miércoles, 8 de agosto de 2018

Dulce Amor: Capítulo 34

El  lunes  marcó  el  ritmo  que  siguieron  los  días  siguientes.  El  martes  Pedro les  llevó  globos.  El  miércoles  bombones.  Y  el  jueves  camisetas  con  propaganda  de  su  cadena  de  establecimientos.  El  viernes  se  presentó  con  el  último  regalo:  un  frasco  enorme  de  salsa  barbacoa  hecho  en  casa,  y  Alejandra decidió  incluir  a  su  futuro  yerno  en su testamento. Paula por su parte, estaba viviendo un infierno. Quería, necesitaba resistirse a Pedro. Pero cada vez que lo veía, su corazón se aceleraba y le temblaban las piernas. Cada  vez  que  llamaban  a  la  puerta,  corría  con  la  esperanza  de  encontrarlo  tras  ella,  con sus regalos. Porque desde el lunes, él llevaba dos regalos. Uno para su madre y otro para ella. La  camiseta,  particularmente,  le  encantó.  Durmió  con  ella,  dejando  que  el  atractivo rostro de Pedro que aparecía impreso en ella acariciara sus senos durante la noche.Era  un  problema  hormonal,  se  dijo  a  sí  misma.  Era  un  hombre  atractivo,  seductor. Irresistible para la mayoría de las mujeres... Ella llevaba mucho tiempo sin tener  relaciones  sexuales  y  Pedro era  un  ejemplar  de  primera.  Era  una  cuestión  de  química, nada más. Y en cuanto se marchara su madre, se despediría también de su prometido y de aquellos besos demasiado largos para su salud mental y demasiado cortos para sus traicioneras hormonas.

—Añade otra bolsa de azúcar a la mezcla número uno y ya estará preparada la crema.

Paula recorría  la  cocina  sintiéndose  como  si  por  fin  hubiera  vuelto  a  ser  ella misma.  Como  era  sábado,  estaba  trabajando  con  un  equipo  reducido:  Jimena,  Martín,  Marta y  Franco.  Su  madre  estaba  en  la  peluquería  con  Zaira,  que  prácticamente  se  había visto obligada a marcharse con ella. Tras haber visto alejarse a una nerviosa Zaira con su madre,  se había duchado  rápidamente,  se  había  tomado  tres  refrescos  bajos  en  calorías  y  había  pasado media hora al ordenador, planificando el trabajo del día.Y,  afortunadamente,  estaba  demasiado  ocupada  para  pensar  siquiera  en  Pedro.  Y para pensar en comer. Aquella mañana había iniciado una nueva dieta: tres vasos de limonada tres veces al día. Por fin el mundo parecía funcionar como debía. Terminó de cortar los plátanos, los colocó en una fuente y se acercó a la zona en la que estaban las batidoras. Se detuvo ante la batidora número tres.

—Ésta va demasiado rápido —comentó.

—Es  por  culpa  de  Martín—replicó  Jimena inmediatamente—.  Ya  le  dije  que  no  tocara el equipo.

Martín dejó de empaquetar tartas y alzó las manos.

—¡Estas manos están hechas para los electrodomésticos!

—Pues  resérvalas  para  los  tuyos  —rió  Paula,  con  la  bandeja  de  plátanos  en  una  mano  mientras  se  inclinaba  para  ajustar  la  velocidad  de  la  batidora—.  Vete  a  etiquetar  cajas  con  Marta  y  con  Franco.  Hoy  tenemos  que  entregar  seis  docenas  de  tartas.

Dulce Amor: Capítulo 33

—Aquí estoy. Listo y dispuesto.

—Y  tarde  —repuso Paula—.  Media  hora  tarde.  ¿Sabes  lo  preocupada  que  he  estado? Deberías haber llamado. Pensaba que habías tenido un accidente.

—He  estado  en  la  floristería  —le  tendió  un  ramo  de  doce  rosas  rojas—.  Y  después he tenido que soportar un atasco.

—¿Flores? ¿Me has comprado flores? ¿Cómo has podido hacer una cosa así?

—¿No te gustan las flores?

—Me  encantan  las  flores  —lo  miró  con  rabia—.  Este  ha  sido  un  truco  muy  sucio, Pedro.

—¡Paula! ¿Es Pedro? —Alejandra apareció en el pasillo con un champiñón en una mano  y  un  camarón  en  la  otra—.  ¡Hola,  Pedro!  ¡Qué  alegría  verte!  Espero  que  no  te  importe  que  haya  empezado  a  cenar  sin  tí.  Pero  estaba  todo  tan  apetitoso  que  no  podía esperar... ¡Rosas!

—Te las ha comprado Pedro—Paula le entregó las rosas a su madre.

—¿Son  para  mí?  ¡Oh,  qué  encanto!  Celina Wilhem  hizo  que  le  llevaran  las  flores  de  la  boda  desde  Connecticut,  pero  no  eran  ni  de  lejos  tan  hermosas  como  éstas.

—Voy  a  calentar  la  cena  —Paula se  retiró  a  la  cocina,  estableciendo  así  la  pauta que iba a repetirse durante el resto de la noche.

Avance, retirada. Avance, retirada. Cada  vez  que  Pedro avanzaba,  con  su  intensa  mirada,  con  el  ocasional  roce  de  sus manos... Paula se retiraba a la cocina, al baño o a cualquier otro lugar en el que pudiera recordarse las razones por las que Pedro Alfonso no debería atraerla. Era  el  típico  macho.  Dominante.  Posesivo...  Ella  era  una  mujer,  y  Alfonso El Salvaje trataba a todas las mujeres de la misma manera. Además, sus abrazos, sus sonrisas  seductoras  y  sus  miradas  radiantes  tenían  como  único  fin  convencer  a  Alejandra de que eran una pareja enamorada. Su madre  estaba  contenta  y   ésa   era   exactamente   lo   que Paula quería.   El   problema  era  que  se  descubría  a  sí  misma  respondiendo  a  sus  avances  con  una  sonrisa. Aceptándolos. Deseándolos. Oh no... Ignoró rápidamente aquella evidencia y se concentró en pasar lo mejor posible la última hora de velada compartida que les quedaba. Hora que dedicaron a discutir sobre las invitaciones que habían escogido.

A  Pedro le  encantaron  las  invitaciones  con  veleros  mientras  que  Alejandra se  inclinaba  por  las  de  flores.  Paula prometió  tomar  una  decisión  esa  misma  noche,  empujó a Pedro hasta la puerta, se despidió de él y se encerró en su despacho. Pero  ni  siquiera  las  facturas  y  la  planificación  del  trabajo  del  día  siguiente sirvieron  para  sosegarla.  A  la  mañana  siguiente,  se  levantó  media  hora  antes  de  lo  habitual, pero decidida a no conceder ninguna importancia a los tórridos sueños que le habían impedido descansar. ¿Que  había  soñado  con  Pedro?  ¿Y  qué  importancia  podía  tener  eso?  Eso  no  significaba que estuviera enamorada de Pedro Alfonso.

Dulce Amor: Capítulo 32

—Bueno, claro que me gustas. Quiero decir que, probablemente, se esconda una persona amable y agradable debajo de esa repugnante fachada de machismo, que en realidad es lo que más le gusta a mi madre de tí. Aunque yo, personalmente, prefiero a los hombres sensibles, sinceros, dulces... Pero no como tú. Jamás... —le traicionó la voz  y  sacudió  la  cabeza—.  Esto  tiene  que  ser  un  asunto  estrictamente  de  negocios,  especialmente ahora que sé que cocinas.

—¿Te  excitan  los  hombres  que  cocinan?  —preguntó  Pedro con  una  enorme  sonrisa.

—No  es  exactamente  la  cocina.  Es  lo  que  eso  supone...  —sacudió  la  cabeza—. Bueno,  no  importa.  Tenemos  un  contrato  y  con  esta  lista  pretendo  poner  algunas  cuestiones al día. Y a partir de ahora, los besos serán estrictamente teatrales...

—Treinta segundos, alguna lengua de por medio de vez en cuando y mantener la imagen machista en beneficio de tu madre, ésa es mi propuesta.

—Veinticinco segundos y nada de lengua.

—Veinte segundos y lo de la lengua dejamos que lo defina el momento.

—Trato hecho. Y también quiero que quede especificado el tiempo que vamos a pasar  juntos.  Cenaremos  juntos  todas  las  noches  y  tras  la  cena  pasaremos  una  hora  hablando o viendo la televisión, con mi madre claro. Después tú dirás que tienes que irte. El viernes por la noche, serán dos horas en vez de una. Y el sábado...

—El sábado lo tengo ocupado.

—Deja que lo adivine: ¿Tienes que beber cerveza con un sujetador en la cabeza?

—Tengo que ir a pescar con uno de los niños del orfanato.

—Oh, no —musitó  Paula—.  De  acuerdo,  el  sábado  estás  ocupado.  Reservaré  lo  del  vestido  de  bodas  para  ese  día.  Puedes  venir  a  cenar  con  nosotras  esa  noche  y  no  hará  falta  que  te  quedes  después.  El  lunes  comenzaremos  otra  vez  y  así  hasta  el  miércoles. Mi madre se va el jueves a Miami y nuestro contrato habrá terminado, al menos esta parte. Todavía no hemos hablado nada de las tartas.

 —Y  de  la  cuestión  de  la  atracción  —la  recorrió  lenta  y  seductoramente  con  la  mirada.

—No  me  siento  atraía  por  tí  —contestó  ella  a  la  defensiva.  Al  ver  que  Pedro arqueaba  una  ceja  con  expresión  irónica,  suspiró—:  De  acuerdo,  tienes  razón,  me  atraes, sí, pero sólo es una cuestión hormonal —metió la lista doblada en el maletín y miró el reloj.

—¿Por qué tienes tanta prisa?

—He  quedado  con  mi  madre  dentro  de  quince  minutos.  Tenemos  que  ir  a  ver  invitaciones de boda.

—Parece que me están planificando el futuro.

—Sólo vamos a ver invitaciones.

—No se te ocurra elegirlas con flores. Prefiero un velero o algo así.

—¿En nuestra invitación de boda?

—O  quizá  podamos  poner  el   ogotipo  de  Wild  Man.   Sería   una   buena   publicidad. Deberías pedir que las imprimieran.

—No vamos a casarnos. Te prometo que antes de poner tu estúpido logotipo en una  invitación  de  boda  soy  capaz  de  bailar  desnuda  delante  de  una  cámara  de  televisión.

—Nuestra  invitación,  y  ten  cuidado  con  lo  que  prometes,  porque  me  están  entrando ganas de hacerte cumplir tu promesa.

—Tú limítate a venir a cenar a mi casa a las seis —y comenzó a alejarse de allí.

—Allí estaré.

Dulce Amor: Capítulo 31

Paula sonrió e, inmediatamente, soltó una carcajada.

—Lo  siento.  Por  un  segundo  me  ha  parecido  oírle  decir  que  Pedro estaba  preparando salsa enla cocina.

—La mejor salsa de Texas. La receta es suya, ¿Sabes? Cuando él todavía jugaba al fútbol  y  yo  estaba  estudiando,  nos  juntábamos  los  fines  de  semana  para  hacer  barbacoas.  En  una  de  esas  ocasiones,  Pedro descubrió  el  ingrediente  secreto  que  ha  convertido su salsa en algo especial.

—¿Qué es?

—Secreto —oyó Paula tras ella.

Se volvió y se encontró frente a Pedro.

—En cualquier caso —continuó Diego— a todo el mundo le encanta esa salsa.

Pero Paula ya no lo escuchaba. Estaba ocupada mirando a Pedro con expresión acusadora.

—¡Tú cocinas!

—Sí.

—Pero... Pero no es justo. No puedes... Quiero decir... Cocinar para sustituir a una mujer que acaba de tener gemelos es un gesto demasiado sensible, impropio de tí, por no mencionar que es lo primero que...

—Estás divagando.

Paula cerró la boca y lo miró con recelo.

—¿De  verdad  eres  el  creador  de  esa  salsa?  ¿Y  cómo  es  posible  que  yo  no  haya  oído nada al respecto?

—Es  un  secreto  muy  bien  guardado  —intervino  Diego—.  Bueno,  ya  sabe,  se  supone que un hombre como Alfonso El Salvaje no se dedica a hacer salsas.

—Pero Pedro Alfonso sí —señaló Paula.

—Exacto —Diego se volvió hacia Pedro—. Tengo que irme. Tengo una reunión con los directores de cada restaurante para analizar los presupuestos.

—Asegúrate de hablar de las subidas... —Pedo se interrumpió para olfatear—. ¿Qué olor es ése? —se inclinó hacia Diego—. Eres tú. Es tu pelo.

—Ah, eso  —Diego sonrió—.  Es  una  poción  de  vinagre  y  mayonesa.  Me  la  ha  hecho Leticia.

—¿Y qué ha pasado con la loción que te iba a preparar a media noche?

—La falta de sueño me provocaría más estrés, y, consecuentemente, aumentaría la caída del cabello.

—Pero hueles a ensalada.

—Muy  divertido  —Diego dirigió  a  Pedro una  dura  mirada  antes  de  volverse  de  nuevo  hacia  Paula—.  Ha  sido  un  placer  volver  a  verla.  Un  verdadero  placer.  Ah,  por cierto... —buscó en su maletín y sacó el periódico abierto por la página en la que aparecía el anuncio de boda—. Una foto genial.

—Caramba, la ha visto todo el mundo —dijo Paula en cuanto Diego se fue.

—Gracias a tí. Se suponía que todo esto lo íbamos a mantener en secreto.

—Mira Pedro, eso no ha sido cosa mía. Ha sido mi madre, y me encargaré de que se desmienta la noticia en cuanto todo esto haya terminado.

—¿Para eso has venido? ¿Para explicarme lo de la noticia?

—No,  tenemos  que  hablar.  He  pensando  que  deberíamos  revisar  nuestro  acuerdo, aclarar algunas cosas y...

—Ya hemos firmado el contrato, ahora no puedes retractarte.

—Lo que pretendo es dejar bien delimitadas tus obligaciones. Explicitar qué se espera exactamente de tí como prometido. De esta forma no correremos el riesgo de que se produzcan eh... malentendidos como el de la otra noche.

Pedro le apartó un mechón de pelo de la cara.

—Tú me besaste.

—Lo  sé.  Y  no  debería  haberlo  hecho.  Ésa  es  la  razón  por  la  que  he  elaborado  esta lista. Por cierto, he incluido en ella un apartado de besos —le tendió una hoja de papel—.  Está  permitido  besar  —continuó  explicándole—,  pero  sólo  delante  de  mi  madre  y  con  los  labios,  nada  de  lenguas.  Y  los  besos  no  pueden  pasar  de  quince  segundos.

Pedro miró la lista y estuvo a punto de estallar en carcajadas. Y lo habría hecho, si la sangre no hubiera estado corriéndole por las venas a tal velocidad que lo único que podía hacer era intentar tranquilizarse para evitar un ataque al corazón.

—¿De verdad no quieres que te bese?

—No quiero que me beses de verdad. Sólo quiero besos fingidos.

—¿Estás hablando en serio? ¿De verdad no te gusto?

lunes, 6 de agosto de 2018

Dulce Amor: Capítulo 30

—Mamá, hay algo que quiero decirte.

—Afortunadamente, parece que no estoy teniendo problemas de salud. Porque la verdad es que he dudado muy seriamente si podría llegar a asistir... —se llevó la mano al corazón, como sobrecogida por un dolor repentino— a tu boda.

—Mamá, ¿Qué te pasa?

—Es sólo un poco...

—¿Mamá?

—No es nada hija, sólo son gases. No ha sido nada serio. Por lo menos por esta vez.

—Será muy divertido ir de compras.

—Estupendo. Mañana mismo iremos.

—Mañana es lunes, mamá. Es el día de la semana que más trabajo tengo.

—Tómate  el  día  libre,  Lisa  podrá  ocuparse  de  todo.  Y  además,  podremos  adelantar trabajo si yo te ayudo en la cocina.

—¿Tú? ¿En mi cocina?

—Claro  hija,  así  tendrás  tiempo  para  venir  de  compras  conmigo.  Ni  siquiera  tendrás  que  pagarme,  querida  —su  madre  sonrió—.  Y  también  tengo  otra  sorpresa  para tí —le puso el periódico delante—. Seguro que esto te alegrará.

La mirada de Paula se quedó clavada en un titular de la sección de sociedad: El Rey de las Costillas, Alfonso El Salvaje, se casará con la Reina de las Tartas de Dallas. Paula desvió  la  mirada  hacia  la  fotografía  que  ilustraba  la  noticia:  había  sido  tomada el día que había descubierto que su adorado Batman era el mismísimo Pedro Alfonso, el día que Pedro la había besado delante de las cámaras.

—Mamá —susurró  con  el  rostro  blanco  como  el  papel—,  creo  que  voy  a  vomitar.

—Esto  me  recuerda  a  los  viejos  tiempos  —comentó  Alejandra mientras  cortaba  unos mangos con la eficacia de un chef profesional.

Paula sonrió.  Tras  haber  pasado  el  domingo  aterrorizada  pensando  en  la  ayuda  que  pretendía  prestarle  su  madre,  al  final  se  había  rendido  a  lo  inevitable.  Si  Alejandra Chaves quería echarle una mano, lo único que podía hacer era tratarla como a cualquiera  de  los  demás  empleados  y  asignarle  algunas  tareas.  Ninguna  de  ellas  pesada, por supuesto. Había que cuidar su corazón.Sorprendentemente, su madre se mantuvo en todo momento concentrada en su trabajo.Que  era,  exactamente,  lo  que  Paula tenía  que  hacer.  Si  el  trabajo  había  funcionado con su madre, tendría que funcionar también con Pedro Alfonso.

Tras una ajetreada mañana de lunes, Paula se dirigió al primer restaurante de Pedro,  decidida  a  resistir  la  presión  de  sus  hormonas  y  a  encauzar  su  relación  con  él, definiéndola de una forma estrictamente profesional.

—¡Señorita Chaves! —coincidió con Diego en el vestíbulo—. ¿Qué la trae por aquí?

—Necesito hablar de algunas cuestiones con Pedro. ¿Está en su despacho?

—Me temo que no. ¿No tendrían una cita, verdad?

—No,  no.  Pero  se  me  ha  ocurrido  pasar  por  aquí  para  aclarar  algunos  detalles  sobre  nuestro  contrato.  ¿Dónde  está  entonces?  ¿Haciéndose  algunas  fotos  para  publicidad? ¿Rodando algún anuncio?

—No, no. Está en la cocina. Karina, nuestra experta en salsas, ha tenido gemelos y Pedro la  está  sustituyendo.  Este  es  el  restaurante  más  grande  de  la  cadena,  las  salsas  se hacen aquí y se mandan los otros locales.

Dulce Amor: Capítulo 29

—La que me está volviendo loca es mi madre, y Pedro Alfonso y...

—Eso es lo que te estoy diciendo. Necesitas una noche de pasión y sexo con ese hombre al que deseas intensamente.

—Tienes razón. Le deseo y él me desea. Pero estoy asustada.

—Entonces llámalo y dile que has cambiado de opinión.

—Son las tres de la madrugada, mañana tengo muchas cosas que hacer... Mejor dicho, hoy.

—Pero si hoy es domingo.

—Y  yo  soy   la  única  propietaria  de  esta  empresa.  Tengo muchas  responsabilidades.

—Y también eres una mujer y tienes ciertas necesidades.

Una mujer desesperada, admitió después de colgar.

—Tienes un aspecto tan terrible como esta cocina —dijo Alejandra cuando Paula se  sentó  a  la  mañana  siguiente  a  la  mesa.  Señaló  con  la  mirada  el  envase  de  helado  vacío y sonrió—. Parece que tú y Pedro estaban hambrientos...

 —¡Mamá!

—No   tienes   por   qué   avergonzarte,   yo   también   he   sido   joven.   Cuando   estábamos comprometidos, no éramos capaces de quitarnos las manos de encima.

—No quiero oírlo, mamá.

—Nos  íbamos  al  campo  y  nos  montábamos  en  la  parte  de  atrás  de su  furgoneta...

—Por favor, para.

—Él me abrazaba...

—Creo que me estoy mareando.

—Me tocaba justo aquí —Alejandra señaló y Paula cerró los ojos— y me volvía completamente loca.

—¡Cómete una pasta, mamá! —Paula le puso la fuente delante.

—Ah, de crema de queso. Mi favorita —Alejandra tomó una pasta—. Después de una  noche  de  aquéllas  era  capaz  de  comerme  cualquier  cosa  así  que  te  comprendo  perfectamente. Bueno, y ahora hablemos de la boda.

—¿Qué tal está la pasta, mamá?

—Muy rica, cariño. Por lo visto Pedro y tú están pensando en un largo noviazgo, ¿Verdad?  Todavía no  han puesto  fecha  de  boda,  pero  deberías  pensar  en  casarte  pronto,  puesto  que  parece  que  se están   preparando  para  tener  una  familia  ¿Eh?... Supongo  que  Pedro no  estará  metiendo  el  coche  en  el  garaje  sin  ponerle  la  capota,  ¿Verdad?

—¡No!

—Porque ya sé yo que al calor del momento una se olvida hasta de su nombre.

—Cómete otra pasta, mamá.

—Gracias,  hija.  Y  ahora  volvamos  a  lo  de  la  boda.  Quiero  ayudarte  a  hacer  todos los preparativos así que he estado pensando en cancelar el crucero.

—Imposible. Ya está pagado. Y además, necesitas descansar.

—Eso  es  exactamente  lo  que  ha  dicho  el  médico  y,  por  supuesto,  tiene  razón.  ¿Pero cómo voy a disfrutar de esas comidas maravillosas y de mi Bloody Mary diario si me siento culpable por haber dejado sola a mi niña cuando más me necesita?

—Estaré perfectamente, mamá.

—Claro que lo estarás, pero en cuanto te haya ayudado a quitarte de en medio algunos de los preparativos. Y es la razón por la que mañana mismo vamos a salir de compras.

—¿De compras?

—Tenemos  que  empezar  a  pensar  en  las  invitaciones  de  boda.  Después  nos  iremos a mirar los trajes y la música. Y luego...

—Pero mamá...

 —Ya  sabes  cariño  que  vivo  para  ver  ese  día  —su  madre  sonrió  y  sus  ojos  brillaron de puro júbilo.

Paula tenía  que  aclarar  la  situación.  Cuanto  mayor  fuera  la  alegría  de  su  madre, más dura sería la caída.

Dulce Amor: Capítulo 28

Algunos botones de la camisa de Pedro se desprendieron. El encaje del sujetador se   desgarró.   Pedro acarició   sus   senos   y   Paula cerró   los   ojos,   completamente   entregada a aquel placer exquisito. Los  papeles  volaron,  los  bolígrafos  rodaron  al  suelo  mientras  ella iba  tumbándose  lentamente  en  el  escritorio.  Sentía  los  fuertes  dedos  de  él jugando  con  sus  pezones  y  su  húmeda  lengua  acariciando  su  cuello.  Antes  de  que  Pedro acercara los labios a sus senos, había gozado ya del calor de su aliento. Paula, jadeó y se arqueó suavemente, en una silenciosa invitación. Pedro la  aceptó  inmediatamente.  Se  apoderó  de  sus  pezones,  primero  de  uno  y  luego de otro. Más,  más,  más,  gritaban  las  hormonas  de  Paula...  O  quizá  fuera  su  boca.  No  estaba segura. De lo único que estaba segura era que Zach obedecía complacido a su súplica.  De  pronto,  se  dio  cuenta  de  que  le  estaba  desabrochando  la  falda.  A  los  pocos segundos estaba besando el pequeño montículo que ocultaban sus bragas. Ella se  arqueó  sobre  el  escritorio  como  si  acabara  de  recibir  una  descarga eléctrica.  El  teclado  del  ordenador  botó.  En  la  pantalla  aparecieron  docenas  de  colores y un profundo pitido le hizo regresar a la realidad. Al caos en el que se había convertido su escritorio y al hecho de que estaba semidesnuda.

—Yo... Tenemos que parar.

—¿Ahora?

 —Sí.

—¿Estás hablando en serio? —parecía estupefacto. Y excitado. Y muy, pero que muy sexy.

—Mira,  hace  mucho  tiempo  que  no  hacía  nada  de  esto  y  la  verdad  es  que  me  encantaría  hacerlo  ahora,  pero  tengo  mucho  trabajo  que  hacer  y  en  realidad  noestamos  saliendo  juntos  y...  —alargó  las  manos  buscando  algo,  cualquier  cosa  que  pudiera interponerse entre ellos, palmeó los platos que les había llevado su madre y sonrió—. Pero siempre podemos compartir unos trozos de queso.

—Me comí una fuente entera de queso —Paula estaba en la cocina del piso de abajo, sujetando el teléfono con la barbilla y el hombro mientras metía la cuchara en un bote de helado de chocolate—. Y todo por culpa de Pedro Alfonso.

—Así  que  le  ofreciste  queso  en  vez  de  sexo  —rió  Zaira—.  Estoy  segura  de  que es la primera vez que le ocurre algo parecido.

—Lo odio. ¿Y sabes lo que hizo? Se marchó.

—Pero tú le dijiste que se fuera.

—Pero  no  era  eso  lo  que  quería  ¿Qué  me  pasa,  Zai?  Por  supuesto  que  quería que se fuera. Ese hombre no tenía ningún derecho a besarme.

—Pero tú lo besaste primero.

—Así no me vas a ayudar a sentirme mejor, Zai.

—Y  tampoco  lo  estoy  intentando.  Soy  tu  amiga,  y  tengo  la  obligación  de  ser  sincera contigo. Estás sexualmente frustrada, y eso es lo que te está volviendo loca.