lunes, 19 de octubre de 2020

Otra Oportunidad: Sinopsis

 Su primer amor... ¿Y su segunda oportunidad?


Cuando Paula Chaves despertó en la habitación de un hospital, lo último que esperaba era que el médico que la atendía fuera Pedro Alfonso, el hombre que estaba a punto de convertirse en su ex marido. De mala gana, dejó que él la cuidara, aunque Pedro se estaba mostrando tan frío y distante como siempre. Le estaba dejando muy claro que le gustaba su nueva vida en Hamlet Hood y que podía vivir sin ella. 


Al cuidado día y noche de su esposa, Pedro vió que esa vez no iba a poder enterrar sus sentimientos. Y decidió que debía recuperarla y volver a tenerla donde se merecía, a su lado. 

viernes, 16 de octubre de 2020

Bailarina: Capítulo 70

 Contuvo la respiración mientras observaba cómo él saludaba a los espectadores de la butaca de abajo y continuaba bajando hasta la platea. Paula no sabía qué hacer. Esa mañana había visto la noticia en los periódicos acerca de la separación de Pedro y Micaela, pero aunque para el resto del mundo era una primicia, para ella no era nada novedoso. Y no cambiaba nada. Entonces ¿Por qué estaba él allí? ¿Había ido a verla bailar? Se cubrió el rostro con las manos. Por si no era suficiente cómo se había declarado ante él el día de la playa, Pedro acababa de ver cómo liberaba los sentimientos de su pequeño corazón herido. Era demasiado humillante. 


El sonido de los gritos hizo que retirara las manos para mirar. Los guardias de seguridad intentaban arrinconar a Pedro contra la pared del auditorio para sacarlo de allí.  Pero se escapó y corrió hacia el escenario.


—¡Paula! —gritó, mientras lo alcanzaban los guardias de seguridad.


Paula intentó decir algo pero no lo consiguió. Los guardias estaban a punto de sacar a Pedro de la sala y, probablemente, tuviera que pasar la noche en la comisaría. Ella dió un paso adelante. Pablo la agarró del brazo, pero ella se soltó.


—¡Esperen! —gritó, y todo el mundo se volvió para mirarla. Ella tragó saliva—. Lo conozco —dijo con voz temblorosa—. No pasa nada.


Los dos guardias se miraron y, mientras tanto, Pedro consiguió zafarse. Se alisó la ropa, le dió una palmadita a uno de los guardias en el hombro a modo de agradecimiento y caminó por el pasillo hasta donde estaba Paula. Él notó que una mano delicada lo agarraba del brazo y se volvió para ver a una anciana que le entregaba una rosa.


—Tome, joven. Creo que puede necesitarla.


Pedro le dió las gracias y continuó caminando, consciente de que ni siquiera un jardín de rosas podría reparar el daño que había causado. Paula lo esperaba sobre el escenario. Tenía un aspecto muy diferente al que él conocía de ella. El maquillaje hacía que pareciera una persona distinta. Entonces, se fijó en las picaduras de insectos que tenía en los brazos y sonrió al recordar su estancia en la isla. Ni siquiera el maquillaje había podido disimulárselas. Cuando llegó a su lado, ella colocó la mano sobre su pecho y esperó. El silencio inundó el auditorio. Ella lo miró, con una mezcla de temor y de alegría. Él respiró hondo y le mostró la rosa.


—¿Esto te parece suficiente?


—Puede ser —contestó Paula, pestañeando con asombro.


Él negó con la cabeza, sin saber qué decir. Le entregó la flor y ella la apretó contra su pecho.


—Más flores habría sido mejor —dijo ella.


Pedro se encogió de hombros. 


—Ya me conoces, no soy un gran planificador. Tiendo a utilizar los recursos que tengo a mano —la miró—. Lo siento —añadió—. He vuelto a caerme del precipicio. Hice una elección estúpida. Yo también te quiero. Y siento haber huido de esa manera. Fue la cosa más estúpida que pude hacer.


Ella comenzó a sonreír.


—Yo también sé mucho de eso —dijo ella—. Pero a veces, salir huyendo tiene beneficios inesperados —lo miró fijamente—. Pídeme que salte, Pedro.


—¿Que saltes? —preguntó él, confuso.


No tuvo tiempo de intentar averiguar a qué se refería. Ella dobló las rodillas y saltó del escenario hacia él. Esa vez, Pedro la recogió a tiempo. Después, la dejó en el suelo para abrazarla con fuerza. De pronto, se percató de la maravillosa aventura que acababa de empezar y la besó para compartir con ella su idea de futuro. Sus promesas. De pronto se oyó un fuerte aplauso y Pedro abrió los ojos un instante. Al parecer Paula Chaves estaba recibiendo su segunda ovación de la noche. Pero esa vez la compartía con él. Ella lo rodeó por el cuello y lo estrechó contra su cuerpo. Él no se resistió. Así era como sería a partir de entonces. Permanecerían juntos. Independientemente de las dificultades que les presentara la vida.


—¿Paula?


Ella se separó una pizca y lo miró.


—¿Sí?


—No permitas que vuelva ser tan estúpido nunca más.


Y por supuesto, ella no se lo permitió. 






FIN

Bailarina: Capítulo 69

 Entró en la galería justo cuando se apagaron las luces y empezó a haber movimiento en el escenario. Rápidamente, Pedro buscó a Paula con la mirada. A pesar de que desde la distancia apenas podía reconocer su rostro, sus movimientos eran inconfundibles. Él reconocía su forma poderosa de mover las piernas, y la elegancia de sus brazos. El sentimiento que irradiaba de su cuerpo era sobrecogedor. Alguien tosió con impaciencia detrás de él. Se volvió y arqueó las cejas. Un hombre vestido de traje lo miraba con desaprobación.


—¿Le importaría sentarse? No es transparente, ¿Sabe?


Pedro se disculpó y se sentó en su butaca. Deseaba estar de pie, correr y saltar. Bajar y dirigirse hasta el escenario. Al ver que un hombre alto y rubio sujetaba a Paula por la cintura, pensó: «Suéltala. ¡Es mía!». Pero la idea de que había desaprovechado la oportunidad permanecía en su cabeza e hizo que se mantuviera en silencio en su butaca. Sin embargo, su enfado fue desapareciendo a medida que continuaba el ballet. No podía apartar la mirada de ella. Era deslumbrante. Y se notaba que no era solo él quien lo pensaba. Era como si todas las personas del público estuvieran conteniendo la respiración. No solo era la gracia de sus movimientos, también la manera en que interpretaba al personaje. Un espíritu demasiado bueno para un príncipe ciego que no era capaz de reconocer la belleza que tenía delante. Y cuando el idiota se marchó pensando que iba a encontrar la plenitud en otro lugar, deseó darle un puñetazo. «¿Cómo te atreves a romperle el corazón?», deseaba gritar. «¡Mira lo que has hecho! Lo aplastaste con tus sucias botas y ni siquiera pudiste destruirlo. Ahí está, respirando y bailando delante de tí, y ni siquiera has tenido el valor de verlo. No hasta que ya era demasiado tarde». Cayó el telón y permaneció en su asiento, agotado. Y cuando el telón se abrió de nuevo, Paula corrió hasta la parte delantera del escenario y el público se puso en pie. Los silbidos y los aplausos invadieron el teatro y consiguió ponerse de pie y aplaudir también. Después de todo, tenía mucha práctica en eso de expresar su alegría. Cuando disminuyeron los aplausos y la gente comenzó a sentarse, miró con nerviosismo hacia el escenario. Temía que una vez cerrado el telón Paula se quedara dentro y él no pudiera tener la oportunidad de decirle lo que deseaba. No conseguiría hablar con ella si se dirigía a los bastidores, ¿Verdad? Pero necesitaba llamar su atención. Pedro Alfonso era un hombre de acción. 


Un grito de alguien del público hizo que Paula se detuviera un instante cuando terminó la ronda de saludos. Las luces del escenario le impedían ver con claridad lo que sucedía fuera, pero Pablo miraba hacia el lado izquierdo y otros bailarines señalaban también en esa dirección. Ella entornó los ojos y trató de ver qué pasaba. De pronto, vió un movimiento al final del auditorio. Eran dos guardias de seguridad. Se encendieron las luces y lo vio todo. Un idiota se agarraba de la barandilla de una de las galerías e intentaba poner el pie en la barandilla de la galería de abajo. ¡Ese hombre estaba completamente loco! Y algo más. De pronto, se percató de que aquel hombre tampoco tenía miedo. Sintió un nudo en la garganta. Soltó el ramo de flores que llevaba en la mano y se cubrió la boca. Solo había un hombre tan tonto en el mundo como para hacer una estupidez así. Pedro Alfonso. 

Bailarina: Capítulo 68

 Una racha de viento helado acarició sus mejillas. Regresó hasta el funicular y se puso en la cola para bajar. Paula le había pedido que la acompañara. Que explorara con ella, pero no un lugar bonito, sino una relación humana. Aunque ambos fueran inexpertos y el viaje fuera arriesgado. Aunque su supervivencia no estuviera garantizada. Ella le había pedido más, sin exigencias. Simplemente siendo quien era, mostrándole que la vida tenía muchas cosas buenas y que solo había que ser valiente para ir a buscarlas. ¿Y qué había hecho? Había huido, convenciéndose de que ella necesitaba su libertad. Mentira. Era él quien la necesitaba. Pero no había funcionado. No se había protegido de nada. Seguía sintiendo un enorme vacío. Y había sido él quien lo había elegido.


—¿Signor?


Se volvió y viço que el operario del funicular lo estaba mirando. La cabina estaba vacía. Habían llegado abajo y todos los pasajeros habían desembarcado. Disculpándose, salió rápidamente. Entró en un café y se pidió un chocolate caliente. Mientras esperaba a que se lo sirvieran, sacó su teléfono móvil del bolsillo. Tenía que hacer algunas reservas y una llamada importante. Una llamada con la que se demostraría, de una vez por todas, si era tan valiente como anunciaban por televisión.




Paula estaba esperando entre los bastidores, con el cabello recogido, el vestido puesto, las pestañas falsas y el maquillaje perfecto, y trataba de no ponerse nerviosa. No era fácil. Desde que había dejado de sentirse enfadada con Pedro, la había atrapado una enorme sensación de tristeza que hacía que le costara moverse. No tenía ni idea de cómo iba a ser capaz de deslizarse por el escenario. Cerró los ojos y trató de respirar despacio. Deseaba que aquella actuación saliera bien. En parte porque todo el mundo estaría pendiente de ella y, en parte, porque había sido ella quien había decidido continuar haciendo ballet. No por quién había sido su madre. Tampoco por el sufrimiento de su padre ni por sus expectativas. Ni siquiera porque era lo único que sabía hacer. Sino porque era parte de sí misma y le encantaba. Los ensayos de los últimos días le habían confirmado lo que había empezado a descubrir en la playa. Era curioso que hubiera tenido que huir para reencontrarse con ello otra vez.


La música empezó a sonar y sus compañeros pasaron a su lado hacia el escenario. Una vez más, su cerebro se llenó de imágenes mientras esperaba el momento de entrar. Pero esa vez, no eran las imágenes de la televisión, pertenecían a su propio banco de recuerdos vividos. La sonrisa de Pedro cada vez que preparaba un fuego. La manera en que la había abrazado la noche de la tormenta. La vulnerabilidad de su mirada. Todo lo que su mirada le había contado antes de que se retirara y comenzara a mentir. Los violines empezaron a tocar la pieza que indicaba su entrada. Era hora de deslumbrar al público, aunque se sentía como si sus piernas fueran a fallar. La última vez que había estado allí creía que lo sabía todo acerca de la nostalgia. Qué ilusa. Qué ciega había estado. No sabía nada al respecto. Solo tenía una vaga idea de lo que podía llegar a ser, pero ese día conocía lo que significaba a la perfección. La nostalgia tenía un nombre. Pedro Alfonso. «Y solo hay una manera de enfrentarse a ella», pensó mientras se ponía de puntillas y corría hasta el escenario. Esa noche no tenía voz. Quizá ni siquiera tuviera alma. Pero eso no significaba que no tuviera nada que decir. Solo porque no fuera a vender su historia a los periódicos, no significaba que no tuviera una. Así que, mientras alzaba los brazos sobre su cabeza y empezaba a mover los pies, comenzó a contarla.




Pedro subió corriendo por la escalera vacía y miró la entrada que llevaba en la mano. Galería 97. Asiento 1. Todas las entradas estaban agotadas pero, afortunadamente, Simón tenía contactos en todos sitios. Afortunadamente, los taxistas de Londres también sobrepasaban la velocidad permitida si se les daba una buena propina al salir de Heathrow. Había llegado casi puntual, pero no había podido vestirse como el resto de los asistentes y seguía llevando la ropa del viaje. 

Bailarina: Capítulo 67

 Se detuvo en seco. Pero quizá fuera cierto. Una historia así exigiría una respuesta. Pedro tendría que enfrentarse a la realidad. Tendría que hacer algo. No podría ignorarla si su historia aparecía en la portada de todos los periódicos. No. Era una locura. Y mostraba lo desesperada que estaba en lo que a Pedro se refería. Aquello no podía ser bueno. Quizá él tuviera razón. Quizá el deseo que sentía de quedarse a su lado podría envenenar una posible relación futura. Guardó el teléfono en el bolsillo y continuó caminando. Hablar con Matías Gold no cambiaría las cosas. Sí, sacaría a la luz la ruptura de Micaela y Pedro, pero ¿Para qué serviría? No era asunto suyo y solo conseguiría que él se sintiera acorralado. Y la odiaría. Había pasado mucho tiempo de su vida con la espalda contra la pared y no se lo deseaba a nadie, y menos a Pedro, que necesitaba tanto la sensación de libertad. Él había hecho una elección y ella tenía que respetarla. Respiró hondo y liberó la rabia que sentía. La idea de que Pedro podía ser para ella. Se sentía vacía, pero también mucho más tranquila. Cuando llegó a la entrada de la Royal Opera House se detuvo un instante junto a la puerta giratoria. Todo el mundo tenía que hacer elecciones en la vida. Y había llegado el momento de hacer la suya. 





Pedro se bajó del autobús en Malcesine y miró a su alrededor. Siempre había deseado visitar los lagos italianos, pero desde luego no esperaba llegar hasta allí vía Sídney. Y, sin duda, habría preferido ir en julio y no en febrero, ya que las montañas estaban llenas de esquiadores. Miró hacia la montaña de su derecha. Se suponía que el funicular solo estaba a cinco minutos de allí, así que era posible que estuviera en la cima de Monte Baldo en menos de media hora. Por desgracia, hacía un día precioso y el lugar estaba lleno de visitantes. Una vez arriba, ignoró a la multitud y se dirigió por la cresta de la montaña hasta un lugar desde el que había una vista espectacular. El amigo que le había recomendado aquel lugar tenía razón. Era maravilloso. Se detuvo un momento y esperó hasta sentir el entusiasmo habitual. Sabía que lo notaría enseguida. Sin embargo, pasaron varios minutos y no sintió nada. De hecho, estaba seguro de que incluso le había disminuido el ritmo cardiaco. Se volvió para mirar hacia el otro lado. Abajo se veía el pueblo y el lago cubierto por una fina niebla. Nada, o al menos, nada de lo que él quería sentir. Sabía que, si Paula hubiese estado a su lado, él habría visto el brillo en su mirada y ella le habría dedicado una de sus mejores sonrisas. Se pasó el guante por el rostro. Era patético. Él se había separado de ella a propósito y había ido en busca de lugares que no tuvieran ninguna relación con ella, para no tener que enfrentarse a los recuerdos. Sin embargo, no había sido capaz de romper con la sensación de estar unido a ella. De pronto, ya no quería viajar más. Quería regresar a casa. A un lugar cálido y familiar. A un sitio donde pudiera descansar y estar, sin más. Era una lástima que no tuviera ningún sitio donde ir. Tenía un apartamento, pero no era más que el lugar donde guardaba sus cosas cuando estaba de viaje. ¿Dónde se suponía que podía ir? 

Bailarina: Capítulo 66

 Miró a su padre y le dijo:


—No sé si voy a regresar…


—Paula…


—Lo sé, papá. Lo sé —se separó de la mesa—. Creo que antes de tomar la decisión debo dormir bien una noche.


Durante un momento pensó que su padre iba a discutir con ella, pero él también se puso en pie y la besó en la mejilla.


—Que duermas bien —fue todo lo que le dijo.


Paula se detuvo en la cafetería de la esquina antes de ir a los estudios de la compañía de baile. Tenía una reunión con el director artístico a las tres, y entonces se decidiría su futuro. Pero sería ella quien tomara una decisión. Suspiró y bebió un sorbo de café. La situación que realmente quería resolver estaba fuera de su alcance, ya que la pelota estaba en el campo de Pedro. Y ella ni siquiera estaba segura de si él estaba jugando el partido. La sensación de vacío era insoportable, y la única manera que tenía para afrontar el dolor que sentía en su interior era mantenerse activa. Se acercó al mostrador con la taza de café y le preguntó a la camarera:


—¿Me puedes dar un vaso de papel con tapa?


La chica se encogió de hombros y le entregó lo que pedía. Paula sirvió el café en el vaso y le entregó la taza vacía.


—Gracias —le dijo, y salió en dirección a la parada de metro más próxima.


No podía esperar para reunirse con el director. Quizá cuando se reuniera con él, haría firme su decisión. Sin embargo, una llamada a su teléfono móvil la hizo detenerse nada más salir de la estación de Covent Garden. Era un número sin identificar. El corazón comenzó a latirle con fuerza. ¿Pedro había decidido dar señales de vida? Podía haber conseguido su número de teléfono a través de Simón.


—Diga —contestó ella.


—¿Paula Chaves?


—Sí —dijo ella, decepcionada al ver que no era la voz de Finn.


—Hola, me llamo Matías Gold y trabajo para el London Post. Nos gustaría hacerle una exclusiva sobre la historia de la bailarina huida.


—No, gracias —dijo ella.


—Por supuesto, recibirá una buena compensación económica —le dijo una cifra que sorprendió a Paula—. Le ofrecemos la oportunidad de aclarar todo lo que se ha dicho acerca de usted. Y será usted quien decida si quiere contar lo que sucedió, o no sucedió, entre Pedro Alfonso y usted.


—Yo…


—No lo decida todavía —dijo él—. La llamaré dentro de una hora para que tenga tiempo de pensárselo —el hombre colgó el teléfono antes de que Paula pudiera decirle dónde podía meterse la exclusiva.


Paula cerró el teléfono y continuó caminando. ¡Aquel hombre pretendía que vendiera su historia! Como si de verdad fueran a transcribir lo que ella dijera, o como si así pudiera cerrar la trampilla del agujero negro en el que temía caer… 


miércoles, 14 de octubre de 2020

Bailarina: Capítulo 65

 Su padre suspiró y se pasó la mano por el cabello. Después sacó una silla y se sentó a la mesa.


—Entonces, ¿Por qué lo hiciste? ¿Tu vida no era lo bastante buena para tí? ¿Qué más podía haber hecho yo?


Paula se quedó sin habla. No esperaba tener esa conversación. Esperaba recibir una bronca, pero no encontrarse a su padre, destrozado, confuso y triste. Nunca había imaginado que tuviera la capacidad de hacerlo sentir así, y la idea hizo que un sentimiento de culpa y arrepentimiento se apoderara de ella. Se acercó a él por detrás y juntó la mejilla contra la suya. Después lo rodeó con los brazos y dijo entre lágrimas:


—Lo siento. No pretendía hacerte daño, yo solo…


Lo besó en la frente y lo abrazó.


—Por favor, papá, no… —dijo sin dejar de llorar.


Él levantó la mano y le agarró el antebrazo. Permanecieron así unos instantes, hasta que ella rodeó la mesa y se sentó frente a él, mirándolo a los ojos y agarrándolo de las manos.


—Gracias —le dijo—. Gracias por ser mi protector, por cuidar de mí cuando te necesitaba, pero…


—Pero ya no me necesitas —dijo él.


—No, no es eso. Yo solo… Necesitaba que me cuidaras cuando estaba creciendo, pero ya soy mayor. Y soy perfectamente capaz de tomar mis propias decisiones —se fijó en el periódico que estaba en la mesa—. Y de cometer mis propios errores. Pero todavía te necesito, papá. Aunque no de la misma manera…


Su padre asintió.


—Lo comprendo —dijo él—. Yo también lo siento. Debería haberte dejado volar hace mucho tiempo, pero era tan difícil… —miró a otro lado—. Tu madre… Se marchó antes de que yo estuviera preparado para dejarla marchar.


«Y entonces te refugiaste en mí». Paula sintió un nudo en la garganta y apretó la mano de su padre. No hacía falta que él dijera nada más.


—¿Y la compañía de baile? —le preguntó—. ¿El director artístico? ¿Qué ha pasado?


—No voy a decir que no se montara un gran lío cuando te marchaste, pero has tenido suerte.


—¿No van a despedirme?


Él negó con la cabeza.


—Todo esto ha hecho que aumentara la venta de entradas de La sirenita. Quizá cuando regreses recibas algunas miradas de desaprobación, pero en los tiempos que corren no se puede discutir si la recaudación de la taquilla ha sido buena. Y puesto que eres la bailarina de la que no deja de hablar la prensa, quieren que vuelvas.


Paula no estaba segura de cómo se sentía al respecto.


—¿Quieres decir que igual me ofrecen otro papel principal en un futuro?


—Quiero decir que pretenden que hagas la actuación del sábado.


—¿Qué?


Su padre se pasó la mano por el rostro.


—No tienes ni idea del revuelo periodístico que se montó cuando te marchaste, ¿Verdad? 


—Esta semana han debido de tener muy pocas noticias interesantes — dijo ella.


Su padre soltó una carcajada. Eso le gustaba. Casi nunca lo hacía reír.


—Desde luego, la historia de la bailarina huida ha captado la atención del país. La prensa no ha dejado de elucubrar sobre dónde y por qué te habías marchado. Ha habido mucha especulación sobre cuándo regresarías y si volverías a bailar otra vez.


—¿Aunque al parecer todos pensaban que había perdido la magia?


—Incluso así. El papel es tuyo, si lo quieres.


Paula estaba confusa. Ninguna bailarina de verdad habría abandonado un espectáculo después del estreno. No era así como funcionaba el mundo del baile, por mucho que dijeran los periódicos. Pero quizá, debido a que corrían tiempos difíciles, estuvieran cambiando las reglas. Había pasado más de una semana desde que había ensayado por última vez y su cuerpo estaría en baja forma. No podía hacerlo. ¿Sería capaz de retomar su vida y aprovechar la fama para abrirse camino otra vez? ¿Y quería hacerlo?