Seis meses después.
—De acuerdo, estamos aquí, ¿Y ahora qué? —se preguntó Paula, fijando la mirada en un hombre que estaba al final de uno de los pasillos del supermercado—. Ahora pondré la más seductora de mis sonrisas, caminaré sensualmente hacia él y lo empujaré.
—¿Empujarlo? —exclamó Zaira, la mejor amiga de Paula—. La falta de comida te está volviendo loca. Ya te dije que dejaras la dieta de los pomelos.
—Su carrito, Zai, su carrito. Y la dieta de los pomelos la terminé el mes pasado. Ahora estoy haciendo la de los plátanos.
—¿Sólo plátanos? Eso explica por qué tienes aspecto de estar a punto de desmayarte.
—No, no lo explica —miró con determinación a su amiga—. Mi madre viene a verme pasado mañana. Me ha dado hoy mismo la noticia y eso significa que tengo setenta y dos horas para encontrar a un hombre.
—¿Pero aquí? Eso es ridículo.
—Tiene que ser un hombre de cuerpo atlético, de pelo oscuro y ojos azules.
—Pero sé realista, Pau. No conoces a ese tipo.
—De momento. Además, en Cosmopolita, dicen que el supermercado es uno de los mejores lugares para conocer hombres solteros.
—Para mujeres desesperadas.
—Ése es mi caso —de otra forma, Paula jamás se habría encontrado en un supermercado abarrotado un lunes por la mañana, estudiando a todos los hombres mayores de dieciocho años.
Segundos después, Paula estaba disculpándose frente a un joven de ojos verdes, por haber empujado su carrito, destrozando al hacerlo dos paquetes de galletas y media docena de cervezas.
—La altura era la que buscaba, pero tenía los ojos verdes —le explicó a Zaira cuando volvió a su lado.
—Te diré algo, Pau, tú error ha sido darle tantos detalles a tu madre. Has sido demasiado específica.
—Dime algo que no sepa, Sherlok. Pero ya no sirve de nada lamentarse. Lo hecho, hecho está. Tengo que encontrar a alguien.
—Y yo, con la autoridad que me da ser tu contable, tengo que aconsejarte que renuncies a tu búsqueda por el bien de tu negocio. Son cerca de las diez, es lunes y tienes que pensar en la producción.
—Al salón de té de Aldana hay que enviar tres docenas de pasteles de avellana, cinco de polkas de chocolate y cuatro de tartaletas de macedonia. El envío se hará a la una. Para las cuatro...
—De acuerdo, de acuerdo, así que la producción de hoy está cubierta. ¿Pero qué me dices de la supervisión de los empleados?
—Les he dejado instrucciones muy precisas antes de salir y, para tu información, ahora tampoco estoy perdiendo el tiempo. Tenía compras que hacer, así que estoy matando dos pájaros de un tiro.
—Vale, olvidémonos de tus empleados. ¿Pero que me dices de la reunión con Wild Man Ribs? Te has pasado dos meses trabajando para conseguir ese contrato.
—Ya está todo terminado. Les he hecho una oferta que les permite disponer de nuestras mejores tartas a muy buen precio. Diego Black, el director comercial vendrá a la oficina para que firmemos el contrato —miró el reloj—. Ojalá mi vida personal fuera la mitad de bien.
—Esto es una locura. Llama a tu madre y acláralo todo. Dile que no quieres casarte, que tu negocio es lo primero y que no necesitas a ningún hombre.
—¿Y arriesgarme a que le dé un infarto como el que mató a mi padre? Tengo que pensar en su salud —Paula observó a Zaira, que estaba comiéndose una galleta. Se le hizo la boca agua y su estómago gruñó.
—¿Y no se te ocurrió pensar cuando te inventaste a ese tipo que tu madre querría conocerlo?
—Estaba desesperada, mi madre estaba llorando, a mí se me ocurrió abrir la boca y aquí estoy. Me imaginé que más adelante, cuando mi madre se encontrara mejor, podría decirle que habíamos roto.
—Utiliza ahora esa historia. Por lo que me contaste, el resultado del análisis cardiológico fue perfecto.
Paula sacudió la cabeza.
—No puedo. Ya conoces a mi madre. No sabe vivir si no tiene que cuidar de alguien, y ahora que mi padre no está, ese alguien soy yo.
—¿Y qué me dices de tus hermanos?
—No es lo mismo. Yo soy su única hija, la única posibilidad de hacer realidad sus fantasías de boda —le quitó a Zaira una galleta de la mano y se la metió a la boca—. Tengo que encontrar a alguien si no quiero que mi madre recaiga y me haga morir de sentimiento de culpabilidad.
—Lo único que estás haciendo es prolongar lo inevitable.
—Lo sé, pero todavía están muy recientes sus problemas cardíacos. En cuanto me asegure de que está bien, sacaré a ese hombre imaginario de mi vida.
—¡Eh! —una sonrisa iluminó la mirada de Zaira—. Apuesto a que el primo de Rodrigo, ese chico que te presenté el mes pasado, estaría encantado de ayudarte.
miércoles, 25 de julio de 2018
lunes, 23 de julio de 2018
Dulce Amor: Capítulo 5
—¿Mamá?
—Es viernes por la noche, ¿y dónde estás? Sentada en tu oficina, enfrente del ordenador.
Paula corrigió el error.
—Mamá, ¿no esconderías un micrófono en mi mesa la última vez que estuviste aquí, verdad?
—Una madre sabe ciertas cosas, querida. Estoy segura de que ni siquiera te has cambiado de ropa y que no has comido nada saludable —por supuesto, había acertado. Paula conservaba hasta la capa que Barman le había prestado—. Trabajo, trabajo, trabajo. Querida, jamás encontrarás a un hombre tan maravilloso como tu fallecido padre si sigues viviendo así.
—Mamá, no necesito un hombre. Y esta noche estoy muy ocupada. ¿Mamá, qué te pasa? ¿Estás llorando?
—Por supuesto que no —dijo su madre, terminando la frase con un sollozo—. No te preocupes por mí, estoy bien. No me importa lo que pueda decir el doctor Harris.
—¿El doctor Harris? ¿No es ése el cardiólogo que atendió a papá?
—El día que tu padre, Dios lo bendiga, nos abandonó, ya le dije a ese hombre que no necesitaba hacerme ningún análisis...
—¿Análisis? ¿Por qué cree el médico que necesitas que te hagan análisis?
—Sólo son unos ligeros dolores en el pecho. Nada importante. Todavía me cuesta creer que el doctor Harris haya tenido el valor de insinuar que puedo tener problemas cardíacos...
—¿Problemas cardíacos?
—Según el doctor, mi corazón late a más velocidad de la normal. Pero me ha dicho que procure tranquilizarme, que deje que mis hijos vivan como quiera. Que si mi hija quiere terminar siendo una solterona, yo al menos ya he hecho todo lo que he podido para evitarlo.
—Espera un segundo. ¿Estás insinuando que yo soy la culpable de tus problemas cardíacos? ¿Eso es lo que ha dicho el médico?
—Claro que no, cariño. Tú no tienes la culpa de no haber encontrado al hombre ideal y yo no puedo evitar preocuparme por tí. Una madre sabe cuándo están tristes sus hijos. ¿Y cómo quieres que no me preocupe? Mi propia hija sola, triste y...
—No estoy sola —replicó inmediatamente—. Yo... tengo compañía.
—¿No estás sola? ¿Y con quién estás?
—Estoy con un hombre, mamá —¿Pero qué diablos estaba haciendo? Se interrumpió para tomar aire—. Es un hombre muy atractivo, y soltero. Estamos... Estábamos repasando las cuentas.
—¿Es tú contable?
—¿Mi contable? Sí, digo no. Me refiero a que sí es contable, pero no es mi contable. Aunque, bueno, considerando que es mi hombre, de alguna manera también es mi contable. Cuando terminemos de revisar las facturas, iremos a dar un paseo a la luz de la luna.
—¿Cómo se llama? —la ilusión que reflejaba la voz de su madre acabó con cualquier intención de Paula de confesar que estaba mintiendo.
—¿Su nombre? Bueno es... —miró a su alrededor, buscando alguna idea—. Bueno, verás, se llama —se llevó la mano a la capa con la que se había cubierto la falda—, Batman —magnífico, Paula, se regañó a sí misma. Su madre iba a pensar que necesitaba una camisa de fuerza.
—¿Qué dices, cariño? Debe haber habido un cruce. Me ha parecido oírte decir...
La mirada de Paula voló hacia los libros que tenía en la estantería. Nombró al primer autor que leyó. ¿Lucas?—Sí, se llama Lucas. Ahora vamos a salir —se aferró a la capa y cerró los ojos, sintiéndose como si estuviera a punto de tirarse por la borda—. Deberías verlo, mamá. Es un sueño. Un auténtico sueño.
—Es viernes por la noche, ¿y dónde estás? Sentada en tu oficina, enfrente del ordenador.
Paula corrigió el error.
—Mamá, ¿no esconderías un micrófono en mi mesa la última vez que estuviste aquí, verdad?
—Una madre sabe ciertas cosas, querida. Estoy segura de que ni siquiera te has cambiado de ropa y que no has comido nada saludable —por supuesto, había acertado. Paula conservaba hasta la capa que Barman le había prestado—. Trabajo, trabajo, trabajo. Querida, jamás encontrarás a un hombre tan maravilloso como tu fallecido padre si sigues viviendo así.
—Mamá, no necesito un hombre. Y esta noche estoy muy ocupada. ¿Mamá, qué te pasa? ¿Estás llorando?
—Por supuesto que no —dijo su madre, terminando la frase con un sollozo—. No te preocupes por mí, estoy bien. No me importa lo que pueda decir el doctor Harris.
—¿El doctor Harris? ¿No es ése el cardiólogo que atendió a papá?
—El día que tu padre, Dios lo bendiga, nos abandonó, ya le dije a ese hombre que no necesitaba hacerme ningún análisis...
—¿Análisis? ¿Por qué cree el médico que necesitas que te hagan análisis?
—Sólo son unos ligeros dolores en el pecho. Nada importante. Todavía me cuesta creer que el doctor Harris haya tenido el valor de insinuar que puedo tener problemas cardíacos...
—¿Problemas cardíacos?
—Según el doctor, mi corazón late a más velocidad de la normal. Pero me ha dicho que procure tranquilizarme, que deje que mis hijos vivan como quiera. Que si mi hija quiere terminar siendo una solterona, yo al menos ya he hecho todo lo que he podido para evitarlo.
—Espera un segundo. ¿Estás insinuando que yo soy la culpable de tus problemas cardíacos? ¿Eso es lo que ha dicho el médico?
—Claro que no, cariño. Tú no tienes la culpa de no haber encontrado al hombre ideal y yo no puedo evitar preocuparme por tí. Una madre sabe cuándo están tristes sus hijos. ¿Y cómo quieres que no me preocupe? Mi propia hija sola, triste y...
—No estoy sola —replicó inmediatamente—. Yo... tengo compañía.
—¿No estás sola? ¿Y con quién estás?
—Estoy con un hombre, mamá —¿Pero qué diablos estaba haciendo? Se interrumpió para tomar aire—. Es un hombre muy atractivo, y soltero. Estamos... Estábamos repasando las cuentas.
—¿Es tú contable?
—¿Mi contable? Sí, digo no. Me refiero a que sí es contable, pero no es mi contable. Aunque, bueno, considerando que es mi hombre, de alguna manera también es mi contable. Cuando terminemos de revisar las facturas, iremos a dar un paseo a la luz de la luna.
—¿Cómo se llama? —la ilusión que reflejaba la voz de su madre acabó con cualquier intención de Paula de confesar que estaba mintiendo.
—¿Su nombre? Bueno es... —miró a su alrededor, buscando alguna idea—. Bueno, verás, se llama —se llevó la mano a la capa con la que se había cubierto la falda—, Batman —magnífico, Paula, se regañó a sí misma. Su madre iba a pensar que necesitaba una camisa de fuerza.
—¿Qué dices, cariño? Debe haber habido un cruce. Me ha parecido oírte decir...
La mirada de Paula voló hacia los libros que tenía en la estantería. Nombró al primer autor que leyó. ¿Lucas?—Sí, se llama Lucas. Ahora vamos a salir —se aferró a la capa y cerró los ojos, sintiéndose como si estuviera a punto de tirarse por la borda—. Deberías verlo, mamá. Es un sueño. Un auténtico sueño.
Dulce Amor: Capítulo 4
Cerró los ojos y se inclinó hacia delante. Sintió su respiración y el roce de sus labios. Batman la besó en la mejilla y Paula sintió el amargo sabor de la decepción. ¿En la mejilla? ¡Eh, no había derecho!Entonces Batman la miró y ella hizo lo imposible: se estremeció. Desde la punta de los pies a la cabeza.
—¿Podríamos vernos más tarde? —preguntó el superhéroe.
¡Sí! ¡No! No podía ser él. Pero ella jamás se estremecía, y en ese momento estaba temblando. Sí, definitivamente, su madre había vuelto a hacer vudú.
—De verdad, tengo que irme —justo en ese momento, volvió a sonar su teléfono y aporrearon la puerta.
—¿Batman? ¿Estás aquí? Soy Juan, el fotógrafo. Tenemos a miles de niños esperándote.
Se miraron durante largos segundos antes de que el teléfono y los golpes los impulsaran a actuar. Paula atendió la llamada y él abrió la puerta.
—Nos veremos más tarde —le prometió.
Y desapareció dejando a Paula sorprendida y extrañamente desilusionada.
—Todavía huele a humo —Jimena, el brazo derecho de Paula y una de las mejores reposteras de Texas, entró en el despacho de ésta con un ambientador—. Ha sido una suerte que el incendio no haya afectado al equipo informático.
—Por última vez, Jimena, no ha habido un incendio. Sólo unos cuantos chispazos por no haber cortado la corriente cuando te lo he dicho —Paula fijó la mirada en la puerta que separaba su despacho de la cocina.
—¡Las llamas han llegado hasta aquí! —Jimena alzó dramáticamente los brazos—. ¡Podía haber muerto abrasada!
—No ha habido un incendio —Paula examinó el recibo dejado por el reparador—. Lo que dice Gabriel, y también lo han confirmado los bomberos, es que se trataba de un enchufe en mal estado.
—Y qué sabrán esos tipos. Los bomberos llegaron cuando lo peor había pasado.
—La estación de bomberos está a tres bloques de aquí. El camión ha llegado en un minuto y veinte segundos y Martín dice que se han enfadado bastante al descubrir que era una falsa alarma.
—Así que no era un verdadero incendio. Pero podría haber llegado a serlo. Lo único que yo he hecho ha sido tomar precauciones.
—Lo que has hecho ha sido exagerar, como siempre.
—No he podido evitarlo. He visto esas chispas y te juro que he visto pasar mi vida ante mis ojos. ¿Y sabes qué? Voy a iniciar una nueva etapa de mi vida. Se acabaron las aburridas noches de los viernes intentando mejorar una receta. Quiero empezar a vivir y voy a hacerlo esta misma noche —se volvió expectante hacia Paula—. ¿Qué me dices? ¿Quieres venir conmigo?
Paula sacudió la cabeza.
—Tengo trabajo que hacer. He perdido tres horas yendo a ese carnaval.
—¿Y cómo te lo has pasado?
Sonrió con nostalgia.
—Las tartas han sido un éxito. Mónica, la administradora del orfanato dice que con el concurso de tartas han conseguido más dinero para el orfanato que con todo lo demás.
—Magnífico. Definitivamente, deberíamos salir a celebrarlo.
Paula miró los papeles que tenía encima del escritorio.
—Pero los viernes por la noche tengo que hacer la facturación.
—Y los sábados por la noche el inventario —añadió Jimena—. Qué aburrido. Lo que tienes que hacer es salir y conocer a algún hombre. ¿Cómo piensas conocer al hombre de tu vida si no haces vida social?
—¿Has estado hablando con mi madre? —al ver la expresión de culpabilidad de Jimena, Paula suspiró—. Has estado hablando con mi madre.
—Ha llamado mientras estabas en el orfanato. Me ha dicho que el hijo de la hermana de su peluquera viene la semana próxima a la ciudad. Es dentista. Según tu madre, es el hombre perfecto para tí, y ya le ha dicho que estás deseando enseñarle la ciudad.
—¡Oh, no! —Paula hundió el rostro entre las manos.
—No te lamentes tanto. A mí me ha parecido que podía estar bien.
Paula alzó la cabeza e irguió los hombros. Llorar no iba a servirle de nada. Si su madre se había propuesto algo, sus planes saldrían indefectiblemente adelante.
—De acuerdo, ¿Qué aspecto tiene?
—¿Quieres saber cuáles han sido las palabras exactas de tu madre?
—Sí.
—Gana alrededor de cien mil dólares al año. Tiene una casa de dos plantas cerca del lago y un BMW de cuatro puertas perfecto para sus dos futuros nietos —Paula gimió y Jimena añadió—. No está mal. Un dentista y una repostera: tú destrozas los dientes y él los arregla.
—Adiós, Jimena.
—Te veré el lunes, jefa.
Paula tomó aire y encendió el ordenador. Cientos de facturas después, el reloj marcó las doce y sonó el teléfono.
—Aja. Te he pillado.
Los habitualmente eficientes dedos de Paula escaparon de las teclas. Al número total de tartas enviadas durante la semana se le sumó un montón de ceros.
—¿Podríamos vernos más tarde? —preguntó el superhéroe.
¡Sí! ¡No! No podía ser él. Pero ella jamás se estremecía, y en ese momento estaba temblando. Sí, definitivamente, su madre había vuelto a hacer vudú.
—De verdad, tengo que irme —justo en ese momento, volvió a sonar su teléfono y aporrearon la puerta.
—¿Batman? ¿Estás aquí? Soy Juan, el fotógrafo. Tenemos a miles de niños esperándote.
Se miraron durante largos segundos antes de que el teléfono y los golpes los impulsaran a actuar. Paula atendió la llamada y él abrió la puerta.
—Nos veremos más tarde —le prometió.
Y desapareció dejando a Paula sorprendida y extrañamente desilusionada.
—Todavía huele a humo —Jimena, el brazo derecho de Paula y una de las mejores reposteras de Texas, entró en el despacho de ésta con un ambientador—. Ha sido una suerte que el incendio no haya afectado al equipo informático.
—Por última vez, Jimena, no ha habido un incendio. Sólo unos cuantos chispazos por no haber cortado la corriente cuando te lo he dicho —Paula fijó la mirada en la puerta que separaba su despacho de la cocina.
—¡Las llamas han llegado hasta aquí! —Jimena alzó dramáticamente los brazos—. ¡Podía haber muerto abrasada!
—No ha habido un incendio —Paula examinó el recibo dejado por el reparador—. Lo que dice Gabriel, y también lo han confirmado los bomberos, es que se trataba de un enchufe en mal estado.
—Y qué sabrán esos tipos. Los bomberos llegaron cuando lo peor había pasado.
—La estación de bomberos está a tres bloques de aquí. El camión ha llegado en un minuto y veinte segundos y Martín dice que se han enfadado bastante al descubrir que era una falsa alarma.
—Así que no era un verdadero incendio. Pero podría haber llegado a serlo. Lo único que yo he hecho ha sido tomar precauciones.
—Lo que has hecho ha sido exagerar, como siempre.
—No he podido evitarlo. He visto esas chispas y te juro que he visto pasar mi vida ante mis ojos. ¿Y sabes qué? Voy a iniciar una nueva etapa de mi vida. Se acabaron las aburridas noches de los viernes intentando mejorar una receta. Quiero empezar a vivir y voy a hacerlo esta misma noche —se volvió expectante hacia Paula—. ¿Qué me dices? ¿Quieres venir conmigo?
Paula sacudió la cabeza.
—Tengo trabajo que hacer. He perdido tres horas yendo a ese carnaval.
—¿Y cómo te lo has pasado?
Sonrió con nostalgia.
—Las tartas han sido un éxito. Mónica, la administradora del orfanato dice que con el concurso de tartas han conseguido más dinero para el orfanato que con todo lo demás.
—Magnífico. Definitivamente, deberíamos salir a celebrarlo.
Paula miró los papeles que tenía encima del escritorio.
—Pero los viernes por la noche tengo que hacer la facturación.
—Y los sábados por la noche el inventario —añadió Jimena—. Qué aburrido. Lo que tienes que hacer es salir y conocer a algún hombre. ¿Cómo piensas conocer al hombre de tu vida si no haces vida social?
—¿Has estado hablando con mi madre? —al ver la expresión de culpabilidad de Jimena, Paula suspiró—. Has estado hablando con mi madre.
—Ha llamado mientras estabas en el orfanato. Me ha dicho que el hijo de la hermana de su peluquera viene la semana próxima a la ciudad. Es dentista. Según tu madre, es el hombre perfecto para tí, y ya le ha dicho que estás deseando enseñarle la ciudad.
—¡Oh, no! —Paula hundió el rostro entre las manos.
—No te lamentes tanto. A mí me ha parecido que podía estar bien.
Paula alzó la cabeza e irguió los hombros. Llorar no iba a servirle de nada. Si su madre se había propuesto algo, sus planes saldrían indefectiblemente adelante.
—De acuerdo, ¿Qué aspecto tiene?
—¿Quieres saber cuáles han sido las palabras exactas de tu madre?
—Sí.
—Gana alrededor de cien mil dólares al año. Tiene una casa de dos plantas cerca del lago y un BMW de cuatro puertas perfecto para sus dos futuros nietos —Paula gimió y Jimena añadió—. No está mal. Un dentista y una repostera: tú destrozas los dientes y él los arregla.
—Adiós, Jimena.
—Te veré el lunes, jefa.
Paula tomó aire y encendió el ordenador. Cientos de facturas después, el reloj marcó las doce y sonó el teléfono.
—Aja. Te he pillado.
Los habitualmente eficientes dedos de Paula escaparon de las teclas. Al número total de tartas enviadas durante la semana se le sumó un montón de ceros.
Dulce Amor: Capítulo 3
El falso Batman le hizo volverse, la tomó por la barbilla y la miró fijamente.
—Estás llorando.
—De acuerdo, es cierto. Pero normalmente nunca lloro, salvo cuando mi madre viene a verme. Y no es que no quiera a mi madre. Claro que la quiero. Es maravillosa. Pero la última vez que vino, intentó montarme una cita con ese tipo de la gasolinera. Y no es que yo tenga nada en contra de los trabajadores de la gasolinera. Además, aquél era un hombre guapo, realmente atractivo... ¡Pero mi madre le había pagado para que saliera conmigo! Ya sabes cómo son las madres.
Batman le acarició los labios con un dedo.
—Pues la verdad es que no. Mi madre murió cuando yo era niño. Ésa es la razón por la que vengo aquí de voluntario. Yo crecí en un orfanato como éste.
—Oh —se le llenaron los ojos de lágrimas—. Lo siento, no tenía ni idea. Debo de parecerte una completa estúpida.
—No tanto, sólo un poco —le dirigió una seductora sonrisa mientras le secaba una lágrima.
Paula estuvo a punto de convertirse en un charco. ¿Un hombre al que no le asustaban las lágrimas de una mujer? Iría con él hasta el fin del mundo.
—¡Tengo una idea! —Batman se quitó la capa y la colocó alrededor de la cintura de Paula—. Mira, es del mismo color que tu traje. Nadie notará la diferencia.
—Pero no puedes renunciar a tu capa. ¿Qué sería de Batman sin su capa?
—Conservo el resto del traje. ¿Y de qué sirve ser un superhéroe si no puede ayudar a una dama en apuros?
Atractivo, amable, caballeroso y no tenía miedo a las lágrimas. Oh, Dios santo, era él. ¡Él!No, no, no. Apenas conocía a aquel tipo. De ningún modo podía ser él. El único. El hombre perfecto: dulce, sensible y sincero. Un hombre capaz de levantarse en medio de la noche para cambiarle un pañal a un niño. Un hombre capaz de amarla hasta la muerte y que jamás dejaría los calcetines en el suelo. Un hombre que supiera cocinar... De ningún modo. Y además, ella todavía no estaba preparada. Él llegaría más tarde, al cabo de unos seis años, cuando su negocio rodara por sí solo.
—¿Ya estás contenta? —le acarició la comisura de un ojo con el pulgar.
El efecto en Paula fue inmediato.
—Me... Me estás tocando —farfulló.
—¿Sí? —sonrió mientras le acariciaba tentadoramente el cuello.
¿Tentadoramente? ¿Estaría otra vez su madre jugando con aquella muñequita de vudú? ¡Qué no haría aquella mujer para ver casada a su hija!
—Realmente, no deberías estar haciendo eso. Ni siquiera nos conocemos...
—Claro que nos conocemos. Yo soy Batman y tú eres...
—Paula.
—Paula. Ya está, ya nos conocemos. Tienes una piel muy suave, Paula...
—Y tú tienes unas manos magníficas, Batman
¿Batman? ¿Acaso estaba loca? Claro que lo estaba. Batman estaba acariciándola y ella estaba convencida de que era él. Pero no, no podía ser. Aquello estaba yendo demasiado rápido.
—Una piel verdaderamente suave —dijo otra vez, se inclinó hacia delante y la besó.«Ella». Aquella palabra no fue más que un susurro contra sus labios... O más probablemente un producto de su imaginación.
Sí, tenía que haber sido su imaginación. Tenía que serlo, porque él no era su él y ella no era su ella. Paula no creía en el amor a primera vista. Ni en gente real ni en personajes literarios. Batman profundizó su beso y los pensamientos de Delilah se desintegraron.Sus labios se movían, sus lenguas se entrelazaban, sus cuerpos se arqueaban y sentía que estallaba un castillo de fuegos artificiales en su cabeza.Y de pronto todo acabó.
—Yo... Tú... Me has besado —se llevó la temblorosa mano a los labios, intentando recapacitar sobre lo ocurrido.
—Lo siento, no pretendía hacerlo —parecía tan sorprendido como ella—. Pero es que tienes una piel tan suave. Es una locura, pero de pronto me ha parecido que lo más lógico era que te besara —el sonido del teléfono móvil de Paula interrumpió sus palabras.«Salvada por la campana». Desgraciadamente.
—¿Diga?
—¡Paula! —exclamó una voz de mujer al otro lado.
—No podías haber llamado en un momento mejor.
—¡La batidora está rota! Tengo que hacer cuatro docenas de tartas esta mañana y... ¡Dios mío! Creo que he visto una chispa. ¡Está ardiendo!
—No está ardiendo —se oyó gritar a Martín, uno de los repartidores—. Tranquila, jefa. Sólo ha sido una chispa.
—De acuerdo, Jimena, tranquilízate. Martín, desenchufa la batidora y ya me encargo yo de llamar para que vayan a repararla.
—¿Problemas en casa? —preguntó Batman cuando Paula terminó de hablar con el taller de reparaciones.
—En mi negocio —guardó el teléfono—. Me temo que tengo que irme —«¡muévete!», le gritaba su cerebro.
Pero sus pies se negaban a moverse. Batman estaba a punto de besarla otra vez. Podía sentir su calor, el calor de su cuerpo...
—Estás llorando.
—De acuerdo, es cierto. Pero normalmente nunca lloro, salvo cuando mi madre viene a verme. Y no es que no quiera a mi madre. Claro que la quiero. Es maravillosa. Pero la última vez que vino, intentó montarme una cita con ese tipo de la gasolinera. Y no es que yo tenga nada en contra de los trabajadores de la gasolinera. Además, aquél era un hombre guapo, realmente atractivo... ¡Pero mi madre le había pagado para que saliera conmigo! Ya sabes cómo son las madres.
Batman le acarició los labios con un dedo.
—Pues la verdad es que no. Mi madre murió cuando yo era niño. Ésa es la razón por la que vengo aquí de voluntario. Yo crecí en un orfanato como éste.
—Oh —se le llenaron los ojos de lágrimas—. Lo siento, no tenía ni idea. Debo de parecerte una completa estúpida.
—No tanto, sólo un poco —le dirigió una seductora sonrisa mientras le secaba una lágrima.
Paula estuvo a punto de convertirse en un charco. ¿Un hombre al que no le asustaban las lágrimas de una mujer? Iría con él hasta el fin del mundo.
—¡Tengo una idea! —Batman se quitó la capa y la colocó alrededor de la cintura de Paula—. Mira, es del mismo color que tu traje. Nadie notará la diferencia.
—Pero no puedes renunciar a tu capa. ¿Qué sería de Batman sin su capa?
—Conservo el resto del traje. ¿Y de qué sirve ser un superhéroe si no puede ayudar a una dama en apuros?
Atractivo, amable, caballeroso y no tenía miedo a las lágrimas. Oh, Dios santo, era él. ¡Él!No, no, no. Apenas conocía a aquel tipo. De ningún modo podía ser él. El único. El hombre perfecto: dulce, sensible y sincero. Un hombre capaz de levantarse en medio de la noche para cambiarle un pañal a un niño. Un hombre capaz de amarla hasta la muerte y que jamás dejaría los calcetines en el suelo. Un hombre que supiera cocinar... De ningún modo. Y además, ella todavía no estaba preparada. Él llegaría más tarde, al cabo de unos seis años, cuando su negocio rodara por sí solo.
—¿Ya estás contenta? —le acarició la comisura de un ojo con el pulgar.
El efecto en Paula fue inmediato.
—Me... Me estás tocando —farfulló.
—¿Sí? —sonrió mientras le acariciaba tentadoramente el cuello.
¿Tentadoramente? ¿Estaría otra vez su madre jugando con aquella muñequita de vudú? ¡Qué no haría aquella mujer para ver casada a su hija!
—Realmente, no deberías estar haciendo eso. Ni siquiera nos conocemos...
—Claro que nos conocemos. Yo soy Batman y tú eres...
—Paula.
—Paula. Ya está, ya nos conocemos. Tienes una piel muy suave, Paula...
—Y tú tienes unas manos magníficas, Batman
¿Batman? ¿Acaso estaba loca? Claro que lo estaba. Batman estaba acariciándola y ella estaba convencida de que era él. Pero no, no podía ser. Aquello estaba yendo demasiado rápido.
—Una piel verdaderamente suave —dijo otra vez, se inclinó hacia delante y la besó.«Ella». Aquella palabra no fue más que un susurro contra sus labios... O más probablemente un producto de su imaginación.
Sí, tenía que haber sido su imaginación. Tenía que serlo, porque él no era su él y ella no era su ella. Paula no creía en el amor a primera vista. Ni en gente real ni en personajes literarios. Batman profundizó su beso y los pensamientos de Delilah se desintegraron.Sus labios se movían, sus lenguas se entrelazaban, sus cuerpos se arqueaban y sentía que estallaba un castillo de fuegos artificiales en su cabeza.Y de pronto todo acabó.
—Yo... Tú... Me has besado —se llevó la temblorosa mano a los labios, intentando recapacitar sobre lo ocurrido.
—Lo siento, no pretendía hacerlo —parecía tan sorprendido como ella—. Pero es que tienes una piel tan suave. Es una locura, pero de pronto me ha parecido que lo más lógico era que te besara —el sonido del teléfono móvil de Paula interrumpió sus palabras.«Salvada por la campana». Desgraciadamente.
—¿Diga?
—¡Paula! —exclamó una voz de mujer al otro lado.
—No podías haber llamado en un momento mejor.
—¡La batidora está rota! Tengo que hacer cuatro docenas de tartas esta mañana y... ¡Dios mío! Creo que he visto una chispa. ¡Está ardiendo!
—No está ardiendo —se oyó gritar a Martín, uno de los repartidores—. Tranquila, jefa. Sólo ha sido una chispa.
—De acuerdo, Jimena, tranquilízate. Martín, desenchufa la batidora y ya me encargo yo de llamar para que vayan a repararla.
—¿Problemas en casa? —preguntó Batman cuando Paula terminó de hablar con el taller de reparaciones.
—En mi negocio —guardó el teléfono—. Me temo que tengo que irme —«¡muévete!», le gritaba su cerebro.
Pero sus pies se negaban a moverse. Batman estaba a punto de besarla otra vez. Podía sentir su calor, el calor de su cuerpo...
Dulce Amor: Capítulo 2
—Sí, ya me imagino —dejó que su mirada vagara sin prisa por la falda femenina—. ¿Y siempre lleva ropa interior negra, o esta ha sido una ocasión especial?
—También tengo ropa interior de otros colores, pero el color negro iba bien con este traje. Este es... mi traje favorito, siempre me lo pongo para las fotografías publicitarias. Bueno, en esta ocasión no venía a posar para ninguna fotografía, pero de todas formas quería venir lo más arreglada posible. No soy nada fotogénica y cuando me enteré que iba a venir la prensa estuve a punto de decidir no... De todas formas iba a donar las tartas para alguno de los juegos, ¿Pero cómo iba a decirles que no a todos esos niños? —rió—. Me refiero a que ya les había prometido asistir, y que odie salir en una fotografía no es razón para incumplir una promesa —hizo una mueca—. Estoy divagando, ¿Verdad? Siempre lo hago cuando estoy nerviosa. Y no es que normalmente lo esté. Nunca estoy nerviosa, así que nunca divago. Pero hoy no ha sido un día muy normal. Primero, se me rasga la falda en medio de una docena de patrocinadores, y después me encuentro contigo aquí... Y no quiero decir que tú me pongas nerviosa —tragó saliva. Caramba, se dijo, ¿por qué tenía que mirarla tan fijamente? Intentó sonreír—. No todos los días se encuentra una con... ¿Batman?
Continuó sonrió.
—Este año el carnaval está dedicado a los superhéroes. Se supone que la gente tendrá que hacerse fotos conmigo. Por eso tengo que arreglar esta cremallera. El puesto de las fotografías abrió hace cinco minutos. Ya hay unos veinte niños esperándome.
—Veamos si puedo ayudarte —se acercó a él y tuvo que llevarse la mano al corazón para dominar sus erráticos latidos.
La cremallera de Batman se había atascado a medio camino, revelando un cuerpo perfecto y unos calzoncillos negros. Caramba. Aunque Paula estaba acostumbrada a ver a hombre en ropa interior, puesto que tenía tres hermanos mayores que ella, aquello era diferente. Aquel hombre era diferente.Pero claro que era diferente, se regañó. Era Batman, por el amor de Dios. Por lo menos aparentemente. Pero ella siempre se había enorgullecido de no juzgar a nadie por su aspecto. Era el interior lo que contaba y, caramba, el de aquel hombre era perfecto.Tomó aire e intentó subir la cremallera, procurando no tocarlo. Cerró los ojos y tiró hacia arriba.
—Creo que se ha trabado con la tela. Veamos si puedo... —sintió el calor de aquellos músculos duros como el acero contra las puntas de sus dedos—. Vaya, parece que la cremallera no está dispuesta a cooperar —comentó.
—No me digas. Así que te dedicas a las tartas, ¿eh?
—Hago las mejores tartas de Texas.
—Me encantan las tartas. ¿Y es muy grande tu negocio?
«No tanto como tú», pensó automáticamente Paula.
—Bueno, hacemos unas ocho docenas de tartas a la semana. Trabajamos de forma artesanal, manualmente, aunque ahora mismo es un negocio en expansión.
—¿Manualmente?
Paula apartó las manos casi automáticamente. Sintió sobre ella la mirada de aquel superhombre que sonreía mientras intentaba recuperar la respiración. «¡No lo mires!», se decía, «¡No lo mires!».
—¿Es la primera vez que vienes por el orfanato? —le preguntó él.
—Eh, sí, pero pienso venir más —volvió a ocuparse de la cremallera. «Empuja, sube», le decía mentalmente a la cremallera. Pero, definitivamente, no eran los mejores verbos en los que pensar estando frente a un hombre semidesnudo—. Los niños... —se aclaró la garganta—. Son... magníficos. ¿Y tú? ¿También es ésta la primera vez que vienes?
—No, vengo regularmente. Un par de veces a la semana cuando puedo. No creo que haya mucha gente que comprenda lo importante que es para estos niños que alguien venga a pasar un rato con ellos —aquellas palabras, dichas con tanto corazón, hicieron un profundo efecto en Paula.
No, se regañó ella inmediatamente. Nada de profundo, insistió mientras tiraba nuevamente de la cremallera. En aquella ocasión con éxito.
—Bueno, ya está.
—Caramba, gracias —sonrió y a Paula le dió un vuelco el corazón—. Ahora te toca a tí.
—No, no hace falta... ¡oh! —unas manos fuertes acababan de apoderarse de su cintura y estaban haciéndole girar—. Mira, no tienes por qué hacerlo. Puedo intentarlo yo...
—Te lo debo —tiró de ambos lados de la falda, rozando con los dedos el encaje de la ropa interior.
Paula tragó saliva. Estaban tan cerca... Y él olía tan bien.
—¿Tienes un imperdible? —la voz grave y aterciopelada de aquel falso Batman cosquilleó los oídos de ella.
—Eh, claro —le pasó un imperdible, intentando no pensar en él.
—¿No tienes más?
—¿Más? —«más» era una bonita palabra. Más cercanía, más caricias en ciertas partes de su cuerpo. Sí, «más» era una palabra realmente buena.
—Más imperdibles —contestó él, haciendo añicos los pensamientos de Paula—. No creo que baste con uno.
Ni con una docena, teniendo en cuenta el tamaño del descosido y el volumen de su... trasero. A Paula volvieron a llenársele los ojos de lágrimas. Sollozó con tristeza.
—No estás llorando, ¿Verdad?
—No —contestó con voz atragantada, mientras se secaba las lágrimas.
—También tengo ropa interior de otros colores, pero el color negro iba bien con este traje. Este es... mi traje favorito, siempre me lo pongo para las fotografías publicitarias. Bueno, en esta ocasión no venía a posar para ninguna fotografía, pero de todas formas quería venir lo más arreglada posible. No soy nada fotogénica y cuando me enteré que iba a venir la prensa estuve a punto de decidir no... De todas formas iba a donar las tartas para alguno de los juegos, ¿Pero cómo iba a decirles que no a todos esos niños? —rió—. Me refiero a que ya les había prometido asistir, y que odie salir en una fotografía no es razón para incumplir una promesa —hizo una mueca—. Estoy divagando, ¿Verdad? Siempre lo hago cuando estoy nerviosa. Y no es que normalmente lo esté. Nunca estoy nerviosa, así que nunca divago. Pero hoy no ha sido un día muy normal. Primero, se me rasga la falda en medio de una docena de patrocinadores, y después me encuentro contigo aquí... Y no quiero decir que tú me pongas nerviosa —tragó saliva. Caramba, se dijo, ¿por qué tenía que mirarla tan fijamente? Intentó sonreír—. No todos los días se encuentra una con... ¿Batman?
Continuó sonrió.
—Este año el carnaval está dedicado a los superhéroes. Se supone que la gente tendrá que hacerse fotos conmigo. Por eso tengo que arreglar esta cremallera. El puesto de las fotografías abrió hace cinco minutos. Ya hay unos veinte niños esperándome.
—Veamos si puedo ayudarte —se acercó a él y tuvo que llevarse la mano al corazón para dominar sus erráticos latidos.
La cremallera de Batman se había atascado a medio camino, revelando un cuerpo perfecto y unos calzoncillos negros. Caramba. Aunque Paula estaba acostumbrada a ver a hombre en ropa interior, puesto que tenía tres hermanos mayores que ella, aquello era diferente. Aquel hombre era diferente.Pero claro que era diferente, se regañó. Era Batman, por el amor de Dios. Por lo menos aparentemente. Pero ella siempre se había enorgullecido de no juzgar a nadie por su aspecto. Era el interior lo que contaba y, caramba, el de aquel hombre era perfecto.Tomó aire e intentó subir la cremallera, procurando no tocarlo. Cerró los ojos y tiró hacia arriba.
—Creo que se ha trabado con la tela. Veamos si puedo... —sintió el calor de aquellos músculos duros como el acero contra las puntas de sus dedos—. Vaya, parece que la cremallera no está dispuesta a cooperar —comentó.
—No me digas. Así que te dedicas a las tartas, ¿eh?
—Hago las mejores tartas de Texas.
—Me encantan las tartas. ¿Y es muy grande tu negocio?
«No tanto como tú», pensó automáticamente Paula.
—Bueno, hacemos unas ocho docenas de tartas a la semana. Trabajamos de forma artesanal, manualmente, aunque ahora mismo es un negocio en expansión.
—¿Manualmente?
Paula apartó las manos casi automáticamente. Sintió sobre ella la mirada de aquel superhombre que sonreía mientras intentaba recuperar la respiración. «¡No lo mires!», se decía, «¡No lo mires!».
—¿Es la primera vez que vienes por el orfanato? —le preguntó él.
—Eh, sí, pero pienso venir más —volvió a ocuparse de la cremallera. «Empuja, sube», le decía mentalmente a la cremallera. Pero, definitivamente, no eran los mejores verbos en los que pensar estando frente a un hombre semidesnudo—. Los niños... —se aclaró la garganta—. Son... magníficos. ¿Y tú? ¿También es ésta la primera vez que vienes?
—No, vengo regularmente. Un par de veces a la semana cuando puedo. No creo que haya mucha gente que comprenda lo importante que es para estos niños que alguien venga a pasar un rato con ellos —aquellas palabras, dichas con tanto corazón, hicieron un profundo efecto en Paula.
No, se regañó ella inmediatamente. Nada de profundo, insistió mientras tiraba nuevamente de la cremallera. En aquella ocasión con éxito.
—Bueno, ya está.
—Caramba, gracias —sonrió y a Paula le dió un vuelco el corazón—. Ahora te toca a tí.
—No, no hace falta... ¡oh! —unas manos fuertes acababan de apoderarse de su cintura y estaban haciéndole girar—. Mira, no tienes por qué hacerlo. Puedo intentarlo yo...
—Te lo debo —tiró de ambos lados de la falda, rozando con los dedos el encaje de la ropa interior.
Paula tragó saliva. Estaban tan cerca... Y él olía tan bien.
—¿Tienes un imperdible? —la voz grave y aterciopelada de aquel falso Batman cosquilleó los oídos de ella.
—Eh, claro —le pasó un imperdible, intentando no pensar en él.
—¿No tienes más?
—¿Más? —«más» era una bonita palabra. Más cercanía, más caricias en ciertas partes de su cuerpo. Sí, «más» era una palabra realmente buena.
—Más imperdibles —contestó él, haciendo añicos los pensamientos de Paula—. No creo que baste con uno.
Ni con una docena, teniendo en cuenta el tamaño del descosido y el volumen de su... trasero. A Paula volvieron a llenársele los ojos de lágrimas. Sollozó con tristeza.
—No estás llorando, ¿Verdad?
—No —contestó con voz atragantada, mientras se secaba las lágrimas.
Dulce Amor: Capítulo 1
Paula Chaves se agarró desesperada la falda, se abrió paso entre la multitud que abarrotaba el centro juvenil y abrió la primera puerta que encontró. ¡Era un enorme armario vacío! ¡Dios existía! Cerró bruscamente la puerta, encendió la luz y dejó el bolso entre un rollo de papel higiénico y un bote de limpiador de tamaño industrial. Tomó aire e intentó calmar su atribulado corazón. No iba a llorar. ¿Qué importancia tenía que se le hubiera roto la cremallera de la falda cuando estaba a punto de hacerse una foto con el alcalde de Dallas? ¿Qué podía importar que aquella fotografía hubiera sido la mejor forma de publicidad para su negocio de repostería? ¿Y a quién podía preocuparle que una docena de niños hubiera empezado a gritar que se le veían las bragas? Pestañeó, tomó aire e irguió los hombros.
—Basta ya. Eres propietaria de una empresa. Tienes a siete personas a tu cargo y quizá seas elegida empresaria del año. Eres una profesional fría y tranquila —lo era.
Al menos normalmente. Pero cuando se había agachado a recoger del suelo su pañuelo: rippp. Paula se había levantado lentamente y se había mirado por encima del hombro. Aquel ruido inconfundible procedía de su cintura. La cremallera de la falda había estallado, dejando al descubierto su ropa interior de encaje. Ropa interior que todo el mundo había visto. Caramba, su madre seguramente habría sufrido un ataque al corazón. Las madres eran capaces de sentir ese tipo de cosas en la distancia. Alejandra Chaves, desde Houston, sabía intuitivamente cuándo sufría su hija, cuándo se encontraba en peligro y hasta cuándo aparecía ante ella la posibilidad de un matrimonio. Paula abrió el bolso y buscó ansiosa en su interior un imperdible. No era que ella, Paula Chaves, estuviera buscando un hombre. Con su negocio en alza, estaba demasiado ocupada para andar detrás de nadie. ¿Pero su madre lo entendía? Por supuesto que no. No, su madre no se daría por satisfecha hasta que la viera casada y dedicada a sus hijos. Encontró un imperdible.Y no era que a ella no le gustaran los niños. Los adoraba. De otro modo, no estaría pasando el sábado en un orfanato. Los niños eran maravillosos y algún día querría tener sus propios hijos. Pero no en aquella etapa de su vida. Le resultaría imposible atender una familia y un negocio. Había aprendido viendo a su propia madre que aquello era imposible. Se secó una lágrima y buscó frenéticamente otro imperdible.
—Deja de llorar —se regañó en voz alta—. Tú tienes la culpa de lo que ha pasado. Deberías haberte comprado una talla más.
¿Una talla más? ¡Pero si usaba la misma talla desde hacía años! Miró la cremallera y las lágrimas acudieron a sus ojos con renovado vigor. Dios santo, había engordado... Pero había que asumir la realidad. Aceptarla y continuar viviendo. Podían suceder cosas peores. Podía, por ejemplo, confundir la sal con el azúcar en una partida de tartas. Sus dos repartidores podían caer enfermos el mismo día. O su madre podía volver a escribir su teléfono en el baño de caballeros de algún pub. O, en el colmo de los males, su momento de tristeza y desconsuelo podía verse de pronto interrumpido por la irrupción de algún Batman medio vestido... «Espera un minuto».Continuó buscando en el bolso mientras fijaba la mirada en la persona que acababa de entrar en el armario tras ella. Todas aquellas dietas de adelgazamiento estaban empezando a afectarla, pensó. Estaba perdiendo la cabeza por falta de alimentos sólidos. Pestañeó, pero el hombre seguía allí. Era uno de los famosos superhéroes, un hombre alto y poderoso vestido para la ocasión con una camiseta gris de manga larga que realzaba su bien musculado torso y sus brazos perfectamente esculpidos. Unas mallas negras se ceñían alrededor de sus piernas, de sus enormes muslos y... Caramba...
—¿Hay alguien más aquí? —aquella pregunta obligó a Paula a alzar la mirada.
El recién llegado tenía la parte superior de su rostro oculta bajo una máscara. Aun así, era posible ver su firme barbilla, sombreada por una incipiente barba, sus labios generosos y sus angulosos pómulos. A través de la máscara asomaban un par de ojos azules que la miraban fijamente. Intensamente. Paula se sintió como un cervatillo atrapado entre los faros de un coche.
—Yo... —se aclaró la garganta—. Si se refiere a Batgirl o a Cat woman, me temo que ya se han ido.
El recién llegado sonrió.
—En realidad me refería a los niños —echó hacia atrás la capa que ocultaba uno de sus hombros—. Necesitaba meterme en algún lado para arreglar esta cremallera. El servicio de caballeros está lleno de niños gritando algo sobre la ropa interior de... —se interrumpió al fijar la mirada en la cremallera que Paula estaba intentando arreglar.
Sonrió. El destello de su blanca dentadura en medio de la penumbra del armario, dejó a Paula sin aliento.
—Negra —dijo él—. Me gusta la ropa interior negra.
—Eh... a mí también —¿A ella también? ¿Estaba encerrada en un armario, hablando sobre ropa interior con Spiderman?
—Basta ya. Eres propietaria de una empresa. Tienes a siete personas a tu cargo y quizá seas elegida empresaria del año. Eres una profesional fría y tranquila —lo era.
Al menos normalmente. Pero cuando se había agachado a recoger del suelo su pañuelo: rippp. Paula se había levantado lentamente y se había mirado por encima del hombro. Aquel ruido inconfundible procedía de su cintura. La cremallera de la falda había estallado, dejando al descubierto su ropa interior de encaje. Ropa interior que todo el mundo había visto. Caramba, su madre seguramente habría sufrido un ataque al corazón. Las madres eran capaces de sentir ese tipo de cosas en la distancia. Alejandra Chaves, desde Houston, sabía intuitivamente cuándo sufría su hija, cuándo se encontraba en peligro y hasta cuándo aparecía ante ella la posibilidad de un matrimonio. Paula abrió el bolso y buscó ansiosa en su interior un imperdible. No era que ella, Paula Chaves, estuviera buscando un hombre. Con su negocio en alza, estaba demasiado ocupada para andar detrás de nadie. ¿Pero su madre lo entendía? Por supuesto que no. No, su madre no se daría por satisfecha hasta que la viera casada y dedicada a sus hijos. Encontró un imperdible.Y no era que a ella no le gustaran los niños. Los adoraba. De otro modo, no estaría pasando el sábado en un orfanato. Los niños eran maravillosos y algún día querría tener sus propios hijos. Pero no en aquella etapa de su vida. Le resultaría imposible atender una familia y un negocio. Había aprendido viendo a su propia madre que aquello era imposible. Se secó una lágrima y buscó frenéticamente otro imperdible.
—Deja de llorar —se regañó en voz alta—. Tú tienes la culpa de lo que ha pasado. Deberías haberte comprado una talla más.
¿Una talla más? ¡Pero si usaba la misma talla desde hacía años! Miró la cremallera y las lágrimas acudieron a sus ojos con renovado vigor. Dios santo, había engordado... Pero había que asumir la realidad. Aceptarla y continuar viviendo. Podían suceder cosas peores. Podía, por ejemplo, confundir la sal con el azúcar en una partida de tartas. Sus dos repartidores podían caer enfermos el mismo día. O su madre podía volver a escribir su teléfono en el baño de caballeros de algún pub. O, en el colmo de los males, su momento de tristeza y desconsuelo podía verse de pronto interrumpido por la irrupción de algún Batman medio vestido... «Espera un minuto».Continuó buscando en el bolso mientras fijaba la mirada en la persona que acababa de entrar en el armario tras ella. Todas aquellas dietas de adelgazamiento estaban empezando a afectarla, pensó. Estaba perdiendo la cabeza por falta de alimentos sólidos. Pestañeó, pero el hombre seguía allí. Era uno de los famosos superhéroes, un hombre alto y poderoso vestido para la ocasión con una camiseta gris de manga larga que realzaba su bien musculado torso y sus brazos perfectamente esculpidos. Unas mallas negras se ceñían alrededor de sus piernas, de sus enormes muslos y... Caramba...
—¿Hay alguien más aquí? —aquella pregunta obligó a Paula a alzar la mirada.
El recién llegado tenía la parte superior de su rostro oculta bajo una máscara. Aun así, era posible ver su firme barbilla, sombreada por una incipiente barba, sus labios generosos y sus angulosos pómulos. A través de la máscara asomaban un par de ojos azules que la miraban fijamente. Intensamente. Paula se sintió como un cervatillo atrapado entre los faros de un coche.
—Yo... —se aclaró la garganta—. Si se refiere a Batgirl o a Cat woman, me temo que ya se han ido.
El recién llegado sonrió.
—En realidad me refería a los niños —echó hacia atrás la capa que ocultaba uno de sus hombros—. Necesitaba meterme en algún lado para arreglar esta cremallera. El servicio de caballeros está lleno de niños gritando algo sobre la ropa interior de... —se interrumpió al fijar la mirada en la cremallera que Paula estaba intentando arreglar.
Sonrió. El destello de su blanca dentadura en medio de la penumbra del armario, dejó a Paula sin aliento.
—Negra —dijo él—. Me gusta la ropa interior negra.
—Eh... a mí también —¿A ella también? ¿Estaba encerrada en un armario, hablando sobre ropa interior con Spiderman?
Dulce Amor: Sinopsis
Aunque a Paula Chaves, una repostera más que notable, nunca le habían gustado los hombres tan machistas, deseaba terriblemente a Pedro Alfonso. De modo que cuando descubrió que necesitaba a alguien que fingiera ser su prometido, pensó inmediatamente en él. E incluso llegó a endulzar su trato concediendo a los restaurantes de Pedro la exclusiva de la mejor de sus tartas. Lo único que le quedaba ya por esperar era que el camino hacia el corazón de aquel hombre fuera también dulce...
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