viernes, 22 de junio de 2018

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 6

—Quería darte las gracias por haberme salvado la vida —respondió, consciente de que el otro hombre, Marcelo, no perdía detalle de la conversación. ¿Quién sería?, ¿un empleado de Pedro? ¿Su guardaespaldas?

—Ya me las diste ayer.

—Sí, pero... ayer no sabía quién eras.

—¿Y?

—Ayer me besaste. Es normal que por lo menos nos presentemos.

—Entra en casa —la invitó. Daba la sensación de que le estaba costando mantener el control. Luego se dirigió a Marcelo—. No hace falta que sueltes los perros.

—¿Perros? —preguntó Paula, ligeramente asustada.

—Perros guardianes —la informó—. Entre Marcelo y los dobermann estoy bien protegido.

¿Bien protegido?, ¿de quién?, ¿de sus antiguos fans o de alguien relacionado con el problema al que había aludido Karen? En cualquier caso, agradecía que Marcelo no fuera a echarle los perros encima.

Mientras iban hacia el interior de la casa, Paula  volvió a sentir que las piernas le temblaban. El día anterior lo había atribuido a los efectos del accidente; pero, ¿Que motivo había en esos momentos? Se obligó a concentrarse en la enorme cocina hacia la que la dirigió Pedro. Parecía que era el centro de la casa, donde Pedro haría la vida, pues había una mesa enorme repleta de papeles dominada por un ordenador portátil. Por el suelo había perros de juguete, los cuales le recordaron la presencia de los dobermann de afuera.

—¿Café? —preguntó. Paula asintió y Pedro, moviéndose con determinación y soltura por la cocina, preparó un café delicioso—. Es mi mezcla —dijo refiriéndose a los granos del café, después de que Paula alabara su sabor.

—Tienes una casa muy bonita —comentó ésta, después de observar con detenimiento cuanto había a su alrededor—. ¿Vives aquí todo el año?

—¿Pretendes entrevistarme? —preguntó desconfiado.

Era cierto que aquel hombre tan misterioso había despertado sus instintos de periodista; pero Paula sabía que su interés por Pedro era más personal que profesional. Con todo, se negaba a confesar el verdadero motivo de su visita.

—Sí. Cuando la audiencia de De costa a costa descubra quién es mi caballero de la brillante armadura...

—No lo descubrirá —la interrumpió enfadado.

—¿Perdona? —se sobresaltó Paula.

-He dicho que no lo van a descubrir, porque tú no se lo vas a decir.

—Pero seguro que tus vecinos saben quién eres —se resistió Paula, a la que le parecía excesivo aquel temor a las cámaras—. No eres precisamente un desconocido.

—Mis vecinos no se meten en mis asuntos, y espero que tú tampoco lo hagas — advirtió Pedro, en un tono que invitaba a la cooperación—. Hoy día soy un hombre normal que vive una vida normal, y aprecio mucho mi intimidad... Creía que habías entendido por qué te besé ayer.

—Sí, fuiste muy convincente —comentó ruborizada.

Sólo la había besado para que las cámaras no recogieran su cara y lo reconocieran.

—Podría hacerlo de nuevo, para asegurarme de que no hay malentendidos.

Paula no comprendía nada. Sólo sabía que cuanto más cerca de él estaba, más calor hacía en la cocina. Se quedó sin respiración cuando Pedro rodeó su cintura con un brazo. No había ninguna cámara, ningún motivo para permitirle que la besara y, sin embargo, estaba segura de que no iba a intentar impedírselo.

Pedro agachó la cabeza hasta encontrar los labios de Paula y ambos enlazaron las miradas cálidamente. ¿Qué tenía ese hombre, cuya mera presencia bastaba para hipnotizarla?, se preguntó confundida. Fuera lo que fuera, le resultaba irresistible. Aunque la estaba besando con delicadeza, traviesamente, arriesgándose a dejarla escapar, Paula no tenía la menor intención de separarse. Recostó la cabeza sobre el pecho de Pedro y se dejó abrazar por sus musculosos brazos hasta hacerle perder el sentido de la realidad.

—¿Siempre eres tan persuasivo? —preguntó con voz ronca cuando Pedro separó sus labios de los de Paula.

—¿Harás lo que te digo? —replicó él.

—Bueno, al fin y al cabo, me has salvado la vida —comentó después de asentir con la cabeza.

—Mereció la pena arriesgarse —repuso Pedro, que le lanzó una mirada afectuosa.

—¿Por qué te molesta tanto que alguien pueda reconocerte? —preguntó Paula.

—¿Y por qué iba a querer hacer pública mi vida? —contra preguntó Pedro.

Paula no entendía a qué se debía aquel rechazo tan visceral a las cámaras, pero accedió a respetar su intimidad. ¿Acaso podía negarse? Además, para su sorpresa, y en contra de su vocación de periodista, también ella prefería guardarse para sí lo que fuera descubriendo de aquel hombre. ¿Qué le estaba ocurriendo?

—De acuerdo, no te incluiré en mi programa —respondió por fin.

—¿Tengo tu palabra? —insistió Pedro.

—Te he dicho que respetaré tu intimidad y lo haré —espetó violenta por la desconfianza de Pedro—. Tranquilo, no hará falta que me eches a los perros encima.

—Te acompañaré al coche —se ofreció Pedro.

Los nervios le mordían el estómago. Paula se decía que se debía a la proximidad de los dobermann. No podía tener nada que ver con la presencia de Pedro... ¿O sí?

miércoles, 20 de junio de 2018

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 5

Paula se fue a casa, pero estaba demasiado nerviosa como para dormirse. Se había jurado qué esa noche no vería la cinta de vídeo con el programa de esa tarde, como tenía por costumbre. Pero no pudo evitar sentarse frente al televisor y reproducir las imágenes del accidente, hasta darle a la pausa cuando la cámara enfocaba la espalda de Pedro. La cara, tal como había dicho él, no se le veía, y  le entraron ganas de meter la mano en la pantalla para girarle la cabeza y mirarlo a los ojos.

Ella ya sabía el sabor de sus besos; pero, ¿Qué llegaría a sentir si de veras se prendiera la llama de una auténtica pasión entre ambos? Respiró profundamente y se obligó a tranquilizarse. ¿Qué sabía de ese hombre, aparte de su nombre, su antigua profesión y el rumor de que se había visto involucrado en algún escándalo que lo había apartado del automovilismo? ¿Aparte de que aquel hombre la había hecho sentirse más excitada que nunca?

Minutos después, estaba sentada frente al ordenador, pulsando las teclas a velocidad de vértigo mientras buscaba cualquier información sobre el misterioso Pedro Alfonso. Le había dicho que él tenía unas propiedades cerca de la central de energía solar, en Sunville, así que empezó la investigación acudiendo al registro de propietarios del ayuntamiento. La mayoría de los nombres le resultaban familiares y sólo había un terreno muy grande registrado a nombre de una empresa, cuyo nombre no conocía. Se habría jugado el cuello a que el propietario de aquella empresa era el mismísimo Pedro Alfonso. Al ver la dirección, tuvo que hacer un esfuerzo para disimular su creciente excitación. Decidió irse a dormir. Al día siguiente iría en busca del hombre que le había salvado la vida.

Al amanecer ya no se sintió tan segura. ¿Y si era el propietario de aquel terreno, pero no gustaba de recibir visitas? Pensó en anunciarle su visita, llamándolo por teléfono, pero desechó la idea. Si se presentaba sin previo aviso, Pedro no podría negarse a invitarla a entrar en casa para charlar. Como tenía reciente el reportaje de la energía solar, estaba familiarizada con la zona en la que se hallaban los terrenos de Pedro. La estrecha carretera zigzagueaba entre las colinas en dirección a la meseta Beechmont. Por todos lados se veían pequeñas granjas de ganado, de manera que redujo la velocidad para no atropellar a nadie que pudiera aparecer montando a caballo. Con un accidente ya había tenido suficiente para esa semana. El desvío hacia las tierras de Pedro apenas se veía por la vegetación, y apunto estuvo de pasárselo. No estaba segura de si había esperado encontrarse con grandes puertas de acero y vallas electrificadas; pero, sin duda, jamás había imaginado una entrada tan desprotegida, en la que sólo había una pequeña señal con el nombre de Hiftop.

Desde luego, si lo que pretendía era pasar inadvertido, ésa era una buena manera de intentarlo. Y, para colmo, el sendero que arrancaba de ahí estaba realmente sucio y casi impracticable. Estaba a punto de perder toda esperanza de encontrar algún indicio de vida humana en los alrededores, cuando el sendero la llevó a un descampado, en medio de un pequeño bosque. En el centro se alzaba una casa de estilo colonial de dimensiones considerables. El edificio tenía forma de «u» y estaba rodeado de anchas terrazas y, en uno de los lados del descampado, había un recoleto lago artificial para bañarse. Sin duda, un lugar muy pintoresco, pensó Paula. Al menos, la casa sí se ajustaba a la posición social de Pedro Alfonso, pensó animada, superadas las dudas que le había despertado el cochambroso camino de la entrada. Pero volvió a vacilar al divisar a un hombre que estaba limpiando un Cabriolet color verde. Era el tipo de coche que había imaginado llevaría Pedro Alfonso; sin embargo, aquel hombre no se parecía a Pedro en absoluto.

—¿Se ha perdido? —le preguntó él después de acercarse a Sarah.

—¿Vive usted aquí? —inquirió ella.

—Sí, aquí vivo —respondió el hombre con cierto recelo.

—Estoy buscando a Pedro Alfonso—se arriesgó Paula.

—¿Y qué la hace pensar que está aquí?

—Estas tierras son suyas, ¿No?

—Creo que será mejor que se marche.

—Tranquilo, Marcelo —intervino un tercero.

Paula sintió un escalofrío al oír aquella voz. Era su voz: la voz del hombre que le había salvado la vida.

—Hola, Pedro—lo saludó Paula—. Al parecer no me he equivocado de dirección después de todo.

—Estaba seguro de que sabría encontrarme, señorita Chaves—dijo él, que ocultaba sus ojos azules bajo unas gafas oscuras.

—Ayer me llamabas Paula—comentó con voz trémula.

—Ayer no sabía quién era cuando la saqué del coche.

—¿Quieres decir que de haberlo sabido, habrías dejado que el coche explotara conmigo dentro?

—No lo creo. ¿Qué quieres, Paula? —preguntó con un tono tan neutro que resultaba desalentador, a pesar de que volvía a tutearla.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 4

Paula sintió una punzada en el corazón; sin embargo, sabía que no tenía derecho a reclamar a Pedro Alfonso para sí. No existía ninguna razón para sentirse atacada por la sugerencia de Karen.

—¿Qué fue de Juan, el que saltaba de los helicópteros? —le preguntó Paula para dejar a Pedro al margen.

—En realidad sólo saltó una vez, para conseguir que le hicieran una foto con posibilidades de ganar un concurso artístico. De todos modos, ahora estoy saliendo con Kevin; está metido en el mundo del cine —la informó Karen, obteniendo por respuesta una sincera carcajada de Sarah.

—Ian, Juan y ahora Kevin. ¿Sigues dispuesta a seguir hasta el final del abecedario?

—Puede ser —sonrió Karen—. ¿Y sabes lo que viene después de la k? La «l».

—Recuerda lo que me has dicho. Puede que ni siquiera viva en la costa.

—Tampoco viven en la costa Jeff ni Kevin. Eso no tiene por qué ser un problema... sobre todo, a la velocidad a la que se mueve un hombre como Pedro.

Paula se sintió sorprendida, aunque estaba convencida de que Karen se refería al pasado de Pedro como conductor. Aun así, no pudo evitar estremecerse.

—Creo que tenía mucho carácter —prosiguió Karen—. Aunque me parece que se tranquilizó después de unos problemas que tuvo en Europa hace cuatro años. No sé qué ocurriría, pero abandonó la competición y se vino para Australia. Así que ya ves, te aconsejo que tengas cuidado.

Sarah sabía que Karen se lo decía con buena intención; pero tenía la impresión de que Luke no podía haber hecho nada especialmente reprobable. Aunque, eso sí, lo que quiera que fuese, lo había llevado a abandonar el deporte que amaba.

—¿Cómo sabes tanto de él? —preguntó Paula.

—Gabriel, que precedió a Diego, también estaba metido en los circuitos de automovilismo. Cuando estuvimos juntos, asistí a varios campeonatos. ¿Cómo te crees que conseguí la foto de Pedro?

—Me alegra que se la hicieras —respondió Paula.

—¿Qué vas a hacer ahora?, ¿Usarás tus contactos para rastrear la pista de tu héroe?

—Nunca se sabe —respondió mientras miraba el reloj—. Pero ahora tengo que marcharme. Debía estar en la sala de maquillaje hace media hora —añadió.

Paula se despidió, salió de la biblioteca a todo correr y tomó un taxi hasta el estudio.

Diana Blake, la productora de De costa a costa la reprendió por llegar tarde.

—¿Es que no sabes que he tenido un accidente? —se defendió Paula.

—¿Te ha visto un médico? —se interesó Diana.

—No exactamente. Pero el retraso se debe al accidente.

—Paula, todavía no tienes asegurado quedarte al mando de De costa a costa. Marcos Nero está trabajando muy bien; de modo que si no te esfuerzas, acabarás entregándole el puesto en bandeja —advirtió la productora.

—A veces estoy tan saturada que no me importaría descansar un poco — comentó Paula.

Sin embargo, no quería renunciar a ese puesto. Conseguir afianzarse en esa posición sería la culminación a varios años de trabajo en ese programa. Había empezado su carrera como articulista en un periódico y, poco a poco, había ido ascendiendo hasta sustituir a Angela Fordham, la encargada de dirigir De costa a costa, cuando ésta estaba de vacaciones. Luego una televisión nacional se hizo con los servicios de Angela y, desde entonces, Paula y Marcos Nero habían llevado a medias la presentación y los reportajes del programa. Ambos se alternaban en el cargo, una semana cada uno, mientras la productora y la audiencia esperaban a dictar sentencia.

Paula creía tener cierta ventaja, pero no la suficiente como para dormirse en los laureles. Se rumoreaba que en Dirección se prefería a un presentador masculino — aunque jamás se admitiría algo así públicamente— y Marcos era el típico arribista que se desenvolvía con mucha soltura en los despachos, táctica que a Paula le parecía repugnante.

De alguna manera, logró sacar adelante el programa de esa tarde, presentando el reportaje sobre la energía solar que habían preparado esa misma mañana. El último reportaje estuvo a punto de arruinar su serenidad ante las cámaras. No se había encontrado la entrevista que estaba prevista y, al final, alguien en el estudio había decidido cubrir el vacío con las imágenes del accidente que Leandro había filmado. Fue toda una impresión verse tirada en la calzada, comprobar el ruinoso estado en que había quedado su coche, observar el fornido cuerpo de Luke inclinado sobre ella para darle el así llamado beso de la vida. El alma se le cayó a los pies: en contra de lo que Pedro creía, nadie había puesto ninguna pega a mostrar aquellas imágenes tan explícitas. De no ser por un retoque urgente al maquillaje, Sarah habría aparecido totalmente pálida frente a las cámaras al hacer los comentarios que cerraban el reportaje. No recordaba lo que había dicho, pero debió de ser aceptable, pues nadie la reprendió cuando finalizó el programa.

—Estabas pálida cuando metimos el reportaje del accidente —observó la productora—. Te alteró revivir el golpe, ¿No?

—Sí —contestó con voz trémula, sin revelar lo que verdaderamente la había alterado.

—Bueno, mañana le toca presentar a Marcos—comentó Diana—. Vete a casa y
descansa. Lo necesitas.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 3

—Cuando tu cámara me vió prestándote auxilio, se fue en busca de algún médico —le comentó Pedro, en cuclillas junto a ella—. Deberías dejar que te hagan una exploración rigurosa. No parece que te hayas roto nada, pero estás muy sofocada y tienes la respiración entrecortada.

Le entraron ganas de echarse a reír. Los síntomas que describía no se habían manifestado hasta que él no había empezado a resucitarla. ¿Qué le estaba ocurriendo? Quizá, después de todo, sí estuviera algo aturdida por el accidente.

—Sí, es posible que tengas razón —convino Paula.

Volvió a cerrar los ojos, en un intento de organizar sus desconcertados sentimientos. Al abrirlos, una mujer salió de una ambulancia y se agachó junto a ella. Pedro había desaparecido.

—El hombre que estaba conmigo... ¿Ha visto adónde se ha ido? —preguntó temblorosa, invadida por un sentido de pérdida irrecuperable.

—¿Se refiere al que llevaba la cámara? —preguntó la doctora mientras le tomaba el pulso a Paula—. Está con el resto de su equipo.

¿Lo habría soñado?, ¿Sería Pedro un producto de su conmocionada imaginación? Le parecía imposible que un completo desconocido la hubiera impresionado tanto en tan sólo unos pocos minutos. ¿Qué le había hecho, aparte de cuidarla y besarla sin descanso, mientras fingía practicarle el boca a boca? Sintió un escalofrío.

—¿Tiene frío? —le preguntó la doctora preocupada.

—Estoy bien, en serio —le aseguró Paula.

Leandro y el resto del equipo se acercaron a ella y le comunicaron que podían alojarse en la casa de un amigo.

—¿Seguro que estás bien? —se interesó Leandro.

—Los de la ambulancia me han examinado y dicen que no me pasa absolutamente nada —insistió Paula, que sólo temía por su cordura. ¿Por qué estaba tan ansiosa por encontrar algún rastro de aquel hombre al que jamás había visto hasta ese día? Por inútil que pareciera, estaba decidida a intentar localizarlo—. No se preocupen por mí. Me reuniré con ustedes en el estudio en cuanto me ocupe de un asunto personal —le prometió a su equipo.

Los despidió y se quedó de pie, ensimismada en sus pensamientos. Si alguien podía ayudarla a saber algo más de su misterioso héroe, ésa era Karen Sale. Karen dirigía la biblioteca con más documentos fotográficos de la costa y siempre le había proporcionado a Sarah cuanta información había necesitado.

—¿Te das cuenta de que ese hombre podría estar de paso? Tal vez ni siquiera viva en Australia —señaló Karen, después de que Paula hubiera terminado de referirle su aventura.

—Lo sé —suspiró ella—. Y no se me ocurre por dónde empezar a buscarlo. Pero tengo que encontrarlo y darle las gracias por haberme sacado del coche. Probablemente me haya salvado la vida.

—¿Sólo quieres darle las gracias? —le preguntó su amiga con perspicacia.

—Bueno, puede que no sólo eso —luego dió un sorbo al té que le había preparado Karen—. Reconozco que ese hombre me intriga.

—¿Profesional o personalmente?

Paula vaciló. Había estado repitiéndose que sólo se trataba de una curiosidad meramente profesional; pero en ese momento, al ser Karen quien le formulaba la pregunta, comprendió que aquello no era cierto.

—Ambas —confesó.

—Al menos eres sincera contigo misma. Eso es bueno... Tal como me pintas a tu desconocido, podría merecer la pena intentar encontrarlo. Aunque tu descripción es muy vaga y podría corresponder a la de muchos fortachones de la Costa Dorada.

—Pero no todos se llamarán Pedro—apuntó Paula.

—Si es que ése es su verdadero nombre —replicó Karen.

Paula se apretó las sienes. La cabeza le dolía por los golpes del accidente. De pronto, recordó otro detalle.

—Su pelo es muy particular —dijo con los ojos cerrados, procurando así atrapar la imagen de su cabello—. Tiene un mechón canoso a cada lado de la cabeza.

Cuando abrió los ojos, Karen estaba sonriendo.

—Así que mechones canosos, ¿No? ¿Por qué no has empezado por ahí? —luego fue en busca de un catálogo fotográfico y rebuscó entre diversas carpetas hasta dar con un sobre marrón. Acto seguido, sacó la foto de un hombre con el pelo moreno y las sienes plateadas, todo vestido de negro—. ¿Es él?

Paula creyó que se le pararía el corazón. Tomó la foto de Karen y la estudió cautivada por aquellos ojos azules que parecían estar seduciéndola. Era Pedro. Llevaba un casco en una mano y estaba de pie, con traje de cuero, ligeramente apoyado sobre el sillín de una moto espectacular. Cuadraba con la imagen de decisión y autoridad que Sarah se había formado de él.

—Sí, es Pedro—dijo con la garganta seca.

—Lo sabía. En cuanto has dicho lo de los mechones plateados... Son... eran su marca. Se llama Pedro Alfonso y a esos mechones debe el apodo de «Relámpago», por el que se le conocía cuando corría en alta competición. Si no me equivoco, ha sido cinco veces campeón del mundo de automovilismo.

Paula resistió el impulso de estrechar aquella foto contra su pecho, sin atreverse a preguntarse cuáles serían los motivos de tal reacción. El hombre le había salvado la vida. Era normal que estuviera emocionada, ¿No?

—¿Me la puedo quedar unos días? —le preguntó de todos modos.

—¿Para qué están las amigas? Cuando me la devuelvas, asegúrate de anotarme su número de teléfono en la parte de atrás.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 2

Fuera cual fuera la respuesta de Paula, ésta se ahogó por el estruendo de una explosión. Se quedó sin respiración cuando Pedro se tumbó sobre ella para protegerla de las llamaradas de su coche. Una gran lengua de fuego trepó hacia el cielo y el viento les dió una bofetada de aire caliente. Paula bajó la cabeza y se ocultó instintivamente, recostándose sobre sus potentes hombros. Una algarada de gritos y chillidos acompañó a la explosión y todos se dispersaron a todo correr, presos del pánico. Paula cerró los ojos con fuerza y sintió el cálido y fuerte abrazo de Pedro.

—No pasa nada. Estás conmigo.

A pesar de su desconcierto, Paula supo que lo había dicho en serio. Pedro no permitiría que nada le hiciera daño, lo cual la ayudó a relajarse. El ruido de las sirenas era ya ensordecedor. Los vehículos de rescate iban llegando y los bomberos intentaban sofocar las llamas del coche. No acertaba a saber si tardaron segundos o minutos en tener el fuego bajo control. Lo irreal de la situación la había hecho perder la noción del tiempo. En cualquier caso, extinguieron poco a poco el fuego, que había consumido el coche de Paula hasta convertirlo en un montón de chatarra. Pedro la ayudó a sentarse. Estaba pálida, pero ya había pasado lo peor.

—Lo que importa es que estás bien —afirmó Pedro.

—Muchas gracias por todo —replicó ella.

—Encantado de haberte sido útil —le lanzó una sonrisa tan especial que Paula sintió un extraño cosquilleo en el estómago—. ¿Ibas al estudio con un reportaje calentito?

Se dió cuenta de que Pedro estaba intentando darle conversación, para que no pensara en la escena tan terrible que acababa de vivir.

—No pretendía que fuera tan calentito —respondió, mirando de reojo los restos de su humeante coche—. Venía de realizar un reportaje en Sunville, sobre la energía solar.

—¡Qué casualidad! Yo vivo en Sunville —comentó Pedro. Luego hizo una pausa—. ¿Cómo vas a volver a casa?

—Primero tendré que pasar por el estudio. Por suerte, el cámara y los de iluminación no se han visto envueltos en el accidente, así que podré marcharme con ellos.

¿Eran imaginaciones suyas o parecía Pedro aliviado por no tener que acercarla a casa? Le resultó perturbador pensar que así era. Curiosamente, no le apetecía dejarlo marchar. No estaba segura de si se debió al hecho de pensar que Pedro desaparecería de su vida tan bruscamente como había entrado, o a que Leandro se acercaba a ella cámara en mano, pero, de pronto, se sintió algo mareada.

—No mires ahora —le dijo a Pedro, intentando sobreponerse a su desfallecimiento—; aquí viene uno de mis hombres con la cámara grabando. Debe de haber decidido que somos parte de un reportaje.

Pedro giró sus azules ojos hacia el cámara que se aproximaba y luego miró a la multitud que se había reunido alrededor de ellos. Efectivamente, Leandro parecía dispuesto a incluir el accidente en la edición de De costa a costa de esa misma noche.

—¿Quieres que esto se grabe? —le preguntó Pedro.

—No estando con este aspecto —respondió Paula.

Su rubia melena rizada estaba enredada y toda su ropa estaba sucia y rasgada.

—Yo tampoco. Así que sólo hay una solución.

—¿Se puede saber qué...?

Pero antes de terminar la pregunta, Pedro le cubrió la boca con sus labios. Daba igual que no le hubiera consultado, pues de nada le habría servido intentar resistirse. Habría sido tan inútil como darse cabezazos contra un muro.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó cuando Pedro se separó.

—Te estoy reanimando con el boca a boca —respondió, para volver a posarse sobre sus labios.

Le resultaba difícil hablar si cada dos por tres sus bocas tenían que rozarse. Y la ponía nerviosa que la estuviera besando aquel hombre. En otras circunstancias, habría podido disfrutar de un contacto tan sensual; pero allí, tirados en medio de la carretera...

—Sé que no quieres que Leandro te filme; pero, ¿De veras te parece necesario hacer esto?

—Salvo que se te ocurra una idea mejor —respondió.

El suave soplo de su respiración sobre sus femeninos labios y la calidez y la proximidad de su cuerpo imposibilitaban por completo razonar con tranquilidad. Cerró los ojos, pero pronto se dio cuenta de que aquello era un error, pues sólo servía para concentrarse en las maniobras de su improvisado médico, apartando cualquier otro estímulo exterior. Creía que perdería el sentido y, a pesar del accidente, sabía que éste no sería la causa de su desmayo.

—¿Crees que has conseguido disuadir a Leandro de que nos filme? —le preguntó cuando sintió que Pedro se relajaba.

—Estaba demasiado ocupado como para observar lo que él hacía; pero creo que sí. No es muy normal que en vuestro programa salgan imágenes de personas recibiendo primeros auxilios. Serían demasiado explícitas para lo que soléis ofrecer.

—Esperemos que tengas razón.

—En cualquier caso, teníamos las caras bien escondidas; así que tranquila: tu imagen está intacta.

Y tu anonimato está asegurado, pensó Paula. Bueno, aquel hombre le había salvado la vida probablemente, se dijo. Si no quería darse a conocer, no sería ella quien lo presionara para que apareciera en televisión. Le debía eso y mucho más.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 1

Todo sucedió muy deprisa: Paula estaba hablando por un walkie-talkie con el cámara de su equipo, que la seguía a varios vehículos de distancia, y un segundo más tarde se había estrellado contra un enorme coche rojo, procedente de una carretera secundaria, el cual se había incorporado a la principal con gran temeridad. El golpe la lanzó de un lado a otro del coche, como si fuera un dado en el interior de un cubilete. Se dio contra el techo, el salpicadero y el volante, pero el cinturón de seguridad, aunque le oprimía el estómago, evitó que saliera disparada por la luna delantera. Una lluvia de cristales la empapó, clavándosele en la piel y enredándosele en el pelo.

En el eterno silencio que sucedió al golpe, Paula tuvo conciencia de dos cosas: por un lado, y milagrosamente, no estaba apenas herida, si bien estaba atrapada en el interior del coche; por otro, olía a gasolina. Le dolían los dientes de tanto apretarlos y veía borrosamente. Movió la cabeza como para recuperarse del susto, pero tal movimiento no logró sino hacerla notar una desagradable jaqueca. «Pero, ¿Cómo puede ser tan estúpido?», pensó refiriéndose al otro conductor. El muy imbécil ni siquiera había mirado al cambiar de carril. En la autopista Gold Coast, una de las más transitadas de Queensland, era como intentar suicidarse. Y si eso era lo que había pretendido, tampoco tenía por qué llevársela a ella por delante también.

Poco a poco se fue formando un corro de personas alrededor de los vehículos destrozados. Estaba muy furiosa, pero esperaba de veras que nadie hubiera resultado herido. Como reportera de televisión, había tenido que cubrir muchos accidentes; los suficientes como para no desearle a nadie ninguna desgracia de ese estilo. De pronto recordó que el peligro no había pasado todavía. Paula seguía oliendo a gasolina, así que tenía que avisar a todo el mundo y salir como fuera del coche antes de que éste explotara. Sin embargo, la cosa no era tan sencilla. La puerta del conductor estaba atascada y golpearla con el hombro no surtió efecto alguno. Se acercó cuanto pudo a una de las ventanas rotas.

—¡Que alguien me ayude a abrir esta puerta! —gritó.

Sorprendentemente, no pasaron dos segundos y ya había un hombre a su lado, casi arrancando la puerta de las bisagras.

—¿Estás herida? —le preguntó mientras le quitaba el cinturón de seguridad—. ¿Te puedes mover?

—Sólo tengo un par de contusiones, creo. Me parece que no me he roto nada.

—Coloca tu brazo alrededor de mi cuello —dijo él. Entonces olió la gasolina y frunció el ceño—. Tenemos que salir inmediatamente.

Había llegado a la misma conclusión que ella: permanecer dentro o cerca del coche era muy peligroso. Hizo un esfuerzo y colocó el brazo sobre sus hombros, apreciando, de alguna manera, que aquel hombre estaba hecho de cemento. Ni siquiera respiraba con dificultad mientras la llevaba hasta el césped de la cuneta, a unos metros del coche. Luego se dirigió hacia los curiosos que seguían parados y los instó a que se apartaran de los coches lo máximo posible. Todos parecieron aceptar su autoridad al instante. ¿Sería un militar? No, pero, sin duda, algún tipo de líder carismático, se dijo Paula mientras lo veía regresar a su lado. En la distancia, el ruido de las sirenas se iba acercando. Pensó que no estaban muy alejados del coche, que aún corrían peligro, e intentó incorporarse.

—Tranquila —le dijo el hombre, colocándole una mano sobre los hombros para impedir que se pusiera en pie—. Podrías estar conmocionada.

—Me encuentro bien —respondió. Pero al intentar estirarse, las piernas no lograron sostenerla—. Aunque quizá...

—¿Ves? Espero que a partir de ahora me hagas caso.

—¿El otro conductor?

—Lo están atendiendo. Por suerte, sólo han chocado ustedes dos, lo cual es un milagro, teniendo en cuenta la incorporación tan imprudente que realizó.

—No pude evitar tragármelo —comentó con la voz quebrada. Cerró los ojos para no dejar que le cayera una lágrima—. ¡Me sienta tan tonta!

—¿Es que la gente famosa no tiene derecho a tener reacciones normales como cualquier otro ser humano?

—¿Sabes quién soy? —preguntó sorprendida.

Esbozó una especie de sonrisa que realzó cada una de las facciones de su cara. No era un hombre guapo, pero sí increíblemente atractivo. Nunca había visto unos ojos de un azul tan intenso.

—Es imposible ver De costa a costa y no reconocer a su estrella, Paula Chaves— respondió—. Yo soy Pedro.

—Hola, Pedro—saludó ella.

Miró los moretones que tenía en el cuerpo para que no se le notara lo mucho que la complacía que la hubiera reconocido... o lo mucho que deseaba haberlo conocido en otras circunstancias—. ¡Menuda estrella! Ni siquiera soy capaz de llegar al estudio entera.

Pedro se acarició su negro y tupido cabello, dejando al descubierto un mechón plateado a cada lado. Parecían naturales, pero Sarah no pensaba que se debieran a la edad. Aquel hombre no podía tener más de treinta y pico años.

—Tú no has tenido la culpa —insistió él.

Cambiaste Mi Vida: Sinopsis

Paula Chaves nunca había permitido que ningún hombre se interpusiera entre ella y su trabajo, hasta que un apuesto desconocido le salvó la vida... y le enseñó otras formas más placenteras de pasar el tiempo.
A raíz de un trágico incidente con la prensa, Pedro Alfonso se había refugiado en el anonimato. Por desgracia para él, el deseo de estar junto a Paula, una famosa reportera de televisión, era incompatible con el estilo de vida tranquilo al que se había acostumbrado tras retirarse de los circuitos de automovilismo. Podía animarla a que cambiara de trabajo, pero sabía que no tenía derecho a arruinar la brillante carrera de Paula. Tal vez debiera convencerla de que vivían en mundos opuestos y despedirse de ella.
Pero... ¿Podría Pedro seguir viviendo sin tener a Paula a su lado?