Hay demasiadas visitas —dijo la enfermera con firmeza—. No puede haber tantas personas al mismo tiempo en una habitación.
Federico se acercó a la enfermera, una mujer de unos cincuenta años, y sonrió.
—Pero es mi hermana. Estaremos muy callados y, si aparece la jefa de enfermeras, nos esconderemos debajo de la cama, ¿de acuerdo?
Paula observó a Federico Chaves obrar su magia. La enfermera le fulminó con la mirada durante un par de segundos más y después pareció relajarse.
—De acuerdo, pero tienen que estar muy callados. Si mi jefa se entera…
—Jamás se enterará —le prometió Federico, y la enfermera se marchó.
—Increíble —susurró Paula.
—Estoy completamente de acuerdo —se sumó Malena mientras le tomaba a Paula el pulso—. Es un genio. Con él, lo único que tengo que hacer es permanecer en un segundo plano y esperar —Malena hablaba con la confianza de una mujer que se sabía amada. Le soltó a Paula la muñeca—. Sobrevivirás.
—¿Es que había alguna duda?
—No, pero quería asegurarme.
Malena se acercó a Federico, algo realmente complicado en aquella habitación abarrotada. Había ido a ver a Paula toda la familia, Gloria incluida, y también estaban Carmen y parte de sus hijos. Los únicos que faltaban eran Miguel, Pedro, y los tres Schulz más pequeños.
—Hola, soy Mar.
Paula se volvió hacia la atractiva joven que acababa de acercarse a la cama. Era una mujer pequeña, con el pelo negro y rizado y la piel de color café.
Paula sonrió.
—La segunda hija de los Schulz, que está estudiando psicología en la universidad, ¿lo he dicho bien?
—Lo has dicho perfectamente. Siento que no nos hayamos conocidos antes. He oído hablar muy bien de tí. Y la verdad es que fue divertido enterarme de la vida sexual de mi hermano a través de la prensa. Voy a tener un motivo para burlarme de él durante el resto de mi vida.
Paula hizo una mueca.
—Me gusta tu actitud. Y creo que a mí no me vendría mal tomármelo de la misma manera. Todavía me entran ganas de esconderme en un agujero cuando me acuerdo.
—No puedes permitir que esos canallas te hundan. Yo no lo permito —Mar señaló a Gloria—. ¿Es tu abuela?
—Sí.
—Una mujer dura y fuerte. He leído algo sobre ella. Sé que levantó un imperio de la nada. Ahora mismo estoy haciendo un trabajo sobre mujeres emprendedoras para una de las asignaturas en las que estoy matriculada. ¿Crees que podría entrevistarla?
—Lo que creo es que mi abuela se sentiría muy halagada.
—Genial. Encantada de conocerte. Espero que te pongas bien.
Mar se acercó a Gloria, que estaba hablando en aquel momento con Carmen.
Paula volvió a apoyar la cabeza en la almohada. Agustín se acercó a la cama y le dió un beso en la frente.
—He hablado con uno de los policías. Han atrapado a los tres chicos y tendrán que ir a juicio. Supongo que ésa es una de las ventajas de tener un senador en la familia.
—Me alegro, porque si no hubieran presentado cargos contra ellos, habrías sido capaz de matarlos.
Agustín se quedó mirando fijamente a su hermana.
—No, no soy capaz de hacer algo así.
—Pero habrías estado a punto de hacerlo.
—Eres mi hermana.
Algo que estaba significando mucho para ella últimamente, porque sabía que implicaba una conexión muy especial y toneladas de cariño. Carmen tampoco se había separado de ella, seguramente para intentar reparar su mentira sobre Silvina. Pero en cuanto tuviera oportunidad de quedarse a solas con ella, Paula quería explicarle que era cierto lo que le había dicho, que la comprendía y la perdonaba. Además, estaba más afectada por la reacción de Pedro. ¿Por qué no se habría defendido con más vehemencia? ¿Por qué habría renunciado a ella tan fácilmente?
Tres horas después, todavía no tenía la respuesta para aquellas preguntas, pero por lo menos podía formulárselas en silencio. Las enfermeras habían conseguido echar a todo el mundo para que ella pudiera descansar. En aquel momento permanecía tumbada, con los ojos cerrados y preparándose para dormir, pero entró alguien en la habitación.
Abrió los ojos y vió a Pedro al lado de la cama.
La única luz que había en la habitación era la que procedía del pasillo, de modo que su rostro estaba en sombras. Paula no podía distinguir su expresión, pero, en cualquier caso, se alegraba de que hubiera ido a verla. Estaba exultante, de hecho. Al fin y al cabo, eso tenía que significar algo, ¿no?
En lo que a Pedro concernía, pensó, no tenía remedio. En cuanto le tenía delante se comportaba como una mujer débil y desesperadamente enamorada.
—Cómo te han dejado el ojo —dijo Pedro mientras le acariciaba el pómulo con infinita delicadeza.
—Pues deberías ver cómo ha quedado el otro tipo.
Pedro no sonrió. Se inclinó hacia delante y la envolvió en sus brazos. Unos brazos fuertes, cálidos, que le hicieron sentirse completamente segura, a salvo.
—Maldito infelíz… —musitó Pedro contra su hombro.
Paula se aferró a él.
sábado, 3 de octubre de 2015
Tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 80
Carmen volvió a llorar otra vez.
—Oh, no. Yo no soy tan buena como tú crees.
—Nos has salvado. He visto a ese coche corriendo a toda velocidad hacia nosotras. Has sido tú la que has conseguido que huyeran esos tipos.
—Te he visto defendiendo a mi hija con tu propia vida —dijo Carmen—. Nunca podré pagarte lo que has hecho. Sobre todo después de lo que te he hecho yo a tí—se interrumpió y desvió la mirada—. Cuando me preguntaste por Silvina y por Pedro, cuando quisiste saber si era posible que continuaran juntos, te mentí. Estaba dolida y quería hacerte daño. Pero en realidad no están juntos, Paula. No han vuelto a estar juntos desde que se separaron.
Paula, apoyándose con la mano en el suelo, se irguió ligeramente. Se frotó la sien e hizo una mueca al acercar después la mano a su rostro inflamado.
Lo ocurrido y la información que Carmen acababa de darle se mezclaban de manera confusa en su cerebro, como si fueran las piezas de un rompecabezas incompleto. No le encontraba sentido a nada; lo único que realmente alcanzaba a comprender era que, una vez más, le había hecho sufrir a Carmen. Y…
Un momento. ¿Pedro no estaba con Silvina? Pero aquélla era una cuestión demasiado importante como para asimilarla en ese momento. Buscó un tema algo más fácil.
—Siento haberte causado problemas —susurró Paula—. Y parece que continúo haciéndolo.
Carmen emitió un sonido que era en parte una risa y en parte un sollozo.
—¿Eso es todo lo que piensas decirme después de la confesión que acabo de hacer? Me comporté de una forma horrible. Como un ser despreciable. Te mentí.
—Fue una reacción natural, lo comprendo.
—Dios mío, ¿cómo puedes ser tan buena, tan comprensiva? ¿No puedes enfadarte conmigo? Podrías hasta pegarme…
—Me duele demasiado la cabeza como para ponerme agresiva.
Carmen se inclinó hacia ella y la abrazó.
—Paula, por favor, perdóname.
—Te perdono.
—No puede ser tan fácil.
—A lo mejor sí.
—Pero si te mentí acerca de Pedro.
—No entiendo lo que ha pasado con Pedro—admitió—. Silvina fue extremadamente convincente y después, cuando yo le lancé a Pedro todas aquellas acusaciones, él apenas se defendió. Por eso tuve la sensación de que era cierto todo lo que Silvina me había dicho.
—A lo mejor no alcanzaba a comprender que hubieras dado crédito a una información así y le decepcionó que no confiaras en él. Pedro es un hombre orgulloso, Paula. Para él, el honor lo es todo. Pero es un hombre por el que merece la pena luchar.
—Podría haberme dicho la verdad —dijo Paula, deseando que dejara de dolerle la cabeza.
—¿Y no te la dijo?
—A lo mejor… —en aquel momento no era capaz de recordar.
—Me gustaría ofrecerme a ayudarte, pero creo que últimamente me he inmiscuido demasiado en tu vida —le acarició a Paula el brazo.
Pedro no estaba con Silvina. ¿Sería posible? ¿Y por qué no había intentado convencerle de la verdad? ¿Por qué se había limitado a desaparecer? Muy bien, era cierto que no la había engañado, pero también que no estaba dispuesto a luchar por lo que habían compartido. De modo que quizá fuera preferible que hubiera terminado todo.
El problema era que no se sentía mejor, sino infinitamente peor.
—Yo nunca me había subido a una ambulancia —dijo Luisa, que iba sentada al lado de Paula—. Me alegro de que no hayan puesto la sirena. Haría mucho ruido.
Paula también se alegraba. Probablemente la sirena habría acabado con ella.
—¿Estás bien? —preguntó Luisa—. Estás muy pálida y tienes el ojo hinchado. Ha sido increíble cómo te has peleado.
—Sí, a mí también me cuesta creerlo. Estoy segura de que mis hermanos van a hacer todo tipo de bromas sobre mí.
—Se alegrarán de que no te haya pasado nada. Yo también me alegro.
Paula alargó la mano para tomar la de Luisa.
—Has sido muy valiente. El médico que me ha atendido me ha contado cómo me has protegido y has conseguido alejar a esos chicos.
—No iba a permitir que nos hicieran ningún daño.
Paula le sonrió.
—Estoy muy orgullosa de que seas mi hermana.
Luisa esbozó una sonrisa radiante y posó la cabeza en el pecho de Paula.
—Lo mismo digo. Te quiero mucho, Paula.
Paula sintió un nudo en la garganta.
—Yo también te quiero mucho —le acarició a Luisa la melena—. No vamos a permitir que esto lo estropee todo, ¿verdad? Me refiero a lo del vestido y al baile.
Luisa se enderezó inmediatamente.
—Por supuesto que voy a ir al baile. Tengo un vestido precioso y mamá me va a peinar. Me ha dicho que puede dejarme unos pendientes. ¿Crees que estaré tan guapa como ella?
Paula pensó en lo que Carmen le había confesado, en lo mal que se había sentido al saberse fuera de la vida de su hija. Y deseó que Carmen hubiera estado allí para oír lo que Luisa acababa de decirle.
—Creo que deberías pedirle que te ponga tan guapa como ella. Seguro que le gustará.
Luisa asintió.
—Mi madre es la mejor.
—Estoy completamente de acuerdo.
—Oh, no. Yo no soy tan buena como tú crees.
—Nos has salvado. He visto a ese coche corriendo a toda velocidad hacia nosotras. Has sido tú la que has conseguido que huyeran esos tipos.
—Te he visto defendiendo a mi hija con tu propia vida —dijo Carmen—. Nunca podré pagarte lo que has hecho. Sobre todo después de lo que te he hecho yo a tí—se interrumpió y desvió la mirada—. Cuando me preguntaste por Silvina y por Pedro, cuando quisiste saber si era posible que continuaran juntos, te mentí. Estaba dolida y quería hacerte daño. Pero en realidad no están juntos, Paula. No han vuelto a estar juntos desde que se separaron.
Paula, apoyándose con la mano en el suelo, se irguió ligeramente. Se frotó la sien e hizo una mueca al acercar después la mano a su rostro inflamado.
Lo ocurrido y la información que Carmen acababa de darle se mezclaban de manera confusa en su cerebro, como si fueran las piezas de un rompecabezas incompleto. No le encontraba sentido a nada; lo único que realmente alcanzaba a comprender era que, una vez más, le había hecho sufrir a Carmen. Y…
Un momento. ¿Pedro no estaba con Silvina? Pero aquélla era una cuestión demasiado importante como para asimilarla en ese momento. Buscó un tema algo más fácil.
—Siento haberte causado problemas —susurró Paula—. Y parece que continúo haciéndolo.
Carmen emitió un sonido que era en parte una risa y en parte un sollozo.
—¿Eso es todo lo que piensas decirme después de la confesión que acabo de hacer? Me comporté de una forma horrible. Como un ser despreciable. Te mentí.
—Fue una reacción natural, lo comprendo.
—Dios mío, ¿cómo puedes ser tan buena, tan comprensiva? ¿No puedes enfadarte conmigo? Podrías hasta pegarme…
—Me duele demasiado la cabeza como para ponerme agresiva.
Carmen se inclinó hacia ella y la abrazó.
—Paula, por favor, perdóname.
—Te perdono.
—No puede ser tan fácil.
—A lo mejor sí.
—Pero si te mentí acerca de Pedro.
—No entiendo lo que ha pasado con Pedro—admitió—. Silvina fue extremadamente convincente y después, cuando yo le lancé a Pedro todas aquellas acusaciones, él apenas se defendió. Por eso tuve la sensación de que era cierto todo lo que Silvina me había dicho.
—A lo mejor no alcanzaba a comprender que hubieras dado crédito a una información así y le decepcionó que no confiaras en él. Pedro es un hombre orgulloso, Paula. Para él, el honor lo es todo. Pero es un hombre por el que merece la pena luchar.
—Podría haberme dicho la verdad —dijo Paula, deseando que dejara de dolerle la cabeza.
—¿Y no te la dijo?
—A lo mejor… —en aquel momento no era capaz de recordar.
—Me gustaría ofrecerme a ayudarte, pero creo que últimamente me he inmiscuido demasiado en tu vida —le acarició a Paula el brazo.
Pedro no estaba con Silvina. ¿Sería posible? ¿Y por qué no había intentado convencerle de la verdad? ¿Por qué se había limitado a desaparecer? Muy bien, era cierto que no la había engañado, pero también que no estaba dispuesto a luchar por lo que habían compartido. De modo que quizá fuera preferible que hubiera terminado todo.
El problema era que no se sentía mejor, sino infinitamente peor.
—Yo nunca me había subido a una ambulancia —dijo Luisa, que iba sentada al lado de Paula—. Me alegro de que no hayan puesto la sirena. Haría mucho ruido.
Paula también se alegraba. Probablemente la sirena habría acabado con ella.
—¿Estás bien? —preguntó Luisa—. Estás muy pálida y tienes el ojo hinchado. Ha sido increíble cómo te has peleado.
—Sí, a mí también me cuesta creerlo. Estoy segura de que mis hermanos van a hacer todo tipo de bromas sobre mí.
—Se alegrarán de que no te haya pasado nada. Yo también me alegro.
Paula alargó la mano para tomar la de Luisa.
—Has sido muy valiente. El médico que me ha atendido me ha contado cómo me has protegido y has conseguido alejar a esos chicos.
—No iba a permitir que nos hicieran ningún daño.
Paula le sonrió.
—Estoy muy orgullosa de que seas mi hermana.
Luisa esbozó una sonrisa radiante y posó la cabeza en el pecho de Paula.
—Lo mismo digo. Te quiero mucho, Paula.
Paula sintió un nudo en la garganta.
—Yo también te quiero mucho —le acarició a Luisa la melena—. No vamos a permitir que esto lo estropee todo, ¿verdad? Me refiero a lo del vestido y al baile.
Luisa se enderezó inmediatamente.
—Por supuesto que voy a ir al baile. Tengo un vestido precioso y mamá me va a peinar. Me ha dicho que puede dejarme unos pendientes. ¿Crees que estaré tan guapa como ella?
Paula pensó en lo que Carmen le había confesado, en lo mal que se había sentido al saberse fuera de la vida de su hija. Y deseó que Carmen hubiera estado allí para oír lo que Luisa acababa de decirle.
—Creo que deberías pedirle que te ponga tan guapa como ella. Seguro que le gustará.
Luisa asintió.
—Mi madre es la mejor.
—Estoy completamente de acuerdo.
viernes, 2 de octubre de 2015
Tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 79
Paula se despertó y se descubrió a sí misma apoyada contra uno de los postes del aparcamiento. Sabía exactamente dónde estaba y lo que había pasado.
—Luisa —gritó.
El hombre que tenía frente a ella sosteniendo una linterna delante de sus ojos sonrió.
—No ha pasado nada —le explicó—. Luisa está bien. Tú eres la única que ha sufrido algún daño. Me temo que se te va a poner el ojo morado.
—Genial —dijo Paula, buscando con la mirada a la adolescente.
Le dolía la cara, y también la cabeza, pero en aquel momento, nada de eso importaba.
Había cerca de una docena de personas a su alrededor. Algunos trabajadores del servicio de urgencias, policías y unos cuantos clientes que lo observaban todo a cierta distancia. Paula continuó buscando con la mirada hasta que vió a Carmen y a una joven a la que no conocía junto a Luisa.
—Luisa está bien —susurró aliviada.
—Claro que está bien. Es una chica fuerte. Su madre dice que se lanzó sobre tí como una leona, dispuesta a atacar a esos chicos.
—Ya se han ido, ¿verdad? —preguntó Paula, deseando que les castigaran por lo que habían intentado hacerle a Luisa.
—Les agarrarán. Tenemos una descripción exacta de los tres. Luisa se ha fijado mucho en ellos.
Carmen desvió la mirada para fijarla en el rostro de Paula. Le dijo algo a Luisa y a la otra mujer y corrió hacia ella.
—¿Cómo está? —le preguntó al hombre que sostenía la linterna—. Se ha dado un golpe en la cabeza.
—Sí, señora, ya lo sé. Tiene buen aspecto. De momento vamos a llevarla al hospital y le haremos unas cuantas pruebas. Probablemente tenga que pasar allí la noche, pero está evolucionando muy bien. ¿Quiere hablar un momento con ella?
—Sí, por supuesto.
A pesar de que llevaba unos pantalones claros, Carmen se sentó en el suelo y tomó la mano de Paula.
—Dios mío —susurró con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Cómo podré agradecértelo?
Paula contestó sollozante.
—No me des las gracias. Todo esto es culpa mía. Esos estúpidos me reconocieron porque me habían visto en el periódico. Empezaron a meterse conmigo y después se fijaron en Luisa. Entonces la emprendieron contra ella. Si le hubieran hecho algún daño…
Carmen alargó la mano para secarle las lágrimas que ni siquiera había sentido caer.
—Si le hubieran hecho algún daño, no habrían encontrado en la tierra un lugar en el que esconderse. Pedro les habría encontrado y habría acabado con ellos.
Hablaba con tanta fiereza que Paula la creía a pies juntillas.
—Tú no tienes la culpa —continuó diciendo Carmen—. Por favor, no pienses eso.
—Pero ellos…
—Eran unos capullos —sonrió ligeramente—. Jamás dejaré que la prensa sepa que puedo hablar así, pero te aseguro que puedo ser muy dura. Hijos de…
—Ha estado tan serena —dijo Paula—. Yo estaba muerta de miedo, pero Luisa se ha enfrentado a ellos. Deberías estar muy orgullosa de ella.
—Lo estoy, y también de tí. He visto cómo la has defendido.
Paula se llevó la mano a la mejilla.
—Me temo que no he hecho muy buen trabajo.
—Eres increíble —Carmen le apretó la mano con cariño—. No sé cómo voy a poder agradecértelo.
—No me des las gracias. No sabes lo mal que me siento por todo lo que ha pasado. Estaba aterrada.
—La quieres mucho.
Paula asintió, pero deseó no haberlo hecho al sentir cómo le dolía la cabeza.
—Es mi hermana.
A Carmen se le llenaron los ojos de lágrimas.
—He sido tan mala contigo. Yo no… —tragó saliva—. No hay excusa para lo que he hecho.
Paula frunció el ceño.
—Acabo de darme un golpe en la cabeza y creo que me he desmayado. Supongo que eso explica por qué no tengo ni idea de lo que estás hablado.
—¿No has visto un coche justo antes de perder la conciencia?
—Sí —contestó Paula, sin atreverse a mover la cabeza.
—Era yo. Mar y yo teníamos planes para esta tarde. Pero le he hecho venir aquí para espiarte.
—¿Qué?
A esas alturas, Paula ya estaba segura de que tenía una lesión cerebral. Era imposible que Carmen hubiera dicho que había ido a espiarla.
—Estaba tan herida, tan amargada que hice una estupidez. Me habría gustado ser yo la que llevara a Luisa a comprarse el vestido —se cubrió la cara con la mano libre—. Estoy tan avergonzada… En ese momento, te veía como la personificación de todos mis fracasos. Necesitaba hacerte daño.
—¿Nos seguiste? —dijo Paula sin estar muy segura de si lo había entendido correctamente—. Yo nunca le haría ningún daño a Luisa.
—Lo sé, lo sé. Lo siento mucho. He sido una estúpida, me he dejado llevar por los celos y he actuado de forma ridícula. Estaba herida. En realidad tú no tienes la culpa. Debería haberte dicho algo. Debería haberte dicho que quería ir con ustedes —Carmen bajó la mano—. Lo siento.
Paula la miró fijamente.
—Carmen, me habría encantado que vinieras con nosotras. Te admiro mucho. Ha habido veces… —tomó aire—. ¿Sabes? Muchas veces he pensado que habría preferido que tú fueras mi madre a que Miguel fuera mi padre.
—Luisa —gritó.
El hombre que tenía frente a ella sosteniendo una linterna delante de sus ojos sonrió.
—No ha pasado nada —le explicó—. Luisa está bien. Tú eres la única que ha sufrido algún daño. Me temo que se te va a poner el ojo morado.
—Genial —dijo Paula, buscando con la mirada a la adolescente.
Le dolía la cara, y también la cabeza, pero en aquel momento, nada de eso importaba.
Había cerca de una docena de personas a su alrededor. Algunos trabajadores del servicio de urgencias, policías y unos cuantos clientes que lo observaban todo a cierta distancia. Paula continuó buscando con la mirada hasta que vió a Carmen y a una joven a la que no conocía junto a Luisa.
—Luisa está bien —susurró aliviada.
—Claro que está bien. Es una chica fuerte. Su madre dice que se lanzó sobre tí como una leona, dispuesta a atacar a esos chicos.
—Ya se han ido, ¿verdad? —preguntó Paula, deseando que les castigaran por lo que habían intentado hacerle a Luisa.
—Les agarrarán. Tenemos una descripción exacta de los tres. Luisa se ha fijado mucho en ellos.
Carmen desvió la mirada para fijarla en el rostro de Paula. Le dijo algo a Luisa y a la otra mujer y corrió hacia ella.
—¿Cómo está? —le preguntó al hombre que sostenía la linterna—. Se ha dado un golpe en la cabeza.
—Sí, señora, ya lo sé. Tiene buen aspecto. De momento vamos a llevarla al hospital y le haremos unas cuantas pruebas. Probablemente tenga que pasar allí la noche, pero está evolucionando muy bien. ¿Quiere hablar un momento con ella?
—Sí, por supuesto.
A pesar de que llevaba unos pantalones claros, Carmen se sentó en el suelo y tomó la mano de Paula.
—Dios mío —susurró con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Cómo podré agradecértelo?
Paula contestó sollozante.
—No me des las gracias. Todo esto es culpa mía. Esos estúpidos me reconocieron porque me habían visto en el periódico. Empezaron a meterse conmigo y después se fijaron en Luisa. Entonces la emprendieron contra ella. Si le hubieran hecho algún daño…
Carmen alargó la mano para secarle las lágrimas que ni siquiera había sentido caer.
—Si le hubieran hecho algún daño, no habrían encontrado en la tierra un lugar en el que esconderse. Pedro les habría encontrado y habría acabado con ellos.
Hablaba con tanta fiereza que Paula la creía a pies juntillas.
—Tú no tienes la culpa —continuó diciendo Carmen—. Por favor, no pienses eso.
—Pero ellos…
—Eran unos capullos —sonrió ligeramente—. Jamás dejaré que la prensa sepa que puedo hablar así, pero te aseguro que puedo ser muy dura. Hijos de…
—Ha estado tan serena —dijo Paula—. Yo estaba muerta de miedo, pero Luisa se ha enfrentado a ellos. Deberías estar muy orgullosa de ella.
—Lo estoy, y también de tí. He visto cómo la has defendido.
Paula se llevó la mano a la mejilla.
—Me temo que no he hecho muy buen trabajo.
—Eres increíble —Carmen le apretó la mano con cariño—. No sé cómo voy a poder agradecértelo.
—No me des las gracias. No sabes lo mal que me siento por todo lo que ha pasado. Estaba aterrada.
—La quieres mucho.
Paula asintió, pero deseó no haberlo hecho al sentir cómo le dolía la cabeza.
—Es mi hermana.
A Carmen se le llenaron los ojos de lágrimas.
—He sido tan mala contigo. Yo no… —tragó saliva—. No hay excusa para lo que he hecho.
Paula frunció el ceño.
—Acabo de darme un golpe en la cabeza y creo que me he desmayado. Supongo que eso explica por qué no tengo ni idea de lo que estás hablado.
—¿No has visto un coche justo antes de perder la conciencia?
—Sí —contestó Paula, sin atreverse a mover la cabeza.
—Era yo. Mar y yo teníamos planes para esta tarde. Pero le he hecho venir aquí para espiarte.
—¿Qué?
A esas alturas, Paula ya estaba segura de que tenía una lesión cerebral. Era imposible que Carmen hubiera dicho que había ido a espiarla.
—Estaba tan herida, tan amargada que hice una estupidez. Me habría gustado ser yo la que llevara a Luisa a comprarse el vestido —se cubrió la cara con la mano libre—. Estoy tan avergonzada… En ese momento, te veía como la personificación de todos mis fracasos. Necesitaba hacerte daño.
—¿Nos seguiste? —dijo Paula sin estar muy segura de si lo había entendido correctamente—. Yo nunca le haría ningún daño a Luisa.
—Lo sé, lo sé. Lo siento mucho. He sido una estúpida, me he dejado llevar por los celos y he actuado de forma ridícula. Estaba herida. En realidad tú no tienes la culpa. Debería haberte dicho algo. Debería haberte dicho que quería ir con ustedes —Carmen bajó la mano—. Lo siento.
Paula la miró fijamente.
—Carmen, me habría encantado que vinieras con nosotras. Te admiro mucho. Ha habido veces… —tomó aire—. ¿Sabes? Muchas veces he pensado que habría preferido que tú fueras mi madre a que Miguel fuera mi padre.
Tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 78
Les había llevado cuatro vestidos, cada uno peor que el anterior. A uno de ellos le habían rebajado el precio tres veces y a Paula no le sorprendía. ¿Quién iba a comprar una cosa así?
Habían estado en otras tiendas de las galerías y no les había pasado nada parecido. ¿Lo habría hecho la dependienta porque Luisa tenía el síndrome de Down? Paula no quería pensarlo, pero ella tenía la sensación de que ése podía ser el problema.
Se recordó a sí misma que la gente así era estúpida y que ella tenía sus propios problemas en los que pensar. No tenía que sufrir por esas tonterías. Lo único que tenía que hacer era sacar a Luisa de allí e ir a buscar un vestido a cualquier otra parte.
En cuanto Luisa se vistió de nuevo y dejaron aquel vestido horroroso en su sitio, Paula la sacó de la tienda.
—Creo que vamos a necesitar un poco de energía para continuar la búsqueda —dijo Paula—. ¿Te apetece tomar algo?
—¿Galletas saladas? —preguntó Luisa esperanzada.
—Galletas saladas.
Se dirigieron a un puesto de Auntie Annes y compraron unas galletas y unos refrescos. Mientras comían, Luisa estuvo hablándole a Paula del colegio.
—Prefiero la lectura a las matemáticas —le explicó—. A veces, Pedro viene a casa y me ayuda con las matemáticas. Ya sabes que voy a unas clases especiales, pero lo hago muy bien.
—Estoy convencida. Seguro que estudias mucho.
—Sí —Luisa sonrió y se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja—. Me alegro de que seas mi hermana. Mamá me ha contado que ahora somos hermanas.
—Sí, yo también me alegro —dijo Paula—. Tengo tres hermanos, así que supongo que eso significa que también ellos forman parte de tu familia. Bueno, eso creo, todo esto es un lío.
—Sí, para mí también.
Luisa se acercó a Paula y apoyó la cabeza en su hombro.
—Eres muy buena. Silvina nunca era buena conmigo —miró a Paula y se tapó la boca—. No debería haber dicho eso.
—No te preocupes. No se lo diré a nadie.
—Vale —Luisa volvió a apoyar la cabeza en su hombro—. Me decía muchas cosas malas. No cuando estaba Pedro cerca. A veces me asustaba. Pero yo no quería decírselo a nadie.
Qué bruja, pensó Paula, furiosa con la otra mujer. ¿Qué demonios podía haber visto Pedro en ella? Le indignaba pensar que Pedro había estado engañándole con Silvina y que incluso estaba dispuesto a volver con ella.
El estómago se le revolvió al pensar en ello. Quería concederle a Pedro el beneficio de la duda, decirse que seguro que había una buena explicación para todo aquello, pero no podía. Sobre todo después de que Carmen hubiera confirmado sus peores temores. Una vez más, su vida había vuelto a convertirse en una pesadilla.
Bueno, no del todo, pensó mientras le acariciaba a Luisa la cabeza. Era maravilloso tener una hermana. Y aquel día lo había pasado estupendamente. Así, poco a poco, iría superando el dolor.
Terminaron el aperitivo y se dirigieron a otra tienda. Allí Luisa encontró un vestido precioso de color verde claro que le quedaba perfecto. Giró ante el espejo.
—Me encanta.
—Pareces una princesa.
—¿De verdad? —preguntó Luisa con una sonrisa de oreja a oreja.
—Claro que sí
Paula la miró. El vestido era perfecto. Juvenil y en absoluto infantil. El escote era bastante discreto y el corpiño se ajustaba elegantemente a su cuerpo, la falda era de vuelo y se inflaba cada vez que Luisa giraba.
—Creo que es el vestido perfecto para una fiesta —dijo Paula—. ¿Piensas recogerte el pelo?
—Sí. Mi madre me ha dicho que ella sabe hacerme un moño.
Pagaron el vestido, fueron a comprar un par de zapatos a juego y volvieron al coche. Era más tarde de lo que Paula esperaba y ya había oscurecido. Ella llevaba las bolsas en una mano y a Luisa agarrada de la otra mientras se dirigían al coche.
De pronto, tres adolescentes se pararon justo delante de ellas.
—Vaya, mira lo que tenemos aquí —dijo uno de los chicos.
Era el más alto de los tres e iba vestido con unos vaqueros y una camisa de franela con una camiseta debajo. Miró a Paula fijamente.
—A tí te conozco —dijo.
—No, no me conoces de nada —replicó ella y comenzó a rodearlos.
Pero volvieron a colocarse delante de ella, bloqueándole el paso.
Paula se tensó sin estar muy segura de qué hacer a continuación. ¿Qué querían? Parecían chicos normales y corrientes. ¿Querrían quitarle el bolso? ¿Pretenderían llevarse el coche?
Otro de los chicos miró a Paula con el ceño fruncido.
—Tienes razón. He visto una fotografía suya.
—Sí, es la tía ésa que salió en el periódico. La que se acuesta con su hermano —intervino un tercero—. Ya sabes, la hija de ese tipo que se presenta a las elecciones.
—El senador Schulz—dijo Luisa—. Es mi papá. Y ahora pueden dejarnos en paz.
Los tres chicos soltaron un bufido burlón.
—Vaya, J.P., la subnormal tiene unas buenas tetas ¿eh? ¿Sabes lo que es eso, preciosa? ¿Entiendes lo que quiero decir?
Paula estaba cada vez más preocupada por Luisa. Comenzó a avanzar hacia el coche.
—Yo no soy subnormal —dijo Luisa alzando la cabeza—. Soy una persona normal.
—Pues no lo parece —el chico que estaba a la izquierda agarró a Paula del brazo—. ¡Eh! ¿Qué crees que estás haciendo? ¿Adónde vas?
Paula apartó el brazo con fuerza.
—A mi coche.
—Pues me parece que te equivocas. De momento vas a quedarte aquí.
—¡Déjala en paz! —gritó Luisa con fiereza—. No te tenemos miedo.
Paula no estaba en absoluto de acuerdo con ella. Estaba muerta de miedo. Al ver de cerca a los chicos, había podido darse cuenta de que tenían las pupilas dilatadas. Genial. Habían consumido alguna droga. Eso significaba que estaría seriamente mermada su capacidad de razonar.
Presionó el botón de las llaves del coche, pero no pasó nada. Seguramente estaba demasiado lejos. Si pudiera llegar hasta él, podría activar la alarma y aquel ruido bastaría para alejar a aquellos tres adolescentes.
Dió un paso adelante. Los chicos continuaban acosándolas. El que respondía al nombre de J.P. se interpuso entre Luisa y ella.
—A la gente como tú no deberían dejarle vivir —dijo con el rostro a sólo unos centímetros del de Luisa—. Deberían ahogarlos nada más nacer. Como a los animales que nacen con algún defecto.
—Eres un cabeza hueca —gritó Luisa, y le empujó.
Paula se volvió para interponerse entre ellos, pero los otros chicos la agarraron del brazo. Ella se retorcía para intentar liberarse, pero no lo consiguió.
J.P. avanzó hacia Luisa y posó las manos en su pecho.
—Vaya, mirad esto. La subnormal tiene buenas curvas —bajó las manos hacia el cinturón de su pantalón—. Vamos a divertirnos un poco. Empezaré yo —miró a Luisa con una sonrisa—. Seguro que todavía eres virgen, ¿verdad? Pues te va a gustar lo que te voy a hacer.
En ese momento, Paula perdió por completo el control. Fue como si de pronto fuera poseída por una furia y una necesidad de proteger a una persona indefensa que superaban todo lo que había experimentado en su vida.
—¡Apártate de ella! —gritó.
Se liberó de sus captores y comenzó a blandir las bolsas como si fueran armas. Gritaba mientras golpeaba a uno de los chicos con la bolsa en la que llevaba la caja de zapatos y le lanzaba una patada a J.P. que intentaba acercarse a ella. Pero J.P. alzó el brazo, y antes de que ella hubiera podido alcanzarle, le dio un puñetazo en pleno rostro.
El dolor fue como una explosión. El impacto del golpe la lanzó contra un poste y allí volvió a golpearse la cabeza con dureza. Vio una luz brillante, oyó un sonido sordo y vió lo que parecía un coche corriendo hacia ellas.
—¡Socorro! —dijo con un hilo de voz mientras iba cayendo contra el suelo de cemento—. Necesitamos…
Y de pronto el mundo desapareció.
Habían estado en otras tiendas de las galerías y no les había pasado nada parecido. ¿Lo habría hecho la dependienta porque Luisa tenía el síndrome de Down? Paula no quería pensarlo, pero ella tenía la sensación de que ése podía ser el problema.
Se recordó a sí misma que la gente así era estúpida y que ella tenía sus propios problemas en los que pensar. No tenía que sufrir por esas tonterías. Lo único que tenía que hacer era sacar a Luisa de allí e ir a buscar un vestido a cualquier otra parte.
En cuanto Luisa se vistió de nuevo y dejaron aquel vestido horroroso en su sitio, Paula la sacó de la tienda.
—Creo que vamos a necesitar un poco de energía para continuar la búsqueda —dijo Paula—. ¿Te apetece tomar algo?
—¿Galletas saladas? —preguntó Luisa esperanzada.
—Galletas saladas.
Se dirigieron a un puesto de Auntie Annes y compraron unas galletas y unos refrescos. Mientras comían, Luisa estuvo hablándole a Paula del colegio.
—Prefiero la lectura a las matemáticas —le explicó—. A veces, Pedro viene a casa y me ayuda con las matemáticas. Ya sabes que voy a unas clases especiales, pero lo hago muy bien.
—Estoy convencida. Seguro que estudias mucho.
—Sí —Luisa sonrió y se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja—. Me alegro de que seas mi hermana. Mamá me ha contado que ahora somos hermanas.
—Sí, yo también me alegro —dijo Paula—. Tengo tres hermanos, así que supongo que eso significa que también ellos forman parte de tu familia. Bueno, eso creo, todo esto es un lío.
—Sí, para mí también.
Luisa se acercó a Paula y apoyó la cabeza en su hombro.
—Eres muy buena. Silvina nunca era buena conmigo —miró a Paula y se tapó la boca—. No debería haber dicho eso.
—No te preocupes. No se lo diré a nadie.
—Vale —Luisa volvió a apoyar la cabeza en su hombro—. Me decía muchas cosas malas. No cuando estaba Pedro cerca. A veces me asustaba. Pero yo no quería decírselo a nadie.
Qué bruja, pensó Paula, furiosa con la otra mujer. ¿Qué demonios podía haber visto Pedro en ella? Le indignaba pensar que Pedro había estado engañándole con Silvina y que incluso estaba dispuesto a volver con ella.
El estómago se le revolvió al pensar en ello. Quería concederle a Pedro el beneficio de la duda, decirse que seguro que había una buena explicación para todo aquello, pero no podía. Sobre todo después de que Carmen hubiera confirmado sus peores temores. Una vez más, su vida había vuelto a convertirse en una pesadilla.
Bueno, no del todo, pensó mientras le acariciaba a Luisa la cabeza. Era maravilloso tener una hermana. Y aquel día lo había pasado estupendamente. Así, poco a poco, iría superando el dolor.
Terminaron el aperitivo y se dirigieron a otra tienda. Allí Luisa encontró un vestido precioso de color verde claro que le quedaba perfecto. Giró ante el espejo.
—Me encanta.
—Pareces una princesa.
—¿De verdad? —preguntó Luisa con una sonrisa de oreja a oreja.
—Claro que sí
Paula la miró. El vestido era perfecto. Juvenil y en absoluto infantil. El escote era bastante discreto y el corpiño se ajustaba elegantemente a su cuerpo, la falda era de vuelo y se inflaba cada vez que Luisa giraba.
—Creo que es el vestido perfecto para una fiesta —dijo Paula—. ¿Piensas recogerte el pelo?
—Sí. Mi madre me ha dicho que ella sabe hacerme un moño.
Pagaron el vestido, fueron a comprar un par de zapatos a juego y volvieron al coche. Era más tarde de lo que Paula esperaba y ya había oscurecido. Ella llevaba las bolsas en una mano y a Luisa agarrada de la otra mientras se dirigían al coche.
De pronto, tres adolescentes se pararon justo delante de ellas.
—Vaya, mira lo que tenemos aquí —dijo uno de los chicos.
Era el más alto de los tres e iba vestido con unos vaqueros y una camisa de franela con una camiseta debajo. Miró a Paula fijamente.
—A tí te conozco —dijo.
—No, no me conoces de nada —replicó ella y comenzó a rodearlos.
Pero volvieron a colocarse delante de ella, bloqueándole el paso.
Paula se tensó sin estar muy segura de qué hacer a continuación. ¿Qué querían? Parecían chicos normales y corrientes. ¿Querrían quitarle el bolso? ¿Pretenderían llevarse el coche?
Otro de los chicos miró a Paula con el ceño fruncido.
—Tienes razón. He visto una fotografía suya.
—Sí, es la tía ésa que salió en el periódico. La que se acuesta con su hermano —intervino un tercero—. Ya sabes, la hija de ese tipo que se presenta a las elecciones.
—El senador Schulz—dijo Luisa—. Es mi papá. Y ahora pueden dejarnos en paz.
Los tres chicos soltaron un bufido burlón.
—Vaya, J.P., la subnormal tiene unas buenas tetas ¿eh? ¿Sabes lo que es eso, preciosa? ¿Entiendes lo que quiero decir?
Paula estaba cada vez más preocupada por Luisa. Comenzó a avanzar hacia el coche.
—Yo no soy subnormal —dijo Luisa alzando la cabeza—. Soy una persona normal.
—Pues no lo parece —el chico que estaba a la izquierda agarró a Paula del brazo—. ¡Eh! ¿Qué crees que estás haciendo? ¿Adónde vas?
Paula apartó el brazo con fuerza.
—A mi coche.
—Pues me parece que te equivocas. De momento vas a quedarte aquí.
—¡Déjala en paz! —gritó Luisa con fiereza—. No te tenemos miedo.
Paula no estaba en absoluto de acuerdo con ella. Estaba muerta de miedo. Al ver de cerca a los chicos, había podido darse cuenta de que tenían las pupilas dilatadas. Genial. Habían consumido alguna droga. Eso significaba que estaría seriamente mermada su capacidad de razonar.
Presionó el botón de las llaves del coche, pero no pasó nada. Seguramente estaba demasiado lejos. Si pudiera llegar hasta él, podría activar la alarma y aquel ruido bastaría para alejar a aquellos tres adolescentes.
Dió un paso adelante. Los chicos continuaban acosándolas. El que respondía al nombre de J.P. se interpuso entre Luisa y ella.
—A la gente como tú no deberían dejarle vivir —dijo con el rostro a sólo unos centímetros del de Luisa—. Deberían ahogarlos nada más nacer. Como a los animales que nacen con algún defecto.
—Eres un cabeza hueca —gritó Luisa, y le empujó.
Paula se volvió para interponerse entre ellos, pero los otros chicos la agarraron del brazo. Ella se retorcía para intentar liberarse, pero no lo consiguió.
J.P. avanzó hacia Luisa y posó las manos en su pecho.
—Vaya, mirad esto. La subnormal tiene buenas curvas —bajó las manos hacia el cinturón de su pantalón—. Vamos a divertirnos un poco. Empezaré yo —miró a Luisa con una sonrisa—. Seguro que todavía eres virgen, ¿verdad? Pues te va a gustar lo que te voy a hacer.
En ese momento, Paula perdió por completo el control. Fue como si de pronto fuera poseída por una furia y una necesidad de proteger a una persona indefensa que superaban todo lo que había experimentado en su vida.
—¡Apártate de ella! —gritó.
Se liberó de sus captores y comenzó a blandir las bolsas como si fueran armas. Gritaba mientras golpeaba a uno de los chicos con la bolsa en la que llevaba la caja de zapatos y le lanzaba una patada a J.P. que intentaba acercarse a ella. Pero J.P. alzó el brazo, y antes de que ella hubiera podido alcanzarle, le dio un puñetazo en pleno rostro.
El dolor fue como una explosión. El impacto del golpe la lanzó contra un poste y allí volvió a golpearse la cabeza con dureza. Vio una luz brillante, oyó un sonido sordo y vió lo que parecía un coche corriendo hacia ellas.
—¡Socorro! —dijo con un hilo de voz mientras iba cayendo contra el suelo de cemento—. Necesitamos…
Y de pronto el mundo desapareció.
Tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 77
Pedro no habría sufrido un impacto mayor si su madre le hubiera dicho que acababa de matar a alguien. Su madre nunca actuaba dejándose llevar por el genio o por los impulsos. No era una mujer deliberadamente cruel. Jamás habría pensado que podría ser capaz de hacer sufrir intencionadamente a Paula… De hacerle daño a él.
No sabía qué pensar, qué decir. Aunque una parte de él sabía que tenía que encontrar a Paula y explicarle todo lo que había conspirado contra ellos, otra parte de sí mismo estaba destrozada al descubrir que su madre no era la santa que él siempre había pensado.
—¿Pedro? —susurró su madre—. Lo siento.
—Lo sé —respondió Pedro, consciente de que el hecho de que su madre lo sintiera no iba a servirle de nada.
—No sabes cuánto me ha costado tomar la decisión —dijo Paula con calor, preguntándose si el saber que se sentía culpable serviría de algo—. Has sido magnífico conmigo y me ha encantado trabajar aquí. Y la verdad es que estoy dispuesta a quedarme hasta que hayas encontrado a alguien para el puesto.
Bernie negó con la cabeza.
—Te preocupas demasiado. Estaré perfectamente. Tengo familiares que pueden venir a trabajar aquí durante una temporada —sonrió de oreja a oreja—. He aprendido de los mejores.
—Adoro a tu madre —musitó Paula, consciente de que echaría de menos los comentarios constantes de mamá Josefina sobre cualquier cosa. Aquella mujer tan pronto estaba hablando del tiempo como del relleno de los canelones.
—Y ella te adora a tí. Pero estoy seguro de que no echarás de menos oírle hablar de lo perfecto que es su hijo.
Paula suspiró.
—Ojalá fueras más joven.
Bernie se echó a reír.
—Y ojalá tú tuvieras unos cuantos años más —le tendió la mano—. Que tengas mucha suerte, Paula. Has decidido trabajar con tu familia y ésa siempre es una decisión sabia. Dame un par de semanas para empezar a buscar, pero nada más. Tú también necesitas comenzar el siguiente capítulo de tu vida.
—Estás siendo más amable de lo que me merezco.
Bernie se encogió de hombros.
—Siempre he sido un buen tipo.
Y era cierto. Era un hombre encantador. A pesar de la diferencia de edad, le habría gustado enamorarse de él y no de Pedro. Bernie jamás le habría engañado ni le habría roto el corazón.
Se obligó a dejar de pensar en Pedro, porque le resultaba demasiado doloroso. Le estrechó la mano a Bernie y se levantó.
—Eres un buen hombre, gracias por todo.
Bernie le soltó la mano y señaló hacia la puerta.
—Ahora, vete de aquí antes de que cambie de opinión.
Paula se despidió con un gesto y salió.
Echaría de menos el Bella Roma, pero tenía muchas ganas de trabajar en Chave's. Se alegraba además de haber tomado la decisión de aceptar el puesto antes de enterarse de la verdad sobre Pedro. Así no tenía que preocuparse de que aquella decisión hubiera sido una huida al refugio del hogar.
Miró el reloj y comprendió que tendría que salir inmediatamente si no quería llegar tarde a buscar a Luisa. Y estaba ya fuera cuando uno de los camareros la llamó:
—Tienes una llamada de teléfono. Es de un tal Pedro.
Era la primera noticia que tenía de Pedro desde hacía cuatro días. Y le fastidió que su primera reacción fuera de alegría. ¿Tan mal estaba que estaba deseando verle a pesar de saber que era una auténtica rata?
—Dile que me he ido —le pidió a Bernie.
—Ahora mismo.
Paula sacó inmediatamente el móvil y lo apagó. No tenía ganas de oír nada de lo que Pedro pudiera decirle.
Una hora y media más tarde, estaba en un probador abarrotado de vestidos, con Luisa y riendo con tantas ganas que se le saltaban las lágrimas.
—¡Para! —gritó mientras Luisa saltaba como un polluelo dentro de un vestido amarillo de tul que no podía ser más feo—. Para, por favor. Ya no tengo edad para esto. Si sigo riéndome así, voy a desmayarme.
—Pero es tan vaporoso —dijo Luisa, imitando genialmente a la dependienta que les había ayudado—. Y el amarillo es perfecto para mi pelo.
Paula parpadeó lentamente para alejar las lágrimas y se sentó en el suelo.
—Renuncio —dijo—. Este sitio es horrible. Vamos a otra tienda en la que tengan vestidos más bonitos.
—Pero a mí me hace ilusión parecer un pollo —insistió Luisa con los ojos resplandecientes de diversión.
—Sí, claro. Oh, Dios mío, ¿en qué estaba pensando esa mujer?
No sabía qué pensar, qué decir. Aunque una parte de él sabía que tenía que encontrar a Paula y explicarle todo lo que había conspirado contra ellos, otra parte de sí mismo estaba destrozada al descubrir que su madre no era la santa que él siempre había pensado.
—¿Pedro? —susurró su madre—. Lo siento.
—Lo sé —respondió Pedro, consciente de que el hecho de que su madre lo sintiera no iba a servirle de nada.
—No sabes cuánto me ha costado tomar la decisión —dijo Paula con calor, preguntándose si el saber que se sentía culpable serviría de algo—. Has sido magnífico conmigo y me ha encantado trabajar aquí. Y la verdad es que estoy dispuesta a quedarme hasta que hayas encontrado a alguien para el puesto.
Bernie negó con la cabeza.
—Te preocupas demasiado. Estaré perfectamente. Tengo familiares que pueden venir a trabajar aquí durante una temporada —sonrió de oreja a oreja—. He aprendido de los mejores.
—Adoro a tu madre —musitó Paula, consciente de que echaría de menos los comentarios constantes de mamá Josefina sobre cualquier cosa. Aquella mujer tan pronto estaba hablando del tiempo como del relleno de los canelones.
—Y ella te adora a tí. Pero estoy seguro de que no echarás de menos oírle hablar de lo perfecto que es su hijo.
Paula suspiró.
—Ojalá fueras más joven.
Bernie se echó a reír.
—Y ojalá tú tuvieras unos cuantos años más —le tendió la mano—. Que tengas mucha suerte, Paula. Has decidido trabajar con tu familia y ésa siempre es una decisión sabia. Dame un par de semanas para empezar a buscar, pero nada más. Tú también necesitas comenzar el siguiente capítulo de tu vida.
—Estás siendo más amable de lo que me merezco.
Bernie se encogió de hombros.
—Siempre he sido un buen tipo.
Y era cierto. Era un hombre encantador. A pesar de la diferencia de edad, le habría gustado enamorarse de él y no de Pedro. Bernie jamás le habría engañado ni le habría roto el corazón.
Se obligó a dejar de pensar en Pedro, porque le resultaba demasiado doloroso. Le estrechó la mano a Bernie y se levantó.
—Eres un buen hombre, gracias por todo.
Bernie le soltó la mano y señaló hacia la puerta.
—Ahora, vete de aquí antes de que cambie de opinión.
Paula se despidió con un gesto y salió.
Echaría de menos el Bella Roma, pero tenía muchas ganas de trabajar en Chave's. Se alegraba además de haber tomado la decisión de aceptar el puesto antes de enterarse de la verdad sobre Pedro. Así no tenía que preocuparse de que aquella decisión hubiera sido una huida al refugio del hogar.
Miró el reloj y comprendió que tendría que salir inmediatamente si no quería llegar tarde a buscar a Luisa. Y estaba ya fuera cuando uno de los camareros la llamó:
—Tienes una llamada de teléfono. Es de un tal Pedro.
Era la primera noticia que tenía de Pedro desde hacía cuatro días. Y le fastidió que su primera reacción fuera de alegría. ¿Tan mal estaba que estaba deseando verle a pesar de saber que era una auténtica rata?
—Dile que me he ido —le pidió a Bernie.
—Ahora mismo.
Paula sacó inmediatamente el móvil y lo apagó. No tenía ganas de oír nada de lo que Pedro pudiera decirle.
Una hora y media más tarde, estaba en un probador abarrotado de vestidos, con Luisa y riendo con tantas ganas que se le saltaban las lágrimas.
—¡Para! —gritó mientras Luisa saltaba como un polluelo dentro de un vestido amarillo de tul que no podía ser más feo—. Para, por favor. Ya no tengo edad para esto. Si sigo riéndome así, voy a desmayarme.
—Pero es tan vaporoso —dijo Luisa, imitando genialmente a la dependienta que les había ayudado—. Y el amarillo es perfecto para mi pelo.
Paula parpadeó lentamente para alejar las lágrimas y se sentó en el suelo.
—Renuncio —dijo—. Este sitio es horrible. Vamos a otra tienda en la que tengan vestidos más bonitos.
—Pero a mí me hace ilusión parecer un pollo —insistió Luisa con los ojos resplandecientes de diversión.
—Sí, claro. Oh, Dios mío, ¿en qué estaba pensando esa mujer?
Tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 76
—Paula cree que Silvina está embarazada —continuó Pedro con expresión de absoluta incredulidad—. ¿Qué tontería es ésa?
—A lo mejor lo está.
Pedro miró a su madre y soltó un juramento.
—¿Silvina embarazada? Pero si ella nunca quiso tener hijos.
Carmen parpadeó sorprendida.
—¿De qué estás hablando? Silvina siempre dijo que quería formar una familia.
—Todo era palabrería —replicó Pedro—. Y yo me la tragué. Pero desde que nos casamos, cada vez que yo presionaba para que tuviéramos un hijo, a ella se le ocurría alguna razón por la que era preferible esperar. No quería tener hijos. Así que, si se ha quedado embarazada, ha tenido que ser de forma completamente accidental.
—O a lo mejor lo ha hecho para causar problemas —musitó Carmen.
Se preguntaba de pronto hasta dónde habría sido capaz de llegar su ex nuera para recuperar a Pedro. ¿Habría sido capaz de quedarse embarazada de otro hombre para hacer pasar a ese hijo como hijo de Pedro?
—¿De verdad no te has acostado con ella? —inmediatamente hizo un gesto con la mano—. Olvídalo, soy tu madre. Estoy hablando en serio, Pedro. ¿No has estado saliendo con Silvina?
Pedro la miró a los ojos.
—No. Me fui de casa el día que la descubrí con otro hombre. No quería que lo supieras porque soy consciente de que son muy amigas. Pero eso fue lo que puso fin a nuestro matrimonio.
A Carmen se le desgarró el corazón al oírle. Sufría por su hijo y por todo lo que había pasado. Los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Oh, Pedro —Carmen se acercó a él y le abrazó.
—Te vas a arrugar el vestido —le advirtió Pedro.
—A la porra el vestido.
Pedro se echó a reír.
—Te veo muy rebelde. Es encantador.
—Oh, por favor. No me trates como si fuera una vieja loca. Me falta demasiado poco para llegar a serlo.
—Tú nunca serás nada parecido.
Carmen retrocedió y miró fijamente a su hijo. Cuánto le quería. Le había querido desde que era un niño y esos sentimientos habían ido fortaleciéndose día a día. No habría sido capaz de quererle más aunque le hubiera dado ella misma la vida.
Ésa era la única verdad, se recordó a sí misma. Quería a sus hijos con todas fuerzas. Nadie podía negar aquel vínculo.
—Tengo que decirte algo —le dijo mientras sentía el escozor de las lágrimas—. He hecho algo terrible.
Pedro le sonrió a su madre.
—Imposible.
—En serio, Pedro, y no sabes cuánto lo siento. Es posible que lo que estoy a punto de decirte deteriore nuestra relación y no sabes hasta qué punto me arrepiento de algo que he hecho. Estaba dolida y enfada y quería herir a alguien. Quería hacer daño a Paula. Soy terrible, lo sé, y me avergüenzo de mí misma. No espero que me perdones ahora mismo, pero aspiro a que, por lo menos, con el tiempo seas capaz de dejar de odiarme.
Pedro la miró desconcertado. Carmen sabía que su hijo jamás la había visto así; su rostro mostraba su incomodidad.
—Mamá, tranquilízate —le dijo—. Sea lo que sea, estoy seguro de que podremos arreglarlo.
—Yo no soy capaz, pero a lo mejor tú sí —tragó saliva—. Paula vino a verme hace un par de días. Teníamos que ensayar el discurso. Ella estaba muy afectada por muchas cosas, pero sobre todo por tí. Me dijo que Silvina había ido a verle y le había dicho que estaban saliendo. Al parecer, tenía información que daba a entender que había estado en tu casa.
Pedro soltó una maldición.
—Silvina no ha estado nunca en mi casa. Jamás la he llevado allí.
—Lo sé, pero supongo que tiene otras fuentes de información. A lo mejor se enteró de que estabas interesado en la casa y ella misma fue a verla. ¿Quién sabe? La cuestión es que fue capaz de convencer a Paula de que estaba embarazada y de que ese hijo era tuyo.
Carmen miró desolada a su hijo.
—Lo siento, Pedro. Lo siento mucho. Sé que esas palabras no significan nada, pero… Siempre me he enorgullecido de ser una buena persona, pero es mentira. Todo es mentira.
—Claro que no —Pedro la agarró por los hombros—. Mamá, eres la mejor persona que conozco.
—Eso no es cierto. Oh, Dios. Me da tanto miedo decírtelo…
Carmen miró a Pedro a los ojos. Los suyos estaban oscurecidos por las lágrimas. Su dolor y su arrepentimiento eran casi tangibles.
—Mamá, es imposible que puedas decir nada que me aleje de tí —le aseguró Pedro, y lo decía completamente en serio.
—Eso tú no lo sabes. Paula quería saber si yo pensaba que era posible que Silvina y tú estuvieran viéndose. Yo le dije que sí.
Pedro retrocedió. Sabía que de todos los Schulz, Carmen era la persona en la que Paula más confiaba. El hecho de haberle oído decir eso sobre Silvina habría confirmado sus peores temores.
—Lo sé —dijo Carmen mientras las lágrimas comenzaban a descender por sus mejillas—. Sé que he sido terrible y no tengo ninguna excusa ni explicación para justificar lo que he hecho. Estaba dolida y… —se volvió—. Lo siento.
—A lo mejor lo está.
Pedro miró a su madre y soltó un juramento.
—¿Silvina embarazada? Pero si ella nunca quiso tener hijos.
Carmen parpadeó sorprendida.
—¿De qué estás hablando? Silvina siempre dijo que quería formar una familia.
—Todo era palabrería —replicó Pedro—. Y yo me la tragué. Pero desde que nos casamos, cada vez que yo presionaba para que tuviéramos un hijo, a ella se le ocurría alguna razón por la que era preferible esperar. No quería tener hijos. Así que, si se ha quedado embarazada, ha tenido que ser de forma completamente accidental.
—O a lo mejor lo ha hecho para causar problemas —musitó Carmen.
Se preguntaba de pronto hasta dónde habría sido capaz de llegar su ex nuera para recuperar a Pedro. ¿Habría sido capaz de quedarse embarazada de otro hombre para hacer pasar a ese hijo como hijo de Pedro?
—¿De verdad no te has acostado con ella? —inmediatamente hizo un gesto con la mano—. Olvídalo, soy tu madre. Estoy hablando en serio, Pedro. ¿No has estado saliendo con Silvina?
Pedro la miró a los ojos.
—No. Me fui de casa el día que la descubrí con otro hombre. No quería que lo supieras porque soy consciente de que son muy amigas. Pero eso fue lo que puso fin a nuestro matrimonio.
A Carmen se le desgarró el corazón al oírle. Sufría por su hijo y por todo lo que había pasado. Los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Oh, Pedro —Carmen se acercó a él y le abrazó.
—Te vas a arrugar el vestido —le advirtió Pedro.
—A la porra el vestido.
Pedro se echó a reír.
—Te veo muy rebelde. Es encantador.
—Oh, por favor. No me trates como si fuera una vieja loca. Me falta demasiado poco para llegar a serlo.
—Tú nunca serás nada parecido.
Carmen retrocedió y miró fijamente a su hijo. Cuánto le quería. Le había querido desde que era un niño y esos sentimientos habían ido fortaleciéndose día a día. No habría sido capaz de quererle más aunque le hubiera dado ella misma la vida.
Ésa era la única verdad, se recordó a sí misma. Quería a sus hijos con todas fuerzas. Nadie podía negar aquel vínculo.
—Tengo que decirte algo —le dijo mientras sentía el escozor de las lágrimas—. He hecho algo terrible.
Pedro le sonrió a su madre.
—Imposible.
—En serio, Pedro, y no sabes cuánto lo siento. Es posible que lo que estoy a punto de decirte deteriore nuestra relación y no sabes hasta qué punto me arrepiento de algo que he hecho. Estaba dolida y enfada y quería herir a alguien. Quería hacer daño a Paula. Soy terrible, lo sé, y me avergüenzo de mí misma. No espero que me perdones ahora mismo, pero aspiro a que, por lo menos, con el tiempo seas capaz de dejar de odiarme.
Pedro la miró desconcertado. Carmen sabía que su hijo jamás la había visto así; su rostro mostraba su incomodidad.
—Mamá, tranquilízate —le dijo—. Sea lo que sea, estoy seguro de que podremos arreglarlo.
—Yo no soy capaz, pero a lo mejor tú sí —tragó saliva—. Paula vino a verme hace un par de días. Teníamos que ensayar el discurso. Ella estaba muy afectada por muchas cosas, pero sobre todo por tí. Me dijo que Silvina había ido a verle y le había dicho que estaban saliendo. Al parecer, tenía información que daba a entender que había estado en tu casa.
Pedro soltó una maldición.
—Silvina no ha estado nunca en mi casa. Jamás la he llevado allí.
—Lo sé, pero supongo que tiene otras fuentes de información. A lo mejor se enteró de que estabas interesado en la casa y ella misma fue a verla. ¿Quién sabe? La cuestión es que fue capaz de convencer a Paula de que estaba embarazada y de que ese hijo era tuyo.
Carmen miró desolada a su hijo.
—Lo siento, Pedro. Lo siento mucho. Sé que esas palabras no significan nada, pero… Siempre me he enorgullecido de ser una buena persona, pero es mentira. Todo es mentira.
—Claro que no —Pedro la agarró por los hombros—. Mamá, eres la mejor persona que conozco.
—Eso no es cierto. Oh, Dios. Me da tanto miedo decírtelo…
Carmen miró a Pedro a los ojos. Los suyos estaban oscurecidos por las lágrimas. Su dolor y su arrepentimiento eran casi tangibles.
—Mamá, es imposible que puedas decir nada que me aleje de tí —le aseguró Pedro, y lo decía completamente en serio.
—Eso tú no lo sabes. Paula quería saber si yo pensaba que era posible que Silvina y tú estuvieran viéndose. Yo le dije que sí.
Pedro retrocedió. Sabía que de todos los Schulz, Carmen era la persona en la que Paula más confiaba. El hecho de haberle oído decir eso sobre Silvina habría confirmado sus peores temores.
—Lo sé —dijo Carmen mientras las lágrimas comenzaban a descender por sus mejillas—. Sé que he sido terrible y no tengo ninguna excusa ni explicación para justificar lo que he hecho. Estaba dolida y… —se volvió—. Lo siento.
Tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 75
Pedro entró en las oficinas de su padre. Sabía que Miguel estaba en una reunión y que Carmen había ido para realizar una sesión de fotografías. Encontró a su madre frente a un enorme mapa del país.
—¿Tienes un momento? —le preguntó.
Su madre se volvió hacia él con una sonrisa.
—Por supuesto. Tengo que estar de pie hasta que el fotógrafo esté listo. No quiere que me estropee el maquillaje ni que me arrugue el traje. No puedo poner ninguna expresión, así que procura no hacerme reír.
Pedro sonrió.
—Me están entrando ganas de despeinarte.
—Ya me lo imagino. No sé cómo es posible que dentro de ese hombretón siga escondiéndose un niño travieso.
—Es uno de mis encantos.
—Sí, desde luego —inclinó la cabeza—. ¿Qué te pasa? ¿De qué quieres que hablemos?
Pedro cambió inmediatamente de expresión. Cerró la puerta buscando un poco de intimidad y se acercó a su madre.
—¿Qué dirías si te dijera que quiero dejar la campaña?
Carmen le miró con los ojos abiertos como platos.
—Pedro, no —posó la mano en su brazo—. ¿Lo dices en serio? ¿Tanto odias todo esto?
—Sí. Esto no tiene nada que ver conmigo ni con lo que yo quiero. No soy un animal político. Pero le dije a Miguel que le ayudaría y, al fin y al cabo, es mi padre.
Carmen asintió.
—Exacto. Siempre hay que serle leal a la familia. Todos tenemos que cumplir con nuestro deber —dejó caer la mano—. Aunque me temo que no soy la persona más adecuada para pedirle consejo.
—¿Porque estás demasiado metida en todo esto?
—Por eso y porque… —tomó aire—. Lo único que yo sé es hacer lo que se espera que haga. A veces, cuando actuamos de otra manera nos sentimos libres, otras, lo único que conseguimos es sentirnos infinitamente peor. ¿Has pensado en cómo puedes llegar a sentirte tú?
—La verdad es que ni siquiera estoy seguro de que importe —respondió—. Jamás imaginé que podría verme atrapado en medio de algo como esto. Sé hacia dónde debo dirigir mis lealtades, pero aun así, no soy capaz de continuar formando parte de la campaña.
—Esta campaña ha supuesto una complicación para todos nosotros. Sobre todo de un tiempo a esta parte.
Pedro miró a su madre.
—¿Lo dices por Paula?
—Digamos que ha puesto las cosas particularmente interesantes. No es culpa suya, pero no podía haber aparecido en un momento peor.
—Te ha hecho mucho daño, ¿verdad?
Carmen se volvió de nuevo hacia el mapa y posó la mano en el centro de Texas.
—En realidad no. Ella no tiene la culpa de lo que diga la gente, ni de cómo pueda reaccionar yo.
—Bueno, a partir de ahora ya no será un motivo de preocupación tan grande. Hemos dejado de vernos.
Carmen se tensó ligeramente.
—¿Qué ha pasado?
—No lo sé. Eso es lo más curioso de todo. Llegué a pensar que Paula era una mujer a la que podría llegar a querer. Después de mi experiencia con Silvina, no quería volver a saber nada de relaciones. No quería volver a confiar en nadie. Pero Paula era diferente.
Más que diferente. Había algo especial en ella, algo que hacía que Pedro deseara pasar a su lado cada momento de su vida. Quería saberlo todo de ella. Podía imaginar un futuro a su lado.
—¿Y ahora? —le preguntó su madre.
—Está muy afectada por las encuestas, algo que comprendo, pero también me ha acusado de seguir viendo a Silvina.
Aquella acusación le había dolido en lo más profundo. Paula sabía que su ex mujer le había traicionado. Sabía que para él la lealtad lo era todo y, aun así, estaba dispuesta a creer que la había engañado. Y nada más y nada menos que con Silvina. ¿Qué demonios le había pasado?
Carmen se volvió de nuevo hacia él.
—¿Y la estás viendo?
—No —contestó tajante—. Jamás engañaría a nadie y, desde luego, no pienso volver con Silvina. No lo entiendo, ¿cómo es posible que Paula piense que sigo viéndola?
Carmen sabía exactamente la razón. Porque eso era lo que Silvina le había dicho.
Se le revolvió el estómago de tal manera que por un momento pensó que iba a vomitar. ¿Cómo podía haberle mentido a Paula de aquella manera? ¿Cómo había sido capaz de interponerse entre Paula y Pedro de forma tan miserable? Ella quería a su hijo y si Paula le hacía feliz…
Pero la relación ya había terminado cuando Paula había ido a hablar con ella. En realidad, ella no había destruido nada.
Un triste intento de librarse de la culpa, de no asumir su responsabilidad.
Se dijo a sí misma que lo mejor que podía hacer era confesar el papel que había jugado en aquel asunto y pedir perdón. Abrió la boca, pero inmediatamente la cerró. En aquel momento, su mundo estaba destrozado. Ver la decepción en los ojos de Pedro al enterarse de que su madre se había rebajado a mentir era más de lo que podía soportar.
—¿Tienes un momento? —le preguntó.
Su madre se volvió hacia él con una sonrisa.
—Por supuesto. Tengo que estar de pie hasta que el fotógrafo esté listo. No quiere que me estropee el maquillaje ni que me arrugue el traje. No puedo poner ninguna expresión, así que procura no hacerme reír.
Pedro sonrió.
—Me están entrando ganas de despeinarte.
—Ya me lo imagino. No sé cómo es posible que dentro de ese hombretón siga escondiéndose un niño travieso.
—Es uno de mis encantos.
—Sí, desde luego —inclinó la cabeza—. ¿Qué te pasa? ¿De qué quieres que hablemos?
Pedro cambió inmediatamente de expresión. Cerró la puerta buscando un poco de intimidad y se acercó a su madre.
—¿Qué dirías si te dijera que quiero dejar la campaña?
Carmen le miró con los ojos abiertos como platos.
—Pedro, no —posó la mano en su brazo—. ¿Lo dices en serio? ¿Tanto odias todo esto?
—Sí. Esto no tiene nada que ver conmigo ni con lo que yo quiero. No soy un animal político. Pero le dije a Miguel que le ayudaría y, al fin y al cabo, es mi padre.
Carmen asintió.
—Exacto. Siempre hay que serle leal a la familia. Todos tenemos que cumplir con nuestro deber —dejó caer la mano—. Aunque me temo que no soy la persona más adecuada para pedirle consejo.
—¿Porque estás demasiado metida en todo esto?
—Por eso y porque… —tomó aire—. Lo único que yo sé es hacer lo que se espera que haga. A veces, cuando actuamos de otra manera nos sentimos libres, otras, lo único que conseguimos es sentirnos infinitamente peor. ¿Has pensado en cómo puedes llegar a sentirte tú?
—La verdad es que ni siquiera estoy seguro de que importe —respondió—. Jamás imaginé que podría verme atrapado en medio de algo como esto. Sé hacia dónde debo dirigir mis lealtades, pero aun así, no soy capaz de continuar formando parte de la campaña.
—Esta campaña ha supuesto una complicación para todos nosotros. Sobre todo de un tiempo a esta parte.
Pedro miró a su madre.
—¿Lo dices por Paula?
—Digamos que ha puesto las cosas particularmente interesantes. No es culpa suya, pero no podía haber aparecido en un momento peor.
—Te ha hecho mucho daño, ¿verdad?
Carmen se volvió de nuevo hacia el mapa y posó la mano en el centro de Texas.
—En realidad no. Ella no tiene la culpa de lo que diga la gente, ni de cómo pueda reaccionar yo.
—Bueno, a partir de ahora ya no será un motivo de preocupación tan grande. Hemos dejado de vernos.
Carmen se tensó ligeramente.
—¿Qué ha pasado?
—No lo sé. Eso es lo más curioso de todo. Llegué a pensar que Paula era una mujer a la que podría llegar a querer. Después de mi experiencia con Silvina, no quería volver a saber nada de relaciones. No quería volver a confiar en nadie. Pero Paula era diferente.
Más que diferente. Había algo especial en ella, algo que hacía que Pedro deseara pasar a su lado cada momento de su vida. Quería saberlo todo de ella. Podía imaginar un futuro a su lado.
—¿Y ahora? —le preguntó su madre.
—Está muy afectada por las encuestas, algo que comprendo, pero también me ha acusado de seguir viendo a Silvina.
Aquella acusación le había dolido en lo más profundo. Paula sabía que su ex mujer le había traicionado. Sabía que para él la lealtad lo era todo y, aun así, estaba dispuesta a creer que la había engañado. Y nada más y nada menos que con Silvina. ¿Qué demonios le había pasado?
Carmen se volvió de nuevo hacia él.
—¿Y la estás viendo?
—No —contestó tajante—. Jamás engañaría a nadie y, desde luego, no pienso volver con Silvina. No lo entiendo, ¿cómo es posible que Paula piense que sigo viéndola?
Carmen sabía exactamente la razón. Porque eso era lo que Silvina le había dicho.
Se le revolvió el estómago de tal manera que por un momento pensó que iba a vomitar. ¿Cómo podía haberle mentido a Paula de aquella manera? ¿Cómo había sido capaz de interponerse entre Paula y Pedro de forma tan miserable? Ella quería a su hijo y si Paula le hacía feliz…
Pero la relación ya había terminado cuando Paula había ido a hablar con ella. En realidad, ella no había destruido nada.
Un triste intento de librarse de la culpa, de no asumir su responsabilidad.
Se dijo a sí misma que lo mejor que podía hacer era confesar el papel que había jugado en aquel asunto y pedir perdón. Abrió la boca, pero inmediatamente la cerró. En aquel momento, su mundo estaba destrozado. Ver la decepción en los ojos de Pedro al enterarse de que su madre se había rebajado a mentir era más de lo que podía soportar.
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