—Estoy lista para llamar a un taxi —le dijo Paula en tono tirante—. Y no le eches la culpa de todo esto a las hormonas.
—No iba a echársela a nada salvo al hecho de lo cabezota que eres —Pedro la agarró de los codos y habló con vehemencia—. Estás más pálida que las sábanas de la cama; quédate aquí, Pau. Duerme en la cama y yo dormiré en la de invitados.
—Deja de tratarme como si fuera a romperme; esto me pasa todos los meses —le dijo con irritabilidad—. Y la respuesta es no.
—Entonces sigues siendo una cobarde.
Ella se soltó y se acercó a un aparador donde había una foto con un marco de plata.
—¿Éstos son tus padres?
Él mismo les había tomado aquella foto a Ana y Horacio, sus padres, en el porche de su casa de Maine, con el mar de fondo. A los dos se les veía felices y relajados.
—Sí —respondió él.
—¿Si su matrimonio es tan maravilloso, por qué sigues soltero? Eres un hombre decente, no creas que no me doy cuenta; y junta eso con una fortuna y ese hoyuelo tan sexy que tienes en la barbilla, las mujeres deben de acosarte continuamente. Y, sin embargo, tú vas de una aventura a la siguiente.
—Nunca he conocido a una mujer que me haya incitado a cambiar.
—Entonces esperas que yo encaje en esa rutina tuya.
—¿Sabes qué? Me apuesto a que ninguno de los demás hombres con los que has estado te ha hecho perder el control jamás, que nunca has estado tan desesperada por hacer el amor que no hayas podido comer o dormir. Dime que estoy equivocado.
¿Cómo decirle que estaba equivocado, si era la verdad?
—Ninguno de ellos me ha asustado, tampoco —respondió ella.
—No puedes pasarte el resto de tu vida asustándote de tu sombra —dijo él con ímpetu.
Las palabras sobraban. Pedro la tomó entre sus brazos y empezó a besarla, envuelto en un deseo feroz que amenazaba con devorarlo. Le acarició la espalda y hundió sus manos en la melena de rizos pelirrojos, para continuar trazando la suave curva de su cadera y la turgencia de su seno. Y todo el tiempo sus labios se deleitaban con los de ella y sus lenguas se entrelazaban placenteramente.
Paula sabía que no sería capaz de contenerse y también lo besó, mientras le desabrochaba los botones de la camisa y deslizaba la mano por debajo para acariciarle los músculos calientes. ¿Sería Slade el hombre que había estado esperando tanto tiempo? ¿Sería él su hogar? ¿El único hogar que conocería jamás?
—Quédate conmigo, Pau. No me importa si no podemos hacer el amor... Deja al menos que te abrace, que estés a mi lado en mi cama, donde debes estar.
—Haces que me derrita por dentro —le susurró ella—. Te deseo como jamás he deseado a ningún hombre... Tienes razón, eso es lo que no puedo soportar, la razón por la que estoy tan descontrolada.
Él deslizó los labios por la firme y suave columna de su cuello, sintiendo en cada nervio de su cuerpo la frenética alteración de su pulso.
—No vamos a hacer el amor —le dijo en tono ronco—. Así que te puedes quedar con toda confianza.
—¿Y qué hay de la próxima vez? ¿Qué vamos a hacer entonces?
—Tomémonos cada día de uno en uno.
Sus ojos encerraban todo el tumulto del océano.
—Todavía quieres hacer el amor conmigo y...
—Desde luego que sí. Pero sólo si me prometes que dejaremos de perseguirnos por toda Europa y que no vas a salir con nadie más. En cuanto a mí, te juro que no te dejaré tirada entre una cita y otra, como si fueras de usar y tirar; como si no tuvieras sentimientos. ¿Acaso crees que no me doy cuenta de lo vulnerable que eres?
Ella temblaba ligeramente; estaba a punto de echarse a llorar.
—Me das miedo, Pepe. Si tuviéramos alguna vez un lío volverías mi vida del revés y después me dejarías sin nada. No puedo hacer eso. No debemos volver a vernos; es demasiado doloroso, me parte en dos.
Se apartó de él, se sentó en la cama y marcó un número en el teléfono. Habló en italiano fluido y al momento colgó el teléfono.
—Un taxi estará aquí en cinco minutos; cuando vengo a Florencia tengo un conductor.
Entonces sacó el vestido del armario, el tocado, las zapatillas doradas y su maleta negra. Con la cabeza alta, salió de la habitación.
Pedro se quedó de piedra un momento. Entonces se pasó la mano por el pelo y bajó las escaleras, cuya alfombra ahogaba el sonido de sus pasos. Paula estaba abajo junto a la enorme puerta de roble, con los ojos cerrados, apoyada contra la pared.
—No está bien que te vayas así —le dijo él en tono áspero.
—No estaría bien si me quedara.
—Ignoro totalmente quién te hizo tanto daño, Pau, aunque me gustaría darle una buena paliza a ese cerdo. Pero no puedes pasarte el resto de tu vida ocultándote de él; porque entonces te está amargando.
—¡Tú no lo entiendes!
—Entonces explícamelo para que pueda entenderlo. Háblame de él; de ese modo, no correrás el riesgo de que se repita.
miércoles, 30 de noviembre de 2016
Seducción: Capítulo 30
—¿Quieres decir sexual?
—Por supuesto.
—¿Con qué clase de hombres sales tú? —explotó él.
—Con los que me piden un taxi y me envían de vuelta a mi hotel. Sola. Que era lo que quería que hicieras tú.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que soy distinto a los demás?
Pasados unos segundos de silencio, ella se dirigió a él.
—¿Por qué razón no te fuiste conmigo a la cama en Copenhague?
—Te lo he dicho; no pienso meterme en la cama contigo mientras salgas con otros hombres de distintos rincones de Europa. Los dos merecemos algo más que eso. Te comprometerás conmigo mientras dure nuestra aventura... O no habrá nada.
Ella saltó de inmediato.
—¿Y quién de nosotros decide que la aventura se ha terminado?
Pedro no tenía ni idea.
—Ya discutiremos de eso más adelante —dijo él, sabiendo que era una respuesta pobre.
Ella retiró la silla.
—Detesto esta conversación.
—¿Porque no me estoy lanzando sobre tí como todos los demás?
—Porque tarde o temprano me tirarás por la borda como has hecho con todas tus demás mujeres. Así que yo voy a dejarte primero; ahora mismo.
—Claro, huye. Eso se te da bien.
—Sí, es cierto. Se llama instinto de supervivencia.
Se puso de pie. Estaba enfadada y muy triste. Pedro también se puso de pie:
—Te estoy ofreciendo los mejores regalos de mi cuerpo, Pau. Seré tan bueno contigo como me sea posible y te daré todo el placer de que soy capaz. Pero no te estoy ofreciendo el matrimonio, ni te compartiré con nadie más.
«Los mejores regalos de mi cuerpo...» El ardor que sintió repentinamente fue tan intenso que pensó que se desmayaría otra vez.
—Voy arriba a cambiarme —le dijo con inquietud—. Luego me marcho a mi hotel.
Pedro le dejó pasar, respirando con agitación. Le daría cinco minutos, pero entonces iría a buscarla.
Tras guardar el resto de la sopa en un recipiente, cargó el lavavajillas, salió de la cocina y subió las escaleras a toda prisa. A la puerta de su dormitorio se detuvo un momento para serenarse; alarmado, se dió cuenta de que veía el reflejo de Paula en el espejo. Estaba de pie junto a la cama con un traje marrón chocolate, con una falda varios centímetros por encima de la rodilla. La chaqueta se ceñía amorosamente a su cuerpo. Tenía el suéter de él pegado a la cara, aspirando su olor, con los ojos cerrados. Entonces, con un gesto que lo sorprendió por lo inesperado, tiró el suéter en la cama y se agachó a ponerse los zapatos. Entonces Pedro entró en el dormitorio.
—Por supuesto.
—¿Con qué clase de hombres sales tú? —explotó él.
—Con los que me piden un taxi y me envían de vuelta a mi hotel. Sola. Que era lo que quería que hicieras tú.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que soy distinto a los demás?
Pasados unos segundos de silencio, ella se dirigió a él.
—¿Por qué razón no te fuiste conmigo a la cama en Copenhague?
—Te lo he dicho; no pienso meterme en la cama contigo mientras salgas con otros hombres de distintos rincones de Europa. Los dos merecemos algo más que eso. Te comprometerás conmigo mientras dure nuestra aventura... O no habrá nada.
Ella saltó de inmediato.
—¿Y quién de nosotros decide que la aventura se ha terminado?
Pedro no tenía ni idea.
—Ya discutiremos de eso más adelante —dijo él, sabiendo que era una respuesta pobre.
Ella retiró la silla.
—Detesto esta conversación.
—¿Porque no me estoy lanzando sobre tí como todos los demás?
—Porque tarde o temprano me tirarás por la borda como has hecho con todas tus demás mujeres. Así que yo voy a dejarte primero; ahora mismo.
—Claro, huye. Eso se te da bien.
—Sí, es cierto. Se llama instinto de supervivencia.
Se puso de pie. Estaba enfadada y muy triste. Pedro también se puso de pie:
—Te estoy ofreciendo los mejores regalos de mi cuerpo, Pau. Seré tan bueno contigo como me sea posible y te daré todo el placer de que soy capaz. Pero no te estoy ofreciendo el matrimonio, ni te compartiré con nadie más.
«Los mejores regalos de mi cuerpo...» El ardor que sintió repentinamente fue tan intenso que pensó que se desmayaría otra vez.
—Voy arriba a cambiarme —le dijo con inquietud—. Luego me marcho a mi hotel.
Pedro le dejó pasar, respirando con agitación. Le daría cinco minutos, pero entonces iría a buscarla.
Tras guardar el resto de la sopa en un recipiente, cargó el lavavajillas, salió de la cocina y subió las escaleras a toda prisa. A la puerta de su dormitorio se detuvo un momento para serenarse; alarmado, se dió cuenta de que veía el reflejo de Paula en el espejo. Estaba de pie junto a la cama con un traje marrón chocolate, con una falda varios centímetros por encima de la rodilla. La chaqueta se ceñía amorosamente a su cuerpo. Tenía el suéter de él pegado a la cara, aspirando su olor, con los ojos cerrados. Entonces, con un gesto que lo sorprendió por lo inesperado, tiró el suéter en la cama y se agachó a ponerse los zapatos. Entonces Pedro entró en el dormitorio.
Seducción: Capítulo 29
Él retiró una de las sillas.
—Siéntate, Pau. Te voy a traer algo de ropa.
—Éste lugar... —dijo ella— es como un hogar de verdad.
Parecía angustiada y triste. Él se dirigió a ella sin molestarse en disimular su compasión.
—¿Dónde está tu verdadero hogar?
—No tengo hogar.
—Todos necesitamos tener un sitio al que poder llamar nuestro hogar.
Jamás debería haber revelado el hecho de que no tenía un hogar a un hombre tan agudo como Pedro.
—Tengo hambre, Pepe. Dame de comer.
—Desde luego —dijo él—. Pero no hemos terminado con esta conversación.
Él subió los escalones de dos en dos, sacó algo de ropa del armario; y aunque todo le quedaba enorme, era mejor que nada. Le sirvió un cuenco de sopa, dejó el pan con aceite de oliva y tomate en la mesa y le sirvió una copa de vino. Entonces encendió unas velas de cera de abeja que había en un abollado candelabro de plata que había visto en una tienda de antigüedades y que databa del siglo XV. Se sentó frente a ella y alzó su copa.
—Tal vez encuentres tu verdadero hogar, Pau.
Ella miró a su alrededor en la cocina.
—Todo esto es tan doméstico...
—Tomó una rebanada de pan tostado cubierta de setas y tomate frito—. Mmm... Delicioso. ¿Cocinas así todo el tiempo?
—Sobre todo cuando estoy aquí. Me canso de los restaurantes... ¿Tú no?
Ella cerró los ojos un momento mientras saboreaba la sopa.
—Nunca lo había pensado.
—Pues ya es hora de que lo vayas pensando. No quería.
—¿Quién friega los platos? —le preguntó ella.
—Yo —dijo Pedro—. Con la ayuda del más moderno de los lavavajillas que tengo bien escondido en la cocina para que no me estropee el decorado.
—¿No tienes sirvientes?
—Tengo unos guardeses que viven en el apartamento que hay detrás de la casa. Cada semana viene alguien a limpiar la casa. Pero cuando estoy aquí me gusta estar a mis anchas —le cortó un trozo de queso—. Paso mucho tiempo con gente, la mayoría de la cual quiere algo de mí. Así que aquí prefiero estar solo.
—¿Y en la compañía de mujeres?
—Aquí no —respondió Pedro.
Ella se quedó sorprendida.
—Pero... traerás aquí a tus mujeres... ¿Por qué no?
—Ya te lo he dicho... Éste es mi refugio —se inclinó hacia delante—. Tú eres la primera mujer que se mete en esa cama.
—¡No te creo!
—Será mejor que me creas. Porque es cierto.
Algo en su expresión terminó de convencerla.
—¿Entonces por qué me has traído aquí?
—La alternativa era abandonarte en un hotel —dijo él—. Y desde luego no pensaba hacer eso ni loco. Cómete la sopa. No querrás insultar al cocinero, ¿Verdad? Es más grande que tú.
Ella entrecerró los ojos.
—Para que veas lo buena que está la sopa, voy a hacer lo que tú me digas.
—Me halagas —dijo, y pasó a preguntarle qué más museos frecuentaba en Florencia.
De ahí la conversación pasó con facilidad a muchos temas, hasta que finalmente sirvió el café en unas pequeñas tazas de barro.
—Esta casa... —dijo Paula— Ha debido de costarte una fortuna.
—Varias, si se incluyen los muebles, los impuestos y el mantenimiento.
—No entiendo cómo has podido convertirla en un hogar...
—Es porque me encanta. Y todo lo que contiene.
Ella movió los hombros con inquietud.
—Soy una persona de hotel, paso un día y al día siguíente me marcho. No tengo nada que me ate, nada que me retenga en un sitio.
—Entonces, en mi opinión, eres una perdedora. Éste lugar es real, Pau. Real, duradero y querido.
De pronto ella lo miraba como si fuera su enemigo.
—No lo pillo.
—¿El qué?
Ella abrió los brazos para abarcar la cocina entera.
—Me metes en la cama, vas a la farmacia por mí y me preparas la cena. ¿Qué sacas tú de todo esto?
—Lo he hecho porque he querido.
—Los dos sabemos que no hay recompensa por ello.
Él se sintió dolido.
—Siéntate, Pau. Te voy a traer algo de ropa.
—Éste lugar... —dijo ella— es como un hogar de verdad.
Parecía angustiada y triste. Él se dirigió a ella sin molestarse en disimular su compasión.
—¿Dónde está tu verdadero hogar?
—No tengo hogar.
—Todos necesitamos tener un sitio al que poder llamar nuestro hogar.
Jamás debería haber revelado el hecho de que no tenía un hogar a un hombre tan agudo como Pedro.
—Tengo hambre, Pepe. Dame de comer.
—Desde luego —dijo él—. Pero no hemos terminado con esta conversación.
Él subió los escalones de dos en dos, sacó algo de ropa del armario; y aunque todo le quedaba enorme, era mejor que nada. Le sirvió un cuenco de sopa, dejó el pan con aceite de oliva y tomate en la mesa y le sirvió una copa de vino. Entonces encendió unas velas de cera de abeja que había en un abollado candelabro de plata que había visto en una tienda de antigüedades y que databa del siglo XV. Se sentó frente a ella y alzó su copa.
—Tal vez encuentres tu verdadero hogar, Pau.
Ella miró a su alrededor en la cocina.
—Todo esto es tan doméstico...
—Tomó una rebanada de pan tostado cubierta de setas y tomate frito—. Mmm... Delicioso. ¿Cocinas así todo el tiempo?
—Sobre todo cuando estoy aquí. Me canso de los restaurantes... ¿Tú no?
Ella cerró los ojos un momento mientras saboreaba la sopa.
—Nunca lo había pensado.
—Pues ya es hora de que lo vayas pensando. No quería.
—¿Quién friega los platos? —le preguntó ella.
—Yo —dijo Pedro—. Con la ayuda del más moderno de los lavavajillas que tengo bien escondido en la cocina para que no me estropee el decorado.
—¿No tienes sirvientes?
—Tengo unos guardeses que viven en el apartamento que hay detrás de la casa. Cada semana viene alguien a limpiar la casa. Pero cuando estoy aquí me gusta estar a mis anchas —le cortó un trozo de queso—. Paso mucho tiempo con gente, la mayoría de la cual quiere algo de mí. Así que aquí prefiero estar solo.
—¿Y en la compañía de mujeres?
—Aquí no —respondió Pedro.
Ella se quedó sorprendida.
—Pero... traerás aquí a tus mujeres... ¿Por qué no?
—Ya te lo he dicho... Éste es mi refugio —se inclinó hacia delante—. Tú eres la primera mujer que se mete en esa cama.
—¡No te creo!
—Será mejor que me creas. Porque es cierto.
Algo en su expresión terminó de convencerla.
—¿Entonces por qué me has traído aquí?
—La alternativa era abandonarte en un hotel —dijo él—. Y desde luego no pensaba hacer eso ni loco. Cómete la sopa. No querrás insultar al cocinero, ¿Verdad? Es más grande que tú.
Ella entrecerró los ojos.
—Para que veas lo buena que está la sopa, voy a hacer lo que tú me digas.
—Me halagas —dijo, y pasó a preguntarle qué más museos frecuentaba en Florencia.
De ahí la conversación pasó con facilidad a muchos temas, hasta que finalmente sirvió el café en unas pequeñas tazas de barro.
—Esta casa... —dijo Paula— Ha debido de costarte una fortuna.
—Varias, si se incluyen los muebles, los impuestos y el mantenimiento.
—No entiendo cómo has podido convertirla en un hogar...
—Es porque me encanta. Y todo lo que contiene.
Ella movió los hombros con inquietud.
—Soy una persona de hotel, paso un día y al día siguíente me marcho. No tengo nada que me ate, nada que me retenga en un sitio.
—Entonces, en mi opinión, eres una perdedora. Éste lugar es real, Pau. Real, duradero y querido.
De pronto ella lo miraba como si fuera su enemigo.
—No lo pillo.
—¿El qué?
Ella abrió los brazos para abarcar la cocina entera.
—Me metes en la cama, vas a la farmacia por mí y me preparas la cena. ¿Qué sacas tú de todo esto?
—Lo he hecho porque he querido.
—Los dos sabemos que no hay recompensa por ello.
Él se sintió dolido.
Seducción: Capítulo 28
Frunció el ceño y lo miró.
—Esto no es lo que habías planeado para esta noche —dijo Paula.
Con la ayuda de él, terminó de quitarse el vestido y los zapatos dorados.
—Uno de mis lemas siempre ha sido el de capear el temporal. Retiró la ropa de cama y la tumbó sobre las finas sábanas de algodón suavemente perfumadas con lavanda.
—Quédate tumbada y no te muevas —le ordenó—. ¿Quieres beber algo? ¿Un té de hierbas?
—Yo... no —balbuceó ella—. Pero has sido muy amable al preguntármelo —con un gesto que le llegó al alma, ella se acurrucó sobre la almohada—. Ya me siento mejor —suspiró—. Tal vez un relajante muscular me ayude con los calambres.
Pedro le colgó el vestido en el armario antes de bajar para subirle las pastillas y una docena de rosas amarillas que había comprado para la mesa del comedor. Paula estaba casi dormida.
—Son preciosas —murmuró ella—. Y de mi color favorito. ¿Cómo lo sabías?
—No lo sabía. A lo mejor es también el mío.
—¿Entonces estamos hechos el uno para el otro? —preguntó ella con una sonrisa
débil.
—¿Quién sabe? —dijo, con seriedad mientras le pasaba la pastilla y el vaso de agua—. Aquí estás, en mi cama, pero no como yo imaginaba.
Ella se recostó sobre los almohadones.
—¿Tienes bastante calor?
—Estoy muy a gusto —dijo ella en tono adormilado.
Pedro le anotó el número de su móvil.
—El teléfono está aquí junto a la cama por si me quieres llamar. Estaré de vuelta en quince minutos.
—Gracias —murmuró ella mientras cerraba los ojos.
Caminando entre la gente, Pedro iba pensando en Paula. La imagen de ella en su cama le llenaba de una emoción que no podía ni empezar a nombrar. ¿Qué era lo que le estaba ocurriendo? La había visto tan frágil, tan vulnerable, que todo su empeño había sido el de consolarla. Y para él, ésa era toda una experiencia. Cuando regresó al dormitorio, estaba dormida boca arriba, con la cabeza ladeada y apoyada sobre la almohada. La intensidad del color de su cabello resaltaba aún más la palidez de su rostro. Dejó el paquete junto a la cama y corrió las cortinas de las dos estrechas ventanas. Esa noche no cenarían fuera; así que tenía que encargarse de la cena. Ribollita, pensaba imaginando las rebanadas de pan frito con aceite de oliva, setas y tomate. Tenía dos porciones enormes del carísimo tiramisú de su pastelería favorita en la nevera y si a ella le gustaba tomar café después de comer, siempre tenía eso a mano.
Después de abrir una botella de vino tinto, se subió las mangas y empezó a preparar la sabrosa sopa de verduras. Un rato después, cuando la cocina estaba inundada del aroma a hierbas y a ajo, notó de pronto que alguien lo observaba. Se dió la vuelta y vió a Paula a la puerta de la cocina, con su camisa que le llegaba a medio muslo y la cara delicadamente sonrosada.
—El delantal te sienta bien —le dijo ella. Él sonrió.
—Soy un cocinero pésimo. ¿Cómo te encuentras?
—Mejor Pedro, debería volver a mi hotel. Tú...
—La cena está casi lista. ¿Quieres tomarla en la cama?
—¡No! Yo...
—Deja que te busque unos pantalones de chándal y un top y ahora comemos.
Ella fijó la vista en las peladuras de las verduras, en las hierbas picadas y en el bote de salsa de tomate.
—Has cocinado para mí... —dijo con incredulidad.
—Sí... —sacó un poco de caldo con un cacillo y fue hacia ella—. Cuidado, que quema. ¿Tiene bastante sal?
Ella lo probó con cuidado.
—Sabe a gloria.
—No tienes por qué decirlo tan sorprendida.
—No estoy acostumbrada a la idea de un hombre que sabe hacer ribollita como si fuera de aquí.
—Te he dicho que yo no era como los demás —comentó—. Comamos en la cocina.
La mesa y las sillas habían salido de una antigua granja de La Toscana y Pedro las había lijado con cariño hasta que habían quedado relucientes.
—Es preciosa —dijo Paula, preguntándose si él dejaría en algún momento de sorprenderla.
—Esto no es lo que habías planeado para esta noche —dijo Paula.
Con la ayuda de él, terminó de quitarse el vestido y los zapatos dorados.
—Uno de mis lemas siempre ha sido el de capear el temporal. Retiró la ropa de cama y la tumbó sobre las finas sábanas de algodón suavemente perfumadas con lavanda.
—Quédate tumbada y no te muevas —le ordenó—. ¿Quieres beber algo? ¿Un té de hierbas?
—Yo... no —balbuceó ella—. Pero has sido muy amable al preguntármelo —con un gesto que le llegó al alma, ella se acurrucó sobre la almohada—. Ya me siento mejor —suspiró—. Tal vez un relajante muscular me ayude con los calambres.
Pedro le colgó el vestido en el armario antes de bajar para subirle las pastillas y una docena de rosas amarillas que había comprado para la mesa del comedor. Paula estaba casi dormida.
—Son preciosas —murmuró ella—. Y de mi color favorito. ¿Cómo lo sabías?
—No lo sabía. A lo mejor es también el mío.
—¿Entonces estamos hechos el uno para el otro? —preguntó ella con una sonrisa
débil.
—¿Quién sabe? —dijo, con seriedad mientras le pasaba la pastilla y el vaso de agua—. Aquí estás, en mi cama, pero no como yo imaginaba.
Ella se recostó sobre los almohadones.
—¿Tienes bastante calor?
—Estoy muy a gusto —dijo ella en tono adormilado.
Pedro le anotó el número de su móvil.
—El teléfono está aquí junto a la cama por si me quieres llamar. Estaré de vuelta en quince minutos.
—Gracias —murmuró ella mientras cerraba los ojos.
Caminando entre la gente, Pedro iba pensando en Paula. La imagen de ella en su cama le llenaba de una emoción que no podía ni empezar a nombrar. ¿Qué era lo que le estaba ocurriendo? La había visto tan frágil, tan vulnerable, que todo su empeño había sido el de consolarla. Y para él, ésa era toda una experiencia. Cuando regresó al dormitorio, estaba dormida boca arriba, con la cabeza ladeada y apoyada sobre la almohada. La intensidad del color de su cabello resaltaba aún más la palidez de su rostro. Dejó el paquete junto a la cama y corrió las cortinas de las dos estrechas ventanas. Esa noche no cenarían fuera; así que tenía que encargarse de la cena. Ribollita, pensaba imaginando las rebanadas de pan frito con aceite de oliva, setas y tomate. Tenía dos porciones enormes del carísimo tiramisú de su pastelería favorita en la nevera y si a ella le gustaba tomar café después de comer, siempre tenía eso a mano.
Después de abrir una botella de vino tinto, se subió las mangas y empezó a preparar la sabrosa sopa de verduras. Un rato después, cuando la cocina estaba inundada del aroma a hierbas y a ajo, notó de pronto que alguien lo observaba. Se dió la vuelta y vió a Paula a la puerta de la cocina, con su camisa que le llegaba a medio muslo y la cara delicadamente sonrosada.
—El delantal te sienta bien —le dijo ella. Él sonrió.
—Soy un cocinero pésimo. ¿Cómo te encuentras?
—Mejor Pedro, debería volver a mi hotel. Tú...
—La cena está casi lista. ¿Quieres tomarla en la cama?
—¡No! Yo...
—Deja que te busque unos pantalones de chándal y un top y ahora comemos.
Ella fijó la vista en las peladuras de las verduras, en las hierbas picadas y en el bote de salsa de tomate.
—Has cocinado para mí... —dijo con incredulidad.
—Sí... —sacó un poco de caldo con un cacillo y fue hacia ella—. Cuidado, que quema. ¿Tiene bastante sal?
Ella lo probó con cuidado.
—Sabe a gloria.
—No tienes por qué decirlo tan sorprendida.
—No estoy acostumbrada a la idea de un hombre que sabe hacer ribollita como si fuera de aquí.
—Te he dicho que yo no era como los demás —comentó—. Comamos en la cocina.
La mesa y las sillas habían salido de una antigua granja de La Toscana y Pedro las había lijado con cariño hasta que habían quedado relucientes.
—Es preciosa —dijo Paula, preguntándose si él dejaría en algún momento de sorprenderla.
lunes, 28 de noviembre de 2016
Seducción: Capítulo 27
—Es una de nuestras mejores benefactoras.
—Magdalena, calla —dijo Paula con inquietud.
Pero Magdalena continuó:
—Por esa razón se le permite a la señora que pose con uno de nuestros vestidos.
—Lo devolveremos mañana a primera hora —le prometió Pedro. —Cuidaré del vestido, Magdalena —dijo Paula con acento débil—. ¿Puedes traerme mi maleta?
—Por supuesto —la recepcionista sacó una pequeña maleta de cuero de un armario—. La ropa de la señora —dijo, pasándosela a Pedro.
Cinco minutos después, él la ayudaba a meterse en el asiento trasero de la limusina.
—Pedro, quiero volver a mi hotel.
—Por una vez no te saldrás con la tuya.
—Por favor... Necesito estar sola un rato.
—Relájate, llegaremos a mi casa dentro de diez minutos.
Ella le respondió con algo parecido a la desesperación.
—No puedo enfrentarme a tí... No tengo fuerzas.
—Entonces no lo intentes —le dijo, sonriéndole para quitarle hierro a sus palabras—. Deja que alguien se ocupe de tu vida para variar. Veinte minutos después la limusina se detenía delante de una casa de piedra en el barrio de los artistas. El chófer de la limusina salió y utilizó la llave que Pedro le había pasado para abrir la vieja puerta de roble situada bajo el arco de mampostería.
Pedro sonrió con agradecimiento, levantó a Paula con mucho cuidado, como si fuera a romperse y la llevó al interior. Cuando la puerta se cerró detrás de ellos, cerró el pestillo doble. Las escaleras eran amplias, cubiertas por una alfombra burdeos. Los frescos en tonos marrones, tierra y rojizo decoraban las paredes de escayola.
—Utilizo las dos plantas de abajo para asuntos de negocios y reuniones y las tres superiores para mi uso personal.
Su dormitorio estaba en el último piso, con su pequeño balcón desde donde se disfrutaba de una magnífica vista de la espléndida aguja dorada del Duomo y la lejana y nebulosa silueta de las colinas toscanas; era una vista de la que jamás se cansaba. Sus pocos tesoros descansaban en las pequeñas hornacinas que había en la pared: un pequeño Donatello, una caja con incrustaciones que había pertenecido a uno de los Médicis o una estatua de bronce de Verocchio de un joven cazador. La cama era grande, de madera vieja y la colcha del mismo tono rojizo de los tejados de la ciudad que tanto amaba. Nada de lo que había en la habitación pegaba con nada; y sin embargo constituía un todo armónico. La tendió en la cama.
—Ojalá me hubieras llevado a mi hotel —dijo ella mientras trataba de incorporarse.
—Deja que cuide de tí por una vez, Pau—dijo él de pie junto a la cama—. Está bien que seas independiente, pero no hay por qué exagerar. Y, la verdad, tienes muy mala cara.
—Nunca dejo que nadie cuide de mí —dijo ella con un arranque de su disposición habitual.
—Todos deberíamos estar abiertos a nuevas experiencias —dijo Pedro en tono seco—. ¿Crees que tengo la costumbre de cuidar de las mujeres? —fue al alto armario de nogal que ocupaba toda una pared y sacó una camisa—. Toma, ponte esto. Lo primero es quitarte ese tocado de la cabeza. Con lo apretado que te queda, no es de extrañar que te hayas desmayado.
—Ya me lo quito yo.
—Estoy seguro de que eres capaz. Pero no te voy a dejar. Dió con los automáticos que cerraban el tocado a la altura de la nuca, bajo los pliegues de gasa blanca, y le quitó el adorno de la cabeza. Entonces empezó a desabrocharle los botones en la espalda del vestido.
Con un hilo de voz, sabiendo que no podía seguir posponiéndolo, Paula dijo:
—Yo... Te ruego que vayas a la farmacia por mí.
—Tengo un botiquín de primeros auxilios... ¿Qué te hace falta? ¿Algo para el dolor de cabeza? ¿Un relajante muscular?
No llevaba sujetador. Al ver su espalda desnuda, Pedro sintió deseos de acariciársela. Le retiró el vestido de los hombros, recogió la camisa y se la pasó. Ella se tapó los pechos con la camisa cuando el vestido le cayó por la cintura.
—No vas a tener lo que necesito —dijo ella—. O tal vez sí; y entonces te odiaré por ello.
—Levántate —dijo Pedro, que no había entendido lo que ella le pedía—. Vamos a quitarte éste vestido. Te traeré algo para calentarte los pies en cuanto estés en la cama y luego iré a por lo que sea que necesites.
—Se me ha adelantado —soltó ella bajando la vista—. Por eso no estoy preparada. No se me habría ocurrido posar con esta joya de vestido si me hubiera dado cuenta de que... Me ha venido el período.
—¿Y te desmayas cada vez que te viene? —le dijo él, horrorizado.
—No... Pero no tengo que subirme a un pedestal cada mes para emular a una estatua. Me dan calambres y me siento fatal durante doce horas más o menos.
A Pedro le pareció suficiente.
—Entonces estoy el doble de contento de que estés aquí para poder cuidar de tí — dijo—. En cuanto te hayas acomodado, bajo a una droguería que está a unas calles de aquí. Porque no, no tengo lo que tú necesitas.
Paula pensó en lo que le había dicho hacía un momento, que lo odiaría por ello... ¿Querría eso decir que estaba celosa de que hubiera otras mujeres en su vida?
—Magdalena, calla —dijo Paula con inquietud.
Pero Magdalena continuó:
—Por esa razón se le permite a la señora que pose con uno de nuestros vestidos.
—Lo devolveremos mañana a primera hora —le prometió Pedro. —Cuidaré del vestido, Magdalena —dijo Paula con acento débil—. ¿Puedes traerme mi maleta?
—Por supuesto —la recepcionista sacó una pequeña maleta de cuero de un armario—. La ropa de la señora —dijo, pasándosela a Pedro.
Cinco minutos después, él la ayudaba a meterse en el asiento trasero de la limusina.
—Pedro, quiero volver a mi hotel.
—Por una vez no te saldrás con la tuya.
—Por favor... Necesito estar sola un rato.
—Relájate, llegaremos a mi casa dentro de diez minutos.
Ella le respondió con algo parecido a la desesperación.
—No puedo enfrentarme a tí... No tengo fuerzas.
—Entonces no lo intentes —le dijo, sonriéndole para quitarle hierro a sus palabras—. Deja que alguien se ocupe de tu vida para variar. Veinte minutos después la limusina se detenía delante de una casa de piedra en el barrio de los artistas. El chófer de la limusina salió y utilizó la llave que Pedro le había pasado para abrir la vieja puerta de roble situada bajo el arco de mampostería.
Pedro sonrió con agradecimiento, levantó a Paula con mucho cuidado, como si fuera a romperse y la llevó al interior. Cuando la puerta se cerró detrás de ellos, cerró el pestillo doble. Las escaleras eran amplias, cubiertas por una alfombra burdeos. Los frescos en tonos marrones, tierra y rojizo decoraban las paredes de escayola.
—Utilizo las dos plantas de abajo para asuntos de negocios y reuniones y las tres superiores para mi uso personal.
Su dormitorio estaba en el último piso, con su pequeño balcón desde donde se disfrutaba de una magnífica vista de la espléndida aguja dorada del Duomo y la lejana y nebulosa silueta de las colinas toscanas; era una vista de la que jamás se cansaba. Sus pocos tesoros descansaban en las pequeñas hornacinas que había en la pared: un pequeño Donatello, una caja con incrustaciones que había pertenecido a uno de los Médicis o una estatua de bronce de Verocchio de un joven cazador. La cama era grande, de madera vieja y la colcha del mismo tono rojizo de los tejados de la ciudad que tanto amaba. Nada de lo que había en la habitación pegaba con nada; y sin embargo constituía un todo armónico. La tendió en la cama.
—Ojalá me hubieras llevado a mi hotel —dijo ella mientras trataba de incorporarse.
—Deja que cuide de tí por una vez, Pau—dijo él de pie junto a la cama—. Está bien que seas independiente, pero no hay por qué exagerar. Y, la verdad, tienes muy mala cara.
—Nunca dejo que nadie cuide de mí —dijo ella con un arranque de su disposición habitual.
—Todos deberíamos estar abiertos a nuevas experiencias —dijo Pedro en tono seco—. ¿Crees que tengo la costumbre de cuidar de las mujeres? —fue al alto armario de nogal que ocupaba toda una pared y sacó una camisa—. Toma, ponte esto. Lo primero es quitarte ese tocado de la cabeza. Con lo apretado que te queda, no es de extrañar que te hayas desmayado.
—Ya me lo quito yo.
—Estoy seguro de que eres capaz. Pero no te voy a dejar. Dió con los automáticos que cerraban el tocado a la altura de la nuca, bajo los pliegues de gasa blanca, y le quitó el adorno de la cabeza. Entonces empezó a desabrocharle los botones en la espalda del vestido.
Con un hilo de voz, sabiendo que no podía seguir posponiéndolo, Paula dijo:
—Yo... Te ruego que vayas a la farmacia por mí.
—Tengo un botiquín de primeros auxilios... ¿Qué te hace falta? ¿Algo para el dolor de cabeza? ¿Un relajante muscular?
No llevaba sujetador. Al ver su espalda desnuda, Pedro sintió deseos de acariciársela. Le retiró el vestido de los hombros, recogió la camisa y se la pasó. Ella se tapó los pechos con la camisa cuando el vestido le cayó por la cintura.
—No vas a tener lo que necesito —dijo ella—. O tal vez sí; y entonces te odiaré por ello.
—Levántate —dijo Pedro, que no había entendido lo que ella le pedía—. Vamos a quitarte éste vestido. Te traeré algo para calentarte los pies en cuanto estés en la cama y luego iré a por lo que sea que necesites.
—Se me ha adelantado —soltó ella bajando la vista—. Por eso no estoy preparada. No se me habría ocurrido posar con esta joya de vestido si me hubiera dado cuenta de que... Me ha venido el período.
—¿Y te desmayas cada vez que te viene? —le dijo él, horrorizado.
—No... Pero no tengo que subirme a un pedestal cada mes para emular a una estatua. Me dan calambres y me siento fatal durante doce horas más o menos.
A Pedro le pareció suficiente.
—Entonces estoy el doble de contento de que estés aquí para poder cuidar de tí — dijo—. En cuanto te hayas acomodado, bajo a una droguería que está a unas calles de aquí. Porque no, no tengo lo que tú necesitas.
Paula pensó en lo que le había dicho hacía un momento, que lo odiaría por ello... ¿Querría eso decir que estaba celosa de que hubiera otras mujeres en su vida?
Seducción: Capítulo 26
Pedro bajó por la Via De Benci hacia el Arno. La luz era dorada y el cielo de un azul sin nubes. Había pocos sitios donde prefiriera estar más que en Florencia en una soleada tarde de diciembre, sobre todo porque en unos minutos vería a Paula. Esa noche iba a hacer el amor con ella; estaba cansado de despertarse en mitad de la noche, de ir a abrazarla y de no encontrarla a su lado; de sentirse frustrado por todas partes. Ya había aguantado bastante. Además, si se la llevaba a la cama, estaba seguro de que echaría abajo las barreras detrás de las que ella se escondía; incluso estaba seguro de que le haría cambiar de opinión con respecto al tema de la fidelidad.
La enorme puerta de roble del museo chirrió cuando Pedro la empujó para entrar. Accedió a un vestíbulo fresco de altos techos, lleno de maniquíes sorprendentemente reales luciendo desde pesadas armaduras hasta los diáfanos vestidos que Botticelli había diseñado en su época. Después de pagar el importe de la entrada, paseó por las distintas salas buscando a Paula con la mirada. En las salas había grupos de turistas y de estudiantes de Bellas Artes con sus caballetes y cuadernos, pero la mujer que estaba buscando no se encontraba allí, pensaba con un nudo de inquietud en el estómago. ¿Habría cedido a sus miedos y habría decidido no ir? Volvería al vestíbulo y esperaría allí hasta que se presentara; porque estaba seguro de que lo haría.
Al darse la vuelta para salir, se fijó en la figura de una mujer subida sobre un pedestal. Sus ojos brillaban de tal modo que parecía como si estuviera viva, pensaba mientras se daba la vuelta. Sus pasos fallaron imperceptiblemente. ¡Estaba viva! Y la cara de la mujer era la de Paula. Se había movido ligeramente. Por eso se había fijado en ella. Con un esfuerzo sobrehumano, se retiró hasta quedar oculto a la vista de ella tras una gruesa columna. Se apoyó contra ella, deseoso de echarse a reír. Ya sabía por qué había elegido que se encontraran en aquel museo. De nuevo le estaba poniendo a prueba y lo estaba haciendo con un sentido del humor muy peculiar. ¿Por qué ir a esperarlo a la puerta como cualquier otro turista? Habría sido una manera de hacer las cosas demasiado previsible para Paula. Pero si ella podía jugar, él también. Se acercó a uno de los estudiantes de arte y se dirigió a él en italiano.
—¿Querrían hacerme un favor, tú y tus amigos? ¿Les importaría pasar unos minutos dibujando uno de los vestidos que hay en la sala de al lado? Es el de la mujer con el vestido largo de color verde... Les pagaré bien.
Los estudiantes, a quienes parecía hacerles falta comer caliente, intercambiaron unas palabras en italiano. Entonces el hombre de la barba se guardó el fajo de billetes que le había dado Pedro.
Pedro se marchó. Pero en diez minutos, juzgando que era suficiente tiempo para haber hecho sufrir a Paula, estaba de vuelta en la sala. Por un momento se quedó en la puerta, observando la escena con placer. El sol del ocaso se filtraba por las ventanas y las motas de polvo que flotaban en el aire se posaban en silencio sobre la silenciosa colección de caballeros medievales y sus señoras. Los vestidos de las mujeres brillaban como joyas. Pero la cara de ella, vió con repentina preocupación, estaba pálida como la cera. Cuando, guiado por esa inquietud, salió de entre las sombras, Paula se tambaleó ligeramente. Tenía los ojos vidriosos. Pedro se abrió paso rápidamente entre el grupo de estudiantes y saltó a la plataforma donde estaba ella. En el mismo momento en que ella agachaba la cabeza y se caía hacia delante, él la agarró entre sus brazos. Su frente pegó contra el hombro de él; que notó que ella estaba sin fuerzas, como una muñeca de trapo. Maldijo para sus adentros por haberla dejado posar tanto tiempo, mientras la sentaba en la plataforma y la obligaba con suavidad a colocar la cabeza entre las piernas. Se arrodilló a su lado y le habló con una ternura que no conocía en él.
—No tengas prisa... Te has desmayado.
Ella emitió un leve gemido de angustia.
—¿Pedro? —susurró—. ¿Eres tú?
—Sí, estoy aquí... No me voy a marchar.
—Yo... De pronto todo empezó a dar vueltas, y después no sé qué ha pasado...
—Ha sido culpa mía —dijo Pedro—. No debería haberte dejado posar tanto tiempo.
Ella lo empujó un poco.
—Necesito tumbarme.
Él le colocó un brazo debajo de las rodillas, otro en la espalda y la levantó en brazos con un sólo movimiento.
—Voy a por la limusina ahora mismo —miró al estudiante de la barba—. Grazie.
—¡Pedro, bájame!
—No —dijo él—. Me siento como un canalla. Tienes que dejarme que te compense por ello.
En el vestíbulo, le pidió a la recepcionista que llamara al conductor de la limusina que siempre alquilaba cuando estaba en Florencia y cuyo estacionamiento no estaba lejos del Ponte Vecchio.
—Dígale que se dé prisa —dijo Pedro.
La joven hizo rápidamente lo que él le pedía.
—¿Está bien la señora?
—Se ha desmayado... Hace mucho calor en las habitaciones —añadió, casi seguro de que estaba bien—. ¿La conoce?
La enorme puerta de roble del museo chirrió cuando Pedro la empujó para entrar. Accedió a un vestíbulo fresco de altos techos, lleno de maniquíes sorprendentemente reales luciendo desde pesadas armaduras hasta los diáfanos vestidos que Botticelli había diseñado en su época. Después de pagar el importe de la entrada, paseó por las distintas salas buscando a Paula con la mirada. En las salas había grupos de turistas y de estudiantes de Bellas Artes con sus caballetes y cuadernos, pero la mujer que estaba buscando no se encontraba allí, pensaba con un nudo de inquietud en el estómago. ¿Habría cedido a sus miedos y habría decidido no ir? Volvería al vestíbulo y esperaría allí hasta que se presentara; porque estaba seguro de que lo haría.
Al darse la vuelta para salir, se fijó en la figura de una mujer subida sobre un pedestal. Sus ojos brillaban de tal modo que parecía como si estuviera viva, pensaba mientras se daba la vuelta. Sus pasos fallaron imperceptiblemente. ¡Estaba viva! Y la cara de la mujer era la de Paula. Se había movido ligeramente. Por eso se había fijado en ella. Con un esfuerzo sobrehumano, se retiró hasta quedar oculto a la vista de ella tras una gruesa columna. Se apoyó contra ella, deseoso de echarse a reír. Ya sabía por qué había elegido que se encontraran en aquel museo. De nuevo le estaba poniendo a prueba y lo estaba haciendo con un sentido del humor muy peculiar. ¿Por qué ir a esperarlo a la puerta como cualquier otro turista? Habría sido una manera de hacer las cosas demasiado previsible para Paula. Pero si ella podía jugar, él también. Se acercó a uno de los estudiantes de arte y se dirigió a él en italiano.
—¿Querrían hacerme un favor, tú y tus amigos? ¿Les importaría pasar unos minutos dibujando uno de los vestidos que hay en la sala de al lado? Es el de la mujer con el vestido largo de color verde... Les pagaré bien.
Los estudiantes, a quienes parecía hacerles falta comer caliente, intercambiaron unas palabras en italiano. Entonces el hombre de la barba se guardó el fajo de billetes que le había dado Pedro.
Pedro se marchó. Pero en diez minutos, juzgando que era suficiente tiempo para haber hecho sufrir a Paula, estaba de vuelta en la sala. Por un momento se quedó en la puerta, observando la escena con placer. El sol del ocaso se filtraba por las ventanas y las motas de polvo que flotaban en el aire se posaban en silencio sobre la silenciosa colección de caballeros medievales y sus señoras. Los vestidos de las mujeres brillaban como joyas. Pero la cara de ella, vió con repentina preocupación, estaba pálida como la cera. Cuando, guiado por esa inquietud, salió de entre las sombras, Paula se tambaleó ligeramente. Tenía los ojos vidriosos. Pedro se abrió paso rápidamente entre el grupo de estudiantes y saltó a la plataforma donde estaba ella. En el mismo momento en que ella agachaba la cabeza y se caía hacia delante, él la agarró entre sus brazos. Su frente pegó contra el hombro de él; que notó que ella estaba sin fuerzas, como una muñeca de trapo. Maldijo para sus adentros por haberla dejado posar tanto tiempo, mientras la sentaba en la plataforma y la obligaba con suavidad a colocar la cabeza entre las piernas. Se arrodilló a su lado y le habló con una ternura que no conocía en él.
—No tengas prisa... Te has desmayado.
Ella emitió un leve gemido de angustia.
—¿Pedro? —susurró—. ¿Eres tú?
—Sí, estoy aquí... No me voy a marchar.
—Yo... De pronto todo empezó a dar vueltas, y después no sé qué ha pasado...
—Ha sido culpa mía —dijo Pedro—. No debería haberte dejado posar tanto tiempo.
Ella lo empujó un poco.
—Necesito tumbarme.
Él le colocó un brazo debajo de las rodillas, otro en la espalda y la levantó en brazos con un sólo movimiento.
—Voy a por la limusina ahora mismo —miró al estudiante de la barba—. Grazie.
—¡Pedro, bájame!
—No —dijo él—. Me siento como un canalla. Tienes que dejarme que te compense por ello.
En el vestíbulo, le pidió a la recepcionista que llamara al conductor de la limusina que siempre alquilaba cuando estaba en Florencia y cuyo estacionamiento no estaba lejos del Ponte Vecchio.
—Dígale que se dé prisa —dijo Pedro.
La joven hizo rápidamente lo que él le pedía.
—¿Está bien la señora?
—Se ha desmayado... Hace mucho calor en las habitaciones —añadió, casi seguro de que estaba bien—. ¿La conoce?
Seducción: Capítulo 25
Se le aceleró el corazón y se volvió a mirarla. Llevaba un vestido negro de corte severo, que sin embargo resultaba más provocativo por el modo en que le ceñía las caderas y los pechos suavemente. Se quitó las botas con torpeza, dejando al descubierto el pronunciado arco de sus pies, las piernas esbeltas embutidas en las finas medias negras. Bajo la compostura superficial, parecía de pronto aterrorizada. Un puño de hielo le apretó el corazón. ¿Cómo podía seducirla cuando parecía una criatura temerosa?
—Pau, yo no obligo a las mujeres —le dijo rotundamente—. No es mi estilo. Sólo te acostarás conmigo por voluntad propia. Así que no hace falta que tengas tanto miedo.
—Es a mí misma a quien temo —dijo ella con espanto—. Pensaba que eso lo sabías.
Con un leve chasquido con el que le trasmitió compasión, la tomó entre sus brazos. Ella se quedó rígida. Él le acarició el pelo con una mano, le levantó la barbilla y la besó en la boca con suavidad. Se dijo que jamás había besado a una mujer con aquella necesidad tan enorme de consolarla. Su cuerpo se relajó poco a poco; sus labios cálidos se abrieron a él como una flor. Con todo el control que le fue posible, retrocedió mientras pensaba que nunca había hecho algo tan difícil.
—Florencia —dijo él—. Dentro de diez días. La casa que tengo allí es pequeña, pero tiene calefacción central.
Deseosa de sentir el roce de sus labios, Paula lo miró con incredulidad.
—¿Florencia? —dijo con voz estrangulada—. ¿Nuestra próxima cita?
—Sí, dulce Pau. Hazme un favor, ¿quieres? No salgas con nadie entretanto.
Estuvo a punto de ceder a la debilidad. Se había sentido a salvo entre sus brazos, pensaba con pesar. Protegida. Sin embargo, nada de lo que había vivido la animaba a confiar ni en una cosa ni en otra.
—Me estás encarcelando, Pedro. Como a los pájaros.
—Si eso es lo que de verdad crees, entonces estás metida en un lío.
Ella le contestó con verdadera desesperación.
—Si seguimos viéndonos, cada vez nos implicaremos más y más.
—Eso es —dijo Pedro de manera inflexible—. Te daré mi dirección de Florencia y estaré esperándote en el aeropuerto.
—Me agotas —murmuró Paula.
Sabía que sus palabras estaban llenas de derrota; como las que diría la cobarde que él le había acusado de ser. Podría enfrentarse a Pedro Alfonso, decidió con un gesto de desafío, empeñada en que podría ser igual de cabezota que él.
—Me encanta Florencia —dijo con tranquilidad—. Siempre me ha encantado.
—Junto con Nueva York, es mi ciudad favorita —dijo él.
—No soy responsable si sufres, Pedro.
—Todos somos responsables de las consecuencias de nuestras acciones.
—El Museo del Vestido está en una calle al norte de Ponte Vecchio —le dijo ella rápidamente—. Nos encontraremos allí a las tres de la tarde del día dieciséis.
—¿Me prometes que no habrá nadie hasta entonces?
—Si estás hablando de sexo, es muy poco probable que ocurra en los próximos diez días —le dijo ella con las mejillas encendidas—. Pero tengo dos citas para cenar que no voy a cancelar; no voy a permitir que me limites en lo que hago.
Pedro se olvidó de todas sus buenas intenciones, se acercó y la abrazó y besó sus labios entreabiertos con feroz avidez; ella le respondió instantáneamente con un fervor que le aceleró el pulso. Su mano encontró las dulces montañas de sus pechos, donde sus pezones estaban ya tan prietos como los capullos antes de florecer. Ella gimió mientras apretaba las caderas contra su recia erección. Si no se marchaba en ese momento, Pedro supo que se perdería. Con sus condiciones, se decía. Se apartó de ella y le habló con calma y seguridad.
—Entonces te doy las buenas noches.
—¿No... no te vas a quedar? —pronunció Paula, que ardía con un deseo del que no se habría creído capaz.
—Eso es.
—¿Entonces por qué me has besado? —le preguntó echando chispas por los ojos— . ¿Por qué me haces esto?
—¿Hubieras preferido que hubiéramos mantenido esta discusión en el vestíbulo? —Hubiera preferido que te hubieras quedado en el taxi —dijo ella con amargura.
—Esperaba que, estando cerca de la cama, pudieras asegurarme que no quedarías con nadie en estos diez días —le dijo con la misma rabia—. No parece mucho pedir.
—No son los diez días. ¡Es por principios, Pedro!
—En mi opinión —continuó él—, es más bien una falta de principios.
—Entonces lo de Florencia olvídalo —dijo en tono indescifrable.
—En absoluto —respondió él—. Soy más terco que una mula, Pau. Nos vemos dentro de diez días en el museo. Que duermas bien... Y si sueñas, que sea conmigo.
En sus ojos brillaba una enorme turbación, una mezcla de desesperación y frustración. Desesperado por alejarse de ella, porque sabía que si no lo hacía acabarían en la cama a pesar de todo lo que le había dicho, Salió de la habitación y cerró la puerta con determinación. Bajó las escaleras corriendo y salió a la fría noche. Solo. Era, estaba seguro, el primer hombre que se había alejado de los deliciosos brazos de Paula Chaves. Eso hacía de él un idiota.
—Pau, yo no obligo a las mujeres —le dijo rotundamente—. No es mi estilo. Sólo te acostarás conmigo por voluntad propia. Así que no hace falta que tengas tanto miedo.
—Es a mí misma a quien temo —dijo ella con espanto—. Pensaba que eso lo sabías.
Con un leve chasquido con el que le trasmitió compasión, la tomó entre sus brazos. Ella se quedó rígida. Él le acarició el pelo con una mano, le levantó la barbilla y la besó en la boca con suavidad. Se dijo que jamás había besado a una mujer con aquella necesidad tan enorme de consolarla. Su cuerpo se relajó poco a poco; sus labios cálidos se abrieron a él como una flor. Con todo el control que le fue posible, retrocedió mientras pensaba que nunca había hecho algo tan difícil.
—Florencia —dijo él—. Dentro de diez días. La casa que tengo allí es pequeña, pero tiene calefacción central.
Deseosa de sentir el roce de sus labios, Paula lo miró con incredulidad.
—¿Florencia? —dijo con voz estrangulada—. ¿Nuestra próxima cita?
—Sí, dulce Pau. Hazme un favor, ¿quieres? No salgas con nadie entretanto.
Estuvo a punto de ceder a la debilidad. Se había sentido a salvo entre sus brazos, pensaba con pesar. Protegida. Sin embargo, nada de lo que había vivido la animaba a confiar ni en una cosa ni en otra.
—Me estás encarcelando, Pedro. Como a los pájaros.
—Si eso es lo que de verdad crees, entonces estás metida en un lío.
Ella le contestó con verdadera desesperación.
—Si seguimos viéndonos, cada vez nos implicaremos más y más.
—Eso es —dijo Pedro de manera inflexible—. Te daré mi dirección de Florencia y estaré esperándote en el aeropuerto.
—Me agotas —murmuró Paula.
Sabía que sus palabras estaban llenas de derrota; como las que diría la cobarde que él le había acusado de ser. Podría enfrentarse a Pedro Alfonso, decidió con un gesto de desafío, empeñada en que podría ser igual de cabezota que él.
—Me encanta Florencia —dijo con tranquilidad—. Siempre me ha encantado.
—Junto con Nueva York, es mi ciudad favorita —dijo él.
—No soy responsable si sufres, Pedro.
—Todos somos responsables de las consecuencias de nuestras acciones.
—El Museo del Vestido está en una calle al norte de Ponte Vecchio —le dijo ella rápidamente—. Nos encontraremos allí a las tres de la tarde del día dieciséis.
—¿Me prometes que no habrá nadie hasta entonces?
—Si estás hablando de sexo, es muy poco probable que ocurra en los próximos diez días —le dijo ella con las mejillas encendidas—. Pero tengo dos citas para cenar que no voy a cancelar; no voy a permitir que me limites en lo que hago.
Pedro se olvidó de todas sus buenas intenciones, se acercó y la abrazó y besó sus labios entreabiertos con feroz avidez; ella le respondió instantáneamente con un fervor que le aceleró el pulso. Su mano encontró las dulces montañas de sus pechos, donde sus pezones estaban ya tan prietos como los capullos antes de florecer. Ella gimió mientras apretaba las caderas contra su recia erección. Si no se marchaba en ese momento, Pedro supo que se perdería. Con sus condiciones, se decía. Se apartó de ella y le habló con calma y seguridad.
—Entonces te doy las buenas noches.
—¿No... no te vas a quedar? —pronunció Paula, que ardía con un deseo del que no se habría creído capaz.
—Eso es.
—¿Entonces por qué me has besado? —le preguntó echando chispas por los ojos— . ¿Por qué me haces esto?
—¿Hubieras preferido que hubiéramos mantenido esta discusión en el vestíbulo? —Hubiera preferido que te hubieras quedado en el taxi —dijo ella con amargura.
—Esperaba que, estando cerca de la cama, pudieras asegurarme que no quedarías con nadie en estos diez días —le dijo con la misma rabia—. No parece mucho pedir.
—No son los diez días. ¡Es por principios, Pedro!
—En mi opinión —continuó él—, es más bien una falta de principios.
—Entonces lo de Florencia olvídalo —dijo en tono indescifrable.
—En absoluto —respondió él—. Soy más terco que una mula, Pau. Nos vemos dentro de diez días en el museo. Que duermas bien... Y si sueñas, que sea conmigo.
En sus ojos brillaba una enorme turbación, una mezcla de desesperación y frustración. Desesperado por alejarse de ella, porque sabía que si no lo hacía acabarían en la cama a pesar de todo lo que le había dicho, Salió de la habitación y cerró la puerta con determinación. Bajó las escaleras corriendo y salió a la fría noche. Solo. Era, estaba seguro, el primer hombre que se había alejado de los deliciosos brazos de Paula Chaves. Eso hacía de él un idiota.
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