viernes, 27 de julio de 2018

Dulce Amor: Capítulo 13

—¿Qué me dices entonces, Pedro? —preguntó Diego cuando terminó de recitar los términos de la propuesta de Paula.

Pedro estalló en carcajadas. Así que Paula Chaves no estaba tan ofendida como había  fingido  y  al  final  se  había  rendido  a  los  encantos  de  Alfonso El  Salvaje.  Igual  que todas. Aquel pensamiento consiguió vencer sus risas. Aunque no estaba seguro de por qué. Quizá tuviera que ver con lo que había ocurrido en el interior de cierto armario, del que había salido con la seguridad de que Paula era capaz de ver más allá de las apariencias.

—Me  alegro  de  que  te  lo  tomes  en  serio  —Diego  le  pasó  el  libro  de  cuentas—. Porque su  Chocolate Cherry  Cha Cha  es  verdaderamente  popular. Podemos quedarnos con la exclusiva de ese dulce ¿Qué te parece?

—Me parece que eres un genio de los negocios, colega. Es un buen trato, pero, bajo    ninguna   circunstancia,  pienso  cargar  con  Paula Chaves,  ni  siquiera temporalmente. Esa mujer es letal para mi imagen, por no hablar de mi salud.

—¿Pero de verdad te mordió? —Pedro asintió y Diego sonrió de oreja a oreja—. Me encantaría haberlo visto.

—Muchas gracias.

—Sabes que te aprecio, Pedro. Para mí eres como un hermano. Pero te aprecio a tí. Lo de El Salvaje es otra historia. Ese tipo se merece que lo peguen un mordisco de vez  en  cuando  —Diego palmeó  los  papeles  del  contrato—.  Por  favor,  piensa  en  la  posibilidad de llegar a un acuerdo.

—Sólo estoy dispuesto a ofrecer más dinero.

—Ella no quiere más dinero. Te quiere a tí.

—¿Que  finja  ser  el  prometido  de  la  hija  de  Drácula  durante  dos  semanas?  Olvídalo.

—Es un buen trato. Es una mujer atractiva y está tan loca por Alfonso El Salvaje como  para  hacerse  pasar  por  su  prometida.  Y  tú  quieres  sus  tartas.  Pueden   hacerse  muy  felices.  Y  también  a  mí  —añadió  Diego.  Se  pasó  la  mano  por  el  pelo—.  ¿Sabes  lo  que me he encontrado esta mañana en el peine?

—¿Pelos?

Diego hundió la cabeza entre las manos.

—Creo que estoy empezando a perderlo.

—Pero si sólo tienes treinta y cuatro años.

—Casi treinta y cinco. Ya estoy rozando la madurez.

—Y un infierno. A los treinta y cuatro años se es joven. Condenadamente joven —y  lo  sabía  por  experiencia  propia. 

Tenía  treinta  y  cuatro  años,  diez  meses,  tres  semanas  y  dos  días  y  se  consideraba  en  la  primera  etapa  de  su  vida.  La  madurez  todavía estaba muy lejos.

—Todavía no estoy preparado para enfrentarme a la calvicie. Y el problema no tiene por qué ser de edad. Es genético. Si tienes un padre calvo, es posible que tú lo seas.

—Pero tú no sabes si tu padre fue calvo.

—Quizá  lo  fuera  mi  madre  —Diego se  sirvió  un  café—.  Casi  no  me  acuerdo  de  ellos y en las dos fotografías que tengo es difícil precisar cuál de los dos era propenso a la calvicie. Pero el problema es que me está ocurriendo a mí y el estrés empeora la situación. Hazlo por mí, Pedro. Firma ese contrato.

—No  puedo  —Pedro se  frotó  la  boca.  Todavía  sentía  la  mordedura.  Y  el  problema  no  era  que  le  doliera.  Sino  todo  lo  contrario.  Le  gustaba,  y  allí  residía  el  peligro—. Me mordió delante de una multitud y de las cámaras de televisión.

—Mordió a Alfonso El Salvaje.

—Somos el mismo, Diego.

—Eso no es cierto. Tú eres un hombre amable, preocupado por los demás. Y El Salvaje   es   un   tipo   dominante,   que   hace   lo   que   quiere   y   cuando   quiere   sin   preocuparse de las consecuencias.

—Y la gente lo quiero por eso.

—Lo  admiran  porque  tener  las   narices  de pasar por  encima de  los  convencionalismos. Hay una gran diferencia entre admirar y querer. Quizá la hubiera.

Pero para Pedro , huérfano desde los cinco años, la línea entre la admiración y el amor hacía mucho tiempo que se había borrado.

—Soncomo el fuego y el agua. El fuego es poderoso —continuó diciendo Diego—, pero el agua puedo convertirlo en polvo.

—Me parece que estás leyendo demasiado.

—Tú también lo harías si estuvieras casado con una bibliotecaria.

—¿Qué tal está Leticia?

—Más  preocupada por  mi   pelo que  tú.   Ha  insistido  en  comprarme  un  tratamiento  de  Rogaine  y  una  nueva  cinta  de  Mozart.  Ahora,  si  pudiera  conseguir  que mi compañero de trabajo colaborara, me iría a casa, comenzaría el tratamiento e intentaría relajarme un rato —al ver la expresión decidida de Pedro, alzó las manos—. O si pudiera ofrecerle a Paula Chaves algo más que dinero.

Dulce Amor: Capítulo 12

Tenía  que  olvidarlo,  se  dijo.  Y  eso  era  lo  que  quería  hacer.  Pero  entonces,  ¿por  qué  le  bastaba  ver  una  fotografía  para  sentir  aquel  nudo  en  el  estómago?  Por  culpa  de  su  desesperación,  decidió.  Estaba  tan  desesperada  por  encontrar  a  alguien  que  incluso Pedro Alfonso le parecía un posible candidato.

—... Estoy realmente impresionado con sus cuentas.

—Lo siento, ¿Qué decía?

—Que ha batido todos los récords en ventas. La tarta de chocolate en particular entusiasma a  nuestros  clientes  y  es  la  que  nos  gustaría  incorporar  a  todos  nuestros  restaurantes.

—¿Quiere decir que me está ofreciendo un contrato?

—Eso es exactamente lo que quiero decir.

En el rostro de Paula apareció una sonrisa que se apagó rápidamente.

—¿Pero? Porque hay un pero, ¿Verdad? Lo tiene dibujado en la cara.

—Un pero muy pequeño.

—Mire, lo siento, ya sé que lo mordí, pero él me pilló desprevenida.

—¿A quién mordió?

—¿No lo sabe?

—¿De verdad ha mordido a alguien?

—Um, sí, pero no le hice nada. Ni siquiera le dejé marca en la piel —se inclinó hacia delante—. ¿Entonces tengo el contrato?

—Siempre  y  cuando  Wild  Man  Ribs  pueda  tener  la  exclusiva  de  su  tarta  de  chocolate —sus palabras fueron interrumpidas por el móvil de Paula.

—Disculpe —sacó el teléfono—. Jime, ahora mismo estoy ocupada.

—No me hables en ese tono, jovencita.

—¿Mamá?

—Claro que soy tu madre. La única que tienes.  La mujer que pasó catorce horas y treinta y cinco minutos sudando y apretando los dientes para que pudiera venir al mundo esa niña que veintiocho años después me habla con tamaña insolencia.

—Lo siento mamá, ¿Qué ocurre?

—Se  me  ha  olvidado  preguntarte  la  talla  que  usa  tu  novio.  La  abuela  Rosa  me  ha pedido que la lleve de compras. Quiere comprarle algo bonito.

—Yo... —Paula se quedó sin habla. ¿De compras? La abuela Rosa odiaba ir de compras.  La  última  vez  que  había  pisado  una  galería  comercial  había  sido  seis  años  atrás, para comprar el regalo de boda de uno de sus nietos—. Oh, no.

—¿Está usted bien, señorita Chaves? —le preguntó Diego.

—Extra  grande  —le  contestó  Paula a  su  madre  en  cuanto  pudo  articular  palabra.

Diego le  tendió  una  taza  de  café  en  cuanto  la  joven  guardó  el  teléfono.  Pero  lo  último que Paula necesitaba era cafeína.

—Como le iba diciendo  —continuó  Diego—,   si  firma la  exclusiva,  estamos dispuestos a ofrecerle un suculento contrato.Y esperaba conocer a su futuro yerno.

—Contrato que tengo aquí mismo.Y pensaba llevar el regalo de la abuela Rosa.

—Si acepta, estamos dispuestos a pagarle la cantidad que se indica en el párrafo de  arriba,  además  del  suplemento  correspondiente  por  cuantos  pedidos  adicionales  tengamos que hacerle cada semana.

A través de la niebla de su ansiedad, su cerebro registró la noticia. ¡Sí! Aquello era lo que tanto había esperado. Un contrato con una cadena de restaurantes. Podría hacerse tan famosa como Alfonso El Salvaje. Beatríz Crocker iba a tener que cambiar de ciudad,  Sara  Lee  iba  a  lamerle  los  zapatos  y  Julia  Child  tendría  que  abandonar  el  negocio... ¡Claro que aceptaba!

—No sé si puedo aceptar.

—¿Perdón? —Diego Black  la  miró  estupefacto—.  Ah,  por  supuesto,  quiere  algo  más.  Es  usted  una  gran  mujer  de  negocios  —escribió  una  cifra  frente  a  ella,  pero Paula negó con la cabeza.

—¿Todavía no es suficiente?

—No quiero el dinero.

—Me temo que no la comprendo.

—El  dinero es  magnífico,   fabuloso  y  me  encantaría  poder  decir  que sí.   Normalmente lo haría. Pero desde ayer, mi vida ha dejado de ser normal. Desde que mi  madre llamó,   me   he dedicado a  tropezar  voluntariamente con  carros de  supermercado, y ayer, por primera vez en mi vida, mordí a alguien. Mi madre llega mañana y mi abuela Rosa quiere salir hoy de compras —tragó saliva—. De compras, es increíble.

—¿Perdón?

—No  importa.  En  cualquier  caso,  aprecio  la  oferta.  He  estado  esperando  una  oferta de este tipo durante mucho tiempo, pero no puedo aceptar.

—¿Podría  decirme  entonces  qué  es  lo  que  quiere  exactamente,  y  veré  lo  que  puedo hacer?

Paula rodeó la habitación con la mirada antes de contestar:

—Lo quiero a él.

—¿Que quiere qué?

Dulce Amor: Capítulo 11

—¿Y fue magnífico? ¿Casi magnífico? ¿O realmente magnífico? Cuéntame todos los detalles.

—«Magnífico»  no  es  la  palabra  que  yo  utilizaría  —espectacular,  estremecedor,  enloquecedor...  Sacudió  la  cabeza  y  miró  el  reloj—.  Tengo  que  salir  ya  si  no  quiero  llegar  tarde.  Aunque  en  realidad  no  sé  ni  para  que  voy.  No  tengo  una  sola  oportunidad—. Le mordí, Zai.

—Vas  a  ir,  Pau,  porque  tú  no  renuncias  a  nada  tan  fácilmente.  Quizá,  sólo  quizá,  a  Pedro Alfonso le  guste  que  le  muerda  una  mujer  atractiva.  Supongo  que  por  algo lo llaman El Salvaje.

Y  quizá,  sólo  quizá,  algún  médico  ingenioso  inventara  algún  día  una  pastilla  que permitiera comer sin engordar, se dijo Paula con ironía.

—Tengo que decirle que sus tartas se venden extremadamente bien en nuestros restaurantes  —le  decía  una  hora  después  Diego Black—.  Estamos  muy  contentos  con  usted.

—Gracias —Paula sonrió a aquel hombre de corta estatura y de pelo naranja.

 Él  le  devolvió  la  sonrisa,  consiguiendo  aplacar  los  nervios  de  la  joven.  Quizá  no  estuviera todo perdido.Seguramente,  si  pretendiera  mandarla  a  paseo,  podría  haberlo  hecho  durante  los  quince  minutos  que  llevaban  ya  reunidos.  Sin  embargo,  se  estaba  mostrando  amable y complaciente. Ni siquiera había hecho una mueca de desagrado durante las tres veces que habían tenido que interrumpir la conversación por culpa su teléfono móvil. Que, por cierto, volvió a sonar una cuarta vez. Sonrió con gesto de disculpa y sacó el teléfono del bolso.

—Paula, no consigo encontrar las mandarinas —aulló Jimena—. He mirado en el armario  de  la  fruta  fresca.  Hay  manzanas,  mangos  y  limones,  pero  ni  una  sola  mandarina. ¿Qué vamos hacer...?

—Están  en  la  tercera  balda  de  la  despensa.  En  el  segundo  cajón,  al  lado  de  las  pinas.

—Gracias, jefa.

No había vuelto a guardar el teléfono en el bolso cuando sonó otra vez.

—¿Sí?

—¡Nos estamos quedando sin azúcar! El cajón del azúcar está...

—A las doce llegarán unos diez, kilos, mas.. Relájate, Jimena.

—Que me relaje, ¡Ja! Yo no puedo trabajar bajo esta presión, Pau. Lo sabes.

—Sólo llevas a cargo de la cocina treinta y tres minutos...

—Ése es exactamente el problema. Yo no soy la supervisora. Soy una artista. Tú eres la que coordinas todos los asuntos de la cocina y yo ayudo a crear cada una de las  tartas  —se  interrumpió  para  tomar  aire—. No  puedo  respirar,  estoy  agobiada,  Paula.

—Volveré  dentro  de  una  hora.  Intenta  conservar  la  calma  hasta  entonces  —desconectó  el  teléfono—.  Lo  siento  —le dijo  a  Diego—.  Normalmente,  soy  yo  la  que  supervisa toda la producción y mi ayudante está un poco alborotada en mi ausencia. Ése es uno de los inconvenientes de ser la única propietaria.

—No  se  preocupe.  Es  comprensible  que  no  puedan  arreglárselas  sin  usted.  Yo  diría  que  es  precisamente  su  toque  personal  el  que  hace  que  las  tartas  sean  tan  buenas.

Paula sonrió.  Qué  tipo  tan  amable,  con  un  tono  de  voz  agradable,  aunque  quizá un poco tenso. Como Winnie the Pooh con unas cuantas dosis de cafeína. Ojalá hubiera respondido a la descripción de su prometido que le había hecho a su madre. Aquél  era  el  hombre  menos  amenazador  para  su  cordura  que  había  conocido  en  su  vida. Desgraciadamente, no sólo hablaba como Winnie, sino que también se parecía a él.  Era  lo  más  diferente  a  Pedro Alfonso que  se  podía  ser.  Y  no  era  que  ella  estuviera   pensando  en  Alfonsp.  Claro  que  no.  Aunque  tenía  que  reconocer  que  no  había  sido  capaz  de  pensar  en  otra  cosa  durante  toda  la  noche.  En  el  contacto  de  sus  manos sobre su piel, en aquella sonrisa que le aceleraba el pulso...

—¿Señorita Chaves?

—Eh, ¿Sí? —Paula sacudió la cabeza, intentando concentrarse en Diego.

—Estaba  diciendo  que  estamos  muy  contentos  con  el  éxito  de  sus  tartas,  especialmente con la de chocolate y cerezas. Es todo un éxito.

—Gracias —sonrió—. La llamamos Chocolate Cherry Cha Cha. Es la que mejor se  vende  —mientras  Diego leía  su  propuesta,  Paula aprovechó  para  recorrer  la  habitación con la mirada.

Craso  error,  porque  el  hombre  del  Neanderthal  la  miraba  desde  todas  y  cada  una de las paredes. Estaba completamente rodeada. Lo  vió  con  un  enorme  babero  y  devorando  costillas,  con  el  rostro  flanqueado  por  dos  camisetas  de  algodón  con  el  logotipo  de  Wild  Man  Ribs  sobre  dos  pares  de  exuberantes  senos.  Lo  vió  sudoroso  y  cansado,  en  el  banquillo  de  un  campo  de  fútbol,  bebiendo  un  conocido  refresco  deportivo...  Y  lo  vió  con  un  sujetador  en  la  cabeza y otro en la mano.Algunas de aquellas fotografías le hicieron sonreír. Otras sacudir la cabeza con desprecio. Y sólo una consiguió que su corazón dejara de latir unos instantes. Era  una  de  las  más  antiguas,  una  fotografía  en  blanco  y  negro  que  le  habían hecho  cuando  todavía  jugaba  al  fútbol.  Pedro Alfonso aparecía  caminando  bajo  la  lluvia,  en  un  campo  de  fútbol,  con  el  uniforme  pegado  al  cuerpo  y  una  extraña  expresión en el rostro. No  estaba  posando  para  la  cámara.  Era  simplemente  él,  con  el  rostro  serio. Volvía a ser Batman otra vez. Era él. ¡Oh, no!

miércoles, 25 de julio de 2018

Dulce Amor: Capítulo 10

Paula estaba   sentada   tras   su   escritorio,   firmando   los   cheques   de   sus   empleados  y  ensayando  diversas  formas  de  darle  a  su  madre  la  noticia  de  que  no  había en realidad ningún prometido cuando sonó el teléfono.

—Paula Chaves—la  saludó  su  madre—,  ¿Por  qué  has  tardado  en  contestar?

Paula se  sobresaltó  y  malogró  la  firma  del  cheque  de  Jimena.  Su  madre  atacaba  de nuevo.

—¿Paula?  ¿Estás  bien,  cariño?  No  estarás  enferma,  ¿Verdad?  Porque  la  nieta  de Mirta acaba de tener una faringitis terrible...

—Estoy bien mamá. Sólo estaba preparando las nóminas. Y después tengo una reunión de negocios, así que estoy bastante ocupada.

—Sólo llamaba para asegurarme de que tienes vídeo. No podía acordarme de si lo había visto durante mi última visita. Mi memoria ya no es la que era... Espero que no  sea  una  mala  señal.  Dolores  Whittington,  la  madre  de  Emma,  ésa  que  se  casó  vestida de verde y con un ramo de claveles, empezó a olvidarse de dónde estacionaba el coche. Un día tuvo que traerla a casa un hippie de pelo largo en una Harley.

—Estoy  segura  de  que  no  te  pasa  lo  que  a  Dolores,  mamá.  Es  normal  que  olvides algunas cosas. A mí también me pasa. Pero si hasta me he olvidado de decirte que...

—El caso es que Mirta me ha enviado los vídeos de las bodas de cada una de sus  seis  hijas.  He  pensado  que  los  vídeos  podrán  darnos  ideas  sobre  lo  que  no  tenemos que hacer. Mira, Mirta es un encanto, pero su hija mayor parecía un pastel de  frutas  el  día  de  la  boda.  Lo  de  la  comida  ya  fue  otra  cosa.  Absolutamente  maravillosa.  Langosta  con  salsa  de  mantequilla  y  camarones  con  salsa  picante.  Fue  divino.

—Mamá, ¿No se suponía que tenías que hacer una dieta para bajar el colesterol?

—Tonterías.  Me  estoy  tomando  un  diente  de  ajo  todas  las  mañanas.  Con  eso  puedes  curarte  cualquier  dolencia.  Mira  Estela  Butterworh,  que  fue  operada  del  corazón  el  año  pasado.  El  médico  le  dijo  que  fuera  despidiéndose  de  cualquier  comida decente, pero ya sabes cómo le gustan a Estela las pastas de mantequilla. Se enteró de lo del ajo a través de la hermana de Margarita, Esther, y ahora está sana como un roble.

—Mamá, ¿No crees que deberías consultarle al doctor Harris lo del ajo?

—El viejo Harris todavía vive en la Edad Media.

A  Paula le  habría  gustado  preguntarle  por  qué  le  parecía  tan  moderno  comerse  un  diente  de  ajo  por  las  mañanas,  cuando  probablemente,  las  mujeres  de  Transilvania  llevaban  haciéndolo  durante  siglos.  Pero  a  Alejandra Chaves nunca  se  le  había dado bien escuchar.

—...  Le  empezaron  los  dolores  cuando  estaba  bailando  la  lambada  en  la  boda  de su hija Karina. Estuvo a punto de desmayarse encima de la escultura de hielo...

—Qué horror.

—Dímelo a mí. El prometido de Karina era buzo y quiso una escultura con forma de pulpo. Imagínate. Era repugnante.

—Mamá, necesito que me escuches. Quiero decirte algo sobre Lucas. Él... —oyó que su madre tomaba aire y cerró los ojos. Podía hacerlo. Podía decirle la verdad, que no existía ningún Percy y que lo había inventado en un momento de desesperación—. Lucas y yo no estamos exactamente compro...

—Escucha,  querida,  si  Lucas también  quiere  un  pulpo,  no  te  preocupes.  Estoy  segura de que cambiará de opinión en cuanto hable conmigo. Oh, ¿Ya te he contado que  Carla  Wilmot  se  casa  el  mes  que  viene  en  Maroby  Club?  Sus  padres  la  han  presionado  a  la  pobre  para  que  celebre  la  ceremonia  en  esa  horrible  habitación  de  terciopelo rojo...

Paula escuchó  todos  los  detalles  sobre  las  flores  de  la  boda  y  la  hernia  de  la  madre de Janie antes de que comenzara a sonar la otra línea telefónica.

—Lo siento mamá. Tengo que colgar. Espero que la señora Wilmot se recupere pronto. Adiós —colgó y atendió la otra línea—. Menos mal que has llamado —le dijo a Zaira—. Estaba a punto de estrangularme con el cable del teléfono.

—Olvídate ya de tu madre. Tienes una reunión con Alfonso dentro de una hora. Buena suerte y a por él.

—¿Buena suerte? Por si lo has olvidado, ayer mordí a Pedro Alfonso. A Alfonso El Salvaje,  el  propietario  de  Wild  Man  Ribs.  No  creo  que  tenga  muchas  ganas  de  que  firme ese contrato.

—Ya te dije que en realidad no es tan terrible como parece. Estoy segura de que no  lo  empleará  contra  tí,  aunque  haya  salido  en  el  informativo  de  las  once.  En  realidad,  nadie  pudo  ver  que  lo  mordías.  La  cámara  te  sacó  de  espaldas  y  a  él  inclinándose sobre tí, con las manos en tu...

—Ya basta. Yo estaba allí, ¿Recuerdas?

—Y  también  medio  Dallas.  Y,  por  cierto,  parecías  estar  desmayándote  en  sus  brazos. Por la foto que aparece en los periódicos, yo diría que te gustó.

—¿También ha salido en los periódicos?

—Me temo que sí. Los dos gurús de la comida de Dallas: el rey de las costillas y la  reina  de  las  tartas,  hacen un  gran  equipo.  Son  una  pareja  que  puede  poner  el  colesterol por las nubes.

—No  formamos  ningún  equipo.  Besar  a  Pedro Alfonso fue  repugnante  y  no  me  gustó nada.

—Así que lo besaste... ¿Y eso fue antes o después de morderlo?

—Antes —mucho antes.

Seis meses antes... Cuando él era él y ella todavía no le había hablado a su madre de ningún prometido.

Dulce Amor: Capítulo 9

Paula miró con rabia al presentador y a continuación a Pedro. Abrió los ojos de par en par, como si lo viera por primera vez.

—Eres Pedro Alfonso. Tú —no había el menor asomo de alegría en sus palabras.

Extrañamente,  su  tono  era  de  acusación,  como  si  acabara  de  romperle  su  muñeca  favorita.Pero él no rompía muñecas. Diablos, le gustaban las muñecas, y los gatos, y los pájaros... Incluso los pececillos de colores. Click, click, click... Tras él sonaban las cámaras, acompañadas del murmullo de la multitud.

—No puedo creer que seas tú —continuó diciendo ella—. Eres Pedro Alfonso.

—En carne y hueso —esbozó una seductora sonrisa.

La misma que continuaba haciéndolo  aparecer  en  las  portadas  de  las  revistas.  La  sonrisa  con  la  que  conseguía  hechizar a cualquier mujer. Paula lo miró con rabia.A  casi  todas.  Debería  haber  sabido  que  ella  era  diferente.  Ése  era  el  problema.  Ella reaccionaba a él de forma diferente, lo miraba de forma diferente. Sí, allí residía el verdadero problema.

—No  me  lo  puedo  creer  —Paula resistió  la  tentación  de  pellizcarse.

 Su  adorado  superhéroe  acababa  de  transformarse  en  un  desagradable  y  basto  jugador  de  fútbol  ante  sus  ojos.  Pestañeó.  Pero  todavía  estaba  allí.  Seguía  siendo  él.  No,  no  era él, aquél era Pedro Alfonso.

—Pues créelo, cariño —volvió a sonreírle, pero ella profundizó su ceño.

—Vamos,  Alfonso.  Vuelve  dentro  si  no  quieres  que  le  diga  a  toda  la  ciudad  lo  cobarde que eres.

—Siento  tener  que  irme,  cielo.  Pero  me  están  llamando  —su  acento  texano  parecía  más  pronunciado,  más  profundo. 

Aquellas  palabras  se  deslizaron  en  los  oídos  de  Paula como  salsa  de  ron  caliente  sobre  un  pastel  de  limón:  dulces,  embriagadoras, irresistibles.A  pesar  de  la  rabia  que  bullía  en  su  interior,  su  cuerpo  respondió  la  llamada.  Las rodillas le temblaban, su vientre palpitaba, los pezones se irguieron...

—Hasta luego, querida —sonrió radiante a la multitud que los rodeaba. Paula intentó  soltar  su  muñeca  y  alejarse,  pero  él  se  lo  impidió—.  No  tan  rápido.  ¿No  quieres  llevarte  un  pequeño  recuerdo  mío?  —y  sin  darle  tiempo  a  reaccionar,  se  inclinó hacia delante y buscó sus labios.

La  muchedumbre  los  jaleaba,  esperando  que  Paula hiciera  lo  que  haría  cualquier otra mujer en su lugar. Pero ella lo mordió.

—¡Ay! —gruñó  Pedro,  interrumpiendo  su  beso  para  fulminarla  con  la  mirada.  Paula continuaba mirándolo fijamente—. ¿Por qué lo has hecho? —susurró.

—Porque  eres  Pedro Alfonso,  maldita  sea.  Y  ahora  déjame  marcharme  o  te  arrepentirás.

—La primera vez te gustó...

—En ese momento no eras un hombre del Neanderthal ni estábamos rodeados de gente.

—¿Pero te gustó?

—Quizá sí —frunció el ceño—. O quizá no. Pero eso no importa. Lo único que importa es que ahora no me ha gustado —dobló la pierna, como si tuviera intención de  darle  un  rodillazo—.  Y  ahora  sueltamente  si  no  quieres  pasarte  dos  semanas  aullando.

Pedro la  miró  en  silencio.  Paula supo  que  iba  a  besarla.  Y  en  realidad,  le  apetecía que lo hiciera.

—Pienso  hacerlo  —lo  amenazó—.  Tengo  tres  hermanos  mayores  y  sé  jugar  sucio.

—¿Ah  sí?  ¿Eso  significa  que  estás  dispuesta  a  ir  a  por  todas?  — Pedro volvió  a  esbozar su insolente mirada ante las cámaras.

Qué hombre tan machista, ególatra y pagado de sí mismo, pensó Paula. Ojalá volviera a besarla...

—Eh,  Alfonso—lo  interpeló  un  periodista—,  parece  que  estás  perdiendo  el  combate.

—¿Qué  puedo  decir?  Ha  sido  un  amor  a  primera  vista  —la  estrechó  contra  él,  haciéndola salir instantáneamente de su ensimismamiento.

Paula pestañeó.  La  maldita  sonrisa  de  Pedro la  sacó  definitivamente  de  sus  casillas. Sin  darse  tiempo  siquiera  a  pensar  en  lo  que  estaba  haciendo,  le  plantó  un  pisotón que recogieron complacidas los cámaras, giró sobre sus talones, se abrió paso entre  los  aficionados  al  fútbol  y  los  periodistas  y  se  dirigió  hacia  su  camioneta  deseando tener una pistola. Cuando  por  fin  consiguió  tranquilizarse,  fijó  la  mirada  en  los  albaranes  que  llevaba  sobre  la  guantera.  Tras  los  duros  momentos  pasados,  todavía  tenía  que  terminar sus entregas. Miró el reloj y chasqueó la lengua disgustada. Había perdido media hora y todo por culpa de aquel ser repugnante llamado Pedro Alfonso.

—Ahora no creas que vas a irte de rositas, cariño —los papeles se le cayeron de las  manos.  Giró  la  cabeza  a  toda  velocidad  y  vió  la  cabeza  de  Pedro en  la  ventanilla del coche—. Déjame hacerte una oferta de paz.

—¿Qué me vas a ofrecer? ¿Una fotografía con tu autógrafo?

—Lo que quieras.

—Dios santo —lo miró furibunda—. Acabas de humillarme delante de docenas de personas... Delante de toda la maldita ciudad —sacudió la cabeza—. Todavía no me  lo  puedo  creer.  Mi  Batman  es  un  ridículo  hombre  de  las  cavernas,  mi  madre  llegará dentro de sesenta horas cuarenta y siete minutos y yo voy a aparecer en todos los informativos de las diez. Todavía no he repartido todas las tartas y...

—Chsss —Pedro posó un maravilloso dedo en sus labios—. Estás divagando.

—No  estoy  nerviosa  —estalló.  Le  hizo  apartar  la  mano  e  hizo  el  signo  de  la  cruz—. Lárgate.

—Eso sólo funciona con los vampiros.

—Yo que tú no me arriesgaría a comprobarlo. Así que mantente lejos de mí —puso el motor en marcha y sacó una factura de la guantera.

Trabajo. Tenía que pensar en el trabajo, y no él.

—¿Qué  es  esto?  —preguntó  Pedro estupefacto  cuando  Paula le  puso  el  papel  en la mano.

—Lo  que  me  debes  por  haber  destrozado  media  docena  de  tartas.  Ésta  es  la  cuenta.  Y,  para  tu  información,  Bradshaw  ha  sido  el  mejor  jugador  de  todos  los  tiempos.

Dulce Amor: Capítulo 8

El  rostro  de  Mackey  pasó  del  rojo  al  morado.  Sus  carnosos  dedos  terminaron  sobre  el  rostro  de  Pedro.  Los  periodistas  dispararon  sus  cámaras  y,  por  supuesto,  también la televisión local dio cuenta del acontecimiento.

—Y el debate continúa —Daniel Smith, el conductor del programa que ofrecía los preliminares  del  partido  en  directo,  permanecía  cerca  de  una  enorme  pantalla  de  televisión micrófono en mano—. Pablo Mackey fue el mejor defensa de los Cowboys y, ciertamente, sabe de fútbol. Pero Pedro Alfonso El Salvaje, ex Cowboy, parece tener una opinión diferente.La  camarera  de  detrás  de  la  barra  soltó  un  silbido.  La  pelea  duró...  cinco segundos.

 Pedro tenía  el  hombro  destrozado  y  Mackey  lo  miraba  con  evidente  regocijo.

—Caramba, parece que Alfonso está perdiendo el combate.

¿Perdiendo?  Podía  estar  cansado.  Diablos,  había  tenido  un  día  agotador,  ¿pero  decir que había perdido? Jamás. Que Pedro Alfonso perdiera ante alguien era tan poco probable  como  que  un  huracán  asolara  Dallas.  Simplemente,  no  podía  ocurrir.  No  desde  que  tenía  catorce  años.  Pedro había  aprendido  de  la  forma  más  dura  que  la  gente  sólo  amaba  a  los  ganadores.  ¿Perder  él?  Y  un  infierno.  Simplemente,  había  dejado ganar a Mackey.

—Lo  siento,  viejo  amigo  —Pedro utilizó  todas  las  fuerzas  que  tenía  en  alzar  el  brazo.

—Bradshaw es el mejor —gruñó nuevamente Mackey.

Las cámaras fotográficas volvieron a dispararse y Pedro bajó la voz.

—Era el mejor. Montana le hizo morder el césped —y terminó la frase dándole un empujón a Mackey.

La multitud los rodeó y Pedro deseó tener una bolsa de hielo a mano. El hombro se la estaba pidiendo a gritos.

—Ya  ven,  amigos.  Pedro Alfonso acaba  de  demostrarnos  que  es  capaz  de  conseguir todo lo que desee.

Pero lo único que quería en ese momento era una bolsa de hielo. Como tardara más de treinta segundos en ponérsela, tendría que olvidarse de entrenar al equipo de fútbol del orfanato aquella semana. Pedro se  abrió  camino  entre  la  multitud  que  lo  rodeaba  y  se  dirigió  hacia  la  cocina,  pero  el  pasillo  también  estaba  hasta  los  topes.  Saldría  fuera,  pensó,  y  desde  allí entraría en la cocina sin tener que soportar que cientos de brazos le palmearan el hombro. Era condenadamente difícil intentar sonreír con aquel dolor.Empujó la puerta y se dirigió hacia la parte trasera del edificio. Dobló la esquina y  fijó  la  mirada  en  las  piernas  de  una  mujer  cuyo  rostro  estaba  oculto  tras  media  docenas de cajas. Cajas que cayeron casi inmediatamente al suelo.

—Lo siento —se disculpó, intentado dominar el dolor—. No la había vis... —las palabras se le quedaron atravesadas en la garganta cuando su mirada se fundió con un par de ojos grises rodeados de oscuras pestañas.

Era ella.

El dolor del hombro se transformó en una suave molestia mientras contemplaba a  la  mujer  con  la  que  había  tropezado.  La  misma  que  se  había  apoderado  de  sus  pensamientos durante los últimos seis meses. Una   melena   desordenada   y   rubia   rodeaba   su   rostro.   Tenía   una   piel   de   melocotón  y  crema  y  la  nariz  cubierta  de  pecas.  Su  boca,  llena  y  rosada,  era  maravillosamente besable... Y  lo sabía por experiencia propia.La joven fijó en él su mirada y Pedro sintió un agujero en el estómago. Ninguna mujer lo había mirado nunca así, como si quisiera averiguar quién era el hombre que se escondía  tras  su  fachada.  Diablos,  Pedro ya  había  empezado  a  preguntarse  si  aquella  mujer  existiría.  Y  de  pronto  la  encontraba.  Ella  lo  miraba  y  él  se  veía  a  sí  mismo  soñando  con  tener  hijos,  con  formar  una  familia...  Sacudió  rápidamente  la  cabeza.   Cumplir   treinta   y   cinco   años   había   cortocircuitado   su   cerebro.   Estaba   demasiado ocupado siendo Alfonso El Salvaje para convertirse en un doméstico papá.

—Dilo otra vez —le pidió ella.

—¿Qué diga qué?

—Me ha parecido reconocer tu voz y tu barbilla, y tu boca... ¡Eres tú! —exclamó con  incredulidad—.  Pensaba  que  no  volvería  verte  nunca.  Llevo  toda  la  mañana  intentando averiguar tu nombre.

—¿Querías  saber  mi  nombre?  —un  peligroso  calor  se  extendía  por  todo  su  cuerpo.

—Tu nombre y tu número de teléfono. Te necesito.

—¿Me necesitas? —le preguntó sonriente.

—Más  de  lo  que  te  puedas  imaginar  —soltó  una  carcajada  y  miró  las  tartas  destrozadas en el suelo—. He hecho una docena de llamadas, pero nada. Después he tenido  una  mañana  infernal.  Uno  de  los  repartidores  se  ha  puesto  enfermo  y  llevo  luchando  contra  el  tráfico... Pero  justo  cuando  llego,  te  encuentro  aquí  —le  acarició  la barbilla con un dedo—. Caramba, realmente eres tú.

Pedro le tomó la mano. Era una mano tan cálida, tan suave...

—Me alegro de volver a verte.

—No me lo puedo creer. Estás aquí —Paula sonrió.

Él le devolvió la sonrisa. Y Pablo Mackey apareció en ese momento tras ellos.

—Alfonso—lo  aguijoneó—,  sabes  que  todo  ha  sido  una  cuestión  de  suerte,  ¿Verdad?

—¿Alfonso? —preguntó Paula—. ¿Eres Pedro Alfonso? ¿Ese Pedro Alfonso?

 Su  pregunta  quedó  ahogada  en  el  murmullo  de  voces  de  la  multitud  que  apareció detrás de Pablo Mackey.

—Y  el  gran  debate  continúa,  amigos.  ¿Se  mostrará  de  acuerdo  Alfonso  en  aceptar  la  revancha?  ¿Prevalecerán  la  juventud  y  la  agilidad  sobre  la  fuerza  bruta?  ¿Montana  o  Bradshaw?  —anunció  Daniel  Smith,  acercándose  a  ellos  seguido  de  una  cámara.

Dulce Amor: Capítulo 7

—Sé  realista,  Zai.  Ese  tipo  es  el  actual  campeón  de  lanzamiento  de  eructos  de  Texas.

—Pero también tiene inclinaciones musicales.

—Estoy  desesperada,  Zai,  no  loca.  Se  supone  que  ese  tipo  tiene  que  ser  el  hombre de mis sueños: alto, moreno y de ojos azules. Y el primo de Rodrigo tiene una barriga cervecera.

—Es  normal, Paula.  Tiene  que  tomar  muchos  alimentos  que  generen  gases  para poder competir. Pero después de la final adelgazó cinco kilos.

Paula pestañeó, intentando contener la inesperada aparición de las lágrimas.

—Es imposible que mi madre pueda creerse que ése es el tipo que le he estado describiendo durante todo este tiempo —sollozó.

—Caramba, estás realmente afectada. Necesitas un hombre y lo encontraremos. Un hombre que no eructe, de verdad.

Pero dos abolladuras de carro más tarde, todavía no habían encontrado a nadie que  encajara  con  la  descripción  y  a  Paula le  quedaban  exactamente  diez  minutos  para regresar a la cocina.

—Allí  está  —dijo  Zaira,  tomando  un  ejemplar  del  periódico  local  cuando  se  acercaban a la caja. Señaló una fotografía—. Éste es el hombre de tus sueños.

—¿Alfonso El  Salvaje?  ¿El  propietario  de  Wild  Man  Ribs?  —Paula sonrió  por  primera  vez  desde  que  había  recibido  la  llamada  de  su  madre—.  Caramba,  siempre  he deseado salir con un hombre capaz de beber cerveza en las copas de un sujetador.

—Aquí pone que lo hizo con fines benéficos.

—Y  yo  creo  que  lo  hizo  para  fanfarronear,  su  actividad  más  conocida,  cuando  no está dedicándose a su negocio.

—Ésa  es  la  imagen  que  proyectan  los  medios  de  comunicación.  Conozco  a  la  periodista que le entrevistó para el Dallas Stare año pasado. Por lo que ella dice, este buen  hombre  invierte  gran  parte  de  su  tiempo  y  su  dinero  en  obras  de  caridad  —miró a su amiga—. ¿Lo has visto alguna vez?

—No. Yo siempre me he reunido con Diego Black, el director comercial. Por lo que yo  sé,  lo  único  que  hace  Pedro Alfonso es  poner  el  dinero  y  utilizar  su  imagen  para  hacer propaganda del negocio.

—Una  imagen  que  responde  perfectamente  a  la  descripción  que  le  hiciste  a  tu  madre.

Paula estudió  la  fotografía.  Era  atractivo,  y  se  parecía  ligeramente  a  su  Batman.  Cubrió  la  parte  superior  de  su  rostro  con  un  dedo.  Sí,  tenía  posibilidad  de  convertirse en su supuesto hombre ideal. Y ya tendría oportunidad para encontrar al mismísimo Batman, como había estado intentando hacer desesperadamente durante toda la mañana. Desgraciadamente,  su  superhéroe  no  era  el  voluntario  que  inicialmente  iba  a  hacer  las  veces  de  Batman,  Adrián Calhoun.  Al  parecer,  Adrián se  había  puestoenfermo y en el último momento había llamado a alguien para que fuera en su lugar. Paula no había tenido forma de averiguar la identidad de aquel suplente.Miró de nuevo la foto. De acuerdo, Alfonsp se parecía al tipo que buscaba, pero estaba muy lejos de parecerse a su Batman. Era un hombre rudo y zafio como pocos.

—Déjalo —le dijo a Zaira—. Ni siquiera lo conozco y no me gusta salir con tipos tan brutos.

—Pau, no te gusta salir con nadie. Ése es el problema. Si salieras regularmente con  chicos,  podrías  contar  con  alguno  para  esta  farsa.  Para  ser  alguien  que  está  en  una  situación  desesperada,  estás  siendo  muy  remilgada.  Así  que  ya  es  hora  de  que  bajes el nivel.

—El  nivel  que  exijo  es  muy  bajo  —repuso  a  la  defensiva—.  Mira,  si  ahora  mismo  apareciera  ese  tipo  delante  de  mí,  consideraría  la  posibilidad  de  salir  con  él,  de verdad. Lo que pasa es que siempre he imaginado al hombre de mis sueños como un  hombre  amable,  agradable.  Un  hombre  fuerte  y  viril,  pero  no  bruto  ni  machista.  Sensible,  pero  no  mentecato.  Alguien  dispuesto  a  ayudar  a  una  mujer  en  apuros  y  deseoso de hacer algo por la humanidad.

—Estás hablando de Superman, Pau.

—Batman.

—¿Qué?

—Nada,  no  importa  —Paula tomó  aire—.  Estoy  viviendo  un  momento  de  desesperación.  En  realidad,  no  tengo  por  qué  casarme  con  ese  tipo.  Sólo  fingir.  Así  que se acabaron las exigencias. Estoy dispuesta a todo. En el supermercado ya hemos agotado  todas  las  posibilidades,  así  que  tendremos  que  cambiar  de  lugar.  ¿Qué  me  dices de tu oficina, hay algún tipo disponible?

—Walter Pemberton, pero no mide ni uno sesenta.

—Supongo que entonces sólo queda una solución —Paula forzó una sonrisa—. Bueno, siempre he tenido curiosidad por conocer a un tipo como Alfonso El Salvaje.


Pedro Alfonso apenas  había  tenido  tiempo  de  beber  el  último  trago  de  cerveza  cuando  vió  un  puño  gigante  frente  a  su  rostro.  Un  gesto  un  poco  exagerado  para  combatir un amable comentario para un programa deportivo de televisión.

—Venga,  sé  consecuente  con  lo  que  dices.  Hagamos  una  apuesta.  Yo  gano  si  admites que Tomás Bradshaw ha sido el mejor jugador de todos los tiempos.

Si  Pedro hubiera  sido  inteligente,  habría  mantenido  la  boca  cerrada  y  el  brazo  derecho lejos de Pablo Mackey, un armario con dos troncos por brazos. Pedro , retirado ocho años atrás con una lesión en los hombros, no tenía ni una sola oportunidad. Aun así, apoyó un codo en la barra y flexionó los dedos.

—Nadie  podía  batir  a  Montana.  Era  más  fuerte  que  Tomás,  más  joven  y  más  preciso en sus golpes.