—¿Reconciliado? —repitió ella con incredulidad—. ¿A qué se debe todo esto, Pedro?
Pedro dejó su taza de café en el escritorio y se inclinó hacia delante.
—Como debes de haber oído, mi sobrino, Bruno, le ha estado haciendo la vida imposible a tu hermano. Me avergüenza su comportamiento, que sospecho se debe a una lealtad hacia mí mal entendida; no es una excusa, pero sí una explicación de su forma de actuar.
Paula guardó silencio. Siempre había admirado lo generoso que Pedro era con los miembros de su familia y, sin embargo, recordó lo duro que había sido con ella.
—He llegado a la conclusión de que la única forma de resolver esa enemistad entre los dos es que nosotros volvamos a estar juntos —declaró él.
—¿Quieres decir… de verdad?
—No, Paula, de verdad no. Fingiremos que volvemos a estar juntos hasta que los chicos completen sus estudios.
—¿Que finjamos estar juntos? —Paula frunció el ceño—. ¿Cómo vamos a hacer eso?
—Volverás a mi casa inmediatamente.
Paula tragó saliva.
—No es posible que hables en serio.
—Sí, hablo en serio, muy en serio, Paula —dijo él—. Los chicos no son tontos. Si saliéramos de vez en cuando con la esperanza de hacerles creer que hemos solucionado nuestras diferencias, se darían cuenta de que algo no anda bien. Vivir juntos, como marido y mujer, es la mejor forma de convencerlos de que nuestra reconciliación es auténtica.
—Define lo que quieres decir con vivir juntos como marido y mujer. No esperarás que me acueste contigo, ¿verdad?
—Tendrás que dormir en mi cama debido a la constante presencia del servicio —contestó él—. Si alguien comunicara a la prensa que no dormimos en la misma habitación, se descubriría el engaño. No obstante, no tengo ninguna intención de compartir mi cuerpo contigo. Eso es algo que ya no deseo.
La declaración de Pedro le hizo mucho daño. Sintió el dolor de su rechazo en cada célula de su cuerpo. Pedro la había deseado apasionadamente en el pasado. De repente, se le llenó la mente de imágenes eróticas. Él le había enseñado mucho sobre su propia sexualidad, la había adorado… y ella también le había adorado.
Era la primera vez que le veía en dos meses, pero no se le había olvidado lo negros que eran sus ondulados cabellos. Su pronunciada mandíbula estaba ensombrecida por la barba incipiente de aquellas tardías horas del día, enfatizando su virilidad. Sus hombros anchos y liso vientre testificaban la dura actividad física a la que se sometía todas las mañanas, demostrando una autodisciplina de la que ella carecía.
domingo, 18 de enero de 2015
sábado, 17 de enero de 2015
Eternamente Juntos: Capítulo 3
—¿Sigues tomándolo con leche y tres cucharadas de azúcar? —preguntó él delante de la cafetera.
—¿Tienes sacarina? —preguntó ella.
Pedro se volvió para mirarla con expresión inquisitiva.
—No estás a dieta, ¿verdad?
—No del todo.
—Mi secretaria tiene sacarina en la sala del personal. Iré a por ella, enseguida vuelvo.
Paula respiró profundamente cuando él salió del despacho, y se sentó en uno de los sillones de cuero delante del escritorio. Al instante, sus ojos se posaron en una fotografía enmarcada que había encima del escritorio; despacio, le dió la vuelta.
Casi le dolió físicamente el amor que él le había profesado el día de su boda. Sus ojos brillaban y su sonrisa era tierna.
—La conservo para no olvidar lo que puede ocurrir cuando uno se casa precipitadamente —dijo él entrando en la estancia.
Paula dió la vuelta a la foto y se encontró con la oscura mirada de Pedro.
—Suponía que no la tienes aquí por motivos sentimentales —dijo ella—. ¿Vas a quemarla en un ritual o simplemente la vas a tirar a la basura cuando nos den el divorcio?
Pedro le dió el café, sus dedos rozaron los suyos.
—Me alegro de que hayas sacado la conversación —dijo él con una enigmática mirada.
Paula dejó el café en el escritorio.
—Creía que íbamos a hablar de Gonzalo y Bruno, no de nuestro divorcio.
Pedro se sentó detrás de la mesa sin dejar de mirarla ni un segundo.
—He retirado mi petición de divorcio.
—¿Qué? —Paula abrió mucho los ojos.
Pedro le dedicó una fría sonrisa.
—No te emociones, Paula. No estoy interesado en volver contigo permanentemente.
—No se me ha pasado por la cabeza.
—Sin embargo, creo que deberíamos suspender el proceso de divorcio temporalmente con el fin de que tu hermano y mi sobrino piensen que nos hemos reconciliado.
—¿Tienes sacarina? —preguntó ella.
Pedro se volvió para mirarla con expresión inquisitiva.
—No estás a dieta, ¿verdad?
—No del todo.
—Mi secretaria tiene sacarina en la sala del personal. Iré a por ella, enseguida vuelvo.
Paula respiró profundamente cuando él salió del despacho, y se sentó en uno de los sillones de cuero delante del escritorio. Al instante, sus ojos se posaron en una fotografía enmarcada que había encima del escritorio; despacio, le dió la vuelta.
Casi le dolió físicamente el amor que él le había profesado el día de su boda. Sus ojos brillaban y su sonrisa era tierna.
—La conservo para no olvidar lo que puede ocurrir cuando uno se casa precipitadamente —dijo él entrando en la estancia.
Paula dió la vuelta a la foto y se encontró con la oscura mirada de Pedro.
—Suponía que no la tienes aquí por motivos sentimentales —dijo ella—. ¿Vas a quemarla en un ritual o simplemente la vas a tirar a la basura cuando nos den el divorcio?
Pedro le dió el café, sus dedos rozaron los suyos.
—Me alegro de que hayas sacado la conversación —dijo él con una enigmática mirada.
Paula dejó el café en el escritorio.
—Creía que íbamos a hablar de Gonzalo y Bruno, no de nuestro divorcio.
Pedro se sentó detrás de la mesa sin dejar de mirarla ni un segundo.
—He retirado mi petición de divorcio.
—¿Qué? —Paula abrió mucho los ojos.
Pedro le dedicó una fría sonrisa.
—No te emociones, Paula. No estoy interesado en volver contigo permanentemente.
—No se me ha pasado por la cabeza.
—Sin embargo, creo que deberíamos suspender el proceso de divorcio temporalmente con el fin de que tu hermano y mi sobrino piensen que nos hemos reconciliado.
Eternamente Juntos: Capítulo 2
Paula se sentó en un sofá de cuero que había en la recepción y observó las revistas que se hallaban encima de la mesa de centro. Se le encogió el corazón al ver que todas mostraban en sus portadas el pecado de ella. Agarró la que más cerca tenía; en la portada, había una foto de ella saliendo del edificio de apartamentos donde Facundo Pieres vivía la mañana después de…
—Hola, Paula.
La revista se le cayó de las manos al levantar la mirada y ver a Pedro delante de ella. Se agachó para recogerla, pero él la pisó.
—Déjala ahí.
Paula se puso en pie. Se sentía completamente fuera de lugar, vulgar en presencia de él. No había tenido tiempo de cambiarse después de su trabajo en el estudio y sintió la oscura mirada de él fija en ella. Debía de estar pensando que iba vestida así a propósito, con el fin de enfadarle.
—Supongo que eso tan urgente de lo que quieres hablar conmigo se refiere a tu hermano y a mi sobrino —dijo él—. Acabo de hablar con el jefe de estudios del colegio, que me ha contado lo que está pasando.
—Sí. No sabía que hubiera llegado tan lejos. Creía que eran buenos amigos, a pesar de… lo que ha pasado.
Pedro juntó sus oscuras cejas.
—¿Cómo no se te ha ocurrido pensar que tu comportamiento afectaría a mi sobrino y a tu propio hermano? —preguntó él con incredulidad—. Tu aventura amorosa con Facundo Pieres me ha puesto en vergüenza, a mí y a mi familia. Yo puedo perdonar muchas cosas, pero no ésa.
—Lo sé… y lo siento —respondió ella controlando las lágrimas.
—No te molestes en disculparte —dijo él—. No voy a perdonarte y no te voy a dar ni un céntimo de dinero.
—Yo no quiero…
—Olvídalo, Paula—dijo él, interrumpiéndola—. En estos momentos, tenemos que hablar del asunto de los chicos como dos personas adultas y racionales; aunque, por supuesto, soy consciente de tus limitaciones en ese sentido.
—No puedes evitar humillarme, ¿verdad? —dijo ella—. Tienes que aprovechar todas y cada una de las oportunidades que se te presentan de hacerlo.
—No es momento para hablar de mi comportamiento, Paula, ni siquiera del tuyo —dijo él en tono implacable—. Hay peligro de que expulsen a uno de los chicos, quizá a los dos. Eso es lo que tenemos que discutir, nada más.
Paula se avergonzó de su comentario.
—Está bien —dijo ella bajando la mirada—. Hablemos de ello.
—Ven a mi oficina —dijo Pedro—. El café se está haciendo.
Ella le siguió por el amplio pasillo, el fragante aroma la conducía como un imán. No había desayunado ni había almorzado y, después de la llamada de su madre para informarle de los problemas de Gonzalo en el colegio, no había tenido tiempo de comer un tentempié antes de la cena. Estaba algo mareada, pero tenía la impresión de que no era por falta de alimentos. Estar en presencia de Pedro la hacía sentirse desesperadamente vulnerable.
—Hola, Paula.
La revista se le cayó de las manos al levantar la mirada y ver a Pedro delante de ella. Se agachó para recogerla, pero él la pisó.
—Déjala ahí.
Paula se puso en pie. Se sentía completamente fuera de lugar, vulgar en presencia de él. No había tenido tiempo de cambiarse después de su trabajo en el estudio y sintió la oscura mirada de él fija en ella. Debía de estar pensando que iba vestida así a propósito, con el fin de enfadarle.
—Supongo que eso tan urgente de lo que quieres hablar conmigo se refiere a tu hermano y a mi sobrino —dijo él—. Acabo de hablar con el jefe de estudios del colegio, que me ha contado lo que está pasando.
—Sí. No sabía que hubiera llegado tan lejos. Creía que eran buenos amigos, a pesar de… lo que ha pasado.
Pedro juntó sus oscuras cejas.
—¿Cómo no se te ha ocurrido pensar que tu comportamiento afectaría a mi sobrino y a tu propio hermano? —preguntó él con incredulidad—. Tu aventura amorosa con Facundo Pieres me ha puesto en vergüenza, a mí y a mi familia. Yo puedo perdonar muchas cosas, pero no ésa.
—Lo sé… y lo siento —respondió ella controlando las lágrimas.
—No te molestes en disculparte —dijo él—. No voy a perdonarte y no te voy a dar ni un céntimo de dinero.
—Yo no quiero…
—Olvídalo, Paula—dijo él, interrumpiéndola—. En estos momentos, tenemos que hablar del asunto de los chicos como dos personas adultas y racionales; aunque, por supuesto, soy consciente de tus limitaciones en ese sentido.
—No puedes evitar humillarme, ¿verdad? —dijo ella—. Tienes que aprovechar todas y cada una de las oportunidades que se te presentan de hacerlo.
—No es momento para hablar de mi comportamiento, Paula, ni siquiera del tuyo —dijo él en tono implacable—. Hay peligro de que expulsen a uno de los chicos, quizá a los dos. Eso es lo que tenemos que discutir, nada más.
Paula se avergonzó de su comentario.
—Está bien —dijo ella bajando la mirada—. Hablemos de ello.
—Ven a mi oficina —dijo Pedro—. El café se está haciendo.
Ella le siguió por el amplio pasillo, el fragante aroma la conducía como un imán. No había desayunado ni había almorzado y, después de la llamada de su madre para informarle de los problemas de Gonzalo en el colegio, no había tenido tiempo de comer un tentempié antes de la cena. Estaba algo mareada, pero tenía la impresión de que no era por falta de alimentos. Estar en presencia de Pedro la hacía sentirse desesperadamente vulnerable.
Eternamente Juntos: Capítulo 1
En el tren, de camino al centro de la ciudad, Paula hizo lo posible por ignorar el murmullo de voces, pero le resultó imposible ignorar el encabezamiento del artículo en la portada del periódico que estaba leyendo el hombre que se hallaba sentado frente a ella:
El multimillonario italiano Pedro Alfonso medio de una disputa de divorcio con su esposa infiel.
Paula se vió presa de un ataque de culpabilidad mientras el hombre pasaba la página para leer el resto del artículo en la página tres. No necesitaba volver la cabeza para leerlo, sabía lo que estaba escrito allí. Durante los últimos dos meses, su vida privada había aparecido en todos los periódicos y revistas del país.
El hombre bajó el periódico, la miró y achicó los ojos con expresión desdeñosa.
Paula se bajó del tren cuatro paradas antes de la suya y recorrió andando el camino a las oficinas de Alfonso Luxury Homes, con vistas al fangoso meandro del río Yarra.
Llegó sintiéndose pegajosa e incómoda debido al extraordinariamente cálido día de primeros de octubre, sus oscuros cabellos eran una masa de rizos húmedos alrededor de su rostro. Respiró profundamente antes de cruzar la entrada del edificio y acercarse a la recepcionista, de la que recibió una gélida mirada.
—No quiere verla, señora Alfonso—la informó Michelle con brusquedad—. Se me ha prohibido terminantemente que le pase una llamada suya y que le permita el paso. Así que, si no se marcha de aquí inmediatamente, me veré forzada a llamar al guarda de seguridad,
—Por favor… tengo que verle —dijo Paula con desesperación—. Es… urgente.
Los ojos azules de la recepcionista la miraron con incredulidad; pero tras unos momentos de tensión, lanzó un suspiro y agarró el auricular del teléfono interior.
—Su… su esposa está aquí, quiere verle. Dice que es urgente.
Paula tragó saliva cuando la recepcionista colgó el teléfono.
—La verá cuando acabe de hablar por teléfono —le dijo la recepcionista poniéndose en pie—. Yo tengo que marcharme, el señor Alfonso vendrá a buscarla cuando esté disponible.
Paula era consciente de que había cometido un acto que había matado el amor de él por ella.
Pedro nunca la perdonaría.
¿Cómo iba a hacerlo, cuando ni siquiera ella podía perdonarse a sí misma?
El multimillonario italiano Pedro Alfonso medio de una disputa de divorcio con su esposa infiel.
Paula se vió presa de un ataque de culpabilidad mientras el hombre pasaba la página para leer el resto del artículo en la página tres. No necesitaba volver la cabeza para leerlo, sabía lo que estaba escrito allí. Durante los últimos dos meses, su vida privada había aparecido en todos los periódicos y revistas del país.
El hombre bajó el periódico, la miró y achicó los ojos con expresión desdeñosa.
Paula se bajó del tren cuatro paradas antes de la suya y recorrió andando el camino a las oficinas de Alfonso Luxury Homes, con vistas al fangoso meandro del río Yarra.
Llegó sintiéndose pegajosa e incómoda debido al extraordinariamente cálido día de primeros de octubre, sus oscuros cabellos eran una masa de rizos húmedos alrededor de su rostro. Respiró profundamente antes de cruzar la entrada del edificio y acercarse a la recepcionista, de la que recibió una gélida mirada.
—No quiere verla, señora Alfonso—la informó Michelle con brusquedad—. Se me ha prohibido terminantemente que le pase una llamada suya y que le permita el paso. Así que, si no se marcha de aquí inmediatamente, me veré forzada a llamar al guarda de seguridad,
—Por favor… tengo que verle —dijo Paula con desesperación—. Es… urgente.
Los ojos azules de la recepcionista la miraron con incredulidad; pero tras unos momentos de tensión, lanzó un suspiro y agarró el auricular del teléfono interior.
—Su… su esposa está aquí, quiere verle. Dice que es urgente.
Paula tragó saliva cuando la recepcionista colgó el teléfono.
—La verá cuando acabe de hablar por teléfono —le dijo la recepcionista poniéndose en pie—. Yo tengo que marcharme, el señor Alfonso vendrá a buscarla cuando esté disponible.
Paula era consciente de que había cometido un acto que había matado el amor de él por ella.
Pedro nunca la perdonaría.
¿Cómo iba a hacerlo, cuando ni siquiera ella podía perdonarse a sí misma?
viernes, 16 de enero de 2015
Eternamente Juntos: Sinopsis
¿Creería que se había quedado embarazada de otro hombre… o podría aquel bebé arreglar su matrimonio para siempre?
En opinión de Pedro Alfonso, todo parecía indicar que Paula Chaves le estaba siendo infiel… y nadie se atrevía a burlarse de un italiano implacable como él. Así pues Pedro echó de casa a su esposa y no quiso escuchar sus mentiras.
Pero dos meses más tarde Pedro necesitaba que Paula volviese a su vida… y a su cama, aunque seguía convencido de que ella lo había traicionado.
Estando de nuevo a su lado, Paula tenía una última oportunidad de demostrar su inocencia… ¡pero entonces descubrió que estaba embarazada!
En opinión de Pedro Alfonso, todo parecía indicar que Paula Chaves le estaba siendo infiel… y nadie se atrevía a burlarse de un italiano implacable como él. Así pues Pedro echó de casa a su esposa y no quiso escuchar sus mentiras.
Pero dos meses más tarde Pedro necesitaba que Paula volviese a su vida… y a su cama, aunque seguía convencido de que ella lo había traicionado.
Estando de nuevo a su lado, Paula tenía una última oportunidad de demostrar su inocencia… ¡pero entonces descubrió que estaba embarazada!
Una Dulce Inocencia: Epílogo
Alguna vez creí, que el encuentro con ella sería distinto. Mi mente procesaba dos opciones. En una la veía ser dura e hiriente, como siempre la recordaba desde esa última vez. Y en la otra, ella me pedía perdón por todo y aunque no lográbamos conectarnos en sentimientos nuevamente, las cosas quedaban en paz… Pero ella no sentía nada por mí, y yo tampoco por ella. No había palabras de perdón o de odio… Sólo había silencio.
- Sólo he venido a… He venido a darte esto.- extendí la caja hacia ella.
- ¿Qué es esto?.- consultó antes de tomarla.
- Es toda mi vida.- sonreí.- Quería demostrarte que tus últimas palabras aquella vez… No se cumplieron conmigo.-
Me sentí mal por decir aquello, pero era la única razón por la que había ido escribiendo desde que había aprendido, cada momento que pasaba en mi vida… Por la que cada foto importante, había sido copiada y en ella había una réplica exacta de cada sonrisa que se enmarcaba en ellas… Un pedazo de cada objeto o detalle que había recibido a lo largo de mis casi 21 años, estaba allí… Como una muestra viviente, que yo sí había sido feliz. Y que mi vida era perfecta…
- Lo siento por eso.- contestó incómoda por mi comentario y tomó la caja que le ofrecía.
La abrió y observó lo primero que mostraba. Una foto con mis padres y hermanos. Y en la otra, una con mi propia familia. Mi hijo y mi esposo.
- ¿Es mi nie…? Perdón.- carraspeó.- ¿Es tu hijo?.
- Es mi pequeño Tony.- no la corregí. Porque los títulos se ganan y ese era de mis padres.
- Gracias.- sonrió por primera vez.
- De nada.- mordí mi labio con fuerza.- Es todo.- me encogí de hombros.- Venía sólo a eso.
- Lamento todo Lourdes.- expresó para mi sorpresa.
- Yo no tengo nada que disculparte.- le aclaré.- No te odio, y nunca lo he hecho… Te agradezco cada cosa que hiciste…- sonreí.- Cada paso del pasado, me llevó a lo que soy hoy.
- Gracias.- volvió a repetir.
- Tengo que irme.- me moví para llegar hasta la puerta.- Hay una carta para tí allí.
- La leeré.- me confió.
No hubo despedidas cariñosas, ni para recordar. Solamente hubo un adiós y una pequeña sonrisa… Mentiría si dijera que el camino de regreso a casa fue tranquilo. Lloré por última vez a causa de ella. Terminé de derramar las últimas lágrimas de ese capítulo de mi vida que hoy se cerraba para siempre… Me bajé del auto, y caminé a casa… Abrí la puerta y miles de risas se escucharon desde la sala… Me asomé y allí estaba mi familia. Mis padres, hermanos, mi esposo y mi hijo… que era el causante de que todos rieran.
Mi madre me observó y le sonreí para dejarle saber que estaba bien. Ahora todo estaría bien…
…
"Encontrarás hojas en blanco en los primeros cuadernillos. Cada hoja representa lo que fue mi vida a tu lado. Porque aunque me duela, no he querido escribir episodios que al leerlos, lo menos que saquen sea una sonrisa.
No te odio, y nunca lo voy a hacer. Porque compartimos un vínculo, que aunque sea débil, es eterno. ¿Sabes por qué no siento rencor? Por mi madre, por Paula. Ella me enseñó a recordarte de la mejor forma. No con cariño, porque eso se va creando, pero te recuerdo sin rencores.
Hoy soy madre, y aunque me esfuerzo por comprender como no fui capaz de despertar en tí algún sentimiento… He aprendido a no ser una copia tuya. Tengo una conexión preciosa con mi hijo. La misma que creó Paula entre nuestros corazones.
Te deseo lo mejor, porque me diste vida y el mejor regalo que ni tú misma sospechaste. Me diste una familia: un padre, una madre y hermanos. Un hijo y un esposo. Felicidad a su lado y amor eterno con ellos… Y espero lo mismo para ti. Por siempre, porque todos necesitamos una segunda oportunidad… Yo la tuve y deseo que tú también la tengas.
No sé si nuestros caminos volverán a conectarse algún día… No me opongo a eso, pero tampoco lo anhelo. Sólo Dios sabe cómo se escribirán nuestros destinos… Aunque el mío, ya tiene un recorrido seguro. Las mismas cosas que leerás aquí, serán lo primero que llegue a publicar cuando sea una Literaria como mi madre… Porque seguí sus pasos, estudio Literatura como ella…
...Como la niñera que llegó un día cualquiera a mi vida, y se convirtió en mi madre…
…De niñera a mamá…
Lourdes.-"
FIN
- Sólo he venido a… He venido a darte esto.- extendí la caja hacia ella.
- ¿Qué es esto?.- consultó antes de tomarla.
- Es toda mi vida.- sonreí.- Quería demostrarte que tus últimas palabras aquella vez… No se cumplieron conmigo.-
Me sentí mal por decir aquello, pero era la única razón por la que había ido escribiendo desde que había aprendido, cada momento que pasaba en mi vida… Por la que cada foto importante, había sido copiada y en ella había una réplica exacta de cada sonrisa que se enmarcaba en ellas… Un pedazo de cada objeto o detalle que había recibido a lo largo de mis casi 21 años, estaba allí… Como una muestra viviente, que yo sí había sido feliz. Y que mi vida era perfecta…
- Lo siento por eso.- contestó incómoda por mi comentario y tomó la caja que le ofrecía.
La abrió y observó lo primero que mostraba. Una foto con mis padres y hermanos. Y en la otra, una con mi propia familia. Mi hijo y mi esposo.
- ¿Es mi nie…? Perdón.- carraspeó.- ¿Es tu hijo?.
- Es mi pequeño Tony.- no la corregí. Porque los títulos se ganan y ese era de mis padres.
- Gracias.- sonrió por primera vez.
- De nada.- mordí mi labio con fuerza.- Es todo.- me encogí de hombros.- Venía sólo a eso.
- Lamento todo Lourdes.- expresó para mi sorpresa.
- Yo no tengo nada que disculparte.- le aclaré.- No te odio, y nunca lo he hecho… Te agradezco cada cosa que hiciste…- sonreí.- Cada paso del pasado, me llevó a lo que soy hoy.
- Gracias.- volvió a repetir.
- Tengo que irme.- me moví para llegar hasta la puerta.- Hay una carta para tí allí.
- La leeré.- me confió.
No hubo despedidas cariñosas, ni para recordar. Solamente hubo un adiós y una pequeña sonrisa… Mentiría si dijera que el camino de regreso a casa fue tranquilo. Lloré por última vez a causa de ella. Terminé de derramar las últimas lágrimas de ese capítulo de mi vida que hoy se cerraba para siempre… Me bajé del auto, y caminé a casa… Abrí la puerta y miles de risas se escucharon desde la sala… Me asomé y allí estaba mi familia. Mis padres, hermanos, mi esposo y mi hijo… que era el causante de que todos rieran.
Mi madre me observó y le sonreí para dejarle saber que estaba bien. Ahora todo estaría bien…
…
"Encontrarás hojas en blanco en los primeros cuadernillos. Cada hoja representa lo que fue mi vida a tu lado. Porque aunque me duela, no he querido escribir episodios que al leerlos, lo menos que saquen sea una sonrisa.
No te odio, y nunca lo voy a hacer. Porque compartimos un vínculo, que aunque sea débil, es eterno. ¿Sabes por qué no siento rencor? Por mi madre, por Paula. Ella me enseñó a recordarte de la mejor forma. No con cariño, porque eso se va creando, pero te recuerdo sin rencores.
Hoy soy madre, y aunque me esfuerzo por comprender como no fui capaz de despertar en tí algún sentimiento… He aprendido a no ser una copia tuya. Tengo una conexión preciosa con mi hijo. La misma que creó Paula entre nuestros corazones.
Te deseo lo mejor, porque me diste vida y el mejor regalo que ni tú misma sospechaste. Me diste una familia: un padre, una madre y hermanos. Un hijo y un esposo. Felicidad a su lado y amor eterno con ellos… Y espero lo mismo para ti. Por siempre, porque todos necesitamos una segunda oportunidad… Yo la tuve y deseo que tú también la tengas.
No sé si nuestros caminos volverán a conectarse algún día… No me opongo a eso, pero tampoco lo anhelo. Sólo Dios sabe cómo se escribirán nuestros destinos… Aunque el mío, ya tiene un recorrido seguro. Las mismas cosas que leerás aquí, serán lo primero que llegue a publicar cuando sea una Literaria como mi madre… Porque seguí sus pasos, estudio Literatura como ella…
...Como la niñera que llegó un día cualquiera a mi vida, y se convirtió en mi madre…
…De niñera a mamá…
Lourdes.-"
FIN
Una Dulce Inocencia: Capítulo 91
- ¿Quieres que te lleve?.- entró mi padre.
- No, prefiero que se queden a ayudarle a él.- indiqué a Tiger divertida.- Por si Tony necesita algo
- Puedo perfectamente.- gruñó en mi dirección.
- Me consta.- se burló papá.
- No sabía que los bebés no botaban sus gases solos.- se defendió.
- Ok ¡Basta!.- pedí riendo.- Estaré bien… ¿Y mamá?.- consulté.
- Está abajo. Te está esperando.
Me despedí de mis padres y mi bebé nuevamente y bajé las escaleras con la caja sobre mis brazos. Mi madre estaba esperando por mí en la entrada de la sala, visiblemente nerviosa. Sólo ella sabía que la verdadera razón de mi salida no era visitar al médico; sino cerrar un capítulo de mi vida…
- Me voy mamá.- anuncié cuando llegué a su lado.
- ¿Estás segura de querer hacer esto?.- me preguntó nuevamente.
- Lo necesito mamá.- contesté, sosteniendo con más fuerza la caja.
- Toma.- extendió las llaves de su auto.- Cualquier cosa me llamas ¿No quieres que vaya contigo? Sería lo mejor…
- No.- corté su parloteo con una sonrisa.- Tengo que hacer esto sola. Te amo mamá.
- Yo más.- me abrazó con fuerza. Cuando nos separamos, sus ojos tenían un tinte de pena.
- Eres y serás por siempre la mujer más importante de mi vida. Eres mi madre de corazón y de sangre… Porque todo lo tuyo, lo llevo conmigo siempre…
Me sonrió y me dejó ir. Sabía que esto era difícil para ella, y por lo mismo había preferido guardarme el secreto de mi padre y los demás. Sólo tía Vanessa sabía, aparte de mi madre, lo que tenía pensado hacer. Pues ella me había ayudado a dar con los datos que necesitaba… Manejé sujetando en mi regazo la cajita que había guardado durante muchos años, y a la que todos los meses iba agregando algo nuevo… Algo de mi vida.
Estacioné frente a la dirección que llevaba anotada en el papel entre mis manos y un estremecimiento recorrió mi cuerpo entero. Tomé la caja y salí del auto, antes que el arrepentimiento hiciera mella en mí y me encaminé a la humilde casa… Respiré varias veces frente a la puerta y finalmente la toqué.
- Hola.- saludó una niña preciosa.
- Hola.- correspondí, y no pude dejar de ver mis ojos en los suyos y mi antiguo cabello de igual forma. Era su hija, tal como lo había dicho Vanessa.
- ¡Wow! Tus ojos son igual a los míos.- dijo con asombro.
- Así es ¿Cómo te llamas?.- cuestioné aun sabiendo que su nombre era Mía. Paradójico, pero ese nombre le había puesto esa mujer. Quizás con el tiempo había aprendido.
- Me llamo Mía ¿Y tú?.- sonrió.
- Lourdes.- respondí
- Tienes lindo nombre.- exclamó, y hubo un pequeño destello de pena en mí, al ver que ella nunca le había hablado de mí a su hija, mi media hermana.
- ¿Está Victoria?.- decidí terminar con esto rápido.
- ¿Mi mamá? Si, voy a buscarla. Pasa.- me indicó.
Con paso lento entré a aquella casa. Era sencilla, no tenía ninguna semejanza con la que vagamente recordaba había vivido cuando niña. Sabía por Vanessa que luego de varios años en la cárcel, había salido en libertad. Se había casado con un hombre modesto y tenía una hija, la pequeña que había salido en su búsqueda… Observé el entorno y una sonrisa triste se extendió por mis labios al ver tantas fotografías de esa pequeña, su marido y ella misma… Una nueva vida, en donde nuestros caminos, no tenían el mismo sentido que nuestra sangre…
- ¿Me buscabas?.- mi corazón latió furioso al oír su voz. Me giré y allí estaban mis ojos nuevamente.
- H-hola.- saludé balbuceando. Sus ojos se abrieron con sorpresa cuando me miró más detenidamente.
- ¿Eres…?.- intentó preguntar.
- S-si, soy Lourdes.- respondí. Adivinando sus cuestionamientos.
- ¡Dios!.- susurró y puntualizó cada detalle de la persona que tenía al frente suyo con sus ojos.
- Yo… Sólo he venido a…- no encontraba las palabras.
- Lourdes.- volvió a susurrar como si no se lograra convencer.
Ya no era la mujer que mis memorias recordaban. Al contrario de mi madre, los años habían pasado por ella, dejando una huella clara en su rostro y todo su aspecto. Sus ojos cielo, ya no tenían la dureza que en mis sueños se apreciaban, como la última vez que la había visto… Pero quien menos la reconocía era mi corazón. Ella no era nada mío, y aunque me había dado la vida y no la odiaba… Mi madre era una sola, Bella…
- Eres toda una mujer.- dijo por fin.
- Soy mamá.- dije con orgullo.
- ¿De verdad?.- preguntó. Pero su asombro no llevaba implícito alegría por ese hecho.
- Si. Se llama Anthony, como mi padre.- le conté sonriendo al pensar en ellos.
- Tu padre.- repitió sin emoción.- ¿Se casó con ella?.- inquirió sin nombrarla.
- Si, se casó con mi madre.- sus ojos se movieron nerviosos.
- Me alegro.- profirió sin ese tono.
- No, prefiero que se queden a ayudarle a él.- indiqué a Tiger divertida.- Por si Tony necesita algo
- Puedo perfectamente.- gruñó en mi dirección.
- Me consta.- se burló papá.
- No sabía que los bebés no botaban sus gases solos.- se defendió.
- Ok ¡Basta!.- pedí riendo.- Estaré bien… ¿Y mamá?.- consulté.
- Está abajo. Te está esperando.
Me despedí de mis padres y mi bebé nuevamente y bajé las escaleras con la caja sobre mis brazos. Mi madre estaba esperando por mí en la entrada de la sala, visiblemente nerviosa. Sólo ella sabía que la verdadera razón de mi salida no era visitar al médico; sino cerrar un capítulo de mi vida…
- Me voy mamá.- anuncié cuando llegué a su lado.
- ¿Estás segura de querer hacer esto?.- me preguntó nuevamente.
- Lo necesito mamá.- contesté, sosteniendo con más fuerza la caja.
- Toma.- extendió las llaves de su auto.- Cualquier cosa me llamas ¿No quieres que vaya contigo? Sería lo mejor…
- No.- corté su parloteo con una sonrisa.- Tengo que hacer esto sola. Te amo mamá.
- Yo más.- me abrazó con fuerza. Cuando nos separamos, sus ojos tenían un tinte de pena.
- Eres y serás por siempre la mujer más importante de mi vida. Eres mi madre de corazón y de sangre… Porque todo lo tuyo, lo llevo conmigo siempre…
Me sonrió y me dejó ir. Sabía que esto era difícil para ella, y por lo mismo había preferido guardarme el secreto de mi padre y los demás. Sólo tía Vanessa sabía, aparte de mi madre, lo que tenía pensado hacer. Pues ella me había ayudado a dar con los datos que necesitaba… Manejé sujetando en mi regazo la cajita que había guardado durante muchos años, y a la que todos los meses iba agregando algo nuevo… Algo de mi vida.
Estacioné frente a la dirección que llevaba anotada en el papel entre mis manos y un estremecimiento recorrió mi cuerpo entero. Tomé la caja y salí del auto, antes que el arrepentimiento hiciera mella en mí y me encaminé a la humilde casa… Respiré varias veces frente a la puerta y finalmente la toqué.
- Hola.- saludó una niña preciosa.
- Hola.- correspondí, y no pude dejar de ver mis ojos en los suyos y mi antiguo cabello de igual forma. Era su hija, tal como lo había dicho Vanessa.
- ¡Wow! Tus ojos son igual a los míos.- dijo con asombro.
- Así es ¿Cómo te llamas?.- cuestioné aun sabiendo que su nombre era Mía. Paradójico, pero ese nombre le había puesto esa mujer. Quizás con el tiempo había aprendido.
- Me llamo Mía ¿Y tú?.- sonrió.
- Lourdes.- respondí
- Tienes lindo nombre.- exclamó, y hubo un pequeño destello de pena en mí, al ver que ella nunca le había hablado de mí a su hija, mi media hermana.
- ¿Está Victoria?.- decidí terminar con esto rápido.
- ¿Mi mamá? Si, voy a buscarla. Pasa.- me indicó.
Con paso lento entré a aquella casa. Era sencilla, no tenía ninguna semejanza con la que vagamente recordaba había vivido cuando niña. Sabía por Vanessa que luego de varios años en la cárcel, había salido en libertad. Se había casado con un hombre modesto y tenía una hija, la pequeña que había salido en su búsqueda… Observé el entorno y una sonrisa triste se extendió por mis labios al ver tantas fotografías de esa pequeña, su marido y ella misma… Una nueva vida, en donde nuestros caminos, no tenían el mismo sentido que nuestra sangre…
- ¿Me buscabas?.- mi corazón latió furioso al oír su voz. Me giré y allí estaban mis ojos nuevamente.
- H-hola.- saludé balbuceando. Sus ojos se abrieron con sorpresa cuando me miró más detenidamente.
- ¿Eres…?.- intentó preguntar.
- S-si, soy Lourdes.- respondí. Adivinando sus cuestionamientos.
- ¡Dios!.- susurró y puntualizó cada detalle de la persona que tenía al frente suyo con sus ojos.
- Yo… Sólo he venido a…- no encontraba las palabras.
- Lourdes.- volvió a susurrar como si no se lograra convencer.
Ya no era la mujer que mis memorias recordaban. Al contrario de mi madre, los años habían pasado por ella, dejando una huella clara en su rostro y todo su aspecto. Sus ojos cielo, ya no tenían la dureza que en mis sueños se apreciaban, como la última vez que la había visto… Pero quien menos la reconocía era mi corazón. Ella no era nada mío, y aunque me había dado la vida y no la odiaba… Mi madre era una sola, Bella…
- Eres toda una mujer.- dijo por fin.
- Soy mamá.- dije con orgullo.
- ¿De verdad?.- preguntó. Pero su asombro no llevaba implícito alegría por ese hecho.
- Si. Se llama Anthony, como mi padre.- le conté sonriendo al pensar en ellos.
- Tu padre.- repitió sin emoción.- ¿Se casó con ella?.- inquirió sin nombrarla.
- Si, se casó con mi madre.- sus ojos se movieron nerviosos.
- Me alegro.- profirió sin ese tono.
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