viernes, 4 de noviembre de 2016

Hechizo De Amor: Capítulo 7

«Presta atención, Pedro», se dijo. «Olvídate de Paula Chaves, al menos en los próximos minutos». Era el padrino de boda. Y el padrino ganaría. Paula Chaves había ganado el primer ataque. Pero no ganaría el segundo, se dijo.

Escuchó las palabras sonoras del servicio religioso de matrimonio. El perfil de Paula estaba hacia él. Tenía nariz recta y una barbilla decidida. El pelo le brillaba como el oro. Él habría querido soltárselo. Deseaba entrelazar sus dedos en aquellos hilos dorados, y desde sus puntas desrizarlos hasta acariciar sus pechos. Deseaba tumbarla encima de sábanas de satén y ponerse encima de ella hasta… ¡Otra vez estaba pensando en ella! ¿Qué diablos le pasaba? Paula era una mujer. Una más, simplemente. Y estaría deseosa. Todas estaban deseosas. Ese era el problema.

Él era un hombre muy rico. Tenía mucho poder. Y además sabía que su físico y su cuerpo atraían a las mujeres. Encima era soltero. Lo que lo convertía en un desafío para cualquier mujer que tuviera entre dieciocho y cuarenta y cinco años. Habría sido curioso y excepcional que lo vieran simplemente como un hombre. En lugar de una figura envuelta en miles de dólares, pensó cínicamente.

El problema era que él estaba cansado de esos juegos. Conocía todos los movimientos desde el principio hasta el fin. La primera cita, las preguntas tramposas, la cena íntima, durante la cual él dejaba claro cuáles eran los límites de la relación. Pero pocas escuchaban, y si lo hacían lo tomaban como otro desafío, para conseguir lo que otras mujeres no habían sido capaces de lograr. Entonces se daba el primer beso, los regalos que le pedía a su secretaria que enviase, las flores. Hacían el amor, ellas se sentían aparentemente heridas cuando les decía que no se quedaría a dormir; no lo hacía nunca. Las inevitables expectativas de compromiso. La rabia o el llanto, según la mujer de que se tratase, cuando él les aclaraba que no compartía esas expectativas, que no quería comprometerse. Que no se había comprometido nunca, ni lo haría. Y luego, por último, la ruptura. Los últimos años había jugado a aquel juego cada vez menos. Pamela era un ejemplo. Era lo suficientemente sincero consigo mismo como para darse cuenta de que estaba usando a Pamela para protegerse. Si su círculo social suponía que él tenía una relación con ella, las demás mujeres se mantendrían a distancia, lo mismo que las revistas de chismorreos. Pocos se imaginarían que no se acostaba con Pamela. Ella no lo diría. Lo estaba usando igual que él a ella. Para que la vieran como a la amante de Pedro Alfonso, algo que alimentaba su ego, y beneficiaba a su profesión.

En cuanto a sus necesidades sexuales, él las había relegado a un segundo lugar durante meses, concentrándose en su imperio de negocios y enrolándose en tenaces actividades atléticas en distintos lugares salvajes del mundo. En los últimos minutos, Paula Chaves había borrado todo aquello. Desde que la había visto con aquel vestido, su sexualidad lo había asaltado descontroladamente. Él sabía lo que quería. Y lo quería pronto.

Su vestido, pensó Pedro, había costado dinero, muchos billetes. Esa combinación de elegancia y provocación no era barata. ¿Estaría también ella detrás de él, persiguiendo la seguridad de una gran cuenta bancaria? ¿Como la madre? Claro que la hija era veinte años más joven y mucho más guapa. Alejandra había atrapado a Horacio con poco esfuerzo. ¿Le tocaría a la hija conseguir al director de la empresa, al que realmente tenía el dinero? Simplemente lo estaba haciendo un poco más sutilmente que las otras mujeres que conocía. ¿Sutilmente? ¿O maliciosamente? Debía tener cuidado. Después de todo, Paula no le había facilitado nada. ¿Podría estar equivocado? ¿Realmente era tan hostil como parecía?

—¿Quién entrega a esta mujer para que se case con este hombre? —preguntó el pastor.

—Yo lo hago —dijo Paula claramente, y sonrió a su madre.

Aquella sonrisa hizo que Pedro se apartase levemente hacia un lado. Le costaba prestar atención al servicio religioso. Debía parecer un idiota, pensó él.

Paula  había estado en montones de bodas. La mayoría de la gente de su edad estaba casada. Ella había pensado que era inmune a todo aquel ritual, pero aquel día las palabras del sacerdote, tan sencillas y sin embargo con tanta fuerza, la habían afectado: «Para amarse y cuidarse…» ¿Quién la había cuidado, excepto su casi olvidado padre? Alejandra, no. Ella había estado demasiado ocupada en romances de continente a continente. Tampoco ninguno de sus padrastros. Cesar, no, ciertamente, quien había sido su amante durante tres años. Ni más recientemente Roberto, quien, afortunadamente, no se había transformado en su amante. ¿Y qué? No necesitaba que la cuidasen. Ella era una mujer inteligente, independiente, de treinta y dos años, eficiente en un trabajo difícil y que había construido toda su vida evitando la intimidad y las relaciones duraderas y estables. Entonces, ¿Por qué se sentía tan emocionada como una novia?

—Hasta que la muerte los separe…

Alejandra se había separado del padre de Paula por la muerte de este, y según ella, él había sido el amor de su vida, una historia que cobraba más importancia con cada nuevo divorcio. Paula tenía siete años cuando había muerto su padre. Recordaba perfectamente cuando su madre se lo había dicho…

¡Oh! Estaba más sensible que una novia. No quería llorar. Y no lo haría. Aparte de otras cosas, confirmaría su baja opinión sobre las mujeres a Pedro Alfonso: seres irracionales, a merced de sus sentimientos. No como él.

Hechizo De Amor: Capítulo 6

Pero en el momento en que su padre y él habían abandonado la casa camino al invernadero, su padre le había dicho:

—Ale va a pedirle a Paula que la acompañe al altar. Así que tú te has librado.

Pedro  se sintió molesto por haber demostrado tan abiertamente que no quería hacerlo y había dicho:

—La he conocido, a la hija, quiero decir. No es lo que yo esperaba. Es alta y desaliñada y tiene una lengua como una sierra.

—¿De verdad? Ale me ha mostrado una foto. Pensé que era muy guapa.

—Un buen fotógrafo puede transformar un cactus en una rosa.

Horacio dijo abruptamente:

—¿Tienes el anillo?

—Sí, papá. Ya me lo has preguntado dos veces.

—Ahí está Martin, saludándonos. Es hora de que nos pongamos en nuestro sitio.

Martin era el mayordomo. Su señal significaba que Alejandra estaba lista. Pedro miró su reloj. Eran las seis y siete minutos. Paula Chaves era muy puntual para ser una mujer.

Pedro siguió a su padre por debajo de la sombra del toldo, asintió al sacerdote y evitó mirar a los invitados. Pamela estaría en algún sitio en medio de la gente. Se las había ingeniado para pedirle una invitación, y él había cometido el error de enviársela. Tendría que decidir qué hacer con Pamela, pensó, y se estremeció al oír el órgano portátil que tocaba su tía Blanca. Si algún día fuera tan tonto como para casarse, lo haría en su yate. La tía Blanca sufría de mareos en los barcos, y no pisaría nada que se le pareciera.

Por el rabillo del ojo vió a su padre sonreír a su futura esposa. Él iba a ser su quinto marido. Pedro sintió rabia. Le había aconsejado instintivamente que no se casara, y luego había intentado comprar a Alejandra. Pero no había funcionado ninguna de las dos cosas. Aunque le había ofrecido  una buena suma. Ella podía conseguir más por un divorcio. Él estaba seguro que aquel habría sido su razonamiento. No sonreiría a Alejandra  ni loco. Al menos el sacerdote había insistido en que el fotógrafo se mantuviera a cierta distancia durante la ceremonia. Así que, si él,  no tenía ganas de sonreír, no tenía por qué hacerlo. Paula Chaves  había dicho que él estaba malhumorado porque no se había salido con la suya. Realmente la mujer había sabido cómo irritarlo. Otro acorde del órgano de la tía Blanca le destempló los nervios. Seguramente Alejandra y su hija estaban casi en el altar. Inquieto, se dió la vuelta para ver dónde estaban.

Una mujer alta vestida de turquesa estaba caminando hacia él, mirando directamente hacia él, con la cabeza alta. Su belleza le dió en el pecho como si se tratase de un golpe. Llevaba el pelo recogido, brillándole como el trigo maduro, dejando al descubierto la línea delgada de su cuello. Sus hombros emergían del vestido formando elegantes curvas. Y sus pechos grandes lo dejaron sin respiración. Eran pechos maduros, voluptuosos, bajo el brillo de la seda, tan pálida como el color de las orquídeas que llevaba en la mano. En su cuello, una piedra azul brillaba como el fuego. Sus caderas se balanceaban graciosamente bajo el brillo de la seda, sus piernas parecían interminables. Pero fueron sus ojos los que lo embrujaron. Esos ojos grandes que había encontrado cuando le había quitado las gafas de sol en la escalinata de entrada a la casa. Él se había imaginado que se encontraría con unos ojos marrones, o grises claros. Pero no ese azul brillante como el de un mar tropical. Unos ojos en los que podía ahogarse. Involuntariamente se sintió excitado, y supo, en cada una de las fibras de su ser, que no pararía hasta que tuviera a Paula Chaves en su cama. Hasta que la hiciera suya de la forma más primitiva posible. ¿Era aquella la mujer cuyo envoltorio él había despreciado? ¿La que había etiquetado como desaliñada? ¿Estaba loco?

De pronto, con el poco cerebro que le quedaba en funcionamiento, se dió cuenta de que Paula se había dado cuenta del efecto que había producido en él, y de que se había sentido complacida. Tenía una boca para besarla. Una boca deliciosamente seductora. «¡Maldita seas, Paula Chaves!», pensó. Había logrado engañarlo con aquel traje arrugado y esa blusa de cuello cerrado. Pero no iba a hacerlo nuevamente. Le daría una lección. No sabía cuál, pero ya se le ocurriría algo. No le gustaba sentirse afectado por una mujer de aquel modo, que lo hiciera mirar como un tonto. Antes de que terminase la boda desearía no haberlo hecho. Notó que el sacerdote carraspeaba y que ellos cuatro estaban alineados frente a los invitados.

lunes, 31 de octubre de 2016

Hechizo De Amor: Capítulo 5

Cuando faltaba un minuto para las seis, Alejandra golpeó la puerta.

—¿Estás lista, cariño?

Paula se estaba mirando en el espejo.

—Entra, madre. Dos segundos más —gritó. Y se puso los pendientes de ópalos australianos.

—Estoy muy nerviosa —balbuceó Alejandra—. Sé que esta es mi quinta boda, pero amo a Horacio de verdad, y realmente quiero que esto dure para siempre. Para que seamos una familia feliz. ¿Crees que debería casarme o que estoy cometiendo otro terrible error?

Como Paula todavía no había conocido a Horacio, apenas podía contestar a la pregunta. Aunque si  era parecido en algo a Pedro, su madre estaba cometiendo el mayor error de su carrera marital. Y lo de «una familia feliz» era un sueño.

—Por supuesto que vas a ser felíz —dijo Paula para tranquilizarla, al darse cuenta de que los labios dé su madre estaban temblando.

Tomó brevemente el brazo de Alejandra y dijo:

—Venga, mamá. Deslumbrémoslos.

—Las flores están en la mesa del vestíbulo… Estamos guapas, ¿No es cierto? —dijo Alejandra ingenuamente.

—Guapas —dijo Paula, aunque no era el efecto que había querido causar. Llevaba un vestido largo de seda tailandesa de color turquesa muy sencillo, con un escote que pronunciaba sus pechos y una abertura lateral hasta las rodillas. Otro ópalo adornaba su cuello. Los zapatos eran unas sandalias de tiras finas con tacones muy altos. Se había recogido el pelo y había dejado escapar algunos rizos que le caían por el cuello y acariciaban cada tanto sus mejillas.

—Estamos muy atractivas —dijo Paula—. Y no dejes que Pedro te estropee el día de tu boda. No lo merece.

—No lo dejaré —dijo Alejandra y sonrió a su hija—. Estoy aprendiendo unas pocas cosas, Pau. Le he dicho a Horacio que no prometería obedecer, que era demasiado vieja para eso. Él se rio simplemente y dijo que no quería una esposa que fuera un felpudo. Es un hombre muy agradable. Te gustará.

El romántico italiano, el aristócrata británico y el dueño de petróleo de Texas, los esposos número dos, tres y cuatro, habían sido presentados del mismo modo a Paula.

—Estoy deseosa de conocerlo.

Las flores eran orquídeas y el fotógrafo las estaba esperando. Paula se sintió ansiosa. Recogió el más pequeño de los dos ramos de flores y sonrió a la cámara. Luego bajó las escaleras al lado de su madre. Cuando llegaron al escalón de abajo, Alejandra dijo:

—Te he pedido que seas tú quien me entregue a Horacio, ¿No es cierto?

—No.

—El cuñado de Horacio lo iba a hacer. Pero ha sufrido una operación hace dos semanas. La única otra posibilidad era Pedro. ¡Por favor, dime que lo harás, Paula!

De ninguna manera iba a permitir que ese monstruo llevase al altar a su madre.

—Claro que lo haré —respondió Paula.

Cuando salieron a la luz del sol, al frente de la casa, el fotógrafo tomó varias fotos. Paula, mientras, observó el escenario. Había un toldo blanco entre los árboles, que proveía de sombra. Las sillas donde se habían sentado los invitados estaban adornadas con rosas y una música de harpa muy suave se oía entre las conversaciones.

Cuando Alejandra y Paula se acercaron a las sillas, el músico tocó el último acorde de harpa y luego se quedó en silencio. Desde un órgano cerca del altar adornado con flores blancas se oyeron las primeras notas de la marcha nupcial. No la tocaban muy bien.

Alejandra susurró:

—Es la hermana de Horacio la que toca el órgano. Insistió en tocarlo. Él no quiso herir sus sentimientos. ¡Oh, Pau, estoy tan nerviosa! Jamás debí aceptar casarme con él. ¿Por qué sigo casándome? No soy joven, como tú; debería cometer menos errores.

—Venga, madre; es demasiado tarde ahora. Así que hagámoslo con estilo —dijo Paula, tomó la mano de su madre y la llevó del brazo.

Horacio era el novio; Pedro, su hijo. Ambos estaban de espaldas a las mujeres que iban caminando por la alfombra verde dispuesta sobre la hierba. Era más bajo que su hijo y tenía una cabellera gris bien peinada. Cuando el órgano se equivocó de nota, se dió la vuelta. Vió a Alejandra caminando hacia él y le sonrió. No era tan apuesto como Pedro y había acumulado algo de gordura en la cintura. Tenía un aspecto muy humano, pensó Paula. No como Pedro. Y su sonrisa era a la vez amable y cálida. En eso tampoco se parecía a Pedro.

—Creo que has elegido bien, mamá —le susurró a su madre.

Alejandra le sonrió emocionada. El órgano emitió un chirrido, luego subió el tono de forma triunfal pero desafinada. Paula estremeció. Y finalmente Pedro dió la vuelta. Ni siquiera miró a Alejandra. Su mirada se dirigió directamente a la hija, y en un momento dado a Paula le pareció notar una reacción en su cara.

Ella bajó la mirada, como correspondía a una mujer de poca experiencia. Una mujer cuyo envoltorio, en palabras de Paula, no garantizaba una segunda mirada. Luego dejó escapar la más inocente de todas las sonrisas. Pero cuando alzó la vista, solo sonrió a Horacio. Hasta el último momento Pedro había pensado que tendría que llevar al altar a Alejandra; una obligación que habría cumplido puntillosamente y con verdadera aversión.

Hechizo De Amor: Capítulo 4

—No me diga lo que tengo que hacer. No me gusta —dijo él suavemente.

Paula sintió que le faltaba el aire y que su corazón daba un pequeño vuelco. Desde el primer momento le había parecido peligroso. Y no se había equivocado. Pero algo en su interior la hacía no echarse atrás, a pesar de lo intimidante que era aquel hombre.

—¡Qué interesante! A mí también me disgusta que me den órdenes. Es algo más que tenemos en común —dijo ella.

—Desgraciadamente vamos a tener muchas más cosas en común. No creo que le guste ser mi hermanastra, de igual modo que a mí no me atrae ser su hermanastro. Navidad y Día de Acción de Gracias en la misma casa… Los cumpleaños de la familia. Y así, otras muchas cosas —él sonrió burlonamente y añadió—: Usted y yo estaremos atados el uno al otro después de esta boda, una razón más por la que debió perder el avión.

—Mi trabajo… Soy abogada especializada en derechos de minas, requiere que pase grandes temporadas fuera del país. Usted podrá estar disponible para todos los cumpleaños. Yo no.

Pedro se acercó y le puso un mechón de pelo detrás de la oreja. Al sentir su contacto, Paula tuvo que hacer un gran esfuerzo para no demostrar su reacción.

—Y hablando de fotos de boda, espero que piense hacer algo con su pelo en los próximos cuarenta minutos. Pero no nos haga esperar, ¿Quiere, señorita Chaves? Ese es un privilegio de la novia.

Pedro atravesó la alfombra de la habitación, y cerró la puerta suavemente. Paula dejó las fundas de plástico en la cama y respiró profundamente. La habitación parecía más grande sin él. Más grande y más vacía. Entonces se oyó un golpe en la puerta y ella saltó como si le hubieran apretado un gatillo en la sien.

—¿Sí? —preguntó.

—Querida, ¿Eres tú?

—Entra, madre —dijo Paula.

—Pedro me ha dicho que habías llegado. Estaba tan preocupada, pensé que no podrías llegar a tiempo, y realmente necesito tu apoyo… Pedro me mira con desprecio, realmente me aterroriza. No sé cómo puede ser hijo de Horacio… ¡Querida, ni siquiera te has vestido!

—Porque acabo de llegar —dijo Paula, y le dio un beso en la mejilla. La miró de arriba abajo y agregó sinceramente—: Estás estupenda.

—No quería vestirme de blanco, no me parecía adecuado. ¿De verdad estoy bien? —preguntó Alejandra ansiosamente. Se alisó la falda de su vestido de seda color marfil.

Por una vez Alejandra había evitado los lazos y adornos de costumbre. El vestido era elegante y el peinado igualmente discreto. Hacía cinco meses que Paula no la veía, y por aquel entonces Horacio solo era un nombre que Alejandra pronunciaba en las conversaciones más de lo necesario. Paula se preguntó sí Horacio habría producido más cambios en su madre y exclamó:

—¡Qué bonito vestido! Muéstrame el anillo.

Con una timidez que a Paula le pareció fuera de lugar teniendo en cuenta que era el quinto matrimonio de su madre, Alejandra extendió la mano. El diamante brilló en su engarce. A Paula nunca le habían gustado los diamantes; no le parecían más que piedras mercenarias con un frío brillo.

—Espero que seas muy felíz —dijo Paula.

Alejandra miró su reloj preocupada.

—La ceremonia empieza dentro de treinta minutos.

—Entonces será mejor que te marches y que me prepare —dijo Paula sonriendo—. Siento llegar tarde. Sabes que originalmente pensaba estar aquí para la cena del ensayo de la ceremonia, pero hubo una demora tras otra desde que salí de Yemen.

—Tuve que sentarme entre Horacio y Pedro —Alejandra se estremeció de nervios—. ¿Sabes lo que hizo hace tres días? Me refiero a Pedro. Intentó darme dinero para que me fuera.

—¿Qué?

—Me ofreció un montón de dinero para anular la boda. Y ni siquiera puedo decírselo a Horacio. Pedro es su único hijo, después de todo.

—¿Cómo se ha atrevido a hacer eso?

—Él se atreve a cualquier cosa. Es el director general de Alfonso Incorporated. Millones de dólares, querida. Millones. No los ha hecho andando con tiento.

Paula se quedó con la boca abierta.

—¿Pedro Alfonso es quien lleva Alfonso Incorporated?

—No solo la dirige. Es el dueño de la empresa. Ha hecho una fortuna. Es cincuenta veces más rico que Horacio.

Alfonso  Incorporated tenía un grupo de empresas por todo el mundo, en algunas de las cuales Paula había estado, una flota de cruceros, varios centros comerciales una empresa de ordenadores de gran éxito.

—¿Por qué no me lo has dicho? —preguntó Paula.

—¿A tan larga distancia? ¿Cuando estabas en Borneo y Papua Nueva Guinea y todos esos lugares a los que estás yendo siempre? Tengo mejores cosas de qué hablar que de Pedro Alfonso.

Paula se sentó en la cama y dijo con una risa:

—¿Adivina una cosa? Le he preguntado si trabajaba en los establos de su padre.

—¡No puedo creerlo, cariño!

—Y también le he preguntado si había sido modelo alguna vez.

Alejandra gruñó.

—¡Oh, no! ¿Cómo pudiste…?

—Muy fácil. Él es el hombre más rudo y arrogante que conozco. Y he conocido a unos cuantos.

Alejandra se estremeció brevemente.

—No lo enfurezcas. Puede ser un enemigo terrible, Paula —su madre solo la llamaba Paula cuando quería hablar de algo muy serio.

—No temo a Pedro—dijo Paula, no muy convencida interiormente—. Pero me da miedo llegar media hora tarde a esa encantadora pérgola que he visto puesta en el jardín. Vete, madre. Tengo que arreglarme.

Alejandra le dió un rápido y fervoroso abrazo.

—¡Me siento tan feliz de que estés aquí! —dijo. Y se marchó.

Paula abrió la maleta deseando poder decir lo mismo. Sacó uno de los vestidos y se dirigió a la ducha.

Hechizo De Amor: Capítulo 3

De pronto Paula sintió que el juego, si era eso de lo que se trataba, se había prolongado demasiado. Dijo con tono cortante:

—¿Piensa decirme ese tipo de cosas hasta que llegue el momento de la boda, con la esperanza de que mi madre crea que no estoy aquí y postergue la boda? —dió dos pasos por delante de Pedro.

De pronto, sin que ella lo hubiera previsto, él le sujetó el brazo. Paula no estaba acostumbrada a tener que torcer el cuello para mirar a los hombres. Era demasiado alta para ello, y se valía de su altura cuando le convenía. Pero Pedro Alfonso la hacía sentir más pequeña e insegura de sí misma. No estaba segura de qué odiaba más, aquella sensación de pequeñez frente a él o al hombre en sí mismo.

—¡Suélteme! —gritó.

—Cálmese —dijo él burlonamente—. Solo iba a mostrarle la habitación.

Ella olió su perfume cuando él se acercó a recoger las maletas. Tenía su cabeza cerca de ella.

—Aunque el tiempo se está acabando, y no conozco a ninguna mujer que se arregle en menos de una hora.

Ella sintió deseos de tocarle el pelo, averiguar si era tan sedoso como parecía. Era inútil negarlo. ¡Oh, Dios santo! ¿Qué diablos le pasaba? Intentó controlarse. Esperaba que aquel impulso no se le hubiera notado en la cara. Lo miró con desdén y dijo:

—Estoy segura de que conoce a un montón de mujeres.

—No lo niego.

—En mi opinión, el hombre que se jacta de sus conquistas no merece la pena.

—Aquellos que tienen poca experiencia, señorita Chaves, tienen que conformarse con opiniones.

Evidentemente a él le resultaba poco atractiva para conseguir un hombre. Paula apretó los dientes y dijo:

—¡Algunos preferimos elegir las experiencias! Usted tiene buen aspecto. Eso lo reconozco. Pero un hombre, en mi opinión, nuevamente, debe tener más sustancia que el envoltorio.

—¡Tiene muchas opiniones acerca de los hombres, para ser una mujer cuyo envoltorio no garantiza una segunda mirada!

«¡Me las pagarás!», pensó P aula. «Haré que me mires más de dos veces, playboy arrogante». Llevaba dos vestidos en las fundas de plástico: uno perfectamente correcto para una boda de alta sociedad, y el otro más interesante, pero de ninguna manera tan correcto. Ya sabía cuál se iba a poner. Acababa de decidirlo.

Claro que si era lista, se pondría el menos llamativo pero más seguro. Porque lo peor era que, a pesar de aquella absurda conversación, encontraba a Pedro muy atractivo. Debía de ser su masculinidad, que llamaba a su femineidad en un nivel muy básico. Él irradiaba una seguridad sexual que la irritaba intensamente, en parte porque estaba segura de que él era completamente inconsciente de ello. Él no estaba intentando atraerla. ¡Oh, no! ¡Ella no valía la pena aquella pérdida de tiempo ni el esfuerzo! Pero aquella forma de estar, ese pelo negro cayéndole por la frente bronceada, la fuerza de sus dedos, cada molécula de su cuerpo, la atraía. Aunque cada una de sus palabras la advertían de que huyera de él. Ella se las había arreglado muy bien para mantener su sexualidad oculta durante los últimos años. Y si bien Pedro Alfonso la atraía y la enfurecía, también le daba miedo.

—Está muy callada —dijo él—. ¿No me diga que se ha quedado sin opiniones?

—Las he malgastado con usted.

—Todo este día está malgastado para mí —dijo Pedro con énfasis.

—Entonces… al final… estamos de acuerdo en algo.


Con repentina impaciencia, él tiró de ella para que entrase, cerró la puerta y la llevó por un gran corredor hacia el hueco de una escalera de caoba. Era fuerte. Ella sabía que sería inútil resistirse a él. Paula apoyó una mano en la barandilla, e intentando herir el ego de Pedro, le dijo:

—Nos complementamos entonces…

—Se me debe de haber escapado algo, porque no entiendo qué quiere decir.

—Me refiero a su buen aspecto, ¿Se acuerda? El envoltorio. Me resulta algo familiar usted. Aunque no sé bien por qué. ¿Ha trabajado alguna vez de modelo?

—¡No! —exclamó él, molesto.

Paula subió por las escaleras mirando todos los retratos de los caballos de carreras por los que Horacio Alfonso era famoso.

—¡Qué hermosos animales! Quizás trabaje para su padre en los establos, ¿No, señor Alfonso?

—No —dijo él como mordiendo las palabras. Otra vez había logrado molestarlo.

—Entonces, ¿A qué se dedica?

—Me dedico a intentar mantener a distancia a las cazadoras de fortunas. En lo que he fracasado, evidentemente.

Él la llevó a un ala separada del resto y abrió una puerta blanca.

—Su madre está en la última habitación. Esta es la suya. Ambas tienen cuarto de baño privado.

Antes de que Paula pudiera protestar, él entró y dejó la maleta al lado de la cama. Ella no lo quería allí. No lo quería ni cerca de ella ni de su cama.

—Intente sonreír para las cámaras, ¿Quiere? A no ser que quiera que todos los álbumes de fotos de la boda lo muestren como un niño malhumorado que no se ha salido con la suya.

Hechizo De Amor: Capítulo 2

Entonces, ¿por qué estaba babeando por aquel hombre que estaba en la entrada? «¡Cálmate!», se dijo. Estaba cansada y su imaginación se le había escapado. Pero de una cosa estaba segura, aquel hombre era Pedro Alfonso. Ya comprendía por qué su madre le tenía tanto respeto.

—¿Y quién es usted? —se oyó preguntar fríamente.

—Esperaba que no viniera. Así esta farsa de boda podría haberse postergado al menos —contestó él, sin responder a su pregunta.

—Una pena. Estoy aquí —dijo ella en un tono normal del que se sintió orgullosa Se guardó su opinión de que para ella también aquella boda precipitada era una farsa—. Imagino que usted es Pedro Alfonso, ¿Me equivoco?

Él asintió y no intentó darle la mano.

—Usted no es en absoluto como me imaginaba… Su madre nos había dicho siempre que era muy hermosa.

—¡Dios santo! Realmente no quiere que mi madre y yo formemos parte de su familia, ¿Verdad?

—Lo ha comprendido bien.

—Tan poco como yo quiero a su padre y a usted en la mía —dijo ella.

—Entonces… ¿Por qué no perdió el vuelo de Yemen, señorita Chaves? No creo que su madre hubiera celebrado la ceremonia si usted no estaba aquí. Podría haberla evitado. Al menos temporalmente.

—Desgraciadamente, no creo que mi papel en la vida sea cuidar a mi madre. Podría intentar hacer otra imprudente boda. Pero es mayor de edad para tener que pedir el consentimiento de alguien. Como lo es su padre.

—O sea que tiene zarpas. Muy interesante. No le quedan bien con esa ropa — miró su traje de lino y su blusa holgada.

—Señor Alfonso, me he pasado los últimos días negociando derechos de minería con algunos hombres poderosos que viven en un país con códigos culturales de ropa para las mujeres diferentes a los nuestros. El avión salió tarde de Yemen, perdí mi conexión en Hamburgo, el aeropuerto de Heathrow era una pesadilla de colas y medidas de seguridad, y para colmo de males había una huelga feroz del personal que se ocupaba de las maletas en Toronto. Sin mencionar el tráfico que salía de la ciudad. Estoy cansada y un poco descentrada… ¿Por qué no me dice dónde está mi habitación para que me pueda cambiar?

—¿Descentrada? —repitió él con una sonrisa en los labios que no se correspondía con la mirada—. Debería elegir sus palabras más cuidadosamente. «Descentrada» no es una palabra que la describa bien. La envuelve todo tipo de emociones. Algo típicamente femenino.

—Las generalizaciones son signo de una mente perezosa —le dijo Paula dulcemente—. Y las palabras que podrían describir más precisamente el modo enque me siento no son el tipo de palabras que vaya a usar con un extraño. Mi habitación, señor Alfonso.

—O sea que yo tenía razón… Hay más cosas debajo de ese aspecto de docilidad, además de una persona descentrada. Aunque no alcanzo a comprender por qué no quiere que su madre se case con un hombre muy rico. Habrá un montón de beneficios para usted.

Ella no quiso darle el gusto de perder el control y ponerse a gritarle, y contestó:

—Mi madre ha estado casada con hombres mucho más ricos que su padre… No tengo idea de por qué se ha conformado con menos esta vez —alzó una ceja y agregó—: Excepto que sea el padre mucho más encantador que su hijo, ¿No?

—Puedo ser encantador cuando quiero, y odio hablar con gente que lleva gafas de sol —Pedro se movió rápidamente, sin darle tiempo a echarse atrás, y le quitó las gafas.

Por un momento ella vió el desprecio en la cara de él, y luego algo más. Pero enseguida se borró aquella expresión. Hubiera sido lo que hubiera sido, aquella mirada había vuelto a poner a su corazón en guardia.

—Le mostraré su habitación —dijo él, tenso—. La habitación de su madre está al lado. Después de la boda, por supuesto, se pasará al ala de la casa de mi padre.

Con una inocente sonrisa, Paula dijo:

—O sea que le molesta que su padre tenga una vida sexual satisfactoria, ¿No es verdad, señor Alfonso? Tal vez le haga falta un buen psiquiatra.

—No me importa con quién se acuesta mi padre. Me importa con quién se casa.

—Control —dijo ella con una risa corta—. No me sorprende…

—Dejemos algo claro —dijo Pedro con una expresión de ira tan intensa en la voz que Paula tuvo que reprimirse la necesidad de dar un paso atrás—. Y puede decírselo a su madre. No le permitiré que desplume a mi padre cuando, como será inevitable, dado el récord de su madre, llegue el divorcio. ¿Le queda claro? ¿O tengo que repetirlo?

Ella no aguantó más.

—¿Sabe una cosa? He estado en cuarenta o cincuenta países diferentes en los últimos ocho años y en ninguno de ellos, ni en uno, he conocido a un hombre tan rudo e ignorante como usted. Se lleva el premio, señor Alfonso. ¡Enhorabuena!

Él sonrió de medio lado y dijo:

—No soy rudo, simplemente soy sincero. ¿No es algo que reconozca usted, señorita Paula  Chaves? Tal vez sea que no esté acostumbrada a ello.

Hechizo De Amor: Capítulo 1

Tenía calor. Estaba cansada del viaje en avión. Se le había hecho tarde. Muy tarde. Y el camino hacia Los Robles era como una de esas interminables carreteras de campo que no conducen a ninguna parte. Con un suspiro de impaciencia, Paula Chaves se secó el sudor de la frente e intentó relajar los músculos del cuello. Para colmo de males había estado quince minutos en un atasco, entre limusinas y choferes que llevaban invitados a alguna boda.

Ella iba conduciendo su coche, un Mazda rojo convertible, y llevaba la misma ropa con la que había salido de Yemen veinticuatro horas antes. Un traje de lino verde de estilo modesto, arrugado ahora, una blusa con cuello cerrado y unas zapatillas verdes que le estaban haciendo daño. No llevaba maquillaje. Casi no había dormido. Y no la esperaba nada placentero en las siguientes horas. Llegaba tarde a la boda de su madre. A la quinta boda de su madre, para ser precisa. Esta vez se casaba con un hombre llamado Horacio Alfonso. Un hombre rico con un hijo llamado Pedro, que tenía aterrada a Alejandra, según había dicho ella misma. Pedro sería el padrino y Paula la dama de honor. Se había pasado las últimas horas negociando con unos barones ricos en petróleo. No se iba a intimidar por un playboy de Toronto llamado Pedro Alfonso.

La boda estaba programada para las seis de la tarde, y en aquel momento eran las cinco y cinco. Tardaría varios minutos en pasar los portones de seguridad de hierro forjado de la entrada de la propiedad de Horacio Alfonso. Haría falta un milagro para poder llegar a Los Robles y que la harapienta que estaba hecha se transformase en deslumbrante dama de honor. Todas las damas de honor deslumbraban, ¿No? ¿O esa era la novia? Paula no lo sabía. Ella no había sido nunca una novia y no tenía intención de cambiar de estado civil. Ese papel se lo reservaba a su madre. Había robles a los lados del camino, la hierba parecía de terciopelo y las cercas estaban pintadas de blanco. El novio era rico, sin duda. «Sorpresa, sorpresa», pensó Paula cínicamente. Aunque su madre era una romántica, aún le quedaba casarse con un hombre pobre.

A través de las cercas, Paula podía ver campos abiertos y plácidos grupos de yeguas y caballos, y por un momento se olvidó de lo imperdonablemente tarde que era. Se había acordado de meter en la maleta el equipo de montar en los diez minutos que había parado en su chalé de Taranto. Al menos podría tener alguna experiencia agradable en aquella boda; montar a caballo.

Vió que la carretera se ensanchaba y llegaba hasta una zona de arbustos y unas estatuas alrededor de un camino circular. La casa era una imponente mansión georgiana, con muchas contraventanas y chimeneas. Ignorando las indicaciones de los dos hombres uniformados que estaban haciendo señas a los coches hacia una zona de estacionamiento debajo de unos árboles, Paula se salió de la fila, y paró cerca de la puerta de entrada. Salió del coche y del asiento de atrás recogió su maleta y las perchas que tenían los vestidos. Le dolían todos los músculos. Se sentía fatal. Y tenía peor aspecto aún. Corrió a la puerta de entrada. Estaba flanqueada por dos faroles pintados de verde. Cuando fue a tocar el timbre, se abrió la puerta.

—Bueno… —dijo una voz burlona de hombre—. La señorita Chaves llega tarde.

Paula se quitó de la cara un rizo rubio suelto que había sido parte de un pulcro peinado hacía veinticuatro horas.

—Soy Paula Chaves, sí —dijo ella—. ¿Podría llevarme a mi habitación, por favor? Tengo prisa.

El hombre la miró insolentemente de arriba abajo, desde el pelo despeinado hasta los zapatos llenos de polvo.

—Muy tarde —agregó él.

Por un momento ella pensó que aquél podría ser un mayordomo poco convencional. Pero aquel hombre que bloqueaba su paso a la casa jamás podría haber sido sirviente de nadie. No. Era el tipo de persona que daba órdenes, y que esperaba, si ella no se equivocaba, que las obedecieran inmediatamente.

¿Un mayordomo? ¿Estaba loca?, pensó Paula. Era el más magnífico espécimen de hombre que había visto en su vida. Alto, moreno y atractivo era poco para describirlo. Ciertamente era alto, unos cuantos centímetros más alto que ella. Su pelo era negro y sus ojos oscuros como la roca volcánica, y cuando por un momento Paula dejó volar la imaginación, lo vió como un hombre que solo le llevaría devastación y pena. «¡Oh, basta!», se dijo. Había muchos hombres de pelo negro y ojos oscuros. En cuanto a lo de su atractivo, sus facciones eran demasiado fuertes, demasiado impregnadas de energía masculina como para llamarlo así. Era atractivo como lo podía ser un oso polar, pensó.

Llevaba un traje caro y una camisa impecablemente blanca, una indumentaria sofisticada y urbana. Aunque tenía un aire peligroso y salvaje, más que urbano y sofisticado. Ciertamente no disimulaba el ancho de sus hombros, su vientre uso y caderas estrechas. Muchos hombres tenían cuerpos bonitos, pero aquel hombre tenía un magnetismo masculino que salía de cada uno de sus poros. ¿Qué mujer digna de serlo se le resistiría? «Yo», se contestó Paula. ¿Qué le pasaba? Ella nunca se dejaba llevar por el aspecto de un hombre ni por su carisma sexual, algo que le había servido durante años. Le había evitado cometer errores como los que había cometido su madre.