lunes, 9 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 22

Delfina Chaves. Dio, ¿Cuánto tiempo llevaba trabajando para ellos? Unos dos años. Era una trabajadora buena y diligente, que siempre llegaba temprano, agachaba la cabeza y se ponía a trabajar. La clase de trabajadora a la que Pedro a menudo deseaba que se parecieran los demás. Nunca se le habría ocurrido que fuera la hija del bastardo corrupto. Ni siquiera su apellido le había hecho sospechar. Chaves era un apellido bastante común y, además, ¿Quién sería tan descarado como para acampar en los cuarteles del enemigo con su verdadero nombre? Delfina Chaves. Maldito fuera su teléfono por morirse. Tenía que avisar a Ezequiel. Había conseguido que uno de los tripulantes lo cargara antes de que Paula regresara a cubierta, y estaba empleando toda su fuerza de voluntad para no usarlo. Para no desatar toda su furia sobre la conspiradora que buscaba destruirlo. Tenía que mantener la calma. No delatarse. Seguirle el juego. Tomó otro trago de su segunda cerveza y contempló de nuevo a Paula. Tenía mucho que hacer para reforzar sus defensas, y advertir a su primo era lo primero. Por lo que había averiguado hojeando sus mensajes, las hermanas estaban llevando a cabo un ataque a dos bandas: Delfina tenía como objetivo la empresa y Paula se encargaba de mantener distraído a Gianni hasta que su hermana completara la misión. Esa misión giraba en torno al proyecto Aurora, del que ella era gestora.


Alfonso Industries estaba a punto de cerrar un acuerdo de asociación que sacudiría al mundo de la promoción inmobiliaria y dispararía el ya increíble patrimonio de los primos a la estratosfera. La reunión del equipo directivo ese día decidiría con qué empresa se asociarían. Pedro había examinado todos los documentos con lupa. Nada le había llamado la atención sobre ninguna de las dos empresas finalistas. Nada. Había volado al Caribe dejando la decisión final en manos de Ezequiel. Cualquiera que fuera la empresa elegida, tendrían un ganador garantizado. O eso había creído. Tenía que habérsele escapado algo. «¡Maldita sea!». Apuró la botella y se recordó a sí mismo que, fuera cual fuera el resultado de la reunión, aún no se firmaría nada. Tenía tiempo. Paula no sabía que había descubierto su verdadera identidad. Se aseguraría de mantenerlo así hasta que llegaran a St. Lovells, a dos días de navegación de Barbados. Una vez allí, Issy perdería su poder. St. Lovells sería su kriptonita. Necesitaba deshacerse de su teléfono. De haber sabido el poder que tenía cuando lo clonó, lo habría tirado por la borda, o accidentalmente a la piscina. Leer los dos mensajes entre Paula y su hermana le había hecho comprender que eso no era una simple estafa. El mensaje que Delfina había enviado a su hermana hacía dos semanas le había revuelto el estómago. "Son corruptos. Tengo pruebas". Pero le revolvió mucho más el escrito por Paula minutos después de conocerse en Londres.

Venganza Y Seducción: Capítulo 21

Celebraría la destrucción de Pedro y su aborrecible primo con todas las comidas que se negaba para parecer un insecto palo. Para el segundo plato había elegido atún fresco, frito con especias japonesas y servido sobre un lecho de cuscús con pimientos asados. El atún fresco era un caro manjar que normalmente no podían permitirse Paula y Delfina, y como era sano, y la ración pequeña, se lo comió todo. El postre era helado casero de fresa sobre una base de migas de chocolate, pero, por divino que fuera su sabor, solo se permitió un par de cucharadas pequeñas antes de apartar el cuenco.


—¿No hay ninguna comida que te guste tanto como para atiborrarte? —preguntó Pedro, observándola atentamente. 


El regreso de Paula a cubierta le había obligado a recomponerse rápidamente. Años perfeccionando una cara de póquer, para no darle a su padre la satisfacción de ver el miedo en su mirada, le permitió guardar la compostura sin esfuerzo. Por dentro era otra cosa. Se sentía como si le hubieran dado un puñetazo. La mentirosa y tentadora confabuladora sacudió la cabeza. «Mio Dio», hasta la esbelta figura de Paula era falsa. El salvapantallas seguía apareciendo en su mente. Había reconocido a la otra mujer antes que a ella. No era fácil asociar a la esbelta rubia que picoteaba su comida delante de él con la rolliza mujer de pelo castaño oscuro de la foto. Con la cara pegada a la de la otra mujer, sujetaba un enorme helado como si temiera que alguien se lo arrebatara. Solo los ojos azul oscuro le habían revelado que era la timadora que tenía delante. Esa mujer no era Paula Fernández. Era Paula Chaves, hija del bastardo que había estafado a los primos Alfonso vendiéndoles terrenos sobre los que no se podía construir. Su primer negocio aún dejaba un regusto amargo en la lengua de Pedro, y ni siquiera la venganza ejercida sobre ese hombre lo había suavizado. De tal palo tal astilla. O, mejor dicho, de tal palo tales astillas. Porque había dos hermanas Chaves. Y la otra, la mujer que había reconocido inmediatamente en el protector de pantalla, estaba en una posición mucho más peligrosa para infligir un daño severo a los primos Alfonso.

viernes, 6 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 20

La sonrisa se le apagó cuando el corazón le dió un vuelco y luego cayó en picado. Parpadeó y volvió a parpadear, seguro de estar teniendo visiones. La imagen de dos mujeres jóvenes, las caras pegadas, sonriendo a la cámara, seguía allí. Con el pulso palpitándole en la mandíbula y la cabeza martilleando, intentó encontrarle sentido a algo que no lo tenía en absoluto. Y entró en sus mensajes. La última parte de su euforia murió exactamente en el instante en que su pantalla se apagó. Clonar el teléfono de Paula había agotado su batería. Pero ya había visto suficiente. Aquello no era una estafa. Era un ataque deliberado, dirigido. Paula se retocó el brillo de labios con mano temblorosa. Necesitaba retocarse la raya del ojo, pero le daba miedo clavarse el lápiz. El brillo de labios cayó, estrepitosamente, en el lavabo. Ella contempló su reflejo en el espejo. Mejillas sonrosadas y mirada febril. Nada comparado con su interior. Su corazón, un caos palpitante, las extremidades flojas, su estómago un nudo apretado. Y entre las piernas… Cerró los ojos e intentó respirar hondo. No era inmune al magnetismo animal de Pedro. No tenía sentido negarlo. Lo importante era que había recuperado la razón a tiempo, antes de que él la convirtiera en llamas. En cenizas. Aún se sentía arder en todos los lugares en los que se habían tocado. Aún podía sentir su boca devorando la suya. Debería haber buscado hombres con los que practicar los besos. Tal vez así habría desarrollado cierta inmunidad y no habría entrado en combustión con él. Una cuidadosa aplicación de bronceador en las mejillas y un pareo nuevo, y estuvo lista para enfrentarse a él de nuevo. Tanto como podría estarlo. Encontró a Pedro en la mesa del comedor, bebiendo despreocupadamente cerveza de una botella tan fría que goteaban chorros de condensación. Cuando se levantó, se fijó en que llevaba una toalla alrededor de la cintura. Un rápido vistazo le indicó que su bañador se estaba secando en el respaldo de una silla. Sus pantalones de loneta estaban donde los había dejado antes. El pulso le latió entre las piernas. Debajo de esa toalla, él estaba desnudo.


—¿Todo bien? —preguntó él.


—Solo necesitaba refrescarme —ella asintió y sonrió alegremente—. Espero que tengas hambre, Chef nos ha preparado un festín.


—Estoy hambriento —su mirada se clavó en la de ella, antes de recorrer lentamente su cuerpo.


El primer plato era una sopa de tomates asados al fuego que a Paula le encantaba desde niña. El chef francés debía haber buscado una auténtica receta italiana, porque era incluso mejor que la que tomaba de pequeña.


—¿No comes pan? —preguntó Pedro, señalando el panecillo recién hecho que ella había apartado.


Paula sacudió la cabeza y se lo ofreció, procurando no salivar cuando él lo partió en dos y lo untó con mantequilla. «No queda mucho», se consoló. Pronto podría hincharse de carbohidratos sin importarle que todos aterrizaran en sus caderas. Podría echar una cucharada de azúcar en el café, y otra de nata si quería. Podría comerse de una sentada una tableta enorme de chocolate con avellanas. Llevaba dos años hambrienta. Podía esperar unos días más.


Venganza Y Seducción: Capítulo 19

 —Puedo hacerlo despacio —él chasqueó los dientes y lamió el lóbulo de su delicada oreja—. Puedo hacer lo que quieras.


—Tenemos todo el tiempo del mundo —Paula apoyó suavemente las manos en los hombros de él.


—Todo el tiempo que necesitamos —susurró él, dándole un ligero beso en los labios.


El aturdimiento regresó a los ojos de Paula, que parpadeó y miró por encima del hombro de él.


—Parece que la comida está lista —anunció alegremente—. Venga, vamos a comer.


—Dame un minuto y me reuniré contigo —Pedro la soltó.


Ella frunció el ceño.


—Necesito refrescarme un momento —Pedro sonrió con tristeza y bajó la mirada—. No quiero escandalizar a la tripulación.


Ella siguió su mirada. Una mancha de color se extendió por sus mejillas al comprenderlo, y tardó más de lo normal en serenarse.


—Claro, será mejor que te quedes aquí un rato. ¿Una cerveza fría?


—Sería estupendo.


Paula salió de la piscina. Él no creyó imaginarse el ligero tambaleo mientras regresaba al área de descanso. Dio, su cuerpo… «No te concentres más en ese cuerpo caliente», se reprendió a sí mismo mientras suspiraba internamente, decepcionado, cuando ella se cubrió con una toalla. Quizá debería pedirle a ella que le llevara la cerveza fría y se la echara en el bañador. El personal estaba ocupado sirviendo platos y vasos en la mesa de cubierta. Issy acababa de sujetarse el pelo cuando, de repente, tomó su teléfono y leyó algo. Seguía leyendo cuando un miembro de la tripulación se le acercó. Volvió a dejar el teléfono sobre la mesa, asintió al tripulante, le indicó que él tardaría dos minutos, y desapareció. Pedro no había nadado tan rápido en su vida. Saltó del agua y corrió a la mesa donde estaban sus cosas. Apoyó la mano en una toalla que le había dejado un miembro de la tripulación y tomó el teléfono de Paula.


—Avísame cuando vuelva —ordenó al miembro de la tripulación más cercano mientras sacaba su propio teléfono y un dispositivo de clonación de alta gama del bolsillo trasero de los pantalones cortos de loneta que había dejado colgados sobre una silla. En unos instantes, había copiado todos los datos del teléfono de Paula en el suyo.


Dejó el teléfono de ella donde lo había encontrado, se quitó el bañador, se envolvió con una toalla seca, se sentó a la mesa y bebió con avidez la cerveza que tenía delante. Sonrió satisfecho al saber que había subido las apuestas a su favor. Encendió la pantalla de su teléfono para echar el primer vistazo a su recompensa. Apareció el salvapantallas de Paula.


Venganza Y Seducción: Capítulo 18

¡Pero eso era bueno! Muy bueno. ¿No se suponía que tenía que atraer a Pedro? Mantener su interés como solo una mujer podía, porque a él solo le importaba su aspecto y lo que pudiera obtener de ella en el dormitorio. Solo tenía que controlarse y no permitir que su cerebro derretido convenciera a su cuerpo virgen y necesitado de que se sentía atraída hacia uno de los hombres responsables de la pérdida de todo lo que había amado. Su cuerpo estaba tan hambriento que probablemente reaccionaría de la misma manera ante cualquier hombre. Él le sujetó los brazos. Iba a pegarse contra ella. Paula se zafó de su agarre, se quitó las sandalias y, acordándose de esbozar una sonrisa pícara por encima del hombro, corrió hacia la piscina y saltó al agua fresca.


Pedro no dudó en seguirla. Dio, había algo en la piel de Paula que lo infectaba, empapándolo de conciencia erótica. Para cuando él se zambulló en la piscina, ella ya había nadado hasta el otro extremo. La alcanzó con media docena de largas brazadas. Aunque ella lo miraba con esa fantástica insolencia, temblaba. Se agarró a las paredes de la piscina a ambos lados del esbelto cuerpo, atrapándola. Era bellísima. La timadora más bella que pisaba la tierra. Y la más sexy. El deseo latió con fuerza en su interior. Por la oscuridad de los ojos, y su respiración entrecortada, ella también lo sentía. Era hora de subir la apuesta. Que comenzara el placer. Hundió la boca en la suavidad de sus labios en un beso intenso. Dio, sabía a champán con un toque de calor añadido que despertó su cuerpo electrizado. La rodeó con los brazos y la apretó contra él.


La rendición de Paula fue inmediata. Sus labios se abrieron y sus manos se aferraron a la nuca de él. Lo devoró con la misma hambre que lo embargaba a él. Con los pequeños pechos aplastados contra el suyo y las piernas rodeándole la cintura, su lengua jugando con la de él, la erección de Pedro era intensa y pesada como nunca la había conocido, empujando con fuerza contra el interior del muslo de ella. Besarla era como saborear la miel del cielo y Pedro se preguntó si el resto de ella sabría como si la hubiera envuelto para regalo el rey de los dioses, el mismísimo Júpiter. Ya lo descubriría en otra ocasión, porque en cuanto interrumpió el beso para deslizar la boca por su mejilla hasta el cuello, los dedos de ella le agarraron el pelo con fuerza y tiraron de su cabeza hacia atrás. Sus ojos estaban nublados de deseo. Pedro sabía que los suyos reflejaban lo mismo.


—No tan rápido, muchachote —ella tragó saliva, le puso las manos en el pecho y, con una risita, lo empujó hacia atrás.

Venganza Y Seducción: Capítulo 17

¿Había tomado ya demasiado sol? Porque empezaba a pensar que su cerebro se había derretido. No había motivo para imaginarse eso, o el calor que había sentido en sus partes más íntimas cuando él había posado una mano en su cadera. Ninguna razón para el instante en que se había imaginado esos labios sobre los suyos. Paula tenía una misión. Ese hombre era su enemigo. Si su cuerpo mostraba señales que podrían confundirse con atracción, debía superarlas. No podía ser atracción. De ninguna manera.


—¿Me pones en la espalda? —preguntó Pedro tras untar cada centímetro de sus extremidades y torso.


«¡Claro que no!».


—Será un placer —ronroneó ella, tomando el tubo y resistiéndose a echárselo en los ojos.


Paula controló el impulso de rociarlo directamente sobre su piel desnuda. Se echó un poco en la mano y, conteniendo la respiración, posó las manos en la espalda. Los músculos se tensaron. El corazón de ella se detuvo. Extendió la loción por la suave piel. Su corazón se relajó y empezó a latir con fuerza. Sus manos subieron hasta el cuello, pasaron por los omóplatos, bajaron por la columna y rodearon los costados. Cuando llegó a la cintura del bañador, su respiración entrecortada ya no era deliberada y sus labios vibraban mientras luchaba contra el deseo de besar esa obra maestra. Dió un paso atrás, y cuando él se volvió, todos los órganos de su cuerpo dieron un respingo.


—Me toca —anunció Pedro con una sonrisa sensual.


—Yo… —el impulso de asegurar que ya llevaba loción fue casi más fuerte que el peligro de un melanoma.


La sensación de peligro más fuerte que nunca. Paula se dió la vuelta. Llenó los pulmones de aire y se desató el pareo, que flotó hasta sus pies. Oyó a Pedro respirar entrecortadamente. Sus pulmones se vaciaron en cuanto los dedos tocaron su piel. Ella sintió un escalofrío que se intensificó a medida que le extendía la loción sobre su espalda. Cuando hundió los dedos bajo el fino cordón que cerraba el simulacro de bikini, imaginó que él desataba el nudo y le acariciaba los sensibles pechos… No sabía que los pechos pudieran doler. No necesitó mirar para saber que sus pezones se habían tensado. Tampoco podría haber mirado. Necesitaba todas sus fuerzas para evitar que las piernas le fallaran. Los dedos de él rozaron la parte superior de la braguita del bikini, y ella no pudo hacer nada por detener el temblor traicionero de su cuerpo. Demasiado sol.

Venganza Y Seducción: Capítulo 16

 —¿Quieres jugar?


—¿Y perdernos el sol? Podemos jugar cuando anochezca.


—¿No me devolverás a la orilla antes de que te conviertas en calabaza?


Aparecieron sus hoyuelos, señal que él empezaba a identificar como que se estaba divirtiendo realmente.


—¿Te apetece nadar?


—¿Significa eso que puedo probar tu tobogán?


—Depende —susurró ella con voz ronca.


Pedro apoyó una mano en su cadera. La distancia entre ambos era tan pequeña que sentía el calor de su cuerpo.


—¿De qué?


—De dónde echemos el ancla —ella se mordisqueó el labio inferior. Con una luminosa sonrisa, tiró de su mano—. Vamos, quiero nadar antes de comer.


Paula consultó discretamente su reloj mientras se lo quitaba. La reunión en Londres ya habría comenzado. Colocó el reloj y su teléfono sobre la mesa y se mantuvo impasible cuando Pedro hizo lo mismo, añadiendo su cartera al montón. Solo tenía que alejarlo del teléfono hasta que llegara el momento de deshacerse de él… Las cavilaciones terminaron cuando Pedro se quitó el polo. De repente, ella necesitó abanicarse. Dios santo, qué cuerpo… Ese pensamiento también se esfumó cuando se desabrochó los pantalones cortos. Se le secó la boca. Hasta ese momento, no se le había ocurrido que él no llevaba nada más que lo que había sobre la mesa. La cremallera bajó. Con los ojos clavados en el rostro de ella, él tiró de los pantalones hacia abajo. Paula vislumbró el vello en la base del abdomen, en la ingle, antes de que los pantalones cayeran al suelo y, con un guiño, él se subiera despreocupadamente el bañador que llevaba debajo.


—¿Tienes crema solar? —preguntó.


—¿Perdona? —graznó ella.


—Crema solar. Ya sabes, eso que te untas en la piel para no quemarte y, con un poco de suerte, evitar desarrollar un melanoma.


«¡Cálmate!», se gritó a sí misma. «Has visto su cuerpo muchas veces». Pero una cosa era verlo en la pantalla del portátil y otra muy distinta en carne y hueso. Ninguna imagen, por talentoso que fuera el fotógrafo, haría justicia a ese cuerpo. O esa cara.


—Sí —contestó.


Paula sonrió y sacó la exclusiva crema solar del bolso que le había costado el sueldo de dos semanas, y se la entregó. No era la primera vez que le sorprendía el tamaño y la fuerza de sus manos, y un nuevo cosquilleo la recorrió al imaginar esas manos… ¿Imaginar esas manos qué? ¿Tocándola?