Tenía calor. Estaba cansada del viaje en avión. Se le había hecho tarde. Muy tarde. Y el camino hacia Los Robles era como una de esas interminables carreteras de campo que no conducen a ninguna parte. Con un suspiro de impaciencia, Paula Chaves se secó el sudor de la frente e intentó relajar los músculos del cuello. Para colmo de males había estado quince minutos en un atasco, entre limusinas y choferes que llevaban invitados a alguna boda.
Ella iba conduciendo su coche, un Mazda rojo convertible, y llevaba la misma ropa con la que había salido de Yemen veinticuatro horas antes. Un traje de lino verde de estilo modesto, arrugado ahora, una blusa con cuello cerrado y unas zapatillas verdes que le estaban haciendo daño. No llevaba maquillaje. Casi no había dormido. Y no la esperaba nada placentero en las siguientes horas. Llegaba tarde a la boda de su madre. A la quinta boda de su madre, para ser precisa. Esta vez se casaba con un hombre llamado Horacio Alfonso. Un hombre rico con un hijo llamado Pedro, que tenía aterrada a Alejandra, según había dicho ella misma. Pedro sería el padrino y Paula la dama de honor. Se había pasado las últimas horas negociando con unos barones ricos en petróleo. No se iba a intimidar por un playboy de Toronto llamado Pedro Alfonso.
La boda estaba programada para las seis de la tarde, y en aquel momento eran las cinco y cinco. Tardaría varios minutos en pasar los portones de seguridad de hierro forjado de la entrada de la propiedad de Horacio Alfonso. Haría falta un milagro para poder llegar a Los Robles y que la harapienta que estaba hecha se transformase en deslumbrante dama de honor. Todas las damas de honor deslumbraban, ¿No? ¿O esa era la novia? Paula no lo sabía. Ella no había sido nunca una novia y no tenía intención de cambiar de estado civil. Ese papel se lo reservaba a su madre. Había robles a los lados del camino, la hierba parecía de terciopelo y las cercas estaban pintadas de blanco. El novio era rico, sin duda. «Sorpresa, sorpresa», pensó Paula cínicamente. Aunque su madre era una romántica, aún le quedaba casarse con un hombre pobre.
A través de las cercas, Paula podía ver campos abiertos y plácidos grupos de yeguas y caballos, y por un momento se olvidó de lo imperdonablemente tarde que era. Se había acordado de meter en la maleta el equipo de montar en los diez minutos que había parado en su chalé de Taranto. Al menos podría tener alguna experiencia agradable en aquella boda; montar a caballo.
Vió que la carretera se ensanchaba y llegaba hasta una zona de arbustos y unas estatuas alrededor de un camino circular. La casa era una imponente mansión georgiana, con muchas contraventanas y chimeneas. Ignorando las indicaciones de los dos hombres uniformados que estaban haciendo señas a los coches hacia una zona de estacionamiento debajo de unos árboles, Paula se salió de la fila, y paró cerca de la puerta de entrada. Salió del coche y del asiento de atrás recogió su maleta y las perchas que tenían los vestidos. Le dolían todos los músculos. Se sentía fatal. Y tenía peor aspecto aún. Corrió a la puerta de entrada. Estaba flanqueada por dos faroles pintados de verde. Cuando fue a tocar el timbre, se abrió la puerta.
—Bueno… —dijo una voz burlona de hombre—. La señorita Chaves llega tarde.
Paula se quitó de la cara un rizo rubio suelto que había sido parte de un pulcro peinado hacía veinticuatro horas.
—Soy Paula Chaves, sí —dijo ella—. ¿Podría llevarme a mi habitación, por favor? Tengo prisa.
El hombre la miró insolentemente de arriba abajo, desde el pelo despeinado hasta los zapatos llenos de polvo.
—Muy tarde —agregó él.
Por un momento ella pensó que aquél podría ser un mayordomo poco convencional. Pero aquel hombre que bloqueaba su paso a la casa jamás podría haber sido sirviente de nadie. No. Era el tipo de persona que daba órdenes, y que esperaba, si ella no se equivocaba, que las obedecieran inmediatamente.
¿Un mayordomo? ¿Estaba loca?, pensó Paula. Era el más magnífico espécimen de hombre que había visto en su vida. Alto, moreno y atractivo era poco para describirlo. Ciertamente era alto, unos cuantos centímetros más alto que ella. Su pelo era negro y sus ojos oscuros como la roca volcánica, y cuando por un momento Paula dejó volar la imaginación, lo vió como un hombre que solo le llevaría devastación y pena. «¡Oh, basta!», se dijo. Había muchos hombres de pelo negro y ojos oscuros. En cuanto a lo de su atractivo, sus facciones eran demasiado fuertes, demasiado impregnadas de energía masculina como para llamarlo así. Era atractivo como lo podía ser un oso polar, pensó.
Llevaba un traje caro y una camisa impecablemente blanca, una indumentaria sofisticada y urbana. Aunque tenía un aire peligroso y salvaje, más que urbano y sofisticado. Ciertamente no disimulaba el ancho de sus hombros, su vientre uso y caderas estrechas. Muchos hombres tenían cuerpos bonitos, pero aquel hombre tenía un magnetismo masculino que salía de cada uno de sus poros. ¿Qué mujer digna de serlo se le resistiría? «Yo», se contestó Paula. ¿Qué le pasaba? Ella nunca se dejaba llevar por el aspecto de un hombre ni por su carisma sexual, algo que le había servido durante años. Le había evitado cometer errores como los que había cometido su madre.
lunes, 31 de octubre de 2016
Hechizo De Amor: Sinopsis
No era normal que Paula Chaves se acostara con un extraño, pero en cuanto conoció a Pedro Alfonso se sintió terriblemente atraída por él. Y después de unas semanas llegaron las consecuencias de su alocada aventura: un matrimonio precipitado basado en la necesidad y la lujuria…
Pedro no confiaba en ella… pero había caído bajo el hechizo de esa irresistible mujer y estaba dispuesto a todo para retenerla a su lado…
domingo, 30 de octubre de 2016
Dos hermanos: Capítulo 72
—Lo haces con tu mera presencia. Por eso tienes que volver a tu habitación. Por favor, querida. Su voz parecía desesperada.
—Está bien —Paula se incorporó—. Me iré —bajó de la cama y se sostuvo sobre sus piernas vacilantes—. Pero lo lamentarás.
— ¿Crees que no lo sé?
—Tal vez no deberíamos vernos hasta nuestra cita delante del altar pasado mañana. Será la única manera de mantenerme lejos de tí.
— ¡No digas tonterías!
Paula se echó a reír y salió corriendo de la habitación. Pedro la llamó por su nombre pero ella se negó a responder. En cuanto amaneciera, iría a la taberna y pediría una habitación. Pobre propietario. Sabría con seguridad que la futura esposa del señor Alfonso no las tenía todas consigo.
—Estás preciosa, Paula. Se inclinó y le dió un beso a Ari. Él y su madre caminarían delante de ella hacia el altar, agarrados de la mano.
—Y tú estás muy apuesto con ese esmoquin —luego sus ojos se posaron en Caro, que estaba preciosa con el vestido rosa pálido que Paula había escogido para ella—. Un día caminarás hacia el altar con tu marido y serás tan feliz como yo.
Los ojos castaños de Caro se llenaron de lágrimas.
—Eso espero, porque nunca había visto a dos personas tan enamoradas como Pepe y tú —las dos se abrazaron.
—Tal vez. Pero creo que está ahora mismo furioso conmigo.
—Frustrado, mejor dicho. Tu idea de mantenerte alejada no le sentó muy bien. Solía ser una persona tratable. Menos mal que ya ha llegado el día de la boda —Caro sonrió—. Claro que cuando te vea con ese vestido, te lo perdonará todo.
—¡Eso espero!
— ¡Fede! — gritó Ariel al verlo aparecer por las puertas de la iglesia, resplandeciente con su esmoquin negro.
— ¿Cómo estoy?
—¡Igual que yo! —exclamó Ariel, y todos se rieron.
Caro le hizo una seña a Paula.
—La música ya ha empezado.
— ¿Todo el mundo está listo? —quiso saber Fede. Hubo un sí colectivo—. Apuesto a que sientes el mismo hormigueo en el estómago —susurró al oído de Paula— que yo cuando estoy en lo alto de una montaña esperando la señal de salida.
—Así es exactamente como me siento — -susurró Paula con una excitación nerviosa que apenas podía controlar—. Te quiero, Fede.
—Yo a tí también —Fede la besó suavemente en la mejilla y luego Paula tomó su brazo.
Ariel y Caro empezaron a caminar hacia el altar. Poco después, Fede y ella los siguieron. La diminuta iglesia estaba abarrotada de invitados con buenos deseos. Al pasar al lado de cada banco, los amigos y vecinos se ponían en pie y sonreían. Analía y Germán la saludaron con un gesto de cabeza. Ariel no podía haberse criado con unas personas más encantadoras. Según Caro, estaban planeando trasladarse a Grecia, tal vez abrir un nuevo restaurante en Andros. Todo iba a salir bien. Vió a Juan y a Melina. Tenían rostros resplandecientes.
— ¡Carlos! —exclamó en voz baja al ver cómo él y su esposa se ponían en pie. Aquello era obra de Pedro. Cómo lo amaba. Carlos miró a Paula, luego a Fede, y guiñó el ojo con una sonrisa en su rostro afable. Continuaron el desfile. Humberto Rich y su esposa también estaban allí, y su evidente alegría por ella la conmovió. Cuando llegaron al frente, divisó una silla de ruedas. ¡Era Manuel! Él asintió y parpadeó al reconocerla. Paula estuvo a punto de desmayarse, pero Fede estaba allí para darle el apoyo que necesitaba.
Cuando llegaron detrás de Pedro, que estaba vestido con un elegante traje negro, las lágrimas habían enturbiado su visión. Luego él se volvió con aquella maravillosa sonrisa dirigida exclusivamente a ella. Cuando le extendió la mano, Paula la tomó con ansiedad. El párroco empezó:
—Amados todos...
«Tú eres mi amado». Paula vocalizó las palabras para Pedro. En cuanto a Pedro, no podía apartar la vista de su esposa. Su pelo rojo refulgía sobre su vestido de encaje y seda dejándolo sin aliento. Durante la ceremonia, sus ojos azules le hablaban, transmitiéndole todo su amor.
Cuando llegó el momento de ponerle el anillo que Fede le ofrecía, lo deslizó junto al diamante que ya lucía en su dedo. Luego el párroco pronunció la bendición y le dijo a Pedro que podía besar a la novia. Paula elevó sus labios hacia los suyos. Parecía que había pasado toda una vida desde la última vez que sintiera su abrazo apasionado.
— ¿Mamá? — oyó Pedro decir a Ariel en voz alta—. ¿Cómo es que el tío Pepe lleva tanto tiempo besando a Pau?
—Porque se quieren mucho —susurró una voz suave.
—Ahora están casados, ¿Eh?
—Sí, cariño.
—Y ya eres mi mamá.
—Sí. Y tú eres mi pequeño para siempre.
— ¡Genial!
—Genial me gusta —susurró Pedro junto a los labios de su esposa—. Genial ha sido tu plan de venganza. Jugó a mi favor. Te adoro...
—Te amo tanto que no puedo esperar a estar a solas contigo para demostrártelo.
—Qué cosas dice, señora Alfonso. Y los momentos que escoge para decirlas...
FIN
—Está bien —Paula se incorporó—. Me iré —bajó de la cama y se sostuvo sobre sus piernas vacilantes—. Pero lo lamentarás.
— ¿Crees que no lo sé?
—Tal vez no deberíamos vernos hasta nuestra cita delante del altar pasado mañana. Será la única manera de mantenerme lejos de tí.
— ¡No digas tonterías!
Paula se echó a reír y salió corriendo de la habitación. Pedro la llamó por su nombre pero ella se negó a responder. En cuanto amaneciera, iría a la taberna y pediría una habitación. Pobre propietario. Sabría con seguridad que la futura esposa del señor Alfonso no las tenía todas consigo.
—Estás preciosa, Paula. Se inclinó y le dió un beso a Ari. Él y su madre caminarían delante de ella hacia el altar, agarrados de la mano.
—Y tú estás muy apuesto con ese esmoquin —luego sus ojos se posaron en Caro, que estaba preciosa con el vestido rosa pálido que Paula había escogido para ella—. Un día caminarás hacia el altar con tu marido y serás tan feliz como yo.
Los ojos castaños de Caro se llenaron de lágrimas.
—Eso espero, porque nunca había visto a dos personas tan enamoradas como Pepe y tú —las dos se abrazaron.
—Tal vez. Pero creo que está ahora mismo furioso conmigo.
—Frustrado, mejor dicho. Tu idea de mantenerte alejada no le sentó muy bien. Solía ser una persona tratable. Menos mal que ya ha llegado el día de la boda —Caro sonrió—. Claro que cuando te vea con ese vestido, te lo perdonará todo.
—¡Eso espero!
— ¡Fede! — gritó Ariel al verlo aparecer por las puertas de la iglesia, resplandeciente con su esmoquin negro.
— ¿Cómo estoy?
—¡Igual que yo! —exclamó Ariel, y todos se rieron.
Caro le hizo una seña a Paula.
—La música ya ha empezado.
— ¿Todo el mundo está listo? —quiso saber Fede. Hubo un sí colectivo—. Apuesto a que sientes el mismo hormigueo en el estómago —susurró al oído de Paula— que yo cuando estoy en lo alto de una montaña esperando la señal de salida.
—Así es exactamente como me siento — -susurró Paula con una excitación nerviosa que apenas podía controlar—. Te quiero, Fede.
—Yo a tí también —Fede la besó suavemente en la mejilla y luego Paula tomó su brazo.
Ariel y Caro empezaron a caminar hacia el altar. Poco después, Fede y ella los siguieron. La diminuta iglesia estaba abarrotada de invitados con buenos deseos. Al pasar al lado de cada banco, los amigos y vecinos se ponían en pie y sonreían. Analía y Germán la saludaron con un gesto de cabeza. Ariel no podía haberse criado con unas personas más encantadoras. Según Caro, estaban planeando trasladarse a Grecia, tal vez abrir un nuevo restaurante en Andros. Todo iba a salir bien. Vió a Juan y a Melina. Tenían rostros resplandecientes.
— ¡Carlos! —exclamó en voz baja al ver cómo él y su esposa se ponían en pie. Aquello era obra de Pedro. Cómo lo amaba. Carlos miró a Paula, luego a Fede, y guiñó el ojo con una sonrisa en su rostro afable. Continuaron el desfile. Humberto Rich y su esposa también estaban allí, y su evidente alegría por ella la conmovió. Cuando llegaron al frente, divisó una silla de ruedas. ¡Era Manuel! Él asintió y parpadeó al reconocerla. Paula estuvo a punto de desmayarse, pero Fede estaba allí para darle el apoyo que necesitaba.
Cuando llegaron detrás de Pedro, que estaba vestido con un elegante traje negro, las lágrimas habían enturbiado su visión. Luego él se volvió con aquella maravillosa sonrisa dirigida exclusivamente a ella. Cuando le extendió la mano, Paula la tomó con ansiedad. El párroco empezó:
—Amados todos...
«Tú eres mi amado». Paula vocalizó las palabras para Pedro. En cuanto a Pedro, no podía apartar la vista de su esposa. Su pelo rojo refulgía sobre su vestido de encaje y seda dejándolo sin aliento. Durante la ceremonia, sus ojos azules le hablaban, transmitiéndole todo su amor.
Cuando llegó el momento de ponerle el anillo que Fede le ofrecía, lo deslizó junto al diamante que ya lucía en su dedo. Luego el párroco pronunció la bendición y le dijo a Pedro que podía besar a la novia. Paula elevó sus labios hacia los suyos. Parecía que había pasado toda una vida desde la última vez que sintiera su abrazo apasionado.
— ¿Mamá? — oyó Pedro decir a Ariel en voz alta—. ¿Cómo es que el tío Pepe lleva tanto tiempo besando a Pau?
—Porque se quieren mucho —susurró una voz suave.
—Ahora están casados, ¿Eh?
—Sí, cariño.
—Y ya eres mi mamá.
—Sí. Y tú eres mi pequeño para siempre.
— ¡Genial!
—Genial me gusta —susurró Pedro junto a los labios de su esposa—. Genial ha sido tu plan de venganza. Jugó a mi favor. Te adoro...
—Te amo tanto que no puedo esperar a estar a solas contigo para demostrártelo.
—Qué cosas dice, señora Alfonso. Y los momentos que escoge para decirlas...
FIN
Dos Hermanos: Capítulo 71
—Te toca a tí averiguarlo. Esta noche, cuando Paula entró sin llamar a mi habitación exigiéndome que viniéramos a verte, supe que era una mujer enamorada. Así que... ¿Qué tal si dejo que arreglen este asunto ustedes solos? Pero antes de irme, ¿Me permiten que les dé mi bendición? —Caminó hasta el umbral, y luego dió media vuelta—. ¿Paula? Bienvenida a la familia, cherie. Cuando Pedro decida traerte de vuelta de su luna de miel, me gustaría contar con tus ideas. Tal vez te contrate para que me ayudes a organizar esas escuelas de esquí. Voy a demostrarte que no soy el seductor sin cerebro que crees que soy. Y... Pedro, no puedo deshacer el daño que he hecho en el pasado, pero tenías razón. Ariel debe estar con nuestra hermana. Su bondad me recuerda a la de nuestra madre. No me extraña que no renunciaras a él. Carraspeó. —Kalinichta —les brindó una sonrisa pícara—. Que todos sus problemas sean insignificantes. No me importará que le pongan mi nombre a su primer hijo.
El único sonido que Paula oyó después del clic de la puerta fueron los latidos de su propio corazón. Al volver la cabeza al otro lado de la estancia, los ojos de Pedro eran como cabezas de alfiler de fuego negro. Dejó su copa en la mesilla y empezó a andar hacia ella.
— ¡No, Pedro! —Paula retrocedió—. No des un paso más. Hay algo que debo decirte primero.
—Tienes razón —dijo con una media sonrisa—. Tengo que oír de tus labios que estás tan enamorada de mí como yo de tí.
— Ya sabes lo que siento por tí — suspiró profundamente—. Me enamoré nada más verte en tu oficina aquel día. Pero no conoces la verdadera razón por la que fui a verte. Cuando sepas la verdad, me pedirás que me vaya de Andros y que no vuelva nunca. Soy una mala persona, Pedro.
— ¿Cómo de mala? —bromeó, acercándose más.
Paula no podía respirar, y menos pensar. Desvió la mirada y confesó:
—Fui a verte a tu oficina porque tenía un plan para utilizar a tu familia y conseguir lo que quería. Te elegí a tí en concreto para conseguir vía libre. Carlos Gordon me ayudó.
A continuación, Paula le explicó todo lo ocurrido desde que se pusiera en contacto con el Instituto Miguel Ángel y planeara enamorar a Federico Alfonso y casarse con él, hasta el día en que se presentó en su oficina con la excusa de averiguar el paradero de Caro.
—En cuanto empezamos a hablar de Caro, desperté del extraño aturdimiento en el que había estado sumida. Me dí cuenta de que el miedo a Marcos me había impulsado a utilizar a tu familia, y que estaba mal. En aquel instante, supe que no quería hacer nada de lo que había planeado. Pedro, tienes que creerme. La única razón por la que fui en el barco contigo es porque quería estar a tu lado. De lo contrario, habría ido en avión a Atenas para ver a Caro antes de regresar a California. El silencio era angustioso.
—No...no espero que me perdones, pero estoy enamorada de tí, Pedro. No sé cómo podré seguir viviendo si no me creyeras. Ahora que hay total sinceridad entre nosotros, podré seguir adelante con la boda antes de volver a los Estados Unidos.
Oyó cómo Pedro inspiraba bruscamente. Su rostro se había ensombrecido.
— ¿Crees que hay total sinceridad entre nosotros?
—No entiendo... —los latidos de Paula resonaron aún con más fuerza.
— ¿Crees de verdad que te invité a viajar conmigo en el barco por otra razón que no fuera ponerte las manos encima y hacerte el amor? —su voz tembló—. ¿Tienes idea de lo mucho que me desprecié por desearte a tí en lugar de a mi prometida?
Paula casi se desmayó de alegría. Nunca había esperado oír aquellas palabras.
—Cuando llegamos a Pireo, sabía que estaba enamorado de tí y tenía mi plan secreto de convertirte en mi esposa. No me importaba cómo llevarlo a cabo siempre que te casaras conmigo. Tenía a mi propio Carlos en forma de Costas. No estoy orgulloso de haber utilizado a Ariel para conseguir mi objetivo, pero volvería a usarlo si hiciera falta... porque estoy locamente enamorado de tí. Ven aquí.
Incapaz de contener su emoción, Paula corrió a sus brazos.
—Pepe, te necesito tanto que me estoy muriendo.
—Yo llevo así mucho más tiempo que tu —la levantó en brazos y la llevó a la cama—. Busquemos juntos ese alivio. Es lo que he estado ansiando, mi amor. Dame tu boca, agape mou. Déjame yacer contigo. Saborearte, sentirte.
Gimiendo su nombre, Paula se volvió hacia él y permanecieron echados uno junto al otro. Pedro acarició sus temblorosos labios con los dedos y luego los cubrió con los suyos. Paula gimió de éxtasis. Estar en la cama de Pedro, en sus brazos, sentir sus piernas fuertes entrelazadas con las suyas la llenaban de un calor voluptuoso que le hacía pronunciar su nombre una y otra vez.
—Pau —suspiró Pedro antes de colocarla sobre él, cubriéndola de besos—. Eres tan hermosa. No hay nada que desee más que hacer que esta noche dure eternamente. Pero necesito saber una cosa más.
Paula escondió el rostro en su cuello.
—La respuesta es no. Nunca me he acostado con ningún hombre porque nunca había estado enamorada.
Con un gemido, Pedro enterró el rostro en su pelo.
—No sé cómo puedo tener la suerte de ser el hombre que amas, pero me gustaría ser digno de tí. Así que te voy a pedir que salgas de mi cama. No te acerques a mí hasta la noche de bodas. Después, no te dejaré marchar nunca más.
—Pepe, ¡No quiero irme! Ahora que te he encontrado, no quiero perderte de vista. ¿No puedo hacer nada para tentarte?
El único sonido que Paula oyó después del clic de la puerta fueron los latidos de su propio corazón. Al volver la cabeza al otro lado de la estancia, los ojos de Pedro eran como cabezas de alfiler de fuego negro. Dejó su copa en la mesilla y empezó a andar hacia ella.
— ¡No, Pedro! —Paula retrocedió—. No des un paso más. Hay algo que debo decirte primero.
—Tienes razón —dijo con una media sonrisa—. Tengo que oír de tus labios que estás tan enamorada de mí como yo de tí.
— Ya sabes lo que siento por tí — suspiró profundamente—. Me enamoré nada más verte en tu oficina aquel día. Pero no conoces la verdadera razón por la que fui a verte. Cuando sepas la verdad, me pedirás que me vaya de Andros y que no vuelva nunca. Soy una mala persona, Pedro.
— ¿Cómo de mala? —bromeó, acercándose más.
Paula no podía respirar, y menos pensar. Desvió la mirada y confesó:
—Fui a verte a tu oficina porque tenía un plan para utilizar a tu familia y conseguir lo que quería. Te elegí a tí en concreto para conseguir vía libre. Carlos Gordon me ayudó.
A continuación, Paula le explicó todo lo ocurrido desde que se pusiera en contacto con el Instituto Miguel Ángel y planeara enamorar a Federico Alfonso y casarse con él, hasta el día en que se presentó en su oficina con la excusa de averiguar el paradero de Caro.
—En cuanto empezamos a hablar de Caro, desperté del extraño aturdimiento en el que había estado sumida. Me dí cuenta de que el miedo a Marcos me había impulsado a utilizar a tu familia, y que estaba mal. En aquel instante, supe que no quería hacer nada de lo que había planeado. Pedro, tienes que creerme. La única razón por la que fui en el barco contigo es porque quería estar a tu lado. De lo contrario, habría ido en avión a Atenas para ver a Caro antes de regresar a California. El silencio era angustioso.
—No...no espero que me perdones, pero estoy enamorada de tí, Pedro. No sé cómo podré seguir viviendo si no me creyeras. Ahora que hay total sinceridad entre nosotros, podré seguir adelante con la boda antes de volver a los Estados Unidos.
Oyó cómo Pedro inspiraba bruscamente. Su rostro se había ensombrecido.
— ¿Crees que hay total sinceridad entre nosotros?
—No entiendo... —los latidos de Paula resonaron aún con más fuerza.
— ¿Crees de verdad que te invité a viajar conmigo en el barco por otra razón que no fuera ponerte las manos encima y hacerte el amor? —su voz tembló—. ¿Tienes idea de lo mucho que me desprecié por desearte a tí en lugar de a mi prometida?
Paula casi se desmayó de alegría. Nunca había esperado oír aquellas palabras.
—Cuando llegamos a Pireo, sabía que estaba enamorado de tí y tenía mi plan secreto de convertirte en mi esposa. No me importaba cómo llevarlo a cabo siempre que te casaras conmigo. Tenía a mi propio Carlos en forma de Costas. No estoy orgulloso de haber utilizado a Ariel para conseguir mi objetivo, pero volvería a usarlo si hiciera falta... porque estoy locamente enamorado de tí. Ven aquí.
Incapaz de contener su emoción, Paula corrió a sus brazos.
—Pepe, te necesito tanto que me estoy muriendo.
—Yo llevo así mucho más tiempo que tu —la levantó en brazos y la llevó a la cama—. Busquemos juntos ese alivio. Es lo que he estado ansiando, mi amor. Dame tu boca, agape mou. Déjame yacer contigo. Saborearte, sentirte.
Gimiendo su nombre, Paula se volvió hacia él y permanecieron echados uno junto al otro. Pedro acarició sus temblorosos labios con los dedos y luego los cubrió con los suyos. Paula gimió de éxtasis. Estar en la cama de Pedro, en sus brazos, sentir sus piernas fuertes entrelazadas con las suyas la llenaban de un calor voluptuoso que le hacía pronunciar su nombre una y otra vez.
—Pau —suspiró Pedro antes de colocarla sobre él, cubriéndola de besos—. Eres tan hermosa. No hay nada que desee más que hacer que esta noche dure eternamente. Pero necesito saber una cosa más.
Paula escondió el rostro en su cuello.
—La respuesta es no. Nunca me he acostado con ningún hombre porque nunca había estado enamorada.
Con un gemido, Pedro enterró el rostro en su pelo.
—No sé cómo puedo tener la suerte de ser el hombre que amas, pero me gustaría ser digno de tí. Así que te voy a pedir que salgas de mi cama. No te acerques a mí hasta la noche de bodas. Después, no te dejaré marchar nunca más.
—Pepe, ¡No quiero irme! Ahora que te he encontrado, no quiero perderte de vista. ¿No puedo hacer nada para tentarte?
Dos Hermanos: Capítulo 70
—Sí, por supuesto.
Caro debe de estar frenética. «No es la única...» Paula esperó hasta las dos de la madrugada para deslizarse hasta la habitación de Fede al otro extremo de la casa. Había tenido que esperar tanto tiempo para que todo el mundo estuviera acostado. Durante la cena con la familia, había estado tan afligida, que había dejado que los demás hablaran. Ariel había sido el que más había contribuido, por supuesto. Pedro, en cambio, se había comportado con ella igual que siempre. Ante los demás, era su amada prometida, la mujer con la que anhelaba casarse.
Paula sabía que Fede le había contado la fea verdad sobre su plan de venganza, aunque Pedro era demasiado honrado para revelar sus, sucios secretos a la familia. Por eso, aunque se había visto obligada a mantener la compostura durante la cena, había sido incapaz de mirar a Fede. Creía que le había hecho daño en Suiza, pero era un mero arañazo comparado con aquel último acto de traición. Fede, tan consentido y egocéntrico, se había comportado con absoluta bajeza a causa de los celos que sentía por su hermano. Al contrario que él, que había llamado a su puerta la noche anterior antes de entrar, no se molestó en anunciarse. Entró como un torbellino y encendió la luz.
—Levántate, Fede. Quiero hablar contigo.
— ¡Paula! ¿Qué pasa?
Paula apenas podía contener la rabia.
— ¡No vas a salirte con la tuya!
Fede se apartó el pelo de la cara.
— ¿De qué, estás hablando?
—Vas a venir conmigo a la habitación de Pedro. ¡Ahora!
Una expresión atónita surcó su rostro.
— ¿Por qué?
—Si no cooperas, traeré aquí a Pedro. Como prefieras.
Después de una pausa, dijo en voz baja:
—Te acompañaré.
—Te espero en el pasillo.
Diez segundos después emergió de su dormitorio con una bata a rayas negras y púrpuras. Paula desfiló por el pasillo hacia la suite de Pedro, luego se volvió para mirar a Fede.
—Dile a tu hermano que vamos a hablar con él.
Pensó que Fede replicaría, pero para su sorpresa se adelantó y llamó a la puerta.
— ¿Pedro?
—Entra, Fede. No estoy dormido.
—Estoy con Paula.
Se sucedió un largo silencio. Luego, en tono áspero, Pedro dijo:
—Si han venido a pedir mi bendición, dense por bendecidos. ¡Buenas noches!
Fede volvió la cabeza hacia Paula, con el rostro retorcido por el enfado y la confusión.
— ¿Su bendición? ¿De qué diablos está hablando?
—Tú deberías saberlo.
—Maldita sea, no lo sé.
Abrió la puerta de golpe y entró en la habitación de Pedro hecho una furia. Paula lo siguió. Sus pies desnudos se curvaron con deleite sobre la gruesa alfombra. La habitación era una sinfonía de colores tierra con un motivo negro dominante que la recorría. Los ojos de Pedro se posaron en ella nada más verla en el umbral, vestida con su camisón y su bata amarilla. No sabía quién estaba más sorprendido. Con una copa en una mano, estaba allí de pie en todo su esplendor masculino, vestido únicamente con la parte inferior de uno pijama de color azul marino que le caía sobre las caderas. Paula no pudo evitar quedarse mirando el cuerpo sólido y poderoso que la había sostenido apenas horas antes. Se había quedado sin habla.
— ¿Quieren que los bendiga personalmente, es eso? —inquirió Pedro con expresión borrascosa.
— ¡Diablos, no! Paula, ¿Quieres decirme qué pasa?
—Deja de fingir que no lo sabes.
— ¿Que no sé qué?
—Hoy le has contado a Pedro lo que yo te revelé anoche en secreto —las lágrimas afloraron a sus ojos. No podía contenerlas— Luego retorciste la verdad para tus propios fines malévolos. Pero ya has hecho eso más de una vez en tu vida. Estoy harta de las mentiras, los celos, la crueldad. Tienes treinta y tres años, es hora de madurar. Vamos a quedarnos en esta habitación y aclararlo todo hasta que todo el mundo sepa la verdad.
Unas arrugas surcaron el rostro atractivo de Fede. Giró sobre sus talones para encarar a su hermano mayor.
— ¿Hemos mantenido tú y yo una conversación en algún momento en la que te haya revelado cosas que Paula me dijera anoche en secreto?
Paula detectó un tic nervioso en la comisura de los labios de Pedro.
— No.
Fede se volvió hacia Paula con una sonrisa de satisfacción.
—Al contrario que yo, mi hermano nunca miente. Si ha dicho que no lo hizo, no lo hizo. Quedo impune.
Paula empezaba a sentirse confusa y temía estar moviéndose en terreno resbaladizo. Levantó la cabeza y miró a Pedro.
—Si eso es cierto, ¿Entonces cómo sabías que Fede había venido a verme anoche a mi dormitorio?
—Estaba esperando a que volviera a casa para hablar con él. Pero cuando entró, subió directamente al piso de arriba. Lo seguí para llamarlo, pero desapareció en tu dormitorio. Pensé que no tardaría, así que esperé en su habitación. Media hora después, comprendí que Erica tenía razón y salí de casa.
Fede miró a su hermano con astucia.
— ¿Qué dijo Erica exactamente?
—Que Paula siempre había estado enamorada de tí.
—Me halagaba pensar eso, pero mi visita anoche a Paula me abrió los ojos a la verdad.
— ¿Qué verdad? —tronó Pedro con el cuerpo tenso.
De repente Paula vió cómo Fede desplegaba su famosa sonrisa.
Caro debe de estar frenética. «No es la única...» Paula esperó hasta las dos de la madrugada para deslizarse hasta la habitación de Fede al otro extremo de la casa. Había tenido que esperar tanto tiempo para que todo el mundo estuviera acostado. Durante la cena con la familia, había estado tan afligida, que había dejado que los demás hablaran. Ariel había sido el que más había contribuido, por supuesto. Pedro, en cambio, se había comportado con ella igual que siempre. Ante los demás, era su amada prometida, la mujer con la que anhelaba casarse.
Paula sabía que Fede le había contado la fea verdad sobre su plan de venganza, aunque Pedro era demasiado honrado para revelar sus, sucios secretos a la familia. Por eso, aunque se había visto obligada a mantener la compostura durante la cena, había sido incapaz de mirar a Fede. Creía que le había hecho daño en Suiza, pero era un mero arañazo comparado con aquel último acto de traición. Fede, tan consentido y egocéntrico, se había comportado con absoluta bajeza a causa de los celos que sentía por su hermano. Al contrario que él, que había llamado a su puerta la noche anterior antes de entrar, no se molestó en anunciarse. Entró como un torbellino y encendió la luz.
—Levántate, Fede. Quiero hablar contigo.
— ¡Paula! ¿Qué pasa?
Paula apenas podía contener la rabia.
— ¡No vas a salirte con la tuya!
Fede se apartó el pelo de la cara.
— ¿De qué, estás hablando?
—Vas a venir conmigo a la habitación de Pedro. ¡Ahora!
Una expresión atónita surcó su rostro.
— ¿Por qué?
—Si no cooperas, traeré aquí a Pedro. Como prefieras.
Después de una pausa, dijo en voz baja:
—Te acompañaré.
—Te espero en el pasillo.
Diez segundos después emergió de su dormitorio con una bata a rayas negras y púrpuras. Paula desfiló por el pasillo hacia la suite de Pedro, luego se volvió para mirar a Fede.
—Dile a tu hermano que vamos a hablar con él.
Pensó que Fede replicaría, pero para su sorpresa se adelantó y llamó a la puerta.
— ¿Pedro?
—Entra, Fede. No estoy dormido.
—Estoy con Paula.
Se sucedió un largo silencio. Luego, en tono áspero, Pedro dijo:
—Si han venido a pedir mi bendición, dense por bendecidos. ¡Buenas noches!
Fede volvió la cabeza hacia Paula, con el rostro retorcido por el enfado y la confusión.
— ¿Su bendición? ¿De qué diablos está hablando?
—Tú deberías saberlo.
—Maldita sea, no lo sé.
Abrió la puerta de golpe y entró en la habitación de Pedro hecho una furia. Paula lo siguió. Sus pies desnudos se curvaron con deleite sobre la gruesa alfombra. La habitación era una sinfonía de colores tierra con un motivo negro dominante que la recorría. Los ojos de Pedro se posaron en ella nada más verla en el umbral, vestida con su camisón y su bata amarilla. No sabía quién estaba más sorprendido. Con una copa en una mano, estaba allí de pie en todo su esplendor masculino, vestido únicamente con la parte inferior de uno pijama de color azul marino que le caía sobre las caderas. Paula no pudo evitar quedarse mirando el cuerpo sólido y poderoso que la había sostenido apenas horas antes. Se había quedado sin habla.
— ¿Quieren que los bendiga personalmente, es eso? —inquirió Pedro con expresión borrascosa.
— ¡Diablos, no! Paula, ¿Quieres decirme qué pasa?
—Deja de fingir que no lo sabes.
— ¿Que no sé qué?
—Hoy le has contado a Pedro lo que yo te revelé anoche en secreto —las lágrimas afloraron a sus ojos. No podía contenerlas— Luego retorciste la verdad para tus propios fines malévolos. Pero ya has hecho eso más de una vez en tu vida. Estoy harta de las mentiras, los celos, la crueldad. Tienes treinta y tres años, es hora de madurar. Vamos a quedarnos en esta habitación y aclararlo todo hasta que todo el mundo sepa la verdad.
Unas arrugas surcaron el rostro atractivo de Fede. Giró sobre sus talones para encarar a su hermano mayor.
— ¿Hemos mantenido tú y yo una conversación en algún momento en la que te haya revelado cosas que Paula me dijera anoche en secreto?
Paula detectó un tic nervioso en la comisura de los labios de Pedro.
— No.
Fede se volvió hacia Paula con una sonrisa de satisfacción.
—Al contrario que yo, mi hermano nunca miente. Si ha dicho que no lo hizo, no lo hizo. Quedo impune.
Paula empezaba a sentirse confusa y temía estar moviéndose en terreno resbaladizo. Levantó la cabeza y miró a Pedro.
—Si eso es cierto, ¿Entonces cómo sabías que Fede había venido a verme anoche a mi dormitorio?
—Estaba esperando a que volviera a casa para hablar con él. Pero cuando entró, subió directamente al piso de arriba. Lo seguí para llamarlo, pero desapareció en tu dormitorio. Pensé que no tardaría, así que esperé en su habitación. Media hora después, comprendí que Erica tenía razón y salí de casa.
Fede miró a su hermano con astucia.
— ¿Qué dijo Erica exactamente?
—Que Paula siempre había estado enamorada de tí.
—Me halagaba pensar eso, pero mi visita anoche a Paula me abrió los ojos a la verdad.
— ¿Qué verdad? —tronó Pedro con el cuerpo tenso.
De repente Paula vió cómo Fede desplegaba su famosa sonrisa.
Dos Hermanos: Capítulo 69
Rodeando a su sobrino con un brazo, utilizó el otro para ayudar a salir a Paula. En cuanto pudo sostenerse en pie, la apretó contra su cuerpo. Fede o no Fede, era su vida.
— ¿Estás bien? —murmuró junto a su pelo. Olía a champú y a agua de mar. Estaba empapada. ¿Qué le habían hecho?
—Ahora sí —dijo, temblando de pies a cabeza—. ¿Cómo supiste que estábamos aquí?
—Juan tenía órdenes de vigilarte. El resto fue fácil.
Pedro tuvo un sentimiento lúgubre al comprender que aquellos ojos azules que lo miraban con gratitud nunca brillarían con la clase de amor que sentía por ella.
—Sabíamos que Pepe vendría a por nosotros, ¿Eh, Pau? Pepe puede hacer cualquier cosa.
Los oficiales que estaban a su alrededor echaron atrás la cabeza y rieron. —
Ven —lo llamó el jefe de policía—. Te llevaremos al puerto en mi barco. Estoy seguro de que habrá algo de beber para un chico tan valiente como tú.
—Pero tuve miedo hasta que vino Pau.
—Yo también cuando no te encontrábamos —reconoció el jefe.
«Y yo», murmuró Pedro para sus adentros, inclinándose para abrazar al niño. Ariel y el jefe de policía se alejaron para subir a bordo del barco de policía, charlando como viejos amigos. Pedro, que todavía tenía el brazo sobre los hombros de Paula, no pudo dar un paso al sentir que ella deslizaba la mano hasta su cintura para retenerlo. Le lanzó una mirada inquisitiva.
— ¿Cómo podré pagarte por lo que has hecho?
—Has protegido a Ariel con tu vida. Ya es bastante pago.
— Si no me hubiese presentado en tu oficina, nada de esto habría ocurrido —Pedro volvió a oír el temblor en su voz.
—Si no hubieras venido a verme, no nos casaríamos y Ariel nunca pertenecería a Caro.
Paula desvió la mirada.
—He estado pensando en nuestra boda.
— Yo también.
—No has llegado a decirme cuánto tiempo crees que deberíamos estar casados.
— ¿Te molesta? ¿Tanta prisa tienes por divorciarte?
— ¡No! Por supuesto que no. Sólo quería que supieras que comprendo que echarás de menos la compañía de Erica, así que...
— ¿Quieres decirme que comprendes cómo yo, como muchos hombres, puede estar prometido un día y al día siguiente hacer el amor a otra mujer?
—Bueno...sí.
—Pau, no estoy enamorado de Erica. Creo que nunca lo he estado. Y al contrario de lo que piensas, no he pensado verla o hablar con ella otra vez a no ser que sea por casualidad —hizo una pausa—. Eres una mujer extremadamente comprensiva. Yo no me sentiría así si estuviera en tu lugar.
—Sólo trataba de ser razonable —dijo acaloradamente.
—Razonable. ¿Puede deberse a que estés enamorada de otro hombre que no te parezca tan abominable el hecho de que mantenga contactos ocasionales con otra mujer?
— ¡Ya te he dicho que no estoy enamorada de Manuel! No comprendo por qué no me crees.
—Te creo. Respecto a Manuel.
Paula volvió la cabeza para mirarlo.
— ¿ De qué otro hombre estás hablando?
—Del que estás enamorada. Del que llevas enamorada desde hace mucho tiempo. Frunció el ceño.
— ¡No hay ningún otro hombre!
—Entonces ¿cómo explicas la visita de mi hermano a tu habitación en mitad de la noche?
—Fede vino a disculparse.
—Tienen una historia desde hace seis años.
—Fue un enamoramiento de adolescente. A todas las chicas les pasa al menos una vez en la vida.
—El tuyo duró un poco más de la media, ¿No crees?
Pedro vió que a Paula le costaba tragar saliva.
— ¿Cuánto te contó Fede sobre nuestra conversación de anoche? —preguntó con ansiedad.
«Eso fue todo, Rachel? ¿Una conversación?»
— ¿Pepe ? ¿Pau? ¡Vamos, el barco se va!
—Ariel nos llama. Ha sido un día muy largo. Creo que es hora de que volvamos a casa.
— ¿Estás bien? —murmuró junto a su pelo. Olía a champú y a agua de mar. Estaba empapada. ¿Qué le habían hecho?
—Ahora sí —dijo, temblando de pies a cabeza—. ¿Cómo supiste que estábamos aquí?
—Juan tenía órdenes de vigilarte. El resto fue fácil.
Pedro tuvo un sentimiento lúgubre al comprender que aquellos ojos azules que lo miraban con gratitud nunca brillarían con la clase de amor que sentía por ella.
—Sabíamos que Pepe vendría a por nosotros, ¿Eh, Pau? Pepe puede hacer cualquier cosa.
Los oficiales que estaban a su alrededor echaron atrás la cabeza y rieron. —
Ven —lo llamó el jefe de policía—. Te llevaremos al puerto en mi barco. Estoy seguro de que habrá algo de beber para un chico tan valiente como tú.
—Pero tuve miedo hasta que vino Pau.
—Yo también cuando no te encontrábamos —reconoció el jefe.
«Y yo», murmuró Pedro para sus adentros, inclinándose para abrazar al niño. Ariel y el jefe de policía se alejaron para subir a bordo del barco de policía, charlando como viejos amigos. Pedro, que todavía tenía el brazo sobre los hombros de Paula, no pudo dar un paso al sentir que ella deslizaba la mano hasta su cintura para retenerlo. Le lanzó una mirada inquisitiva.
— ¿Cómo podré pagarte por lo que has hecho?
—Has protegido a Ariel con tu vida. Ya es bastante pago.
— Si no me hubiese presentado en tu oficina, nada de esto habría ocurrido —Pedro volvió a oír el temblor en su voz.
—Si no hubieras venido a verme, no nos casaríamos y Ariel nunca pertenecería a Caro.
Paula desvió la mirada.
—He estado pensando en nuestra boda.
— Yo también.
—No has llegado a decirme cuánto tiempo crees que deberíamos estar casados.
— ¿Te molesta? ¿Tanta prisa tienes por divorciarte?
— ¡No! Por supuesto que no. Sólo quería que supieras que comprendo que echarás de menos la compañía de Erica, así que...
— ¿Quieres decirme que comprendes cómo yo, como muchos hombres, puede estar prometido un día y al día siguiente hacer el amor a otra mujer?
—Bueno...sí.
—Pau, no estoy enamorado de Erica. Creo que nunca lo he estado. Y al contrario de lo que piensas, no he pensado verla o hablar con ella otra vez a no ser que sea por casualidad —hizo una pausa—. Eres una mujer extremadamente comprensiva. Yo no me sentiría así si estuviera en tu lugar.
—Sólo trataba de ser razonable —dijo acaloradamente.
—Razonable. ¿Puede deberse a que estés enamorada de otro hombre que no te parezca tan abominable el hecho de que mantenga contactos ocasionales con otra mujer?
— ¡Ya te he dicho que no estoy enamorada de Manuel! No comprendo por qué no me crees.
—Te creo. Respecto a Manuel.
Paula volvió la cabeza para mirarlo.
— ¿ De qué otro hombre estás hablando?
—Del que estás enamorada. Del que llevas enamorada desde hace mucho tiempo. Frunció el ceño.
— ¡No hay ningún otro hombre!
—Entonces ¿cómo explicas la visita de mi hermano a tu habitación en mitad de la noche?
—Fede vino a disculparse.
—Tienen una historia desde hace seis años.
—Fue un enamoramiento de adolescente. A todas las chicas les pasa al menos una vez en la vida.
—El tuyo duró un poco más de la media, ¿No crees?
Pedro vió que a Paula le costaba tragar saliva.
— ¿Cuánto te contó Fede sobre nuestra conversación de anoche? —preguntó con ansiedad.
«Eso fue todo, Rachel? ¿Una conversación?»
— ¿Pepe ? ¿Pau? ¡Vamos, el barco se va!
—Ariel nos llama. Ha sido un día muy largo. Creo que es hora de que volvamos a casa.
Dos Hermanos: Capítulo 68
—Mis hombres han requisado el navío, Pedro. Era el jefe de policía, que había llamado al barco de la policía al que Pedro había subido.
—Hemos detenido a los americanos, pero se niegan a hablar. Los retendremos sin posibilidad de que sean extraditados a los Estados Unidos hasta que estés listo para investigar la muerte del padre de despinis Chaves.
—Son buenas noticias, pero tengo que saber si has visto a Paula y a Ariel.
—Todavía no. Estamos registrando el barco.
— Llegaré enseguida.
Hasta que estuvieran a salvo, no volvería a conocer un momento de felicidad. De cualquier modo, no lo haría después de haber visto a Fede entrar en la habitación de Paula en mitad de la noche. Al ver que no salía inmediatamente, había salido de la casa a dar un largo paseo. No podía soportar la idea de lo que pudieran estar haciendo. Aquella mañana a primera hora, había vuelto a la villa en busca de su cartera, y al poco de marcharse en coche había recibido una llamada de teléfono de la policía en la que le notificaban que Ariel había sido secuestrado y que Paula había desaparecido. La angustia le había descuartizado el alma.
Pedro apagó su teléfono móvil y le indicó al capitán del barco de policía que se acercara al yate. La inteligencia griega había informado de que era propiedad de una compañía perforadora americana con una filial en Grecia. Al parecer, habían visto a un hombre de la descripción de Marcos Dodd ha bordo. Llevaba varios días en Grecia y ello implicaba que conocía el paradero exacto de Paula. Por otro lado, Juan había informado a Pedro de que Paula había ido a la taberna y de allí a la playa de Batsi a alquilar un hidro pedal Cuando alertó a las autoridades, todas las piezas encajaron. Después, les había contado a Caro y a Fede la verdad sobre la persecución de Marcos Dodd. En un momento emotivo, Fede se había venido abajo, alegando que todo era culpa suya. Mientras había estado en el bar bebiendo con su amigo, uno de los hombres de Dodd debía de haber oído su conversación, y seguramente por eso conocían su plan de ir a pescar con Ariel al día siguiente. Pedro nunca lo había visto tan abatido.
— Ya hemos llegado, señor Alfonso.
—Efcharisto.
Pedro se acercó al borde de la cubierta y luego saltó a las escaleras que conducían a la cubierta del yate, que era un hormiguero de policías de distintas fuerzas. Se dirigió al jefe.
— ¿Los han encontrado ya?
—No —fue la lúgubre respuesta—. Hemos registrado todos los camarotes y están vacíos. En la bodega había rastro de ellos.
—Entonces empecemos a buscar en todos los armarios de limpieza y almacén hasta que los encontremos. «Tienen que estar vivos. Me niego a creer lo contrario».
Diez minutos más tarde, todavía no los habían encontrado. Pedro se sentía como si tuviera una piedra en el estómago. Recorrió la cubierta, escrutando cada centímetro. Cielos, ¿Dónde estaban? Al volverse para registrar otra vez el barco, recordó que aquel yate tenía la misma escalera en un extremo que algunos de los yates Alfonso, con un pequeño almacén oculto detrás para las cuerdas. Se accedía a él por una puerta que se cerraba con un cerrojo en la parte baja. Con un sentimiento asfixiante en el pecho, se dirigió corriendo a la escalera, seguido del jefe de policía y algunos de sus hombres. Cómo no, allí estaba. El cerrojo.
—Podrían estar aquí dentro. Ilumina la entrada, jefe.
Murmurando con sorpresa porque sus hombres lo hubieran pasado por alto, el jefe sostuvo su linterna mientras Pedrfo descorría el cerrojo y abría la puerta. Tuvo que ponerse en cuclillas para mirar dentro. Hubo un movimiento inesperado. Percibió el brillo de un pelo rojo dorado antes de que Paula levantara la cabeza. Su cuerpo cubría al de Ariel, protegiéndolo.
—Marcos, canalla —gritó—. Tendrás que matarme a mí primero para ponerle las manos encima.
En aquel momento, Pedro amó más a Paula Chaves de lo que había amado a nadie en toda su vida.
—Dodd y sus secuaces van camino de la cárcel griega, Pau—dijo en una voz apenas controlada—. Ya no tienes que tener miedo.
— ¡Pepe! — El chillido de alegría de Ariel vibró por todo el yate, enterneciendo su corazón—. ¡Sabía que vendrías!
—Gracias, Pepe. Gracias —oyó su trémulo susurro antes de que se apartara para dejar salir a Ariel.
—Hemos detenido a los americanos, pero se niegan a hablar. Los retendremos sin posibilidad de que sean extraditados a los Estados Unidos hasta que estés listo para investigar la muerte del padre de despinis Chaves.
—Son buenas noticias, pero tengo que saber si has visto a Paula y a Ariel.
—Todavía no. Estamos registrando el barco.
— Llegaré enseguida.
Hasta que estuvieran a salvo, no volvería a conocer un momento de felicidad. De cualquier modo, no lo haría después de haber visto a Fede entrar en la habitación de Paula en mitad de la noche. Al ver que no salía inmediatamente, había salido de la casa a dar un largo paseo. No podía soportar la idea de lo que pudieran estar haciendo. Aquella mañana a primera hora, había vuelto a la villa en busca de su cartera, y al poco de marcharse en coche había recibido una llamada de teléfono de la policía en la que le notificaban que Ariel había sido secuestrado y que Paula había desaparecido. La angustia le había descuartizado el alma.
Pedro apagó su teléfono móvil y le indicó al capitán del barco de policía que se acercara al yate. La inteligencia griega había informado de que era propiedad de una compañía perforadora americana con una filial en Grecia. Al parecer, habían visto a un hombre de la descripción de Marcos Dodd ha bordo. Llevaba varios días en Grecia y ello implicaba que conocía el paradero exacto de Paula. Por otro lado, Juan había informado a Pedro de que Paula había ido a la taberna y de allí a la playa de Batsi a alquilar un hidro pedal Cuando alertó a las autoridades, todas las piezas encajaron. Después, les había contado a Caro y a Fede la verdad sobre la persecución de Marcos Dodd. En un momento emotivo, Fede se había venido abajo, alegando que todo era culpa suya. Mientras había estado en el bar bebiendo con su amigo, uno de los hombres de Dodd debía de haber oído su conversación, y seguramente por eso conocían su plan de ir a pescar con Ariel al día siguiente. Pedro nunca lo había visto tan abatido.
— Ya hemos llegado, señor Alfonso.
—Efcharisto.
Pedro se acercó al borde de la cubierta y luego saltó a las escaleras que conducían a la cubierta del yate, que era un hormiguero de policías de distintas fuerzas. Se dirigió al jefe.
— ¿Los han encontrado ya?
—No —fue la lúgubre respuesta—. Hemos registrado todos los camarotes y están vacíos. En la bodega había rastro de ellos.
—Entonces empecemos a buscar en todos los armarios de limpieza y almacén hasta que los encontremos. «Tienen que estar vivos. Me niego a creer lo contrario».
Diez minutos más tarde, todavía no los habían encontrado. Pedro se sentía como si tuviera una piedra en el estómago. Recorrió la cubierta, escrutando cada centímetro. Cielos, ¿Dónde estaban? Al volverse para registrar otra vez el barco, recordó que aquel yate tenía la misma escalera en un extremo que algunos de los yates Alfonso, con un pequeño almacén oculto detrás para las cuerdas. Se accedía a él por una puerta que se cerraba con un cerrojo en la parte baja. Con un sentimiento asfixiante en el pecho, se dirigió corriendo a la escalera, seguido del jefe de policía y algunos de sus hombres. Cómo no, allí estaba. El cerrojo.
—Podrían estar aquí dentro. Ilumina la entrada, jefe.
Murmurando con sorpresa porque sus hombres lo hubieran pasado por alto, el jefe sostuvo su linterna mientras Pedrfo descorría el cerrojo y abría la puerta. Tuvo que ponerse en cuclillas para mirar dentro. Hubo un movimiento inesperado. Percibió el brillo de un pelo rojo dorado antes de que Paula levantara la cabeza. Su cuerpo cubría al de Ariel, protegiéndolo.
—Marcos, canalla —gritó—. Tendrás que matarme a mí primero para ponerle las manos encima.
En aquel momento, Pedro amó más a Paula Chaves de lo que había amado a nadie en toda su vida.
—Dodd y sus secuaces van camino de la cárcel griega, Pau—dijo en una voz apenas controlada—. Ya no tienes que tener miedo.
— ¡Pepe! — El chillido de alegría de Ariel vibró por todo el yate, enterneciendo su corazón—. ¡Sabía que vendrías!
—Gracias, Pepe. Gracias —oyó su trémulo susurro antes de que se apartara para dejar salir a Ariel.
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