lunes, 6 de marzo de 2017

Nadie Como Tú: Capítulo 6

—Dame una buena razón por la que no deberíamos hacerlo —dijo él.

—¿Sólo una? —dijo mirándolo.

—Al menos para empezar.

 —Está bien —dijo ella asintiendo pensativa—. Aquí va una: apenas nos conocemos.

 —Así el matrimonio nos dará una oportunidad de conocernos.

—¡Por favor! ¡Eso es estúpido!

—La gente lo hace todo el tiempo.

—Pero yo no —dijo jugueteando con un mechón de pelo—. Mi vida va bien. ¿Por qué iba a querer complicármela?

Hablando de complicarse la vida, él había pasado mucho tiempo en sótanos oscuros, cuevas y sabe Dios qué otros sitios pensando en el bebé.En su carta le había anunciado que iba a tener un niño, justo después de admitir que había considerado no decirle nada, que no le importaba criar a su hijo sola y que no se sintiera obligado a nada. «Cuídate y sé feliz,Paula», habían sido sus palabras de despedida. Estaba bien, pero hacía mucho tiempo que no era feliz. Bueno, eso no era del todo cierto. Había sido feliz junto a ella. Pero por encima de ellos estaba su hijo.

—¿Y el bebé? —preguntó él.

—¿Qué pasa con él? —preguntó con mirada brillante—. Balta está bien.No tengo ningún problema ocupándome de él.

—En tu carta decías que no te importaba criarlo sola, pero…

—Y así es —lo interrumpió—. Aunque no recuerdo exactamente lo que dije.

Él sí lo recordaba. Solía llevar la carta con él y la había leído tantas veces que había memorizada cada una de sus palabras.

—Se te ve muy concentrado —dijo ella con cautela.

—Estoy  pensando  —replicó  él  y  apoyó  los  codos  en  la  mesa—.¿Necesitas ayuda con el bebé?

—No y menos de tí.

—Soy el padre de Baltazar.

 —Eso es cierto. Y también lo es que me dejaste.

—No sabía que estabas embarazada.

—Está bien. Pero tu intención era dejarme. ¿Se supone que ahora tengo que creer que soy la mujer de tus sueños sólo porque he tenido a tu bebé? —preguntó riendo, aunque sin una pizca de humor—. Creo que no.

—Tenía que partir a mi destino y no me parecía justo pedirte que me esperaras.

—No me lo pediste. Ni siquiera me diste la oportunidad de decidir si quería esperarte. Diste algunas cosas por sentadas sin importarte lo que yo sentía. Eso fue muy egoísta.

¿Era dolor lo que veía en sus ojos? La había dejado porque era lo mejor para él y asumía esa parte. Pero no había pretendido hacerle daño.Había hecho lo que había creído era mejor para los dos. Si lo mejor era no poder olvidarla, entonces su estrategia había sido todo un éxito. Si desear sentirla entre sus brazos y ver su amplia sonrisa era lo óptimo, entonces su acción había sido una clara victoria. Si lo mejor era controlar el deseo de tocarla, entonces, había actuado bien. Lo peor era no poder decirle que quería a aquel hijo. Quería sentirse obligado y comprometido, retomar las cosas donde las habían dejado y empezar de nuevo. Quizá estarían ahora casados. Pero a juzgar por el resentimiento de sus ojos y por el tono de su voz, iba a ser una dura batalla.

—Aquello, me refiero a lo nuestro, se acabó —dijo él.

—Y así se va a quedar. Porque ahora conozco tu lado egoísta. No hay vuelta atrás. Además, no creo que fueras un buen marido.

—¿Quién está ahora presuponiendo las cosas?

 —No es una suposición si tienes detrás una historia que lo avale.

viernes, 3 de marzo de 2017

Nadie Como Tú: Capítulo 5

—De  ninguna  manera  —dijo  sacudiendo  la  cabeza—.  Creo  que cualquiera que no quiera volar, es porque está loco.

Paula prefería tener los dos pies en suelo firme. Ésa era una de las diferencias irreconciliables entre ellos y sospechaba que habría muchas más. El problema era que no sabía cuántas más habría. Había pasado varias semanas con aquel hombre y conversar no había sido algo que hubieran hecho demasiado. Pero las cosas habían cambiado. Era el padre de Baltazar,  y sabía muy poco sobre él, excepto que la había hecho romper sus propias reglas y luego había desaparecido rompiendo su corazón. Eso era lo que pasaba cuando uno no seguía sus propias reglas. No volvería acometer ese error otra vez.

—Entiendo —dijo ella.

Él tomó su hamburguesa y le dió un bocado.

—¿Quién cuida de Baltazar mientras estás trabajando?

Seguramente le  habría preguntado lo mismo aunque no hubiera mencionado a su hijo.

 —Tengo ayuda.

—Imagino que esa persona será de tu confianza.

—Por supuesto. Es una mujer madura, una abuela —dijo y al ver su expresión de extrañeza, añadió—. Una abuela joven. Tiene referencias.

Pedro terminó su hamburguesa mientras ella jugueteaba con el pan de la suya. Paula sabía que la aparición de él complicaría su vida y aquella conversación la estaba incomodando. En algún sitio había oído que una buena defensa era un buen ataque.

—Mira, Pedro. No sé qué quieres, pero yo también tengo preguntas. Por ejemplo, ¿Por qué no llamaste anoche antes de venir?

Él se encogió de hombros.

—Soy un tipo inquieto.

—Pues a mí me gusta tener los pies en el suelo y planearlo todo.

—No cuando estuvimos juntos —dijo con mirada ardiente.

Tenía razón. Desde que se diera cuenta de que su madre había elegido un perdedor tras otro, Kate se había prometido no cometer los mismos errores y hacer las cosas de manera práctica y ordenada. Se enamoraría, se casaría y después de un tiempo razonable, unos dos años,tendrían un bebé. Pero entonces había conocido a Pedro. Había aparecido en la sala de urgencias del hospital Mercy para que le dieran unos puntos en la mano y la había conquistado con su sonrisa irresistible. Se había dado cuenta deque aquel flirteo era peligroso, pero la excitación se le hizo irresistible.Cayó rendida a sus pies durante un mes mágico, hasta que él le dijo que todo había acabado y que se marchaba al extranjero por un año. Después de eso, había enterrado su dolor en una actitud servil y había creído haber aprendido la lección. Al menos, eso había creído hasta que descubrió que estaba embarazada. Pero eso no significaba que fuera como su madre. Ella podía cuidarse sola y era así como quería que fuera.

—Estuvimos juntos hace mucho tiempo —dijo Paula—. Y las cosas han cambiado desde entonces.

—Sí —dijo él mientras asentía con la cabeza—. Has tenido un hijo mío.

—Y no lo cambiaría por nada. Quiero a ese niño mucho más de lo que pensé  que  pudiera  quererse  a alguien.  Todo lo que hago,  todas las decisiones que tomo, son por él.

—De acuerdo. Pero ahora he vuelto. Si hubiera estado aquí…

¿Qué habría sido diferente? La había dejado. ¿Y si hubiera tardado en decirle que iba a ser padre? La decisión era difícil. Su propio padre la había dejado antes de que tuviera uso de razón y siempre se había preguntado por qué se había casado con su madre si no pensaba quedarse. Al menos, Pedro se había ido antes de que fuera demasiado tarde.

—Está bien, Pedro—dijo ella por fin—. No es culpa tuya no haber estado para Balta.

—Pero ahora estoy aquí.

—Sí.

 Necesitaban hablar, pero todavía no estaba lista.

 —Quiero hacer lo correcto, Paula.

 —¿Qué quiere decir eso?

¿De veras quería oír aquello? Una  sensación  incómoda  creció  en  su  interior,  haciéndole  difícil respirar.  Baltazar  era suyo. Podía cuidarlo y criarlo ella sola. No necesitaba la ayuda de nadie para que creciera sano y feliz. Si impedía que alguien se  entrometiera,  las  posibilidades  de  que  el  niño  fuera  feliz  serían mayores. Si lo hacía ella sola, sería lo mejor porque siempre estaría ahí para él.

—¿A qué te refieres con hacer lo correcto? —preguntó ella mirándolo.

—Tenemos que casarnos.

Paula estaba dando un sorbo a su té helado y a punto estuvo de atragantarse.

—¿Sabías que no está bien bromear cuando alguien está bebiendo?

Pedro no estaba de broma. Estaba muy serio, aunque no había sido su intención hacerle  aquella  proposición.  Si lo hubiera planeado,  habría habido flores y velas, no frías luces fluorescentes. Y la comida sería mejor que aquellas hamburguesas de cartón repletas de colesterol. Pero ahora que lo había dicho, se sentía mejor.

—No estoy bromeando. Tenemos que casarnos.

—No —dijo ella jugueteando con el hielo de su bebida.

 —¿Por qué no?

—¿De veras quieres que te lo cuente? El caso es que sólo tengo media hora para comer.

La irritación se apoderó de él. No la recordaba tan sarcástica, claro que todos sus recuerdos eran de antes de que le dijera que todo había acabado. Tenía razones para mostrarse dura. De hecho, era una buena idea que se quitara aquel resquemor.

Nadie Como Tú: Capítulo 4

—Señor Bennett, está teniendo un I.M. —dijo sin mirar al paciente.

—¿Qué es eso? —preguntó el hombre con mirada aterrorizada.

—Un infarto de miocardio —dijo Martín.

—Un ataque al corazón —aclaró Paula.

—Vamos a darle algunos anticoagulantes y morfina para el dolor — dijo Martín  y miró a Paula—. Siga mis instrucciones.

—De acuerdo —asintió ella.

 —Vamos a llevarlo a la unidad de cuidados cardíacos para tenerlo en observación —añadió Martín dirigiéndose hacia la puerta.

—¿Voy a morir? —preguntó el señor Bennett.

—Hoy no —dijo Martín mirándolo por fin.

Paula sacudió la cabeza ante el comentario frío del doctor. Martín Tenney era el mejor especialista que había visto en una sala de urgencias,pero lo que le sobraba de conocimientos le faltaba en humanidad.  El hospital había recibido más de una queja debido a su comportamiento.

Paula se quedó con el paciente hasta que fue llevado a una habitación y luego pasó por la sala de enfermeras.

—Si no hay nada ahora, voy por algo de comer.

 La supervisora apartó la vista del ordenador.

—Ve, Paula. Es tarde y debes estar muerta de hambre.

—Sí, ha sido una de esas intensas mañanas.

Y  aún  se  volvió  más  intensa  al atravesar la sala de espera  en dirección a la cafetería y ver allí a Pedro. Llevaba su uniforme caqui y unas gafas de sol de aviador colgaban del cuello de su camiseta blanca.

—Hola.

—¿Qué estás haciendo aquí?

De pronto cayó en la cuenta. No estaba vestido para una fiesta de disfraces. Aquélla era la ropa de trabajo de un piloto de helicóptero. Había tardado en darse cuenta de que era él el piloto del helicóptero que había llegado.

—Olvida la pregunta —dijo ella sacudiendo la cabeza.

No estaba preparada para enfrentarse a él tan pronto. Una de las razones por las que había dado por finalizada la visita del día anterior había sido para tranquilizarse, pero después de pasar la noche en vela pensando en él, no había podido calmar sus nervios.

—A lo que me refiero es si no tienes algún otro sitio al que ir.

—Ahora mismo no.

Tenía buen aspecto, pensó. Aquel uniforme le sentaba bien. Su pelo corto y moreno  estaba  ligeramente revuelto.  Sus ojos azules se encontraron con los suyos. Se le veía más serio que de costumbre, más fascinante y peligroso.

Seguía estando muy guapo y al observarlo, el ritmo de su corazón se aceleró. Pero había algo en él que era diferente. Su aire de seguridad,aquel  porte  que  había  llamado  su  atención al conocerlo, no estaba. Parecía estar vigilante, precavido, en alerta.

Sus facciones eran duras, con la mandíbula cuadrada y una nariz algo torcida. Al fijarse mejor, vió  una cicatríz en su barbilla que no recordaba.Había besado cada centímetro de su rostro durante aquellas intensas semanas en que habían estado juntos antes de que le dijera bruscamente que lo que había entre ellos se había acabado.

Paula metió las manos en los bolsillos y lo miró.

—Voy a comer.

—¿Te importa si te acompaño?

Ella se encogió de hombros.

—Como quieras. Pero es comida de hospital, luego no digas que no te lo advertí.

—Entendido.

La cafetería estaba en la primera planta y recorrieron varios pasillos hasta que percibieron el olor a comida. Era tarde para comer y el comedor estaba prácticamente vacío. Tomaron unas bandejas rojas y las deslizaron por la balda metálica mientras decidían entre los diferentes menús del día:carne stroganoff y pollo teriyaki. Miró a Pedro con la intención de romper la tensión y decir algo sobre aquella terrible comida, pero su lengua se negó a moverse. Estaba inmovilizada por la expresión de intensidad que veía en sus ojos. De repente, ya no tenía hambre, al menos de comida.

—Te recomiendo una hamburguesa.

Él asintió y Paula pidió dos. Tomaron un par de refrescos y luego pasaron por caja. Ella insistió en pagar puesto que le hacían descuento como empleada. Una vez sentados frente  a frente en una mesa,  Paula partió su hamburguesa en dos. Cualquier cosa con tal de mantener las manos ocupadas. Por desgracia, aquel movimiento evidenció que le temblaban.

—No esperaba verte tan pronto.

—Tenía que pasar.

 —Por Baltazar —dijo ella.

—Porque Servicios de Helicópteros Southwestern es mi compañía y prestamos los servicios de evacuación médica para el Centro MédicoMercy.

—Lo sabía. Es sólo que como dueño de la compañía te imaginaba sentado detrás de una mesa.

Nadie Como Tú: Capítulo 3

—¿Qué nombre le pusiste?

Ella se acercó hasta la mesa que había junto al sofá, tomó una foto enmarcada y se la dió.

—Baltazar.

Mientras miraba la foto, Pedro sintió que el corazón se le encogía. El bebé tenía los ojos grandes, del mismo azul que los suyos y con los hoyuelos de su madre.

—¿Baltazar?

—Sí. Siempre me ha gustado ese nombre.

—¿Qué tiene, cuatro meses? —dijo acariciando la foto.

Ella asintió y Pedro no pudo evitar mirar su vientre y preguntarse por el aspecto que tendría embarazada.

—¿Puedo verlo?

—Está durmiendo —respondió ella.

—Sólo quiero verlo.

Ella se quedó pensativa, con el ceño fruncido.

—Por aquí —dijo por fin.

La siguió hasta la habitación del bebé. La tenue luz que impedía que la habitación estuviera completamente a oscuras le permitió ver la cuna.Había muñecos de peluche por doquier. Lentamente se acercó y se quedómirando al niño, que dormía plácidamente boca arriba.

Pedro alargó la mano y acarició sus pequeños dedos.

—Qué pequeño es.

 —Tenías que haberlo visto cuando nació —dijo ella con una amable expresión en su rostro.

Pero no había sido culpa de ella que no lo hubiera visto. Durante seis meses, él ni siquiera había sabido que había un bebé en camino y eso sí había sido culpa de ella. No lo había tenido a su lado mientras su hijocrecía en su interior ni cuando había dado a luz. Le había robado el comienzo y luego, un enemigo desde el otro lado del mundo, había hechoel resto. ¿Y si aquel ataque de remordimiento no la hubiera obligado a decírselo?

—Necesitamos hablar —dijo mirándola a los ojos.

—De acuerdo. Pero no aquí ni ahora. Llámame mañana.

Aquello le sonó a una maniobra  evasiva. Estaba entrenado para sobrevivir y sabía que además de una buena formación, era necesaria una buena táctica. Y la sorpresa era la mejor estrategia.

—De acuerdo —dijo—. Te llamaré mañana.


Paula Chaves esperaba cerca de la entrada de urgencias, a unos veinte metros del gran círculo marcado en el suelo de hormigón con una Hen su interior. Allí era donde los helicópteros médicos tomaban tierra.Había uno de camino con un hombre de cincuenta y ocho años y un posible ataque al corazón. El paciente era de Pahrump. Sabía que era un viaje de una hora por carretera, puesto que su madre vivía allí. La ayuda médica habría llegado tarde si le hubieran llevado en ambulancia. Las enfermeras de la sala de urgencias del Centro Médico Mercy se turnaban para atender la llegada de los helicópteros y aquel día era elturno de ella. El médico ya había recibido el electrocardiograma y estaba al tanto de la situación a través de radio y de la información del monitoracoplado al corazón del paciente.

En aquella sala de urgencias era donde había visto a Pedro Alfonso porprimera vez. Todavía no podía creer que hubiera aparecido la noche anterior sin avisar. Había albergado esperanzas de volver a verlo despuésde su estancia de doce meses en el extranjero. Pero los días habíanpasado sin que tuviera noticias de él. Al final, se había imaginado que no era más que uno de esos hombres donantes de esperma. Pero por la expresión de su rostro al conocer a su hijo, se había dado cuenta de que se había equivocado y eso era lo que más le había preocupado.

Sus reservas emocionales se habían visto mermadas al sugerirle que se vieran otro día. Él se había mostrado de acuerdo y luego se había ido con aspecto cansado. Estaba más delgado que la última vez que lo había visto y se preguntó qué le habría pasado. Su explicación acerca de lahospitalidad  de  los  talibanes  no  le  había  reportado demasiada información, pero tenía un mal presentimiento. Aunque estuviera más delgado,  todavía conseguía hacer que el pulso se le acelerara hasta límites peligrosos. De repente oyó el zumbido de las aspas del helicóptero y miró hacia arriba. Cuando se le comenzó a alborotar el cabello, se obligó a olvidar susproblemas personales y concentrarse en aquella situación. Esperó impaciente hasta que las aspas dejaron de moverse y se acercó junto a un celador a la puerta abierta del helicóptero. La enfermerade vuelo los ayudó a sacar al paciente y les entregó la documentación de Juan Bennett, antes de llevarlo en silla de ruedas a la sala de urgencias. Después de colocarlo en la camilla, se dispuso a tomarle latensión.

—Voy a tomarle sus constantes vitales, señor Bennett.

—De acuerdo —dijo el hombre con el rostro pálido del dolor y elmiedo.

Tomó el estetoscopio de su cuello y se lo ajustó a los oídos. Después de escuchar atentamente, anotó los resultados, tanto del pulso como de la tensión. Le estaba dando un par de aspirinas al paciente cuando el doctor Martín Tenney entró en la habitación.

El médico tomó el informe y lo leyó.

Nadie Como Tú: Capítulo 2

—No importa —dijo y apretó por unos segundos los labios—. Dejaste bien claro que no fui más que una aventura para ti. Lo pasamos bien, pero fue tan sólo eso.

Una aventura muy erótica, pensó él. Una atracción instantánea que había ardido en llamas. Pero ella tenía razón. Le había dejado bien claro que habían acabado, aunque por desgracia, sus recuerdos aún seguían vivos, especialmente aquél en que tan sólo la cubría una sábana. Después,la había dejado y los hoyuelos de sus mejillas desaparecieron.

—Recuerdo lo que dije.

—Entonces  recordarás  que  me  dijiste  que  no  me  molestara  en esperar, que no debía imaginar que…

—Acerca de esperar…

 Ella bajó la mirada unos segundos y luego se encontró con la suya.

—Sólo te escribí porque pensaba que tenías derecho a saber…

—¿Cuándo te enteraste?

—¿Qué  es  lo  que  quieres  saber?  —preguntó  ella  y  un  brillo  de culpabilidad asomó a sus ojos.

—Si pensabas decírmelo.

—Tuve mis dudas —admitió—. Yo…

—¿Podemos seguir hablando dentro? —dijo mirando las puertas de los otros departamentos—. Seguro que no quieres que los vecinos oigan esta conversación.

Ella se mordió el labio y, por su expresión, era evidente que estaba considerando rechazar su propuesta. Pero de pronto se hizo a un lado y abrió la puerta de par en par.

—Está bien, pasa.

Antes de que cambiara de opinión, entró. Desde donde estaba, podía ver la cocina y el comedor, con unas puertas correderas que daban a un patio. Las paredes estaban pintadas de dorado claro y la alfombra era beige. El entorno era bonito y acogedor. Se giró y la miró. Con aquellos ajustados vaqueros y su camiseta ceñida marcando cada curva de su cuerpo, estuvo a punto de olvidar que lo que quería saber era el motivo de que hubiera esperado tanto para decirle que estaba embarazada. Si se hubiera enterado antes, ¿Habrían cambiado las cosas? Eso era algo que nunca sabría.

—Sobre la carta… —dijo él.

—Apenas nos conocíamos, Pedro. Dejaste bien claro que no querías compromisos. ¿Acaso no tenía derecho a saber que lo único que quería sera sexo? Por alguna razón, no me di cuenta de las señales —dijo ella ysus ojos brillaron con intensidad—. Para que lo sepas, no te culpo de nada.Nadie me puso una pistola en la cabeza.

Eso estaba claro. Había sido cariñosa y tierna entre sus brazos. La había deseado más y más cada vez que la había visto. Incluso después de tanto tiempo, aún la deseaba. Pero ya había hecho el tonto una vez y había sido suficiente.

—También es mi hijo.

En una décima de segundo, la expresión de la cara de ella pasó de mujer rechazada a madre coraje.

—¿Desde cuándo? Es evidente que no querías saber nada cuando no contestaste la carta.

Él sacudió la cabeza.

—No contesté porque no pude.

—Ah, ¿Te rompiste los brazos? —ironizó—. Mira, Pedro, lo cierto es que no necesito ni quiero nada de tí. Me sentí obligada a contarte lo del bebé y tú no me contestaste. Fin de la historia.

—No tan deprisa, ahora estoy aquí.

Habría ido antes de no haber sido por la tramitación médica y los formularios para el retiro militar que había tenido que cumplimentar. Además,  aquélla  era  una  conversación  que  no  quería  mantener  por teléfono.

—Hay una explicación —dijo y se encontró con su mirada acusadora —. Y quiero que la escuches de mis labios.

—Está bien —dijo ella cruzándose de brazos.

—La carta llegó cuando estaba a punto de irme a una misión y pensaba contestarla a la vuelta.

—Ya veo.

—Lo cierto es que… me llevó un tiempo regresar.

—¿Por qué? —preguntó mirándolo con desconfianza.

—El helicóptero  en  el que viajaba fue  alcanzado y los talibanes decidieron mostrarnos su hospitalidad.

Eso era todo lo que tenía que saber, lo único que pensaba contarle. Su mirada se volvió cálida al tomarlo del brazo.

—Pedro…

El roce de sus dedos era demasiado agradable y se apartó.

—Llegué hace un rato y he venido directamente desde el aeropuerto. Era importante que lo supiera.

 —No sé qué decir.

—Háblame de mi hijo.

Una sonrisa apareció en sus labios.

—Es perfecto, lo mejor que he hecho nunca.

Nadie Como Tú: Capítulo 1

No todos los días un hombre tenía la oportunidad de regresar de la muerte. El capitán de marina Pedro Alfonso había regresado del infierno.Había  aprendido lo que era enfrentarse  a  un  terrorista  dispuesto  a matarlo. Sabía lo que le había costado salvarse de la muerte y se llevaría aquel secreto con él a la tumba. Ahora tenía que verse las caras con Paula Chaves,  quien seguramente lo odiaría. Tenía razones para ello, pero aun así tenía que verla. Y a su hijo también. Tenía que explicarles.

Allí estaba en el umbral de su puerta. Alzó la mano para llamar con los nudillos, pero cerró el puño. Quizá debería haber llamado antes, pensó,pasándose la mano por el pelo, pero no le gustaba demorar las cosas.Además, antes o después tendrían que verse. Llevaba cinco minutos allí sin  llamar  a  la  puerta  y  no  había  visto  a  nadie en el complejo departamentos.

Los caminos a través de los arbustos estaban bien iluminados. Había fijado aquel encuentro a las siete y media a propósito, puesto que no era demasiado tarde, pero tampoco demasiado pronto como para que ella no estuviera en casa. Con un poco de suerte, no le cerraría la puerta en la cara. Pero si se quedaba allí mucho más tiempo, cualquiera sospecharía de sus intenciones. Se pasó la mano por el pelo otra vez y luego apretó el botón del timbre. Al no oír nada, se preguntó si las paredes serían muy compactas o si el timbre estaría estropeado. Quizá fuera él el que no oía. La guerra era algo muy ruidoso y quizá su audición se había visto afectada.

Había pasado sus pruebas físicas y estaba deseando volver a sus negocios en Servicios de Helicópteros Southwestern. El hecho de que su hermano fuera el dueño de media compañía no era algo en lo que pudiera pensar en aquel momento. Dentro del departamento, una sombra pasó junto a la ventana y oyó unos pasos al otro lado de la puerta. Si Paula era tan lista como pensaba,en aquel momento debería de estar mirando por la mirilla. Suponiendo que llegara a ella. Hacía catorce meses que no la veía, pero no había olvidado lo menuda y delgada que era. Él medía casi un metro ochenta,pero aun así sus cuerpos encajaban a la perfección. Pasaron unos segundos y reparó en que sus latidos se aceleraban. Entre Afganistán y Paula Chaves, su corazón estaba haciendo un gran esfuerzo. Pero en cualquier momento, el suspense se acabaría. Esperó y nada ocurrió. ¿Estaba al otro lado de la puerta? ¿Lo estaba mirando? ¿Y si no abría la puerta? ¿Podría culparla por no hacerlo? Debería haber llamado antes de ir.

—¿Paula? —dijo llamando suavemente con los nudillos a la puerta—.soy Pedro Alfonso—añadió, por si acaso no lo recordaba.

Aquello no era normal, no después de la carta y de lo que le había dicho en ella. Pero sabía por propia experiencia que las mujeres podían olvidarse de los buenos recuerdos cuando querían hacer daño.

Dentro, se oyó descorrer una cadena justo antes de que el pomo de la puerta girara y Paula apareciera ante él. No dijo nada, tan sólo se quedó mirándolo, con los ojos abiertos como platos. Aquella expresión le resultó familiar. La conmoción era una manera de proteger la mente y el cuerpo,una pausa hasta que ambos fueran lo suficientemente fuertes como para enfrentarse al trauma. Nunca se había considerado parte de un trauma,pero ahora se daba cuenta de que no había llamado por miedo a que le colgara el teléfono o se negara a verlo o a hablar con él.

Ahora que la tenía tan cerca y sentía el calor de su piel, se daba cuenta de lo mucho que necesitaba verla y hablarle. Estaba más guapa delo  que  recordaba.  Sus  ojos  eran  grandes  y,  aunque  a  primera  vista parecían marrones, tenían brillos dorados, lo que le hizo recordar que cuando miraba al sol sus ojos se volvían verdes. Seguía siendo menuda y,a pesar de la ropa que llevaba, le daba la impresión de que tenía más curvas que la última vez que la había visto, cuando le había hecho el amor. Su melena morena y brillante caía sobre sus hombros, al igual que cuando la había besado hasta dejarla sin aliento. Entonces sus ojos se habían vuelto verdes sin que el sol tuviera nada que ver con ello. Pero ahora no estaba sonriendo.

—¿Paula?

—Pedro—susurró ella—. Pensé que nunca más volvería a verte.

—Sorpresa —dijo él encogiéndose de hombros y apoyándose en el umbral de la puerta.

—¿Qué estás haciendo aquí?

Aquél no era el recibimiento que esperaba, lo que le hizo recordar que se había hecho un guión para aquel encuentro. En su cabeza había visto sonrisas, abrazos y hasta lágrimas de alegría.

—Quería verte.

—¿Por qué?

Quería creer que sus palabras eran resultado de la sorpresa, pero sabía  que  no  era  así.  Le  había  hecho  daño  rompiendo  con  ella bruscamente. Ella no había logrado entender que era lo mejor, pero tampoco se lo había explicado.

—Recibí la carta —dijo él.

—No estaba  segura  —replicó ella alzando la barbilla—.  No  me contestaste.

—Hay un motivo para no haberlo hecho.

Nadie Como Tú: Sinopsis



El padre de su hijo había vuelto…



Paula Chaves no supo qué pensar cuando Pedro Alfonso  apareció de nuevo en su puerta. Tras descubrir que estaba embarazada, Paula había esperado recibir noticias del marine y piloto de helicópteros, pero no había sabido nada de él. ¿Por qué habría vuelto a su vida después de abandonarla sin mirar atrás?



Pedro quería ser el padre del pequeño Baltazar, y no iba a permitir que Paula se interpusiera en su camino. Ella no sabía que lo que lo había mantenido con vida durante su dura misión había sido el pensar en su hijo y en ella. Pero, ¿Impedirían los demonios del pasado que  reparara el mal que le había hecho a Paula y juntos formaran una familia para siempre?