miércoles, 25 de julio de 2018

Dulce Amor: Capítulo 6

Seis meses después.


—De  acuerdo,  estamos  aquí,  ¿Y  ahora  qué?  —se  preguntó  Paula,  fijando  la  mirada en un hombre que estaba al final de uno de los pasillos del supermercado—. Ahora pondré la más seductora de mis sonrisas, caminaré sensualmente hacia él y lo empujaré.

—¿Empujarlo? —exclamó  Zaira,  la  mejor  amiga  de  Paula—.  La  falta  de  comida te está volviendo loca. Ya te dije que dejaras la dieta de los pomelos.

—Su  carrito,  Zai,  su  carrito.  Y  la  dieta  de  los  pomelos  la  terminé  el  mes  pasado. Ahora estoy haciendo la de los plátanos.

—¿Sólo  plátanos?  Eso  explica  por  qué  tienes  aspecto  de  estar  a  punto  de  desmayarte.

—No, no lo explica —miró con determinación a su amiga—. Mi madre viene a verme  pasado  mañana.  Me  ha  dado  hoy  mismo  la  noticia  y  eso  significa  que  tengo setenta y dos horas para encontrar a un hombre.

—¿Pero aquí? Eso es ridículo.

—Tiene que ser un hombre de cuerpo atlético, de pelo oscuro y ojos azules.

—Pero sé realista, Pau. No conoces a ese tipo.

—De momento. Además, en Cosmopolita, dicen que el supermercado es uno de los mejores lugares para conocer hombres solteros.

—Para mujeres desesperadas.

—Ése  es  mi  caso  —de  otra  forma,  Paula jamás  se  habría  encontrado  en  un  supermercado  abarrotado  un  lunes  por  la  mañana,  estudiando  a  todos  los  hombres  mayores de dieciocho años.

Segundos  después,  Paula estaba  disculpándose  frente  a  un  joven  de  ojos  verdes,  por  haber  empujado  su  carrito,  destrozando  al  hacerlo  dos  paquetes  de  galletas y media docena de cervezas.

—La altura era la que buscaba, pero tenía los ojos verdes —le explicó a Zaira cuando volvió a su lado.

—Te diré algo, Pau, tú error ha sido darle tantos detalles a tu madre. Has sido demasiado específica.

—Dime  algo  que  no  sepa,  Sherlok.  Pero  ya  no  sirve  de  nada  lamentarse.  Lo  hecho, hecho está. Tengo que encontrar a alguien.

—Y  yo,  con  la  autoridad  que  me  da  ser  tu  contable,  tengo  que  aconsejarte  que  renuncies  a  tu  búsqueda  por  el  bien  de  tu  negocio.  Son  cerca  de  las  diez,  es  lunes  y  tienes que pensar en la producción.

—Al salón de té de Aldana hay que enviar tres docenas de pasteles de avellana, cinco de polkas de chocolate y cuatro de tartaletas de macedonia. El envío se hará a la una. Para las cuatro...

—De acuerdo, de acuerdo, así que la producción de hoy está cubierta. ¿Pero qué me dices de la supervisión de los empleados?

—Les he dejado instrucciones muy precisas  antes de salir y,  para  tu  información, ahora tampoco estoy perdiendo el tiempo. Tenía compras que hacer, así que estoy matando dos pájaros de un tiro.

—Vale,  olvidémonos  de  tus  empleados.  ¿Pero  que  me  dices  de  la  reunión  con  Wild Man Ribs? Te has pasado dos meses trabajando para conseguir ese contrato.

—Ya está todo terminado. Les he hecho una oferta que les permite disponer de nuestras mejores tartas a muy buen precio. Diego Black, el director comercial vendrá a la  oficina  para  que  firmemos  el  contrato  —miró  el  reloj—.  Ojalá  mi  vida  personal  fuera la mitad de bien.

—Esto  es  una  locura.  Llama  a  tu  madre  y  acláralo  todo.  Dile  que  no  quieres  casarte, que tu negocio es lo primero y que no necesitas a ningún hombre.

—¿Y  arriesgarme  a  que  le  dé un  infarto  como  el  que  mató  a  mi  padre?  Tengo  que pensar en su salud —Paula observó a Zaira, que estaba comiéndose una galleta. Se le hizo la boca agua y su estómago gruñó.

—¿Y  no  se  te  ocurrió  pensar  cuando  te  inventaste  a  ese  tipo  que  tu  madre  querría conocerlo?

—Estaba  desesperada,  mi  madre  estaba  llorando,  a  mí  se  me  ocurrió  abrir  la  boca  y  aquí  estoy.  Me  imaginé  que  más  adelante,  cuando  mi  madre  se  encontrara  mejor, podría decirle que habíamos roto.

—Utiliza  ahora  esa  historia.  Por  lo  que  me  contaste,  el  resultado  del  análisis  cardiológico fue perfecto.

Paula sacudió la cabeza.

—No  puedo.  Ya  conoces  a  mi  madre.  No  sabe  vivir  si  no  tiene  que  cuidar  de  alguien, y ahora que mi padre no está, ese alguien soy yo.

—¿Y qué me dices de tus hermanos?

—No  es  lo  mismo.  Yo  soy  su  única  hija,  la  única  posibilidad  de  hacer  realidad  sus  fantasías  de  boda  —le  quitó  a  Zaira una  galleta  de  la  mano  y  se  la  metió  a  la  boca—. Tengo que encontrar a alguien si no quiero que mi madre recaiga y me haga morir de sentimiento de culpabilidad.

—Lo único que estás haciendo es prolongar lo inevitable.

—Lo  sé,  pero  todavía  están  muy  recientes  sus  problemas  cardíacos.  En  cuanto  me asegure de que está bien, sacaré a ese hombre imaginario de mi vida.

—¡Eh! —una  sonrisa  iluminó  la  mirada  de  Zaira—.  Apuesto  a  que  el  primo  de  Rodrigo, ese chico que te presenté el mes pasado, estaría encantado de ayudarte.

lunes, 23 de julio de 2018

Dulce Amor: Capítulo 5

—¿Mamá?

—Es  viernes  por  la  noche,  ¿y  dónde  estás?  Sentada  en  tu  oficina,  enfrente  del  ordenador.

Paula corrigió el error.

—Mamá, ¿no esconderías un micrófono en mi mesa la última vez que estuviste aquí, verdad?

—Una madre sabe ciertas cosas, querida. Estoy segura de que ni siquiera te has cambiado  de  ropa  y  que  no  has  comido  nada  saludable  —por  supuesto,  había  acertado. Paula conservaba hasta la capa que Barman le había prestado—. Trabajo, trabajo,  trabajo.  Querida,  jamás  encontrarás  a  un  hombre  tan  maravilloso  como  tu  fallecido padre si sigues viviendo así.

—Mamá, no necesito un hombre. Y esta noche estoy muy ocupada. ¿Mamá, qué te pasa? ¿Estás llorando?

—Por  supuesto  que  no  —dijo  su  madre,  terminando  la  frase  con  un  sollozo—. No  te  preocupes  por  mí,  estoy  bien.  No  me  importa  lo  que  pueda  decir  el  doctor  Harris.

—¿El doctor Harris? ¿No es ése el cardiólogo que atendió a papá?

—El  día  que  tu  padre,  Dios  lo  bendiga,  nos  abandonó,  ya  le  dije  a  ese  hombre  que no necesitaba hacerme ningún análisis...

—¿Análisis? ¿Por qué cree el médico que necesitas que te hagan análisis?

—Sólo  son  unos  ligeros  dolores  en  el  pecho.  Nada  importante.  Todavía  me  cuesta  creer  que  el  doctor  Harris  haya  tenido  el  valor  de  insinuar  que  puedo  tener  problemas cardíacos...

—¿Problemas cardíacos?

—Según  el  doctor,  mi  corazón  late  a  más  velocidad  de  la  normal.  Pero  me  ha  dicho que procure tranquilizarme, que deje que mis hijos vivan como quiera. Que si mi hija quiere terminar siendo una solterona, yo al menos ya he hecho todo lo que he podido para evitarlo.

—Espera   un   segundo.   ¿Estás  insinuando  que   yo  soy   la   culpable   de   tus   problemas cardíacos? ¿Eso es lo que ha dicho el médico?

—Claro que no, cariño. Tú no tienes la culpa de no haber encontrado al hombre ideal y yo no puedo evitar preocuparme por tí. Una madre sabe cuándo están tristes sus hijos. ¿Y cómo quieres que no me preocupe? Mi propia hija sola, triste y...

—No estoy sola —replicó inmediatamente—. Yo... tengo compañía.

—¿No estás sola? ¿Y con quién estás?

—Estoy  con  un  hombre,  mamá  —¿Pero  qué  diablos  estaba  haciendo?  Se  interrumpió  para  tomar  aire—.  Es  un  hombre  muy  atractivo,  y  soltero.  Estamos... Estábamos repasando las cuentas.

—¿Es tú contable?

—¿Mi  contable?  Sí,  digo  no.  Me  refiero  a  que  sí  es  contable,  pero  no  es  mi  contable.  Aunque,  bueno,  considerando  que  es  mi  hombre,  de  alguna  manera  también es mi contable. Cuando terminemos de revisar las facturas, iremos a dar un paseo a la luz de la luna.

—¿Cómo  se  llama?  —la  ilusión  que  reflejaba  la  voz  de  su  madre  acabó  con  cualquier intención de Paula de confesar que estaba mintiendo.

—¿Su  nombre?  Bueno  es...  —miró  a  su  alrededor,  buscando  alguna  idea—. Bueno,  verás,  se  llama  —se  llevó  la  mano  a  la  capa  con  la  que  se  había  cubierto  la  falda—,  Batman  —magnífico,  Paula,  se  regañó  a  sí  misma.  Su  madre  iba  a  pensar  que necesitaba una camisa de fuerza.

—¿Qué dices, cariño? Debe haber habido un cruce. Me ha parecido oírte decir...

La mirada de Paula voló hacia los libros que tenía en la estantería. Nombró al primer autor que leyó. ¿Lucas?—Sí, se llama Lucas. Ahora vamos a salir —se aferró a la capa y cerró los ojos, sintiéndose  como  si  estuviera  a  punto  de  tirarse  por  la  borda—.  Deberías  verlo,  mamá. Es un sueño. Un auténtico sueño.

Dulce Amor: Capítulo 4

Cerró  los  ojos  y  se  inclinó  hacia  delante.  Sintió  su  respiración  y  el  roce  de  sus  labios. Batman la besó en la mejilla y Paula sintió el amargo sabor de la decepción. ¿En la mejilla? ¡Eh, no había derecho!Entonces  Batman  la  miró  y  ella hizo  lo  imposible:  se  estremeció.  Desde  la  punta de los pies a la cabeza.

—¿Podríamos vernos más tarde? —preguntó el superhéroe.

¡Sí! ¡No! No podía ser él. Pero ella jamás se estremecía, y en ese momento estaba temblando. Sí, definitivamente, su madre había vuelto a hacer vudú.

—De  verdad,  tengo  que  irme  —justo  en  ese  momento,  volvió  a  sonar  su  teléfono y aporrearon la puerta.

—¿Batman?  ¿Estás  aquí?  Soy  Juan,  el  fotógrafo.  Tenemos  a  miles  de  niños  esperándote.

Se  miraron  durante  largos  segundos  antes  de  que  el  teléfono  y  los  golpes  los  impulsaran a actuar. Paula atendió la llamada y él abrió la puerta.

—Nos  veremos  más  tarde  —le  prometió. 

Y  desapareció  dejando  a  Paula sorprendida y extrañamente desilusionada.



—Todavía  huele  a  humo  —Jimena,  el  brazo  derecho  de  Paula y  una  de  las  mejores reposteras de Texas, entró en el despacho de ésta con un ambientador—. Ha sido una suerte que el incendio no haya afectado al equipo informático.

—Por última vez, Jimena, no ha habido un incendio. Sólo unos cuantos chispazos por no haber cortado la corriente cuando te lo he dicho —Paula fijó la mirada en la puerta que separaba su despacho de la cocina.

—¡Las llamas han llegado hasta aquí! —Jimena alzó dramáticamente los brazos—. ¡Podía haber muerto abrasada!

—No ha  habido un  incendio —Paula examinó   el   recibo  dejado  por  el   reparador—. Lo que dice Gabriel, y también lo han confirmado los bomberos, es que se trataba de un enchufe en mal estado.

—Y qué sabrán esos tipos. Los bomberos llegaron cuando lo peor había pasado.

—La estación de bomberos está a tres bloques de aquí. El camión ha llegado en un  minuto  y  veinte  segundos  y  Martín dice  que  se  han  enfadado  bastante  al  descubrir que era una falsa alarma.

—Así que no era un verdadero incendio. Pero podría haber llegado a serlo. Lo único que yo he hecho ha sido tomar precauciones.

—Lo que has hecho ha sido exagerar, como siempre.

—No  he  podido  evitarlo.  He  visto  esas  chispas  y  te  juro  que  he  visto  pasar  mi  vida  ante  mis  ojos.  ¿Y  sabes  qué?  Voy  a  iniciar  una  nueva  etapa  de  mi  vida.  Se  acabaron  las  aburridas  noches  de  los  viernes  intentando  mejorar  una  receta.  Quiero  empezar  a  vivir  y  voy  a  hacerlo  esta  misma  noche  —se  volvió  expectante  hacia  Paula—. ¿Qué me dices? ¿Quieres venir conmigo?

Paula sacudió la cabeza.

—Tengo trabajo que hacer. He perdido tres horas yendo a ese carnaval.

—¿Y cómo te lo has pasado?

Sonrió con nostalgia.

—Las  tartas  han  sido  un  éxito.  Mónica,  la  administradora  del  orfanato  dice  que  con el concurso de tartas han conseguido más dinero para el orfanato que con todo lo demás.

—Magnífico. Definitivamente, deberíamos salir a celebrarlo.

Paula miró los papeles que tenía encima del escritorio.

—Pero los viernes por la noche tengo que hacer la facturación.

—Y  los  sábados  por  la  noche  el  inventario  —añadió  Jimena—.  Qué  aburrido.  Lo  que  tienes  que  hacer  es  salir  y  conocer  a  algún  hombre.  ¿Cómo  piensas  conocer  al  hombre de tu vida si no haces vida social?

—¿Has estado hablando con mi madre? —al ver la expresión de culpabilidad de Jimena, Paula suspiró—. Has estado hablando con mi madre.

—Ha  llamado  mientras  estabas  en  el  orfanato.  Me  ha  dicho  que  el  hijo  de  la  hermana de su peluquera viene la semana próxima a la ciudad. Es dentista. Según tu madre, es el hombre perfecto para tí, y ya le ha dicho que estás deseando enseñarle la ciudad.

—¡Oh, no! —Paula hundió el rostro entre las manos.

—No te lamentes tanto. A mí me ha parecido que podía estar bien.

Paula alzó la cabeza e irguió los hombros. Llorar no iba a servirle de nada. Si su madre se había propuesto algo, sus planes saldrían indefectiblemente adelante.

—De acuerdo, ¿Qué aspecto tiene?

—¿Quieres saber cuáles han sido las palabras exactas de tu madre?

—Sí.

—Gana  alrededor  de  cien  mil  dólares  al  año.  Tiene  una  casa  de  dos  plantas  cerca  del  lago  y  un  BMW  de  cuatro  puertas  perfecto  para  sus  dos  futuros  nietos  —Paula gimió y Jimena añadió—. No está mal. Un dentista y una repostera: tú destrozas los dientes y él los arregla.

—Adiós, Jimena.

—Te veré el lunes, jefa.

Paula tomó aire y encendió el ordenador. Cientos de facturas después, el reloj marcó las doce y sonó el teléfono.

—Aja. Te he pillado.

Los  habitualmente  eficientes  dedos  de  Paula escaparon  de  las  teclas.  Al  número total de tartas enviadas durante la semana se le sumó un montón de ceros.

Dulce Amor: Capítulo 3

El falso Batman le hizo volverse, la tomó por la barbilla y la miró fijamente.

—Estás llorando.

—De acuerdo, es cierto. Pero normalmente nunca lloro, salvo cuando mi madre viene a verme. Y no es que no quiera a mi madre. Claro que la quiero. Es maravillosa. Pero la última vez que vino, intentó montarme una cita con ese tipo de la gasolinera. Y  no  es  que  yo  tenga  nada  en  contra  de  los  trabajadores  de  la  gasolinera.  Además,  aquél  era  un  hombre  guapo,  realmente  atractivo...  ¡Pero  mi  madre  le  había  pagado  para que saliera conmigo! Ya sabes cómo son las madres.

Batman le acarició los labios con un dedo.

—Pues  la  verdad  es  que  no.  Mi  madre  murió  cuando  yo  era  niño.  Ésa  es  la  razón por la que vengo aquí de voluntario. Yo crecí en un orfanato como éste.

—Oh —se  le  llenaron  los  ojos  de  lágrimas—.  Lo  siento,  no  tenía  ni  idea.  Debo  de parecerte una completa estúpida.

—No  tanto,  sólo  un  poco  —le  dirigió  una  seductora  sonrisa  mientras  le  secaba  una lágrima.

Paula estuvo  a  punto  de  convertirse  en  un  charco.  ¿Un  hombre  al  que  no  le  asustaban las lágrimas de una mujer? Iría con él hasta el fin del mundo.

—¡Tengo una idea! —Batman se quitó la capa y la colocó alrededor de la cintura de Paula—. Mira, es del mismo color que tu traje. Nadie notará la diferencia.

—Pero no puedes renunciar a tu capa. ¿Qué sería de Batman sin su capa?

—Conservo  el  resto  del  traje.  ¿Y  de  qué  sirve  ser  un  superhéroe  si  no  puede  ayudar a una dama en apuros?

Atractivo, amable, caballeroso y no tenía miedo a las lágrimas. Oh, Dios santo, era él. ¡Él!No, no, no. Apenas conocía a aquel tipo. De ningún modo podía ser él. El único. El  hombre  perfecto:  dulce,  sensible  y  sincero.  Un  hombre  capaz  de  levantarse  en  medio  de  la  noche  para  cambiarle  un  pañal  a  un  niño.  Un  hombre  capaz  de  amarla  hasta la muerte y que jamás dejaría los calcetines en el suelo. Un hombre que supiera cocinar... De  ningún  modo.  Y  además,  ella  todavía  no  estaba  preparada.  Él  llegaría  más  tarde, al cabo de unos seis años, cuando su negocio rodara por sí solo.

—¿Ya estás contenta? —le acarició la comisura de un ojo con el pulgar.

El efecto en Paula fue inmediato.

—Me... Me estás tocando —farfulló.

—¿Sí? —sonrió mientras le acariciaba tentadoramente el cuello.

¿Tentadoramente?  ¿Estaría  otra  vez  su  madre  jugando  con  aquella  muñequita  de vudú? ¡Qué no haría aquella mujer para ver casada a su hija!

—Realmente, no deberías estar haciendo eso. Ni siquiera nos conocemos...

—Claro que nos conocemos. Yo soy Batman y tú eres...

—Paula.

—Paula.  Ya  está,  ya  nos  conocemos.  Tienes  una  piel  muy  suave,  Paula...

—Y  tú  tienes  unas  manos  magníficas,  Batman

 ¿Batman?  ¿Acaso  estaba  loca?  Claro que lo estaba. Batman estaba acariciándola y ella estaba convencida de que era él. Pero no, no podía ser. Aquello estaba yendo demasiado rápido.

—Una  piel  verdaderamente  suave  —dijo  otra  vez,  se  inclinó  hacia  delante  y  la  besó.«Ella».  Aquella  palabra  no  fue  más  que  un  susurro  contra  sus  labios...  O  más  probablemente   un   producto   de   su   imaginación. 

Sí,   tenía   que   haber   sido   su   imaginación.  Tenía  que  serlo,  porque  él  no  era  su  él  y  ella  no  era  su  ella.  Paula no creía en el amor a primera vista. Ni en gente real ni en personajes literarios. Batman profundizó su beso y los pensamientos de Delilah se desintegraron.Sus  labios  se  movían,  sus  lenguas  se  entrelazaban,  sus  cuerpos  se  arqueaban  y  sentía que estallaba un castillo de fuegos artificiales en su cabeza.Y de pronto todo acabó.

—Yo...  Tú...  Me  has  besado  —se  llevó  la  temblorosa  mano  a  los  labios,  intentando recapacitar sobre lo ocurrido.

—Lo  siento,  no  pretendía  hacerlo  —parecía  tan  sorprendido  como  ella—.  Pero  es que tienes una piel tan suave. Es una locura, pero de pronto me ha parecido que lo más  lógico  era  que  te  besara  —el  sonido  del  teléfono  móvil  de  Paula interrumpió  sus palabras.«Salvada por la campana». Desgraciadamente.

—¿Diga?

—¡Paula! —exclamó una voz de mujer al otro lado.

—No podías haber llamado en un momento mejor.

—¡La batidora está rota! Tengo que hacer cuatro docenas de tartas esta mañana y... ¡Dios mío! Creo que he visto una chispa. ¡Está ardiendo!

—No  está  ardiendo  —se  oyó  gritar  a  Martín,  uno  de  los  repartidores—. Tranquila, jefa. Sólo ha sido una chispa.

—De  acuerdo,  Jimena,  tranquilízate.  Martín,  desenchufa  la  batidora  y  ya  me  encargo yo de llamar para que vayan a repararla.

—¿Problemas  en  casa?  —preguntó  Batman  cuando  Paula terminó  de  hablar  con el taller de reparaciones.

—En  mi  negocio  —guardó  el  teléfono—.  Me  temo  que  tengo  que  irme  —«¡muévete!»,  le  gritaba  su  cerebro. 

Pero  sus  pies  se  negaban  a  moverse.  Batman estaba a punto de besarla otra vez. Podía sentir su calor, el calor de su cuerpo...

Dulce Amor: Capítulo 2

—Sí,  ya  me  imagino  —dejó  que  su  mirada  vagara  sin  prisa  por  la  falda  femenina—. ¿Y siempre lleva ropa interior negra, o esta ha sido una ocasión especial?

—También tengo ropa interior de otros colores, pero el color negro iba bien con este  traje.  Este  es...  mi  traje  favorito,  siempre  me  lo  pongo  para  las  fotografías  publicitarias.  Bueno,  en  esta  ocasión  no  venía  a  posar  para  ninguna  fotografía,  pero  de  todas  formas  quería  venir  lo  más  arreglada  posible.  No  soy  nada  fotogénica  y  cuando me enteré que iba a venir la prensa estuve a punto de decidir no... De todas formas iba a donar las tartas para alguno de los juegos, ¿Pero cómo iba a decirles que no a todos esos niños? —rió—. Me refiero a que ya les había prometido asistir, y que odie  salir  en  una  fotografía  no  es  razón  para  incumplir  una  promesa  —hizo  una  mueca—. Estoy divagando, ¿Verdad? Siempre lo hago cuando estoy nerviosa. Y no es que  normalmente  lo  esté.  Nunca  estoy  nerviosa,  así  que  nunca  divago.  Pero  hoy  no  ha sido un día muy normal. Primero, se me rasga la falda en medio de una docena de patrocinadores, y después me encuentro contigo aquí... Y no quiero decir que tú me pongas  nerviosa  —tragó  saliva.  Caramba,  se  dijo,  ¿por  qué  tenía  que  mirarla  tan  fijamente? Intentó sonreír—. No todos los días se encuentra una con... ¿Batman?

Continuó sonrió.

—Este año el carnaval está dedicado a los superhéroes. Se supone que la gente tendrá  que  hacerse  fotos  conmigo.  Por  eso  tengo  que  arreglar  esta  cremallera.  El  puesto  de  las  fotografías  abrió  hace  cinco  minutos.  Ya  hay  unos  veinte  niños  esperándome.

—Veamos  si  puedo  ayudarte  —se  acercó  a  él  y  tuvo  que  llevarse  la  mano  al  corazón  para  dominar  sus  erráticos  latidos. 

La  cremallera  de  Batman  se  había  atascado  a  medio  camino,  revelando  un  cuerpo  perfecto  y  unos  calzoncillos  negros.  Caramba. Aunque  Paula estaba  acostumbrada  a  ver  a  hombre  en  ropa  interior,  puesto  que  tenía  tres  hermanos  mayores  que  ella,  aquello  era  diferente.  Aquel  hombre  era  diferente.Pero claro que era diferente, se regañó. Era Batman, por el amor de Dios. Por lo menos aparentemente. Pero ella siempre se había enorgullecido de no juzgar a nadie por  su  aspecto.  Era  el  interior  lo  que  contaba  y,  caramba,  el  de  aquel  hombre  era  perfecto.Tomó aire e intentó subir la cremallera, procurando no tocarlo. Cerró los ojos y tiró hacia arriba.

—Creo  que  se  ha  trabado  con  la  tela.  Veamos  si  puedo...  —sintió  el  calor  de  aquellos  músculos  duros  como  el  acero  contra  las  puntas  de  sus  dedos—.  Vaya,  parece que la cremallera no está dispuesta a cooperar —comentó.

—No me digas. Así que te dedicas a las tartas, ¿eh?

—Hago las mejores tartas de Texas.

—Me encantan las tartas. ¿Y es muy grande tu negocio?

«No tanto como tú», pensó automáticamente Paula.

—Bueno,  hacemos  unas  ocho  docenas  de  tartas  a  la  semana.  Trabajamos  de  forma artesanal, manualmente, aunque ahora mismo es un negocio en expansión.

—¿Manualmente?

Paula apartó  las  manos  casi  automáticamente.  Sintió  sobre  ella  la  mirada  de  aquel  superhombre  que  sonreía  mientras  intentaba  recuperar  la  respiración.  «¡No lo mires!», se decía, «¡No lo mires!».

—¿Es la primera vez que vienes por el orfanato? —le preguntó él.

—Eh, sí, pero pienso venir más —volvió a ocuparse de la cremallera. «Empuja, sube»,  le  decía  mentalmente  a  la  cremallera.  Pero,  definitivamente,  no  eran  los  mejores  verbos  en  los  que  pensar  estando  frente  a  un  hombre  semidesnudo—.  Los  niños...  —se  aclaró  la  garganta—.  Son...  magníficos.  ¿Y  tú?  ¿También  es  ésta  la  primera vez que vienes?

—No,  vengo  regularmente.  Un  par  de  veces  a  la  semana  cuando  puedo.  No  creo  que  haya  mucha  gente  que  comprenda  lo  importante  que  es  para  estos  niños  que  alguien  venga  a  pasar  un  rato  con  ellos  —aquellas  palabras,  dichas  con  tanto  corazón, hicieron un profundo efecto en Paula.

No, se regañó ella inmediatamente. Nada de profundo, insistió mientras tiraba nuevamente de la cremallera. En aquella ocasión con éxito.

—Bueno, ya está.

—Caramba, gracias —sonrió y a Paula le dió un vuelco el corazón—. Ahora te toca a tí.

—No, no hace falta... ¡oh! —unas manos fuertes acababan de apoderarse de su cintura   y   estaban   haciéndole   girar—.   Mira,   no   tienes   por   qué   hacerlo.   Puedo   intentarlo yo...

—Te lo debo —tiró de ambos lados de la falda, rozando con los dedos el encaje de la ropa interior.

Paula tragó saliva. Estaban tan cerca... Y él olía tan bien.

—¿Tienes un imperdible? —la voz grave y aterciopelada de aquel falso Batman cosquilleó los oídos de ella.

—Eh, claro —le pasó un imperdible, intentando no pensar en él.

—¿No tienes más?

—¿Más? —«más»  era  una  bonita  palabra.  Más  cercanía,  más  caricias  en  ciertas  partes de su cuerpo. Sí, «más» era una palabra realmente buena.

—Más   imperdibles   —contestó   él,   haciendo   añicos   los   pensamientos   de   Paula—. No creo que baste con uno.

Ni con una docena, teniendo en cuenta el tamaño del descosido y el volumen de su...  trasero.  A  Paula volvieron  a  llenársele  los  ojos  de  lágrimas.  Sollozó  con  tristeza.

—No estás llorando, ¿Verdad?

—No —contestó con voz atragantada, mientras se secaba las lágrimas.

Dulce Amor: Capítulo 1

Paula Chaves se  agarró  desesperada  la  falda,  se  abrió  paso  entre  la  multitud  que  abarrotaba  el  centro  juvenil  y  abrió  la  primera  puerta  que  encontró.  ¡Era  un  enorme armario vacío! ¡Dios existía! Cerró  bruscamente  la  puerta,  encendió  la  luz  y  dejó  el  bolso  entre  un  rollo  de  papel  higiénico  y  un  bote  de  limpiador  de  tamaño  industrial.  Tomó  aire  e  intentó  calmar su atribulado corazón. No iba a llorar. ¿Qué importancia tenía que se le hubiera roto la cremallera de la falda cuando estaba a punto de hacerse una foto con el alcalde de Dallas? ¿Qué podía importar que aquella  fotografía  hubiera  sido  la  mejor  forma  de  publicidad  para  su  negocio  de  repostería?   ¿Y  a  quién podía   preocuparle que una docena de niños hubiera   empezado a gritar que se le veían las bragas? Pestañeó, tomó aire e irguió los hombros.

—Basta ya. Eres propietaria de una empresa. Tienes a siete personas a tu cargo y  quizá  seas  elegida  empresaria  del  año.  Eres  una  profesional  fría  y  tranquila  —lo era. 

Al  menos  normalmente.  Pero  cuando  se  había  agachado  a  recoger  del  suelo  su  pañuelo: rippp. Paula se  había  levantado  lentamente  y  se  había  mirado  por  encima  del  hombro. Aquel ruido inconfundible procedía de su cintura. La cremallera de la falda había  estallado,  dejando  al  descubierto  su  ropa  interior  de  encaje.  Ropa  interior  que  todo el mundo había visto. Caramba,  su  madre  seguramente  habría  sufrido  un  ataque  al  corazón.  Las  madres eran capaces de sentir ese tipo de cosas en la distancia. Alejandra Chaves, desde Houston, sabía intuitivamente cuándo sufría su hija, cuándo se encontraba en peligro y hasta cuándo aparecía ante ella la posibilidad de un matrimonio. Paula abrió el bolso y buscó ansiosa en su interior un imperdible. No era que ella,  Paula Chaves,  estuviera  buscando  un  hombre.  Con  su  negocio  en  alza,  estaba demasiado ocupada para andar detrás de nadie. ¿Pero su madre lo entendía? Por  supuesto  que  no.  No,  su  madre  no  se  daría  por  satisfecha  hasta  que  la  viera  casada y dedicada a sus hijos. Encontró un imperdible.Y no era que a ella no le gustaran los niños. Los adoraba. De otro modo, no estaría pasando el sábado en un orfanato. Los niños eran maravillosos y algún día querría  tener  sus  propios  hijos.  Pero  no  en  aquella  etapa  de  su  vida.  Le  resultaría  imposible  atender  una  familia  y  un  negocio.  Había  aprendido  viendo  a  su  propia madre que aquello era imposible. Se secó una lágrima y buscó frenéticamente otro imperdible.

—Deja  de  llorar  —se  regañó  en  voz  alta—.  Tú  tienes  la  culpa  de  lo  que  ha  pasado. Deberías haberte comprado una talla más.

¿Una  talla  más?  ¡Pero  si  usaba  la  misma  talla  desde  hacía  años!  Miró  la  cremallera y las lágrimas acudieron a sus ojos con renovado vigor. Dios santo, había engordado... Pero  había  que  asumir  la  realidad.  Aceptarla  y  continuar  viviendo.  Podían  suceder  cosas  peores.  Podía,  por  ejemplo,  confundir  la  sal  con  el  azúcar  en  una  partida  de  tartas.  Sus  dos  repartidores  podían  caer  enfermos  el  mismo  día.  O  su  madre  podía  volver  a  escribir  su  teléfono  en  el  baño  de  caballeros  de  algún  pub.  O,  en  el  colmo  de  los  males,  su  momento  de  tristeza  y  desconsuelo  podía  verse  de  pronto interrumpido por la irrupción de algún Batman medio vestido... «Espera un minuto».Continuó  buscando  en  el  bolso  mientras  fijaba  la  mirada  en  la  persona  que  acababa de entrar en el armario tras ella. Todas aquellas dietas de adelgazamiento estaban empezando a afectarla, pensó. Estaba perdiendo la cabeza por falta de alimentos sólidos. Pestañeó, pero el hombre seguía allí. Era uno de los famosos superhéroes, un hombre alto y poderoso vestido para   la   ocasión   con   una   camiseta   gris   de   manga   larga   que   realzaba   su   bien   musculado  torso  y  sus  brazos  perfectamente  esculpidos.  Unas  mallas  negras  se  ceñían alrededor de sus piernas, de sus enormes muslos y... Caramba...

 —¿Hay  alguien  más  aquí?  —aquella  pregunta  obligó  a  Paula a  alzar  la  mirada.

El  recién  llegado  tenía  la  parte  superior  de  su  rostro  oculta  bajo  una  máscara.  Aun  así,  era  posible  ver  su  firme  barbilla,  sombreada  por  una  incipiente  barba,  sus  labios generosos y sus angulosos pómulos. A través de la máscara asomaban un par de  ojos  azules  que  la  miraban  fijamente.  Intensamente.  Paula se  sintió  como  un  cervatillo atrapado entre los faros de un coche.

—Yo... —se aclaró la garganta—. Si se refiere a Batgirl o a Cat woman, me temo que ya se han ido.

El recién llegado sonrió.

—En realidad me refería a los niños —echó hacia atrás la capa que ocultaba uno de  sus  hombros—.  Necesitaba  meterme  en  algún  lado  para  arreglar  esta  cremallera.  El servicio de caballeros está lleno de niños gritando algo sobre la ropa interior de... —se interrumpió  al  fijar  la  mirada  en  la  cremallera  que  Paula estaba  intentando  arreglar.

Sonrió.  El  destello  de  su  blanca  dentadura  en  medio  de  la  penumbra  del  armario, dejó a Paula sin aliento.

—Negra —dijo él—. Me gusta la ropa interior negra.

—Eh... a  mí  también —¿A  ella  también?  ¿Estaba  encerrada  en  un  armario,  hablando sobre ropa interior con Spiderman?

Dulce Amor: Sinopsis

Aunque  a  Paula Chaves,  una  repostera  más  que  notable,  nunca  le  habían  gustado  los  hombres  tan  machistas,  deseaba  terriblemente  a  Pedro Alfonso.  De modo que cuando descubrió que necesitaba a alguien que fingiera ser su prometido, pensó inmediatamente en él. E incluso llegó a endulzar su trato concediendo  a  los  restaurantes  de  Pedro  la  exclusiva  de  la  mejor  de  sus  tartas.  Lo  único  que  le  quedaba  ya  por  esperar  era  que  el  camino  hacia  el  corazón de aquel hombre fuera también dulce...