miércoles, 29 de julio de 2015

Tentaciones Irresistibles Parte 2: Capítulo 70

—Te deseo—susurró. Después se levantó y abandonó la sala sin mirar atrás. Al llegar al pasillo se detuvo, se quitó las sandalias, los vaqueros y las bragas. La invitación no podía ser más clara.
Consciente de que había una niña en la casa, Pedro no se quitó los vaqueros hasta que llegó al dormitorio de Paula. Cerró la puerta y miró a la mujer desnuda que lo esperaba en la cama.
Tumbada boca arriba, tenía un preservativo entre los dedos. No hizo falta más. Acabó de desnudarse y se reunió con ella. Paula le puso el preservativo e hizo que se tumbara de espaldas.
—Quiero estar encima —dijo. Se situó sobre él y descendió lentamente hasta que la penetró.
Pedro sintió el calor y la humedad de su cuerpo mientras ella se deslizaba hacia arriba y abajo, reclamándolo con una excitante danza erótica. Sus senos lo tentaban. Alzó las manos y frotó sus pezones.
Ella cerró los ojos y emitió un gruñido. Mientras subía y bajaba, se contraía alrededor de él. En esa postura, ella controlaba velocidad y profundidad, y podía llevarlo al límite demasiado rápido.
—Más despacio —jadeó él, queriendo asegurarse de que ella estaba tan preparada como él.
Pero lo ignoró. Siguió moviéndose, absorbiéndolo, apretándolo con sus músculos. Pedro bajó las manos hacia sus caderas, para detenerla, pero ella gritó.
—Tócame.
Él volvió a sus senos.
Paula siguió moviéndose cada vez más rápido hasta que él ya no pudo controlarse. Tuvo que rendirse a ella con un intenso gemido. Cuando acabó, abrió los ojos.
—¿Paula?
—Eso ha estado genial —dijo, quitándose de encima—. Esta noche dormiré.
Pedro se preguntó si sería verdad o si era tan mentira como el sexo que acababan de practicar. Porque había sido sexo, sin intento de conexión ni de disfrute. Al menos para ella. Había intentado distraerlo y lo había conseguido.
—Gracias, Pedro —ella fue hacia el armario, se puso una bata y bostezó—. Te pediría que te quedaras, pero estando Zoe en casa... —miró el despertador—. Vaya, es tardísimo. Tú también debes de estar agotado.
—Tengo dos mil setecientos dólares —le dijo Paula a la abogada que había frente a ella, deseando haber tenido ese dinero cinco años antes — . Pero cuando se acabe, me costará ahorrar más de veinticinco dólares a la semana.
—No te preocupes, Paula—Sally Chasley sonrió—. Nuestra tarifa funciona en una escala decreciente. Ahora lo importante es solucionar el problema. Dices que tu ex marido te acosa.
—No. Facundo y yo nunca nos casamos. Vivíamos juntos y yo pagaba todos los gastos. Se droga, a veces mucho. Es caro. El caso es que me quedé embarazada y él quería que abortase. Me negué y me fui —en realidad había huido, a la carrera.
—¿Y después? —la animó Sally—. ¿Te pusiste en contacto con él cuando nació el bebé?
Paula negó con la cabeza.
—Ahorré hasta que tuve bastante para el billete de autobús y vine aquí.
—¿No comentaste nada con Facundo?—Sally frunció el ceño—. ¿No le hablaste de pensión alimenticia para la niña o de cómo formar parte de la vida de su hija?
—Ya he dicho que Facundo quería que abortase.
—Lo sé, pero muchos hombres sienten pánico al pensar en un bebé. Sobre todo con el primero. Pero cuando nace, muchos cambian de opinión. Quieren ser padres.
—A Facundo sólo le interesa el próximo chute.
—¿Te ha amenazado físicamente?
—Me pegó cuando descubrió que estaba embarazada —a Paula no le gustaba el rumbo que tomaba la conversación—. Me busca y me exige dinero. Si no se lo doy dice que insistirá en formar parte de la vida de Luz. ¿Eso no equivale a extorsión?
—Paula, la ley se toma los derechos de ambos padres muy en serio —Sally suspiró—. Facundo reaccionó mal una vez. Te pegó una vez. Esas cosas ocurren.
—¿Cuántas veces tiene que pegarme para que deje de estar bien? —la miró incrédula—. ¿Y que pasa con su drogadicción? No quiero que Luz esté expuesta a eso.
—Ni debería estarlo. Sin embargo, Facundo tiene derecho a ver a su hija. Podrías pedir visitas supervisadas. Él tendría que ganarse tu confianza y la de la niña.
—Nunca confiaré en él —afirmó Paula—. Luz no le importa. La utiliza para sacarme dinero.
—Tú lo permites —dijo Sally—. Deja de dárselo. Si lo que dices es cierto, se irá. Si insiste en sus derechos de padre, tal vez lo estés juzgando mal. Lo cierto es que no se puede impedir a un padre que vea a su hijo sin causa justificada. Que él no te guste no lo es.
Era como una pesadilla hecha realidad. Sin duda, la sensata e ingenua Sally se negaría a redactar un documento ofreciéndole a Facundo una cantidad de dinero para que renunciara a sus derechos paternos.
—Gracias por tu tiempo —Paula se puso en pie—. Dime lo que cobras por hora y te pagaré la consulta.
—Paula, no te vayas. Hablemos más del tema.
—No tengo más que decir.

lunes, 27 de julio de 2015

Tentaciones Irresistibles Parte 2: Capítulo 69

Después de la clausura de la feria, Paula recogió las últimas cajas y las llevó al todo terreno de Pedro. Un hombre de un puesto vecino la había ayudado a desmontar las mesas que había alquilado.
—Te veré el año que viene —se despidió él.
—Desde luego. Gracias —saludó con la mano y arrancó el motor.
Anhelaba llegar a casa. Estar tranquila y poder pensar. O tal vez no pensar, necesitaba dormir.
Porque la noche anterior no había dormido. Había pasado la noche despierta, mirando al techo y preguntándose qué hacer respecto a Facundo.
No había dicho cuánto tiempo iba a pasar en Seattle, pero ella dudaba que hubiera hecho el viaje por unas cuantas noches de trabajo. Podría estar semanas en la zona, quizá incluso un mes. Podía aparecer en cualquier momento, exigiendo más dinero, y obligándola a pagar o a ver a Luz. Se le tensó el estómago al pensarlo. Luz creía que su padre había muerto, y era lo mejor para todos. Pero si las cosas se ponían feas, Paula tendría que hablarle a Luz de Facundo, y estaba dispuesta a casi cualquier cosa para evitarlo.
El miedo creció hasta que no pudo pensar en otra cosa. Se planteó la posibilidad de huir. Hacer las maletas y marcharse con Luz. ¿Pero adónde? ¿Y qué harían cuando llegaran? Si no conseguía una identidad nueva y documentos falsos, Facundo la encontraría antes o después. ¿Cómo podía explicárselo a Luz? Además, odiaba la idea de salir corriendo, se parecía demasiado a otorgarle el triunfo a él.
Lo más lógico sería recurrir a un abogado. Algo que debería haber hecho años antes. Facundo no era una buena influencia para una niña pequeña. El tribunal lo vería claro. La mejor solución sería un acuerdo, y pagar a Facundo para que firmara algún documento de renuncia. Lo malo era que no tenía bastante dinero para darle una cantidad que lo convenciera.
Pensó que podía pedir un préstamo a Frank o a sus padres. A pesar de sus discrepancias, sus padres la ayudarían si se trataba de Luz. Pedro tenía dinero de sobra, pero a Paula le incomodaba hablar de Facundo con él. Además, no creía que ninguno de ellos aprobara su decisión de pagar a un drogadicto para que se mantuviera alejado de su hija. Quizá le pidieran que fuese más razonable y permitiera a Facundo demostrar que podía ser un buen padre. Facundo era un manipulador nato que utilizaba a la gente; era capaz de convencerlos de que se merecía una oportunidad.
Llegó a la puerta de casa y echó el freno. Pedro salió de su casa y fue hacia ella. Era casi de noche y parecía más una sombra que un hombre. A pesar de eso, se sintió atraída hacia él. Deseó saltar del todo-terreno y lanzarse a sus brazos. Quería confesarlo todo y que él la abrazase y dijera que todo iba a solucionarse. Llevaba sola ocho años y estaba cansada de ser la única responsable de todo.
—¿Buen día? —preguntó él, yendo a abrir la puerta trasera—. ¿Has hecho millones?
—Casi —esbozó una sonrisa—. Ha habido gente hasta el último momento. Vendí casi todas las piezas.
—Me alegro. ¿Estás cansada?
Paula  asintió. Estaba agotada, por razones que no iba a explicar. No soportaba la idea de que Pedro la mirase con lástima o desdén. Sólo una estúpida se habría liado con Facundo y sólo una estúpida seguiría dándole dinero a esas alturas.
Él sacó las cajas que quedaban y cerró la puerta.
—Mañana iré a devolver las mesas.
—No hace falta. Pensaba llevarlas después del trabajo —aunque eso suponía volver a utilizar su coche.
—Está de camino a la oficina. No te preocupes.
—Vale, gracias. Le dejé un cheque como depósito que tendrán que devolverte.
Entraron en casa y él puso las cajas en la mesa.
—¿Qué tal se ha portado Luz? —preguntó ella.
—Bien. Se acostó a su hora y se durmió en medio minuto. Fuimos al centro comercial, vimos una película y cenamos allí.
—¿Fue horrible? —preguntó ella.
—Sobreviví.
—¿Por qué tengo la impresión de que la película fue una tortura? —ella hizo una mueca.
—Al menos era corta.
La ultima vez que habían estado allí, había sido haciendo el amor. Pero todo era distinto. No estaban solos, aunque Luz estaba dormida en la cama; además, Paula tenía la sensación de que esa experiencia íntima le había sucedido a otra persona.
Aunque su cuerpo clamaba por él, su cerebro sabía que ir a más era peligroso. No sólo por su propio instinto de conservación, sino porque la aparición de Facundo lo cambiaba todo. Si Pedro  se enteraba querría, como macho típico, ocuparse del tema. Y eso empeoraría las cosas.
Aunque no dudaba que Pedro llevaría las de ganar en una pelea limpia, Facundo nunca jugaba limpio. Sin duda, hablarle a Pedro de lo ocurrido conllevaría problemas.
Antes de que encontrara una forma cortés de pedirle que se fuera, él hizo un gesto para que se sentara en el sofá. Había hecho tanto por ella que le debía al menos eso. Charlaría con él un rato, luego alegaría estar agotada y lo sacaría de allí.
—Me alegro de que el puesto fuera un éxito —dijo él—. ¿Eso significa que te invitarán el año que viene?
—Eso espero. Disfruté viendo a la gente mirar mis diseños. Pude hacer preguntas y descubrir qué se vende mejor y por qué —lo miró—. Toda tu familia pasó por allí. Son muy amables. No tenían por qué ir, pero agradecí mucho su apoyo.
—Les caes bien —dijo. Soltó un largo suspiro—. Dani ha descubierto que Ryan está casado.
—¿Qué? —lo miró atónita—. ¿Estás de broma?
—Su mujer pasó por el restaurante ayer. Él nunca la había mencionado. Y tienen un niño.
—¿Cómo está Dani? —Paula  pensó que nunca era fácil aceptar la traición.
—Es dura. Lo superará. Pero que haya ocurrido sólo un par de meses después de que Martín la dejara y descubriera que le era infiel es mal asunto.
Por lo visto, ella no era la única que tenía un gusto pésimo al elegir a los hombres.
—Dile que estoy pensando crear un club de mujeres que han dejado a los hombres por imposibles.
—Lo haré —dijo él, mirándola fijamente. Paula captó lo que acababa de decir y no supo cómo rectificar.
—Es sólo que, antes de tí... He tenido problemas. En el pasado, quiero decir.
Pedro  asintió sin hablar. Se hizo un largo silencio.
—Algo va mal —dijo por fin—. ¿Qué ha pasado?
—Nada. Estoy bien. Agotada. Han sido tres días muy duros, pero han merecido la pena.
Él no desvió la mirada. Escrutó su rostro con tanta intensidad que la puso nerviosa.
—Estoy bien —repitió.
—Pasa algo. Lo veo en tus ojos.
—Te equivocas. Déjalo.
Pedro sabía que sería mejor dejarlo. Había dejado claro que no quería contárselo. Pero parecía... derrotada. Nunca había visto eso en ella antes. Era dura y capaz. Algo debía de haberlo provocado.
—¿Te han robado? —preguntó con voz áspera.
—¿Qué? No. Claro que no —sacó un fajo de billetes del bolsillo del pantalón—. He ganado mucho dinero.
—¿Pasó tu madre por allí y te dijo algo sobre Luz?
—Vale ya —protestó ella—. Estoy bien.
Cuanto más protestaba más seguro estaba él de que no era así.
—Paula, puedo ayudarte.
—No vas a dejarlo, ¿verdad?
El instinto le decía que había algo muy serio en juego. Que su aspecto derrotado surgía del miedo. Pero quién podía haberla asustado y por qué...
Ella se deslizó por el sofá y se sentó a horcajadas sobre él. Antes de que pudiera reaccionar, puso las manos en sus hombros y lo besó.
Un beso ardiente y agresivo. Introdujo la lengua en su boca reclamando, tentando, excitando. Aunque su cerebro sabía que no era más que una distracción, su cuerpo deseaba aceptar el juego. Aun así, luchó contra su deseo y su erección hasta que ella agarró sus manos y las puso sobre sus senos.
Las suaves curvas lo sedujeron. Se encontró explorándolas, apretando suavemente, frotando sus pezones con los pulgares. Bajó las manos hasta su cintura y luego volvió a subirlas, pero debajo de la camiseta. Después de desabrocharle el sostén, volvió a sus pechos, esa vez tocando piel desnuda.
Ella, exigente y ardorosa, se restregaba contra él, lo besaba profundamente y mordisqueaba su cuello y su oreja. Le sacó la camiseta por la cabeza y luego se quitó la suya. Después se alzó sobre las rodillas y se inclinó hasta que un pezón rozó sus labios.
Pedro  no tuvo más remedio que rodearla con sus brazos y lamer y succionar. El deseo lo quemaba con su intensidad. Pasó la boca al otro pecho. Ella sujetó su cabeza y le pidió que la hiciera suya.

Tentaciones Irresistibles Parte 2: Capítulo 68

—Vale.
Pero en vez de correr a la puerta delantera, se fue por el pasillo y volvió con una botella de protector solar. Se la dio y esperó con paciencia, como si esperaba que se la pusiera él.
—Bien —dijo él lentamente—. Así no te quemarás.
—Mami dice que es importante protegerse —extendió hacia él un brazo imposiblemente pequeño.
Pedro se echó crema en su mano izquierda y luego utilizó la derecha para extenderla en la piel de la niña. Podía rodear el brazo con el pulgar y el índice y tenía la sensación de que podría romperle un hueso con la misma facilidad. Si aún era tan pequeña, ¿cómo habría sido al nacer? Paula debía de haberse sentido aterrorizada, pero lo había superado sola. No había huido ni intentado escapar.
A diferencia de él. Ignoró los fantasmas de su pasado y terminó de aplicar la crema. Luego salieron.
—Quédate en este lado de calle —le dijo.
—Ya lo sé —suspiró Luz—. Mami siempre me dice por dónde puedo montar. Seré buena.
Abrió el garaje y la ayudó a ponerse el casco. Luz montó en la bicicleta y se fue por la acera. Las ruedas traseras de apoyo le proporcionaban estabilidad y montaba con toda confianza. Pedro la observó un par de segundos y luego miró a su alrededor, buscando algo que hacer mientras ella quemaba energía.
Vio utensilios de jardinería en un rincón y recordó que había visto a Paula quitar las malas hierbas del macizo de flores delantero. Supuso que mientras se preparaba para la feria de artesanía, habría dejado de lado las tareas del exterior. Quitaría malas hierbas.
Agarró las herramientas y un cubo, pero ignoró los guantes y una especie de estera para proteger las rodillas.
El sol brillaba y hacía calor. Atacó las malas hierbas y todo lo que le pareció que no debía estar allí y fue tirándolas al cubo. De vez en cuando alzaba la vista para vigilar a Luz, que daba vueltas y lo saludaba con la mano cada vez que pasaba.
Unos quince minutos después, la niña de enfrente se unió a ella. Pedro  no recordaba su nombre, pero tenía un año más que Luz y parecía buena chica. Montaron unos minutos más y luego se tumbaron en la hierba, a la sombra.
—Ahora vengo —gritó Luz corriendo hacia la casa. Antes de que Pedro pudiera levantarse para ver qué hacia, volvió con los brazos llenos de juguetes. La otra niña hizo lo mismo y ambas se sentaron en la hierba a hacer... lo que quiera que hiciesen las niñas de esa edad.
Él llegó a la esquina de la casa y siguió por el lateral. Removía la tierra cuando de repente el rastrillo se convirtió en una pala y el surco en un hoyo. «Cavando tumbas», pensó. «Tumbas». Dio un respingo y ordenó a la imagen que desapareciera. Las plantas reaparecieron. Notó el sudor bajar por su espalda. Pensó que no encajaba allí. No podía ser normal...
Oyó voces. Demasiadas para que fueran sólo de Luz y su amiguita. Fue hacia la parte delantera y vio a Luz enfrentarse a un niño varios años mayor que ella. El niño la empujó suavemente y Luz  le devolvió el empujón. El niño empujó con más fuerza y Luz cayó sobre la acera.
Pedro  corrió hacia él y lo agarró por la camisa. Iba a sacudirlo como a un perro cuando oyó que Luz empezaba a llorar. La miró y comprobó que tenía lágrimas en la cara y sangre en la blusa.
—¡No me pegues! ¡No me pegues! —gritó el niño.
—Esto no volverá a ocurrir, ¿verdad? —Pedro lo miró amenazador. El niño movió la cabeza aterrorizado y salió corriendo cuando Pedro lo soltó.
—Deja que eche un vistazo —dijo Pedro, agachándose junto a Luz.
La amiga había desaparecido, igual que el resto de los niños. Pedro examinó la rodilla arañada de Luz y el pequeño corte de la palma de su mano. Luego la alzó en brazos y la llevó dentro.
La sentó en la encimera, desinfectó las heridas y le puso tiritas que encontró en una estantería. Después le limpió el rostro con una toallita húmeda.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó.
—Esos niños vinieron y dijeron que jugábamos a cosas de bebés —sollozó ella—. Yo les dije que no.
—Te enfrentaste a ellos —dijo Pedro—. Tu amiga no.
—Natalie se asustó y se fue corriendo a casa. Yo también tenía miedo, pero no somos estúpidas y esos niños no tenían razón. A veces se meten con otros más pequeños que ellos. No me gusta.
El niño debía de ser dos o tres años mayor que Luz, pero ella no se había amilanado. No supo qué debía decirle. ¿Que era bueno defenderse, pero que luego debía aceptar las consecuencias? ¿O aconsejarle que era mejor evitar los problemas e ir sobre seguro?
Miró sus grandes ojos, desconcertado. ¿Cómo diablos sabía Paula qué decir cada vez? Deseó estar en cualquier sitio menos allí. Pero Luz dependía de él en ese momento.
Ella estiró los brazos hacia él, expectante.
—¿Qué? —preguntó Pedro.
—Tienes que darme un abrazo y un beso en las heridas para que se pongan bien.
Sintiéndose incómodo y estúpido, Pedro la rodeó con sus brazos. Tuvo cuidado de no apretar demasiado. Luego besó las tiritas.
—¿Quieres que vayamos a ver una película? —preguntó Luz con una sonrisa—. Podríamos ir al centro comercial, comer allí, ir de compras y al cine.
Eso equivalía al séptimo nivel del infierno. ¿Pero quién era él para rechazar la oferta de una niña de cinco años con espíritu de guerrera?

Tentaciones Irresistibles Parte 2: Capítulo 67

Pedro  estacionó ante la casa de Matías y entró rápidamente. El coche de Federico  no estaba, así que Matías no debía de haberlo localizado. Daba igual; Pedro estaba más que dispuesto a ocuparse del tema él solo.
La ira lo quemaba por dentro. En el caso de Martín no había sido posible darle una paliza, pero el maldito Ryan no estaba en una silla de ruedas... aún.
Entró sin llamar y vió a Dani en el sofá, acurrucada y apoyada en el hombro de Sofía. Su hermana alzó el rostro al oírlo. Tenía el rostro húmedo y enrojecido, los ojos hinchados.
—Está casado —sollozó—. Está casado y no me lo dijo, ni siquiera lo insinuó. No puedo creerlo. Incluso cuando hablamos de cómo me había engañado Martín, no dijo nada —se levantó y se refugió en los brazos de Pedro. Él la apretó contra sí, acunándola.
No tenía palabras. Nada de lo que dijera arreglaría la situación. Odiaba que Ryan le hubiera hecho eso estando tan reciente el rechazo y la traición de Martín.
Miró a Matías, que tenía aspecto de desear darle un puñetazo a algo. Era obvio que Sofíahabía llorado.
—Es asqueroso —musitó Sofía—. Lo odio.
—Yo también —murmuró Dani contra el pecho de Pedro. Él notó que las lágrimas empapaban su camisa—. Tiene un hijo. Un niño pequeño. ¿Cómo pudo acostarse conmigo teniendo un niño? Está mal —alzó la cabeza y lo miró—. Duele. Haz que se vaya el dolor.
Él besó su frente y la atrajo de nuevo hacia sí.
—No puedo. Me gustaría hacerlo, pero no puedo.
Deseó decirle que las cosas mejorarían. Sabía que el tiempo lo curaba todo, pero eso no sería ningún consuelo en ese momento. Odiaba que ella sufriera.
Era su hermanita pequeña y siempre había sentido la necesidad de protegerla. Le dijo que buscaría a Ryan, le daría una paliza, esperaría a que sanase y le daría otra.
—Te ayudaré —dijo Matías.
—No le pueden pegar a Ryan —Sofía miró de uno a otro—. Hará que los arresten y yo estoy a punto de dar a luz. Ninguno de los dos puede estar en la cárcel cuando llegue el momento.
—Tiene razón —a Dani le tembló la voz—. Me encantaría verlos machacarlo, pero no pueden.
—Tal vez no —admitió Pedro, aunque seguía pensando que era buena idea—. Pero puedo despedirlo.
—Perfecto —Matías sonrió de medio lado—. A ver si encuentra un trabajo en esta ciudad sin tener referencias nuestras. Se morirá de hambre.
—¡No! —Dani dio un paso atrás y los miró fijamente—. No vas a despedirlo, Pedro.
—¿Aún te importa ese tipo? —Pedro la miró incrédulo.
—¿Qué? —ella se secó los ojos con la mano—. No. Claro que no. Me gustaría verlo asarse en una espita. Pero entré en la relación por mi propio pie. Nadie me obligó. Soy yo quien no hizo las preguntas adecuadas. Debo asumir mi responsabilidad por eso.
—Dani, te engañó —dijo Sofía.
—Lo sé, pero me niego a otorgarle todo el poder. No soy una débil mujercita que necesite ser rescatada por sus hermanos. Ryan se queda. Lo superaré.
Pedro admiró su intento de ser fuerte, aunque seguía deseando poder dar un buen puñetazo.
—Si no despido a ese malnacido, lo verás todos los días. ¿Podrás soportar eso?
—Ya veremos —ella cuadró los hombros.

El asunto había parecido sencillo en su momento, pensó Pedro al día siguiente, mientras despedía a la señora Ford y a una de sus amigas. Las ancianas lo dejaron a solas  con Luz y el millón de cosas que podían ir mal. Tenía que vigilar a la niña unas horas, mientras la señora Ford asistía al picnic para pensionistas del Día del Trabajo. Era sólo para adultos y la señora Ford no podía llevar a Luz. Por razones que en ese momento le resultaban incompresibles, Pedro se había ofrecido a hacerse cargo.
—Un fallo cerebral —masculló, entrando al piso de Paula—. Debo de haberme dado un golpe en la cabeza.
Había dejado a la niña en el suelo, viendo la televisión, pero cuando entró Luz  había extendido varias prendas de ropa sobre el sofá.
—Mañana empiezo el colegio —le dijo, con una expresión mezcla de esperanza y miedo—. Mami y yo aún no hemos decidido qué me pondré —tocó una camiseta con una corona estampada—. Ésta es bonita.
—Muy bonita —aceptó él, preguntándose cómo diablos iba a ocupar el día. La señora Ford no volvería hasta después de la cena. La feria cerraría pronto, pero no esperaba a Paula hasta las seis. Podía llevar a Luz a la feria, pero eso sólo duraría dos horas. Y estaba el tema de las comidas. Había dicho que comerían fuera, pero eso implicaba sentarse frente a ella y pensar cosas que decir. ¿Y si la niña se atragantaba o algo así? Un sudor frío le empapó la nuca.
—¿Has visto lo que me ha comprado mami para llevar la comida? —preguntó ella. Corrió a la cocina y volvió con una tartera de colores brillantes.
La abrió y le mostró los compartimentos para un zumo, una caja de plástico para un sándwich y la zona térmica para conservar la temperatura.
—Es la mejor —afirmó con reverencia, cerrándola y pasando la mano por encima.
Él miró su reloj. Fantástico. Habían pasado dos minutos, quedaban unos cuatrocientos ochenta más.
—¿Quieres dar un paseo en bicicleta? —preguntó, pensando que al menos eso la cansaría. ¿Dormirían la siesta los niños de su edad?

Tentaciones Irresistibles Parte 2: Capítulo 66

Dani se dió la vuelta y sonrió a Ryan.
—Tengo que marcharme —dijo, deseando que no fuera verdad. En un mundo perfecto, podría quedarse en la cama con él para siempre.
—Yo no entro hasta las cuatro —suspiró él, mirando el reloj. ¿No puedes esperar hasta entonces?
—Todo el mundo está de mal humor después del brunch —alegó ella. Eran poco más de las dos, y domingo—. Debo ir a calmar los ánimos.
—Cierto —él le acarició el pelo—. A los clientes les encanta el brunch, pero el personal lo odia. De acuerdo, te dejaré ir... pero sólo por esta vez.
—Muy valiente —se inclinó hacia él y lo besó. El introdujo una pierna entre las suyas.
A ella volvió a sobresaltarla que se moviera solo. Había disfrutado del sexo, pero una parte de su ser emocional se había mantenido al margen, boquiabierta y atónita por lo distinto que era.
—¿Qué piensas? —preguntó él.
—Nada.
—No tienes cara de pensar en nada. ¿Qué?
—Pensaba en Martín —admitió ella con un suspiro.
—Vaya —él se incorporó y se apoyó en el cabecero acolchado—. ¿Debería preocuparme que pienses en tu ex marido mientras estás en la cama conmigo?
—No. No lo echo de menos ni nada de eso. Es sólo que... —se sentó y se cubrió con la sábana—. Ya te dije que estaba en una silla de ruedas.
Ryan asintió y sus ojos azules la escrutaron.
—Habíamos sido amantes antes de que ocurriera eso. Martín sólo era el segundo hombre con quien estaba, y después del accidente nunca fue igual. Hacíamos cosas, claro, pero el sexo tradicional era impracticable.
Se mordió el labio inferior, sin saber cuánto podía o necesitaba compartir.
—No me importaba. Leí libros y hablé con su médico y con su fisioterapeuta. Habríamos necesitado ayuda para que me quedara embarazada, pero eso aún lo veía distante. No quiero parecer desleal o mala persona, pero la intimidad suponía trabajo. Trabajo físico para mí. Había cosas de las que tenía que ocuparme. Contigo es fácil. Tus piernas se mueven. Notas lo que estoy haciendo. ¿Te parezco horrible?
—Dani —la abrazó y la besó—, te abandonó y después descubriste que te era infiel. No le debes nada. Creo que fue muy afortunado por tenerte e idiota por dejarte. Me alegra que hayas disfrutado conmigo. Me alegra que fuera fácil. Te lo has ganado.
La combinación de sus fuertes brazos y sus palabras de apoyo le aceleraron el pulso. Se preguntó cómo había tenido tanta suerte, recién divorciada, y cómo hacer que aquello no acabara nunca.
—Gracias —musitó.
—De nada —la besó de nuevo—. Bueno, o sales de la cama ahora mismo o tendrás que aceptar que me ocupe de ti otra vez.
—Me encantaría ser seducida —rió ella—, pero tengo que ir al restaurante —le acarició la mejilla—. ¿Hasta las cuatro?
—Allí estaré.
Ella se vistió rápidamente y se retocó el maquillaje. Veinte minutos después llegó al restaurante; el brunch había acabado y estaban recogiendo.
—Es ridículo —Jaime  fue directo hacia ella—. ¿Sabes quién soy? Soy un chef famoso y con mucho talento. Tengo un don. Me has hecho pasar la mañana supervisando cómo los cocineros preparaban tortillas y tortitas. Me siento insultado.
—Pues eso suena a que tienes problemas en tu vida personal —dijo Dani, sin inmutarse por su queja.
—Mi vida personal va bien. Es excelente. Mucho mejor que la tuya.
Ella deseó decirle que se equivocaba. Que Ryan hacía cosas con su cuerpo que quizá no fueran legales en otros estados, y que hasta estar con él no había sabido que era una de esas mujeres que gritaban de placer. Pero compartir esa clase de información la haría vulnerable y lo que necesitaba era seguir controlando la cocina.
—Si eres tan feliz, ocuparte del brunch debería ser fácil —le dijo—. Sólo es un domingo al mes. Sabes que es un turno rotativo.
—Es una tortura y te odio por obligarme a hacerlo.
—Es bueno saberlo —Dani sonrió.
Él estrechó los ojos y se marchó. Dani deseó llamarlo y darle un abrazo. O ponerse a cantar. El sol brillaba, el cielo era de un precioso color azul y su vida era perfecta en casi todos lo sentidos.
Fue al comedor y vio que sólo quedaban unos cuantos clientes tomando café. Iba a encaminarse a su despacho cuando vio a una mujer joven con un niño pequeño entrar al restaurante.
Como no había ningún camarero a la vista, Dani fue hacia ella con una sonrisa.
—Hola, ya hemos dejado de servir. Lo siento.
—No importa. No he venido a comer. ¿Está Ryan?
—Eh, no —Dani miró a la mujer y al niño—. No entra hasta las cuatro.
—Ah. He llamado a su casa y no contesta. Hace un día precioso, así que debe de estar paseando. No sé si volver a su apartamento o esperarlo por aquí.
Dani no supo qué pensar. Estuvo a punto de decirle que Ryan debía de haber estado duchándose y que probara de nuevo. Pero no lo hizo. Tenía el cuerpo rígido como un árbol y no podía hablar. Por suerte, no hizo falta. La otra mujer siguió parloteando.
—He venido por sorpresa. Le dije que pasaría otra semana con mi madre, pero nos estaba volviendo locos a los dos. Cosas de abuelas. Nada de lo que hago le parece bien. No vine antes porque tenía los exámenes orales —sonrió con timidez—. Voy a doctorarme en nutrición y disfunciones alimentarias — hizo una pausa y movió la cabeza—. Dios, no callo. Llevo tres días sola con Alex, estoy emocionada de hablar con una persona adulta.
El niño se metió los dedos en la boca. La mujer era alta y delgada. Dani miró su mano izquierda y la alianza de diamantes que lucía.
Un frío helado le oprimió el corazón. Se dijo que no podía ser verdad, pero se temía lo peor.
—Soy Dani Alfonso. Trabajo aquí con Ryan. No mencionó que esperase visita.
—Es una visita sorpresa. Alex y yo no deberíamos haber llegado hasta dentro de unos días —le ofreció la mano libre—. Soy Jen, la esposa de Ryan.

Tentaciones Irresistibles Parte 2: Capítulo 65

El domingo por la tarde, Paula pensó que el negocio iba muy bien. Era el segundo día y seguía vendiendo. Esa noche revisaría sus recibos y comprobaría si podía incrementar su previsión de beneficios. Casi la mareaba pensar la tranquilidad que le daría tener algún ahorro en el banco.
Estaba colocando más cajas en la mesa cuando un conocido y odiado «hola, nena» la dejó helada.
Notó que se quedaba sin aire y que un grito pugnaba por salir de su garganta. Era injusto.
Se dio la vuelta lentamente, con la esperanza de equivocarse, y casi se desmayó de desilusión al ver al hombre alto, delgado y de pelo largo que había ante el puesto.
—Facundo—dijo, preguntándose si esa pesadilla no acabaría nunca—. Que sorpresa más desagradable.
¿Qué haces aquí? —preguntó Paula, con voz serena. Facundo era como un animal salvaje herido, peligroso si lo acorralaban y captaba cualquier atisbo de miedo.
—He venido a ver a mi chica —dijo con una sonrisa—. Un amigo tiene unos cuantos conciertos aquí y en Portland. Su bajo no podía venir, así que ocupé su puesto. Sabía que así podría verte —se acercó y su sonrisa se volvió depredadora—. Tienes buen aspecto, Paula. Ha pasado mucho tiempo.
«Más de dos años», pensó ella con amargura. Había ido a verla, la había amenazado y se había marchado llevándose sus escasos ahorros.
—Pasé por tu trabajo y un tipo me dijo que te encontraría aquí —arrugó la frente—. ¿De veras usas ese uniforme? No me convence la gallina, pero el local estaba lleno y debes de recibir buenas propinas.
«Oh, Frank, ¿por qué serás tan amable?», pensó ella con desesperación.
—¿Le dijiste que eras mi hermano? —preguntó.
—Tu primo. No nos parecemos nada —alzó un par de pendientes—. Buen montaje tienes aquí. No sabía que tenías tanto talento, pero siempre se te dio bien ocultarme las cosas.
—La única razón por la que no sabes que hago estas cosas es porque tendríamos que haber hablado de algo que no fueras tú —le quitó los pendientes—. Y eso nunca te interesó.
—Sigues teniendo carácter, Paula. Eso me gusta.
Ella no sabía cómo había podido creer que estaba enamorada de él. Carlos ya había sido bastante malo, tonto, egocéntrico e infiel, pero comparado con Facundo habría ganado el premio a novio del año.
Facundo se acercó más a la mesa y estiró el brazo. Ella se alejó de su alcance.
—Te he echado de menos, nena. Teníamos algo bueno tú y yo.
—Teníamos una basura —repuso ella—. Sólo seguías conmigo porque tenía trabajo y eso significaba dinero. Dinero que necesitabas para estar colgado.
—Siempre cuidaste de mí —le recordó él—. Sigues haciéndolo. Por eso estoy aquí, Paula. A por un poquito de algo. Ahora que veo lo bien que te va, me parece que debería ser más que un poco.
«¿Por qué hoy?», pensó ella con desesperación. Lo único que la libraba del pánico era saber que Luz estaba a salvo, lejos de allí. Como si pudiera leerle el pensamiento, él miró a su alrededor y luego a ella.
—¿Dónde esta la criatura?
Paula deseó gritarle que no tenía ningún derecho a preguntar. Luz nunca le había importado.
—Está en una fiesta de cumpleaños.
—Lástima. Me habría gustado verla —movió la cabeza—. No sé por qué insistes en mantenernos alejados. Es tan hija mía como tuya.
—No es tu hija. No es nada tuyo. No te importa, sólo la utilizas para amenazarme.
—Tienes razón. Deberías haberme hecho firmar que renunciaba a ella. Es raro que no lo hicieras, siempre se te dieron bien los detalles. ¿Será que en el fondo querías mantenerme en tu vida?
Lo preguntó con sinceridad, como si realmente creyera que podía echarlo de menos. Como si no se arrepintiera de cada segundo que había pasado con él.
Ella deseó gritar que no era más que un drogadicto y un perdedor. Que le gustaría que lo enviaran a una isla desierta de la que no pudiera salir nunca. La única razón por la que no le había hecho firmar una renuncia sobre Luz era que no podía pagar al abogado.
—Vete —le dijo—. Vete de aquí.
—Lo haré, Paula. Pero antes tienes que darme lo que quiero.
Dinero. Siempre se reducía a dinero.
Gracias a Dios, había dejado en casa las ganancias del día anterior. Aun así, odiaba darle el dinero de la caja, sabiendo cuánto había en su interior.
Abrió la pequeña caja de metal. Antes de que pudiera ocultarle parte del contenido, él se la quitó y palpó el fajo de billetes.
—Maravilloso —dijo, agarrando todos los billetes de diez, de veinte y más de la mitad de los de cinco—. Te dejo algo de cambio —se guardó el dinero en el bolsillo y le devolvió la caja—. Por si se te ocurre denunciarme y decir que te robé el dinero, te aviso de que sé dónde vives Paula. Sé dónde está la niña. Podría ir por la noche y llevármela —chasqueó con los dedos—. Y nunca volverías a verla. Sabes que lo haría. Así que considera esto una especie de seguro barato.
Esbozó una sonrisa y se marchó.
Paula  se quedó inmóvil. El miedo la asaltó como un tornado. Sabía dónde trabajaba y alegaba saber dónde vivía. ¿Cómo iba a mantener a Luz  a salvo?
Si Facundo pensaba que había dado con una mina de oro, tal vez no se marchara. Volvería hasta que no quedara dinero y después cumpliría su amenaza. Tenía que detenerlo. Tenía que encontrar la manera.
Paula deseó marcharse de allí. Estar en casa con su hija, con el cerrojo echado y las persianas bajadas. Quería esconderse hasta que todo acabara.
Pero no podía. La única solución era conseguir el dinero suficiente para pagar a un buen abogado que la librase de Facundo para siempre.

domingo, 26 de julio de 2015

Tentaciones Irresistibles Parte 2: Capítulo 64

Pedro  caminaba despacio junto a la señora Ford.
—No suelo molestarme con esto —dijo apoyándose en él y equilibrándose con el bastón—. Pero me preocupaba que alguien me empujase —esbozó una sonrisa traviesa—. Sabía que si te pedía que me protegieras, nadie se acercaría a mí. Eres tan fuerte...
—¿Estás coqueteando conmigo? —preguntó él.
—Puede que un poco. Aunque sé quién te interesa de verdad. Nuestra bonita vecina.
—Paula y yo somos amigos —dijo él, intentando no pensar en cuánto deseaba volver a estar con ella.
—Buenos amigos —suspiró la señora Ford—. Yo solía tener amigos así de jovencita. Después de los ochenta es casi imposible conseguir un hombre. Pero soy feliz. No todo el mundo puede decir eso.
Él tenía una mano bajo su codo izquierdo, ofreciéndole tanto apoyo como podía. Hacía calor y había mucha gente; no era el lugar más apropiado para una mujer de más de noventa años. Pero la señora Ford había insistido en ir y era imposible razonar con ella.
—Si no estuvieras tan cerrado emocionalmente... —dijo ella—. Aunque lo entiendo. Debes de haber visto cosas horribles. La guerra cambia a los hombres.
Pedro pensó que esa mujer lo dejaba sin habla.
—Me da miedo que pierdas una oportunidad maravillosa con Paula. No es como otras mujeres. Dudo que vayas a encontrar a una mejor.
—No me interesa buscar algo mejor.
—¿Qué problema hay entonces? Ya deberías tenerla en tu cama. No hay nada como unos cuantos días en la cama para volver loca a una mujer.
Él maldijo entre dientes.
—¿Quieres comprar algo? —preguntó, señalando los puestos que había a ambos lados.
—No, pero eres muy amable por ofrecerte. Sé que los hombres no suelen elegir ir de compras en su tiempo libre. ¿Crees que es por un trauma del pasado, por cómo funciona tu mente o porque prefieres ser soltero? —lo miró—. Dudo que sea lo de ser soltero. Das la impresión de preocuparte por la familia.
—Yo... —se quedó mudo. Hasta ese momento le había caído bien la señora Ford. Era la primera vez que lo interrogaba así. Como aún estaban lejos del puesto de Paula, se sentía atrapado.
—No correré a contárselo a Paula, si eso es lo que te preocupa —dijo la señora Ford.
—Yo...
Justo entonces vio a Dani y a Ryan y los llamó. Dani se dio la vuelta y sonrió. Pedro  vio que iban de la mano. Por lo visto el asunto progresaba.
No acababa de gustarle que su hermana iniciara una relación teniendo tan reciente el divorcio. Pero ni era asunto suyo ni ella escucharía su opinión.
—Señora Ford, ésta es mi hermana, Dani, y su amigo, Ryan. La señora Ford es mi vecina.
—Hola —dijo Dani—. Encantada de conocerla.
—Y yo a tí, querida —la señora Ford miró a Ryan—. ¿A qué te dedicas?
—Soy el gerente de The Waterfront —contestó Ryan.
—Tu restaurante —le dijo la señora Ford a Pedro—. Dani, ¿tú también trabajas allí?
—Sí. Allí nos conocimos Ryan y yo —miró a pedro—. ¿Ahora es tu restaurante? —preguntó, burlona.
—Por favor, dame un respiro —gruñó él.
—Encantador —la anciana suspiró—. Un romance de oficina. Yo siempre quise tener uno. Claro que nunca tuve un trabajo, así que eso complicaba las cosas. Trabajé durante la Segunda Guerra Mundial, pero no había muchos hombres presentes, y como mi marido estaba fuera, sirviendo a su país, un romance de oficina habría resultado poco patriótico, ¿verdad?
—¿Le está gustando la feria? —le preguntó Dani.
—Mucho. Pedro tiene mucha paciencia conmigo.
—¿En serio? —Dani miró a Pedro—. Tiene suerte. Ryan llegó a Seattle hace poco. Es su primera visita.
—¿Qué te parece nuestra ciudad? —le preguntó la señora Ford.
—Me gusta —contestó Ryan.
Dani soltó su mano y se acercó a Pedro.
—Esto es nuevo. Nunca te había visto acompañando a la tercera edad —le murmuró.
—Quería venir a ver el puesto de Paula.
—Oh, oh. Ten cuidado, o empezaremos a pensar que te estás convirtiendo en un tipo agradable.
—Cualquier cosa menos eso —farfulló él—. ¿Qué tal el nuevo hombre?
—Bien. Pensé que necesitaría tiempo para superar el divorcio, pero puede que no.
—¿Es serio?
—Puede —Dani sonrió y se ruborizó—. No lo sé. Me gusta y es un buen tipo. Sé que voy muy rápido y quiero seguir sola un tiempo pero... parece que no puedo.
Él deseó aconsejarle que tuviera cuidado, pero no era quién para dar consejos sobre relaciones.
—Me alegra que seas feliz.
—¿En serio? ¿No vas a darme consejos ni nada?
—No.
—¿Te he dicho alguna vez que eres mi hermano favorito? —sonrió y se apoyó en él. Después volvió junto a Ryan y ambos se alejaron.
—¿Por dónde íbamos? —preguntó la señora Ford cuando reemprendieron la marcha—. Creo que hablábamos de tu incapacidad para comprometerte. ¿Tienes idea de a qué se debe?