miércoles, 27 de junio de 2018

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 20

—Para empezar —respondió con expresión sombría—, tampoco ellos son mi verdadera familia. Me adoptaron siendo un bebé y siempre que podían se encargaban de recordarme lo afortunado que había sido. Además, ellos vivían de cultivar la tierra y pensaban que debía agradecerles el haberme adoptado trabajando junto a ellos. Mi padre y yo apenas hemos vuelto a hablarnos desde que empecé a ganarme la vida como automovilista.

—Lo siento —murmuró Paula.

—De eso hace mucho —comentó, aunque ella tuvo la impresión de que seguía afectándolo.

Pedro le ofreció un poco más de ensalada, que Paula rechazó.

—Estaba estupenda, pero estoy a punto de explotar.

—No tienes por qué preocuparte por tu línea —comentó Pedro sonriente—. Estás estupenda y, además, no vas a tener que cuidar tu imagen ante las cámaras de televisión durante una temporada.

Paula lamentó que Pedro le recordara aquella cuestión, sobre la que aún no se había decidido. Por algún motivo, de repente, su expresión adquirió una veta de tristeza.

—Todavía estás a tiempo de dar marcha atrás y volver a tu trabajo —prosiguió Pedro al notar su repentino cambio de humor—. Tu productora estará encantada de volver a contar contigo.

«Sólo porque te conozco», pensó Sarah. Cuando una puerta se cierra... se recordó. Desvaneció sus dudas con una amplia sonrisa.

—Me niego a darle esa satisfacción a Diana. Además, ya he conseguido trabajo —añadió sorprendiéndose a sí misma. ¿Cuándo lo había decidido? Entonces supo que una parte de ella no lo había dudado, a pesar de todos sus razonamientos, ni por un momento.

—Quizá acabes pensando que es peor trabajar conmigo que con Marcos Nero —la advirtió Pedro—. Soy exigente, perfeccionista, un auténtico hijo de...

—En otras palabras —lo interrumpió entre risas—. Que me voy a sentir como en casa.

—La señorita piensa que estoy bromeando —dijo Pedro, lanzándole una sonrisa electrizante.

Paula no hizo caso al ritmo acelerado con que había empezado a latirle el corazón. Si iba a trabajar con él, sólo podía considerar a Pedro un compañero de equipo. Un fantástico y divertido compañero, eso sí. No recordaba haberse sentido tan atraída por un hombre tan rápidamente como le había sucedido en esa ocasión. Tenía que darle un tono más profesional a la conversación si no quería que aquella cena acabara de manera desastrosa.

—No habrías llegado donde estás sin esas cualidades. Y no espero que cambies debido a mí —dijo Paula—. Quizá deberíamos hablar sobre el libro; aclarar lo que cada uno espera de esta colaboración.

—Ya tendremos tiempo mañana de comentar esos detalles —respondió Pedro  frunciendo el ceño.

—Pero...

—No hay peros que valgan, Paula—le acarició la mano sobre la mesa—. Lo único que tengo pensado esta noche es llevarte a casa... para que duermas y descanses... sola —añadió, adivinando los pensamientos de ella.

Antes de que pudiera protestar, el móvil de Pedro empezó a sonar. Se disculpó con la mirada y se dispuso a contestar.

—Debe de ser importante. Sólo Marcelo tiene este número y sólo lo usa en caso de emergencia...

Pedro contestó, escuchó durante unos segundos, hizo algún comentario en voz baja y finalizó la conversación.

—Parece ser que la prensa ha rodeado mi casa —dijo disgustado—. No podré regresar esta noche si no quiero que me sometan al tercer grado.

—Puedes quedarte en mi casa —le ofreció después de tragar saliva, consciente del riesgo que corría.

—Gracias, pero saben que estamos juntos. Probablemente también estén vigilando tu casa —respondió él.

—¿Qué podemos hacer?

—Se me ocurre una solución... —dijo después de pensar un par de segundos— ... si no te importa pasar la noche conmigo.

Después de lo que le había sucedido ese día, Paula creía que ya nada podría sorprenderla. Sin embargo, la proposición que acababa de realizar Pedro la dejó boquiabierta. Sintió un temblor que le recorría el cuerpo entero y apretó el borde de la mesa con tanta fuerza que los nudillos se le quedaron blancos.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 19

¿Era eso lo único que quería de ella?, se preguntó Paula mientras se dirigían hacia el estacionamiento. No se engañaba: sabía de sobra que no aceptaba aquel trabajo por motivos profesionales exclusivamente. Una parte de ella deseaba desesperadamente mantener una relación estrecha con Pedro. De hecho, si era sincera consigo misma, deseaba mucho más de su relación con él, motivo por el cual tenía que pensar con detenimiento su decisión.

Ocultarse en la casa en la que Pedro se escondía, lo cual sería necesario para la buena marcha y redacción del libro, no contribuiría sino a que los medios de comunicación se olvidaran de ella. Al final, cuando la biografía saliera a la venta, toda la publicidad se centraría en él y nadie se fijaría en Paula. Y no es que la molestara qué él acaparara toda la atención, pues, al fin y al cabo, se trataba de su vida; pero, ¿Quién se acordaría de ella, quién le ofrecería algún trabajo cuando terminara con la biografía de Pedro? Nadie. Para Pedro sería diferente. Él podía promocionar el libro y luego volver a esconderse en cualquier parte. A él no le pasaría nada porque lo olvidaran. Pero, para Paula supondría un suicidio laboral.

—¿No te estarás arrepintiendo de haber dimitido? —le preguntó Pedro cuando hubieron llegado al coche.

—Puede que lo haga cuando tenga tiempo para pensar al respecto —respondió sorprendida. ¿Le había leído la mente?—. Aunque ya empezaba a cansarme de De costa a costa.

—Entonces, ¿Por qué te esforzabas tanto por conseguir ser la presentadora? —le preguntó después de abrirle la puerta del coche.

—Era una oportunidad y tenía que pelear por ella.

—Sobre todo porque tu rival se llamaba Marcos Nero.

—El resto del equipo estará encantado conmigo por haberlos dejado a las órdenes de ese indeseable —dijo Paula con ironía.

—Siempre pueden decirle lo que piensan de él y marcharse como has hecho tú.

—¿Por eso abandonaste tú el automovilismo? ¿Había alguien por encima de tí a quien no aguantabas? —preguntó expectante.

Pedro siguió mirando la carretera. Iban hacia el norte, hacia algún restaurante poco conocido: típico de él.

—Fueron muchos los motivos que me hicieron dejar la competición — respondió con vaguedad.

—Quizá deberías contarme lo que sucedió antes de que decida si escribo tu biografía o no —lo presionó.

—¿Para que puedas decidir si seré útil o no a tu carrera?

—Reconoce que no es justo que tome una decisión tan importante a ciegas — contestó tras denegar con la cabeza—. Además, tendrás que decírmelo más tarde o más temprano.

—Quizá prefiera más tarde —replicó Pedro.

—Entonces quizá deberías buscarte a otra persona para que escriba tu libro — espetó, decepcionada por lo poco que Pedro confiaba en ella.

—Cuando digo «más tarde», no quiere decir indefinidamente más tarde. Compréndelo: para mí tampoco es fácil desvelar los secretos de mi vida.

Paula lamentó haberlo acosado. Puede que no fuera falta de confianza en ella, sino rechazo, en general, a tener que publicar su biografía.

—Quizá no sea tan buena la idea de cenar —comentó, aunque en el fondo no deseaba separarse de él.

—Tenemos que comer. Además, ya hemos llegado.

Pedro se detuvo frente a un modesto restaurante italiano, situado entre un quiosco de prensa y un videoclub. A juzgar por la fachada del local, parecía un lugar muy acogedor. Encima de la puerta había un rótulo en el que se podía leer Mamá. Entraron. La mayoría de las mesas estaba ocupada por italianos. Una de las mesas tenía un cartel de «reservado». Pedro avanzó hasta llegar frente a unas cortinas, las corrió y allí apareció una mujer muy pequeña que irradiaba vitalidad.

—Creía que me habías olvidado —dijo la mujer en tono de fingido reproche, después de darle un abrazo a Pedro.

—Mamá, ésta es Paula. Paula, mamá es la dueña de esta casa de locos —las presentó Pedro.

Paula tuvo la impresión de que la estaba examinando y, por suerte, Mamá pareció darse por satisfecha con ella y le dió otro abrazo.

—Bienvenida. Hacía mucho tiempo que Pedro no me presentaba a ninguna mujer —comentó Mamá—. Venga, siéntate. Y no mires la carta. Deja que te elija un menú especial —añadió quitándole la carta de las manos.

—¿Es tu madre? —le preguntó Paula a Pedro cuando la mujer se hubo retirado.

—Es la madre de un amigo de cuando corría —le explicó—. Todos la llamamos Mamá. Y tú le has causado muy buena impresión.

—¿Cómo lo sabes?, ¿por el abrazo?

—No: porque sólo a unos pocos clientes les ofrece su menú especial.

Paula, mientras saboreaba una antología de los platos más deliciosos de la cocina italiana, consiguió relajarse. Además, el resto de los clientes no les estaban prestando ninguna atención, motivo por el cual, sin duda, se sentía Pedro tan cómodo en aquel restaurante. Mientras degustaban una suculenta fuente de mariscos, él le contó que el hijo de Mamá había fallecido en un accidente de coche.

—Estuvo en coma varias semanas y yo estuve casi todo el tiempo a su lado. Después de aquello, Mamá me adoptó como su segundo hijo. No veo mucho a mis padres, así que viene bien tener una segunda familia cerca.

—¿Nunca pensaste en volver a casa después de retirarte?

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 18

Aquel comentario despertó una señal de alarma en Paula. Puede que hubiera abandonado el timón de De costa a costa, pero no tenía intención de, como él,desaparecer de la escena. Hiciera lo que hiciera, sería algo relacionado con los medios de comunicación; y la popularidad que tal trabajo conllevaría no le gustaría a Pedro. No podía tirar su carrera para conservarlo. Abrió los ojos y lo miró, asombrada por la intensidad que encontró en la expresión de su cara. Luke sólo necesitaba una leve caricia, una mirada sugerente para dejarse desbordar por la pasión que lo estaba consumiendo.

—Ya he visto todo lo que quería ver —dijo Paula, consciente de que el tono de su voz la traicionaba—. Has salvado a una dama en apuros y has pedido un beso como recompensa.

Pedro no se movió para impedir que Paula se alejara de sus brazos. Ésta se aferró a su osito de peluche y, con la respiración aún entrecortada, añadió:

—Ahora que he roto con esta cadena, soy una mujer libre. ¿Quién sabe las oportunidades que estarán esperando a presentárseme?

Era obvio que se las estaba dando de valiente, cuando en realidad estaba asustada ante su incierto futuro. Y agradecía a Pedro el favor que le había hecho, pero aquello tenía que terminar, a pesar de que la forma de reaccionar de su cuerpo cuando estaba cerca de Luke, se empeñaba en quitarle la razón a los fríos razonamientos de Paula. Ya había perdido un trabajo por seguir su corazón, por intentar respetar la intimidad de Pedro y dejar que Marcos se apuntara un tanto a su favor a ojos de la productora. Era la prueba más clara de que no debía dejarse guiar por los sentimientos.

—¿Quieres decir otras ofertas de trabajo, aparte de la que yo te he hecho? —le preguntó Pedro.

—Tú no me has hecho ninguna oferta de trabajo —repuso Paula confundida—. Sé que sólo se lo dijiste a Marcos para...

—Sólo le dije la pura verdad —la interrumpió—. Quiero que escribas mi biografía, y que empieces tan pronto como puedas.

El suelo tembló bajo sus pies. En ningún momento había imaginado que aquel proyecto era en serio. ¿Estaría tomándole el pelo para aprovecharse de la química que los unía cada vez que sus cuerpos se acercaban?

—Es una broma, ¿Verdad? —preguntó con aparente calma—. Tú valoras mucho tu intimidad y tu anonimato. ¿Por qué te iba a interesar que se publicase un libro que desvelase los secretos de tu vida privada?

—Hasta hoy, nunca me lo había planteado —respondió Pedro con sinceridad—. Pero después del reportaje de Marcos que han emitido hoy, mi intimidad ya no será lo que era. Así que, ¿Por qué no sacar partido de mi popularidad? Hay muchos editores que me vienen presionando desde hace años para que publique mis memorias. Y ya no tengo ningún motivo para seguir negándome. Además, la verdad es que no me queda más remedio que publicar mi biografía.

—¿Por qué? —preguntó Paula extrañada.

—Desde que los editores se pusieron en contacto conmigo, he recibido la amenaza de dos personas que ya estaban preparando una versión no autorizada de mi biografía.

—¿Una versión no autorizada? ¿Quieres decir que tratarán de montar un escándalo a tu costa?

—Pueden escribir la verdad y deformarla para que suene escandalosa. Si escribo mi propia versión, al menos conseguiré que las cosas no se exageren excesivamente.

«¿Qué cosas?», quiso preguntar Paula. Pero la única pregunta que importaba en esos momentos era si estaba dispuesta a escribir la biografía de Pedro. Y no estaba tan loca para aceptar, ¿No?

—Pero esas personas no te han amenazado físicamente, ¿Verdad? —preguntó, visiblemente preocupada por él.

—Si pensara que corría algún riesgo —contestó denegando con la cabeza—, no te involucraría. Y, por supuesto, te pagaría bien si al final aceptas mi oferta, como espero. No se me olvida que sin dinero no se puede sobrevivir en esta vida.

—¿Y por qué me eliges a mí para redactar tu biografía? —preguntó Paula.

—Has demostrado que no te vendes al mejor postor. Puedo confiar en tí y sé que no caerás en sensacionalismos rastreros para promocionar el libro.

Paula bajó la cabeza en un gesto con el que aceptaba aquel halago. Aun así, estaba totalmente desconcertada. De haber sabido que la oferta no era ficticia, no habría permitido aquel reciente beso; un beso que lo complicaba todo. Su forma de reaccionar ante su abrazo, los sentimientos que la proximidad de Pedro despertaban en ella, mostraban el riesgo que corría Paula si llegaba a familiarizarse con los secretos de él.

Éste, por otra parte, prácticamente había confirmado que su retirada de la competición podía ser interpretada por algunas personas como un escándalo. ¿Y si a Paula no le agradaba descubrir los detalles del pasado de Pedro? Era egoísta pretender ignorarlo todo y meter la cabeza en la tierra, pero también era lo más seguro. Lo contrario sería avanzar sobre tierras movedizas en las que podían hundirse sus sentimientos.

—No me contestes ahora —le propuso Pedro al adivinar la guerra que Paula estaba librando en su interior—. Primero te llevo a cenar y te distraes un poco antes de tomar ninguna decisión importante.

Paula agradeció que Pedro fuera tan considerado con ella. Por otro lado, tenía la impresión de que, como jefe, sería un hombre tan exigente como razonable y atento. Y, sin duda, era una oferta fabulosa. ¿Lograría dejar de lado sus sentimientos para cumplir con lo que Pedro quería de ella?

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 17

De repente estaba exhausta. Puede que la venganza fuera dulce, pero también resultaba agotadora.

—Sí —respondió, deseando acabar cuanto antes con aquella farsa.

Pedro le sonrió y ambos salieron del despacho de Diana, con la cabeza bien alta, dejando a Marcos boquiabierto. Esperó a que no los oyeran para mirarla y le elevó la barbilla.

—¿Una sonrisa? —le pidió Pedro—. Hemos ganado, ¿No?

—Supongo que sí —respondió esbozando una débil sonrisa.

—¿Supones?

—Está bien, ganamos —se echó a reír, al ver el ceño de enfado que Pedro fingía—. Pero sólo gracias a tí.

—Y a tu increíble capacidad interpretadora. Seguro que Nero no ha cerrado la boca todavía.

Estaba intranquila. La complacía haberle dado a Marcos en las narices, pero no era eso lo que más había disfrutado, sino el hecho de sentirse rodeada por los brazos de Pedro; la cercanía de sus caras, su tentadora boca a escasos centímetros de distancia. La gente pasaba por el pasillo y Paula se dió cuenta de que miraban extrañados al ver a la fría reportera en los brazos de un hombre tan fantástico. Sabía que los ojos le brillaban y estaba segura de que ese brillo provenía de la luz que se había encendido en su interior.

Se serenó al recordarse que aquello había sido una farsa. Pedro sólo se había inventado lo de la biografía para que Marcos sintiera envidia de ella. Se separó, aunque no lo deseaba, pues si no, no sabía cuánto tiempo podría resistir sin intentar... ¿El qué? Prefirió no responder. Mejor sería recoger todas las cosas de su camerino y marcharse sin ver a nadie más. Sobre todo, no quería tener que fingir de nuevo que estaba radiante por una biografía ficticia. Cuanto más repercusión tuviera aquel engaño, más difícil sería ocultarlo y aclararlo si acababa descubriéndose.

—¿Adónde vamos? —le preguntó Pedro.

Paula le indicó el camino hacia el camerino. Por suerte, no se tropezaron con nadie. ¿Cómo habría de explicarles lo que ni siquiera ella terminaba de entender? Con todo, se sentía alegre. Sucediera lo que sucediera, siempre le quedaría el recuerdo de la reacción de Marcos al enterarse de que su estrategia, el haber forzado su dimisión, se le había vuelto en contra. Empezó a recoger todas sus pertenencias: afeites de maquillaje, algo de ropa y un osito de peluche con un corazón rojo de tela cosido en el pecho. Era su amuleto de la suerte. Aunque, afortunadamente, no lo había necesitado esa noche, pues ya era bastante suerte haber estado junto a Pedro. Éste se sentó sobre una mesa y balanceó una pierna en el aire mientras observaba los movimientos de Paula. Una sonrisa surcó su rostro y sus ojos se iluminaron con un brillo malévolo.

—Me has hecho un gran favor esta noche —le dijo Paula triunfante, haciendo un alto para mirarlo.

—Hacía años que no me lo pasaba tan bien —afirmó cruzando los brazos sobre el pecho.

Paula tomó una estatuilla, símbolo de un premio, que le habían concedido por uno de sus primeros reportajes en De costa a costa, y la metió en una bolsa, sin permitirse arruinarse el resto del día con cábalas sobre cuál habría sido su futuro en el programa.

—¿Alguna vez te han dicho que tienes una vena perversa, Pedro?

—No imaginas lo perverso que puedo ser —respondió él acercándose a Paula.

Intentó decirse que ambos estaban sobreexcitados tras su encuentro con Marcos. Sólo eso podía explicar racionalmente los sentimientos que parecían estar uniéndolos. Pedro la besó y Paula pensó aún que se trataba de una forma de celebrar su triunfo, de un beso sin importancia. En el mundo del espectáculo, la gente se besaba constantemente. Pero le fue imposible sofocar las llamas que la abrasaron al sentir el roce de sus labios. Aquello era una irrenunciable invitación a dejarse llevar por la pasión.

—Pedro, yo... —susurró Paula.

—¿Me quieres? —dijo en voz muy baja mientras deslizaba los labios sobre los de ella—. Debes saber que es un sentimiento totalmente correspondido.

No podía ser cierto; no, habiendo tantas cosas que los distanciaban. Tenía que resistir, por mucho que le costara, el impulso de abandonarse a sus fogosos instintos. Sin embargo, la dulzura y la sinceridad de sus besos derrumbaban cualquier barrera que ella intentara levantar entre ambos. Su respiración era cálida y su cuerpo, más tierno de lo que había esperado, dada su imponente musculatura. La envolvió entre sus brazos contra el pecho y dejó que una fuerza invisible los cautivara. Paula nunca se había sentido tan vibrantemente viva.

—Hemos estado fantásticos esta noche —susurró Pedro entre los labios de Paula.

—Cierto —respondió ésta después de cerrar los ojos y saborear la miel de su boca—. Tú has estado fabuloso.

—Pues todavía no has visto lo mejor de mí —replicó acariciándole la espalda provocativamente.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 16

—¿Oferta? —repitió, traicionada por su confusión. La proximidad de Pedro la impedía actuar con serenidad—. ¡Ah, sí!, ¡esa oferta! Sí, supongo que ahora ya puedo aceptarla... Gracias a tí, Marcos—reaccionó a tiempo.

—Pensé que la idea de perder tu trabajo te entristecería —comentó él desconcertado.

—Normalmente, la entristecería —intervino Pedro—. Pero ahora tiene proyectos mucho más emocionantes... que, a mi entender, encajan mejor con su talento. ¿No te parece, cariño?

Paula aún no sabía de qué estaba hablando Pedro, pero valía la pena sentirse un poco despistada con tal de disfrutar de la cara de desgraciado que se le estaba poniendo a Marcos. Era el tipo de persona que sólo disfrutaba del éxito, cuando éste se producía a costa de otro. Y en ese caso, habría deseado que Paula se sintiera apabullada por su forzosa salida del programa. Si a ella le daba igual, su triunfo perdía parte de su encanto.

—Quizá deberíamos compartir nuestro secreto con Marcos y Diana —comentó Paula, con la esperanza de que aquella observación no entorpeciera los planes de Pedro.

De repente, se quedó helada. ¿No iría a decirles que estaban prometidos? Marcos nunca se tragaría una mentira de ese calibre, aunque, al mismo tiempo, el corazón le dio un vuelco por el mero hecho de pensar en esa posibilidad. Ella nunca había sido la prometida de ningún hombre, y la idea de pertenecer a Pedro la llenaba de coraje y de deseos. Pero no debía hacerse ilusiones. Intentó tranquilizarse, pues, de seguir fantaseando, podía acabar con el corazón roto.

Pedro debió de sentir la tensión de su cuerpo, pues empezó a masajearle los hombros para relajarla. Involuntariamente, la cabeza de Paula se recostó sobre el costado de Pedro. Casi tuvo ganas de ronronear y a punto estuvo de protestar cuando Pedro interrumpió el masaje. Al menos, pensó, había logrado serenarse.

Marcos miró asombrado aquella estampa de la supereficiente reportera, Paula Chaves, reposando la cabeza sobre el hombro de Pedro. No pegaba con su forma de ser, reconoció ésta, pero se sentía tan a gusto que decidió mantener la postura un rato más.

—Todavía es oficioso, pero Paula va a escribir mi biografía —anunció Pedro—. Habíamos pensado en ofrecer un avance en exclusiva a su programa; pero ahora que Paula ya no es la presentadora... —dejó la frase en el aire, aunque dando a entender que, con toda seguridad, habría otro programa que se vería beneficiado.

Como cebo era brillante, pero Paula se sintió algo decepcionada. No pensaba que de veras fuera a fingir que estaban prometidos, pero tampoco había imaginado que hubiera inventado una prosaica oferta de trabajo. Pero entonces, si Pedro no pretendía que Marcos creyese que ambos estaban prometidos, no tenían por qué fingir ser amantes, pensó Paula.

—Esto es un poco precipitado, ¿No les parece? —preguntó Marcos sin terminar de creer lo que estaba presenciando.

—En absoluto —rechazó Pedro con aplomo—. Se lo propuse ayer mientras comíamos; pero Paula es tan leal que no vio bien aceptar mi oferta... hasta que hoy la ayudaste a decidirse.

—Respecto a tu dimisión, Paula—intervino Diana, después de carraspear para llamar su atención—, ya sabes lo temperamental que soy. En realidad nadie quiere prescindir de tus servicios. Podemos hablar con más calma y llegar a un acuerdo acerca de tu futuro en la cadena.

Marcos no pareció muy complacido por aquella propuesta. Acababa de librarse de su principal rival y la idea de que regresara no le resultaba nada atractiva. Y mucho menos, si volvía con un reportaje como el de Pedro, que situaría las cuotas de audiencia de su programa por las nubes.

Pero Marcos no tenía por qué preocuparse. Paula conocía demasiado a Diana como para que la engañara, y sabía que ésta sólo quería que regresara para exprimir su relación con Pedro. Ese hombre, con su carisma y su récord mundial, haría las delicias de los telespectadores. Sin duda, un libro que hablara de su tan secreta vida privada y del verdadero motivo de su retirada de los circuitos sería un best seller sin necesidad de promoción alguna.

—Gracias, Diana, pero estoy contenta tal y como están las cosas ahora mismo —afirmó Paula—. La verdad es que dar por concluida mi colaboración con ustedes es, de alguna manera, una bendición —añadió para enrabietarla.

La oferta de Pedro perseguía que Diana viera a Paula con mejores ojos que a Marcos. Pero ésta confiaba en que eso no fuera todo. Como su madre siempre decía, cuando una puerta se cierra, otra se abre. No sería la puerta de Pedro la que se abriese. No creía en milagros. Pero encontraría una puerta y algún día, más adelante, miraría atrás y pensaría en ese momento como el inicio de algo y no como el final de una etapa.

—Exacto —reforzó Pedro—. Toda una bendición... para mí. Paula estará demasiado liada con el libro para ocuparse de ninguna otra cosa, así que lo que ustedes pierden lo gano yo, ¿Verdad, Paula?

lunes, 25 de junio de 2018

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 15

Y no es que a ella se le ocurriera cómo resistirse. Después de estar hundida segundos antes, se sentía eufórica de repente por el mero hecho de que Pedro estuviera sujetándole la mano.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó de todos modos.

—¿Confías en mí? —respondió mirándola a los ojos.

—Totalmente —aseguró.

—Entonces ven conmigo y no contradigas nada de lo que me oigas decir. Simplemente sígueme el juego, ¿De acuerdo?

—De acuerdo —respondió desconcertada, aunque encantada por la velocidad y decisión con que quería encargarse de Marcos.

Acompañado por Paula, nadie impidió que Pedro avanzara por el vestíbulo de la entrada y los laberínticos pasillos del edificio. Sólo en una ocasión se detuvo para pedirle a Paula que lo orientara y, el resto del tiempo, pareció seguir una especie de brújula interna que conducía al despacho de la productora de De costa a costa.

—¿Has estado antes aquí? —le preguntó Paula sorprendida.

—Hace unos años me entrevistaron en un programa —explicó—. Los despachos de los productores están frente al tuyo, ¿Verdad?

—Sí —respondió asombrada. Le había bastado una visita, hacía varios años, para memorizar aquel laberinto por el que se perdían con frecuencia personas que trabajaban allí con regularidad—. Supongo que se necesita un buen sentido de la orientación para ser campeón de automovilismo —añadió.

—Más o menos —sonrió Pedro—. Normalmente paseo primero por el circuito para familiarizarme con todas sus rectas y curvas. Pero la verdad es que nunca he tenido problemas para saber dónde estaba. Basta con que me lleves una vez a algún sitio y, por lo general, podré recordar cómo volver.

De pronto, a medida que se acercaban a los despachos, Paula empezó a temblar.

—Quizá esto no sea tan buena idea —comentó.

No sabía lo que Pedro tendría en mente, pero probablemente sería mejor si dejaba las cosas estar, sin más.

—Creía que confiabas en mí, ¿No, Paula? —le preguntó después de detenerse, apoyar las manos sobre los hombros de ésta y mirarla con dulzura a la cara.

Le resultaba difícil organizar sus pensamientos con el calor con el que sus manos le abrasaban los hombros. Así de juntos, lo único que se le ocurría era lo irresistible que era su boca, cuyos labios estaban entreabiertos, como esperando alguna respuesta en forma de beso por su parte.

—Confío en tí —afirmó, después de suspirar. Dios sabe qué deseo o qué locura.

—Bien —dijo Pedro con satisfacción—. Entonces, en marcha.

La tomó por la mano, la llevó hacia el último tramo del pasillo y entró en el despacho de De costa a costa sin llamar a la puerta.

Diana, la productora, estaba sentada en el asiento que hasta hacía muy poco había pertenecido a Sarah y, al otro lado de la mesa, Marcos sostenía un guión entre las manos. Debían de estar comentando los reportajes del día siguiente, pensó Paula. Marcos, al ver quién la acompañaba, convirtió su estupor en amabilidad de inmediato.

—He aquí al héroe de la actualidad —dijo extendiendo una mano—. Soy Marcos Nero, encantado de conocerte.

—Pedro Alfonso. Y no necesitabas presentarte, Marcos. Procuro no perderme De costa a costa —dijo mientras le apretaba la mano tanto que Marcos puso una ligera mueca de dolor—. Un programa muy interesante —añadió.

—Gracias, pero no soy el único que se merece este elogio. Nuestra Paula siempre ha trabajado muy bien.

¿Cómo que «Nuestra Paula»? Hacía bien poco que había hecho todo lo posible por expulsarla del programa y de repente... Pedro rodeó los hombros de Paula con un brazo y la atrajo para sí. Fuera lo que fuera lo que Pedro planeaba, ella ya estaba disfrutando de su estrategia.

—Ya lo creo —afirmó Pedro—. Soy consciente de lo importante que es su contribución al programa. Salvarle la vida es una de las acciones más inteligentes que he hecho en toda mi vida.

Marcos estaba inquieto. Tenía demasiada experiencia como periodista, como para no notar que Pedro estaba tramando algo.

—Entonces, ¿Por qué no querías que nadie se enterara de que la habías rescatado del coche? —decidió preguntar Marcos.

—Eres una persona modesta —intervino Diana—. Por eso preferías mantenerte al margen de los elogios, ¿No es eso, Pedro?

Paula comprendió que tampoco la productora había escapado a la fatal influencia de la mirada penetrante de Pedro. Diana Blake, tan tosca en el habla como la que más, se había derretido nada más ver a Pedro e, incluso, tal vez intentaba coquetear con él. Paula no se lo podía creer: la dama de hierro del equipo de producción, intimidada por un hombre. Increíble.

—Hice lo que cualquiera habría hecho —dijo Pedro desviando la mirada en un gesto de fingida timidez que, sorprendentemente, Diana y Marcos parecieron creerse—. Y eso no me convierte en un héroe.

—¿Entonces no te importó que emitiéramos el reportaje de esta noche? — preguntó con el ceño fruncido, desconfiado.

—¿Por qué había de importarme? No me entusiasma que me conviertan en un héroe cuando no lo soy, ni que violen mi intimidad —respondió—; pero merece la pena si, a cambio, Paula abandona el programa. Ya no puede negarse a aceptar mi oferta, ¿Verdad que no, cariño?

¿Cariño?, ¿Oferta?, ¿Cariño? Paula había convenido confiar en Pedro y seguirle el juego, pero...

La presión del brazo de éste le recordó el acuerdo al que habían llegado. Suspiró: ser una mujer de palabra resultaba complicado en algunas ocasiones. Dibujó una sonrisa en la cara y se acercó cariñosamente al amparo que el cuerpo de Pedro le ofrecía, refugio que le pareció de lo más natural una vez se hubo acostumbrado a él. Y se estaba acostumbrando más rápido de lo que debía.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 14

«Y que te cunda», pensó mientras se disponía a salir del estudio. No bien se hubo desmaquillado y puesto ropa de calle, empezó a comprender la trascendencia de su decisión. Tuvo que recostarse sobre una pared para tomar aliento. Había tirado por la ventana la mejor oportunidad que se le había presentado en toda su carrera como reportera, y se había quedado en el paro. Tenía ahorros para salir adelante durante un tiempo; pero no le sería fácil fichar por otra cadena después de salir de la suya por la puerta trasera. Nadie creería que había dimitido por una cuestión de ética, por negarse a trabajar para un hombre más rastrero que una rata de cloaca. Marcos dejaría que todos pensaran que ella se había rendido al no poder competir con él en la lucha por el programa.

Su madre suspiraría martirizada y la compararía desfavorablemente con sus hermanas, Isabel y Delfina. No emplearía muchas palabras, pero le dejaría bien claro que no había logrado estar a la altura de ellas. Frustrada, le dió un puñetazo a la pared. ¿Por qué no habría nacido en una familia normal, en la que el hecho de ganarse la vida decentemente se consideraría ya un logro? Tendría que decírselo a sus padres antes de que éstos se enteraran de todo por la dudosa versión que ofrecerían los periódicos. Estaba segura de que no iban a compartir ni comprender su forma de pensar. Pero estaba esquivando lo principal. Podía afrontar a su familia, tal como había hecho tantas otras veces en el pasado. Pero le resultaba más doloroso imaginar el daño que la intromisión de Marcos podía haberle hecho a Pedro. ¿De qué le serviría asegurarle que ella no había tenido nada que ver? Independientemente de lo que Pedro pensara de ella, ya no se podía reparar el daño.

Paula suspiró apenada. Justo cuando acababa de conocer a un hombre que la apreciaba por su forma de ser, tenía que suceder algo así. Por un momento pensó en marcharse antes de que él llegara a recogerla. De alguna manera, sabía que Pedro no dejaría de ir por ella, por muy enfadado que estuviese. Pero no quería ser cobarde. Lo recibiría con la cabeza alta, soportaría los reproches que Pedro le hiciera y fingiría no sentirse desolada por estropear aquella relación que los había unido. Fingir era la única forma que se le ocurría de mantener intacta su autoestima. Si le hacía saber lo mucho que había deseado que su relación hubiese tomado un rumbo más íntimo, acabaría con el corazón destrozado. Cuanto antes aceptara que no podría tener a Pedro, menos sufriría inútilmente. Pero una cosa era decirse lo que debía hacer y otra muy distinta era aceptarlo de verdad.

Fue hacia el vestíbulo en que Pedro la estaba esperando y, a juzgar por su expresión, era evidente que éste había visto el último reportaje. Tenía un gesto duro, implacable, y su boca parecía un látigo furioso en medio de su cara. Pero, sobre todo, eran sus ojos los que revelaban la tormenta interior que lo azotaba. Sarah cerró los ojos, dispuesta a soportar cualquier crítica. Pedro, en cambio, se limitó a decir:

—¿Estás lista? Pues venga, vámonos. El coche está fuera.

Situada en el asiento del copiloto de su Branxton, se giró para mirarlo a los ojos. El silencio le resultaba mucho peor que todas las acusaciones juntas.

—Adelante, dilo.

—Que diga, ¿Qué? —preguntó evitando su mirada.

—Lo que estás pensando. Probablemente me lo merezca. Ahora todo el mundo sabe dónde vives... y yo tengo la culpa.

—Tú no elegiste sufrir aquel accidente de coche —dijo sin arrancar aún el coche.

—Quizá deberías haberme dejado dentro —comentó ella, sorprendida por aquella pequeña concesión de Pedro.

—Me tienes que conocer muy poco, porque si no, sabrías que eso que has dicho es una estupidez —contestó.

Paula estaba dispuesta a aceptar cualquier acusación.

—Es que quizá soy estúpida —se criticó—. Quizá debería haber hecho yo el reportaje... entonces sería yo quien, quizá, se quedara con el puesto de presentador de De costa a costa, en vez del estúpido de Marcos Nero —añadió con la voz quebrada.

—¿Qué quieres decir con que deberías haber hecho tú el reportaje? —le preguntó mirándola directo a los ojos—. ¿El reportaje no era tuyo?

—Marcos se enteró de todo por sus propios medios —explicó tras denegar con la cabeza— y me sorprendió mientras el programa se emitía en directo.

—¡Vaya! —le lanzó una mirada llena de dulzura—. Supongo que ocultar mi identidad no te beneficiará mucho cuando decidan a quién le dan ese puesto de presentador que tanto ansías.

—Mucho no, desde luego —respondió, con ganas de echarse a reír, a pesar de su desasosiego—. No sólo no seré la presentadora del programa, sino que me acabo de quedar en el paro. He dimitido después de esta jugarreta.

La mirada de Pedro le inundó el cuerpo de adrenalina y, durante un segundo, pensó en lanzarse a sus brazos y dejarse besar otra vez. De pronto había comprendido que, después de hacerle el boca a boca, no había estado conmocionada por el accidente, sino por la sensación que había experimentado de encontrar un hogar en los labios de Pedro, como si en vez de un encuentro con un desconocido, el suyo hubiera sido el reencuentro de dos viejos amantes.

—Me niego a que Nero se salga con la suya —afirmó Pedro, desaparecidos los vestigios de su enfado.

—No irás a hacer alguna locura, ¿No? —preguntó, mientras lo imaginaba ajustándole las cuentas a Marcos.

—Depende de lo que entiendas por locura. Sígueme —respondió, al tiempo que salía del coche, cerraba su puerta y sacaba a Paula con una firmeza incontestable.