domingo, 20 de septiembre de 2015

tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 61

—Lo superaré —dijo Sofía, haciéndose la ofendida— , a la larga.
—No dejes que te coma la moral —le advirtió Gloria a Clara—. Cuando no se sale con la suya, puede ser una auténtica bruja.
Se hizo un silencio absoluto en la habitación. Malena y Clara intercambiaron miradas, como si no estuvieran seguras de cómo interpretar aquel comentario. Sofía se quedó mirando fijamente a Gloria, probablemente pensando en una posible respuesta.
Paula  no estaba segura de si su abuela estaba intentando mostrarse divertida o de si aquél era uno de sus habituales ataques de sarcasmo. Al fin y al cabo, ninguna transformación era nunca completa.
Decidida a mantener el buen humor de la velada por el bien de Clara, miró a Gloria y dijo:
—Tiene de quién aprender.
Gloria bebió un sorbo de champán.
—Desde luego.
Sofía soltó entonces una carcajada y alzó su copa en dirección a la anciana.
—He aprendido de una auténtica maestra.
—Yo creo que lo has aprendido completamente sola, pero estoy dispuesta a atribuirme el mérito —Gloria se volvió entonces hacia Clara—. Tengo algunas ideas sobre la boda. No quiero presionarte, así que, por favor, si te molesta, puedes decirme que cierre el pico —frunció el ceño—. La gente joven ya no utiliza esa expresión, ¿verdad?
—No, en realidad no —dijo Malena alegremente—, pero no te preocupes. Yo tampoco estoy ya muy al tanto de lo que dicen los jóvenes.
—Lo mismo digo —añadió Clara—. A no ser que tenga en cuenta las expresiones de Luz, aunque la pobre sólo tiene cinco años. Bueno, Gloria, ¿qué ideas tienes para la boda?
Parecía un poco nerviosa mientras hacía la pregunta.
—¿Estás recibiendo demasiados consejos? —le preguntó Paula.
—Sobre todo de mi madre —respondió Clara—. Es como si quisiera recuperar de pronto todo el tiempo perdido. La quiero con locura y sé que sólo está intentando ayudar, pero a veces me desespera.
—Espero que lo que voy a decirte no tenga el mismo efecto —respondió Gloria mientras se apoyaba en el bastón para levantarse—. Ni siquiera sé por qué lo he conservado, pero el caso es que todavía lo tengo y, si lo quieres, es todo tuyo. Eres un poco más alta que yo, pero yo me lo puse con unos tacones imposibles. Ven conmigo.
Siguieron a Gloria al cuarto de estar. Habían apartado todos los muebles y en medio de la habitación había colocado un maniquí de sastre con un vestido de novia de color marfil.
Era un vestido de seda y encaje, con manga larga y escote de corazón. Las líneas eran exquisitas, el encaje increíble. Paula no sabía mucho de diseño, pero era capaz de reconocer un vestido extraordinario cuando lo veía.
—Es francés —les explicó Gloria—. Un modelo de alta costura. Si quieres, puedes ponértelo el día de tu boda.
Clara había palidecido.
—No puedes estar hablando en serio. Es demasiado bonito para mí.
—Me comporté de una manera horrible contigo, Clara. Admito que siempre he sido una mujer brusca y difícil, pero lo de amenazaros a tí y a tu hija fue algo imperdonable. Tú has sido siempre muy amable conmigo. Te has mostrado recelosa, pero has sido amable. Ésta es mi manera de pedirte disculpas.
Clara negó con la cabeza.
—No tienes por qué hacerlo.
—Lo sé, pero quiero hacerlo.
—Ese vestido debería ser para Paula.
Paula retrocedió un paso.
—Yo estoy de acuerdo en que lo lleves tú.
El vestido era precioso, pero no era en absoluto de su estilo. Además, a Paula le gustaba que Gloria hubiera tenido aquel gesto. Realmente, se había portado fatal con Clara.
—Paula ya sabe que la quiero —dijo Gloria.
—Claro que sí —contestó Paula, pensando que, un año atrás, ni siquiera habría sido capaz de imaginar que aquella anciana pudiera tenerle alguna simpatía.
—Pero tú estás muy delgada —musitó Clara—. Yo no he estado nunca tan delgada.
—En aquella época no lo estaba. Si no te gusta el vestido, sólo tienes que decírmelo. Lo comprenderé. Pero si te gusta, pruébatelo. Podemos mandarlo a arreglar para que te valga.
Clara emitió un sonido estrangulado y corrió hacia Gloria. Las dos mujeres se abrazaron.
Sofía se acercó entonces a Paula, se abrazó a ella e invitó a Malena a sumarse a su abrazo.
—Gloria —musitó Malena—, me estás desgarrando el corazón. Lo odio.
—A mí también —dijo Paula feliz, y suspiró—. A mí también.

Tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 60

—Tiene sentido. Mi abuela habría convertido su vida en un infierno si se hubiera enterado —Gloria había cambiado, sí, pero Paula estaba segura de que veintiocho años atrás, debía de ser una auténtica bruja.
Pero, pensó al instante, en realidad Gloria lo sabía. O por lo menos lo imaginaba. Durante años, había sabido que ella no era una Chaves. ¿Cómo lo habría averiguado? A lo mejor se lo había dicho alguien… ¿Y cómo era posible que Miguel no hubiera sabido nunca nada?
De pronto, tuvo la absurda sensación de que su padre debería haber sabido de su existencia. De que, de alguna manera, debería haber sentido que estaba viva y a sólo unos kilómetros de él.
Sabía que era absurdo, pero aquella certeza no le impedía seguir pensando en ello.
—Han cambiado tantas cosas —dijo—, para todos nosotros. Y tú eres candidato a la presidencia. Todavía me choca cada vez que lo pienso.
—Y a mí también —contestó Miguel con una sonrisa. Casi inmediatamente, desapareció de su cara todo rastro de humor—. Paula, soy un hombre influyente y tú eres mi hija. Quiero ayudarte en todo lo que pueda. Puedo darte dinero, presentarte a quien necesites, lo que sea. Estoy a tu disposición.
Paula parpadeó varias veces sin estar muy segura de qué podía decir.
—Ah, gracias. Pero no necesito nada.
—Aun así, la oferta sigue en pie. Siempre lo estará para tí.
¿A eso se refería Pedro cuando había dicho que había sido su padre el que había conseguido que le retiraran los cargos? Aunque estaba segura de que Pedro se alegraba de no haberse quedado sin futuro profesional, sabía que habría preferido que Miguel no interviniera de ninguna manera en aquel asunto.
Paula  tampoco quería que Miguel hiciera nada por ella. En vez de un padre influyente, quería un padre con el que poder establecer algún vínculo emocional. E, ironías del destino, tenía la sensación de que eso era lo único que Miguel no era capaz de ofrecerle.
Carmen era el corazón de la familia Schulz. En ese instante, Paula supo que todo habría sido diferente si hubiera sido Carmen la madre con la que se hubiera reencontrado.
Pero era absurdo pensar en algo así. E imposible. Carmen jamás habría abandonado a uno de sus hijos. Tampoco podía decir que Miguel lo hubiera hecho, puesto que, al fin y al cabo, ni siquiera sabía de su existencia. Aun así, con Carmen había conseguido conectar de verdad y estar a su lado le hacía echar de menos a su propia madre.
Paula no recordaba a Alejandra Chaves. Todavía era un bebé cuando su madre había muerto. Había sido Gloria la que les había criado a ella y a sus hermanos. Pero qué diferente habría sido todo si Alejandra hubiera vivido. O quizá no hubiera sido tan distinto. Probablemente, Gloria habría continuado dirigiendo sus vidas.
Las familias podían llegar a representar una gran complicación, pensó Paula. Y ella tenía dos. ¿Qué demonios iba a hacer con ellas?


Matías entró en el despacho de Agustín poco después de las tres de la tarde. Federico ya estaba allí, recostado en uno de los sofás de cuero oscuro que su hermano había comprado. La habitación estaba decorada en tonos tierra, un cambio agradable respecto del antiguo despacho de Gloria, que era completamente blanco.
—¿Qué es eso tan importante que no podías decirme por teléfono? —preguntó Matías mientras se acercaba Federico.
—El director de Chaves se va —dijo Agustín—, necesitamos un sustituto.
—Paula es la mejor opción —respondió Matías—, siempre ha querido dirigir ese restaurante.
—Estoy completamente de acuerdo contigo, pero no va a aceptar el puesto. Pensará que se lo ofrezco porque es mi hermana y no creo que esté dispuesta a dejar el Bella Roma cuando prácticamente la acaban de contratar.
Tenía razón, pero debían encontrar la manera de convencer a Paula de que era allí donde debería estar.
—Le diremos a Gloria que se lo pida —propuso Federico—. Seguro que a ella le hará caso.
Agustín sonrió lentamente.
—Sí, a lo mejor eso podría funcionar.
Paula bebió un sorbo de champán. El sabor era sutil, pero refrescante, con un rastro de… de algo que no acababa de definir.
—¿Cómo lo haces? —le preguntó a Sofía, que estaba sentada en un butacón con Sol en brazos.
Sofía alzó la mirada con expresión de absoluta inocencia.
—No sé a qué te refieres.
—Le has echado algo al champán. Unas gotas de… Maldita sea, no consigo adivinarlo. Es casi imposible mezclar el champán con cualquier otra cosa. Pierde las burbujas. Pero tú has sabido conservarlas…
—Me siento intensamente halagada.
—¿Cómo lo has conseguido?
—No pienso decírtelo. Lo utilizarías en el Bella Roma y es una fórmula secreta.
—Eres odiosa, ¿lo sabes?
Sofía sonrió.
Clara  alzó su copa.
—A mí no me importa cómo lo haya hecho, lo único que quiero es otra copa. Esto está riquísimo.
—Estoy de acuerdo —añadió Malena—. Además, es la primera vez en mi vida que tomo champán a las dos de la tarde. Me gusta tu estilo.
—Gracias —contestó Sofía—, el estilo siempre es importante.
—Te está halagando para que le prepares algo parecido en la cena del día anterior a la boda —dijo Gloria— . Además, quiere que te arrepientas de no haberle insistido en servir tú el banquete.
Paula miró a su abuela. Estaba segura que tenía razón en las dos cosas.
—Por supuesto, me encantaría preparar tu cóctel para la cena —admitió Sofía—, pero en cuanto a lo demás, no sé a qué te refieres.
Clara suspiró.
—No vas a perdonarme nunca, ¿verdad? Aunque lo haya hecho para que puedas disfrutar de la boda.

Tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 59

Paula alzó la mirada y vió a Miguel entrando en la habitación. Carmen se levantó y se acercó a su marido. Cuando se inclinó para besarle, Paula vió la emoción que reflejaban sus ojos.
Estaba realmente enamorada de él, pensó, extrañamente complacida por aquel dato. No sabía por qué, pero era como si el hecho de que Miguel y Carmen disfrutaran de un matrimonio feliz, de alguna manera mejorara su situación.
Miguel le sonrió a su esposa y se volvió después hacia Paula.
—Espero que no te esté enseñando todas esas fotografías antiguas. A Carmen le encanta documentar con imágenes cualquier acontecimiento.
—Estoy disfrutando mucho —dijo Paula.
—Estupendo —Miguel miró de nuevo a Carmen—. ¿Cuánto tiempo falta para la cena?
—Una hora.
—Paula, ¿quieres venir a mi despacho? Podemos hablar de la familia. Si quieres, podemos ver juntos esas fotografías —se volvió hacia Carmen—. ¿Te parece bien?
—Por supuesto.
Miguel volvió a besar a su mujer y le palmeó el trasero.
—Por aquí —dijo, indicándole a Paula con un gesto que le siguiera.
Paula agarró los álbumes de fotos y comenzó a caminar tras él.
Luisa la interceptó en el pasillo.
—Paula—la llamó—, ¿puedo hablar contigo?
—Claro, ¿qué quieres?
Luisa inclinó la cabeza.
—Falta muy poco para mi cumpleaños.
Paula sonrió.
—Si, lo sé.
—¿Podrías regalarme unos zapatos de tacón como los tuyos?
Paula vaciló. No tenía la menor idea de que pensaría Carmen al respecto. A ella le parecía natural que una niña de quince años quisiera sentirse mayor utilizando tacones.
—Tendré que hablar antes con tu madre, pero si a ella le parece bien, creo que es una buena idea.
—¿Podremos ir de compras? ¿Tú y yo?
Paula sonrió entonces de oreja a oreja.
—Me encantaría. Pregúntaselo a tu madre y, si ella te deja, quedaremos un día. Podemos ir a un centro comercial, comer allí y pasar la tarde juntas. ¿Qué te parece la idea?
—Genial —Luisa tomó aire—. Voy a preguntárselo ahora mismo.
Giró y comenzó a caminar, pero de pronto se detuvo, se volvió y abrazó a Paula.
—Eres la mejor.
—Y tú eres genial —contestó Paula, esperando que Carmen le dejara ir de compras con ella.
Siguió a Miguel a su despacho, una habitación enorme y llena de estanterías. Los colores oscuros y el cuero creaban un ambiente muy masculino.
Miguel se sentó detrás de un enorme escritorio de madera y le hizo un gesto a Paula para que ocupara una de las sillas que tenía enfrente.
—Esas fotografías me hacen sentirme viejo —musitó Miguel, señalando los álbumes que Paula había llevado consigo.
Paula dejó los álbumes encima de la mesa y se sentó.
—Carmen lo tiene todo muy bien organizado. La conocí cuando estaba en la universidad. En aquel entonces, yo me creía la bomba. Tenía todo mi futuro planificado. Hasta que la conocí a ella. Carmen  procede de una familia de dinero, de una familia que ha tenido dinero durante muchas generaciones. Yo le gustaba, pero a sus padres no les hacía mucha gracia que su hija saliera con un pobre hombre que no pertenecía a su círculo.
Se reclinó en la silla y fijó la mirada en el vacío, como si estuviera contemplando las imágenes de un pasado que sólo era visible para él.
—Era preciosa. Todavía lo es. Y una mujer fuerte, mucho más fuerte que yo.
A Paula le intrigaba la imagen que estaba dando Miguel de sí mismo. Estaba de acuerdo con él, pero le sorprendía que lo admitiera.
—Pero no hemos venido aquí a hablar de Carmen—continuó diciendo Miguel—. Supongo que quieres oírme hablar de tu madre.
—Sí, me gustaría —dijo Paula.
Pero la verdad era que se sentía ligeramente desleal; como si, al hablar de Alejandra, le estuviera faltando a Carmen al respecto.
—Alejandra no quería tener nada conmigo —admitió Miguel—. Era una mujer casada y no quería engañar a su marido. Fui yo el que la convencí de que lo hiciera —se encogió de hombros—. No estoy orgulloso de lo que hice, pero tampoco puedo decir que me arrepienta. Ni de haber conocido a ella ni de haberte tenido a ti. De hecho, me gustaría haberte conocido mucho antes.
—A mí también —contestó Paula.
Pero mientras lo decía, se preguntaba si sería del todo cierto. Miguel le habría complicado considerablemente la vida. Si miraba hacia su propio pasado, no podía encontrar un momento adecuado para la aparición de su verdadero padre.
—A tu madre le aterraba que nos descubrieran —continuó Miguel—. Cuando puso fin a nuestra relación, pensé que lo hacía porque el estrés de nuestra aventura había podido con ella. Jamás se me ocurrió pensar que podría estar embarazada.

Tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 58

—Yo también estoy muy unida a mis hermanos. Sobre todo a matías, que es el mayor. Supongo que es porque siempre ha cuidado de mí.
—La familia es muy importante —dijo Carmen—. Y también recaudar fondos para la investigación sobre el cáncer de mama, que será el objetivo del almuerzo al que vamos a asistir. Creo que ya te comenté que tendrás que decir algo.
Paula tragó saliva.
—Sí, ya me lo dijiste. Y creo que yo comenté algo sobre que probablemente vomitaría.
—No te preocupes. Seguro que lo harás perfectamente. Estamos hablando de cinco o seis minutos como mucho.
Como si eso fuera poco, pensó Paula, diciéndose a sí misma que era una tontería dejarse llevar tan pronto por el pánico. Debería esperar a que estuvieran más cerca del acontecimiento. Entonces ya tendría tiempo de vivir aterrada.
—Tenemos que pensar en la ropa que nos vamos a poner —continuó Carmen—. No podemos ir demasiado parecidas, pero tampoco es bueno que contraste mucho nuestra imagen. Normalmente no me preocupo por este tipo de cosas, pero nos harán muchas fotografías. Un vestido y una chaqueta siempre son una buena opción. También un traje chaqueta. Si no eres capaz de decidirte, estaré encantada de echarte una mano. Por supuesto, admito que soy mucho mayor que tú, así que comprendería que te diera terror mi opinión.
—Al contrario. Me encantaría que me aconsejaras —dijo Paula—. Siempre vas tan elegante…
Carmen bajó la mirada hacia su sudadera.
—No lo dirás por hoy. Pero bueno, volvamos al almuerzo. La verdad es que deberías comer algo antes de ir. Habrá tanta gente queriendo hablar contigo que probablemente no tendrás oportunidad de probar bocado. Además, supongo que no querrás salir en ninguna fotografía con un trozo de comida entre los dientes.
—¿Voy tomando notas? —preguntó Paula mientras su inicial aprensión se tornaba en miedo—. ¿Qué pasará si no soy capaz de hacer esto? No quiero poneros en evidencia ni a tí ni a tu familia. En realidad, este tipo de cosas no se me dan nada bien. No tengo ninguna experiencia.
Carmen  posó la mano en su brazo.
—Tranquilízate, no pasará nada. No será tan difícil. Admito que puede asustar un poco al principio, pero estoy segura de que serás capaz de superar la prueba y, la próxima vez, será mucho más fácil.
¿La próxima vez?
—No creo —musitó Paula, pensando tanto en su capacidad de superar la prueba como en la posibilidad de que hubiera una próxima vez.
Carmen le sonrió.
—Confía en mí.
—Tú no tienes por qué hacer esto —dijo Paula en un impulso—. No tienes por qué ser amable conmigo, ni ayudarme, ni aceptarme. Y, sin embargo, lo estás haciendo. Lo siento, de verdad. Jamás pretendí causarte ningún problema. Nunca he querido hacer daño a nadie.
—Por supuesto que no —le dijo Carmen—. Reconozco que la situación representa para mí un auténtico desafío, pero sé que tú no tienes la culpa de nada.
—Eres increíble —susurró Paula.
—Tengo mis momentos —admitió Carmen—. No siempre estoy orgullosa de lo que hago, pero es algo a lo que tengo que enfrentarme. Tú querías conocer a tu padre y eso es algo completamente lógico —frunció el ceño—. Hablando de Miguel… hay algo que me gustaría enseñarte.
Se levantó y se acercó a una de las estanterías de obra del salón. De las puertas inferiores sacó un par de álbumes de fotografías. Después, volvió a sentarse en el sofá, al lado de Paula.
—Son fotografías —anunció—, tengo centenares de ellas. Así que, si algún día no consigues conciliar el sueño, puedes pasarte por aquí y morirte de aburrimiento viendo fotografía tras fotografía. Fue la madre de Miguel la que preparó los álbumes. —Carmen la miró—. Seguro que a ella le habría encantado saber que tenía una nieta. Blanca murió hace diez años
Abuelos. Paula no había pensado en una familia extensa ¿Tendría también otros parientes? Antes de que pudiera preguntarlo, Carmen  le aclaró.
—El padre de Miguel murió cuando Miguel tenía cinco o seis años. Y que yo sepa, no hay ningún otro pariente.
—Oh —Paula no sabía qué sentir al respecto.
De momento, le bastaba con intentar asimilar la existencia de Miguel.
Carmen abrió el álbum más viejo.
—Aquí tienes las fotografías de Miguel cuando era pequeño —le explicó mientras las iba señalando.
Carmen iba pasando las páginas, contándole quiénes eran los que aparecían en las fotografías. Paula intentaba decirse que aquélla era su familia, pero la verdad era que todos le resultaban unos perfectos des conocidos.
—Ah, están aquí.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 57

Paula  llegó a la casa de los Schulz a la hora que había acordado con Carmen. Se suponía que tenían que hablar del acto benéfico. Mientras llamaba al timbre, a Paula se le ocurrió pensar que ni siquiera sabía qué tipo de acto benéfico iba apoyar. Probablemente, ésa sería la primera pregunta que tendría que hacer.
Carmen  abrió la puerta. Por primera vez desde que Paula la conocía, no estaba perfectamente arreglada. Tenía el pelo lacio e iba vestida con una sudadera y unos vaqueros.
—¿Ya son las tres? —preguntó mientras se alisaba la sudadera—. Ni siquiera he tenido tiempo de mirar el reloj. Están todos los niños en casa, así que esto es un caos.
—Si lo prefieres, podemos dejarlo para otro momento .
—No, no, pasa —Carmen retrocedió para invitarla a entrar—. No voy a hacerte venir hasta aquí para nada.
Despeinada y con aquella ropa informal, Carmen parecía una persona mucho más accesible. Por supuesto, siempre había sido exquisita con ella, pero aquel aspecto le daba más tranquilidad.
Paula  la siguió hasta el cuarto de estar. Ambar, Gastón y Leandro estaban sentados en el suelo, alrededor de un juego de bloques de construcción y Luisa en una silla, leyendo un libro de Nancy Drew.
En cuanto vio a Paula, Luisa se levantó de un salto.
—Hola. Mamá nos había dicho que ibas a venir.
—Hola a todos —saludó al resto de los niños y se volvió hacia Luisa—. ¿No te encanta Nancy Drew? Un verano, mi abuela me regaló toda la colección, y me dediqué a leer un libro tras otro.
Luisa asintió con timidez.
—Éste era de mi madre, pero lo cuido mucho. Me lavo las manos antes de leerlo y todo.
—Estoy segura de que Carmen lo aprecia —contestó Paula—. Y me parece muy bien que sepas lo importantes que son los libros.
Luisa sonrió de oreja a oreja y Carmen le pasó el brazo por los hombros.
—Estoy muy orgullosa de Luisa en muchos sentidos.
Luisa se reclinó contra ella. Carmen la abrazó y suspiró.
—Paula, tengo que hacer una llamada de teléfono. ¿Puedes quedarte con mi rebaño?
—Por supuesto.
—Sólo serán unos minutos. Y después hablaremos de ese almuerzo al que tenemos que ir.
Sinceramente, Paula prefería jugar con los niños a tener que hablar de los detalles del almuerzo. Se sentó en el suelo y Ambar corrió inmediatamente a su regazo.
—Hola, Ambar —le dijo Paula.
—Hola, Paula —Ambar se echó a reír—. Éste es un juego de chicos. Tendríamos que jugar a algo de niñas. Como a disfrazarnos.
Luisa apretó los labios.
—Eso es para niños pequeños.
—Yo soy una niña —dijo Ambar con orgullo—. Soy la pequeña. Mamá no quiere que crezca nunca. Me lo ha dicho.
Paula  se preguntaba cómo afectarían las diferencias entre los hermanos a la dinámica de la familia.
—Yo también era la más pequeña —le explicó Paula—. Y la única chica. Es divertido ser la pequeña, pero Luisa se está convirtiendo en toda una jovencita.
A Luisa pareció gustarle aquel comentario.
—Dentro de poco voy a cumplir quince años.
—Vaya, quince años —dijo Paula—. Me acuerdo del día que los cumplí yo. Es una fecha muy importante.
—Yo voy a cumplir seis —anunció Ambar.
—Los seis años también son muy importantes, pero convertirse en una adolescente es algo muy especial. Mi mejor amiga sólo era tres semanas mayor que yo. Me acuerdo de que su madre nos llevó a comprarnos juntas nuestros primeros zapatos de tacón cuando mi amiga cumplió quince años. Fue muy divertido. Todavía los guardo.
En realidad, no pensaba ponérselos nunca, estaban completamente pasados de moda. Pero eran un buen recuerdo.
—Los chicos no llevan zapatos de tacón —dijo Leandro.
—Tienes razón —al menos en general. Porque aquél no era momento para ponerse a hablar de drag queens.
Carmen llegó en aquel momento.
—Ya está. ¿Te han torturado mucho?
—En absoluto.
—Estupendo —Carmen miró el reloj—. Creo que éste es el momento de que vayan a merendar. ¿Quién quiere ir a ver si Marta ya ha preparado la merienda?
Los niños y Ambar se fueron corriendo, pero Luisa vaciló.
—Paula, ¿quieres tomar algo? —preguntó.
Carmen arqueó las cejas.
—Gracias por ser tan educada, Luisa. Me parece mentira que a mí se me haya olvidado preguntárselo. Paula, ¿quieres tomar algo?
Paula le sonrió a Luisa.
—No, estoy bien, pero gracias por preguntarlo.
—De nada.
Luisa salió entonces de la habitación y Paula se acercó al sofá.
—Son maravillosos. Todos ellos. Pero no sé cómo puedes continuar cuerda con todo el trabajo que dan.
Carmen se echó a reír.
—Lo de menos es la cordura. Lo único que hace falta es paciencia y amor.
—Y es evidente que a tí te sobran.
—Tú también te llevas muy bien con ellos.
—Me encantan —admitió Paula—. Y tengo debilidad por Luisa. Es tan dulce… y tiene un pelo precioso.
—Estoy completamente de acuerdo contigo, en las dos cosas. Cuando Pedro y Silvina todavía estaban casados y la gente nos veía juntos, muchas veces pensaban que era hija o hermana de Silvina.
Carmen frunció el ceño ligeramente y sacudió la cabeza.
—En parte también porque Pedro siempre ha estado muy unido a Luisa. Hay un vínculo muy especial entre los dos.
Paula  prefería con mucho tener información de la relación de Pedro  con su hermana a oír hablar de su ex esposa.

Tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 56

Pedro no se molestó en mirar a los periodistas. Sabía que en aquel momento estaban ya tecleando furiosamente en sus ordenadores.
—Probablemente, pero no me importa.
—En ese caso, tampoco a mí —posó la mano en su brazo—. Espero que todo vaya bien.
Era preciosa. El equilibrio entre sus ojos y su boca era perfecto. Aquel día iba vestida con un traje con el que podría haberse hecho pasar perfectamente por abogada. Aunque seguramente, en el caso de que se lo dijera, ni siquiera lo consideraría un cumplido.
Quería estar con ella. Y no sólo en la cama, aunque si Paula se lo pedía, no tendría ningún inconveniente en complacerla. Le apetecía hablar con ella. Pasar tiempo a su lado. Durante la semana anterior, la había echado de menos. Se había acostumbrado ya a tenerla cerca.
Le presentó a Pablo y, segundos después, el abogado y Pedro fueron a sentarse al banquillo. Pedro  tomó asiento y esperó al juez.
Treinta minutos después, su destino estaba sellado, pero no de la forma que esperaba. El ayudante del fiscal del distrito dijo que, debido a la falta de pruebas, le retiraban los cargos. El juez desestimó el caso y abandonó la sala.
—No podría habernos ido mejor —dijo Pablo, estrechándole la mano—. Felicidades.
—Yo no he hecho nada.
—Aun así, esto resuelve muchos problemas. Voy a llamar a tus padres. Estoy seguro de que querrán conocer la noticia.
Pablo salió, Pedro le siguió con la mirada y, al volverse, vió que Paula se acercaba.
—¡Qué bien! —exclamó Paula feliz—. Eres libre. No sabes lo contenta que estoy. Me preocupaba que ese periodista tan repugnante pudiera arruinarte la vida —se interrumpió y le miró con el ceño fruncido—. ¿Por qué no estás contento?
Pedro tenía ganas de dar un puñetazo a algo. A pesar de haber crecido en un entorno privilegiado, jamás había querido nada que realmente no se mereciera. Se enorgullecía de trabajar con tesón para conseguir lo que quería. Pero sabía que, si había salido sin cargos de aquella audiencia, era porque su padre había hecho algunas llamadas.
—Esto no tiene que ver con la falta de pruebas —dijo sombrío—. Mi padre es el responsable del resultado de este juicio.
—¿Qué quieres decir? ¿Crees que habló con el fiscal?
—Habló con alguien, de eso estoy seguro. No sé con quién, pero lo averiguaré.
Paula suspiró.
—No sé qué pensar. Me alegro de que no tengas que responder por ningún cargo, y también de que no te detengan ni nada parecido. Por supuesto, eso es estupendo. Pero no me parece justo que Miguel intervenga en una cosa así.
Pedro se la quedó mirando fijamente. Le había entendido. No había tenido que explicarle por qué no estaba contento. Lo sabía, y lo sabía precisamente por ser ella quien era.
—¿Qué piensas hacer? —le preguntó Paula.
—Ojalá lo supiera. No puedo presentarme ante el fiscal y pedirle que me procese.
—Sería una conversación interesante.
—Tengo que hablar con el senador.
—Otra conversación con interés —contestó Paula.
Pedro posó la mano en su espalda y le empujó suavemente para salir de la sala. Pensaba que la prensa estaría esperándole, pero no había nadie. ¿También se habría ocupado de eso Miguel?
—Lo ha hecho porque eres su hijo —dijo Paula—. Eso también es importante.
—Lo ha hecho porque está en plena campaña.
—Eso no lo sabes.
—Claro que lo sé.
Paula se enfrentó a él.
—Pedro, es tu padre. ¿De verdad quieres tener esa discusión con él?
—Tengo que tenerla.
—Eres un cabezota.
Pedro consiguió sonreír.
—Sí, ésa es una de mis más grandes cualidades.
Paula le miró como si no supiera qué más podía decir. Pedro le acarició la mejilla.
—Siento lo que te dije el otro día.
—Yo también —sacudió la cabeza—. Sé que no eres como Ryan y Martín. Eres un buen hombre. Pero ahora mismo mi vida no es nada fácil. Supongo que por eso reaccioné como lo hice. Estaba reaccionando a lo difícil de mi situación, no a tí.
—Sí, y supongo que yo te presioné demasiado.
—Sí, me presionaste demasiado.
Paula sonrió mientras hablaba.
Pedro la condujo entonces hacia una pequeña habitación y la besó.
Paula le devolvió el beso con la boca suave y anhelante y apoyó las manos en su pecho. Olía a flores y sabía a café y a aquella sensual esencia que Pedro no había olvidado desde que había hecho el amor con ella.
Cuando Paula entreabrió los labios, Pedro deslizó la lengua en su interior. Deseaba acariciarla, pero ignoró aquel deseo. Aquél no era ni el momento ni el lugar. Pero no tardaría en encontrar otro momento para estar con ella. De hecho, pretendía hacerlo muy pronto.
Retrocedieron los dos casi al mismo tiempo.
Paula miró a su alrededor y después alzó la mirada.
—Esto podría ser ilegal.
—No técnicamente, pero no está bien visto —le acarició el labio inferior con el pulgar.
—Quiero volver a verte.
—Me alegro. Porque me estoy abriendo camino en tu mundo. No te va a resultar fácil escapar de mí.
—Y no quiero hacerlo.
Paula tembló ligeramente y contuvo la respiración.
—Eres realmente bueno —musitó—. Y peligroso.
Pedro sonrió.
—Exactamente, ése soy yo. ¿Cómo está tu abuela?
—Bastante bien. Está teniendo mucho cuidado con la medicación, así que no tiene ningún problema —miró el reloj—. Odio decir esto, pero tengo que irme. Supongo que tú también tendrás cosas que hacer.
Pedro asintió. Tenía que enfrentarse a su padre. Aunque, pensó, a lo mejor debería retrasar el encuentro hasta que fuera capaz de hablar con Miguel sin tener ganas de golpear algo… o a alguien.

Tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 55

Apareció en ese momento el camarero con las bebidas y el pan. Carmen normalmente lo ignoraba, pero aquel día, tanto el pan como la mantequilla le apetecían.
—Ayer ví las fotografías del periódico —dijo Silvina con voz queda, arruinando el placer del primer bocado de Carmen—. Me quedé desolada. ¿Cómo es posible que Pedro haya hecho una cosa así? Y con ella, precisamente. Por supuesto, en la primera en la que pensé fue en tí. ¿Cómo estás llevando todo esto?
Las palabras no podían ser más adecuadas. El tono era perfecto. Pero de pronto, Carmen tuvo la impresión de que Silvina estaba actuando.
Lo cual no era justo. Evidentemente, Silvina quería darle una segunda oportunidad a su matrimonio. Al menos desde la perspectiva de Carmen, había sido una buena esposa. ¿Pero qué secretos ocultarían su hijo y su ex nuera? ¿Qué había pasado realmente entre ellos?
—Al ver esas fotografías, no sabía qué pensar.
—Supongo que lo único que se puede pensar es que Pedro está saliendo con alguien —contestó Carmen al instante. Suspiró sintiéndose culpable y le palmeó el brazo a Silvina—. No pretendía que sonara tan duro. Lo digo por tu propio bien. A lo mejor ha llegado el momento de que intentes seguir con tu propia vida.
A Silvina se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Por qué me dices eso? ¿Pedro te ha contado algo?
Carmen vaciló.
—Me ha dicho que no cambiará de opinión. Ya no quiere estar contigo.
—Ya entiendo…
—Quizá sea lo mejor para todos.
—No, no es lo mejor. Todavía le quiero. Es el único hombre al que amaré durante el resto de mi vida. Para mí, es como para ti Miguel.
Carmen no estaba tan segura. De las dos personas que habían compuesto aquella pareja, en la única en la que confiaba plenamente era en Pedro.
—Siento oírte decir eso —contestó—. No creo que mi hijo vaya a cambiar de opinión.
Silvina asintió. Las lágrimas desaparecieron como si nunca hubieran existido.
—Ya veo. Gracias por ser tan sincera. Es por culpa de Paula, ¿verdad? Se ha encaprichado de ella.
—Yo no lo diría así. Creo que están saliendo juntos. Y es evidente que ya se han acostado, como todo el mundo parece haber descubierto.
—Pero tú no puedes estar contenta con esa relación —presionó Silvina.
—La acepto, y creo que también tú deberías aceptarla. Hay cosas que nadie puede cambiar.
Silvina vaciló un instante, pero inmediatamente dijo:
—Por supuesto. Tienes razón. Jamás se me ocurriría interponerme entre ellos.
Pedro se encontró con Pete fuera de los juzgados, dispuesto a entrar a la audiencia que comenzaba a las nueve.
—¿Estás nervioso? —le preguntó Pablo.
—No —contestó Pedro.
Había hecho todo lo que había podido para prepararse aquella audiencia. Poco más se podía hacer para tener alguna influencia en el veredicto.
Incluso en el caso de que el fiscal del distrito quisiera utilizarlo como ejemplo y le imputara todos los delitos imaginables, era poco probable que Pedro pasara la noche en la cárcel. Tenía un historial completamente limpio, de modo que, al menos en ese sentido, no corría ningún riesgo.
Pero saber que podría continuar durmiendo en su propia cama no cambiaba el hecho de que su futuro estaba en juego. Porque si le condenaban…
No quería ni pensar en ello. No quería pensar en la posibilidad de poner fin a su carrera de abogado. De la misma forma que tampoco quería pensar en la maldita suerte que tenía aquel periodista que iba a salir indemne de todo aquello a pesar de haber utilizado a Luisa de una forma tan despreciable. Porque, fuera cual fuera la sentencia, Pedro se negaba a arrepentirse de lo que había hecho, que no era otra cosa que proteger a los suyos. Para él, eso era mucho más importante que su trabajo de abogado.
Pablo miró el reloj.
—Vamos —le dijo, y entraron en los juzgados.
Pedro era especialista en derecho mercantil. Había asistido a un par de juicios, pero casi todo el trabajo lo hacía en el despacho. Para un abogado mercantil, era un desprestigio tener que llegar a juicio. Y aunque se había sentando alguna vez en el banquillo de la defensa, nunca había sido él el defendido. Algo que tampoco le apetecía de manera especial en aquel momento.
Había ya varios asistentes en la sala. Periodistas, por supuesto. No estaban los padres de Pedro. Éste les había pedido que no fueran. Su presencia sólo habría servido para darle más carnaza a la prensa. Había algún miembro de su firma de abogados, una de las personas que trabajaban en la campaña… y también estaba Paula.
Pedro la miró sorprendido. Hacía casi una semana que no hablaban. No habían vuelto a llamarse desde el día que se habían peleado. Pero cuando Paula le miró con aquellos enormes ojos de color avellana, Pedro ya no fue capaz de recordar por qué habían discutido.
Se detuvo en el pasillo de madera que separaba el banquillo de los asientos.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó.
Paula se levantó.
—Vengo para apoyar la verdad, la justicia y la democracia —sonrió—. He pensado que te gustaría ver algún rostro amigo. No ha venido nadie de tu familia.
—Les pedí que no lo hicieran. No quería darle carnaza a la prensa.
La sonrisa de Paula desapareció.
—Maldita sea. Así que ahora escribirán sobre mí.