Él le acarició la mejilla, tratando de difuminar las arrugas de tensión que se habían formado en torno a su boca.
—Lo siento. Pensaba que tal vez así podrías recuperar algo de lo que perdiste.
—No. Eso solo empeoraría las cosas — ella enterró la cara contra su hombro.
Pero Pedro no quería abandonar la idea. La apartó de él y la miró a los ojos.
—Hasta esta noche pensabas que no serías capaz de bailar otra vez, y mírate. Deberías pensar en ello.
La apretó más fuerte y la hizo girar por la pista de baile en una serie de intrincados pasos que ella siguió sin un solo tropiezo. El color volvió a las mejillas de Paula y el brillo a sus ojos. Cuando la música se detuvo, volvía a reír.
—De acuerdo, de acuerdo, puedo bailar, pero solo si tú me llevas.
—¿Y cuál es el problema? —preguntó él, mirándola a los ojos.
La alegría de Paula se desvaneció.
—Tú no siempre estarás aquí —musitó en voz tan baja que él apenas la oyó por encima de la música.
Pedro sintió deseos de negarlo, de decirle que siempre estaría allí, pero el compromiso lo asustaba. Lo único que lo asustaba más era la idea de perderla. Sin embargo, durante los siguientes días eso fue exactamente lo que sintió que estaba sucediendo. Paula todavía compartía su casa, pero había una distancia cada vez mayor entre ellos, una distancia que él no conseguía entender y que no parecía poder remediar.Ella volvía a sentirse fuerte y parecía haber recuperado una cómoda rutina que no lo incluía a él. Se pasaba el día en el trabajo y por las noches salía con sus amigos o se encerraba en su habitación para rellenar el papeleo de la clínica. En más de una ocasión, Pedro la sorprendió mirando los anuncios de apartamentos, aunque, por suerte, el mercado de alquileres estaba más colapsado que nunca, debido a la cantidad de familias desplazadas por el huracán. Estaba seguro que se volvería loco si no encontraba algún modo de combatir esa compostura distante, esa fachada meticulosamente amable con que ella lo recibía a la hora del desayuno.Pensó en decírselo claramente, en preguntarle por qué de repente se había alejado de él. Sabía que todo había empezado la noche que pasaron con Nadia y Sergio, pero su amigo no le sirvió de gran ayuda cuando le preguntó si tenía alguna idea de por qué estaba enfadada Paula.
— A mí me parece que está bien —dijo Sergio.
—¿Y Nadia no te ha dicho nada?
—Lo creas o no, en las raras ocasiones en que paso algún tiempo con mi ex mujer, tú no eres nuestro tema de conversación —le contestó Sergio.
Pedro notó malestar en el tono de su amigo.
—¿Cómo van las cosas, por cierto? ¿Has hecho algún progreso?
—Depende de lo que consideres un progreso —dijo Sergio—. Su manada de admiradores parece estar menguando, pero todavía se pone hecha una furia cuando le sugiero que salgamos. Se me están acabando las ideas, y la paciencia.
Pedro sabía que debía hacer algo para romper el inexplicable distanciamiento de Paula. Tenía la sospecha, basada en su experiencia, de que un beso podía conseguirlo. Solo tenía que encontrar una excusa, o la ocasión adecuada, para robarle uno. Aunque su horario de trabajo eran impredecible, parecía que tendría el fin de semana libre. Decidió que el sábado sería la ocasión perfecta para que pasaran algún tiempo juntos. Sacó el tema durante el desayuno, el viernes. Estiró el brazo a través de la mesa y tocó la mano de Paula para que levantara la vista del periódico.
—¿Tienes planes para mañana? —le preguntó cuando ella lo miró, sorprendida.
Durante un instante, le pareció ver un destello de pánico en sus ojos, pero, finalmente, ella sacudió la cabeza.
—No. ¿Porqué?
—He pensado que podríamos pasar el día juntos.
—No tienes por qué hacerlo. Yo estoy bien sola. Estoy segura que tienes cosas mejores que hacer que ocuparte de una invitada que ya ha abusado demasiado de tu hospitalidad.
La última parte de la respuesta sorprendió a Pedro.
—Tú no abusas de mi hospitalidad. ¿He dicho algo que te haga pensar eso? Si lo he dicho, te pido disculpas. Puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras. En realidad, insisto en que te quedes.
Ella evitó su mirada.
viernes, 4 de mayo de 2018
Mi Salvador: Capítulo 51
—¿Cómo es posible? Si lo conociste cuando te rescató...
—Lo sé. Supongo que estaba tan aturdida por la alegría de que me salvara, que no pensé en todos los riesgos que asumió para sacarme de allí. Y, de alguna forma, había olvidado por completo que hace esas cosas todo el tiempo, que aquello no fue un simple arrebato heroico.
—Y, ahora, ¿qué es lo que vas a hacer al respecto?
La mirada de Paula vagó en la dirección por la que se habían ido los hombres.
—Ojalá lo supiera —admitió cándidamente, y luego se encogió de hombros—. Pero tampoco tiene mucha importancia. Pedro y yo solo somos amigos.
Nadia la observó detenidamente, y luego se echó a reír.
—Oh, vamos —dijo—. Escúchanos. Somos de risa. Yo espero que mi ex marido se convierta de pronto en un oficinista, y tú crees que no hay nada entre Pedro y tú.
—No lo hay —insistió Paula.
Nadia le dió unos golpecitos en la mano.
—Tú puedes decir lo que quieras. Pero he visto el modo en que te mira.
—¿Cómo?
Una sonrisa se extendió por la cara de Nadia.
—Como tú lo miras a él: como una adolescente enamorada.
La velada no transcurrió como Pedro había imaginado. Incluso después de que llegaran al club donde habían decidido ir a beber unas copas después de la cena, Paula y Nadia no se separaron ni un momento y se reían como un par de colegialas de bromas que al parecer no tenían ganas de compartir. A Sergio no parecía importarle, pero a él lo sacaba de quicio. ¿De qué demonios tendrían que hablar? Acababan de conocerse. Finalmente, decidió que ya era suficiente. Se levantó y puso la mano bajo el codo de Paula. Cuando ella se volvió, sorprendida, para mirarlo, dijo:
—¿Bailas?
—Pero yo no...
—Sí que puedes —respondió él, ejerciendo una ligera presión para animarla a levantarse. Miró maliciosamente a Sergio y luego a Nadia—. Estoy seguro que ellos también querrán bailar.
Paula asintió.
—Claro —sonrió a Nadia, que miraba enfurruñada a su marido.
Antes de que Paula pudiera decir nada, Pedro la arrastró hacia la pista de baile. La música era lenta. Por eso había elegido ese momento para bailar. Así podría abrazarla y enseñarle el ritmo de la canción con el movimiento de su cuerpo.Por un instante, ella se tensó contra él, pero luego se relajó lentamente.
—¿Qué canción es? —preguntó, mirándolo a los ojos.
Pedro le dijo el título de la vieja melodía, y la cara de Paula se iluminó. Él oyó que empezaba a tararearla de memoria. Encontró el ritmo ella sola, sin su ayuda, y luego volvió a mirarlo, con expresión de placer.
—Te lo dije —dijo él.
—¿Qué?
—Que podrías bailar.
—Porque me acuerdo de la canción —dijo ella, y luego añadió, melancólica—. Solía tocarla al violín.
—¿No has vuelto a tocar desde que perdiste el oído?
Ella pareció sorprendida por la pregunta.
—Claro que no.
—¿Por qué no? Todavía sabes leer música, ¿Verdad?
— Sí, pero... —su expresión cambió. Las lágrimas afloraron a sus ojos—. No puedo hacerlo. Sería demasiado frustrante no poder oír la música, ni saber si cometo un error.
Pedro comprendió cuánto le dolía no poder tocar.
—Algunos considerarían eso una ventaja —dijo—. Estoy seguro de que a Joaquín le en cantaría dejarte su violín, y Sonia consideraría una bendición que te lo quedaras.
—No —dijo ella enérgicamente—. Nunca.
—Lo sé. Supongo que estaba tan aturdida por la alegría de que me salvara, que no pensé en todos los riesgos que asumió para sacarme de allí. Y, de alguna forma, había olvidado por completo que hace esas cosas todo el tiempo, que aquello no fue un simple arrebato heroico.
—Y, ahora, ¿qué es lo que vas a hacer al respecto?
La mirada de Paula vagó en la dirección por la que se habían ido los hombres.
—Ojalá lo supiera —admitió cándidamente, y luego se encogió de hombros—. Pero tampoco tiene mucha importancia. Pedro y yo solo somos amigos.
Nadia la observó detenidamente, y luego se echó a reír.
—Oh, vamos —dijo—. Escúchanos. Somos de risa. Yo espero que mi ex marido se convierta de pronto en un oficinista, y tú crees que no hay nada entre Pedro y tú.
—No lo hay —insistió Paula.
Nadia le dió unos golpecitos en la mano.
—Tú puedes decir lo que quieras. Pero he visto el modo en que te mira.
—¿Cómo?
Una sonrisa se extendió por la cara de Nadia.
—Como tú lo miras a él: como una adolescente enamorada.
La velada no transcurrió como Pedro había imaginado. Incluso después de que llegaran al club donde habían decidido ir a beber unas copas después de la cena, Paula y Nadia no se separaron ni un momento y se reían como un par de colegialas de bromas que al parecer no tenían ganas de compartir. A Sergio no parecía importarle, pero a él lo sacaba de quicio. ¿De qué demonios tendrían que hablar? Acababan de conocerse. Finalmente, decidió que ya era suficiente. Se levantó y puso la mano bajo el codo de Paula. Cuando ella se volvió, sorprendida, para mirarlo, dijo:
—¿Bailas?
—Pero yo no...
—Sí que puedes —respondió él, ejerciendo una ligera presión para animarla a levantarse. Miró maliciosamente a Sergio y luego a Nadia—. Estoy seguro que ellos también querrán bailar.
Paula asintió.
—Claro —sonrió a Nadia, que miraba enfurruñada a su marido.
Antes de que Paula pudiera decir nada, Pedro la arrastró hacia la pista de baile. La música era lenta. Por eso había elegido ese momento para bailar. Así podría abrazarla y enseñarle el ritmo de la canción con el movimiento de su cuerpo.Por un instante, ella se tensó contra él, pero luego se relajó lentamente.
—¿Qué canción es? —preguntó, mirándolo a los ojos.
Pedro le dijo el título de la vieja melodía, y la cara de Paula se iluminó. Él oyó que empezaba a tararearla de memoria. Encontró el ritmo ella sola, sin su ayuda, y luego volvió a mirarlo, con expresión de placer.
—Te lo dije —dijo él.
—¿Qué?
—Que podrías bailar.
—Porque me acuerdo de la canción —dijo ella, y luego añadió, melancólica—. Solía tocarla al violín.
—¿No has vuelto a tocar desde que perdiste el oído?
Ella pareció sorprendida por la pregunta.
—Claro que no.
—¿Por qué no? Todavía sabes leer música, ¿Verdad?
— Sí, pero... —su expresión cambió. Las lágrimas afloraron a sus ojos—. No puedo hacerlo. Sería demasiado frustrante no poder oír la música, ni saber si cometo un error.
Pedro comprendió cuánto le dolía no poder tocar.
—Algunos considerarían eso una ventaja —dijo—. Estoy seguro de que a Joaquín le en cantaría dejarte su violín, y Sonia consideraría una bendición que te lo quedaras.
—No —dijo ella enérgicamente—. Nunca.
miércoles, 2 de mayo de 2018
Mi Salvador: Capítulo 50
Paula ignoraba por qué hasta ese momento no había pensado en que lo que para ella había sido una rara y aterradora experiencia, para Pedro era pura rutina. Él mismo había admitido que le gustaba asumir riesgos. No se dedicaba a salvar vidas simplemente porque fuera necesario o como una forma de probarle a su padre que era todo un hombre. Lo hacía porque amaba el peligro que conllevaba explorar edificios derrumbados en busca de supervivientes. Ella había quedado atrapada entre los escombros de su casa, sola y aterrorizada, durante horas. Pero, para Pedro, rescatarla había sido poco más que un juego, una forma de poner a prueba su habilidad frente a los estragos de la naturaleza.Era, claro estaba, un experto bien entrenado. Y, claro estaba, entendía los riesgos y sin duda hacía todo lo que estaba en su mano para reducirlos al mínimo. Pero la cuestión era que Pedro formaba parte de esa clase de hombres a los que aburriría cualquier cosa menos extraordinaria que el desafío de su arriesgada profesión. ¿Cómo podría sentirse atraído por una mujer que no fuera igualmente arriesgada? No era de extrañar que nunca se hubiera comprometido. Pedro necesitaba la variedad para espantar el aburrimiento. Ella debía de parecerle increíblemente sosa, una anodina maestra que ni siquiera podía tomar parte en algunas de las actividades que la mayoría de la gente daba por sentadas, como la música o el baile.
Paula se daba cuenta con tristeza de que, tarde o temprano, tendría que afrontar esas cuestiones, preferiblemente antes de que Pedro le exigiera respuestas. Había conseguido salir de la cocina sin revelarle su desaliento, pero evidentemente él había notado su reacción, aunque no entendiera sus razones. No se contentaría con evasivas por mucho tiempo.Se alegró de que no fueran a pasar la noche solos, y se arregló rápidamente. Incluso había conseguido olvidarse de su dilema cuando se encontraron con Sergio y su ex mujer. Nadia le gustó a primera vista. Tenía una sonrisa cálida y una personalidad exuberante. Desde el momento en que atravesó la puerta de su casa, la trató como si fueran viejas amigas con un millón de cosas que contarse.
—Tenemos que hablar —le dijo a Paula, llevándola al cómodo cuarto de estar de su casa de estilo español y señalando desdeñosamente a los hombres—. Deja que se las apañen solos. Sergio ya conoce la casa.
Sergio pareció decepcionado, pero se llevó obedientemente a Pedro al otro extremo de la casa.Divertida, Paula los miró alejarse.
—No creo que esto fuera lo que Sergio esperaba —sugirió cándidamente.
—Claro que no —dijo Nadia alegremente—. Dejé de hacer lo que Sergio esperaba el día en que me divorcié de él. En realidad, antes. Él no creía que fuera capaz de ponerle fin a nuestro matrimonio. El pobre tiene un ego monumental. Lo cual le viene muy bien en su trabajo, pero en su vida privada... —se encogió de hombros—. Tiene que aprender a superarlo.
—Creíste que Sergio no te permitiría seguir adelante con el divorcio, ¿Verdad?
Nadia la miró fijamente, sorprendida.
—¿Cómo lo has adivinado? Nadie lo sabe. Bueno, excepto la madre de Pedro, que lee en mí como si fuera un libro abierto.
—Y, una vez que empezaste con lo del divorcio, ¿Ya no supiste cómo detenerlo?
La otra mujer suspiró.
—Realmente estúpido, ¿Verdad?
—No. Fue una medida drástica que no funcionó. Supongo que tenías tus razones.
— Oh, sí —dijo Nadia enfáticamente—. Su trabajo me daba pánico.
Su respuesta coincidía con demasiada exactitud con lo que Paula había estado pensando poco antes.
—Pero ya sabías a qué se dedicaba cuando se conocieron, ¿No?
—Yo pensaba que lo dejaría cuando empezáramos a plantearnos tener hijos. Le ofrecí una alternativa: trabajar para mi padre. No me importaba si hacía eso u otra cosa. Solo quería que estuviera a salvo. Pero, en lugar de pensárselo, me acusó de intentar cambiarlo. Me dijo que no estaba hecho para trabajar de oficinista y que nunca lo haría.
—Y tú no podías vivir así —supuso Paula.
Nadia se encogió de hombros.
—Pensaba que no, pero ahora sé que es peor vivir sin él. Todavía me pongo enferma cada vez que lo llaman para una emergencia. Me quedo sentada junto al teléfono y me doy un susto de muerte cuando suena. Afortunadamente, por ahora siempre ha sido Sergio quien llama, para decirme que está bien.
—¿Te llama aunque estén divorciados?
—Siempre que se va —dijo ella.
—¿Y le has dicho que el divorcio no te ha dado la tranquilidad que esperabas?
Nadia suspiró.
—No.
—¿Por qué no?
—Soy demasiado orgullosa, supongo. Todavía sigo esperando que admita que estar sin mí le resulta tan duro como a mí estar sin él. Estoy segura de que así es, pero no he visto ninguna prueba de que esté dispuesto a aceptar un compromiso.
—¿Y cuál sería ese compromiso?
—Ojalá lo supiera —lanzó a Paula una mirada penetrante—. ¿Y qué me dices de tí? ¿No te preocupa el trabajo de Pedro?
—Para serte sincera, hasta esta noche no lo había pensado. Pedro me dijo algo que me pilló con la guardia baja, no sé por qué.
Nadia pareció sorprendida por la respuesta.
Paula se daba cuenta con tristeza de que, tarde o temprano, tendría que afrontar esas cuestiones, preferiblemente antes de que Pedro le exigiera respuestas. Había conseguido salir de la cocina sin revelarle su desaliento, pero evidentemente él había notado su reacción, aunque no entendiera sus razones. No se contentaría con evasivas por mucho tiempo.Se alegró de que no fueran a pasar la noche solos, y se arregló rápidamente. Incluso había conseguido olvidarse de su dilema cuando se encontraron con Sergio y su ex mujer. Nadia le gustó a primera vista. Tenía una sonrisa cálida y una personalidad exuberante. Desde el momento en que atravesó la puerta de su casa, la trató como si fueran viejas amigas con un millón de cosas que contarse.
—Tenemos que hablar —le dijo a Paula, llevándola al cómodo cuarto de estar de su casa de estilo español y señalando desdeñosamente a los hombres—. Deja que se las apañen solos. Sergio ya conoce la casa.
Sergio pareció decepcionado, pero se llevó obedientemente a Pedro al otro extremo de la casa.Divertida, Paula los miró alejarse.
—No creo que esto fuera lo que Sergio esperaba —sugirió cándidamente.
—Claro que no —dijo Nadia alegremente—. Dejé de hacer lo que Sergio esperaba el día en que me divorcié de él. En realidad, antes. Él no creía que fuera capaz de ponerle fin a nuestro matrimonio. El pobre tiene un ego monumental. Lo cual le viene muy bien en su trabajo, pero en su vida privada... —se encogió de hombros—. Tiene que aprender a superarlo.
—Creíste que Sergio no te permitiría seguir adelante con el divorcio, ¿Verdad?
Nadia la miró fijamente, sorprendida.
—¿Cómo lo has adivinado? Nadie lo sabe. Bueno, excepto la madre de Pedro, que lee en mí como si fuera un libro abierto.
—Y, una vez que empezaste con lo del divorcio, ¿Ya no supiste cómo detenerlo?
La otra mujer suspiró.
—Realmente estúpido, ¿Verdad?
—No. Fue una medida drástica que no funcionó. Supongo que tenías tus razones.
— Oh, sí —dijo Nadia enfáticamente—. Su trabajo me daba pánico.
Su respuesta coincidía con demasiada exactitud con lo que Paula había estado pensando poco antes.
—Pero ya sabías a qué se dedicaba cuando se conocieron, ¿No?
—Yo pensaba que lo dejaría cuando empezáramos a plantearnos tener hijos. Le ofrecí una alternativa: trabajar para mi padre. No me importaba si hacía eso u otra cosa. Solo quería que estuviera a salvo. Pero, en lugar de pensárselo, me acusó de intentar cambiarlo. Me dijo que no estaba hecho para trabajar de oficinista y que nunca lo haría.
—Y tú no podías vivir así —supuso Paula.
Nadia se encogió de hombros.
—Pensaba que no, pero ahora sé que es peor vivir sin él. Todavía me pongo enferma cada vez que lo llaman para una emergencia. Me quedo sentada junto al teléfono y me doy un susto de muerte cuando suena. Afortunadamente, por ahora siempre ha sido Sergio quien llama, para decirme que está bien.
—¿Te llama aunque estén divorciados?
—Siempre que se va —dijo ella.
—¿Y le has dicho que el divorcio no te ha dado la tranquilidad que esperabas?
Nadia suspiró.
—No.
—¿Por qué no?
—Soy demasiado orgullosa, supongo. Todavía sigo esperando que admita que estar sin mí le resulta tan duro como a mí estar sin él. Estoy segura de que así es, pero no he visto ninguna prueba de que esté dispuesto a aceptar un compromiso.
—¿Y cuál sería ese compromiso?
—Ojalá lo supiera —lanzó a Paula una mirada penetrante—. ¿Y qué me dices de tí? ¿No te preocupa el trabajo de Pedro?
—Para serte sincera, hasta esta noche no lo había pensado. Pedro me dijo algo que me pilló con la guardia baja, no sé por qué.
Nadia pareció sorprendida por la respuesta.
Mi Salvador: Capítulo 49
—¿Eso es todo? ¿Solo «qué bien» y «adonde vamos»?
Ella lo miró, perpleja.
—¿Es que quieres que me ponga a discutir?
—No, pero como normalmente lo haces...
—¿Te refieres a que normalmente me das órdenes, en vez de preguntarme por mis preferencias?
Él sonrió.
—Exactamente.
Ella se echó a reír.
—Para una vez que tu arrogancia coincide con mis deseos, ¿Para qué perder el tiempo discutiendo? Yo no discuto porque sí.
—Tiene gracia. Empezaba a pensar que sí —murmuró él, olvidándose por un momento de que no bastaba con bajar la voz para evitar que ella entendiera lo que decía.
Para enfatizar su error, ella le tocó los labios.
—Te he visto.
Su caricia, aunque ligera y suave, despertó todo el deseo latente que Pedro llevaba días reprimiendo. La atrajo hacia sí y su boca se cerró sobre la de ella justo cuando Paula dejaba escapar un ligero gemido de sorpresa. Solo vagamente se dió cuenta de que ella no se resistía, de que ni siquiera intentaba protestar. Estaba demasiado perdido en su sabor, en la forma en que el cuerpo de Paula se amoldaba al suyo, en cómo se apretaba más fuerte contra su inmediata erección.Dios santo, aquella mujer era una bruja. Fría y serena un momento, lo ponía al borde del frenesí sin. que Ricky apenas pudiera reaccionar y, al siguiente, se volvía toda fuego y tentación. ¿Cómo iba a tratar con una mujer que podía cambiar de humor en un abrir y cerrar de ojos? ¿Con mujer que parecía un ángel y besaba como una diablesa?En ese momento, habría dado todo lo que poseía por tomarla en brazos, llevarla a la cama y aprovecharse de todo lo que ella le ofrecía. Dudaba que ni siquiera su voluntad de hierro y su sentido del honor pudieran disuadirlo. Solo el recuerdo del compromiso con su mejor amigo tiraba de él, hasta que finalmente la soltó, suspirando.
—Uno de estos días vamos a tener que poner fin a esto —dijo, jadeando.
—Ahora es tan buen momento como cualquier otro —dió ella, con expresión aturdida y esperanzada.
—Sergio nos está esperando.
Ella lo miró, confusa.
—¿Sergio? ¿Qué tiene que ver con esto?
—Por fin ha convencido a su ex mujer para que salga con él.
—¿Y?
—Ella solo irá si vamos nosotros.
Paula lo observó fijamente, fascinada.
—¿Y por qué?
—Tiene más interés en conocerte a tí que en salir con Sergio.
—Vamos a ver. Están divorciados, ¿No?
Pedro asintió.
—Entonces, ¿Por qué quieren salir juntos?
—Según mi madre, todavía se quieren.
—¿Y tú qué crees?
—Estoy seguro que él todavía la quiere. No he hablado con Nadia, pero mi madre dice que el sentimiento es mutuo.
—¿Pero por qué diablos se divorciaron entonces?
—Porque son demasiados tozudos para llegar a un acuerdo. Ella quiere que Sergio deje el trabajo de bombero y se ponga a trabajar en la empresa de su padre. Y a él le gusta su trabajo tanto como a mí. A los dos nos encanta el peligro.
El color pareció huir de la cara de Paula. Se giró rápidamente y se dirigió a la puerta, pero Pedro comprendió que algo iba mal.
—Voy a arreglarme —dijo ella, con voz demasiado tranquila, demasiado sumisa.
Pedro la sujetó por la muñeca.
—Eh, ¿Qué te ocurre?
—Nada —dijo ella, tensa.
—Pau, dímelo. Hace un momento tenías un montón de preguntas sobre Sergio y Nadia, y ahora te comportas como si le hubiera dado una patada a tu osito de peluche.
Ella sacudió la cabeza.
—No tiene importancia. Será mejor que nos demos prisa, si vamos a vernos con tus amigos.
Pedro la dejó ir. Pero tuvo la sensación de que no podría librarse fácilmente de las preguntas que había suscitado su extraño comportamiento. Sospechaba que las respuestas eran más importantes de lo que imaginaba.
Ella lo miró, perpleja.
—¿Es que quieres que me ponga a discutir?
—No, pero como normalmente lo haces...
—¿Te refieres a que normalmente me das órdenes, en vez de preguntarme por mis preferencias?
Él sonrió.
—Exactamente.
Ella se echó a reír.
—Para una vez que tu arrogancia coincide con mis deseos, ¿Para qué perder el tiempo discutiendo? Yo no discuto porque sí.
—Tiene gracia. Empezaba a pensar que sí —murmuró él, olvidándose por un momento de que no bastaba con bajar la voz para evitar que ella entendiera lo que decía.
Para enfatizar su error, ella le tocó los labios.
—Te he visto.
Su caricia, aunque ligera y suave, despertó todo el deseo latente que Pedro llevaba días reprimiendo. La atrajo hacia sí y su boca se cerró sobre la de ella justo cuando Paula dejaba escapar un ligero gemido de sorpresa. Solo vagamente se dió cuenta de que ella no se resistía, de que ni siquiera intentaba protestar. Estaba demasiado perdido en su sabor, en la forma en que el cuerpo de Paula se amoldaba al suyo, en cómo se apretaba más fuerte contra su inmediata erección.Dios santo, aquella mujer era una bruja. Fría y serena un momento, lo ponía al borde del frenesí sin. que Ricky apenas pudiera reaccionar y, al siguiente, se volvía toda fuego y tentación. ¿Cómo iba a tratar con una mujer que podía cambiar de humor en un abrir y cerrar de ojos? ¿Con mujer que parecía un ángel y besaba como una diablesa?En ese momento, habría dado todo lo que poseía por tomarla en brazos, llevarla a la cama y aprovecharse de todo lo que ella le ofrecía. Dudaba que ni siquiera su voluntad de hierro y su sentido del honor pudieran disuadirlo. Solo el recuerdo del compromiso con su mejor amigo tiraba de él, hasta que finalmente la soltó, suspirando.
—Uno de estos días vamos a tener que poner fin a esto —dijo, jadeando.
—Ahora es tan buen momento como cualquier otro —dió ella, con expresión aturdida y esperanzada.
—Sergio nos está esperando.
Ella lo miró, confusa.
—¿Sergio? ¿Qué tiene que ver con esto?
—Por fin ha convencido a su ex mujer para que salga con él.
—¿Y?
—Ella solo irá si vamos nosotros.
Paula lo observó fijamente, fascinada.
—¿Y por qué?
—Tiene más interés en conocerte a tí que en salir con Sergio.
—Vamos a ver. Están divorciados, ¿No?
Pedro asintió.
—Entonces, ¿Por qué quieren salir juntos?
—Según mi madre, todavía se quieren.
—¿Y tú qué crees?
—Estoy seguro que él todavía la quiere. No he hablado con Nadia, pero mi madre dice que el sentimiento es mutuo.
—¿Pero por qué diablos se divorciaron entonces?
—Porque son demasiados tozudos para llegar a un acuerdo. Ella quiere que Sergio deje el trabajo de bombero y se ponga a trabajar en la empresa de su padre. Y a él le gusta su trabajo tanto como a mí. A los dos nos encanta el peligro.
El color pareció huir de la cara de Paula. Se giró rápidamente y se dirigió a la puerta, pero Pedro comprendió que algo iba mal.
—Voy a arreglarme —dijo ella, con voz demasiado tranquila, demasiado sumisa.
Pedro la sujetó por la muñeca.
—Eh, ¿Qué te ocurre?
—Nada —dijo ella, tensa.
—Pau, dímelo. Hace un momento tenías un montón de preguntas sobre Sergio y Nadia, y ahora te comportas como si le hubiera dado una patada a tu osito de peluche.
Ella sacudió la cabeza.
—No tiene importancia. Será mejor que nos demos prisa, si vamos a vernos con tus amigos.
Pedro la dejó ir. Pero tuvo la sensación de que no podría librarse fácilmente de las preguntas que había suscitado su extraño comportamiento. Sospechaba que las respuestas eran más importantes de lo que imaginaba.
Mi Salvador: Capítulo 48
—Pero alguien tiene que darle un empujoncito —dijo Sonia—. Si no, todavía irá de flor en flor cuando esté en el hogar de jubilados.
—Estás celosa porque yo he salido con muchas mujeres y tú llevas toda la vida con el mismo hombre —le dijo Pedro.
Su hermana se puso colorada y agarró la mano de su marido.
—Cuando una encuentra lo que busca, no hay necesidad de perder el tiempo probando otras cosas. Lo que me recuerda, hermanito, que me debes un fin de semana con mis hijos.
Pedro envidió el destello de amor que había en sus ojos cuando Gabriel y ella intercambiaron una larga mirada.
—Consultaré mi agenda, y ya veremos — le prometió—. Intenten no hacer manitas, mientras tanto. Hay niños en la mesa.
—Estás celoso, hermanito.
—Ya basta —declaró su padre—. Dejenlo en paz. Hará lo que tenga que hacer sin que se entromentan.
—Gracias, papá —dijo Pedro.
—No me lo agradezcas. Yo soy de los que piensan que eres tonto si dejas pasar a Paula. Pero no voy a gastar saliva intentando convencerte.
Mientras recordaba la conversación, sintió que la tensión crecía en su interior. Su familia tenía demasiadas expectativas. En cambio, parecía que Paula no tenía ninguna. Ella no le había pedido nada, salvo un poco de sinceridad y un poco menos de interferencia. Y, lo que era peor, Pedro sospechaba que planeaba mudarse, y no sabía cómo detenerla.Cuando por fin acabó su turno, sopesó la invitación de Sergio de irse a tomar unas cervezas, pero finalmente la declinó.
—¿Te vas a casa? —le preguntó Sergio—. ¿Tienen planes Paula y tú?
—No, ninguno.
A Paula la llevaba a casa una de sus amigas, de modo que ni siquiera estaba seguro de que estuviera allí cuando llegara, pero quería irse directamente a casa, por si acaso.
—¿Y más tarde? —preguntó Sergio—. ¿Quieres que nos veamos? ¿Qué te parece una cita en parejas?
Pedro lo miró con curiosidad.
—¿Tienes una cita?
—Con Nadia —le confesó su amigo.
—Vaya, qué sorpresa. ¿Cómo la has convencido?
—En realidad, le dije que Paula y tú vendrían para hacer de carabinas. Está ansiosa por conocer a la mujer que te ha echado el lazo.
—¿Y si no apareciéramos?
—Estaría perdido. Seguramente Nadia no querría ni salir de su casa —dijo Sergio, con aspecto abatido.
Pedro se compadeció de él.
—De acuerdo, veré lo que puedo hacer. Te llamaré a casa de Nadia dentro de una hora.
La cara de Sergio se iluminó.
—Gracias. Te debo una.
— Sí. Desde luego.
Cuando llegó a casa, se encontró a Paula en la cocina, revisando el contenido de la nevera. Estaba descalza y llevaba puestos unos pantalones cortos y una camiseta amplia. Se había recogido el pelo descuidadamente en una cola de caballo. Parecía que acabara de dejar atrás la adolescencia y, al mismo tiempo, estaba muy sexy. Pedro tuvo que resistir la tentación de deslizarse tras ella y darle un beso en la nuca despejada.
—Sé que estás ahí —dijo ella, sorprendiéndolo.
Se giró lentamente, con expresión seria.
—¿Cómo lo has sabido?
Ella esbozó una sonrisa.
—Creo que es mejor que me guarde ese pequeño secreto.
Pedro pensó que sería mejor que lo recordara para otra vez.
—Puedes cerrar la nevera —dijo—. Vamos a cenar fuera.
Ignoraba cuál iba a ser su reacción. Mientras pronunciaba la frase, pensó que debería haberla hecho en tono de pregunta. Pero, para sorpresa suya, pareció aliviada.
—Qué bien. La nevera está vacía. ¿Adonde vamos?
Por alguna razón, su inesperada aceptación lo molestó.
—Estás celosa porque yo he salido con muchas mujeres y tú llevas toda la vida con el mismo hombre —le dijo Pedro.
Su hermana se puso colorada y agarró la mano de su marido.
—Cuando una encuentra lo que busca, no hay necesidad de perder el tiempo probando otras cosas. Lo que me recuerda, hermanito, que me debes un fin de semana con mis hijos.
Pedro envidió el destello de amor que había en sus ojos cuando Gabriel y ella intercambiaron una larga mirada.
—Consultaré mi agenda, y ya veremos — le prometió—. Intenten no hacer manitas, mientras tanto. Hay niños en la mesa.
—Estás celoso, hermanito.
—Ya basta —declaró su padre—. Dejenlo en paz. Hará lo que tenga que hacer sin que se entromentan.
—Gracias, papá —dijo Pedro.
—No me lo agradezcas. Yo soy de los que piensan que eres tonto si dejas pasar a Paula. Pero no voy a gastar saliva intentando convencerte.
Mientras recordaba la conversación, sintió que la tensión crecía en su interior. Su familia tenía demasiadas expectativas. En cambio, parecía que Paula no tenía ninguna. Ella no le había pedido nada, salvo un poco de sinceridad y un poco menos de interferencia. Y, lo que era peor, Pedro sospechaba que planeaba mudarse, y no sabía cómo detenerla.Cuando por fin acabó su turno, sopesó la invitación de Sergio de irse a tomar unas cervezas, pero finalmente la declinó.
—¿Te vas a casa? —le preguntó Sergio—. ¿Tienen planes Paula y tú?
—No, ninguno.
A Paula la llevaba a casa una de sus amigas, de modo que ni siquiera estaba seguro de que estuviera allí cuando llegara, pero quería irse directamente a casa, por si acaso.
—¿Y más tarde? —preguntó Sergio—. ¿Quieres que nos veamos? ¿Qué te parece una cita en parejas?
Pedro lo miró con curiosidad.
—¿Tienes una cita?
—Con Nadia —le confesó su amigo.
—Vaya, qué sorpresa. ¿Cómo la has convencido?
—En realidad, le dije que Paula y tú vendrían para hacer de carabinas. Está ansiosa por conocer a la mujer que te ha echado el lazo.
—¿Y si no apareciéramos?
—Estaría perdido. Seguramente Nadia no querría ni salir de su casa —dijo Sergio, con aspecto abatido.
Pedro se compadeció de él.
—De acuerdo, veré lo que puedo hacer. Te llamaré a casa de Nadia dentro de una hora.
La cara de Sergio se iluminó.
—Gracias. Te debo una.
— Sí. Desde luego.
Cuando llegó a casa, se encontró a Paula en la cocina, revisando el contenido de la nevera. Estaba descalza y llevaba puestos unos pantalones cortos y una camiseta amplia. Se había recogido el pelo descuidadamente en una cola de caballo. Parecía que acabara de dejar atrás la adolescencia y, al mismo tiempo, estaba muy sexy. Pedro tuvo que resistir la tentación de deslizarse tras ella y darle un beso en la nuca despejada.
—Sé que estás ahí —dijo ella, sorprendiéndolo.
Se giró lentamente, con expresión seria.
—¿Cómo lo has sabido?
Ella esbozó una sonrisa.
—Creo que es mejor que me guarde ese pequeño secreto.
Pedro pensó que sería mejor que lo recordara para otra vez.
—Puedes cerrar la nevera —dijo—. Vamos a cenar fuera.
Ignoraba cuál iba a ser su reacción. Mientras pronunciaba la frase, pensó que debería haberla hecho en tono de pregunta. Pero, para sorpresa suya, pareció aliviada.
—Qué bien. La nevera está vacía. ¿Adonde vamos?
Por alguna razón, su inesperada aceptación lo molestó.
Mi Salvador: Capítulo 47
Suspiró pesadamente, alzó la vista y, de pronto, se dio cuenta de que estaba rodeado por media docena de sonrientes bomberos.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Es por una mujer, no hay duda —dijo uno de ellos con expresión comprensiva.
—Tiene que serlo —dijo otro.
—La bella Paula —los informó Sergio—. Tiene a nuestro pobre Pedro danzando a su son.
Pedro frunció el ceño.
—Yo no...
—¿Estabas o no estabas tan distraído que no te has dado cuenta de que llevamos aquí diez minutos? —le preguntó Sergio.
—Sí, pero...
—¿Estabas o no estabas pensando en tu encantadora huésped?
—No tengo que contestar a esa pregunta.
Sergio hizo una reverencia burlona y los demás rompieron a reír.
— Señorías, he terminado con el testigo.
—¿Quieres que hablemos de mujeres? — le preguntó Pedro, irritado—. ¿Quieres que hablemos de tu ex mujer, en la que piensas constantemente? ¿Debo mencionar el hecho de que has estado rondando por su casa y espiando a sus pretendientes?
—No es cierto —comenzó a decir Sergio, con la cara colorada por la indignación—. Bueno, está bien, he ido por allí de vez en cuando.
—He acabado con mi testigo —dijo Pedro, burlón.
—Somos un par de necios —concluyó Sergio sombríamente.
—Habla por tí —replicó Pedro—. Tú ya has pasado por esto. Deberías estar escarmentado. Yo todavía puedo salvarme.
—Una conversación muy interesante — dijo uno de sus compañeros—. ¿Qué se supone que quieren decir con todo esto, chicos?
—Eh, vayanse al infierno —murmuró Pedro.
-No es una buena sugerencia, teniendo en cuenta que estamos en un parque de bomberos — señaló Sergio, y luego suspiró—. Pero la comparto.
—¿Qué crees que debo hacer? —le preguntó Pedro.
—¿Y cómo quieres que yo lo sepa? —respondió tristemente.
—Entonces, déjame en paz para que piense —le suplicó—. Tengo que encontrar una solución.
¿Qué le pasaba con Paula? No se parecía a las mujeres que por regla general lo atraían. Estaba acostumbrado a coquetear frívolamente. Sus bromas hacían que ella se mostrara encantadoramente turbada.Y, además, Pedro había descubierto, por la forma en que lo miraba con reproche cuando él evitaba la cuestión o le contestaba con evasivas, que, a su manera intensa y callada, ella esperaba más. Y Paulaparecía siempre consciente de ello, lo que resultaba desconcertante y, al mismo tiempo, halagüeño.Por otra parte, estaba su familia, que la había acogido como si fuera una de los suyos. Todas sus hermanas lo habían llamado para expresarle su aprobación.
El domingo, su madre le había hecho mil y una preguntas sobre su relación con ella. Hasta su padre había comentado durante la cena que consideraba a Paula una auténtica luchadora.
—Esa chica tiene una buena cabeza sobre los hombros —le había comentado.
Incluso sus sobrinos le habían dicho que Paula era «un bombón». Él había mirado, ceñudo, a los niños.
—¿Qué saben ustedes de «bombones»?
—Eh, que nosotros también somos chicos —le contestó Ramiro.
—Y mamá dice que, si no tenemos cuidado, nos volveremos como tú —añadió el hijo mayor de Sonia—. Y lo dice como si fuera algo malo.
Pedro miró a su hermana.
—¿Algo malo?
—Si lo único que haces es flirtear y nunca te tomas a las mujeres en serio, cuando seas viejo acabarás solo —dijo ella.
—¿No crees que es un poco pronto para preocuparme por eso? —preguntó él.
—Tienes treinta años, hermanito —señaló Carolina.
—Ya deberías tener dos o tres niños —declaró su madre—. Es responsabilidad tuya que el apellido de tu padre perdure.
—No lo presionen—dijo su padre—. El matrimonio es un paso muy importante. No debería darlo hasta que no esté preparado.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Es por una mujer, no hay duda —dijo uno de ellos con expresión comprensiva.
—Tiene que serlo —dijo otro.
—La bella Paula —los informó Sergio—. Tiene a nuestro pobre Pedro danzando a su son.
Pedro frunció el ceño.
—Yo no...
—¿Estabas o no estabas tan distraído que no te has dado cuenta de que llevamos aquí diez minutos? —le preguntó Sergio.
—Sí, pero...
—¿Estabas o no estabas pensando en tu encantadora huésped?
—No tengo que contestar a esa pregunta.
Sergio hizo una reverencia burlona y los demás rompieron a reír.
— Señorías, he terminado con el testigo.
—¿Quieres que hablemos de mujeres? — le preguntó Pedro, irritado—. ¿Quieres que hablemos de tu ex mujer, en la que piensas constantemente? ¿Debo mencionar el hecho de que has estado rondando por su casa y espiando a sus pretendientes?
—No es cierto —comenzó a decir Sergio, con la cara colorada por la indignación—. Bueno, está bien, he ido por allí de vez en cuando.
—He acabado con mi testigo —dijo Pedro, burlón.
—Somos un par de necios —concluyó Sergio sombríamente.
—Habla por tí —replicó Pedro—. Tú ya has pasado por esto. Deberías estar escarmentado. Yo todavía puedo salvarme.
—Una conversación muy interesante — dijo uno de sus compañeros—. ¿Qué se supone que quieren decir con todo esto, chicos?
—Eh, vayanse al infierno —murmuró Pedro.
-No es una buena sugerencia, teniendo en cuenta que estamos en un parque de bomberos — señaló Sergio, y luego suspiró—. Pero la comparto.
—¿Qué crees que debo hacer? —le preguntó Pedro.
—¿Y cómo quieres que yo lo sepa? —respondió tristemente.
—Entonces, déjame en paz para que piense —le suplicó—. Tengo que encontrar una solución.
¿Qué le pasaba con Paula? No se parecía a las mujeres que por regla general lo atraían. Estaba acostumbrado a coquetear frívolamente. Sus bromas hacían que ella se mostrara encantadoramente turbada.Y, además, Pedro había descubierto, por la forma en que lo miraba con reproche cuando él evitaba la cuestión o le contestaba con evasivas, que, a su manera intensa y callada, ella esperaba más. Y Paulaparecía siempre consciente de ello, lo que resultaba desconcertante y, al mismo tiempo, halagüeño.Por otra parte, estaba su familia, que la había acogido como si fuera una de los suyos. Todas sus hermanas lo habían llamado para expresarle su aprobación.
El domingo, su madre le había hecho mil y una preguntas sobre su relación con ella. Hasta su padre había comentado durante la cena que consideraba a Paula una auténtica luchadora.
—Esa chica tiene una buena cabeza sobre los hombros —le había comentado.
Incluso sus sobrinos le habían dicho que Paula era «un bombón». Él había mirado, ceñudo, a los niños.
—¿Qué saben ustedes de «bombones»?
—Eh, que nosotros también somos chicos —le contestó Ramiro.
—Y mamá dice que, si no tenemos cuidado, nos volveremos como tú —añadió el hijo mayor de Sonia—. Y lo dice como si fuera algo malo.
Pedro miró a su hermana.
—¿Algo malo?
—Si lo único que haces es flirtear y nunca te tomas a las mujeres en serio, cuando seas viejo acabarás solo —dijo ella.
—¿No crees que es un poco pronto para preocuparme por eso? —preguntó él.
—Tienes treinta años, hermanito —señaló Carolina.
—Ya deberías tener dos o tres niños —declaró su madre—. Es responsabilidad tuya que el apellido de tu padre perdure.
—No lo presionen—dijo su padre—. El matrimonio es un paso muy importante. No debería darlo hasta que no esté preparado.
Mi Salvador: Capítulo 46
Pero, como la discusión tendría que esperar, se conformó con espetarle a Pedro:
—¿Por qué no estás en el trabajo?
—Lo estaba. Y volveré en cuanto te deje en casa. Llevo encima el busca, por si me ne cesitan.
—No quiero que irrumpas aquí así, por las buenas —le dijo mientras recogía el trabajo que quería llevarse a casa.
—No he venido por las buenas. Tu jefa me ha llamado —dijo él pacientemente.
—No tenía derecho a hacerlo.
—Se preocupa por tí.
—Eso es muy amable de su parte, pero yo sé cuidar de mí misma.
—Pues demuéstralo. Vete a casa y échate una siesta.
—No estoy cansada —dijo Paula, consciente de que parecía una niña mimada resistiéndose a irse a la cama.
—Si tú lo dices... —contestó él con suavidad.
Naturalmente, Pedro tenía razón. Al cabo de cinco minutos en el coche, Paula no pudo mantener los ojos abiertos. Ni siquiera se dio cuenta de que llegaban a casa. Se despertó cuando él la tomó en brazos para llevarla dentro.
—¿Qué haces? —le preguntó, luchando para que la soltara.
Pero fue en vano. Él simplemente se rió y la apretó más fuerte.
—Adivínalo.
Ella empujó contra el sólido muro de su musculoso pecho.
—Suéltame.
Él la miró a los ojos.
—Dame un respiro, Pau. Dos minutos en mis brazos, tal vez tres. ¿Es eso mucho pedir?
La incredulidad reemplazó a la indignación.
—¿Qué estás diciendo, que disfrutas con todo esto?
Él la estrechó un poco más contra su pecho.
—¿Tú qué crees?
Para ser totalmente sincera, ella tampoco lo estaba pasando tan mal. Se aplacó y, suspirando, le pasó un brazo alrededor del cuello.
—Vamos, Alfonso. Diviértete.
Debía admitir que ir en sus brazos no era exactamente un sacrificio. El único problema era que, cuando llegaran a la habitación, él la tiraría sin ceremonias sobre la cama y la dejaría allí, sola.Apretó la cara contra el cuello de Pedro. Durante dos minutos, tal vez tres, podía fingir que eso no sucedería. Estaba convencido de que Paula Chaves lo volvería loco. Pensaba que, cuando ambos volvieran al trabajo, la vida sería menos complicada. Había previsto evitar a Paula para poder mantener bajo control sus hormonas, pero las cosas no le estaban saliendo como quería. No dejaba de pensar en ella ni de día ni de noche. Se decía a sí mismo que se debía a que no se había acostado con ella. Si lo hubiera hecho, no sentiría ese constante y doloroso deseo, y podría olvidarse de todo. Pero no habían tenido sexo y él no podía pegar ojo. Cada minuto que pasaba lo sorprendía más la asombrosa serenidad de Paula, su fortaleza y su determinación de recuperarse completamente y retomar su vida normal. Y la prisa con que parecía querer hacerlo lo preocupaba. Paula tendría una recaída si seguía así. El lunes había sido un ejemplo perfecto de ello. Cuando había ido a buscarla a la escuela, pese a que parecía muerta de cansancio, se había puesto furiosa porque Jimena y él hubieran conspirado para obligarla a irse a casa. Si no tenía suficiente sentido común para saber cuándo tenía que descansar, ¿Cómo iba él a confiar en que lo tenía en lo que concernía a su relación? Por suerte, había sido lo bastante listo como para decírselo claramente.
—¿Por qué no estás en el trabajo?
—Lo estaba. Y volveré en cuanto te deje en casa. Llevo encima el busca, por si me ne cesitan.
—No quiero que irrumpas aquí así, por las buenas —le dijo mientras recogía el trabajo que quería llevarse a casa.
—No he venido por las buenas. Tu jefa me ha llamado —dijo él pacientemente.
—No tenía derecho a hacerlo.
—Se preocupa por tí.
—Eso es muy amable de su parte, pero yo sé cuidar de mí misma.
—Pues demuéstralo. Vete a casa y échate una siesta.
—No estoy cansada —dijo Paula, consciente de que parecía una niña mimada resistiéndose a irse a la cama.
—Si tú lo dices... —contestó él con suavidad.
Naturalmente, Pedro tenía razón. Al cabo de cinco minutos en el coche, Paula no pudo mantener los ojos abiertos. Ni siquiera se dio cuenta de que llegaban a casa. Se despertó cuando él la tomó en brazos para llevarla dentro.
—¿Qué haces? —le preguntó, luchando para que la soltara.
Pero fue en vano. Él simplemente se rió y la apretó más fuerte.
—Adivínalo.
Ella empujó contra el sólido muro de su musculoso pecho.
—Suéltame.
Él la miró a los ojos.
—Dame un respiro, Pau. Dos minutos en mis brazos, tal vez tres. ¿Es eso mucho pedir?
La incredulidad reemplazó a la indignación.
—¿Qué estás diciendo, que disfrutas con todo esto?
Él la estrechó un poco más contra su pecho.
—¿Tú qué crees?
Para ser totalmente sincera, ella tampoco lo estaba pasando tan mal. Se aplacó y, suspirando, le pasó un brazo alrededor del cuello.
—Vamos, Alfonso. Diviértete.
Debía admitir que ir en sus brazos no era exactamente un sacrificio. El único problema era que, cuando llegaran a la habitación, él la tiraría sin ceremonias sobre la cama y la dejaría allí, sola.Apretó la cara contra el cuello de Pedro. Durante dos minutos, tal vez tres, podía fingir que eso no sucedería. Estaba convencido de que Paula Chaves lo volvería loco. Pensaba que, cuando ambos volvieran al trabajo, la vida sería menos complicada. Había previsto evitar a Paula para poder mantener bajo control sus hormonas, pero las cosas no le estaban saliendo como quería. No dejaba de pensar en ella ni de día ni de noche. Se decía a sí mismo que se debía a que no se había acostado con ella. Si lo hubiera hecho, no sentiría ese constante y doloroso deseo, y podría olvidarse de todo. Pero no habían tenido sexo y él no podía pegar ojo. Cada minuto que pasaba lo sorprendía más la asombrosa serenidad de Paula, su fortaleza y su determinación de recuperarse completamente y retomar su vida normal. Y la prisa con que parecía querer hacerlo lo preocupaba. Paula tendría una recaída si seguía así. El lunes había sido un ejemplo perfecto de ello. Cuando había ido a buscarla a la escuela, pese a que parecía muerta de cansancio, se había puesto furiosa porque Jimena y él hubieran conspirado para obligarla a irse a casa. Si no tenía suficiente sentido común para saber cuándo tenía que descansar, ¿Cómo iba él a confiar en que lo tenía en lo que concernía a su relación? Por suerte, había sido lo bastante listo como para decírselo claramente.
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