El lunes marcó el ritmo que siguieron los días siguientes. El martes Pedro les llevó globos. El miércoles bombones. Y el jueves camisetas con propaganda de su cadena de establecimientos. El viernes se presentó con el último regalo: un frasco enorme de salsa barbacoa hecho en casa, y Alejandra decidió incluir a su futuro yerno en su testamento. Paula por su parte, estaba viviendo un infierno. Quería, necesitaba resistirse a Pedro. Pero cada vez que lo veía, su corazón se aceleraba y le temblaban las piernas. Cada vez que llamaban a la puerta, corría con la esperanza de encontrarlo tras ella, con sus regalos. Porque desde el lunes, él llevaba dos regalos. Uno para su madre y otro para ella. La camiseta, particularmente, le encantó. Durmió con ella, dejando que el atractivo rostro de Pedro que aparecía impreso en ella acariciara sus senos durante la noche.Era un problema hormonal, se dijo a sí misma. Era un hombre atractivo, seductor. Irresistible para la mayoría de las mujeres... Ella llevaba mucho tiempo sin tener relaciones sexuales y Pedro era un ejemplar de primera. Era una cuestión de química, nada más. Y en cuanto se marchara su madre, se despediría también de su prometido y de aquellos besos demasiado largos para su salud mental y demasiado cortos para sus traicioneras hormonas.
—Añade otra bolsa de azúcar a la mezcla número uno y ya estará preparada la crema.
Paula recorría la cocina sintiéndose como si por fin hubiera vuelto a ser ella misma. Como era sábado, estaba trabajando con un equipo reducido: Jimena, Martín, Marta y Franco. Su madre estaba en la peluquería con Zaira, que prácticamente se había visto obligada a marcharse con ella. Tras haber visto alejarse a una nerviosa Zaira con su madre, se había duchado rápidamente, se había tomado tres refrescos bajos en calorías y había pasado media hora al ordenador, planificando el trabajo del día.Y, afortunadamente, estaba demasiado ocupada para pensar siquiera en Pedro. Y para pensar en comer. Aquella mañana había iniciado una nueva dieta: tres vasos de limonada tres veces al día. Por fin el mundo parecía funcionar como debía. Terminó de cortar los plátanos, los colocó en una fuente y se acercó a la zona en la que estaban las batidoras. Se detuvo ante la batidora número tres.
—Ésta va demasiado rápido —comentó.
—Es por culpa de Martín—replicó Jimena inmediatamente—. Ya le dije que no tocara el equipo.
Martín dejó de empaquetar tartas y alzó las manos.
—¡Estas manos están hechas para los electrodomésticos!
—Pues resérvalas para los tuyos —rió Paula, con la bandeja de plátanos en una mano mientras se inclinaba para ajustar la velocidad de la batidora—. Vete a etiquetar cajas con Marta y con Franco. Hoy tenemos que entregar seis docenas de tartas.
miércoles, 8 de agosto de 2018
Dulce Amor: Capítulo 33
—Aquí estoy. Listo y dispuesto.
—Y tarde —repuso Paula—. Media hora tarde. ¿Sabes lo preocupada que he estado? Deberías haber llamado. Pensaba que habías tenido un accidente.
—He estado en la floristería —le tendió un ramo de doce rosas rojas—. Y después he tenido que soportar un atasco.
—¿Flores? ¿Me has comprado flores? ¿Cómo has podido hacer una cosa así?
—¿No te gustan las flores?
—Me encantan las flores —lo miró con rabia—. Este ha sido un truco muy sucio, Pedro.
—¡Paula! ¿Es Pedro? —Alejandra apareció en el pasillo con un champiñón en una mano y un camarón en la otra—. ¡Hola, Pedro! ¡Qué alegría verte! Espero que no te importe que haya empezado a cenar sin tí. Pero estaba todo tan apetitoso que no podía esperar... ¡Rosas!
—Te las ha comprado Pedro—Paula le entregó las rosas a su madre.
—¿Son para mí? ¡Oh, qué encanto! Celina Wilhem hizo que le llevaran las flores de la boda desde Connecticut, pero no eran ni de lejos tan hermosas como éstas.
—Voy a calentar la cena —Paula se retiró a la cocina, estableciendo así la pauta que iba a repetirse durante el resto de la noche.
Avance, retirada. Avance, retirada. Cada vez que Pedro avanzaba, con su intensa mirada, con el ocasional roce de sus manos... Paula se retiraba a la cocina, al baño o a cualquier otro lugar en el que pudiera recordarse las razones por las que Pedro Alfonso no debería atraerla. Era el típico macho. Dominante. Posesivo... Ella era una mujer, y Alfonso El Salvaje trataba a todas las mujeres de la misma manera. Además, sus abrazos, sus sonrisas seductoras y sus miradas radiantes tenían como único fin convencer a Alejandra de que eran una pareja enamorada. Su madre estaba contenta y ésa era exactamente lo que Paula quería. El problema era que se descubría a sí misma respondiendo a sus avances con una sonrisa. Aceptándolos. Deseándolos. Oh no... Ignoró rápidamente aquella evidencia y se concentró en pasar lo mejor posible la última hora de velada compartida que les quedaba. Hora que dedicaron a discutir sobre las invitaciones que habían escogido.
A Pedro le encantaron las invitaciones con veleros mientras que Alejandra se inclinaba por las de flores. Paula prometió tomar una decisión esa misma noche, empujó a Pedro hasta la puerta, se despidió de él y se encerró en su despacho. Pero ni siquiera las facturas y la planificación del trabajo del día siguiente sirvieron para sosegarla. A la mañana siguiente, se levantó media hora antes de lo habitual, pero decidida a no conceder ninguna importancia a los tórridos sueños que le habían impedido descansar. ¿Que había soñado con Pedro? ¿Y qué importancia podía tener eso? Eso no significaba que estuviera enamorada de Pedro Alfonso.
—Y tarde —repuso Paula—. Media hora tarde. ¿Sabes lo preocupada que he estado? Deberías haber llamado. Pensaba que habías tenido un accidente.
—He estado en la floristería —le tendió un ramo de doce rosas rojas—. Y después he tenido que soportar un atasco.
—¿Flores? ¿Me has comprado flores? ¿Cómo has podido hacer una cosa así?
—¿No te gustan las flores?
—Me encantan las flores —lo miró con rabia—. Este ha sido un truco muy sucio, Pedro.
—¡Paula! ¿Es Pedro? —Alejandra apareció en el pasillo con un champiñón en una mano y un camarón en la otra—. ¡Hola, Pedro! ¡Qué alegría verte! Espero que no te importe que haya empezado a cenar sin tí. Pero estaba todo tan apetitoso que no podía esperar... ¡Rosas!
—Te las ha comprado Pedro—Paula le entregó las rosas a su madre.
—¿Son para mí? ¡Oh, qué encanto! Celina Wilhem hizo que le llevaran las flores de la boda desde Connecticut, pero no eran ni de lejos tan hermosas como éstas.
—Voy a calentar la cena —Paula se retiró a la cocina, estableciendo así la pauta que iba a repetirse durante el resto de la noche.
Avance, retirada. Avance, retirada. Cada vez que Pedro avanzaba, con su intensa mirada, con el ocasional roce de sus manos... Paula se retiraba a la cocina, al baño o a cualquier otro lugar en el que pudiera recordarse las razones por las que Pedro Alfonso no debería atraerla. Era el típico macho. Dominante. Posesivo... Ella era una mujer, y Alfonso El Salvaje trataba a todas las mujeres de la misma manera. Además, sus abrazos, sus sonrisas seductoras y sus miradas radiantes tenían como único fin convencer a Alejandra de que eran una pareja enamorada. Su madre estaba contenta y ésa era exactamente lo que Paula quería. El problema era que se descubría a sí misma respondiendo a sus avances con una sonrisa. Aceptándolos. Deseándolos. Oh no... Ignoró rápidamente aquella evidencia y se concentró en pasar lo mejor posible la última hora de velada compartida que les quedaba. Hora que dedicaron a discutir sobre las invitaciones que habían escogido.
A Pedro le encantaron las invitaciones con veleros mientras que Alejandra se inclinaba por las de flores. Paula prometió tomar una decisión esa misma noche, empujó a Pedro hasta la puerta, se despidió de él y se encerró en su despacho. Pero ni siquiera las facturas y la planificación del trabajo del día siguiente sirvieron para sosegarla. A la mañana siguiente, se levantó media hora antes de lo habitual, pero decidida a no conceder ninguna importancia a los tórridos sueños que le habían impedido descansar. ¿Que había soñado con Pedro? ¿Y qué importancia podía tener eso? Eso no significaba que estuviera enamorada de Pedro Alfonso.
Dulce Amor: Capítulo 32
—Bueno, claro que me gustas. Quiero decir que, probablemente, se esconda una persona amable y agradable debajo de esa repugnante fachada de machismo, que en realidad es lo que más le gusta a mi madre de tí. Aunque yo, personalmente, prefiero a los hombres sensibles, sinceros, dulces... Pero no como tú. Jamás... —le traicionó la voz y sacudió la cabeza—. Esto tiene que ser un asunto estrictamente de negocios, especialmente ahora que sé que cocinas.
—¿Te excitan los hombres que cocinan? —preguntó Pedro con una enorme sonrisa.
—No es exactamente la cocina. Es lo que eso supone... —sacudió la cabeza—. Bueno, no importa. Tenemos un contrato y con esta lista pretendo poner algunas cuestiones al día. Y a partir de ahora, los besos serán estrictamente teatrales...
—Treinta segundos, alguna lengua de por medio de vez en cuando y mantener la imagen machista en beneficio de tu madre, ésa es mi propuesta.
—Veinticinco segundos y nada de lengua.
—Veinte segundos y lo de la lengua dejamos que lo defina el momento.
—Trato hecho. Y también quiero que quede especificado el tiempo que vamos a pasar juntos. Cenaremos juntos todas las noches y tras la cena pasaremos una hora hablando o viendo la televisión, con mi madre claro. Después tú dirás que tienes que irte. El viernes por la noche, serán dos horas en vez de una. Y el sábado...
—El sábado lo tengo ocupado.
—Deja que lo adivine: ¿Tienes que beber cerveza con un sujetador en la cabeza?
—Tengo que ir a pescar con uno de los niños del orfanato.
—Oh, no —musitó Paula—. De acuerdo, el sábado estás ocupado. Reservaré lo del vestido de bodas para ese día. Puedes venir a cenar con nosotras esa noche y no hará falta que te quedes después. El lunes comenzaremos otra vez y así hasta el miércoles. Mi madre se va el jueves a Miami y nuestro contrato habrá terminado, al menos esta parte. Todavía no hemos hablado nada de las tartas.
—Y de la cuestión de la atracción —la recorrió lenta y seductoramente con la mirada.
—No me siento atraía por tí —contestó ella a la defensiva. Al ver que Pedro arqueaba una ceja con expresión irónica, suspiró—: De acuerdo, tienes razón, me atraes, sí, pero sólo es una cuestión hormonal —metió la lista doblada en el maletín y miró el reloj.
—¿Por qué tienes tanta prisa?
—He quedado con mi madre dentro de quince minutos. Tenemos que ir a ver invitaciones de boda.
—Parece que me están planificando el futuro.
—Sólo vamos a ver invitaciones.
—No se te ocurra elegirlas con flores. Prefiero un velero o algo así.
—¿En nuestra invitación de boda?
—O quizá podamos poner el ogotipo de Wild Man. Sería una buena publicidad. Deberías pedir que las imprimieran.
—No vamos a casarnos. Te prometo que antes de poner tu estúpido logotipo en una invitación de boda soy capaz de bailar desnuda delante de una cámara de televisión.
—Nuestra invitación, y ten cuidado con lo que prometes, porque me están entrando ganas de hacerte cumplir tu promesa.
—Tú limítate a venir a cenar a mi casa a las seis —y comenzó a alejarse de allí.
—Allí estaré.
—¿Te excitan los hombres que cocinan? —preguntó Pedro con una enorme sonrisa.
—No es exactamente la cocina. Es lo que eso supone... —sacudió la cabeza—. Bueno, no importa. Tenemos un contrato y con esta lista pretendo poner algunas cuestiones al día. Y a partir de ahora, los besos serán estrictamente teatrales...
—Treinta segundos, alguna lengua de por medio de vez en cuando y mantener la imagen machista en beneficio de tu madre, ésa es mi propuesta.
—Veinticinco segundos y nada de lengua.
—Veinte segundos y lo de la lengua dejamos que lo defina el momento.
—Trato hecho. Y también quiero que quede especificado el tiempo que vamos a pasar juntos. Cenaremos juntos todas las noches y tras la cena pasaremos una hora hablando o viendo la televisión, con mi madre claro. Después tú dirás que tienes que irte. El viernes por la noche, serán dos horas en vez de una. Y el sábado...
—El sábado lo tengo ocupado.
—Deja que lo adivine: ¿Tienes que beber cerveza con un sujetador en la cabeza?
—Tengo que ir a pescar con uno de los niños del orfanato.
—Oh, no —musitó Paula—. De acuerdo, el sábado estás ocupado. Reservaré lo del vestido de bodas para ese día. Puedes venir a cenar con nosotras esa noche y no hará falta que te quedes después. El lunes comenzaremos otra vez y así hasta el miércoles. Mi madre se va el jueves a Miami y nuestro contrato habrá terminado, al menos esta parte. Todavía no hemos hablado nada de las tartas.
—Y de la cuestión de la atracción —la recorrió lenta y seductoramente con la mirada.
—No me siento atraía por tí —contestó ella a la defensiva. Al ver que Pedro arqueaba una ceja con expresión irónica, suspiró—: De acuerdo, tienes razón, me atraes, sí, pero sólo es una cuestión hormonal —metió la lista doblada en el maletín y miró el reloj.
—¿Por qué tienes tanta prisa?
—He quedado con mi madre dentro de quince minutos. Tenemos que ir a ver invitaciones de boda.
—Parece que me están planificando el futuro.
—Sólo vamos a ver invitaciones.
—No se te ocurra elegirlas con flores. Prefiero un velero o algo así.
—¿En nuestra invitación de boda?
—O quizá podamos poner el ogotipo de Wild Man. Sería una buena publicidad. Deberías pedir que las imprimieran.
—No vamos a casarnos. Te prometo que antes de poner tu estúpido logotipo en una invitación de boda soy capaz de bailar desnuda delante de una cámara de televisión.
—Nuestra invitación, y ten cuidado con lo que prometes, porque me están entrando ganas de hacerte cumplir tu promesa.
—Tú limítate a venir a cenar a mi casa a las seis —y comenzó a alejarse de allí.
—Allí estaré.
Dulce Amor: Capítulo 31
Paula sonrió e, inmediatamente, soltó una carcajada.
—Lo siento. Por un segundo me ha parecido oírle decir que Pedro estaba preparando salsa enla cocina.
—La mejor salsa de Texas. La receta es suya, ¿Sabes? Cuando él todavía jugaba al fútbol y yo estaba estudiando, nos juntábamos los fines de semana para hacer barbacoas. En una de esas ocasiones, Pedro descubrió el ingrediente secreto que ha convertido su salsa en algo especial.
—¿Qué es?
—Secreto —oyó Paula tras ella.
Se volvió y se encontró frente a Pedro.
—En cualquier caso —continuó Diego— a todo el mundo le encanta esa salsa.
Pero Paula ya no lo escuchaba. Estaba ocupada mirando a Pedro con expresión acusadora.
—¡Tú cocinas!
—Sí.
—Pero... Pero no es justo. No puedes... Quiero decir... Cocinar para sustituir a una mujer que acaba de tener gemelos es un gesto demasiado sensible, impropio de tí, por no mencionar que es lo primero que...
—Estás divagando.
Paula cerró la boca y lo miró con recelo.
—¿De verdad eres el creador de esa salsa? ¿Y cómo es posible que yo no haya oído nada al respecto?
—Es un secreto muy bien guardado —intervino Diego—. Bueno, ya sabe, se supone que un hombre como Alfonso El Salvaje no se dedica a hacer salsas.
—Pero Pedro Alfonso sí —señaló Paula.
—Exacto —Diego se volvió hacia Pedro—. Tengo que irme. Tengo una reunión con los directores de cada restaurante para analizar los presupuestos.
—Asegúrate de hablar de las subidas... —Pedo se interrumpió para olfatear—. ¿Qué olor es ése? —se inclinó hacia Diego—. Eres tú. Es tu pelo.
—Ah, eso —Diego sonrió—. Es una poción de vinagre y mayonesa. Me la ha hecho Leticia.
—¿Y qué ha pasado con la loción que te iba a preparar a media noche?
—La falta de sueño me provocaría más estrés, y, consecuentemente, aumentaría la caída del cabello.
—Pero hueles a ensalada.
—Muy divertido —Diego dirigió a Pedro una dura mirada antes de volverse de nuevo hacia Paula—. Ha sido un placer volver a verla. Un verdadero placer. Ah, por cierto... —buscó en su maletín y sacó el periódico abierto por la página en la que aparecía el anuncio de boda—. Una foto genial.
—Caramba, la ha visto todo el mundo —dijo Paula en cuanto Diego se fue.
—Gracias a tí. Se suponía que todo esto lo íbamos a mantener en secreto.
—Mira Pedro, eso no ha sido cosa mía. Ha sido mi madre, y me encargaré de que se desmienta la noticia en cuanto todo esto haya terminado.
—¿Para eso has venido? ¿Para explicarme lo de la noticia?
—No, tenemos que hablar. He pensando que deberíamos revisar nuestro acuerdo, aclarar algunas cosas y...
—Ya hemos firmado el contrato, ahora no puedes retractarte.
—Lo que pretendo es dejar bien delimitadas tus obligaciones. Explicitar qué se espera exactamente de tí como prometido. De esta forma no correremos el riesgo de que se produzcan eh... malentendidos como el de la otra noche.
Pedro le apartó un mechón de pelo de la cara.
—Tú me besaste.
—Lo sé. Y no debería haberlo hecho. Ésa es la razón por la que he elaborado esta lista. Por cierto, he incluido en ella un apartado de besos —le tendió una hoja de papel—. Está permitido besar —continuó explicándole—, pero sólo delante de mi madre y con los labios, nada de lenguas. Y los besos no pueden pasar de quince segundos.
Pedro miró la lista y estuvo a punto de estallar en carcajadas. Y lo habría hecho, si la sangre no hubiera estado corriéndole por las venas a tal velocidad que lo único que podía hacer era intentar tranquilizarse para evitar un ataque al corazón.
—¿De verdad no quieres que te bese?
—No quiero que me beses de verdad. Sólo quiero besos fingidos.
—¿Estás hablando en serio? ¿De verdad no te gusto?
—Lo siento. Por un segundo me ha parecido oírle decir que Pedro estaba preparando salsa enla cocina.
—La mejor salsa de Texas. La receta es suya, ¿Sabes? Cuando él todavía jugaba al fútbol y yo estaba estudiando, nos juntábamos los fines de semana para hacer barbacoas. En una de esas ocasiones, Pedro descubrió el ingrediente secreto que ha convertido su salsa en algo especial.
—¿Qué es?
—Secreto —oyó Paula tras ella.
Se volvió y se encontró frente a Pedro.
—En cualquier caso —continuó Diego— a todo el mundo le encanta esa salsa.
Pero Paula ya no lo escuchaba. Estaba ocupada mirando a Pedro con expresión acusadora.
—¡Tú cocinas!
—Sí.
—Pero... Pero no es justo. No puedes... Quiero decir... Cocinar para sustituir a una mujer que acaba de tener gemelos es un gesto demasiado sensible, impropio de tí, por no mencionar que es lo primero que...
—Estás divagando.
Paula cerró la boca y lo miró con recelo.
—¿De verdad eres el creador de esa salsa? ¿Y cómo es posible que yo no haya oído nada al respecto?
—Es un secreto muy bien guardado —intervino Diego—. Bueno, ya sabe, se supone que un hombre como Alfonso El Salvaje no se dedica a hacer salsas.
—Pero Pedro Alfonso sí —señaló Paula.
—Exacto —Diego se volvió hacia Pedro—. Tengo que irme. Tengo una reunión con los directores de cada restaurante para analizar los presupuestos.
—Asegúrate de hablar de las subidas... —Pedo se interrumpió para olfatear—. ¿Qué olor es ése? —se inclinó hacia Diego—. Eres tú. Es tu pelo.
—Ah, eso —Diego sonrió—. Es una poción de vinagre y mayonesa. Me la ha hecho Leticia.
—¿Y qué ha pasado con la loción que te iba a preparar a media noche?
—La falta de sueño me provocaría más estrés, y, consecuentemente, aumentaría la caída del cabello.
—Pero hueles a ensalada.
—Muy divertido —Diego dirigió a Pedro una dura mirada antes de volverse de nuevo hacia Paula—. Ha sido un placer volver a verla. Un verdadero placer. Ah, por cierto... —buscó en su maletín y sacó el periódico abierto por la página en la que aparecía el anuncio de boda—. Una foto genial.
—Caramba, la ha visto todo el mundo —dijo Paula en cuanto Diego se fue.
—Gracias a tí. Se suponía que todo esto lo íbamos a mantener en secreto.
—Mira Pedro, eso no ha sido cosa mía. Ha sido mi madre, y me encargaré de que se desmienta la noticia en cuanto todo esto haya terminado.
—¿Para eso has venido? ¿Para explicarme lo de la noticia?
—No, tenemos que hablar. He pensando que deberíamos revisar nuestro acuerdo, aclarar algunas cosas y...
—Ya hemos firmado el contrato, ahora no puedes retractarte.
—Lo que pretendo es dejar bien delimitadas tus obligaciones. Explicitar qué se espera exactamente de tí como prometido. De esta forma no correremos el riesgo de que se produzcan eh... malentendidos como el de la otra noche.
Pedro le apartó un mechón de pelo de la cara.
—Tú me besaste.
—Lo sé. Y no debería haberlo hecho. Ésa es la razón por la que he elaborado esta lista. Por cierto, he incluido en ella un apartado de besos —le tendió una hoja de papel—. Está permitido besar —continuó explicándole—, pero sólo delante de mi madre y con los labios, nada de lenguas. Y los besos no pueden pasar de quince segundos.
Pedro miró la lista y estuvo a punto de estallar en carcajadas. Y lo habría hecho, si la sangre no hubiera estado corriéndole por las venas a tal velocidad que lo único que podía hacer era intentar tranquilizarse para evitar un ataque al corazón.
—¿De verdad no quieres que te bese?
—No quiero que me beses de verdad. Sólo quiero besos fingidos.
—¿Estás hablando en serio? ¿De verdad no te gusto?
lunes, 6 de agosto de 2018
Dulce Amor: Capítulo 30
—Mamá, hay algo que quiero decirte.
—Afortunadamente, parece que no estoy teniendo problemas de salud. Porque la verdad es que he dudado muy seriamente si podría llegar a asistir... —se llevó la mano al corazón, como sobrecogida por un dolor repentino— a tu boda.
—Mamá, ¿Qué te pasa?
—Es sólo un poco...
—¿Mamá?
—No es nada hija, sólo son gases. No ha sido nada serio. Por lo menos por esta vez.
—Será muy divertido ir de compras.
—Estupendo. Mañana mismo iremos.
—Mañana es lunes, mamá. Es el día de la semana que más trabajo tengo.
—Tómate el día libre, Lisa podrá ocuparse de todo. Y además, podremos adelantar trabajo si yo te ayudo en la cocina.
—¿Tú? ¿En mi cocina?
—Claro hija, así tendrás tiempo para venir de compras conmigo. Ni siquiera tendrás que pagarme, querida —su madre sonrió—. Y también tengo otra sorpresa para tí —le puso el periódico delante—. Seguro que esto te alegrará.
La mirada de Paula se quedó clavada en un titular de la sección de sociedad: El Rey de las Costillas, Alfonso El Salvaje, se casará con la Reina de las Tartas de Dallas. Paula desvió la mirada hacia la fotografía que ilustraba la noticia: había sido tomada el día que había descubierto que su adorado Batman era el mismísimo Pedro Alfonso, el día que Pedro la había besado delante de las cámaras.
—Mamá —susurró con el rostro blanco como el papel—, creo que voy a vomitar.
—Esto me recuerda a los viejos tiempos —comentó Alejandra mientras cortaba unos mangos con la eficacia de un chef profesional.
Paula sonrió. Tras haber pasado el domingo aterrorizada pensando en la ayuda que pretendía prestarle su madre, al final se había rendido a lo inevitable. Si Alejandra Chaves quería echarle una mano, lo único que podía hacer era tratarla como a cualquiera de los demás empleados y asignarle algunas tareas. Ninguna de ellas pesada, por supuesto. Había que cuidar su corazón.Sorprendentemente, su madre se mantuvo en todo momento concentrada en su trabajo.Que era, exactamente, lo que Paula tenía que hacer. Si el trabajo había funcionado con su madre, tendría que funcionar también con Pedro Alfonso.
Tras una ajetreada mañana de lunes, Paula se dirigió al primer restaurante de Pedro, decidida a resistir la presión de sus hormonas y a encauzar su relación con él, definiéndola de una forma estrictamente profesional.
—¡Señorita Chaves! —coincidió con Diego en el vestíbulo—. ¿Qué la trae por aquí?
—Necesito hablar de algunas cuestiones con Pedro. ¿Está en su despacho?
—Me temo que no. ¿No tendrían una cita, verdad?
—No, no. Pero se me ha ocurrido pasar por aquí para aclarar algunos detalles sobre nuestro contrato. ¿Dónde está entonces? ¿Haciéndose algunas fotos para publicidad? ¿Rodando algún anuncio?
—No, no. Está en la cocina. Karina, nuestra experta en salsas, ha tenido gemelos y Pedro la está sustituyendo. Este es el restaurante más grande de la cadena, las salsas se hacen aquí y se mandan los otros locales.
—Afortunadamente, parece que no estoy teniendo problemas de salud. Porque la verdad es que he dudado muy seriamente si podría llegar a asistir... —se llevó la mano al corazón, como sobrecogida por un dolor repentino— a tu boda.
—Mamá, ¿Qué te pasa?
—Es sólo un poco...
—¿Mamá?
—No es nada hija, sólo son gases. No ha sido nada serio. Por lo menos por esta vez.
—Será muy divertido ir de compras.
—Estupendo. Mañana mismo iremos.
—Mañana es lunes, mamá. Es el día de la semana que más trabajo tengo.
—Tómate el día libre, Lisa podrá ocuparse de todo. Y además, podremos adelantar trabajo si yo te ayudo en la cocina.
—¿Tú? ¿En mi cocina?
—Claro hija, así tendrás tiempo para venir de compras conmigo. Ni siquiera tendrás que pagarme, querida —su madre sonrió—. Y también tengo otra sorpresa para tí —le puso el periódico delante—. Seguro que esto te alegrará.
La mirada de Paula se quedó clavada en un titular de la sección de sociedad: El Rey de las Costillas, Alfonso El Salvaje, se casará con la Reina de las Tartas de Dallas. Paula desvió la mirada hacia la fotografía que ilustraba la noticia: había sido tomada el día que había descubierto que su adorado Batman era el mismísimo Pedro Alfonso, el día que Pedro la había besado delante de las cámaras.
—Mamá —susurró con el rostro blanco como el papel—, creo que voy a vomitar.
—Esto me recuerda a los viejos tiempos —comentó Alejandra mientras cortaba unos mangos con la eficacia de un chef profesional.
Paula sonrió. Tras haber pasado el domingo aterrorizada pensando en la ayuda que pretendía prestarle su madre, al final se había rendido a lo inevitable. Si Alejandra Chaves quería echarle una mano, lo único que podía hacer era tratarla como a cualquiera de los demás empleados y asignarle algunas tareas. Ninguna de ellas pesada, por supuesto. Había que cuidar su corazón.Sorprendentemente, su madre se mantuvo en todo momento concentrada en su trabajo.Que era, exactamente, lo que Paula tenía que hacer. Si el trabajo había funcionado con su madre, tendría que funcionar también con Pedro Alfonso.
Tras una ajetreada mañana de lunes, Paula se dirigió al primer restaurante de Pedro, decidida a resistir la presión de sus hormonas y a encauzar su relación con él, definiéndola de una forma estrictamente profesional.
—¡Señorita Chaves! —coincidió con Diego en el vestíbulo—. ¿Qué la trae por aquí?
—Necesito hablar de algunas cuestiones con Pedro. ¿Está en su despacho?
—Me temo que no. ¿No tendrían una cita, verdad?
—No, no. Pero se me ha ocurrido pasar por aquí para aclarar algunos detalles sobre nuestro contrato. ¿Dónde está entonces? ¿Haciéndose algunas fotos para publicidad? ¿Rodando algún anuncio?
—No, no. Está en la cocina. Karina, nuestra experta en salsas, ha tenido gemelos y Pedro la está sustituyendo. Este es el restaurante más grande de la cadena, las salsas se hacen aquí y se mandan los otros locales.
Dulce Amor: Capítulo 29
—La que me está volviendo loca es mi madre, y Pedro Alfonso y...
—Eso es lo que te estoy diciendo. Necesitas una noche de pasión y sexo con ese hombre al que deseas intensamente.
—Tienes razón. Le deseo y él me desea. Pero estoy asustada.
—Entonces llámalo y dile que has cambiado de opinión.
—Son las tres de la madrugada, mañana tengo muchas cosas que hacer... Mejor dicho, hoy.
—Pero si hoy es domingo.
—Y yo soy la única propietaria de esta empresa. Tengo muchas responsabilidades.
—Y también eres una mujer y tienes ciertas necesidades.
Una mujer desesperada, admitió después de colgar.
—Tienes un aspecto tan terrible como esta cocina —dijo Alejandra cuando Paula se sentó a la mañana siguiente a la mesa. Señaló con la mirada el envase de helado vacío y sonrió—. Parece que tú y Pedro estaban hambrientos...
—¡Mamá!
—No tienes por qué avergonzarte, yo también he sido joven. Cuando estábamos comprometidos, no éramos capaces de quitarnos las manos de encima.
—No quiero oírlo, mamá.
—Nos íbamos al campo y nos montábamos en la parte de atrás de su furgoneta...
—Por favor, para.
—Él me abrazaba...
—Creo que me estoy mareando.
—Me tocaba justo aquí —Alejandra señaló y Paula cerró los ojos— y me volvía completamente loca.
—¡Cómete una pasta, mamá! —Paula le puso la fuente delante.
—Ah, de crema de queso. Mi favorita —Alejandra tomó una pasta—. Después de una noche de aquéllas era capaz de comerme cualquier cosa así que te comprendo perfectamente. Bueno, y ahora hablemos de la boda.
—¿Qué tal está la pasta, mamá?
—Muy rica, cariño. Por lo visto Pedro y tú están pensando en un largo noviazgo, ¿Verdad? Todavía no han puesto fecha de boda, pero deberías pensar en casarte pronto, puesto que parece que se están preparando para tener una familia ¿Eh?... Supongo que Pedro no estará metiendo el coche en el garaje sin ponerle la capota, ¿Verdad?
—¡No!
—Porque ya sé yo que al calor del momento una se olvida hasta de su nombre.
—Cómete otra pasta, mamá.
—Gracias, hija. Y ahora volvamos a lo de la boda. Quiero ayudarte a hacer todos los preparativos así que he estado pensando en cancelar el crucero.
—Imposible. Ya está pagado. Y además, necesitas descansar.
—Eso es exactamente lo que ha dicho el médico y, por supuesto, tiene razón. ¿Pero cómo voy a disfrutar de esas comidas maravillosas y de mi Bloody Mary diario si me siento culpable por haber dejado sola a mi niña cuando más me necesita?
—Estaré perfectamente, mamá.
—Claro que lo estarás, pero en cuanto te haya ayudado a quitarte de en medio algunos de los preparativos. Y es la razón por la que mañana mismo vamos a salir de compras.
—¿De compras?
—Tenemos que empezar a pensar en las invitaciones de boda. Después nos iremos a mirar los trajes y la música. Y luego...
—Pero mamá...
—Ya sabes cariño que vivo para ver ese día —su madre sonrió y sus ojos brillaron de puro júbilo.
Paula tenía que aclarar la situación. Cuanto mayor fuera la alegría de su madre, más dura sería la caída.
—Eso es lo que te estoy diciendo. Necesitas una noche de pasión y sexo con ese hombre al que deseas intensamente.
—Tienes razón. Le deseo y él me desea. Pero estoy asustada.
—Entonces llámalo y dile que has cambiado de opinión.
—Son las tres de la madrugada, mañana tengo muchas cosas que hacer... Mejor dicho, hoy.
—Pero si hoy es domingo.
—Y yo soy la única propietaria de esta empresa. Tengo muchas responsabilidades.
—Y también eres una mujer y tienes ciertas necesidades.
Una mujer desesperada, admitió después de colgar.
—Tienes un aspecto tan terrible como esta cocina —dijo Alejandra cuando Paula se sentó a la mañana siguiente a la mesa. Señaló con la mirada el envase de helado vacío y sonrió—. Parece que tú y Pedro estaban hambrientos...
—¡Mamá!
—No tienes por qué avergonzarte, yo también he sido joven. Cuando estábamos comprometidos, no éramos capaces de quitarnos las manos de encima.
—No quiero oírlo, mamá.
—Nos íbamos al campo y nos montábamos en la parte de atrás de su furgoneta...
—Por favor, para.
—Él me abrazaba...
—Creo que me estoy mareando.
—Me tocaba justo aquí —Alejandra señaló y Paula cerró los ojos— y me volvía completamente loca.
—¡Cómete una pasta, mamá! —Paula le puso la fuente delante.
—Ah, de crema de queso. Mi favorita —Alejandra tomó una pasta—. Después de una noche de aquéllas era capaz de comerme cualquier cosa así que te comprendo perfectamente. Bueno, y ahora hablemos de la boda.
—¿Qué tal está la pasta, mamá?
—Muy rica, cariño. Por lo visto Pedro y tú están pensando en un largo noviazgo, ¿Verdad? Todavía no han puesto fecha de boda, pero deberías pensar en casarte pronto, puesto que parece que se están preparando para tener una familia ¿Eh?... Supongo que Pedro no estará metiendo el coche en el garaje sin ponerle la capota, ¿Verdad?
—¡No!
—Porque ya sé yo que al calor del momento una se olvida hasta de su nombre.
—Cómete otra pasta, mamá.
—Gracias, hija. Y ahora volvamos a lo de la boda. Quiero ayudarte a hacer todos los preparativos así que he estado pensando en cancelar el crucero.
—Imposible. Ya está pagado. Y además, necesitas descansar.
—Eso es exactamente lo que ha dicho el médico y, por supuesto, tiene razón. ¿Pero cómo voy a disfrutar de esas comidas maravillosas y de mi Bloody Mary diario si me siento culpable por haber dejado sola a mi niña cuando más me necesita?
—Estaré perfectamente, mamá.
—Claro que lo estarás, pero en cuanto te haya ayudado a quitarte de en medio algunos de los preparativos. Y es la razón por la que mañana mismo vamos a salir de compras.
—¿De compras?
—Tenemos que empezar a pensar en las invitaciones de boda. Después nos iremos a mirar los trajes y la música. Y luego...
—Pero mamá...
—Ya sabes cariño que vivo para ver ese día —su madre sonrió y sus ojos brillaron de puro júbilo.
Paula tenía que aclarar la situación. Cuanto mayor fuera la alegría de su madre, más dura sería la caída.
Dulce Amor: Capítulo 28
Algunos botones de la camisa de Pedro se desprendieron. El encaje del sujetador se desgarró. Pedro acarició sus senos y Paula cerró los ojos, completamente entregada a aquel placer exquisito. Los papeles volaron, los bolígrafos rodaron al suelo mientras ella iba tumbándose lentamente en el escritorio. Sentía los fuertes dedos de él jugando con sus pezones y su húmeda lengua acariciando su cuello. Antes de que Pedro acercara los labios a sus senos, había gozado ya del calor de su aliento. Paula, jadeó y se arqueó suavemente, en una silenciosa invitación. Pedro la aceptó inmediatamente. Se apoderó de sus pezones, primero de uno y luego de otro. Más, más, más, gritaban las hormonas de Paula... O quizá fuera su boca. No estaba segura. De lo único que estaba segura era que Zach obedecía complacido a su súplica. De pronto, se dio cuenta de que le estaba desabrochando la falda. A los pocos segundos estaba besando el pequeño montículo que ocultaban sus bragas. Ella se arqueó sobre el escritorio como si acabara de recibir una descarga eléctrica. El teclado del ordenador botó. En la pantalla aparecieron docenas de colores y un profundo pitido le hizo regresar a la realidad. Al caos en el que se había convertido su escritorio y al hecho de que estaba semidesnuda.
—Yo... Tenemos que parar.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿Estás hablando en serio? —parecía estupefacto. Y excitado. Y muy, pero que muy sexy.
—Mira, hace mucho tiempo que no hacía nada de esto y la verdad es que me encantaría hacerlo ahora, pero tengo mucho trabajo que hacer y en realidad noestamos saliendo juntos y... —alargó las manos buscando algo, cualquier cosa que pudiera interponerse entre ellos, palmeó los platos que les había llevado su madre y sonrió—. Pero siempre podemos compartir unos trozos de queso.
—Me comí una fuente entera de queso —Paula estaba en la cocina del piso de abajo, sujetando el teléfono con la barbilla y el hombro mientras metía la cuchara en un bote de helado de chocolate—. Y todo por culpa de Pedro Alfonso.
—Así que le ofreciste queso en vez de sexo —rió Zaira—. Estoy segura de que es la primera vez que le ocurre algo parecido.
—Lo odio. ¿Y sabes lo que hizo? Se marchó.
—Pero tú le dijiste que se fuera.
—Pero no era eso lo que quería ¿Qué me pasa, Zai? Por supuesto que quería que se fuera. Ese hombre no tenía ningún derecho a besarme.
—Pero tú lo besaste primero.
—Así no me vas a ayudar a sentirme mejor, Zai.
—Y tampoco lo estoy intentando. Soy tu amiga, y tengo la obligación de ser sincera contigo. Estás sexualmente frustrada, y eso es lo que te está volviendo loca.
—Yo... Tenemos que parar.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿Estás hablando en serio? —parecía estupefacto. Y excitado. Y muy, pero que muy sexy.
—Mira, hace mucho tiempo que no hacía nada de esto y la verdad es que me encantaría hacerlo ahora, pero tengo mucho trabajo que hacer y en realidad noestamos saliendo juntos y... —alargó las manos buscando algo, cualquier cosa que pudiera interponerse entre ellos, palmeó los platos que les había llevado su madre y sonrió—. Pero siempre podemos compartir unos trozos de queso.
—Me comí una fuente entera de queso —Paula estaba en la cocina del piso de abajo, sujetando el teléfono con la barbilla y el hombro mientras metía la cuchara en un bote de helado de chocolate—. Y todo por culpa de Pedro Alfonso.
—Así que le ofreciste queso en vez de sexo —rió Zaira—. Estoy segura de que es la primera vez que le ocurre algo parecido.
—Lo odio. ¿Y sabes lo que hizo? Se marchó.
—Pero tú le dijiste que se fuera.
—Pero no era eso lo que quería ¿Qué me pasa, Zai? Por supuesto que quería que se fuera. Ese hombre no tenía ningún derecho a besarme.
—Pero tú lo besaste primero.
—Así no me vas a ayudar a sentirme mejor, Zai.
—Y tampoco lo estoy intentando. Soy tu amiga, y tengo la obligación de ser sincera contigo. Estás sexualmente frustrada, y eso es lo que te está volviendo loca.
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