viernes, 4 de mayo de 2018

Mi Salvador: Capítulo 52

Él  le  acarició  la  mejilla,  tratando  de  difuminar  las  arrugas  de  tensión  que  se habían formado en torno a su boca.

—Lo siento. Pensaba que tal vez así podrías recuperar algo de lo que perdiste.

—No. Eso solo empeoraría las cosas — ella enterró la cara contra su hombro.

Pero Pedro no quería abandonar la idea. La apartó de él y la miró a los ojos.

—Hasta  esta  noche  pensabas  que  no  serías  capaz  de  bailar  otra  vez,  y  mírate.  Deberías pensar en ello.

La  apretó  más  fuerte  y  la  hizo  girar  por  la  pista  de  baile  en  una  serie  de  intrincados  pasos  que  ella  siguió  sin  un  solo  tropiezo.  El  color  volvió  a  las  mejillas  de  Paula y el brillo a sus ojos. Cuando la música se detuvo, volvía a reír.

—De acuerdo, de acuerdo, puedo bailar, pero solo si tú me llevas.

—¿Y cuál es el problema? —preguntó él, mirándola a los ojos.

La alegría de Paula  se desvaneció.

—Tú no siempre  estarás  aquí  —musitó  en  voz  tan  baja  que  él  apenas  la  oyó  por  encima de la música.

Pedro sintió  deseos  de  negarlo,  de  decirle  que  siempre  estaría  allí,  pero  el  compromiso lo asustaba. Lo único que lo asustaba más era la idea de perderla. Sin  embargo,  durante  los  siguientes  días  eso  fue  exactamente  lo  que  sintió  que  estaba sucediendo. Paula todavía compartía su casa, pero había una distancia cada vez mayor entre ellos, una distancia que él no conseguía entender y que no parecía poder remediar.Ella volvía a sentirse fuerte y parecía haber recuperado una cómoda rutina que no lo incluía a él. Se pasaba el día en el trabajo y por las noches salía con sus amigos o se  encerraba  en  su  habitación  para  rellenar  el  papeleo  de  la  clínica.  En  más  de  una  ocasión, Pedro  la sorprendió mirando los anuncios de apartamentos, aunque, por suerte, el  mercado  de  alquileres  estaba  más  colapsado  que  nunca,  debido  a  la  cantidad  de  familias desplazadas por el huracán. Estaba seguro que se volvería loco si no encontraba algún modo de combatir esa compostura distante, esa fachada meticulosamente amable con que ella  lo recibía a la hora del desayuno.Pensó  en  decírselo  claramente,  en  preguntarle  por  qué  de  repente  se  había  alejado  de  él.  Sabía  que  todo  había  empezado  la  noche  que  pasaron  con  Nadia y  Sergio,  pero su amigo no le sirvió de gran ayuda cuando le preguntó si tenía alguna idea de por qué estaba enfadada Paula.

— A mí me parece que está bien —dijo Sergio.

—¿Y Nadia no te ha dicho nada?

—Lo creas o no, en las raras ocasiones en que paso algún tiempo con mi ex mujer, tú no eres nuestro tema de conversación —le contestó Sergio.

Pedro notó malestar en el tono de su amigo.

—¿Cómo van las cosas, por cierto? ¿Has hecho algún progreso?

—Depende de lo que consideres un progreso —dijo Sergio—. Su manada de admiradores  parece  estar  menguando,  pero  todavía  se  pone  hecha  una  furia  cuando  le  sugiero  que salgamos. Se me están acabando las ideas, y la paciencia.

Pedro sabía que debía hacer algo para romper el inexplicable distanciamiento de Paula. Tenía  la  sospecha,  basada  en  su  experiencia,  de  que  un  beso  podía  conseguirlo.  Solo tenía que encontrar una excusa, o la ocasión adecuada, para robarle uno. Aunque  su  horario  de  trabajo  eran  impredecible,  parecía  que  tendría  el  fin  de  semana  libre. Decidió  que  el  sábado  sería  la  ocasión  perfecta  para  que  pasaran  algún  tiempo juntos. Sacó el tema durante el desayuno, el viernes. Estiró el brazo a través de la mesa y tocó la mano de Paula para que levantara la vista del periódico.

—¿Tienes planes para mañana? —le preguntó cuando ella lo miró, sorprendida.

Durante  un  instante,  le  pareció  ver  un  destello  de  pánico  en  sus  ojos,  pero, finalmente, ella sacudió la cabeza.

—No. ¿Porqué?

—He pensado que podríamos pasar el día juntos.

—No  tienes  por  qué  hacerlo.  Yo  estoy  bien  sola.  Estoy  segura  que  tienes  cosas  mejores  que  hacer  que  ocuparte  de  una  invitada  que  ya  ha  abusado  demasiado  de  tu hospitalidad.

La última parte de la respuesta sorprendió a Pedro.

—Tú no abusas de mi hospitalidad. ¿He dicho algo que te haga pensar eso? Si lo he  dicho,  te  pido  disculpas.  Puedes  quedarte  aquí  todo  el  tiempo  que  quieras.  En  realidad, insisto en que te quedes.

Ella evitó su mirada.

Mi Salvador: Capítulo 51

—¿Cómo es posible? Si lo conociste cuando te rescató...

—Lo sé. Supongo que estaba tan aturdida por la alegría de que me salvara, que no pensé en todos los riesgos que asumió para sacarme de allí. Y, de alguna forma, había olvidado por completo que hace esas cosas todo el tiempo, que aquello no fue un simple arrebato heroico.

—Y, ahora, ¿qué es lo que vas a hacer al respecto?

La mirada de Paula vagó en la dirección por la que se habían ido los hombres.

—Ojalá lo supiera —admitió cándidamente, y luego se encogió de hombros—. Pero tampoco tiene mucha importancia. Pedro y yo solo somos amigos.

Nadia la observó detenidamente, y luego se echó a reír.

—Oh, vamos —dijo—. Escúchanos. Somos de risa. Yo espero que mi ex marido se convierta de pronto en un oficinista, y tú crees que no hay nada entre Pedro y tú.

—No lo hay —insistió Paula.

Nadia le dió unos golpecitos en la mano.

—Tú puedes decir lo que quieras. Pero he visto el modo en que te mira.

—¿Cómo?

Una sonrisa se extendió por la cara de Nadia.

—Como tú lo miras a él: como una adolescente enamorada.

La  velada  no  transcurrió  como  Pedro había  imaginado.  Incluso  después  de  que  llegaran al club donde habían decidido ir a beber unas copas después de la cena, Paula y Nadia no se separaron ni un momento y se reían como un par de colegialas de bromas que  al  parecer  no  tenían  ganas  de  compartir.  A  Sergio no  parecía  importarle,  pero  a  él lo  sacaba  de  quicio.  ¿De  qué  demonios  tendrían  que  hablar?  Acababan  de  conocerse. Finalmente, decidió que ya era suficiente. Se levantó y puso la mano bajo el codo de Paula. Cuando ella se volvió, sorprendida, para mirarlo, dijo:

—¿Bailas?

—Pero yo no...

—Sí  que  puedes  —respondió  él,  ejerciendo  una  ligera  presión  para  animarla  a  levantarse.  Miró  maliciosamente  a  Sergio y  luego  a  Nadia—.  Estoy  seguro  que  ellos  también querrán bailar.

Paula asintió.

—Claro —sonrió a Nadia, que miraba enfurruñada a su marido.

Antes  de  que  Paula pudiera  decir  nada,  Pedro la  arrastró  hacia  la  pista  de  baile.  La música era lenta. Por eso había elegido ese momento para bailar. Así podría abrazarla y enseñarle el ritmo de la canción con el movimiento de su cuerpo.Por un instante, ella se tensó contra él, pero luego se relajó lentamente.

—¿Qué canción es? —preguntó, mirándolo a los ojos.

Pedro le dijo el título de la vieja melodía, y la cara de Paula se iluminó. Él oyó que empezaba  a  tararearla  de  memoria.  Encontró  el  ritmo  ella  sola,  sin  su  ayuda,  y  luego  volvió a mirarlo, con expresión de placer.

—Te lo dije —dijo él.

—¿Qué?                                                   

—Que podrías bailar.                               

 —Porque me acuerdo de la canción —dijo ella, y luego añadió, melancólica—. Solía tocarla al violín.

—¿No has vuelto a tocar desde que perdiste el oído?

Ella pareció sorprendida por la pregunta.

—Claro que no.

—¿Por qué no? Todavía sabes leer música, ¿Verdad?

— Sí, pero... —su expresión cambió. Las lágrimas afloraron a sus ojos—. No puedo hacerlo.  Sería  demasiado  frustrante  no  poder  oír  la  música,  ni  saber  si  cometo  un  error.

Pedro comprendió cuánto le dolía no poder tocar.

—Algunos considerarían eso una ventaja —dijo—. Estoy seguro de que a Joaquín le en  cantaría dejarte su violín, y Sonia consideraría una bendición que te lo quedaras.

—No —dijo ella enérgicamente—. Nunca.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Mi Salvador: Capítulo 50

Paula ignoraba por qué hasta ese momento no había pensado en que lo que para ella había sido una rara y aterradora experiencia, para Pedro era pura rutina. Él mismo había  admitido  que  le  gustaba  asumir  riesgos.  No  se  dedicaba  a  salvar  vidas  simplemente  porque  fuera  necesario  o  como  una  forma  de  probarle  a  su  padre  que  era  todo  un  hombre.  Lo  hacía  porque  amaba  el  peligro  que  conllevaba  explorar  edificios  derrumbados en busca de supervivientes. Ella había quedado atrapada entre los escombros de su casa, sola y aterrorizada, durante  horas.  Pero,  para  Pedro,  rescatarla  había  sido  poco  más  que  un  juego,  una  forma de poner a prueba su habilidad frente a los estragos de la naturaleza.Era,  claro  estaba,  un  experto  bien  entrenado.  Y,  claro  estaba,  entendía  los  riesgos y sin duda hacía todo lo que estaba en su mano para reducirlos al mínimo. Pero la cuestión era que Pedro formaba parte de esa clase de hombres a los  que aburriría cualquier cosa menos extraordinaria que el desafío de su arriesgada profesión. ¿Cómo   podría   sentirse   atraído   por una mujer que no fuera igualmente arriesgada? No era de extrañar que nunca se hubiera comprometido. Pedro necesitaba la  variedad  para  espantar  el  aburrimiento.  Ella  debía  de  parecerle  increíblemente  sosa,  una  anodina  maestra  que  ni  siquiera  podía  tomar  parte  en  algunas  de  las  actividades que la mayoría de la gente daba por sentadas, como la música o el baile.

Paula se daba cuenta con tristeza de que, tarde o temprano, tendría que afrontar esas  cuestiones,  preferiblemente  antes  de  que  Pedro le  exigiera  respuestas.  Había  conseguido salir de la cocina sin revelarle su desaliento, pero evidentemente él había notado su reacción, aunque no entendiera sus razones. No se contentaría con evasivas por mucho tiempo.Se  alegró  de  que  no  fueran  a  pasar  la  noche  solos,  y  se  arregló  rápidamente.  Incluso  había  conseguido  olvidarse  de  su  dilema  cuando  se  encontraron  con  Sergio y  su ex mujer. Nadia le  gustó  a  primera  vista.  Tenía  una  sonrisa  cálida  y  una  personalidad  exuberante. Desde el momento en que atravesó la puerta de su casa, la trató como si fueran viejas amigas con un millón de cosas que contarse.

—Tenemos  que  hablar  —le  dijo  a  Paula,  llevándola  al  cómodo  cuarto  de  estar  de  su casa de estilo español y señalando desdeñosamente a los hombres—. Deja que se las apañen solos. Sergio ya conoce la casa.

Sergio pareció decepcionado, pero se llevó obedientemente a Pedro al otro extremo de la casa.Divertida, Paula los miró alejarse.

—No creo que esto fuera lo que Sergio esperaba —sugirió cándidamente.

—Claro que no —dijo Nadia alegremente—. Dejé de hacer lo que Sergio esperaba el día en que me divorcié de él. En realidad, antes. Él no creía que fuera capaz de ponerle fin a nuestro matrimonio. El pobre tiene un ego monumental. Lo cual le viene muy bien en  su  trabajo,  pero  en  su  vida  privada...  —se  encogió  de  hombros—.  Tiene  que  aprender a superarlo.

—Creíste que Sergio no te permitiría seguir adelante con el divorcio, ¿Verdad?

Nadia la miró fijamente, sorprendida.

—¿Cómo lo has adivinado? Nadie lo sabe. Bueno, excepto la madre de Pedro, que lee en mí como si fuera un libro abierto.

—Y, una vez que empezaste con lo del divorcio, ¿Ya no supiste cómo detenerlo?

La otra mujer suspiró.

—Realmente estúpido, ¿Verdad?

—No. Fue una medida drástica que no funcionó. Supongo que tenías tus razones.

— Oh, sí —dijo Nadia enfáticamente—. Su trabajo me daba pánico.

Su  respuesta  coincidía  con  demasiada  exactitud  con  lo  que  Paula había  estado  pensando poco antes.

—Pero ya sabías a qué se dedicaba cuando se conocieron, ¿No?

—Yo  pensaba  que  lo  dejaría  cuando  empezáramos  a  plantearnos  tener  hijos.  Le  ofrecí  una  alternativa:  trabajar  para  mi  padre.  No  me  importaba  si  hacía  eso  u  otra  cosa.  Solo  quería  que  estuviera  a  salvo.  Pero,  en  lugar  de  pensárselo,  me  acusó  de  intentar  cambiarlo.  Me  dijo  que  no  estaba  hecho  para  trabajar  de  oficinista  y  que  nunca lo haría.

—Y tú no podías vivir así —supuso Paula.

Nadia se encogió de hombros.

—Pensaba  que  no,  pero  ahora  sé  que  es  peor  vivir  sin  él.  Todavía  me  pongo  enferma  cada  vez  que  lo  llaman  para  una  emergencia.  Me  quedo  sentada  junto  al  teléfono  y  me  doy  un  susto  de  muerte  cuando  suena.  Afortunadamente,  por  ahora  siempre ha sido Sergio quien llama, para decirme que está bien.

—¿Te llama aunque estén divorciados?

—Siempre que se va —dijo ella.

—¿Y le has dicho que el divorcio no te ha dado la tranquilidad que esperabas?

Nadia suspiró.

—No.

—¿Por qué no?

—Soy  demasiado  orgullosa,  supongo.  Todavía  sigo  esperando  que  admita  que  estar sin mí le resulta tan duro como a mí estar sin él. Estoy segura de que así es, pero no he visto ninguna prueba de que esté dispuesto a aceptar un compromiso.

—¿Y cuál sería ese compromiso?

—Ojalá lo supiera —lanzó a Paula una mirada penetrante—. ¿Y qué me dices de tí? ¿No te preocupa el trabajo de Pedro?

—Para  serte  sincera,  hasta  esta  noche  no  lo  había  pensado.  Pedro me  dijo  algo  que me pilló con la guardia baja, no sé por qué.

Nadia pareció sorprendida por la respuesta.

Mi Salvador: Capítulo 49

—¿Eso es todo? ¿Solo «qué bien» y «adonde vamos»?

Ella lo miró, perpleja.

—¿Es que quieres que me ponga a discutir?

—No, pero como normalmente lo haces...

—¿Te  refieres  a  que  normalmente  me  das  órdenes,  en  vez  de  preguntarme  por  mis preferencias?

Él sonrió.

—Exactamente.

Ella se echó a reír.

—Para  una  vez  que  tu  arrogancia  coincide  con  mis  deseos,  ¿Para  qué  perder  el  tiempo discutiendo? Yo no discuto porque sí.

—Tiene  gracia.  Empezaba  a  pensar  que  sí  —murmuró  él,  olvidándose  por  un  momento  de  que  no  bastaba  con  bajar  la  voz  para  evitar  que  ella  entendiera  lo  que  decía.

Para enfatizar su error, ella le tocó los labios.

—Te he visto.

Su  caricia,  aunque  ligera  y  suave,  despertó  todo  el  deseo  latente  que  Pedro llevaba  días  reprimiendo.  La  atrajo  hacia  sí  y  su  boca  se  cerró  sobre  la  de  ella  justo  cuando Paula dejaba escapar un ligero gemido de sorpresa. Solo  vagamente  se  dió  cuenta  de  que  ella  no  se  resistía,  de  que  ni  siquiera  intentaba  protestar.  Estaba  demasiado  perdido  en  su  sabor,  en  la  forma  en  que  el  cuerpo  de  Paula se  amoldaba  al  suyo,  en  cómo  se  apretaba  más  fuerte  contra  su  inmediata erección.Dios  santo,  aquella  mujer  era  una  bruja.  Fría  y  serena  un  momento,  lo  ponía  al  borde  del  frenesí  sin.  que  Ricky  apenas  pudiera  reaccionar  y,  al  siguiente,  se  volvía  toda fuego y tentación. ¿Cómo iba a tratar con una mujer que podía cambiar de humor en  un  abrir  y  cerrar  de  ojos?  ¿Con  mujer  que  parecía  un  ángel  y  besaba  como  una  diablesa?En ese momento, habría dado todo lo que poseía por tomarla en brazos, llevarla a la  cama  y  aprovecharse  de  todo  lo  que  ella  le  ofrecía.  Dudaba  que  ni  siquiera  su  voluntad  de  hierro  y  su  sentido  del  honor  pudieran  disuadirlo.  Solo  el  recuerdo  del  compromiso  con  su  mejor  amigo  tiraba  de  él,  hasta  que  finalmente la  soltó,  suspirando.

—Uno de estos días vamos a tener que poner fin a esto —dijo, jadeando.

—Ahora  es  tan  buen  momento  como  cualquier  otro  —dió  ella,  con  expresión  aturdida y esperanzada.

—Sergio nos está esperando.

Ella lo miró, confusa.

—¿Sergio? ¿Qué tiene que ver con esto?

—Por fin ha convencido a su ex mujer para que salga con él.

—¿Y?

—Ella solo irá si vamos nosotros.

Paula lo observó fijamente, fascinada.

—¿Y por qué?

—Tiene más interés en conocerte a tí que en salir con Sergio.

—Vamos a ver. Están divorciados, ¿No?

Pedro asintió.

—Entonces, ¿Por qué quieren salir juntos?

—Según mi madre, todavía se quieren.

 —¿Y tú qué crees?

—Estoy seguro que él todavía la quiere. No he hablado con Nadia, pero mi madre dice que el sentimiento es mutuo.

—¿Pero por qué diablos se divorciaron entonces?

—Porque  son  demasiados  tozudos  para  llegar  a  un  acuerdo.  Ella  quiere  que  Sergio deje el trabajo de bombero y se ponga a trabajar en la empresa de su padre. Y a él le gusta su trabajo tanto como a mí. A los dos nos encanta el peligro.

El  color  pareció  huir  de  la  cara  de  Paula.  Se  giró  rápidamente  y  se  dirigió  a  la  puerta, pero Pedro comprendió que algo iba mal.

—Voy a arreglarme —dijo ella, con voz demasiado tranquila, demasiado sumisa.

Pedro la sujetó por la muñeca.

—Eh, ¿Qué te ocurre?

—Nada —dijo ella, tensa.

—Pau,  dímelo.  Hace  un  momento  tenías  un  montón  de  preguntas  sobre  Sergio y  Nadia, y ahora te comportas como si le hubiera dado una patada a tu osito de peluche.

Ella sacudió la cabeza.

—No  tiene  importancia.  Será  mejor  que  nos  demos  prisa,  si  vamos  a  vernos  con  tus amigos.

Pedro la  dejó  ir.  Pero  tuvo  la  sensación  de  que  no  podría  librarse  fácilmente  de  las  preguntas  que  había  suscitado  su  extraño  comportamiento.  Sospechaba  que  las  respuestas eran más importantes de lo que imaginaba.

Mi Salvador: Capítulo 48

—Pero  alguien  tiene  que  darle  un  empujoncito  —dijo  Sonia—.  Si  no,  todavía  irá  de flor en flor cuando esté en el hogar de jubilados.

—Estás  celosa  porque  yo  he  salido  con  muchas  mujeres  y  tú  llevas  toda  la  vida  con el mismo hombre —le dijo Pedro.

Su hermana se puso colorada y agarró la mano de su marido.

—Cuando  una  encuentra  lo  que  busca,  no  hay  necesidad  de  perder  el  tiempo  probando otras cosas. Lo que me recuerda, hermanito, que me debes un fin de semana con mis hijos.

Pedro envidió el destello de amor que había en sus ojos cuando Gabriel y ella intercambiaron una larga mirada.

—Consultaré  mi  agenda,  y  ya  veremos  —  le  prometió—.  Intenten  no  hacer  manitas, mientras tanto. Hay niños en la mesa.

—Estás celoso, hermanito.

—Ya basta —declaró su padre—. Dejenlo en paz. Hará lo que tenga que hacer sin que se entromentan.

—Gracias,  papá  —dijo  Pedro. 

—No  me  lo  agradezcas.  Yo  soy  de  los  que  piensan  que  eres  tonto  si  dejas  pasar  a  Paula.  Pero  no  voy  a  gastar  saliva  intentando  convencerte.

Mientras  recordaba  la  conversación,  sintió  que  la  tensión  crecía  en  su  interior.  Su  familia  tenía  demasiadas  expectativas.  En  cambio,  parecía  que  Paula no  tenía  ninguna. Ella no le había pedido nada, salvo un poco de sinceridad y un poco menos de interferencia. Y, lo que era peor, Pedro sospechaba que planeaba mudarse, y no sabía cómo detenerla.Cuando por fin acabó su turno, sopesó la invitación de Sergio de irse a tomar unas cervezas, pero finalmente la declinó.

—¿Te vas a casa? —le preguntó Sergio—. ¿Tienen planes Paula y tú?

—No, ninguno.

A Paula la llevaba a casa una de sus amigas, de modo que ni siquiera estaba seguro de que estuviera allí cuando llegara, pero quería irse directamente a casa, por si acaso.

—¿Y  más  tarde?  —preguntó  Sergio—.  ¿Quieres  que  nos  veamos?  ¿Qué  te  parece una cita en parejas?

Pedro lo miró con curiosidad.

—¿Tienes una cita?

—Con Nadia —le confesó su amigo.

—Vaya, qué sorpresa. ¿Cómo la has convencido?

—En  realidad,  le  dije  que  Paula y  tú  vendrían  para  hacer  de  carabinas.  Está  ansiosa por conocer a la mujer que te ha echado el lazo.

—¿Y si no apareciéramos?

—Estaría perdido. Seguramente Nadia no querría ni salir de su casa —dijo Sergio, con aspecto abatido.

Pedro se compadeció de él.

—De acuerdo, veré lo que puedo hacer. Te llamaré a casa de Nadia dentro de una hora.

La cara de Sergio se iluminó.

—Gracias. Te debo una.

— Sí. Desde luego.

Cuando llegó a casa, se encontró a Paula en la cocina, revisando el contenido de la nevera.  Estaba descalza  y  llevaba  puestos  unos  pantalones  cortos  y  una  camiseta  amplia. Se había recogido el pelo descuidadamente en una cola de caballo. Parecía que acabara  de  dejar  atrás  la  adolescencia  y,  al  mismo  tiempo,  estaba  muy  sexy.  Pedro tuvo  que  resistir  la  tentación  de  deslizarse  tras  ella  y  darle  un  beso  en  la  nuca  despejada.

—Sé que estás ahí   —dijo ella, sorprendiéndolo. 

Se giró lentamente, con expresión seria.

—¿Cómo lo has sabido?

Ella esbozó una sonrisa.

—Creo que es mejor que me guarde ese pequeño secreto.

Pedro pensó que sería mejor que lo recordara para otra vez.

—Puedes cerrar la nevera —dijo—. Vamos a cenar fuera.

Ignoraba  cuál  iba  a  ser  su  reacción.  Mientras  pronunciaba  la  frase,  pensó  que  debería haberla hecho en tono de pregunta. Pero, para sorpresa suya, pareció aliviada.

—Qué bien. La nevera está vacía. ¿Adonde vamos?

Por alguna razón, su inesperada aceptación lo molestó.

Mi Salvador: Capítulo 47

Suspiró  pesadamente,  alzó  la  vista  y,  de  pronto,  se  dio  cuenta  de  que  estaba rodeado por media docena de sonrientes bomberos.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Es por una mujer, no hay duda —dijo uno de ellos con expresión comprensiva.

—Tiene que serlo —dijo otro.

—La  bella Paula  —los  informó  Sergio—.  Tiene  a  nuestro  pobre  Pedro danzando  a  su son.

Pedro frunció el ceño.

—Yo no...

—¿Estabas o no estabas tan distraído que no te has dado cuenta de que llevamos aquí diez minutos? —le preguntó Sergio.

—Sí, pero...

—¿Estabas o no estabas pensando en tu encantadora huésped?

—No tengo que contestar a esa pregunta.

Sergio hizo una reverencia burlona y los demás rompieron a reír.

— Señorías, he terminado con el testigo.

—¿Quieres que hablemos de mujeres? — le preguntó Pedro, irritado—. ¿Quieres que hablemos de tu ex mujer, en la que piensas constantemente? ¿Debo mencionar el hecho de que has estado rondando por su casa y espiando a sus pretendientes?

—No es cierto —comenzó a decir Sergio, con la cara colorada por la indignación—. Bueno, está bien, he ido por allí de vez en cuando.

—He acabado con mi testigo —dijo Pedro, burlón.

—Somos un par de necios —concluyó Sergio sombríamente.

—Habla  por  tí  —replicó  Pedro—.  Tú  ya  has  pasado  por  esto.  Deberías  estar  escarmentado. Yo todavía puedo salvarme.

—Una  conversación  muy  interesante  —  dijo  uno  de  sus  compañeros—.  ¿Qué  se  supone que quieren decir con todo esto, chicos?

—Eh, vayanse al infierno —murmuró Pedro.

-No es una buena sugerencia, teniendo en cuenta que estamos en un parque de bomberos — señaló Sergio, y luego suspiró—. Pero la comparto.

—¿Qué crees que debo hacer? —le preguntó Pedro.

—¿Y cómo quieres que yo lo sepa? —respondió tristemente.

—Entonces,  déjame  en  paz  para  que  piense —le  suplicó—.  Tengo  que  encontrar  una solución.

¿Qué  le  pasaba  con  Paula?  No  se  parecía  a  las  mujeres  que  por  regla  general  lo  atraían.  Estaba  acostumbrado  a  coquetear  frívolamente.  Sus  bromas  hacían  que  ella se mostrara encantadoramente turbada.Y, además, Pedro había descubierto, por la forma en que lo miraba con reproche cuando él evitaba la cuestión o le contestaba con evasivas, que, a su manera intensa y callada, ella esperaba más. Y Paulaparecía siempre consciente de ello, lo que resultaba desconcertante y, al mismo tiempo, halagüeño.Por otra parte, estaba su familia, que la había acogido como si fuera una de los suyos.  Todas  sus  hermanas  lo  habían  llamado  para  expresarle  su  aprobación. 

El  domingo, su madre le había hecho mil y una preguntas sobre su relación con ella. Hasta su  padre  había  comentado  durante  la  cena  que  consideraba  a  Paula una  auténtica  luchadora.

—Esa chica tiene una buena cabeza sobre los hombros —le había comentado.

Incluso sus sobrinos le habían dicho que Paula era «un bombón». Él había mirado, ceñudo, a los niños.

—¿Qué saben ustedes de «bombones»?

—Eh, que nosotros también somos chicos —le contestó Ramiro.

—Y  mamá  dice  que,  si  no  tenemos  cuidado,  nos  volveremos  como  tú  —añadió  el  hijo mayor de Sonia—. Y lo dice como si fuera algo malo.

Pedro miró a su hermana.

—¿Algo malo?

—Si  lo  único  que  haces  es  flirtear  y  nunca  te  tomas  a  las  mujeres  en  serio,  cuando seas viejo acabarás solo —dijo ella.

—¿No crees que es un poco pronto para preocuparme por eso? —preguntó él.

—Tienes treinta años, hermanito —señaló Carolina.

—Ya  deberías  tener  dos  o  tres  niños  —declaró  su  madre—.  Es  responsabilidad  tuya que el apellido de tu padre perdure.

—No  lo  presionen—dijo  su  padre—.  El  matrimonio  es  un  paso  muy  importante.  No debería darlo hasta que no esté preparado.

Mi Salvador: Capítulo 46

Pero, como la discusión tendría que esperar, se conformó con espetarle a Pedro:

—¿Por qué no estás en el trabajo?

—Lo estaba. Y volveré en cuanto te deje en casa. Llevo encima el busca, por si me ne  cesitan.

—No  quiero  que  irrumpas  aquí  así,  por  las  buenas  —le  dijo  mientras  recogía  el  trabajo que quería llevarse a casa.

—No he venido por las buenas. Tu jefa me ha llamado —dijo él pacientemente.

—No tenía derecho a hacerlo.

—Se preocupa por tí.

—Eso es muy amable de su parte, pero yo sé cuidar de mí misma.

—Pues demuéstralo. Vete a casa y échate una siesta.

—No  estoy  cansada  —dijo Paula,  consciente  de  que  parecía  una  niña  mimada  resistiéndose a irse a la cama.

—Si tú lo dices... —contestó él con suavidad.

Naturalmente, Pedro tenía razón. Al cabo de cinco minutos en el coche, Paula no pudo mantener los ojos abiertos. Ni siquiera se dio cuenta de que llegaban a casa. Se despertó cuando él la tomó en brazos para llevarla dentro.

—¿Qué haces? —le preguntó, luchando para que la soltara.

Pero fue en vano. Él simplemente se rió y la apretó más fuerte.

—Adivínalo.

Ella empujó contra el sólido muro de su musculoso pecho.

—Suéltame.

Él la miró a los ojos.

—Dame un respiro, Pau. Dos minutos en mis brazos, tal vez tres. ¿Es eso mucho pedir?   

 La incredulidad reemplazó a la indignación.

—¿Qué estás diciendo, que disfrutas con todo esto?

Él la estrechó un poco más contra su pecho.

—¿Tú qué crees?

Para ser totalmente sincera, ella tampoco lo estaba pasando tan mal. Se aplacó y, suspirando, le pasó un brazo alrededor del cuello.

—Vamos, Alfonso. Diviértete.

Debía admitir que  ir  en  sus  brazos  no  era  exactamente  un  sacrificio.  El  único  problema era que, cuando llegaran a la habitación, él la tiraría sin ceremonias sobre la cama y la dejaría allí, sola.Apretó la cara contra el cuello de Pedro. Durante dos minutos, tal vez tres, podía fingir que eso no sucedería. Estaba convencido  de  que  Paula Chaves lo  volvería  loco.  Pensaba  que,  cuando ambos volvieran al trabajo, la vida sería menos complicada. Había previsto evitar  a  Paula para  poder  mantener  bajo  control  sus  hormonas,  pero  las  cosas  no  le  estaban saliendo como quería. No  dejaba  de  pensar  en  ella  ni  de  día  ni  de  noche.  Se  decía  a  sí  mismo  que  se  debía  a  que  no  se  había  acostado  con  ella.  Si  lo  hubiera  hecho,  no  sentiría  ese constante y doloroso deseo, y podría olvidarse de todo. Pero no habían tenido sexo y él no podía pegar ojo. Cada minuto que pasaba lo sorprendía más la asombrosa serenidad de Paula, su fortaleza y su determinación de recuperarse completamente y retomar su vida normal. Y la prisa con que parecía querer hacerlo lo preocupaba. Paula tendría una recaída si seguía así. El lunes había sido un ejemplo perfecto de ello. Cuando había ido a buscarla a la escuela, pese a que parecía muerta de cansancio, se había puesto furiosa porque Jimena  y él  hubieran  conspirado  para  obligarla  a  irse  a  casa. Si no tenía  suficiente  sentido  común para saber cuándo tenía que descansar, ¿Cómo iba él a confiar en que lo tenía en lo  que  concernía  a  su  relación?  Por  suerte,  había  sido  lo  bastante  listo  como  para  decírselo claramente.