viernes, 3 de julio de 2015

Tentaciones Irresistibles: Capítulo 64

—¿Que quizás sería mejor?, ¿eso es todo lo que tienes que decir? —gritó Paula—. A lo mejor no, pero a lo mejor sí. Dime, ¿cuándo crees que lo habrás decidido? —levantó una mano, y añadió—: Pensándolo mejor, olvídalo. Ya no me importa —cerró los ojos, y volvió a abrirlos tras varios segundos—. Soy una tonta.
Su voz estaba tan llena de tristeza, que Pedro sintió una punzada de dolor al oírla.
—No lo eres —le dijo.
—¿Y tú qué sabes?, tú eres la razón. Tendría que haber aprendido la lección, la culpa es mía por dejar que volvieras a engatusarme.
¿Qué significaba eso? Pedro sabía que Paula estaba muy enfadada con él, pero no pudo evitar sentir una chispa de esperanza.
—Paula…
—Ni lo pienses, ya no. Pedro, yo te quería. Quizás había vuelto a enamorarme de ti, o quizás nunca había dejado de estarlo; ni lo sé, ni me importa. La verdad es que no has cambiado, sigues guardando secretos, jugando sobre seguro para asegurarte de que no puedes resultar herido. Sigues siendo incapaz de arriesgar el corazón, y no estoy interesada en un hombre así. No me interesa una persona en la que no puedo confiar.
—Pero me quieres.
—Lo superaré, y te olvidaré.
—Pero yo también te quiero, Paula.
Ella se lo quedó mirando durante un largo momento, y finalmente se volvió hacia la puerta.

—Esas palabras ya las he oído antes, y sé lo poco que valen.
—Si esto va a convertirse en algo habitual, tendremos que establecer algunas normas básicas —comentó Zaira, que estaba sentada junto a Paula en el sofá.
Paula se secó la cara con un pañuelo de papel, aunque no sabía para qué se molestaba. Por muy rápida que fuera al secarse las lágrimas, había una buena reserva para reemplazarlas.
—Un código para cuando nos llamemos por teléfono —añadió Zaira.
—Un horario para no derrumbarnos todas al mismo tiempo —dijo Dani, que estaba sentada al otro lado de Paula.
—Eso estaría… estaría bien —dijo Paula, mientras intentaba controlar los sollozos.
No era la primera vez que la herían, y aunque el culpable casi siempre había sido Pedro, aquella vez parecía peor por alguna razón. A lo mejor era porque había creído que lo había entendido todo; había pensado que tenía la solución, pero se había dado cuenta de que se había equivocado con todo.
Sabía que tenía que esforzarse en superar lo ocurrido, a pesar del dolor de su corazón y de la sensación de que no podría volver a respirar sin querer echarse a gritar. Tenía que intentar controlar al menos la parte física de su reacción, porque los temblores, el llanto y la furia no podían ser buenos para el bebé.
—Son fantásticas, gracias por estar a mi lado —dijo, intentando centrar su atención en sus amigas.
—Bueno, no tengo trabajo, así que no tengo adónde ir —dijo Dani, con un suspiro.
—Tienes razón —Paula intentó sonreír.
—Trabajo para tí —le dijo Zaira—. Eres la jefa, y si me dices que salte, yo te pregunto hasta dónde.
—Tú también tienes razón.
—Así que no estamos aquí porque nos importes —comentó Dani.
—Eso me pondrá en mi lugar —dijo Paula, mientras se sorbía las lágrimas.
Dani y Zaira la abrazaron a la vez.
—Lo siento —le susurró Dani al oído—. No sabía que mi hermano era un impresentable.
—Sí, y yo que casi le había perdonado por ser un capullo la otra vez —dijo Zaira—. Esto no voy a perdonárselo nunca.
—Se lo merece —dijo Paula, con un sollozo—. Dios, creo que no voy a poder superarlo. Ya sé que las heridas se curan y que el tiempo ayuda y todo ese rollo, pero en este momento no creo que pueda hacerlo.
—Estamos aquí —le dijo Zaira.
—Y aquí nos quedamos —añadió Dani.
—Es que pensé que esta vez era diferente —dijo Paula, mientras se secaba la cara con otro pañuelo—. Pensé que él era diferente, que le importaba. Me enamoré otra vez de él.
—Los hombres siempre acaban engatusándonos —dijo Dani, apoyada en su hombro—. Pero no pensé que Pedro… —tras unos segundos, añadió—: Lo siento, estoy luchando contra el impulso de defenderlo. Me gustaría decirte que al ser el mayor fue el que lo tuvo peor, que tuvo que lidiar con Gloria y protegernos, pero no voy a hacerlo.
—No me importa —le dijo Paula—. Es enfermizo, ¿verdad? no me importaría escuchar cómo lo defiendes.
—Típico —murmuró Zaira—. Pero te perdono.
—Gracias —Paula  respiró hondo, mientras intentaba empaparse del apoyo que le ofrecían sus amigas—. Pensé que había cambiado, que estaba dispuesto a dar una oportunidad a nuestra relación. He sido una estúpida.
—Querer a alguien no es estúpido. Puede doler un montón, pero nunca es estúpido —le dijo Zaira.
—Es verdad —dijo Dani—. Y lo digo a pesar de que soy la estúpida más grande del mundo. En fin, mi ex marido se acuesta con una de sus alumnas, así que si no soy estúpida, lo que soy es un mal cliché. Pero aún me queda esperanza, porque puedo reír y las tengo a ustedes.
—Me alegra que estemos juntas —dijo Paula, mientras las rodeaba con los brazos—. Tienen razón, lo superaré. Mi vida está repleta de cosas… el restaurante, el bebé, mi familia… y además, como Pedro  se va de la ciudad, no tendré que preocuparme por encontrármelo. Eso sí que sería horrible —cuando sus ojos se llenaron de lágrimas, comentó—: Me parece que he empezado a gotear otra vez.
—Podría ser peor. No sé cómo, pero sería posible —dijo Zaira.
—Eres un verdadero rayo de sol —se rió Paula.
—Lo sé.
—Te voy a echar mucho de menos.
—¿De qué estás hablando?, no me voy a ninguna parte.
—Claro que sí —dijo Paula—. Te conozco desde hace mucho tiempo, y sé que nunca huyes de tus problemas. Siempre has vivido según tus propias reglas.
—Soy una especialista en salir corriendo, llevo huyendo ocho años.
—Ha llegado el momento de que vuelvas.
—Aún no lo he decidido —protestó Zaira.
—Sí que lo has hecho, no me habrías contado lo de tu hijo si no tuvieras medio pie fuera —Paula se volvió hacia Dani, y le preguntó—: ¿Sabes de qué estamos hablando?
—Sí, Zaira y yo hemos estado charlando.
—¿Sobre qué? —dijo Paula, mirando de la una a la otra.
—Sobre nada —contestó Zaira con firmeza—. No voy a marcharme, me necesitas.
Aquello era cierto. Paula no podía imaginarse pasando por todo aquello sin su amiga, pero no era justo que le pidiera que se sacrificara porque ella había sido lo bastante estúpida para dejar que un hombre le rompiera el corazón dos veces.
—Claro que vas a marcharte. Como tú misma has dicho, llevas huyendo ocho años, así que es hora de que te pongas en contacto con tu familia, y de que descubras lo que aún te queda de tu antigua vida.
—Es posible que aún estés casada —comentó Dani—. Eso sería bastante interesante, teniendo en cuenta lo que has estado haciendo.
—Sam no habrá esperado, no es su estilo. Seguro que a estas alturas ya estaremos divorciados —a pesar de sus palabras, el tono de su voz contenía un matiz de esperanza, como si quisiera creer en otras posibilidades.
—¿Lo ves?, tienes que ir —le dijo Paula con voz queda.
—No puedo dejarte ahora, con todo lo que está pasando y con el embarazo. ¿Y qué pasa con el restaurante?, me necesitas.
Dani miró a Paula, y le dijo:
—Yo podría ayudarte con el restaurante.
—Pero es el Waterfront —contestó Paula, atónita—. ¿Quieres volver a trabajar para tu abuela?

Tentaciones Irresistibles: Capítulo 63

Pedro estaba sentado en su despacho del Daily Grind, reflexionando sobre su vida. Después de poner en la balanza los beneficios y las pérdidas, se había dado cuenta de que distaban mucho de estar compensados, y eso significaba que tenía que replantearse las cosas y organizar una nueva estrategia de juego.
Dani estaba furiosa con él y con toda razón, porque hacía mucho tiempo que tendría que haberle contado lo que pasaba. Debería haber sabido que era lo bastante fuerte como para saber la verdad, y que a pesar del inevitable dolor que sentiría, era mejor que lo supiera por alguien que la quería que por Gloria, cuyos retorcidos motivos nadie podía entender. Dani lo superaría, pero el hecho de que se hubiera enterado poco después de saber lo de Martín lo empeoraba aún más.
Tendría que haberle hecho caso a Paula.
Sacudió la cabeza y se volvió hacia el ordenador, pero en vez de la pantalla, sólo vio el rostro sonriente de su ex mujer. Habían pasado tantas cosas en un periodo tan corto de tiempo, había habido tantos cambios… después del divorcio, había dado por sentado que ella estaba fuera de su vida para siempre. Se había resistido a aceptar el puesto en el Waterfront porque no quería tener que lidiar con Gloria, pero al final lo había convencido y gracias a eso Paula y él estaban…
¿Estaban qué?, ¿otra vez juntos? No se atrevía a ir tan lejos, pero eran importantes el uno para el otro. Otra vez había quedado cautivado por su sonrisa, su cerebro y su talento; era divertida, además de hermosa y valiente. Era una mujer fuerte, dispuesta a tener un hijo ella sola. Aquello sí que le había tomado por sorpresa, a pesar de que sabía cuánto deseaba tener hijos. Iba a ser una madre fantástica.
Pedro se levantó, y fue hasta la ventana. Su lado del edificio daba hacia el lago Unión, y con la mirada perdida en el cielo nublado, se la imaginó cada vez más voluminosa, y dando a luz… sola.
No, no estaría sola. Zaira estaría a su lado, y también Dani. Y Federico. De repente, se preguntó si quería estar con ella en el momento del parto. ¿Quería estar junto a ella tomándola de la mano, diciéndole que respirara?
La pregunta lo dejó inmóvil. ¿Qué tipo de relación quería tener con Paula?
Camila apareció de inmediato en su mente, pero por una vez, no pensó en todo lo que se había perdido al renunciar a ella, sino en cómo había sido la vida de su hija. Pensó en lo mucho que la querían sus padres, en el hecho de que era el centro del mundo de aquella pareja. No les importaba lo más mínimo no haberla creado ellos.
En ese momento, se dio cuenta de que también podía ser así entre el bebé de Paula y él. Querer a un niño no era un asunto de biología, sino del corazón.
Diecisiete años atrás, había optado por la única opción que parecía sensata, y se dio cuenta de que había sido la elección correcta. Había permitido que la culpa y la rabia que sentía lo cegaran y no le permitieran ver la verdad, y se había castigado a sí mismo negándose a ser feliz.
Soltó un juramento al darse cuenta de que aquella ceguera le había costado su matrimonio.
¿Cuánto tiempo llevaba protegiendo su corazón para no resultar herido?, ¿toda su vida? A lo mejor desde la muerte de sus padres, quizás había sido cuando Gloria había empezado a controlar su mundo con sus retorcidas normas y sus crueles amenazas.
—Maldita sea —murmuró—, ve a terapia y sigue adelante con tu vida, colega.
Iba a seguir adelante, pero no iba a hacerlo solo. Amaba a Paula, y había aprendido lo suficiente para conseguir que esa vez las cosas funcionaran, si ella le daba una oportunidad. Era consciente de que no iba a ser nada fácil. Paula sabía que en el pasado no había querido tener hijos, hijos propios, así que ¿por qué iba a creer que estaba dispuesto a aceptar al hijo de otro hombre?
Se dijo con firmeza que iba a convencerla, que lograría que ella entendiera lo que albergaba su corazón. Le diría que por fin había aprendido lo que significaba amar a alguien. Amarla a ella.
Volvió hacia su mesa para apagar el ordenador, pero antes de que el proceso acabara, su asistente le llamó por el intercomunicador.
—Dime.
—Tiene visita, Paula Chaves.
—Que entre —se apresuró a decir él, sorprendido.
Había esperado tener un poco de tiempo para planear lo que le iba a decir, pero quizás lo mejor sería decírselo ya. Cuanto antes empezara con su campaña para convencerla, antes podrían empezar su vida juntos.
Empezó a ir hacia ella cuando entró en el despacho, pero se detuvo en seco al ver el brillo de furia de sus ojos.
—Eres una serpiente —le dijo Paula, en una voz baja y cargada de tensión—. Una serpiente mentirosa, vil y rastrera. Creo que soy una persona razonable, y soy capaz de pasar por alto muchas cosas. Doy segundas oportunidades, pero tú eres repugnante.
Pedro se acercó a ella y alargó las manos para tomarla por los hombros, pero ella retrocedió.
—No te atrevas a tocarme, no vuelvas a tocarme en tu vida.
Pedro sintió que lo recorría una corriente helada de pánico.
—¿Qué demonios ha pasado?
—Te he defendido —dijo ella, echando chispas por los ojos—. No puedo creerlo, pero lo he hecho. Gloria ha venido a visitarme para uno de sus ataques emocionales y yo te he defendido, pero era verdad.
Pedro  abrió la boca para preguntarle de qué estaba hablando, pero de pronto lo entendió todo y soltó un gemido.
—Te largas de aquí —siguió diciendo ella—. En menos de un mes, harás las maletas y te irás de Seattle. Tengo entendido que todo el mundo está entusiasmado por la expansión de la empresa hacia el este, es una pena que no haya comprado acciones.
—Paula, no…
—Ni se te ocurra decirme que no es verdad, Pedro. Ya he hablado con uno de tus empleados. El hombre ha sido muy amable, y me ha explicado todos vuestros jodidos planes —sus ojos se llenaron de lágrimas, pero se los secó con un gesto impaciente de la mano—. Te creí, confié en tí.
—Lo siento, tendría que habértelo dicho —le dijo él.
—Sí, claro, pero supongo que se te olvidó.
—¡Sí, se me olvidó! —exclamó Pedro—. ¿Te parece raro, con todos los problemas que he tenido últimamente? Te dije que sólo sería el gerente durante cuatro meses, no pensé que te interesara saber lo que planeaba hacer después. Cuando nos liamos, decidí decírtelo, pero no era una prioridad. No te lo oculté de forma deliberada, simplemente pasó sin más. Además, he estado hablando con mis socios, porque he cambiado de opinión y he pensado que quizás sería mejor que me quedara aquí.

miércoles, 1 de julio de 2015

Tentaciones Irresistibles: Capítulo 62

De repente, a Paula no le importó lo más mínimo que aquella mujer fuera la propietaria del restaurante o que fuera mayor. Se levantó bruscamente, y señaló hacia la puerta.
—Fuera de aquí.
—Si lo que esperas es que se case contigo, estás perdiendo el tiempo —dijo Gloria, mientras se levantaba—. Nadie puede cambiar totalmente, aunque creas que él lo ha hecho. Ya renunció tanto a Camila  como a ti en el pasado, ¿por qué iba a querer quedarse a tu lado ahora?
—Si no te vas ahora mismo, voy a llamar a los cocineros para que te saquen a rastras —Paula intentó controlar la furia que crecía en su interior.
—Las dos sabemos que no lo harás. Es posible que mis palabras te parezcan crueles, pero te estoy diciendo esto por tu propio bien. El contrato de Pedro con el restaurante es sólo de cuatro meses, y se irá en cuanto acabe.
Habló en un tono tan triunfal, que Paula se sintió encantada de poder hacer que se desinflara un poco.
—Te encanta interponerte entre la gente y manipular a los demás, supongo que así te entretienes. Ya sé que Pedro va a irse, me lo dijo el mismo día en que me hizo la oferta para contratarme.
—Por supuesto —Gloria sonrió, y añadió—: ¿Mencionó también que su pequeña empresa de café se está expandiendo? Van a empezar a abrir locales en el este. Yo creo que es un completo desperdicio del talento de Pedro, pero él parece decidido y va a liderar el equipo. En cuanto acabe su trabajo aquí, se mudará a Nueva York, ¿te lo ha comentado?
Paula se negó a creerla, no podía ser verdad. ¿Pedro iba a mudarse? No le había dicho nada al respecto.
—Eres una zorra fría y calculadora —le dijo a Gloria—. No sé por qué te gusta tanto hacer daño a los demás. Dani sólo quería conseguir que te sintieras orgullosa de ella, pero tú te negaste a darle una oportunidad y la apartaste de tí.
—Dani no es mi nieta, ni estamos emparentadas.
—Es gracioso que te preocupe tanto que Dani no sea una Alfonso, cuando tú tampoco lo eres. Si mal no recuerdo, entraste en la familia mediante el matrimonio, y antes trabajabas de doncella en un hotel, ¿verdad?
Gloria se tensó, y Paula esbozó una sonrisa.
—Oh, sí, me informé hace años. Sé lo de tu aventura con Enrique Alfonso, y que te casaste con su hijo cuando terminó. Dime, ¿seguías tirándote al papaíto cuando avanzaste hacia el altar con el hijo?
—Eres una zorra —siseó Gloria.
—Supongo que te resulta fácil reconocer a tus compañeras de profesión.
—Te destruiré.
—Inténtalo si quieres, estoy más que dispuesta a plantarte cara. Pero antes de que malgastes tus esfuerzos, deja que te diga algo: eres una mujer vieja. No tardarás en morir, pero antes vas a estar sola porque has hecho que todos los que podían quererte se alejaran de ti. Y ahora lárgate de mi cocina.
Paula permaneció sentada tras su mesa durante largo rato después de que Gloria se fuera, y tuvo que esperar a que el temblor remitiera antes de poder recuperar el aliento. Apenas podía creer lo que acababa de suceder, nadie podría imaginarse un encuentro así.
—Una pesadilla —murmuró—, esa mujer es una pesadilla.
Colocó los brazos en la mesa, y apoyó la cabeza sobre ellos. Se dijo que no pasaba nada, que había logrado mantener la compostura. Gloria podía gritar, amenazar y contar todas las mentiras que quisiera, pero ella se negaba a creérselas. Aquella vieja zorra no iba a crear problemas entre Pedro y ella.
Él le había dejado claro desde el principio que sólo iba a trabajar cuatro meses en el restaurante. No era el mismo hombre que tres años atrás, ya no le ocultaba ningún secreto. Ella sabía la verdad sobre Camila, sobre Dani, y por qué había intentado mantenerla apartada del negocio familiar; además, después de la última visita de Gloria, sus motivos le parecían más nobles que nunca.
Sin embargo, él no le había comentado que el Daily Grind estuviera a punto de expandirse hacia el este.
—No —dijo, al levantarse—. No, no, no. No voy a permitir que Gloria se salga con la suya.
Pedro no iba a irse de la ciudad, se lo habría dicho. Se habían hecho amigos, y además eran amantes. Sus vidas estaban entrelazadas como no lo habían estado desde que estuvieron casados, y ella era importante para él. Tenía que ser así, porque estaba locamente enamorada de él.
—No pasa nada —dijo en voz alta. Pero las palabras sonaron falsas, y fue incapaz de creerlas.
Enfadada consigo misma por dejar que Gloria la afectara así, sacó una agenda que tenía en el cajón inferior de la mesa y buscó el número de teléfono de la oficina principal del Daily Grind. Cuando contestó una recepcionista, le pidió que la pusiera en contacto con alguien que estuviese a cargo de la expansión corporativa.

Tentaciones Irresistibles: Capítulo 61

—Va a haber emociones muy fuertes, pequeño. Algo de llanto, y seguramente más de una palabrota. Pero no tiene nada que ver contigo, te quiero muchísimo y no va a pasar nada.
Paula respiró hondo, y entró en la casa. Se encontró a Dani hecha un ovillo en el sofá de la sala de estar, con los ojos rojos e hinchados y la cara desencajada. Era el sufrimiento en persona.
—Oh, Dani… —susurró.
La joven levantó la mirada hacia ella, y le dijo:
—Dime que Pedro ya te lo ha contado, y que no tengo que volver a repetirlo.
—Lo sé todo, y no sabes cuánto lo siento.
—Sí, yo también —Dani agarró su vaso de vino, y tomó un trago—. Que les den, ¿qué me importa a mí si soy o no una Alfonso? Son un atajo de perdedores, estoy mejor sin ellos. Y sin Gloria.
Sin embargo, sus ojos se llenaron de lágrimas mientras hablaba, y Paula dejó caer al suelo el bolso y el abrigo y se apresuró a ir junto a ella.
—No sé qué decir —admitió, al sentarse en el sofá. Posó una mano en el brazo de Dani, y añadió—: Ojalá lo supiera.
—Lo mismo digo. Dios, Paula, me duele tanto… más aún que enterarme de que Martín tiene una amante. Él traicionó mi confianza, y aunque no me hizo ninguna gracia, yo sabía que me recuperaría, pero esto es totalmente diferente. Ya no sé quién soy.
—Claro que lo sabes. Eres una mujer brillante, ambiciosa, trabajadora y fantástica, eres leal y cariñosa, y además eres la guapa de la familia.
Dani esbozó una sonrisa mientras se secaba las lágrimas.
—¿Me estás diciendo que soy más guapa que mis hermanos?
—Pues claro, aunque Federico te sigue de cerca.
—Sí, por sus ojos —empezó a temblarle la boca, y su sonrisa se desvaneció mientras su cuerpo entero se estremecía—. No puedo soportarlo, no puedo sobrevivir.
—Claro que puedes —le dijo Paula con firmeza—. Por mucho que te duela, vas a sobrevivir, ¿y sabes por qué?
Dani negó con la cabeza.
—Porque eres una mujer fuerte, y porque no vas a darle a la zorra de Gloria la satisfacción de ganar.
—En eso tienes razón —dijo Dani, con una sonrisa llorosa—. Estoy tan enfadada con ella, furiosa. Siempre supe que le gustaba el poder y dirigir nuestras vidas, pero no quería creer que fuera deliberadamente cruel. Me equivoqué.
—Es una persona horrible. Has hecho un gran trabajo para ella, pero se niega a verlo.
—Ya lo sé —admitió Dani, con un suspiro—. Además, la forma en que me lo ha dicho… creo que estaba contenta de poder arruinarme la vida.
—No digas eso. Ella no ha arruinado nada, si no permites que lo haga.
—Desde luego, no ha intentado suavizar el golpe. Ya no sé quién soy.
—No me vengas con chorradas.
—¿Qué? —dijo Dani, asombrada.
Paula se levantó, y le indicó que hiciera lo mismo.
—Ven aquí —la llevó al cuarto de baño que había en el pasillo, encendió la luz y la colocó junto a ella delante del espejo—. ¿En qué has cambiado? Mírate, y dime qué diferencia hay.
Dani hizo una mueca al ver su reflejo.
—Tengo la cara hinchada.
—Ignora eso. Me refiero a lo que ves diferente en ti, ¿qué ha cambiado en las últimas veinticuatro horas?
—Que no sé quién es mi padre, que no soy una Alfonso.
—Eso ya lo sé, pero tus experiencias siguen siendo las tuyas, y tu cuerpo sigue siendo tu cuerpo. Estás hablando del contexto y admito que eso puede cambiarlo todo, pero no es necesario que sea así. No si tú no lo permites.
—Pero…
—Nada de peros, jovencita. Sí, las cosas son un asco en este momento, un verdadero asco, y puede que éste sea el peor momento de tu vida. Pero vas a salir de él, y todo se arreglará. Porque sigues siendo la misma persona fantástica y llena de energía.
Dani le dio un gran abrazo, y le dijo:
—Gracias por intentar ayudarme.
—Oye, que no sólo lo estoy intentando.
—Vale. Gracias por ayudarme —dijo Dani, con una débil sonrisa.
—Mucho mejor.
—Debes de estar muy contenta con lo del bebé, ¿verdad? —comentó Dani, al posar una mano sobre su abultado vientre.
—Sí.
—Yo también tendré hijos algún día. Tienes razón, me duele muchísimo y no sé cómo voy a superarlo, pero lo conseguiré y seguiré adelante, y algún día lograré todo lo que quiero.
—Claro que sí. Y cuando eso suceda, voy a estar a tu lado para recordarte que ya te lo dije.
La semana siguiente pasó en relativa calma, y Paula supuso que se habían ganado el descanso.
El restaurante seguía funcionando bien, Camila recibió el alta del hospital, y Dani iba recuperándose a pesar de que seguía destrozada emocionalmente. Ni siquiera había ratas, gracias a la eficiencia de Al.
Estaba sentada en su despacho planeando varias combinaciones para los especiales de la semana siguiente. La temporada de pesca en Alaska ya había empezado, así que podía disponer de algunas variedades de marisco y pescado muy suculentas, y ya había empezado a recibir productos de la zona de Walla Walla y de algunas partes de Oregón. Las cebollas de Walla Walla le daban ideas para unos platos fantásticos.
—A lo mejor podemos organizar una cena especial de degustación, y servir los platos más nuevos y selectos —murmuró.
Hizo varias anotaciones en su libreta, y decidió comentarle la idea a Pedro más tarde. Estaba en un punto en el que tenía que ser brillante.
—¿Salmón? —le encantaba el salmón, era su pescado favorito. Pero tal vez sería mejor optar por algo diferente, algo…
—¿Interrumpo?
Paula levantó la cabeza, y vio a Gloria en la puerta del despacho. Genial. En su cocina ya no había ratas, pero acababa de aparecer una serpiente. Sintió un deseo casi irrefrenable de decirle que se largara, pero técnicamente el restaurante le pertenecía y era la jefa de su jefe.
—Estoy trabajando en los especiales de la semana que viene, tengo que hacer el pedido pronto.
—Qué interesante. Supongo que no hay posibilidad de que elimines tus patatas fritas con pescado del menú, ¿verdad?
—Es nuestro plato con más éxito —Paula se obligó a esbozar una sonrisa.
—Qué lástima, siempre pensé que la gente de Seattle tenía mejor gusto.
—¿Has venido a insultarme, o por alguna otra razón?
Gloria entró en el despacho y se sentó.
—No te he insultado, Paula. Me sorprende que digas algo así. Sólo he comentado que no me gusta uno de tus platos, y que desearía que no estuviera en el menú. No creo que sea un insulto —con un suspiro, añadió—: eres la chef ejecutiva, así que supongo que es normal que te sientas un poco posesiva en lo concerniente al menú; de hecho, es bastante elogiable.
Paula frunció el ceño. Gloria parecía muy razonable de repente, pero sabía que aquello sólo era el principio; sin embargo, antes de que pudiera preguntarle para qué había ido, la mujer bajó la mirada hacia su abultado vientre y dijo:
—Ya se te nota el embarazo, querida. ¿Cuándo sales de cuentas?
—En septiembre.
—Una época del año muy agradable. Tengo entendido que no sabes quién es el padre, ¿es eso cierto?
—Me sometí a una fecundación in vitro con el esperma de un donante.
—Así que no sabes nada sobre él, ¿verdad?
—Tengo alguna información general, y su historial médico.
—Pero no sabes nada de su personalidad. Es como comprar una lata sin marca en el supermercado, es muy probable que al llegar a casa una descubra que lo que hay dentro está en mal estado.
—Gracias por el aviso.
—Es cierto que quiero avisarte, querida. Sé que tienes las miras puestas en Pedro, pero ya puedes olvidarte de él. Nunca te ha perdonado por abandonarlo, y no está interesado ni en ti ni en tu hijo bastardo. Él mismo me lo ha dicho.

Tentaciones Irresistibles: Capítulo 60

Al salir del coche, se preguntó si Martín habría dejado caer otra bomba; si era así, iba a tener que darle su merecido, aunque el tipo fuera en silla de ruedas. Fue hacia la casa, y Federico abrió la puerta antes de que tuviera tiempo de llamar.
—Menos mal, no ha querido decir nada hasta que estuviéramos todos. ¿Por qué tengo la sospecha de que Martín se acaba de ganar el título de capullo del año?
—Eso es lo que estaba pensando yo. Si ése es el problema, nos encargaremos de él.
—Pues claro.
Agustín  y Dani estaban esperándolos en la sala de estar. Él estaba sentado en el sofá y ella de pie junto a la chimenea, con un vaso en la mano y un brillo de dolor en la mirada.
—Dani, ¿qué te pasa? —le preguntó Pedro, mientras se acercaba a ella.
Dani esquivó el abrazo de su hermano, y le dijo:
—Sírvete algo de beber y siéntate.
—Dani…
—Pedro, es algo que no puedes arreglar con un abrazo. Por favor, sírvete algo.
Federico le dio una cerveza, y los dos se sentaron junto a Agustín en el sofá.
Dani se puso delante de ellos, y les dijo:
—He ido a ver a Gloria. Quería hablar con ella sobre mi puesto en la empresa, y le he dicho que no pensaba seguir trabajando en la hamburguesería, que o me ascendía o me largaba.
Pedro empezó a tener un mal presentimiento. De una conversación así no había podido salir nada bueno.
Dani agarró su vaso con ambas manos, los miró uno a uno a la cara, y siguió diciendo:
—Me ha dicho que no pensaba ascenderme nunca, y cuando le he contestado que tengo la preparación necesaria para asumir más responsabilidades, ella me ha dicho que no le importaba. ¿Adivinan por qué?
Pedro  mantuvo la mirada fija en su hermana, y al ver que sus ojos se llenaban de dolor, supo que Gloria había cumplido finalmente su amenaza de contarle lo de su padre.
—Dani, no… —empezó a decir, mientras se ponía en pie.
Ella se volvió hacia él con un movimiento brusco.
—No te atrevas a decir que no importa, claro que importa. Se trata de mi vida, de quién soy —Dani lo miró con ojos centelleantes, y entonces dejó el vaso encima de la mesa y se cruzó de brazos—. Oh, Dios mío… tú lo sabías.
Pedro no supo qué decir. Paula le había advertido en más de una ocasión que lo mejor era contarle la verdad, había insistido en que sería un desastre que Dani se enterara por su cuenta, y así había sido.
Agustín y Federico se levantaron, y después de cruzar una mirada, ambos se volvieron hacia Dani.
—Mira… —empezó a decir Federico.
—¡No! —Dani retrocedió dos pasos.
Pedro avanzó hacia ella.
—Lo siento, lo siento muchísimo —le dijo.
—Pensé que lo peor de todo era enterarme de que no soy la persona que yo creía —dijo ella, con los ojos inundados de lágrimas—. Pensé que lo peor era saber que no soy una de vosotros, pero estaba equivocada, ¿verdad?
—Eres una de nosotros —le dijo Pedro—. Eres mi hermana pequeña y te quiero, Dani.
—¿Desde cuándo?, ¿desde cuándo lo saben?
—Desde el instituto —admitió Agustín, después de lanzarle una mirada a Pedro—. Gloria me dijo que te contaría la verdad si me alistaba en los marines, pero hablé con Pedro y con Federico  y me enteré de que a ellos también les había amenazado. Utilizaba esa información para intentar manipularnos, pero yo sabía que, si no te había dicho ya la verdad, era porque tenía alguna razón para no querer hacerlo.
Pedro no había pensado en eso, pero Agustín tenía razón. Gloria recurría a las amenazas que podían funcionarle mejor, pero él no se había dado cuenta de que sólo era un juego para ella. Siempre había estado dispuesto a hacer lo que fuera necesario para proteger a su hermana.
—Te quiero muchísimo, no quería hacerte daño —le dijo.
—Venga ya, me has estado ocultando secretos durante toda mi vida —una sola lágrima se deslizó por su mejilla, pero ella se la secó con impaciencia—. ¿Qué más sabían?, ¿qué más me han ocultado? ¿La aventura de Martín?, ¿les dijo lo que estaba haciendo?
Pedro la agarró de los brazos, y la miró directamente a los ojos.
—Maldita sea, Dani, déjalo. Lo siento, todos lo sentimos, y ninguno de nosotros sabía lo del capullo de tu marido. Sí, te hemos ocultado algunos secretos, pero sólo porque no queríamos hacerte daño.
—¿Crees que no duele no encajar?, ¿crees que no duele no ser uno de ustedes?, ¿saber que ustedes tres tienen una camaradería que yo jamás podré compartir?
Pedro la abrazó, y cuando ella intentó zafarse, la apretó con más fuerza contra sí.
—Te queremos con todo nuestro corazón.
—No me vengan con ésas, me tratas como a una niña. ¿Saben lo que ha sido para mí seguir intentándolo sin descanso? Me dejé la piel año tras año intentando contentar a Gloria, pero nunca era bastante para ella. ¿Cómo pudisteis permanecer de brazos cruzados viendo cómo fracasaba sin decirme lo que estaba pasando?, ¿por qué no me ahorrasteis todo eso?
Pedro se dio cuenta de que tenía razón y cuando ella volvió a intentar apartarse, no se lo impidió.
—No era decisión de ustedes—añadió Dani.
—¿Cómo puedes decir algo así?, eres nuestra hermana —protestó Federico.
—Una busca las palabras, y si cuesta encontrarlas, sigue intentándolo. Y no soy su hermana.
—Siempre serás mi hermana, Dani —le dijo Pedro con firmeza—. No me importa quién fuera tu padre, eres mi hermana.
—Técnicamente, sólo soy su hermana a medias. Larguense de aquí.
—¿Qué?
—Fuera. No quiero hablar con ninguno de ustedes ¡vayanse de aquí! —gritó.
Pedro miró a sus hermanos, y después se volvió de nuevo hacia ella, indeciso. Se preguntó si lo mejor sería darle tiempo para que se calmara, o intentar insistir para que entendiera que sólo habían querido protegerla.
En ese momento, se dio cuenta de que lo había estropeado todo intentando proteger a Paula años atrás y que acababa de equivocarse aún mas con Dani; al parecer, no se le daba demasiado bien cuidar de sus seres queridos.
—Dani… —empezó a decir Federico.
Ella retrocedió un paso.
—Salgan de aquí. No quiero verlos ni hablar con ustedes.
—De acuerdo, te llamaremos mañana —le dijo Agustín.
Dani se fue de la sala de estar sin responder, y segundos más tarde, oyeron un portazo.
—Maldición —dijo Pedro, mientras se frotaba la mandila—. ¿Qué bicho le ha picado a Gloria?, nunca pensé que fuera capaz de contarle la verdad.
—Tendríamos que habérsela contado nosotros —dijo Federico.
—¿Y ahora te das cuenta?
Agustín se interpuso entre ellos, y comentó:
—Tenemos que darle tiempo, algunas heridas deben sangrar un poco.
Pedro  sabía que tenía razón, pero no quería imaginarse a su hermana sangrando. No quería que la hiriera nada, y no soportaba saber que podría haber hecho algo para aliviar un poco su dolor.
—Creo que no debería estar sola —comentó Federico.
—Paula llegará pronto —le dijo Pedro.
—¿La avisamos de lo que pasa? —les preguntó Agustín.
Pedro dudó por unos segundos. Paula sabía la verdad sobre Dani, así que no se sorprendería.
—Voy a llamarla —dijo al fin—. Estará aquí tan pronto como pueda.
Paula dudó un segundo antes de enfilar por el camino de entrada de su casa, ya que aún no sabía lo que iba a decirle a Dani. Una pelea familiar era algo natural, pero enterarse de que una no formaba parte de la familia era totalmente diferente.
Dani era la que más dependía de ser una Alfonso de todos los hermanos, porque siempre se había definido en función de su apellido, tanto a título personal como por su conexión con el negocio. Cuando se había casado con Martín, se había negado a cambiar de apellido.
Tras estacionar y bajar del coche, se llevó una mano al vientre, preocupada por la posibilidad de que todo aquel ajetreo afectara al bebé.

Tentaciones Irresistibles: Capítulo 59

—Ya me has dicho eso antes, Dani —comentó Gloria, con un suspiro—. Varias veces. Sigues insistiendo en ascender, aunque yo intento quitártelo de la cabeza. ¿Por qué lo haces?
—Porque me he ganado la oportunidad de demostrar lo que valgo en otro puesto —Dani tragó, e hizo acopio de todas sus fuerzas—. O asciendo en la empresa, o dimito.
Gloria permaneció inmutable. No movió ni un músculo, ni una pestaña. La miró durante varios segundos, y finalmente dijo:
—No voy a tolerar que me amenaces, jovencita.
—No te estoy amenazando, sólo estoy constatando un hecho. Tengo la educación y la experiencia necesarias para asumir más responsabilidad, y me niego a permitir que mi vida laboral se quede estancada en la gestión de la hamburguesería; si tú no quieres darme una oportunidad, encontraré otra empresa que lo haga.
—Dudo que encuentres demasiadas empresas interesadas en tí —le dijo Gloria con desdén.
Dani ignoró la punzada de dolor que sintió. Había sabido que aquel encuentro sería difícil, de modo que tenía que recordar por qué había ido y mantenerse centrada.
—Yo no opino lo mismo —dijo—. Mi historial y mis logros hablan por sí mismos, y las dos sabemos que no me costará encontrar otro trabajo para poder progresar. ¿Qué problema tienes conmigo?, ¿por qué me tratas siempre como si fuera alguien de segunda fila? ¿Es porque soy una mujer? Me cuesta creerlo de ti, eres una mujer y mira todo lo que has conseguido.
—Tienes razón —dijo Gloria, con un brillo de furia en los ojos—. He sido yo quien le ha dado su grandeza a esta empresa, soy yo la responsable de su éxito. No te atrevas a presentarte ante mí con tu estúpida petición…
—No es estúpida, es muy razonable. No has frenado a nadie como a mí, ¿por qué me tratas así?
Su abuela se inclinó hacia ella, y la temperatura pareció caer diez grados.
—Piénsatelo bien antes de preguntarme eso —le dijo, en voz muy baja—. No creo que estés preparada para oír la verdad.
—Creo que estoy más que preparada, Gloria —le dijo Dani. De repente, no sentía ningún miedo; después de todo, ¿qué podría decirle?
—De acuerdo, pero después no me vengas lloriqueando y diciendo que es demasiado.
—Claro, lo que tú digas —a su abuela le encantaban los melodramas.
Gloria se reclinó en su silla antes de empezar a hablar.
—Hace muchos años, antes de que nacieras, tu madre se lió con un individuo, le fue infiel a mi hijo. A mi hijo. Su aventura continuó durante varios años, y tuvo como consecuencia una hija… tú, Danielle. No eres una Alfonso, sino la hija bastarda de tu madre. Lo mantuve en secreto para ahorrarle a mi hijo el escarnio público, pero nunca lo he olvidado. Cada vez que te miro, veo la prueba de que aquella zorra traicionó a mi hijo. Eres la hija de tu madre, y nada para mí.
Dani oyó las palabras, pero no logró entenderlas. ¿Que no era una Alfonso…? Pero ella siempre había sido una Alfonso…
—Estás mintiendo —le dijo.
—No, no estoy mintiendo, pero si quieres, podríamos hacerte una de esas pruebas de ADN. No me cabe duda que probará que no eres una de los nuestros.
Dani no recordaba haberse levantado, pero de repente se dio cuenta de que estaba junto a la puerta.
—La hamburguesería es todo lo que te mereces, da gracias que te dejo trabajar allí —añadió Gloria.
Qué curioso. Hacía apenas una hora, Dani había creído que su vida no podía empeorar más; obviamente, se había equivocado.
—Quédate con tu trabajo, lo dejo —le dijo a su abuela.
—No puedes dejarlo.
—Claro que puedo. Si soy una zorra como mi madre, puedo hacer lo que me dé la gana.
Paula salió de la cocina justo antes de los postres. Mientras cruzaba el comedor hacia la mesa de su familia, sus padres y sus hermanas se levantaron y empezaron a aplaudir.
Ella se quedó pasmada, y se detuvo en seco.
—¡Mi hija es la chef! —le dijo su padre al resto de comensales—. ¿A que la cena está increíble?
Ante la mirada atónita de Paula, todo el mundo se puso en pie y empezó a aplaudir, y no supo cómo reaccionar al contemplar las caras sonrientes que la rodeaban. Al oír que la puerta de la cocina se abría se volvió hacia ella, con la esperanza de que alguien hubiera ido a rescatarla o a proporcionarle alguna razón para escapar, pero Zaira y casi la totalidad del personal de cocina salieron y empezaron a aplaudir también. Entonces Pedro se acercó a ella, y se detuvo a su lado.
—¿Creen que acerté al contratarla? —bromeó él.
Todo el mundo se echó a reír, y entonces aparecieron los camareros con copas de champán.
—¿No brindamos hace poco? —le susurró Paula.
—Aquel brindis fue por el éxito del restaurante, éste es por tí. Sonríe y bébete tu refresco sin alcohol.
Paula aceptó el vaso que él le dió, y esperó a que todo el mundo estuviera servido.
—Por Paula—dijo Pedro.
—Por Paula—repitió todo el mundo.
Un cuarto de hora después, cuando el comedor por fin recuperó la normalidad, Paula fue al despacho de Pedro.
—Ha sido surrealista, ¿lo tenías planeado?
—No. Zaira vino a la cocina a avisar de que el comedor entero estaba en pie ovacionándote, y ordené que descorcharan el champán. Deberías sentirte orgullosa de todo lo que has conseguido.
—Lo estoy, pero jamás me habría esperado una reacción así —admitió, mientras se sentaba—. Antes le he dicho a mi madre que mi padre y ella debían de estar contentos de que por fin hubiera descubierto a qué quería dedicarme, pensé que estaban decepcionados conmigo porque había dejado a medias la universidad y había ido de un trabajo a otro. Pero ella me ha dicho que se alegraba de que me hubiera tomado mi tiempo hasta decidir lo que realmente quería hacer. Le gusta que no me conformara con la vía fácil.
—Así que te han sorprendido positivamente.
—Es más que eso. Tenían una opinión de mí completamente diferente a la que yo creía, pero nunca se me ocurrió hablar con ellos del tema. Supongo que no quería que me confirmaran mis peores temores, pero di muchas cosas por sentado.
—Ya sabes lo que suele decirse sobre eso.
—Voy a fingir que no te he oído. El meollo de la cuestión es: ¿en qué más estaba equivocada?
—Puede que en nada.
O quizás en todo. Había estado completamente segura de que dejar a Pedro era la decisión correcta, había estado convencida de que lo sabía todo sobre él, pero empezaba a darse cuenta de que no sabía nada de nadie.
—¿Huí de nuestro matrimonio? —le preguntó.
—Sobre ese tema se podrían llenar páginas y más páginas, pero la verdad es que yo tampoco fui tras de tí. En aquel momento había tantas complicaciones, Paula… los dos estábamos intentando aclararnos; además, tendría que haberte contado lo de Camila.
Paula pensó en ello durante unos segundos, y finalmente admitió:
—Esa información habría supuesto una gran diferencia.
—¿Pero habría cambiado el resultado final? En aquel entonces, no podía ni imaginarme tener otro hijo.
¿Había cambiado de idea al respecto? Paula sabía que era un hombre diferente, que había cambiado y había madurado, pero él mismo había admitido que no la había querido lo suficiente durante su matrimonio.
—Parecíamos incapaces de encontrar un término medio —siguió diciendo él—. Yo quería protegerte, pero tú pensabas que no lo necesitabas y creías que mis acciones pisoteaban tus sueños.
—Porque no me ayudaste a conseguir el puesto en el Alfonso's.
—Lo siento.
—No pasa nada, ahora entiendo tu comportamiento.
—Pero en aquel entonces no. Te hice daño, a pesar de que nunca fue mi intención. Lo siento.
Era obvio que ella le había importado hasta cierto punto, y Paula no entendía por qué no se había permitido amarla. ¿Acaso había tenido miedo? Su corazón pareció expandirse, y sintió un profundo dolor.
—Yo también lo siento —susurró.
Habían tenido tanto en sus manos, pero lo habían perdido. Ojalá hubieran hablado. Aunque quizás era así como tenía que ser, a lo mejor ambos habían necesitado la oportunidad de cambiar y madurar, para poder llegar a aquel momento concreto.
De repente, Zaira asomó la cabeza por la puerta y les dijo:
—Siento interrumpir, pero hay un incendio en la cocina.
Paula se levantó de un salto.
—Estás de broma, ¿verdad?
—Pues no.
Los tres fueron a toda prisa a la cocina, y se la encontraron llena de humo.
—Sólo era un poco de grasa, está controlado —les dijo Jaime, mientras abanicaba el aire con las manos.
En aquel momento, la pequeña impresora escupió varios pedidos.
—¿Podemos volver al trabajo? —dijo Paula—. ¿Está todo bajo control, o tengo que patearle el culo a alguien?
—Todo controlado —dijo Jaime.
El móvil de Pedro empezó a sonar, y él contestó de inmediato.
Paula se acercó al mostrador para limpiar los daños provocados por el fuego. Una sartén estaba deformada y dos platos de comida estaban para tirar, pero las llamas se habían apagado y el sistema de ventilación ya se había ocupado del humo.
—¿Estos platos iban a mesas diferentes?
Seguro que sí. Era inevitable, pero tenía derecho a hacerse ilusiones.
Zaira se encargó de hacer que se desvanecieran al confirmar la mala noticia.
—¡Preparen dos más ahora mismo!, ¡son nuestra prioridad! —Paula se volvió hacia Jaime, y vió que Pedro colgaba el teléfono. Al ver su expresión de preocupación, le preguntó—: ¿qué pasa?, ¿está bien Camila?
—¿Qué? Ah, sí, está bien. Era Dani, quiere que vaya a verla cuando salga del trabajo. Está bastante alterada, pero no ha querido explicarme qué ha pasado.
Uno de los camareros los interrumpió desde la puerta.
—Paula, tu familia se va, quieren despedirse.
—No podemos hacer nada por ahora —le dijo Pedro—. Vendré a recogerte antes de marcharme, y podemos ir juntos a tu casa.
—Seguramente es algún asunto familiar, así que me quedaré aquí hasta que hayas hablado con ella. Cuando acabes, puedes llamarme para avisarme de que tengo vía libre.
—Seguro que no es nada tan importante.
—Pedro, eso no lo sabes. Si Dani me quisiera allí, me habría pedido que fuera. Me quedaré aquí.
Paula volvió al trabajo, pero aunque parte de su cerebro procesaba detalles como el número de comensales y los pedidos que había que preparar, el resto de su mente se centró en el problema de Pedro.
¿Había renunciado a su matrimonio demasiado pronto?, ¿habrían aprendido ambos sus lecciones si se hubiera quedado? La de Pedro era aprender a dar con todo su corazón, y la suya creer que él quería que tuviera éxito. Habían recorrido un largo camino, pero no sabía si él podía quererla, quererla de verdad.
Paula se preguntó si era posible, o si estaba pidiendo demasiado.
Pedro estacionó detrás del coche de Federico y de una furgoneta que supuso que era de Agustín, y se dió cuenta de que Dani había convocado una reunión familiar. A lo mejor Paula había tenido razón, porque aquello parecía realmente serio.

Tentaciones Irresistibles: Capítulo 58

Paula no quería ni imaginarse a sus hermanas casadas adentrándose en el loco mundo de Zaira.
—Están centradas en el lujo de tener habitaciones para ellas solas y en tomarse un largo baño.
—Vaya, entonces no me interpondré entre la bañera y ellas —dijo Zaira, antes de salir a toda prisa de la cocina.
Después de mirar a su alrededor para asegurarse de que todo estuviera bajo control, Paula dejó a Jaime al mando y salió al comedor. Sonrió a Pedro, que estaba junto al puesto de la maître, y se acercó a la mesa con vistas al lago donde estaba su familia.
—Hola, ¿ya pidieron? —les dijo, mientras agarraba una silla vacía.
—No, aún no —contestó su padre—. Este sitio es fantástico, tiene unas vistas increíbles. ¿Nos habías dicho que estabas trabajando con tu ex marido?
—Ah, ¿vieron a Pedro? —dijo ella, mientras se esforzaba por aparentar calma y naturalidad. No quería que se le notara que había pasado buena parte de la tarde desnuda y pidiendo más.
—Sí que nos lo dijo, estoy segura de que lo mencionó —dijo su madre, antes de mirar hacia pedro y saludarlo con la mano—. Siempre pensé que había sido una pena que lo vuestro no funcionara. ¿Ha vuelto a surgir la chispa?
—No —contestó Paula, mientras rogaba que su madre hubiera perdido la capacidad de saber cuándo estaba mintiendo.
—Mamá, déjalo. Está claro que Paula ya lo ha superado y ha seguido con su vida. Va a tener un hijo ella sola, es la mujer moderna perfecta.
—Yo no diría tanto —protestó Paula, aunque agradeció el voto de confianza.
—Hablando del bebé —le dijo su madre—, ¿sigues queriendo que venga a pasar unas semanas contigo cuando nazca? No quiero entrometerme, o…
—Claro que quiero que vengas —se apresuró a decirle Paula—. Estaré más que agradecida por tu ayuda, me aterroriza intentar arreglármelas sola con un recién nacido.
—Lo harás muy bien, pero estoy muy contenta de poder ayudarte —dijo su madre, con una gran sonrisa—. Ya hablaremos de los detalles, ahora vamos a cenar.
Paula les hizo varias sugerencias, y después se levantó para volver a la cocina. Su madre quiso acompañarla.
—Cariño, has hecho un trabajo fantástico. Todos nos sentimos muy orgullosos y felices.
—Gracias. Me alegra saberlo, sobre todo después de todos los años que malgasté perdiendo el tiempo.
—No digas eso, nunca pensamos que estuvieras perdiendo el tiempo. Sólo estabas intentando encontrar un trabajo que te llenara, eso es todo.
—Pero dejé la universidad dos veces sin acabar la carrera, seguro que batí el récord de suspensos.
—Te negaste a conformarte, tanto tu padre como yo te admiramos por ello.
—¿En serio?
—Por supuesto. Lo único que siempre he querido es que mis hijas sean felices, y tú lo has conseguido. Clara y Sofía también, pero de una forma más tradicional. Ellas sabían lo que esperaban de sus vidas, pero tú no. Tú te forjaste tu propio camino, y para eso hace falta mucho valor.
Hasta aquel momento, Paula había creído que sus padres la veían como un auténtico fracaso, que se habían decepcionado por cada una de las paradas y de las salidas que había tenido a lo largo del camino, mientras intentaba averiguar lo que quería hacer con su vida.
—Gracias, mamá. Eres la mejor —le dijo, antes de darle un beso en la mejilla.
—Sólo pido la oportunidad de probar tus platos —bromeó su madre.
—Hecho.
Alejandra volvió a la mesa y Paula continuó hacia la cocina, pero Pedro la interceptó.
—He visto a tu familia.
—Sí, se me ha olvidado avisarte de que vendrían. Perdona —contempló su rostro, y pensó que estaba muy guapo bajo el juego de luces del restaurante—. Hola.
—Hola. ¿Cómo estás?
—Con ganas de ponerme a cantar ópera. ¿Y tú?
—Muy bien —Pedro señaló con la cabeza hacia la mesa donde estaba sentada su familia, y le preguntó—: ¿Te molesta si voy a saludarlos?, ¿o crees que la situación sería demasiado incómoda?
—No creo que haya problema, siempre les caíste bien.
—Vale, entonces lo haré —recorrió su brazo con la punta de los dedos, y añadió—: ¿Quieres que nos veamos luego?
—Perfecto.
Paula siguió hacia la cocina, pero de pronto, Zaira se interpuso en su camino y se llevó las manos a las caderas.
—Lo he visto —le dijo su amiga—. Lo he visto todo. La conversación íntima, las caricias… hay algo entre Pedro y tú.
—Claro que no. Bueno, a lo mejor sí que hay… algo, pero no es nada especial —si no contaba el hecho de que estaba enamorada de él, claro.
—¿Y…?
—¿Y qué? Lo he acompañado a ver a su hija, y ha decidido no decirle quién es. Ha sido muy duro para él, y al ver lo que pasaba…
—¿Qué?
—Que me ha conmovido.
—¡Ja! Eso no es lo único que está pasando aquí. Sé que hay algo más, pero no estoy segura de querer enterarme de los detalles. Sólo te pido que esta vez estés muy segura.
—¿Qué quieres decir?
—Asegúrate de lo que quieres, Paula. La última vez te marchaste, y eso no está bien porque se hiere a los que se quedan atrás.
Paula se quedó atónita ante aquella acusación tan injusta.
—No me marché. Bueno, técnicamente sí, pero lo hice porque a Pedro no le importaba lo más mínimo. Él mismo ha admitido que no me quería.
—No luchaste por él —Zaira levantó una mano para que no la interrumpiera—. Mira, lo siento. No necesitas que te eche un sermón, y además, no soy exactamente el mejor ejemplo, soy la reina de las huídas.
Paula no podía creer que estuvieran manteniendo aquella conversación.
—Yo no huí de Pedro.
—Sí que lo hiciste, y me parece bien. Lo único que te estoy diciendo es que si empiezas algo otra vez, te asegures de que estás dispuesta a comprometerte a largo plazo.
Zaira entró en la cocina, y Paula se quedó sin habla y molesta.
No había huido, Pedro  había desaparecido emocionalmente antes de que ella se marchara, y los problemas de su matrimonio no habían tenido nada que ver con ella… ¿o sí? Al entrar en la cocina, una vocecita en su cabeza le dijo que hacían falta dos personas para crear o romper una relación, que nadie tenía la verdad absoluta ni toda la culpa. Que quizás, sólo quizás, ella había tenido parte de culpa en lo que había pasado.
Dani detestaba todos y cada uno de los detalles que formaban parte del despacho de Gloria. El tamaño, la tremenda blancura… siempre que estaba allí, se sentía como si la hubieran llamado al despacho del director del colegio, a pesar de que en aquella ocasión había sido ella quien había pedido la cita.
Eran las siete y media de un sábado, y la mayoría de la gente estaba en casa con su familia o pasándolo bien con los amigos, pero su abuela era diferente. Gloria estaba en su despacho, y si quería hablar con ella, tenía que ir a verla allí.
—Ya puede entrar —le dijo la secretaria, al abrir la puerta del despacho.
Dani le dió las gracias con una sonrisa. Su abuela tenía varias secretarias, porque con sus horarios de trabajo no tenía bastante con una.
—Hola, Dani. Me complace que hayas venido —le dijo Gloria.
Estaba sentada detrás de su enorme y blanquísima mesa, y no se levantó ni hizo gesto alguno para darle la mano ni abrazarla. En el despacho su relación era estrictamente profesional, allí no eran familiares.
—Me he tomado la libertad de comprobar los balances de la hamburguesería —siguió diciendo Gloria, mientras le indicaba con un gesto que se sentara—. Están bastante bien, así que no creo que haya ningún problema en ese sentido, ¿no?
—No.
Dani había elegido con cuidado la ropa para el encuentro, y se había puesto un traje pantalón con una camisa de seda. Se mantuvo sentada en el borde de la silla, con la espalda muy recta.
—La hamburguesería va bien, y por eso quería verte. Gloria, ya llevo bastante tiempo en ese local, y no me queda nada por aprender allí. Estoy lista para ascender en la empresa.