lunes, 23 de mayo de 2016

Volver A Amar: Capítulo 32

—Nada,  Martina quería desayunar —dijo—. ¿Quieres acompañarnos?

—Si no te molesta.

—No, claro que no —no quiso mirarlo.

—¿Y los regalos?

—Yo… me los quedaré —decidió Paula—. Pero no te pude comprar nada — añadió apenada, sabiendo que Pedro era la última persona que esperaba ver en esas fiestas.

Lo cálido de su sonrisa iluminó sus ojos, suavizando la intensidad de su mirada.

—Paula, contigo estoy aprendiendo a encontrar más placer en dar que en recibir.

—Eso será porque jamás te he dado nada —admitió ella todavía apenada.

—Puede ser —él rió divertido—. Pero también está el hecho de que es más satisfactorio dar que recibir.

Después de los primeros meses de su matrimonio, Antonio no le había dado nada, ni siquiera su tiempo si podía evitarlo, y, al final, sus cuidados, su cariño, se habían convertido para ella más en un deber que en un acto de amor.

—Supongo que tienes razón —dijo volviéndose—. Por favor, bajaré en un momento.

—¿Y no te cambiarás? —insistió Pedro con ternura.

—No. Gracias por los regalos de Martina. Ella no te los agradecerá porque cree que se los trajo Papá Noel. Pero yo te lo agradezco, significaron mucho para ella.

Él asintió.

—Yo disfruté mucho comprándolos. Hacía tiempo que no compraba juguetes; ahora parece que todo en el mercado está relacionado con la electrónica.

—Sí —suspiró Paula—. Y no lo apruebo.

—Es agradable saber que en eso estamos de acuerdo.

Ella frunció el ceño.

—¿Lo es?

—Oh, sí. Encontrar algo para tí resultó un poco más difícil. Ya había comprado el suéter cuando encontré a Martina; adiviné tu talla —le lanzó una mirada significativa—. No creo haber fallado mucho.

¡Había adivinado con exactitud, y lo sabía!

—¿De verdad compraste tú el suéter?

Paula notó, al verlo ponerse rígido, que se sintió insultado.

—¿Crees que mandé a mi secretaria a comprarlo? —la increpó.

—¿A Lau? —su propia voz le sonó extraña.

—Claro —replicó él, confirmando que Lau era de nuevo su secretaria. Patricia le había contado que la mujer se había repuesto del accidente, y era obvio que estaba de nuevo trabajando bajo las órdenes de ese hombre. ¿Habría vuelto a ser su amante?—.

Sucede que no soy de los que encargan a sus secretarias asuntos tan personales —la riñó Pedro.

—Lo siento…

—¡Espero que sí! Y ahora, vayamos a desayunar… Papá Noel necesita alimentarse —la tomó del brazo y la acompañó hasta la cocina.

A pesar de su aparente serenidad, Paula estaba segura de haberlo molestado mucho, y tomando en cuenta su generosidad hacia ella y su hija, le pareció bastante desagradecido de su parte.

Sin embargo, Pedro pareció estar tranquilo durante el desayuno, todo el tiempo bromeó y jugó con Martina.

—Martina, será mejor que nos lavemos —le guiñó un ojo a la pequeña—. Mamá no lo sabe aún, pero tendrá que preparar la comida.

—¿Es cierto eso? —Paula pretendió enfadarse, uniéndose a la broma—. Debí adivinar que me tocaría la parte de la cocinera.

—Por supuesto —repuso Pedro con toda seriedad.

—Entonces, será mejor que empecemos a movilizarnos, si es que tengo que meter el pavo en el horno —sugirió Paula mientras limpiaba la mesa.

—Oh, eso ya lo he hecho yo —le aseguró Pedro.

—Así que sólo me queda preparar todo lo demás —apuntó ella con sequedad.

—Sí —sonrió él, muy atractivo. Todo el viaje a su casa lo pasó riendo y jugando con Martina.

Paula era feliz al ver a Martina tan animada y no podía dejar de sentir gratitud hacia Pedro por el interés que mostraba por su hija. Tenía que admitir que no muchos hombres lo harían, aunque quisieran enamorar a la madre.

¡Pero lo último que se le hubiera ocurrido era pensar en que cocinaría la comida de Navidad en la cocina de Pedro Alfonso! Había planeado pasar un día tranquilo en casa, y con Patricia y Gerardo fuera, mucho más. Pero Pedro entró en escena, avasallador, sin darle tiempo siquiera a echar de menos la paz y la tranquilidad que había querido para ese día. Y si quería ser sincera consigo misma, debía admitir que el cambio de planes no le pareció del todo mal.

Que el cambio le había sentado a Martina de maravilla no tenía duda; podía oírla jugueteando con Pedro en el salón, mientras preparaba las verduras. Había estado un poco preocupada por su hija, pensando en esas festividades, preguntándose cuál sería su reacción al tener que pasarlas sin su padre. Pero Pedro no le daba tiempo para pensar en Antonio; la mantenía ocupada todo el tiempo, con su atención fija en sus nuevos juguetes.

¡Paula deseaba estar igual de tranquila ella misma! Pelar las patatas y preparar las demás verduras no era un trabajo agotador, y sus pensamientos iban a Antonio.

Volver A Amar: Capítulo 31

—Sí, por supuesto. Me voy a cambiar —la joven no salía de su asombro.

—Estás bien así —le dijo él con voz firme.

—No, yo…

—¿Verdad que está bien así, Martina? —animó a la niña.

—Está preciosa —dijo Martina.

—Sí —afirmó Pedro con toda claridad.

—Ven, tío Pedro, te enseñaré lo que me dejó Papá Noel —la niña lo tomó de la mano.

Él asintió.

—Bajaré en un momento, Martina.

La pequeña salió corriendo, segura de que Pedro pronto estaría con ella. De repente, Jessica se sintió extrañamente sola con él, ¡y en verdad era así! Una pequeña de apenas seis años no podía considerarse un guardián adecuado.

—Si quieres ir con Martina… —le indicó.

—¿Mientras tú haces qué? —Pedro se apoyó en el marco de la puerta, cruzando los brazos sobre el pecho.

—Ya te lo dije, mientras me cambio —la joven se sonrojó.

—¿Por qué te quieres cambiar? —los ojos masculinos se entrecerraron escrutadores—. Te ves muy bien como estás.

Paula tiró de la bufanda de seda.

—Sabes que no puedo aceptar todo esto. Esta bufanda es de seda pura —la dejó sobre el tocador—, y el suéter es de cashmere. Sé el precio de ambas cosas —¡cómo no saberlo si siempre le había sido imposible comprar algo así!—. Martina no conoce el valor de esto, pero tanto tú como yo sabemos que no puedo aceptar regalos tan caros de…

—¿De un hombre como yo? —Pedro terminó la frase.

—¡No! —exclamó Paula—. ¡No quería decir eso!

—¿No? —entró en la habitación y cerró con cuidado la puerta tras de sí—.

Entonces, quítate también el suéter y devuélvemelo —la retó.

—Yo… —se mojó los labios nerviosa—. Sabes que no puedo.

—¿Lo sé?

—Sí —lo increpó ella.

—¿Por qué?

—Pedro…

—No pongas barreras, Paula —le advirtió con suavidad—. Ya es hora de que sepas que conmigo no funcionan. Seguiré viniendo aunque me golpees una docena de veces.

—Oh, yo no…

—¿No? —le dijo con brusquedad—. ¿No es dar golpes bajos tratar de devolverme un regalo de Navidad, un regalo dado con cariño?

—Es de cashmere, Pedro…

—¡Como si fuera visón! El suéter te lo dí con el mismo afecto que le muestro a Martina. Al menos podías tener la delicadeza de aceptarlo, como una muestra de ese afecto.

Paula se turbó con la crítica.

—¡Puede que me lo hayas dado con el mismo afecto, pero no es inocente!

La expresión de Pedro se tornó enigmática,

—¿Crees que el regalo conlleva… ataduras?

Ella se mordió un labio, sin dejarse engañar por el suave tono de su voz, ni por su aparente calma. Pedro estaba furioso y sería mejor no alimentar esa furia.

Estaban solos en el dormitorio y, con la novedad de los regalos, era seguro que Martina los había olvidado.

La joven se irguió

—Si pensara así no te habría dejado entrar en mi casa.

—Pero no lo hiciste… Martina fue quien me abrió.

—Estaba hablando en metáfora —dijo ella irritada—. Has dejado muy claras tus intenciones…

—Creo que sí —repuso él arrastrando cada palabra.

—Sí. Y creo que te conozco lo suficiente para saber que jamás intentarías comprarme.

Los ojos masculinos se burlaban de ella.

—¿Eso crees, eh?

—Eso creo —Paula asintió, aparentando mucha más confianza de la que en realidad sentía.

Pedro rió.

—Piensa de nuevo, Paula. Si pensara que mi dinero, todo lo que tengo, te atraería a mis brazos, lo usaría. Pero yo sí te conozco lo bastante para saber que mi riqueza no significa nada para tí.

Una vez, antes, hubiera estado de acuerdo con él, pero los últimos meses y la lucha para pagar todas las deudas que había dejado Antonio, le habían demostrado el verdadero valor del dinero.

—¿Qué pasa? —preguntó Pedro inquieto por la repentina sombra que cruzó el semblante de la joven.

Ella sonrió alegre.

Volver A Amar: Capítulo 30

Martina ya estaba de pie con la aurora del día siguiente, saltando excitada sobre la cama de Paula mientras desenvolvía sus regalos. Las muñecas y la ropita, de parte de Paula, fueron todo un éxito, y el pequeño dormitorio de juguete y el caballito de madera, de Pedro, aún más.

Paula se sorprendió de los regalos, preguntándose cómo Pedro había sabido escoger para no repetir sus juguetes. Era probable que Patricia le hubiera aconsejado; las dos habían ido juntas a comprar los regalos para Martina.

—Este es para tí, mamita —Martina le alargó un paquete envuelto con el mejor gusto.

La niña lo había sacado del montón que le dió Pedro, así que supuso que la niña había cometido un error.

—No lo creo, querida —dijo moviendo la cabeza, consciente de que los regalos de Pedro habían aumentado la felicidad de su hija, y agradeciéndoselo en silencio.

La chiquilla arrugó el entrecejo al leer la tarjeta.

—Tiene tu nombre, mamita. ¡Mira! —le entregó el paquete.

Martina tenía razón, la tarjeta decía: "Para Paula, con amor, Pedro". La palabra "amor" la ruborizó. Sabía que lo que sentía por ella distaba mucho de ser amor.

—Ya sé lo que es —dijo Martina con tono de conspiradora.

Paula arqueó las cejas mientras tomaba el paquete.

—¿Lo sabes?

—Mmm —Martina la miraba emocionada.

—¿Qué es? —preguntó mientras, con mano temblorosa, sostenía la caja.

Martina negó con la cabeza.

—Tendrás que abrirlo. ¡Pero apuesto a que es azul! —añadió sin poderse contener.

Paula tragó saliva y, despacio, fue abriendo la caja; luego contuvo una exclamación al descubrir un precioso suéter de un suave tono de azul.

—Y aquí está el mío —Martina sacó otra caja y, orgullosa, se la ofreció a su madre.

Paula soltó el suéter como si la quemara. No podía aceptar un regalo así de Pedro Alfonso… Su ansiedad aumentó cuando sacó una elegante bufanda azul del paquete de Martina.

—¿Te gusta? —rió la niña—. El tío Pedro me ayudó a escogerla; él la pagó — agregó algo cohibida—. Pero dijo que yo podía dártela. Sí te gusta, ¿verdad, mamita?

—Claro que me gusta, amor —abrazó a la pequeña—. No sabía que tío Pedro te hubiera llevado de compras.

—Oh, no lo hizo, mamita --Martina volvió a los juguetes que había dejado en el suelo—. La tía Patricia y yo lo encontramos la semana pasada y él me ayudó a escoger tu regalo.

—Ya veo —dijo Paula despacio, sin ver nada en realidad. No era normal que Patricia le ocultara algo así, pero, dadas las circunstancias, la compra de un regalo para ella podía bien explicar el silencio de su amiga.

—Es muy hermoso, martina.

—A mí también me lo parece —asintió la chiquilla.

Paula bajó a Martina a jugar con sus juguetes mientras ella se lavaba y se vestía.

De nuevo se detuvo a mirar el suéter y la bufanda, acariciando ambas prendas con suavidad. Eran preciosas. Martina no tenía idea del precio de semejantes prendas, pero ella sí, y sabía que no podía aceptarlas de Pedro Alfonso. Era demasiado deberle.

Aunque tendría que devolverlas, no pudo resistirse a probárselas. El azul del suéter acentuaba el color de sus ojos. La bufanda le daba elegancia y estilo a la prenda; su esbeltez resaltaba enfundada en los pantalones azules que utilizó para combinar. Se sintió bien al verse vestida con prendas tan caras.

—¡Mmm, te ves preciosa! —Martina estaba en la puerta, ya enfundada en uno de sus mejores vestidos.

Paula se sonrojó al verse sorprendida probándose esa ropa.

—Yo…

—El tío Pedro está abajo —le informó con toda calma la niña.

Paula se puso rígida y miró su reloj. ¡Apenas eran las nueve! Cómo se atrevía a llegar tan temprano…

—Muy bonito —le oyó decir desde la puerta—. Tenías razón, Martina, el azul es el color de tu madre.

Paula lo miró pasmada, consciente de la cama revuelta aún y del desorden de la habitación, con su camisón sobre una silla. Fue eso lo que se apresuró a guardar antes de volverse de nuevo hacia Pedro. Estaba de pie, al lado de Martina, con una mano apoyada con cariño sobre el hombro de la pequeña.

—Oh… llegas temprano —dijo angustiada. Ya no tenía sentido seguirlo tratando como a un extraño.

Él la miró retador. Ya nada quedaba de la distancia que había querido mantener la noche anterior. Y después de la conversación que tuvieron antes de despedirse, hubiera resultado bastante ridículo.

—¿Importa mucho? —preguntó encogiéndose de hombros.

—Pues…

—Puedes quedarte a desayunar —lo invitó Martina ansiosa.

—¿Puedo? —Pedro miró a Paula.

Volver A Amar: Capítulo 29

Recorrieron el camino de vuelta en silencio. Cuando llegaron, Pedro se volvió hacia ella.

—Siento haberte asustado, querida —miró ansioso las pálidas mejillas de la joven—. Pero creo que contigo debe haber una total sinceridad.

Ella tragó saliva.

—Mañana…

—El plan sigue en pie —la interrumpió con firmeza—. Martina tiene mucha ilusión.

¡Lo había hecho de nuevo! Sabía muy bien que ella no iba a desilusionar a la niña, cuyo estado anímico seguía frágil. Las pesadillas casi habían desaparecido, pero persistían las terribles sesiones de llanto que parecían no terminar nunca. No, no podía desilusionar a su hija, menos en Navidad.

—Está bien —aceptó a regañadientes—. Pero, después de eso, no volveré a verlo.

—Oh, sí lo harás —dijo él—. Me verás siempre que yo quiera. Y quiero verte todo el tiempo. No tienes la menor idea de lo que he pasado durante estos últimos siete meses.

—¿Qué ha pasado? —preguntó ella.

—Sí —le espetó—. Te dije que permanecería alejado de tí, y durante siete meses lo conseguí. Fue un infierno terrible. No lo pienso volver a hacer. Te quiero y estoy decidido a hacer que me quieras tú a mí.

¡Eso era lo que ella más temía!

—Se llevará una gran desilusión —le advirtió, ella.

—No, estoy seguro —repuso él con voz firme y calmada.

Ella lo miró de reojo, percibiendo el deseo y la fuerza de voluntad en sus rasgos.

—No entiende —dijo moviendo la cabeza.

—No, tú eres la que no entiende —alargó la mano para acariciarle la mejilla con suavidad—. Todavía no me conoces lo bastante para saber que cuando quiero algo, lo obtengo.

—¿Y está decidido a capturarme?

—Desde el momento en que te ví —asintió él—. Ahora llevemos a Martina dentro. Y no pierdas él sueño por esto, Paula—dijo saliendo del auto—. No te servirá de nada.

—¿Porque piensa ganar al final?

—Sin duda.

—Y, ¿si la captura no merece la pena?

—La merece —aseguró él.

Paula no quiso seguir discutiendo; ya sabía cuál sería su respuesta. Cualquier hombre que se involucrara con ella terminaría desilusionándose. Y Pedro Alfonso lo averiguaría con el tiempo. ¡Cuanto más pronto, mejor!

Pedro subió a la niña hasta su dormitorio, luego la arropó con ternura y se quedó mirándola durante unos minutos, con una expresión de infinita dulzura.

Paula lo siguió al salir de la habitación.

—Pedro…

—Las recogeré a las diez de la mañana —le dijo.

—Pero…

—A las diez, Paula. Estén listas —no le permitió discutir más y salió en silencio.

Paula no podía creer lo que estaba pasando. No podía sucederle lo mismo una segunda vez, que de nuevo tuviera que sufrir el miedo a un hombre. ¡Y, esta vez sin su culpa!

Martina se despertó.

—¿Estamos en casa de tío Pedro? —preguntó medio dormida aún.

—No, ya estamos en casa —repuso Paula—. ¿Cómo iba a saber papá Noel que estabas allá? —añadió juguetona.

—Oh, sí —exclamó Martina—. ¿Ya ha venido?

Su madre sonrió con ternura.

—Aún no, querida.

—¿Mañana volveremos a casa de tío Pedro? —la chiquilla se enderezó para preguntar.

—Bueno…

Martina abrió los ojos por completo, ahora ya muy despierta.

—Sí, ¿verdad que sí, mamita? ¿Mamita?

—Sí, querida —Paula le alisó el desordenado cabello—. Mañana volveremos.

Martina  entonces sí se durmió tranquila, con una sonrisa en los labios. Al contrario de su hija, Paula no pudo conciliar el sueño hasta muy avanzada la madrugada, preocupada y demasiado angustiada para poder dormir.

Volver A Amar: Capítulo 28

A Paula le pareció que las paredes se le venían encima, y, por primera vez en muchos meses, volvió a sentir miedo, el mismo miedo que conoció mientras vivió con Antonio. Los últimos siete meses sin él lo habían hecho desaparecer, pero ahora volvió con más fuerza. Al menos Antonio había sido sólo una amenaza mental desde que nació Martina, pero Pedro Alfonso prometía convertirse en una amenaza física.

—Tengo que irme —dijo ansiosa.

—Sí, creo que debes hacerlo —admitió él con amargura—. Aún no estás preparada para darme lo que quiero de tí.

Ella volvió a mirarlo de frente.

—No creo estarlo jamás.

Los ojos del hombre se empequeñecieron conforme estudiaba cada rasgo femenino.
—Oh, lo estarás —decidió él—. Un día.

—¡Nunca! —replicó ella con vehemencia.

—No quiero discutir contigo, Paula —le dijo con calma—. De momento, no serviría de nada. Y cuando llegue el momento no hará falta la discusión.

—Yo…

—Calla, Paula—puso los dedos sobre sus labios—. Recuerda, sin discusiones.

—Pero, yo…

—¡Silencio, mujer! —le ordenó, y de repente se inclinó y su boca tomó el lugar de los dedos sobre los labios femeninos.

Paula  estaba demasiado aturdida para resistirse, y eso era todo lo que Pedro necesitaba. Profundizó el beso con un gemido de satisfacción, apretándola contra el calor de su cuerpo, y la dureza de sus muslos le decía de la urgente necesidad que tenía de ella.

Las manos masculinas recorrieron ansiosas su espalda hasta que, poco a poco, consiguió volver a la cordura.

—No, aún no estás lista para relación alguna —dijo ceñudo—. Pero ya que te he esperado treinta y seis años, bien puedo esperar unos meses más.

Paula se soltó del abrazo, furiosa.

—¡Eso no va cambiar nada!… Ni unos meses, ni unos años!

—Oh, no voy a esperar años, Paula —le sonrió amenazador—. Parecías necesitar tiempo y te lo dí. Pero ahora no pienso seguir ocultándome. En el futuro me vas a ver muy seguido.

—¡No!

—Sí —insistió él con suavidad—. Y no podrás negarte, a causa de Martina. ¿Sabes? Ella me quiere.

—¿Es por eso que?…

—¡No, maldita sea, no! —gruñó—. Sucede que yo también la quiero. ¡Sería difícil no hacerlo, se te parece tanto! Y de ahora en adelante pienso visitarlas mucho. Ya estuvo bien de permanecer oculto. Tal vez no debería comunicarte mis intenciones, pero, de alguna forma, creo que no huirás.

Paula sintió que el terror aumentaba con cada una de sus palabras. No la había olvidado en todos esos meses, como ella había esperado; al contrario, igual que con Antonio, su obsesión había aumentado. Sólo que temía más esta obsesión que la de su marido. La de Antonio fue una obsesión que decayó, pero Pedro Alfonso parecía un hombre decidido, con una voluntad férrea que Antonio jamás tuvo.

—Quisiera irme ya —pidió con firmeza.

Él asintió.

—Llevaré a Martina al auto. Y, Paula…

—¿Sí? —la joven se tensó de nuevo.

—No siempre te dejaré ir con tanta facilidad.

Ella ahogó una exclamación y se inclinó para tomar a Martina en sus brazos. La pequeña se le abrazó del cuello.

Pedro le abrió la puerta y le ofreció unos paquetes que recogió de la mesa del vestíbulo.

—Son para Martina —le dijo.

—No debió…

—Pero quise hacerlo —le abrió la portezuela del auto y luego cubrió a Martina con una manta.

domingo, 22 de mayo de 2016

Volver A Amar: Capítulo 27

—Seguro —Paula ya iba camino a la moderna cocina. La joven se había sorprendido cuando Pedro le dijo que no tenía ama de llaves: alguien iba a hacer el aseo dos veces por semana.

—¿Está bien?

Paula se volvió aturdida para encontrarse con él a sus espaldas, sintiéndose un poco inhibida de repente, al notar que seguía vestida con pantalones y suéter.

—Bien —murmuró la joven, ocupada con la cafetera.

Pedro se acercó a su lado.

—Martina está disfrutando mucho —le dijo con suavidad.

Paula podía sentir el calor de su cuerpo muy cerca.

—Sí —repuso agitada.

—Es una niña distinta a la que conocí hace meses.

Ella echó el café en la cafetera.

—Ambas sufrimos una experiencia terrible, pero los niños olvidan con facilidad, en especial a la edad de Martina.

—¿Quiere decir eso que aún no te sobrepones a la muerte de tu esposo? — preguntó él con aspereza.

Paula lo miró a los ojos, pero de inmediato desvió la mirada.

—Dudo que jamás lo superaré —dijo, dándole la espalda y dirigiéndose al salón, obligándolo así a seguirla.

Ella lo ignoró al sentarse él enfrente, extendiendo las piernas y ocupado en supervisar a Martina mientras la chiquilla bebía su vaso de leche.

—Gracias —dijo agradeciendo la taza que le ofrecía.

Paula sintió su mirada fija en ella toda la noche, y sin embargo se negaba a enfrentarla. Se dedicaba a ayudar a Martina con la decoración. Pedro pareció contentarse con estar sentado, observándolas, poniendo a Paula tan nerviosa que resbaló de la escalera.

Al instante estuvo a su lado, sosteniéndola.

—¿Estás bien? —preguntó en su oído con voz sensual.

Paula se separó de él, sintiendo la cálida fuerza de sus manos contra la lana de su suéter.

—Sí —contestó con brusquedad, sonrojándose un poco. El cabello le había crecido un poco durante los últimos meses y le caía con suavidad hasta los hombros, dándole un cierto aire misterioso a su semblante y realzando la belleza de sus ojos.

La respiración de Pedro se empezó a entrecortar mientras la miraba.

—Quizá sea mejor que yo sostenga la escalera —comentó aturdido.

Su cercanía era lo último que Jessica deseaba, y trató de concentrar su atención en los adornos. Ni siquiera quería notar el roce del cuerpo masculino contra el suyo al bajar y subir de la escalera.

—¡Ya está! —exclamó por fin, admirando satisfecha la obra terminada. La habitación tomó un aire festivo, con globos y tiras de papel adornando las paredes y el techo, y el árbol decorado e iluminado hasta el último detalle, con cientos de tarjetas de Navidad sobre la chimenea presidiéndolo todo. Era evidente que Pedro conocía a mucha gente. La vista de aquellas tarjetas le recordó a Paula que no le había enviado una. ¡Bueno, entre tantas, no iba a echar de menos la suya!

—¡Martina, oh, no! —no pudo ocultar su congoja al ver a la niña en el suelo, dormida.

—Lleva así diez minutos —le informó Pedro con suavidad.

—¿Por qué no me dijo?…

—¿De qué habría servido? —preguntó él.

¡Le habría ahorrado diez minutos de vergüenza, de eso habría servido!

—Será mejor que la lleve al auto —dijo Paula.

—Quédate —la animó Pedro.

—¿Quedarme? —ella parpadeó asombrada.

—Quédate aquí esta noche, Paula —le pidió vehemente.

La joven sintió qué el color le subía a las mejillas y sus ojos brillaron furiosos.

—No sé qué es lo que cree que soy… seguro que ha oído hablar mucho de las viudas, pero le puedo asegurar que yo…

—Cálmate, Paula—la instó él con firmeza—. Mi sugerencia de que te quedaras aquí no incluía que compartieras mi cama. Tengo habitaciones de sobra para ofrecerte, una para Martina y otra para tí.

—Lo siento. Yo… —Paula se llevó una mano temblorosa a la sien—. Antes ya hubo rumores… y no podría soportarlo de nuevo. La gente pensaba… decían…

Pedro la acercó al sofá, empujándola para que se sentara y acomodándose muy cerca, a su lado.

—¿Quiénes, Paula? —la urgió con gentileza, viéndola temblar.

Ella bajó los ojos.

—La gente, los vecinos. Oh, Patricia no —explicó al ver la expresión de sorpresa en el rostro masculino—. Cuando me fui a la costa, y usted a Londres, pues pensaron… que nosotros…

—Que nos hablamos ido juntos —terminó él con sequedad.

—Sí.

—¿Y cómo se iban a enterar de que pasaste la noche aquí? —preguntó burlón.

La burla era justificada ya que el vecino más cercano a su casona estaba a más de cinco kilómetros. Pero Paula sabía muy bien cómo se hacían los rumores, y no tenía intención de pasar la noche allí.

—Lo averiguarían, sin duda —dijo poniéndose de pie—. Ahora debo irme.

—¿No te vas a quedar?

—No —repuso ella enfática.

—No te tocaría —dijo Pedro con rudeza.

—No tendría la oportunidad —le espetó ella.

—No —suspiró él—. Supongo que no. Y la fuerza no es mi método.

—¿La fuerza?… —Paula palideció de repente.

Él le dió la espalda.

—Ya le lo dije, no me gusta emplearla. Pero no estoy derrotado, Paula—le advirtió con energía—. Te he dado un respiro, pero no me retiro de la batalla.

Volver A Amar: Capítulo 26

—Está bien —aceptó indulgente—. Ve por tu abrigo.

Martina salió disparada, dejando un incómodo silencio tras ella. Paula se mordía el labio, recordando la última vez que había estado con aquel hombre, aunque el actual comportamiento de Pedro no indicaba que él lo recordara.

—¿Vendrás con Martina? —preguntó él ansioso.

La idea de ir a su casa la inquietaba, pero no podía permitir que Martina fuera sola.

—Sí.

—Gracias —suspiró él.

—No comprendo —ella lo miró asombrada.

—El cariño de Martina… significa mucho para mí.

Eso era evidente, y también lo era que Pedro Alfonso significaba mucho para Martina, lo cual hacía más sorprendente que la niña no hubiera mencionado su invitación de esa noche.

Su hija pronto explicó aquello.

—¿No fue una linda sorpresa, mamita? —exclamó—. ¡Ahora no pasaremos solas la Nochebuena!

—Martina…

—Me sentiré honrado si las dos pasan esta noche conmigo —dijo Pedro Alfonso con suavidad.

Ella lo miró a los ojos, mientras se acomodaba a su lado en el flamante RollsRoyce dorado.

—No creo que debamos…

—Oh, ¿por qué no, mamita? —preguntó Martina—. Tío Pedro también estará solo.

—Estoy segura que tiene familia…

—Sólo su madre —indicó Martina—. ¡Y está fuera!

Paula sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. ¡Siete meses sin ver a aquel hombre, y ahora esto! Era demasiado.

Pedro notó su inquietud.

—No presiones a tu madre, Martina. Estoy seguro que tiene sus planes.

—No, ella no… Nosotros…

—¡Martina! —cortó su madre tajante.

—Pero…

—¿Quieres ayudarme con el árbol?

—Sí —murmuró la niña.

—Entonces, no presiones —le sonrió para suavizar lo duro de sus palabras—. Tu madre decidirá… a su tiempo —añadió al ver que la chiquilla intentaba hablar de nuevo.

¡Era más fácil decirlo que hacerlo! La Navidad era para los niños, para darles felicidad, y estar con Pedro Alfonso parecía el mejor regalo que podía hacerle a Martina.

Su aceptación de pasar esa noche con Pedro era la conclusión correcta, aunque trató de parecer algo molesta.

—Ayudaremos a tío Pedro con su árbol y, si al acabar no lo has cansado, aceptaremos su invitación.

Pedro se volvió para sonreírle mientras la niña saltaba de gozo en el asiento.

—Creo que debo advertirte —murmuró él—: no me canso con facilidad.

Paula lo miró sin inmutarse.

—Entonces me parece que tendrá dos huéspedes mañana por la mañana.

Los ojos masculinos se iluminaron al sonreírle.

—Eso es lo que deseaba.

Paula notó que no iban hacia el pueblo y lo miró inquisitiva.

—Me he mudado al campo —explicó él con cierta brusquedad.

—Ya veo. Pensé que su casa fija estaba en Londres.

—Y lo está —admitió él—. O, más bien, estaba. Creo que ahora prefiero vivir aquí.

—¿Así que ahora vive aquí todo el tiempo? —la joven se tensó.

—Sólo cuando no tengo que ir a mi oficina de Londres. Aún mantengo allí mi departamento.

La casa resultó ser enorme, con media docena de dormitorios al menos, y a saber cuántos cuartos de baño, un par de salones de recepción y mucho terreno alrededor, hasta con una gran huerta en la parte trasera.

Pedro les mostró la casa, con evidente orgullo, y Pedro comprendió sus motivos. La casa estaba amueblada con excelente buen gusto, más bien cómoda.

Martina pronto se sintió en casa.

—Haré un poco de café, ya que no pudimos tomar el té en mi casa —se ofreció Paula mientras Pedro dejaba que Martina adornara el enorme árbol que decoraba uno de los salones.

Él levantó la vista hacia ella, su cabello brillaba bajo la luz mientras yacía en el suelo alargando a la niña las pequeñas bombillas de colores. Se había cambiado de ropa y ahora llevaba unos pantalones deportivos oscuros y una camisa azul.

—Muy bien —dijo sonriendo—. ¿Podrás encontrar todo?