lunes, 8 de diciembre de 2025

Te Necesito: Capítulo 2

 —¿Por qué va a necesitar que esté disponible día y noche?


—¿Le supone un problema?


Paula respiró hondo. «Es un hombre muy atractivo y poderoso, ante el que reaccionas porque eres humana, porque estás viva y porque sigues siendo una mujer. No pasa nada».


—No, pero… Cuando acepto un encargo, organizo un plan para el evento, el cliente lo discute con mi equipo y conmigo y, si se siente satisfecho, nosotros nos hacemos cargo —hizo una pausa, porque la intensa mirada de él la hacía balbucear.


¿Intentaba ponerla nerviosa? Pues lo estaba consiguiendo.


—Mi trabajo consiste en encargarme de los detalles —prosiguió—. Por lo tanto, que usted tuviera que ponerse en contacto conmigo a medianoche significaría que no estaría haciendo bien mi trabajo.


Él dejó la pluma sobre los papeles que estaba firmando y esbozó una sonrisa burlona. 


—Dirijo una empresa internacional, señorita Chaves. Ahora mismo tenemos proyectos en ocho husos horarios distintos, y yo viajo por todo el mundo. Lo que para usted es medianoche para mí puede ser mediodía. Además, no suelo dormir más de tres o cuatro horas —añadió.


Frunció el ceño, tal vez por haberle comunicado algo personal.


—Si tengo que hacerle una pregunta sobre el evento, quiero que me la conteste inmediatamente usted, no uno de sus empleados. Si esa disponibilidad le supone un problema, podemos dar por terminada la entrevista.


—No es un problema. Estaré disponible, si necesita que lo esté. Lo único que digo es que no debería ser necesario —ahora deseaba aquel contrato más que antes, y no solo por motivos puramente profesionales.


Pedro Alfonso constituía un reto para ella y para la empresa; un reto que había conseguido esquivar desde la muerte de Leandro, porque, en muchos sentidos, también estaba muerta. Aún no estaba preparada para volver a salir con un hombre. Pero era indudable que controlar una inadecuada atracción sexual hacia un cliente, sobre todo del calibre de Pedro Alfonso, sin duda formaba parte del proceso de volver al mundo de los vivos.


—Muy bien, entonces queda claro.


La opresión del pecho de Paula disminuyó un poco. No debía temer la atracción física que experimentaba hacia él, sobre todo porque no iba a hacer nada al respecto y porque las posibilidades de que él experimentara lo mismo hacia ella eran nulas. Al haberse pasado dos días buscando información, sabía que salía con modelos, actrices y mujeres con el mismo maravilloso aspecto que él. Agarró la carpeta que había dejado en la silla de al lado, ansiosa de que la conversación retomara el curso debido.


—¿Quiere ver los conceptos que nos han pedido, sobre los que se va a basar la organización del evento? —preguntó al tiempo que se levantaba para depositar la carpeta en el escritorio—. Me han dicho que se trata de una semana de formación de equipos en la sede de…


—No.


—¿Cómo dice? —abrazó la carpeta y lo miró, mientras el pánico se añadía a las otras desagradables sensaciones que estaba experimentando.

Te Necesito: Capítulo 1

 -Necesito que esté de guardia día y noche durante toda la semana. Si me pongo en contacto con usted, tendrá que estar disponible inmediatamente.


—¿En serio?


«Soy una organizadora de eventos, no su amante».


Paula Chaves no pudo evitar ni las dos palabras susurradas ni el inadecuado pensamiento, interrumpiendo la lista de instrucciones que llevaba recibiendo desde que había entrado en el despacho de Pedro Alfonso, en el trigésimo piso de la sede central de Rio Corp, en el centro de Londres. Él levantó la vista del montón de papeles que había en el escritorio, que había estado firmando mientras le enumeraba sus requisitos, y sus ojos azules se encontraban con los de ella. Paula contuvo la respiración, aturdida y electrizada a la vez. «¡Madre mía!». Había buscado información en cuanto supo que su empresa de organización de eventos iba a ser contratada por la de Alfonso. Ya sabía que el multimillonario Pedro Alfonso era increíblemente guapo, famoso por su magnetismo, su ambición y su carisma. Sabía que procedía de una familia humilde y que, a sus treinta y un años, era uno de los solteros irlandeses más cotizados. Pero no estaba preparada para el impacto que le produjeron sus ojos azul cobalto ni para el calor que notó en el pecho y se le extendió por el resto del cuerpo como un incendio. Unas desagradables sensaciones que no experimentaba desde la muerte de Leandro; mejor dicho, desde antes de su muerte. La invadió la tristeza al recordar a su esposo fallecido.  Su relación con Leandro no había sido apasionada, ni mucho menos, sino una amistad desde la infancia que se había transformado en amor, un amor que no consumaron. La intimidad física fue una de las cosas que perdieron cuando él cayó enfermo. ¿Explicaba la falta de experiencia sexual su sorprendente reacción ante Alfonso? Este enarcó las cejas y apretó los labios.


—¿Ha dicho algo señorita Chave? —preguntó con voz ronca y en tono imperioso, lo cual aumentó la excitación de ella.


«Respira, idiota, y deja de mirarle los labios». Paula intentó recuperar el equilibrio. Aquel contrato podía cambiarle la vida. Era una oportunidad para la que llevaba dos días preparándose con su equipo, desde que le habían notificado que le harían una entrevista. Sin embargo, para aceptar el contrato, necesitaba establecer una relación laboral con Alfonso que funcionara. No le gustaba que hubiera comenzado exigiéndole cosas, sin siquiera haberse referido al evento. Al parecer se trataba de una semana de formación de equipos, seguida de una recepción en la sede de la empresa en Dublín. Pero aquello era más un interrogatorio que una entrevista.

Te Necesito: Sinopsis

Él lo controlaba todo, pero se había implicado en una difícil situación…


Paula Chaves era una organizadora de eventos a la que el multimillonario Pedro Alfonso había contratado para llevar a cabo una venganza. Al fingir que era un cliente exigente y tenerla a su lado, averiguaría lo que necesitaba de su malvado hermanastro.


Invitar a Paula a un lujoso baile en París formaba parte de su plan. Pero no contaba con la química que se produjo entre ambos ni con el descubrimiento de que ella era virgen. Y eso lo dejó vencido. Y lo que había comenzado como una venganza se convirtió rápidamente en algo mucho más complicado.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Falso Matrimonio: Epílogo

Pedro dejó atrás la garita de seguridad que custodiaba su exclusivo barrio de Nueva York saludando a los dos guardias de turno, y condujo hasta la siguiente puerta automática, que custodiaba la entrada a su propiedad. Como le pasaba cada día, el corazón se le alegró al ver su extensa casa blanca brillando bajo el sol. Casi hubiera preferido dejar el coche allí mismo y continuar a pie. Con tres hijos, siempre se corría el riesgo de que alguno saliera corriendo de detrás de los árboles del jardín para disparar a su coche con su pistola de juguete. Bajó, le lanzó las llaves a su encargado para que aparcase y entró rápidamente en la casa. Pero qué desilusión… Paula no estaba. La enorme cocina, con tres fogones y tres hornos, diseñada por ella misma, estaba llena de tarros de conservas que preparaba con las frutas de su extenso huerto. Irían a las cestas de Navidad de su tienda de Manhattan, la consecuencia natural del negocio de dulces que había abierto en sus grandes almacenes, y que había resultado ser un gran éxito entre sus clientes. Tenía hambre, y se preguntó si se daría cuenta si abría uno de aquellos tarros y untaba un poco en uno de los deliciosos bizcochos que había hecho el día anterior. Estaba a punto de rapiñar uno de los tarros cuando se dió cuenta de la nota que le había dejado sobre la isla de la cocina, que era tan grande como la cocina de su viejo piso. Escrita en una caligrafía grande y casi infantil, decía: "Querido Pedro, Me he llevado a Baltazar y a Nicolás a nadar. Olivia ha quedado a jugar en casa de una amiga. Te quiero. Besos, Paula". Ver su escritura siempre lo emocionaba. Sabía que habría tenido que sudar para escribir aquella simple nota. Su hermosa y valiente mujer nunca sería capaz de leer con fluidez, pero cada nota escrita o leída era un esfuerzo que le hacía llenarse de orgullo. Estaba a punto de dar el primer mordisco al bizcocho cuando sus dos hijos menores se lanzaron hacia él como misiles. Su madre entró después, vió lo que tenía en la mano y el tarro abierto en la encimera, y frunció el ceño. Utilizar a sus hijos como escudos humanos le sirvió de poco porque ella le abrazó, y lamió un poco de mermelada que se le había quedado en la comisura de los labios.


—Pedro Alfonso, estás en un buen lío.


—¿Me vas a castigar?


—Oh, sí.


—No puedo esperar.


Aquella noche, concibieron a su cuarto hijo.






FIN

Falso Matrimonio: Capítulo 85

 —Va a ser malgastar tiempo y dinero.


—¡Pero si aquí hay más sangre que en un matadero!


—Es que al principio estaba un poco confusa y no he detenido la hemorragia.


—¿Confusa?


—Es que…


—Mira, voy a llamar a mi médico, ¿De acuerdo? No voy a quedarme tranquilo hasta que un profesional te haya visto esos cortes.


Y, sin más, marcó el número. Cuando terminó de hablar, ella lo estaba mirando, y le brillaban los ojos.


—He sentido moverse al bebé.


—¿Ah, sí? —el corazón le dió un brinco—. ¿Y cómo ha sido?


—Mágico —una lágrima le rodó por la mejilla—. Siento que no estuvieras presente. Por eso salía de casa. Para buscarte y contártelo.


—¿No te has curado la herida para ir a decirme que el bebé se ha movido?


—Es que no me dolía mucho —murmuró, pero de pronto lo miró fijamente y fue como si volviera a centrarse—. ¿Y tú qué hacías delante de la puerta? ¿Venías a verme?


Él respiró hondo y asintió.


—¿Por qué?


Tuvo que aclararse la garganta para deshacerse del nudo que se le había formado en ella, y tomó su mano sana en las suyas. Ella no la retiró. Aquellos hermosos ojos marrones que rara vez pasaban algo por alto estaban fijos en él.


—Es que… Necesitaba verte. Te echo de menos.


Ella respiró hondo y Pedro depositó un beso en su mano.


—Lo siento, bedda. Siento mucho cómo reaccioné. Y siento haber salido huyendo. Y ser un bastardo impaciente y arrogante.


La había hecho tanto daño y de tantas formas… ¿Cómo podía soportar respirar el mismo aire que él?


—He sido impaciente toda mi vida —continuó—. Tenía tantos sueños de niño que no podía esperar a salir al mundo y vivirlos. Siempre estaba presionando, siempre en busca de la siguiente meta, siempre en movimiento. Descuidé a mis padres. No deliberadamente, pero dí por sentado que siempre iban a estar ahí. Ni siquiera era consciente de que lo dejaban todo cuando decidía ir a visitarlos. Sé que estaban orgullosos de mí, y eso hacía que me sintiera genial, pero todo giraba en torno a mí. Cuando mi padre murió…


Respiró hondo. La dulzura con que lo miraba era como miel para su alma.


—Ya sabes lo destrozado que me dejó su muerte —siguió—. Tú tenías razón: No me dí tiempo para el luto, y me culpé tanto a mí mismo como a tu padre. No podría decir si mi padre me habría confiado sus preocupaciones porque no estaba ahí para saberlo. Cuando me marché de Sicilia con dieciocho años, me fui en cuerpo y alma, y mis padres lo sabían. Es otra cosa con la que tengo que vivir: descuidé a las dos personas que me dieron más amor de lo que un niño puede desear. Pero en una cosa sí que te equivocabas.


Ella enarcó las cejas.


—No quiero una familia para expiar mi culpa, o porque me resulte conveniente.


Soltó su mano y se frotó la cara. El suspiro que se le escapó contenía tanta desesperanza que el corazón de Claudia se resintió.


—Me hiciste sentir cosas desde el primer momento. Sentimientos verdaderos. Y luego me encontré atrapado en un infierno que yo mismo había creado, encerrado en un matrimonio con la hija de mi enemigo, y no supe manejarlo. Incluso cuando te pedí que te quedaras para que fuéramos una familia, estaba rechazando la verdad.


—¿Y qué verdad es esa?


—Que te quiero. Estas semanas sin tí han sido las peores de mi vida. Estoy roto sin tí, Paula Chaves—debes llevar siempre tu apellido con orgullo porque tu bondad apaga cualquiera de los actos de maldad de tu padre— eres el ser humano más encantador y hermoso de esta tierra. Te mereces mucho más de lo que la vida te ha dado, y lamentaré cómo te traté hasta el último día de mi vida. Estoy aquí para pedirte, para rogarte, que me des otra oportunidad. Por favor. No puedo respirar sin tí. Aceptaré los términos que tú quieras pero, por favor, te ruego que me permitas compartir tu vida y la de nuestra hija.


Oyendo a aquel hombre tan orgulloso desnudar su alma, la última frialdad que la envolvía se derritió, y el sol le caldeó la piel. Acercándose le acarició la mejilla.


—No me has preguntado cómo me he cortado la mano —le dijo.


Se acercó más y rozó su nariz con la de él.


—Pues me he cortado porque, de pronto, me he dado cuenta de que te quiero, y un segundo después, nuestra hija se movió. Pedro, he tenido la sensación de que quería hacerme ver la realidad a patadas.


Él la miró confundido.


—No eres el único que ha estado luchando contra sus sentimientos. Estaba demasiado asustada para volver a confiar en tí, y me cegaba el pasado, en lugar de pensar en todas las cosas maravillosas que has hecho por mí en el presente. Me empujaste a ponerme en pie y a tener voz propia. Eso es lo que me has dado, Pedro: Respeto por mí misma. Si tener libertad para vivir sin tí significa que el frío me va a calar hasta los huesos para el resto de mi vida, entonces es una libertad que no quiero. La única que quiero es la de quererte, y de despertarme a tu lado cada día, y la libertad de saber que tú me querrás y me apoyarás en todo lo que haga, igual que yo te querré y te apoyaré en cuanto hagas tú.


El corazón de Pedro explotó. Casi no se atrevía a creer lo que la boca y los ojos de Paula estaban diciendo.


—¿Me quieres?


—Sí, te quiero —repitió suavemente—. Y quiero pasar el resto de mi vida contigo. Juntos. Bajo el mismo techo tú, yo y nuestra hija. Eres todo mi mundo, Pedro.


Una fisura se abrió en su pecho por la que salió la última oscuridad que se había acomodado en él desde la muerte de su padre, dejando entrar para ocupar su lugar un sol deslumbrante, y la abrazó y la besó con todo el amor que manaba de su corazón.


—Mi preciosa mujer —susurró—. Juro que siempre te amaré y te valoraré. Siempre.


—Siempre —repitió ella.


Y la amó y la valoró siempre.

Falso Matrimonio: Capítulo 84

Paula puso el lavavajillas en marcha y, con un suspiro, llenó el fregadero con lo que no solía meter en él. Tomó uno de sus cuchillos nuevos, que eran lo primero que se había comprado con el dinero que le habían pagado por la primera tarta. Era el primer dinero que ganaba por sí misma, y la sensación había sido increíble. Pero la sensación se había apagado al buscar el móvil para compartir con Pedro su alegría, y acabar dejándolo sin marcar. Llamó a Delfina, pero no era lo mismo. Era con él con quien deseaba compartir el momento. Era él a quien deseaba enseñar las cajas para tartas con su nombre grabado en un costado, porque había sido él quien nunca había permitido que su falta de instrucción la definiera, o que ella lo pensara así. Cerró los ojos y rezó para que el dolor que sentía en el corazón cesara pronto. «Y por favor, Dios, ayúdame para que deje de echarlo de menos. Me hace demasiado daño». 


Dentro de tres días volverían a verse. El embarazo avanzaba y pronto tendría montones de citas de control, con lo que se verían con frecuencia. Enjabonó el cuchillo. Tenía que mantenerse como su heroína de Orgullo y Prejuicio. Incluso cuando Elizabeth se daba cuenta de que el señor Darcy no era el hombre desagradable y arrogante que ella creía, y sus sentimientos crecían hasta convertirse en un amor que creía que nunca sería correspondido, se mantenía firme y fuerte, y… ¿Amor? El estómago se le encogió de golpe y sin querer contrajo las manos. La afilada hoja del cuchillo le hizo un corte. El agua del fregadero se volvió roja rápidamente y asustada, se miró la mano. El cerebro se le había congelado y no lograba que despertase para curarse. La respiración se volvió más rápida y superficial. Paula no podía moverse, pero la habitación sí, y comenzó a dar vueltas a cámara lenta. Amaba a Pedro. Parpadeando al fin, se llevó la mano derecha a la tripa. No era el estómago. ¡Era el bebé! ¡Se estaba moviendo! Su respiración volvió a la normalidad, sacó un paño limpio del cajón y se envolvió la mano mientras los pensamientos le iban a toda velocidad. Tenía que compartir aquel momento con Pedro. Él querría saberlo. Debería estar allí, compartiéndolo con ella. Un sollozo se escapó de sus labios antes de que se diera cuenta de que tenía ganas de llorar. La habitación volvió a girar, y tuvo que agarrarse a la encimera. No podía hacer nada por detener las lágrimas. No podía hacer nada por detener los sollozos que la sacudían. Tardó una eternidad en recuperar algo parecido al control, pero la sensación de estar en un sueño-pesadilla continuó, y como si sus piernas decidieran por su cuenta, echó a andar hacia la puerta, secándose las lágrimas. Tenía que encontrar a Pedro. Tenía que saber que su hija se había movido. Aún estaría en el edificio. Estaba segura. Lo único que tenía que hacer era encontrarlo. Abrió la puerta y, por un segundo, tuvo la sensación de haber entrado en el mundo de los sueños porque, de pie, frente a ella, al otro lado de la puerta, estaba Pedro con la mano levantada, a punto de tocar el timbre. Fue verla, y quedarse sin aliento. Casi ni era consciente de haber salido del despacho hacia el piso, pero allí estaba ella, justo delante de él, con la cara enrojecida, el moño en el que se recogía el pelo medio deshecho, los ojos rojos…


—¿Qué pasa? —preguntó, saliendo inmediatamente del estupor. Y entonces reparó en el paño empapado de sangre—. ¡Ay, Dios, estás herida!


Ella negó con la cabeza, pero las lágrimas que le caían por las mejillas decían lo contrario.


—Hay que llevarte ahora mismo al hospital.


Pero ella negó de nuevo.


—Parece más de lo que es.


Pedro le pasó un brazo por la cintura y la hizo entrar de nuevo. Le costaba trabajo pensar, pero sabía que había un botiquín en la cocina. Le miraría la herida allí y juzgaría si había que llevarla al hospital, quisiera ella o no. La imagen que se encontró en la cocina incrementó el horror. Se diría que había habido una masacre. Había sangre en el suelo, en la encimera, en el fregadero… La hizo sentarse junto a la ventana, buscó el botiquín y volvió de inmediato. No se dijo una palabra mientras le quitaba el paño. Hizo una mueca al ver los cortes y volvió a cubrirlos, diciéndole que no dejara de presionar.


—Esto necesita atención médica —dijo, buscando unas gasas estériles—. Tenemos que llevarte al hospital. No digas que no, que voy a llamar ahora mismo al chófer.


—No, que no es necesario, de verdad.


—¿Quieres hacer el favor de dejar que te lleve?

Falso Matrimonio: Capítulo 83

Y para remate, aquel vestido, allí, en sus manos, como vivo recordatorio de su ausencia y del dolor que le causaba… La habitación comenzó a dar vueltas y tuvo que sentarse rápidamente en el suelo. Lo hizo aferrado al vestido, intentando captar algún olor en él. Los ojos le escocían, pero aun así podía ver su rostro. Su deslumbrante sonrisa. Su fuerza. Su valentía. Paula era una mujer que había crecido teniendo solo un par de zapatos rojos y un elusivo aroma por todo recuerdo de su madre, mientras que él… Pedro había pasado más de treinta años con sus padres. Su padre ya no estaba, pero su madre sí. Paula no había perdido al suyo en el sentido literal, pero sí figurativamente hablando porque, el hombre que ella creía que era su padre, no había existido nunca. Él había sufrido mucho la muerte de su padre, que le había hecho contemplar el mundo con deseos de venganza, de golpear, de hacer algo que pudiera suavizar el dolor que llevaba en el corazón, mientras que ella se negaba a ser una víctima. Hacía lo que consideraba correcto, y se guiaba por su conciencia. Nunca se le ocurriría utilizar a su hijita como herramienta contra él, y se horrorizaría si alguien se lo sugiriera. Y él se había separado de esa mujer. ¿Por qué? ¿Porqué no era lo bastante tonta para confiar en un hombre que la había traicionado prometiéndole que serían felices para siempre? ¿Porqué la mujer que se había pasado la vida entera escondida, tapada, asfixiada, quería salir al mundo y aprender a respirar por sí misma? Tanta palabrería con la que decía querer ir despacio, para luego exigirle a ella que acelerara, y cuando le dijo que no, la soltó como si fuera un carbón ardiente. El remate había sido que sugiriera que era como su padre. No es que lo hubiera dicho con esas palabras. Él lo había deducido, empujado por el dolor y la rabia. Su orgullo no le había dejado ver más allá. Como siempre con él, era todo o nada. No tenía paciencia, y nunca la había tenido. Incluso viendo una película, o leyendo un libro; incluso pidiendo comida, su guía era la rapidez más que el sabor. Sin que se diera cuenta, Paula le había enseñado a aminorar la marcha y disfrutar de los placeres sencillos de la vida. Había renunciado a todo para que su bebé pudiera tener un padre. Había peleado con uñas y dientes para intentar forjar una relación entre ellos, pero él nunca estaba satisfecho con nada. Siempre quería más. Siempre buscaba lo mejor, lo más grande. Y nada en su vida había sido mejor o más grande que ella.



Dos días después, se dirigía de la sala de juntas a su despacho. El día de trabajo casi había terminado. Al pasar por la zona de administración, los vió a todos arremolinados en torno a una mesa, pero cuando ellos lo vieron a él, se abrieron como el Mar Rojo y volvieron a sus respectivos sitios. Pedro hizo una mueca. No le molestaba que hubieran estado hablando en un corrillo, sino que temieran su mal humor. Desde luego no había sido la persona más fácil en las últimas semanas. Entonces vió cuál era el motivo de que estuviesen todos en torno a aquella mesa. En el centro había una caja con la tapa abierta, y en ella, una tarta de dos pisos de la que cualquier pastelero se sentiría orgulloso. El instinto le dijo quién era el pastelero en cuestión. El nombre de Paula estaba impreso con delicadeza en un costado de la caja. Nadia, con el permiso de Pedro, había hecho el pedido de esas cajas.


—¿Hay alguna celebración de la que yo no me haya enterado? — preguntó a Karina, la dueña de la mesa en la que estaba el dulce.


Ella sonrió con cierto recelo.


—Mi prima cumple veintiún años.


No sabía si su personal era consciente de que Paula y él se habían separado. Nadia era muy discreta, pero la gente tenía ojos.


—Espero que le guste. ¿Van a celebrarlo?


Ella asintió. Pedro entonces sacó la cartera y de ella extrajo doscientos dólares, que dejó sobre la mesa.


—Felicítala de mi parte. Las primeras copas las pago yo.


Muy sorprendida, Karina le dió las gracias cuando ya se alejaba de su mesa.


Entró en el despacho, cerró la puerta y se dejó caer en su silla, sujetándose la cabeza con las manos. Se avecinaba un tremendo dolor de cabeza. Miró la pared de su despacho que daba al vestíbulo. Al otro lado estaba el piso en el que estaba Paula. ¿Qué estaría haciendo? ¿Más dulces? ¿Cocinaría otra cosa? ¿Sentada con un audio libro, o viendo una película? Hacía tres semanas que no la veía, las tres semanas más duras de su vida. No tenía ni idea de cómo iba a reaccionar cuando la viera dentro de unos días, en la cita del obstetra. Tampoco sabía si podía esperar tanto. La echaba de menos más de lo que creía posible añorar a alguien.