lunes, 31 de octubre de 2016

Hechizo De Amor: Capítulo 1

Tenía calor. Estaba cansada del viaje en avión. Se le había hecho tarde. Muy tarde. Y el camino hacia Los Robles era como una de esas interminables carreteras de campo que no conducen a ninguna parte. Con un suspiro de impaciencia, Paula Chaves se secó el sudor de la frente e intentó relajar los músculos del cuello. Para colmo de males había estado quince minutos en un atasco, entre limusinas y choferes que llevaban invitados a alguna boda.

Ella iba conduciendo su coche, un Mazda rojo convertible, y llevaba la misma ropa con la que había salido de Yemen veinticuatro horas antes. Un traje de lino verde de estilo modesto, arrugado ahora, una blusa con cuello cerrado y unas zapatillas verdes que le estaban haciendo daño. No llevaba maquillaje. Casi no había dormido. Y no la esperaba nada placentero en las siguientes horas. Llegaba tarde a la boda de su madre. A la quinta boda de su madre, para ser precisa. Esta vez se casaba con un hombre llamado Horacio Alfonso. Un hombre rico con un hijo llamado Pedro, que tenía aterrada a Alejandra, según había dicho ella misma. Pedro sería el padrino y Paula la dama de honor. Se había pasado las últimas horas negociando con unos barones ricos en petróleo. No se iba a intimidar por un playboy de Toronto llamado Pedro Alfonso.

La boda estaba programada para las seis de la tarde, y en aquel momento eran las cinco y cinco. Tardaría varios minutos en pasar los portones de seguridad de hierro forjado de la entrada de la propiedad de Horacio Alfonso. Haría falta un milagro para poder llegar a Los Robles y que la harapienta que estaba hecha se transformase en deslumbrante dama de honor. Todas las damas de honor deslumbraban, ¿No? ¿O esa era la novia? Paula no lo sabía. Ella no había sido nunca una novia y no tenía intención de cambiar de estado civil. Ese papel se lo reservaba a su madre. Había robles a los lados del camino, la hierba parecía de terciopelo y las cercas estaban pintadas de blanco. El novio era rico, sin duda. «Sorpresa, sorpresa», pensó Paula cínicamente. Aunque su madre era una romántica, aún le quedaba casarse con un hombre pobre.

A través de las cercas, Paula podía ver campos abiertos y plácidos grupos de yeguas y caballos, y por un momento se olvidó de lo imperdonablemente tarde que era. Se había acordado de meter en la maleta el equipo de montar en los diez minutos que había parado en su chalé de Taranto. Al menos podría tener alguna experiencia agradable en aquella boda; montar a caballo.

Vió que la carretera se ensanchaba y llegaba hasta una zona de arbustos y unas estatuas alrededor de un camino circular. La casa era una imponente mansión georgiana, con muchas contraventanas y chimeneas. Ignorando las indicaciones de los dos hombres uniformados que estaban haciendo señas a los coches hacia una zona de estacionamiento debajo de unos árboles, Paula se salió de la fila, y paró cerca de la puerta de entrada. Salió del coche y del asiento de atrás recogió su maleta y las perchas que tenían los vestidos. Le dolían todos los músculos. Se sentía fatal. Y tenía peor aspecto aún. Corrió a la puerta de entrada. Estaba flanqueada por dos faroles pintados de verde. Cuando fue a tocar el timbre, se abrió la puerta.

—Bueno… —dijo una voz burlona de hombre—. La señorita Chaves llega tarde.

Paula se quitó de la cara un rizo rubio suelto que había sido parte de un pulcro peinado hacía veinticuatro horas.

—Soy Paula Chaves, sí —dijo ella—. ¿Podría llevarme a mi habitación, por favor? Tengo prisa.

El hombre la miró insolentemente de arriba abajo, desde el pelo despeinado hasta los zapatos llenos de polvo.

—Muy tarde —agregó él.

Por un momento ella pensó que aquél podría ser un mayordomo poco convencional. Pero aquel hombre que bloqueaba su paso a la casa jamás podría haber sido sirviente de nadie. No. Era el tipo de persona que daba órdenes, y que esperaba, si ella no se equivocaba, que las obedecieran inmediatamente.

¿Un mayordomo? ¿Estaba loca?, pensó Paula. Era el más magnífico espécimen de hombre que había visto en su vida. Alto, moreno y atractivo era poco para describirlo. Ciertamente era alto, unos cuantos centímetros más alto que ella. Su pelo era negro y sus ojos oscuros como la roca volcánica, y cuando por un momento Paula dejó volar la imaginación, lo vió como un hombre que solo le llevaría devastación y pena. «¡Oh, basta!», se dijo. Había muchos hombres de pelo negro y ojos oscuros. En cuanto a lo de su atractivo, sus facciones eran demasiado fuertes, demasiado impregnadas de energía masculina como para llamarlo así. Era atractivo como lo podía ser un oso polar, pensó.

Llevaba un traje caro y una camisa impecablemente blanca, una indumentaria sofisticada y urbana. Aunque tenía un aire peligroso y salvaje, más que urbano y sofisticado. Ciertamente no disimulaba el ancho de sus hombros, su vientre uso y caderas estrechas. Muchos hombres tenían cuerpos bonitos, pero aquel hombre tenía un magnetismo masculino que salía de cada uno de sus poros. ¿Qué mujer digna de serlo se le resistiría? «Yo», se contestó Paula. ¿Qué le pasaba? Ella nunca se dejaba llevar por el aspecto de un hombre ni por su carisma sexual, algo que le había servido durante años. Le había evitado cometer errores como los que había cometido su madre.

Hechizo De Amor: Sinopsis


No era normal que Paula Chaves se acostara con un extraño, pero en cuanto conoció a Pedro Alfonso se sintió terriblemente atraída por él. Y después de unas semanas llegaron las consecuencias de su alocada aventura: un matrimonio precipitado basado en la necesidad y la lujuria…


Pedro no confiaba en ella… pero había caído bajo el hechizo de esa irresistible mujer y estaba dispuesto a todo para retenerla a su lado…

domingo, 30 de octubre de 2016

Dos hermanos: Capítulo 72

—Lo haces con tu mera presencia. Por eso tienes que volver a tu habitación. Por favor, querida. Su voz parecía desesperada.

—Está  bien  —Paula se  incorporó—.  Me  iré  —bajó  de  la  cama  y  se  sostuvo  sobre  sus  piernas vacilantes—. Pero lo lamentarás.

— ¿Crees que no lo sé?

—Tal  vez  no  deberíamos  vernos  hasta  nuestra  cita  delante  del  altar  pasado  mañana.  Será la única manera de mantenerme lejos de tí.

— ¡No digas tonterías!

Paula se echó a reír y salió corriendo de la habitación. Pedro la llamó por su nombre pero ella se negó a responder.  En  cuanto  amaneciera,  iría  a  la  taberna  y  pediría  una  habitación.  Pobre propietario.  Sabría con seguridad que la futura esposa del señor Alfonso no las tenía todas consigo.

—Estás preciosa, Paula.  Se inclinó y le dió un beso a Ari. Él y su madre caminarían delante de ella hacia el altar, agarrados de la mano.

—Y tú estás muy apuesto con ese esmoquin —luego sus ojos se posaron en Caro, que estaba  preciosa  con  el  vestido  rosa  pálido  que  Paula había  escogido  para  ella—.  Un  día caminarás hacia el altar con tu marido y serás tan feliz como yo.

Los ojos castaños de Caro se llenaron de lágrimas.

—Eso espero, porque nunca había visto a dos personas tan enamoradas como Pepe y tú —las dos se abrazaron.

—Tal vez. Pero creo que está ahora mismo furioso conmigo.

—Frustrado, mejor dicho. Tu idea de mantenerte alejada no le sentó muy bien. Solía ser una persona tratable. Menos mal que ya ha llegado el día de la boda —Caro sonrió—. Claro que cuando te vea con ese vestido, te lo perdonará todo.

—¡Eso espero!

— ¡Fede! —  gritó  Ariel  al  verlo  aparecer  por  las  puertas  de  la  iglesia,  resplandeciente  con su esmoquin negro.

— ¿Cómo estoy?

—¡Igual que yo! —exclamó Ariel, y todos se rieron.

Caro le hizo una seña a Paula.

—La música ya ha empezado.

— ¿Todo el mundo está listo? —quiso saber Fede. Hubo un sí colectivo—. Apuesto a que sientes el mismo hormigueo en el estómago —susurró al oído de Paula— que yo cuando estoy en lo alto de una montaña esperando la señal de salida.

—Así  es  exactamente  como  me  siento  — -susurró  Paula con  una  excitación  nerviosa que apenas podía controlar—. Te quiero, Fede.

—Yo  a  tí  también  —Fede  la  besó  suavemente  en la mejilla y  luego  Paula tomó  su  brazo.

Ariel  y  Caro empezaron  a  caminar  hacia  el  altar.  Poco  después,  Fede y  ella  los  siguieron. La diminuta iglesia estaba abarrotada de invitados con buenos deseos. Al pasar al lado de cada banco, los amigos y vecinos se ponían en pie y sonreían. Analía y  Germán  la  saludaron  con  un  gesto  de cabeza.  Ariel  no  podía  haberse  criado  con  unas  personas  más  encantadoras.  Según  Caro, estaban  planeando  trasladarse  a  Grecia,  tal  vez abrir un nuevo restaurante en Andros. Todo iba a salir bien. Vió a Juan y a Melina. Tenían rostros resplandecientes.

— ¡Carlos! —exclamó en voz baja al ver cómo él y su esposa se ponían en pie. Aquello era obra  de  Pedro.  Cómo  lo  amaba.  Carlos miró  a  Paula,  luego  a  Fede,  y  guiñó  el  ojo  con  una sonrisa en su rostro afable. Continuaron el desfile. Humberto Rich y su esposa también estaban allí, y su evidente alegría por ella la conmovió.  Cuando  llegaron  al  frente,  divisó  una  silla  de  ruedas. ¡Era Manuel!  Él  asintió  y  parpadeó al reconocerla. Paula estuvo a punto de desmayarse, pero Fede estaba allí para darle el apoyo que necesitaba.

Cuando  llegaron  detrás  de  Pedro,  que  estaba  vestido  con  un  elegante  traje  negro,  las  lágrimas habían  enturbiado  su  visión.  Luego  él   se  volvió  con  aquella  maravillosa  sonrisa dirigida exclusivamente a ella. Cuando le extendió la mano, Paula la tomó con ansiedad. El párroco empezó:

—Amados todos...

«Tú eres mi amado». Paula vocalizó las palabras para Pedro.  En cuanto a Pedro, no podía apartar la vista de su esposa. Su pelo rojo refulgía sobre su vestido de encaje y seda dejándolo sin aliento. Durante la ceremonia, sus ojos azules le hablaban, transmitiéndole todo su amor.  

Cuando  llegó  el  momento  de  ponerle  el  anillo  que  Fede le  ofrecía,  lo  deslizó  junto  al diamante que ya lucía en su dedo. Luego el párroco pronunció la bendición y le dijo a Pedro que podía besar a la novia. Paula elevó sus labios hacia los suyos. Parecía que había pasado toda una vida desde la última vez que sintiera su abrazo apasionado.

— ¿Mamá? — oyó Pedro decir a Ariel en voz alta—. ¿Cómo es que el tío Pepe lleva tanto tiempo besando a Pau?

—Porque se quieren mucho —susurró una voz suave.

—Ahora están casados, ¿Eh?

—Sí, cariño.

—Y ya eres mi mamá.

 —Sí. Y tú eres mi pequeño para siempre.

— ¡Genial!

—Genial me gusta —susurró Pedro junto a los labios de su esposa—. Genial ha sido tu plan de venganza. Jugó a mi favor. Te adoro...

—Te amo tanto que no puedo esperar a estar a solas contigo para demostrártelo.

—Qué cosas dice, señora Alfonso. Y los momentos que escoge para decirlas...

FIN

Dos Hermanos: Capítulo 71

—Te toca a tí averiguarlo. Esta noche, cuando Paula entró sin llamar a mi habitación exigiéndome que  viniéramos  a  verte,  supe  que  era  una  mujer  enamorada.  Así  que...  ¿Qué  tal  si  dejo  que arreglen  este  asunto  ustedes solos?  Pero  antes  de  irme,  ¿Me  permiten  que  les  dé  mi bendición?  —Caminó  hasta  el  umbral,  y  luego  dió  media  vuelta—.  ¿Paula?  Bienvenida  a  la familia,  cherie.  Cuando  Pedro decida  traerte  de  vuelta  de  su luna  de  miel,  me  gustaría  contar con  tus  ideas.  Tal  vez  te  contrate  para que me ayudes a organizar esas escuelas de esquí. Voy a demostrarte que no soy el seductor sin cerebro que crees que soy. Y... Pedro, no puedo deshacer el daño que he hecho en el pasado, pero tenías razón. Ariel debe estar con nuestra hermana. Su bondad me recuerda a la de nuestra madre. No me extraña que no renunciaras a él.  Carraspeó. —Kalinichta —les  brindó  una  sonrisa  pícara—.  Que  todos  sus  problemas  sean  insignificantes. No me importará que le pongan mi nombre a su primer hijo.

El  único  sonido  que  Paula oyó  después  del  clic  de  la  puerta  fueron  los  latidos  de  su  propio  corazón.  Al  volver  la  cabeza  al  otro  lado  de  la  estancia,  los  ojos  de  Pedro  eran  como  cabezas  de  alfiler  de  fuego  negro.  Dejó  su  copa  en  la  mesilla  y  empezó  a  andar  hacia ella.

— ¡No, Pedro! —Paula retrocedió—. No des un paso más. Hay algo que debo decirte primero.

—Tienes  razón  —dijo  con  una  media  sonrisa—. Tengo  que  oír  de  tus  labios  que  estás  tan enamorada de mí como yo de tí.

— Ya  sabes  lo  que  siento  por  tí — suspiró  profundamente—.  Me  enamoré  nada  más  verte en tu oficina aquel día. Pero no conoces la verdadera razón por la que fui a verte. Cuando  sepas  la  verdad,  me  pedirás  que  me  vaya  de  Andros  y  que  no  vuelva  nunca.  Soy una mala persona, Pedro.

— ¿Cómo  de  mala?  —bromeó,  acercándose  más.

Paula no  podía  respirar,  y  menos  pensar. Desvió la mirada y confesó:

—Fui a verte a tu oficina porque tenía un plan para utilizar a tu familia y conseguir lo que quería. Te elegí a tí en concreto para conseguir vía libre. Carlos Gordon me ayudó.

A continuación, Paula le explicó todo lo ocurrido desde que se pusiera en contacto con el Instituto Miguel Ángel y planeara enamorar a Federico Alfonso  y casarse con él, hasta el día en que se presentó en su oficina con la excusa de averiguar el paradero de Caro.

—En cuanto empezamos a hablar de Caro, desperté del extraño aturdimiento en el que había  estado sumida.  Me  dí  cuenta de  que  el  miedo  a  Marcos me  había  impulsado  a  utilizar a tu familia, y que estaba mal. En aquel instante, supe que no quería hacer nada de lo que había planeado. Pedro, tienes que creerme. La única razón por la que fui en el barco  contigo  es  porque  quería  estar  a  tu lado.  De  lo  contrario,  habría  ido  en  avión  a  Atenas para ver a Caro antes de regresar a California. El silencio era angustioso.

—No...no  espero  que  me  perdones,  pero  estoy  enamorada  de  tí,  Pedro.  No  sé  cómo  podré seguir  viviendo  si  no  me  creyeras.  Ahora  que  hay  total  sinceridad  entre  nosotros, podré seguir adelante con la boda antes de volver a los Estados Unidos.

Oyó cómo Pedro inspiraba bruscamente. Su rostro se había ensombrecido.

— ¿Crees que hay total sinceridad entre nosotros?

—No entiendo... —los latidos de Paula resonaron aún con más fuerza.


— ¿Crees  de  verdad  que  te  invité  a  viajar  conmigo  en  el  barco  por  otra  razón  que  no  fuera ponerte las manos encima y hacerte el amor? —su voz tembló—. ¿Tienes idea de lo mucho que me desprecié por desearte a tí en lugar de a mi prometida?

Paula casi se desmayó de alegría. Nunca había esperado oír aquellas palabras.

—Cuando  llegamos  a  Pireo,  sabía  que  estaba  enamorado  de  tí  y  tenía  mi  plan  secreto  de convertirte  en  mi  esposa.  No  me  importaba  cómo  llevarlo  a  cabo  siempre  que  te  casaras conmigo.  Tenía  a  mi  propio  Carlos  en  forma  de  Costas.  No  estoy  orgulloso  de  haber utilizado a Ariel para conseguir mi objetivo, pero volvería a usarlo si hiciera falta... porque estoy locamente enamorado de tí. Ven aquí.

Incapaz de contener su emoción, Paula corrió a sus brazos.

—Pepe, te necesito tanto que me estoy muriendo.

—Yo llevo así mucho más tiempo que tu —la levantó en brazos y la llevó a la cama—. Busquemos  juntos  ese  alivio.  Es  lo  que  he  estado  ansiando,  mi  amor.  Dame  tu  boca,  agape mou. Déjame yacer contigo. Saborearte, sentirte.

Gimiendo su nombre, Paula se volvió hacia él y permanecieron echados uno junto al otro.  Pedro acarició  sus  temblorosos  labios  con  los  dedos  y  luego  los  cubrió  con  los  suyos.  Paula  gimió de  éxtasis.  Estar  en  la  cama  de  Pedro,  en  sus  brazos,  sentir  sus  piernas  fuertes  entrelazadas con  las  suyas  la  llenaban  de  un  calor  voluptuoso  que  le  hacía  pronunciar su nombre una y otra vez.

—Pau —suspiró Pedro  antes de colocarla sobre él, cubriéndola de besos—. Eres tan hermosa. No hay nada que desee más que hacer que esta noche dure eternamente. Pero necesito saber una cosa más.

Paula escondió el rostro en su cuello.

—La respuesta es no. Nunca me he acostado con ningún hombre porque nunca había  estado enamorada.

Con un gemido, Pedro enterró el rostro en su pelo.

—No  sé  cómo  puedo  tener  la  suerte  de  ser  el  hombre  que  amas,  pero  me  gustaría  ser  digno de tí. Así que te voy a pedir que salgas de mi cama. No te acerques a mí hasta la noche de bodas. Después, no te dejaré marchar nunca más.

—Pepe, ¡No quiero irme! Ahora que te he encontrado, no quiero perderte de vista. ¿No puedo hacer nada para tentarte?

Dos Hermanos: Capítulo 70

—Sí, por supuesto.

Caro debe de estar frenética. «No es la única...» Paula esperó  hasta  las  dos  de  la  madrugada  para deslizarse  hasta  la  habitación  de  Fede al otro extremo de la casa. Había tenido que esperar tanto tiempo para que todo el mundo estuviera acostado. Durante  la  cena  con  la  familia,  había  estado tan  afligida,  que  había  dejado  que  los  demás hablaran. Ariel  había sido el que más había contribuido, por supuesto. Pedro, en cambio, se había comportado con ella igual que siempre. Ante los demás, era su amada prometida, la mujer con la que anhelaba casarse.

Paula sabía  que  Fede le  había  contado  la  fea  verdad  sobre  su  plan  de  venganza,  aunque Pedro era demasiado honrado para revelar sus, sucios secretos a la familia. Por eso,  aunque  se  había  visto obligada  a  mantener  la  compostura  durante  la  cena,  había  sido incapaz de mirar a Fede.  Creía que  le  había  hecho  daño  en  Suiza,  pero  era  un  mero  arañazo  comparado  con  aquel   último   acto   de   traición.   Fede,   tan   consentido   y   egocéntrico,   se   había   comportado con absoluta bajeza a causa de los celos que sentía por su hermano. Al contrario que él, que había llamado a su puerta la noche anterior antes de entrar, no se molestó en anunciarse. Entró como un torbellino y encendió la luz.

—Levántate, Fede. Quiero hablar contigo.

— ¡Paula! ¿Qué pasa?

Paula apenas podía contener la rabia.

— ¡No vas a salirte con la tuya!

Fede se apartó el pelo de la cara.

— ¿De qué, estás hablando?

—Vas a venir conmigo a la habitación de Pedro. ¡Ahora!

Una expresión atónita surcó su rostro.

— ¿Por qué?

—Si no cooperas, traeré aquí a Pedro. Como prefieras.

Después de una pausa, dijo en voz baja:

—Te acompañaré.

—Te espero en el pasillo.

Diez  segundos  después  emergió  de  su  dormitorio  con  una  bata  a  rayas  negras  y  púrpuras. Paula  desfiló  por  el  pasillo  hacia  la  suite  de  Pedro,  luego  se  volvió  para  mirar a Fede.

—Dile a tu hermano que vamos a hablar con él.

Pensó que Fede replicaría, pero para su sorpresa se adelantó y llamó a la puerta.

— ¿Pedro?

—Entra, Fede. No estoy dormido.

—Estoy con Paula.

Se sucedió un largo silencio. Luego, en tono áspero, Pedro dijo:

—Si han venido a pedir mi bendición, dense por bendecidos. ¡Buenas noches!

Fede  volvió  la  cabeza  hacia  Paula,  con  el  rostro  retorcido  por  el  enfado  y  la  confusión.

— ¿Su bendición? ¿De qué diablos está hablando?

—Tú deberías saberlo.

—Maldita sea, no lo sé.

Abrió  la  puerta  de  golpe  y  entró  en  la  habitación  de  Pedro hecho  una  furia.  Paula lo  siguió. Sus  pies  desnudos  se  curvaron  con  deleite  sobre  la  gruesa  alfombra.  La  habitación  era  una sinfonía  de  colores  tierra  con  un  motivo  negro  dominante  que  la  recorría. Los  ojos  de  Pedro se  posaron  en  ella  nada  más  verla  en  el  umbral,  vestida  con  su  camisón y su bata amarilla. No sabía quién estaba más sorprendido. Con una copa en una mano, estaba allí de pie en todo su esplendor masculino, vestido únicamente con la parte inferior de uno pijama de color azul marino que le caía sobre las caderas. Paula no pudo evitar quedarse mirando el cuerpo sólido y poderoso que la había sostenido apenas horas antes. Se había quedado sin habla.

— ¿Quieren que  los  bendiga  personalmente,  es  eso?  —inquirió  Pedro con  expresión  borrascosa.

— ¡Diablos, no! Paula, ¿Quieres decirme qué pasa?

—Deja de fingir que no lo sabes.

— ¿Que no sé qué?

—Hoy  le  has  contado  a  Pedro  lo  que  yo  te  revelé  anoche  en  secreto  —las  lágrimas afloraron a  sus ojos.  No  podía  contenerlas— Luego  retorciste  la  verdad  para  tus  propios fines malévolos. Pero ya has hecho eso más de una vez en tu vida. Estoy harta de  las  mentiras,  los  celos, la  crueldad.  Tienes  treinta  y  tres  años,  es  hora  de  madurar.  Vamos a quedarnos  en  esta habitación  y  aclararlo  todo  hasta  que  todo  el  mundo  sepa  la verdad.

Unas arrugas surcaron el rostro atractivo de Fede. Giró sobre sus talones para encarar a su hermano mayor.

— ¿Hemos  mantenido  tú  y  yo  una  conversación  en  algún  momento  en  la  que  te  haya  revelado cosas que Paula me dijera anoche en secreto?

Paula detectó un tic nervioso en la comisura de los labios de Pedro.

— No.

Fede se volvió hacia Paula con una sonrisa de satisfacción.

—Al  contrario  que  yo,  mi  hermano  nunca  miente.  Si  ha  dicho  que  no  lo  hizo,  no  lo  hizo. Quedo impune.

Paula empezaba  a  sentirse  confusa  y  temía  estar  moviéndose  en  terreno  resbaladizo.  Levantó la cabeza y miró a Pedro.

—Si eso es cierto, ¿Entonces cómo sabías que Fede había venido a verme anoche a mi dormitorio?

—Estaba esperando a que volviera a casa para hablar con él. Pero cuando entró, subió directamente al  piso  de  arriba.  Lo  seguí  para  llamarlo,  pero  desapareció  en  tu  dormitorio.  Pensé  que  no tardaría,  así  que  esperé  en  su  habitación.  Media  hora después, comprendí que Erica tenía razón y salí de casa.

Fede  miró a su hermano con astucia.

— ¿Qué dijo Erica exactamente?

—Que Paula siempre había estado enamorada de tí.

—Me halagaba pensar eso, pero mi visita anoche a Paula me abrió los ojos a la verdad.

— ¿Qué verdad? —tronó Pedro con el cuerpo tenso.

De repente Paula vió cómo Fede desplegaba su famosa sonrisa.

Dos Hermanos: Capítulo 69

Rodeando  a  su  sobrino  con  un  brazo,  utilizó  el  otro  para  ayudar  a  salir  a  Paula.  En  cuanto pudo  sostenerse  en  pie,  la  apretó  contra  su  cuerpo.  Fede  o  no  Fede,  era  su  vida.

— ¿Estás  bien?  —murmuró  junto  a  su  pelo.  Olía  a  champú  y  a  agua  de  mar.  Estaba  empapada. ¿Qué le habían hecho?

—Ahora sí —dijo, temblando de pies a cabeza—. ¿Cómo supiste que estábamos aquí?

—Juan tenía órdenes de vigilarte. El resto fue fácil.

Pedro tuvo  un  sentimiento  lúgubre  al  comprender  que  aquellos  ojos  azules  que  lo  miraban con gratitud nunca brillarían con la clase de amor que sentía por ella.

—Sabíamos que Pepe vendría a por nosotros, ¿Eh, Pau? Pepe puede hacer cualquier cosa.

Los oficiales que estaban a su alrededor echaron atrás la cabeza y rieron. —

Ven —lo llamó el jefe de policía—. Te llevaremos al puerto en mi barco. Estoy seguro de que habrá algo de beber para un chico tan valiente como tú.

—Pero tuve miedo hasta que vino Pau.

—Yo también cuando no te encontrábamos —reconoció el jefe.

«Y yo», murmuró Pedro para sus adentros, inclinándose para abrazar al niño. Ariel  y  el  jefe  de policía  se  alejaron  para  subir  a  bordo  del  barco  de  policía,  charlando  como viejos amigos. Pedro, que todavía tenía el brazo sobre los hombros de Paula, no pudo  dar  un  paso  al  sentir  que ella  deslizaba  la  mano  hasta  su  cintura  para  retenerlo.  Le lanzó una mirada inquisitiva.

— ¿Cómo podré pagarte por lo que has hecho?

—Has protegido a Ariel con tu vida. Ya es bastante pago.

— Si  no  me  hubiese  presentado  en  tu  oficina,  nada  de  esto  habría  ocurrido  —Pedro volvió a oír el temblor en su voz.

—Si no hubieras venido a verme, no nos casaríamos y Ariel nunca pertenecería a Caro.

Paula desvió la mirada.

—He estado pensando en nuestra boda.

— Yo también.

—No has llegado a decirme cuánto tiempo crees que deberíamos estar casados.

— ¿Te molesta? ¿Tanta prisa tienes por divorciarte?

— ¡No! Por supuesto que no. Sólo quería que supieras que comprendo que echarás de menos la compañía de Erica, así que...

— ¿Quieres  decirme  que  comprendes  cómo  yo,  como  muchos  hombres,  puede  estar  prometido un día y al día siguiente hacer el amor a otra mujer?

—Bueno...sí.


—Pau, no estoy enamorado de Erica. Creo que nunca lo he estado. Y al contrario de lo  que  piensas, no  he  pensado  verla  o  hablar  con  ella  otra  vez  a  no  ser  que  sea  por  casualidad —hizo  una  pausa—.  Eres  una  mujer  extremadamente  comprensiva.  Yo  no  me sentiría así si estuviera en tu lugar.

—Sólo trataba de ser razonable —dijo acaloradamente.

—Razonable. ¿Puede deberse a que estés enamorada de otro hombre que no te parezca tan abominable el hecho de que mantenga contactos ocasionales con otra mujer?

— ¡Ya te he dicho que no estoy enamorada de Manuel! No comprendo por qué no me crees.

—Te creo. Respecto a Manuel.

Paula volvió la cabeza para mirarlo.

— ¿ De qué otro hombre estás hablando?
—Del que estás enamorada. Del que llevas enamorada desde hace mucho tiempo.  Frunció el ceño.

— ¡No hay ningún otro hombre!

—Entonces  ¿cómo  explicas  la  visita  de  mi  hermano  a  tu  habitación  en  mitad  de  la  noche?

—Fede vino a disculparse.

—Tienen una historia desde hace seis años.

—Fue un enamoramiento de adolescente. A todas las chicas les pasa al menos una vez en la vida.

—El tuyo duró un poco más de la media, ¿No crees?

Pedro vió que a Paula le costaba tragar saliva.

— ¿Cuánto  te  contó  Fede sobre  nuestra  conversación  de  anoche?  —preguntó  con  ansiedad.

«Eso fue todo, Rachel? ¿Una conversación?»

— ¿Pepe ? ¿Pau? ¡Vamos, el barco se va!

—Ariel nos llama. Ha sido un día muy largo. Creo que es hora de que volvamos a casa.

Dos Hermanos: Capítulo 68

—Mis hombres han requisado el navío, Pedro.  Era  el  jefe  de  policía,  que  había  llamado  al  barco  de  la  policía  al  que  Pedro había  subido.

—Hemos  detenido  a  los  americanos,  pero  se  niegan  a  hablar.  Los  retendremos  sin  posibilidad  de  que  sean  extraditados  a  los  Estados  Unidos  hasta  que  estés  listo  para  investigar la muerte del padre de despinis Chaves.

—Son buenas noticias, pero tengo que saber si has visto a Paula y a Ariel.

—Todavía no. Estamos registrando el barco.

— Llegaré enseguida.

Hasta  que  estuvieran  a  salvo,  no  volvería  a  conocer  un  momento  de  felicidad.  De  cualquier modo, no lo haría después de haber visto a Fede entrar en la habitación de Paula en  mitad  de  la noche.  Al  ver  que  no  salía  inmediatamente,   había  salido  de  la  casa  a  dar  un  largo  paseo. No podía  soportar  la  idea  de  lo  que  pudieran  estar  haciendo. Aquella mañana a primera hora, había vuelto a la villa en busca de su cartera, y al poco de marcharse en coche había recibido una llamada de teléfono de la policía en la que le notificaban  que  Ariel  había  sido  secuestrado  y  que Paula  había  desaparecido.  La  angustia le había descuartizado el alma.

Pedro  apagó  su  teléfono  móvil  y  le  indicó  al  capitán  del  barco  de  policía  que  se  acercara  al  yate.  La  inteligencia  griega  había  informado  de  que  era  propiedad  de  una  compañía perforadora americana con una filial en Grecia. Al parecer, habían visto a un hombre de la descripción de Marcos Dodd ha bordo. Llevaba varios días en Grecia y ello implicaba que conocía el paradero exacto de Paula.  Por otro lado, Juan había informado a Pedro de que Paula había ido a la taberna y de allí a la playa de Batsi a alquilar un hidro pedal  Cuando  alertó  a  las  autoridades, todas las  piezas  encajaron.  Después,  les  había  contado a Caro y a Fede la verdad sobre la persecución de Marcos Dodd. En  un  momento  emotivo,  Fede  se  había  venido  abajo,  alegando que  todo  era culpa  suya.  Mientras  había  estado  en  el  bar  bebiendo  con  su  amigo,  uno  de  los  hombres  de Dodd debía de haber oído su conversación, y seguramente por eso conocían su plan de ir a pescar con Ariel al día siguiente. Pedro nunca lo había visto tan abatido.

— Ya hemos llegado, señor Alfonso.

—Efcharisto.

Pedro se acercó al borde de la cubierta y luego saltó a las escaleras que conducían a la cubierta del yate, que era un hormiguero de policías de distintas fuerzas. Se dirigió al jefe.

— ¿Los han encontrado ya?

—No —fue  la  lúgubre  respuesta—.  Hemos  registrado  todos  los  camarotes  y  están  vacíos. En la bodega había rastro de ellos.

—Entonces  empecemos  a  buscar  en  todos  los  armarios  de  limpieza  y  almacén  hasta  que los encontremos.  «Tienen que estar vivos. Me niego a creer lo contrario».

Diez  minutos  más  tarde,  todavía  no  los  habían  encontrado.  Pedro se  sentía  como  si  tuviera una  piedra  en  el  estómago.  Recorrió  la  cubierta,  escrutando  cada  centímetro.  Cielos, ¿Dónde estaban?  Al  volverse  para  registrar  otra  vez  el  barco,  recordó  que  aquel  yate  tenía  la  misma escalera en un extremo que algunos de los yates Alfonso, con un pequeño almacén oculto detrás para las cuerdas. Se accedía a él por una puerta que se cerraba con un cerrojo en la parte baja.  Con  un sentimiento  asfixiante  en  el  pecho,  se  dirigió  corriendo  a  la  escalera,  seguido del jefe de policía y algunos de sus hombres. Cómo no, allí estaba. El cerrojo.

—Podrían estar aquí dentro. Ilumina la entrada, jefe.

Murmurando  con  sorpresa  porque  sus  hombres  lo  hubieran  pasado  por  alto,  el  jefe  sostuvo su  linterna  mientras  Pedrfo descorría  el  cerrojo  y  abría  la  puerta.  Tuvo  que  ponerse en cuclillas para mirar dentro.  Hubo  un  movimiento  inesperado.  Percibió  el  brillo  de  un  pelo  rojo dorado  antes  de  que Paula levantara la cabeza. Su cuerpo cubría al de Ariel, protegiéndolo.

—Marcos, canalla —gritó—. Tendrás que matarme a mí primero para ponerle las manos encima.

En aquel momento, Pedro amó más a Paula Chaves de lo que había amado a nadie en toda su vida.

—Dodd y sus secuaces van camino de la cárcel griega, Pau—dijo en una voz apenas controlada—. Ya no tienes que tener miedo.

— ¡Pepe! — El  chillido  de  alegría  de  Ariel  vibró  por  todo  el  yate,  enterneciendo  su  corazón—. ¡Sabía que vendrías!

—Gracias, Pepe. Gracias —oyó su trémulo susurro antes de que se apartara para dejar salir a Ariel.