Lo último que necesitaba era otro reto. Paula Chaves estaba intentando preparar el local que había alquilado para albergar Raíces, su programa de tutela para adolescentes. Debía ser un lugar adecuado para que los chicos se reunieran. Había esperado tenerlo listo para el comienzo de las vacaciones, pero ya estaban a primeros de agosto y todavía no estaba terminado. No había conseguido alquilar el espacio hasta finales de julio. Entonces, había comenzado el verdadero trabajo. El local vacío necesitaría muebles, juegos, una televisión, un reproductor de DVD y, probablemente, un ordenador. Pero, antes de traer todo aquello, Paula quería pintar las paredes. Sólo había tenido tiempo de pintar de blanco la pared que daba a la calle Main Street de Thunder Canyon. Encima, pensaba pintar un mural. Sería su primer proyecto artístico público y lo primero que verían los adolescentes cuando se asomaran por la ventana. Quería adornarlo con imágenes cálidas y atractivas. Por otra parte, como pretendía conseguir donaciones de la comunidad para Raíces, darle una buena imagen al local le sería de ayuda, pensó. Por si todo aquello no fuera un reto lo bastante grande, trabajaba a tiempo completo como camarera en The Hitching Post, un bar restaurante que había calle abajo. Aunque sus hermanos tenían trabajos de media jornada en el resort Thunder Canyon, ella era el principal soporte de su familia. Era la clase de responsabilidad que le daba carácter a una persona, o eso decía la gente. Y ella tenía más carácter que un ejército, pequeño pero persistente.
En ese momento, para colmo, tenía que enfrentarse a un nuevo reto. Él seguía en la calle. Era el mismo tipo que le había roto el corazón después de la fiesta de carnaval del instituto hacía seis años, el mismo verano en que su vida se había hecho pedazos. Pedro Alfonso. «Muy Colada». Así había estado por él. Pero eso era agua pasada. En el presente, sus iniciales no debían significar para ella más que «Mucho Cuidado», se dijo. No tenía nada de malo que él estuviera en la calle… a excepción de que daba la sensación de estar planeando entrar. Quizá fueran sólo imaginaciones suyas, pensó. Tal vez, él seguiría su camino. Su esperanza se esfumó cuando él se dió cuenta de que lo estaba mirando. Pedro la saludó con la mano y sonrió. Para colmo, acompañó su sonrisa con un pícaro guiño. Era la viva imagen de la seducción y hacía que a ella se le acelerara el corazón sin remedio, a pesar de que sabía que no era más que un zalamero. Él ya no vivía en Thunder Canyon, pero parte de su familia seguía allí. Solía pasarse cada dos meses por The Hitching Post, donde las mujeres revoloteaban a su alrededor como jugadores compulsivos atraídos por una baraja de cartas. Pedro nunca salía del bar dos veces con la misma mujer. A pesar de que Paula lo sabía, no pudo evitar que el pulso le latiera todavía más rápido cuando él entró en el centro. Al parecer, su corazón tenía voluntad propia. Abrió la puerta y sonó la campanilla que había encima. Ella no pudo contener un gemido de admiración.
—Hola, Paula.
—Hola, Pedro.
Era un hombre de un metro ochenta y cinco, largas piernas, fuertes músculos y anchas espaldas. Llevaba unos vaqueros gastados y una camiseta ajustada que le daban el mismo aspecto de chico malo que había tenido en sus años de instituto. Sus ojos castaños brillaban con cientos de promesas. Tenía el pelo perfectamente cortado. Una sombra de barba le cubría la mandíbula, dándole un aspecto todavía más sexy. Paula imaginó cómo esa barba le rozaría la cara si lo besaba, aunque su experiencia con él no incluía ningún roce real, sólo deseos insatisfechos. Una parte de ella seguía queriendo probarlo, pero no pensaba hacer tal cosa. Aun así, deseó no llevar aquellos pantalones viejos manchados de pintura y esa camiseta de su hermano, que le quedaba demasiado grande. También deseó no llevar el pelo recogido en un desarreglado moño. Pedro se acercó y observó el boceto del mural que Paula había hecho, con jóvenes, libros, ordenadores y deportes. En ese momento, ella iba a comenzar a trazar las líneas con pintura en la pared, pero dejó la brocha sobre una pequeña mesa de metal.
—Es impresionante —comentó él y señaló a la pared con la barbilla—. ¿Lo has dibujado tú?
—Sí —contestó Paula.
A ella siempre le había gustado dibujar, desde niña, y había mejorado su técnica con las clases de Arte del instituto. Disfrutó del cumplido como un arbusto seco agradecía la lluvia—. Gracias. Él le lanzó una mirada especulativa.
—¿Cómo estás?
—Bien. ¿Y tú? —replicó ella. No había pasado tanto tiempo desde la última vez que se habían visto—. ¿No estuviste aquí el mes pasado, en las fiestas del Cuatro de Julio?
—Sí —contestó él y bajó la vista—. Ahora estoy de vacaciones.
—Ah.
En la universidad, Pedro había creado una gama de camisetas, chaquetas y sombreros con estampados de Montana. Un socio capitalista había contactado con él, atraído por los diseños que había visto expuestos en el resort de Thunder Canyon, y le había propuesto ampliar su negocio. Entonces, su empresa había crecido, fusionándose con una marca de pantalones vaqueros. Cuando la actríz con la que había estado saliendo había sido fotografiada con una de sus camisetas, su imagen había salido en todas las revistas del país, promocionando su negocio a gran escala. PA/TC seguía siendo una empresa de éxito. Pero Paula no conocía a nadie que no estuviera sufriendo los efectos de la crisis económica y se preguntó cómo le irían las cosas.
miércoles, 7 de junio de 2017
Enamorando Al Magnate: Sinopsis
Pedro Alfonso había sido el amor platónico de Paula Chaves hasta que él la había besado, pero después de aquel maravilloso beso había desaparecido de su vida.
Ahora, seis años más tarde, Pedro había vuelto, y Paula no pensaba dejar que el atractivo millonario le llegara al corazón. Sin embargo, Pedro parecía decidido a demostrar que había cambiado. Y, por la forma en que se dedicaba a los adolescentes del centro comunitario creado por Paula, ella empezó a preguntarse si se quedaría en el pueblo para siempre.
lunes, 5 de junio de 2017
Has Vuelto A mí: Epílogo
La tarde estaba llegando a su fin. Cansada del corre-corre de aquella semana, Paula no veía la hora de que Pedro pasara a la agencia para recogerla. Por un momento, ella descansó el bolígrafo que estaba usando para hacer los probatorios del costo mensual de la agencia sobre la mesa y pensó que la idea de montar una filial en Londres fuera un éxito. Adriana continuaba tomando cuenta de la matríz, en Nueva York, y una vez cada dos meses ellas se encontraban para poner en día la contabilidad y actualizar los métodos utilizados por la empresa. Aquel día fuera particularmente exhaustivo, conjeturó. Había tenido atender a varios nuevos clientes, enterarse de sus exigencias y recoger soluciones .Un largo suspiro brotó de su pecho. A pesar de cansada, estaba feliz como nunca Había estado en toda su vida. Se recostó su silla y la giró de frente para la gran ventana acristalada que daba vista para la torre de Londres. El pensamiento de como su vida Había cambiado los últimos meses le vino a la mente. Ahora, casada con el hombre que fuera su primero y único amor y de quien fuera obligada a separarse, por una circunstancia del destino, se sentía renacer. Había conseguido aliar su vida profesional a la emocional, y tenía certeza de que vivía en un verdadero paraíso. Una leve batida en la puerta a hizo volverse.
—¿Tardé mucho? — Pedro indagó.
Paula sonrió y se levantó, saliendo al encuentro de su marido.
—No, no te retrasaste, pero me estaba muriendo de melancolía.
Se lanzó a los brazos de él y sintió los labios ardientes y sensuales que envolvían su boca. Se entregó al placer de ser acariciada por el hombre amado, y quedo pegada a él, como si el mundo no existiese más allá, como si aquel momento fuese eterno. Pedro la alejó un poco y le dijo:
—Tengo una invitación que hacerte...
— Y una sonrisa pícara bailo en los labios de él.
Paula sonrió y se apoyó nuevamente en el pecho fuerte y musculoso.
—Y a que se debe la invitación?
—A nada en especial... Quería sólo estar contigo aquí en Londres, ya que en todos estos meses no hemos podido quedarnos en la ciudad a pasear.
Le dió un beso suave en la frente y habló de nuevo:
—Quería revivir los viejos tiempos...
—¡Oh, mi amor! Lo que más quiero yo es estar sólo contigo, sabes eso, ¿No es verdad?
—¿No está arrepentida de haber dejado tu vida agitada de Nueva York para vivir conmigo?
—No, y lo sabes. No me alejé de tí en el pasado por no amarte...
Pedro la interrumpió, callándola con un beso.
—Ya, vamos a olvidarnos del pasado. De ahora en adelante sólo el presente y el futuro cuentan. Sonriendo, él la apresuró:
—Bien, vamos rápido, que no quiero perder un minuto más de la linda noche que está haciendo allá fuera.
Paula le dió un beso breve en los labios y se alejó, tomó su bolsa y ambos salieron. El restaurante, pequeño y acogedor, guardaba memorias del tiempo en que ambos eran apasionados jóvenes, y no veían barreras para consumar su amor. Mucho tiempo había pasado, muchos acontecimientos ofuscaron el brillo de aquel amor adolescente, pero el amor había sobrevivido, fuerte, maduro,con la certidumbre de que sería eterno, intenso y maravilloso. Miró a su marido y preguntó:
—¿Puedo saber por qué cambiarte de plan hoy?
—Bien... La verdad, me estaba muriendo de ganas de quedarnos aquí, sin compromisos, sólo disfrutando de tu compañía, con tiempo para amarnos sin ser interrumpidos por nadie...
Las manos de Pedro acariciaron las de Paula con ternura y en sus ojos estaba estampado todo el amor reprimido durante años.
—Yo te amo mucho, Pau.
—Yo también te amo, Pepe, más que a mi propia vida...
Pedro se encorvó y le dió un beso en los labios.
—Siempre soñé con estar así contigo, en comunión total, sabiendo que el futuro sólo me reservaba alegrías. Tardó tanto, tanto, pero valió la pena. Sé que ahora seremos felices para siempre.
Paula, emocionada con las palabras de su marido, sabía que aquel era el momento ideal para revelarle el secreto que la colmaba desde el día anterior. Entonces, apretándole las manos con cariño, dijo:
—Pepe, tengo algo que decirte...
El semblante de su marido se volvió serio por las palabras de Paula.
—Dime, mi amor...
Ella sonrió delante de la curiosidad de él.
—Pero no necesitas tener ese aire tan serio. A fin de cuentas, que yo sepa, voy a realizar uno de los mayores deseos de tu vida... y no va a tardar mucho.
Sorpresa y alegría se mezclaron en el semblante de Pedro.
—No... Dime que no estoy soñando...
—No, usted no está soñando, Sr. Pedro Alfonso. ¡Pronto será papá!
No contiendo su alegría, Pedro se levantó y apreso a su esposa entre sus brazos y salió girando por el pequeño restaurante, bajo las miradas atónitas de los comensales, que ni siquiera podían imaginar el largo camino que ellos habían tenido que recorrer para realizar su sueño de amor..
FIN
—¿Tardé mucho? — Pedro indagó.
Paula sonrió y se levantó, saliendo al encuentro de su marido.
—No, no te retrasaste, pero me estaba muriendo de melancolía.
Se lanzó a los brazos de él y sintió los labios ardientes y sensuales que envolvían su boca. Se entregó al placer de ser acariciada por el hombre amado, y quedo pegada a él, como si el mundo no existiese más allá, como si aquel momento fuese eterno. Pedro la alejó un poco y le dijo:
—Tengo una invitación que hacerte...
— Y una sonrisa pícara bailo en los labios de él.
Paula sonrió y se apoyó nuevamente en el pecho fuerte y musculoso.
—Y a que se debe la invitación?
—A nada en especial... Quería sólo estar contigo aquí en Londres, ya que en todos estos meses no hemos podido quedarnos en la ciudad a pasear.
Le dió un beso suave en la frente y habló de nuevo:
—Quería revivir los viejos tiempos...
—¡Oh, mi amor! Lo que más quiero yo es estar sólo contigo, sabes eso, ¿No es verdad?
—¿No está arrepentida de haber dejado tu vida agitada de Nueva York para vivir conmigo?
—No, y lo sabes. No me alejé de tí en el pasado por no amarte...
Pedro la interrumpió, callándola con un beso.
—Ya, vamos a olvidarnos del pasado. De ahora en adelante sólo el presente y el futuro cuentan. Sonriendo, él la apresuró:
—Bien, vamos rápido, que no quiero perder un minuto más de la linda noche que está haciendo allá fuera.
Paula le dió un beso breve en los labios y se alejó, tomó su bolsa y ambos salieron. El restaurante, pequeño y acogedor, guardaba memorias del tiempo en que ambos eran apasionados jóvenes, y no veían barreras para consumar su amor. Mucho tiempo había pasado, muchos acontecimientos ofuscaron el brillo de aquel amor adolescente, pero el amor había sobrevivido, fuerte, maduro,con la certidumbre de que sería eterno, intenso y maravilloso. Miró a su marido y preguntó:
—¿Puedo saber por qué cambiarte de plan hoy?
—Bien... La verdad, me estaba muriendo de ganas de quedarnos aquí, sin compromisos, sólo disfrutando de tu compañía, con tiempo para amarnos sin ser interrumpidos por nadie...
Las manos de Pedro acariciaron las de Paula con ternura y en sus ojos estaba estampado todo el amor reprimido durante años.
—Yo te amo mucho, Pau.
—Yo también te amo, Pepe, más que a mi propia vida...
Pedro se encorvó y le dió un beso en los labios.
—Siempre soñé con estar así contigo, en comunión total, sabiendo que el futuro sólo me reservaba alegrías. Tardó tanto, tanto, pero valió la pena. Sé que ahora seremos felices para siempre.
Paula, emocionada con las palabras de su marido, sabía que aquel era el momento ideal para revelarle el secreto que la colmaba desde el día anterior. Entonces, apretándole las manos con cariño, dijo:
—Pepe, tengo algo que decirte...
El semblante de su marido se volvió serio por las palabras de Paula.
—Dime, mi amor...
Ella sonrió delante de la curiosidad de él.
—Pero no necesitas tener ese aire tan serio. A fin de cuentas, que yo sepa, voy a realizar uno de los mayores deseos de tu vida... y no va a tardar mucho.
Sorpresa y alegría se mezclaron en el semblante de Pedro.
—No... Dime que no estoy soñando...
—No, usted no está soñando, Sr. Pedro Alfonso. ¡Pronto será papá!
No contiendo su alegría, Pedro se levantó y apreso a su esposa entre sus brazos y salió girando por el pequeño restaurante, bajo las miradas atónitas de los comensales, que ni siquiera podían imaginar el largo camino que ellos habían tenido que recorrer para realizar su sueño de amor..
FIN
Has Vuelto A Mí: Capítulo 65
—Como verás, tuve que irme —concluyó Paula—. De haberme quedado en el pueblo, habría sido mucho peor. Y tal vez habría cedido, si tú me hubiera insistido. No puedo resistirme a tí.
—¡Vaya si me engañaste! —gruñó Pedro.
—¡Oh, Pepe! —le echó los brazos al cuello—. Me perdonas, ¿Verdad?
Pedro la colocó sobre las almohadas y la besó con una pasión que era toda la respuesta que Paula necesitaba. Por primera vez en muchos años, le devolvió el beso con deleite y libertad.
—Debería estrangularte —susurró y le desabrochó la chaqueta, viendo el sujetador de encaje que había abajo—. Debiste darte cuenta de que esa aventura terminó mucho antes de que nacieras. Tu madre era sólo una chiquilla entonces. Mi madre me lo dijo.
—¿Ah, sí? —se convulsionó cuando Pedro le frotó un pezón con el dedo—. Bueno... —contuvo el aliento—. Yo sólo era una niña cuando la abuela me contó esas mentiras... Creo que cometió un error.
—Claro que no —la miró enfadado—. Supongo que después de todo ese cuento de que tu abuela amaba a mi abuelo es cierto. Creo que tú fuiste su manera de vengarse de la familia Alfonso.
—¿De qué hablas? —le enredó los dedos en el pelo.
—Bueno, sólo son viejos chismes —admitió y le miró la boca—. De acuerdo con mi madre, la vieja Gloria odió a los Alfonso cuando mi abuelo se casó con otra —sacudió la cabeza—. Es algo irónico... que tres generaciones de nuestras familias hayan tenido un lazo en común. Y si tu abuela se hubiera salido con la suya, el resultado actual habría sido el mismo.
—Yo no sabía eso —susurró la chica.
—No... bueno, ya es algo que pertenece al pasado —masculló—. ¿Me puedes quitar la camisa? Creo que me está dando calor.
Paula lo hizo con dedos temblorosos.
—Yo no lo sabía —repitió— Dios mío, ¿Cómo pudo mi propia abuela hacernos algo semejante?
—No lo sé —se dió cuenta de que debía impedir que siguiera pensando en eso—. Dime, ¿Cuándo descubriste que no era cierto que éramos hermanos? ¿Y por qué no me lo dijiste entonces?
—Ah... —Paula le acarició el vello del pecho—. Mi madre me lo reveló de manera indirecta. Estábamos revisando las cosas de la abuela y encontramos las cartas. Ella... me contó la verdad: que perdió al bebé, que tu madre se quedó embarazada al mismo tiempo, todo. No sabía que yo las había leído antes y no pude decírselo.
—¿Por qué?
—No es una mujer con buena salud —suspiró Paula—y temí que si le contaba lo que la abuela me había dicho, tal vez se culparía a sí misma. Yo... no quería que hiciera eso.
—¡Oh, Pau!
—Hasta le quité las cartas, antes de que pudiera descubrir la carta que nunca le envió a tu padre, contándole que estaba embarazada.
—La otra carta a la que se refirió —entendió Pedro al fin—. ¿Y crees que ahora lo sabe?
—Tal vez lo adivinó todo —asintió—. Pepe, me alegro tanto de que así haya sido. Tal vez no habrías venido, si no…
—No estaría tan seguro de eso —sonrió—. Como ya te dije, parece que no puedo mantenerme alejado de tí.
—Gracias a Dios que no puedes —le acarició la cara.
—Pero eso no explica por qué no me lo contaste hace tres semanas —le recordó.
—Quise decírtelo —recordó—. Pero no podía permitir que vendieras Rycroft sólo por mí, para poder divorciarte de Candela y darle el dinero que te hubiera pedido.
—Sabías que lo haría, ¿Verdad?
—Pensé que tal vez lo harías —confesó—. Y no podía tener esa responsabilidad cuando me habrías odiado después por eso.
—¿Odiarte? —torció la boca—. No sabes cuántas veces quise poder odiarte. Sobre todo cuando te negaste a casarte conmigo. Creo que entonces sí te odié. El problema fue que no duró.
—¡Oh, Pepe!
El beso que siguió estaba lleno de deseo. Paula le quitó la camisa para poder acariciarle la espalda. Cuando se disponía a desabrocharle el cinturón, los recuerdos la invadieron.
—¿Te acuerdas de la primera vez que te desnudé? —susurró—. No sabía qué esperar entonces.
—Bueno, ahora ya lo sabes —susurró y se estremeció por sus caricias sensuales—. Dios mío, Pau... no me hagas eso. Bueno, por lo menos espera a que me haya quitado los pantalones...
Horas después, Paula se desperezó y Pedro bajó de la cama.
—¿Adonde vas? —protestó, adormilada, y encendió la luz para poder admirar su cuerpo atlético y musculoso—. Faltan varias horas para que salga el sol.
—Necesito beber agua —se dirigió a la cocina—. Tal vez tú estés acostumbrada al champán, pero yo no.
—Ah.
Paula sonrió y rodó sobre la espalda. No podía dejar de sonreír y Pedro le hizo una mueca antes de salir del cuarto. Mientras hacían el amor, bebieron toda una botella de champán. Ella estaba relajada y embriagada. Iba a volver con él a Inglaterra. Adriana podía seguir al frente de la agencia. En cuanto a su madre, supuso que algún día le contaría la verdad, si es que no la había adivinado ya. Le parecía obvio que Alejandra era una mujer mucho más fuerte de lo que todos habían creído.
Pedro volvió con un vaso de agua. Al acercarse a la cama, Paula lo miró. Era un deleite mirarlo, saber que tenía derecho a hacerlo. Y Pedro no fue indiferente al brillo posesivo de los ojos de ella. De todos modos, terminó de beber el agua antes de volver a acostarse y lo miró con malicia.
—No tienes nada de modestia, ¿Verdad? —exclamó y le acarició el velludo muslo.
Pedro se estremeció.
—Ni tú tampoco —se volvió para aprisionarla bajo él.
Su miembro excitado palpitó contra la pierna de la chica que se frotó contra él, ansiosa.
—Nunca me contaste cómo lograste entrar a mi departamento —recordó Paula, tiempo después.
Pedro se separó un poco de ella, reacio.
—Le dije al portero que era tu hermano y que quería darte una sorpresa —confesó, sonriente—. Me temo que no fue un buen pretexto en estas circunstancias; pero me creyó.
—Menos mal que te creyó —susurró Paula y lo abrazó—. Pero mañana le contaré la verdad. No quiero que nadie vuelva a confundirte con mi hermano. Ni siquiera yo.
—¡Vaya si me engañaste! —gruñó Pedro.
—¡Oh, Pepe! —le echó los brazos al cuello—. Me perdonas, ¿Verdad?
Pedro la colocó sobre las almohadas y la besó con una pasión que era toda la respuesta que Paula necesitaba. Por primera vez en muchos años, le devolvió el beso con deleite y libertad.
—Debería estrangularte —susurró y le desabrochó la chaqueta, viendo el sujetador de encaje que había abajo—. Debiste darte cuenta de que esa aventura terminó mucho antes de que nacieras. Tu madre era sólo una chiquilla entonces. Mi madre me lo dijo.
—¿Ah, sí? —se convulsionó cuando Pedro le frotó un pezón con el dedo—. Bueno... —contuvo el aliento—. Yo sólo era una niña cuando la abuela me contó esas mentiras... Creo que cometió un error.
—Claro que no —la miró enfadado—. Supongo que después de todo ese cuento de que tu abuela amaba a mi abuelo es cierto. Creo que tú fuiste su manera de vengarse de la familia Alfonso.
—¿De qué hablas? —le enredó los dedos en el pelo.
—Bueno, sólo son viejos chismes —admitió y le miró la boca—. De acuerdo con mi madre, la vieja Gloria odió a los Alfonso cuando mi abuelo se casó con otra —sacudió la cabeza—. Es algo irónico... que tres generaciones de nuestras familias hayan tenido un lazo en común. Y si tu abuela se hubiera salido con la suya, el resultado actual habría sido el mismo.
—Yo no sabía eso —susurró la chica.
—No... bueno, ya es algo que pertenece al pasado —masculló—. ¿Me puedes quitar la camisa? Creo que me está dando calor.
Paula lo hizo con dedos temblorosos.
—Yo no lo sabía —repitió— Dios mío, ¿Cómo pudo mi propia abuela hacernos algo semejante?
—No lo sé —se dió cuenta de que debía impedir que siguiera pensando en eso—. Dime, ¿Cuándo descubriste que no era cierto que éramos hermanos? ¿Y por qué no me lo dijiste entonces?
—Ah... —Paula le acarició el vello del pecho—. Mi madre me lo reveló de manera indirecta. Estábamos revisando las cosas de la abuela y encontramos las cartas. Ella... me contó la verdad: que perdió al bebé, que tu madre se quedó embarazada al mismo tiempo, todo. No sabía que yo las había leído antes y no pude decírselo.
—¿Por qué?
—No es una mujer con buena salud —suspiró Paula—y temí que si le contaba lo que la abuela me había dicho, tal vez se culparía a sí misma. Yo... no quería que hiciera eso.
—¡Oh, Pau!
—Hasta le quité las cartas, antes de que pudiera descubrir la carta que nunca le envió a tu padre, contándole que estaba embarazada.
—La otra carta a la que se refirió —entendió Pedro al fin—. ¿Y crees que ahora lo sabe?
—Tal vez lo adivinó todo —asintió—. Pepe, me alegro tanto de que así haya sido. Tal vez no habrías venido, si no…
—No estaría tan seguro de eso —sonrió—. Como ya te dije, parece que no puedo mantenerme alejado de tí.
—Gracias a Dios que no puedes —le acarició la cara.
—Pero eso no explica por qué no me lo contaste hace tres semanas —le recordó.
—Quise decírtelo —recordó—. Pero no podía permitir que vendieras Rycroft sólo por mí, para poder divorciarte de Candela y darle el dinero que te hubiera pedido.
—Sabías que lo haría, ¿Verdad?
—Pensé que tal vez lo harías —confesó—. Y no podía tener esa responsabilidad cuando me habrías odiado después por eso.
—¿Odiarte? —torció la boca—. No sabes cuántas veces quise poder odiarte. Sobre todo cuando te negaste a casarte conmigo. Creo que entonces sí te odié. El problema fue que no duró.
—¡Oh, Pepe!
El beso que siguió estaba lleno de deseo. Paula le quitó la camisa para poder acariciarle la espalda. Cuando se disponía a desabrocharle el cinturón, los recuerdos la invadieron.
—¿Te acuerdas de la primera vez que te desnudé? —susurró—. No sabía qué esperar entonces.
—Bueno, ahora ya lo sabes —susurró y se estremeció por sus caricias sensuales—. Dios mío, Pau... no me hagas eso. Bueno, por lo menos espera a que me haya quitado los pantalones...
Horas después, Paula se desperezó y Pedro bajó de la cama.
—¿Adonde vas? —protestó, adormilada, y encendió la luz para poder admirar su cuerpo atlético y musculoso—. Faltan varias horas para que salga el sol.
—Necesito beber agua —se dirigió a la cocina—. Tal vez tú estés acostumbrada al champán, pero yo no.
—Ah.
Paula sonrió y rodó sobre la espalda. No podía dejar de sonreír y Pedro le hizo una mueca antes de salir del cuarto. Mientras hacían el amor, bebieron toda una botella de champán. Ella estaba relajada y embriagada. Iba a volver con él a Inglaterra. Adriana podía seguir al frente de la agencia. En cuanto a su madre, supuso que algún día le contaría la verdad, si es que no la había adivinado ya. Le parecía obvio que Alejandra era una mujer mucho más fuerte de lo que todos habían creído.
Pedro volvió con un vaso de agua. Al acercarse a la cama, Paula lo miró. Era un deleite mirarlo, saber que tenía derecho a hacerlo. Y Pedro no fue indiferente al brillo posesivo de los ojos de ella. De todos modos, terminó de beber el agua antes de volver a acostarse y lo miró con malicia.
—No tienes nada de modestia, ¿Verdad? —exclamó y le acarició el velludo muslo.
Pedro se estremeció.
—Ni tú tampoco —se volvió para aprisionarla bajo él.
Su miembro excitado palpitó contra la pierna de la chica que se frotó contra él, ansiosa.
—Nunca me contaste cómo lograste entrar a mi departamento —recordó Paula, tiempo después.
Pedro se separó un poco de ella, reacio.
—Le dije al portero que era tu hermano y que quería darte una sorpresa —confesó, sonriente—. Me temo que no fue un buen pretexto en estas circunstancias; pero me creyó.
—Menos mal que te creyó —susurró Paula y lo abrazó—. Pero mañana le contaré la verdad. No quiero que nadie vuelva a confundirte con mi hermano. Ni siquiera yo.
Has Vuelto A Mí: Capítulo 64
Cuando al fin se percató de que Pedro no la tocaba ni respondía de ninguna manera a su alegría, se estremeció.
—¿Pepe? —tartamudeó y se separó un poco—. Pepe, ¿Qué pasa? ¿Qué tienes? ¿Por qué me miras así? ¿No... quieres que estemos juntos?
Pedro se quitó los brazos de Paula del cuello.
—No digas tonterías —replicó, molesto—. Eso es lo que siempre he deseado —estaba sombrío—. Pero, sin importar lo que diga tu madre, si no sé por qué me dejaste hace diez años, nunca podré volver a tener paz.
—¿Qué... dice mi madre? ¿Qué te dijo?
—Eso no importa nada...
—Vamos, Pepe, tal vez sea algo muy importante. ¿Qué fue lo que te dijo mi madre?
—¿Te importa tanto como a mí saber por qué me dejaste? —preguntó.
—Cariño, sé que eso es fundamental para tí —exclamó y le besó en los labios—. Te prometo que te lo contaré todo. Sólo dime que te dijo mi madre, por favor.
Pedro la miró durante largo rato y, como si no pudiera evitarlo, la abrazó.
—Está bien —susurró con la voz ronca por la tensión—. Dijo que tenía que venir a buscarte, que estaba segura de que tú me seguías queriendo y que tenía que decirte que recordó que había otra carta entre las que te enseñó un día —frunció el ceño, frustrado—. ¿Entiendes algo de todo eso?
—¿Dijo eso?—estaba atónita.
—Aja —le alzó la cara con suavidad—. Adelante, dime qué significa. Creo que merezco saberlo.
Paula se humedeció los labios y le llevó unos momentos entender lo que Pedro le había comentado. Si su madre decía eso, era porque debió recordar que, entre esas cartas, se encontraba la que ella le quiso enviar una vez a Horacio.
—Mi madre está bien, ¿Verdad? —tembló.
—Sí, lo estaba cuando la ví por última vez —concedió—. Pau, si estás tratando de distraerme...
—Claro que no—aseguró.
—pau...
—Ya voy, ya voy —suspiró—. Mi madre... conoció a tu padre... hace muchos años. Antes de que yo naciera.
—Supongo que te refieres a que se conocieron de modo íntimo —notó Pedro. No estaba sorprendido y ella frunció el ceño.
—Bueno, sí. ¿Ya lo sabías?
—Pensé que todos conocían es vieja historia —replicó—. ¿Qué tiene que ver eso con nosotros? Estoy seguro de que no fue una razón para que rompieras nuestra relación.
—Bueno, no —estaba desconcertada y necesitó un poco de tiempo para ordenar sus pensamientos—. No lo entiendes, yo... mi abuela me enseñó algunas cartas. Unas cartas que tu padre le escribió a mi madre.
—¡Dios mío! —hizo una mueca—. ¿Cómo se apoderó de ellas?
—No estoy segura. Debió de encontrarlas cuando mi madre las tiró. Y las guardó. Sólo Dios sabe por qué lo hizo.
—De todos modos...
—Aún hay más —se tensó Paula—.Entre las cartas de tu padre... estaba otra. Una que mi madre le escribió a tu padre, pero que en realidad nunca le envió —hizo una pausa—. Era para decirle que estaba embarazada. Mi abuela me dijo que yo era el resultado de ese embarazo.
—¿Quieres decir... que pensaste...? —Pedro se quedó de una pieza.
—... que eras mi hermanastro —Paula contuvo el aliento—. ¿Te das cuenta de por qué tuve que irme? Yo no podía... contarte algo semejante.
—¡Dios mío! —Pedro siguió contemplándola mientras ella le narraba el resto.
Le contó que Gloria sabía que ella no era hija de Miguel. Le manifestó que Alejandra pensaba que el secreto estaba a salvo pero, que ella, su abuela, no podía permitir que se cometiera semejante atrocidad.
—¿Pepe? —tartamudeó y se separó un poco—. Pepe, ¿Qué pasa? ¿Qué tienes? ¿Por qué me miras así? ¿No... quieres que estemos juntos?
Pedro se quitó los brazos de Paula del cuello.
—No digas tonterías —replicó, molesto—. Eso es lo que siempre he deseado —estaba sombrío—. Pero, sin importar lo que diga tu madre, si no sé por qué me dejaste hace diez años, nunca podré volver a tener paz.
—¿Qué... dice mi madre? ¿Qué te dijo?
—Eso no importa nada...
—Vamos, Pepe, tal vez sea algo muy importante. ¿Qué fue lo que te dijo mi madre?
—¿Te importa tanto como a mí saber por qué me dejaste? —preguntó.
—Cariño, sé que eso es fundamental para tí —exclamó y le besó en los labios—. Te prometo que te lo contaré todo. Sólo dime que te dijo mi madre, por favor.
Pedro la miró durante largo rato y, como si no pudiera evitarlo, la abrazó.
—Está bien —susurró con la voz ronca por la tensión—. Dijo que tenía que venir a buscarte, que estaba segura de que tú me seguías queriendo y que tenía que decirte que recordó que había otra carta entre las que te enseñó un día —frunció el ceño, frustrado—. ¿Entiendes algo de todo eso?
—¿Dijo eso?—estaba atónita.
—Aja —le alzó la cara con suavidad—. Adelante, dime qué significa. Creo que merezco saberlo.
Paula se humedeció los labios y le llevó unos momentos entender lo que Pedro le había comentado. Si su madre decía eso, era porque debió recordar que, entre esas cartas, se encontraba la que ella le quiso enviar una vez a Horacio.
—Mi madre está bien, ¿Verdad? —tembló.
—Sí, lo estaba cuando la ví por última vez —concedió—. Pau, si estás tratando de distraerme...
—Claro que no—aseguró.
—pau...
—Ya voy, ya voy —suspiró—. Mi madre... conoció a tu padre... hace muchos años. Antes de que yo naciera.
—Supongo que te refieres a que se conocieron de modo íntimo —notó Pedro. No estaba sorprendido y ella frunció el ceño.
—Bueno, sí. ¿Ya lo sabías?
—Pensé que todos conocían es vieja historia —replicó—. ¿Qué tiene que ver eso con nosotros? Estoy seguro de que no fue una razón para que rompieras nuestra relación.
—Bueno, no —estaba desconcertada y necesitó un poco de tiempo para ordenar sus pensamientos—. No lo entiendes, yo... mi abuela me enseñó algunas cartas. Unas cartas que tu padre le escribió a mi madre.
—¡Dios mío! —hizo una mueca—. ¿Cómo se apoderó de ellas?
—No estoy segura. Debió de encontrarlas cuando mi madre las tiró. Y las guardó. Sólo Dios sabe por qué lo hizo.
—De todos modos...
—Aún hay más —se tensó Paula—.Entre las cartas de tu padre... estaba otra. Una que mi madre le escribió a tu padre, pero que en realidad nunca le envió —hizo una pausa—. Era para decirle que estaba embarazada. Mi abuela me dijo que yo era el resultado de ese embarazo.
—¿Quieres decir... que pensaste...? —Pedro se quedó de una pieza.
—... que eras mi hermanastro —Paula contuvo el aliento—. ¿Te das cuenta de por qué tuve que irme? Yo no podía... contarte algo semejante.
—¡Dios mío! —Pedro siguió contemplándola mientras ella le narraba el resto.
Le contó que Gloria sabía que ella no era hija de Miguel. Le manifestó que Alejandra pensaba que el secreto estaba a salvo pero, que ella, su abuela, no podía permitir que se cometiera semejante atrocidad.
Has Vuelto A Mí: Capítulo 63
—¿Qué otro motivo podría haber? —estaba cansada—. Ya sabes que te amo. Nunca ha sido algo que se haya puesto en duda.
—¿Ah, no? —la tomó de los hombros y la sacudió con fuerza.
—No.
—Entonces, ¿Por qué me dejaste hace diez años? —rugió—. Yo no estaba casado en esa época.
—Oh... —Paula bajó la cabeza y se le llenaron los ojos de lágrimas. Pedro la soltó. Por un momento, ella creyó que él había olvidado el pasado, pero no debió engañarse. El pasado estaba unido al presente y no lo podía ignorar. Y tenía que hacer frente a la situación—. Tuve mis motivos.
—¿Qué motivos? —insistió Pedro.
Paula no lo culpaba por insistir, pero no se sentía capaz de contarle una historia que no le pertenecía.
—Es una larga historia. No nos concierne. Y preferiría no contártela.
—¿Y si yo quiero que lo hagas? —la miró a los ojos.
—¿Por qué habrías de quererlo? —exclamó—. Eso no altera la situación, sigues casado... —se le ocurrió algo desesperado—. ¿O no? —pero sus esperanzas se destruyeron al verlo asentir—. No podemos cambiar lo que ha pasado ahora! Es... demasiado tarde.
—Tal vez no —Pedro habló en un hilo de voz que la sobresaltó.
—¿A qué te refieres?
—A que tal vez no sea demasiado tarde para nosotros —susurró él y Paula lo miró, incrédula.
—Pero, ¡Candela...! Las cuadras...
—Las cuadras ya no existen —declaró—. Se quemaron hace dos semanas. Fue un verdadero infierno. Varios caballos murieron.
—No puedo creerlo —se quedó pasmada.
—Pues es cierto. —Pero... ¿Cómo... es decir, tú...?
—No tuve nada que ver en eso —exclamó Pedro, indignado—. Demonios, ¿Qué opinión tienes de mí?
—No he querido decir eso —estaba confundida—. ¿Candela, no...?
—Candela está bien —declaró Pedro y Paula se sintió aliviada.
A pesar de que la muerte de Candela le habría devuelto la libertad a Pedro, no quería reunirse con él por una causa semejante.
—Entonces, ¿Cómo sucedió?
—Fue un incendió premeditado.
—¿Qué? Pero, ¿Quién... ?
—La policía piensa que fue Candela —replicó Pedro y Paula contuvo el aliento.
—Bueno, deben estar equivocados.
—No lo creo —Pedro hizo una pausa—. No fue un trabajo de profesional. Parece que el fuego se inició en un granero abandonado que estaba junto a los establos. Es obvio que no era su intención matar a los caballos, Candela no haría nada que pudiera dañarlos.
—¿Por qué haría algo semejante? —Paula negó con la cabeza.
—¿Por qué crees? Para cobrar el dinero del seguro. Aunque cualquiera podía darse cuenta de que la aseguradora no iba a pagar una investigación a fondo —suspiró—. Pero Cande nunca ha sido muy racional en lo que se refiere a sus caballos. Supongo que estaba desesperada.
—Pero debió tener la intención de sacar a los caballos —frunció el ceño.
—Claro. El problema fue que el viejo Bernardo Taylor, el mayoral, compró bastante alfalfa el día anterior. Y la dejó guardada en el granero.
—¡Dios mío!
—Así es —la vió horrorizarse—. Fue terrible. Todo ardió en un segundo. A no ser porque se lo impedimos, Cande habría muerto con sus caballos.
—Lo... siento —Paula no sabía qué más decir.
—¿Lo de Candela? —alzó las cejas—. Sí, supongo que yo también. Aunque debo confesar que no lamento ya no tener nada que ver con las cuadras Berrenger.
—Pero, ¿Que pasó con los otros caballos?
—Todos han tenido que venderse para pagar la hipoteca. Por fortuna, la aseguradora de mi padre aclaró que él no era responsable de nada, y ahora sólo le queda pagar la hipoteca de Rycroft.
—¿Candela está en prisión?
—No —por primera vez, Pedro sonrió un poco—. Mi padre logró que un abogado amigo suyo la defendiera y logró que quedara libre bajo fianza. De todos modos, ya se ha ido del pueblo. Dijo que ya no podía seguir viviendo allí ahora que ya no tenía las cuadras.
—¿Entonces, eso significa que...? —Paula tragó saliva.
—¿Qué nos estamos divorciando? —la miró—. Sí, así es.
—¡Oh, Pepe! —Paula no podía creer que fuera verdad. Era algo que deseaba tanto... Sin dudarlo, se echó en sus brazos, le pasó los brazos por el cuello y hundió el rostro en su pecho. Estaba llorando y riendo al mismo tiempo y le llevó varios minutos darse cuenta de que él no compartía su emoción.
—¿Ah, no? —la tomó de los hombros y la sacudió con fuerza.
—No.
—Entonces, ¿Por qué me dejaste hace diez años? —rugió—. Yo no estaba casado en esa época.
—Oh... —Paula bajó la cabeza y se le llenaron los ojos de lágrimas. Pedro la soltó. Por un momento, ella creyó que él había olvidado el pasado, pero no debió engañarse. El pasado estaba unido al presente y no lo podía ignorar. Y tenía que hacer frente a la situación—. Tuve mis motivos.
—¿Qué motivos? —insistió Pedro.
Paula no lo culpaba por insistir, pero no se sentía capaz de contarle una historia que no le pertenecía.
—Es una larga historia. No nos concierne. Y preferiría no contártela.
—¿Y si yo quiero que lo hagas? —la miró a los ojos.
—¿Por qué habrías de quererlo? —exclamó—. Eso no altera la situación, sigues casado... —se le ocurrió algo desesperado—. ¿O no? —pero sus esperanzas se destruyeron al verlo asentir—. No podemos cambiar lo que ha pasado ahora! Es... demasiado tarde.
—Tal vez no —Pedro habló en un hilo de voz que la sobresaltó.
—¿A qué te refieres?
—A que tal vez no sea demasiado tarde para nosotros —susurró él y Paula lo miró, incrédula.
—Pero, ¡Candela...! Las cuadras...
—Las cuadras ya no existen —declaró—. Se quemaron hace dos semanas. Fue un verdadero infierno. Varios caballos murieron.
—No puedo creerlo —se quedó pasmada.
—Pues es cierto. —Pero... ¿Cómo... es decir, tú...?
—No tuve nada que ver en eso —exclamó Pedro, indignado—. Demonios, ¿Qué opinión tienes de mí?
—No he querido decir eso —estaba confundida—. ¿Candela, no...?
—Candela está bien —declaró Pedro y Paula se sintió aliviada.
A pesar de que la muerte de Candela le habría devuelto la libertad a Pedro, no quería reunirse con él por una causa semejante.
—Entonces, ¿Cómo sucedió?
—Fue un incendió premeditado.
—¿Qué? Pero, ¿Quién... ?
—La policía piensa que fue Candela —replicó Pedro y Paula contuvo el aliento.
—Bueno, deben estar equivocados.
—No lo creo —Pedro hizo una pausa—. No fue un trabajo de profesional. Parece que el fuego se inició en un granero abandonado que estaba junto a los establos. Es obvio que no era su intención matar a los caballos, Candela no haría nada que pudiera dañarlos.
—¿Por qué haría algo semejante? —Paula negó con la cabeza.
—¿Por qué crees? Para cobrar el dinero del seguro. Aunque cualquiera podía darse cuenta de que la aseguradora no iba a pagar una investigación a fondo —suspiró—. Pero Cande nunca ha sido muy racional en lo que se refiere a sus caballos. Supongo que estaba desesperada.
—Pero debió tener la intención de sacar a los caballos —frunció el ceño.
—Claro. El problema fue que el viejo Bernardo Taylor, el mayoral, compró bastante alfalfa el día anterior. Y la dejó guardada en el granero.
—¡Dios mío!
—Así es —la vió horrorizarse—. Fue terrible. Todo ardió en un segundo. A no ser porque se lo impedimos, Cande habría muerto con sus caballos.
—Lo... siento —Paula no sabía qué más decir.
—¿Lo de Candela? —alzó las cejas—. Sí, supongo que yo también. Aunque debo confesar que no lamento ya no tener nada que ver con las cuadras Berrenger.
—Pero, ¿Que pasó con los otros caballos?
—Todos han tenido que venderse para pagar la hipoteca. Por fortuna, la aseguradora de mi padre aclaró que él no era responsable de nada, y ahora sólo le queda pagar la hipoteca de Rycroft.
—¿Candela está en prisión?
—No —por primera vez, Pedro sonrió un poco—. Mi padre logró que un abogado amigo suyo la defendiera y logró que quedara libre bajo fianza. De todos modos, ya se ha ido del pueblo. Dijo que ya no podía seguir viviendo allí ahora que ya no tenía las cuadras.
—¿Entonces, eso significa que...? —Paula tragó saliva.
—¿Qué nos estamos divorciando? —la miró—. Sí, así es.
—¡Oh, Pepe! —Paula no podía creer que fuera verdad. Era algo que deseaba tanto... Sin dudarlo, se echó en sus brazos, le pasó los brazos por el cuello y hundió el rostro en su pecho. Estaba llorando y riendo al mismo tiempo y le llevó varios minutos darse cuenta de que él no compartía su emoción.
Has Vuelto A Mí: Capítulo 62
—¿Estás bien? —inquirió Pedro y ella fue muy consciente de que su mano estaba a pocos centímetros de su tobillo. No podía imaginar a David llevándola en brazos.
—Estoy bien —se quitó un mechón de la frente—. De verás. No sé porqué me he desmayado. Es la primera vez que me pasa —estaba nerviosa.
—Supongo que has recibido una fuerte impresión al verme —sonrió con sarcasmo—. Sobre todo porque los interrumpí. ¿Qué estabas haciendo?
—¿Perdón? —de pronto entendió el significado que tenía la presencia de Pedro en su departamento. Pensó en la consecuencia de que hubiera cruzado todo el Atlántico para ir a verla.
—Te he dicho que... —empezó Pedro.
—Ya lo sé —lo interrumpió nerviosa—. Pero, no tienes por qué hacerme esa pregunta. Y tampoco tenías derecho a hacer que David se fuera. Pepe, no estamos en Lowet Mychett, sino en Nueva York.
—Ya sé dónde estamos —le indicó con brusquedad. La tomó de los tobillos la obligó a recostarse de nuevo—. Pero no me digas qué es lo que puedo o no puedo hacer en lo que a tí se refiere. Ahora no estoy de humor para hacer esa distinción —al levantarse le puso una mano a cada lado de la cabeza.
—Pepe... —protestó la chica, pero él no la escuchaba.
La miraba a los ojos y Paula sintió que se derretía. Y, cuando él inclinó la cabeza, la chica no se resistió, pues sabía que ya no había ningún impedimento para que la besara. Su boca era ardiente y hambrienta y el beso terminó con las ligeras inhibiciones de Paula. Pedro se apoyaba sobre las manos y su pecho rozó sus senos. Ella quiso acercarse más. Gimió y le pasó los brazos al cuello. Al sentir su peso sobre el cuerpo, estuvo segura de que él no era un sueño. Pedro endureció la boca y el beso se ahondó. Su lengua invadió su boca, posesiva y exigente. Cuando acarició la lengua de Paula, ésta sintió que entraba en el paraíso. Se hundió en un mar oscuro de sensaciones y no tuvo el menor deseo de salvarse.
—Me deseas —susurró con pasión y Paula alzó una pierna para ponérsela sobre la espalda.
Le deslizó las manos por la espalda, alzándola, y Paula se percató de su excitación. El fuego corrió por sus venas mientras Pedro la acariciaba. Siempre sucedía eso, al deslizar las manos bajo su camisa. Le desabrochó los botones que faltaban para besarle el pecho.
—Dios mío, Pau—gruñó él, mientras echaba a un lado las solapas de la chaqueta para besarle el cuello—. Cuando llegué y te ví besando a... bueno, quise matarlo. Quise matarlos a los dos —hundió el rostro en el hueco perfumado de sus pechos—. Supongo que fue muy oportuno que te desmayaras. Eso me hizo recuperar la razón.
—¡Pepe! —Paula no quería hablar, pero quería darle una explicación—. David y yo no nos estábamos besando. Bueno, no era un beso como el que imaginas —le acarició las mejillas—. Yo acababa de decirle que... amaba a otro hombre.
—¿De verdad? —se alejó un poco y sus ojos se ensombrecieron—. Cuéntame eso.
—Ahora no, Pepe... —suspiró Paula.
—Sí, ahora —se separó más—. Dime quién es ese hombre.
—¡Ya lo sabes! —gimió la joven.
—¡Ah, sí! —estaba actuando de modo muy raro para ser un hombre que acababa de recibir la respuesta deseada.
—Claro que lo sabes —lo miró con fijeza—. ¡Eres tú!
—No me digas —se sentó y Paula lo miró, confundida.
—¿Qué te pasa? Yo... pensé que eso querías oír.
—Entonces, ¿Por qué te marchaste de Inglaterra por segunda vez? — apretó los labios—. Vamos, Pau, quiero una explicación.
—Ya sabes por qué —se sentó—. Estás casado.
—¿Ése es el único motivo? —cuestionó y la vió asentir.
—Estoy bien —se quitó un mechón de la frente—. De verás. No sé porqué me he desmayado. Es la primera vez que me pasa —estaba nerviosa.
—Supongo que has recibido una fuerte impresión al verme —sonrió con sarcasmo—. Sobre todo porque los interrumpí. ¿Qué estabas haciendo?
—¿Perdón? —de pronto entendió el significado que tenía la presencia de Pedro en su departamento. Pensó en la consecuencia de que hubiera cruzado todo el Atlántico para ir a verla.
—Te he dicho que... —empezó Pedro.
—Ya lo sé —lo interrumpió nerviosa—. Pero, no tienes por qué hacerme esa pregunta. Y tampoco tenías derecho a hacer que David se fuera. Pepe, no estamos en Lowet Mychett, sino en Nueva York.
—Ya sé dónde estamos —le indicó con brusquedad. La tomó de los tobillos la obligó a recostarse de nuevo—. Pero no me digas qué es lo que puedo o no puedo hacer en lo que a tí se refiere. Ahora no estoy de humor para hacer esa distinción —al levantarse le puso una mano a cada lado de la cabeza.
—Pepe... —protestó la chica, pero él no la escuchaba.
La miraba a los ojos y Paula sintió que se derretía. Y, cuando él inclinó la cabeza, la chica no se resistió, pues sabía que ya no había ningún impedimento para que la besara. Su boca era ardiente y hambrienta y el beso terminó con las ligeras inhibiciones de Paula. Pedro se apoyaba sobre las manos y su pecho rozó sus senos. Ella quiso acercarse más. Gimió y le pasó los brazos al cuello. Al sentir su peso sobre el cuerpo, estuvo segura de que él no era un sueño. Pedro endureció la boca y el beso se ahondó. Su lengua invadió su boca, posesiva y exigente. Cuando acarició la lengua de Paula, ésta sintió que entraba en el paraíso. Se hundió en un mar oscuro de sensaciones y no tuvo el menor deseo de salvarse.
—Me deseas —susurró con pasión y Paula alzó una pierna para ponérsela sobre la espalda.
Le deslizó las manos por la espalda, alzándola, y Paula se percató de su excitación. El fuego corrió por sus venas mientras Pedro la acariciaba. Siempre sucedía eso, al deslizar las manos bajo su camisa. Le desabrochó los botones que faltaban para besarle el pecho.
—Dios mío, Pau—gruñó él, mientras echaba a un lado las solapas de la chaqueta para besarle el cuello—. Cuando llegué y te ví besando a... bueno, quise matarlo. Quise matarlos a los dos —hundió el rostro en el hueco perfumado de sus pechos—. Supongo que fue muy oportuno que te desmayaras. Eso me hizo recuperar la razón.
—¡Pepe! —Paula no quería hablar, pero quería darle una explicación—. David y yo no nos estábamos besando. Bueno, no era un beso como el que imaginas —le acarició las mejillas—. Yo acababa de decirle que... amaba a otro hombre.
—¿De verdad? —se alejó un poco y sus ojos se ensombrecieron—. Cuéntame eso.
—Ahora no, Pepe... —suspiró Paula.
—Sí, ahora —se separó más—. Dime quién es ese hombre.
—¡Ya lo sabes! —gimió la joven.
—¡Ah, sí! —estaba actuando de modo muy raro para ser un hombre que acababa de recibir la respuesta deseada.
—Claro que lo sabes —lo miró con fijeza—. ¡Eres tú!
—No me digas —se sentó y Paula lo miró, confundida.
—¿Qué te pasa? Yo... pensé que eso querías oír.
—Entonces, ¿Por qué te marchaste de Inglaterra por segunda vez? — apretó los labios—. Vamos, Pau, quiero una explicación.
—Ya sabes por qué —se sentó—. Estás casado.
—¿Ése es el único motivo? —cuestionó y la vió asentir.
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