martes, 3 de febrero de 2015

Eternamente Juntos: Capítulo 50

—Gracias por la confianza que tienes en mí, mamá. Es justo lo que a una chica le gusta oírle decir a su madre.
—Paula,  no eres insegura, eres inmadura —dijo Alejandra—. Has tenido todo lo que se puede comprar con dinero y sigue sin ser suficiente para tí. Por el amor de Dios, ¿qué más quieres de nosotros?
Paula sintió unas lágrimas aflorar a sus ojos.
—Lo que quiero es que me acepten tal y como soy. ¿Es pedir demasiado?
—Estás diciendo tonterías otra vez, Paula. Tu padre y yo hemos hecho lo que hemos podido por apoyarte, pero pareces incapaz de reconocerlo.
—¿Me quieres, mamá? —preguntó ella.
—¿Qué clase de pregunta es ésa?
—La clase de pregunta que una hija insegura siente la necesidad de hacer de vez en cuando.
—Paula, no le encuentro sentido a esta conversación —declaró Alejandra—. De todos modos, claro que te quiero. Eres mi hija.
—¿Y papá, me quiere?
—Paula, por favor, esto es ridículo… :
—¿Me quiere?
—Claro que te quiere.
—Nunca me lo ha dicho. No me lo ha dicho ni una sola vez.
—Ya sabes que tu padre no es expresivo respecto a sus sentimientos —contestó Alejandra.
—Pero es muy cariñoso con Gonzalo.
—Sí, pero eso debe de ser porque Gonzalo es un chico —dijo su madre—. Y ahora, deja de hacer preguntas tontas. Hasta esta noche, a las siete.
—Mamá…
—Paula, tengo que ir a ver cómo va el asado.
—¿Es una pierna de cordero más importante que tu propia hija?
Alejandra lanzó un suspiro.
—¿Tienes problemas con Pedro?
—No —mintió Paula—. Es sólo que estoy algo sentimental.
«Y creo que estoy embarazada, pero no sé quién es el padre», añadió Paula para sí.
—Pedro es un buen hombre, Paula. Muy pocos matrimonios sobreviven después de que la esposa haya sido infiel. Deberías estar muy agradecida, mucho.
—Lo estoy.

Eternamente Juntos: Capítulo 49

—Facundo, Pedro  no me ha perdonado. No estamos juntos otra vez, sólo fingimos estarlo por Bruno y por Gonzalo.
Paula le explicó la situación y luego añadió:
—Esto va a complicar mucho las cosas. Necesito comprender cómo ocurrió, ya sabes que no recuerdo nada.
—Ya te dije lo que pasó.
—Dímelo otra vez, con todo detalle. No me importa lo embarazoso que pueda ser. Tengo que comprender qué fue lo que me condujo a…
—Lo siento, pero tengo que dejarte, Paula. Estoy esperando una llamada de Mischa en cualquier momento.
—Facundo, por favor, yo…
—Déjalo ya, Paula —dijo Facundo, interrumpiéndola—. No tiene sentido seguir por este camino. Tengo que dejarte. Adiós.
Paula se quedó mirando a su teléfono móvil, sin comprender su silencio.

La casa estaba muy silenciosa cuando regresó, lo que la hizo sentirse desesperadamente sola.
Subió a la habitación, sacó del bolso la caja con lo necesario para la prueba del embarazo y se la quedó mirando durante unos segundos. Quería saber si estaba embarazada y, al mismo tiempo, olvidarse de todo. Era una cobardía, lo sabía, pero acabó metiendo la caja en el cajón donde guardaba su ropa interior, debajo de las prendas de encaje y seda.
Lanzó un suspiro, se acercó a la cama, donde había dejado el bolso y sacó el teléfono móvil.
—Mamá, ¿tienes tiempo para hablar un momento? —preguntó Paula cuando su madre se puso al aparato.
—Ah, me alegro de que hayas llamado, Paula—dijo Alejandra en tono animado—. Te he llamado hace un rato, pero estabas comunicando. He hablado con Pedro para invitarlos a que vengan  a cenar esta noche y ha aceptado la invitación.
—Por lo que tengo entendido, no sería la primera vez —comentó Paula con cierta ironía.
—Espero que no estés enfadada porque hayamos seguido viéndonos con él —su madre suspiró—. Pedro ha consentido que vuelvas con él y deberías estar agradecida, aunque no sé cuánto tiempo va a durar la reconciliación.
A Paula le dió un vuelco el corazón.
—¿Por qué dices eso? —preguntó Paula.
—Ya sabes cómo eres, Paula. Me da miedo que vuelvas a estropear las cosas.

lunes, 2 de febrero de 2015

Eternamente Juntos: Capítulo 48

—Hola, Facundo —Paula  se apretó el móvil al oído para amortiguar el ruido de los estudiantes que pasaban por el estudio—. Soy yo, Paula.
—Ah, hola, Paula—respondió Facundo—. Iba a llamarte. Quería que fueras tú la primera en recibir la noticia.
—¿Qué noticia?
—Me voy a vivir a Canadá. Me voy a casar. Me iré dentro de un mes más o menos.
—Felicidades. Mi madre mencionó algo respecto a que estabas viéndote con alguien del extranjero. No sabes cuánto me alegro por tí.
—Gracias, Paula—Facundo se aclaró la garganta—. He oído que tú y Pedro volvieron.
—Sí. Estoy muy contenta.
—Estupendo. Estupendo.
—Facundo, ¿te parece que podríamos vernos para charlar un rato? ¿Mañana o así?
—Estoy bastante ocupado; ya sabes, planificando la boda y esas cosas…
—Es muy importante —dijo ella—. ¿Y esta noche?
—Escucha, Paula , lo mejor es que lo olvidemos todo. Es agua pasada, ¿de acuerdo?
—Creo que estoy embarazada.
—Eso es maravilloso, Paula—dijo Facundo—. Es absolutamente maravilloso. Me alegro mucho por tí. Siempre has querido tener un hijo.
—Facundo… no lo entiendes —Paula tragó saliva—. Podría ser tuyo…
Se hizo un tenso silencio.
—Facundo, ¿me has oído?
—Sí… Sí, te he oído.
—No sé qué hacer. Estoy muy asustada.
—Paula, no puede ser mío.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —preguntó ella.
—¿De cuántas semanas estás?
—No lo sé, aún no me he hecho siquiera la prueba del embarazo. Lo he estado retrasando. Tengo miedo de decírselo a Pedro.
—Deberías ir a que te viera un ginecólogo —dijo él—. Estoy seguro de que me dejará fuera cuando eche las cuentas.
Se hizo otro silencio.

Eternamente Juntos: Capítulo 47

Paula sacudió la cabeza, aún sin mirarle. Pedro se acercó de nuevo a la cama, le alzó la barbilla y la obligó a mirarle a los ojos.
—Haré que te traigan un coche lo antes posible —dijo él—. Puedes disponer de él el tiempo que quieras.
—No quiero un coche, Pedro. No me parece bien —respondió Paula.
Pedro se enderezó.
—Considéralo un pago por los servicios prestados —dijo él pasando los ojos por su cuerpo.
Los ojos de Paula echaron chispas de furia.
—Lo que has dicho es repugnante.
Pedro arqueó las cejas.
—Pero acertado, ¿no?
—No —respondió ella cerrando las manos en dos puños—. La única razón por la que me he acostado contigo es por…
—¿Por qué, Paula? ¿Por recordar viejos tiempos?
Paula  se pasó la lengua por los labios.
—Sabes perfectamente por qué lo he hecho —dijo ella en voz baja.
—Porque no has podido resistirlo, ¿verdad? —Pedro esbozó una sonrisa burlona—. Porque eres una mujer a quien le resulta difícil saciarse sexualmente y siempre estás a la búsqueda de alguien con quien acostarte, ¿no?
—No, no es eso en absoluto.
Pedro dió un paso en dirección al cuarto de baño.
—No tengo problemas en tenerte ocupada durante las seis próximas semanas, incluso un par de meses; pero, después de eso, nos divorciamos.
—No voy a volver a acostarme contigo —declaró Paula  alzando la barbilla con gesto desafiante antes de taparse la cabeza con la sábana.
Pedro, riendo, fue al cuarto de baño y cerró la puerta tras de sí.
Después de que Pedro se marchara a trabajar y antes de levantarse, una idea acudió a la mente de Paula . La rechazó al instante, no quería pensar, ni por un momento, que Facundo, intencionadamente, hubiera querido destruir su reputación y su matrimonio. Sin embargo, la idea seguía ahí. Sí, le había hablado de sus problemas a Facundo en numerosas ocasiones durante los primeros meses de su matrimonio, le había confesado que sospechaba que Pedro le era infiel durante sus viajes de trabajo, y Facundo siempre se había mostrado comprensivo con ella. No tenía razón para creer que podría traicionarla cuando llevaba siendo amigo íntimo suyo tanto tiempo.
Pero ya no tenía tanta confianza con Facundo como en el pasado, se recordó a sí misma con pesar. Facundo se había convertido en un extraño, hacía semanas que no sabía nada de él.
Sin embargo, Paula sabía que Facundo tenía derecho a saber que, en caso de estar embarazada, él era uno de los dos hombres que podían ser el padre de la criatura.
De camino a la escuela, iba a comprar el aparato para hacerse la prueba del embarazo… Y también iba a llamar a Facundo.

domingo, 1 de febrero de 2015

Eternamente Juntos: Capítulo 46

Pedro le humedeció los labios con su propia lengua; después, apartó la cabeza para mirar el efecto.
—¿Crees que son imaginaciones mías el temblor de tu cuerpo? —preguntó él cubriéndole un pecho.
—Yo… no estoy temblando.
—¿Crees que son imaginaciones mías la forma como te abres de piernas para que yo pueda hacer esto?
«¡Oh, Dios mío!», exclamó Paula  en silencio cuando un largo dedo de Pedro la penetró. No podía negar lo que Pedro  la hacía sentir. Se sintió derretir cuando Pedro sustituyó el dedo con su miembro, llenándola y haciéndola gritar de placer.
—¿Son imaginaciones mías el placer que te proporciono, Paula? —preguntó Pedro incrementando el ritmo de sus movimientos.
—No… no… no…
—Entonces, es verdad, ¿no? Es verdad que me deseas con desesperación, ¿verdad, Paula?
—Sí… sí…
Paula se puso tensa cuando él, conteniendo sus movimientos, la mantuvo al borde del precipicio.
—Por favor… por favor… ¡Ya!
Pedro la llevó al éxtasis con un profundo empujón, dejándola después como una muñeca de trapo en sus brazos. Paula sintió el estallido de él dentro de su cuerpo, el aroma del acto sexual embriagándola.
De nuevo, Paula se arrepintió de haberse traicionado a sí misma y una profunda tristeza se apoderó de ella.
Por fin, Pedro se separó de ella y se levantó de la cama.
—Tengo que irme a trabajar —dijo él—. ¿Quieres que te lleve de paso a la escuela?
Paula se cubrió el cuerpo con la sábana.
—No, iré en tren—respondió ella evitando su mirada.
—¿Y tu coche?
—He tenido que venderlo.
Pedro frunció el ceño.
—¿Por qué?
Paula se encogió de hombros.
—Necesitaba el dinero para comprar pintura y lienzos.
—Si quieres, puedo proporcionarte un coche, ¿qué me dices?

Eternamente Juntos: Capítulo 45

Paula se despertó al amanecer, Pedro dormía a su lado, sus facciones estaban relajadas. Anhelaba acariciarle, como tantas veces haría hecho en el pasado. El leve roce de la yema de un dedo era lo único que Pedro había necesitado rara volverse hacia ella, completamente erecto; con sus oscuros ojos brillando de pasión.
Paula se humedeció los labios con la lengua al recordar las veces que le había saboreado, provocando una reacción en él que había aumentado su propia pasión.
Abrió los ojos y cerró las manos, tan cerca de los muslos de Pedro. La tentación estaba ahí, sólo un leve movimiento y le tocaría, sentiría el fluir de su sangre como reacción a la caricia…
Paula, sorprendida, parpadeó cuando, de repente, Pedro le agarró la mano y se la llevó a la entrepierna. Pedro aún tenía los ojos cerrados y lanzó un gruñido de puro placer cuando los dedos de ella, instintivamente, le exploraron.
—Sí, querida… Así es como me gusta…
A Paula e se le secó la garganta al sentir cobrar vida al engordado miembro. Impulsivamente, arrimó el rostro al cuerpo de Pedro y le besó los pezones antes de acariciarle el vientre con la lengua. Le sintió tomar aire y contenerlo en los pulmones, le sintió tensar los músculos del vientre mientras ella descendía con su boca hasta tomarle el miembro en ella. Le oyó gemir mientras le conducía al paraíso y tragaba la evidencia.
Pedro se estiró lánguidamente antes de capturar los ojos de ella con los suyos.
—Estoy empezando a pensar que quizá debiéramos prolongar nuestra reconciliación a seis meses, en vez de seis semanas —dijo él con una tentadora sonrisa—. ¿Qué te parece, Paula? ¿Quieres tener una aventura amorosa conmigo antes de que nos divorciemos?
Paula sabía que se había traicionado a sí misma al hacer lo que acababa de hacer. Le disgustaba que, al cabo de unos segundos de haber alcanzado aquel sumo placer, Pedro mencionara el divorcio, recordándole la precariedad de su puesto en la vida de él. Al final de su relación con él, fuera la que fuese, le esperarían unos papeles que tenía que firmar y seria mejor que no lo olvidara.
—Debes de estar bromeando.
Pedro le puso una mano en el hombro para evitar que ella se diera la vuelta.
—Piénsalo, querida. El sexo entre los dos es bueno. Me vuelves loco de deseo con sólo mirarme de la forma que lo estás haciendo ahora.
—Yo no te estoy mirando de ninguna forma.
—Sí, claro que sí. Me miras con deseo, como si jamás pudieras saciarte de mí.
—Eso son imaginaciones tuyas.

Eternamente Juntos: Capítulo 44

—He notado que no te has tomado la molestia de utilizar un preservativo. Espero que no me pases ninguna infección que te haya podido pasar alguna de tus numerosas amantes.
—Si a alguno de los dos debiera preocuparle eso, sería a mí en todo caso —respondió él fríamente.
Ella le lanzó una gélida mirada.
—Eres un sinvergüenza.
—No has respondido a mi pregunta. ¿Estás tomando la píldora sí o no?
Paula evitó mirarle a los ojos. Hacía semanas que no tomaba la píldora.
—Paula…
—Ah, sí… no te preocupes, no hay peligro.
—Si hay alguna duda, será mejor que me lo digas ya —insistió Pedro—. Si concibieras, sería muy difícil…
—Vamos, dilo, Pedro. No te molestes en ahorrarme sufrimiento —dijo ella con amargura.
—No sé a qué te refieres. Lo único que iba a decir es que…
—Sé lo que ibas a decir —le interrumpió Paula—. Ibas a decir que sería muy difícil saber quién es el padre, ¿no?
—Por lo que sé, eso sería muy fácil de resolver, sólo se necesitan unas sencillas pruebas, nada más. Pero no, no iba a decir eso.
Paula se retractó:
—Ah, yo… perdona. Creía que…
—Iba a decir que sería muy difícil seguir con el proceso de divorcio si te quedaras embarazada. ¿No te parece?
Sorprendida, Paula le miró fijamente a los ojos.
—¿Estás loco?
—No, no estoy loco. Sólo pienso en la posibilidad de un recién nacido en medio de un divorcio —contestó Pedro.
—Un niño no es algo con lo que solucionar problemas matrimoniales —dijo ella—. Además, creo que nada podría ser peor para un niño que criarse con unos padres que se odian.
—¿Qué harías si ocurriera?
—¿Si me quedara embarazada?
El asintió.
Paula tragó saliva mientras trataba de recordar la última vez que había tenido el periodo y se vió presa del pánico cuando sumó las semanas.
¿Era posible que hubiera transcurrido tanto tiempo?
Prefirió no pensar en ello.
—No va a ocurrir, Pedro—dijo ella, preguntándose si no habría ocurrido ya.
Hacía dos meses que no menstruaba, lo que significaba… ¡No, no! ¿Sería posible que ni siquiera pudiera estar segura de quién era el padre?
Pedro frunció el ceño al ver la expresión confusa y abatida de Paula. De repente, se había puesto muy pálida.
—Vete a la cama, Paula, se te ve muy cansada. Tienes cara de no haber dormido en semanas.
«Ocho semanas sin el periodo», pensó Paula mientras se dirigía hacia la puerta.
—¿Vienes tú también? —preguntó ella.
—¿Todavía no te sientes satisfecha, Paula? —preguntó él con expresión insinuante.
Paula enderezó los hombros y le miró a los ojos.
—No me daré por satisfecha hasta que no me mires con respeto en vez de con odio en los ojos —respondió ella.
Pedro esbozó una sonrisa burlona.
—En ese caso, tesoro, vas a tener que esperar sentada.
—No me llames tesoro, no soy tu tesoro —dijo ella enfadada—. Más bien, soy el trapo con el que te limpias los pies.
Pedro la miró sin compasión.
—Ni yo mismo lo habría explicado mejor —dijo él con sonrisa sardónica.
Tras esas palabras, Pedro salió de la estancia, cerrando la puerta tras de sí sigilosamente.