miércoles, 25 de enero de 2017

Destinados: Capítulo 29

Ella lo miró a los ojos durante un momento interminable.

—Nunca podré agradecerte bastante lo que has hecho por él. Eres un gran hombre —dijo y, dejándose llevar por un impulso, lo besó en la mandíbula. Luego, agarró su bolso y salió corriendo de la cocina.

Pedro se llevó los dedos al lugar donde ella lo había besado. Aunque había sido una demostración de gratitud nada más, el contacto de sus labios despertó su deseo. Corrió tras ella, pero Paula ya se había metido en el coche. Se pasaron todo el camino hacia las oficinas en silencio.

—Espera aquí, Paula. Yo iré a buscarlo.

Pedro entró en la central. Los niños estaban empezando a salir de la fiesta en el auditorio. Nico y lo vió y corrió hacia él, sonriente.

—Me gustaría ser un Joven Castor. Tienen uniformes igual que tú.

—¿Te gustan, eh? —dijo Pedro, riendo—. ¿Lo has pasado bien?

—Sí. Los osos de la película eran muy graciosos.

Pedro le dió la mano y lo acompañó al coche, mientras Nico no paraba de hablar, emocionado.

—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Nico  cuando Pedro lo hubo ayudado a subir al coche.

—Tiene trabajo, cariño —explicó Paula, adelantándose—. Nosotros tenemos otros planes.

—¿Adonde vamos? —A dar un paseo a la Villa del Curry —repuso ella con determinación. —Tienen un helado estupendo allí.

Nico miró a Pedro con morriña.

—¿No puedes venir con nosotros?

Pedro notó que Paula lo miraba pidiéndole que la ayudara.

—Me temo que tengo trabajo que hacer —mintió él. Por supuesto, siempre había cosas por hacer, pero no tenía nada urgente—. Hasta pronto, cara de tronco — se despidió y le tendió la mano al niño, pero Nico no parecía seguir interesado en su pequeño juego de palabras.

Pedro  comprendió cómo se sentía él niño, porque él estaba sufriendo también. Se despidió de Paula con la mano antes de entrar en las oficinas. Iba a ser una larga noche. Nada más entrar en el despacho, Marcela le informó de que Nelson, uno de los guardabosques, estaba en la línea uno. Pedro tomó el teléfono.

—¿Qué pasa, Claudio?

—Un incendio en Laurel Lakes.

—¿Cuánto se ha extendido?

—Unas cuatro hectáreas. No sabemos todavía si ha sido provocado por un rayo o por los campistas. He dado la orden de evacuar la zona.

—Ciérralo todo, incluyendo el camino que lleva a Manuel Meadow, y mantente en contacto.

—Sí, señor.

Los incendios naturales eran buenos para el parque, pues permitían que el bosque se regenerara. Sin embargo, si se salían de control, los guardas tenían que apagarlos desde el aire. Todos los años, perdían entre dieciséis y veinte acres de bosque debido a los rayos de las tormentas o a incendios planificados. Pedro no estaba muy preocupado por la noticia. Había otros dos pequeños incendios al este de Glazier Point, pero estaban controlados y no interferirían en su vuelo a El Capitán. Por el momento, no había motivo para preocuparse. Al menos, no por los incendios. Se sentó delante de su ordenador para leer los correos electrónicos que había recibido desde diversas estaciones forestales. La noticia de un accidente con un oso en el camping de Lower Pines llamó su atención. Tendría que ser investigado. Entonces, su mirada se posó en el muñeco de Lobezno que Nico se había dejado junto al teclado del ordenador. Tomó el muñeco en la mano, mientras revivía los sucesos del día. Ciertas imágenes ocuparon su mente. Paula era una chica excelente. Cuando él le había hecho una aguadilla en la piscina, ella había hecho todo lo posible para devolvérsela. Todavía podía sentir el contacto de sus brazos y sus piernas. Su risa había sido tan espontánea como su sonrisa. Lo había dejado hipnotizado y no había podido dejar de mirarla. Era una mujer natural y muy femenina, que poseía las cualidades necesarias para convertirse en alguien inolvidable, pensó él, mientras revivió el beso que ella le había dado en la mejilla. Respirando hondo,  se levantó de la silla. Necesitaba mantener la mente ocupada y hacer algo de provecho, se dijo. Se metió el juguete del niño en el bolsillo y se despidió de Marcela hasta el día siguiente.

Cuando  entró en el centro de información, no le sorprendió ver a Matías de servicio. Se acercó a su mesa.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—¿Tú qué crees?

El trabajo era su forma de escapar de los problemas, para ambos amigos.

—Te entiendo —repuso Pedro.

Él estaba haciendo lo mismo, trabajar para evitar estar a solas con sus pensamientos.

—¡Hola, jefe! —llamó Roberto—. Todo el mundo en el parque habla de cómo te ocupaste de esos jovencitos ebrios en la piscina —dijo con admiración—. ¿Por qué no nos das un cursillo acelerado sobre la técnica Alfonso?

Las noticias corrían rápido en el parque.

Destinados: Capítulo 28

Sus ojos se encontraron cuando él le tendió la palta.

—¿Quién iba a creer que terminaríamos así después de cómo saliste de mi despacho, echando humo, la otra mañana?

¿Podría él leerle la mente?, se preguntó Paula.

—No estaba en mi mejor momento.

—Ni yo tampoco —confesó él con voz ronca.

Rellenó las tortillas con carne y queso, las metió en el horno y puso la mesa—. Me alegro de que lo hayamos superado, porque tengo una proposición que hacerte.

—¿Qué significa eso? —preguntó ella, riendo con suavidad.

Paula sintió que le temblaban las piernas al estar tan cerca de él y buscó la silla más cercana. Era imposible apartar los ojos de su musculoso cuerpo, alto y masculino. Pedro se recostó en el mostrador un momento, mirándola de frente con sus preciosos ojos azules. A ella se le hizo la boca agua al mirarlos.

—Depende de lo que quieras que signifique —bromeó él.

Una vez más, Paula se sorprendió al notar la energía que vibraba entre ellos. En esa ocasión, no había rabia ni rencor, sino una atracción inconfundible. Dejándola en suspense, Pedro sirvió la cena y se sentó delante de ella. Comenzaron a comer.

—Está muy rico —comentó ella.

—Gracias. Esperemos que te ayude a considerar mi oferta de trabajo.

Paula parpadeó. ¿Trabajo?

—Comparado con lo que ganabas en la compañía de cruceros, es probable que el sueldo te parezca una miseria. Pero incluye un coche y una casa amueblada para Nico y para tí.

Paula dejó de masticar. Aquel hombre no dejaba de sorprenderla. Por alguna extraña razón, le molestó que él estuviera hablando de cosas tan prácticas como ésa. ¡Qué tonta había sido por olvidar que  él seguía atado al recuerdo de su esposa muerta!

—Siento que Nico sacara el tema de mi trabajo.

Pedro  terminó de devorar su cuarta enchilada.

—Yo me alegro de que lo hiciera. Llevo tiempo buscando a una persona especial para multitud de tareas. Marcela se ocupaba de ello hasta que la nombré mi secretaria.

Sin duda, ella no era la persona que estaba buscando, se dijo Paula.

—No es un trabajo de oficina. Necesito alguien que no esté empleado ni por el Servicio Federal del Parque ni por el gobierno, para que sea mis ojos y mis oídos aquí. Cuando llegaste a Yosemite, querías denunciarme y estabas en tu derecho. He estado pensando mucho en eso.

—Pedro… ya me he disculpado por eso.

—Lo sé, pero lo que dijiste el otro día es importante. Una mujer tiene instintos especiales y puede anticipar los problemas antes de que aparezcan, sobre todo cuando hay niños implicados. Agradecería tus recomendaciones para mejorar la seguridad, por ejemplo. Este verano, Nico podría hacerlo contigo.

Paula dejó su servilleta.

—Mira… no es que no agradezca tu oferta, pero creo que está motivada por tu sentimiento de culpa por lo que les pasó a mi hermano y mi cuñada.

—No tiene nada que ver con la culpa —afirmó él.

Paula desvió la mirada, sin saber qué pensar.

—Bueno, gracias por tenerme en cuenta, pero como te he dicho antes, Nico y yo tenemos una vida en Miami, con mis padres.

—¿Y tu ex novio?

—Nico habla demasiado —dijo ella, exasperada.

—Sólo porque te quiere y sabe que Santiago  te hizo daño. Teme que vuelvas con él. ¿Por eso no quieres trabajar aquí?

Paula debió haber imaginado que Nico  le contaría todo a su héroe favorito.

—La verdad es que aún no sé lo que voy a hacer.

—Considera, al menos, mi propuesta. Si el puesto te gusta, podríamos hacerte un contrato fijo.

—Es muy amable por tu parte. Prometo que pensaré en ello —mintió  ella, y miró su reloj—. Deja que te ayude a recoger; luego tengo que ir a la central a recoger a Nico —dijo.

—Esto puede esperar —señaló Pedro y la detuvo.

—En ese caso, será mejor que me vaya —repuso ella.

Pedro estaba demasiado cerca, pensó.

—¿Paula?

Ella cometió el error de mirarlo. Su expresión solemne la impresionó.

—¿Sí?

—Si te he hecho enfadar, no era mi intención.

—N-no me has hecho enfadar —balbuceó ella.

—Pero he tocado un punto débil. ¿Ha sido por mencionar a Santiago?

—No sólo eso. Es que no me gusta que Nico sepa tantas cosas.

—Es natural. Te quiere. Eres su vida. Cualquier cosa que te afecte a ti, lo afectará a él por triplicado.

—Eso lo sé de sobra —afirmó ella y sonrió—. Sin embargo, se trata de algo más.

—Dilo. Aclaremos las cosas por completo.

—Por favor, no me malinterpretes, pero ya has hecho demasiado por él.

—¿Y te molesta? ¿Es eso lo que quieres decir?

—No, claro que no —negó ella y se mordió el labio—. Pero su recuerdo de su padre y su relación contigo están ligadas ahora. Nico está confundido.

—Créeme, me doy cuenta de eso —replicó Pedro con tono serio—. Cuando estén de vuelta en Florida, Nico aclarará sus ideas. Por el momento, prefiero que esté unido a mí emocionalmente cuando subamos a El Capitán mañana.

lunes, 23 de enero de 2017

Destinados: Capítulo 27

—El doctor Karsh dice que tengo definir mis sentimientos hacia él. Quizá lo haga —explicó e hizo una pausa—. Karsh tenía razón respecto a Nico. Sin duda, también acierta con esto.

—Te apoyaremos en lo que decidas, tesoro.

—Lo sé. Los quiero. Hablamos luego.

 Cuando Paula colgó, revisó los folletos en busca de un buen sitio donde cenar. Un panfleto sobre la Villa del Curry llamó su atención. Había pizza y platos mexicanos, perfecto para el niño. Cenarían y se acostarían temprano. En dos días, Nico y ella dejarían el pasado atrás y, con suerte, las pesadillas del niño desaparecerían. Sintiéndose inquiera,  llamó a la recepción del hotel para pedir el teléfono de la central del parque. Luego, pidió la extensión del jefe. La conectaron con él.

—Despacho del señor Alfonso. Marcela Henderson al habla.

—Hola. Soy Paula Chaves. Me pregunto si mi sobrino sigue allí.

—Claro que sí. ¿Quiere hablar con él?

—No hace falta. ¿Puede decirle que voy a ir a buscarlo para cenar? Dígale que me espere en la entrada.

—Lo haré. Es tan rico que me gustaría llevármelo a mi casa, pero el jefe se me adelantaría.

Paula sonrió. Pensó que Nico se iría a casa de Pedro con mucho gusto.

 —Es muy amable. Gracias. Estaré allí dentro de un minuto.

Después de peinarse, se pintó los labios y salió del hotel. El corazón le latía a toda velocidad. Hasta que no llegó a la central del parque y vió a Pedro charlando animadamente con Nico y una de las guardabosques, no admitió la razón de su azoramiento.

—¡Pau! —llamó Nico y corrió hasta el coche para asomarse por la ventanilla de su tía—. ¿Sabes qué?

—¿Qué?

—La guardabosques Davis está a cargo de los Jóvenes Castores del parque. Van a hacer una gran fiesta con una película y comida en el auditorio ahora. ¿Puedo ir?

—Hola —saludó la guardabosques con una sonrisa—. Se lo pasará muy bien. Yo lo traeré de vuelta al despacho del jefe cuando termine.

—Bueno, gracias por la invitación. Suena divertido, Nico. Sé obediente.

—Lo seré. Hasta luego.

El niño corrió detrás de la mujer y desaparecieron dentro del edificio. En cierto modo, se sintió aliviada porque Nico quisiera estar con alguien que no fuera Pedro. Seguro que él también se alegraba.

—¿Puedes llevarme a mi casa?

Su pregunta la  sorprendió. Una oleada de excitación la recorrió.

—Sí, claro. Entra, por favor. Tendrás que indicarme el camino.

Pedro la guió hasta una casita de estilo ranchero, con aspecto de ser de los años cincuenta. Paula lo miró, esperando a que él saliera, pero Pedro hizo algo inesperado.

—Me gustaría hablar contigo en privado y ésta puede ser nuestra única oportunidad. Entra y prepararé unas enchiladas.

Ella se quedó perpleja, parada en el coche, mientras él salía y daba la vuelta para abrirle la puerta y ayudarla a salir. Cuando sus brazos se tocaron, una corriente eléctrica la atravesó. Entraron en la casa y Paula miró a su alrededor. La casa había sido decorada en tonos amarillos y verdes y tenía muebles de cuero de color marrón oscuro. Un hogar masculino donde los hubiera.

—El baño está al final del pasillo, por si quieres refrescarte.

—Gracias.

Lo siguió a la cocina, grande y con una enorme mesa de madera con sus sillas. Estaba impecable.

—¿Qué quieres beber? —ofreció Pedro.

 —Ahora mismo nada, gracias.

—Entonces, siéntate —la invitó él y se lavó las manos antes de empezar a sacar los ingredientes de la nevera.

—Deja que te ayude —se ofreció ella y se lavó las manos también.

—Yo haré la carne si tú preparas la ensalada —propuso él, sonriendo.

 Durante los siguientes minutos, estuvieron ocupados con sus tareas. Después de su desagradable comienzo hacía días, era difícil creer que estuviera en casa del guardabosques jefe, ayudándolo a preparar la cena en total armonía, pensó ella.

Destinados: Capítulo 26

La extraña tensión que vibró entre ellos dejó a Paula sin aliento.

—No sabía que pudiera hacerlo —contestó.

Como llevaba una alianza, ella no se había atrevido a pensar en él como Pedro.

—Ha sido culpa mía, por nuestro desastroso comienzo.

 —¡No, la culpa fue sólo mía! —aclaró ella al instante.

—Pues empecemos de nuevo, ¿Te parece?

Dicho aquello,  centró su atención en Nico y salieron juntos del hotel. Paula los observó mientras se alejaban. El niño estaba tan felíz que iba saltando y brincando. Ella deseó haber sido invitada. Sin embargo, al darse cuenta de que no era sólo porque lo echara de menos, se reprendió a sí misma y se apresuró a ir a su habitación. Al pensar en el día siguiente, recordó que debía reservar hotel en Merced. Lo hizo y, a continuación, telefoneó a sus padres.

—¿Mamá? Pon a papá en el otro receptor. Quiero contaros nuestros planes para mañana.

—Bien. Un momento.

—Hola, guapa —saludó su padre—. Adelante.

—Mañana por mañana a las siete, Nico y yo iremos a lo alto de El Capitán.

—¿Has visto el lugar ya? —preguntó su madre con el corazón encogido.

 —Lo vimos desde la carretera.

—¿Cómo es?

—Voy a hacer una cosa. Les leeré lo que dice el folleto —propuso Paula y tomó un folleto de la mesa—. «El Capitán es un monolito de granito de cuatro mil metros. Los nativos americanos lo llaman Totokanoola, que significa jefe. Los conquistadores españoles lo tradujeron como El Capitán» —explicó y pensó que a Nico le gustaría saber el significado original del nombre indio—. «Hace tiempo se consideraba imposible de escalar y hoy es uno de los lugares más famosos del mundo para la escalada vertical. Tiene dos caras principales, la más famosa llamada La Naríz. Es posible llegar a lo alto caminando por el sendero que pasa junto a las cascadas de Yosemite».

—¿No estarás pensando en llevarlo allí? —preguntó su madre llena de angustia.

—Caminando, no. El guardabosques jefe, Pedro Alfonso, nos acompañará en helicóptero, con el piloto que participó en la misión de rescate.

—¿Es el mismo que estaba a cargo del parque el año pasado? —preguntó su madre con tono de condena.

—Sí —afirmó Paula y respiró hondo—. Desde que lo he conocido, mi punto de vista sobre lo que les pasó a Mariana y a Gonzalo ha cambiado. He sabido que los guardabosques hicieron todo lo posible para advertirlos de que bajaran de El Capitán antes de que llegara la tormenta, pero tú sabes lo tozudo que era Ben cuando se estaba divirtiendo —comentó y se mordió el labio—. Nico es como él.

—Me alegro de que ya no culpes a la gente del parque, cariño —intervino su padre.

—He estado equivocada sobre muchas cosas —replicó Paula, sin contener las lágrimas—. He sido una tonta por no seguir el consejo del doctor Karsh antes. Sólo llevamos aquí unos pocos días y Pedro ya ha cambiado a Nico. Es un hombre muy sensible que también ha sufrido mucho por el accidente —señaló—. Yo tengo total confianza en sus instintos y sé que ayudará a Nico a entender lo que pasó allí arriba, sin asustarlo.

—Yo no estoy tan segura —gimió su madre.

—Yo sí, mamá. Nico quiere respuestas. Ésta es una oportunidad sin precedentes de estar con las dos personas que rescataron los cuerpos de Gonza y Mariana. Si Pedro no puede calmarle los miedos, nadie podrá.

—Yo apuesto por el plan —afirmó su padre y se aclaró la garganta—. Parece como si el jefe del parque hubiera tirado la casa por la ventana para ayudaros.

—Ha sido increíble. El otro día, fueron en helicóptero a la otra punta del parque para buscar búhos.

—¡No lo dices en serio! —gritó su madre.

 —No les lo había dicho para no preocuparlos.

—¿Dónde está Nico ahora?

—Con Pedro. Hemos ido a nadar juntos esta tarde. Ahora está en las oficinas del parque, tomándose una zarzaparrilla en su despacho.

—Parece que se está divirtiendo mucho —dijo su padre, riendo.

—Está pasándolo mejor que nunca.

—¿Y tú, hija?

¿Ella? Era una buena pregunta. Había conocido a un hombre que la había impresionado más que nadie.

—También yo necesitaba esta terapia —admitió Paula—. Y me ha quedado clara una cosa: hice lo correcto al dejar mi trabajo. La vida es demasiado corta para seguir cometiendo errores. Nico me necesita. Quiero ser su madre y planeo encontrar trabajo cerca de casa para que nunca más se sienta abandonado.

Paula escuchó a sus padres llorar de alegría.


—Los llamaré mañana desde Merced.

—Estaremos esperándote, preciosa —dijo su padre.

—¿Y Santiago? —preguntó su madre, aún gimoteando.

Desde que  había empezado a planear su viaje, apenas había pensado en su ex novio.

Destinados: Capítulo 25

—Nico tenía razón respecto a usted.

—¿En qué? —preguntó Pedro, con ojos brillantes.

—Puede cuidar de sí mismo mejor que nadie. Eso hace que un niño se sienta seguro.

Paula podía haber añadido que también a ella la hacía sentir segura, pero pensó que un comentario tan personal estaría fuera de lugar. Un hombre que llevaba la alianza de su esposa muerta lo hacía porque no pensaba volver a casarse. Cualquier chica lista debería saber que él no estaba disponible.

—Vamos, Nico—lo llamó Paula—. Vamos a nadar.

—¿Por qué no saltamos juntos? —sugirió Pedro—. Tápate la naríz, Nico.

—Bien.

—¿Estás listo?

—¡Sí!

Saltaron juntos, salpicando mucha agua y empapando a Paula. Nico rió a carcajadas.

 —¿A qué está esperando, señorita Chaves?

—A nada —contestó Paula y saltó junto a ellos.

 Paula había enseñado a su sobrino a flotar. Bajo la atenta supervisión de su héroe, el pequeño hacía unos progresos increíbles. La razón era que lo estaba pasando mejor que nunca. Poco después, el guardabosques fue por sus gafas de bucear. Más diversión para Nico. El pequeño estaba disfrutando tanto que no era consciente del sol abrasador. Aunque su tía le había puesto protección solar, su delicada piel estaba siendo expuesta demasiado tiempo.

—Odio tener que interrumpir, pero es hora de entrar, tesoro. Si no, te pondrás todo rojo como un cangrejo.

—¡Pero no quiero salir de la piscina! —protestó el pequeño.

Paula se sintió como la bruja mala del cuento. Pedro se adelantó y se puso a Nico sobre los hombros, distrayéndolo. La miró y, como siempre que la miraba de forma tan directa, ella se derritió.

—Tu tía tiene razón, Nico. Tírate una vez más, luego, nos cambiaremos e iremos al cuartel general. Creo que te está esperando un refresco de zarzaparrilla.

—¿Puedo? —le preguntó Nico a su tía con gesto suplicante.

—Quizá un ratito.

—¡Hurra! —gritó Nico.

 A continuación, trepó a los anchos hombros de Pedro—. Bien. Estoy preparado. ¡Mírame, Pau!

El niño se tiró de cabeza a la perfección. Cuando salió del agua, Paula sonrió y aplaudió.

—Hacen un buen equipo los dos.

—¿Eso cree? —dijo Pedro, contento.

Entonces,  dejó a Nico sobre el borde de la piscina y salió de un salto lleno de gracia masculina. Paula nadó hasta la escalera y salió también. Él la observó mientras caminaba hacia ellos.

—¿Con diez minutos les  bastará para cambiarse?

 —Sí —repuso Paula—. Yo lo acompañaré al vestíbulo.

—Bien —dijo Pedro y miró a Nico—. Te veo luego, cara de torpedo —añadió y le chocó la mano.

—¡Hasta luego, cara de huevo! —replicó Nico a voz en grito.

El niño estaba decidido a estar a su altura en el juego de las rimas. Eso provocó un estallido de risa en Pedro, antes de entrar en el vestuario de hombres. Su musculoso cuerpo atrajo la mirada de varias mujeres a su paso, incluida la de Paula.

Paula agarró a Nico de la mano y salieron de la piscina, hacia su habitación. Hablaron durante todo el camino sobre la persona favorita del niño y continuaron haciéndolo, sin parar, durante el baño. Ella se duchó rápido y los dos se vistieron. Al llegar al vestíbulo, el niño corrió hacia el guardabosques jefe.

—¡Espera, Nico! —ordenó, y agarró al niño, porque Pedro estaba hablando por el móvil.

—¿Qué llevas en el bolsillo, campeón? —preguntó Pedro, que había colgado enseguida.

—A Lobezno.

—Cuando lleguemos a mi despacho, tendrás que presentármelo.

Paula se inclinó y besó con ternura a su sobrino en la frente.

—El señor Alfonso todavía tiene que trabajar, así que iré a recogerte enseguida. El niño asintió, aunque no la estaba escuchando.

—Yo lo traeré, Paula.

 El modo en que pronunció su nombre hizo que ella se estremeciera hasta lo más profundo de su ser.

—¿Te importa si te tuteo?

—Claro que no. Gracias por ser tan bueno con Nico.

—Tu sobrino me llama Pepe. ¿Por qué no haces lo mismo?

Destinados: Capítulo 24

Desde que Paula Chaves había entrado en su vida hacía unos pocos días, pensó él.

—Guárdame el secreto, si puedes, claro.

Pedro colgó, sin darle tiempo a Marcela a protestar. Se quitó el uniforme, se puso el bañador, unos vaqueros y una camiseta y, antes de irse, sacó las gafas de bucear del armario. Se dirigió al Yosemite Lodge a pie. Pocos minutos después, buscaba a Nico y a Paula en la piscina llena de gente, pero no los vió allí. Esperaría quince o veinte minutos más y, si no aparecían, volvería al trabajo. Entonces, se quitó los pantalones y la camiseta y se tiró de cabeza al agua.

Pasaron diez minutos. Más gente llegó a la piscina, incluido un grupo de jóvenes estudiantes que empezaron a jugar al waterpolo, ignorando las advertencias del socorrista. No se permitían los deportes acuáticos en la piscina, que estaba abarrotada de familias. Si los jóvenes no paraban de inmediato, tendría que intervenir. Cuando sacó la cabeza para respirar, Pedro escuchó silbidos. Se quedó sin respiración al darse cuenta de qué los había causado: una mujer de pelo dorado y un cuerpo precioso, con un modesto biquini azul y un niño de pelo rizado de la mano.

—¡Eh, muñeca, ven a jugar con nosotros! —gritó uno de los jóvenes y lanzó la pelota, ignorando la reprimenda del socorrista.

Dejándose llevar por su instinto, Pedro salió como un torpedo del agua y les quitó la pelota. Después de tirarle la pelota al socorrista, se giró hacia los jóvenes, que habían empezado a insultarlo.

—Esta piscina es de uso familiar, caballeros. Si quieren jugar al polo, busquen otro sitio. Les doy treinta segundos para desaparecer.

—Oblíganos —le retó el más valiente de ellos.

Pedro se lanzó a por él y le hizo una llave, bloqueándolo.

—Puedes irte sin hacer ruido y no te denunciaré, o puedes resistirte y tendrás que explicarle al juez federal por qué los cuatro están fuera de control. Depende de tí que te dejemos volver a pisar el parque Yosemite. ¿Qué decides?

El joven intentó, en vano, zafarse de Pedro.

—¿Quién diablos te crees que eres?

—¿De veras quieres saberlo?

—Vamos, Diego —murmuró uno de los amigos del joven.

Los tres salieron de la piscina y se encaminaron al vestuario. Cuando, al fin, Diego dejó de intentar liberarse, Pedro lo soltó.

—Será mejor que vayas con tus amigos, que han tenido el sentido común de marcharse.

—Será mejor que tengas cuidado, tipo duro —lo amenazó Diego mientras se iba.

Todo el mundo en la piscina comenzó a aplaudir y a silbar y Pedro nadó hacia el otro extremo. Salió del agua y sacó el móvil de los pantalones.

—¿Leonardo? Soy Pedro. Envía un equipo de seguridad al Yosemite Lodge para que detengan a cuatro jovencitos. Acabo de echarlos de la piscina. Han estado bebiendo —ordenó, y le dió su descripción.

—Ahora mismo.

—Gracias por ayudarme, señor Alfonso—le dijo el socorrista cuando colgó—. Cuando entró en acción, me pareció que era una combinación de Steven Seagal, Bruce Willis y Arnold Schwarzenegger.

—De nada —repuso Pedro, riendo ante su exageración.

—¡Espera, Nico, no corras! —gritó una voz femenina a su espalda.

—¡Pepe!

Un cuerpecito cálido se apretó contra él, abrazándolo con si le fuera la vida en ello. Riendo con placer, Pedro lo levantó en sus brazos. Por encima de la cabeza del niño, sus ojos se fundieron con otros ojos, del color de la hierba fresca en las montañas del parque. Se alegró de comprobar que ella ya no lo miraba con desconfianza, como había pasado el miércoles por la mañana.

Destinados: Capítulo 23

Matías rió.

 —Con Nico, imposible.

—¿Qué ha sucedido? ¿No se habrá caído, verdad?

—¿De Daisy?

—¿Entonces está bien?

—Tranquilo, Pedro. Empiezas a sonar como un padre.

 Quizá porque, por primera vez en la vida se sentía como un padre, reconoció Pedro. Respiró hondo para tranquilizarse.

—Empecemos por el principio. ¿Qué ha pasado hoy?

—Digamos nada más que eres el héroe de Nico y que no hay nadie más para él.

Aunque a él le gustó oírlo, no pudo evitar quitarle importancia.

—Ya sabes cómo son los niños. Se le pasará cuando regrese a Miami.

—¿Qué te apuestas a que no? Tendrías que haber estado allí esta mañana para saber de qué te hablo. Créeme. Tienes un admirador para toda la vida.

Pedro temía formular la siguiente pregunta, pero se armó de valor.

—¿Y qué tal con Paula?

—¿A qué te refieres?

—Sabes muy bien a qué me refiero. ¿Es que quieres que sea más explícito?

—Si estás hablando de lo que yo creo que estás hablando, te equivocas. Admito que es una mujer guapa. Cuando supe quién era y los acompañé a ella y a Nico a tu despacho la primera mañana, decidí que me gustaría conocerla mejor. Pero, cuando salió de tu despacho, comprendí que algo grande había pasado allí. Ella salió realmente conmocionada. Yo lo intenté unas cuantas veces, pero no conseguí calarle tan hondo como tú —explicó Matías—. Cuando entraste en el comedor aquella noche, te comportabas del mismo modo, como si una fuerza extraña y poderosa te hubiera conmocionado. Lo que me apena es que no hayas hecho nada al respecto, tal vez pensaste que yo la había encontrado primero y que quien se la encuentra, se la queda, ¿no?

Matías era listo, pensó Pedro.

—Pepe, puede que eso fuera así cuando éramos niños, pero ahora somos hombres —continuó Matías—. Sólo he intentado ser su amigo. En estos momentos, necesita uno, porque el último año ha sido un infierno para ella. Parece que su ex novio quiere una segunda oportunidad. Siguiendo el consejo de su psiquiatra, Paula va a volver a Florida con la intención de descubrir sus verdaderos sentimientos.

—¿Te ha dicho ella que quiere volver con él? —preguntó Pedro, nervioso al conocer esa noticia inesperada—. Es raro, porque no es eso lo que dice Nico. De hecho, te aseguro que al niño no le gusta Santiago y nunca le gustará.

—De acuerdo. Sólo hay un hombre en el mundo para Nico.

—Es natural —repuso Pedro—. Y lo tendría si yo hubiera encontrado a su padre en El Capitán antes de que fuera demasiado tarde.

—Creo que no nos estamos entendiendo. No me estaba refiriendo a su padre. Eres tú quien lo vuelve loco. Me doy cuenta de que emocionalmente está en un momento delicado, pero sin duda ha establecido un fuerte vínculo contigo.

Lo mismo había pasado a la inversa, se dijo Pedro, mientras un remolino de sentimientos lo invadía. El que Paula hubiera decidido volver a ver a su ex novio explicaba por qué no quería quedarse más tiempo en el parque. Diablos.

—¿Dónde estás ahora?

—En el trabajo. En caso de que hayas terminado con el superintendente, quien por cierto nunca ha sido marine, hay un niño que está esperando que el guardabosques jefe aparezca en la piscina del hotel y le haga el pequeño más feliz del mundo. Hablamos luego.

Matías colgó, dejando a Vance petrificado. Rindiéndose a la tentación de hacer lo que su amigo había sugerido, llamó a Marcela de inmediato.

—¿Qué tengo en mi agenda para esta tarde?

—Me preguntaste lo mismo hace una hora y te dije que no hay nada que no pueda esperar a mañana. Por eso te fuiste a casa a comer, ¿Recuerdas?

—Sí.

—Pues tu agenda sigue igual.

—Sólo quería asegurarme —repuso Pedro, sonriendo.

—¿Jefe? ¿Estás bien? Te has estado comportando de una forma extraña desde que el jefe Daniel te visitó el otro día. ¿Qué te ha hecho? ¿Vió tu futuro en un baile de fantasmas?

Pedro se estremeció. Marcela no andaba desencaminada.

—¿Es que estuviste escuchando detrás de la puerta?

—¿Quién? ¿Yo?

—Confiesa.

—Lo siento. Eso no entra dentro de mis tareas.

 —Marcela, no cambies nunca —dijo Pedro, riendo—. El jefe Daniel irá a visitarme la semana que viene. Como nunca avisa antes, es posible que no esté en el despacho, así que dile que he arreglado las cosas en la biblioteca. La fotografía dice ahora «Asentamiento Paiute». El sobre marrón que me dejó está en la bandeja de mi mesa, con su nombre puesto. Devuélveselo. Le hará felíz.

—Lo haré.

 —Ahora, creo que me voy a nadar.

—¿En medio de la jornada laboral? ¿Desde cuándo?