No se detuvo hasta que no llegó al despacho de Pedro. Sin molestarse en llamar, abrió la puerta de golpe y entró, sin aliento. Courtney, quien se dirigía hacia la puerta también, tuvo que hacer una brusca parada. Pedro se puso lívido.
—¿Paula?
—Ya sé qué aspecto tenía el hombre —se detuvo e inhaló—. De hecho, acabo de verlo. Trabajaba aquí.
En el instante que había entrado en el despacho de Pedro y se lo había dicho a él y a Courtney, los acontecimientos se habían precipitado. Todas las sospechas habían recaído sobre Walter Elliot, un antiguo empleado que había sido despedido recientemente, y sobre Anderson, que no había aparecido por el trabajo en los últimos días.
Paula suspiró y se quitó la camiseta holgada que llevaba sobre el bikini. Este era de un seductor color borgoña y dejaba muy poco a la imaginación. Por un instante, deseó que Pedro pudiera verlo. Luego, reprendiéndose a sí misma por aquel pensamiento, se sentó en el borde de la piscina y hundió ambos pies en el agua. Experimentó una deliciosa sensación. Alzó la cabeza y miró a su alrededor. La piscina, iluminada por la luna, estaba rodeada por una valla de tres metros, que ofrecía el máximo de intimidad incluso de los agentes que hormigueaban por el lugar. No cabía duda, Pedro tenía lo mejor de todo. Pero ella no sintió envidia, sólo pesar. Pesar porque ella no encajaba en aquel mundo de esplendor y lujo, por mucho que lo deseara. Súbitamente, sus ojos se volvieron hacia la casa y el dormitorio de Pedro. Estaba oscuro. No le sorprendió. En ausencia de Lucas, él estaba trabajando hasta altas horas. De camino a la comisaría, le había preguntado si quería que lo ayudara a despejar su mesa de despacho. Él le había dicho que no, insistiendo en que ella regresara al rancho, diciéndole que ya había tenido bastante excitación por aquel día. Pero ella no había querido dejarlo. La noche sin él había sido desalentadora; el futuro sin él era deprimente.
—¿Esto es una fiesta privada?
Ante el sonido de su voz, a Paula se le aceleraron los latidos del corazón. Se volvió hacia él, y vió que estaba de pie a su derecha, y su único atuendo era un bañador negro.
—¿Te he asustado? —le preguntó Pedro, sentándose junto a ella.
—Sí.
—Lo siento, ha sido sin querer.
El corazón le latía cada vez más rápido a Paula.
—¿Cómo… has sabido dónde estaba?
—He ido a tu habitación.
—¿Ah, sí? —dijo ella, mientras todos sus sentidos parecían llenarse de él.
No podía dejar de pensar en lo delicioso que sería tocarlo.
—Pensé que estarías dormida.
Ella lo miró a los ojos.
—Lo he intentado, pero no he podido.
—No me sorprende. A mí tampoco me resulta fácil dormir últimamente.
—¿Acabas… de llegar a casa de la oficina?
Nada más decir aquellas palabras, Paula se arrepintió. Sonrojándose, se apresuró a decir:
—Lo siento… no quería ser entrometida.
Por supuesto que sí lo había querido. Pero ¿ Y si le daba una respuesta que ella no deseaba oír? No había ninguna razón por la que no hubiera podido estar haciendo el amor con su amiga rubia. Aquel pensamiento la puso enferma.
—Paula, mírame.
Tragando saliva, ella lo miró.
—Tienes todo el derecho del mundo a entrometerte —dijo con voz tensa.
—No…
—Sí —le sostuvo la mirada—. Desde que te conocí, no he estado con ninguna otra mujer.
—Oh, Pedro —susurró ella, mirándolo, disfrutando del sinuoso juego de sus músculos cuando se echó hacia atrás y se apoyó en los codos—. Nos hemos metido en un buen lío, ¿Eh?
—Un lío de mil diablos —repitió él con el vestigio de una sonrisa.
Se quedaron en silencio durante un rato.
—¿Crees que atraparán a Elliot? —preguntó finalmente Paula, golpeando el agua con el pie.
—Es sólo cuestión de tiempo.
viernes, 10 de mayo de 2019
miércoles, 8 de mayo de 2019
Paso a Paso: Capítulo 60
A continuación se produjo un breve silencio.
—¿Cree usted que Lucas sigue vivo? —preguntó Pedro, obligándose a pronunciar las palabras.
Courtney suspiró.
—Ojalá lo supiera.
—La espera… eso es lo más terrible.
—Lo sé. Y lo que no entiendo es que no hayan llamado con sus demandas.
Pedro se frotó la nuca.
—Ese es precisamente el motivo por el que mi instinto me dice que son aficionados quienes lo han secuestrado.
—Con la suerte de su lado.
—Exactamente —dijo Pedro, levantándose—. Si hubieran sido terroristas que desearan el diseño, ya habrían dado señales de vida. Me da la impresión de que, quien quiera que sea, es alguien que tiene algo contra Lucas o contra mí.
—O la empresa.
Pedro se sentó en el borde de la mesa.
—Creo que lo han hecho por dinero.
—Entonces, ¿Por qué el retraso?
—Para eso sí que no tengo respuesta.
Por un segundo, la habitación permaneció en silencio.
—Dígame, Courtney —dijo Pedro al fin—. ¿No acaba cansado de tratar siempre con los aspectos más sórdidos de la vida?
—Todos los días, señor Alfonso, todos los días… Bueno, creo que será mejor que vaya a comprobar lo de ese tal Anderson.
Pedro apretó los labios.
—Hágamelo saber.
Courtney se puso en pie.
—Cuente con ello.
Ya era tarde cuando Paula sacó el coche del estacionamiento de la clínica y se dirigió a la planta. Había decidido que, si el coche de Pedro estaba allí, se detendría a ver si necesitaba algo. Deseaba estar cerca de él; así de simple. La súbita desaparición de Miguel le había robado la oportunidad de pensar en su noche de amor, pero el recuerdo le había estado cosquilleando todo el día como un paquete de brillante embalaje colgado del abeto y que no pudiera abrirse hasta el día de Navidad. Mientras avanzaba por el bulevar, detalles vividos acudían en tropel a su mente hasta que tuvo que apretar con fuerza el volante y gemir para ahuyentar los excitantes recuerdos. Fue entonces cuando vió a Carlos Anderson saliendo de uno de los almacenes de «Systems». No sabía muy bien por qué se había molestado en disminuir la marcha para mirarlo. Había sido una cuestión de mero instinto. Tal vez fuera su gesto furtivo o su mirada huidiza, como si estuviera buscando algo o a alguien. Un coche pequeño e indefinible se detuvo de pronto junto al bordillo. Siguió mirando, más por curiosidad que por nada. Pero desde que había sorprendido a Anderson escuchando, no se fiaba de él. El conductor, observó ella, parecía tan indefinible como su coche. Sin embargo, había algo familiar en él, algo que no acababa de captar. Tal vez él también trabajaba en la empresa y le había visto al pasar.
—Estás cada vez peor, Chaves —se dijo en voz alta, apretando el acelerador.
Hasta que no llegó al estacionamiento de la planta no se acordó de dónde lo había visto.
—¡Oh, no! —gritó Paula, saliendo precipitadamente del coche.
El cielo resplandecía de estrellas mientras la luna estaba suspendida en lo alto como una enorme bola de fuego en medio de la noche. Mientras paseaba por el borde de la piscina, Paula alzó la cabeza y respiró hondo el aire fresco. Sin dejar de mirar al cielo, trató de relajarse, de disfrutar de la belleza de la cálida noche de primavera. No pudo. Por sobrecogedora, por espectacular que fuera la vista que se extendía ante ella, no podía fundirse con ella. Sus entrañas estaban tensas como si le hubieran golpeado el estómago y estuviera esperando un segundo golpe. Pero tras el día que había tenido, ¿Qué otra cosa podía esperar? Incluso ahora, horas después de los hechos, le resultaba difícil creer que hubiera visto al hombre que había secuestrado a Lucas. Tenía que tratarse de uno de esos caprichosos giros del destino; no había otra explicación.
—¿Cree usted que Lucas sigue vivo? —preguntó Pedro, obligándose a pronunciar las palabras.
Courtney suspiró.
—Ojalá lo supiera.
—La espera… eso es lo más terrible.
—Lo sé. Y lo que no entiendo es que no hayan llamado con sus demandas.
Pedro se frotó la nuca.
—Ese es precisamente el motivo por el que mi instinto me dice que son aficionados quienes lo han secuestrado.
—Con la suerte de su lado.
—Exactamente —dijo Pedro, levantándose—. Si hubieran sido terroristas que desearan el diseño, ya habrían dado señales de vida. Me da la impresión de que, quien quiera que sea, es alguien que tiene algo contra Lucas o contra mí.
—O la empresa.
Pedro se sentó en el borde de la mesa.
—Creo que lo han hecho por dinero.
—Entonces, ¿Por qué el retraso?
—Para eso sí que no tengo respuesta.
Por un segundo, la habitación permaneció en silencio.
—Dígame, Courtney —dijo Pedro al fin—. ¿No acaba cansado de tratar siempre con los aspectos más sórdidos de la vida?
—Todos los días, señor Alfonso, todos los días… Bueno, creo que será mejor que vaya a comprobar lo de ese tal Anderson.
Pedro apretó los labios.
—Hágamelo saber.
Courtney se puso en pie.
—Cuente con ello.
Ya era tarde cuando Paula sacó el coche del estacionamiento de la clínica y se dirigió a la planta. Había decidido que, si el coche de Pedro estaba allí, se detendría a ver si necesitaba algo. Deseaba estar cerca de él; así de simple. La súbita desaparición de Miguel le había robado la oportunidad de pensar en su noche de amor, pero el recuerdo le había estado cosquilleando todo el día como un paquete de brillante embalaje colgado del abeto y que no pudiera abrirse hasta el día de Navidad. Mientras avanzaba por el bulevar, detalles vividos acudían en tropel a su mente hasta que tuvo que apretar con fuerza el volante y gemir para ahuyentar los excitantes recuerdos. Fue entonces cuando vió a Carlos Anderson saliendo de uno de los almacenes de «Systems». No sabía muy bien por qué se había molestado en disminuir la marcha para mirarlo. Había sido una cuestión de mero instinto. Tal vez fuera su gesto furtivo o su mirada huidiza, como si estuviera buscando algo o a alguien. Un coche pequeño e indefinible se detuvo de pronto junto al bordillo. Siguió mirando, más por curiosidad que por nada. Pero desde que había sorprendido a Anderson escuchando, no se fiaba de él. El conductor, observó ella, parecía tan indefinible como su coche. Sin embargo, había algo familiar en él, algo que no acababa de captar. Tal vez él también trabajaba en la empresa y le había visto al pasar.
—Estás cada vez peor, Chaves —se dijo en voz alta, apretando el acelerador.
Hasta que no llegó al estacionamiento de la planta no se acordó de dónde lo había visto.
—¡Oh, no! —gritó Paula, saliendo precipitadamente del coche.
El cielo resplandecía de estrellas mientras la luna estaba suspendida en lo alto como una enorme bola de fuego en medio de la noche. Mientras paseaba por el borde de la piscina, Paula alzó la cabeza y respiró hondo el aire fresco. Sin dejar de mirar al cielo, trató de relajarse, de disfrutar de la belleza de la cálida noche de primavera. No pudo. Por sobrecogedora, por espectacular que fuera la vista que se extendía ante ella, no podía fundirse con ella. Sus entrañas estaban tensas como si le hubieran golpeado el estómago y estuviera esperando un segundo golpe. Pero tras el día que había tenido, ¿Qué otra cosa podía esperar? Incluso ahora, horas después de los hechos, le resultaba difícil creer que hubiera visto al hombre que había secuestrado a Lucas. Tenía que tratarse de uno de esos caprichosos giros del destino; no había otra explicación.
Paso a Paso: Capítulo 59
Se inclinó hacia ella y posó los labios sobre los suyos. Aferrándose a él, Paula abrió la boca para recibirlo plenamente. Cuando fue evidente que ninguno de los dos podía respirar, Pedro se apartó.
—Más tarde —susurró con voz espesa antes de volverse y dirigirse hacia la puerta.
Después, Paula perdió el concepto del tiempo. No tenía idea de cuánto tiempo había permanecido junto a su padre, cogiéndole la mano, hablándole. Pero, cuando finalmente se levantó y se marchó, aún podía sentir los labios de Pedro sobre los suyos.
¿Dónde diablos estaba Courtney?, se preguntó Pedro con impaciencia. El agente le había llamado una hora antes y le había dicho que estaba de camino. Hasta ahora, no había tenido tiempo de ponerse nervioso. Nada más llegar a la oficina, había llamado a su ayudante y le había dicho que se encargara de que Miguel Chaves tuviera protección las veinticuatro horas del día. Una vez Diego se hubo marchado a cumplir el recado, se había puesto a revisar los documentos que Paula había dejado en su despacho. Pero no había podido concentrarse. No podía dejar de pensar en la suerte de su hijo. Y en Paula. Entre el miedo por Lucas y la pasión por ella, estaba convirtiéndose en un manojo de nervios. No sabía cuánto tiempo más conseguiría mantener el control. De hecho ya había perdido el control. Lo último que había planeado era enamorarse de la mujer a la que amaba su hijo… ¡No! No era amor lo que sentía; no podía serlo. Pero sabía que lo era. Sólo el amor podía destrozarle el alma de aquella manera, hacerle desear estar muerto cuando su salud era perfecta. Incluso en aquel momento, el delicado aroma de Paula parecía llenar sus sentidos. Su dulzura lo volvía loco de pasión. La deseaba. Con todas sus fuerzas.
—Alfonso.
Sobresaltado, Pedro giró la cabeza. El agente Courtney estaba asomando la cabeza por la puerta.
—Entre —dijo Pedro, casi con rudeza.
Luego maldijo. No era justo que usara al agente como chivo expiatorio.
—He llamado a la puerta y… —Courtney se interrumpió con un encogimiento de hombros; su rostro estaba casi tan rojo como su pelo.
—Lo siento —musitó Pedro—. No lo he oído.
—No es extraño, con todo lo que tiene en la cabeza.
—Siéntese —le invitó Pedro ; una vez el agente estuvo sentado, le preguntó—: ¿Sigue todo bien en casa?
—Al menos, seguía cuando he salido de allí.
—Bien —dijo Pedro.
Los ojos de Courtney se entrecerraron.
—Pero no es de eso de lo que quería hablarme, ¿Eh?
—No —Pedro dejó escapar un lento suspiro—. Es sobre un hombre llamado Anderson que trabaja aquí como vigilante jefe.
El agente cruzó una rodilla sobre la otra.
—¿Qué ocurre con él?
—Paula le sorprendió escuchando tras la puerta nuestra conversación.
—¿Y piensa que podría ser algo más que curiosidad?
—No lo sé, pero no vendría mal comprobarlo —Pedro se detuvo y tomó una carpeta que había sobre su mesa y se la tendió al agente—. Su ficha personal. La revisamos cuidadosamente, por supuesto, pero se nos puede haber pasado algo que tal vez ustedes puedan detectar con sus sofisticados ordenadores.
—Nunca se sabe. Lo miraremos.
—Más tarde —susurró con voz espesa antes de volverse y dirigirse hacia la puerta.
Después, Paula perdió el concepto del tiempo. No tenía idea de cuánto tiempo había permanecido junto a su padre, cogiéndole la mano, hablándole. Pero, cuando finalmente se levantó y se marchó, aún podía sentir los labios de Pedro sobre los suyos.
¿Dónde diablos estaba Courtney?, se preguntó Pedro con impaciencia. El agente le había llamado una hora antes y le había dicho que estaba de camino. Hasta ahora, no había tenido tiempo de ponerse nervioso. Nada más llegar a la oficina, había llamado a su ayudante y le había dicho que se encargara de que Miguel Chaves tuviera protección las veinticuatro horas del día. Una vez Diego se hubo marchado a cumplir el recado, se había puesto a revisar los documentos que Paula había dejado en su despacho. Pero no había podido concentrarse. No podía dejar de pensar en la suerte de su hijo. Y en Paula. Entre el miedo por Lucas y la pasión por ella, estaba convirtiéndose en un manojo de nervios. No sabía cuánto tiempo más conseguiría mantener el control. De hecho ya había perdido el control. Lo último que había planeado era enamorarse de la mujer a la que amaba su hijo… ¡No! No era amor lo que sentía; no podía serlo. Pero sabía que lo era. Sólo el amor podía destrozarle el alma de aquella manera, hacerle desear estar muerto cuando su salud era perfecta. Incluso en aquel momento, el delicado aroma de Paula parecía llenar sus sentidos. Su dulzura lo volvía loco de pasión. La deseaba. Con todas sus fuerzas.
—Alfonso.
Sobresaltado, Pedro giró la cabeza. El agente Courtney estaba asomando la cabeza por la puerta.
—Entre —dijo Pedro, casi con rudeza.
Luego maldijo. No era justo que usara al agente como chivo expiatorio.
—He llamado a la puerta y… —Courtney se interrumpió con un encogimiento de hombros; su rostro estaba casi tan rojo como su pelo.
—Lo siento —musitó Pedro—. No lo he oído.
—No es extraño, con todo lo que tiene en la cabeza.
—Siéntese —le invitó Pedro ; una vez el agente estuvo sentado, le preguntó—: ¿Sigue todo bien en casa?
—Al menos, seguía cuando he salido de allí.
—Bien —dijo Pedro.
Los ojos de Courtney se entrecerraron.
—Pero no es de eso de lo que quería hablarme, ¿Eh?
—No —Pedro dejó escapar un lento suspiro—. Es sobre un hombre llamado Anderson que trabaja aquí como vigilante jefe.
El agente cruzó una rodilla sobre la otra.
—¿Qué ocurre con él?
—Paula le sorprendió escuchando tras la puerta nuestra conversación.
—¿Y piensa que podría ser algo más que curiosidad?
—No lo sé, pero no vendría mal comprobarlo —Pedro se detuvo y tomó una carpeta que había sobre su mesa y se la tendió al agente—. Su ficha personal. La revisamos cuidadosamente, por supuesto, pero se nos puede haber pasado algo que tal vez ustedes puedan detectar con sus sofisticados ordenadores.
—Nunca se sabe. Lo miraremos.
Paso a Paso: Capítulo 58
—Vamos.
Con el fin de evitar los arbustos, tuvieron que avanzar más lentamente de lo que hubieran deseado. Aun así, Paula no estaba preparada cuando una rama le golpeó el brazo.
—¡Aaay! —gritó.
Pedro se detuvo en seco y se volvió.
—¿Qué ocurre? —la preocupación teñía su tono.
—Nada —consiguió decir Paula, mareada de dolor—. Estoy bien. Me he dado con una rama, eso es todo. Por favor, démonos prisa.
—Espera un momento —le advirtió Pedro, tomándola por el hombro—. Si te caes y te haces daño, ¿De qué le servirá a tu padre?
Paula entrecerró los ojos contra el sol.
—Sí, pero es que tengo mucho miedo.
—Lo sé —murmuró Pedro suavemente—. Lo sé.
Finalmente, atravesaron el último grupo de árboles. Miguel Chaves, flanqueado por la enfermera y el administrador estaba de pie en mitad del claro.
—Gracias a Dios —sollozó Paula, sonriendo a Pedro.
Pedro le acarició la mejilla dulcemente.
—Bueno, ¿A qué estás esperando? Ve a darle un abrazo.
Un rato después, Miguel estaba de vuelta en su habitación, sentado en su sillón favorito junto a la ventana. Paula estaba de pie junto a él, mientras Pedro los miraba desde la pared donde estaba apoyado.
—¿Cuánto tiempo lleva así? —le preguntó.
Una sonrisa triste apareció en el rostro de Paula.
—Siempre.
Pedro enarcó las cejas. Paula suspiró cuando sus ojos se encontraron.
—Es una exageración, por supuesto. Sé que esto suena terrible, pero cuando trato de recordar lo vivo y lo atractivo que era, me resulta imposible —sus ojos le suplicaban comprensión a Pedro—. Cuando estoy en casa y trato de recordar los buenos ratos que pasamos juntos, se me aparecen borrosos. Lo único que veo es el estado en que se encuentra ahora y eso me parte el corazón.
La expresión de Pedro era de sombría comprensión.
—Imagino lo duro que debe ser ver a alguien a quien has amado convertido en esto.
—Lo peor es que no va a mejorar nunca. Sólo puede ir a peor.
Por un instante, se produjo el silencio. Luego Pedro preguntó:
—¿Estás segura de que está en el sitio adecuado?
—Lo mejor que se puede comprar con dinero.
—Entonces ¿Cómo diablos han dejado que se pierda?
Paula frunció el ceño. ¿Cómo se había perdido? Miguel Chaves había hecho lo que muchos otros pacientes de Alzheimer hacían; se había echado a andar sencillamente y se había perdido como un niño. Todo el personal se había mostrado desconsolado, y no habían dejado de presentarle excusas. Pero aquello, sin embargo, no había servido para aliviar su mente preocupada. Como si sintiera su agonía, Pedro alargó una mano y le rozó el hombro. Cuando habló, su tono era menos duro.
—Lo siento, no quería…
Ella le interrumpió.
—No te disculpes. Tienes razón. Yo me estaba preguntando lo mismo.
—Me sentiría mejor si tuviera protección las veinticuatro horas.
Ella evitó su mirada.
—Eso no hace falta decirlo, pero no puedo permitirme el lujo.
—Bueno, yo sí —dijo él secamente.
Los ojos de Paula buscaron los de él con expresión incrédula.
—¿Harías eso por mí?
Él permaneció impertérrito.
—Sí, haría eso por tí.
Paula se lamió los labios.
—Te… te lo devolveré, naturalmente. De alguna forma.
—Olvídalo —dijo él ásperamente.
—Yo…
—He dicho que lo olvides.
Ella decidió hacer lo que le decía.
—Bueno, me voy a la oficina —dijo Pedro entonces—. ¿Estarás bien?
Paula sonrió.
—Muy bien.
—¿Segura?
—Segura.
Él le dirigió una lenta y larga mirada, y luego se acercó a ella.
—Llámame si me necesitas —dijo con voz ronca.
—Lo… haré.
Con el fin de evitar los arbustos, tuvieron que avanzar más lentamente de lo que hubieran deseado. Aun así, Paula no estaba preparada cuando una rama le golpeó el brazo.
—¡Aaay! —gritó.
Pedro se detuvo en seco y se volvió.
—¿Qué ocurre? —la preocupación teñía su tono.
—Nada —consiguió decir Paula, mareada de dolor—. Estoy bien. Me he dado con una rama, eso es todo. Por favor, démonos prisa.
—Espera un momento —le advirtió Pedro, tomándola por el hombro—. Si te caes y te haces daño, ¿De qué le servirá a tu padre?
Paula entrecerró los ojos contra el sol.
—Sí, pero es que tengo mucho miedo.
—Lo sé —murmuró Pedro suavemente—. Lo sé.
Finalmente, atravesaron el último grupo de árboles. Miguel Chaves, flanqueado por la enfermera y el administrador estaba de pie en mitad del claro.
—Gracias a Dios —sollozó Paula, sonriendo a Pedro.
Pedro le acarició la mejilla dulcemente.
—Bueno, ¿A qué estás esperando? Ve a darle un abrazo.
Un rato después, Miguel estaba de vuelta en su habitación, sentado en su sillón favorito junto a la ventana. Paula estaba de pie junto a él, mientras Pedro los miraba desde la pared donde estaba apoyado.
—¿Cuánto tiempo lleva así? —le preguntó.
Una sonrisa triste apareció en el rostro de Paula.
—Siempre.
Pedro enarcó las cejas. Paula suspiró cuando sus ojos se encontraron.
—Es una exageración, por supuesto. Sé que esto suena terrible, pero cuando trato de recordar lo vivo y lo atractivo que era, me resulta imposible —sus ojos le suplicaban comprensión a Pedro—. Cuando estoy en casa y trato de recordar los buenos ratos que pasamos juntos, se me aparecen borrosos. Lo único que veo es el estado en que se encuentra ahora y eso me parte el corazón.
La expresión de Pedro era de sombría comprensión.
—Imagino lo duro que debe ser ver a alguien a quien has amado convertido en esto.
—Lo peor es que no va a mejorar nunca. Sólo puede ir a peor.
Por un instante, se produjo el silencio. Luego Pedro preguntó:
—¿Estás segura de que está en el sitio adecuado?
—Lo mejor que se puede comprar con dinero.
—Entonces ¿Cómo diablos han dejado que se pierda?
Paula frunció el ceño. ¿Cómo se había perdido? Miguel Chaves había hecho lo que muchos otros pacientes de Alzheimer hacían; se había echado a andar sencillamente y se había perdido como un niño. Todo el personal se había mostrado desconsolado, y no habían dejado de presentarle excusas. Pero aquello, sin embargo, no había servido para aliviar su mente preocupada. Como si sintiera su agonía, Pedro alargó una mano y le rozó el hombro. Cuando habló, su tono era menos duro.
—Lo siento, no quería…
Ella le interrumpió.
—No te disculpes. Tienes razón. Yo me estaba preguntando lo mismo.
—Me sentiría mejor si tuviera protección las veinticuatro horas.
Ella evitó su mirada.
—Eso no hace falta decirlo, pero no puedo permitirme el lujo.
—Bueno, yo sí —dijo él secamente.
Los ojos de Paula buscaron los de él con expresión incrédula.
—¿Harías eso por mí?
Él permaneció impertérrito.
—Sí, haría eso por tí.
Paula se lamió los labios.
—Te… te lo devolveré, naturalmente. De alguna forma.
—Olvídalo —dijo él ásperamente.
—Yo…
—He dicho que lo olvides.
Ella decidió hacer lo que le decía.
—Bueno, me voy a la oficina —dijo Pedro entonces—. ¿Estarás bien?
Paula sonrió.
—Muy bien.
—¿Segura?
—Segura.
Él le dirigió una lenta y larga mirada, y luego se acercó a ella.
—Llámame si me necesitas —dijo con voz ronca.
—Lo… haré.
Paso a Paso: Capítulo 57
Después, con él todavía dentro, ella se derrumbó sobre su pecho empapado de sudor. Aún estaba allí unos minutos más tarde cuando el teléfono sonó. Instantáneamente alerta, Pedro se separó de ella y tomó el auricular.
—Hola —dijo en tono cortante.
Igualmente alerta, Paula lo contempló, súbitamente inquieta. Pedro le tendió el teléfono.
—Para tí… es la clínica de tu padre.
Procurando no dejarse arrastrar por el pánico, ella tomó el auricular.
—Aquí Paula Chaves.
Momentos más tarde, el auricular se le cayó de la mano. Su rostro estaba lívido.
—Es… papá… Ha desaparecido.
—¿Dónde puede estar? —le preguntó Paula con un gemido.
—Confía en mí —dijo Pedro—. No va a pasarle nada. Lo encontraremos. ¿Cómo vamos a fallar cuando está la policía, el FBI y nosotros buscándolo?
Marnie suspiró y se frotó la sien. Deseó tener la misma confianza que Pedro en que iban a encontrar a Miguel.
Desde que la llamada les había arrancado de la cama, los acontecimientos habían transcurrido en un neblinoso torbellino para Paula, quien no podía evitar pensar en la noche en que habían secuestrado a Lucas. Su primer pensamiento, naturalmente, había sido que Miguel había sido secuestrado como venganza.
—Vamos, vamos —le había dicho Pedro, como si le leyera la mente—, no nos precipitemos a sacar conclusiones hasta que no tengamos todos los datos.
Olvidado todo lo demás, habían salido rápidamente hacia la clínica, donde les había recibido el administrador y la enfermera jefe. Los dos habían informado a Paula de que el señor Chaves estaba sentado tan tranquilo en el porche y, en cuestión de minutos, había desaparecido.
—¿Cómo puede haber desaparecido sin más? —les había preguntado Paula, mirando de uno al otro.
—Desgraciadamente, no podemos responder, señorita Chaves —dijo el administrador en un tono azorado.
Dos horas más tarde, aún no habían encontrado a Miguel. Era como si hubiera desaparecido en el aire… o peor, en manos de los secuestradores. Paula y Pedro estaban explorando en aquel momento el bosque situado más allá del prado de la clínica, pensando que tal vez Miguel pudiera haberse perdido por allí. Pero, con cada paso, el temor y la frustración de Paula aumentaban. Lanzó una mirada a Pedro y supo que, a pesar de sus anteriores palabras en sentido contrario, él estaba pensando lo mismo.
—¿Crees… que se lo han llevado por… por mí?
Pedro se detuvo y la miró de frente, pero no dijo nada. En cambio, le tocó la mejilla con el dedo, secándole una lágrima.
—Oh, cariño —dijo—. No creo que se trate de eso, pero no te diré que no estoy preocupado. Y desde luego, tus miedos podrían hacerse realidad, pero no lo creo.
—Espero y ruego que tengas razón.
Siguieron caminando y Paula se sintió confortada cuando Pedro le pasó el brazo por los hombros. Disfrutó de su fuerza y no quiso pensar qué habría hecho ella de no haberlo tenido a su lado. Sin embargo, sabía que no debía estar albergando aquellos pensamientos. No debía depender de él. Aquello no le traería sino más dolor de corazón. Pero, después de la noche anterior, no tenía deseo ni fuerzas de poner entre ellos más distancia.
—¡Señorita Chaves!
Los dos se quedaron paralizados, al reconocer el tono excitado de la voz. Los ojos de Paula se dilataron.
—Oh, Pedro… —no pudo seguir.
Él le aferró la mano.
—Hola —dijo en tono cortante.
Igualmente alerta, Paula lo contempló, súbitamente inquieta. Pedro le tendió el teléfono.
—Para tí… es la clínica de tu padre.
Procurando no dejarse arrastrar por el pánico, ella tomó el auricular.
—Aquí Paula Chaves.
Momentos más tarde, el auricular se le cayó de la mano. Su rostro estaba lívido.
—Es… papá… Ha desaparecido.
—¿Dónde puede estar? —le preguntó Paula con un gemido.
—Confía en mí —dijo Pedro—. No va a pasarle nada. Lo encontraremos. ¿Cómo vamos a fallar cuando está la policía, el FBI y nosotros buscándolo?
Marnie suspiró y se frotó la sien. Deseó tener la misma confianza que Pedro en que iban a encontrar a Miguel.
Desde que la llamada les había arrancado de la cama, los acontecimientos habían transcurrido en un neblinoso torbellino para Paula, quien no podía evitar pensar en la noche en que habían secuestrado a Lucas. Su primer pensamiento, naturalmente, había sido que Miguel había sido secuestrado como venganza.
—Vamos, vamos —le había dicho Pedro, como si le leyera la mente—, no nos precipitemos a sacar conclusiones hasta que no tengamos todos los datos.
Olvidado todo lo demás, habían salido rápidamente hacia la clínica, donde les había recibido el administrador y la enfermera jefe. Los dos habían informado a Paula de que el señor Chaves estaba sentado tan tranquilo en el porche y, en cuestión de minutos, había desaparecido.
—¿Cómo puede haber desaparecido sin más? —les había preguntado Paula, mirando de uno al otro.
—Desgraciadamente, no podemos responder, señorita Chaves —dijo el administrador en un tono azorado.
Dos horas más tarde, aún no habían encontrado a Miguel. Era como si hubiera desaparecido en el aire… o peor, en manos de los secuestradores. Paula y Pedro estaban explorando en aquel momento el bosque situado más allá del prado de la clínica, pensando que tal vez Miguel pudiera haberse perdido por allí. Pero, con cada paso, el temor y la frustración de Paula aumentaban. Lanzó una mirada a Pedro y supo que, a pesar de sus anteriores palabras en sentido contrario, él estaba pensando lo mismo.
—¿Crees… que se lo han llevado por… por mí?
Pedro se detuvo y la miró de frente, pero no dijo nada. En cambio, le tocó la mejilla con el dedo, secándole una lágrima.
—Oh, cariño —dijo—. No creo que se trate de eso, pero no te diré que no estoy preocupado. Y desde luego, tus miedos podrían hacerse realidad, pero no lo creo.
—Espero y ruego que tengas razón.
Siguieron caminando y Paula se sintió confortada cuando Pedro le pasó el brazo por los hombros. Disfrutó de su fuerza y no quiso pensar qué habría hecho ella de no haberlo tenido a su lado. Sin embargo, sabía que no debía estar albergando aquellos pensamientos. No debía depender de él. Aquello no le traería sino más dolor de corazón. Pero, después de la noche anterior, no tenía deseo ni fuerzas de poner entre ellos más distancia.
—¡Señorita Chaves!
Los dos se quedaron paralizados, al reconocer el tono excitado de la voz. Los ojos de Paula se dilataron.
—Oh, Pedro… —no pudo seguir.
Él le aferró la mano.
Paso a Paso: Capítulo 56
—Sí —dijo ella con voz débil—. Lo sé.
No dijeron nada durante un largo rato, satisfechos simplemente el uno en brazos del otro. Finalmente, Paula le preguntó:
—¿Qué hay de los disparos? ¿Has encontrado algo?
—No mucho, pero lo encontraré —su voz era dura—. Después de dejar a Alicia cuidándote, llamé al FBI. Luego volví a explorar el sitio.
—¿Y?
—He encontrado restos de un campamento y dos colillas que he llevado al laboratorio para que las analice.
—¿Crees… que está relacionado con…?
—No lo sé —dijo él, interrumpiéndola—. Pero una cosa que sí sé es que las van a pagar todas juntas cuando les ponga la mano encima a quienes estén detrás de este sucio asunto. Si te hubieran hecho daño…
Su preocupación hizo que a ella se le llenaran los ojos de lágrimas.
—Pero no ha sido así, y eso es lo que cuenta.
—Sí, pero han estado demasiado cerca para mi gusto.
—Tal vez no signifique nada, pero, ¿Recuerdas que, antes de oír los disparos, yo te estaba hablando de Carlos Anderson.
Pedro asintió.
—Bueno, el caso es que yo iba por el pasillo y él estaba en la puerta del despacho fingiendo arreglar el pestillo, sólo que yo sé que no era así. Tenía la oreja pegada a la puerta y estaba escuchando la conversación entre tú y el FBI.
Pedro frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Por curiosidad. Es lo único que se me ocurre.
Él frunció más el ceño.
—No sé. Tiene que haber más que eso. Se lo diré al FBI, para que estén al tanto —se detuvo y la miró intensamente—. Mientras tanto, hay otra cosa que quiero hacer.
—¿Y qué es?
—Hacer el amor contigo.
Las mejillas de Paula adquirieron un tono encendido, y sintió un súbito ardor entre las piernas.
—Eso es lo que yo quiero también.
Mientras el sol entraba por las ventanas y el amanecer se convertía en día, Pedro alargó los brazos hacia ella. El cuerpo de Paula estaba caliente y preparado. La acarició dulcemente, suavemente, despertando en ella un anhelo que sólo cuando él estuviera dentro se aliviaría. Cuando la alzó sobre su cuerpo y la hizo descender lentamente sobre él, ella gimió salvajemente mientras sus ojos se nublaban de placer.
—Aaah… Pedro —gimió ella, entregándose a las sensaciones que inundaban su cuerpo mientras él la llenaba completamente.
—Así, cariño.
Extendiendo las manos sobre la espalda de Paula, él la hizo inclinarse hacia adelante y tomó con su boca uno de sus pezones erectos. Mientras lo chupaba como un niño hambriento, ella gimió de nuevo y juntos empezaron a moverse.
No dijeron nada durante un largo rato, satisfechos simplemente el uno en brazos del otro. Finalmente, Paula le preguntó:
—¿Qué hay de los disparos? ¿Has encontrado algo?
—No mucho, pero lo encontraré —su voz era dura—. Después de dejar a Alicia cuidándote, llamé al FBI. Luego volví a explorar el sitio.
—¿Y?
—He encontrado restos de un campamento y dos colillas que he llevado al laboratorio para que las analice.
—¿Crees… que está relacionado con…?
—No lo sé —dijo él, interrumpiéndola—. Pero una cosa que sí sé es que las van a pagar todas juntas cuando les ponga la mano encima a quienes estén detrás de este sucio asunto. Si te hubieran hecho daño…
Su preocupación hizo que a ella se le llenaran los ojos de lágrimas.
—Pero no ha sido así, y eso es lo que cuenta.
—Sí, pero han estado demasiado cerca para mi gusto.
—Tal vez no signifique nada, pero, ¿Recuerdas que, antes de oír los disparos, yo te estaba hablando de Carlos Anderson.
Pedro asintió.
—Bueno, el caso es que yo iba por el pasillo y él estaba en la puerta del despacho fingiendo arreglar el pestillo, sólo que yo sé que no era así. Tenía la oreja pegada a la puerta y estaba escuchando la conversación entre tú y el FBI.
Pedro frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Por curiosidad. Es lo único que se me ocurre.
Él frunció más el ceño.
—No sé. Tiene que haber más que eso. Se lo diré al FBI, para que estén al tanto —se detuvo y la miró intensamente—. Mientras tanto, hay otra cosa que quiero hacer.
—¿Y qué es?
—Hacer el amor contigo.
Las mejillas de Paula adquirieron un tono encendido, y sintió un súbito ardor entre las piernas.
—Eso es lo que yo quiero también.
Mientras el sol entraba por las ventanas y el amanecer se convertía en día, Pedro alargó los brazos hacia ella. El cuerpo de Paula estaba caliente y preparado. La acarició dulcemente, suavemente, despertando en ella un anhelo que sólo cuando él estuviera dentro se aliviaría. Cuando la alzó sobre su cuerpo y la hizo descender lentamente sobre él, ella gimió salvajemente mientras sus ojos se nublaban de placer.
—Aaah… Pedro —gimió ella, entregándose a las sensaciones que inundaban su cuerpo mientras él la llenaba completamente.
—Así, cariño.
Extendiendo las manos sobre la espalda de Paula, él la hizo inclinarse hacia adelante y tomó con su boca uno de sus pezones erectos. Mientras lo chupaba como un niño hambriento, ella gimió de nuevo y juntos empezaron a moverse.
lunes, 6 de mayo de 2019
Paso a Paso: Capítulo 55
Ella jugueteó con el vello rizado de su pecho.
—De hecho, estaba pensando en tu… esposa.
—¿Qué pasa con ella? —el tono de Pedro era tenso.
Paula supo que estaba avanzando por terreno quebradizo.
—¿Estaban… felizmente casados? —contuvo el aliento.
—No —dijo él bruscamente—. Lo creas o no, ella siempre quería más de lo que yo podía darle.
Su voz reflejaba dolor e irritación.
—¿Cómo murió?
—Un accidente. Había estado bebiendo y perdió el dominio del coche.
—Qué trágico.
El silencio cayó entre ellos.
—¿Y tú? —la voz de Pedro era tan cálida ahora como la mano con la que estaba cubriendo su pecho—. Ya es hora de que lo sueltes todo.
Paula sonrió.
—Me temo que tengo poco que «Soltar».
—¿Has estado enamorada alguna vez?
La sonrisa de Paula desapareció.
—No.
—Me resulta difícil de creer.
Paula cambió de postura.
—Bueno… creí estarlo una vez.
—¿Qué ocurrió?
—Descubrí que estaba casado y que tenía familia.
Pedro titubeó y luego dijo:
—¿No ha habido nadie más?
—Nadie.
El silencio cayó de nuevo. Lo quebró el suspiro entrecortado de Paula.
—Respecto a nosotros… respecto a anoche…
—¿Qué quieres que diga?, ¿Que lo siento?
«Lo que quiero que digas es que me amas».
—¿Lo… sientes?—susurró ella.
—Dios mío, no. Pero yo no quería ponerte ni un dedo encima —añadió él con voz ahogada.
—Lo sé —dijo ella con voz ronca—. Yo tampoco quería que lo hicieras.
Pedro la obligó a mirarlo poniendo un dedo en su barbilla.
—¿Estás diciendo que tú sí lo sientes?
Ella bajó sus largas pestañas.
—No.
—¿Aunque te quedaras embarazada?
A ella le dió un vuelco el corazón.
—No… no es el día de mes adecuado.
—¿Te he hecho daño?.
Ella tragó saliva.
—No.
—Es increíble. Eres tan dulce, tan delicada.
—No me has hecho daño —su voz era ronca—, ha sido delicioso.
—Oh, Paula, Paula, ¿Qué voy a hacer contigo?
—¿Qué quieres hacer? —se odió a sí misma por preguntarlo, pero tenía que hacerlo.
—Me gustaría encerrarme contigo en algún sitio y hacerte el amor hasta que los dos estuviéramos tan débiles que no pudiéramos ni movernos.
—Oh, Pedro—susurró ella.
—Pero los dos sabemos que eso es imposible, ¿No?
Ella sintió que le daba un vuelco el corazón. La culpa se erguía como un muro de acero entre ellos. Y el hecho de que él no la amara, no debía olvidarlo.
—De hecho, estaba pensando en tu… esposa.
—¿Qué pasa con ella? —el tono de Pedro era tenso.
Paula supo que estaba avanzando por terreno quebradizo.
—¿Estaban… felizmente casados? —contuvo el aliento.
—No —dijo él bruscamente—. Lo creas o no, ella siempre quería más de lo que yo podía darle.
Su voz reflejaba dolor e irritación.
—¿Cómo murió?
—Un accidente. Había estado bebiendo y perdió el dominio del coche.
—Qué trágico.
El silencio cayó entre ellos.
—¿Y tú? —la voz de Pedro era tan cálida ahora como la mano con la que estaba cubriendo su pecho—. Ya es hora de que lo sueltes todo.
Paula sonrió.
—Me temo que tengo poco que «Soltar».
—¿Has estado enamorada alguna vez?
La sonrisa de Paula desapareció.
—No.
—Me resulta difícil de creer.
Paula cambió de postura.
—Bueno… creí estarlo una vez.
—¿Qué ocurrió?
—Descubrí que estaba casado y que tenía familia.
Pedro titubeó y luego dijo:
—¿No ha habido nadie más?
—Nadie.
El silencio cayó de nuevo. Lo quebró el suspiro entrecortado de Paula.
—Respecto a nosotros… respecto a anoche…
—¿Qué quieres que diga?, ¿Que lo siento?
«Lo que quiero que digas es que me amas».
—¿Lo… sientes?—susurró ella.
—Dios mío, no. Pero yo no quería ponerte ni un dedo encima —añadió él con voz ahogada.
—Lo sé —dijo ella con voz ronca—. Yo tampoco quería que lo hicieras.
Pedro la obligó a mirarlo poniendo un dedo en su barbilla.
—¿Estás diciendo que tú sí lo sientes?
Ella bajó sus largas pestañas.
—No.
—¿Aunque te quedaras embarazada?
A ella le dió un vuelco el corazón.
—No… no es el día de mes adecuado.
—¿Te he hecho daño?.
Ella tragó saliva.
—No.
—Es increíble. Eres tan dulce, tan delicada.
—No me has hecho daño —su voz era ronca—, ha sido delicioso.
—Oh, Paula, Paula, ¿Qué voy a hacer contigo?
—¿Qué quieres hacer? —se odió a sí misma por preguntarlo, pero tenía que hacerlo.
—Me gustaría encerrarme contigo en algún sitio y hacerte el amor hasta que los dos estuviéramos tan débiles que no pudiéramos ni movernos.
—Oh, Pedro—susurró ella.
—Pero los dos sabemos que eso es imposible, ¿No?
Ella sintió que le daba un vuelco el corazón. La culpa se erguía como un muro de acero entre ellos. Y el hecho de que él no la amara, no debía olvidarlo.
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