miércoles, 26 de septiembre de 2018

Polos Opuestos: Capítulo 1

Paula Chaves no había querido desnudarse con un hombre desde que se mudara a Thunder Canyon, Montana. Eso era un problema si querías casarte, y ella quería.

—¿Paula?

La voz profunda de Pedro Alfonso penetró en sus pensamientos y la sacó de su ensimismamiento.

—¿Sí?

—¿Estás bien?

—Claro —se quedó mirándolo, sentado al volante de la vieja furgoneta.  Ambos acababan de terminar de repartir cenas de Acción de Gracias para los más desfavorecidos del pueblo. Habían salido con la comida del Rib Shack, el asador de DJ, y Austin la había llevado de vuelta allí para recoger su coche—. ¿Por qué crees que no estoy bien?

—Estás muy callada. Temía que los vapores de triptófano de tanto pavo te hubieran dado sueño. Eso es más fácil de creer que…

—¿Qué? —preguntó ella.

—Que el hecho de que te aburra hasta dejarte en coma.

 Paula se carcajeó y negó con la cabeza.

—Eres un acompañante fantástico, Pedro, y lo sabes. Ahora solo estás buscando cumplidos.

—Me has pillado —las luces del estacionamiento vacío iluminaban el interior de la furgoneta y su sonrisa era claramente visible—. ¿Entonces no lamentas que te haya tocado yo como compañero hoy?

—No. Ha sido divertido.

Él asintió.

—¿Te arrepientes de haberte mudado a Thunder Canyon?

—No.

Solo lamentaba que Austin no encajara en su perfil masculino soñado, porque era, de lejos, el tipo más interesante que había conocido. Además era muy mono, al estilo Ryan Reynolds, el hombre más sexy del planeta. Si tan solo… Pero desear lo que nunca podría ser era una pérdida de tiempo y eso era algo que ella no tenía.

—¿Qué si me arrepiento de algo? —musitó.

Contemplando a través de la ventanilla los montículos de nieve que había sido apilada a los lados del aparcamiento, recordó la primera tormenta de nieve que hubo varios días atrás. Era precioso, pero hacía frío. Se estremeció y se caló el gorro de lana hasta las orejas.

—Ya no estoy en Texas. Vivir en el frío y la nieve es muy distinto a leer sobre los cambios de temperatura por Internet.

—Te acostumbrarás —le aseguró él—. Hazme caso, la nieve es mucho mejor cuando estás dentro de casa con un buen fuego encendido.

—Tengo una chimenea en mi departamento. Tendré que aprender a usarla —dijo ella.

—Yo he vivido aquí toda mi vida, salvo cuando me fui a la universidad. Eso se traduce en mucha experiencia. Así que, si necesitas ayuda con ese fuego, ya sabes a quién llamar.

¿Estaba sugiriéndole algo? El corazón le dió un vuelco, lo cual resultaba estúpido, y leer entre líneas algo romántico era más que patético. Era una reacción involuntaria que olía a desesperación.

—Supongo que la nieve es el precio que uno paga por vivir en las montañas de Montana y a mí me encantan. Gracias por enseñarme cómo funciona esto hoy, Pedro—se dispuso a abrir la puerta del coche—. Probablemente debería irme…

—¿Qué tal el nuevo trabajo? —preguntó él.

Paula volvió a mirarlo, agradecida por la excusa para quedarse un poco más.

—Está bien. Trabajar para el alcalde es genial. Bernardo Clifton es entusiasta y enérgico. Casi me siento culpable cobrando por hacer la publicidad y la comunicación para su oficina, porque hace que sea muy divertido —se quedó mirándolo a los ojos—. Entre tú y yo, este es el primer trabajo que tengo que no es para mi familia. No me malinterpretes, aprendí mucho en Petróleo Chaves, pero es agradable saber que tengo habilidades comerciales reales y que mi familia no sentía pena de mí.

—No, ahora tengo un trabajo con la empresa de tu familia y sienten pena de mí —contestó él riéndose—. En serio, trabajar para Petróleo Chaves de Montana es una oportunidad maravillosa. Estoy muy agradecido a tu hermano Gonzalo por confiar en mí.

—Él es el afortunado. Encontrar a un chico del pueblo con una formación de ingeniería, un estudiante de doctorado que investiga las alternativas en energías renovables… —la complejidad de lo que Pedro hacía era alucinante. Según Gonzalo, era brillante, innovador y apasionado con las nuevas tecnologías. No solo una cara bonita—. Gonzalo está verdaderamente excitado con las posibilidades.

—Pues ya somos dos.

¿Eran imaginaciones suyas, o Pedro se quedó mirando su boca al decir eso? Probablemente estuviera teniendo visiones. La desesperación provocaba efectos extraños en una mujer.

—Me alegro de que las cosas vayan bien con mi hermano, porque puede ser muy intenso y exigente.

La expresión de Pedro era irónica.

Polos Opuestos: Sinopsis

Alerta a todos los hombres solteros

Lo único que Paula Chaves quería era enamorarse, casarse y tener su final feliz. Pero, tras salir con todos los solteros del pueblo, seguía buscando a su hombre ideal. Eso no incluía al atractivo y encantador Pedro Alfonso, que no era apropiado para ella en ningún aspecto. ¿Por qué entonces todo el pueblo comentaba que estaban saliendo? Había algo de verdad en el rumor de que Pedro deseaba fijar la fecha de su boda… con la atrevida pelirroja que encendía su pasión…

lunes, 24 de septiembre de 2018

Paternidad Temporal: Epílogo

Cuatro años después


A pesar del ruidoso ambiente de bar deportivo que había en el salón en el que cientos de espectadores se habían reunido para contemplar la final del Campeonato Nacional de Palabras cruzadas, Paula se retorcía las manos sudorosas y se mordía el labio inferior.

–¡Mami! Este vestido pica –se quejó la pequeña Olivia, de tres años.

–Lo sé, cielo. Solo falta un poco para que la abuela Rosa y el abuelo Alfredo terminen la partida.

–¿Quién crees que va a ganar? –preguntó Pedro, sacando a Oli de su silla y sentándola en su regazo.

–Siempre apuesto por la abuela, pero después de la paliza que le dió a Alfredo el año pasado –le guiñó un ojo a Pedro–, tengo lástima de él.

Olivia metió la cabecita llena de rizos rubios bajo la barbilla de su padre y cerró los ojos marrones con motas doradas. Ver a su hija acurrucada contra Pedro siempre emocionaba a Paula. No sabía cómo había tenido tanta suerte. Eran muy afortunados.

Alfredo y su abuela estaban disputando un campeonato nacional, pero cuando acabara la partida estarían aún más enamorados. Alfredo por fin había encontrado su veta de plata, y la abuela de Paula había estado con él cuando lo hizo. Tras gustarse en la fiesta de Año Nuevo de Alfredo, se habían vuelto inseparables. Tras un apasionado romance de seis meses, se habían casado en la cima de Mosquito Pass. Cuando no estaban inmersos en el campeonato de Palabras cruzadas, eran los conferenciantes estrella del circuito de jugadores amateur.

Paula asistía a la universidad para licenciarse en Psiquiatría infantil. Suponía muchas horas de desplazamientos y estudios, pero Pedro siempre estaba dispuesto a ayudar, al menos cuando no estaba trabajando. Estaba a punto de convertirse en jefe del cuerpo de bomberos de Pecan.

Luciana puso una mano delante de la boca de Mateo, que escupió un chicle morado.

–Puaj –Paula hizo una mueca.

–Eh, una mamá tiene que hacer lo que tiene que hacer –dijo Luciana , que había resultado ser una madre fantástica. Era un vendaval haciendo galletas y trabajo social voluntario; Howie tenía un cargo directivo en la fábrica de pan de Pecan.

–Oh, cielos –con la mano limpia, Luciana apretó el antebrazo de Paula–. Después de esa última palabra, están empatados. ¿Alguna vez ha habido empate a estas alturas del juego?

–No lo sé –dijo Paula–. La profesional es la abuela, no yo.

Mientras el presentador y el experto en Palabras cruzadas hablaban de estrategias y probabilidades, Paula cerró los ojos y deseó que acabara el juego. Ganar el título ese año significaría mucho para Alfredo, pero también para su abuela. Pedro, con Olivia dormida en los brazos, se inclinó hacia Paula.

–Después de la fiesta de celebración, ¿Que te parece si dejamos al bichito con mi hermana y hacemos nuestro propio campeonato de Palabras cruzadas con striptease?

–¿Cómo puedes decir eso en un momento como este? –Paula le dió un manotazo.

–Tenía que hacer que dejaras de pensar en el resultado del campeonato – sonrió él, mirándola con amor–. ¿Te das cuenta de que perder no será el fin del mundo para ninguno de ellos?

–Lo sé, pero…

Él interrumpió sus protestas con un beso. Vítores y aplausos entusiastas señalizaron el final de la partida.

–¿Quién ha ganado? –preguntó Pedro.

Paula sonrió. En cuanto a tener al mejor marido, la hija, las amistades y la familia perfectas, la respuesta no tenía vuelta de hoja.

–He ganado yo.



FIN

Paternidad Temporal: Capítulo 66

Alzó la vista y vio a Jed mirando por la ventana que había junto a la puerta. Se le secó la boca.

–Hola –dijo él con esa voz que ella adoraba.

No sabía por qué había huido de él. Su dulce y querido Pedro. Ella no se lo merecía. No se merecía a nadie…

–Me diste un susto de muerte –dijo él, empujando la puerta y entrando–. ¿Por qué no me contaste lo de tu ex?

–Mi abuela es una bocazas.

–Yo no diría eso. A mí me gusta. Creo que tenías razón, tenemos que emparejarla con Alfredo.

–Oh, Pedro–Paula fue hacia él y se agarró a su cuello sollozando–. Por favor, abrázame.

Él lo hizo. Con fuerza y cariño.

–Cuando te oí gritándole a Luciana, algo explotó en mi interior. No sé qué me ocurrió. Mi matrimonio con Diego acabó hace años. Apenas duró tres meses – paró para tomar aire–. Abu estaba enferma, le habían diagnosticado cáncer de mama y creía que iba a perderla y me quedaría sola en el mundo. Entonces lo  conocí en una fiesta y me pareció la respuesta a todas mis plegarias. Cuidaba de mí, pero había indicios negativos que ignoré. Cuando a la abuela se le cayó el pelo, se burlaba de ella con sus amigos, creyendo que yo no lo oía. Al principio fueron detalles pequeños, pero debería haberles prestado más atención. Sabía que era malo, Pedro, pero me sentía insegura y me asustaba la soledad. Al final, con él descubrí que hay cosas que dan mucho más miedo que estar sola.

Empezó a llorar con desconsuelo. Pedro se limitó a abrazarla. Pasados unos minutos, la alzó en brazos y la llevó al sofá.

–Vamos a ir más despacio –dijo él, apartándole el pelo de la frente para besar sus cejas y sus mejillas–. Si te parece bien, me gustaría que tuviéramos al menos cien citas. Después, cuando estés convencida de que nunca querría ni podría hacerte daño, quiero que consideres la posibilidad de ser mi esposa. ¿Crees que podrías hacer eso?

Aún llorando, pero esa vez lágrimas de júbilo, asintió contra su pecho. Adoraba su olor a verano, montañas y bosques. Sentada en su regazo, abrazada a su cuello, Paula liberó años de tensión. Era un hombre gentil y fuerte. Lo bastante fuerte para protegerla a ella, a sus hijos, a su abuela, a Luciana y a su marido, a los trillizos y a toda la familia junta. Se sentía más fuerte. Por fin se había perdonado por involucrarse con perdedores como Fernando y Diego. De repente, en brazos de Pedro , dejó de sentirse sola para sentirse unida a muchas personas. Ya no quería pasar los sábados por la noche leyendo revistas de decoración y pintando el cuarto de baño. Quería sentarse a la mesa a jugar a Palabras cruzadas o a las cartas, riendo y charlando hasta que no tuvieran nada que decirse. Pero estando juntos, siempre tendrían historias que contar. Y risas. Y amor.

–¿En qué piensa esa cabecita tuya?

–En lo feliz que soy. Y en cuánto siento haber dudado de tí. Te oí levantar la voz y me volví loca.

–Si te hubieras molestado en hablarme de tu ex, habría sabido que no debía alzar la voz en tu presencia –le secó las mejillas con los pulgares.

–No puedes andar de puntillas por miedo a asustarme –dijo Paula–. No sería justo.

–Tú no puedes seguir teniendo miedo.

–Lo sé. Por eso quiero hablar de esto con un profesional. Lo que tenemos es demasiado especial para arriesgarnos a perderlo por culpa de mis fantasmas.

–¿Tu ex vive en esta zona?

–Lo último que supe de él fue que se había trasladado a Los Ángeles, para ser entrenador personal de los famosos. Solo le importaba su físico. Quería tenerme cerca como objeto decorativo. No le gustó nada que yo quisiera más.

–¿Por eso dejaste la carrera?

–Sí. Menuda estupidez, ¿Eh?

–Considerando lo que te hizo pasar, yo lo llamaría instinto de supervivencia.

–Abrázame. Y si alguna vez vuelvo a saltar así, recuérdame quién eres y lo que compartimos.

–Eso haré –la apretó contra sí.

No la soltó hasta que su pulso recuperó la normalidad y sus ojos se secaron. Hasta que se sintió lo bastante segura para enfrentarse al mundo.

–Odio arruinar este momento, sobre todo porque me encanta tenerte entre mis brazos, pero ¿No se está quemando algo?

–¡El pollo de la abuela! –Paula se levantó de un salto y corrió a la cocina– Espero que no sea demasiado tarde. Le ha dedicado mucho tiempo.

Pedro se puso un guante de cocina y levantó la tapa de la cacerola.

–A mí me parece que está bien.

–No puede ser –Paula removió el guiso con una cuchara de madera–. Puaj. La abuela se va a disgustar mucho.

–¿Qué le pasa?

–Mira –se apartó para que Pedro viera el centímetro de salsa requemada que había al fondo de la cazuela.

Apagó el horno y comprobó de un vistazo que los bollos de pan no habían tenido mejor suerte. Pedro puso la cazuela en el fregadero y la llenó de agua caliente.

–Ahora que lo pienso, tengo bastante hambre. Una comida casera me habría venido muy bien.

–No guiso tan bien como Abu, pero la despensa y el congelador están bien abastecidos. Puedo preparar algo.

–¿Seguro? Podríamos salir –puso la mano en su hombro desnudo y ella se inclinó hacia él.

De repente volvía a ser el día de Navidad, pero esa vez se habían cumplido todos sus deseos. Le habían traído las pinturas. Y la casa de Barbie y un Ken perfecto, por añadidura. Solo que se llamaba Pedro. Y era mucho más guapo.

–Veamos –Paula abrió el congelador–. Filetes, chuletas, espaguetis, gofres.

–¿Por qué no cenamos un desayuno? Prepara tú los gofres. Yo hago unas tortitas de escándalo.

Mientras ella sacaba los gofres, Pedro se movió a su alrededor, buscando los huevos en la nevera. Y en ese momento de camaradería, Paula supo que había encontrado su nueva familia, su hogar.

Paternidad Temporal: Capítulo 65

–Ni tú. Porque si lo hubieras hecho, sabrías que le pidió perdón a Luciana y le dió un gran abrazo.

–¿Y cómo puedes saberlo tú?

–¿Recuerdas que te pareció oír el teléfono anoche? Era él.

–Abuela, ¿De lado de quién estás? ¿Has escuchado una palabra de lo que he dicho? ¡Gritó!

–¡Igual que estoy gritando yo, Paula! La gente discute. Supéralo. ¿Quién es la maníaca del control ahora? No puedes encerrarte en una cajita esterilizada en la que nunca entre el dolor, nena. Sería agradable, pero irreal. Eso es lo que más le reprocho a Diego, que arruinara tu visión del mundo y te hiciera creer que todos los hombres son malos. Tienes que abrir tu corazón y volver a creer en la bondad, cariño. Al menos en lo que se refiere a Pedro. Plantéate darle una segunda oportunidad. No digo que corras a casarte con él, pero tendrías que hablarle, explicarle lo de Diego y lo que viviste.

–¿Y si no puedo?

–Si no puedes, ¿Qué? ¿Hablar con él?

Paula asintió.

–Eso es cosa tuya. No voy a obligarte a hablar. Ni él tampoco. Pero lo he invitado a cenar. Hoy a las seis. Pollo guisado. Tu plato favorito.

–No tengo hambre.

–Bueno –su abuela se levantó–. Entonces habrá más para nosotros.


Tras el volante de su camioneta, con el viento alborotándole el pelo, Pedro tendría que haberse sentido mejor. Pero estaba tenso. No entendía que Paula hubiera mantenido su matrimonio en secreto. Y menos aún que hubiera estado casada con un maltratador de mujeres. Nunca se había considerado violento, pero no le habría importado nada presentarle su puño a ese bastardo. Tensó la mandíbula y apretó las manos sobre el volante. Se preguntó si era lo bastante fuerte para ayudarla a superar esa clase de herida. Sonrió con tristeza. Por ella se enfrentaría al mundo entero, incluso si ese mundo estaba dentro de la cabeza de Paula.



–Estás preciosa –dijo la abuela Rosa cuando Paula entró en la cocina, que olía a comida deliciosa.

–Gracias –había sustituido los pantalones cortos y la camiseta que le había comprado Pedro, de color maíz,  por un vestido de verano color rosa pálido.

Mientras se cambiaba había recordado ese día. Ese primer beso. Había estado feliz con Jed hasta descubrir la oscura verdad. Pero si era tan horrible como había llegado a creer, ¿por qué se había puesto la camiseta? Tendría que donarla a beneficencia, como había hecho con todos los regalos de Diego. Recordó lo que le había dicho su abuela. Quizás se había puesto la camiseta porque en el fondo sabía que sus precipitadas conclusiones sobre el carácter de Pedro eran falsas. Tal vez sus gritos no tuvieran nada que ver con los de Diego. Los niños discutían en el colegio a todas horas. Sus padres discutían y luego hacían las paces. Tenía que reconocer que Pedro tenía derecho a estar molesto con su hermana, pero no a gritarle. Se frotó los brazos desnudos. Tenía frío y se preguntaba si volvería a sentir calor alguna vez en su vida.

Sonó el timbre de la puerta. El corazón le dió un vuelco.

–Llega pronto –su abuela puso la tapa en la olla más grande, se quitó el delantal y lo dejó en la encimera–. Remueve esto cada pocos minutos y procura que no se quemen los bollos de pan.

–Pero, ¿Adónde vas tú?

–Al club de Palabras cruzadas –besó a Paula en la mejilla–. Adiós, cielo. Diviértete.

–Pero…

Alguien llamó a la puerta de atrás.

–Bien –dijo la abuela–. Ha llegado mi transporte. ¡Ya voy, Lu!

–Abuela Rosa, no puedes…

–Es posible que vuelva tarde. No me esperes levantada.

Paula se preguntó cómo podía hacerle eso su abuela que, como si le hubiera leído la mente, se volvió hacia ella antes de salir.

–Ah, y por si te lo estás preguntando, esto es cuestión de amor. Tienes que contarle a Pedro lo de Diego, cielo. No dejes que tu miedos del pasado arruinen tu futuro –le tiró un beso y se marchó.

El miedo oprimió el pecho de Paula. No estaba segura de qué temía más, si a Pedro o a cómo reaccionaría cuando le hablara de su matrimonio. Tras pensar en lo que había dicho su abuela, había admitido que tal vez Pedro sí fuera el gran tipo que había creído. Y si no había huido de él, la única conclusión lógica era que huía de sus propios miedos e inseguridades. Se preguntó si él pensaría peor de ella cuando descubriera que se había casado con un impresentable. Miró a su alrededor. Tenía que salir de allí. Podía volver a su piso. Sí. Era un buen plan. Correr. Esconderse. Su bolso estaba en la consola del vestíbulo, pero no recordaba dónde había puesto las llaves. Tenían que estar en algún sitio. Abrió el bolso. No estaban en ningún compartimento. Sonó el timbre de la puerta.

Paternidad Temporal: Capítulo 64

Al dÍa siguiente, Paula se sentó al sol en el rincón que su abuela destinaba a los desayunos. Afuera seguramente estaban ya a treinta grados, pero la casa le parecía tan fría como la mañana después de Navidad. Se sentía defraudada. Ya había abierto todos los regalos. Le habían echado calcetines y ropa interior en vez de la casa de Barbie y una caja de pinturas. Había visto una gran promesa en Pedro. El potencial de una felicidad duradera. Pero Diego también le había parecido bien al principio. No se había casado con él a sabiendas de que se convertiría en un maltratador de esposas. Se tironeó del pelo. No sabía cómo había podido equivocarse tanto con Pedro. Al principio había creído que era como Fernando, que la estaba utilizando para cuidar de Camila, Joaquín y Mateo, pero era mucho peor. Y todo el tiempo que habían estado juntos, le había ocultado su lado oscuro. Había simulado ser alguien que no era. Había dicho que la amaba, pero incluso eso era mentira. Todo. Cada beso, caricia y mirada. Cada conversación que había parecido unirlos…

–El café huele de maravilla –dijo su abuela, entrando en la cocina–. ¿Has hecho para dos?

–Para una docena.

–¿Una noche dura? –preguntó la abuela Rosa.

–Una vida dura –contestó Paula.

–¿Estás ya lista para hablar?

Paula no lo estaba, pero sabía que su abuela llegaría al fondo del asunto antes o después. Así que era mejor emprender la tortura de explicarlo. Tomó un sorbo de café y dejó escapar un suspiro.

–Imagino que esperas una historia larga y tenebrosa, pero la versión resumida es que conocí a un tipo, pensé que era el hombre de mi vida y resultó ser igual que Diego.

–¿Estamos hablando de Pedro? –su abuela frunció los labios y movió la cabeza.

–Sí. ¿De cuántos tipos crees que puedo enamorarme en menos de una semana? Espera, nunca te he hablado de él. ¿Cómo…?

–Tengo mis métodos –dijo su abuela. Agarró uno de los tazones amarillos que colgaban bajo un armario–. Es el que me dió la lata por teléfono. Me pidió permiso para llevarte a Colorado.

–¿Qué? –si Paulahubiera tenido el tazón en la mano, lo habría dejado caer.

–¿No te lo contó?

–No, claro que no.

La abuela movió la mano como si la bomba que había dejado caer no tuviera importancia.

–¿Sabes lo que significa eso? Sabe dónde estoy. Ha hecho una de esas lunáticas búsquedas en Internet y ahora se convertirá en acosador y…

–Para –puso su mano nudosa sobre la de Paula–. Cariño, con este no te falló el instinto. Al menos eso creo, porque a mí me dió muy buena impresión. No buscó mi número en Internet, sencillamente llamó a información. Cuando telefoneó, me explicó quién era y cómo te había pedido que lo acompañaras a buscar a su hermana. Al principio me preocupé, así que le pedí que viniera a tomar café, ya que solo estoy a una hora de Pecan. Vino con los bebés. Un vistazo a sus ojos llenos de cariño y temor por su hermana y supe que estarías en buenas manos. Ví…

–¿No te parece raro que no me dijera que se había encontrado contigo?

–A mí me pareció raro que no te tomaras el tiempo para decirme que ibas a salir del estado con un desconocido –dijo la abuela, encogiéndose de hombros–. Pedro dijo que no quería que supieras que había venido, porque pensarías que era una tontería. Y, a juzgar por tu expresión, tenía razón. Pero piénsalo. Hoy en día, ¿qué clase de hombre se preocupa lo bastante por una mujer para pedirle a su abuela permiso para llevarla de viaje?

–Trucos –Paula se dió un golpecito en la sien–. ¿No lo ves? Quería que creyeses que era amable y considerado. Pero eso es una apariencia. Por dentro es un maniaco del control, igual que Diego. Anoche se puso a gritar. Sé lo que  viene después.

La abuela de Paula se sirvió café y fue a sentarse con ella. Tenía los ojos húmedos.

–Tendrían que haber encerrado a Diego para siempre por lo que te hizo.

–Por fin estamos de acuerdo en algo.

–En realidad no –contradijo su abuela–. Al menos, no por las razones que crees.

–¿Qué? Es un monstruo. Eso está claro.

–Sí –la abuela agarró una servilleta de papel y se secó los ojos–. Es un enfermo por lo que te hizo físicamente, pero lo que le hizo a tu corazón, Paula, eso es el auténtico crimen. Le has dado mucho poder. Tus pensamientos y acciones están tan marcados por lo que hizo que ni siquiera confías en tu sentido innato del bien y del mal. Es cierto que a Pedro le gusta tener el control, pero a diferencia de Diego, que lo necesitaba para elevar su escasa autoestima, Pedro lo hace para asegurar el bienestar de la gente a la que ama. Como a su hermana. Y a tí, Pau. A tí.

–Tú no estabas allí anoche –Paula movió la cabeza y tragó para deshacer el nudo que tenía en la garganta–. No lo oíste gritarle a Luciana.

Paternidad Temporal: Capítulo 63

–Vale –Daniel soltó una risita–. Estaremos pendientes de su coche, pero lo de Luciana ha embarrado tu reputación en la comisaría, colega. Si encuentras indicios de secuestro o de problemas, llámame e intentaré ayudar.

Pedro colgó el teléfono y se convenció de que no tenía necesidad de vomitar. Las náuseas que lo atenazaban estaban en su cabeza. Igual que el temor de haberse equivocado con Paula. El miedo a que no fuera la mujer que creía que era. Si ese era el caso, no sabía cómo iba a poder soportar que viviera enfrente de él. Cada vez que abriera o cerrara la puerta, recordaría lo tonto que había sido al confiar ciegamente en ella. Su vena maníaca de control era la vena sabia. Tenía que desechar de una vez la vena romántica. «¿Cómo puedes pensar eso? ¿Y si está herida? ¿Y si te necesita? ¿Dónde está tu sentido de la lealtad? ¿Dónde está tu compasión?» Con la esperanza de aplastar esa maldita vena romántica, buscó en su cartera el número de teléfono que había usado una vez. Lo marcó.

–¿Pedro? –contestó alguien al tercer timbrazo.

Lo decepcionó oír la voz de la abuela de Paula, en vez de la de su amada. Había hablado con ella una vez, justo antes de iniciar el viaje. Era anticuado, pero había querido presentarse. Pedirle permiso para llevarse a su nieta.

–Sí, señora Chaves, soy yo. Siento llamar tan tarde, pero es que…

–Paula está aquí, y está llorando. ¿Le has hecho daño?

Él tragó saliva. Daniel y sus colegas del parque de bomberos tenían razón al pensar que era idiota. No sabía qué demonios le ocurría.

–Si le hice daño, no sé cómo fue –dijo–. Le eché la bronca a mi hermana y luego Luciana y yo nos abrazamos. Le pedí perdón por haber perdido los nervios y ella me perdonó. Después fui a buscar a Paula, a pedirle disculpas por haberme dejado llevar por la frustración, pero se había ido.

–¿Me prometes que eso es cuanto ocurrió? –la abuela de Paula suspiró–. ¿No le pegaste?

–¿Pegarle? ¿Qué clase de monstruo cree que soy? Puede que tenga manías que resolver, pero mi idea de terapia no incluye golpear a mujeres.

–Con eso me basta. ¿Quieres a mi nieta?

–No sé cómo ha podido ocurrir tan rápido, pero sí –admitió Pedro–. Quiero a Paula.

–¿Te contó algo de su primer matrimonio?

–¿Estuvo casada?

–¿Te gusta el pollo estofado? –la mujer se aclaró la garganta.

–Sí, señora.

–A mí también. Ven mañana a las seis de la tarde y haré una buena tanda para cenar.

Colgó, dejando a Pedro más confuso que nunca.

-¿Quién ha llamado? –preguntó Annie, secándose el pelo con una toalla.

–¿Qué quieres decir? –la abuela Rosa no levantó la vista de su crucigrama.

–Me pareció oír sonar el teléfono.

–¿Quién iba a llamar a estas horas?

«Pedro. Para explicar lo inexplicable», pensó ella. Pero Jed no sabía dónde estaba, ni tenía el número de teléfono de su abuela.

–Tienes razón –Paula se sentó en el sofá y alzó los pies para frotarse los dedos, que estaban helados. Desde que había salido de casa de Pedro no conseguía entrar en calor.

–¿Estás lista para contármelo todo? –preguntó su abuela.

Pero Paula tenía que reflexionar antes, porque ni siquiera ella sabía qué había ocurrido.