Cuando Pedro se enderezó y comenzó a moverse en su dirección, a Paula le entró el pánico. ¿No se dirigiría a ella, verdad? Naturalmente que sí, se dijo a sí misma. Al fin y al cabo, era una desconocida. La lógica le dijo que era hacia ella exactamente hacia quien se dirigía. ¿Dónde estaba Lucas? Frenética, escudriñó la abarrotada habitación.
—¿Me echabas de menos, eh?
La voz de Lucas resonó junto a su oído, y ella se sintió desfallecer de puro alivio.
—Sí, la verdad es que sí —dijo—. Sólo que no por el motivo que estás pensando.
Como si no le afectara su tono seco, Lucas sonrió irónicamente y le tendió una copa de vino.
—¿Qué ocurre?
—Tu padre. Eso es lo que ocurre. Si no me equivoco, se dirige hacia nosotros.
—Así que no querías enfrentarte al viejo a solas —Lucas se inclinó hacia ella—. Sólo tienes que recordar que su ladrido es peor que su mordisco.
Paula le lanzó una mirada irritada, antes de que Pedro Alfonso absorbiera de nuevo su visión. Se había detenido a la distancia de un brazo. Inconscientemente, Paula retrocedió mientras el impacto de su áspera belleza la golpeaba casi físicamente. Como su hijo, Pedro tenía una frente amplia y los pómulos altos. Pero en eso terminaba su parecido. Su pelo era espeso y oscuro y salpicado de blanco en las sienes. Su sensible labio inferior habría hecho que su rostro fuera casi perfecto de no haber sido tan severa su expresión.
—Hola, hijo.
—Hola, papá —dijo Lucas, rodeando los hombros de Paula con un brazo y atrayéndola contra su costado—. Quisiera presentarte a Paula Chaves.
Como si fuera algo extraño a su carácter, Pedro sonrió y luego asintió con la cabeza.
—Señorita Chaves, es un placer.
Pero no lo era, pensó Paula. No estaba complacido, ni en lo más mínimo. Para su consternación, ella sintió que se le arrebolaban las mejillas y el frío escrutinio de aquellos ojos azules no hizo sino contribuir a la tensa atmósfera.
—Lo mismo digo, señor Alfonso —replicó en su tono más gélido.
—¿Nos hemos visto antes? —pregunto él, frunciendo el ceño.
Lucas lo interrumpió.
—Paula trabaja para System —hizo una pausa y le guiñó un ojo a Paula—. De hecho, está trabajando como ayudante directa mía en el nuevo proyecto.
—Ya veo —dijo Pedro, lanzando a Paula otra larga mirada, una mirada que tuvo un efecto aún más inquietante sobre ella.
Era una mirada llena de fría hostilidad y recelosa desconfianza. Por el amor de Dios, ¿quién se creía que era ella…? ¿Una aventurera a la caza de su hijo? Negándose a dejarse impresionar por él, Paula cuadró los hombros y sonrió.
—¿Sorprendido de verme… de vernos, papá? —le preguntó Lucas, cambiando de tema.
Pedro volvió a centrar la atención en su hijo y dijo:
—La verdad es que sí. Entonces dime, ¿Qué quieres?
Paula casi lanzó una exclamación ante su rudeza. Lucas se sonrojó.
—¿Qué te hace pensar que quiero algo?
—Para eso es para lo único que vienes a casa, ¿No?
—Bueno, en eso tienes razón —dijo Lucas secamente—. Quería que conocieras a Paula.
viernes, 12 de abril de 2019
Paso a Paso: Capítulo 7
Era evidente que cuando aquella casa había sido construida y amueblada, el dinero no había sido obstáculo. Rezumaba opulencia.
—Bueno, ¿Qué te parece? —le preguntó Lucas, sosteniéndola aún por el codo.
—¿Necesitas preguntarlo?
Lucas se rió entre dientes.
—Papá la hizo construir hace un par de años, justo cuando empezó a educarme para tomar las riendas del negocio. La abuela la decoró.
—¿Es la madre de tu padre?
—Sí. Es toda una señora también. Siento que no vayas a conocerla esta noche.
—Yo también —dijo Paula, mientras ella y Lucas se detenían en el umbral de una magnífica habitación que ocupaba toda la parte de atrás de la casa.
—¿Quieres una copa de vino? —le preguntó Lucas.
Ella sonrió y asintió.
—No te muevas —dijo él, apretándole el codo—. Enseguida vuelvo. Después daremos una vuelta por la casa.
Un buen número de invitados estaban repartidos por el extenso patio y entraban y salían por las grandes puertas de cristal correderas abiertas a la cálida noche de primavera. Había grupitos de gente repartidos por el césped, tomando copas y charlando animadamente.
Paula no pudo evitar soltar un suspiro de alivio al darse cuenta de que iba apropiadamente vestida. Su vestido de seda turquesa y sus pendientes de plata no desentonaban nada con los trajes de noche que la rodeaban. Centró la vista otra vez en la habitación, estudiándola. Pero, en lugar de fijarse en las grandes vigas de madera del techo o en la enorme chimenea, su mirada cayó sobre un hombre alto, de hombros anchos y con bigote, que estaba a unos metros. Experimentó un súbito cosquilleo en la espina dorsal. Aunque no se hubiera parecido a su hijo, el instinto le habría dicho que se trataba de Pedro Alfonso. No era tanto su forma de vestir lo que lo distinguía, aunque su cazadora deportiva azul, sus pantalones anchos grises y su camisa amarilla contrastaban realmente con los atuendos formales de sus invitados. No, era el hombre mismo. Todo él parecía irradiar una fría arrogancia. Allí estaba, pensó ella, un hombre acostumbrado a dar órdenes y a que se obedecieran. Trató de apartar la mirada, pero descubrió que no podía. Aquellos ojos azules que ardían como carbones la mantuvieron cautiva. Había algo magnético en él, además, algo más grande que la vida que la hizo desear tocarlo. Aquella idea era ridícula, aterradora. Paula palideció. Luego, súbitamente, él se inclinó y le dijo algo a la imponente rubia que tenía al lado.
—Bueno, ¿Qué te parece? —le preguntó Lucas, sosteniéndola aún por el codo.
—¿Necesitas preguntarlo?
Lucas se rió entre dientes.
—Papá la hizo construir hace un par de años, justo cuando empezó a educarme para tomar las riendas del negocio. La abuela la decoró.
—¿Es la madre de tu padre?
—Sí. Es toda una señora también. Siento que no vayas a conocerla esta noche.
—Yo también —dijo Paula, mientras ella y Lucas se detenían en el umbral de una magnífica habitación que ocupaba toda la parte de atrás de la casa.
—¿Quieres una copa de vino? —le preguntó Lucas.
Ella sonrió y asintió.
—No te muevas —dijo él, apretándole el codo—. Enseguida vuelvo. Después daremos una vuelta por la casa.
Un buen número de invitados estaban repartidos por el extenso patio y entraban y salían por las grandes puertas de cristal correderas abiertas a la cálida noche de primavera. Había grupitos de gente repartidos por el césped, tomando copas y charlando animadamente.
Paula no pudo evitar soltar un suspiro de alivio al darse cuenta de que iba apropiadamente vestida. Su vestido de seda turquesa y sus pendientes de plata no desentonaban nada con los trajes de noche que la rodeaban. Centró la vista otra vez en la habitación, estudiándola. Pero, en lugar de fijarse en las grandes vigas de madera del techo o en la enorme chimenea, su mirada cayó sobre un hombre alto, de hombros anchos y con bigote, que estaba a unos metros. Experimentó un súbito cosquilleo en la espina dorsal. Aunque no se hubiera parecido a su hijo, el instinto le habría dicho que se trataba de Pedro Alfonso. No era tanto su forma de vestir lo que lo distinguía, aunque su cazadora deportiva azul, sus pantalones anchos grises y su camisa amarilla contrastaban realmente con los atuendos formales de sus invitados. No, era el hombre mismo. Todo él parecía irradiar una fría arrogancia. Allí estaba, pensó ella, un hombre acostumbrado a dar órdenes y a que se obedecieran. Trató de apartar la mirada, pero descubrió que no podía. Aquellos ojos azules que ardían como carbones la mantuvieron cautiva. Había algo magnético en él, además, algo más grande que la vida que la hizo desear tocarlo. Aquella idea era ridícula, aterradora. Paula palideció. Luego, súbitamente, él se inclinó y le dijo algo a la imponente rubia que tenía al lado.
Paso a Paso: Capitulo 6
Lucas se internó por la entrada de coches circular hasta detenerse delante de la extensa casa de ladrillo. Árboles enormes se cernían alrededor de ella y Paula tuvo la impresión de haber penetrado en un bosque encantado. «¡Qué maravilla!», pensó, fascinada, mientras contemplaba cómo la luz de la luna realzaba la elegancia de la entrada.
—No nos quedaremos mucho rato, te lo prometo —dijo Lucas.
La sonrisa de Paula era escéptica.
—No sé por qué, pero no me fío de tí.
—Porque eres una desconfiada, por eso —dijo él, retorciéndole la nariz.
Paula puso los ojos en blanco.
—Venga, vamos.
Nada más salir al fresco aire nocturno, el aroma de la madreselva acarició sus sentidos. Se detuvo para inhalar con fuerza, gozando del delicioso olor.
—Vamos —la urgió Lucas—. Me muero por una copa.
Cuando llegaron a la maciza puerta de madera, Lucas no se molestó en llamar. La abrió tranquilamente y, con una sonrisa inocente, le indicó a Paula que pasara. Nada más cruzar el umbral y entrar en el espacioso vestíbulo, casi se dió de bruces con una mujer corpulenta y de rostro severo. Sin embargo, cuando vió a Lucas, sus labios se extendieron en una sonrisa irónica.
—Loado sea Dios, empezaba a pensar que te habías muerto.
—¿Y privarme —respondió cálidamente Lucas— de la mejor cocinera de todo el estado de Tejas? Ni soñarlo —añadió, agachándose para darle un beso en la mejilla.
—Entonces ¿Por qué no se te ve más el pelo? —replicó ella, sonrojándose.
—Porque he estado trabajando, por eso.
La mujer soltó un bufido. Lance se echó a reír, luego se volvió hacia Marnie y le cogió la mano.
—Alicia Bollock, te presento a Paula Chaves.
Paula extendió la mano y sonrió cálidamente.
—Hola, Alicia.
—Hola.
—Alicia lo es todo para esta casa. De hecho, sin ella este lugar no funcionaría.
—Le gusta exagerar —dijo Alicia, dirigiendo sus ojos grises a Paula—. Pero es agradable que te digan esas cosas.
—¿Dónde está todo el mundo? —preguntó Lucas, cambiando de tema—. ¿En el patio?
Paula se estaba preguntando lo mismo. Aunque podía oír música suave, entrechocar de copas y risas apagadas, aún no había visto a nadie. Alicia lanzó una mirada de soslayo.
—Allí y en el estudio.
—¿La abuela también?
El rostro de Alicia perdió parte de su animación.
—No. Ha llamado para decir que no se encontraba bien.
—Mmm, espero que no sea nada serio.
—Seguro que no, o tu padre habría cancelado la fiesta.
—Hablando de papá —dijo Lucas, tomando a Paula del codo—, ya es hora de que anunciemos nuestra presencia.
Alicia sonrió.
—Espero que vengas otra vez, Paula.
—Oh, claro que vendrá —dijo Lucas, haciéndola avanzar.
Tras dirigirle a Lucas una mirada irritada por contestar por ella, Paula escrutó lo que la rodeaba. El interior era impresionante. A su derecha, estaba el salón formal, con las paredes cubiertas de lo que, en su suposición, eran valiosísimos cuadros. Más allá, podía verse un pasillo que conducía a los dormitorios. A su izquierda estaban la cocina y el comedor.
—No nos quedaremos mucho rato, te lo prometo —dijo Lucas.
La sonrisa de Paula era escéptica.
—No sé por qué, pero no me fío de tí.
—Porque eres una desconfiada, por eso —dijo él, retorciéndole la nariz.
Paula puso los ojos en blanco.
—Venga, vamos.
Nada más salir al fresco aire nocturno, el aroma de la madreselva acarició sus sentidos. Se detuvo para inhalar con fuerza, gozando del delicioso olor.
—Vamos —la urgió Lucas—. Me muero por una copa.
Cuando llegaron a la maciza puerta de madera, Lucas no se molestó en llamar. La abrió tranquilamente y, con una sonrisa inocente, le indicó a Paula que pasara. Nada más cruzar el umbral y entrar en el espacioso vestíbulo, casi se dió de bruces con una mujer corpulenta y de rostro severo. Sin embargo, cuando vió a Lucas, sus labios se extendieron en una sonrisa irónica.
—Loado sea Dios, empezaba a pensar que te habías muerto.
—¿Y privarme —respondió cálidamente Lucas— de la mejor cocinera de todo el estado de Tejas? Ni soñarlo —añadió, agachándose para darle un beso en la mejilla.
—Entonces ¿Por qué no se te ve más el pelo? —replicó ella, sonrojándose.
—Porque he estado trabajando, por eso.
La mujer soltó un bufido. Lance se echó a reír, luego se volvió hacia Marnie y le cogió la mano.
—Alicia Bollock, te presento a Paula Chaves.
Paula extendió la mano y sonrió cálidamente.
—Hola, Alicia.
—Hola.
—Alicia lo es todo para esta casa. De hecho, sin ella este lugar no funcionaría.
—Le gusta exagerar —dijo Alicia, dirigiendo sus ojos grises a Paula—. Pero es agradable que te digan esas cosas.
—¿Dónde está todo el mundo? —preguntó Lucas, cambiando de tema—. ¿En el patio?
Paula se estaba preguntando lo mismo. Aunque podía oír música suave, entrechocar de copas y risas apagadas, aún no había visto a nadie. Alicia lanzó una mirada de soslayo.
—Allí y en el estudio.
—¿La abuela también?
El rostro de Alicia perdió parte de su animación.
—No. Ha llamado para decir que no se encontraba bien.
—Mmm, espero que no sea nada serio.
—Seguro que no, o tu padre habría cancelado la fiesta.
—Hablando de papá —dijo Lucas, tomando a Paula del codo—, ya es hora de que anunciemos nuestra presencia.
Alicia sonrió.
—Espero que vengas otra vez, Paula.
—Oh, claro que vendrá —dijo Lucas, haciéndola avanzar.
Tras dirigirle a Lucas una mirada irritada por contestar por ella, Paula escrutó lo que la rodeaba. El interior era impresionante. A su derecha, estaba el salón formal, con las paredes cubiertas de lo que, en su suposición, eran valiosísimos cuadros. Más allá, podía verse un pasillo que conducía a los dormitorios. A su izquierda estaban la cocina y el comedor.
miércoles, 10 de abril de 2019
Paso a Paso: Capítulo 5
Paula permaneció en silencio mientras Lucas se internaba con su Seville por la carretera asfaltada que conducía al rancho de Alfonso. Odiaba admitirlo, pero el corazón le latía con más fuerza de lo normal. Aunque Lucas había negado por segunda vez que hubiera ningún problema por presentarse inopinadamente en la fiesta de su padre, las dudas de Paula persistían. Aunque Pedro no tuviera nada que objetar, ella sí. Fraternizar con los ricos y famosos no tenía ningún interés para ella. Aun así, sentía curiosidad por el rancho. Los rumores que había oído no se referían tan sólo al hombre mismo, sino también a sus dominios privados. Al parecer era un lugar de gran atractivo, y en más de una ocasión se habían alojado allí jefes de estado de países visitantes.
Durante el trayecto de quince millas, no se había producido entre ellos prácticamente conversación. Ella lo había mirado en varias ocasiones, notando cada vez que tenía la mandíbula apretada en un gesto de obstinación. Desde que habían salido del restaurante, no había vuelto a decir nada sobre la propuesta. Pero Paula temía que él no estuviera dispuesto a dejar el tema, por mucho que, en su fuero interno, ella estuviese convencida de que no podía hablar en serio. Al igual que las innumerables mujeres que habían pasado por su vida, ella no era más que un entretenimiento pasajero. Cuando se diera cuenta de que no tenía la menor intención de acostarse con él, cortaría inmediatamente. Lucas quería una compañera de juegos; ella deseaba un compañero del alma. Lo echaría de menos; no podía negarlo. Aunque caprichoso y egoísta por una parte, por otra era muy agradable y divertido y estaba siempre deseando complacerla. Aun así, tal como le había dicho claramente, no lo amaba y sabía que nunca lo amaría. Ahora, mientras veía las luces de la casa resplandeciendo como estrellas a través del denso follaje, se volvió hacia él.
—No es tarde para cambiar de idea.
Apartando los ojos de la carretera, él le devolvió la mirada, con una sonrisa irónica plasmada en el rostro.
—¡Pero bueno! ¿Dónde está tu sentido de la aventura? Además, papá no es tan malo. Es solamente cuando yo estoy cerca cuando parece adoptar una personalidad diferente.
—¿Qué propósito tiene el que vengamos aquí entonces?
Lucas la miró, exasperado.
—Ya te dije que quería que lo conocieras.
Aquella vez fue Paula quien suspiró.
—De acuerdo. Lo que te parezca mejor.
«¿Para qué discutir con él?», pensó ella. De hecho, le estaba dando demasiada importancia al asunto. Pedro Alfonso no era un dios.
Durante el trayecto de quince millas, no se había producido entre ellos prácticamente conversación. Ella lo había mirado en varias ocasiones, notando cada vez que tenía la mandíbula apretada en un gesto de obstinación. Desde que habían salido del restaurante, no había vuelto a decir nada sobre la propuesta. Pero Paula temía que él no estuviera dispuesto a dejar el tema, por mucho que, en su fuero interno, ella estuviese convencida de que no podía hablar en serio. Al igual que las innumerables mujeres que habían pasado por su vida, ella no era más que un entretenimiento pasajero. Cuando se diera cuenta de que no tenía la menor intención de acostarse con él, cortaría inmediatamente. Lucas quería una compañera de juegos; ella deseaba un compañero del alma. Lo echaría de menos; no podía negarlo. Aunque caprichoso y egoísta por una parte, por otra era muy agradable y divertido y estaba siempre deseando complacerla. Aun así, tal como le había dicho claramente, no lo amaba y sabía que nunca lo amaría. Ahora, mientras veía las luces de la casa resplandeciendo como estrellas a través del denso follaje, se volvió hacia él.
—No es tarde para cambiar de idea.
Apartando los ojos de la carretera, él le devolvió la mirada, con una sonrisa irónica plasmada en el rostro.
—¡Pero bueno! ¿Dónde está tu sentido de la aventura? Además, papá no es tan malo. Es solamente cuando yo estoy cerca cuando parece adoptar una personalidad diferente.
—¿Qué propósito tiene el que vengamos aquí entonces?
Lucas la miró, exasperado.
—Ya te dije que quería que lo conocieras.
Aquella vez fue Paula quien suspiró.
—De acuerdo. Lo que te parezca mejor.
«¿Para qué discutir con él?», pensó ella. De hecho, le estaba dando demasiada importancia al asunto. Pedro Alfonso no era un dios.
Paso a Paso: Capítulo 4
—¿Y bien?
Justo cuando Paula estaba buscando algo que decir, llegó el camarero con su cena. Una oleada de alivio la invadió. Una vez el camarero se hubo marchado, el silencio continuó mientras ambos se concentraban en sus primeros platos. Sin embargo, la carne de cangrejo no le supo a nada a Paula. Era inútil; no podía fingir que la propuesta de Lucas no la había afectado. Cuanto más comía, peor le sabía la comida. Finalmente, después de comerse menos de la mitad, dejó el cubierto y apartó levemente el plato. Se llevó la copa a los labios. Por encima del borde, vió a Lucas contemplándola. Él tampoco parecía tener el menos interés en la comida, aunque había conseguido comer más que ella.
—Quizás deseen un postre —les preguntó el camarero, apareciendo como por ensalmo.
Paula sacudió la cabeza.
—No, gracias.
—Yo tampoco —dijo Lucas.
Hasta que el delicioso aroma del café no surgió de las delicadas copas de porcelana que les pusieron delante, Lucas no volvió a decir nada.
—¿Y bien? —repitió.
A pesar de la seriedad de la situación, Paula sonrió.
—Y bien ¿Qué?
Él volvió a tomarle la mano y se la apretó.
—Esto no es un juego, Paula.
—¿Tienes por costumbre proponer matrimonio a todas las mujeres con las que sales? —le preguntó ella, forzando una ligereza de tono que estaba lejos de sentir.
La boca de Lucas formó una mueca petulante.
—Hablo en serio, Pau. Estoy enamorado de tí y quiero casarme contigo.
Aunque Paula no se tomó realmente en serio su proposición, de todas formas se sintió incómoda. La determinación brillaba en los ojos de Lucas.
—No puedes sentir lo que dices, Lucas.
—Sí, te lo aseguro —dijo él testarudamente.
—Sabes que me siento honrada…
—Maldita sea, Paula, no quiero que te sientas honrada. Quiero que digas que te vas a casar conmigo.
Paula enarcó las cejas.
—Empiezo a pensar que sí hablas en serio.
—Por supuesto que sí.
—Oh, Lucas —dijo ella, sosteniéndole la mirada—. Sabes que he disfrutado viéndote estos meses. Pero también sabes que no he pretendido ser otra cosa que una amiga —el tono de Paula era dulce—. Por primera vez me siento satisfecha con mi vida. Quiero disfrutar de mi trabajo y mi libertad.
Ella también hablaba en serio. Pero, aunque no fuera aquel el caso, no estaba enamorada de Lucas Alfonso, y no podría estarlo nunca.
Lucas se inclinó hacia adelante, y en sus ojos persistía aquel brillo de determinación.
—No te vas a librar tan fácilmente. Te lo advierto aquí y ahora, no voy a renunciar.
—Y yo te advierto que estás perdiendo el tiempo.
Lucas sonrió irónicamente.
—¿Estás preparada para la fiesta?
—¿La fiesta? —repitió Paula, mirándolo sin comprender.
—Sí, mi padre está celebrando una fiesta. Y vamos a aparecer por sorpresa, para presentártelo.
Justo cuando Paula estaba buscando algo que decir, llegó el camarero con su cena. Una oleada de alivio la invadió. Una vez el camarero se hubo marchado, el silencio continuó mientras ambos se concentraban en sus primeros platos. Sin embargo, la carne de cangrejo no le supo a nada a Paula. Era inútil; no podía fingir que la propuesta de Lucas no la había afectado. Cuanto más comía, peor le sabía la comida. Finalmente, después de comerse menos de la mitad, dejó el cubierto y apartó levemente el plato. Se llevó la copa a los labios. Por encima del borde, vió a Lucas contemplándola. Él tampoco parecía tener el menos interés en la comida, aunque había conseguido comer más que ella.
—Quizás deseen un postre —les preguntó el camarero, apareciendo como por ensalmo.
Paula sacudió la cabeza.
—No, gracias.
—Yo tampoco —dijo Lucas.
Hasta que el delicioso aroma del café no surgió de las delicadas copas de porcelana que les pusieron delante, Lucas no volvió a decir nada.
—¿Y bien? —repitió.
A pesar de la seriedad de la situación, Paula sonrió.
—Y bien ¿Qué?
Él volvió a tomarle la mano y se la apretó.
—Esto no es un juego, Paula.
—¿Tienes por costumbre proponer matrimonio a todas las mujeres con las que sales? —le preguntó ella, forzando una ligereza de tono que estaba lejos de sentir.
La boca de Lucas formó una mueca petulante.
—Hablo en serio, Pau. Estoy enamorado de tí y quiero casarme contigo.
Aunque Paula no se tomó realmente en serio su proposición, de todas formas se sintió incómoda. La determinación brillaba en los ojos de Lucas.
—No puedes sentir lo que dices, Lucas.
—Sí, te lo aseguro —dijo él testarudamente.
—Sabes que me siento honrada…
—Maldita sea, Paula, no quiero que te sientas honrada. Quiero que digas que te vas a casar conmigo.
Paula enarcó las cejas.
—Empiezo a pensar que sí hablas en serio.
—Por supuesto que sí.
—Oh, Lucas —dijo ella, sosteniéndole la mirada—. Sabes que he disfrutado viéndote estos meses. Pero también sabes que no he pretendido ser otra cosa que una amiga —el tono de Paula era dulce—. Por primera vez me siento satisfecha con mi vida. Quiero disfrutar de mi trabajo y mi libertad.
Ella también hablaba en serio. Pero, aunque no fuera aquel el caso, no estaba enamorada de Lucas Alfonso, y no podría estarlo nunca.
Lucas se inclinó hacia adelante, y en sus ojos persistía aquel brillo de determinación.
—No te vas a librar tan fácilmente. Te lo advierto aquí y ahora, no voy a renunciar.
—Y yo te advierto que estás perdiendo el tiempo.
Lucas sonrió irónicamente.
—¿Estás preparada para la fiesta?
—¿La fiesta? —repitió Paula, mirándolo sin comprender.
—Sí, mi padre está celebrando una fiesta. Y vamos a aparecer por sorpresa, para presentártelo.
Paso a Paso: Capítulo 3
Era un hecho conocido que Pedro estaba ansioso por que su único hijo se encargara de todos sus negocios para él poder retirarse a su rancho y dedicarse a sus caballos. Con el fin de que Lucas aprendiera el negocio de abajo arriba, le hacía cambiar continuamente de una empresa a otra, de un departamento a otro.
—No te preocupes, lo harás bien —le dijo Paula en voz baja.
En lugar de responder, Lucas se quedó mirando cómo el camarero servía el vino. Después de probarlo, murmuró:
—Mmm, perfecto.
Una vez el camarero hubo desaparecido de nuevo, Paula tomó su copa y se la llevó a los labios.
—Tienes razón. Está delicioso.
—¿Podrías acostumbrarte a esto? —le preguntó Lucas, tomando una de sus delgadas manos entre las suyas.
Paula bajó lentamente la copa hasta la mesa.
—¿Qué quieres decir? —su tono era titubeante.
—Ya sabes lo que quiero decir.
Paula sacudió la cabeza mientras retiraba cuidadosamente la mano.
—No, me temo que no.
—Vas a hacérmelo soltar con todas las palabras, ¿Eh?
—Supongo que sí —dijo Paula con ligereza.
Lucas se echó hacia atrás y la miró seriamente.
—Lo que estoy diciendo es que podrías… que podríamos cenar así todas las noches…
Paula se rió, interrumpiéndolo.
—Tal vez tú sí, pero yo no. Acuérdate de que tengo que trabajar para vivir.
—No tendrías si te casaras conmigo.
A Paula se le aflojó la mandíbula.
—¿Perdón?
—Ya has oído lo que he dicho.
—Estás… no puedes hablar en serio.
—Oh, vaya que sí. Nunca he hablado más en serio en la vida.
Paula soltó lo primero que le vino a la mente:
—Pero… pero si eres más joven que yo.
Lucas se rió.
—Tres años. Fíjate tú. Entonces, ¿Quieres casarte conmigo?
Paula sintió una opresión en el pecho. No debería haberse conmocionado tanto ante su impulsividad, pero lo estaba. Y halagada también. No cabía duda, Lucas Alfonso estaba considerado todo un partido. Lo tenía todo… buena presencia, dinero, prestigio y encanto. Sin embargo, no tenía la menor intención de caer víctima de aquel encanto, sobre todo en aquel momento, cuando su vida estaba plagada de promesas. Pero las cosas no habían sido siempre tan satisfactorias. Ni mucho menos. Después de haberse pagado los estudios trabajando, porque su padre viudo ganaba muy poco dinero con su trabajo en un pequeño pueblo al este de Tejas, había llegado a convencerse de que estaba destinada a grandes cosas. Hasta que se enteró, súbitamente, de que su padre tenía la enfermedad de Alzheimer. Inmediatamente, había pospuesto sus planes de vida, tomando el bienestar de Miguel Chaves como principal prioridad. Aunque los años siguientes habían estado dominados por la dureza y el dolor, no lo lamentaba. Lo que sí lamentaba era haberse visto obligada finalmente a internar a su padre en una clínica especial. Aunque lo echaba de menos terriblemente, su trabajo, muy creativo y gratificante, había sido su tabla de salvación. La había ayudado a superar su pesar y había incrementado su confianza en sí misma y su seguridad financiera. Era su recién adquirida independencia lo que más atesoraba en la vida, y se negaba a tomarse en serio las insinuaciones de ningún hombre, y mucho menos las de Lucas Alfonso.
—No te preocupes, lo harás bien —le dijo Paula en voz baja.
En lugar de responder, Lucas se quedó mirando cómo el camarero servía el vino. Después de probarlo, murmuró:
—Mmm, perfecto.
Una vez el camarero hubo desaparecido de nuevo, Paula tomó su copa y se la llevó a los labios.
—Tienes razón. Está delicioso.
—¿Podrías acostumbrarte a esto? —le preguntó Lucas, tomando una de sus delgadas manos entre las suyas.
Paula bajó lentamente la copa hasta la mesa.
—¿Qué quieres decir? —su tono era titubeante.
—Ya sabes lo que quiero decir.
Paula sacudió la cabeza mientras retiraba cuidadosamente la mano.
—No, me temo que no.
—Vas a hacérmelo soltar con todas las palabras, ¿Eh?
—Supongo que sí —dijo Paula con ligereza.
Lucas se echó hacia atrás y la miró seriamente.
—Lo que estoy diciendo es que podrías… que podríamos cenar así todas las noches…
Paula se rió, interrumpiéndolo.
—Tal vez tú sí, pero yo no. Acuérdate de que tengo que trabajar para vivir.
—No tendrías si te casaras conmigo.
A Paula se le aflojó la mandíbula.
—¿Perdón?
—Ya has oído lo que he dicho.
—Estás… no puedes hablar en serio.
—Oh, vaya que sí. Nunca he hablado más en serio en la vida.
Paula soltó lo primero que le vino a la mente:
—Pero… pero si eres más joven que yo.
Lucas se rió.
—Tres años. Fíjate tú. Entonces, ¿Quieres casarte conmigo?
Paula sintió una opresión en el pecho. No debería haberse conmocionado tanto ante su impulsividad, pero lo estaba. Y halagada también. No cabía duda, Lucas Alfonso estaba considerado todo un partido. Lo tenía todo… buena presencia, dinero, prestigio y encanto. Sin embargo, no tenía la menor intención de caer víctima de aquel encanto, sobre todo en aquel momento, cuando su vida estaba plagada de promesas. Pero las cosas no habían sido siempre tan satisfactorias. Ni mucho menos. Después de haberse pagado los estudios trabajando, porque su padre viudo ganaba muy poco dinero con su trabajo en un pequeño pueblo al este de Tejas, había llegado a convencerse de que estaba destinada a grandes cosas. Hasta que se enteró, súbitamente, de que su padre tenía la enfermedad de Alzheimer. Inmediatamente, había pospuesto sus planes de vida, tomando el bienestar de Miguel Chaves como principal prioridad. Aunque los años siguientes habían estado dominados por la dureza y el dolor, no lo lamentaba. Lo que sí lamentaba era haberse visto obligada finalmente a internar a su padre en una clínica especial. Aunque lo echaba de menos terriblemente, su trabajo, muy creativo y gratificante, había sido su tabla de salvación. La había ayudado a superar su pesar y había incrementado su confianza en sí misma y su seguridad financiera. Era su recién adquirida independencia lo que más atesoraba en la vida, y se negaba a tomarse en serio las insinuaciones de ningún hombre, y mucho menos las de Lucas Alfonso.
Paso a Paso: Capítulo 2
Habiendo estado ya en Spencer's Place con Lucas en dos ocasiones, Paula siempre pedía la especialidad de la casa… la carne de cangrejo a la Lorenzo. Era algo delicioso, como todos los demás platos del selecto menú. Mientras Lucas elegía un vino apropiado con el camarero, la mirada de Paula recorrió la habitación. La atmósfera del comedor principal, donde estaban cenando en medio de un sutil decorado a base de cristal, contrastaba con la sala intermedia y el llamativo bar, decorado con cuadros chillones de mujeres desnudas.
—¿En qué estás pensando?
Dirigiendo de nuevo su atención hacia Lucas, Paula sonrió.
—La verdad es que estaba pensando en lo agradable que es este sitio y lo bien que lo estoy pasando.
—Sí, la verdad es que resulta agradable relajarse después de esta semana. Dios mío, menuda semanita de trabajo.
Un leve ceño fruncido apareció en la frente de Paula.
—Sí, desde luego. Hacía tiempo que no trabajaba tanto.
Pero no le importaba. De hecho, el trabajo duro era su acicate, ahora que la habían ascendido al departamento de ingeniería, donde estaba trabajando en un proyecto especial. Lucas se apartó un mechón de pelo castaño de la frente, y sonrió irónicamente.
—Yo también. Si este proyecto no hace feliz al viejo, no sé qué otra cosa puede hacerlo.
—Me imagino que te refieres a tu padre.
Lance dejó de sonreír.
—El mismo, aunque no creo que le hiciera gracia que lo llamara viejo —añadió, volviendo a sonreír, como si estuviera imaginándose la reacción de Tate.
—Estoy segura de que tienes razón —dijo Paula, aunque nunca había visto al viudo Pedro Alfonso.
Los rumores que circulaban con cierta frecuencia por el trabajo lo mostraban como mucho más mujeriego, si cabía, que su hijo. Lucas suspiró.
—Sé que tengo razón. Mi padre no tolera imperfecciones en sí mismo ni en ninguna otra persona, especialmente en mí.
—Bueno, como tú dices, tiene que estar forzosamente satisfecho con el trabajo que estás haciendo en este proyecto —el tono de Paula era desenfadado—. Al fin y al cabo, has tomado su idea y la has hecho funcionar. Y ahora tenemos un contrato del gobierno.
Aunque las facciones de Lucas se iluminaron, su tono era cauteloso.
—Sí, ¿Quién iba a pensar que se le pediría a la Texas System que experimentara con un nuevo tipo de explosivo plástico? —sacudió la cabeza—. Es asombroso.
—Pero emocionante —Paula cambió de postura en la silla, ajena al entrechocar de cristal y vajilla que la rodeaba—. Nunca había trabajado en un proyecto de alto secreto con anterioridad.
—Ni yo tampoco. Espero que podamos ofrecerle al tío Samuel lo que quiere.
—Lo conseguiremos —dijo Paula con seguridad—. Este proyecto va a hacer que se hable de nosotros. Espera y verás.
—Lo único que quiero por ahora es simplemente sacarlo adelante para dejar de tener a mi padre encima.
—¿En qué estás pensando?
Dirigiendo de nuevo su atención hacia Lucas, Paula sonrió.
—La verdad es que estaba pensando en lo agradable que es este sitio y lo bien que lo estoy pasando.
—Sí, la verdad es que resulta agradable relajarse después de esta semana. Dios mío, menuda semanita de trabajo.
Un leve ceño fruncido apareció en la frente de Paula.
—Sí, desde luego. Hacía tiempo que no trabajaba tanto.
Pero no le importaba. De hecho, el trabajo duro era su acicate, ahora que la habían ascendido al departamento de ingeniería, donde estaba trabajando en un proyecto especial. Lucas se apartó un mechón de pelo castaño de la frente, y sonrió irónicamente.
—Yo también. Si este proyecto no hace feliz al viejo, no sé qué otra cosa puede hacerlo.
—Me imagino que te refieres a tu padre.
Lance dejó de sonreír.
—El mismo, aunque no creo que le hiciera gracia que lo llamara viejo —añadió, volviendo a sonreír, como si estuviera imaginándose la reacción de Tate.
—Estoy segura de que tienes razón —dijo Paula, aunque nunca había visto al viudo Pedro Alfonso.
Los rumores que circulaban con cierta frecuencia por el trabajo lo mostraban como mucho más mujeriego, si cabía, que su hijo. Lucas suspiró.
—Sé que tengo razón. Mi padre no tolera imperfecciones en sí mismo ni en ninguna otra persona, especialmente en mí.
—Bueno, como tú dices, tiene que estar forzosamente satisfecho con el trabajo que estás haciendo en este proyecto —el tono de Paula era desenfadado—. Al fin y al cabo, has tomado su idea y la has hecho funcionar. Y ahora tenemos un contrato del gobierno.
Aunque las facciones de Lucas se iluminaron, su tono era cauteloso.
—Sí, ¿Quién iba a pensar que se le pediría a la Texas System que experimentara con un nuevo tipo de explosivo plástico? —sacudió la cabeza—. Es asombroso.
—Pero emocionante —Paula cambió de postura en la silla, ajena al entrechocar de cristal y vajilla que la rodeaba—. Nunca había trabajado en un proyecto de alto secreto con anterioridad.
—Ni yo tampoco. Espero que podamos ofrecerle al tío Samuel lo que quiere.
—Lo conseguiremos —dijo Paula con seguridad—. Este proyecto va a hacer que se hable de nosotros. Espera y verás.
—Lo único que quiero por ahora es simplemente sacarlo adelante para dejar de tener a mi padre encima.
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