miércoles, 3 de febrero de 2016

Una Pasión Prohibida: Capítulo 41

Paula se levantó las gafas hasta la frente.

—Si se supone que lo decías para darme ánimos, Pedro, no te dediques a la neurocirugía. Tus modales de compañero de cama apestan.

Pedro  también se levantó las gafas y le sonrió hasta hacerla derretirse, como si Lucas no estuviera a su lado. ¿Qué había ocurrido con la decisión de no dejar que nadie supiera que había algo entre ellos? Supuso que Lucas no contaba. ¿Acaso Pedro lo había descartado como el causante de los rumores? Tenía que admitir que era difícil comportarse como verdaderos extraños las veinticuatro horas del día.

—¿Intentas decirme que mis habilidades diplomáticas y mi tacto necesitan mejorar?

Deseó que Pedro no le hubiera sonreído de esa manera. Su costumbre de levantar una comisura del labio la hacían estremecerse. Debería haber previsto su respuesta antes de decir «modales de compañero de cama».

—Lo que quiero decir es que tienes que aprender a tranquilizar, no a asustar a la gente.

—En eso tiene razón, tío —interrumpió Lucas riéndose—. Ahora me estoy pensando dos veces si cruzar.

—Déjalo ya —dijo Pedro dando una palmada a Lucas en el brazo—. A Paula la podría pasar sobre los hombros pero a tí no.

—¿Qué quieres decir? —Lucas miró a Paula de arriba abajo—. Es más alta que yo.

—Sí, pero ¿no te has dado cuenta? Es una mujer.

Indignada, Paula quería apretar los puños pero le costaba con tanta ropa así que se puso a dar patadas en el suelo.

—Por todos los santos, basta ya, chicos. Puedo hacerlo y lo saben. Puedo con mi peso. No necesito que ninguno me lleve a cuestas.

Lucas le pasó el brazo debajo del suyo y la acercó hacia sí.

—Lo sabemos. Estábamos bromeando. No hace daño relajar tensiones. ¿Te habría parecido mejor que hubiéramos empezado a reírnos al borde de la grieta?

Pedro se colocó las gafas en su sitio y empezó a sacudir la cuerda para evitar que se hicieran nudos.

—Lucas podría estar riéndose encima de la escala sobre la grieta. Este tipo me ha tenido despierto con su interminable reserva de chistes malos y es incapaz de no reírse antes de terminar de contarlos.

—Lo he oído.

—¿Lo ves, Lucas? Has tenido a Paula despierta también. Sigamos antes de que se nos quede dormida.

Si alguien la mantenía despierta, era Pedro. Nunca se había sentido tan sola como cuando tenía que dormir en esa tienda tan vacía; nunca había sentido tanto frío como cuando no lo tenía a su lado. Lo echaba de menos. No sólo por el sexo, por muy fabuloso que fuera, sino también por escuchar su respiración mientras dormía.

En vez de dormir, Paula había pasado la noche tumbada con los ojos cerrados especulando sobre el futuro y lo que ocurriría una vez que recuperaran los cuerpos de su hermana y de Fernando Martínez.

¿Esperaría acaso que ambos se separarían y continuarían con sus vidas como si aquella loca pasión no hubiera tenido lugar, como si no la hubiera hecho responder como nunca le había respondido a ningún otro hombre?

No podía retroceder. A la primera oportunidad, dimitiría en su trabajo.

«¿Y después qué?».

Estaba en el regazo de la diosa, como había dicho Pedro, y esperaba que la estuviera mirando con bondad. ¿Acaso no le había rezado el día antes de abandonar el campamento base? Los porteadores habían plantado un poste del que colgaban banderolas de oración. Después, el lama había llegado y se había puesto a rezar al tiempo que golpeaba los tradicionales tambores. Antes de terminar, habían espolvoreado harina de cebada al viento y habían quemado ramas de enebro a modo de ofrenda para terminar cubriéndose el cuello con pañuelos blancos de seda. Un precioso ritual, sagrado por la esperanza que implicaba.

Pedro  cruzó la grieta el primero. Desde el otro extremo, Paula lo observaba deslizando las manos por las cuerdas. Sus grandes zancadas y su peso hacían que el frágil puente consistente en tres escaleras de aluminio se hundiera.

—Vale. Ahora tú, Paula, pero quítate la mochila. Después iré yo a buscarla cuando llegues sana y salva.

Lucas la ayudó a quitársela y Paula no puedo evitar un escalofrío cuando dejó de sentir el calor en la espalda.

—No te pongas nerviosa —dijo Lucas—. No es diferente a las demás que hemos cruzado. Pon un pie y después otro, y pronto llegarás al otro lado —y diciendo esto le dio un suave golpecito en la espalda—. Vamos. Respira hondo y ánimo.

Paula  pensaba que era fácil decirlo cuando no era él quien estaba al borde de la profunda grieta al fondo de la cual se veían las aguas verdosas de un río. Inspiró profundamente un par de veces y se preparó. Trató de calmarse. Sus pensamientos tomaron la forma de las palabras que utilizaba con los caballos. Lo único que tenía que hacer era darlo todo.

—Lo estás haciendo muy bien —decía Pedro cuando estaba llegando a la mitad, pero ella no levantó la cabeza.

Desde el otro extremo, Lucas también la animaba.

—Ya no te queda nada. Sabía que podías hacerlo. Eres una gran luchadora, Paula.

Una Pasión Prohibida: Capítulo 40

Empezó a toser y se tapó la boca con la mano. Tenía el guante tan frío como el aire pero le dio la fuerza que necesitaba para terminar. Tenía que encontrar a su hermana y la llave, no dejar que su cuerpo antepusiera sus necesidades básicas a la que debía ser su prioridad.

Deseaba volver a besar a Pedro, sentir su cuerpo cubriendo el suyo con toda su fuerza masculina, pero Pedro tenía razón en lo de los rumores. Ella lo había sentido en el campamento base cada vez que Pedro le presentaba a alguien que pasaba junto a ellos y comprendían quién era ella.

Tenía que dejar a un lado el sexo.

—Nadie que no haya estado antes aquí puede saber lo que es. No importa lo en forma que estés —y créeme, yo lo estaba— aclimatarse no es divertido. Así que no me ayudes más. A menos que esté cayendo por una grieta, deja que me las arregle yo sola.

Vió que Pedro palidecía. Estaba enfadado y no lo culpaba, pero si su truco funcionaba, habría valido la pena.

Pedro retrocedió, el ceño fruncido y la cara seria.

—No vuelvas a decir algo así, ni siquiera en broma. Y no te preocupes. A partir de ahora, guardaré las distancias —y diciendo esto se alejó, se aseguró con el mosquetón a la cuerda y no miró hacia atrás. Paula suspiró. Había aprendido lo que era la manipulación desde bien pequeña, pero ni siquiera su difunto padre podía tener razón siempre. Elegir al primo Pablo  no había sido una buena idea. Cuando regresara a casa llamaría a unos auditores para que revisaran las cuentas, tal como se hacía cuando su padre dirigía la compañía.

Paula  se aseguró también a la cuerda y usó el piolet para guardar el equilibrio cuando cruzaban zonas más complicadas, lo que ocurría casi todo el tiempo. Pedro no parecía tener el mismo problema. Iba pensando en ello y llegó a la conclusión de que debía de ser por sus grandes pies. Era lo que cualquiera esperaría de un hombre de su estatura, grandes pies, una gran nariz, grandes manos, un gran… se maldijo por haber llegado a esa parte. No quería hacerlo pero le bastaba con mirarlo y sólo podía pensar en… sexo.

Al fin, divisó unos bultos de color amarillo en el horizonte.

—¿Son nuestras tiendas? —gritó.

—Sí —dijo Pedro girándose—. Nuwa ha llegado pronto y si tenemos suerte nos recibirá con un regalo. El café nunca te habrá parecido tan delicioso. A cinco mil quinientos metros, sabe a gloria.

No eran los únicos grupos acampados allí. Mario Serfontien y los sudafricanos habían montado sus tiendas cerca de ellos y un equipo ruso lo estaba haciendo al otro lado.

Paula vió que Pedro fruncía el ceño y se giraba hacia Lucas.

—Esto está abarrotado.

¿Por qué Pedro estaba tan enfadado? A sus ojos inexpertos parecía que había mucho sitio.

—¿Qué importa?

—Es un problema de higiene. Algunos escaladores no son muy cuidadosos con el lugar donde echan los desperdicios. Lo más probable es que ésa fuese la razón por la que Lucas se indispuso la otra vez; a esta altura es muy peligroso.

Paula  se dió cuenta de que Lucas se acercaba muy a menudo a las tiendas de sus compatriotas y cuando regresaba parecía sentir añoranza de su país.

—Alimentos Chaves tiene una fábrica en Port Elizabeth. ¿Conoces la ciudad? —dijo Lucas y ya no pudo parar. Al momento, le estaba contando historias de Sudáfrica, preguntándose qué tendrían las montañas de Nepal para haberlo arrastrado tan lejos de casa.

Después de un día y dos noches, continuaron camino hacia el campamento dos sin salir aún de la cascada. Nunca había esperado encontrar tanto tráfico en la montaña.

Hasta el momento, se había adaptado bien. Correr le había hecho desarrollar más capacidad pulmonar y había aprendido a controlar su respiración. Estaba segura de que la estaba ayudando pero pasar a un nivel superior era como empezar de nuevo.

Pedro seguía fiel a su palabra. Estaba dejando que se manejara ella sola pero tendría que haber estado ciega para no reaccionar ante el hombre que le había enseñado tanto sobre ella misma sin casi darse cuenta.

Era producto de una educación privilegiada. Era duro olvidar todo eso en unas pocas semanas. Tenía un trabajo, sí, pero no era agente. Algunos días, sus horas se hacían interminables pero todo podía hacerlo en una oficina. En París, iba a correr, al gimnasio y al rocódromo; pero cuando terminaba se daba una ducha y se iba a casa, o tal vez a un spa moderno a hacerse la manicura y a arreglarse el pelo.

Nunca había tenido que enfrentarse al sacrificio del día a día que se requiere para llegar a ser un buen escalador. En aquellos parajes, no había posibilidad de descansar en una mullida cama como la que se había imaginado compartiendo con Pedro.

No tardó en darse cuenta de que su hermana había madurado como persona mucho antes de que Paula supiera que un estado así existía.

Al final del día, estaba cansada, muy cansada, pero no era el cansancio que sentía después de haber estado bailando toda la noche con gente como ella, que no tenía ni idea de que ese tipo de vida existía, y si lo sabían, no les importaba.

Sus experiencias le daban una noción más acertada de lo que significaba ser un sherpa, y vivir año sí año no en el Parque Nacional de Sagarmatha.

Hacia media tarde, Pedro se detuvo hasta que Lucas y  ella llegaron hasta él.

—Vamos a llegar a la última grieta de la cascada. Recuérdalo, Lucas—se detuvo un momento antes de continuar y la miró—. Ésta es la mayor, pero sé que puedes cruzarla. Sólo es un poco más larga. No dejes que la distancia te asuste. Sólo son unos pocos pasos más.

lunes, 1 de febrero de 2016

Una Pasión Prohibida: Capítulo 39

¿Cómo podría acostumbrarse alguien a la blanca y gélida belleza de la cascada de hielo? Siempre que subía por ella, Pedro se quedaba asombrado de lo irreal que parecía, como si hubiese llegado a otro planeta o de pronto se encontrara en el polo. No era de extrañar que muchos montañeros consideraran el Everest como el tercer polo. El mismo paisaje desnudo, sin pájaros que llenaran con sus trinos las alturas.

Debería reinar el silencio pero una guerra se libraba bajo sus pies. Grandes bloques de hielo presionaban y se relajaban alternativamente dejando que sus gruñidos atravesaran la superficie. Enormes gigantes que en cualquier momento podían derrumbarse sobre ellos. Era el riesgo que se corría al subir la cascada Khumbu.

El viento de las noches pasadas era sólo un recuerdo así como lo era la otra «guerra» en la que habían estado Paula y él pero que debería seguir siendo eso un recuerdo.

El crujido de los crampones en el hielo parecía débil en comparación con los profundos gemidos de los bloques. Nadie hablaba para reservar el oxígeno, excepto Rei. Uno de los motivos por los que los sherpas aguantaban mejor la delgada atmósfera era que respiraban más rápido.

Tras él, Pedro escuchaba a Paula tosiendo ocasionalmente como un bebé de foca por la falta de oxígeno. La respiración de Lucas era más profunda, más como un león marino. El propio Pedro necesitaría una parada pronto y así les daría la oportunidad de repostar fluidos. Recordó que Lucas había tenido problemas para adaptarse la última vez. Era extraño cómo se había decidido por este deporte cuando sus facultades físicas estaban más desarrolladas para las planicies de África. Y aunque nadie lo había mencionado, era posible que se hubiera salvado debido a su problema gástrico.

¿Entonces por qué había vuelto?

Tal vez necesitaban que le metieran en la cabeza el mensaje. Él no tenía ni idea de qué lo empujaba a escalar.

Tiró de la cuerda para avisar a Rei, con quien había cambiado el puesto como líder de la cordada una hora antes.

—Es hora de hacer un descanso.

Rei se detuvo y apoyó la mochila sobre un bloque de hielo hasta que Pedro lo alcanzó. Para cuando Paula y Lucas llegaron, el sherpa había encendido la cocina de keroseno y estaba calentando agua. Paula se desabrochó las cintas de la mochila, se la quitó y se sentó encima.

—¡Qué gusto!

Las palabras le recordaron la última que las había dicho con sincera gratitud, sólo que entonces Pedro estaba penetrándola haciéndole llegar al clímax y él también había creído entonces que era muy placentero.

—Cansada, ¿verdad?

—Pensé que nunca nos íbamos a parar.

—Lo hemos hecho muy bien —dijo Pedro—. Hemos llevado buen paso. También ayuda que en estas primeras fases, tenemos los escalones ya cortados en el hielo y las cuerdas están instaladas. Cuando lleguemos a la cara suroeste deberíamos estar en buenas condiciones físicas para continuar, salvo algún incidente. Respiraremos mejor y habremos aprendido a no sobrecargar los pulmones y los músculos.

Con la mochila protegiéndola del hielo, Paula se terminó el té. Le parecía que nunca había probado algo tan bueno. Pensando en la historia que le había contado Pedro de que Delfina se dejó olvidadas unas cuerdas, se había asegurado de que todavía seguían en su cintura para no llevar tan sobrecargados los hombros.

—En marcha —ordenó Pedro.

Lucas se incorporó de su postura en cuclillas más cómoda para descansar.

—Estoy contigo, amigo.

Paula  guardaba sus reservas de oxígeno para algo más importante y empezó a ponerse la mochila. Esta vez estaba realmente cansada y estaba luchando para no perder el equilibrio cuando Pedro se acercó a ella.

—Déjame ayudarte.

Pedro estaba frente a ella ajustándole las cintas de los hombros para que estuviera lo más cómoda posible. Después se inclinó un poco para ajustarle la cinta de la cintura y sus rostros quedaron muy cerca. Llevaba días guardando las distancias, y ahora esto.

—Puedo sola —murmuró sin aliento por la distancia que los separaba, no por la delgada atmósfera.

Podía oler su aroma personal entre el frío aire de la mañana y una oleada de calor la invadió. Pedro la miró a los ojos y Paula pudo ver que, tras los cristales ahumados, sus pupilas se dilataban. Estaba muy caliente, y se preguntaba si Pedro lo estaría sintiendo a través de las múltiples prendas térmicas, el anorak y los guantes con los que la estaba tocando. Paula puso la mano sobre la de él.

—Creía que me habías dicho que tenía que aprender a manejarme.

—Eso era cuando eras la alumna. Ahora eres la clienta —dijo él.

Paula levantó la barbilla y lo miró.

—Ahora soy la que paga, ¿es eso lo que quieres decir? —dijo ella en tono bajo pero muy rápidamente, de forma que unas palabras se montaban sobre otras en su prisa por decir lo que sentía—. Pedro… no puedes seguir haciendo esto. Tócame o si no déjame en paz. Tengo que centrarme en lo esencial si quiero sobrevivir a esta experiencia. Tenías razón al reírte de mis alardes como escaladora.



Los Caps de hoy se los dedico a Sil @SilvinaAraceliR,  Felíz Cumple y espero que te gusten los caps.

Una Pasión Prohibida: Capítulo 38

—Me vendrá bien un té fuerte. Hablar de la higiene de las mujeres me ha hecho entrar en calor.

—Y que lo digas —dijo Pedro recordando su primer encuentro con Paula—. Pero recuerda que ella es la dueña de la chequera y tienes que tratarla con respeto.

—Puedes estar seguro. Veo que es una mujer independiente y ésas siempre me asustan. ¿Te has dado cuenta de que es más alta que yo?

Pedro asintió. Paula sólo medía un metro ochenta y siempre se estaba comparando con los demás.

—Me he dado cuenta, pero no hay duda de que es una mujer.

Uno de los rasgos más bonitos de Lucas era su amplia sonrisa. Partía en dos su rostro con una banda de dientes blanquísimos que resaltaban sobre la piel oscura.

—Ya me he dado cuenta, y eso también me asusta. Apuesto a que es una tigresa en la cama.

Pedro no podía culpar al hombre pero si se mostraba nervioso ante una conversación tan típicamente masculina podría levantar sospechas. Así que optó por decir:

—Me temo que eso nunca lo sabremos.


Paula se quedó muy sorprendida de lo rápidamente que se había acostumbrado a madrugar tres horas más de lo habitual. También Pedro estaba sorprendido, cuando la vio fuera de la tienda antes que Lucas y él, terminándose la barra de proteínas y la taza de té del desayuno.

Era de noche aún en el Himalaya, los frontales de la gente estaban encendidos, de forma que todos parecían Cíclope y su brillante ojo.

—Muy bien, señorita Chaves. Nos ha ganado esta mañana —dijo Pedro felicitándola en voz alta aunque cuando pasó a su lado susurró—: ¿Impresionando al nuevo?

Paula se quedó pensando a qué se referiría con aquello. No podía creer que Pedro estuviera celoso de Lucas. Para ella no había comparación posible.

—¿Por qué no empiezan a llamarme Paula? Dentro de poco seremos como trillizos unidos por el mismo cordón umbilical, y si hay un accidente, no me gustaría que perdierais el tiempo gritando «cuidado, señorita Chaves», cuando es mucho más rápido decir «cuidado, Paula».

—Paula entonces. Y tú puedes llamarme Pedro—dijo éste.

Paula esperaba que Pedro estuviera aplaudiendo en silencio por haberse colado sigilosamente por uno de los eslabones de la cadena de formalidad que había estado usando para mantener las distancias.

Cada vez que la llamaba «señorita» apretaba los dientes. ¿No era suficiente que tuviera que estar sola en la tienda, echando terriblemente de menos la compañía que habían compartido en el refugio? Echaba de menos oírlo hablar de las montañas que había escalado y de las aventuras que había vivido en compañía de Delfina y Fernando. Historias que la ayudaban a quedarse dormida.

Ahora, lo único que escuchaba eran los ruidos de los porteadores moviéndose fuera y el murmullo de Pedro mientras hablaba con Lucas en la otra tienda.

Lo echaba de menos.

Y no le gustaba dormir sola mientras su cabeza no dejaba de dar vueltas. No había tenido noticias de Mac aún, pero las cosas no eran fáciles. Tal vez cuando llegaran al campamento dos mientras se quedaban aclimatándose un par de días antes de avanzar hasta el siguiente. El plan era subir y bajar entre los campamentos hasta que se acostumbraran a la altitud. Cuando lo lograran, Pedro dijo que establecería un segundo campamento base en la cima del West Cwm. Y volverían a hacer lo mismo.

Pedro no había dicho que fuera fácil y ella se estaba dando cuenta de que nada que mereciera la pena era un paseo de rosas. La condición humana se crecía ante los retos.

Ang Nuwa había salido delante de ellos con un grupo de porteadores y los otros lo seguirían porque ellos no tenían problemas de aclimatación con la delgada capa de aire.

Pedro ocupó el puesto del líder mientras que ella iba a continuación, después Lucas y, finalmente, Rei. El suelo que pisaban era todavía de roca pero para cuando el sol saliera, estarían ya cerca de la traicionera Cascada Khumbu.

Allí comprobaría si le había servido de algo el entrenamiento.

—Pedro, has subido al Everest varias veces —dijo Paula—. ¿Has visto alguna vez uno de los famosos yetis?

—Lucas ha oído hablar de esas historias. Deja que te lo cuente él cuando lleguemos al campamento. Hasta entonces, reserva las fuerzas para subir. Las necesitarás.

Eso por distraerse. Tras ella, Lucas maldecía al levantar una piedra con la bota, lo que le recordó a Paula que tenía que prestar atención.

El vello de la nuca se le erizó. Se cerró bien la capucha pero no sirvió de nada. Tal vez se debiera a que aquel extraño iba detrás de ella. A pesar de lo que habían hablado la noche anterior, no sabía nada de él.

Sus facciones delgadas y bronceadas y el pelo oscuro lo describirían automáticamente como el tipo que lleva el sombrero negro en las películas del oeste.

Por delante, las luces de los demás equipos ya no parecían luces amarillas en medio de la oscuridad. La mañana había amanecido de un gris pálido teñido de rosa en la cumbre de la montaña por donde el sol se levantaba en el Tibet, lo que facilitaba la visión de lo que se le venía encima.

Sintió un nudo en el estómago por la excitación al pensar que podría estar a punto de conseguir su objetivo. Ella siempre jugaba a ganar.

Lo único que tenía que hacer era recordar que aquello no era más difícil que la primera vez que había tenido que saltar un seto con su caballo. Lo que había al otro lado era igualmente desconocido pero tenía que superarlo y eso haría.

Lo malo era no poder evitar escuchar la vocecilla que le decía: «¿Y qué pasará si no lo consigues?».

Era un consuelo saber que, si no lo conseguía, al menos Mac podría poner freno a la carrera del primo Pablo.

Una Pasión Prohibida: Capítulo 37

Se levantó del taburete plegable donde estaba sentada con las piernas cruzadas y oyó que Pedro la llamaba.

—Paula, señorita Chaves. ¿Está visible? Tenemos visita.

¿Visita? Escuchó el rumor de voces fuera de la tienda, una de ellas con acento sudafricano, y se estremeció al pensar que se trataba de Mario Serfontien. Después de su conversación con Mac no estaba de humor para las bromas punzantes de Mario.

—Paula, éste es Lucas Nichols. Te he hablado de él.

Lucas era la antítesis de Serfontien. De complexión normal pero fibroso, con el pelo oscuro y la piel olivácea. Sus ojos azules eran lo que más llamaba la atención. Le extendió la mano.

—Mi más sentido pésame por la pérdida, señorita Chaves. Fernando y Delfina eran buenas personas.

Su acento no era tan fuerte como el de Serfontien.

—Gracias. Siento decir que no conocía a Fernando muy bien. Vivo en París la mayor parte del tiempo —dijo a modo de excusa.

—Me sentí terriblemente mal por no estar arriba cuando ocurrió. Uno empieza a pensar que, de haber estado, podría haber hecho algo para evitar la tragedia. Me siento un poco ridículo al admitir que fue indisposición gástrica lo que me hizo quedarme en el campamento.

—¿Y qué lo trae por aquí, Lucas? Creí entender que Pedro dijo que se había marchado.

Los ojos azules de Lucas la observaron con acritud durante unos segundos aunque su respuesta fue amable.

—Sólo he venido a Katmandú. Cuando regresé a Namche Bazaar, fui a buscar a Kora, la hermana de Rei, en el mercado. Ella me dijo que Pedro había vuelto a la montaña y por eso he vuelto.

Paula miró a Lucas y a Pedro alternativamente antes de volver a hablar.

—¿Y?

—Y Lucas ha venido a unirse a nosotros —interrumpió Pedro—. Nos vendrá bien otro par de manos expertas.

Paula inspiró profundamente.

—Oh, vaya —se limitó a decir cuando en realidad lo que pensaba era «oh, veo que no me has preguntado si me importaba que hubiera un extraño, entre nosotros».

Si hubiera llegado unos minutos antes podría haberle pedido a Mac que buscara información sobre él. Tal vez lo hiciera por su cuenta. Le había dicho que un tal Nichols había formado parte de la expedición cuando ocurrió el accidente, pero nosabía que fuera sudafricano. De hecho, había dado por hecho que era inglés por el nombre.

—Me gustaría terminar lo que empecé —se explicó Lucas.

«¿Y qué fue lo que empezó?».

Se maldijo por empezar a ver sombras en todas partes y espías ocultos bajo todas las personas después de su conversación con Mac. Intentó sonsacar desde otro punto.

—Pensé que habría preferido formar equipo con su compatriota, Mario Serfontien.

—Quise hacerlo la última vez pero me dijo que no tenía sitio para otro escalador y, por suerte para mí, me encontré con Pedro. Él me dijo que tenía espacio en su tienda y los Martínez no pusieron ninguna pega.

—Bien, si mi hermana no lo hizo, ¿por qué habría de hacerlo yo?

Acababa de darse cuenta de la intención de Pedro. Pensaba que si compartía la tienda con alguien, no se vería tentada de colarse y meterse en su saco de dormir.

Como si fuera a hacer algo así.

Aunque, pensándolo mejor, tal vez debería. Había estado demasiado cansada hasta el momento para pensar en ello. Le devolvió el teléfono.

—Estoy segura de que el señor Alfonso tiene muchas cosas que contarle y no me necesitarán.

No le diría a Pedro nada del helicóptero hasta que estuviera segura de que era viable.

—Y como tengo tiempo libre, voy a calentar agua para ocuparme de mi higiene personal —añadió.

Dejaría a Pedro Alfonso pensando en ello mientras ponía al día a su visitante.

Mientras indicaba a Lucas dónde podía dejar sus cosas, Pedro no paraba de pensar que aquella mujer sabía cómo irritar a alguien.

—Pensé que ya habrías tirado esa cosa —dijo Pedro refiriéndose a la vieja taza que Lucas sacó de la mochila.

—Supongo que está fea, pero ya sabes, es mi favorita. El té sabe mejor en ella — contestó Lucas tirándola al aire y recogiéndola en el vuelo.

—Debe de ser por la capa de mugre del interior, pero ya que la tienes a mano, veamos si la dama nos deja un poco de agua para tomar un té mientras hablamos.

Paula se había mostrado disgustada, pero Pedro se alegraba de tener a Lucas. Haría disminuir un poco la tensión de estar a solas con Paula, si es que se podía decir que estar acompañado de dos sherpas y una docena de porteadores era estar asolas. Pero cuando pensaba en ello, llegaba a la conclusión de que no había bajado la guardia hasta que los dejaron solos en el refugio.

Una Pasión Prohibida: Capítulo 36

José  McBride levantó la vista del ordenador y respondió a la insistente llamada del teléfono.

—McBride.

—Mac, ¿eres tú? —dijo una voz con un eco lejano—. Soy Paula Chaves. No sabía tu nueva extensión y parece que haya pasado por media docena de operadoras. ¿Estás en París?

—Hola, Paula. No te preocupes por mí. ¿Has vuelto ya? Te esperábamos hace una semana. Juan está aquí y empezaba a ponerse nervioso al no tener noticias tuyas —Mac inclinó la silla ligeramente y miró por encima del hombro. La silueta de Juan Hernández se recortaba en la luz blanquecina que despedía la docena de ordenadores que lo rodeaban. El Centro de Inteligencia para la Seguridad Internacional era su creación. Tenían oficinas y agentes en todo el mundo y estaban abriendo más. Los agentes provenían de países que habían creado una alianza para luchar contra el terrorismo, dentro y fuera de sus fronteras.

—No. Estoy a medio camino del Everest. Y en caso de que me ocurra algo…

—¿Qué quieres decir con que en caso de que te ocurra algo? —Mac hablaba en voz baja pero su tono se mostraba ansioso—. ¿Estás metida en un lío?

—Tal vez. No lo sé. Déjame contarte el motivo por el que voy a subir a esa montaña —dijo Paula y, a continuación, le contó los pormenores de la carta, Magui y las extrañas circunstancias de su muerte. Ya estaba enterado de la muerte de su hermana y su cuñado. Lo de su primo Pablo fue lo que le llamó la atención.

—Maldita sea, Paula. ¿Por qué no me dijiste esto antes de marcharte?

—Pensé que podría solucionarlo. Ya me conoces…

—Sí, te conozco. Nunca pides ayuda a menos que te veas obligada —dijo él mirando de nuevo por encima del hombro. Juan se acercaba a él atraído sin duda por la tensión que despedía mientras hablaba con ella. A aquel hombre pocas cosas se le pasaban por alto. Por eso era el mejor en su trabajo.

—En el vuelo a Katmandú —empezó a explicar Paula—, comencé a pensar que las muertes no habían sido un accidente.

Juan pasó junto a él y le gesticuló con la boca «mantén la llamada» mientras Paula continuaba hablando.

—Estoy segura de que puedo confiar en Pedro Alfonso, el guía que subió con ellos, pero no creía que fuera una buena idea mencionar lo de la llave.

—Has hecho lo correcto. Es mejor que no le cuentes eso a nadie. Está claro que te has dado cuenta de lo que eso significa y por eso estás allí —Mac hizo una señal a Juan para que levantara el otro teléfono que le indicaba—. Alimentos Chaves tiene plantas de fabricación en casi todo el país. Si se hunde, estaremos hablando de un desastre.

—Te daré toda la información sobre lo que contiene la caja fuerte por si me ocurriera algo, para que te ocupes tú.

—Juan está escuchando. ¿Tienes tiempo para contárselo todo de nuevo?

Cuando terminó, Juan dijo:

—¿Sabes, Paula? Podíamos habernos ocupado de esto sin necesidad de que subieras al Everest. Ni siquiera tenías que haber ido hasta Nepal.

—Sabía que dirías eso. Tal vez por eso no te llamé antes. Pero mi hermana y yo dejamos muchos asuntos pendientes entre las dos y tenía que ocuparme de ellos. Ésta será la única oportunidad que tenga de hacerlo.

—De acuerdo, no curiosearemos pero, como dijo tu hermana, vigila tu espalda. Yo tampoco creo en las coincidencias y el escenario es una prueba. Te paso con Mac. Dile lo que necesitas y cuándo lo necesitas.

—Puedo pagarlo.

—Ya sé que puedes, Paula, pero eres uno de los nuestros y creo que lo que estás haciendo se puede clasificar como emergencia nacional. Cuéntale a Mac el resto y que se ocupe de todo.

—De acuerdo, Mac. Necesito información sobre helicópteros. Ví algunos en el aeropuerto de Shyangboche cuando llegué. No estoy segura de lo alto que pueden volar. Sé que traen provisiones al campamento base en el que estoy ahora, a cinco mil quinientos metros, pero no sé si la capa de aire será demasiado fina para que pueda subir mil metros más. Eso es más o menos lo que hay que subir para llegar hasta los cuerpos. Cuando lleguemos, no quiero volver y tener que dejar a mi hermana y a su marido en la montaña, y el terreno es bastante difícil. Hay muchas grietas.

—Paula, siempre supe que tenías agallas. No te preocupes. Haré las averiguaciones y te conseguiré un helicóptero. Sé que los franceses construyen el Alouette III, que se utiliza en los Alpes. Pero si hasta creo que la agencia tiene uno de ésos. Si es así, me aseguraré de que haya uno esperando en Shyangboche. Me pondré en contacto contigo cuando tenga noticias, y recuerda que estoy contigo. Si hay algún cambio, por pequeño que sea, llámame.

Cuando la comunicación se cortó, Mac se giró hacia Juan.

—¿Qué opinas?

—Creo que nuestra Paula está en más problemas de los que piensa. El dinero y el poder son la raíz de los problemas de la humanidad y nuestro trabajo es resolverlos. Así es que manos a la obra, Mac.

Mac sintió la terrible necesidad de decir «como usted diga, señor» pero ésa era la forma en que siempre lo afectaban las órdenes de Juan. Lo primero era lo primero. Tendría que comprobar los antecedentes de ese Pedro Alfonso para ver si era tan de fiar como Paula pensaba.


Paula  apretó el botón y cortó la comunicación con el lugar que se había convertido en su casa en los últimos años, París. Le habían pasado tantas cosas desde que llegara a Namche Bazaar que le parecía otro mundo, uno que estaba a mucha distancia.

Una Pasión Prohibida: Capítulo 35

Pedro tenía la terrible sensación de un déjà vu. No hacía mucho tiempo, había estado sentado alrededor de un fuego parecido, planeando la ruta que seguiría en compañía de los Martínez, Lucas  Nichols, Rei y Ang Nuwa.

Contó las cabezas:  Paula, Rei y su primo. Las posibilidades no eran muchas contando sólo consigo mismo, dos sherpas y una absoluta principiante. No era una combinación que inspirara demasiada confianza. Apretó los dientes pero eso no evitó que la preocupación se instalara en aquel escenario.

No dejaba de preguntarse qué ocurriría si su suerte no era mejor esta vez. Parpadeó muy rápidamente en un intento por ahuyentar el pensamiento. Era difícil tener una actitud positiva y no podía evitar los repentinos ataques de preocupación. Lo peor era que no podía confesar sus preocupaciones a los demás.

—Bien, hablemos de seguridad. Nos mantendremos en cordada la mayoría del tiempo y utilizaremos ascendedores allí donde haya cuerdas fijas. En otras palabras, no correremos riesgos —dijo haciendo un gesto de asentimiento a Rei y Nuwa—. Sí, me refiero a todos.

—Lo que digas, jefe.

—Cuenta con nosotros, Pedro—sonrió Nuwa—. No correremos riesgos con la bella dama.

—Eh, chicos. Estoy aquí. Pueden  hablar conmigo, no de mí —dijo Paula suavizando la petición con una sonrisa. Se llevaba bien con los sherpas.

—No correremos riesgos. Punto. Y que les  quede bien claro: bajaremos de allí todos juntos, más los dos cuerpos. Nuestro mayor problema será cómo llevar los cuerpos de los Martínez hasta el campamento cuatro. La ruta de la cara sudeste no es lugar para porteadores —dijo Pedro asintiendo al grupo de hombres que lo escuchaban sentados alrededor del fuego—. Lo más probable es que los cuerpos sigan en el mismo sitio, en el regazo de la diosa madre.

No había discutido ese aspecto del trato con Paula pero esperaba que estuviera de acuerdo. La miró antes de empezar y cuando la explicación empezó a tomar forma se dió cuenta de que no sería así.

—Martínez y su esposa eran gente importante en América. Estamos hablando de mucho dinero pero los abogados no llegarán a ningún acuerdo si no encontramos los cuerpos. Quieren pruebas.

A Pedro no le gustaba tener que usar unas connotaciones tan mercenarias a la insistencia de Paula de que tenía que estar presente cuando recuperaran los cuerpos. De pronto, un frío helador lo invadió. Había visto a Paula engañar a Mario Serfontien. ¿Sería mejor actriz de lo que imaginaba? ¿Estaría siendo manipulado por una profesional, seducido para ayudarla? No le había hecho falta pensar mucho cuando le dijo que no sabía quién saldría más beneficiado con las muertes, como si no le importara.

Se maldijo por la dirección que estaban tomando sus pensamientos. Además, había tenido la última palabra al decir que su relación no iba a ninguna parte.

Todavía podía haberse puesto más en ridículo teniendo en cuenta lo que sentía por ella.

«Mira antes de saltar». Y él había saltado y metido las botas hasta el cuello. Cuando los planes de Martí se fueron al garete, su abuela solía decir: «El dinero llama al dinero, hijo. Tú no tienes más que un buen cerebro y una buena nariz para el buen vino. No estaba destinado a ocurrir».

Lo único que tenía Pedro era un cobertizo derruido y el deseo de hacerlo funcionar.

Tenía que recordarlo. Pero daría la mitad de lo que tenía por saber por qué Paula estaba tan decidida a arriesgar su vida para recuperar el cuerpo de su hermana cuando tenía suficiente dinero para pagar a otros, alguien como él, para que lo hiciera.

Cuando terminaron la cena, Paula volvió a la tienda en la que había dormido sola la noche anterior. Después de compartir el refugio con Pedro, un hombre que ocupaba bastante espacio, sentía que le sobraba sitio. Por fin, le había pedido el teléfono por satélite y podía utilizarlo en privado. Lo único que tenía que hacer era explicar por qué iba a tardar un mes más en regresar.

Desde que llegaran al campamento base, en la falda de la alta cima del Everest, su experiencia en el Ama Dablam resultaba insignificante.

¿Qué pasaría si, al igual que Delfina y Fernando, ella tampoco lograba regresar? Delfina lo había arreglado para que el primo Pablo recibiera su castigo por las trampas cometidas al contárselo todo. Ahora ella tenía que hacer lo mismo.

Sólo había un hombre en quien confiar. Mac. Los que lo conocían pensaban que era funcionario de la embajada. Menos de seis personas sabían que en realidad era uno de los agentes especiales de la agencia y no les estaba permitido contárselo a nadie. Pero ninguno se atrevería. El castigo sería muy severo.

Esperó a que fuera hora de llamar teniendo en cuenta la diferencia horaria, tal vez un poco pronto para asegurarse de que Mac estuviera todavía en el despacho. Vivía por y para la agencia. Probablemente no aprobara el plan de Chelsea pero ésta necesitaba confiárselo a alguien. Aunque ella no fuera agente de campo conocía todos los secretos porque los traducía al inglés y después lo pasaba a un código secreto para hacérselo llegar a Juan Hernández en Washington, D. C.

La operadora tardó un poco en pasarla con él. Su extensión cambiaba cada pocas semanas y no sabía cuál era la nueva. Acordarse de apuntar el número de Mac no había sido una de sus prioridades cuando preparaba una bolsa y salía para Bangkok.