Él le dijo algo a Karadis en Griego, Karadis respondió y después echó a reír antes de volverse hacia Paula.
—Me ha encantado conocerte, Paula, pero debo marcharme. Espero que volvamos a vernos pronto.
—Lo mismo digo —respondió ella, y lo observó alejarse.
—Conmovedor, pero ¿por qué tienes que esconderte y flirtear con todos los hombres mayores con los que te cruzas? —gruñó Pedro.
—No estaba flirteando ni me estaba escondiendo. Sólo pretendía tomar un poco el fresco —pero ver a Pedro con el cuello de la camisa abierto no ayudaba en absoluto a refrescarse.
En los últimos días, con Pedro, había aprendido a comprender mejor a su tía. Al parecer las dos compartían una misma pasión por los hombres griegos y por las plantas, pensó, sonriendo.
—Si tú lo dices —repuso él, y se encogió de hombros, pero ella supo que aún seguía enfadado—. Podrás tomar todo el aire que quieras en el helicóptero. Es hora de que nos despidamos de los invitados y nos marchemos a Zante —y tomándola de la mano, la llevó con el resto de la gente.
Poco después, Paula bajó del helicóptero que había aterrizado sobre el tejado de un edificio.
—¿Dónde estamos? —preguntó.
—En nuestro hotel —respondió él.
Un extraño cosquilleo en la espalda fue lo que sacó a Paula de un profundo sueño. Cuando abrió los ojos vio un pecho masculino frente a ella, y suspiró antes de darse la vuelta.
—Por fin te despiertas —dijo él, sonriendo y rodando sobre ella—. Empezaba a pensar que tendría que comenzar sin tí.
Pala no tenía duda alguna de su excitación, pues podía notar su erección perfectamente contra su muslo.
—Eres insaciable —murmuró ella, sonriendo lánguidamente.
—Tal vez, pero todos los hombres tienen erecciones por las mañanas. Es algo terrible que soportamos como podemos —explicó él, burlón, mientras le acariciaba un pecho.
—¿En serio? No lo sabía —respondió ella, y suspiró ante la deliciosa sensación que empezaba a inundar todo su cuerpo.
—Entonces tienes que haber sido muy poco observadora con los hombres que han pasado por tu vida. Lo cual me recuerda... —se distrajo jugueteando con sus pechos—. Tuve una charla con Liz sobre lo de levantaros a las cinco de la mañana, y los dos estuvimos de acuerdo en que sería mejor para todos que vuestro empleado se ocupase de ese turno.
—¿Que has hecho qué? —Paula se puso tensa ante aquella declaración—. No tienes por qué hablar de mi negocio a mis espaldas con nadie. No tengo ningún problema con los turnos tal y como los tenemos establecidos, al igual que Liz hasta que tú dijiste nada.
—Si hubiera creído que las dos estabais contentas con las cosas tal y cómo las llevabais, no habría interferido, pero sé que a Liz no le gustan demasiado. Sólo alterna los turnos contigo porque sois amigas.
—¿Te dijo eso? —Paula estaba asombrada—. Nunca me ha dicho nada.
—Como te he dicho antes, Paula, se te da muy bien lo de meter la cabeza en un agujero y ver sólo lo que quieres ver.
—Pero le he preguntado cientos de veces si le importaba, y siempre dijo que no...
—Probablemente porque no quiere aprovecharse de su situación de casada y con un hijo, pero seguro que ha pasado muchas malas noches con el niño y después ha tenido que levantarse al alba para trabajar.
—¡Demonios! —juró Paula. ¿Por qué no le habría insistido más a Liz? Lo cierto era que a ella tampoco le gustaba ese turno—. Tienes razón —admitió avergonzada.
A Pedro se le iluminaron los ojos, y volvió a acariciarle como antes.
—Como casi siempre —bromeó—, pero basta de peleas —le besó suavemente en los labios mientras le acariciaba el pezón con los dedos. Ella se relajó y se dejó vencer por el placer—. Como consolación, te diré que tú también tenías razón en lo de que soy insaciable. Y sé que te encanta —ella vió sus ojos brillar de pasión antes de que la besara lenta y sensualmente.
Media hora después, ella rechazó su oferta de ir a ducharse con él. Con el cuerpo aún tembloso por el tórrido encuentro sexual que acababan de tener, se quedó tumbada en la cama un rato más. Era lunes por la mañana y, desde que llegaron el sábado por la noche, apenas habían salido de la cama.
Pedro le había mostrado una nueva dimensión de su sexualidad mostrándole algo que ella desconocía por completo. Ella había amado a Alan, y recordaba haber llorado después de la primera noche que pasaron juntos de la emoción. Hacían el amor con frecuencia, y aunque ella no siempre llegaba al orgasmo, no le importaba porque se sabía amada. Su muerte le había provocado un dolor horrible que casi no pudo superar, y había decidido no volver a pasar nunca por algo así.
Pero Pedro no le provocaba esas emociones, y ningún deseo de llorar. La había conducido por todos los caminos del erotismo hasta volverla loca de deseo, pero la única emoción que provocaba en ella era un arrebato carnal de devorarlo entero. ¿En qué la convertía eso?
Paula se levantó y se cubrió con una toalla para ir hacia la ventana con vistas al mar. Oyó el ruido del agua de la ducha y se imaginó a Pedro desnudo bajo el chorro.
Se contestó a sí misma yendo hacia el baño: probablemente fuera la esposa perfecta para Pedro, el mujeriego que consideraba el matrimonio como un negocio más. Los dos querían sacar algo de aquella unión, pero el amor no entraba en la ecuación. A Paula no le parecía mal del todo. Se quitó la toalla que la cubría y fue a la ducha con Pedro.
domingo, 16 de noviembre de 2014
sábado, 15 de noviembre de 2014
Casada por Obligación: Capítulo 28
Sin la presencia de Pedro a su lado desde hacía horas, Paula miró a la multitud que la rodeaba, incrédula. Se acababan de casar en los jardines de su casa de Grecia, y si eso era lo que él consideraba una fiesta sencilla, intentaría no estar cerca cuando organizase una grande.
Había cerca de doscientas personas. Ella llevaba un vestido color marfil con corpino de un famoso diseñador. Pedro y ella se habían sentado juntos para presidir el impresionante banquete y después abrieron el baile en el centro de la terraza.
Paula miró por un momento a su ya marido. Un grupo de hombres lo habían arrastrado al centro de la pista de baile, se habían quitado las chaquetas y estaban bailando una danza tradicional griega. La música y los gritos la ensordecían, pero estaba tan sexy que la cabeza empezó a darle vueltas. Apartó la cabeza y vio el balcón del nivel superior, cuyas columnas de mármol estaban rodeadas por una vieja parra. Fue hacia allí y se recostó contra una de las columnas. El frío del mármol le sentaba bien.
Lo había hecho: estaba casada y todo el mundo era feliz. Theo estaba radiante. Sonrió al recordar la alegría del anciano cuando la recibió el día anterior. El abuelo de Pedro, con su gentileza, la había ayudado mucho a calmar los nervios que sentía por casarse con Pedro.
La noche anterior y a pesar de las protestas de Pedro, le habían dado una habitación para ella sola. Paula se había alegrado de tener su propio espacio después de haber pasado las dos noches anteriores en la cama con Pedro. Adoptar la actitud sofisticada de cara al sexo de Pedro era mucho más difícil de lo que había pensado.
Por la mañana y para su sorpresa, Theo le llevó el desayuno a la habitación y le dijo básicamente que Pedro era un buen hombre y que estaba seguro de que la quería. Pero también sabía que podía ser demasiado agresivo cuando deseaba algo, y que si Paula tenía dudas acerca de casarse con él, debería decirlo.
Paula lo tranquilizó y le pidió disculpas por haberle mentido en Londres; la excusa que le dio era que Chris estaba en esos momentos saliendo con Jan. Theo pareció aceptar la historia, pero ella supo que el hombre veía mucho más allá de lo que Pedro creía.
—Disculpe... —un hombre mayor muy atractivo y con una abundante melena blanca estaba frente a ella—. Me preguntaba si podría hablar con usted.
—Por supuesto... Usted es el señor Karadis, ¿verdad? —recordaba su nombre porque cuando lo había visto en la fila de invitados que acudían a felicitar a los novios, él había parecido muy sorprendido al verla. En esos momentos, el hombre estaba acompañado por su esposa y alguien de la edad de Pedro, más o menos, en silla de ruedas.
—Usted es... o era... Paula Chaves, ¿verdad?
—Sí, ¿por qué? —al ver cómo los ojos del hombre se llenaban de emoción, Paula se preguntó si debía hablar con un extraño...
—Usted es la... ¿cómo se dice? ¿Sobrina? De mi preciosa Mary, ¿verdad?
Cinco minutos más tarde, Paula tenía los ojos llenos de lágrimas mientras agarraba las manos del hombre entre las suyas. Él había sido el amante de su tía Mary durante cuarenta años, y si no había dejado a su mujer, había sido por su hijo enfermo. Paula habló al hombre del testamento de su tía y de la casa de Zante, y los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Disculpa a este viejo, pero ahora sé que mantendrás vivo su recuerdo en ti y que guardarás nuestro secreto —se inclinó y la besó en la mejilla—. Si alguna vez necesitas algo, llámame.
¿Dónde demonios se había metido? Pedro, que caminaba hacia la casa, se detuvo de inmediato. Su esposa desde hacía pocas horas estaba en el balcón con Karadis, agarrados de las manos mientras él le besaba en la mejilla. Demonios, acababa de conocer a aquel hombre, que probablemente fuera el único en toda Grecia tan rico como Pedro. ¿Qué tenía Paula para los hombres mayores? Theo había caído presa de su embrujo con sólo mirarla y Karadis, un hombre conservador, lo había imitado.
—Así que aquí es donde te escondías —dijo, y Paula levantó la cabeza al oír la voz de Pedro.
Estos caps se los dedico a @mimiroxb, que sé que le encanta la nove.
Había cerca de doscientas personas. Ella llevaba un vestido color marfil con corpino de un famoso diseñador. Pedro y ella se habían sentado juntos para presidir el impresionante banquete y después abrieron el baile en el centro de la terraza.
Paula miró por un momento a su ya marido. Un grupo de hombres lo habían arrastrado al centro de la pista de baile, se habían quitado las chaquetas y estaban bailando una danza tradicional griega. La música y los gritos la ensordecían, pero estaba tan sexy que la cabeza empezó a darle vueltas. Apartó la cabeza y vio el balcón del nivel superior, cuyas columnas de mármol estaban rodeadas por una vieja parra. Fue hacia allí y se recostó contra una de las columnas. El frío del mármol le sentaba bien.
Lo había hecho: estaba casada y todo el mundo era feliz. Theo estaba radiante. Sonrió al recordar la alegría del anciano cuando la recibió el día anterior. El abuelo de Pedro, con su gentileza, la había ayudado mucho a calmar los nervios que sentía por casarse con Pedro.
La noche anterior y a pesar de las protestas de Pedro, le habían dado una habitación para ella sola. Paula se había alegrado de tener su propio espacio después de haber pasado las dos noches anteriores en la cama con Pedro. Adoptar la actitud sofisticada de cara al sexo de Pedro era mucho más difícil de lo que había pensado.
Por la mañana y para su sorpresa, Theo le llevó el desayuno a la habitación y le dijo básicamente que Pedro era un buen hombre y que estaba seguro de que la quería. Pero también sabía que podía ser demasiado agresivo cuando deseaba algo, y que si Paula tenía dudas acerca de casarse con él, debería decirlo.
Paula lo tranquilizó y le pidió disculpas por haberle mentido en Londres; la excusa que le dio era que Chris estaba en esos momentos saliendo con Jan. Theo pareció aceptar la historia, pero ella supo que el hombre veía mucho más allá de lo que Pedro creía.
—Disculpe... —un hombre mayor muy atractivo y con una abundante melena blanca estaba frente a ella—. Me preguntaba si podría hablar con usted.
—Por supuesto... Usted es el señor Karadis, ¿verdad? —recordaba su nombre porque cuando lo había visto en la fila de invitados que acudían a felicitar a los novios, él había parecido muy sorprendido al verla. En esos momentos, el hombre estaba acompañado por su esposa y alguien de la edad de Pedro, más o menos, en silla de ruedas.
—Usted es... o era... Paula Chaves, ¿verdad?
—Sí, ¿por qué? —al ver cómo los ojos del hombre se llenaban de emoción, Paula se preguntó si debía hablar con un extraño...
—Usted es la... ¿cómo se dice? ¿Sobrina? De mi preciosa Mary, ¿verdad?
Cinco minutos más tarde, Paula tenía los ojos llenos de lágrimas mientras agarraba las manos del hombre entre las suyas. Él había sido el amante de su tía Mary durante cuarenta años, y si no había dejado a su mujer, había sido por su hijo enfermo. Paula habló al hombre del testamento de su tía y de la casa de Zante, y los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Disculpa a este viejo, pero ahora sé que mantendrás vivo su recuerdo en ti y que guardarás nuestro secreto —se inclinó y la besó en la mejilla—. Si alguna vez necesitas algo, llámame.
¿Dónde demonios se había metido? Pedro, que caminaba hacia la casa, se detuvo de inmediato. Su esposa desde hacía pocas horas estaba en el balcón con Karadis, agarrados de las manos mientras él le besaba en la mejilla. Demonios, acababa de conocer a aquel hombre, que probablemente fuera el único en toda Grecia tan rico como Pedro. ¿Qué tenía Paula para los hombres mayores? Theo había caído presa de su embrujo con sólo mirarla y Karadis, un hombre conservador, lo había imitado.
—Así que aquí es donde te escondías —dijo, y Paula levantó la cabeza al oír la voz de Pedro.
Estos caps se los dedico a @mimiroxb, que sé que le encanta la nove.
Casada por Obligación: Capítulo 27
Pedro era todo masculinidad, y ella ya sabía de sus proezas sexuales. Lo que le sorprendía era ser capaz de igualarlo y disfrutar con él aún sin tener ningún lazo emocional con la persona con la que estaba teniendo sexo. Tal vez se estuviera convirtiendo en una mujer sofisticada, pero no era momento para pensar eso... Pedro volvía a mirarla de ese modo, así que se apartó un poco de él y cuadró los hombros.
—Antes de que llegaras, estaba buscando algo.
—Por eso estabas agachada y vi tu trasero en esa posición tan provocativa —rió él.
—Bueno, mi colgante no está bajo la mesa —repuso ella, que no se lo estaba pasando tan bien—. Debe haber rebotado por aquí, así que ten cuidado con dónde pisas. No quiero que se rompa; me lo regaló Alan cuando cumplí los veintiún años.
Pedro se quedó helado ante la revelación de Paula. Hasta ese momento estaba más que satisfecho; Paula le respondía sexualmente y había accedido a casarse, pero ya no estaba tan contento. El que ella pudiera cambiar de registro tan rápidamente, de un sexo tan intenso a su marido fallecido en tan poco tiempo, no resultaba halagador para su ego masculino.
—Te ayudaré a buscar —dijo, pero la triste sonrisa de Paula lo enfadó aún más. Miró a su alrededor y enseguida vió el colgante. Como si nada, dio un paso y lo pisó—. Oh, vaya. Parece que lo he encontrado —se agachó y tomó el estropeado colgante del suelo para dárselo a ella—. Lo siento mucho, Paula —no estaba orgulloso de sus actos, pero todo valía en la guerra y en el amor. ¿Amor? ¿De dónde demonios había salido esa palabra? Amor no era una palabra que estuviera en su vocabulario... —. Tengo que ducharme y cambiarme —dijo, sintiéndose ahogado de repente—. Te compraré otro colgante.
—No es necesario —respondió ella, mirando el último vínculo físico que la unía a Alan. Bueno, aún tenía la casa y no quiso sentirse culpable por mentir a Pedro.
—Como quieras —dijo él, pero no pudo mirarla a los ojos y Paula sintió que había roto el colgante a propósito—. Me apetece una taza de café, pero no te molestes en preparar nada para comer. Tengo que trabajar un rato y después podemos salir a cenar —dijo empezando a desabotonarse la camisa.
¡Cómo podía irritarla tanto! Ella no había tenido intención de cocinar para él y estuvo a punto de decírselo, pero al final se contuvo. No había pensado en cómo sería el vivir con Pedro, pero estaba obligada a ello. En tres días serían marido y mujer, y si no quería que su vida fuera un infierno, tendría que ignorar los motivos de su matrimonio y mantener una relación civilizada. Cerró el puño sobre el colgante... el fin de una era...
—De acuerdo. Iré a prepararte el café —y salió de la habitación. En su frágil estado, no necesitaba verlo desnudo, y se marchó corriendo a la cocina.
Más tarde, en un bonito restaurante, disfrutando de una deliciosa taza de café tras una deliciosa cena, Dulce se permitió una sonrisa.
—¿Qué es lo que te divierte? —preguntó Pedro tomando un sorbo de brandy de su copa.
—Estaba pensando que es irónico acabar en este restaurante, donde había pensado traer a mi padre a comer el día de su cumpleaños. Al final, acabé contigo y dentro de unos días estaremos casados, pero ésta es nuestra primera cita. ¿No te molesta no saber nada de mí, Pedro?
La cena había sido maravillosa y Paula había descubierto que Pedro era un agradable compañero e ingenioso conversador, cuando no intentaba arrastrarla a la cama...
—En absoluto —dejó su copa sobre la mesa y le cubrió la mano con la suya—. Sé lo que necesito: eres una mujer preciosa y sexy. Sé que somos compatibles en lo sexual; hay una química indudable entre nosotros. Te derrites cuando te toco, y a mí me pasa lo mismo. Eso es un punto a favor en cualquier matrimonio. En cuanto al resto... Tenemos toda una vida para llegar a conocernos.
A Paula le ardían las mejillas. La tensión sexual volvía a instalarse entre ellos y ella suspiró aliviada cuando él calló, pero pronto retomó la palabra:
—Los dos queremos lo mismo: tener uno o dos niños y formar una familia a la vez que hacemos a nuestras propias familias felices.
—¿Eso te parece bastante?
—Es mucho más de lo que la gente aspira a conseguir en estos días —repuso él—. La gente tiene hijos sin dar más importancia a la decisión que a la de comprarse un abrigo, y por eso se liberan de la responsabilidad con la misma facilidad con que se quitan una prenda —se inclinó hacia delante—. Paula, aunque ahora viajo mucho, en cuanto tengamos un hijo reajustaré mi agenda para pasar tiempo con él. No seré un padre ausente.
Su comentario la sorprendió, y no supo decir si le resultaba tranquilizador o no. Entonces Pedro se levantó, dejó varios billetes sobre la mesa y alargó la mano para tomar la suya y marcharse.
A la mañana siguiente, Paula se despertó en la cama de Pedro dolorida en zonas de su cuerpo que no sabía ni que tenía hasta ese momento. Pedro no estaba por ningún lado, y saltó rápidamente de la cama para meterse en la ducha. Por suerte, el día anterior se había llevado ropa, y cuando salió del baño, se puso un pantalón caqui, una blusa a juego y unos mocasines de ante. Se cepilló el pelo y lo ató con una cinta de colores. Después y con toda su determinación, salió del cuarto.
El piso parecía vacío y Paula se preparó un café sin saber muy bien qué hacer. Acababa de decidir marcharse cuando apareció Pedro, espectacular con su traje gris, y tuvo que luchar para no sonrojarse.
—Venía a despertarte, pero veo que ya estás vestida. Bien. Mi abogado vendrá en un cuarto de hora para que firmemos el acuerdo prematrimonial —fue hacia ella, sonriente, y la besó en la frete—. Todo está listo para la boda. Por cierto, si no has puesto aún tu casa a la venta, mi gente puede ocuparse de ello por tí.
Estaba relajado y contento. Una noche de sexo apasionado no tenía más efecto sobre él que el de ponerle una sonrisa de satisfacción en la cara.
—No, no será necesario. Lo tengo todo controlado —mintió ella, pero no supo qué otra cosa podía decir.
El abogado de Pedro era de lo más eficiente y se empeñó en leer todo el contrato prematrimonial. Básicamente, los dos conservaban lo que tenían por separado, pero Paula no tendría derecho a nada de Pedro si se divorciaban en los tres primeros años de matrimonio, cosa normal, puesto que él estaría ingresando dinero en Vanity Flair durante ese tiempo. Después, Pedro se marchó con el abogado diciéndole que volvería a las seis, y Paula pudo irse por fin a casa.
—Antes de que llegaras, estaba buscando algo.
—Por eso estabas agachada y vi tu trasero en esa posición tan provocativa —rió él.
—Bueno, mi colgante no está bajo la mesa —repuso ella, que no se lo estaba pasando tan bien—. Debe haber rebotado por aquí, así que ten cuidado con dónde pisas. No quiero que se rompa; me lo regaló Alan cuando cumplí los veintiún años.
Pedro se quedó helado ante la revelación de Paula. Hasta ese momento estaba más que satisfecho; Paula le respondía sexualmente y había accedido a casarse, pero ya no estaba tan contento. El que ella pudiera cambiar de registro tan rápidamente, de un sexo tan intenso a su marido fallecido en tan poco tiempo, no resultaba halagador para su ego masculino.
—Te ayudaré a buscar —dijo, pero la triste sonrisa de Paula lo enfadó aún más. Miró a su alrededor y enseguida vió el colgante. Como si nada, dio un paso y lo pisó—. Oh, vaya. Parece que lo he encontrado —se agachó y tomó el estropeado colgante del suelo para dárselo a ella—. Lo siento mucho, Paula —no estaba orgulloso de sus actos, pero todo valía en la guerra y en el amor. ¿Amor? ¿De dónde demonios había salido esa palabra? Amor no era una palabra que estuviera en su vocabulario... —. Tengo que ducharme y cambiarme —dijo, sintiéndose ahogado de repente—. Te compraré otro colgante.
—No es necesario —respondió ella, mirando el último vínculo físico que la unía a Alan. Bueno, aún tenía la casa y no quiso sentirse culpable por mentir a Pedro.
—Como quieras —dijo él, pero no pudo mirarla a los ojos y Paula sintió que había roto el colgante a propósito—. Me apetece una taza de café, pero no te molestes en preparar nada para comer. Tengo que trabajar un rato y después podemos salir a cenar —dijo empezando a desabotonarse la camisa.
¡Cómo podía irritarla tanto! Ella no había tenido intención de cocinar para él y estuvo a punto de decírselo, pero al final se contuvo. No había pensado en cómo sería el vivir con Pedro, pero estaba obligada a ello. En tres días serían marido y mujer, y si no quería que su vida fuera un infierno, tendría que ignorar los motivos de su matrimonio y mantener una relación civilizada. Cerró el puño sobre el colgante... el fin de una era...
—De acuerdo. Iré a prepararte el café —y salió de la habitación. En su frágil estado, no necesitaba verlo desnudo, y se marchó corriendo a la cocina.
Más tarde, en un bonito restaurante, disfrutando de una deliciosa taza de café tras una deliciosa cena, Dulce se permitió una sonrisa.
—¿Qué es lo que te divierte? —preguntó Pedro tomando un sorbo de brandy de su copa.
—Estaba pensando que es irónico acabar en este restaurante, donde había pensado traer a mi padre a comer el día de su cumpleaños. Al final, acabé contigo y dentro de unos días estaremos casados, pero ésta es nuestra primera cita. ¿No te molesta no saber nada de mí, Pedro?
La cena había sido maravillosa y Paula había descubierto que Pedro era un agradable compañero e ingenioso conversador, cuando no intentaba arrastrarla a la cama...
—En absoluto —dejó su copa sobre la mesa y le cubrió la mano con la suya—. Sé lo que necesito: eres una mujer preciosa y sexy. Sé que somos compatibles en lo sexual; hay una química indudable entre nosotros. Te derrites cuando te toco, y a mí me pasa lo mismo. Eso es un punto a favor en cualquier matrimonio. En cuanto al resto... Tenemos toda una vida para llegar a conocernos.
A Paula le ardían las mejillas. La tensión sexual volvía a instalarse entre ellos y ella suspiró aliviada cuando él calló, pero pronto retomó la palabra:
—Los dos queremos lo mismo: tener uno o dos niños y formar una familia a la vez que hacemos a nuestras propias familias felices.
—¿Eso te parece bastante?
—Es mucho más de lo que la gente aspira a conseguir en estos días —repuso él—. La gente tiene hijos sin dar más importancia a la decisión que a la de comprarse un abrigo, y por eso se liberan de la responsabilidad con la misma facilidad con que se quitan una prenda —se inclinó hacia delante—. Paula, aunque ahora viajo mucho, en cuanto tengamos un hijo reajustaré mi agenda para pasar tiempo con él. No seré un padre ausente.
Su comentario la sorprendió, y no supo decir si le resultaba tranquilizador o no. Entonces Pedro se levantó, dejó varios billetes sobre la mesa y alargó la mano para tomar la suya y marcharse.
A la mañana siguiente, Paula se despertó en la cama de Pedro dolorida en zonas de su cuerpo que no sabía ni que tenía hasta ese momento. Pedro no estaba por ningún lado, y saltó rápidamente de la cama para meterse en la ducha. Por suerte, el día anterior se había llevado ropa, y cuando salió del baño, se puso un pantalón caqui, una blusa a juego y unos mocasines de ante. Se cepilló el pelo y lo ató con una cinta de colores. Después y con toda su determinación, salió del cuarto.
El piso parecía vacío y Paula se preparó un café sin saber muy bien qué hacer. Acababa de decidir marcharse cuando apareció Pedro, espectacular con su traje gris, y tuvo que luchar para no sonrojarse.
—Venía a despertarte, pero veo que ya estás vestida. Bien. Mi abogado vendrá en un cuarto de hora para que firmemos el acuerdo prematrimonial —fue hacia ella, sonriente, y la besó en la frete—. Todo está listo para la boda. Por cierto, si no has puesto aún tu casa a la venta, mi gente puede ocuparse de ello por tí.
Estaba relajado y contento. Una noche de sexo apasionado no tenía más efecto sobre él que el de ponerle una sonrisa de satisfacción en la cara.
—No, no será necesario. Lo tengo todo controlado —mintió ella, pero no supo qué otra cosa podía decir.
El abogado de Pedro era de lo más eficiente y se empeñó en leer todo el contrato prematrimonial. Básicamente, los dos conservaban lo que tenían por separado, pero Paula no tendría derecho a nada de Pedro si se divorciaban en los tres primeros años de matrimonio, cosa normal, puesto que él estaría ingresando dinero en Vanity Flair durante ese tiempo. Después, Pedro se marchó con el abogado diciéndole que volvería a las seis, y Paula pudo irse por fin a casa.
viernes, 14 de noviembre de 2014
Casada por Obligación: Capítulo 26
Sorprendida por su aparición y consciente de su escrutinio masculino, el corazón se le desbocó. Ignorando su mano, Paula se levantó sin elegancia alguna.
—Pues ya es hora de que lo intentes. No es muy educado darle palmadas en el trasero a una mujer.
—Paula, tal vez tu vida sexual hasta ahora haya sido demasiado acomodada —le dijo, burlón, lo que hizo que ella se enfadara aún más.
Lo cierto era que en todas esas noches a solas, con el recuerdo de su encuentro fresco en la memoria, ella había empezado a pensar lo mismo.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le dijo, para cambiar de tema—. Se supone que no volvías hasta mañana.
—He acabado antes de lo esperado —y dió un paso hacia ella, ante lo cual, Paula retrocedió, pero la cómoda la detuvo—. No podía esperar más—le puso las manos sobre la cintura y después le acarició la espalda hasta la nuca—. Para verte... —inclinó la cabeza, y el instinto de Paula fue zafarse de él—. Y hacer esto...—le dijo, y empezó a deslizar la lengua entre sus labios separados. El sabor de su lengua le provocó a Paula un vuelco en el corazón y olvidó toda intención pasada de librarse de aquel placer.
Se fundió contra él, intoxicada con su aroma y el poder de su abrazo, así que cuando se separó, ella gimió en protesta.
Pedro murmuró algo que ella no pudo comprender y la colocó sobre la cómoda. Con la boca recorrió su cuello y lamió la suave piel con una intensidad feroz. Cuando le bajó el tirante del vestido y le cubrió el pecho con una mano, el pezón se irguió casi inmediatamente contra su palma.
Apartó la mano y ella gimió, pero él cubrió el pezón con sus labios para volverla loca con la lengua y los dientes. Después le levantó la falda para acariciarle entre las piernas, por encima de la seda de sus bragas. Ella emitió un quejido y el levantó la mirada. Sus ojos se encontraron y no fue necesario preguntar ni responder nada. Él deslizó los dedos bajo la fina tela y volvió a atrapar su pecho con la boca para seguir dándole la dulce tortura que ella deseaba.
Paula nunca había experimentado nada igual, nunca se había excitado tanto y tan rápido, y separó las piernas por instinto, ya al borde del climax. En ese momento, él se detuvo, se incorporó y le quitó las bragas con increíble rapidez.
Ella lo miró, deseosa, mientras se bajaba la cremallera. Después, en un frenesí de pasión, le agarró el trasero y lo atrajo hacia sí para penetrarla con fuerza. Ella se agarró a él rodeándolo con las piernas y sus bocas volvieron a encontrarse. A cada penetración, sus cuerpos se elevaban y se elevaban hasta llegar a un climax simultáneo de fuego y calor líquido.
Cuando se detuvo, Pedro maldijo entre dientes. No había tomado a una mujer tan rápidamente desde que era un jovencito, y lo último que quería era asustar a Paula antes de la boda. Al ver la sorpresa en sus ojos y cómo se colocaba el tirante del vestido, Pedro se retiró de su cuerpo. Sujetándola con una mano, él se colocó la ropa y se subió la cremallera. Después la dejó sobre el suelo y le alisó el vestido.
—¿Estás bien?
Ella estaba demasiado sorprendida para decir nada y demasiado avergonzada para mirarlo a la cara. Él estaba completamente vestido, no se había quitado ni la corbata, y ella había estado completamente expuesta, subida a una cómoda, con el vestido arrebujado en torno a la cintura. Nunca en su vida había sentido tanto deseo.
—Estoy bien —dijo cuando por fin pudo articular palabra. Después se echó a reír—. Creo que tienes razón y que soy un poco inocente en cuanto al sexo. Nunca había experimentado una lujuria animal así —le dijo sinceramente—. Supongo que puedo acostumbrarme, pero creo que prefiero la cama.
—¿Es eso una sugerencia? —sonrió él, apartándole unos mechones de la cara.
—No —respondió ella, intentando devolverle una sofisticada sonrisa.
Estos capítulos se los dedico a @LauyValenPyP que siempre me comentás los caps muchas gracias Lau espero que te gusten.
—Pues ya es hora de que lo intentes. No es muy educado darle palmadas en el trasero a una mujer.
—Paula, tal vez tu vida sexual hasta ahora haya sido demasiado acomodada —le dijo, burlón, lo que hizo que ella se enfadara aún más.
Lo cierto era que en todas esas noches a solas, con el recuerdo de su encuentro fresco en la memoria, ella había empezado a pensar lo mismo.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le dijo, para cambiar de tema—. Se supone que no volvías hasta mañana.
—He acabado antes de lo esperado —y dió un paso hacia ella, ante lo cual, Paula retrocedió, pero la cómoda la detuvo—. No podía esperar más—le puso las manos sobre la cintura y después le acarició la espalda hasta la nuca—. Para verte... —inclinó la cabeza, y el instinto de Paula fue zafarse de él—. Y hacer esto...—le dijo, y empezó a deslizar la lengua entre sus labios separados. El sabor de su lengua le provocó a Paula un vuelco en el corazón y olvidó toda intención pasada de librarse de aquel placer.
Se fundió contra él, intoxicada con su aroma y el poder de su abrazo, así que cuando se separó, ella gimió en protesta.
Pedro murmuró algo que ella no pudo comprender y la colocó sobre la cómoda. Con la boca recorrió su cuello y lamió la suave piel con una intensidad feroz. Cuando le bajó el tirante del vestido y le cubrió el pecho con una mano, el pezón se irguió casi inmediatamente contra su palma.
Apartó la mano y ella gimió, pero él cubrió el pezón con sus labios para volverla loca con la lengua y los dientes. Después le levantó la falda para acariciarle entre las piernas, por encima de la seda de sus bragas. Ella emitió un quejido y el levantó la mirada. Sus ojos se encontraron y no fue necesario preguntar ni responder nada. Él deslizó los dedos bajo la fina tela y volvió a atrapar su pecho con la boca para seguir dándole la dulce tortura que ella deseaba.
Paula nunca había experimentado nada igual, nunca se había excitado tanto y tan rápido, y separó las piernas por instinto, ya al borde del climax. En ese momento, él se detuvo, se incorporó y le quitó las bragas con increíble rapidez.
Ella lo miró, deseosa, mientras se bajaba la cremallera. Después, en un frenesí de pasión, le agarró el trasero y lo atrajo hacia sí para penetrarla con fuerza. Ella se agarró a él rodeándolo con las piernas y sus bocas volvieron a encontrarse. A cada penetración, sus cuerpos se elevaban y se elevaban hasta llegar a un climax simultáneo de fuego y calor líquido.
Cuando se detuvo, Pedro maldijo entre dientes. No había tomado a una mujer tan rápidamente desde que era un jovencito, y lo último que quería era asustar a Paula antes de la boda. Al ver la sorpresa en sus ojos y cómo se colocaba el tirante del vestido, Pedro se retiró de su cuerpo. Sujetándola con una mano, él se colocó la ropa y se subió la cremallera. Después la dejó sobre el suelo y le alisó el vestido.
—¿Estás bien?
Ella estaba demasiado sorprendida para decir nada y demasiado avergonzada para mirarlo a la cara. Él estaba completamente vestido, no se había quitado ni la corbata, y ella había estado completamente expuesta, subida a una cómoda, con el vestido arrebujado en torno a la cintura. Nunca en su vida había sentido tanto deseo.
—Estoy bien —dijo cuando por fin pudo articular palabra. Después se echó a reír—. Creo que tienes razón y que soy un poco inocente en cuanto al sexo. Nunca había experimentado una lujuria animal así —le dijo sinceramente—. Supongo que puedo acostumbrarme, pero creo que prefiero la cama.
—¿Es eso una sugerencia? —sonrió él, apartándole unos mechones de la cara.
—No —respondió ella, intentando devolverle una sofisticada sonrisa.
Estos capítulos se los dedico a @LauyValenPyP que siempre me comentás los caps muchas gracias Lau espero que te gusten.
Casada por Obligación: Capítulo 25
Demonios! ¡Era Pedro de nuevo! —maldijo Paula colgando el teléfono mientras miraba a Liz—. Parece que mañana me voy de compras con Jan porque él así lo ha decidido. ¿Es que cree que no sé vestirme sola?
—No —rió Liz—. Como buen hombre que es, habrá pensado que eso ayudará a que Jan y tú liméis asperezas. Está claro que está loco por tí y me parece de lo más romántico que te llame varias veces al día. Si tuvieras un poco de cabeza, te tomarías el resto de la semana libre y te dedicarías a mimarte para cuando regrese.
A Paula no le parecía que hubiera nada de romanticismo en todo aquello, pero no dijo nada. El viernes anterior le había dicho a Liz que estaba prometida y le había contado la versión de Pedro de los hechos. Sorprendentemente, su amiga se había tragado toda la historia y estaba encantada por ella. Ya era martes, y Pedro no volvería hasta el jueves. El viernes se marcharían a Grecia con su familia para asistir a la boda al día siguiente. Si la llamaba una y otra vez era para mantenerla informada al minuto de los preparativos de la boda, como si a ella le importase mucho. El teléfono volvió a sonar y Paula dió un respingo.
—Contesta tú, Liz, y si es él, dile que he salido —soltó—. Dile que he ido a hacer la mudanza.
—¿Y lo vas a hacer? —preguntó Liz, alargando la mano para responder al teléfono.
—Sí —dijo Paula—. De hecho, me tomaré el resto de la semana libre, como has sugerido. ¿Estás segura de que puedes apañártelas?
—Por supuesto.
—Genial. Entonces te veré en la boda, el sábado —y salió a toda prisa de la tienda antes de que Liz pudiera cambiar de idea. Si oía otro comentario más sobre la suerte que tenía de casarse con un multimillonario tan guapo, empezaría a gritar. Además, tenía que hacer una visita que no podía retrasar más tiempo.
Pasó por casa a cambiarse y después se encaminó a Eastbourne. No le apetecía contarle a sus suegros que iba a casarse de nuevo, pero, sorprendentemente, Sid y Mavis se alegraron mucho por ella y le dijeron que era demasiado joven para permanecer soltera el resto de su vida, y que Alan le habría dicho lo mismo.
Cuando llegó a casa la tarde siguiente después de estar todo el día de compras con Jan, estaba agotada. Se colocó el tirante del vestido de seda azul que llevaba una vez más sobre el hombro y entró en el salón. Se le acababa el tiempo. Pedro volvería al día siguiente y no había hecho las maletas ni había organizado la casa. ¿Tenía que hacerlo realmente? Tomó la foto de su boda en la mano y sonrió, pero ya había tomado una decisión, y la dejó enseguida en su sitio.
Una hora más tarde cerraba la puerta tras ella dejando su casa tal y como estaba. En el maletero de su coche llevaba tres maletas con las cosas necesarias para los siguientes días.
Sam, el portero, se empeñó en ayudarla con las cosas y ella se lo agradeció con una sonrisa y una generosa propina. El salón del apartamento de Pedro era tal y como lo recordaba: frío y desangelado, al igual que la cocina y el comedor. Las habitaciones no eran muy distintas, aunque el estudio, con sus altas estanterías repletas de libros y el escritorio antiguo, supuso un cambio a mejor.
Paula tomó una maleta y la llevó a la habitación principal. La última vez que había estado allí no se fijó demasiado en la decoración, y se llevó una grata sorpresa. Estaba decorada en color crema e índigo, con una alfombra con motivos griegos en el suelo. Las cortinas ocultaban un ventanal que daba a una terraza amueblada con un sofá, un sillón y una mesita baja. El ambiente en general era mucho más acogedor que el del resto de la casa.
Al mirar la enorme cama, Paula se sonrojó. Rápidamente apartó la mirada y decidió explorar adonde daban las dos puertas de la pared opuesta a la cama. Enseguida descubrió un lujoso baño con dos duchas y un jacuzzi, mientras que en la puerta de al lado había un armario apenas ocupado por algunos trajes de Pedro, lo que claramente confirmaba que pasaba muy poco tiempo allí. Paula deshizo las maletas rápidamente mientras se alegraba de esto último. Fue a dejar su joyero sobre la cómoda, pero no calculó bien la distancia y la caja y su escaso contenido acabaron en el suelo.
Cinco minutos después, Paula seguía buscando de rodillas bajo la mesa, la última joya que le faltaba por encontrar: el colgante de diamante y platino.
—Vaya, eso es lo que yo llamo un agradable recibimiento —el cuerpo de Pedro respondió lleno de masculino entusiasmo al ver el trasero de Paula apenas cubierto por el vestido de seda azul, y se echó a reír. Había reconocido ese trasero con alegría, y eso junto con el hecho de encontrar a Paula en su piso, lo puso eufórico. Incapaz de resistir, le dio una palmada.
Ella oyó la voz familiar un momento antes de sentir la mano sobre su trasero. Levantó la cabeza rápidamente y se golpeó con el borde de la mesa.
—¿Qué demonios...? —chilló, y salió gateando de donde estaba, enfurecida—. Qué poca delicadeza.
—Lo siento —dijo él, entre risas pero sin dejar de observar su precioso pelo, la seda ajustándose a las curvas de su cuerpo y la redondez de sus pechos, lo que hizo que su pulso se acelerara un punto más—. Pero tienes un trasero delicioso, Paula y no he podido resistirme —le ofreció una mano para ayudarla a ponerse en pie.
—No —rió Liz—. Como buen hombre que es, habrá pensado que eso ayudará a que Jan y tú liméis asperezas. Está claro que está loco por tí y me parece de lo más romántico que te llame varias veces al día. Si tuvieras un poco de cabeza, te tomarías el resto de la semana libre y te dedicarías a mimarte para cuando regrese.
A Paula no le parecía que hubiera nada de romanticismo en todo aquello, pero no dijo nada. El viernes anterior le había dicho a Liz que estaba prometida y le había contado la versión de Pedro de los hechos. Sorprendentemente, su amiga se había tragado toda la historia y estaba encantada por ella. Ya era martes, y Pedro no volvería hasta el jueves. El viernes se marcharían a Grecia con su familia para asistir a la boda al día siguiente. Si la llamaba una y otra vez era para mantenerla informada al minuto de los preparativos de la boda, como si a ella le importase mucho. El teléfono volvió a sonar y Paula dió un respingo.
—Contesta tú, Liz, y si es él, dile que he salido —soltó—. Dile que he ido a hacer la mudanza.
—¿Y lo vas a hacer? —preguntó Liz, alargando la mano para responder al teléfono.
—Sí —dijo Paula—. De hecho, me tomaré el resto de la semana libre, como has sugerido. ¿Estás segura de que puedes apañártelas?
—Por supuesto.
—Genial. Entonces te veré en la boda, el sábado —y salió a toda prisa de la tienda antes de que Liz pudiera cambiar de idea. Si oía otro comentario más sobre la suerte que tenía de casarse con un multimillonario tan guapo, empezaría a gritar. Además, tenía que hacer una visita que no podía retrasar más tiempo.
Pasó por casa a cambiarse y después se encaminó a Eastbourne. No le apetecía contarle a sus suegros que iba a casarse de nuevo, pero, sorprendentemente, Sid y Mavis se alegraron mucho por ella y le dijeron que era demasiado joven para permanecer soltera el resto de su vida, y que Alan le habría dicho lo mismo.
Cuando llegó a casa la tarde siguiente después de estar todo el día de compras con Jan, estaba agotada. Se colocó el tirante del vestido de seda azul que llevaba una vez más sobre el hombro y entró en el salón. Se le acababa el tiempo. Pedro volvería al día siguiente y no había hecho las maletas ni había organizado la casa. ¿Tenía que hacerlo realmente? Tomó la foto de su boda en la mano y sonrió, pero ya había tomado una decisión, y la dejó enseguida en su sitio.
Una hora más tarde cerraba la puerta tras ella dejando su casa tal y como estaba. En el maletero de su coche llevaba tres maletas con las cosas necesarias para los siguientes días.
Sam, el portero, se empeñó en ayudarla con las cosas y ella se lo agradeció con una sonrisa y una generosa propina. El salón del apartamento de Pedro era tal y como lo recordaba: frío y desangelado, al igual que la cocina y el comedor. Las habitaciones no eran muy distintas, aunque el estudio, con sus altas estanterías repletas de libros y el escritorio antiguo, supuso un cambio a mejor.
Paula tomó una maleta y la llevó a la habitación principal. La última vez que había estado allí no se fijó demasiado en la decoración, y se llevó una grata sorpresa. Estaba decorada en color crema e índigo, con una alfombra con motivos griegos en el suelo. Las cortinas ocultaban un ventanal que daba a una terraza amueblada con un sofá, un sillón y una mesita baja. El ambiente en general era mucho más acogedor que el del resto de la casa.
Al mirar la enorme cama, Paula se sonrojó. Rápidamente apartó la mirada y decidió explorar adonde daban las dos puertas de la pared opuesta a la cama. Enseguida descubrió un lujoso baño con dos duchas y un jacuzzi, mientras que en la puerta de al lado había un armario apenas ocupado por algunos trajes de Pedro, lo que claramente confirmaba que pasaba muy poco tiempo allí. Paula deshizo las maletas rápidamente mientras se alegraba de esto último. Fue a dejar su joyero sobre la cómoda, pero no calculó bien la distancia y la caja y su escaso contenido acabaron en el suelo.
Cinco minutos después, Paula seguía buscando de rodillas bajo la mesa, la última joya que le faltaba por encontrar: el colgante de diamante y platino.
—Vaya, eso es lo que yo llamo un agradable recibimiento —el cuerpo de Pedro respondió lleno de masculino entusiasmo al ver el trasero de Paula apenas cubierto por el vestido de seda azul, y se echó a reír. Había reconocido ese trasero con alegría, y eso junto con el hecho de encontrar a Paula en su piso, lo puso eufórico. Incapaz de resistir, le dio una palmada.
Ella oyó la voz familiar un momento antes de sentir la mano sobre su trasero. Levantó la cabeza rápidamente y se golpeó con el borde de la mesa.
—¿Qué demonios...? —chilló, y salió gateando de donde estaba, enfurecida—. Qué poca delicadeza.
—Lo siento —dijo él, entre risas pero sin dejar de observar su precioso pelo, la seda ajustándose a las curvas de su cuerpo y la redondez de sus pechos, lo que hizo que su pulso se acelerara un punto más—. Pero tienes un trasero delicioso, Paula y no he podido resistirme —le ofreció una mano para ayudarla a ponerse en pie.
jueves, 13 de noviembre de 2014
Casada por Obligación: Capítulo 24
—¿Vas a hacerme esperar hasta la boda, Paula? —dijo, e inmediatamente se maldijo por su estupidez. Tenía una mujer maravillosa entre los brazos y se paraba a preguntar—. ¿Tomas la pildora? —añadió, como si con ello quisiera justificarse.
—No a las dos cosas —respondió ella, rindiéndose a los dictados de su cuerpo, y se pasó la lengua por los labios hinchados, recordando el sabor de Pedro. Él la levantó inmediatamente en brazos y ella chilló—. ¿Qué estás haciendo?
—Te llevo a la cama —dijo, riendo ante su sorpresa, y segundos después, Paula se vió en la habitación.
Pedro se desabrochó los botones de la camisa con aire triunfal mientras ella, consciente de su semidesnudez, se cruzaba de brazos, pero sin dejar de mirarlo, fascinada.
Era un hombre magnífico, de espaldas anchas y pecho musculoso cubierto de un fino vello negro que desaparecía bajo el elástico de sus bóxers de seda negra. Paula se sonrojó aún más al ver bulto que se adivinaba bajo la fina tela, pero era incapaz de quitarle los ojos de encima. ¿Qué le estaba pasando?
—No tienes que sonrojarte, Paula —dijo él, tumbándose a su lado—. Y tampoco tienes que ocultar tu precioso cuerpo —le tomó una de las manos y se la colocó sobre sus hombros, y la otra sobre la cama, revelando sus preciosos pechos a sus ojos—. Tienes unos pechos perfectos —murmuró, y ella se estremeció por dentro. Después se inclinó para lamer primero un pezón y luego el otro, haciendo que ella se arquease hacia él—. Quiero verte desnuda —el vestido y las braguitas de encaje cayeron al suelo—. Quiero ver tu pelo extendido sobre mi almohada — y le soltó el moño.
Temblando de excitación, a Paula lo que menos le importaba era su pelo. Deseaba que la besara de nuevo, e intentó atraerlo hacia ella. Él sabía lo que Paula quería y, con una sonrisa, le rozó los labios con los suyos. Ella gruñó desilusionada.
—Paciencia, Paula. Quiero explorarte entera, quiero saborearte entera — y la acarició desde los pechos hasta los muslos, mientras dejaba un rastro de besos por sus labios, sus párpados, sus mejillas—. Esta vez no quiero que te queden dudas de a quién perteneces.
Paula abrió los ojos de golpe al oír eso, pero hacía mucho que no estaba desnuda en brazos de un hombre y que no sentía el fiero placer de la excitación. Deseaba a Pedro y lo atrajo hacia sí. Esta vez el beso no la decepcionó.
Pedro le tomó el pecho con una mano mientras acariciaba con los dedos la sensible punta. Ella dejó escapar un gemido; estaba ardiente de deseo por él. El deslizó la mano más abajo, hasta encontrar el cálido centro de su feminidad y sus gemidos de placer se incrementaron, a la vez que le clavaba las uñas en la espalda. El cuerpo de Paula estaba tenso como un arco y deseoso de sentir al máximo su posesión, pero no quería que dejara de acariciarla de un modo tan delicioso.
—Ábrete para mí, Paula —murmuró él, y volvió a atrapar su boca en un beso salvaje mientras se colocaba entre sus piernas.
Ella sintió la dura erección contra sus muslos, pero él no fue más allá. Ella gimió, desesperada por más, pero él la miró con una furia casi salvaje y dijo:
—Aún no. Quiero que recuerdes esto toda tu vida.
Después volvió a lamerle los pechos y ella se aferró a sus hombros con una mano mientras con la otra buscaba entre sus muslos su dura erección. Estaba atrapada en un juego en el que sólo él conocía las reglas, y por eso él le apartó la mano y se la sujetó contra el colchón mientras seguía explorando su cuerpo y dándole un placer que ella no había imaginado que pudiera sentirse. Volvió a besarla e introdujo los dedos entre sus piernas para volverla loca de placer. Paula no podía aguantar más y suplicó:
—Por favor, Pedro...
Al escucharla, él le levantó las caderas y la penetró profundamente con una fuerza que le hizo gruñir de delirio. Por primera vez en veinte años estaba haciendo el amor sin protección, y se detuvo para mantener el control de una situación que amenazaba con hacer explotar cada átomo de su cuerpo.
—Pedro—gritó ella, sintiéndolo retirarse—. No, no... no pares —gimió.
—No podría aunque quisiera —masculló él, y empezó a penetrarla una y otra vez a un ritmo primitivo que Paula correspondió hasta que pocos segundos después, su cuerpo se convulsionó en un brutal climax.
Paula sintió que Pedro la acompañaba y derramaba su semilla en su interior justo antes de caer sobre ella. Se aferró a él por instinto, sorprendida por la intensidad del acto. Sus respiraciones atormentadas era lo único que se oía en el cuarto.
Unos minutos después, él se apartó a un lado y la miró a la cara.
—Ha sido fantástico, Paula —declaró con una gran sonrisa—. Por si tienes dudas, es la primera vez que lo hago sin protección desde que era adolescente, y estoy completamente sano, así que no tienes nada de lo que preocuparte.
Su tono de satisfacción masculina fue lo que enfureció a Paula, mostrándole que no estaban igualados en el terreno sexual. Ella , sólo había estado con Alan, mientras que él era todo lo contrario.
—Te lo agradezco —repuso ella, irónica—. Pero ahora tengo que marcharme —y se apartó de él—. Los viernes siempre hay mucho trabajo y además me toca ir al mercado a las cinco de la mañana.
Se puso el vestido sin molestarse con la ropa interior antes de atreverse a mirar a Pedro. Él estaba aún tumbado en la cama, con el pelo revuelto y la cabeza apoyada en la mano.
—¿Seguro que no puedo tentarte para que vengas a la cama de nuevo? Yo no salgo para Nueva York hasta las nueve.
Paula sabía que él sería capaz de tentar hasta a una santa.
—No, recuerda nuestro trato, Pedro. Yo seguiré con mi trabajo.
—De acuerdo —se levantó de la cama maravillosamente desnudo—. Pero recuerda que tienes que trasladarte antes de que yo vuelva de Nueva York —la besó con fuerza en la boca—. Dame cinco minutos y te llevaré a tu casa.
Paula se preguntó si Pedro estaría celoso de su marido y de la vida que había llevado con él... No, era imposible. Eso significaría que ella le importaba, y tenía claro que no era de ese modo.
Cuando él salió del baño, ella estaba ya completamente vestida intentando volver a recogerse el pelo.
Veinte minutos después, la dejó frente a su puerta con un beso, físicamente agotada, pero sin poder detener sus pensamientos. Ya no se reconocía... ¿Qué la había impulsado a casarse con Pedro? ¿Cómo dejaba que un hombre al que no quería y en el que no confiaba le hiciera el amor? Cerró los ojos, avergonzada. Lo cierto era que no sólo había dejado que él le hiciera el amor, sino que ella había participado activamente, como su cuerpo dolorido no dejaba de recordarle.
Estos caps se los dedico a @aliciajustaacos, Ali acá tenés los caps que querías, espero que te gusten.
—No a las dos cosas —respondió ella, rindiéndose a los dictados de su cuerpo, y se pasó la lengua por los labios hinchados, recordando el sabor de Pedro. Él la levantó inmediatamente en brazos y ella chilló—. ¿Qué estás haciendo?
—Te llevo a la cama —dijo, riendo ante su sorpresa, y segundos después, Paula se vió en la habitación.
Pedro se desabrochó los botones de la camisa con aire triunfal mientras ella, consciente de su semidesnudez, se cruzaba de brazos, pero sin dejar de mirarlo, fascinada.
Era un hombre magnífico, de espaldas anchas y pecho musculoso cubierto de un fino vello negro que desaparecía bajo el elástico de sus bóxers de seda negra. Paula se sonrojó aún más al ver bulto que se adivinaba bajo la fina tela, pero era incapaz de quitarle los ojos de encima. ¿Qué le estaba pasando?
—No tienes que sonrojarte, Paula —dijo él, tumbándose a su lado—. Y tampoco tienes que ocultar tu precioso cuerpo —le tomó una de las manos y se la colocó sobre sus hombros, y la otra sobre la cama, revelando sus preciosos pechos a sus ojos—. Tienes unos pechos perfectos —murmuró, y ella se estremeció por dentro. Después se inclinó para lamer primero un pezón y luego el otro, haciendo que ella se arquease hacia él—. Quiero verte desnuda —el vestido y las braguitas de encaje cayeron al suelo—. Quiero ver tu pelo extendido sobre mi almohada — y le soltó el moño.
Temblando de excitación, a Paula lo que menos le importaba era su pelo. Deseaba que la besara de nuevo, e intentó atraerlo hacia ella. Él sabía lo que Paula quería y, con una sonrisa, le rozó los labios con los suyos. Ella gruñó desilusionada.
—Paciencia, Paula. Quiero explorarte entera, quiero saborearte entera — y la acarició desde los pechos hasta los muslos, mientras dejaba un rastro de besos por sus labios, sus párpados, sus mejillas—. Esta vez no quiero que te queden dudas de a quién perteneces.
Paula abrió los ojos de golpe al oír eso, pero hacía mucho que no estaba desnuda en brazos de un hombre y que no sentía el fiero placer de la excitación. Deseaba a Pedro y lo atrajo hacia sí. Esta vez el beso no la decepcionó.
Pedro le tomó el pecho con una mano mientras acariciaba con los dedos la sensible punta. Ella dejó escapar un gemido; estaba ardiente de deseo por él. El deslizó la mano más abajo, hasta encontrar el cálido centro de su feminidad y sus gemidos de placer se incrementaron, a la vez que le clavaba las uñas en la espalda. El cuerpo de Paula estaba tenso como un arco y deseoso de sentir al máximo su posesión, pero no quería que dejara de acariciarla de un modo tan delicioso.
—Ábrete para mí, Paula —murmuró él, y volvió a atrapar su boca en un beso salvaje mientras se colocaba entre sus piernas.
Ella sintió la dura erección contra sus muslos, pero él no fue más allá. Ella gimió, desesperada por más, pero él la miró con una furia casi salvaje y dijo:
—Aún no. Quiero que recuerdes esto toda tu vida.
Después volvió a lamerle los pechos y ella se aferró a sus hombros con una mano mientras con la otra buscaba entre sus muslos su dura erección. Estaba atrapada en un juego en el que sólo él conocía las reglas, y por eso él le apartó la mano y se la sujetó contra el colchón mientras seguía explorando su cuerpo y dándole un placer que ella no había imaginado que pudiera sentirse. Volvió a besarla e introdujo los dedos entre sus piernas para volverla loca de placer. Paula no podía aguantar más y suplicó:
—Por favor, Pedro...
Al escucharla, él le levantó las caderas y la penetró profundamente con una fuerza que le hizo gruñir de delirio. Por primera vez en veinte años estaba haciendo el amor sin protección, y se detuvo para mantener el control de una situación que amenazaba con hacer explotar cada átomo de su cuerpo.
—Pedro—gritó ella, sintiéndolo retirarse—. No, no... no pares —gimió.
—No podría aunque quisiera —masculló él, y empezó a penetrarla una y otra vez a un ritmo primitivo que Paula correspondió hasta que pocos segundos después, su cuerpo se convulsionó en un brutal climax.
Paula sintió que Pedro la acompañaba y derramaba su semilla en su interior justo antes de caer sobre ella. Se aferró a él por instinto, sorprendida por la intensidad del acto. Sus respiraciones atormentadas era lo único que se oía en el cuarto.
Unos minutos después, él se apartó a un lado y la miró a la cara.
—Ha sido fantástico, Paula —declaró con una gran sonrisa—. Por si tienes dudas, es la primera vez que lo hago sin protección desde que era adolescente, y estoy completamente sano, así que no tienes nada de lo que preocuparte.
Su tono de satisfacción masculina fue lo que enfureció a Paula, mostrándole que no estaban igualados en el terreno sexual. Ella , sólo había estado con Alan, mientras que él era todo lo contrario.
—Te lo agradezco —repuso ella, irónica—. Pero ahora tengo que marcharme —y se apartó de él—. Los viernes siempre hay mucho trabajo y además me toca ir al mercado a las cinco de la mañana.
Se puso el vestido sin molestarse con la ropa interior antes de atreverse a mirar a Pedro. Él estaba aún tumbado en la cama, con el pelo revuelto y la cabeza apoyada en la mano.
—¿Seguro que no puedo tentarte para que vengas a la cama de nuevo? Yo no salgo para Nueva York hasta las nueve.
Paula sabía que él sería capaz de tentar hasta a una santa.
—No, recuerda nuestro trato, Pedro. Yo seguiré con mi trabajo.
—De acuerdo —se levantó de la cama maravillosamente desnudo—. Pero recuerda que tienes que trasladarte antes de que yo vuelva de Nueva York —la besó con fuerza en la boca—. Dame cinco minutos y te llevaré a tu casa.
Paula se preguntó si Pedro estaría celoso de su marido y de la vida que había llevado con él... No, era imposible. Eso significaría que ella le importaba, y tenía claro que no era de ese modo.
Cuando él salió del baño, ella estaba ya completamente vestida intentando volver a recogerse el pelo.
Veinte minutos después, la dejó frente a su puerta con un beso, físicamente agotada, pero sin poder detener sus pensamientos. Ya no se reconocía... ¿Qué la había impulsado a casarse con Pedro? ¿Cómo dejaba que un hombre al que no quería y en el que no confiaba le hiciera el amor? Cerró los ojos, avergonzada. Lo cierto era que no sólo había dejado que él le hiciera el amor, sino que ella había participado activamente, como su cuerpo dolorido no dejaba de recordarle.
Estos caps se los dedico a @aliciajustaacos, Ali acá tenés los caps que querías, espero que te gusten.
Casada por Obligación: Capítulo 23
¿Aquello era una conversación? Pedro ya lo tenía todo decidido, pero ella tenía sus propios planes y no iba a dejar que se los arruinara.
—No será posible —dijo ella, con toda la serenidad que pudo—. Tengo dos semanas de vacaciones y me marcho a Grecia el sábado que viene. He quedado en Zante con el hombre que cuida de la casa de mi tía para ver qué reparaciones necesita. La boda tendrá que ser cuando vuelva.
—No hace falta —repuso él. Tenía la camisa ligeramente abierta y al ver su piel morena y su vello negro, ella empezó a sentirse tan acalorada como en el coche—. Será perfecto, porque puedo organizar la boda en Grecia en una semana.
—¿En Grecia?
—Sí. Nos casaremos en mi casa y así Theo no tendrá que volar. Pasaremos la primera semana de la luna de miel en Zante y después podemos ir a otro sitio. Theo puede ocuparse de supervisar las reparaciones.
—No, no podemos quedarnos en la casa —repuso ella—. Y Theo tampoco. La casa no está habitable.
—De acuerdo, nos quedaremos en un hotel y Theo tendrá que esperar para ver su antiguo hogar —le brillaron los ojos—. Pero la verdad es que ya tengo ganas de ver la casa que me está costando una fortuna y mi libertad.
—¿No conoces la casa? Creía que habías nacido allí.
—No. Theo sí nació allí, al igual que mi madre —Pedro vació su vaso y lo dejó sobre la mesa con el ceño fruncido—. Yo nací en Atenas, y mi madre no estaba casada, así que como ves, soy el bastardo que decías.
Paula se sonrojó ante su falta de tacto. Si lo hubiera sabido, nunca lo habría insultado de ese modo. Quiso disculparse, pero él no la dejó.
—Déjalo, no me importa, pero a mi abuela sí. Ella insistió en que Theo vendiera la casa y se trasladaran a Atenas, donde nadie los conocía. Mi madre murió pocos días después de mi nacimiento y mis abuelos se encargaron de criarme. Theo hablaba de Zante de vez en cuando, pero mi abuela no, y nunca me interesó ese lugar. De hecho, me avergüenza admitirlo, pero no tenía ni idea de que Theo sentía que le faltaba algo y que había intentado comprar la casa tras la muerte de mi abuela.
—¿Por qué no lo intentó antes? —preguntó ella.
—No se atrevía —sonrió Pedro—. Mi abuela era una mujercita adorable, pero tozuda como una mula, y había prohibido que se hablara de Zante en su presencia. Se hubiera necesitado un hombre más valiente que Theo o que yo para derrotarla.
Podía ser humano, se dijo Paula, tratando de imaginar a la mujer que tenía el poder de intimidar a Pedro Alfonso.
—Me hubiera gustado conocerla —comentó Paula con una sonrisa torcida—, y aprender sus secretos.
Y le sonrió de verdad por primera vez desde que se conocían. Pedro contuvo el aliento y le tomó la cara entre las manos, mirándole los labios.
—Tengo la sospecha de que tal vez ya los conozcas —le susurró antes de besarla.
Al principio sintió su resistencia, pero cuando sus alientos se mezclaron y sus lenguas se rozaron, toda ternura desapareció por completo. Él la besó más profundamente, con deseo y pasión, explorando el interior de su boca, hasta desear empezar a explorar el resto de su cuerpo que tan bien recordaba. Ella le rodeó el cuello con los brazos y Pedro gruñó al sentir sus caricias en la nuca.
Le bajó la cremallera del vestido y la descubrió hasta la cintura. Tuvo que contenerse para no tomarla allí mismo, en el sofá. Sus ojos ambarinos brillaban de deseo y sus pezones rosados pedían a gritos que los saboreasen.
—No será posible —dijo ella, con toda la serenidad que pudo—. Tengo dos semanas de vacaciones y me marcho a Grecia el sábado que viene. He quedado en Zante con el hombre que cuida de la casa de mi tía para ver qué reparaciones necesita. La boda tendrá que ser cuando vuelva.
—No hace falta —repuso él. Tenía la camisa ligeramente abierta y al ver su piel morena y su vello negro, ella empezó a sentirse tan acalorada como en el coche—. Será perfecto, porque puedo organizar la boda en Grecia en una semana.
—¿En Grecia?
—Sí. Nos casaremos en mi casa y así Theo no tendrá que volar. Pasaremos la primera semana de la luna de miel en Zante y después podemos ir a otro sitio. Theo puede ocuparse de supervisar las reparaciones.
—No, no podemos quedarnos en la casa —repuso ella—. Y Theo tampoco. La casa no está habitable.
—De acuerdo, nos quedaremos en un hotel y Theo tendrá que esperar para ver su antiguo hogar —le brillaron los ojos—. Pero la verdad es que ya tengo ganas de ver la casa que me está costando una fortuna y mi libertad.
—¿No conoces la casa? Creía que habías nacido allí.
—No. Theo sí nació allí, al igual que mi madre —Pedro vació su vaso y lo dejó sobre la mesa con el ceño fruncido—. Yo nací en Atenas, y mi madre no estaba casada, así que como ves, soy el bastardo que decías.
Paula se sonrojó ante su falta de tacto. Si lo hubiera sabido, nunca lo habría insultado de ese modo. Quiso disculparse, pero él no la dejó.
—Déjalo, no me importa, pero a mi abuela sí. Ella insistió en que Theo vendiera la casa y se trasladaran a Atenas, donde nadie los conocía. Mi madre murió pocos días después de mi nacimiento y mis abuelos se encargaron de criarme. Theo hablaba de Zante de vez en cuando, pero mi abuela no, y nunca me interesó ese lugar. De hecho, me avergüenza admitirlo, pero no tenía ni idea de que Theo sentía que le faltaba algo y que había intentado comprar la casa tras la muerte de mi abuela.
—¿Por qué no lo intentó antes? —preguntó ella.
—No se atrevía —sonrió Pedro—. Mi abuela era una mujercita adorable, pero tozuda como una mula, y había prohibido que se hablara de Zante en su presencia. Se hubiera necesitado un hombre más valiente que Theo o que yo para derrotarla.
Podía ser humano, se dijo Paula, tratando de imaginar a la mujer que tenía el poder de intimidar a Pedro Alfonso.
—Me hubiera gustado conocerla —comentó Paula con una sonrisa torcida—, y aprender sus secretos.
Y le sonrió de verdad por primera vez desde que se conocían. Pedro contuvo el aliento y le tomó la cara entre las manos, mirándole los labios.
—Tengo la sospecha de que tal vez ya los conozcas —le susurró antes de besarla.
Al principio sintió su resistencia, pero cuando sus alientos se mezclaron y sus lenguas se rozaron, toda ternura desapareció por completo. Él la besó más profundamente, con deseo y pasión, explorando el interior de su boca, hasta desear empezar a explorar el resto de su cuerpo que tan bien recordaba. Ella le rodeó el cuello con los brazos y Pedro gruñó al sentir sus caricias en la nuca.
Le bajó la cremallera del vestido y la descubrió hasta la cintura. Tuvo que contenerse para no tomarla allí mismo, en el sofá. Sus ojos ambarinos brillaban de deseo y sus pezones rosados pedían a gritos que los saboreasen.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)