Como si escuchar su nombre fuera la señal para que se moviera, la niña comenzó a retorcerse para bajar.
—La tregua ha terminado —dijo Paula observando cómo Oli agarraba una de las cajas—. No se preocupen, estaré alerta para que no convierta su preciosa casa en un páramo.
Marcos sonrió.
—¿Estás diciendo que deberíamos disfrutar de esta etapa antes de que Lautaro empiece a tener movilidad?
—Eso es exactamente lo que estoy diciendo —reconoció ella.
—¿Aunque se despierte cada dos o tres horas para comer y estemos deseando que crezca?—preguntó Sabrina.
—Supongo que ésa es la definición de conflicto —dijo Paula con melancolía—. Quieres que sean normales, crezcan y aprendan. Y sin embargo este momento en el que tienes la oportunidad de protegerlos pasa muy deprisa.
Paula miró a Pedro, que tenía la vista clavada en el bebé, y se preguntó qué se le estaría pasando por la cabeza. ¿Estaría pensando que echaba de menos haber visto a Oli a la misma edad? Él no era el único que lo echaba de menos. Veía cada vez más cómo él entregaba a ser padre. Imaginaba cómo habrían sido las cosas si ella le hubiera dado una oportunidad antes de decidir que no estaba dispuesto a adquirir esa responsabilidad.
—Lo único que hace falta es tener la oportunidad —Marcos observó a Oli mientras la niña levantaba la tapa de una caja. Luego se giró a mirar a su hijo—. A veces la vida no nos concede ni siquiera eso.
Sabrina adquirió una expresión tierna.
—Éste es un momento para mirar hacia delante, no hacia atrás.
—¿De qué están hablando? —preguntó Pedro.
—Mi primera mujer decidió interrumpir el control del embarazo sin hablarlo conmigo cuando estábamos teniendo problemas. Se quedó embarazada, pero el problema no desapareció, así que ella decidió librarse del bebé, también sin consultármelo. Odio que mi hijo no pudiera tener una oportunidad.
—Oh, Marcos, lo siento mucho —estaba claro que Paula no iba a ganar el premio a la comunicadora del año, pero al menos había intentado decírselo a Pedro. Y por muy triste que fuera para ella no saber cómo le estaba yendo a su hijo en la vida, al menos estaba en el mundo y tenía una oportunidad.
—¿Cómo es posible que yo no supiera nada de esto? —preguntó Pedro frunciendo el ceño.
miércoles, 3 de mayo de 2017
Amor Inolvidable: Capítulo 40
—No era mi intención ponerte triste.
—Ya lo sé —Paula se encogió de hombros—. No puedo evitarlo. Tú no eres el único que se lo ha perdido. Traer a Oli al mundo fue increíble, pero hubiera sido una experiencia mucho más rica si la hubiera compartido contigo.
—De acuerdo. Esto es lo que vamos a hacer —Pedro dejó los maletines y la camiseta y le alzó la barbilla con los nudillos—. Los dos hemos cometido errores, pero ahora mismo debemos dejar atrás el pasado y empezar de nuevo. Vamos a comprar algo juntos para nuestra hija.
—Creo que es una gran idea —Paula se secó una lágrima y sonrió.
Estaba muy hermosa en aquel momento. Pedro sintió una opresión en el pecho y se le aceleró el pulso. Hacer las paces con ella no estaba exento de problemas. Ejercer juntos de padres implicaba pasar tiempo con ella además de con su hija. Oli era una alegría. La magnitud de su deseo por Paula, no. Que Dios lo ayudara.
Paula entendía por qué Pedro le había pedido ayuda para comprar un regalo para un bebé, pero la invitación para entregarlo con él iba más allá de su habilidad para razonar. Lo único que se le ocurría era que quería presumir de Olivia y todavía no se atrevía a manejarse solo con ella. Sin embargo, la seguridad que mostraba sujetando al recién nacido Lautaro Torres podía demostrar que estaba equivocada, y lo cierto era que quería estarlo. Una parte importante de ella quería creer que le había pedido que lo acompañara porque le gustaba pasar tiempo con ella. La pareja acababa de comprar aquella casa nueva de dos plantas con vistas al campo de golf. El papel de regalo cubría el suelo mientras Sabrina abría con entusiasmo los paquetes que había llevado Pedro. La rubia de ojos marrones alzó el maletín médico.
—Mira qué monada, Marcos.
Su marido se rió.
—Sí, nada como presionar un poco al chico para que siga los pasos de su padre.
—No es una mala vida —Pedro miró los techos altos y la gran chimenea de piedra—. Te va muy bien.
—No me malinterpretes —protestó Marcos—. Me encanta lo que hago.
—¿Qué tal estuvo el parto? —preguntó Paula alzando una ceja—. Debió de ser duro para tí…
—Lo fue. Pedro lo sabe —dijo con expresión lastimera—. Estuve comprobando constantemente mi busca a la espera de la llamada.
—Pobrecito —ironizó Pedro—. Eso debe de ser tan difícil como esperar a romper aguas o a que den comienzo las contracciones.
—Ayúdame un poco, amigo. Cambia de tema —suplicó Marcos agarrando el maletín médico.
—Le he comprado otro a Oli—dijo Pedro al instante. Estaba de pie con el recién nacido en brazos, acunándolo—. Pueden ir juntos a terapia.
—Ya lo sé —Paula se encogió de hombros—. No puedo evitarlo. Tú no eres el único que se lo ha perdido. Traer a Oli al mundo fue increíble, pero hubiera sido una experiencia mucho más rica si la hubiera compartido contigo.
—De acuerdo. Esto es lo que vamos a hacer —Pedro dejó los maletines y la camiseta y le alzó la barbilla con los nudillos—. Los dos hemos cometido errores, pero ahora mismo debemos dejar atrás el pasado y empezar de nuevo. Vamos a comprar algo juntos para nuestra hija.
—Creo que es una gran idea —Paula se secó una lágrima y sonrió.
Estaba muy hermosa en aquel momento. Pedro sintió una opresión en el pecho y se le aceleró el pulso. Hacer las paces con ella no estaba exento de problemas. Ejercer juntos de padres implicaba pasar tiempo con ella además de con su hija. Oli era una alegría. La magnitud de su deseo por Paula, no. Que Dios lo ayudara.
Paula entendía por qué Pedro le había pedido ayuda para comprar un regalo para un bebé, pero la invitación para entregarlo con él iba más allá de su habilidad para razonar. Lo único que se le ocurría era que quería presumir de Olivia y todavía no se atrevía a manejarse solo con ella. Sin embargo, la seguridad que mostraba sujetando al recién nacido Lautaro Torres podía demostrar que estaba equivocada, y lo cierto era que quería estarlo. Una parte importante de ella quería creer que le había pedido que lo acompañara porque le gustaba pasar tiempo con ella. La pareja acababa de comprar aquella casa nueva de dos plantas con vistas al campo de golf. El papel de regalo cubría el suelo mientras Sabrina abría con entusiasmo los paquetes que había llevado Pedro. La rubia de ojos marrones alzó el maletín médico.
—Mira qué monada, Marcos.
Su marido se rió.
—Sí, nada como presionar un poco al chico para que siga los pasos de su padre.
—No es una mala vida —Pedro miró los techos altos y la gran chimenea de piedra—. Te va muy bien.
—No me malinterpretes —protestó Marcos—. Me encanta lo que hago.
—¿Qué tal estuvo el parto? —preguntó Paula alzando una ceja—. Debió de ser duro para tí…
—Lo fue. Pedro lo sabe —dijo con expresión lastimera—. Estuve comprobando constantemente mi busca a la espera de la llamada.
—Pobrecito —ironizó Pedro—. Eso debe de ser tan difícil como esperar a romper aguas o a que den comienzo las contracciones.
—Ayúdame un poco, amigo. Cambia de tema —suplicó Marcos agarrando el maletín médico.
—Le he comprado otro a Oli—dijo Pedro al instante. Estaba de pie con el recién nacido en brazos, acunándolo—. Pueden ir juntos a terapia.
lunes, 1 de mayo de 2017
Amor Inolvidable: Capítulo 39
Había sido una larga noche, y no sólo por tener que vigilar a Franco. Como la casa de Camila y Laura estaba hasta arriba con Julián allí, Pedro había utilizado el sofá de Paula para echar una cabezadita cada vez que podía. No fue en muchas ocasiones,teniendo en cuenta que el apartamento olía a ella. Entre observar a Franco y pensar en la piel suave y dulce de Paula y en lo excitante que resultaría tocarla por todas partes, no había dormido mucho. Justo antes del amanecer, Oli lo despertó agarrándole la nariz con sus deditos. Era la primera vez que tenía la oportunidad de que su hija fuera lo primero que veía por la mañana, y eso en cierta forma le llenó de energía. Luego había llamado su madre para preguntarle si todavía quería que lo acompañara a comprar el regalo para el bebé de sus amigos. La conversación desembocó en que terminara cuidando de Olivia. Miró de reojo a Paula y se dió cuenta de que parecía incómoda.
—¿Qué te ocurre? —se atrevió a preguntar.
—Muchas cosas.
—Escoge una —sugirió Pedro.
—¿Pueden ser dos?
—Adelante.
—Lo primero que me preocupa es cómo se las va a arreglar tu madre con nuestra pequeña, pero tengo que confiar en tu sabiduría —Paula se entrelazó los dedos en el regazo.
—¿Y lo segundo?
—¿Estás seguro de que hemos hecho bien dejando a Franco?
Ya habían hablado de eso, y Pedro tuvo la impresión de que Paula estaba imaginando problemas donde no los había.
—No estamos dejando a Franco. Está con sus padres.
—No me refiero a eso —Paula lo miró a los ojos—. ¿A tí te parece bien irte?
—Sí.
—¿Te importaría explicarte mejor?
—Los niños se recuperan asombrosamente rápido. Al final, lo que más les costará a Laura y a Julián es mantenerlo quieto. No necesitan que haya más gente alrededor animándole.
—¿Estás seguro?
Pedro la miró un instante.
—Los médicos observamos e intervenimos cuando es necesario. No estaría aquí si no se encontrara bien.
—Qué rotundidad —Paula sonrió un poco—. Supongo que va con el nuevo coche.
—Me preguntaba si te habrías dado cuenta —Pedro había cambiado su deportivo por un coche familiar—. En el otro coche no había sitio para Oli porque tenía sólo dos plazas.
—Es un vehículo muy familiar —dijo ella con cierta melancolía.
Era la segunda vez en dos días que Paula mencionaba la familia, y no era algo para lo que Pedro tuviera una respuesta, así que decidió que no decir nada sería lo mejor. Salió de la autopista y se dirigió al centro comercial donde estaba la juguetería. Estacionaron delante y entraron. Pedro miró a su alrededor y sacudió la cabeza.
—No sé por dónde empezar —admitió—. Estoy completamente fuera de mi elemento. Por eso te he traído conmigo. ¿Alguna sugerencia?
—¿Sabes si Sabrina y Marcos tienen cuenta aquí? —Paula suspiró al ver su expresión de asombro—. Para los regalos. Igual que hacen los novios, los futuros padres hacen una lista con los productos que prefieren que les regalen.
—¿Hiciste eso con Oli?
Paula asintió, pero en lugar de complacerse en el recuerdo, su expresión se tornó pensativa.
—Rocío me organizó una fiesta y abrí una cuenta aquí.
—Entonces sabrás cómo comprobar si Marcos y Sabrina también lo han hecho.
—Sí.
—Tú primero —Pedro la siguió al mostrador y dijeron los nombres de sus amigos, pero no consiguieron ninguna información.
—Aquí estamos perdiendo el tiempo —aseguró ella—. Vamos a empezar por la sección infantil, de cero a seis meses.
Había muchas cosas para hacer felices a los niños: parques, móviles de cuna, saltadores… Pedro se mostró escéptico respecto a este último. Era verde.
—Me gusta el color, pero estoy completamente en contra del concepto.
—¿En qué sentido? —preguntó Paula.
—Los bebés necesitan sentirse libres para moverse a su alrededor y desarrollar los músculos. Si están confinados en algo de este tipo durante largos periodos de tiempo, no podrán.
Caminaron por varios pasillos llenos de ropa, biberones, almohadas y termómetros. Paula se detuvo y agarró una especie de canguro para llevar colgando al bebé. En su rostro se dibujó una expresión tierna.
—Yo tenía uno de éstos —dijo.
Pedro había visto a madres llevando a los bebés pegados a ellas.
—¿Te vino bien?
—Mantiene al bebé cerca y las manos libres —respondió Paula con dulzura—. No puedo creer que ahora sea demasiado grande para entrar en él. Parece que fue ayer cuando podía llevarla así o dejarla tumbada y saber que estaría allí cuando regresara. Ahora está por todas partes.
Siguieron avanzando y Pedro vió dos cosas que le interesaban. Una de ellas era un maletín médico. Lo agarró y leyó el contenido: guantes desechables, vendas, tiritas y antiséptico, todo de juguete.
—Es un maletín médico. A Marcos le va a encantar aunque el niño sea demasiado pequeño para apreciarlo —Pedro agarró dos más.
—¿Vas a comprar tres? —Paula parecía confundida—. ¿Uno es para Oli?
—Sí —contestó él—. Y creo que a Franco también le gustaría tener uno.
—Es un detalle por tu parte.
—Me alegra que lo apruebes. Y antes de que digas nada, voy a conseguir otra cosa para Benjamín, porque no sería justo —se acercó a un mostrador de camisetas para padres y las miró. Una de ellas tenía un dibujo de Superman con la palabra «papá» escrita dentro. Pero la mejor era otra que decía: «Papá sobrevivió al parto».
—Voy a llevarle esto a Marcos. Está muy nervioso por el próximo parto de Sabrina.
—Es algo emocionante… —Paula se detuvo y, antes de que pudiera darse la vuelta, él se dió cuenta de que tenía lágrimas en los ojos.
—¿Paula? —Pedro notó que se le tensaban los hombros—. ¿Qué te ocurre? Y no me digas que nada, porque estás actuando de forma extraña desde que entraste en el coche.
—Es sólo que… —ella se dió la vuelta y se pasó un dedo por la nariz.
—Hablo en serio. ¿Qué te preocupa?
—Mirar todas estas cosas me hace sentir triste.
—¿Por qué? —preguntó Cal mirando a su alrededor—. Aparte de Disneylandia, este debe de ser uno de los lugares más felices del planeta.
—No lo era la última vez que estuve aquí —Paula suspiró y lo miró con tristeza—. Estaba embarazada y sola. Culpa mía. Ya lo sé.
Pedro no la había llevado allí para vengarse. Eso ya lo había superado. Ser el padre de Olivia no dejaba energía para nada más que para seguir adelante, llevara donde le llevara.
—¿Qué te ocurre? —se atrevió a preguntar.
—Muchas cosas.
—Escoge una —sugirió Pedro.
—¿Pueden ser dos?
—Adelante.
—Lo primero que me preocupa es cómo se las va a arreglar tu madre con nuestra pequeña, pero tengo que confiar en tu sabiduría —Paula se entrelazó los dedos en el regazo.
—¿Y lo segundo?
—¿Estás seguro de que hemos hecho bien dejando a Franco?
Ya habían hablado de eso, y Pedro tuvo la impresión de que Paula estaba imaginando problemas donde no los había.
—No estamos dejando a Franco. Está con sus padres.
—No me refiero a eso —Paula lo miró a los ojos—. ¿A tí te parece bien irte?
—Sí.
—¿Te importaría explicarte mejor?
—Los niños se recuperan asombrosamente rápido. Al final, lo que más les costará a Laura y a Julián es mantenerlo quieto. No necesitan que haya más gente alrededor animándole.
—¿Estás seguro?
Pedro la miró un instante.
—Los médicos observamos e intervenimos cuando es necesario. No estaría aquí si no se encontrara bien.
—Qué rotundidad —Paula sonrió un poco—. Supongo que va con el nuevo coche.
—Me preguntaba si te habrías dado cuenta —Pedro había cambiado su deportivo por un coche familiar—. En el otro coche no había sitio para Oli porque tenía sólo dos plazas.
—Es un vehículo muy familiar —dijo ella con cierta melancolía.
Era la segunda vez en dos días que Paula mencionaba la familia, y no era algo para lo que Pedro tuviera una respuesta, así que decidió que no decir nada sería lo mejor. Salió de la autopista y se dirigió al centro comercial donde estaba la juguetería. Estacionaron delante y entraron. Pedro miró a su alrededor y sacudió la cabeza.
—No sé por dónde empezar —admitió—. Estoy completamente fuera de mi elemento. Por eso te he traído conmigo. ¿Alguna sugerencia?
—¿Sabes si Sabrina y Marcos tienen cuenta aquí? —Paula suspiró al ver su expresión de asombro—. Para los regalos. Igual que hacen los novios, los futuros padres hacen una lista con los productos que prefieren que les regalen.
—¿Hiciste eso con Oli?
Paula asintió, pero en lugar de complacerse en el recuerdo, su expresión se tornó pensativa.
—Rocío me organizó una fiesta y abrí una cuenta aquí.
—Entonces sabrás cómo comprobar si Marcos y Sabrina también lo han hecho.
—Sí.
—Tú primero —Pedro la siguió al mostrador y dijeron los nombres de sus amigos, pero no consiguieron ninguna información.
—Aquí estamos perdiendo el tiempo —aseguró ella—. Vamos a empezar por la sección infantil, de cero a seis meses.
Había muchas cosas para hacer felices a los niños: parques, móviles de cuna, saltadores… Pedro se mostró escéptico respecto a este último. Era verde.
—Me gusta el color, pero estoy completamente en contra del concepto.
—¿En qué sentido? —preguntó Paula.
—Los bebés necesitan sentirse libres para moverse a su alrededor y desarrollar los músculos. Si están confinados en algo de este tipo durante largos periodos de tiempo, no podrán.
Caminaron por varios pasillos llenos de ropa, biberones, almohadas y termómetros. Paula se detuvo y agarró una especie de canguro para llevar colgando al bebé. En su rostro se dibujó una expresión tierna.
—Yo tenía uno de éstos —dijo.
Pedro había visto a madres llevando a los bebés pegados a ellas.
—¿Te vino bien?
—Mantiene al bebé cerca y las manos libres —respondió Paula con dulzura—. No puedo creer que ahora sea demasiado grande para entrar en él. Parece que fue ayer cuando podía llevarla así o dejarla tumbada y saber que estaría allí cuando regresara. Ahora está por todas partes.
Siguieron avanzando y Pedro vió dos cosas que le interesaban. Una de ellas era un maletín médico. Lo agarró y leyó el contenido: guantes desechables, vendas, tiritas y antiséptico, todo de juguete.
—Es un maletín médico. A Marcos le va a encantar aunque el niño sea demasiado pequeño para apreciarlo —Pedro agarró dos más.
—¿Vas a comprar tres? —Paula parecía confundida—. ¿Uno es para Oli?
—Sí —contestó él—. Y creo que a Franco también le gustaría tener uno.
—Es un detalle por tu parte.
—Me alegra que lo apruebes. Y antes de que digas nada, voy a conseguir otra cosa para Benjamín, porque no sería justo —se acercó a un mostrador de camisetas para padres y las miró. Una de ellas tenía un dibujo de Superman con la palabra «papá» escrita dentro. Pero la mejor era otra que decía: «Papá sobrevivió al parto».
—Voy a llevarle esto a Marcos. Está muy nervioso por el próximo parto de Sabrina.
—Es algo emocionante… —Paula se detuvo y, antes de que pudiera darse la vuelta, él se dió cuenta de que tenía lágrimas en los ojos.
—¿Paula? —Pedro notó que se le tensaban los hombros—. ¿Qué te ocurre? Y no me digas que nada, porque estás actuando de forma extraña desde que entraste en el coche.
—Es sólo que… —ella se dió la vuelta y se pasó un dedo por la nariz.
—Hablo en serio. ¿Qué te preocupa?
—Mirar todas estas cosas me hace sentir triste.
—¿Por qué? —preguntó Cal mirando a su alrededor—. Aparte de Disneylandia, este debe de ser uno de los lugares más felices del planeta.
—No lo era la última vez que estuve aquí —Paula suspiró y lo miró con tristeza—. Estaba embarazada y sola. Culpa mía. Ya lo sé.
Pedro no la había llevado allí para vengarse. Eso ya lo había superado. Ser el padre de Olivia no dejaba energía para nada más que para seguir adelante, llevara donde le llevara.
Amor Inolvidable: Capítulo 38
—Tal vez no sea necesario, pero prefiero decantarme por la precaución.
Julián cambió el peso de un pie al otro.
—Mira, Lau y yo agradecemos todo lo que has hecho. Y respetamos tu opinión. Pero nosotros lo observaremos.
—Entonces se lo llevan a casa contra el consejo médico.
Paula conocía la intensa expresión del rostro de Pedro, le había tocado sufrirla en varias ocasiones últimamente. También sabía que se debía a que le importaba de verdad. Ambas partes tenían razón.
—Tiene que haber algún término medio entre la precaución y el sentido común —dijo Paula—. Si se va a casa, habrá cuatro adultos que pueden hacer turnos para observarle, y tú puedes decirnos qué debemos mirar.
—Como una familia —dijo Pedro.
—Eso es lo que somos —Paula se preguntó por qué la estaba mirando fijamente, como si hubiera venido de otro planeta—. Además, tengo tu teléfono móvil si nos surge alguna pregunta.
—Yo tengo una propuesta mejor —Pedro consultó su reloj—. A ver qué te parece. Ya casi he terminado mi turno. Quédense por aquí y me iré a casa con ustedes para pasar allí la noche y así dirigir las tropas.
Laura y Julián intercambiaron una mirada y luego ella dijo:
—¿Por qué?
Pedro la miró a los ojos.
—Porque Franco es el mejor amigo de mi hija.
Aquello era una prueba de lo mucho que le importaba, y a Paula le dió un vuelco al corazón.
—No tienes por qué hacerlo —intervino Julián.
—Ése es mi compromiso —aseguró Pedro—. O lo toman o lo dejan. Pero antes de que contesten, deben saber que estaré allí de todas formas. Y se dónde vivís.
Paula tragó saliva antes de decir:
—En lo que respecta al resto del coste de la visita de Franco a urgencias, encontraré la manera de pagarlo todo. A eso me dedico. Hablaré con la Hermana Mónica. Este es un hospital solidario y tiene que cumplir con ciertas exigencias para mantener su estatus libre de impuestos.
—Mi grupo médico factura independientemente del hospital, y no cobraré mi tiempo —se ofreció Pedro.
Laura parpadeó.
—No queremos caridad.
—Por supuesto que sí —intervino Julián.
—Juli, creí que estábamos de acuerdo en hacer esto nosotros solos —insistió Laura.
—Y lo están haciendo —le aseguró Pedro—. Pero denle a la gente la oportunidad de echaros una mano. Eso nos hace sentir mejor. Dejenme ayudarlos —asintió satisfecho—. Ahora dejen que le ponga los puntos a este muchacho. No se preocupen. Intentaré que esté lo más cómodo posible.
Cuando salió de la habitación para buscar el material, Paula lo siguió.
—Gracias —le dijo sonriéndole—. Eres mi héroe —las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas.
No era frecuente ver a Pedro sorprendido, pero ahora lo estaba.
—¿Aunque sea un terco criticón y a veces no sepa cuándo callarme?
Paula se encogió de hombros.
—Los héroes no son perfectos. Tal vez por eso sean héroes. Hacen lo correcto a pesar de sus fallos.
Pedro asintió.
—Voy a cambiarme de ropa antes de que me dé por cambiar de opinión.
Al día siguiente, Pedro se marchó de casa de Paula con ella sentada a su lado en el asiento del copiloto. La miró de reojo y se dió cuenta de que estaba muy pensativa.
—Te agradezco que vengas conmigo a buscar un regalo para el bebé de Marcos y Sabrina.
—¿Cómo iba a decirte que no después de que anoche hicieras de ángel de la guarda?
—¿Y qué ha sido del héroe? —preguntó mirándola.
—Eso también —Paula lo miró un instante, pero su broma no sirvió para acabar con su tensión—. ¿Seguro que tu madre estará bien con Oli?
—Sin duda —aseguró Pedro entrando en la autopista—. Ella está deseando pasar tiempo con Oli, y ésta era la oportunidad perfecta.
—¿No te parece irónico que vayamos a comprar un regalo para un bebé y hayamos dejado a nuestra propia hija con tu madre?
—No. Además, así será más fácil y rápido escoger el regalo. ¿No te parece increíble que los dos tengamos el día libre hoy?
—Es estupendo, después de la noche que pasaste ayer.
Julián cambió el peso de un pie al otro.
—Mira, Lau y yo agradecemos todo lo que has hecho. Y respetamos tu opinión. Pero nosotros lo observaremos.
—Entonces se lo llevan a casa contra el consejo médico.
Paula conocía la intensa expresión del rostro de Pedro, le había tocado sufrirla en varias ocasiones últimamente. También sabía que se debía a que le importaba de verdad. Ambas partes tenían razón.
—Tiene que haber algún término medio entre la precaución y el sentido común —dijo Paula—. Si se va a casa, habrá cuatro adultos que pueden hacer turnos para observarle, y tú puedes decirnos qué debemos mirar.
—Como una familia —dijo Pedro.
—Eso es lo que somos —Paula se preguntó por qué la estaba mirando fijamente, como si hubiera venido de otro planeta—. Además, tengo tu teléfono móvil si nos surge alguna pregunta.
—Yo tengo una propuesta mejor —Pedro consultó su reloj—. A ver qué te parece. Ya casi he terminado mi turno. Quédense por aquí y me iré a casa con ustedes para pasar allí la noche y así dirigir las tropas.
Laura y Julián intercambiaron una mirada y luego ella dijo:
—¿Por qué?
Pedro la miró a los ojos.
—Porque Franco es el mejor amigo de mi hija.
Aquello era una prueba de lo mucho que le importaba, y a Paula le dió un vuelco al corazón.
—No tienes por qué hacerlo —intervino Julián.
—Ése es mi compromiso —aseguró Pedro—. O lo toman o lo dejan. Pero antes de que contesten, deben saber que estaré allí de todas formas. Y se dónde vivís.
Paula tragó saliva antes de decir:
—En lo que respecta al resto del coste de la visita de Franco a urgencias, encontraré la manera de pagarlo todo. A eso me dedico. Hablaré con la Hermana Mónica. Este es un hospital solidario y tiene que cumplir con ciertas exigencias para mantener su estatus libre de impuestos.
—Mi grupo médico factura independientemente del hospital, y no cobraré mi tiempo —se ofreció Pedro.
Laura parpadeó.
—No queremos caridad.
—Por supuesto que sí —intervino Julián.
—Juli, creí que estábamos de acuerdo en hacer esto nosotros solos —insistió Laura.
—Y lo están haciendo —le aseguró Pedro—. Pero denle a la gente la oportunidad de echaros una mano. Eso nos hace sentir mejor. Dejenme ayudarlos —asintió satisfecho—. Ahora dejen que le ponga los puntos a este muchacho. No se preocupen. Intentaré que esté lo más cómodo posible.
Cuando salió de la habitación para buscar el material, Paula lo siguió.
—Gracias —le dijo sonriéndole—. Eres mi héroe —las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas.
No era frecuente ver a Pedro sorprendido, pero ahora lo estaba.
—¿Aunque sea un terco criticón y a veces no sepa cuándo callarme?
Paula se encogió de hombros.
—Los héroes no son perfectos. Tal vez por eso sean héroes. Hacen lo correcto a pesar de sus fallos.
Pedro asintió.
—Voy a cambiarme de ropa antes de que me dé por cambiar de opinión.
Al día siguiente, Pedro se marchó de casa de Paula con ella sentada a su lado en el asiento del copiloto. La miró de reojo y se dió cuenta de que estaba muy pensativa.
—Te agradezco que vengas conmigo a buscar un regalo para el bebé de Marcos y Sabrina.
—¿Cómo iba a decirte que no después de que anoche hicieras de ángel de la guarda?
—¿Y qué ha sido del héroe? —preguntó mirándola.
—Eso también —Paula lo miró un instante, pero su broma no sirvió para acabar con su tensión—. ¿Seguro que tu madre estará bien con Oli?
—Sin duda —aseguró Pedro entrando en la autopista—. Ella está deseando pasar tiempo con Oli, y ésta era la oportunidad perfecta.
—¿No te parece irónico que vayamos a comprar un regalo para un bebé y hayamos dejado a nuestra propia hija con tu madre?
—No. Además, así será más fácil y rápido escoger el regalo. ¿No te parece increíble que los dos tengamos el día libre hoy?
—Es estupendo, después de la noche que pasaste ayer.
Amor Inolvidable: Capítulo 37
—Estaba corriendo y se tropezó con un juguete. Se golpeó la cabeza contra la mesa. La que Julián le estaba haciendo —añadió.
—Oh, no —Paula sintió un nudo en el estómago.
—Lo que sí es seguro es que va a necesitar puntos —aseguró Pedro.
—¿Cómo están Laura y Julián?
—Están haciendo un esfuerzo de valentía para que Franco no pierda la calma. Pero en sus ojos se lee el miedo, como cualquier padre con un hijo en urgencias.
Había algo en los ojos de Pedro que Paula no había visto nunca antes. Tras salir con él durante un tiempo, había llegado a conocerle bastante bien, pero aquella expresión era nueva.
—Ahora es distinto para tí, ¿Verdad?
—¿Te importaría ser más concreta?
Paula inclinó la cabeza hacia un lado y lo observó con atención.
—Ahora entiendes lo que las madres y los padres sienten cuando sus hijos sufren —observó.
—¿Doctor Alfonso?
Ambos miraron a una joven en bata que estaba al lado de una de las puertas dobles que los separaba de la zona de trauma.
—¿Qué pasa, Noelia?
—El niño de los Blackford ha vuelto de radiología.
—Gracias. Diles a sus padres que enseguida voy —se giró hacia Paula—. Voy a llamar ahora mismo para ver si pueden darme los resultados antes de treinta minutos. ¿Quieres ver a Laura?
—Sí.
Para evitar la zona llena de gente, Pedro la guió a través de un laberinto de pasillos que daba a la parte de atrás de la sala de trauma. Atravesó zonas de cortinas que protegían la intimidad de los pacientes y luego indicó la tercera habitación a la derecha.
—Quédate con ellos. Yo volveré en cuanto pueda.
—De acuerdo.
Paula observó sus anchos hombros hasta que lo vio doblar la esquina y desaparecer. Sintió la pérdida de su calor y de la seguridad que le proporcionaba. Había pasado tiempo allí, trabajando con pacientes a los que Pedro había salvado la vida con anterioridad. Pero aquella noche sentía como si estuviera atravesando un país desconocido porque un niño pequeño que le importaba mucho estaba herido. Gracias a Dios que él estaba allí. Entró en la habitación en la que la joven madre estaba sentada en la cama abrazando a Franco. Su camiseta sin mangas tenía manchas rojizas que sin duda eran la sangre seca de su bebé. Julián estaba a su lado con expresión furiosa, lo que significaba que se sentía preocupado e impotente. Entonces Laura la vió y una lágrima le resbaló por la mejilla.
—Pau…
Paula corrió hacia ellos y le dio a la adolescente un abrazo rápido.
—Hola, niña. ¿Cómo está?
—No es su mejor día —aseguró Laura.
Paula se sentó al lado de la joven madre y acarició con dulzura la regordeta pierna del bebé. Una gasa le cubría la herida de la frente, y estaba inusualmente tranquilo.
—Pedro está comprobando ahora los resultados de las pruebas. Enseguida tendremos noticias.
—Necesitará puntos —dijo Laura, que parecía horrorizada ante la idea.
—Ojalá no tuviera que pasar por esto —dijo Paula—, pero no se me ocurre nadie mejor para cuidar de él que Pedro. Franco está en muy buenas manos.
A Pedro le encantaba su trabajo y se le daba muy bien. Ésa era una de las cosas que le habían atraído de él desde el principio y también la razón por la que le había aconsejado a Laura que le llevara a él a su pequeño.
Pedro entró en la habitación y todos lo miraron expectantes.
—Las pruebas han ido bien —dijo sin perder tiempo—. Es bueno que Franco tenga la cabeza tan dura.
—Gracias a Dios —Laura alzó la mano hacia Julián, que se la estrechó al instante.
—Todas las noticias son positivas, pero para estar completamente seguros, me gustaría dejar ingresado a Franco una noche en observación.
Laura miró a Julián con preocupación.
—¿No podemos observarlo en casa? Tú puedes decirnos lo que hay que hacer.
Pedro se pasó la mano por el cuello.
—Lo dices porque no tienen seguro, ¿Verdad?
—Sí —Julián acarició el cabello de su hijo—. No te confundas, doctor. Quiero que tenga todo lo que necesita, pero no se cómo voy a pagar.
—No es tanto como piensas —aseguró Pedro.
—A mí todo me cuesta más de lo que piensas tú —Julián se cruzó de brazos.
—No recomiendo que te lo lleves a casa todavía.
Franco se incorporó y señaló a Pedro.
—Eh, chiquito, ¿Te sientes mejor? —Laura lo miró—. Mira, se ha sentado.
Pedro dejó escapar un largo suspiro.
—Oh, no —Paula sintió un nudo en el estómago.
—Lo que sí es seguro es que va a necesitar puntos —aseguró Pedro.
—¿Cómo están Laura y Julián?
—Están haciendo un esfuerzo de valentía para que Franco no pierda la calma. Pero en sus ojos se lee el miedo, como cualquier padre con un hijo en urgencias.
Había algo en los ojos de Pedro que Paula no había visto nunca antes. Tras salir con él durante un tiempo, había llegado a conocerle bastante bien, pero aquella expresión era nueva.
—Ahora es distinto para tí, ¿Verdad?
—¿Te importaría ser más concreta?
Paula inclinó la cabeza hacia un lado y lo observó con atención.
—Ahora entiendes lo que las madres y los padres sienten cuando sus hijos sufren —observó.
—¿Doctor Alfonso?
Ambos miraron a una joven en bata que estaba al lado de una de las puertas dobles que los separaba de la zona de trauma.
—¿Qué pasa, Noelia?
—El niño de los Blackford ha vuelto de radiología.
—Gracias. Diles a sus padres que enseguida voy —se giró hacia Paula—. Voy a llamar ahora mismo para ver si pueden darme los resultados antes de treinta minutos. ¿Quieres ver a Laura?
—Sí.
Para evitar la zona llena de gente, Pedro la guió a través de un laberinto de pasillos que daba a la parte de atrás de la sala de trauma. Atravesó zonas de cortinas que protegían la intimidad de los pacientes y luego indicó la tercera habitación a la derecha.
—Quédate con ellos. Yo volveré en cuanto pueda.
—De acuerdo.
Paula observó sus anchos hombros hasta que lo vio doblar la esquina y desaparecer. Sintió la pérdida de su calor y de la seguridad que le proporcionaba. Había pasado tiempo allí, trabajando con pacientes a los que Pedro había salvado la vida con anterioridad. Pero aquella noche sentía como si estuviera atravesando un país desconocido porque un niño pequeño que le importaba mucho estaba herido. Gracias a Dios que él estaba allí. Entró en la habitación en la que la joven madre estaba sentada en la cama abrazando a Franco. Su camiseta sin mangas tenía manchas rojizas que sin duda eran la sangre seca de su bebé. Julián estaba a su lado con expresión furiosa, lo que significaba que se sentía preocupado e impotente. Entonces Laura la vió y una lágrima le resbaló por la mejilla.
—Pau…
Paula corrió hacia ellos y le dio a la adolescente un abrazo rápido.
—Hola, niña. ¿Cómo está?
—No es su mejor día —aseguró Laura.
Paula se sentó al lado de la joven madre y acarició con dulzura la regordeta pierna del bebé. Una gasa le cubría la herida de la frente, y estaba inusualmente tranquilo.
—Pedro está comprobando ahora los resultados de las pruebas. Enseguida tendremos noticias.
—Necesitará puntos —dijo Laura, que parecía horrorizada ante la idea.
—Ojalá no tuviera que pasar por esto —dijo Paula—, pero no se me ocurre nadie mejor para cuidar de él que Pedro. Franco está en muy buenas manos.
A Pedro le encantaba su trabajo y se le daba muy bien. Ésa era una de las cosas que le habían atraído de él desde el principio y también la razón por la que le había aconsejado a Laura que le llevara a él a su pequeño.
Pedro entró en la habitación y todos lo miraron expectantes.
—Las pruebas han ido bien —dijo sin perder tiempo—. Es bueno que Franco tenga la cabeza tan dura.
—Gracias a Dios —Laura alzó la mano hacia Julián, que se la estrechó al instante.
—Todas las noticias son positivas, pero para estar completamente seguros, me gustaría dejar ingresado a Franco una noche en observación.
Laura miró a Julián con preocupación.
—¿No podemos observarlo en casa? Tú puedes decirnos lo que hay que hacer.
Pedro se pasó la mano por el cuello.
—Lo dices porque no tienen seguro, ¿Verdad?
—Sí —Julián acarició el cabello de su hijo—. No te confundas, doctor. Quiero que tenga todo lo que necesita, pero no se cómo voy a pagar.
—No es tanto como piensas —aseguró Pedro.
—A mí todo me cuesta más de lo que piensas tú —Julián se cruzó de brazos.
—No recomiendo que te lo lleves a casa todavía.
Franco se incorporó y señaló a Pedro.
—Eh, chiquito, ¿Te sientes mejor? —Laura lo miró—. Mira, se ha sentado.
Pedro dejó escapar un largo suspiro.
Amor Inolvidable: Capítulo 36
—Te estás enamorando otra vez de él, ¿Verdad?
—No seas tonta —respondió Paula—. Soy más lista que eso. «Otra vez» implica que la primera vez sentía algo por él, pero lo dejé, ¿te acuerdas?
—Y bien que lo lamentaste —su amiga entornó los ojos con desconfianza—. Te has acostado con él, ¿Verdad?
Técnicamente lo habían hecho de pie y ninguno de los dos dormía. Paula se estremeció con el recuerdo de lo desesperadamente que lo deseaba.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Oh, por favor. Ni intentes escabullirte. Mientes fatal.
—Pedro no te daría la razón en eso. Y la verdad es que sí intimamos —Paula se revolvió en la silla—. Por favor, no me eches la bronca. Cualquier cosa que me puedas decir no es nada comparado con lo que me he dicho yo a mí misma. Fue una estupidez y no volverá a suceder.
—¿Es que ya te lo has sacado de dentro?
—Sigo trabajando en ello. El problema es que ahora que sabe de Oli y se ha comprometido a ser padre, no podré evitar verlo.
—Entonces, lo que estás diciendo es que la única manera de pasar de él es no verlo.
Paula no quería admitir que el hecho de no ver a Pedro no había servido para superarlo. En aquel instante sonó su teléfono móvil y ella lo sacó del bolso.
—¿Hola?
—¿Pau? Soy Laura.
Supo por el tono de la joven que algo no iba bien.
—¿Qué ocurre?
—Franco se ha caído y se ha dado un golpe en la cabeza. Está sangrando. No llora… parece como si estuviera ido. Julián quiere llevarle al hospital, pero yo no creo que…
—Vayan al Centro Médico Misericordia, Lau—dijo Pedro—. Pedro está allí. Él se ocupará de Franco.
—¿Y si no es así? —había pánico en su tono de voz.
—Lo hará, porque voy a llamarle ahora mismo. Nos veremos en urgencias — Paula colgó el teléfono y miró a su amiga—. ¿Puedes quedarte con Oli?
—Por supuesto. Me la llevaré a casa conmigo.
—Gracias. Iré a buscarla en cuanto pueda. Te debo mucho, pero ahora mismo tengo que irme.
Paula estacionó fuera de la entrada de urgencias del Centro Médico Misericordia y entró a toda prisa en la abarrotada sala. Escudriñó los rostros y no vió a Laura ni a Julián, lo que significaba que todavía no los habían llevado a la sala de observación o que no habían llegado aún. Se detuvo frente al mostrador de información para preguntar cuando Pedro atravesó la doble puerta y salió a su encuentro. Sin decir una palabra, la agarró del codo y la guió hasta un lugar tranquilo en el pasillo que había doblando la esquina. Se había sentido tan sola y asustada durante los veinte minutos que había tardado en llegar hasta allí que le gustó notar su mano en el brazo. Era cálido y seguro, una sensación que nunca había sido familiar para ella hasta que lo conoció.
—Hola —dijo mirándolo a los ojos—. ¿Han llegado ya Laura y Julián?
Pedro asintió.
—Los estaba esperando desde que recibí tu llamada.
—¿Cómo está Henry? ¿Puedo verlo? —Paula trató de leer su expresión, preguntándose si estaba preocupado o sólo cansado—. Ya sé que técnicamente no soy de la familia, pero Laura quiere que esté aquí.
—Franco no está aquí.
—¿Dónde está?
—Le están haciendo pruebas. Escáner y tomografía —Pedro se pasó las manos por el pelo.
A Paula le dió un vuelco al corazón.
—¿Se trata de algo más grave que un chichón en la cabeza? Lau dijo que estaba sangrando.
—Una herida en la cabeza puede sangrar mucho, lo que no significa necesariamente que se trate de un trauma severo. Pero…
—Odio esa palabra —aseguró Paula con rabia—. ¿Por qué le están hacienda pruebas?
—Para descartar que haya hemorragia en el cerebro que pueda producir una presión intracraneal. Está letárgico. Puede tratarse de una conmoción. Pero no grave —aseguró al ver que contenía el aliento—. No ha perdido la conciencia. Pero…
Paula se lo quedó mirando.
—Otra vez esa palabra.
—Digamos que no es el mismo crío lleno de energía que me agotó en la barbacoa. Sólo quiero asegurarme.
—¿Te han contado qué sucedió?
—No seas tonta —respondió Paula—. Soy más lista que eso. «Otra vez» implica que la primera vez sentía algo por él, pero lo dejé, ¿te acuerdas?
—Y bien que lo lamentaste —su amiga entornó los ojos con desconfianza—. Te has acostado con él, ¿Verdad?
Técnicamente lo habían hecho de pie y ninguno de los dos dormía. Paula se estremeció con el recuerdo de lo desesperadamente que lo deseaba.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Oh, por favor. Ni intentes escabullirte. Mientes fatal.
—Pedro no te daría la razón en eso. Y la verdad es que sí intimamos —Paula se revolvió en la silla—. Por favor, no me eches la bronca. Cualquier cosa que me puedas decir no es nada comparado con lo que me he dicho yo a mí misma. Fue una estupidez y no volverá a suceder.
—¿Es que ya te lo has sacado de dentro?
—Sigo trabajando en ello. El problema es que ahora que sabe de Oli y se ha comprometido a ser padre, no podré evitar verlo.
—Entonces, lo que estás diciendo es que la única manera de pasar de él es no verlo.
Paula no quería admitir que el hecho de no ver a Pedro no había servido para superarlo. En aquel instante sonó su teléfono móvil y ella lo sacó del bolso.
—¿Hola?
—¿Pau? Soy Laura.
Supo por el tono de la joven que algo no iba bien.
—¿Qué ocurre?
—Franco se ha caído y se ha dado un golpe en la cabeza. Está sangrando. No llora… parece como si estuviera ido. Julián quiere llevarle al hospital, pero yo no creo que…
—Vayan al Centro Médico Misericordia, Lau—dijo Pedro—. Pedro está allí. Él se ocupará de Franco.
—¿Y si no es así? —había pánico en su tono de voz.
—Lo hará, porque voy a llamarle ahora mismo. Nos veremos en urgencias — Paula colgó el teléfono y miró a su amiga—. ¿Puedes quedarte con Oli?
—Por supuesto. Me la llevaré a casa conmigo.
—Gracias. Iré a buscarla en cuanto pueda. Te debo mucho, pero ahora mismo tengo que irme.
Paula estacionó fuera de la entrada de urgencias del Centro Médico Misericordia y entró a toda prisa en la abarrotada sala. Escudriñó los rostros y no vió a Laura ni a Julián, lo que significaba que todavía no los habían llevado a la sala de observación o que no habían llegado aún. Se detuvo frente al mostrador de información para preguntar cuando Pedro atravesó la doble puerta y salió a su encuentro. Sin decir una palabra, la agarró del codo y la guió hasta un lugar tranquilo en el pasillo que había doblando la esquina. Se había sentido tan sola y asustada durante los veinte minutos que había tardado en llegar hasta allí que le gustó notar su mano en el brazo. Era cálido y seguro, una sensación que nunca había sido familiar para ella hasta que lo conoció.
—Hola —dijo mirándolo a los ojos—. ¿Han llegado ya Laura y Julián?
Pedro asintió.
—Los estaba esperando desde que recibí tu llamada.
—¿Cómo está Henry? ¿Puedo verlo? —Paula trató de leer su expresión, preguntándose si estaba preocupado o sólo cansado—. Ya sé que técnicamente no soy de la familia, pero Laura quiere que esté aquí.
—Franco no está aquí.
—¿Dónde está?
—Le están haciendo pruebas. Escáner y tomografía —Pedro se pasó las manos por el pelo.
A Paula le dió un vuelco al corazón.
—¿Se trata de algo más grave que un chichón en la cabeza? Lau dijo que estaba sangrando.
—Una herida en la cabeza puede sangrar mucho, lo que no significa necesariamente que se trate de un trauma severo. Pero…
—Odio esa palabra —aseguró Paula con rabia—. ¿Por qué le están hacienda pruebas?
—Para descartar que haya hemorragia en el cerebro que pueda producir una presión intracraneal. Está letárgico. Puede tratarse de una conmoción. Pero no grave —aseguró al ver que contenía el aliento—. No ha perdido la conciencia. Pero…
Paula se lo quedó mirando.
—Otra vez esa palabra.
—Digamos que no es el mismo crío lleno de energía que me agotó en la barbacoa. Sólo quiero asegurarme.
—¿Te han contado qué sucedió?
Amor Inolvidable: Capítulo 35
Poco después de las cinco, Paula se detuvo en el estacionamiento de la guardería. Estacionó en un espacio vacío cerca de la entrada. Salió del coche, lo cerró y entró en el edificio. Llamó a la puerta del despacho de Rocío, que estaba semi abierta, y su amiga alzó la vista de la pantalla del ordenador.
Rocío tenía una bonita sonrisa, pero sus ojos grises siempre mantenían una cierta tristeza. Eso se debía a su trabajo como asistente social en el departamento del condado. Trabajaba con niños que necesitaban ayuda de verdad y que podían romperte el corazón con sus historias. Por eso había decidido también trabajar en el sector privado. Era una pelirroja de cabello corto y belleza natural. Los hombres la deseaban y las mujeres la envidiaban. Paula admiraba su lealtad y su sentido de la amistad.
—Hola —dijo alzando una mano en gesto de saludo.
Rocío se puso de pie y rodeó el escritorio para darle un abrazo.
—Hola, ¿Has venido a recoger a Olivia?
—Sí, porque Pedro está trabajando y no podía venir.
—Hacía mucho que no venías a verme.
—Lo sé. Normalmente tengo mucha prisa cuando vengo. Todo ha sido una locura desde…
Su amiga apoyó una cadera en la esquina del escritorio y terminó la frase por ella.
—Desde que le dijiste a Pedro que tenía una hija. ¿Qué tal va todo?
—Bueno, ya sabes —Paula se encogió de hombros.
—Si lo supiera, no te lo habría preguntado. ¿Por qué no quieres hablar de ello?
—Son muchas cosas y no tengo tanto tiempo.
—De acuerdo —asintió Rocío—. ¿Por qué no empiezas por Pedro? ¿Cómo está? Guapo. Carismático. Sexy.
—Está bien.
—¿Qué le parece su hija?
Paula sonrió al instante al recordar la imagen de Pedro jugando con Oli en la piscina. Era juguetón, protector y maravilloso.
—Creo que está totalmente enamorado de su hija.
—No me sorprende —dijo Rocío.
—A mí sí, después de todas las cosas que dijo respecto al compromiso con mayúsculas. Sinceramente, creí que diría «no, gracias», y que ahí acabaría todo.
—Pero teniendo en cuenta que ahora estás demasiado ocupada como para pasarte por aquí a saludar cuando vienes a recoger a Oli, doy por hecho que está en tu vida aunque sea de forma tangencial.
—Podría decirse que sí —reconoció Paula.
—¿Te importaría ser más explícita?
¿Tenía que serlo? Pero sabía que cualquier intento de eludir la cuestión sería una pérdida de tiempo.
—Pedro ha abrazado la paternidad con entusiasmo. Está aprendiendo cosas de su hija. Estaba allí conmigo cuando fui a ver al médico que…
—Oh, Dios mío, no puedo creer que se me haya olvidado preguntarte —Rocío sacudió la cabeza—. ¿Qué ha dicho el médico?
—Me hicieron pruebas y finalmente me extirparon el tumor. Era un bulto que se creó en el conducto de la leche, completamente inofensivo.
—Gracias a Dios —dijo Rocío—. Y ahora sigue contándome de Pedro.
Paula se dejó caer en una de las sillas para las visitas.
—Está haciendo todo lo que debe. Me ha ofrecido ayuda financiera.
—Conociéndote como te conozco, apuesto a que la rechazaste.
—Sí. Al principio él no terminaba de creerse que no fuera tras el dinero o algo así.
—¿O algo así? —Rocío se cruzó de brazos—. Si es la imagen de la perfección paternal, ¿Por qué no estás más contenta?
—Para empezar, porque no confía en mí. Y no puedo culparle, después de haberle ocultado lo de Oli. Tú y yo sabemos que la gente tiene sus motivos para cuestionar su fe en los demás. A todos nos han decepcionado en alguna que otra ocasión. Pero en el caso de Pedro es peor.
—¿Cómo lo sabes?
Paula pensó en la manera de expresarlo con palabras.
—Es una intuición. Por el modo en que lo cuestiona todo, y luego está lo que su padre dijo en el cumpleaños de Oli sobre el pasado de Pedro. Yo le estaba contando que tenía mis razones para no contar lo de mi embarazo, pero que no quería hablar de ello. Y su padre me dijo que yo no era la única con pasado. Estuvo casado.
Rocío frunció el ceño.
—¿Te dió más detalles?
—Me dijo que eso tenía que contármelo Pedro.
—Tiene toda la razón, Pau. Y no tienes que preguntar nada. Pedro te lo dirá si quiere que lo sepas.
Paula entrelazó los dedos en el regazo.
—Algo le ocurrió entonces.
—No sería el primero —aseguró Rocío—. No es problema tuyo. ¿Qué te importa lo que piense de tí?
—En realidad nada. Excepto que su opinión puede tener cierto impacto en las percepciones de Oli.
—Eso no es lo que te importa. Se trata de algo más personal.
Rocío se dió un golpecito en los labios con el dedo índice.
Rocío tenía una bonita sonrisa, pero sus ojos grises siempre mantenían una cierta tristeza. Eso se debía a su trabajo como asistente social en el departamento del condado. Trabajaba con niños que necesitaban ayuda de verdad y que podían romperte el corazón con sus historias. Por eso había decidido también trabajar en el sector privado. Era una pelirroja de cabello corto y belleza natural. Los hombres la deseaban y las mujeres la envidiaban. Paula admiraba su lealtad y su sentido de la amistad.
—Hola —dijo alzando una mano en gesto de saludo.
Rocío se puso de pie y rodeó el escritorio para darle un abrazo.
—Hola, ¿Has venido a recoger a Olivia?
—Sí, porque Pedro está trabajando y no podía venir.
—Hacía mucho que no venías a verme.
—Lo sé. Normalmente tengo mucha prisa cuando vengo. Todo ha sido una locura desde…
Su amiga apoyó una cadera en la esquina del escritorio y terminó la frase por ella.
—Desde que le dijiste a Pedro que tenía una hija. ¿Qué tal va todo?
—Bueno, ya sabes —Paula se encogió de hombros.
—Si lo supiera, no te lo habría preguntado. ¿Por qué no quieres hablar de ello?
—Son muchas cosas y no tengo tanto tiempo.
—De acuerdo —asintió Rocío—. ¿Por qué no empiezas por Pedro? ¿Cómo está? Guapo. Carismático. Sexy.
—Está bien.
—¿Qué le parece su hija?
Paula sonrió al instante al recordar la imagen de Pedro jugando con Oli en la piscina. Era juguetón, protector y maravilloso.
—Creo que está totalmente enamorado de su hija.
—No me sorprende —dijo Rocío.
—A mí sí, después de todas las cosas que dijo respecto al compromiso con mayúsculas. Sinceramente, creí que diría «no, gracias», y que ahí acabaría todo.
—Pero teniendo en cuenta que ahora estás demasiado ocupada como para pasarte por aquí a saludar cuando vienes a recoger a Oli, doy por hecho que está en tu vida aunque sea de forma tangencial.
—Podría decirse que sí —reconoció Paula.
—¿Te importaría ser más explícita?
¿Tenía que serlo? Pero sabía que cualquier intento de eludir la cuestión sería una pérdida de tiempo.
—Pedro ha abrazado la paternidad con entusiasmo. Está aprendiendo cosas de su hija. Estaba allí conmigo cuando fui a ver al médico que…
—Oh, Dios mío, no puedo creer que se me haya olvidado preguntarte —Rocío sacudió la cabeza—. ¿Qué ha dicho el médico?
—Me hicieron pruebas y finalmente me extirparon el tumor. Era un bulto que se creó en el conducto de la leche, completamente inofensivo.
—Gracias a Dios —dijo Rocío—. Y ahora sigue contándome de Pedro.
Paula se dejó caer en una de las sillas para las visitas.
—Está haciendo todo lo que debe. Me ha ofrecido ayuda financiera.
—Conociéndote como te conozco, apuesto a que la rechazaste.
—Sí. Al principio él no terminaba de creerse que no fuera tras el dinero o algo así.
—¿O algo así? —Rocío se cruzó de brazos—. Si es la imagen de la perfección paternal, ¿Por qué no estás más contenta?
—Para empezar, porque no confía en mí. Y no puedo culparle, después de haberle ocultado lo de Oli. Tú y yo sabemos que la gente tiene sus motivos para cuestionar su fe en los demás. A todos nos han decepcionado en alguna que otra ocasión. Pero en el caso de Pedro es peor.
—¿Cómo lo sabes?
Paula pensó en la manera de expresarlo con palabras.
—Es una intuición. Por el modo en que lo cuestiona todo, y luego está lo que su padre dijo en el cumpleaños de Oli sobre el pasado de Pedro. Yo le estaba contando que tenía mis razones para no contar lo de mi embarazo, pero que no quería hablar de ello. Y su padre me dijo que yo no era la única con pasado. Estuvo casado.
Rocío frunció el ceño.
—¿Te dió más detalles?
—Me dijo que eso tenía que contármelo Pedro.
—Tiene toda la razón, Pau. Y no tienes que preguntar nada. Pedro te lo dirá si quiere que lo sepas.
Paula entrelazó los dedos en el regazo.
—Algo le ocurrió entonces.
—No sería el primero —aseguró Rocío—. No es problema tuyo. ¿Qué te importa lo que piense de tí?
—En realidad nada. Excepto que su opinión puede tener cierto impacto en las percepciones de Oli.
—Eso no es lo que te importa. Se trata de algo más personal.
Rocío se dió un golpecito en los labios con el dedo índice.
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