lunes, 13 de mayo de 2019

Paso a Paso: Capítulo 68

Había sabido que sucedería. Y había sucedido… Ella le estaba partiendo el maldito corazón, y no había nada que él pudiera hacer al respecto. Tenía que haber tenido la sensatez de no tener nada con ella, maldita sea; no tenía que haberla tocado. Era demasiado tarde para las auto-recriminaciones. Lo único que le quedaba era sufrir. Cada vez que la veía a ella y Lucas juntos, era como si alguien le estuviera hurgando en el corazón con un cuchillo afilado. Y era peor aún cuando Lucas la tocaba. No tenía derecho a sentir aquello. Paula no le pertenecía. No sólo era demasiado viejo para ella, sino que estaba demasiado hastiado de todo. Sí, claro, podía ofrecerle cosas materiales… lo mejor que el dinero podía comprar. Pero no era suficiente. Sabía que, finalmente, no podría retenerla a su lado. Hasta el dinero, al cabo de un tiempo, perdía importancia. No, ella merecía alguien mejor. Merecía alguien joven, alguien que la hiciera reír, que llenara su casa de la risa de los niños. Pero ¿Era aquel alguien su hijo? Al principio, había estado contra una relación entre ellos, pero por todos los motivos equivocados. Había pensado que Paula era una aventurera y que Lucas estaba demasiado malcriado y era demasiado egoísta para mantener una relación duradera. Pero ahora sí creía verdaderamente que su hijo estaba enamorado. Y si él, Pedro, salía de escena, Paula encontraría la felicidad con Lucas, tal como debería ser. Súbitamente, un regusto amargo inundó su  boca y tuvo ganas de arrojar el vaso contra la pared. Y repentinamente aquello fue precisamente lo que hizo y el ruido fue como una pequeña explosión. Pero no se sintió mejor. Completamente agotado, se sentó y apoyó la cabeza entre las manos sobre su mesa de despacho. ¿Cómo iba a dejarla marcharse? No lo sabía. Sinceramente, no lo sabía.

—Pedro… quiero hablar contigo. Por favor.

Paula, como había hecho en otra ocasión, había decidido esperarlo levantada. Por tarde que llegara. Aquella era su última noche en el rancho; por la mañana tenía pensado regresar a su casa. Antes de partir, sin embargo, se dijo que tenía que obtener algunas respuestas de Pedro. Si todo había terminado entre ellos, quería que se lo dijera. Si no quería volver a abrazarla ni hacer el amor con ella, que se lo dijera a la cara.

El período de dos semanas de Lucas en el hospital estaba llegando a su fin. Iban a darle el alta uno de aquellos días. Durante aquella segunda semana, Pedro había permanecido protegido tras su armadura indestructible. Sencillamente, ella no lo aguantaba más. Lejos de Pedro, su vida había dejado de tener significado. Cosas que habían tenido importancia para ella palidecían en comparación con sus sentimientos por él. Ahora, mientras lo enfrentaba ca las once de la noche, no estaba segura de que su idea hubiera sido buena, después de todo. Si su expresión sombría era signo de algo, era evidente que no estaba encantado de verla.

—¿Qué hay? —le preguntó él, entrando en la sala y dejando el portafolios en el bar, donde se preparó una copa.

Paula se mordió el labio inferior. Había ensayado aquel discurso una y otra vez, pero parecía haberse quedado sin palabras. Finalmente, se obligó a pronunciarlas:

—Ya sabes lo que hay. Nosotros.

Con su mano libre, Pedro se aflojó la corbata.

—No hay ningún nosotros, Paula —dijo secamente—. Nunca lo ha habido.

Ella sintió como si le hubiera atravesado el corazón.

—Pero…

—¿Sigue Lucas queriendo casarse contigo?

—Sí, pero…

—Bien. Tienen mis bendiciones.

Paso a Paso: Capítulo 67

Desde su silla cerca de la cama, Paula le dijo:

—He llegado a la conclusión de que lo único que te pasa es que estás malcriado.

Lucas le dirigió una mirada sombría.

—Has estado demasiado tiempo cerca de mi padre.

Ella respiró hondo para aliviar la tensión que sentía en el pecho.

—¿Y qué hay entre ustedes dos, por cierto?

Ignorando su pregunta y dispuesta a desviar la conversación hacia terrenos menos resbaladizos, Paula dijo:

—Sigo pensando que el doctor Mays va a darte de alta hoy.

—Sí, yo también. Menos mal. La comida aquí es asquerosa.

Paula puso los ojos en blanco.

—No será esa la única razón por la que estás deseando salir, supongo.

Lance le tomó una mano y comenzó a acariciársela.

—No —dijo en tono bajo—. La principal razón es que quiero hacer el amor contigo.

—Lucas por favor —dijo Paula, entre dientes, deseando aullar de frustración—. Ya hemos…

—¿Interrumpo algo?

Sintiendo que se le caía el alma a los pies, Paula se obligó a volverse hacia la puerta. Pedro estaba apoyado desenfadadamente en el quicio, con aspecto tranquilo y jovial. Ella percibió que su estado de ánimo era todo lo contrario. Se negó a mirarlo a los ojos.

—Pasa —dijo ella finalmente, soltándose la mano—. No estás… interrumpiendo nada.

—Eso lo dirás tú —dijo Lucas con expresión beligerante.

—Lo siento —dijo Pedro, pero su tono no daba a entender que lo sintiera lo más mínimo.

Sonaba más bien furioso, pensó Paula. Las ventanillas de su nariz no dejaban de agitarse. Cuando habló él, su voz era calmada, aunque áspera.

—Tengo buenas noticias.

Paula no dijo nada. Aun así, le prestó plena atención. Tenía un aspecto maravilloso, y estaba anhelando tocarlo.

—Anderson y Elliot han sido arrestados —dijo él.

—Ya era hora —dijo Lucas.

—Lo mismo digo —añadió Paula, tratando aún de que Pedro la mirara, sin éxito.

Parecía más empeñado que nunca en ignorarla, y cada vez que lo hacía, ella sentía morir algo en su interior.

—¿Quiere decir eso que van a ir directamente a la cárcel? —estaba preguntando Lucas.

—Si de mí dependiera, pasarían antes por mis manos.

—O, al menos, deberían permanecer entre rejas el resto de sus vidas —dijo Paula.

La mirada de Pedro se posó en ella. En aquel segundo, algo retembló entre ellos.

—Ya estás fuera de peligro —le dijo Pedro.

—Eso… quiere decir que puedo irme a casa.

—Eso es —dijo Pedro, inhalando ásperamente—. Eso debería hacerte feliz.

«¿Y a tí?», deseó chillarle Paula. «¿Te hace feliz a tí?»

—Por supuesto que sí —murmuró ella amablemente, como si estuviera hablando del tiempo con un absoluto desconocido.

Si Lucas sentía la tensión en la habitación, no dió muestras de ello.

—Bueno, a mí sí que me hace feliz. Condenadamente feliz.

Ni Paula ni Pedro dijeron una palabra. Y su silencio de nuevo pareció no molestar a Lucas. Prosiguió, como si sólo tuviera ojos para ella.

—Tal vez ahora pueda convencerte de que te cases conmigo.

El aire crepitó de tensión. Los ojos de Paula volaron hacia los de Pedro; los de ella eran suplicantes. Una línea blanca rodeaba los labios de Pedro.

—No me necesitan —la voz de Pedro era inexpresiva—. Hasta luego.

Dicho aquello, salió por la puerta. Paula permaneció sentada en dolorido silencio, sintiendo como si se hubiera llevado con él un trozo de su corazón.



—¿Eso es todo, jefe?

—Sí, Diego. Creo que con eso basta por ahora.

—Bien. Echaré una ojeada a esos contratos, entonces.

En cuanto Pedro se quedó solo, se levantó, se dirigió al mueble-bar y se preparó una copa. Diablos, sabía que era demasiado temprano para empezar a darle a la bebida, pero le importaba un cuerno. Tenía que hacer algo para acallar el dolor.

Paso a Paso: Capítulo 66

—Sugiero que permanezca aquí internado en el hospital unos días y que reciba ayuda psiquiátrica.

—Lo que sea necesario —dijo Pedro, en tono neutro.

Se produjo un breve silencio.

—¿Podemos verlo?—preguntó finalmente Pedro, con los ojos clavados en Paula.

El doctor Mays no titubeó.

—No hay problema.

—¿Y qué hay del FBI?

—Tampoco hay problema.

Cuando entraron en la desnuda habitación de Lucas unos minutos más tarde, él estaba tumbado en la cama, con el ceño fruncido. Ya no parecía tan exhausto y débil como antes. Además, parecía haber recuperado parte de su seguridad.

—¿Cuando puedo irme a casa? —su tono tenía un cierto tono malhumorado.

Paula experimentó un inmediato alivio. Imágenes fugaces del Lucas de siempre —arrogante y malcriado para ser exactos— acudieron a su mente. Y aquello era una buena señal. De todas formas, no creía que Pedro compartiera su visión de las cosas.

—Todavía vas a tener que quedarte unos días, me temo —dijo Pedro, acercándose a la cama—. El médico quiere mantenerte aquí en observación.

—¿Por qué? —preguntó Lucas—. Estoy bien.

Pedro le lanzó a Paula una mirada rápida, luego la volvió de nuevo hacia su hijo.

—No, no estás bien.

—Bueno, me quedaré solamente si Paula se queda conmigo.

Repentinamente sumida en la confusión, Paula no supo qué decir.

—¿Paula? —dijo Lucas de nuevo, con un tonillo petulante.

Tragándose un suspiro, Paula se acercó al otro lado de la cama y le tomó la mano.

—Me quedaré todo el tiempo que pueda —susurró, sabiendo que su voz sonaba rara.

Santo Dios, lo estaba intentando. Pero con Pedro mirándola…

—Ha… sido pensar en tí lo que me ha permitido mantener la cordura —Lucas hizo una pausa y le apretó más la mano—. No irás a abandonarme ahora, ¿Verdad?

El súbito silencio de la habitación fue como un rugido ensordecedor. Paula alzó la cabeza y miró a Pedro a los ojos, ojos que estaban tan vacíos y secos como un tenebroso día de invierno. Luego, él apartó la mirada. Tratando de ignorar el penetrante dolor que atravesó su corazón, ella se obligó a sí misma a decir:

—No, no te abandonaré.



Paula permaneció fiel a su palabra. Casi cada momento libre del día lo pasaba con Lucas. No regresaba al rancho hasta la noche. Y, sin excepción, nunca encontraba a Pedro allí. Había querido regresar a su casa, pero hasta que los secuestradores no fueran arrestados, ni Pedro ni el FBI pensaban que fuera buena idea. Durante aquella semana, los beatíficos momentos que él y ella habían pasado el uno en los brazos del otro le parecían más un sueño que una realidad. El extraño comportamiento de Pedro no sólo le extrañaba, sino que le irritaba. ¿Era el sentimiento de culpa lo que le impedía acercarse a ella, o era otra cosa? Era aquella «otra cosa» lo que la estaba sacando de quicio. La situación con Lucas era delicada, lo sabía, y debía afrontarla con cautela y cariño. Pero por mucho que fuera imposible espetarle la verdad a Lucas en aquel momento, no quería decir que Pedro y ella no pudieran estar juntos. En lugar de mirar los aspectos sombríos, se aferró a la esperanza de que, una vez Lucas hubiera salido de la clínica, las cosas volverían a la normalidad… Pedro volvería a la normalidad. ¿Y entonces qué? ¿Le contarían que eran amantes? Sí. Ella estaba dispuesta. Pero, sinceramente, no sabía lo que sentía Pedro. Y aquella incertidumbre la estaba destrozando. Mientras tanto, ella estaba manteniendo su promesa a Lucas, aunque cada día le costaba más que el anterior. La personalidad de Lucas había sufrido otro cambio, y era un cambio definitivamente desagradable. Se hubiera podido pensar que su experiencia le habría ayudado a madurar, a mirar la vida con ojos diferentes. Y no había sido así. Si cabía, Lucas parecía aún más egoísta y más exigente que nunca. Estaba respondiendo al tratamiento, aunque había momentos en que se veía asaltado por pesadillas y momentos de depresión. Pero la mayor parte del tiempo, le costaba un gran esfuerzo no sacudirle. Desde que había llegado a su habitación dos horas antes, había estado quejándose de todo en general y de nada en particular.

viernes, 10 de mayo de 2019

Paso a Paso: Capítulo 65

—Lo que necesitas es ir al hospital. Ahora mismo —los ojos de Pedro buscaron los de Paula—. Ve a buscar el coche mientras yo ayudo a Lucas.

Minutos más tarde, con dos coches del FBI pegados a los talones, Pedro salía hacia la autopista. Lucas estaba tumbado en el asiento trasero mientras que Paula estaba sentada delante con Pedro. Sin embargo, ella tenía la mirada clavada en Lucas, pues temía que se desmayara antes de que llegaran a su destino.

—¿No quieren oír lo que ha ocurrido? —les preguntó Lucas con voz tensa.

Los ojos de Pedro se reflejaban en el retrovisor.

—Sólo si te encuentras bien para ello.

—Estoy… estoy bien —dijo Lucas y en su mirada incluyó a Paula también.

Paula no le creyó ni por un instante y sabía que Pedro tampoco. Nadie al que hubieran golpeado como a Lucas podía encontrarse bien.

—Lo único que quiero es que esos bastardos me las paguen —añadió Lucas, y su voz recuperó parte de la fuerza perdida.

—Oh, desde luego que van a pagarlo. Y caro —el tono de Pedro era duro y amenazador.

Paula se estremeció.

—¿Me has echado de menos, querida? —le preguntó Lucas, interrumpiendo sus  pensamientos.

El color invadió el rostro de Paula, quien no se atrevió a mirar a Pedro.

—Naturalmente. Yo… nosotros… esto… yo —no pudo seguir; la voz se le quebró.

—Me alegro —dijo Lucas cálidamente.

—¿Cómo diablos has conseguido escaparte? —la voz de Pedro sonaba extrañamente impersonal.

—La mayor parte del tiempo, esos bastardos estaban los dos durante las comida, pero esta mañana temprano sólo ha venido uno… Anderson. Cuando me desató las manos y me puso la bazofia que llamaban cereal caliente, se lo arrojé a la cara y eché a correr.

Una sonrisa jugueteó en los labios de Pedro.

—¿Les diste lo suyo?

Paula vió cómo Lucas intentaba sonreír; pero sólo consiguió hacer una mueca de dolor.

—Ojalá. Pero no tuve ocasión. En cuanto me arrojaron dentro de ese agujero oscuro al que llamaban habitación, los dos estuvieron haciendo turnos para usarme de bolsa de boxeo.

—Oh, Dios mío, qué animales —gimió Paula.

—Peor que animales —dijo Pedro en un tono frío.

—Les oí hablar. Pensaban pedirte todo el dinero del mundo —dijo Lucas, en tono cada vez más débil.

Paula se había preguntado hasta cuándo iba a durarle a Lucas la adrenalina. Ya había resistido más de lo imaginable.

—Es lo que me figuraba yo —dijo Pedro—. Tu secuestro no tenía nada que ver con el proyecto de los explosivos. Pero lo que no lográbamos entender es por qué tardaban tanto en presentar sus exigencias.

—Porque, cuanto más me retuvieran sin noticias, más ansioso te pondrías. Elliot era el cerebro del asunto —dijo Lucas con voz cada vez más débil—. Cuando lo despidieron le pidió a su buen colega Anderson que lo ayudara.

Pedro maldijo entre dientes.

—Han tenido suerte, porque entre los dos, no hay cerebro suficiente ni para llenar un dedal.

—Eso es bien cierto —dijo Lucas, cerrando los ojos.

Mientras Lucas dormía, Pedro se concentró en que llegaran a salvo a la clínica. Y ahora, mientras esperaban al médico, se le estaban acabando la paciencia.

—¿Estás seguro de que no quieres café? —le preguntó Paula, saboreando el suyo—. Sabe realmente bien.

Pedro se la quedó mirando en un taciturno silencio por un momento y luego dijo:

—Seguro.

—¿Y tu madre? —dijo rápidamente Paula; cualquier cosa era mejor que la acuciante tensión que había entre ellos—. ¿Quieres… que la llame?

—Lo haré yo, pero gracias de todos modos —los rasgos de Pedro se suavizaron algo—. Pero quiero esperar a ver qué nos cuenta el doctor Mays.

Como si le hubieran llamado, el médico entró en aquel momento en la habitación, con una amplia sonrisa en su rostro áspero.

—Buenas noticias, Pero. Físicamente Lucas va a ponerse bien. No tiene heridas internas.

Pedro pareció derretirse de alivio.

—Esa sí que es una buena noticia.

—¿Y mentalmente? —intervino Paula en tono ansioso.

Los rasgos del doctor Mays sufrieron una transformación.

—Esa ya es otra cuestión diferente.

—¿Qué quieres decir? —inquirió rápidamente Pedro, entrecerrando los ojos.

—Cálmate, Pedro. No te pongas nervioso. Tu chico ha sufrido un fuerte trauma y le va a costar tiempo superarlo. Yo…


—Suéltalo ya, Rafael.

—De acuerdo —dijo el doctor Mays, clavando la mirada en Pedro—. Es más que probable que sufra repercusiones mentales.

La expresión de Pedro se hizo más tensa.

—¿Qué sugieres entonces?

El corazón de Paula sintió pesar por Pedro, y una vez más deseó tocarlo, consolarlo. Pero no hizo ninguna de las dos cosas. Asumió en silencio su pesar.

Paso a Paso: Capítulo 64

Paula ladeó la cabeza para poder verlo. Tenía las pestañas mojadas.

—¿Cómo es que no estás en el trabajo?

—Enseguida me iré.

—Huele maravillosamente —dijo ella, inhalando profundamente.

Él le mordisqueó el cuello.

—No tanto como tú y, si no te apartas inmediatamente de mí, voy a arrastrar tu delicioso cuerpo hasta la cama otra vez.

Lentamente, Paula se separó de sus brazos y se sentó en el taburete.

—Gallina.

—Gallina no. Exhausta.

Él echó la cabeza hacia atrás y se rió. Luego, le sirvió una taza de café. Ella acababa de tomar la taza que le tendía Pedro cuando se abrió la puerta de la cocina. Paula miró por encima del hombro a Pedro… y se le cayó la taza de la mano.,«¡Lucas!», sus labios formaron el nombre.

—Hola, mi querida Paula.

Paula parpadeó para evitar las lágrimas. Aun así, brotaron de sus ojos y resbalaron por sus mejillas hasta su boca. Frenéticamente, rebuscó en el bolso y sacó un Kleenex para secarse la cara. ¿Qué le pasaba? Debería estar riendo en lugar de llorando. Lucas estaba de vuelta. Había logrado huir milagrosamente. Aquella era una causa de celebración, no de llanto. Pero había estado tanto tiempo viviendo en tensión que, aunque la crisis hubiera terminado, sus emociones no podían resistir más. Consiguiendo finalmente un cierto dominio de sí misma, le lanzó a Pedro una mirada de soslayo. Eran los únicos ocupantes de la sala de espera de una pequeña clínica privada de Houston. Era evidente que él tampoco había conseguido relajarse. Estaba mirando por la ventana, con el rostro sombrío y los hombros rígidos. Se había cambiado de pantalones y se había puesto una camisa de sport. Ella deseó tocarlo, llegar a él, pero de pronto le pareció inalcanzable. Intentó convencerse de que su frialdad no iba dirigida a ella personalmente; que estaba consumido por la preocupación hacia Lucas. Desde su llegada a la clínica unas dos horas antes, el médico no había dejado a Pedro que viera a Lucas, y tampoco había salido a explicarle nada. Incapaz de aguantar el silencio un segundo más, Paula se levantó del sofá de cuero y se dirigió a la máquina de café. Una vez allí, se volvió hacia Pedro.

—¿Quieres una taza de café?

Pedro se dió la vuelta rápidamente y la miró a los ojos. Por un instante, ella, creyó que su mirada se hacía más suave, pero no puedo estar segura.

—No, gracias. Creo que me sentaría mal.

De pronto, a Paula se le quitaron las ganas de tomar café también. Aún así, era mejor tener eso en el estómago que nada.

—Me pregunto por qué tardan tanto —dijo ella, aferrando con fuerza la taza.

—Que me aspen —dijo Pedro en tono tenso—… Por lo que yo sé, el doctor Mays no ha dejado siquiera a los del FBI que lo vean.

—Bueno, gracias al cielo que está vivo —dijo ella en voz alta.

—Sí —masculló Pedro—, pero por poco no lo cuenta.

Paula podía entender la impaciencia y la preocupación de Pedro. Cuando Lucas había irrumpido en la cocina, se habían quedado mudos. Pero el choque emocional no había afectado a su capacidad de visión. Habían visto claramente el rostro amoratado de golpes de Lucas. Tenía un corte en el labio superior. Y era evidente que no había comido decentemente desde que lo habían secuestrado. Era pellejo y hueso nada más.

—Oh, Lucas —había gritado Paula al fin, obligando a sus piernas a que avanzaran hacia él.

—Dios mío, hijo —dijo Pedro, salvando también la distancia que los separaba.

Pedro llegó antes junto a Lucas y lo abrazó. Paula vió las lágrimas en los ojos de Pedro y apartó la mirada, mientras intentaba poner orden en sus tórridas emociones. Una vez Lucas se hubo soltado de su padre, se acercó a Paula. Ella extendió de buena gana hacia sus brazos y apretó su cuerpo debilitado.

—Oh, Lucas —sollozó de nuevo—, gracias a Dios que has vuelto.

—Gracias a Dios —repitió Pedro—. Ha habido momentos en que he creído que no iba a volver a verte vivo nunca.

—Lo mismo me ha pasado a mí —dijo Lucas débilmente—. Pero he conseguido darles el esquinazo a esos desgraciados —separó suavemente a Paula de su cuerpo—. No ha sido fácil.

Pedro estaba tragando saliva sin parar.

—No, estoy seguro de que no —respondió con voz tensa.

Se produjo un momento lleno de emoción, luego Pedro se aclaró la garganta y preguntó:

—¿Te ha detenido el FBI en la puerta?

Lucas asintió.

—Un ejército de ellos, pero ya les he dicho que quería darte una sorpresa. Creo que necesito sentarme —añadió Lucas, secándose la frente.

Paso a Paso: Capítulo 63

—¿Te gusta, eh?

—Me encanta —dijo ella, gimiendo cuando él le mordió suavemente el hombro—. No había sentido un placer así nunca… antes de conocerte.

Él se detuvo y se rió entre dientes.

—¿En serio?

—En serio, y es pura dinamita —susurró ella, envolviéndolo con los brazos y devolviéndole el favor.

Él gimió y su boca entró en contacto con su piel, caliente y dulce.

—Paula, Paula, me vuelves loco.

—Bien.

Él se agachó y le lamió un pezón. Cuando ella emitió un gemido gutural, él alzó la cabeza y contempló su expresión mientras le chupaba el otro pezón. Ella hundió las uñas en sus brazos. Tenía que quererla. «Tenía que amarla.» No podía tratarse solamente de sexo. Pero, como aún estaba sumida en las dudas, siguió aferrándose a su cordura y se negó a dejarse arrastrar inmediatamente por el hambre que estaba despertando en ella. Hizo descender las manos hasta posarlas sobre sus glúteos. Eran muy duros, muy lisos, muy perfectos.

—¿Los tienes así de cabalgar? ¿Te mantiene en esta buena forma, quiero decir?

—Eso y el correr —dijo él, sonriendo irónicamente—. Me niego a tener michelines.

—No creo que eso pueda ocurrir nunca. Eres demasiado… perfecto —añadió tímidamente, sintiendo su dureza emerger entre ellos.

—Pero ni mucho menos tanto como tú —dijo él, moviéndose contra ella.

Paula no pudo hablar. Las manos de Pedro se posaron sobre su cintura.

—Tienes una cinturita tan delgada…

—Gimnasia —dijo ella, jadeante.

—¿Y esto? —dijo él, deslizando las manos por sus caderas y empezando a despojarla de la parte de abajo del bikini—. ¿Este trasero tenso y redondo también es de la gimnasia? —le preguntó él, mientras sus dedos se hundían en su calidez.

Súbitamente, ella temió que las piernas le fallaran.

—No lo sé —susurró—. Por favor… oh… me estás…

—Envuélveme con las piernas —le ordenó él urgentemente, cubriendo sus glúteos con las manos.

—¿Has hecho el amor así antes alguna vez?

—No.

Una cálida sensación se apoderó de ella, pero no pudo decirle cómo la hacía sentirse. Y cuando él movió los dedos en su interior, todo pensamiento coherente se desvaneció de su cabeza.

—Paula —susurró él contra su cuello—. No quiero hacerte daño.

—Salgamos, entonces —dijo ella en tono urgente, ardiendo por él.

Unos instantes después, estaban tumbados sobre la hierba y Pedro se introdujo inmediatamente dentro de ella. Y seguidamente comenzaron su danza de amor. Pedro se hundió más en ella. Ella gozó de su fuerza, caliente y palpitante, mientras él se movía cada vez más rápido. Le apretó más contra su cuerpo con las manos, mientras él estallaba. Ella dejó escapar el aliento que había estado conteniendo con un trémulo suspiro y descendió lentamente hasta la tierra.

El olor a tocino la despertó. Se estiró y luego sonrió al recordar. Sin dejar de sonreír, extendió la mano. Pedro se había ido. Se sintió decepcionada, pero no le sorprendió. Miró el reloj. Las siete. Probablemente ya estaba en la oficina. Como era Alicia la responsable de aquel delicioso olor, Paula no hizo esfuerzo ninguno por levantarse. Quería pensar. Su acto de amor, que había empezado en la piscina y había acabado en la cama había sido más que perfecto. Esperó tumbada a que aquel delicioso temblor de la reminiscencia la sacudiera. Pero aquella vez no se produjo. En cambio, lo que sintió fue miedo. ¿Qué iba a hacer cuando tuviera que dejarlo? Un momento después, tras haberse duchado y ataviada con una bata, entró en la cocina. Se quedó paralizada nada más entrar.

—¿Pedro?

Él giró delante del horno y le lanzó una sonrisa.

—Buenos días.

—Buenos días —contestó ella, entrando más en la cocina.

No se detuvo hasta que estuvo junto a él. Estaba tan sexy con sus vaqueros cortados y su camiseta gastada que ella casi se derritió en el sitio.

—¿Dónde está Alicia?

—Tiene el día libre.

—Ah.

Él se rió.

—¿Qué significa eso? ¿No me crees capaz de prepararte algo sabroso de desayunar?

—Mmm —dijo ella zumbonamente—. Tendremos que esperar y ver.

Dejó el tenedor en el plato y la atrajo contra su cuerpo.

Paso a Paso: Capítulo 62

—Espero que tengas razón.

—Sé lo que estás pensando.

—¿Ah, sí?

—¿Por qué iban a arriesgarse Elliot y Anderson a que los vieran a plena luz del día?

Paula frunció el ceño.

—Es que no tiene ningún sentido.

—No, no lo tiene. Pero como te he dicho antes, nunca se sabe con estos enfermos mentales.

—A la luz de lo que sabemos ahora, ¿Crees que fue Anderson el que conducía el coche la noche en que tomaron a Lucas?

—Es más que probable. Y pensar que ese hijo de perra ha estado trabajando para la compañía todo este tiempo.

—¿Y Elliot?

—Él también, pero al menos los ingenieros tuvieron el buen sentido de despedirlo por no hacer su trabajo.

—Entonces ¿Crees que se reunieron para planear el golpe juntos?  Me resulta difícil de creer.

—A mí también.

—Entonces debe ser venganza lo que quieren, y no dinero —dijo Paula, pensando en voz alta.

—Exactamente.

—Bueno, lo único que puedo decir es que hay que estar mal de la cabeza para hacer algo así.

La expresión de Pedro era tan dura como su tono.

—Son tipos de esos que no tienen escrúpulos para hacer algo así.

Paula dibujó ondas en el agua con el pie.

—Casi no soporto pensar en ello. Cuando lo he visto esta mañana, todo aquel episodio de pesadilla se ha repetido en mi mente hasta que he estado a punto de ponerme a gritar.

—Chisst, no pienses en eso ahora. Estás a salvo —los ojos de Pedro estaban oscuros de preocupación—. ¿Te apetece nadar?

—Me encantaría —dijo ella, aunque un poco trémulamente.

Pedro se puso en pie y se lanzó al agua en una perfecta zambullida. Cuando reapareció su cabeza, Paula se metió también. Uno junto al otro, empezaron a nadar hacia el extremo opuesto, pero, en lugar de aferrarse al borde a descansar, él se aupó y salió del agua. Sobresaltada, Paula vió cómo se quitaba el bañador y lo tiraba lejos. Se quedó sin aliento al ver cómo la luz de la luna jugaba sobre su desnudez. Con los ojos fijos en ella, Pedro volvió a meterse en el agua y le puso las manos en los hombros.

—Siempre que estoy a tu lado, me entran ganas de tocarte.

—A mí me pasa lo mismo.

Entonces la besó, sin más excusas.

—No deberías… no deberíamos —susurró ella.

—¿Por qué?

—Los agentes. Ellos…

—No pueden vernos —murmuró él contra sus labios.

—¿Estás seguro?

—Por completo —dijo él, bajándole los finos tirantes del sujetador.

—Mmm, qué gusto.

—¿Eres feliz?

—Sí.

—Yo también.

Ella lo miró con recelo.

—¿Está mal sentir esto cuando Lucas aún no ha aparecido?

—Estamos haciendo todo lo posible por liberarlo.

—Lo sé, pero aun así me siento culpable.

—Yo también, pero eso no me impide desearte. ¿Me convierte eso en un desgraciado sin sentimientos?

—No —susurró ella—. Te convierte en humano.

—Tal vez, o tal vez eso se llama vivir el momento…

Sin previo aviso, le desabrochó el sujetador y se lo quitó. Juntos vieron cómo desaparecía flotando. Se volvió de nuevo hacia ella y durante un largo instante se limitó a mirarla.

—¿Sabes que tu piel brilla bajo la luz de la luna?

Ella sonrió.

—No —dijo ella, parpadeando.

Luego, él agachó la cabeza y le besó dulcemente los labios.

—Mmm, tu bigote hace cosquillas —dijo ella en voz alta.