—A mí me parece que es la solución más fácil.
—En ese caso es que no eres capaz de entender nada.
Ella no quería que pelearan. Pensaba que Pedro se entristecería al saber que se iba. No había imaginado que pudiera enfadarse.
Pedro se acercó a la ventana y clavó en ella la mirada. Al cabo de unos segundos se volvió hacia Paula.
—¿Y nosotros?
—No sé cómo puede funcionar lo nuestro —admitió Paula—. El precio a pagar es muy alto. Incluso en el caso de que dejes la campaña.
—Entonces, somos víctimas de esta guerra. ¿Todo tiene que terminar entre nosotros?
No, gritó Paula en silencio. No quería que su relación terminara.
—Me importas mucho.
—Oh, me estás haciendo sentirme muy especial.
—No —le pidió Paula, y se reclinó en el sofá—. No te pongas frío y sarcástico.
—¿Y cómo debo ponerme? Yo pensaba que te importaba. Pensaba que nuestra relación era importante para tí. Pensaba que eras la única con la que se suponía que tenía que estar —caminó hacia ella—. Tú no eres la única que tiene un pasado sentimental terrible. Primero me enamoré de una mujer que me mintió y me engañó y después me he enamorado de una mujer que no es lo suficientemente fuerte como para luchar por lo que de verdad importa.
¿Enamorarse? Entonces… Paula alzó la mirada hacia él.
—¿Pedro?
—¿Vas a ir a contarle a Luisa que te vas o prefieres que se lo diga yo? Ella cree que son amigas, así que esta noticia no le va a hacer ninguna gracia. Pero Luisa siempre ha sabido enfrentarse a sus propios sentimientos. Esa chica tiene el corazón de una leona. Es algo que admiro en ella. Pensaba que era algo que teníais en común, pero por lo visto, estaba equivocado.
A Paula se le llenaron los ojos de lágrimas. No podía ver con claridad. Pestañeó varias veces y, cuando por fin pudo ver otra vez, se dió cuenta de que Pedro se había marchado.
Así, sin más. Había oído lo que tenía que decirle y se había marchado.
Paula escondió el rostro entre las manos y se entregó a las lágrimas. No quería marcharse. Pensar en abandonarlo todo le estaba matando. No quería marcharse, pero no veía otra solución a sus problemas.
—¡Carmen! No esperaba verte hoy —Miguel se levantó y rodeó su escritorio—. ¿Ha ocurrido algo? ¿Luisa ha…?
—No, Luisa está bien —contestó Carmen mientras su marido le daba un beso en la mejilla.
Siempre parecía alegrarse de verla; otro motivo más para quererle.
Miguel le rodeó la cintura con los brazos.
—Últimamente he estado muy ocupado —le dijo Miguel mientras le acariciaba la espalda—. Entre el tiempo que paso en las oficinas y los viajes a Washington casi no te veo. Te he echado mucho de menos.
Las caricias de Miguel bastaron para activar todas sus terminales nerviosas.
—Yo también te he echado de menos —respondió Carmen—. Pero sabíamos que esto sería así si decidías optar a la presidencia.
—Es el precio de la gloria.
Miguel se inclinó para volver a besarla. Fue un beso tierno, pero tan cargado de sensualidad que Carmen estuvo a punto de derretirse. Sólo Miguel, pensó, era capaz de provocarle esa sensación. Siempre Miguel. Lo amaba más de lo que parecía posible. Tanto que hasta se sentía en secreto culpable por quererle más que a sus hijos. Pero eso no le impedía reconocer sus defectos.
Tomó aire y se apartó de él.
—Tenemos que hablar.
Miguel posó la mano en su trasero y presionó suavemente.
—¿Podemos hacerlo desnudos?
Carmen se echó a reír.
—Podría entrar cualquiera de tus colaboradores, ¿de verdad te apetece que te vean haciendo el amor con tu esposa?
—¿Por qué no? —preguntó Miguel. Se enderezó mientras hablaba, tomó la mano de Carmen y la posó sobre su erección—. ¿Qué le digo entonces a este tipo?
—Que le veré esta noche.
—Me parece una respuesta justa —la condujo hasta el sofá que había al lado de la pared—. ¿De qué quieres que hablemos entonces?
Carmen clavó la mirada en el hombre al que amaba, fijándose atentamente en todos aquellos rasgos tan familiares. Todavía recordaba la primera vez que le había visto. Su rostro le había llamado la atención en una habitación abarrotada de gente e inmediatamente había sabido que nada volvería a ser igual.
—¿Qué habría pasado si Alejandra no hubiera decidido poner punto y final a su relación? —preguntó de pronto, iniciando una conversación que no era cómoda para ninguno de los dos—. Si hubieras seguido con ella cuando fui a buscarte, ¿la habrías dejado por mí? Porque habrías tenido que tomar una decisión.
Pensaba que Miguel podía enfadarse por aquella pregunta, pero lo que hizo su marido fue acercarse a ella y acariciarle la cabeza.
—No nos hagas esto —dijo con voz queda—. No hay respuesta, Carmen. Ya lo sabes. Es una situación que no se dió y lo que pueda decir ahora no tiene ningún valor. Siempre creerás lo que quieras creer.
Tenía razón, por supuesto. Miguel la conocía mejor que nadie.
—Ella te dió algo que yo nunca he podido darte.
—Estás hablando de un hijo. Tú me has dado muchos hijos. Ocho exactamente. Pero, aunque pueda parecerte un egoísta, lo más importante para mí es que me has permitido ser yo. Yo soy el hombre que soy gracias a tí. Es posible que eso no signifique mucho para nadie, pero sé que soy mejor persona gracias a haberte amado durante todos estos años. Tú eres lo mejor de mí, Carmen, siempre lo has sido. Me ves cegada por el amor y vivo intentando estar a la altura de tus expectativas.
Aquellas palabras le llegaron hasta lo más hondo de su corazón. Se sentía de pronto expuesta e inmensamente agradecida.
—¿De verdad?
—Sí. Nunca se puede elegir de verdad. La vida ha ido transcurriendo día a día y ahora mira lo que tengo. ¿Habría elegido a Alejandra? No lo sé, desde luego, no puedo arrepentirme de haber tenido a Paula, pero jamás la cambiaría por ninguno de nuestros hijos. ¿A quién tendría que renunciar? ¿A Mar? ¿A Pedro? ¿A Gastón? ¿Qué sonrisa tendría que dejar de ver? ¿La de Luisa? ¿La de Ambar? Ellos también son mis hijos. No puedo vivir sin ninguno de ellos. Ni sin tí. Tú siempre has sido lo más profundo de mí, Carmen. Y te amo.
Miguel siempre había sido muy hábil con las palabras, pero en aquella ocasión, Carmen le creyó. Creyó lo que le estaba diciendo. Sus palabras fueron un bálsamo para ella, sanaron sus heridas y le dieron la certeza de que no se había equivocado al amar a Miguel.
—Tú eres la luz de mi vida. Sin ti estaría perdido —le confesó Miguel, y la besó.
Carmen le devolvió el beso, poniendo en sus labios toda la pasión que le embargaba en aquel momento.
Miguel se echó a reír.
—Eh, ahora me estás causando problemas a propósito.
—Quizá tengas razón —le acarició la cara—. Pero es porque creo que dentro de muy poco vas a estar muy enfadado conmigo.
—¿Por qué?
—Por lo que voy a decirte. Por lo que estoy a punto de pedirte.
Miguel cambió inmediatamente de humor.
—Tú nunca me has pedido nada.
—Lo sé —y era algo de lo que se enorgullecía. Sabía que era absurdo, pero no podía evitarlo. Tomó aire—. Pedro quiere dejar la campaña. No tiene madera de político. No quiere desilusionarte, pero ya no puede continuar a tu lado.
Miguel se echó hacia atrás y soltó una maldición.
—Le necesito. Es muy bueno en su trabajo.
—Paula quiere irse de Seattle. Se siente responsable de lo que le pasó a Luisa y de la bajada que has sufrido en las encuestas. Lo único que ella quería era encontrar a su familia y ahora cree que nos ha destrozado la vida y que la mejor manera de arreglar las cosas es marchándose.
Miguel la miró con expresión interrogante.
—¿Y tú qué crees?
Carmen le tomó las manos.
—Creo que eres el único hombre al que he querido y al que querré. Que por tí haría cualquier cosa. Estaría dispuesta a morir por ti, Miguel, lo sabes. Pero creo que ya no puedes continuar con esto. El precio a pagar está siendo demasiado alto. Ya es hora de que renuncies a tu sueño.
Miguel palideció. Pareció encogerse, sobrecogido por una inesperada decepción. A Carmen le dolía casi físicamente haber pronunciado aquellas palabras y habría dado cualquier cosa por dar marcha atrás, pero no podía. Había otras muchas vidas en juego. Podía estar dispuesta a morir por su marido, pero no a hacer sufrir a aquéllos que amaba.
Se preparó para una discusión, para la furia y la dureza de las inminentes acusaciones de Miguel. Sabía lo mucho que deseaba dejar su huella en el mundo. Pero, sorprendido por la firmeza de su esposa, Miguel le apretó la mano y susurró:
—Si eso es lo que quieres…
—¿Qué?
Miguel sonrió.
—Confío en tí, Carmen. Siempre he confiado en tí. No me pedirías una cosa así por simple capricho. Sabes lo que esto significa para mí y a lo que tendré que renunciar. Pero soy consciente de que hay cosas más importantes. Tendré que escribir un comunicado y hacer una aparición ante la prensa. Haré la típica declaración de que quiero pasar más tiempo con mi familia. Curiosamente, esta vez será verdad.
¿En serio? ¿No pensaba oponerse?
—¿Así, sin más?
Miguel la besó.
—Sí, así sin más. Carmen, te quiero. Algún día tendrás que empezar a creértelo.
Carmen tomó aire y corrió a sus brazos. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Gracias.
—No, no me des las gracias. Has sido una mujer maravillosa. Yo apenas he tenido que hacer nada para que nuestra relación funcionara —le acarició lentamente la espalda—. ¿Y si te dijera que la puerta de mi despacho tiene cerrojo?
Carmen siempre había llevado un gran peso por dentro, la pesada carga de ser la única enamorada de su relación. Pero, por primera vez después de tantos años, aquel peso había desaparecido. Se sentía ligera, felíz, llena de posibilidades.
—Te diría que echaras el cerrojo y comenzaras a desnudarte.
lunes, 5 de octubre de 2015
Tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 87
Se levantó y se metió en el cuarto de baño. Se quitó cuidadosamente el maquillaje que se había puesto para el almuerzo. El color oscuro del ojo contrastaba con la palidez de su piel. Parecía perdida, dolida, que era exactamente como se sentía.
Odiaba todo aquello. Odiaba sentirse desgarrada por dentro. Odiaba la sensación de que no hubiera ninguna solución para su problema. Odiaba sentirse controlada por las circunstancias y por la vida de los demás.
Lo único que ella pretendía era encontrar un lugar al que pertenecer, encontrar a su verdadera familia. Y la había encontrado, sí, pero desde entonces, su vida se había convertido en un desastre. Un desastre que debía comenzar a arreglar cuanto antes.
Bajó al vestíbulo a esperar a Pedro. No quería pensar siquiera en que estaba a punto de decirle que se marchaba. Todo le resultaba demasiado triste. Así que, intentando no pensar en ello, se dedicó a pasear por las habitaciones vacías, maravillándose de que Gloria no estuviera allí. Estaba fuera, con sus amigos. Amigos que había hecho en el centro de día del barrio.
La imagen de su abuela haciendo manualidades con otras ancianas le hizo sonreír, pero era una realidad. Bueno, a lo mejor no se dedicaba exactamente a hacer manualidades, pero salía y conocía gente. Lo de comenzar a ir al centro de día había sido idea de Malena y Gloria le había hecho caso.
Paula entró en el salón y fijó la mirada en las vistas de la ciudad. Malena había sido una influencia maravillosa tanto para su abuela como para Federico. Había unido a la familia. Clara había sanado el corazón de Agustín y le había dado un motivo por el que vivir. Y Matías siempre había estado enamorado de Sofía, aunque durante mucho tiempo hubiera sido demasiado cabezota como para reconocerlo.
Llamaron a la puerta. Paula corrió a abrir a Pedro. Mientras cruzaba el vestíbulo, recreó su imagen. Sus hombros fuertes, la forma de su mandíbula, aquella boca capaz de convertirle en un charquito de deseo.
Estaba enamorada de él. Después de haber tropezado con tantas ranas, por fin había encontrado un príncipe. Un príncipe al que estaba a punto de abandonar.
—Hola —la saludó Pedro, se agachó y le dió un beso en la boca.
Paula se inclinó para devolverle el beso, dejando que su cuerpo le dijera lo que ella no era capaz de decirle: que le amaba, que siempre le amaría, por lejos que tuviera que marcharse, que nunca le olvidaría.
—Hola —susurró Paula mientras Pedro se enderezaba.
—He elegido un sitio muy especial para ir a cenar —le dijo Pedro—. Luces tenues… muy romántico. Probablemente tendrás que prepararte. A mí, por lo menos, me basta estar contigo para que me tiemblen las piernas.
Paula sonrió; sonrió porque Pedro era divertido, encantador y tenía siempre las palabras adecuadas para cada ocasión.
—Pues pareces estar llevando muy bien la situación
—Lo sé —le enmarcó el rostro entre las manos y le acarició el moratón—. Cada vez que te veo el ojo me entran ganas de darle una paliza a esos tres chicos.
—Pero no lo harás.
Pedro vaciló un instante, el tiempo suficiente para hacerle saber que la respuesta que iba a darle no era la primera opción.
—No, no lo haré —miró el reloj—. ¿Ya estás lista?
Paula le dió la mano y le condujo al salón. Le invitó a sentarse en el sofá y se volvió después hacia él.
—En realidad no tengo hambre —le dijo—. He pensado que podríamos saltarnos la cena. Hay un par de cosas que necesito…
—No podemos saltarnos la cena —contestó Pedro con una expresión que Paula no fue capaz de descifrar—. La cena es importante. He hablado con el chef. El postre va a ser algo muy especial, que seguro que no te querrás perder. Será magnífico.
—Pedro, estoy hablando en serio.
—Tenemos que ir a cenar, Paula.
—No puedo. Yo…
Pedro frunció el ceño.
—¿Te encuentras mal? ¿Tienes que volver al hospital?
—No, yo… Pedro, me voy.
—¿Qué?
—Me voy de Seattle. Ya he renunciado al trabajo que tenía en el Bella Roma y todavía no he empezado a trabajar en el Chave's, así que es el mejor momento. Necesito marcharme, buscar un lugar diferente. Vivir en una ciudad en la que nadie me reconozca. Quiero recuperar mi vida de antes, vivir en mi propia casa y no tener a la prensa persiguiéndome constantemente. Quiero dejar de hacer daño a la gente que quiero.
Pedro se levantó y bajó la mirada hacia ella.
—¿De qué demonios estás hablando? No puedes marcharte de Seattle.
—Tengo que irme. Es lo mejor.
—Pero eso es huir.
Paula estaba terriblemente decepcionada. Creía que Pedro lo comprendería. Aunque era gratificante verlo tan afectado. A lo mejor ella no era la única que se había enamorado…
—A veces una retirada a tiempo es lo mejor para todo el mundo —dijo mientras se levantaba ella también— . Por favor, no te enfades conmigo.
—¿Por qué demonios no voy a enfadarme? Ni siquiera lo has hablado conmigo. Me dices que te vas así, sin más. ¿Y qué va a pasar ahora? ¿De verdad estás dispuesta a marcharte?
Paula asintió lentamente. Después, tomó aire mientras sentía cómo comenzaba a latirle la cabeza.
—Ahora ya están resueltos los problemas de todo el mundo. Carmen dejará de sufrir. Sé que le he hecho mucho daño y no sabes cuánto lo lamento. Luisa está a salvo. Y mi retirada será buena para la campaña.
Pedro la fulminó con la mirada.
—Al diablo con la campaña. ¿Crees que la prensa va a olvidarse de tí porque te vayas de la ciudad? Continuarán con toda esa historia. En cuanto a Luisa, ni siquiera sabes lo que podría haber pasado. Esos chicos hicieron algo terrible y serán castigados por ello, pero tú no tenías ningún control sobre lo que estaban haciendo, ni tenías ninguna manera de predecirlo —se acercó a ella—. Vas a rendirte. Jamás pensé que serías capaz de hacer algo así.
Muy bien. Paula llevaba demasiado tiempo mostrándose comprensiva. Había llegado el momento de decir algo.
—Estoy haciendo lo que considero lo mejor para todo el mundo.
—No estás dispuesta a luchar por lo que realmente quieres.
—No estoy dispuesta a hacer daño a la gente a la que quiero. Deberías sentirte agradecido. Tú quieres mucho a Carmen y sabes lo mucho que ha sufrido por culpa mía.
—Carmen es más fuerte de lo que crees. ¿Y qué me dices del padre que estabas tan desesperada por encontrar? ¿No piensas terminar lo que has empezado?
—Miguel no me necesita. Lo que él necesita es ser presidente. Te necesita a su lado, trabajando para alcanzar su objetivo. Lo último que le conviene es pelearse con la prensa por mi culpa.
Pedro tomó aire.
—Ya no voy a seguir en la campaña. Todavía no se lo he dicho a Miguel, pero me voy.
Paula le miró fijamente.
—No puedes. Miguel te necesita.
—Miguel tiene a su disposición personal muy preparado que puede hacerse cargo de la campaña. Ése no es mi mundo. Yo no quiero ser como él.
Evidentemente, Pedro todavía no le había dicho nada a su padre, porque, de otro modo, Paula se habría enterado ya. Y cuando la prensa lo supiera, la cosa se iba a poner muy fea.
—Un motivo más para marcharme —musitó—. Así la prensa se olvidará de nosotros.
—Y eso es lo único que importa, ¿verdad? —preguntó Pedro con amargura—. Me alegro de saber de qué lado estás. Has entrado en la lógica de la política de forma muy rápida. Realmente, eres digna hija de tu padre.
Aquella acusación tan injusta le dolió casi tanto como el golpe que le habían dado en la cabeza.
—Eso no es justo. ¿Crees que para mí es fácil? Quiero a la familia a la que acabo de conocer. No quiero dejarla y te aseguro que tampoco quiero abandonar a mi familia de siempre. Estoy tomando una decisión muy difícil, pero lo hago por el bien de todo el mundo.
Odiaba todo aquello. Odiaba sentirse desgarrada por dentro. Odiaba la sensación de que no hubiera ninguna solución para su problema. Odiaba sentirse controlada por las circunstancias y por la vida de los demás.
Lo único que ella pretendía era encontrar un lugar al que pertenecer, encontrar a su verdadera familia. Y la había encontrado, sí, pero desde entonces, su vida se había convertido en un desastre. Un desastre que debía comenzar a arreglar cuanto antes.
Bajó al vestíbulo a esperar a Pedro. No quería pensar siquiera en que estaba a punto de decirle que se marchaba. Todo le resultaba demasiado triste. Así que, intentando no pensar en ello, se dedicó a pasear por las habitaciones vacías, maravillándose de que Gloria no estuviera allí. Estaba fuera, con sus amigos. Amigos que había hecho en el centro de día del barrio.
La imagen de su abuela haciendo manualidades con otras ancianas le hizo sonreír, pero era una realidad. Bueno, a lo mejor no se dedicaba exactamente a hacer manualidades, pero salía y conocía gente. Lo de comenzar a ir al centro de día había sido idea de Malena y Gloria le había hecho caso.
Paula entró en el salón y fijó la mirada en las vistas de la ciudad. Malena había sido una influencia maravillosa tanto para su abuela como para Federico. Había unido a la familia. Clara había sanado el corazón de Agustín y le había dado un motivo por el que vivir. Y Matías siempre había estado enamorado de Sofía, aunque durante mucho tiempo hubiera sido demasiado cabezota como para reconocerlo.
Llamaron a la puerta. Paula corrió a abrir a Pedro. Mientras cruzaba el vestíbulo, recreó su imagen. Sus hombros fuertes, la forma de su mandíbula, aquella boca capaz de convertirle en un charquito de deseo.
Estaba enamorada de él. Después de haber tropezado con tantas ranas, por fin había encontrado un príncipe. Un príncipe al que estaba a punto de abandonar.
—Hola —la saludó Pedro, se agachó y le dió un beso en la boca.
Paula se inclinó para devolverle el beso, dejando que su cuerpo le dijera lo que ella no era capaz de decirle: que le amaba, que siempre le amaría, por lejos que tuviera que marcharse, que nunca le olvidaría.
—Hola —susurró Paula mientras Pedro se enderezaba.
—He elegido un sitio muy especial para ir a cenar —le dijo Pedro—. Luces tenues… muy romántico. Probablemente tendrás que prepararte. A mí, por lo menos, me basta estar contigo para que me tiemblen las piernas.
Paula sonrió; sonrió porque Pedro era divertido, encantador y tenía siempre las palabras adecuadas para cada ocasión.
—Pues pareces estar llevando muy bien la situación
—Lo sé —le enmarcó el rostro entre las manos y le acarició el moratón—. Cada vez que te veo el ojo me entran ganas de darle una paliza a esos tres chicos.
—Pero no lo harás.
Pedro vaciló un instante, el tiempo suficiente para hacerle saber que la respuesta que iba a darle no era la primera opción.
—No, no lo haré —miró el reloj—. ¿Ya estás lista?
Paula le dió la mano y le condujo al salón. Le invitó a sentarse en el sofá y se volvió después hacia él.
—En realidad no tengo hambre —le dijo—. He pensado que podríamos saltarnos la cena. Hay un par de cosas que necesito…
—No podemos saltarnos la cena —contestó Pedro con una expresión que Paula no fue capaz de descifrar—. La cena es importante. He hablado con el chef. El postre va a ser algo muy especial, que seguro que no te querrás perder. Será magnífico.
—Pedro, estoy hablando en serio.
—Tenemos que ir a cenar, Paula.
—No puedo. Yo…
Pedro frunció el ceño.
—¿Te encuentras mal? ¿Tienes que volver al hospital?
—No, yo… Pedro, me voy.
—¿Qué?
—Me voy de Seattle. Ya he renunciado al trabajo que tenía en el Bella Roma y todavía no he empezado a trabajar en el Chave's, así que es el mejor momento. Necesito marcharme, buscar un lugar diferente. Vivir en una ciudad en la que nadie me reconozca. Quiero recuperar mi vida de antes, vivir en mi propia casa y no tener a la prensa persiguiéndome constantemente. Quiero dejar de hacer daño a la gente que quiero.
Pedro se levantó y bajó la mirada hacia ella.
—¿De qué demonios estás hablando? No puedes marcharte de Seattle.
—Tengo que irme. Es lo mejor.
—Pero eso es huir.
Paula estaba terriblemente decepcionada. Creía que Pedro lo comprendería. Aunque era gratificante verlo tan afectado. A lo mejor ella no era la única que se había enamorado…
—A veces una retirada a tiempo es lo mejor para todo el mundo —dijo mientras se levantaba ella también— . Por favor, no te enfades conmigo.
—¿Por qué demonios no voy a enfadarme? Ni siquiera lo has hablado conmigo. Me dices que te vas así, sin más. ¿Y qué va a pasar ahora? ¿De verdad estás dispuesta a marcharte?
Paula asintió lentamente. Después, tomó aire mientras sentía cómo comenzaba a latirle la cabeza.
—Ahora ya están resueltos los problemas de todo el mundo. Carmen dejará de sufrir. Sé que le he hecho mucho daño y no sabes cuánto lo lamento. Luisa está a salvo. Y mi retirada será buena para la campaña.
Pedro la fulminó con la mirada.
—Al diablo con la campaña. ¿Crees que la prensa va a olvidarse de tí porque te vayas de la ciudad? Continuarán con toda esa historia. En cuanto a Luisa, ni siquiera sabes lo que podría haber pasado. Esos chicos hicieron algo terrible y serán castigados por ello, pero tú no tenías ningún control sobre lo que estaban haciendo, ni tenías ninguna manera de predecirlo —se acercó a ella—. Vas a rendirte. Jamás pensé que serías capaz de hacer algo así.
Muy bien. Paula llevaba demasiado tiempo mostrándose comprensiva. Había llegado el momento de decir algo.
—Estoy haciendo lo que considero lo mejor para todo el mundo.
—No estás dispuesta a luchar por lo que realmente quieres.
—No estoy dispuesta a hacer daño a la gente a la que quiero. Deberías sentirte agradecido. Tú quieres mucho a Carmen y sabes lo mucho que ha sufrido por culpa mía.
—Carmen es más fuerte de lo que crees. ¿Y qué me dices del padre que estabas tan desesperada por encontrar? ¿No piensas terminar lo que has empezado?
—Miguel no me necesita. Lo que él necesita es ser presidente. Te necesita a su lado, trabajando para alcanzar su objetivo. Lo último que le conviene es pelearse con la prensa por mi culpa.
Pedro tomó aire.
—Ya no voy a seguir en la campaña. Todavía no se lo he dicho a Miguel, pero me voy.
Paula le miró fijamente.
—No puedes. Miguel te necesita.
—Miguel tiene a su disposición personal muy preparado que puede hacerse cargo de la campaña. Ése no es mi mundo. Yo no quiero ser como él.
Evidentemente, Pedro todavía no le había dicho nada a su padre, porque, de otro modo, Paula se habría enterado ya. Y cuando la prensa lo supiera, la cosa se iba a poner muy fea.
—Un motivo más para marcharme —musitó—. Así la prensa se olvidará de nosotros.
—Y eso es lo único que importa, ¿verdad? —preguntó Pedro con amargura—. Me alegro de saber de qué lado estás. Has entrado en la lógica de la política de forma muy rápida. Realmente, eres digna hija de tu padre.
Aquella acusación tan injusta le dolió casi tanto como el golpe que le habían dado en la cabeza.
—Eso no es justo. ¿Crees que para mí es fácil? Quiero a la familia a la que acabo de conocer. No quiero dejarla y te aseguro que tampoco quiero abandonar a mi familia de siempre. Estoy tomando una decisión muy difícil, pero lo hago por el bien de todo el mundo.
sábado, 3 de octubre de 2015
Tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 86
—Paula, ¿qué te pasa? —le preguntó Carmen.
—Lo he estropeado todo —dijo Paula, intentando permanecer tranquila a pesar de la inquietud que bullía en su interior—. Esos chicos no habrían atacado a Luisa si no hubiera sido por mí. Me reconocieron y así fue como empezó todo.
—Ellos son los únicos culpables de lo que hicieron.
Pero la lógica no servía de nada en aquellas circunstancias.
—Podrían haberle hecho mucho daño a Luisa. Querían violarla, Carmen. Seguramente se metieron con nosotras porque me han reconocido. En el caso de que eso hubiera ocurrido, aunque yo no hubiera hecho nada, ¿cómo crees que me habría sentido?
—Pero no pasó nada, las dos estáis bien.
—¿Durante cuánto tiempo? —preguntó Paula—. ¿Y quién será el siguiente? ¿A quién más le destrozaré de una u otra forma la vida? ¿Y qué me dices de tí? ¿No odias todo lo que represento? ¿No te molesta lo que dice la gente?
—La gente siempre habla —respondió Carmen—, eso no podemos evitarlo.
—Siempre pareces tener respuesta para todo. Siempre sabes lo que tienes que hacer.
—No siempre. Hace muy poco hice algo horrible.
Paula pasó por alto la referencia a su conversación sobre Silvina.
—Eso no tuvo ninguna importancia. Me refiero a las cosas realmente importantes. Te presentas conmigo en público porque tienes que hacerlo. Sonríes y finges que no pasa nada cuando, en realidad, cada vez que me miras se te rompe el corazón.
Carmen sonrió.
—Paula, creo que te estás poniendo un poco dramática. No me estás rompiendo el corazón.
—Te han hecho mucho daño con todo lo que dicen, con todo lo que se especula sobre tí. No tiene que ser fácil.
—Paula, déjalo ya. Le estás dando demasiada importancia a lo que dicen los demás.
—No lo creo. ¿Sabes, Carmen? Necesito marcharme.
—Dentro de cinco minutos tienes que dar un discurso.
Aquello casi le hizo sonreír.
—No ahora. Lo que quiero decir es que tengo que irme de Seattle.
Carmen la miró fijamente.
—No puedes huir.
—Sí, si de esa forma resuelvo los problemas de todo el mundo.
—¿Y no crees que deberían ser los demás los que te dijeran si quieren o no que les ayudes a resolver sus problemas?
—Ninguno de ustedes va a pedirme que me marche. Sé que nunca lo harían—quizá Miguel fuera capaz de hacerlo, pero ¿qué sentido tenía decírselo?
Marcharse era la única solución posible, pensó Paula. Cuando ella se quitara de en medio, la vida volvería a la normalidad. Podía irse a una ciudad más grande, como Los Ángeles o quizá Nueva York. Allí había miles de restaurantes, así que no le costaría encontrar trabajo.
—Tú eres una luchadora por naturaleza —dijo Carmen con voz queda—. ¿Por qué vas a rendirte ahora?
—Porque creo que sería lo mejor para todo el mundo.
—¿Y para tí? ¿Tú que quieres para tí, Paula?
—Eso ahora no importa.
—¿Y Pedro?
Paula todavía no tenía una respuesta para eso.
—Pedro lo comprenderá.
Algo cambió entonces en la mirada de Carmen.
—No creo que lo comprenda en absoluto.
Paula no quería enfrentarse a nadie, no quería enfrentarse a las discusiones y las peleas que surgirían en cuanto anunciaran sus planes. Lo único que quería era desaparecer, alejarse de todo el mundo.
Excepto de Pedro, pensó con tristeza. Quería estar con él, abrazándole, acariciándole, hablando. Lo quería todo de él, y quería poder darle todo lo que ella era.
Miró el reloj y vió que sólo faltaban unos minutos para que llegara. Se suponía que iban a salir a cenar, a un lugar agradable, le había prometido Pedro.
Era una perspectiva que le gustaba, pensó. Una cena tranquila con el hombre al que amaba. Pasar la noche con él. ¿Pero con qué finalidad? Cuanto más tiempo pasara a su lado, más difícil le resultaría dejarle.
Se sentó en la cama de la habitación que utilizaba en casa de Gloria. En el fondo, sabía que no quería marcharse. Quería quedarse allí porque aquél era su mundo. Aquél era el lugar al que pertenecía.? Pero ¿a qué precio? ¿Cómo podía ser feliz consigo misma si a cambio de su felicidad tenía que destrozar las vidas de todos los que la rodeaban?
—Lo he estropeado todo —dijo Paula, intentando permanecer tranquila a pesar de la inquietud que bullía en su interior—. Esos chicos no habrían atacado a Luisa si no hubiera sido por mí. Me reconocieron y así fue como empezó todo.
—Ellos son los únicos culpables de lo que hicieron.
Pero la lógica no servía de nada en aquellas circunstancias.
—Podrían haberle hecho mucho daño a Luisa. Querían violarla, Carmen. Seguramente se metieron con nosotras porque me han reconocido. En el caso de que eso hubiera ocurrido, aunque yo no hubiera hecho nada, ¿cómo crees que me habría sentido?
—Pero no pasó nada, las dos estáis bien.
—¿Durante cuánto tiempo? —preguntó Paula—. ¿Y quién será el siguiente? ¿A quién más le destrozaré de una u otra forma la vida? ¿Y qué me dices de tí? ¿No odias todo lo que represento? ¿No te molesta lo que dice la gente?
—La gente siempre habla —respondió Carmen—, eso no podemos evitarlo.
—Siempre pareces tener respuesta para todo. Siempre sabes lo que tienes que hacer.
—No siempre. Hace muy poco hice algo horrible.
Paula pasó por alto la referencia a su conversación sobre Silvina.
—Eso no tuvo ninguna importancia. Me refiero a las cosas realmente importantes. Te presentas conmigo en público porque tienes que hacerlo. Sonríes y finges que no pasa nada cuando, en realidad, cada vez que me miras se te rompe el corazón.
Carmen sonrió.
—Paula, creo que te estás poniendo un poco dramática. No me estás rompiendo el corazón.
—Te han hecho mucho daño con todo lo que dicen, con todo lo que se especula sobre tí. No tiene que ser fácil.
—Paula, déjalo ya. Le estás dando demasiada importancia a lo que dicen los demás.
—No lo creo. ¿Sabes, Carmen? Necesito marcharme.
—Dentro de cinco minutos tienes que dar un discurso.
Aquello casi le hizo sonreír.
—No ahora. Lo que quiero decir es que tengo que irme de Seattle.
Carmen la miró fijamente.
—No puedes huir.
—Sí, si de esa forma resuelvo los problemas de todo el mundo.
—¿Y no crees que deberían ser los demás los que te dijeran si quieren o no que les ayudes a resolver sus problemas?
—Ninguno de ustedes va a pedirme que me marche. Sé que nunca lo harían—quizá Miguel fuera capaz de hacerlo, pero ¿qué sentido tenía decírselo?
Marcharse era la única solución posible, pensó Paula. Cuando ella se quitara de en medio, la vida volvería a la normalidad. Podía irse a una ciudad más grande, como Los Ángeles o quizá Nueva York. Allí había miles de restaurantes, así que no le costaría encontrar trabajo.
—Tú eres una luchadora por naturaleza —dijo Carmen con voz queda—. ¿Por qué vas a rendirte ahora?
—Porque creo que sería lo mejor para todo el mundo.
—¿Y para tí? ¿Tú que quieres para tí, Paula?
—Eso ahora no importa.
—¿Y Pedro?
Paula todavía no tenía una respuesta para eso.
—Pedro lo comprenderá.
Algo cambió entonces en la mirada de Carmen.
—No creo que lo comprenda en absoluto.
Paula no quería enfrentarse a nadie, no quería enfrentarse a las discusiones y las peleas que surgirían en cuanto anunciaran sus planes. Lo único que quería era desaparecer, alejarse de todo el mundo.
Excepto de Pedro, pensó con tristeza. Quería estar con él, abrazándole, acariciándole, hablando. Lo quería todo de él, y quería poder darle todo lo que ella era.
Miró el reloj y vió que sólo faltaban unos minutos para que llegara. Se suponía que iban a salir a cenar, a un lugar agradable, le había prometido Pedro.
Era una perspectiva que le gustaba, pensó. Una cena tranquila con el hombre al que amaba. Pasar la noche con él. ¿Pero con qué finalidad? Cuanto más tiempo pasara a su lado, más difícil le resultaría dejarle.
Se sentó en la cama de la habitación que utilizaba en casa de Gloria. En el fondo, sabía que no quería marcharse. Quería quedarse allí porque aquél era su mundo. Aquél era el lugar al que pertenecía.? Pero ¿a qué precio? ¿Cómo podía ser feliz consigo misma si a cambio de su felicidad tenía que destrozar las vidas de todos los que la rodeaban?
Tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 85
La comida benéfica para apoyar la investigación sobre el cáncer de mama se celebraba en un hotel del centro de la ciudad. Paula continuaba haciendo tiempo en el cuarto de baño, pero sabía que en cualquier momento tendría que abandonar aquel pequeño cubículo y hacer su entrada en el salón. Y lo haría, por supuesto, en cuanto estuviera segura de que no iba a vomitar.
El estómago continuaba dándole vueltas y queriendo escapar de su lugar. Sentía una fuerte tensión en el pecho y le temblaban las piernas. Estaba más que nerviosa. Histérica, casi. Incluso con aquel ojo morado, habría preferido enfrentarse a otra pelea que tener que hablar en público.
—Estoy bien —se dijo a sí misma, intentando tranquilizarse—. Lo superaré. Son sólo seis minutos. Cinco si hablo deprisa. Seguro que puedo hablar durante cinco minutos.
En realidad no consiguió convencerse a sí misma, pero si era capaz de comenzar a hablar, a lo mejor empezaba a sentirse mejor. El discurso le gustaba. Era sincero y conmovedor. La persona encargada de escribirlo había incluido algún comentario simpático sobre su ojo morado. Principalmente porque ni todo el maquillaje del mundo habría servido para ocultarlo.
Apretó los puños, tomó aire y oyó entonces que entraban varias mujeres en el cuarto de baño.
Paula se estaba diciendo a sí misma que había llegado el momento de salir, que no tenía sentido continuar allí, cuando comenzó a oír otra conversación.
—Dios mío, no me puedo creer que Carmen tenga que pasar por una cosa así —oyó decir a una de las mujeres—. Todavía no he podido decidir si es estúpida o es una santa.
—Parece cansada —le contestó otra mujer—. Una hija de Miguel. Es increíble, ¿verdad? Y ahora va a presentarse en público con ella. Desde luego, si yo estuviera en su lugar, no lo haría.
—Su marido quiere optar a la presidencia del país. Una mujer tiene que estar dispuesta a muchas cosas para acceder a ese tipo de vida. Como ella. La gente no para de comentar su situación. Supongo que eso tiene que estar matándola.
Lo decía como si le entusiasmara pensar que Carmen estaba sufriendo.
—¿Crees que antes de casarse le dijo a Miguel que no podía tener hijos? —preguntó la otra mujer.
—No lo sé —contestó la primera—. En cualquier caso, seguro que para él fue de lo más decepcionante. Y esos hijos que ha adoptado… Todos tienen algún defecto. Es horrible. Por supuesto, es algo que no se puede decir en público. Todo el mundo tiene que fingir que es maravilloso.
Entonces fue cuando explotó el genio de Paula. Salió del cuarto de baño y se enfrentó a aquellas tres mujeres tan perfectamente vestidas.
—No hace falta fingir —les dijo—. Carmen es una mujer extraordinaria. Algo que ninguna de ustedes puede decir de sí misma, estoy segura.
Las tres se la quedaron mirando estupefactas. Paula se acercó tranquilamente al lavabo, se lavó las manos, se las secó y salió del cuarto de baño. Todavía estaba temblando cuando entró en el salón.
Malditas fueran esas mujeres y sus estúpidos comentados. Paula no sabía quiénes eran, pero esperaba que Carmen no considerara a ninguna de ellas amiga. Eran como serpientes venenosas.
Miró a su alrededor buscando a Carmen, pero no tardaron en acorralarla dos periodistas.
—Sólo será un minuto, por favor —dijo la mujer. Paula intentó apartarse.
—Éste es un acto privado. A menos que hayan comprado entrada, tendrán que marcharse.
Ambos le enseñaron su entrada. Paula ahogó un gemido.
—¿Fue usted la que provocó o la que preparó el ataque de ayer para favorecer la campaña electoral de su padre? —preguntó el hombre.
—¿Es cierto que Pedro Alfonso y usted han dejado de salir juntos porque su padre salía perjudicado en las encuestas? ¿Han renunciado al amor por culpa de la campaña?
Paula apartó a los periodistas y avanzó hacia el interior del salón. Encontró a Carmen hablando con el coordinador del acto.
—Ya sólo quedan entradas de pie —le dijo Carmen mientras se retiraban a una esquina más tranquila—. Gracias a ti, lo hemos vendido todo.
—Querrás decir gracias a que todo el mundo está deseando ser testigo de algo digno de contar a los amigos —repuso Paula con amargura.
Carmen cambió de expresión.
—¿Qué ha pasado?
Por supuesto, Paula no iba a contarle la conversación que había oído en el cuarto de baño.
—Algunos periodistas han comprado entradas y han intentado abordarme. Sinceramente, no sé cómo soportas todo esto, estar siempre bajo la luz de los focos. Lo odio. No se me da nada bien y no tengo ganas de vivir así.
—Tiene sus compensaciones —respondió Carmen.
Paula estuvo a punto de preguntar cuáles eran. Desde luego, no podía estar refiriéndose al dinero y al poder. Carmen procedía de una familia muy rica. Además, era una persona discreta y reservada, era imposible que le gustara vivir continuamente expuesta al ojo público.
Después, Paula se acordó de cómo miraba Carmen a Miguel y tuvo la respuesta. La compensación de Carmen era que podía continuar al lado del hombre al que amaba y que era capaz de hacerle feliz. Para ella todo giraba alrededor de Miguel.
Al pensar en su padre, recordó lo que había pasado la noche anterior en el hospital. Allí se había dado cuenta de que los sueños de su padre podrían tener un impacto real en la historia del país y que ella los había puesto en peligro. Por el mero hecho de aparecer, había arriesgado toda la campaña de su padre.
El estómago continuaba dándole vueltas y queriendo escapar de su lugar. Sentía una fuerte tensión en el pecho y le temblaban las piernas. Estaba más que nerviosa. Histérica, casi. Incluso con aquel ojo morado, habría preferido enfrentarse a otra pelea que tener que hablar en público.
—Estoy bien —se dijo a sí misma, intentando tranquilizarse—. Lo superaré. Son sólo seis minutos. Cinco si hablo deprisa. Seguro que puedo hablar durante cinco minutos.
En realidad no consiguió convencerse a sí misma, pero si era capaz de comenzar a hablar, a lo mejor empezaba a sentirse mejor. El discurso le gustaba. Era sincero y conmovedor. La persona encargada de escribirlo había incluido algún comentario simpático sobre su ojo morado. Principalmente porque ni todo el maquillaje del mundo habría servido para ocultarlo.
Apretó los puños, tomó aire y oyó entonces que entraban varias mujeres en el cuarto de baño.
Paula se estaba diciendo a sí misma que había llegado el momento de salir, que no tenía sentido continuar allí, cuando comenzó a oír otra conversación.
—Dios mío, no me puedo creer que Carmen tenga que pasar por una cosa así —oyó decir a una de las mujeres—. Todavía no he podido decidir si es estúpida o es una santa.
—Parece cansada —le contestó otra mujer—. Una hija de Miguel. Es increíble, ¿verdad? Y ahora va a presentarse en público con ella. Desde luego, si yo estuviera en su lugar, no lo haría.
—Su marido quiere optar a la presidencia del país. Una mujer tiene que estar dispuesta a muchas cosas para acceder a ese tipo de vida. Como ella. La gente no para de comentar su situación. Supongo que eso tiene que estar matándola.
Lo decía como si le entusiasmara pensar que Carmen estaba sufriendo.
—¿Crees que antes de casarse le dijo a Miguel que no podía tener hijos? —preguntó la otra mujer.
—No lo sé —contestó la primera—. En cualquier caso, seguro que para él fue de lo más decepcionante. Y esos hijos que ha adoptado… Todos tienen algún defecto. Es horrible. Por supuesto, es algo que no se puede decir en público. Todo el mundo tiene que fingir que es maravilloso.
Entonces fue cuando explotó el genio de Paula. Salió del cuarto de baño y se enfrentó a aquellas tres mujeres tan perfectamente vestidas.
—No hace falta fingir —les dijo—. Carmen es una mujer extraordinaria. Algo que ninguna de ustedes puede decir de sí misma, estoy segura.
Las tres se la quedaron mirando estupefactas. Paula se acercó tranquilamente al lavabo, se lavó las manos, se las secó y salió del cuarto de baño. Todavía estaba temblando cuando entró en el salón.
Malditas fueran esas mujeres y sus estúpidos comentados. Paula no sabía quiénes eran, pero esperaba que Carmen no considerara a ninguna de ellas amiga. Eran como serpientes venenosas.
Miró a su alrededor buscando a Carmen, pero no tardaron en acorralarla dos periodistas.
—Sólo será un minuto, por favor —dijo la mujer. Paula intentó apartarse.
—Éste es un acto privado. A menos que hayan comprado entrada, tendrán que marcharse.
Ambos le enseñaron su entrada. Paula ahogó un gemido.
—¿Fue usted la que provocó o la que preparó el ataque de ayer para favorecer la campaña electoral de su padre? —preguntó el hombre.
—¿Es cierto que Pedro Alfonso y usted han dejado de salir juntos porque su padre salía perjudicado en las encuestas? ¿Han renunciado al amor por culpa de la campaña?
Paula apartó a los periodistas y avanzó hacia el interior del salón. Encontró a Carmen hablando con el coordinador del acto.
—Ya sólo quedan entradas de pie —le dijo Carmen mientras se retiraban a una esquina más tranquila—. Gracias a ti, lo hemos vendido todo.
—Querrás decir gracias a que todo el mundo está deseando ser testigo de algo digno de contar a los amigos —repuso Paula con amargura.
Carmen cambió de expresión.
—¿Qué ha pasado?
Por supuesto, Paula no iba a contarle la conversación que había oído en el cuarto de baño.
—Algunos periodistas han comprado entradas y han intentado abordarme. Sinceramente, no sé cómo soportas todo esto, estar siempre bajo la luz de los focos. Lo odio. No se me da nada bien y no tengo ganas de vivir así.
—Tiene sus compensaciones —respondió Carmen.
Paula estuvo a punto de preguntar cuáles eran. Desde luego, no podía estar refiriéndose al dinero y al poder. Carmen procedía de una familia muy rica. Además, era una persona discreta y reservada, era imposible que le gustara vivir continuamente expuesta al ojo público.
Después, Paula se acordó de cómo miraba Carmen a Miguel y tuvo la respuesta. La compensación de Carmen era que podía continuar al lado del hombre al que amaba y que era capaz de hacerle feliz. Para ella todo giraba alrededor de Miguel.
Al pensar en su padre, recordó lo que había pasado la noche anterior en el hospital. Allí se había dado cuenta de que los sueños de su padre podrían tener un impacto real en la historia del país y que ella los había puesto en peligro. Por el mero hecho de aparecer, había arriesgado toda la campaña de su padre.
Tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 84
—Creo que esto es lo mejor para todos, aunque no sé si papá será capaz de comprenderlo.
Carmen asintió.
—Estoy segura de que con el tiempo lo comprenderá. ¿Cuándo piensas decírselo?
—A finales de semana.
Pero incluso mientras lo decía, se sentía culpable, como si estuviera haciendo algo malo. Todo lo que le habían enseñado, todo lo que le debía a Miguel y a Carmen le obligaba a quedarse. A tragar con todo. Pero no podía. Carmen también le había enseñado a tener su propia personalidad.
—Lo siento —le dijo—. Supongo que es un disgusto más después de todo lo que tuviste que pasar ayer.
Carmen arrugó la nariz.
—No, las que de verdad lo pasaron mal fueron Paula y Luisa. Y no sabes cuánto me alegro de que ninguna sufriera ningún daño. Si esos chicos les hubieran hecho algo…
Su voz reflejaba fuerza, enfado y fiereza. A Pedro le gustaba que se mostrara tan protectora con Paula y con Luisa.
—Tendrían que haber respondido ante toda la familia.
Carmen apagó la cafetera y se inclinó contra el mostrador.
—¿Qué pasará con esos chicos?
—Saldrán condenados, yo me encargaré personalmente de ello. ¿Cómo está Luisa?
Carmen se relajó.
—Creo que en realidad esto ha sido un espaldarazo para ella. Tiene muy claro que esos chicos estaban haciendo algo que no debían. Paula la protegió, le hizo sentirse especial, y el haber sido capaz de ayudar a Paula la ha ayudado a verse como una persona fuerte y capaz.
—Me alegro mucho.
—Ya sé que es tu hermana favorita.
Pedro se movió incómodo en su asiento.
—Quiero a todos mis hermanos por igual.
—Oh, por favor, es evidente que tienes debilidad por Luisa. Siempre la has tenido.
—Quizá.
—Y me alegro. Paula también la quiere mucho. ¿Sabes? Creo que Paula es una chica muy especial. Me gusta.
Había algo particular en su forma de decirlo; era como si estuviera tanteando el terreno.
—Soy consciente de que su aparición no ha sido fácil para tí —le dijo Pedro—. Y no por nada de lo que ella ha hecho, sino por ser quien es.
—Sí, lo comprendo.
—¿Y ahora ya estás bien?
Carmen clavó la palabra en la cafetera.
—«Bien» es una palabra un tanto engañosa. ¿Qué significa realmente? ¿Que me gusta lo que ha pasado? ¿Que no me importa que la gente especule o hable de nosotros? Por supuesto que no. Pero tampoco puedo culpar a Paula de lo ocurrido. Y si quieres saber si preferiría que no hubiera aparecido, la respuesta también sería negativa.
—La quiero.
Pedro no pretendía decir aquellas palabras. Apenas acababa de darse cuenta el mismo de cuáles eran sus sentimientos. Pero la noche anterior, al salir del hospital, había sido consciente de hasta qué punto habría cambiado su vida si Paula hubiera sido gravemente herida. Él no estaba buscando el amor, pero aun así, lo había encontrado.
—Ya me lo imaginaba —dijo su madre con una sonrisa.
—¿Y por qué?
—Porque cuando hablas de ella aparece algo especial en tus ojos. Una luz, no sé. Es algo muy sutil, pero yo me di cuenta casi desde el principio.
Seguramente le habría parecido odioso en un primer momento, después lo había aceptado y, con el tiempo, Pedro estaba seguro de que llegaría incluso a gustarle. Por ser Carmen quien era.
—Esta vez es algo serio —le dijo.
—Eso también me lo imaginaba.
—Quiero casarme con ella.
Pedro esperó su reacción. Por un momento temió que se desmayara o se pusiera a llorar. Pensó que a lo mejor se enfadaba, o que quizá le suplicara que cambiara de opinión.
En cambio, Carmen sirvió dos tazas de café y le tendió una a su hijo.
—Quiero que esta vez queden las cosas claras: quiero tener nietos. Montones de nietos.
Y sonrió.
Debería habérselo imaginado, pensó Pedro mientras la abrazaba. Fuera cual fuera la situación, Carmen siempre había sabido ponerle las cosas fáciles.
—Maldita sea, eres genial —le dijo.
—Lo sé. Soy una fuente constante de sorpresas. Supongo que eso forma parte de mi encanto.
Carmen cerró los ojos y supo que darle a Paula la bienvenida a la familia en tanto que esposa de Pedro era entonces mucho más fácil de lo que lo habría sido el día anterior. Paula había demostrado su valor y Carmen era consciente de que era la clase de mujer que quería para su hijo.
Se negaba a pensar en los posibles rumores, en el potencial escándalo. Ya se enfrentaría a ello cuando llegara el momento.
—¿Cuándo vas a proponerle matrimonio?
—Pensaba hacerlo mañana por la noche. Quiero organizar una cena romántica. Esta mañana iré a buscarla al hospital. Seguramente continuará dolorida por lo que le hicieron esos canallas, así que quiero dejar que descanse algunas horas.
Carmen suspiró.
—Me gusta cómo te he educado. Te has convertido en un buen hombre, Pedro. Paula ha tenido una gran suerte al encontrarte.
—Eso es exactamente lo que pienso decirle a ella.
—Espero tener detalles. Mañana la veré a la hora del almuerzo, tenemos que ir a esa comida benéfica. Será difícil mantener la boca cerrada, pero lo intentaré.
Pedro miró a su madre a los ojos. —Gracias. Por todo.
Lo único que Carmen había hecho era quererle, de la misma forma que quería a todos sus hijos. Había cometido errores, pero siempre había continuado intentando hacer las cosas bien.
El matrimonio de Pedro con Paula uniría a las dos familias, las fortalecería.
—No creas que con esto te va a bastar para olvidar el tema de los nietos —le advirtió entre risas—. Lo digo en serio: estoy cansada de esperar.
Pedro respondió también riendo.
—No te preocupes. Yo me encargaré de tus nietos.
Carmen asintió.
—Estoy segura de que con el tiempo lo comprenderá. ¿Cuándo piensas decírselo?
—A finales de semana.
Pero incluso mientras lo decía, se sentía culpable, como si estuviera haciendo algo malo. Todo lo que le habían enseñado, todo lo que le debía a Miguel y a Carmen le obligaba a quedarse. A tragar con todo. Pero no podía. Carmen también le había enseñado a tener su propia personalidad.
—Lo siento —le dijo—. Supongo que es un disgusto más después de todo lo que tuviste que pasar ayer.
Carmen arrugó la nariz.
—No, las que de verdad lo pasaron mal fueron Paula y Luisa. Y no sabes cuánto me alegro de que ninguna sufriera ningún daño. Si esos chicos les hubieran hecho algo…
Su voz reflejaba fuerza, enfado y fiereza. A Pedro le gustaba que se mostrara tan protectora con Paula y con Luisa.
—Tendrían que haber respondido ante toda la familia.
Carmen apagó la cafetera y se inclinó contra el mostrador.
—¿Qué pasará con esos chicos?
—Saldrán condenados, yo me encargaré personalmente de ello. ¿Cómo está Luisa?
Carmen se relajó.
—Creo que en realidad esto ha sido un espaldarazo para ella. Tiene muy claro que esos chicos estaban haciendo algo que no debían. Paula la protegió, le hizo sentirse especial, y el haber sido capaz de ayudar a Paula la ha ayudado a verse como una persona fuerte y capaz.
—Me alegro mucho.
—Ya sé que es tu hermana favorita.
Pedro se movió incómodo en su asiento.
—Quiero a todos mis hermanos por igual.
—Oh, por favor, es evidente que tienes debilidad por Luisa. Siempre la has tenido.
—Quizá.
—Y me alegro. Paula también la quiere mucho. ¿Sabes? Creo que Paula es una chica muy especial. Me gusta.
Había algo particular en su forma de decirlo; era como si estuviera tanteando el terreno.
—Soy consciente de que su aparición no ha sido fácil para tí —le dijo Pedro—. Y no por nada de lo que ella ha hecho, sino por ser quien es.
—Sí, lo comprendo.
—¿Y ahora ya estás bien?
Carmen clavó la palabra en la cafetera.
—«Bien» es una palabra un tanto engañosa. ¿Qué significa realmente? ¿Que me gusta lo que ha pasado? ¿Que no me importa que la gente especule o hable de nosotros? Por supuesto que no. Pero tampoco puedo culpar a Paula de lo ocurrido. Y si quieres saber si preferiría que no hubiera aparecido, la respuesta también sería negativa.
—La quiero.
Pedro no pretendía decir aquellas palabras. Apenas acababa de darse cuenta el mismo de cuáles eran sus sentimientos. Pero la noche anterior, al salir del hospital, había sido consciente de hasta qué punto habría cambiado su vida si Paula hubiera sido gravemente herida. Él no estaba buscando el amor, pero aun así, lo había encontrado.
—Ya me lo imaginaba —dijo su madre con una sonrisa.
—¿Y por qué?
—Porque cuando hablas de ella aparece algo especial en tus ojos. Una luz, no sé. Es algo muy sutil, pero yo me di cuenta casi desde el principio.
Seguramente le habría parecido odioso en un primer momento, después lo había aceptado y, con el tiempo, Pedro estaba seguro de que llegaría incluso a gustarle. Por ser Carmen quien era.
—Esta vez es algo serio —le dijo.
—Eso también me lo imaginaba.
—Quiero casarme con ella.
Pedro esperó su reacción. Por un momento temió que se desmayara o se pusiera a llorar. Pensó que a lo mejor se enfadaba, o que quizá le suplicara que cambiara de opinión.
En cambio, Carmen sirvió dos tazas de café y le tendió una a su hijo.
—Quiero que esta vez queden las cosas claras: quiero tener nietos. Montones de nietos.
Y sonrió.
Debería habérselo imaginado, pensó Pedro mientras la abrazaba. Fuera cual fuera la situación, Carmen siempre había sabido ponerle las cosas fáciles.
—Maldita sea, eres genial —le dijo.
—Lo sé. Soy una fuente constante de sorpresas. Supongo que eso forma parte de mi encanto.
Carmen cerró los ojos y supo que darle a Paula la bienvenida a la familia en tanto que esposa de Pedro era entonces mucho más fácil de lo que lo habría sido el día anterior. Paula había demostrado su valor y Carmen era consciente de que era la clase de mujer que quería para su hijo.
Se negaba a pensar en los posibles rumores, en el potencial escándalo. Ya se enfrentaría a ello cuando llegara el momento.
—¿Cuándo vas a proponerle matrimonio?
—Pensaba hacerlo mañana por la noche. Quiero organizar una cena romántica. Esta mañana iré a buscarla al hospital. Seguramente continuará dolorida por lo que le hicieron esos canallas, así que quiero dejar que descanse algunas horas.
Carmen suspiró.
—Me gusta cómo te he educado. Te has convertido en un buen hombre, Pedro. Paula ha tenido una gran suerte al encontrarte.
—Eso es exactamente lo que pienso decirle a ella.
—Espero tener detalles. Mañana la veré a la hora del almuerzo, tenemos que ir a esa comida benéfica. Será difícil mantener la boca cerrada, pero lo intentaré.
Pedro miró a su madre a los ojos. —Gracias. Por todo.
Lo único que Carmen había hecho era quererle, de la misma forma que quería a todos sus hijos. Había cometido errores, pero siempre había continuado intentando hacer las cosas bien.
El matrimonio de Pedro con Paula uniría a las dos familias, las fortalecería.
—No creas que con esto te va a bastar para olvidar el tema de los nietos —le advirtió entre risas—. Lo digo en serio: estoy cansada de esperar.
Pedro respondió también riendo.
—No te preocupes. Yo me encargaré de tus nietos.
Tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 83
—¿Necesitas algo? —le preguntó a Paula—. ¿Te tratan bien aquí?
—Me tratan estupendamente y estoy muy bien. Mañana podré volver a mi casa.
—Genial —Miguel le palmeó el brazo—. Has salido en las noticias. Luisa y tú se han convertido en heroínas. Ha sido una noticia importante. Esperamos que esto nos permita ganar votos. Les hemos demostrado que nuestra familia tiene carácter. Seguro que volvemos a subir en las encuestas, sobre todo ahora que hemos filtrado que Pedro y tú ya no están saliendo juntos. Ha sido curioso lo de ustedes. Yo jamás los habría imaginado como pareja. Pero bueno, ahora ya ha terminado todo, por suerte.
Qué equivocado estaba. Pedro y ella formarían una gran pareja. O, por lo menos, lo intentarían, por difícil que pudiera ser su relación.
Miró a Miguel, a su padre. Sabía que no tenía nada que ver con todo lo que ella había imaginado. Pero era un buen hombre y tenía grandes proyectos. Quería ser presidente. La única ambición de Paula era llegar a dirigir el Chave's. ¿Quién era ella para interponerse en el futuro de un hombre como él?
Pedro se presentó en casa de sus padres a primera hora de la mañana. Cuando llegó, Carmen todavía estaba en bata, preparando un café en la cocina. Alzó la mirada hacia su hijo y se quedó completamente paralizada. Apretó los labios y abrió los ojos como platos, pero no dijo nada.
Pedro no había estado más enfadado con ella en toda su vida. Sabía que, al no hablar con ella, la había castigado de la peor de las maneras, porque su madre no soportaba perder el contacto con sus hijos. Y él había querido hacerle sufrir.
Pero después había recordado quién era Carmen. Había recordado cómo le había encontrado cuando él sólo era un niño asustado que se despertaba todas las noches gritando porque revivía en sueños el asesinato de su madre. Había recordado la paciencia con la que le había enseñado a leer, a sumar y a restar, cómo le había enseñado a ducharse y a vivir en sociedad. Había sido ella la única que había dado por sentado que podría integrarse en el colegio y estudiar después en la universidad. Todavía recordaba lo sorprendido que se había quedado al oír hablar a su madre con una de sus amigas.
—Pedro es un niño brillante, estoy convencida. Sé que será capaz de hacer cosas magníficas con su vida. Me pregunto a qué universidad irá —le había oído decir.
En aquel momento Pedro sólo tenía diez años y todavía estaba luchando para adaptarse a su nueva vida. Aquellas palabras habían supuesto un profundo cambio en él. Carmen había sido capaz de obrar el milagro. Y Pedro era consciente de que se lo debía todo.
Pero aunque no hubiera sido así, estaba seguro de que habría ido a verla a aquella mañana. Porque la quería. Siempre la querría. Y todo el mundo tenía derecho a equivocarse. Carmen también era humana.
Le abrió los brazos, Carmen corrió hacia ellos y Pedro la abrazó. Era tan pequeña, pensó con aire ausente. Siempre la había visto como una mujer fuerte y poderosa, pero en aquel momento la sentía casi frágil.
—Lo siento —comenzó a decir Carmen.
—No —la interrumpió Pedro—, ya te disculpaste y no he venido aquí para oírtelo decir otra vez. He venido para decirte que te agradezco que te arrepintieras de lo que hiciste y para que sepas que ya está todo arreglado.
Carmen le miró a los ojos.
—Dios mío, Pedro, te quiero tanto…
—Yo también te quiero.
—No puedo creer que me hayas perdonado.
—Soy un tipo increíble, ¿sabes? Tienes suerte de que forme parte de tu vida.
Carmen sonrió y comenzó a reír después a carcajadas.
—Sí, supongo que sí —retrocedió un paso—. Estaba haciendo café, ¿quieres tomar una taza?
—Sí, claro —se sentó en uno de los taburetes de la cocina—. Y también me gustaría hablar contigo de un par de cosas.
—Sí, ya me imaginaba que no estabas aquí para disfrutar de mis habilidades culinarias.
—Preparas unos bizcochos de canela deliciosos.
—Ojalá. Lo que hago maravillosamente es abrir la bolsa y meterlos en el horno.
—Aun así, me encantan.
—Por eso los hago.
Carmen siempre había conseguido que todos y cada uno de sus hijos se sintieran especiales. Era una mujer extremadamente sincera, nunca había buscado ninguna clase de protagonismo y siempre pensaba en los demás. La familia era su mundo, una familia que él estaba a punto de dividir.
—Voy a dejar de trabajar en la campaña —anunció Pedro.
Su madre contuvo la respiración.
—Pedro, no.
—No me queda otro remedio. No soy la persona más adecuada para ayudar a Miguel.
—Pero tu participación en la campaña es muy importante.
Pedro era consciente de que le estaba poniendo en una situación muy difícil: que estaba haciéndole elegir entre padre o hijo. Sabía que siempre elegiría a Miguel porque era su marido, pero que le destrozaría tener que tomar esa decisión.
—No he tomado esa decisión a la ligera —le dijo—. Para mí también Miguel es muy importante. Quiero hacer las cosas bien, pero no puedo ignorar mis sentimientos. Yo no soy un político, no me gusta la política y no se me da bien.
Carmen se cruzó de brazos y miró atentamente a su hijo.
—Lo sé —susurró—. Sé que te sumaste a la campaña porque yo te lo pedí, y porque Miguel quería que fuera una cuestión familiar.
—Si es por eso, continuaré participando de alguna manera en la campaña. Le demostraré mi apoyo de otra manera.
—Para tu padre va a ser una gran decepción.
—Pero lo superará.
Pedro tenía la sensación de que la mayor preocupación de Miguel sería ver de qué manera afectaba su renuncia a los votantes, pero seguramente no estaba siendo justo.
—Esto no puede haber sido fácil para tí —dijo Carmen, mostrando aquella capacidad de comprensión que parecía tan natural en ella—. Supongo que ha sido como renunciar a cumplir con tu deber.
Miguel se encogió de hombros.
—Me tratan estupendamente y estoy muy bien. Mañana podré volver a mi casa.
—Genial —Miguel le palmeó el brazo—. Has salido en las noticias. Luisa y tú se han convertido en heroínas. Ha sido una noticia importante. Esperamos que esto nos permita ganar votos. Les hemos demostrado que nuestra familia tiene carácter. Seguro que volvemos a subir en las encuestas, sobre todo ahora que hemos filtrado que Pedro y tú ya no están saliendo juntos. Ha sido curioso lo de ustedes. Yo jamás los habría imaginado como pareja. Pero bueno, ahora ya ha terminado todo, por suerte.
Qué equivocado estaba. Pedro y ella formarían una gran pareja. O, por lo menos, lo intentarían, por difícil que pudiera ser su relación.
Miró a Miguel, a su padre. Sabía que no tenía nada que ver con todo lo que ella había imaginado. Pero era un buen hombre y tenía grandes proyectos. Quería ser presidente. La única ambición de Paula era llegar a dirigir el Chave's. ¿Quién era ella para interponerse en el futuro de un hombre como él?
Pedro se presentó en casa de sus padres a primera hora de la mañana. Cuando llegó, Carmen todavía estaba en bata, preparando un café en la cocina. Alzó la mirada hacia su hijo y se quedó completamente paralizada. Apretó los labios y abrió los ojos como platos, pero no dijo nada.
Pedro no había estado más enfadado con ella en toda su vida. Sabía que, al no hablar con ella, la había castigado de la peor de las maneras, porque su madre no soportaba perder el contacto con sus hijos. Y él había querido hacerle sufrir.
Pero después había recordado quién era Carmen. Había recordado cómo le había encontrado cuando él sólo era un niño asustado que se despertaba todas las noches gritando porque revivía en sueños el asesinato de su madre. Había recordado la paciencia con la que le había enseñado a leer, a sumar y a restar, cómo le había enseñado a ducharse y a vivir en sociedad. Había sido ella la única que había dado por sentado que podría integrarse en el colegio y estudiar después en la universidad. Todavía recordaba lo sorprendido que se había quedado al oír hablar a su madre con una de sus amigas.
—Pedro es un niño brillante, estoy convencida. Sé que será capaz de hacer cosas magníficas con su vida. Me pregunto a qué universidad irá —le había oído decir.
En aquel momento Pedro sólo tenía diez años y todavía estaba luchando para adaptarse a su nueva vida. Aquellas palabras habían supuesto un profundo cambio en él. Carmen había sido capaz de obrar el milagro. Y Pedro era consciente de que se lo debía todo.
Pero aunque no hubiera sido así, estaba seguro de que habría ido a verla a aquella mañana. Porque la quería. Siempre la querría. Y todo el mundo tenía derecho a equivocarse. Carmen también era humana.
Le abrió los brazos, Carmen corrió hacia ellos y Pedro la abrazó. Era tan pequeña, pensó con aire ausente. Siempre la había visto como una mujer fuerte y poderosa, pero en aquel momento la sentía casi frágil.
—Lo siento —comenzó a decir Carmen.
—No —la interrumpió Pedro—, ya te disculpaste y no he venido aquí para oírtelo decir otra vez. He venido para decirte que te agradezco que te arrepintieras de lo que hiciste y para que sepas que ya está todo arreglado.
Carmen le miró a los ojos.
—Dios mío, Pedro, te quiero tanto…
—Yo también te quiero.
—No puedo creer que me hayas perdonado.
—Soy un tipo increíble, ¿sabes? Tienes suerte de que forme parte de tu vida.
Carmen sonrió y comenzó a reír después a carcajadas.
—Sí, supongo que sí —retrocedió un paso—. Estaba haciendo café, ¿quieres tomar una taza?
—Sí, claro —se sentó en uno de los taburetes de la cocina—. Y también me gustaría hablar contigo de un par de cosas.
—Sí, ya me imaginaba que no estabas aquí para disfrutar de mis habilidades culinarias.
—Preparas unos bizcochos de canela deliciosos.
—Ojalá. Lo que hago maravillosamente es abrir la bolsa y meterlos en el horno.
—Aun así, me encantan.
—Por eso los hago.
Carmen siempre había conseguido que todos y cada uno de sus hijos se sintieran especiales. Era una mujer extremadamente sincera, nunca había buscado ninguna clase de protagonismo y siempre pensaba en los demás. La familia era su mundo, una familia que él estaba a punto de dividir.
—Voy a dejar de trabajar en la campaña —anunció Pedro.
Su madre contuvo la respiración.
—Pedro, no.
—No me queda otro remedio. No soy la persona más adecuada para ayudar a Miguel.
—Pero tu participación en la campaña es muy importante.
Pedro era consciente de que le estaba poniendo en una situación muy difícil: que estaba haciéndole elegir entre padre o hijo. Sabía que siempre elegiría a Miguel porque era su marido, pero que le destrozaría tener que tomar esa decisión.
—No he tomado esa decisión a la ligera —le dijo—. Para mí también Miguel es muy importante. Quiero hacer las cosas bien, pero no puedo ignorar mis sentimientos. Yo no soy un político, no me gusta la política y no se me da bien.
Carmen se cruzó de brazos y miró atentamente a su hijo.
—Lo sé —susurró—. Sé que te sumaste a la campaña porque yo te lo pedí, y porque Miguel quería que fuera una cuestión familiar.
—Si es por eso, continuaré participando de alguna manera en la campaña. Le demostraré mi apoyo de otra manera.
—Para tu padre va a ser una gran decepción.
—Pero lo superará.
Pedro tenía la sensación de que la mayor preocupación de Miguel sería ver de qué manera afectaba su renuncia a los votantes, pero seguramente no estaba siendo justo.
—Esto no puede haber sido fácil para tí —dijo Carmen, mostrando aquella capacidad de comprensión que parecía tan natural en ella—. Supongo que ha sido como renunciar a cumplir con tu deber.
Miguel se encogió de hombros.
Tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 82
—Supongo que eso debo tomártelo como un insulto contra esos tipos. Espero que no tenga nada que ver con mi falta de maquillaje.
Pedro la soltó y acercó una silla al lado de la cama. En cuanto se sentó, le tomó a Paula las dos manos.
—Cuando me he enterado de lo que había pasado no me lo podía creer —le dijo—. Me gustaría preguntarte que si estás bien, pero supongo que es una pregunta estúpida. Cómo vas a estar bien en estas condiciones.
—Claro que estoy bien —contestó—. Todavía un poco asustada, pero bien. Sobre todo teniendo en cuenta que no he caído en coma, ni tengo una contusión ni nada de lo que supongo se puede esperar cuando a alguien le dejan en observación. Mañana por la mañana me darán el alta —se llevó una mano a la cara—. Y voy a tener una historia muy interesante que contar.
—Has tenido que pasar mucho miedo.
—La verdad es que creo que jamás en mi vida había estado tan asustada. Pero sobre todo por Luisa. Tenía mucho miedo de que la violaran.
—Pero les has dado bien. Todos están heridos.
—¿Les has visto?
—Sí. Esos chicos tienen todo un historial de problemas. Nunca habían llegado tan lejos y tampoco han recibido grandes penas en los juzgados, pero esta vez no van a irse de rositas.
—¿Luisa está bien?
Pedro sonrió.
—La están tratando como a una auténtica heroína. Dice que no pasó miedo, que sabía que tú ibas a protegerla. Y cuando te pegaron, en lo único en lo que pensó fue en devolver el golpe —le apretó la mano con fuerza—. Incluso ha confesado que dijo algunas palabrotas.
Paula se echó a reír.
—Creo que le dijo a uno que era un cabeza hueca. Es un encanto. Me parece increíble que esos chicos pudieran ser tan crueles con ella. No puedes imaginarte las cosas que le dijeron.
—Todavía no han sacado ninguna ley contra la estupidez.
—Y hablando de estupidez —continuó diciendo Paula con la mirada fija en la manta que tenía sobre el regazo—, creo que yo también entro en esa categoría —se obligó a mirarle—. Me temo que Silvina consiguió engañarme.
Pedro la miró a los ojos.
—No me estoy acostando con Silvina. No tengo ningún interés en ella. No voy a llegar tan lejos como para decir que la odio porque eso implica utilizar un gran nivel de energía que no me apetece malgastar con ella. Silvina no significa nada para mí, Paula, y quiero que lo sepas.
—Lo sé, de verdad. Y debería haberme dado cuenta. Además, debería haberte preguntado en vez de haberte acusado directamente.
—No, la culpa de eso la tengo yo. La acusación me pilló completamente desprevenido y me dejé llevar por el orgullo. Pensé que deberías haberme creído. Después me di cuenta de que en realidad nos conocemos desde hace muy poco tiempo, era lógico que creyeras lo que parecía más evidente.
—¿De verdad?
¿Significaría eso que no iba a dejarla?
—Sí, de verdad —Pedro se inclinó hacia ella y la besó.
—El problema fue que Silvina sabía muchas cosas sobre tu casa. Me habló hasta de cómo se encendía la chimenea de tu dormitorio.
—Porque había estado allí. Le fastidió tanto que la dejara que, cuando se enteró de que yo estaba interesado en esa casa, intentó quitármela. Lo más irónico del caso es que, después de la sentencia de divorcio, tendría que haberla pagado con mi dinero.
Paula suspiró.
—Jamás se me ocurrió pensar que podría haber visto la casa sin estar contigo.
—No, no lo sientas. Soy yo el que debería haber manejado la situación de otro modo. Lo del embarazo me dejó completamente desconcertado. No podía dejar de pensar en quién podía haber estado saliendo con Fiona. Tiempo después, comprendí que a lo mejor habías interpretado mi reacción como una forma de culpa o sorpresa.
—Algo así.
Pedro volvió a besarla y Paula se deleitó en la caricia cálida y prometedora de su boca. Quería continuar besándole, pero teniendo en cuenta que estaban en un hospital y que todavía le dolía terriblemente la cabeza, probablemente no fuera muy buena idea.
—No quiero a Silvina, te quiero a tí.
—Buena respuesta.
—¿Ya nos hemos arreglado?
Paula asintió e inmediatamente se llevó la mano a la cabeza.
—Tengo que dejar de hacer esto.
—¿Y qué me dices de las encuestas? —preguntó de pronto Pedro—. ¿Continúan preocupándote las encuestas?
—No lo sé. Tú eres el experto en eso, no yo. ¿Crees que es mejor ignorarlas?
—No puedes dejar que la campaña electoral dirija tu vida.
Sí, sonaba muy bien, ¿pero sería verdad? Miguel era su padre. ¿No tenía que intentar ayudarle?
—No quiero estropearlo todo —admitió—. No quiero ser la razón por la que Miguel no llegue a ser presidente.
—¿Y por eso serías capaz de separarte de mí? —preguntó Pedro.
Paula le miró atentamente, intentando averiguar lo que estaba pensando.
—¿Quieres decir que no debería hacerlo? ¿Que si Miguel te pidiera que no me vieras le dirías que se fuera al infierno? —se llevó la mano a la boca, arrepentida por la brusquedad de sus palabras—. Miguel es tu padre, le debes lealtad por encima de todo, y éste es su sueño. ¿Crees que tenemos derecho a destrozárselo?
—Seguro que surgirán otros escándalos.
Pero hasta entonces, ella era el escándalo del momento.
—Pero esta noche no tenemos por qué pensar en ello —añadió Pedro—. Ahora, descansa. Mañana por la mañana vendré para llevarte a tu casa.
—Estoy deseando salir de aquí.
Pedro le dió un beso en la mejilla y se marchó.
Paula cambió de postura en la cama, intentando ponerse cómoda. La cabeza todavía le latía y sabía que le costaría conciliar el sueño a pesar de que estaba agotada. A lo mejor debería…
Alguien llamó a la puerta en ese momento. Alzó la mirada y vió a Miguel entre las sombras.
—Todavía estás despierta —le dijo su padre.
—Sí.
—Estupendo. Estupendo —entró en el dormitorio y le sonrió—. ¿Cómo te encuentras? Tienes el ojo muy negro.
—Sí, ya lo sé. Antes me he mirado en el espejo y casi me he asustado.
—Te pondrás bien.
Por primera vez desde que se habían conocido, estaba a solas con él. Sin familia, sin colaboradores… sólo su padre. Y parecía menos impactante. Aun así, continuaba siendo un hombre atractivo y, para ella, un gran desconocido. ¿Sería siempre así? ¿Sería ésa la única relación que podría llegar a establecer con su padre? ¿Para ella siempre sería un personaje distante?
Miguel se sentó en la silla que Pedro acababa de dejar.
Pedro la soltó y acercó una silla al lado de la cama. En cuanto se sentó, le tomó a Paula las dos manos.
—Cuando me he enterado de lo que había pasado no me lo podía creer —le dijo—. Me gustaría preguntarte que si estás bien, pero supongo que es una pregunta estúpida. Cómo vas a estar bien en estas condiciones.
—Claro que estoy bien —contestó—. Todavía un poco asustada, pero bien. Sobre todo teniendo en cuenta que no he caído en coma, ni tengo una contusión ni nada de lo que supongo se puede esperar cuando a alguien le dejan en observación. Mañana por la mañana me darán el alta —se llevó una mano a la cara—. Y voy a tener una historia muy interesante que contar.
—Has tenido que pasar mucho miedo.
—La verdad es que creo que jamás en mi vida había estado tan asustada. Pero sobre todo por Luisa. Tenía mucho miedo de que la violaran.
—Pero les has dado bien. Todos están heridos.
—¿Les has visto?
—Sí. Esos chicos tienen todo un historial de problemas. Nunca habían llegado tan lejos y tampoco han recibido grandes penas en los juzgados, pero esta vez no van a irse de rositas.
—¿Luisa está bien?
Pedro sonrió.
—La están tratando como a una auténtica heroína. Dice que no pasó miedo, que sabía que tú ibas a protegerla. Y cuando te pegaron, en lo único en lo que pensó fue en devolver el golpe —le apretó la mano con fuerza—. Incluso ha confesado que dijo algunas palabrotas.
Paula se echó a reír.
—Creo que le dijo a uno que era un cabeza hueca. Es un encanto. Me parece increíble que esos chicos pudieran ser tan crueles con ella. No puedes imaginarte las cosas que le dijeron.
—Todavía no han sacado ninguna ley contra la estupidez.
—Y hablando de estupidez —continuó diciendo Paula con la mirada fija en la manta que tenía sobre el regazo—, creo que yo también entro en esa categoría —se obligó a mirarle—. Me temo que Silvina consiguió engañarme.
Pedro la miró a los ojos.
—No me estoy acostando con Silvina. No tengo ningún interés en ella. No voy a llegar tan lejos como para decir que la odio porque eso implica utilizar un gran nivel de energía que no me apetece malgastar con ella. Silvina no significa nada para mí, Paula, y quiero que lo sepas.
—Lo sé, de verdad. Y debería haberme dado cuenta. Además, debería haberte preguntado en vez de haberte acusado directamente.
—No, la culpa de eso la tengo yo. La acusación me pilló completamente desprevenido y me dejé llevar por el orgullo. Pensé que deberías haberme creído. Después me di cuenta de que en realidad nos conocemos desde hace muy poco tiempo, era lógico que creyeras lo que parecía más evidente.
—¿De verdad?
¿Significaría eso que no iba a dejarla?
—Sí, de verdad —Pedro se inclinó hacia ella y la besó.
—El problema fue que Silvina sabía muchas cosas sobre tu casa. Me habló hasta de cómo se encendía la chimenea de tu dormitorio.
—Porque había estado allí. Le fastidió tanto que la dejara que, cuando se enteró de que yo estaba interesado en esa casa, intentó quitármela. Lo más irónico del caso es que, después de la sentencia de divorcio, tendría que haberla pagado con mi dinero.
Paula suspiró.
—Jamás se me ocurrió pensar que podría haber visto la casa sin estar contigo.
—No, no lo sientas. Soy yo el que debería haber manejado la situación de otro modo. Lo del embarazo me dejó completamente desconcertado. No podía dejar de pensar en quién podía haber estado saliendo con Fiona. Tiempo después, comprendí que a lo mejor habías interpretado mi reacción como una forma de culpa o sorpresa.
—Algo así.
Pedro volvió a besarla y Paula se deleitó en la caricia cálida y prometedora de su boca. Quería continuar besándole, pero teniendo en cuenta que estaban en un hospital y que todavía le dolía terriblemente la cabeza, probablemente no fuera muy buena idea.
—No quiero a Silvina, te quiero a tí.
—Buena respuesta.
—¿Ya nos hemos arreglado?
Paula asintió e inmediatamente se llevó la mano a la cabeza.
—Tengo que dejar de hacer esto.
—¿Y qué me dices de las encuestas? —preguntó de pronto Pedro—. ¿Continúan preocupándote las encuestas?
—No lo sé. Tú eres el experto en eso, no yo. ¿Crees que es mejor ignorarlas?
—No puedes dejar que la campaña electoral dirija tu vida.
Sí, sonaba muy bien, ¿pero sería verdad? Miguel era su padre. ¿No tenía que intentar ayudarle?
—No quiero estropearlo todo —admitió—. No quiero ser la razón por la que Miguel no llegue a ser presidente.
—¿Y por eso serías capaz de separarte de mí? —preguntó Pedro.
Paula le miró atentamente, intentando averiguar lo que estaba pensando.
—¿Quieres decir que no debería hacerlo? ¿Que si Miguel te pidiera que no me vieras le dirías que se fuera al infierno? —se llevó la mano a la boca, arrepentida por la brusquedad de sus palabras—. Miguel es tu padre, le debes lealtad por encima de todo, y éste es su sueño. ¿Crees que tenemos derecho a destrozárselo?
—Seguro que surgirán otros escándalos.
Pero hasta entonces, ella era el escándalo del momento.
—Pero esta noche no tenemos por qué pensar en ello —añadió Pedro—. Ahora, descansa. Mañana por la mañana vendré para llevarte a tu casa.
—Estoy deseando salir de aquí.
Pedro le dió un beso en la mejilla y se marchó.
Paula cambió de postura en la cama, intentando ponerse cómoda. La cabeza todavía le latía y sabía que le costaría conciliar el sueño a pesar de que estaba agotada. A lo mejor debería…
Alguien llamó a la puerta en ese momento. Alzó la mirada y vió a Miguel entre las sombras.
—Todavía estás despierta —le dijo su padre.
—Sí.
—Estupendo. Estupendo —entró en el dormitorio y le sonrió—. ¿Cómo te encuentras? Tienes el ojo muy negro.
—Sí, ya lo sé. Antes me he mirado en el espejo y casi me he asustado.
—Te pondrás bien.
Por primera vez desde que se habían conocido, estaba a solas con él. Sin familia, sin colaboradores… sólo su padre. Y parecía menos impactante. Aun así, continuaba siendo un hombre atractivo y, para ella, un gran desconocido. ¿Sería siempre así? ¿Sería ésa la única relación que podría llegar a establecer con su padre? ¿Para ella siempre sería un personaje distante?
Miguel se sentó en la silla que Pedro acababa de dejar.
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