miércoles, 3 de agosto de 2016

Juntos A La Par: Capítulo 6

Paula despertó a la mañana siguiente con un pensamiento de excitación que le hacía ver todo diferente. Ahora tenía unos visitantes. Pedro y Mateo. Supuso que ellos partirían esa misma mañana para continuar su viaje, y de hecho, ella no tenía idea de dónde provenían ni adonde se dirigían, y lo más seguro era que nunca lo sabría… pero, después de todo, ¿qué podría importarle? Aunque, pensándolo bien, le hubiera gustado poder ayudarlos.

Inquieta, no pudo permanecer en la cama y se pasó a la silla de ruedas. Después de bañarse, se vistió con sencillez y dirigió la silla hacia la puerta deslizándola por la rampa con dirección del área cubierta de pasto que estaba frente a la casa. El día despuntaba espléndido. El cielo era de un color azul pálido y estaba limpio de nubes.

Al parecer, Roberto se había despertado antes que ella, pues iba ya cargando los troncos de leña hacia su casa. Al verla, caminó hacia ella sacudiéndose las virutas de madera del suéter gris.

—Buenos días, Pau.

—¡Hola, abuelo!

El anciano le sonrió con calidez; sus ojos eran azules, como los de Paula y el rostro estaba curtido por el sol. Sus cabellos y barba eran casi blancos; él tenía alrededor de setenta años; pescaba langostas, y se ocupaba de cortar la leña y también de cuidar el jardín.

—Hay un coche allí estacionado, ¿De quién será?

—Llegaron visitas, anoche —explicó ella—. Un hombre y su pequeño hijo que estaban perdidos buscando llegar a Bayfield.

—No me extraña que se hayan perdido, pero ¿Quieres decir que se quedaron en tu casa?

—Eso mismo. Deseaban que yo les indicara el camino, pero no pude hacerlo.

—El sentido de la orientación no es precisamente una de nuestras cualidades, muchacha…

—¡Lo sé, abuelo! Mira, ahí viene Mateo.

Ella señaló al pequeño que caminaba hacia ellos por la rampa.

—¡Hola, Mateo!, ven a conocer a mi abuelo, el señor Chaves. Abuelo, él es Mateo Alfonso.

—Puedes decirme Roberto —comentó el viejo sonriendo mientras tendía una mano callosa al niño—, pues si me llamas señor Chaves, no me daré cuenta de que te diriges a mí. Y dime, ¿De dónde eres tú?

—Toronto —contestó Mateo con presteza—. Pero vamos a pasar el verano a Nueva Escocia.

—¿Ah, sí?, ¿Acaso no habías estado nunca cerca del mar?

—Una vez fuimos a España y allí conocí el mar, pero no era tan bello como éste. ¿Ha bajado ya la marea?

—Lo hará dentro de algunas horas, y cuando eso suceda podrás encontrar conchas y caracoles sobre las rocas.

El pequeño miró a Paula con ansiedad.

—¿Tú crees que mi padre me dejará quedarme hasta entonces?

—No lo sé, Mati. Pero por lo pronto ¿Qué te parece si vamos a casa a desayunar? ¿Está tu padre ya levantado?

—No estoy seguro de eso —ni parecía interesarle, pensó Paula, dándose cuenta una vez más del distanciamiento que existía entre hijo y padre.

—Mira Mati, ¿Qué te parece si mientras Pau prepara el desayuno, tú vienes a ayudarme a acomodar los leños y te platicaré lo que me sucedió una vez que mi bote encalló en las Gull Rocks? ¿Ves aquel arrecife bajo la casita del faro? —y señaló el mar.

—De acuerdo —aceptó el niño entusiasmado—. ¿Acaso eso fue un naufragio?

El anciano y el niño desaparecieron atrás de la casa de Roberto. Paula sonrió satisfecha, pues sabía que a los niños les encantaban las historias contadas por su abuelo.

Con cuidado se deslizó por el declive que conducía a su casa y empujó la puerta para entrar. Escuchó el sonido de agua en el cuarto de baño y un momento más tarde, Pedro salió de allí con una toalla alrededor del cuello.

—Buenos días, Paula —saludó cordial.

—¡Oh!, buenos días, ¿Dormiste bien?

—¡Maravillosamente bien!, ¿En dónde está Mateo?

—Arriba, con mi abuelo. Yo vine a preparar el desayuno.

—Entonces voy a rasurarme.

Volvió al cuarto de baño y ella pudo oír el ruido del agua al correr. Era natural, de acuerdo a las circunstancias y, sin embargo, pensó, que todo esto estaba lleno de una peculiar intimidad. No quiso ahondar más en sus pensamientos y se fue a la cocina a freír el tocino y preparar el café en el percolador, antes de arreglar la mesa.

Mateo llegó en el momento en que Paula comenzaba a servir el desayuno. Se asomó por la puerta y al no ver a su padre, le dijo a ella:

—¡Roberto me va a llevar en su bote de remos, después del desayuno, Pau! Él quiere sacar algunas cosas del barco y poner nuevas carnadas a los anzuelos, dijo que yo podría ayudarle. ¿Puedo desayunar rápido e irme luego con él?

—Claro que sí, ya está todo preparado —aseguró Paula.

lunes, 1 de agosto de 2016

Juntos A La Par: Capítulo 5

—Podrías… pero no lo harás.

—Dame una buena razón para que no lo haga —comenzaba a sentirse enfadada.

—Porque yo quiero saber acerca de tí, Paula Chaves. Deseo saber por qué razón está una joven bella como tú, viviendo en una cabaña de pescadores, a muchos kilómetros de distancia de cualquier sitio. Quiero saber de qué o de quién te escondes.

—No me escondo de nada, ni de nadie.

—¿No?, y entonces, ¿Por qué estás aquí?

Paula  tomó de pronto su bordado y pasó la aguja por la fina tela de algodón. Normalmente se consideraba como una chica moderada y, sin embargo, este hombre tenía la virtud de despertar en ella cierta inquietud que de pronto se convertía en antagonismo.

—Realmente deseo saber, Paula —decía Pedro sincero.

—Nunca conocí a nadie como tú —titubeó. Y en realidad no lo había hecho. De ninguna manera podría compararse con Lucas. Y en cuanto a los hombres que conoció antes del accidente, incluyendo a Facundo, ahora le parecían unos jóvenes, tontos e inmaduros buscadores de placeres y frivolidades. Por supuesto que Pedro era mucho mayor que cualquiera de ellos, pero había algo más. La madurez y sentido de responsabilidad que demostraba, debía de ser algo que había adquirido durante toda su vida.

—Eso mismo puedo decir yo —replicó él con voz queda. Por un instante sus ojos se fijaron en la curva vulnerable de los labios femeninos.

Ella sintió como si la hubiera tocado, sus nervios se alteraron y de forma instintiva impulsó la silla de ruedas hacia atrás.

—No quiero decírtelo —expresó sintiendo que perdía el aliento—. No acostumbro andar por allí contando mi vida a cualquier extraño.

—Sé que cambiarás de idea antes que yo me vaya, te lo garantizo.

—Tú te marcharás mañana temprano.

—¡Oh!, ¿es eso una orden? —preguntó él un poco molesto.

—No tienes por qué quedarte más tiempo.

—Ten cuidado, yo no resisto los retos.

—Esta es una conversación absurda —y tomó de nuevo su aguja procediendo a continuar la labor de bordado—. Hace una hora parecías tener prisa por marcharte con tu hijo.

—Es cierto, pero siempre estoy dispuesto a ser una persona flexible.

Paula sintió la necesidad de enseñarle la lengua y entonces él no pudo contener la risa, pues le adivinó el pensamiento. Antes que ella pudiera decir algo más, él se levantó de su asiento y dijo:

—Bueno creo que es hora de que hagamos una tregua. Además, ya debo dormirme. Después de todo ha sido un día pesado. ¿Hay algo que pueda hacer por tí, antes de subirme.

—No, gracias. Puedo manejarme sola.

—Me doy cuenta de que eres una joven muy independiente, ¿No es así? ¿No te sientes sola a veces, Paula?

La tomó por sorpresa y dijo:

—Sí, pero no tan sola como cuando estaba en Vancouver rodeada de gente — respondió con sinceridad.

—Así que también conoces esa clase de soledad… buenas noches Paula.

—Buenas noches, Pedro.

Terminó de acomodar los platos en la cocina y se deslizó de la silla de ruedas hacia su cama, apagando la luz de la pequeña lámpara de buró a su lado. Con frecuencia, acostumbraba leer un rato antes de dormir, pero en esta ocasión sintió que no podría concentrarse en un libro. Se tendió mirando en la oscuridad, escuchando el tamborileo de la lluvia y el fuerte rugido de las olas al estrellarse sobre las rocas; sonidos que para ella ya eran familiares. ¿Fue acaso en ese momento en que tuvo la sensación de que todo en su vida había cambiado?

Juntos A La Par: Capítulo 4

—Ha ganado usted el primer round —fue la seca respuesta—. No espere ganar también el segundo, ¿eh?

—Me imagino que usted no está acostumbrado a perder, ¿No es así? —preguntó Paula, con tono adivinando.

—No deja de ser interesante. Y ahora que hemos quedado de acuerdo, ¿Puedo preguntarle si tiene usted el hábito de invitar a todos los extraños a quedarse a pasar la noche con usted?

El rubor volvió a subir a sus mejillas.

—De ninguna manera. No es muy frecuente que personas desconocidas entren por la puerta de mi casa a estas horas de la noche.

—Es usted muy persuasiva —comentó Pedro burlón.

Antes que pudieran decir algo más, Mateo preguntó:

—¿Vamos a quedarnos?

—Sí —contestó el padre—. Y es hora de que usted, jovencito, vaya a dormirse.

Yo iré al auto por las maletas.

—Y yo haré chocolate para todos —manifestó Paula complacida—. Mateo, ¿Te gustan las galletas de coco?

Cuando Pedro volvió a la casa, unos minutos después, Paula estaba ya sirviendo el chocolate caliente en las tazas, y había un platón con galletitas sobre la mesa. Ella se movía con destreza sobre la silla de ruedas de un lado hacia otro, debido a la práctica de muchos meses, además, su abuelo había tenido la atención de acomodar todas las cosas que ella pudiera necesitar, a un nivel en el que pudiese alcanzarlas. Mientras bebían de la taza humeante, Mateo preguntó:

—¿Y cómo subiremos?

—Hay una escalera, tu padre tendrá que colocarla. Esta casita fue usada como depósito de pescado, Mateo, es por eso que está construida sobre las rocas. De la ventana de allá arriba podrás ver el mar. Hay una cama doble, espero que tu padre y tú estén cómodos.

Ella apretó el botón de un apagador en la pared cercana y una luz se encendió en el techo, iluminando la parte de arriba.

Pedro enganchó la escalera en las ranuras para que quedara fija. Con facilidad subió las dos maletas y desde arriba dijo:

—Me alegro que haya una barandilla rodeando todo esto. No me hubiera gustado que Mati pudiera caerse.

—Es muy seguro —replicó la chica.

Quince minutos más tarde ya Mateo estaba preparado para dormir. Había subido a ponerse el pijama y para darle a Paula las buenas noches.

—Me alegro que nos hayamos quedado aquí —añadió el niño.

—Yo también me alegro, duerme bien.

Mateo subió por la escalera y unos minutos después, Pedro dijo:

—Buenas noches, Mati.

Después de una pausa, el niño contestó:

—Buenas noches.

Y no "buenas noches, papá", como hubiera sido de esperarse. De hecho, pensó ella, durante la pasada media hora en que habían estado los tres juntos, el niño no llamó a su padre de ninguna manera, y sin embargo él era su padre, pues el parecido físico no dejaba lugar a dudas.

Pedro bajó por la escalera y la miró fijamente. Ella se quedó perpleja y sin detenerse a pensar le preguntó:

—Mateo sí es su hijo, ¿Verdad?

—!Oh!, claro, es mi hijo. Pero… lo mejor será que se ocupe de sus propios asuntos, ¿No le parece?

Paula se sintió enfadada por la abrupta respuesta.

—Lo siento, si he sido imprudente.

-Lo que pasa es que se trata de un asunto muy delicado —y como si quisiera disculparse añadió—: Mati la quiere, eso salta a la vista, le simpatizó desde que llegamos.

—En ese caso, me alegro que se queden aquí.

Él estaba sentado frente a ella. La luz le daba sobre el rostro, destacando la fuerte mandíbula y las clásicas líneas de su perfil; sus ojos de color café estaban fijos en la mesa. No era una cara felíz, pensó Paula, reflejaba dolor.

Él levantó la mirada para encontrarse con la de ella. Pedro recorrió el cuerpo con la mirada y después le preguntó:

—¿Cuántos años tienes?

—Veintidós, ¿Y tú?

Él hizo una mueca que casi fue una sonrisa.

—Tú dices exactamente lo que piensas, ¿No es así? ¡Bien hecho! Yo, tengo treinta y cinco. ¿Quién más vive en la isla, Paula?

—Mi abuelo, Roberto Chaves, vive en la casa que está pintada de color blanco. En la otra, está Alicia Mackinnon, ella es viuda.

—¿Tus padres murieron?

—¡Oh, no!, ellos viven en Vancouver.

—¿Y por qué estás tú aquí? ¿Acaso aquí creciste?

 —Sabes —dijo despacio—, ahora podría yo decirte que te ocupes de tus propios asuntos…

Juntos A La Par: Capítulo 3

Cuando se vino a vivir aquí con su abuelo, el médico le habló de la posibilidad de una operación, pero los riesgos eran muchos y la probabilidad de éxito era muy dudosa aparte de que no quería hacerse nuevas ilusiones.

—No lo creo —respondió triste.

—Ya basta, Mateo. Lo siento, señorita… ni siquiera sabemos su nombre…

—Por favor, no se disculpe, y mi nombre es Paula Chaves.

—Yo soy Pedro Alfonso y él es mi hijo, Mateo.

—Pase usted, señor Alfonso —indicó sonriendo—. Acérquese al fuego, está usted empapado.

Mientras caminaba hacia la chimenea, Pedro pasó su mirada por la habitación. Ella, a su vez, lo miraba mientras hacía su reconocimiento. Muchos años atrás, eso había sido la bodega del pescado. Cuando su abuelo la invitó a vivir allí, ya hacía tiempo que la había arreglado. Tres de las pinturas favoritas de Paula fueron colgadas en sendas paredes y las cortinas de vivos colores daban un aspecto alegre a la habitación. No había alfombras, el piso era de madera. Había una mesa de madera y sillas, un fregadero de platos y una estufa con una alacena y un refrigerador. Una puerta daba al cuarto de baño. Al fondo, había una cama cubierta con una colcha de color lila. Cerca de la cama estaba un ropero y un vestidor. Al centro de la habitación se encontraba una estufa que hacía las veces de chimenea, y que despedía calor.

Pedro Alfonso se había detenido al círculo de luz y de calor, acercando las manos a la estufa.

—Estamos perdidos. Llegamos aquí porque fue el único sitio donde vimos una luz.

—Subimos por el puente… —comentó el niño entusiasmado.

—Esta es sólo una media isla —indicó Paula sonriendo—. Cuando la marea está alta se pasa por el puente, pero cuando se encuentra baja, simplemente caminas pisando las piedras.

—¡Eso me suena divertido! —exclamó Mateo felíz—, y… mañana ¿Estará baja la marea?

—No será sino hasta el mediodía.

—Si nos quedáramos aquí, lo veríamos, ¿No es así? —preguntó levantando la cabeza para mirar a su padre.

—Por supuesto que no podemos quedarnos, Mati —lo miró con desaprobación—. La señorita Chaves nos hará el favor de indicarnos el camino…

—Paula, por favor —le interrumpió el chico.

—Y en seguida partiremos —continuó Pedro, dirigiéndose a ella—. Ya estamos bastante retrasados.

—¿A dónde se dirigen? —preguntó la chica al notar el gesto desilusionado de Mateo.

—A un pequeño hotel en Bayfield.

—¡Bayfield! —repitió ella, admirada—. ¡Dios mío! Eso está a más de treinta kilómetros de distancia. Debió usted haber equivocado el rumbo hace mucho tiempo.

—Es cierto, pero en el camino no había señalamientos…

—Estas carreteras son usadas sólo por los habitantes locales, por fortuna los turistas aún no descubren estos lugares, es por ello que no hay señales.

—¿Y en dónde estamos ahora?

—En la isla Chaves, mi abuelo es el dueño. La aldea de Heron Cove es otra península cercana hacia el oeste.

—Ese debe ser el sitio donde ví luces en la lejanía. ¿Cree usted que habrá allí algún hotel?

—¿En Heron Cove? —se rió—. ¡Por Dios! No. Le he dicho que aún no ha sido descubierta por los turistas…

—En ese caso debemos regresar y tratar de llegar a Bayfield —dijo Pedro con palpable frustración.

—No se preocupe, ustedes dos pueden quedarse aquí.

—¡Sí!, claro, —exclamó Mateo entusiasmado.

—Eso es imposible —expresó Pedro casi al mismo tiempo—, Mati, no podemos quedarnos, apenas la señorita Chaves nos conoce y por otra parte, en el hotel en Bayfield, nos esperan.

—En primer lugar, mi nombre es Paula y en segundo, no acostumbro hacer invitaciones a la ligera.

—Estoy seguro de que su invitación es muy gentil —replicó el hombre—. Sin embargo, si usted tiene la amabilidad de indicarme el camino de regreso, podremos irnos en seguida.

—No creo poder hacerlo, puesto que existen infinidad de desviaciones, sería fácil volverse a perder, y a menos que usted desee pasar la noche guiando a través de la costa sin seguridad, será mejor que se queden aquí.

—Sólo veo una cama —replicó tratando de evadirse, Pedro—. Y aunque allí podrían dormir usted y Mateo, me temo que no es lo suficiente amplia para acostarnos los tres.

Paula  no pudo controlar el rubor que subió a sus mejillas.

—Arriba hay un cuarto adicional —el rubor coloreó las mejillas de la chica—. Yo no puedo subir allá, pero ustedes dos sí. A menos que le repugne la idea de compartir una misma casa con una inválida.

—Usted sabe muy bien que no pienso de esa manera.

—Bien. Entonces todo está dicho.

Juntos A La Par: Capítulo 2

—Dame la mano, al menos. No quiero que te pierdas —pidió Pedro, tratando de bromear. En su mano traía una linterna que había bajado del auto. A la luz de ella, escuchó las primeras señales de animación en la voz del niño.

—¡Mira!, es una isla, allí está el puente para llegar a ella.

A unos treinta metros de distancia, se levantaba un puente angosto de madera, con cuerdas a los costados, haciendo las veces de barandillas.

—¡Vamos!, ¡Crucémoslo! —exclamó emocionado el niño.
Con la cara de frente a la fuerte lluvia que ya había empapado su cabello y su ropa, Pedro se dirigió hacia el puente subiendo una pequeña cuesta. Había en la pequeña isla tres casas, dos de las cuales estaban a oscuras. La tercera era muy pequeña, más aun que una cabaña de pescador. Había una rampa de madera que descendía de la puerta y cortinas en las dos ventanas y a través de ellas el bienvenido fulgor de una luz. Caminaron sobre la rampa y  llamó a la puerta.

El sonido hizo saltar a Paula de su silla. ¿Quién podría llamar a estas horas de la noche? Con seguridad no sería el abuelo, quien tenía una manera muy especial de hacerlo. Ni Alicia, quien por lo regular se dormía a las diez.

Durante los tres meses que Paula había pasado en la isla, se le había despertado cierto sentido de seguridad y una manera de vivir totalmente distinta a la que estaba acostumbrada en Vancouver. La gente de aquí era muy diferente de la de allá. Debido a que su padre era un importante hombre de negocios, dueño de una mansión de veinte habitaciones ellos vivieron siempre regidos por un sistema de estricta seguridad; tenían una alarma conectada con la estación de policía más próxima y todas las puertas y ventanas eran cerradas por las noches, además, un enorme Dobermann Pinscher cuidaba los jardines que la rodeaban. Todo esto era para proteger la vasta colección artística, los valiosos muebles antiguos y las alfombras importadas que su padre había adquirido como un requisito necesario para demostrar su status social. En justicia, había tenido razón en proveerse de aquel complicado sistema de alarmas y de la instalación de dobles cerraduras, ya que Vancouver era una de las ciudades con mayor índice de criminalidad, pero la isla de Chaves era distinta. Paula aquí no se preocupaba de cerrar la puerta, y al escuchar de nuevo el llamado recordó que sólo había que dar vuelta al picaporte de la puerta para que ésta se abriera.

Ella estaba en Chaves y no en Vancouver; ningún peligro podría acecharla, así que, levantando la voz dijo:

—Pase.

Un titubeo, y después, el picaporte dió vuelta y la puerta se abrió. El primero en entrar fue un niño, de unos cuatro o cinco años de edad cubierto con un impermeable amarillo. El hombre que lo seguía, con el cabello negro pegado a la frente, era sin duda el padre, pues los ojos de los dos eran idénticos, tan oscuros que casi parecían negros. El hombre empujó la puerta y después que entraron, la cerró.

Ahora, ella debía ya estar acostumbrada a cierta clase de miradas, pero aun así, se quedó titubeando en posición de defensa. En forma inconsciente levantó la barbilla. Ella estaba sentada junto a una lámpara, con la costura en el regazo y unas madejas de hilos, en una mesita, a su lado. La luz de la lámpara jugueteaba con el color miel de sus largos cabellos que le caían sobre los hombros. Sus ojos eran de un azul muy claro y daban vivacidad al fino rostro revelando la exquisita estructura ósea de su mandíbula y la amplia frente.

El silencio se prolongó por varios minutos, hasta que ella, con toda dignidad dijo:

—¿Puedo ayudarle en algo?

El hombre la miraba con fijeza, estaba pálido y azorado. Lo vió alisarse el cabello mojado hacia atrás, pero antes que pudiera contestar a su pregunta, el niño tomó la iniciativa.

—¿Por qué estás en una silla de ruedas?

—Porque no puedo caminar —contestó Paula agradecida por su franqueza.

—¿Por qué? —preguntó de nuevo el chico. Su padre le hizo una señal con la mirada, pero el niño lo ignoró.

—Yo tuve… un accidente.

—¿Estuviste en el hospital?

—Sí.

—Yo también. ¡Lo odio!

—¿Y por qué estuviste en el hospital? —le preguntó al niño. El chico atravesó la habitación y se quedó quieto frente a ella. Su carita pálida indicaba que había estado convaleciente.

—Me operaron.

—Ya veo.

—¿Te lastimaron cuando estuviste en el hospital? —Mateo… Con un breve movimiento de su mano, Paula invitó al hombre a guardar silencio. Ella presintió que lo que el niño tenía que decir era demasiado importante para acallarlo debido a convencionalismos.

—Sí, algunas veces me lastimaron, Mateo.

—A mí también. Los odio a todos —repitió con fiereza. —Yo creo que lo hicieron con el deseo de que tú te aliviaras, ¿No crees? —Pero ellos no te aliviaron a tí —expresó inocente.

—No. Ellos no pueden aliviar a todos, son sólo humanos —Paula tuvo que aceptar con un dejo de tristeza.

—¿Volverás a caminar alguna vez?

Juntos A La Par: Capítulo 1

—¿Ya vamos a llegar? —preguntó Mateo, irritado.

—No estoy muy seguro —contestó Pedro—. Creo que seguí un camino equivocado. ¿Por qué no tratas de dormir de nuevo? Te despertaré tan pronto como lleguemos.

El chico refunfuñó algo, y se acomodó en el asiento, al otro lado del volante, apoyando la cabeza sobre la almohada, lo más lejos que pudo de su padre. Con una sensación de ternura y dolor que Mateo siempre le provocaba, Pedro, miró hacia el pequeño deseando que éste le demostrara la confianza suficiente como para apoyar la cabeza sobre su costado y no sobre la puerta del auto. Hubiera deseado pasar el brazo alrededor de él mientras conducía en medio de la oscuridad y de la fuerte lluvia. Pedro suspiró profundamente, pensando si algún día se volverían realidad sus deseos. Sabía que tomaría tiempo; los médicos del hospital le habían advertido que se necesitaría mucho tiempo y paciencia para recuperar !a confianza del niño…

Pedro tenía mucho de los dos; lo único que ahora le preocupaba, era lo mucho que le lastimaba ese continuo rechazo de su hijo hacia él. Él amaba al niño, pero Mateo demostraba con dolorosa claridad que no quería saber nada de ese cariño.

Él trató de alejar esos tristes pensamientos acerca de Mateo, pensamientos que lo asaltaban con regularidad y para los que no encontraba respuesta, si es que ésta, existía. Al menos, notó al mirar por el reflejo del parabrisas, que Mateo se había vuelto a quedar dormido; debería estar rendido… y eso, por supuesto, era algo sobre lo que los doctores le habían prevenido. Con un gesto de indignación y frustración, Pedro se dió cuenta de que de nuevo estaba pensando en él y golpeó el volante del auto con la palma de la mano.

En cuanto al contratiempo en que ellos se encontraban ahora, Pedro no tenía nada que reprocharse, pues el avión en el que volaron desde Toronto, había salido retrasado debido a una denuncia anónima, tuvieron que registrar la nave, así que llegaron a Halifax con retraso. Después, había habido un error en cuanto a la reservación de este auto alquilado en el que ahora viajaban, lo cual les demoró otra media hora. Tal vez debió de haberse dirigido directamente desde el aeropuerto a Halifax y buscar un hotel para pasar la noche y asegurarle a su hijo un adecuado descanso, pero Mateo deseaba llegar al mar y dejar atrás todo lo que fuera la ciudad. Telefonearon a la casa de huéspedes donde habían reservado y allí la propietaria, Rosa Huntingdon, les hizo una serie de indicaciones algo complicadas pero al final, le dijo a Pedro: "Es realmente muy sencillo, señor Alfonso, es imposible perderse".

Pues bien, él había comprobado que ella estaba equivocada, pensó Pedro con amargura, accionando el limpiador a su máxima velocidad. Ahora no tenía idea de dónde se encontraba o en qué dirección viajaban. Unos diez kilómetros atrás, dio vuelta a la izquierda sobre un puente, tal como la mujer le sugirió, pero después había habido una serie de desviaciones en la carretera, que no tuvo más remedio que seguir su instinto. Una vez más le había fallado. Recordó cómo un año y medio antes,había seguido también sus instintos pensando que iba a obtener la más excitante de las historias de su carrera de periodista y todo ello terminó en un lapso de once meses pasados en la cárcel de un país extraño.

Frente a él, la carretera se volvía a dividir, esta vez, en dos caminos más angostos. No había ninguna señal. Tomó el sendero de la derecha descubriendo que el paisaje que iluminaba los faros del auto revelaba grandes rocas sobre el lado derecho, y a su izquierda, hacia abajo, el reflejo de agua. ¿Sería acaso un lago? Continuó su camino, despacio, tratando de familiarizarse con el sendero. Vió una casa y decidió detenerse, pero estaba a oscuras. Más adelante, a su derecha, descubrió luces y pensó que tal vez se acercaba a una pequeña aldea. No podía seguir conduciendo a la deriva y aunque el detenerse ocasionara el nuevo despertar de Mateo, decidió acercarse.

Miró la carátula iluminada con se reloj y comprobó que eran ya las diez y media de la noche. Tal vez esas casas pertenecían a pescadores, que se levantan con la primera luz del día y no le pareció propio molestarlos. Sin embargo, podría haber otras casas cerca y quizá encontraría a alguien que aún estuviera despierto. Tomó una vereda que subía por una colina y vislumbró dos construcciones que parecían cabañas de pescadores. El camino se tornó de pronto rocoso y se vio precisado a frenar con cierta brusquedad. Al hacerlo se dio cuenta de que el sendero se terminaba y el acantilado caía directamente hacia el mar.

Respirando con agitación, Pedro se congratuló de no haber tomado gran velocidad y con sorpresa vió que había una luz en una pequeña casa justo frente al auto. Pensaba en bajarse del coche y pedir un teléfono.

—¿En dónde estamos? ¿Hemos llegado? —Mateo se había incorporado, frotándose los ojos con los nudillos.

—Sí, hemos llegado a algún sitio —respondió Pedro con sequedad—. Voy a ir a esa casa para ver si puedo usar un teléfono o por lo menos, que me indiquen la manera de llegar hacia Bayfield, que es nuestro destino. ¿Quieres quedarte aquí? No tardaré ni un minuto.

—Iré contigo —anunció Mateo, mirando nervioso la oscuridad.

—Mati, está lloviendo mucho…

—No quiero quedarme solo —el niño hizo un gesto de desagrado.

—¡Muy bien! —tuvo que aceptar, tomando del asiento trasero, el impermeable amarillo de Mateo—. Mira, ponte esto y ajústate la capucha. —¿Preparado? Te bajaré del auto ahora mismo —apagó el motor del auto. Descendió del coche y le abrió la puerta. —¿Quieres que te lleve en brazos?

—No, gracias—fue la seca respuesta de su hijo.

Juntos A La Par: Sinopsis


Incluso antes que el accidente la confinara a una silla de ruedas, Paula Chaves había eludido cualquier contacto, físico o emocional con el sexo opuesto. Ahora ella nunca conocería las delicias del amor.


Pedro Alfonso, un periodista que cortejaba la muerte, lo que le había dado una reputación formidable, necesitaba una compañera que lo igualara en espíritu y energía, y lo que él requería de una esposa Paula era incapaz de dárselo.