres también sentirán pena por mí si cuando vuelven se dan cuenta de que mi mujer no comparte mi cama?
—Yo no me negué a dormir contigo —casi gritó ella.
—Entonces no te molestará saber que le he dado instrucciones a la sirvienta para que traslade todas tus cosas a mi habitación.
¿Había hecho eso de verdad?
—Pero... Pedro...
—Si te casaste conmigo por pena, espero que te vuelvas a compadecer de mí y duermas en mi cama. No seré un riesgo para tu virtud.
—¡No me compadezco de tí!
—Pero tampoco quieres estar casada conmigo.
—¡Yo no he dicho eso!
—¿Y entonces por qué has hablado de nulidad?
—Yo pensaba que tú la querías.
—Yo no he dicho eso. No quiero eso —dijo él, enfatizando las palabras —El matrimonio es para toda la vida.
Ella gimió.
—Ya sabía que pensabas eso.
—No es que lo piense, es que lo sé.
—Pero no estás obligado a estar casado conmigo.
—Ya está bien —él le soltó la mano en un violento rechazo.— No quieres seguir casada conmigo. Lo acabas de decir. No te escondas bajo un falso interés por mí. Eres mi mujer porque yo lo elegí así. No puedo creer que sea el fin de nuestro matrimonio antes de haber empezado —su mirada iracunda desató las emociones de ella —No quieres ser la madre de mis hijos. De acuerdo. No es problema. Vete —le hizo un gesto señalando la puerta—Pero márchate antes de que mis padres lleguen mañana. Será más fácil si no tengo que explicarles que tengo una mujer que realmente no es mi esposa.
El dolor la oprimía tanto, que casi no la dejaba respirar. Por segunda vez era expulsada de la vida de Pedro, pero esa vez lo había hecho él mismo. Si se marchaba entonces, ¿la dejaría volver alguna vez?
Aparentemente parecía que él sí quería seguir casado. Sabiendo eso ¿cómo podría abandonarlo? ¿Quería abandonarlo? La respuesta era, simplemente, no.
—¿Te doy pena? —dijo él, sorprendiéndola.
—¿Qué?
—Te doy pena. No querías casarte conmigo, pero te daba lástima rechazarme. Esperabas que yo me arrepintiera, pero no ha sido así.
Ella lo miró anonadada.
—¿Pena? —¿quién podría sentir pena por Pedro? Estaba lleno de vitalidad, era muy hombre—. Estás completamente equivocado.
Él la miró fijamente y ella se sintió culpable, aunque sabía que no lo era de lo que él la había acusado.
—¿Estaré también equivocado si pienso que mis padres también sentirán pena por mí si cuando vuelven se dan cuenta de que mi mujer no comparte mi cama?
—Yo no me negué a dormir contigo —casi gritó ella.
—Entonces no te molestará saber que le he dado instrucciones a la sirvienta para que traslade todas tus cosas a mi habitación.
¿Había hecho eso de verdad?
—Pero... Pedro...
—Si te casaste conmigo por pena, espero que te vuelvas a compadecer de mí y duermas en mi cama. No seré un riesgo para tu virtud.
—¡No me compadezco de tí!
—Pero tampoco quieres estar casada conmigo.
—¡Yo no he dicho eso!
—¿Y entonces por qué has hablado de nulidad?
—Yo pensaba que tú la querías.
—Yo no he dicho eso. No quiero eso —dijo él, enfatizando las palabras —El matrimonio es para toda la vida.
Ella gimió.
—Ya sabía que pensabas eso.
—No es que lo piense, es que lo sé.
—Pero no estás obligado a estar casado conmigo.
—Ya está bien —él le soltó la mano en un violento rechazo.— No quieres seguir casada conmigo. Lo acabas de decir. No te escondas bajo un falso interés por mí. Eres mi mujer porque yo lo elegí así. No puedo creer que sea el fin de nuestro matrimonio antes de haber empezado —su mirada iracunda desató las emociones de ella —No quieres ser la madre de mis hijos. De acuerdo. No es problema. Vete —le hizo un gesto señalando la puerta—Pero márchate antes de que mis padres lleguen mañana. Será más fácil si no tengo que explicarles que tengo una mujer que realmente no es mi esposa.
El dolor la oprimía tanto, que casi no la dejaba respirar. Por segunda vez era expulsada de la vida de Pedro, pero esa vez lo había hecho él mismo. Si se marchaba entonces, ¿la dejaría volver alguna vez?
Aparentemente parecía que él sí quería seguir casado. Sabiendo eso ¿cómo podría abandonarlo? ¿Quería abandonarlo? La respuesta era, simplemente, no.
Necesito Tu Amor: Capítulo 35
Ella se notó enrojecer. Nunca habían hablado de su noche de bodas. Ella había asumido que él estaba contento con que ella durmiera en otra habitación dada su actitud acerca de hacerle el amor.
—Si tus negocios se gobiernan solos, entonces ¿por qué pasas tanto tiempo delante del ordenador y al teléfono? Por no hablar de las reuniones de trabajo... —había asistido a una el día anterior para demostrar a los accionistas que todo iba bien.
Según Fede, Pedro había estado muy convincente y a ella no le había sorprendido.
—Me doy cuenta de que ignoras la parte de las camas separadas.
Ella enrojeció aún más y se volvió intentando ocultarle su vulnerabilidad.
—Los dos sabemos por qué no duermo contigo, Pedro. Nuestro matrimonio no es real.
Unos dedos fuertes le agarraron la muñeca hasta que consiguió que ella lo mirara.
—¿Y por qué no es real nuestro matrimonio? —el brillo de sus ojos casi la quemaba.— Accediste a tener un hijo mío y a ser mi mujer. Te jure fidelidad y un montón de cosas más. ¿Qué hay de irreal en todo eso?
—Tú no pensabas con claridad. Ahora que has tenido tiempo de pensarlo, estoy segura de que te arrepentirás —ella intentó sonreír mientras las palabras que pronunciaban herían sin piedad su corazón —Podemos conseguir la nulidad y nadie sabrá nunca nada de esta locura de matrimonio.
Él la acercó aún más hacia él.
—Fede lo sabe y yo lo sé. Me juraste ser mi esposa.
—Pero no querías casarte conmigo realmente. Sabes que no querías. Yo sabía que te arrepentirías y lo has hecho.
—¿Y de dónde sacas esa conclusión?
¿Qué podía decir? «Para tí, besarme es una obligación». Aquello sonaría como si realmente le importase, lo cual era verdad, pero ella no quería que él lo supiera. Aún le quedaba un poco de orgullo en lo relativo a él. Al no responder ella de inmediato, él la miró con los ojos entrecerrados.
—Tal vez no se trate de que creas que yo he cambiado de opinión, sino que tú has cambiado de opinión.
Ella sacudió la cabeza.
—No. Para mí nada ha cambiado —respondió ella con sinceridad.
Él la miró fijamente. ¿Qué estaba buscando?
—Si tus negocios se gobiernan solos, entonces ¿por qué pasas tanto tiempo delante del ordenador y al teléfono? Por no hablar de las reuniones de trabajo... —había asistido a una el día anterior para demostrar a los accionistas que todo iba bien.
Según Fede, Pedro había estado muy convincente y a ella no le había sorprendido.
—Me doy cuenta de que ignoras la parte de las camas separadas.
Ella enrojeció aún más y se volvió intentando ocultarle su vulnerabilidad.
—Los dos sabemos por qué no duermo contigo, Pedro. Nuestro matrimonio no es real.
Unos dedos fuertes le agarraron la muñeca hasta que consiguió que ella lo mirara.
—¿Y por qué no es real nuestro matrimonio? —el brillo de sus ojos casi la quemaba.— Accediste a tener un hijo mío y a ser mi mujer. Te jure fidelidad y un montón de cosas más. ¿Qué hay de irreal en todo eso?
—Tú no pensabas con claridad. Ahora que has tenido tiempo de pensarlo, estoy segura de que te arrepentirás —ella intentó sonreír mientras las palabras que pronunciaban herían sin piedad su corazón —Podemos conseguir la nulidad y nadie sabrá nunca nada de esta locura de matrimonio.
Él la acercó aún más hacia él.
—Fede lo sabe y yo lo sé. Me juraste ser mi esposa.
—Pero no querías casarte conmigo realmente. Sabes que no querías. Yo sabía que te arrepentirías y lo has hecho.
—¿Y de dónde sacas esa conclusión?
¿Qué podía decir? «Para tí, besarme es una obligación». Aquello sonaría como si realmente le importase, lo cual era verdad, pero ella no quería que él lo supiera. Aún le quedaba un poco de orgullo en lo relativo a él. Al no responder ella de inmediato, él la miró con los ojos entrecerrados.
—Tal vez no se trate de que creas que yo he cambiado de opinión, sino que tú has cambiado de opinión.
Ella sacudió la cabeza.
—No. Para mí nada ha cambiado —respondió ella con sinceridad.
Él la miró fijamente. ¿Qué estaba buscando?
domingo, 21 de febrero de 2016
Necesito Tu Amor: Capítulo 34
El terapeuta se volvió hacia ella.
—Hola, usted debe de ser la señora Alfonso. Soy Tomás Silva. Pedro me ha contado que son recién casados. Enhorabuena.
—Gracias, doctor Silva. No sabía que fuera usted inglés.
—Soy canadiense y, por favor, llámeme Tom. Un colega mío de Nueva York me recomendó a su marido.
Ella se sintió algo idiota por no haber reconocido el acento. Su única excusa era que le había sorprendido que el terapeuta no fuera italiano.
—Espero que el cambiar de ciudad por una temporada no le suponga demasiados problemas.
Tomás rió de un modo que le recordó a la risa de su padre cuando su madre aún estaba viva.
—Mi mujer me habría matado si hubiera rechazado esta oportunidad de trabajar en Milán con todos los gastos pagados. Ahora mismo está comprando zapatos.
Paula sonrió ante la amabilidad de aquel hombre.
—Tiene que traerla a cenar cuando vuelvan los padres de Pedro. Les encantará conocerla.
—Gracias, lo haré.
Mientras hablaban, Tomás no cesó de ejercitar la pierna de Pedro. Entonces la apoyó sobre la camilla para comprobar su sensibilidad. Pedro no sólo confirmó la sensación en los dedos y en los pies, sino que pudo mover su pie derecho y hacer un movimiento de rotación.
Paula corrió a su lado y lo tomó del brazo.
—No me habías dicho que hubieras avanzado tanto.
—Es muy poquito, cara, no hay que ponerse tan nervioso.
Ella lo miró, incapaz de creer su frialdad.
—¿Estás de broma? Me he quedado extasiada viéndote mover el pie... ¡eso es motivo suficiente para hacer una fiesta!
—¿Tú crees, tesoro?
Entonces ella recordó lo que había ocurrido cuando ella le felicitó por su primer logro.
Ella había saltado sobre él y se habían besado. Lo miró a los labios y vió que estos se curvaban en una sonrisa burlona, pero ella sólo quería besarlo.
—Me parece que las fiestas de auto complacencia tendrán que esperar, ¿no?
Su tono burlón la hizo volver al presente bruscamente. Él no la quería, pensaba en besarla como en un deber, no como en la forma ideal de celebrar algo.
Ella se apartó de los dos hombres con la cara encendida e hizo como que estaba interesada en las barras paralelas y los otros aparatos. El comentario la había avergonzado y le había recordado lo poca mujer que era para él.
—¿Cuándo cree que Pedro podrá empezar a utilizar las barras? —preguntó a Tomás.
—Es difícil de decir. Cada paciente tiene unos tiempos de evolución distintos, pero su marido tiene una determinación muy firme y una mujer, y ese es un buen incentivo para recuperarse lo antes posible. Tal vez podríamos verle usándolas en unos siete días.
Ella se giró al oír tan buenas noticias, pero la fría voz de Pedro la detuvo.
—¿Soy un hombre, no? No soy un niño que necesite que hablen por él.
Su ego masculino estaba realmente dañado.
Paula no estaba segura de cómo calmar el enfado de Pedro, pero Tomás sonrió.
—Hablar de los pacientes como si ellos no estuvieran delante es un mal hábito que a veces tenemos los médicos. Gracias por recordárnoslo. ¿Qué te parece el plazo de siete días para empezar a usar las barras paralelas?
—Puede hacerse —replicó Pedro con una confianza que complació a Paula.
La confianza pareció ser certera y, poco a poco, él fue recuperando la sensibilidad en las piernas. Pedro se obligaba a sí mismo a trabajar sin descanso, haciendo más sesiones de fisioterapia que en el hospital. Paula asistía a las sesiones con él, pero parecía que él cada vez necesitara menos su apoyo.
Era como si algo dentro de él hubiera cambiado, e incluso dejó a un lado el Banco y las Empresas Alfonso para centrarse en volver a andar.
—Sigo sin sentir nada más arriba de las rodillas —dijo a Tomás unos pocos días después.— ¿Cómo voy a usar las barras si sólo la mitad de mis piernas funciona?
Tomás sonrió mientras ayudaba a Pedro a moverse desde el aparato de levantamiento de pesas hasta su asiento.
—Lo estás haciendo muy bien. Estarás usando las barras muy pronto.
—Han pasado seis días y mañana será el séptimo.
—Casi lo has conseguido —dijo Tomás con una despreocupación que Paula envidiaba.
Ella habría deseado poder responder con tanta tranquilidad a Pedro, pero no podía.
Tomás prometió llegar pronto a la mañana siguiente.
—Es fácil para él quitarle importancia. No es él quien está sentado como un inútil en una silla de ruedas —la frustración en la voz de Pedro no la sorprendió, pero sí que no la ocultara. Se había mostrado muy estoico desde la vuelta a Italia, y también muy distante.
Ella le pasó una toalla para que se secara el sudor de la frente. Había estado trabajando la musculatura de la parte superior del cuerpo y sus músculos estaban hinchados por el ejercicio.
—Sólo un tonto te llamaría inútil, Pedro.
—¿Y qué soy entonces? Mi mujer duerme en otra cama y mis negocios deben gobernarse solos puesto que yo no consigo que mi cuerpo funcione como es debido.
—Hola, usted debe de ser la señora Alfonso. Soy Tomás Silva. Pedro me ha contado que son recién casados. Enhorabuena.
—Gracias, doctor Silva. No sabía que fuera usted inglés.
—Soy canadiense y, por favor, llámeme Tom. Un colega mío de Nueva York me recomendó a su marido.
Ella se sintió algo idiota por no haber reconocido el acento. Su única excusa era que le había sorprendido que el terapeuta no fuera italiano.
—Espero que el cambiar de ciudad por una temporada no le suponga demasiados problemas.
Tomás rió de un modo que le recordó a la risa de su padre cuando su madre aún estaba viva.
—Mi mujer me habría matado si hubiera rechazado esta oportunidad de trabajar en Milán con todos los gastos pagados. Ahora mismo está comprando zapatos.
Paula sonrió ante la amabilidad de aquel hombre.
—Tiene que traerla a cenar cuando vuelvan los padres de Pedro. Les encantará conocerla.
—Gracias, lo haré.
Mientras hablaban, Tomás no cesó de ejercitar la pierna de Pedro. Entonces la apoyó sobre la camilla para comprobar su sensibilidad. Pedro no sólo confirmó la sensación en los dedos y en los pies, sino que pudo mover su pie derecho y hacer un movimiento de rotación.
Paula corrió a su lado y lo tomó del brazo.
—No me habías dicho que hubieras avanzado tanto.
—Es muy poquito, cara, no hay que ponerse tan nervioso.
Ella lo miró, incapaz de creer su frialdad.
—¿Estás de broma? Me he quedado extasiada viéndote mover el pie... ¡eso es motivo suficiente para hacer una fiesta!
—¿Tú crees, tesoro?
Entonces ella recordó lo que había ocurrido cuando ella le felicitó por su primer logro.
Ella había saltado sobre él y se habían besado. Lo miró a los labios y vió que estos se curvaban en una sonrisa burlona, pero ella sólo quería besarlo.
—Me parece que las fiestas de auto complacencia tendrán que esperar, ¿no?
Su tono burlón la hizo volver al presente bruscamente. Él no la quería, pensaba en besarla como en un deber, no como en la forma ideal de celebrar algo.
Ella se apartó de los dos hombres con la cara encendida e hizo como que estaba interesada en las barras paralelas y los otros aparatos. El comentario la había avergonzado y le había recordado lo poca mujer que era para él.
—¿Cuándo cree que Pedro podrá empezar a utilizar las barras? —preguntó a Tomás.
—Es difícil de decir. Cada paciente tiene unos tiempos de evolución distintos, pero su marido tiene una determinación muy firme y una mujer, y ese es un buen incentivo para recuperarse lo antes posible. Tal vez podríamos verle usándolas en unos siete días.
Ella se giró al oír tan buenas noticias, pero la fría voz de Pedro la detuvo.
—¿Soy un hombre, no? No soy un niño que necesite que hablen por él.
Su ego masculino estaba realmente dañado.
Paula no estaba segura de cómo calmar el enfado de Pedro, pero Tomás sonrió.
—Hablar de los pacientes como si ellos no estuvieran delante es un mal hábito que a veces tenemos los médicos. Gracias por recordárnoslo. ¿Qué te parece el plazo de siete días para empezar a usar las barras paralelas?
—Puede hacerse —replicó Pedro con una confianza que complació a Paula.
La confianza pareció ser certera y, poco a poco, él fue recuperando la sensibilidad en las piernas. Pedro se obligaba a sí mismo a trabajar sin descanso, haciendo más sesiones de fisioterapia que en el hospital. Paula asistía a las sesiones con él, pero parecía que él cada vez necesitara menos su apoyo.
Era como si algo dentro de él hubiera cambiado, e incluso dejó a un lado el Banco y las Empresas Alfonso para centrarse en volver a andar.
—Sigo sin sentir nada más arriba de las rodillas —dijo a Tomás unos pocos días después.— ¿Cómo voy a usar las barras si sólo la mitad de mis piernas funciona?
Tomás sonrió mientras ayudaba a Pedro a moverse desde el aparato de levantamiento de pesas hasta su asiento.
—Lo estás haciendo muy bien. Estarás usando las barras muy pronto.
—Han pasado seis días y mañana será el séptimo.
—Casi lo has conseguido —dijo Tomás con una despreocupación que Paula envidiaba.
Ella habría deseado poder responder con tanta tranquilidad a Pedro, pero no podía.
Tomás prometió llegar pronto a la mañana siguiente.
—Es fácil para él quitarle importancia. No es él quien está sentado como un inútil en una silla de ruedas —la frustración en la voz de Pedro no la sorprendió, pero sí que no la ocultara. Se había mostrado muy estoico desde la vuelta a Italia, y también muy distante.
Ella le pasó una toalla para que se secara el sudor de la frente. Había estado trabajando la musculatura de la parte superior del cuerpo y sus músculos estaban hinchados por el ejercicio.
—Sólo un tonto te llamaría inútil, Pedro.
—¿Y qué soy entonces? Mi mujer duerme en otra cama y mis negocios deben gobernarse solos puesto que yo no consigo que mi cuerpo funcione como es debido.
Necesito Tu Amor: Capítulo 33
Ella no lo chantajeaba emocionalmente como Giuliana. Ésta había utilizado el sexo para manipularlo incluso antes del accidente y Pedro se había cansado poco a poco de sus tácticas para obtener lo que deseaba. Él había pensado que casarse con Paula le reportaría todos los beneficios del matrimonio sin que fuera vulnerable ante ninguna mujer. Paula era demasiado inocente y demasiado buena como para manipularlo como lo había hecho su anterior prometida. Aun así, se había equivocado.
Se había sentido muy vulnerable cuando ella lo rechazó sexualmente la noche anterior.
Él estaba convencido de que, al menos en eso, podían haber parecido un matrimonio convencional. Ella se había derretido entre sus brazos en el hotel, le había dejado amarla con una dulce confianza que él encontró adictiva.
Sospechaba de los sentimientos de ella hacia él desde hacía tiempo. Había llegado al hospital después del accidente incluso antes que su hermano y, según una burlona Giuliana y un sorprendido Fede, Paula no se había separado de él hasta que salió del coma. El ser consciente de su devoción le había hecho esforzarse más cuando todo a su alrededor parecía derrumbarse.
Después de hacerle el amor, se había asegurado de que sus sentimientos hacia él eran más fuertes que la amistad. Ninguna mujer respondía de con tanta rapidez y abandono si no sentía algo muy poderoso por el hombre que le hacía el amor.
Entonces, ¿por qué lo había rechazado la noche anterior? No habían pasado mucho tiempo juntos en el avión. Él tenía que trabajar; al menos para hacer dinero no necesitaba utilizar las piernas. No había funcionado y ahora se sentía furioso y estúpido.
En la limusina no le había hablado mucho y se sentía culpable por ello, pero ella también lo había ignorado.
Pero lo que no había esperado era que ella se dirigiera a la habitación de invitados en lugar de ir a la suya. Había ido a buscarla furioso hasta que se encontró con la visión de su maravilloso pelo suelto. Era como seda viva, y había deseado tocarlo con un ansia que no deseaba analizar.
Lo había hecho y eso le había hecho desear más. Más de su suave piel, más de ella. Pero cuando quiso atraerla hacia sí, ella se había escapado y no había perdido un segundo en dejar claro que no estaba interesada en compartir su cama.
El rechazo aún le dolía, y ver a su hermano jugar con ella de un modo que él no podía no ayudaba en absoluto a suavizar su malhumor.
Paula se acercó a la habitación que se había habilitado para la fisioterapia de Pedro con el pulso acelerado. Llevaba toda la mañana evitándolo, intercambiando algunas frases sueltas con él y con Fede durante la comida y se había acercado hasta allí sólo para conocer al fisioterapeuta. Era estúpido, pero necesitaba saber que Pedro estaba en buenas manos. Además, ella había estado presente en su tratamiento desde el principio.
Entró en la habitación, que se parecía mucho a la sala de fisioterapia del hospital, y se quedó asombrada de lo rápidamente que habían cambiado todo aquello.
El suelo de madera estaba cubierto de colchonetas de ejercicio, había unas barras paralelas, una camilla de masajes y un equipo completo de pesas. Las amplias ventanas dejaban entrar la luz del sol a raudales a través del cristal, lo que suponía una clara mejora sobre la luz fluorescente del hospital.
Pedro estaba tumbado en la camilla y un hombre de pelo gris y cuerpo atlético vestido con camiseta y pantalones de algodón blancos obligaba a las piernas de Pedro a hacer los ejercicios ya habituales.
La ropa de Pedro parecía ser la misma que había utilizado en Nueva York y tenía el mismo efecto desestabilizador sobre su sistema nervioso. Tuvo que concentrarse en recuperar el aliento antes de saludar a los dos hombres.
—Buenas tardes.
La cara de Pedro se giró hacia ella con una expresión indescifrable.
—Buon giorno.
Se había sentido muy vulnerable cuando ella lo rechazó sexualmente la noche anterior.
Él estaba convencido de que, al menos en eso, podían haber parecido un matrimonio convencional. Ella se había derretido entre sus brazos en el hotel, le había dejado amarla con una dulce confianza que él encontró adictiva.
Sospechaba de los sentimientos de ella hacia él desde hacía tiempo. Había llegado al hospital después del accidente incluso antes que su hermano y, según una burlona Giuliana y un sorprendido Fede, Paula no se había separado de él hasta que salió del coma. El ser consciente de su devoción le había hecho esforzarse más cuando todo a su alrededor parecía derrumbarse.
Después de hacerle el amor, se había asegurado de que sus sentimientos hacia él eran más fuertes que la amistad. Ninguna mujer respondía de con tanta rapidez y abandono si no sentía algo muy poderoso por el hombre que le hacía el amor.
Entonces, ¿por qué lo había rechazado la noche anterior? No habían pasado mucho tiempo juntos en el avión. Él tenía que trabajar; al menos para hacer dinero no necesitaba utilizar las piernas. No había funcionado y ahora se sentía furioso y estúpido.
En la limusina no le había hablado mucho y se sentía culpable por ello, pero ella también lo había ignorado.
Pero lo que no había esperado era que ella se dirigiera a la habitación de invitados en lugar de ir a la suya. Había ido a buscarla furioso hasta que se encontró con la visión de su maravilloso pelo suelto. Era como seda viva, y había deseado tocarlo con un ansia que no deseaba analizar.
Lo había hecho y eso le había hecho desear más. Más de su suave piel, más de ella. Pero cuando quiso atraerla hacia sí, ella se había escapado y no había perdido un segundo en dejar claro que no estaba interesada en compartir su cama.
El rechazo aún le dolía, y ver a su hermano jugar con ella de un modo que él no podía no ayudaba en absoluto a suavizar su malhumor.
Paula se acercó a la habitación que se había habilitado para la fisioterapia de Pedro con el pulso acelerado. Llevaba toda la mañana evitándolo, intercambiando algunas frases sueltas con él y con Fede durante la comida y se había acercado hasta allí sólo para conocer al fisioterapeuta. Era estúpido, pero necesitaba saber que Pedro estaba en buenas manos. Además, ella había estado presente en su tratamiento desde el principio.
Entró en la habitación, que se parecía mucho a la sala de fisioterapia del hospital, y se quedó asombrada de lo rápidamente que habían cambiado todo aquello.
El suelo de madera estaba cubierto de colchonetas de ejercicio, había unas barras paralelas, una camilla de masajes y un equipo completo de pesas. Las amplias ventanas dejaban entrar la luz del sol a raudales a través del cristal, lo que suponía una clara mejora sobre la luz fluorescente del hospital.
Pedro estaba tumbado en la camilla y un hombre de pelo gris y cuerpo atlético vestido con camiseta y pantalones de algodón blancos obligaba a las piernas de Pedro a hacer los ejercicios ya habituales.
La ropa de Pedro parecía ser la misma que había utilizado en Nueva York y tenía el mismo efecto desestabilizador sobre su sistema nervioso. Tuvo que concentrarse en recuperar el aliento antes de saludar a los dos hombres.
—Buenas tardes.
La cara de Pedro se giró hacia ella con una expresión indescifrable.
—Buon giorno.
Necesito Tu Amor: Capítulo 32
—¿Dónde está la diferencia? —ella se refería a que, si no la quería o la deseaba especialmente, tampoco debía importarle dónde dormía.
Él se echó hacia atrás como si ella lo hubiera golpeado.
—De hecho, no hay diferencia, cara, ya que no puedo realizar el ritual tradicional de la noche de bodas y está claro que la idea de compartir mi cama no te atrae lo más mínimo.
—No es eso lo que...
—No importa —dijo él interrumpiéndola—. Me parece bien que no esperes de mí que cumpla con mis deberes como marido. La verdad es que no son muy atrayentes cuando no puedo participar completamente y no son necesarios para la concepción de nuestro hijo.
Aquellas palabras fueron como un jarro de agua fría para Paula, que se quedó inmóvil mientras él giraba su silla y salía de la habitación.
Fue hacia la cama sintiéndose muy mayor, sin fuerzas para trenzarse el pelo por el rechazo de Pedro. Él consideraba la experiencia más bonita de su vida como un deber, y además innecesario. Y poco atractivo para él. Cómo tenía que haberle molestado su ansia de experimentar placer al no ser ella capaz de devolvérselo...
Incluso si Pedro no hubiera estado paralítico, ella no habría sabido devolverle las caricias. Giuliana tenía razón y ella no era lo suficiente mujer para Pedro, independientemente de su estado. ¿Por qué había querido casarse con ella entonces?
La respuesta llegó con otra oleada de dolor: porque no la quería ni la deseaba. Ella podría darle hijos, pero no sería un recordatorio permanente de lo que no podía tener.
No sabía lo que pasaría cuando Pedro recuperase la sensibilidad en sus extremidades inferiores, pero estaba segura de que lamentaría haberse casado.
Pedro se sentó en el balcón que daba a la piscina y observó a Fede y a Paula jugar en el agua. Era una escena que había presenciado muchas veces, porque ellos, al ser casi de la misma edad, siempre habían jugado juntos. Pero ella era ahora su mujer y Pedro consideraba a su hermano como a un rival más que como su compañero de juegos.
Él no había esperado que fuera a sentir celos por aquel matrimonio, pero tampoco había esperado dormir solo. Además, no quería sentir celos de su hermano y de su mujer, pero simplemente no había esperado tener esa reacción con Paula. Nunca había sentido celos con Giuliana. Sí había sido posesivo, pero no celoso.
No tenía ningún sentido. No amaba a su mujer, aunque por supuesto que la quería y se preocupaba por ella. Había formado parte de su vida desde su nacimiento.
Sus madres habían sido amigas íntimas desde niñas y de adultas se comportaban como hermanas. La madre de Paula, Alejandra, se había casado con un profesor estadounidense y se había ido a Estados Unidos con él, mientras que su madre se trasladó a Milán después de casarse con su padre. Pero las dos mujeres y sus familias habían compartido vacaciones y visitas hasta que la madre de Paula murió. Ésta había seguido visitándolos y con más frecuencia desde que su padre se volvió a casar.
Él se echó hacia atrás como si ella lo hubiera golpeado.
—De hecho, no hay diferencia, cara, ya que no puedo realizar el ritual tradicional de la noche de bodas y está claro que la idea de compartir mi cama no te atrae lo más mínimo.
—No es eso lo que...
—No importa —dijo él interrumpiéndola—. Me parece bien que no esperes de mí que cumpla con mis deberes como marido. La verdad es que no son muy atrayentes cuando no puedo participar completamente y no son necesarios para la concepción de nuestro hijo.
Aquellas palabras fueron como un jarro de agua fría para Paula, que se quedó inmóvil mientras él giraba su silla y salía de la habitación.
Fue hacia la cama sintiéndose muy mayor, sin fuerzas para trenzarse el pelo por el rechazo de Pedro. Él consideraba la experiencia más bonita de su vida como un deber, y además innecesario. Y poco atractivo para él. Cómo tenía que haberle molestado su ansia de experimentar placer al no ser ella capaz de devolvérselo...
Incluso si Pedro no hubiera estado paralítico, ella no habría sabido devolverle las caricias. Giuliana tenía razón y ella no era lo suficiente mujer para Pedro, independientemente de su estado. ¿Por qué había querido casarse con ella entonces?
La respuesta llegó con otra oleada de dolor: porque no la quería ni la deseaba. Ella podría darle hijos, pero no sería un recordatorio permanente de lo que no podía tener.
No sabía lo que pasaría cuando Pedro recuperase la sensibilidad en sus extremidades inferiores, pero estaba segura de que lamentaría haberse casado.
Pedro se sentó en el balcón que daba a la piscina y observó a Fede y a Paula jugar en el agua. Era una escena que había presenciado muchas veces, porque ellos, al ser casi de la misma edad, siempre habían jugado juntos. Pero ella era ahora su mujer y Pedro consideraba a su hermano como a un rival más que como su compañero de juegos.
Él no había esperado que fuera a sentir celos por aquel matrimonio, pero tampoco había esperado dormir solo. Además, no quería sentir celos de su hermano y de su mujer, pero simplemente no había esperado tener esa reacción con Paula. Nunca había sentido celos con Giuliana. Sí había sido posesivo, pero no celoso.
No tenía ningún sentido. No amaba a su mujer, aunque por supuesto que la quería y se preocupaba por ella. Había formado parte de su vida desde su nacimiento.
Sus madres habían sido amigas íntimas desde niñas y de adultas se comportaban como hermanas. La madre de Paula, Alejandra, se había casado con un profesor estadounidense y se había ido a Estados Unidos con él, mientras que su madre se trasladó a Milán después de casarse con su padre. Pero las dos mujeres y sus familias habían compartido vacaciones y visitas hasta que la madre de Paula murió. Ésta había seguido visitándolos y con más frecuencia desde que su padre se volvió a casar.
Necesito Tu Amor: Capítulo 31
Aun así, a pesar de que hubiera gente presente, ella tampoco había esperado que él se olvidara de su presencia.
Paula había esperado a que Pedro entrase en la limusina para entrar después y sentarse frente a él, molesta por el trato que le había dado, y Fede, después de dudar un momento se había sentado al lado de su hermano.
Centrando su atención en el paisaje que se veía desde la ventanilla, intentó imaginar que viajaba sola. Sería menos doloroso.
—Mis padres volverán la semana que viene— la voz de Pedro rompió el silencio.
Paula no dijo nada, asumiendo que se dirigía a Fede. Al fin y al cabo, llevaba ocho horas sin dirigirle la palabra.
—Paula.
—¿Qué? —dijo ella sin mover la vista de la ventanilla.
—Estás contenta de volver a ver a mi madre, ¿verdad?
—Por supuesto —pero no sabía si eso era verdad del todo. Aún tenía miedo de que los padres de Pedro pudieran pensar que lo había manipulado en un momento de debilidad.
—No pareces muy emocionada.
—Estoy cansada.
—No me gusta hablarte sin que me mires, cara.
Ella se giró hasta que sus ojos se encontraron. Era difícil leer la expresión de su rostro en la tenue luz de la limusina.
—Tenía la impresión de que no te apetecía hablar conmigo. Eso es todo.
—¿Cómo? ¿Cuándo he dicho yo algo así?
—A veces las acciones hablan con más claridad que las palabras —las palabras salieron de su boca con más veneno del que hubiera deseado.
Él tomó aliento.
—¿Qué problema tienes?
La mirada de Paula pasó de Pedro a Fede y vió que en su cara se dibujaba una expresión de satisfacción. ¿Acaso le gustaba ver a su hermano y a su esposa discutir?
—Te acabo de hacer una pregunta, cara.
—Y yo prefiero no contestarte — y dicho esto los ignoró a Fede y a él.
En un claro intento de pacificar el ambiente, Fede le hizo a Pedro algunas preguntas y pronto los dos empezaron a hacer planes sobre la vuelta de sus padres. Paula se giró.
Estaba luchando con el terrible miedo de haber cometido el error más grave de su vida.
Era obvio que Pedro se arrepentía de su decisión de casarse con ella. Ojalá hubiera vuelto al mundo real antes de que se celebrara la ceremonia.
Cuando llegaron a la casa de los Alfonso, Paula esperó en el exterior de la limusina a que descargaran la silla de ruedas. Pedro se dio cuenta de que estaba esperando y la llamó.
—Ve dentro, no hay motivos para que te quedes aquí.
Ella se sintió dolida e hizo justo lo que le había dicho. Una vez dentro de la casa, fue directamente a la habitación en la que había dormido siempre que iba allí. No iba a dejar que la expulsaran de la habitación principal.
Encontró el camisón que había dejado allí el verano anterior y entró en el baño. Se envolvió el pelo en una toalla, como si fuera un turbante y se duchó. Poco después, estaba sentada frente al espejo del tocador deshaciéndose el recogido que se había hecho para la boda cuando Pedro entró.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —preguntó él.
—Cepillarme el pelo -dijo ella, colocándoselo sobre un hombro y peinándose la larga cabellera. Pedro, al lado de la puerta, permanecía en silencio.
Cuando hubo acabado de peinarse, dividió el pelo en tres y empezó hacerse una trenza para ir a dormir.
—No lo hagas.
Ella se quedó sorprendida y sus dedos se detuvieron. Pudo oír la silla de ruedas cruzando la habitación, pero no se pudo dar la vuelta para mirarlo.
—Per l´amore di cielo, es precioso —dijo él, pasándole los dedos por el pelo y deshaciendo el principio de la trenza que había empezado a hacerse.— Siempre había querido verlo así, pero es mejor de lo que me imaginaba.
Ella se giró para mirarlo y lo vio absorto en la contemplación de su pelo.
—¿Te gusta mi pelo?
Aquello no parecía tener mucho sentido. Ella llevaba el pelo largo porque a su madre le gustaba así y de ese modo se sentía más cerca de ella. Nunca se le había ocurrido que a Pedro su ordinaria cabello pudiera parecerle tan fascinante, pero así era.
—Ven aquí — él se acercó para colocarla sobre su regazo, pero animada por un instinto de conservación, ella se levantó de un salto y se apartó de él.
—Estoy cansada y quiero irme a la cama.
Los ojos de Pedro brillaban de un modo que ella no quería entender.
—Yo también quiero ir a la cama.
—Pues será mejor que lo hagas, ¿no?
Él se puso muy rígido. Incluso en la silla de ruedas era casi tan alto como ella y mucho más imponente.
—¿Quieres decir que vuelva a mi cama mientras tú duermes aquí?
Ella se encogió de hombros intentando hacer como si no le importase, cosa que no era cierta.
Paula había esperado a que Pedro entrase en la limusina para entrar después y sentarse frente a él, molesta por el trato que le había dado, y Fede, después de dudar un momento se había sentado al lado de su hermano.
Centrando su atención en el paisaje que se veía desde la ventanilla, intentó imaginar que viajaba sola. Sería menos doloroso.
—Mis padres volverán la semana que viene— la voz de Pedro rompió el silencio.
Paula no dijo nada, asumiendo que se dirigía a Fede. Al fin y al cabo, llevaba ocho horas sin dirigirle la palabra.
—Paula.
—¿Qué? —dijo ella sin mover la vista de la ventanilla.
—Estás contenta de volver a ver a mi madre, ¿verdad?
—Por supuesto —pero no sabía si eso era verdad del todo. Aún tenía miedo de que los padres de Pedro pudieran pensar que lo había manipulado en un momento de debilidad.
—No pareces muy emocionada.
—Estoy cansada.
—No me gusta hablarte sin que me mires, cara.
Ella se giró hasta que sus ojos se encontraron. Era difícil leer la expresión de su rostro en la tenue luz de la limusina.
—Tenía la impresión de que no te apetecía hablar conmigo. Eso es todo.
—¿Cómo? ¿Cuándo he dicho yo algo así?
—A veces las acciones hablan con más claridad que las palabras —las palabras salieron de su boca con más veneno del que hubiera deseado.
Él tomó aliento.
—¿Qué problema tienes?
La mirada de Paula pasó de Pedro a Fede y vió que en su cara se dibujaba una expresión de satisfacción. ¿Acaso le gustaba ver a su hermano y a su esposa discutir?
—Te acabo de hacer una pregunta, cara.
—Y yo prefiero no contestarte — y dicho esto los ignoró a Fede y a él.
En un claro intento de pacificar el ambiente, Fede le hizo a Pedro algunas preguntas y pronto los dos empezaron a hacer planes sobre la vuelta de sus padres. Paula se giró.
Estaba luchando con el terrible miedo de haber cometido el error más grave de su vida.
Era obvio que Pedro se arrepentía de su decisión de casarse con ella. Ojalá hubiera vuelto al mundo real antes de que se celebrara la ceremonia.
Cuando llegaron a la casa de los Alfonso, Paula esperó en el exterior de la limusina a que descargaran la silla de ruedas. Pedro se dio cuenta de que estaba esperando y la llamó.
—Ve dentro, no hay motivos para que te quedes aquí.
Ella se sintió dolida e hizo justo lo que le había dicho. Una vez dentro de la casa, fue directamente a la habitación en la que había dormido siempre que iba allí. No iba a dejar que la expulsaran de la habitación principal.
Encontró el camisón que había dejado allí el verano anterior y entró en el baño. Se envolvió el pelo en una toalla, como si fuera un turbante y se duchó. Poco después, estaba sentada frente al espejo del tocador deshaciéndose el recogido que se había hecho para la boda cuando Pedro entró.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —preguntó él.
—Cepillarme el pelo -dijo ella, colocándoselo sobre un hombro y peinándose la larga cabellera. Pedro, al lado de la puerta, permanecía en silencio.
Cuando hubo acabado de peinarse, dividió el pelo en tres y empezó hacerse una trenza para ir a dormir.
—No lo hagas.
Ella se quedó sorprendida y sus dedos se detuvieron. Pudo oír la silla de ruedas cruzando la habitación, pero no se pudo dar la vuelta para mirarlo.
—Per l´amore di cielo, es precioso —dijo él, pasándole los dedos por el pelo y deshaciendo el principio de la trenza que había empezado a hacerse.— Siempre había querido verlo así, pero es mejor de lo que me imaginaba.
Ella se giró para mirarlo y lo vio absorto en la contemplación de su pelo.
—¿Te gusta mi pelo?
Aquello no parecía tener mucho sentido. Ella llevaba el pelo largo porque a su madre le gustaba así y de ese modo se sentía más cerca de ella. Nunca se le había ocurrido que a Pedro su ordinaria cabello pudiera parecerle tan fascinante, pero así era.
—Ven aquí — él se acercó para colocarla sobre su regazo, pero animada por un instinto de conservación, ella se levantó de un salto y se apartó de él.
—Estoy cansada y quiero irme a la cama.
Los ojos de Pedro brillaban de un modo que ella no quería entender.
—Yo también quiero ir a la cama.
—Pues será mejor que lo hagas, ¿no?
Él se puso muy rígido. Incluso en la silla de ruedas era casi tan alto como ella y mucho más imponente.
—¿Quieres decir que vuelva a mi cama mientras tú duermes aquí?
Ella se encogió de hombros intentando hacer como si no le importase, cosa que no era cierta.
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