lunes, 10 de abril de 2023

Inevitable Atracción: Sinopsis

Pedro Alfonso solo quiere una secretaria que no rompa a llorar ante un problema… Y que no cometa el error de enamorarse de él.


Desafortunadamente, el atractivo magnate parece provocar un efecto extraño en sus empleadas. ¡Necesita una ayudante que sea a prueba de él mismo! Paula, su amiga de la infancia, parece perfecta para el puesto. Lo conoce demasiado bien como para enamorarse de él. Pero trabajar al lado de Paula está haciendo que Pedro sienta cosas extrañas.


¿Será que Pedro está en peligro de enamorarse de la única secretaria que es inmune a sus encantos? 

viernes, 7 de abril de 2023

Una Esperanza: Capítulo 73

Metió la mano en el bolsillo y tocó la cajita del anillo. La había encontrado esa mañana en el cajón de los calcetines y se lo había metido en los vaqueros para que le diera suerte. Pensaba que siempre lo guardaría, era un anillo que esperaría a Paula hasta que estuviera preparada para recogerlo.


Paula entró en la cocina y él se sacó rápidamente la mano del bolsillo. Ella parecía estar intentando interpretar la expresión de su rostro, así que se relajó al instante.


–Bueno. Ya está. Es hora de irse.


–Sí –repuso él con frialdad.


Ella miró un momento al suelo.


–Sabes que podría quedarme un poco más. Si tú y Valentina me necesitan después de lo que ha pasado, puedo quedarme un par de días más.


–Nos las apañaremos, Paula. Además, Leticia vendrá el lunes. Tú haz lo que tengas que hacer.


–Muy bien –repuso ella contrariada–. Voy entonces a por mi abrigo.


Se lo puso lentamente y después lo miró a los ojos.


–Adiós, Pedro.


–Adiós, Paula.


Ella se puso de puntillas y le dió un ligero beso en los labios. No estaba haciendo que aquello fuera fácil. Se separó y, pensándolo mejor, lo besó de nuevo. Esa vez con un beso más dulce y profundo. Era una tortura. Quería a esa mujer. Tanto que no aguantaba no poder decírselo. Pero no quería hacerlo, así sólo conseguiría presionarla. Paula parecía muy triste.


–Voy a despedirme de Valentina.


No la detuvo, necesitaba poner distancia entre ellos.


Cuando volvió al vestíbulo, fueron juntos hasta el coche. La observó mientras se metía en el vehículo. Ni siquiera lo miró antes de ponerlo en marcha. Paula miró por el retrovisor, esperando el momento en que comenzara a correr tras ella, pero Pedro no se movió. Intentó no llorar, se había prometido no hacerlo. Al fin y al cabo, estaba haciendo lo que quería y tomando sus propias decisiones. Había decidido que era mejor irse y tenía que hacerlo. Pedro estaba respetando su decisión.


Pero de repente, se dió cuenta de lo absurdo de la situación. No entendía por qué se alejaba con el corazón roto cuando lo que quería era quedarse. Dejó de apretar el acelerador mientras veía aún a Pedro a la entrada de la casa, observándola. Había estado tan empeñada en tomar sus propias decisiones que ni siquiera le había preocupado que su decisión fuera la correcta o no. Abrió la puerta del coche y salió corriendo. Lo había dejado en marcha, pero nada le importaba. Corrió hacia él tan rápido como pudo, incluso perdiendo un zapato por el camino. Él, al verla, echó la cabeza hacia atrás y empezó a reír lleno de alegría. Pero no se movió, quería que fuera ella la que hiciera el camino hasta la casa. Paula no sabía cómo podía haber dudado de que la quisiera, la cara de Pedro no decía otra cosa. Cuando llegó a su lado, saltó a sus brazos y rodeó su cintura con las piernas. Se besaron por toda la cara, abrazándose como si les fuera la vida en ello.


–Te quiero, Paula Chaves.


–Lo sé. Y yo a tí. ¿Puedo quedarme? Por favor… –le dijo ella sonriendo.


Él rió mientras la dejaba en el suelo.


–¡Pensé que nunca me lo ibas a pedir! Pero… Pero no vuelvas a ponerte esos zapatos de tacón.


–La verdad es que son muy incómodos, igual que las faldas y el maquillaje. Dejaré todo eso para ocasiones especiales.


Él la besó de nuevo y se separó para susurrarle algo en el oído.


–Lo cierto es que hay algo especial que sí que me gustaría que llevaras. Si tú quieres, me haría inmensamente feliz que llevaras esto –le dijo sacando el anillo del pantalón.


–¡Claro que quiero, gruñón! –exclamó ella besándolo de nuevo.


Pedro empezaba a ponerle el anillo en el dedo cuando los distrajo un grito desde el piso de arriba. Miraron a la ventana. Parecía que había público observándolos. Vieron a Valentina aplaudiendo y saltando de alegría. Ellos se sonrieron y él le colocó el anillo. Después, le besó la mano y la miró directamente a los ojos.


–Nunca dejaré de quererte.   







FIN

Una Esperanza: Capítulo 72

Se despertó muy temprano al día siguiente. Seguía en la misma habitación, casi como si nada hubiera pasado, pero Paula sabía que todo era distinto. Los de la ambulancia les dijeron que Valentina estaba bien. Se levantó. Pensaba ponerse la misma ropa del día anterior. Fue hasta el radiador, aún estaba húmeda y llena de barro. Se puso la chaqueta y decidió ir hasta el coche para sacar algo de ropa limpia. Acababa de salir de la habitación cuando se encontró con Pedro.


–Bonito conjunto –le dijo mirándola de arriba abajo.


Se sonrojó, esperando que la chaqueta fuese lo bastante larga como para cubrirle la ropa interior. Los ojos de Pedro le decían que no lo suficiente.


–Voy al coche, necesito ropa seca.


Pedro simplemente le sonrió y el corazón le dió un vuelco.


–Quería agradecerte que volvieras anoche. Sin tu ayuda, a lo mejor no la habríamos encontrado –le dijo mientras le tomaba las manos.


Se acercaron un poco más y ella cerró los ojos. Sabía que era una mala idea, pero deseaba que la besara. El beso no llegó. Abrió los ojos. Él la miraba como si quisiera besarla, pero le soltó las manos.


–Gracias, Paula.


–No hay de qué. No podía quedarme sin ayudar. Ya has perdido a tu mujer y no podrías soportar perder a tu hija –dijo hablando sin mucho sentido–. Lo que quiero decir es que seguro que fue devastador perder a Ivana…


–Me entristeció que muriera Ivana, sí –repuso él–. Pero me dolía sobre todo por la niña. A Ivana ya la había perdido hacía tiempo. Nuestro matrimonio estaba en las últimas.


–¡Qué horror!


–No es para tanto. Cuando me recuperé de la conmoción, la verdad es que fue un alivio. Nunca debimos casarnos. Fue un error. Si no me arrepiento más es por Valentina.


No podía creer lo que estaba diciendo. Entonces, Ivana no había sido perfecta.


–Pero creí que… Bueno, voy al coche a por mi ropa.


Pensó que, una vez vestida, se sentiría más segura y menos confusa.


Después del desayuno, Paula bajó a dar un paseo por la playa para aclarar sus ideas. Por lo visto, el matrimonio de Pedro e Ivana no había sido tan perfecto como se había imaginado, así que no entendía por qué había intentado parecerse a ella durante las últimas semanas. No tenía sentido, pero creía que no era lo bastante buena para él. Le había aterrado tanto perderlo que se había convertido en lo que ella pensaba que era su mujer ideal, aunque en realidad no había sido tan ideal ni perfecta. Había intentado cambiar sin ni siquiera descubrir qué era lo que Pedro quería de verdad. Y, a juzgar por cómo se había comportado durante los últimos días, él la quería tal y como era, sin barnices ni superficialidades. Se sintió muy estúpida. Todo el tiempo ocupado intentando retenerlo y sólo había conseguido apartarlo de ella. Sintió algo de esperanza resurgir en su interior, a lo mejor no era demasiado tarde. Todo dependía de lo que él quisiera, pero le daba terror preguntarle.


Pedro la observó mientras volvía de la playa y entraba por la puerta de la cocina. Se sentía fatal. A lo mejor no volvía a verla nunca. Apenas podía soportar la idea. Quería correr hacia ella, abrazarla y usar todos los trucos que se le ocurrieran para que se quedara a su lado. Pero no lo hizo, sino que comenzó a recoger la mesa del desayuno. Tenía que respetar su decisión. Ya lo había aprendido a hacer con Valentina, tenía que darle la libertad que necesitaba.

Una Esperanza: Capítulo 71

 –¡Cariño! Hemos estado buscándote por todas partes.


–¡Valentina! –exclamó Pedro desde detrás de ella.


Pedro intentó apartarla, pero Paula sabía que no iba a caber. Sólo cabía unaniña o una mujer delgada hasta la cintura.


–¡Pedro! No hay sitio, tendrás que dejar que lo haga yo.


Miró a la niña, temblaba como una hoja.


–Venga, Valen.


No sólo tenía frío, también estaba asustada.


–No pasa nada –dijo ella tendiéndole la mano.


–¿Qué demonios está pasando? ¿Por qué tardan tanto? –preguntó Pedro.


Paula se adentró tanto como le dejaba el arbusto.


–Venga, nadie está enfadado contigo. Estamos contentos de haberte encontrado.


–¿De verdad?


Paula asintió y la niña alargó sus heladas manos. Poco a poco, salieron de allí. Valentina la usaba como escudo.


–¡No me grites, papá! –le dijo entre lágrimas–. ¡No quería hacerlo! Pero la barca se soltó y me quedé aquí atrapada, sin saber cómo volver…


Paula se echó a un lado y Pedro tomó a su hija, abrazándola con fuerza. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Los quería tanto que no hubiera soportado que algo les hubiera pasado.


Diez minutos más tarde estaban en el ferry. Bruno avisó por radio y una ambulancia iba a esperarlos en el pueblo para asegurarse de que estaba bien. Pedro estaba bastante seguro del estado de la niña, pero se imaginó que nadie querría arriesgarse.


–¿Por qué huiste, Valentina? ¿Adónde ibas? –le preguntó su padre.


La niña agachó la mirada.


–Pensé que Paula y tú iban a casarse.


–¿Por qué pensabas eso?


–No soy una niña pequeña. Los dos se miraban como Paula dice que miro a Nicolás.


Paula no sabía si echarse a llorar o a reír.


–Pensé que íbamos a ser una familia normal –murmuró la niña–. Quería que Paula fuera mi madre. Tenías que haber conseguido que se quedara, papá.


Pedro abrazó a su hija y le besó en la cabeza.


–Valen, ¿A que no te gustaba cuando te decía todo el tiempo lo que tenías que hacer? Pues esto es igual. Paula quiere irse y yo no puedo cambiarlo, aunque quisiera.


–Podías haberlo intentado con más ganas –le dijo la niña.


–No, Valentina, las cosas no son así. Si Paula necesita irse a otro sitio, tenemos que dejar que lo haga. No es nuestra decisión, es la suya.


Paula frunció el ceño y se giró para mirar a las estrellas.


–Bonito, ¿Verdad? –le dijo Bruno–. Y no hacen nada, no intentan ser bonitas. Simplemente son lo que son.

miércoles, 5 de abril de 2023

Una Esperanza: Capítulo 70

La mitad del pueblo sacó sus barcas y botes para buscar a Valentina. No iba a ser fácil, aunque la noche era clara. Empezaron en la zona más próxima a la casa. No había que bajar mucho por el río para que éste se ensanchara. Era un lugar muy concurrido los fines de semana. Pedro encendió el reflector y lo enfocó hacia la playa. Bruno se había ofrecido a llevarlos en su ferry. Uno de los policías había intentando convencerlo para que se quedara en casa, pero él no se iba a quedar parado mientras pudiera hacer algo por encontrarla.


–¡Valentina! –gritó con una voz cada vez más ronca.


El foco se movía y no alumbraba donde él quería. Le dolía el brazo y sus ojos empezaban a cansarse.


–Pedro, ¿Por qué no te sientas un rato y descansas? –le sugirió Paula.


–No puedo. Mi hija lleva cinco horas perdida. ¿Cómo voy a descansar? ¿Eh? ¡Dímelo tú!


Ella le quitó la linterna de las manos.


–Yo me ocupo de mirar un rato, ¿Vale?


Se sentía fatal, como padre, como marido y como compañero de Paula. Sentía que era un fracaso. Sabía que tenía que haberle dicho la verdad a su hija y no hacerle creer que Valentina no se iría.


–¡Veo algo! ¡Allí, cerca del bote grande!


El grito de Paula hizo que abriera los ojos de golpe. Vieron la barca al lado de un gran yate, estaba suelta.


–¡No!


Sabía que, si se había caído al agua, no tendría posibilidades de sobrevivir.


–No quiere decir nada, Pedro, puede haberse soltado sola. A lo mejor ni siquiera usó la barca –le dijo Paula abrazándolo–. Mírame –añadió con seguridad.


Él levantó la vista.


–No vamos a desesperarnos. Valentina siempre anda con prisas. A lo mejor no la ató bien. O…


–¿En qué estás pensando?


–Acabo de acordarme del picnic que hicimos, cuando la barca casi se escapa.


–¿Crees que salió de la barca y se le olvidó atarla?


–No, es más que eso. Ese sitio le encantó, decía que quería construir allí un campamento…


–¡Bruno! –gritó Pedro–. ¡Río arriba tan rápido como puedas! Te diré exactamente dónde cuando nos acerquemos más.


Permanecieron abrazados hasta que llegaron a ese sitio. Pero no terminaban de acercarse a la orilla. Sin poder esperar más, Pedro saltó del barco y comenzó a vadear hasta la orilla. Ella agarró la linterna, miró el río y lo siguió. El agua estaba helada. Caminó deprisa hasta llegar a donde estaba él, ya en la playa. Le entregó la linterna.


–¡No encuentro el sitio! Todo parece distinto en la oscuridad.


–Pedro, no puedo…


En ese instante golpeó algo duro y tropezó. Se arañó las palmas de las manos, pero no gritó. Sólo le importaba encontrar a Valentina.


–¿Paula?


–He tropezado con una maldita roca.


Intentó levantarse y limpiarse las manos.


–¡Pedro!


–¿Te has hecho daño? –preguntó él acercándose con la linterna.


–Sí. No. No importa. ¡Éste es el sitio! Donde hicimos el fuego.


–¿Estás segura?


–Sí, ésta es la roca en la que nos sentamos.


–¡Es verdad! Entonces…


Paula no lo esperó y fue hasta el arbusto que Valentina había llamado su «Guarida». Entonces se oyó una rama romperse y los dos se quedaron helados.


–¿Valentina?


Pedro iluminó el sitio donde estaba Paula. Ella pudo distinguir la forma de una niña acurrucada. No pudo evitar empezar a llorar.


Una Esperanza: Capítulo 69

Él asintió. No podía hablar. Ella fue hasta el coche y, segundos después, Pedro oyó el motor del coche. No empezó a correr hasta que lo vio alejarse por el camino.


–¡No te vayas! –gritó mientras corría.


Pero ella no se detuvo y aceleró un poco. Él siguió corriendo. Corrió hasta que vió que era imposible alcanzarla y después corrió un poco más.


–¡Te quiero! –le gritó cuando ya no le quedaba aliento.



Cuando se alejó lo suficiente, Paula se paró y rompió a llorar. Había sido durísimo no darse la vuelta al verlo correr tras ella. Pero tenía que ser fiel a su decisión. Prefería morir antes que soportar otra relación como su matrimonio. Se calmó lo suficiente para seguir conduciendo y se dirigió hacia la carretera que la llevaría a Londres. Estaba ya cerca de Exeter cuando su móvil sonó. Era Pedro y no contestó. Llamó cinco minutos más tarde y siguió llamando. Después de siete llamadas, estacionó a un lado de la carretera para apagar el teléfono. Pero decidió llamarlo.


–Pedro.


–¿Paula? ¡Gracias a Dios! Llevo un montón de tiempo intentando localizarte. Es…


–Tienes que dejarlo ya, Pedro.


–No es eso. Es Valentina. Se ha escapado. La policía está a punto de llegar y me han dicho que piense en dónde puede estar. He intentado encontrarla por todas partes sin suerte, Paula. No se me ocurre ningún otro sitio. ¿Y a tí? Por favor, piensa en algo.


El pánico en su voz hizo que se le acelerara el pulso. A pesar de sus problemas, no iba a quedarse parada si Valentina estaba en peligro.


–¿Has llamado a los Allford? ¿Y a los otros amigos?


–He llamado a todo el mundo. He ido al pueblo para ver si había ido al muelle o al parque, pero no está en ninguna parte. Y nadie la ha visto.


–No se me ocurre ningún otro sitio, de verdad. No te preocupes, Pedro. La encontraremos. Tú quédate ahí por si ella vuelve…


–Eso es lo que me ha dicho la policía que haga, pero me siento tan impotente…


–Todo va a salir bien.


–¡No puedo perderla, Paula! –le dijo con la voz entrecortada–. No después de todo lo que ha pasado.


No le salían las palabras, tenía un nudo en la garganta.


–Quédate donde estás, vuelvo a casa.


Cuando llegó a la casa, le pareció que estaban dadas todas las luces. Salió del coche y corrió a la puerta, que estaba entreabierta.


–¿Pedro? ¿Valentina?


Nadie contestó. No sabía por qué no estaba allí. Se le heló la sangre al pensar en las posibilidades de lo que podía haber ocurrido. A lo mejor la policía la había encontrado… Siguió buscándolo por la casa mientras pensaba que quizá sólo hubiera sido un truco para conseguir que volviera. Pero no podía ser, era demasiado cruel. Estaba a punto de subir las escaleras cuando lo vió afuera, en el muelle.


–¡Pedro!


Él se giró y Paula vió su expresión de terror. Se avergonzó de haber pensado que podía estar mintiendo.


–¿Qué pasa, Pedro?


Parecía perdido, en otro mundo.


–La barca…


Ella bajó la vista y vió que la barca había desaparecido.

Una Esperanza: Capítulo 68

Paula cerró la última maleta. Todas sus pertenencias estaban ya empaquetadas y no había evidencia de su presencia en la habitación. Había hablado con Jimena y usaría su dormitorio de invitados de momento. Cerró los ojos, no era momento para echarse a llorar. Le dolía tanto dejarlos… A pesar de que él no la correspondía, ella lo quería más que nunca. Era una locura.


Él llevaba tres días intentándolo todo para hacer que se quedara. Había hecho que se sintiera culpable, había intentado darle pena, le había hecho chantaje emocional con Valentina… No se había detenido ante nada. Se puso la chaqueta y tomó las llaves del coche. Era hora de ir a buscar a la niña al colegio, por última vez.


–No es verdad que te vayas hoy, ¿No? –le dijo la niña nada más verla.


Paula miró a Valentina. Se sentía fatal.


–Sí, me voy hoy. Pero prometo llamar y escribirte. Seguiremos siendo amigas. Leticia te va a encantar, ya lo verás.


–No quiero a Leticia.


Gaby suspiró y encendió el coche. Volvieron a casa en silencio. Cuando llegaron, la niña se encerró en su dormitorio. Ahora sólo quedaba esperar a que Pedro llegara a las cinco y media y podría irse. Llegaría a casa de Jimena a medianoche. Bajó las maletas y las metió en el maletero. Ahora que llegaba el momento, tenía el estómago en un puño y temblaba como una hoja. Se preparó un té y la taza se le escapó de las manos, estrellándose contra el suelo. Limpió los azulejos entre lágrimas, sin poder controlarse. Entonces escuchó el coche de Pedro y el estómago se le encogió tanto que pensó que iba a vomitar de la tensión. Se limpió las lágrimas y se enderezó. Llegó al vestíbulo al mismo tiempo que Valentina bajaba las escaleras con expresión de desamparo. Se tiró a los brazos de Paula y la abrazó con fuerza. Ella le devolvió el abrazo. Nunca había sentido por ningún niño lo que Valentina le había inspirado durante esos meses. La quería con todo su corazón. Era casi una hija; al fin y al cabo, había pensado que iba a casarse con su padre, y despedirse de ella era lo más difícil que había hecho en su vida. Pedro las encontró así al entrar y se quedó paralizado.


–¡Pensé que ibas a ser mi nueva mamá! –le dijo la niña entre sollozos.


Paula se quedó de piedra.


–No, cariño, yo… Yo sólo soy la niñera.


«Sólo la niñera…», pensó él. Se acordó del anillo que guardaba en el cajón de los calcetines y se sintiócomo un estúpido.


–Paula tiene razón, cariño. Ella nunca podría reemplazar a tu madre.


Las palabras eran duras, pero ciertas. La expresión de Paula era de angustioso dolor, pero él no se sintió culpable. Al fin y al cabo, ella los estaba abandonando, había sido su decisión. Valentina se separó de Paula y miró a su padre con su fulminante visión de láser.


–¡Deberías hacer que se quedara, papá!


«No sabes cuánto lo he intentado», reflexionó él.


–¡Lo has arruinado todo! ¡Igual que siempre! –gritó la niña mientras subía llorando a su cuarto.


Pedro miró a Paula, parecía estar tan destrozada que quiso ir a abrazarla. No podía creer que fuera a irse, nunca había terminado de creérselo. Ella pasó a su lado para llevar la última bolsa al coche y él se quedó mirándolo. Pedro se fijó entonces en lo que había sobre la cómoda del vestíbulo. Eran las llaves del coche. Sin pensar en lo que hacía, las tomó y metió en el bolsillo. Ella entró segundos después y vió que habían desaparecido.


–¿Dónde están, Pedro?


–Yo…


–¡Dámelas! –exclamó ella.


Parecía estar al borde de la desesperación. Pensó en Valentina y en que prolongar la despedida sólo sería más duro para su hija. Metió la mano en el bolsillo y sintió el frío metal. Había fracasado. Pensaba que no podía hacer ni decir nada que hiciera que lo quisiera lo suficiente. Había llegado el momento de enfrentarse con la realidad. Sacó las llaves y las dejó en la mano de Paula.


–Adiós, Pedro.