—Sí que viajaba mucho —dijo Federico, molesto consigo mismo por darle explicaciones a alguien que no tenía ningún interés en él.
—No sé de qué me habla —dijo Malena Johnson, de pie en el centro de la enorme biblioteca de Gloria.
Claro que no lo sabía, se dijo Federico con irritación. Lo había juzgado y lo había borrado de su mente. Él debería haber hecho lo mismo con ella, pero no había podido. Estuviera donde estuviera, no dejaba de recordar su comentario de que había ignorado a su abuela y que por eso era una mujer tan difícil.
—No le gusta la gente —dijo.
—¿A quién? —preguntó Malena con el tono que debía de reservar para tratar con discapacitados mentales.
—A mi abuela. No es una mujer sociable.
—Aún no la conozco —dijo Malena, sin mostrar el más mínimo interés en la conversación—. Estoy segura de que es perfectamente adorable.
—No lo es. Es difícil y exigente. Hace que sigan a sus nietos. Pedro ha visto los informes. Llega al punto de contratar a detectives privados para husmear en nuestras vidas.
—Tal vez si sus nietos se preocuparan más por su bienestar en vez de por ellos mismos, no se vería obligada a utilizar medidas tan drásticas —Malena lo taladró con su fría y serena mirada.
—¿Obligada? Nadie la obliga. Lo hace ella sola y ¿sabe por qué?
—¿Porque está sola, son su única familia en el mundo y están demasiado ocupados para prestarle atención?
—Ni siquiera la conoce —deseó golpear algo, o estrangular a alguien—. ¿Por qué se pone de su parte?
—En mi experiencia, es frecuente que abandonen, o al menos aparten, a la gente mayor. Usted mismo dijo que pasaba mucho tiempo en la carretera. ¿Qué dice eso sobre su relación con su abuela?
—Era jugador de béisbol. Claro que viajaba. Eso implica el trabajo. Viajar de ciudad en ciudad.
—Durante la temporada —dijo Malena—. ¿Cuánto dura eso? ¿Cinco o seis meses? ¿Y el resto del año? —caminó hacia las altas ventanas y abrió las cortinas. El sol iluminó el suelo de madera—. Intenta convencerme de algo, señor Alfonso, pero no sé de qué. Mi consejo es que deje de intentarlo. En serio. Usted y yo no necesitamos relacionarnos para que yo haga mi trabajo —sonrió—. No es como si fuéramos a vernos con frecuencia.
Él captó el dardo: no contaba con sus visitas. Todo el asunto resultaba irritante. Quería decirle que había sido el único nieto dispuesto a buscar enfermeras para Gloria. Que había ido al hospital tres veces y que sí había visitado a la vieja bruja fuera de temporada. Pero Malena no le dio tiempo a explicarse.
—Creo que esta habitación es perfecta —dijo—. Haga que se lleven el escritorio y esos dos sillones. Deje la mecedora. Eso le gustará. La zona de la alfombra también está bien. Mañana llegarán la cama de hospital y la mesa. Lo he confirmado antes de venir. ¿Habrá alguien aquí para abrirles?
Alzó el tono al final como si fuera una pregunta, pero Reid supo que estaba dando una orden: «Habrá alguien aquí».
—Lo he organizado.
—Bien —agarró su bolso—. Gracias por su tiempo, señor Alfonso. He hablado con el médico. Su abuela estará lista para volver dentro de una semana. Iré a verla antes, para que nos vayamos conociendo.
—Federico—dijo él—. Llámeme Federico.
—De acuerdo. ¿Algo más?
Negó con la cabeza. Ella se fue y él se quedó solo en la enorme y vacía casa de Gloria. Igual que lo había estado su abuela.
—Pero no tengo deberes —dijo Luz—. ¿Por qué no nos ponen deberes como a los mayores?
—Quiero que escribas eso, Luz —Paula se rió—. Escríbelo en un papel que quieres deberes y dámelo.
—¿Por qué?
—Para que dentro de unos años, cuando seas mayor y te quejes de que tienes demasiados deberes, pueda enseñártelo y recordarte que era lo que querías.
—Vale —aceptó Luz tras pensarlo un momento.
Corrió a buscar un papel. Paula sonrió. Era una niña fabulosa. Había tenido mucha suerte con ella.
Llamaron a la puerta delantera A Paula se le aceleró el corazón. ¿Pedro? No lo había visto desde que Sofía tuvo a la niña, y lo echaba de menos. Además, cabía la posibilidad de confesarle sus sentimientos y eso la tenía inquieta. Cruzó el salón y abrió la puerta.
Pero no era Pedro. Era Facundo. Se tambaleaba un poco y vio algo en sus ojos que la dejó helada.
—Facundo, ¿qué haces aquí? —preguntó, mirando por encima del hombro y deseando que Luz tardara un rato en encontrar el papel.
—Ya lo sabes —dijo él—. Quiero mi dinero.
—Te dí dinero —susurró ella, asustada. Intentó cerrar la puerta pero él ya tenía un pie dentro.
—No suficiente. Sé que ganaste más ese fin de semana. Lo quiero. Lo quiero todo. Si no me lo das me llevaré a la niña.
—Nunca —afirmó ella.
viernes, 31 de julio de 2015
Tentaciones Irresistibles Parte 2: Capítulo 76
Pedro revisó las cifras de agosto. Habían mejorado, tal y como él quería. Por lo visto a los empleados les gustaba asumir más responsabilidad y estaban demostrándolo de manera tangible. Si seguía así otro mes, Empresas Alfonso tendría el mejor año de su historia.
Pensó, encantado, que eso fastidiaría mucho a su abuela. Tal vez saber que estaba haciendo tan buen papel la animaría a recuperarse más deprisa.
—Lo llama el señor Dalton —dijo Vicki por el intercomunicador—. No quiere decirme para qué.
Alfonso arrugó el rostro y levantó el auricular.
—Alfonso—contestó.
—Buenas tardes, señor Alfonso —dijo el hombre—. Soy Jonathan Dalton. Mi empresa se especializa en buscar candidatos altamente cualificados para puestos de alta proyección. Si tiene unos minutos, me gustaría hablar, porque usted es exactamente lo que buscamos.
Pedro tardó un segundo en comprender que el tipo era un cazatalentos.
—¿Qué negocio es? —preguntó, esperando oír cualquier cosa relacionada con armamento, seguridad o agentes especiales.
—Una pequeña cadena de restaurantes de Idaho. No son The Waterfront o Alfonso's —dijo Dalton animoso—, pero ése es el objetivo de nuestro cliente. Ampliar el negocio. Alcanzar un nivel más alto de calidad, servicio y atractivo. El salario es generoso y existe la posibilidad de invertir como propietario. Deje que le hable de la compañía.
Dalton siguió hablando, pero Pedro no escuchaba. ¿Restaurantes? No se trataba de algo relacionado con la guerra, el peligro o la muerte.
—¿Conoce usted mi historial? —preguntó Pedro—. Pasé con los marines casi quince años.
—Desde luego. Nuestro cliente opina que esa clase de experiencia refuerza el espíritu de liderazgo. Ahora además tiene experiencia en el negocio de la restauración y eso lo convierte en el candidato ideal.
Pedro dudaba que unas cuantas semanas dirigiendo la empresa familiar pudieran considerarse experiencia, pero era bueno saber que otros sí lo creían. Hasta ese momento nunca había pensado que podría dedicarse a algo desvinculado de lo militar.
—Le agradezco que haya pensado en mí —dijo—, pero no estoy interesado. Estaré comprometido aquí durante varios meses más —no sabía lo que haría después, pero parecía que no le faltaban opciones.
—Temía que dijera eso —Dalton suspiró—. Lo entiendo. Pero me gustaría enviarle información sobre nuestra empresa. Es exactamente el tipo de persona que nos gusta ofrecer a nuestros clientes. Tal vez pueda enviarme un curriculum cuando tenga tiempo.
—Desde luego —aceptó Pedro, pensando que tendría que escribir uno. Colgó y fue hacia la ventana.
Unas semanas antes se había sentido como si no tuviera opciones. Había aceptado dirigir la empresa por puro compromiso, pero estaba disfrutando con el trabajo. ¿Sería un magnate en potencia?
La idea lo hizo sonreír. Tal vez no sería un magnate, pero podía trabajar. Aún tenía sus fantasmas, pero cada vez lo asaltaban con menos frecuencia. Seguía teniendo pesadillas y no acabarían hasta que encontrara a la persona que había querido a Ben.
Tras pasar quince años en el ejército debería saber cómo avanzar. Y así había sido, hasta que conoció a Ben y el chico le caló en la piel. Pedro había jurado mantener vivo a Ben y había fracasado.
No volvería a fracasar.
Pensó, encantado, que eso fastidiaría mucho a su abuela. Tal vez saber que estaba haciendo tan buen papel la animaría a recuperarse más deprisa.
—Lo llama el señor Dalton —dijo Vicki por el intercomunicador—. No quiere decirme para qué.
Alfonso arrugó el rostro y levantó el auricular.
—Alfonso—contestó.
—Buenas tardes, señor Alfonso —dijo el hombre—. Soy Jonathan Dalton. Mi empresa se especializa en buscar candidatos altamente cualificados para puestos de alta proyección. Si tiene unos minutos, me gustaría hablar, porque usted es exactamente lo que buscamos.
Pedro tardó un segundo en comprender que el tipo era un cazatalentos.
—¿Qué negocio es? —preguntó, esperando oír cualquier cosa relacionada con armamento, seguridad o agentes especiales.
—Una pequeña cadena de restaurantes de Idaho. No son The Waterfront o Alfonso's —dijo Dalton animoso—, pero ése es el objetivo de nuestro cliente. Ampliar el negocio. Alcanzar un nivel más alto de calidad, servicio y atractivo. El salario es generoso y existe la posibilidad de invertir como propietario. Deje que le hable de la compañía.
Dalton siguió hablando, pero Pedro no escuchaba. ¿Restaurantes? No se trataba de algo relacionado con la guerra, el peligro o la muerte.
—¿Conoce usted mi historial? —preguntó Pedro—. Pasé con los marines casi quince años.
—Desde luego. Nuestro cliente opina que esa clase de experiencia refuerza el espíritu de liderazgo. Ahora además tiene experiencia en el negocio de la restauración y eso lo convierte en el candidato ideal.
Pedro dudaba que unas cuantas semanas dirigiendo la empresa familiar pudieran considerarse experiencia, pero era bueno saber que otros sí lo creían. Hasta ese momento nunca había pensado que podría dedicarse a algo desvinculado de lo militar.
—Le agradezco que haya pensado en mí —dijo—, pero no estoy interesado. Estaré comprometido aquí durante varios meses más —no sabía lo que haría después, pero parecía que no le faltaban opciones.
—Temía que dijera eso —Dalton suspiró—. Lo entiendo. Pero me gustaría enviarle información sobre nuestra empresa. Es exactamente el tipo de persona que nos gusta ofrecer a nuestros clientes. Tal vez pueda enviarme un curriculum cuando tenga tiempo.
—Desde luego —aceptó Pedro, pensando que tendría que escribir uno. Colgó y fue hacia la ventana.
Unas semanas antes se había sentido como si no tuviera opciones. Había aceptado dirigir la empresa por puro compromiso, pero estaba disfrutando con el trabajo. ¿Sería un magnate en potencia?
La idea lo hizo sonreír. Tal vez no sería un magnate, pero podía trabajar. Aún tenía sus fantasmas, pero cada vez lo asaltaban con menos frecuencia. Seguía teniendo pesadillas y no acabarían hasta que encontrara a la persona que había querido a Ben.
Tras pasar quince años en el ejército debería saber cómo avanzar. Y así había sido, hasta que conoció a Ben y el chico le caló en la piel. Pedro había jurado mantener vivo a Ben y había fracasado.
No volvería a fracasar.
Tentaciones Irresistibles Parte 2: Capítulo 75
Paula se encontró en un lugar donde no había sabido si volvería a estar... en el porche de la casa de sus padres. No había sido intencional. Había empezado a conducir sin rumbo y allí estaba.
Le dolía todo el cuerpo por innumerables razones. Unas semanas antes había estado contenta con su vida. De pronto, todo había cambiado y no necesariamente para mejor. Había creído que estaba manejando bien el estrés de Facundo, su mini negocio de joyería, el que su niña creciera y empezase a ir al colegio. Pero ver a la morena en brazos de Pedro había sido la grieta final que derrumbó su fachada.
¿Pero ir allí? El último encuentro con su madre había distado de ser amistoso. La verdad, ni siquiera sabía si seguían hablándose. Era una locura. Iba a marcharse cuando se abrió la puerta delantera.
—Me pareció oír un coche —dijo mi madre, con expresión inescrutable—. Paula ¿Estás bien?
Paula abrió la boca, la cerró y asombró a su madre y a ella misma estallando en lágrimas.
—Me tomaré eso como un «no» dijo su madre, saliendo al porche y rodeándola con un brazo—. Entra, cariño. Sea cual sea el problema, seguro que podremos solucionarlo.
Paula se dejó llevar. Era agradable renunciar al control de su vida, aunque solo fuera unos minutos, simular que volvía a ser la niña que siempre corría a casa cuando había algún problema.
¿Por qué no había hecho eso cuando descubrió que estaba embarazada? ¿Por qué había aceptado la palabra de un niño de trece años?
—Temía que ya no me quisieras —sollozó—. Por eso creí a Gonzalo. Sabía que te había hecho daño y pensé que estarías enfadada y querrías castigarme. Temía que me dijeras que me fuera si volvía.
—Nunca —dijo su madre, frotándole la espalda mientras la llevaba a la cocina—. Eres mi hija, Paula. Te quiero. Siempre te querré. Nada que hicieras cambiaría eso —suspiró—. Lamento haber enfermado. Siento que dejáramos de buscar.
—Eso no es culpa de ustedes —Paula se sentó en una silla de la cocina—. Siento haberme escapado, mamá. Soy la razón de que te pusieras enferma.
—Eras una cría —su madre se sentó a su lado y le agarró la mano—. Ojalá hubiera sido más fuerte. Si hubiéramos buscado un poco más de tiempo, te habríamos encontrado —sus ojos se llenaron de lágrimas—. Habrías vuelto a casa.
—Lo hice fatal —dijo Paula. Se limpió la cara con la mano que tenía libre—. Muy mal —tragó saliva— . Ni siquiera sé cómo decírtelo.
—Empieza por el principio y sigue hasta el final.
—El padre de Luz no está muerto. Está vivo, y ahora mismo en Seattle. Se llama Facundo.
Explicó la fea verdad sobre él, su relación y lo estúpida que había sido. Habló de su drogadicción, de los chantajes y de cómo la había encontrado en la feria de artesanía.
—Sé que seguirá viniendo a pedirme dinero —dijo—. Fui a ver a una abogada y no me ayudó. Intentó convencerme de que no había nada malo en que Facundo quisiera ver a Luz. Pero no lo permitiré. No puedo.
—Claro que no vas a dejar que la vea —afirmó su madre—. Dios, esa mujer es idiota. A Facundo no le interesa su hija. No puede utilizar a la niña para sacarte dinero. Necesitas a otro abogado.
—Eso ha dicho Pedro —admitió Paula—. Va a ayudarme a encontrar a alguien que pueda ir contra Facundo y ganar. Ha sido muy bueno conmigo —murmuró. No quería pensar en Pedro, pero no podía evitar hacerlo—. Siempre. Ningún hombre se había portado así. Es fuerte y amable, y fantástico —las lágrimas volvieron a brotar—. Suena perfecto, ¿verdad? Pero no lo es. Después de jurarme durante años que no volvería a enamorarme, lo he hecho. Lo quiero y él a mí no.
Soltó un hipido y volvió a limpiarse las lágrimas.
—Sé que le gusto, pero eso no es amor. No se permite amar. Se siente culpable por algo que ocurrió hace mucho tiempo y, aunque lo entiendo, no creo que pueda convencerlo de que deje el pasado atrás. Cree que no es lo bastante bueno. Pero yo sé que sí. Lo que hizo ocurrió hace años, era muy joven y tiene que darse un respiro. Y tal vez lo haría, pero está Zaira, que es alta y bella y espectacular. ¿Cómo voy a competir yo con algo así?
Volvió a sollozar con brío. Su madre se acercó y la abrazó con fuerza.
—Llevas mucha carga a cuestas.
—Supongo —dijo Paula, luchando contra las lágrimas.
Su madre no la presionó para que dejase de llorar o fuese fuerte. La acunó entre sus brazos una y otra vez. Cuando Paula recuperó el control, se irguió.
—Bueno, mamá, ¿y tú cómo estás?
Ambas mujeres se echaron a reír.
—Tal y como yo lo veo —dijo su madre unos minutos después, mientras tomaban café y galletas—, necesitas establecer prioridades. Facundo es lo primero. Pedro tiene razón, necesitas un buen abogado. Uno que pueda darle a Facundo una gran patada en el trasero. Podemos ayudarte con el dinero.
—No hace falta que lo hagan.
—Quiero hacerlo y tu padre también querrá. Además, el dinero es tuyo. El fondo de ahorros para tu carrera universitaria —encogió los hombros—. Lleva años acumulando intereses. Siempre deseamos que volvieras a casa y tuvieras un dinerito esperando. Pensé que lo usarías para la entrada de una casa, pero esto es más importante. Hay que despellejar a esa sabandija.
—¡Mamá! —a pesar de todo, Paula se rió.
—Puedo ser dura —afirmó su madre.
—Lo sé —hizo una pausa—. Siento haber estado incómoda... sobre que vieras a Luz. Estaba dolida y confusa. Quiero que sean parte de su vida. Que sepa lo fantásticos que son papá y tú.
—Lo sé, cielo. No te preocupes por eso. Tenemos mucho que superar y mucho de qué hablar. Tardaremos tiempo y no será fácil, pero lo conseguiremos. Últimamente he pensado en eso, en lo que hiciste. Saliste adelante sola, con un bebé. No tenías estudios ni experiencia de trabajo, sólo determinación. No sé si yo lo habría conseguido.
—Claro que sí —le aseguró Paula—. Lo habrías hecho por mí o por Gonzalo.
—La fuerza del amor a un hijo —su madre le acercó el plato de galletas—. Bien. Nos hemos reconciliado y vamos a acabar con Facundo, ¿qué pasa con Pedro?
—No sé qué hacer —Paula mordió una galleta—. No sé cómo llegar a él.
—Dile la verdad —aconsejó su madre—. Dile que lo quieres.
—¿Qué? No puedo decirle eso.
—¿Por qué no? ¿Qué es lo peor que puede ocurrir?
—No volver a verlo. Huirá y me quedaré sola.
—Ya has estado sola antes. Sobreviviste. Y si huye no es el hombre para tí. Amar a alguien es un regalo, y si el tipo en cuestión es demasiado estúpido para darse cuenta de eso, entonces estarás mejor sin él. ¿No preferirías saberlo mejor antes que después?
Paula pensó en los maravillosos momentos que había compartido con Pedro. En lo paciente que era con Luz y lo fantástico que era en la cama.
—Prefiero que sea después.
—¿Estás segura de eso? —su madre alzó las cejas.
—Vale, no es una respuesta madura, lo sé —Paula suspiró—. Tienes razón, si me entero ahora podré empezar a olvidarme de él. ¿Qué te parece ésa?
—Mejor —dijo su madre—. Además, ¿no quieres que lo sepa? Incluso si no funciona, sería mejor decírselo para no pasarte el resto de la vida preguntándote: «¿Y si...?».
—Estás utilizando la lógica en asuntos del corazón. Ni siquiera estoy segura de que eso sea legal.
—Confía en que él haga lo correcto —dijo su madre—. Si no puedes hacer eso, confía en tí misma y en que serás capaz de sobrevivir pase lo que pase.
Le dolía todo el cuerpo por innumerables razones. Unas semanas antes había estado contenta con su vida. De pronto, todo había cambiado y no necesariamente para mejor. Había creído que estaba manejando bien el estrés de Facundo, su mini negocio de joyería, el que su niña creciera y empezase a ir al colegio. Pero ver a la morena en brazos de Pedro había sido la grieta final que derrumbó su fachada.
¿Pero ir allí? El último encuentro con su madre había distado de ser amistoso. La verdad, ni siquiera sabía si seguían hablándose. Era una locura. Iba a marcharse cuando se abrió la puerta delantera.
—Me pareció oír un coche —dijo mi madre, con expresión inescrutable—. Paula ¿Estás bien?
Paula abrió la boca, la cerró y asombró a su madre y a ella misma estallando en lágrimas.
—Me tomaré eso como un «no» dijo su madre, saliendo al porche y rodeándola con un brazo—. Entra, cariño. Sea cual sea el problema, seguro que podremos solucionarlo.
Paula se dejó llevar. Era agradable renunciar al control de su vida, aunque solo fuera unos minutos, simular que volvía a ser la niña que siempre corría a casa cuando había algún problema.
¿Por qué no había hecho eso cuando descubrió que estaba embarazada? ¿Por qué había aceptado la palabra de un niño de trece años?
—Temía que ya no me quisieras —sollozó—. Por eso creí a Gonzalo. Sabía que te había hecho daño y pensé que estarías enfadada y querrías castigarme. Temía que me dijeras que me fuera si volvía.
—Nunca —dijo su madre, frotándole la espalda mientras la llevaba a la cocina—. Eres mi hija, Paula. Te quiero. Siempre te querré. Nada que hicieras cambiaría eso —suspiró—. Lamento haber enfermado. Siento que dejáramos de buscar.
—Eso no es culpa de ustedes —Paula se sentó en una silla de la cocina—. Siento haberme escapado, mamá. Soy la razón de que te pusieras enferma.
—Eras una cría —su madre se sentó a su lado y le agarró la mano—. Ojalá hubiera sido más fuerte. Si hubiéramos buscado un poco más de tiempo, te habríamos encontrado —sus ojos se llenaron de lágrimas—. Habrías vuelto a casa.
—Lo hice fatal —dijo Paula. Se limpió la cara con la mano que tenía libre—. Muy mal —tragó saliva— . Ni siquiera sé cómo decírtelo.
—Empieza por el principio y sigue hasta el final.
—El padre de Luz no está muerto. Está vivo, y ahora mismo en Seattle. Se llama Facundo.
Explicó la fea verdad sobre él, su relación y lo estúpida que había sido. Habló de su drogadicción, de los chantajes y de cómo la había encontrado en la feria de artesanía.
—Sé que seguirá viniendo a pedirme dinero —dijo—. Fui a ver a una abogada y no me ayudó. Intentó convencerme de que no había nada malo en que Facundo quisiera ver a Luz. Pero no lo permitiré. No puedo.
—Claro que no vas a dejar que la vea —afirmó su madre—. Dios, esa mujer es idiota. A Facundo no le interesa su hija. No puede utilizar a la niña para sacarte dinero. Necesitas a otro abogado.
—Eso ha dicho Pedro —admitió Paula—. Va a ayudarme a encontrar a alguien que pueda ir contra Facundo y ganar. Ha sido muy bueno conmigo —murmuró. No quería pensar en Pedro, pero no podía evitar hacerlo—. Siempre. Ningún hombre se había portado así. Es fuerte y amable, y fantástico —las lágrimas volvieron a brotar—. Suena perfecto, ¿verdad? Pero no lo es. Después de jurarme durante años que no volvería a enamorarme, lo he hecho. Lo quiero y él a mí no.
Soltó un hipido y volvió a limpiarse las lágrimas.
—Sé que le gusto, pero eso no es amor. No se permite amar. Se siente culpable por algo que ocurrió hace mucho tiempo y, aunque lo entiendo, no creo que pueda convencerlo de que deje el pasado atrás. Cree que no es lo bastante bueno. Pero yo sé que sí. Lo que hizo ocurrió hace años, era muy joven y tiene que darse un respiro. Y tal vez lo haría, pero está Zaira, que es alta y bella y espectacular. ¿Cómo voy a competir yo con algo así?
Volvió a sollozar con brío. Su madre se acercó y la abrazó con fuerza.
—Llevas mucha carga a cuestas.
—Supongo —dijo Paula, luchando contra las lágrimas.
Su madre no la presionó para que dejase de llorar o fuese fuerte. La acunó entre sus brazos una y otra vez. Cuando Paula recuperó el control, se irguió.
—Bueno, mamá, ¿y tú cómo estás?
Ambas mujeres se echaron a reír.
—Tal y como yo lo veo —dijo su madre unos minutos después, mientras tomaban café y galletas—, necesitas establecer prioridades. Facundo es lo primero. Pedro tiene razón, necesitas un buen abogado. Uno que pueda darle a Facundo una gran patada en el trasero. Podemos ayudarte con el dinero.
—No hace falta que lo hagan.
—Quiero hacerlo y tu padre también querrá. Además, el dinero es tuyo. El fondo de ahorros para tu carrera universitaria —encogió los hombros—. Lleva años acumulando intereses. Siempre deseamos que volvieras a casa y tuvieras un dinerito esperando. Pensé que lo usarías para la entrada de una casa, pero esto es más importante. Hay que despellejar a esa sabandija.
—¡Mamá! —a pesar de todo, Paula se rió.
—Puedo ser dura —afirmó su madre.
—Lo sé —hizo una pausa—. Siento haber estado incómoda... sobre que vieras a Luz. Estaba dolida y confusa. Quiero que sean parte de su vida. Que sepa lo fantásticos que son papá y tú.
—Lo sé, cielo. No te preocupes por eso. Tenemos mucho que superar y mucho de qué hablar. Tardaremos tiempo y no será fácil, pero lo conseguiremos. Últimamente he pensado en eso, en lo que hiciste. Saliste adelante sola, con un bebé. No tenías estudios ni experiencia de trabajo, sólo determinación. No sé si yo lo habría conseguido.
—Claro que sí —le aseguró Paula—. Lo habrías hecho por mí o por Gonzalo.
—La fuerza del amor a un hijo —su madre le acercó el plato de galletas—. Bien. Nos hemos reconciliado y vamos a acabar con Facundo, ¿qué pasa con Pedro?
—No sé qué hacer —Paula mordió una galleta—. No sé cómo llegar a él.
—Dile la verdad —aconsejó su madre—. Dile que lo quieres.
—¿Qué? No puedo decirle eso.
—¿Por qué no? ¿Qué es lo peor que puede ocurrir?
—No volver a verlo. Huirá y me quedaré sola.
—Ya has estado sola antes. Sobreviviste. Y si huye no es el hombre para tí. Amar a alguien es un regalo, y si el tipo en cuestión es demasiado estúpido para darse cuenta de eso, entonces estarás mejor sin él. ¿No preferirías saberlo mejor antes que después?
Paula pensó en los maravillosos momentos que había compartido con Pedro. En lo paciente que era con Luz y lo fantástico que era en la cama.
—Prefiero que sea después.
—¿Estás segura de eso? —su madre alzó las cejas.
—Vale, no es una respuesta madura, lo sé —Paula suspiró—. Tienes razón, si me entero ahora podré empezar a olvidarme de él. ¿Qué te parece ésa?
—Mejor —dijo su madre—. Además, ¿no quieres que lo sepa? Incluso si no funciona, sería mejor decírselo para no pasarte el resto de la vida preguntándote: «¿Y si...?».
—Estás utilizando la lógica en asuntos del corazón. Ni siquiera estoy segura de que eso sea legal.
—Confía en que él haga lo correcto —dijo su madre—. Si no puedes hacer eso, confía en tí misma y en que serás capaz de sobrevivir pase lo que pase.
miércoles, 29 de julio de 2015
Tentaciones Irresistibles Parte 2: Capítulo 74
Pedro llegó al hospital poco después de la una. Matías lo había llamado para decirle que Sofía estaba lista, así que cuando llegó, Federico estaba en la puerta con buenas noticias.
—Una niña —anunció con una sonrisa satisfecha—. Está un poco roja y aplastada pero Sofía y Matías piensan que es preciosa, así que no digas nada.
—¿Ya has visto a Sofía?
—Un par de segundos. Está cansada pero feliz. Hacen unas pruebas a los recién nacidos y por lo visto salieron muy bien.
Pedro imaginó que Matías y Sofía se sentirían muy aliviados. Sofía había perdido su primer bebé hacía unos años.
—Dani está aquí —le dijo Federico conduciéndolo al ascensor—. Era la sustituta por si Matías era incapaz de presenciar el parto, pero lo consiguió. Me ha dicho que estuvo a punto de desmayarse un par de veces —Federico hizo una mueca de horror—. Nunca he pensado en tener hijos. Ahora me parece que no los tendré.
—¿Basándote en la experiencia de Matías? Me parece que tendrás que buscar una excusa mejor.
—¿Necesito una? —salieron del ascensor—. ¿La necesitas tú? —Federico estrechó los ojos y lo miró—. Es Paula, ¿verdad? Su hija te está encandilando.
—Luz es un encanto de niña, pero eso no implica que esté listo para ser padre —dijo Pedro.
Nunca había pensado en tener familia porque había decidido hacía mucho que no podía casarse. No era un hombre de fiar. Pero lo cierto era que esa letanía ya no le sonaba a verdad. Tal vez, después de tantos años, estaba dispuesto a olvidar el pasado. Dispuesto a perdonarse a sí mismo.
Salieron del ascensor. El ala de maternidad era luminosa y amplia, pero seguía oliendo a hospital. Pedro recordó los hospitales de campaña, llenos de soldados heridos tras la batalla, y su visita a Charlotte tras la primera operación. Estaba asustada y él le había prometido que se pondría bien.
Se había equivocado. Y luego se había ido. Maldijo en silencio al recordar sus lágrimas cuando comprendió que era incapaz de quedarse a verla morir.
Debería haberse quedado. Haberla apoyado. Estaban enamorados y cuando las cosas se pusieron difíciles...
¿Tenía derecho a perdonarse? ¿Tenía derecho a reconocer su error y seguir adelante? Ella le había dicho que lo hiciera. Tal vez eso era lo que lo hacía todo tan difícil: ella había visto lo que no veía nadie. Que tenía corazón de cobarde.
Había luchado y había enviado a hombres a la muerte. Había sido herido y capturado y vivía para contarlo. Pero no sabía si eso lo había cambiado por dentro. No sabía si podía confiar en sí mismo.
—Eh, chico grande.
Pedro se volvió al reconocer voz. Pero la mujer que iba hacia él no era la misma morena alta y deslumbrante que recordaba. Seguía usando pantalones de cuero y botas altas, pero su forma de andar, su sonrisa... todo era distinto. Más suave. Feliz.
—Zaira.
—En carne y hueso —dijo ella. Sonrió y lo abrazó.
—Tienes buen aspecto —dio él.
—Me siento bien —respondió ella.
—Sigues siendo un monumento.
—No estoy mal —lo agarró del brazo—. ¿Has visto ya a la nena?
—No.
—Deja que te la enseñe. Es preciosa —lo condujo por el pasillo—. ¿Cómo te va? Sofía dice que diriges Empresas Alfonso. Nunca habría predicho algo así.
—Yo tampoco. Pero no había nadie más.
—Siempre hay alguien. Pero estoy segura de que agradecen haberse librado de la tarea —se detuvo ante un ventanal y miró dentro—. Aún están ocupados con ella. Acabarán en unos minutos. ¿Eres feliz?
—¿Y tú? —preguntó él, evitando una de las típicas preguntas directas de Zaira.
—Sí —sonrió—. Muchísimo. Mi marido y yo estamos juntos otra vez. El viejo bobo no se molestó en desenamorarse de mí, lo que no tiene mucho sentido.
—Sería muy difícil reemplazarte.
—Eres un encanto por decir eso —suspiró—. Tenemos que trabajar en la relación, pero vamos a hacerlo. También vamos a adoptar a una niña china. Hemos enviado los documentos y tenemos esperanzas.
—Me alegro por ustedes —sabía que había perdido a su hijo y que el dolor casi había acabado con ella.
—¿Has encontrado a Ashley?
—Aún no. Empiezo a creer que no existe —quedaban muy pocos nombres en su lista.
—Existe y la encontrarás. Ten fe —agarró su mano—. Eres un buen hombre, Pedro Alfonso. Uno de los mejores que conozco. No te rindas y no dejes de salvar a gente, y menos a ti mismo.
—No he salvado a nadie —rezongó él.
—Me salvaste a mí —musitó ella—. Salvaste mi vida en más sentidos de los que imaginas —se puso de puntillas y le dio un beso en los labios—. Por los viejos tiempos, signifique lo que signifique eso.
—Me alegro de que encontraras tu camino —acarició su mejilla.
—Yo también. Ojalá tú... —suspiró y maldijo—. Hay una mujer muy atractiva, de veintitantos años, mirándome como si yo fuera el mismo diablo. Adivino que la conoces.
Pedro contuvo un gruñido, se dio la vuelta y vio a Paula a un par de metros. Era obvio que había ido a casa a cambiarse, porque no llevaba el uniforme de gallina. Y tampoco parecía nada contenta.
Se apartó de Zaira, pero sabía que era tarde y que tendría que dar explicaciones. Zaira soltó sus manos y fue hacia Paula.
—Hola, soy Zaira —dijo sonriente—. Una vieja amiga de Sofía y de la familia. En serio. Incluso he visto a Matías desnudo... una historia fascinante. Estoy felizmente casada y Pedro nunca me tuvo demasiado en cuenta, aunque admito haberlo intentado.
«Demasiada información», pensó Paula, sintiéndose avergonzada y expuesta. Tenía la sensación de haber interrumpido una escena íntima.
—Encantada de conocerte —se obligó a sonreír. Había sabido que Pedro tenía fallos, pero no había pensado que besar a otras mujeres fuera uno de ellos.
—Voy a ver a Sofía—dijo la mujer.
Paula la observó mientras se alejaba. Zaira era todo lo que ella no: alta, elegante, segura y bella. Peor aún, Paula podía imaginarse a Pedro con ella. Serían una pareja deslumbrante.
—Paula —dijo Pedro—. Zaira y yo somos amigos. Nada más.
—Ahora —murmuró Paula, luchando contra las náuseas — . Antes fueron mucho más.
—Nunca tuvimos una relación romántica —dijo él—. Quiero que lo sepas.
—Pero fueron amantes —no pretendía decir eso, pero las palabras se escaparon de su boca.
—Una vez —admitió él tras un largo silencio.
Paula se preguntó si quería decir «una» vez, o «una vez» que duró semanas y semanas. Tomó aire.
—Así que no fue importante.
—No —se acercó y la miró a los ojos—. Podría haber dicho que no fuimos amantes, pero no quiero mentirte. Ocurrió una vez. Éramos almas perdidas que buscaban un poco de paz, nada más.
Paula pensó que estaba mejorando y empeorando la situación al mismo tiempo. Intelectualmente, sabía que su deseo de aclarar las cosas era bueno. Significaba que su relación con ella le importaba. Pero ¿por qué tenía que haberse acostado con una amazona de belleza arrolladora? ¿No podía haber sido una rubia desvaída con la personalidad de un pepino?
—¿Está bien y claro? —preguntó él.
Paula asintió y señaló con el dedo. Estaban poniendo a «bebé Alfonso» en su cunita. Ambos miraron.
Pedro comentó que a Federico no le había parecido gran cosa, pero que a él le parecía bien. Paula no contestó. Su cerebro era como un ordenador que se hubiera quedado colgado en mitad de un proceso. Sólo cabía en él un pensamiento, que se repitió una y otra vez hasta quedar grabado a fuego en sus neuronas.
Que nunca sería bella y deslumbrante como Zaira o cualquier otra de las mujeres a quienes Pedro rescataba. Que ella también era un alma perdida y que era muy mal momento para darse cuenta de que estaba enamorada de él.
—Una niña —anunció con una sonrisa satisfecha—. Está un poco roja y aplastada pero Sofía y Matías piensan que es preciosa, así que no digas nada.
—¿Ya has visto a Sofía?
—Un par de segundos. Está cansada pero feliz. Hacen unas pruebas a los recién nacidos y por lo visto salieron muy bien.
Pedro imaginó que Matías y Sofía se sentirían muy aliviados. Sofía había perdido su primer bebé hacía unos años.
—Dani está aquí —le dijo Federico conduciéndolo al ascensor—. Era la sustituta por si Matías era incapaz de presenciar el parto, pero lo consiguió. Me ha dicho que estuvo a punto de desmayarse un par de veces —Federico hizo una mueca de horror—. Nunca he pensado en tener hijos. Ahora me parece que no los tendré.
—¿Basándote en la experiencia de Matías? Me parece que tendrás que buscar una excusa mejor.
—¿Necesito una? —salieron del ascensor—. ¿La necesitas tú? —Federico estrechó los ojos y lo miró—. Es Paula, ¿verdad? Su hija te está encandilando.
—Luz es un encanto de niña, pero eso no implica que esté listo para ser padre —dijo Pedro.
Nunca había pensado en tener familia porque había decidido hacía mucho que no podía casarse. No era un hombre de fiar. Pero lo cierto era que esa letanía ya no le sonaba a verdad. Tal vez, después de tantos años, estaba dispuesto a olvidar el pasado. Dispuesto a perdonarse a sí mismo.
Salieron del ascensor. El ala de maternidad era luminosa y amplia, pero seguía oliendo a hospital. Pedro recordó los hospitales de campaña, llenos de soldados heridos tras la batalla, y su visita a Charlotte tras la primera operación. Estaba asustada y él le había prometido que se pondría bien.
Se había equivocado. Y luego se había ido. Maldijo en silencio al recordar sus lágrimas cuando comprendió que era incapaz de quedarse a verla morir.
Debería haberse quedado. Haberla apoyado. Estaban enamorados y cuando las cosas se pusieron difíciles...
¿Tenía derecho a perdonarse? ¿Tenía derecho a reconocer su error y seguir adelante? Ella le había dicho que lo hiciera. Tal vez eso era lo que lo hacía todo tan difícil: ella había visto lo que no veía nadie. Que tenía corazón de cobarde.
Había luchado y había enviado a hombres a la muerte. Había sido herido y capturado y vivía para contarlo. Pero no sabía si eso lo había cambiado por dentro. No sabía si podía confiar en sí mismo.
—Eh, chico grande.
Pedro se volvió al reconocer voz. Pero la mujer que iba hacia él no era la misma morena alta y deslumbrante que recordaba. Seguía usando pantalones de cuero y botas altas, pero su forma de andar, su sonrisa... todo era distinto. Más suave. Feliz.
—Zaira.
—En carne y hueso —dijo ella. Sonrió y lo abrazó.
—Tienes buen aspecto —dio él.
—Me siento bien —respondió ella.
—Sigues siendo un monumento.
—No estoy mal —lo agarró del brazo—. ¿Has visto ya a la nena?
—No.
—Deja que te la enseñe. Es preciosa —lo condujo por el pasillo—. ¿Cómo te va? Sofía dice que diriges Empresas Alfonso. Nunca habría predicho algo así.
—Yo tampoco. Pero no había nadie más.
—Siempre hay alguien. Pero estoy segura de que agradecen haberse librado de la tarea —se detuvo ante un ventanal y miró dentro—. Aún están ocupados con ella. Acabarán en unos minutos. ¿Eres feliz?
—¿Y tú? —preguntó él, evitando una de las típicas preguntas directas de Zaira.
—Sí —sonrió—. Muchísimo. Mi marido y yo estamos juntos otra vez. El viejo bobo no se molestó en desenamorarse de mí, lo que no tiene mucho sentido.
—Sería muy difícil reemplazarte.
—Eres un encanto por decir eso —suspiró—. Tenemos que trabajar en la relación, pero vamos a hacerlo. También vamos a adoptar a una niña china. Hemos enviado los documentos y tenemos esperanzas.
—Me alegro por ustedes —sabía que había perdido a su hijo y que el dolor casi había acabado con ella.
—¿Has encontrado a Ashley?
—Aún no. Empiezo a creer que no existe —quedaban muy pocos nombres en su lista.
—Existe y la encontrarás. Ten fe —agarró su mano—. Eres un buen hombre, Pedro Alfonso. Uno de los mejores que conozco. No te rindas y no dejes de salvar a gente, y menos a ti mismo.
—No he salvado a nadie —rezongó él.
—Me salvaste a mí —musitó ella—. Salvaste mi vida en más sentidos de los que imaginas —se puso de puntillas y le dio un beso en los labios—. Por los viejos tiempos, signifique lo que signifique eso.
—Me alegro de que encontraras tu camino —acarició su mejilla.
—Yo también. Ojalá tú... —suspiró y maldijo—. Hay una mujer muy atractiva, de veintitantos años, mirándome como si yo fuera el mismo diablo. Adivino que la conoces.
Pedro contuvo un gruñido, se dio la vuelta y vio a Paula a un par de metros. Era obvio que había ido a casa a cambiarse, porque no llevaba el uniforme de gallina. Y tampoco parecía nada contenta.
Se apartó de Zaira, pero sabía que era tarde y que tendría que dar explicaciones. Zaira soltó sus manos y fue hacia Paula.
—Hola, soy Zaira —dijo sonriente—. Una vieja amiga de Sofía y de la familia. En serio. Incluso he visto a Matías desnudo... una historia fascinante. Estoy felizmente casada y Pedro nunca me tuvo demasiado en cuenta, aunque admito haberlo intentado.
«Demasiada información», pensó Paula, sintiéndose avergonzada y expuesta. Tenía la sensación de haber interrumpido una escena íntima.
—Encantada de conocerte —se obligó a sonreír. Había sabido que Pedro tenía fallos, pero no había pensado que besar a otras mujeres fuera uno de ellos.
—Voy a ver a Sofía—dijo la mujer.
Paula la observó mientras se alejaba. Zaira era todo lo que ella no: alta, elegante, segura y bella. Peor aún, Paula podía imaginarse a Pedro con ella. Serían una pareja deslumbrante.
—Paula —dijo Pedro—. Zaira y yo somos amigos. Nada más.
—Ahora —murmuró Paula, luchando contra las náuseas — . Antes fueron mucho más.
—Nunca tuvimos una relación romántica —dijo él—. Quiero que lo sepas.
—Pero fueron amantes —no pretendía decir eso, pero las palabras se escaparon de su boca.
—Una vez —admitió él tras un largo silencio.
Paula se preguntó si quería decir «una» vez, o «una vez» que duró semanas y semanas. Tomó aire.
—Así que no fue importante.
—No —se acercó y la miró a los ojos—. Podría haber dicho que no fuimos amantes, pero no quiero mentirte. Ocurrió una vez. Éramos almas perdidas que buscaban un poco de paz, nada más.
Paula pensó que estaba mejorando y empeorando la situación al mismo tiempo. Intelectualmente, sabía que su deseo de aclarar las cosas era bueno. Significaba que su relación con ella le importaba. Pero ¿por qué tenía que haberse acostado con una amazona de belleza arrolladora? ¿No podía haber sido una rubia desvaída con la personalidad de un pepino?
—¿Está bien y claro? —preguntó él.
Paula asintió y señaló con el dedo. Estaban poniendo a «bebé Alfonso» en su cunita. Ambos miraron.
Pedro comentó que a Federico no le había parecido gran cosa, pero que a él le parecía bien. Paula no contestó. Su cerebro era como un ordenador que se hubiera quedado colgado en mitad de un proceso. Sólo cabía en él un pensamiento, que se repitió una y otra vez hasta quedar grabado a fuego en sus neuronas.
Que nunca sería bella y deslumbrante como Zaira o cualquier otra de las mujeres a quienes Pedro rescataba. Que ella también era un alma perdida y que era muy mal momento para darse cuenta de que estaba enamorada de él.
Tentaciones Irresistibles Parte 2: Capítulo 73
—No creo —Paula sonrió.
—Necesitas hablar con un abogado.
—Acabo de hacerlo. Fue horrible.
—Me refiero a un especialista. Alguien que se ponga de tu lado y haga el trabajo. Alguien brutal.
—Alguien caro —dijo ella, pensando en sus patéticos dos mil setecientos dólares y sabiendo que un abogado así daría cuenta de ellos en una semana.
—Con experiencia —dijo él—. Investigaré y encontraré a la persona adecuada. Lo pagaré yo, y antes de que te pongas histérica, te aviso que es un préstamo. Podrás devolvérmelo a plazos.
—Yo no me pongo histérica —protestó ella, considerando la oferta. En el fondo sabía que seguir pagando a Facundo sólo traería problemas. Si encontrara a alguien que la ayudase de verdad, Luz estaría a salvo.
—Sí que lo haces. Adelante. Estoy preparado para la batalla.
—No habrá batalla. Gracias por la oferta y sí, por favor, busca a alguien que pueda ayudarme.
Pedro abrió la boca y volvió a cerrarla. Su expresión de asombro hizo que Paula soltara una risita.
—Tenía todos mis argumentos preparados —dijo él con una mueca—. Eran bastante buenos.
—Puedes usarlos si quieres. Me quedaré aquí sentada escuchando y después aplaudiré.
—Me gusta esa actitud —se inclinó hacia ella y tocó su mejilla—. Últimamente la echaba en falta.
—Has sido tan bueno conmigo y yo... —Dios. Tenía que pedirle disculpas por lo que había hecho—. Quería decirte que siento lo ocurrido. Lo que hice. Estuvo mal y me sentí fatal después. Fue una reacción de pánico, pero eso no es excusa.
—No importa.
—Sí importa. Odio haber hecho eso. Hace que me sienta como si no hubiera madurado en absoluto. Pero no dejaba de pensar que tenía que distraerte.
—Hiciste un buen trabajo —se inclinó y la besó—. Tengo una idea. Tú dejas de fustigarte, yo acepto la disculpa y lo dejamos ahí.
—Gracias —dijo ella—. ¿Fue muy horrible'?
—Emocionalmente lamentable, pero físicamente —la besó de nuevo— Una mujer bellísima desesperada por aprovecharse de mí. A todos los hombres debería pasarles algo así. Y, por cierto, no puedes decirle a nadie que me importan las emociones cuando practico el sexo. Tengo que pensar en mi reputación.
—Tu secreto está a salvo conmigo —le prometió. El último resto de culpabilidad y vergüenza se esfumó mientras escrutaba su rostro.
—Bien. Ahora —le quitó la copa de vino y la puso en la mesa—. Tal y como yo lo veo, me debes algo y es hora de cobrármelo.
La primera reacción de ella fue protestar. No porque no quisiera hacer el amor con él, sino porque se sentía violenta e incómoda.
—Estoy nerviosa —admitió.
—Nerviosa, ¿significa «no»?
Ella miró sus ojos oscuros. Él se detendría si se lo pedía. Se iría y nunca la culparía por ello.
—Nerviosa significa «oh, Dios, ¿qué piensa de mí en realidad?»
—Puedo soportar esa clase de nerviosismo —volvió a besarla.
Pedro se vistió mientras Paula se duchaba. Aún estaba oscuro afuera, eran poco más de las cuatro. Habían estado haciendo el amor hasta muy tarde y sabía que ella estaría agotada todo el día. Pero a juzgar por cómo había gemido bajo él, habría apostado a que no se arrepentía de haber perdido horas de sueño. Además era viernes, el último día de su semana laboral.
Se planteó subir a casa y dormir una hora más, pero decidió iniciar la jornada. Justo entonces sonó su móvil. Miró el número, era Matías. Eso significaba…
—¿Hola? —dijo—. ¿Matías?
—Sofía está de parto —dijo su hermano entre emocionado y asustado—. Estamos en el hospital. Tardará unas cuantas horas, pero quería que lo supieras.
—¿Quieres que vaya ahora o que espere?
—Espera. Yo estoy con Sofía, así que estarías solo. Pero llama de vez en cuando.
—Lo haré. Deséale suerte y dile que pensaré en ella.
—Vale. Voy a llamar a Federico. Nos vemos.
Matías colgó. Paula salió del cuarto de baño. Tenía el pelo recogido y una enorme gallina lo miraba desde su delantal.
—¿Algún problema? —preguntó ella—. ¿Tu abuela?
—No, Sofía esta de parto.
—Por fin —sonrió Paula—. Sabía que estaba a punto. ¿Vas al hospital?
—Acaban de llegar. Matías dice que espere. He pensado ir a mediodía.
—El primero suele ir despacio. Yo tuve suerte. Luz sólo tardó unas seis horas, pero he oído auténticas historias de horror. ¿Puedo llamarte después para ver qué tal va?
—Claro. ¿Quieres pasar por el hospital después del trabajo?
—Me gustaría, pero no quiero molestar.
—No molestarás. Llámame y te diré si ya hay niño o no. ¿Qué te parece?
—Perfecto —se puso de puntillas y lo besó—. ¿Te apetece un café?
—Me apeteces más tú, pero me conformaré.
—Necesitas hablar con un abogado.
—Acabo de hacerlo. Fue horrible.
—Me refiero a un especialista. Alguien que se ponga de tu lado y haga el trabajo. Alguien brutal.
—Alguien caro —dijo ella, pensando en sus patéticos dos mil setecientos dólares y sabiendo que un abogado así daría cuenta de ellos en una semana.
—Con experiencia —dijo él—. Investigaré y encontraré a la persona adecuada. Lo pagaré yo, y antes de que te pongas histérica, te aviso que es un préstamo. Podrás devolvérmelo a plazos.
—Yo no me pongo histérica —protestó ella, considerando la oferta. En el fondo sabía que seguir pagando a Facundo sólo traería problemas. Si encontrara a alguien que la ayudase de verdad, Luz estaría a salvo.
—Sí que lo haces. Adelante. Estoy preparado para la batalla.
—No habrá batalla. Gracias por la oferta y sí, por favor, busca a alguien que pueda ayudarme.
Pedro abrió la boca y volvió a cerrarla. Su expresión de asombro hizo que Paula soltara una risita.
—Tenía todos mis argumentos preparados —dijo él con una mueca—. Eran bastante buenos.
—Puedes usarlos si quieres. Me quedaré aquí sentada escuchando y después aplaudiré.
—Me gusta esa actitud —se inclinó hacia ella y tocó su mejilla—. Últimamente la echaba en falta.
—Has sido tan bueno conmigo y yo... —Dios. Tenía que pedirle disculpas por lo que había hecho—. Quería decirte que siento lo ocurrido. Lo que hice. Estuvo mal y me sentí fatal después. Fue una reacción de pánico, pero eso no es excusa.
—No importa.
—Sí importa. Odio haber hecho eso. Hace que me sienta como si no hubiera madurado en absoluto. Pero no dejaba de pensar que tenía que distraerte.
—Hiciste un buen trabajo —se inclinó y la besó—. Tengo una idea. Tú dejas de fustigarte, yo acepto la disculpa y lo dejamos ahí.
—Gracias —dijo ella—. ¿Fue muy horrible'?
—Emocionalmente lamentable, pero físicamente —la besó de nuevo— Una mujer bellísima desesperada por aprovecharse de mí. A todos los hombres debería pasarles algo así. Y, por cierto, no puedes decirle a nadie que me importan las emociones cuando practico el sexo. Tengo que pensar en mi reputación.
—Tu secreto está a salvo conmigo —le prometió. El último resto de culpabilidad y vergüenza se esfumó mientras escrutaba su rostro.
—Bien. Ahora —le quitó la copa de vino y la puso en la mesa—. Tal y como yo lo veo, me debes algo y es hora de cobrármelo.
La primera reacción de ella fue protestar. No porque no quisiera hacer el amor con él, sino porque se sentía violenta e incómoda.
—Estoy nerviosa —admitió.
—Nerviosa, ¿significa «no»?
Ella miró sus ojos oscuros. Él se detendría si se lo pedía. Se iría y nunca la culparía por ello.
—Nerviosa significa «oh, Dios, ¿qué piensa de mí en realidad?»
—Puedo soportar esa clase de nerviosismo —volvió a besarla.
Pedro se vistió mientras Paula se duchaba. Aún estaba oscuro afuera, eran poco más de las cuatro. Habían estado haciendo el amor hasta muy tarde y sabía que ella estaría agotada todo el día. Pero a juzgar por cómo había gemido bajo él, habría apostado a que no se arrepentía de haber perdido horas de sueño. Además era viernes, el último día de su semana laboral.
Se planteó subir a casa y dormir una hora más, pero decidió iniciar la jornada. Justo entonces sonó su móvil. Miró el número, era Matías. Eso significaba…
—¿Hola? —dijo—. ¿Matías?
—Sofía está de parto —dijo su hermano entre emocionado y asustado—. Estamos en el hospital. Tardará unas cuantas horas, pero quería que lo supieras.
—¿Quieres que vaya ahora o que espere?
—Espera. Yo estoy con Sofía, así que estarías solo. Pero llama de vez en cuando.
—Lo haré. Deséale suerte y dile que pensaré en ella.
—Vale. Voy a llamar a Federico. Nos vemos.
Matías colgó. Paula salió del cuarto de baño. Tenía el pelo recogido y una enorme gallina lo miraba desde su delantal.
—¿Algún problema? —preguntó ella—. ¿Tu abuela?
—No, Sofía esta de parto.
—Por fin —sonrió Paula—. Sabía que estaba a punto. ¿Vas al hospital?
—Acaban de llegar. Matías dice que espere. He pensado ir a mediodía.
—El primero suele ir despacio. Yo tuve suerte. Luz sólo tardó unas seis horas, pero he oído auténticas historias de horror. ¿Puedo llamarte después para ver qué tal va?
—Claro. ¿Quieres pasar por el hospital después del trabajo?
—Me gustaría, pero no quiero molestar.
—No molestarás. Llámame y te diré si ya hay niño o no. ¿Qué te parece?
—Perfecto —se puso de puntillas y lo besó—. ¿Te apetece un café?
—Me apeteces más tú, pero me conformaré.
Tentaciones Irresistibles Parte 2: Capítulo 72
Dani le dedicó tanto tiempo a su cabello y maquillaje que se sentía como una participante en un concurso de belleza. Ryan, la rata, había faltado por enfermedad los últimos dos días, pero volvería y ella quería estar preparada para verlo cara a cara. A eso se debía el tiempo adicional dedicado a su apariencia y también su decisión de ponerse unos ajustados pantalones negros y una blusa de seda. Si había algún accidente en la cocina sería terrible, pero el riesgo merecía la pena. Quería que Ryan supiera lo que se había perdido. Quería hacerlo pagar.
Por desgracia aún no había ideado la manera. Pero se le ocurriría algo antes o después.
Llegó al trabajo a su hora habitual y vio que el coche de Ryan no estaba en el aparcamiento. Eso le permitiría cargarse de café y reunir fuerzas.
Una media hora después, cuando revisaba las sugerencias de Jaime para los platos especiales oyó sus pasos en el pasillo. No alzó la vista, pero se preparó para enfrentarse al embustero traidor.
—Dani —dijo él, con voz grave y seductora—. Hola.
—Ryan —ella miró el atractivo rostro y los bellos ojos, y supo que había sido engañada por un maestro.
—¿Cómo estás? He estado preocupado por tí.
—¿Por qué? —preguntó.
—Por lo que ocurrió —entró al despacho y cerró la puerta tras de sí—. Que Jen apareciera así —suspiró—. No quería que te enteraras de esa manera.
Sus palabras le resultaron tan familiares que casi le dio miedo. ¿Tendrían todos los hombres la enfermedad crónica de no poder asumir responsabilidades? Martín le había dicho algo parecido; se sentía fatal porque se hubiera enterado de su aventura, pero no le pidió disculpas por engañarla, el muy cerdo.
Igual que Martín, Ryan no lamentaba lo que había hecho, sólo el que lo hubieran atrapado.
—¿Cómo querías que me enterara? —gorjeó—. ¿O tenías la esperanza de que no lo descubriera?
—Yo, eh... —pareció desconcertado, como si no hubiera esperado esa pregunta—. Dani...
Ella lo interrumpió chasqueando con los dedos.
—Te preguntaré algo más. ¿Has sido fiel a tu mujer alguna vez? ¿Esperaste al menos dos meses antes de empezar a engañarla? Porque está claro que no soy la primera. Se te da demasiado bien mentir.
—Quiero a mi familia —dijo él, tensándose.
—Claro que sí. Lo veo en cada uno de tus actos. Acostarte conmigo fue un increíble gesto de amor. ¿Te está agradecida Jen?
—¿Estás amenazándome? —preguntó él—. ¿Vas a decírselo?
—La verdad, no se me había pasado por la cabeza. Creo que tú ya le haces bastante daño por los dos, así que no es necesario. Ahora que sé lo imbécil que eres, me gustaría decirle la verdad, pero sospecho que no me creería. Seguro que la has convencido de que eres maravilloso. Tiene gracia, cuando lo descubrí sentí lástima de mí misma, pero ya no. Lo siento por ella. Yo puedo olvidarte sin pensarlo dos veces.
—Vas a pedirle a tu hermano que me despida, ¿verdad? —él tragó saliva.
—No necesariamente. Eres un gerente aceptable y con Sofía de baja de maternidad el restaurante no puede permitirse cambios ahora mismo. Así que mientras no me fastidies, estás a salvo. Pero serás sincero con todas las mujeres que trabajan aquí y con cualquiera que yo conozca. Empieza las conversaciones anunciando que estás casado y ni se te ocurra flirtear. ¿Ha quedado claro?
—Sigues enfadada.
—La verdad es que no —dijo ella, tras pensarlo un segundo—. Esta pequeña charla me ha liberado. Por fin entiendo que no hice nada malo. Eso era lo que odiaba, haber elegido tan mal. Pero no fue culpa mía; me hiciste creer que eras exactamente lo que necesitaba. No tenía razones para desconfiar de ti. Tú mentiste, no yo. Gracias a Al, nuestro fabuloso gato, eres la única rata que hay en el edificio; puedo soportarlo.
Pedro se quedó a cenar y a Paula le pareció curioso que su anteriormente reservado vecino estuviera tan cómodo con su hija de cinco años. Luz y Pedro charlaban amistosamente e incluso le contaron un par de anécdotas de su día en el centro comercial.
Era muy distinto a los hombres que había conocido. En parte por las circunstancias de su vida. Había pasado de ser una adolescente en el instituto a vivir por su cuenta. Y el negocio de la música de Los Angeles no había puesto en su camino a muchos hombres que pudieran considerarse normales. Había vuelto a Seattle embarazada y su estilo de vida no daba opción de conocer a hombres solteros.
Así que Pedro suponía un gran cambio. Pero había más que eso. Le costaba reconciliar la imagen de un hombre que jugaba pacientemente con su hija con la de un chico de dieciocho años que había abandonado a su novia moribunda.
¿Qué había ocurrido en los más de catorce años transcurridos desde entonces? ¿Era cuestión de madurez o algo más profundo? Había abandonado a Charlotte para evitar el dolor y la muerte, pero había acabado en la guerra. Había enviado a hombres a la batalla y algunos de ellos habían muerto. Además, estaba su búsqueda de la Ashley de Ben. ¿Qué porcentaje de esa sensación de culpabilidad se debía a que Ben hubiera recibido la bala y qué parte a su abandono de Charlotte?
Pedro era un hombre complejo. Pero era bueno. No le gustaba que hubiera abandonado a su novia, pero tampoco le gustaban partes de su propio pasado. Todo el mundo cometía errores. Una persona debía ser juzgada por lo que ocurría después.
Más tarde, después de acostar a Luz, Paula volvió a la sala y se sentó en el sofá. Pedro había llevado una botella de vino que, dado su cansancio y nivel de estrés, podía ser peligrosa. Por otra parte, el alcohol la ayudaría a hablar de Facundo, el gran error de su vida.
—Facundo ya te había buscado antes —Pedro fue directo al grano. Ella asintió.
—Suele viajar con grupos de música. Es más fácil que montar uno propio; eso requeriría trabajo, algo que odia. Ya había venido dos veces. No sé cómo consigue mi teléfono, pero lo hace. Me llama y exige que nos veamos, si me niego, me amenaza. Empieza a hablar de Luz y de que nunca la ve. Siempre usa eso. Le doy el dinero que tengo y se marcha.
—¿Has hablado alguna vez con él para que renuncie legalmente a sus derechos?
—No. ¿Por qué iba a acceder si puede sacarme dinero cada vez que pasa por la ciudad? —tomó un sorbo de vino—. Facundo es músico y compositor de canciones. Cuando está limpio, es brillante. Imbécil, pero con talento. Cuando está enganchado, sólo es capaz de tocar la guitarra y vivir al día.
—Legalmente, lo que hace es chantaje —apuntó Pedro—. Hay leyes en contra de eso.
—Lo sé, pero si lo denuncio las cosas podrían ponerse feas. Podría alegar que desea ver a su hija desesperadamente. Miente muy bien. También podría decir que se lo he impedido, y es verdad. Hoy fui a ver a una abogada.
—Por tu expresión, no fue bien.
—Para nada. No se puso de mi parte. Dijo que debería permitir las visitas supervisadas. Que si Facundo nunca había abusado de mí física o emocionalmente, Luz no corría riesgos. Por lo visto, que Facundo me exigiera que abortase no importa. Dijo que muchos hombres reaccionan mal ante un embarazo imprevisto y que no debería tenerlo en cuenta.
Agarró la copa con ambas manos.
—La idea de iniciar una batalla legal me aterroriza. ¿Y si consiguiera derechos de visita? A Facundo no le importa Luz. Utilizaría ese derecho para sacarme dinero. Me lo imagino llevándosela y reteniéndola mientras yo busco o pido dinero para él.
Empezaron a arderle los ojos. Tomó aire y se concentró en mantener el control.
—Haría cualquier cosa por mantener a Luz a salvo. Incluso he pensado en huir. Pero no sé si sería capaz de volver a empezar. Y a ella no le gustaría.
—Huir es sólo una solución temporal. Necesitas algo permanente —su voz sonó fría y dura. Paula recordó que Pedro era un hombre capaz de matar.
—¿Qué estás pensando? —preguntó, aunque no estaba segura de querer saberlo.
—Que quiero buscarlo y darle una paliza. Una lección que le haría comprender que si vuelve a acercarse a tí o a Luz, será lo último que haga en su vida —torció la boca—. ¿Asustada?
—¿De tí? —ella negó con la cabeza—. No. Nunca nos harías daño a Luz o a mí. Ni siquiera estoy segura de que se lo harías a Facundo. Creo que te gustaría, pero no sé si podrías acercarte y pegarle sin más.
—¿Quieres apostar?
Por desgracia aún no había ideado la manera. Pero se le ocurriría algo antes o después.
Llegó al trabajo a su hora habitual y vio que el coche de Ryan no estaba en el aparcamiento. Eso le permitiría cargarse de café y reunir fuerzas.
Una media hora después, cuando revisaba las sugerencias de Jaime para los platos especiales oyó sus pasos en el pasillo. No alzó la vista, pero se preparó para enfrentarse al embustero traidor.
—Dani —dijo él, con voz grave y seductora—. Hola.
—Ryan —ella miró el atractivo rostro y los bellos ojos, y supo que había sido engañada por un maestro.
—¿Cómo estás? He estado preocupado por tí.
—¿Por qué? —preguntó.
—Por lo que ocurrió —entró al despacho y cerró la puerta tras de sí—. Que Jen apareciera así —suspiró—. No quería que te enteraras de esa manera.
Sus palabras le resultaron tan familiares que casi le dio miedo. ¿Tendrían todos los hombres la enfermedad crónica de no poder asumir responsabilidades? Martín le había dicho algo parecido; se sentía fatal porque se hubiera enterado de su aventura, pero no le pidió disculpas por engañarla, el muy cerdo.
Igual que Martín, Ryan no lamentaba lo que había hecho, sólo el que lo hubieran atrapado.
—¿Cómo querías que me enterara? —gorjeó—. ¿O tenías la esperanza de que no lo descubriera?
—Yo, eh... —pareció desconcertado, como si no hubiera esperado esa pregunta—. Dani...
Ella lo interrumpió chasqueando con los dedos.
—Te preguntaré algo más. ¿Has sido fiel a tu mujer alguna vez? ¿Esperaste al menos dos meses antes de empezar a engañarla? Porque está claro que no soy la primera. Se te da demasiado bien mentir.
—Quiero a mi familia —dijo él, tensándose.
—Claro que sí. Lo veo en cada uno de tus actos. Acostarte conmigo fue un increíble gesto de amor. ¿Te está agradecida Jen?
—¿Estás amenazándome? —preguntó él—. ¿Vas a decírselo?
—La verdad, no se me había pasado por la cabeza. Creo que tú ya le haces bastante daño por los dos, así que no es necesario. Ahora que sé lo imbécil que eres, me gustaría decirle la verdad, pero sospecho que no me creería. Seguro que la has convencido de que eres maravilloso. Tiene gracia, cuando lo descubrí sentí lástima de mí misma, pero ya no. Lo siento por ella. Yo puedo olvidarte sin pensarlo dos veces.
—Vas a pedirle a tu hermano que me despida, ¿verdad? —él tragó saliva.
—No necesariamente. Eres un gerente aceptable y con Sofía de baja de maternidad el restaurante no puede permitirse cambios ahora mismo. Así que mientras no me fastidies, estás a salvo. Pero serás sincero con todas las mujeres que trabajan aquí y con cualquiera que yo conozca. Empieza las conversaciones anunciando que estás casado y ni se te ocurra flirtear. ¿Ha quedado claro?
—Sigues enfadada.
—La verdad es que no —dijo ella, tras pensarlo un segundo—. Esta pequeña charla me ha liberado. Por fin entiendo que no hice nada malo. Eso era lo que odiaba, haber elegido tan mal. Pero no fue culpa mía; me hiciste creer que eras exactamente lo que necesitaba. No tenía razones para desconfiar de ti. Tú mentiste, no yo. Gracias a Al, nuestro fabuloso gato, eres la única rata que hay en el edificio; puedo soportarlo.
Pedro se quedó a cenar y a Paula le pareció curioso que su anteriormente reservado vecino estuviera tan cómodo con su hija de cinco años. Luz y Pedro charlaban amistosamente e incluso le contaron un par de anécdotas de su día en el centro comercial.
Era muy distinto a los hombres que había conocido. En parte por las circunstancias de su vida. Había pasado de ser una adolescente en el instituto a vivir por su cuenta. Y el negocio de la música de Los Angeles no había puesto en su camino a muchos hombres que pudieran considerarse normales. Había vuelto a Seattle embarazada y su estilo de vida no daba opción de conocer a hombres solteros.
Así que Pedro suponía un gran cambio. Pero había más que eso. Le costaba reconciliar la imagen de un hombre que jugaba pacientemente con su hija con la de un chico de dieciocho años que había abandonado a su novia moribunda.
¿Qué había ocurrido en los más de catorce años transcurridos desde entonces? ¿Era cuestión de madurez o algo más profundo? Había abandonado a Charlotte para evitar el dolor y la muerte, pero había acabado en la guerra. Había enviado a hombres a la batalla y algunos de ellos habían muerto. Además, estaba su búsqueda de la Ashley de Ben. ¿Qué porcentaje de esa sensación de culpabilidad se debía a que Ben hubiera recibido la bala y qué parte a su abandono de Charlotte?
Pedro era un hombre complejo. Pero era bueno. No le gustaba que hubiera abandonado a su novia, pero tampoco le gustaban partes de su propio pasado. Todo el mundo cometía errores. Una persona debía ser juzgada por lo que ocurría después.
Más tarde, después de acostar a Luz, Paula volvió a la sala y se sentó en el sofá. Pedro había llevado una botella de vino que, dado su cansancio y nivel de estrés, podía ser peligrosa. Por otra parte, el alcohol la ayudaría a hablar de Facundo, el gran error de su vida.
—Facundo ya te había buscado antes —Pedro fue directo al grano. Ella asintió.
—Suele viajar con grupos de música. Es más fácil que montar uno propio; eso requeriría trabajo, algo que odia. Ya había venido dos veces. No sé cómo consigue mi teléfono, pero lo hace. Me llama y exige que nos veamos, si me niego, me amenaza. Empieza a hablar de Luz y de que nunca la ve. Siempre usa eso. Le doy el dinero que tengo y se marcha.
—¿Has hablado alguna vez con él para que renuncie legalmente a sus derechos?
—No. ¿Por qué iba a acceder si puede sacarme dinero cada vez que pasa por la ciudad? —tomó un sorbo de vino—. Facundo es músico y compositor de canciones. Cuando está limpio, es brillante. Imbécil, pero con talento. Cuando está enganchado, sólo es capaz de tocar la guitarra y vivir al día.
—Legalmente, lo que hace es chantaje —apuntó Pedro—. Hay leyes en contra de eso.
—Lo sé, pero si lo denuncio las cosas podrían ponerse feas. Podría alegar que desea ver a su hija desesperadamente. Miente muy bien. También podría decir que se lo he impedido, y es verdad. Hoy fui a ver a una abogada.
—Por tu expresión, no fue bien.
—Para nada. No se puso de mi parte. Dijo que debería permitir las visitas supervisadas. Que si Facundo nunca había abusado de mí física o emocionalmente, Luz no corría riesgos. Por lo visto, que Facundo me exigiera que abortase no importa. Dijo que muchos hombres reaccionan mal ante un embarazo imprevisto y que no debería tenerlo en cuenta.
Agarró la copa con ambas manos.
—La idea de iniciar una batalla legal me aterroriza. ¿Y si consiguiera derechos de visita? A Facundo no le importa Luz. Utilizaría ese derecho para sacarme dinero. Me lo imagino llevándosela y reteniéndola mientras yo busco o pido dinero para él.
Empezaron a arderle los ojos. Tomó aire y se concentró en mantener el control.
—Haría cualquier cosa por mantener a Luz a salvo. Incluso he pensado en huir. Pero no sé si sería capaz de volver a empezar. Y a ella no le gustaría.
—Huir es sólo una solución temporal. Necesitas algo permanente —su voz sonó fría y dura. Paula recordó que Pedro era un hombre capaz de matar.
—¿Qué estás pensando? —preguntó, aunque no estaba segura de querer saberlo.
—Que quiero buscarlo y darle una paliza. Una lección que le haría comprender que si vuelve a acercarse a tí o a Luz, será lo último que haga en su vida —torció la boca—. ¿Asustada?
—¿De tí? —ella negó con la cabeza—. No. Nunca nos harías daño a Luz o a mí. Ni siquiera estoy segura de que se lo harías a Facundo. Creo que te gustaría, pero no sé si podrías acercarte y pegarle sin más.
—¿Quieres apostar?
Tentaciones Irresistibles Parte 2: Capítulo 71
Paula volvió al casa el jueves por la tarde, después del trabajo, sintiéndose como si hubiera caído por un acantilado. Le dolían el cuerpo y el alma, y sospechaba que sólo podía culparse a sí misma.
La reunión con la abogada había sido un desastre. La idea de que a Facundo le interesase Luz era una estupidez y le aterrorizaba que una profesional medianamente inteligente pudiera considerarla. Eso podía querer decir que un tribunal vería las cosas de la misma manera. Podían llegar a otorgarle a Facundo derechos de visita.
Deseó que Facundo desapareciera unos años. A veces lo hacía durante meses, pero ya no volvería a tener esa suerte. Verla en la feria de artesanía lo habría convencido de que tenía recursos y, por tanto, dinero. Sus visitas serían cada vez más frecuentes.
Cuando estacionó ante la casa y bajó del coche, Luz corrió a recibirla.
—Mami, mami, ¡me encanta el cole! Hemos hecho un librito sobre el verano y he traído el mío para enseñártelo. Y hoy llevé mi comida pero mañana hay tacos. ¿Puedo comprar la comida allí mañana?
—Claro que sí.
La niña se lanzó sobre ella y Paula la abrazó con fuerza. Fuera lo que fuera mal en su vida, Luz era perfecta. Valía cualquier precio, cualquier sufrimiento, y Facundo no le pondría las manos encima.
—Así que ha sido un buen día, ¿eh? —dijo Paula, mientras iban hacia casa—. ¿Has sido buena con la señora Ford?
—Ella no está —dijo Luz con alegría—. Está jugando al bridge. Pedro está conmigo.
Paula se detuvo. Se ruborizó de vergüenza y se le cerró la garganta. Deseó desaparecer. No lo había visto desde el lunes por la noche, cuando había utilizado el sexo para callarlo y sacarlo de su casa.
Después se había sentido fatal. Rastrera y desagradable. Siete años antes había utilizado su cuerpo para conseguir un trabajo, después de que Carlos y ella rompieran; se había jurado no volver a hacer algo así nunca. Pero una vez acorralada, había vuelto a utilizar la salida más fácil.
Se odiaba por hacerlo y le aterrorizaba imaginar lo que él debía de pensar de ella. Aunque había sabido que no podía haber nada serio entre ellos, él lo había dejado muy claro, le había gustado saber que eran amigos y que él la respetaba. Eso se había perdido.
—Vamos, mami —Luz tiró de su mano.
Paula no podía evitar el encuentro, así que inspiró profundamente y entró. Pedro estaba en el centro de la habitación. En la mesita de café había un rompecabezas medio hecho y dos cartones de zumo.
—Hola, gracias por cuidar de Luz —dijo, avergonzada, sin atreverse a mirarlo a la cara—. Siento que la señora Ford te molestara. Es un día de trabajo.
—No importa.
No podía ser verdad y Paula deseó encontrar la manera de poner fin a la conversación.
—Tengo que cambiarme —dijo, señalando su uniforme, y casi corriendo al dormitorio.
Cerró la puerta a su espalda y evitó mirar la cama. Después de cambiarse deseó quedarse allí encerrada, pero no era una opción. Tendría que enfrentarse a él antes o después. Mejor hacerlo cuanto antes.
Pensó, esperanzada, que tal vez se hubiera ido. Era posible que él tampoco quisiera verla. Pero tenía la sensación de que no sería tan afortunada.
Por supuesto, cuando volvió al salón, vio a Luz absorta con un vídeo y a Pedro de pie en la cocina. Aunque anhelaba sentarse con su hija, sabía que Pedro se merecía una explicación, así que entró en la cocina y cerró la puerta a su espalda. Se preparó para la confrontación, pero él habló antes.
—Hay una plaza de ayudante de dirección en Alfonso's. Es el turno de comidas, pero tendrías que trabajar un par de noches a la semana. Puede que una los fines de semana. Incluye seguridad social completa y pagas extras. La dirección también tiene participación en beneficios, pero no entraría en vigor hasta pasados seis meses —nombró un salario que hizo que a ella le temblaran las rodillas—. ¿Te interesa?
—¿Estás ofreciéndome un trabajo? —preguntó ella con incredulidad.
—Sí.
—No sabes nada de mí.
—Sé lo suficiente —cruzó los brazos sobre el pecho.
—Me refiero a que no sabes nada de mí vida laboral — se puso roja como la grana—. Si soy puntual, cómo trabajo. No tengo experiencia directiva y el único restaurante en el que he trabajado es Eggs 'n' Stuff. ¿Por qué crees que estoy cualificada?
—Te he visto trabajar hasta que se te hinchan los dedos. Sales de casa muy temprano, así que llegas a tiempo al trabajo. El puesto se considera de iniciación a puesto directivo. Aprenderías sobre la marcha.
Era una oportunidad sensacional. Sin embargo, ella tenía un nudo en el estómago.
—Me gusta el trabajo que tengo —dijo.
—Éste es mejor —la miró con fijeza.
—No quiero trabajar por las noches. No quiero renunciar a mi tiempo con Luz.
—Estamos hablando de un par de noches.
—Yo no... —tragó saliva—. No quiero trabajar para alguien con quien me he acostado.
Ya estaba dicho. Él saltaría sobre ella y querría saber por qué había actuado como lo había hecho.
—Diablos, Paula —dijo Pedro, sin alzar el tono de voz, cosa que ella agradeció—. ¿A qué juegas? Sabes que es un buen trabajo. ¿Por qué no lo piensas? Si el problema soy yo, no te preocupes. Soy temporal.
—¿Crees que las cosas irán mejor cuando vuelva tu abuela? ¿Crees que no me despedirá el primer día?
—Haremos un contrato. No podrá.
—Fantástico. Así que la presidenta de la empresa tendrá que soportarme a su pesar. Será divertido.
—Intento ayudar.
—Eso no es ayudar. Además, estoy bien.
—No estás bien —él hizo una pausa y tomó aire, como si intentara controlar la ira—. Algo va mal. ¿Crees que soy estúpido? Lo que quiera que sea es muy serio para que llegaras a esos extremos para distraerme. ¿Qué ha ocurrido?
—Nada que quiera comentar contigo.
—Mira a tu alrededor. No tienes a nadie más. Me necesitas.
—Menudo ego tienes —ella nunca había necesitado a nadie, y eso no iba a cambiar—. Me iba perfectamente antes de que aparecieras.
—No hablo de dinero ni de aflojar tuercas de ruedas —emitió una especie de gruñido—. Soy la única persona con la que puedes hablar. ¿A quién vas a contárselo? ¿A la señora Ford?
—No me dedico a hablar de mis problemas.
—Así que algo va mal —él estrechó los ojos.
—No. Hablaba en general. Mira, Pedro, si quieres formular una queja, hazlo por escrito. En otro caso...
—Ni se te ocurra decir que me vaya.
—Es mi casa.
Ella percibió cómo la frustración crecía dentro de él. A pesar de su tamaño y fuerza, no sintió miedo. Sabía que nunca le haría daño.
—Ocurrió algo en la feria de artesanía —insistió él—. Yo lo sé y tú lo sabes. ¿Podemos dejar este juego y hablar de qué demonios ocurrió?
Paula abrió la boca para negarse pero, de repente, no pudo. Él tenía razón. No tenía a nadie más.
—El padre de Luz apareció el domingo —confesó—. Está en Seattle con un grupo. Quería dinero. Es igual siempre... si no le doy dinero amenaza con convertirse en parte de la vida de Luz.
—¿Le diste dinero?
—Todo lo que había ganado ese día.
—¿Y crees que volverá?
—Sé que sí.
En vez de hablar, Pedro se acercó y la rodeó con los brazos. Ella se resistió.
—Estoy bien —dijo—. Puedo manejar esto.
—No lo dudo, pero incluso los marines piden refuerzos a veces.
La atrajo hacia él y ella se rindió porque no tenía fuerzas para seguir en pie por sí sola.
—Tengo mucho miedo —susurró.
—Estoy aquí. Podemos solucionarlo. Te ayudaré.
Ella deseó pedirle que prometiera que hablaba en serio. Que no cambiaría de opinión.
Era una mujer que no confiaba en los hombres de su vida y él un hombre que no confiaba en sí mismo. Pero su instinto le decía que debía creerlo. A pesar de todo, Pedro estaba resultando ser un héroe de primera.
La reunión con la abogada había sido un desastre. La idea de que a Facundo le interesase Luz era una estupidez y le aterrorizaba que una profesional medianamente inteligente pudiera considerarla. Eso podía querer decir que un tribunal vería las cosas de la misma manera. Podían llegar a otorgarle a Facundo derechos de visita.
Deseó que Facundo desapareciera unos años. A veces lo hacía durante meses, pero ya no volvería a tener esa suerte. Verla en la feria de artesanía lo habría convencido de que tenía recursos y, por tanto, dinero. Sus visitas serían cada vez más frecuentes.
Cuando estacionó ante la casa y bajó del coche, Luz corrió a recibirla.
—Mami, mami, ¡me encanta el cole! Hemos hecho un librito sobre el verano y he traído el mío para enseñártelo. Y hoy llevé mi comida pero mañana hay tacos. ¿Puedo comprar la comida allí mañana?
—Claro que sí.
La niña se lanzó sobre ella y Paula la abrazó con fuerza. Fuera lo que fuera mal en su vida, Luz era perfecta. Valía cualquier precio, cualquier sufrimiento, y Facundo no le pondría las manos encima.
—Así que ha sido un buen día, ¿eh? —dijo Paula, mientras iban hacia casa—. ¿Has sido buena con la señora Ford?
—Ella no está —dijo Luz con alegría—. Está jugando al bridge. Pedro está conmigo.
Paula se detuvo. Se ruborizó de vergüenza y se le cerró la garganta. Deseó desaparecer. No lo había visto desde el lunes por la noche, cuando había utilizado el sexo para callarlo y sacarlo de su casa.
Después se había sentido fatal. Rastrera y desagradable. Siete años antes había utilizado su cuerpo para conseguir un trabajo, después de que Carlos y ella rompieran; se había jurado no volver a hacer algo así nunca. Pero una vez acorralada, había vuelto a utilizar la salida más fácil.
Se odiaba por hacerlo y le aterrorizaba imaginar lo que él debía de pensar de ella. Aunque había sabido que no podía haber nada serio entre ellos, él lo había dejado muy claro, le había gustado saber que eran amigos y que él la respetaba. Eso se había perdido.
—Vamos, mami —Luz tiró de su mano.
Paula no podía evitar el encuentro, así que inspiró profundamente y entró. Pedro estaba en el centro de la habitación. En la mesita de café había un rompecabezas medio hecho y dos cartones de zumo.
—Hola, gracias por cuidar de Luz —dijo, avergonzada, sin atreverse a mirarlo a la cara—. Siento que la señora Ford te molestara. Es un día de trabajo.
—No importa.
No podía ser verdad y Paula deseó encontrar la manera de poner fin a la conversación.
—Tengo que cambiarme —dijo, señalando su uniforme, y casi corriendo al dormitorio.
Cerró la puerta a su espalda y evitó mirar la cama. Después de cambiarse deseó quedarse allí encerrada, pero no era una opción. Tendría que enfrentarse a él antes o después. Mejor hacerlo cuanto antes.
Pensó, esperanzada, que tal vez se hubiera ido. Era posible que él tampoco quisiera verla. Pero tenía la sensación de que no sería tan afortunada.
Por supuesto, cuando volvió al salón, vio a Luz absorta con un vídeo y a Pedro de pie en la cocina. Aunque anhelaba sentarse con su hija, sabía que Pedro se merecía una explicación, así que entró en la cocina y cerró la puerta a su espalda. Se preparó para la confrontación, pero él habló antes.
—Hay una plaza de ayudante de dirección en Alfonso's. Es el turno de comidas, pero tendrías que trabajar un par de noches a la semana. Puede que una los fines de semana. Incluye seguridad social completa y pagas extras. La dirección también tiene participación en beneficios, pero no entraría en vigor hasta pasados seis meses —nombró un salario que hizo que a ella le temblaran las rodillas—. ¿Te interesa?
—¿Estás ofreciéndome un trabajo? —preguntó ella con incredulidad.
—Sí.
—No sabes nada de mí.
—Sé lo suficiente —cruzó los brazos sobre el pecho.
—Me refiero a que no sabes nada de mí vida laboral — se puso roja como la grana—. Si soy puntual, cómo trabajo. No tengo experiencia directiva y el único restaurante en el que he trabajado es Eggs 'n' Stuff. ¿Por qué crees que estoy cualificada?
—Te he visto trabajar hasta que se te hinchan los dedos. Sales de casa muy temprano, así que llegas a tiempo al trabajo. El puesto se considera de iniciación a puesto directivo. Aprenderías sobre la marcha.
Era una oportunidad sensacional. Sin embargo, ella tenía un nudo en el estómago.
—Me gusta el trabajo que tengo —dijo.
—Éste es mejor —la miró con fijeza.
—No quiero trabajar por las noches. No quiero renunciar a mi tiempo con Luz.
—Estamos hablando de un par de noches.
—Yo no... —tragó saliva—. No quiero trabajar para alguien con quien me he acostado.
Ya estaba dicho. Él saltaría sobre ella y querría saber por qué había actuado como lo había hecho.
—Diablos, Paula —dijo Pedro, sin alzar el tono de voz, cosa que ella agradeció—. ¿A qué juegas? Sabes que es un buen trabajo. ¿Por qué no lo piensas? Si el problema soy yo, no te preocupes. Soy temporal.
—¿Crees que las cosas irán mejor cuando vuelva tu abuela? ¿Crees que no me despedirá el primer día?
—Haremos un contrato. No podrá.
—Fantástico. Así que la presidenta de la empresa tendrá que soportarme a su pesar. Será divertido.
—Intento ayudar.
—Eso no es ayudar. Además, estoy bien.
—No estás bien —él hizo una pausa y tomó aire, como si intentara controlar la ira—. Algo va mal. ¿Crees que soy estúpido? Lo que quiera que sea es muy serio para que llegaras a esos extremos para distraerme. ¿Qué ha ocurrido?
—Nada que quiera comentar contigo.
—Mira a tu alrededor. No tienes a nadie más. Me necesitas.
—Menudo ego tienes —ella nunca había necesitado a nadie, y eso no iba a cambiar—. Me iba perfectamente antes de que aparecieras.
—No hablo de dinero ni de aflojar tuercas de ruedas —emitió una especie de gruñido—. Soy la única persona con la que puedes hablar. ¿A quién vas a contárselo? ¿A la señora Ford?
—No me dedico a hablar de mis problemas.
—Así que algo va mal —él estrechó los ojos.
—No. Hablaba en general. Mira, Pedro, si quieres formular una queja, hazlo por escrito. En otro caso...
—Ni se te ocurra decir que me vaya.
—Es mi casa.
Ella percibió cómo la frustración crecía dentro de él. A pesar de su tamaño y fuerza, no sintió miedo. Sabía que nunca le haría daño.
—Ocurrió algo en la feria de artesanía —insistió él—. Yo lo sé y tú lo sabes. ¿Podemos dejar este juego y hablar de qué demonios ocurrió?
Paula abrió la boca para negarse pero, de repente, no pudo. Él tenía razón. No tenía a nadie más.
—El padre de Luz apareció el domingo —confesó—. Está en Seattle con un grupo. Quería dinero. Es igual siempre... si no le doy dinero amenaza con convertirse en parte de la vida de Luz.
—¿Le diste dinero?
—Todo lo que había ganado ese día.
—¿Y crees que volverá?
—Sé que sí.
En vez de hablar, Pedro se acercó y la rodeó con los brazos. Ella se resistió.
—Estoy bien —dijo—. Puedo manejar esto.
—No lo dudo, pero incluso los marines piden refuerzos a veces.
La atrajo hacia él y ella se rindió porque no tenía fuerzas para seguir en pie por sí sola.
—Tengo mucho miedo —susurró.
—Estoy aquí. Podemos solucionarlo. Te ayudaré.
Ella deseó pedirle que prometiera que hablaba en serio. Que no cambiaría de opinión.
Era una mujer que no confiaba en los hombres de su vida y él un hombre que no confiaba en sí mismo. Pero su instinto le decía que debía creerlo. A pesar de todo, Pedro estaba resultando ser un héroe de primera.
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